aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 013 2003 Revista Internacional de Psicoanálisis Aperturas

El conocimiento y la autoridad del analista: una crítica a la "nueva perspectiva" en psicoanálisis

Autor: Eagle, Morris N.; Wolitzky, David L.; Wakefield, Jerome C.

Palabras clave

Analista, Cambio terapeutico, Construccion de la mente, Interpretacion, Nueva perspectiva.


"The analyst's knowledge and authority: a critique of the "new view" in psychoanalysis” fue publicado originariamente en Journal of American Psychoanalytic Association, vol.49, No. 2, p. 457-489. Copyright 2001 de American Psychoanalytic Association. Traducido y publicado con autorización de la revista.

Traducción: Marta González Baz
Revisión: María Elena Boda

Se presenta una evaluación crítica de las posiciones adoptadas recientemente por Mitchell y Renik, a quienes se ha tomado como representativos de la “nueva perspectiva” en psicoanálisis. Se examinan un artículo de Mitchell y dos de Renik como paradigmáticos de ciertos modos de construir la naturaleza de la mente, el conocimiento y autoridad del analista, y el proceso analítico indebidamente influenciado por el giro postmoderno en psicoanálisis. Aunque los teóricos de la “nueva perspectiva” han aportado críticas válidas a la teoría y práctica psicoanalíticas tradicionales, terminan por adoptar posiciones insostenibles. Se cuestionan específicamente sus opiniones sobre la relación entre el lenguaje y la interpretación, por una parte, y los contenidos mentales del paciente por la otra. Se apunta una disyuntiva entre su discusión de material clínico y su posición conceptual, y se critican sus redefiniciones idiosincráticas de verdad y objetividad. Finalmente, se sugiere un “modesto realismo” como la posición filosófica más apropiada  a adoptar por los psicoanalistas.

Recientemente han aparecido numerosos artículos influyentes que presentan críticas fundamentales hacia las concepciones tradicionales de la situación analítica y hacia la base del conocimiento y la autoridad del analista, proponiendo reemplazar dichas concepciones con ideas radicalmente diferentes. Los artículos que tomamos como paradigmáticos de lo que denominamos la “nueva perspectiva”, y sobre los que focalizaremos principalmente, son uno de Stephen Mitchell (1998) y dos de Owen Renik (1996, 1998 a).

Consideramos estos artículos como paradigmáticos por numerosas razones: Mitchell ha sido uno de los portavoces más articulados e influyentes de la posición relacional que ha representado un serio reto a las perspectivas psicoanalíticas tradicionales. En el artículo de 1998 que discutimos aquí, la perspectiva relacional de Mitchell se extiende a formular una concepción de la mente, de la situación analítica y de la naturaleza del conocimiento y la autoridad del analista que resuena con, y tal vez expresan más claramente que ninguna otra, el giro postmoderno en el psicoanálisis y la psicoterapia (1). Los artículos de Renik plantean un desafío similar en su focalización sobre estas cuestiones y sobre la naturaleza de la subjetividad y objetividad del analista. En realidad, el mismo título del libro compilado de Renik (1998) es prácticamente idéntico al del artículo de Mitchell –en ambos, las palabras clave son conocimiento y autoridad. Sometiendo a escrutinio los trabajos de Mitchell y Renik intentamos criticar la perspectiva general a la que representan.

Al desafiar y criticar el psicoanálisis tradicional, o clásico, los teóricos de la “nueva perspectiva” han presentado algunas críticas legítimas e importantes. Por ejemplo, entre otras, han rechazado la noción del analista como pantalla en blanco. También han criticado, justificadamente, una posición terapéutica en la cual la neutralidad analítica ha llegado a significar distanciamiento y aburrimiento (Holzman, 1985). Los teóricos de la nueva perspectiva han insistido con razón en que el encuentro analítico es una situación de dos personas en la que los participantes inevitablemente interactúan, se dan pie y se influencian el uno al otro. Así, han concluido con buen criterio que las reacciones de transferencia del paciente a menudo se entienden mejor no como una simple distorsión, o como una simple proyección sobre una pantalla en blanco, sino más bien como interpretaciones plausibles de la conducta del analista (Gill, 1982, 1994). Este énfasis en la interacción paciente-analista nos ha hecho más sensibles a la influencia de las raíces y la historia idiosincrásica del analista en su interpretación del paciente, en el material sobre el que el analista decide focalizar, y sobre las reacciones que éste puede provocar en el paciente (Smith, 1999). Los teóricos de la nueva perspectiva han dado razones en contra de la creencia ingenua de que la posesión de teoría psicoanalítica le otorga al analista un acceso prácticamente infalible a la Verdad sobre el paciente, y han rechazado lo que consideran una reivindicación de la teoría clásica de que existe una interpretación canónica singular del material del paciente. Estas y otras críticas sustantivas a la teoría clásica han sido razonablemente beneficiosas y no constituyen el foco de nuestra discusión.

Los teóricos de la nueva perspectiva no razonan simplemente sobre estos puntos sustantivos de forma individual; intentan justificar sus conclusiones críticas invocando un conjunto de doctrinas filosóficas sobre la naturaleza de la mente, la relación entre subjetividad y objetividad, el papel de revelar (en lugar de construir) el significado en psicoanálisis y la naturaleza del conocimiento y autoridad del analista. Estas doctrinas filosóficas tienen implicaciones profundas que van mucho más allá de la justificación de asuntos substantivos de la situación analítica. Son estas doctrinas filosóficas las que constituirán el objetivo de nuestro examen.

La posición filosófica central de los teóricos de la nueva perspectiva relativa a la naturaleza de la mente es que ésta es construida interpretativamente en su totalidad en el contexto de la interacción interpersonal. Puesto que se entiende que la mente no es objetivamente independiente de la construcción interpretativa, se considera que nada es revelado o descubierto en el proceso psicoanalítico. Más bien se construyen y se negocian nuevos sistemas significativos, nuevas perspectivas y nuevas narrativas. Según esta opinión, la mente no está preorganizada sino que más bien espera la organización y la articulación de los contenidos mentales a través de la interacción interpersonal. Las interpretaciones necesitan ser limitadas no por el grado en el que “concuerden con lo que es real [en el paciente]” (Freud, 1916-1917, p. 452), sino sólo hasta el punto en que presumiblemente contribuyen a la felicidad personal y son “útiles para generar un sentimiento de significado y valor personal” (Mitchell, 1998, p. 26).

Debería enfatizarse que uno puede aceptar las críticas sustantivas de la nueva perspectiva sin adoptar sus concepciones filosóficas. Por ejemplo, pueden criticarse la arrogancia, el distanciamiento, la creencia dogmática en una Verdad sobre el paciente o la falla en apreciar la importancia central de la interacción continua paciente-analista sin invocar una nueva filosofía de la mente. Aunque estamos de acuerdo con muchas de estas críticas, nuestra intención aquí no es argumentar a su favor o en su contra. Más bien, estamos preocupados por el intento de los teóricos de la nueva perspectiva de derivar sus conclusiones directamente de sus posiciones filosóficas. Creemos que la validez de estas posiciones y sus implicaciones para el psicoanálisis no han sido adecuadamente examinadas.

Existen claros paralelismos entre la literatura de la nueva perspectiva y los desafíos postmodernistas a la “Postura de esclarecimiento”, incluyendo la tesis fundamental de que “nuestras afirmaciones son típicamente verdaderas o falsas dependiendo de si se corresponden con cómo son las cosas, esto es, con los hechos del mundo” (Searle, 1998, p. 10). Esta tesis, sostenemos nosotros, es válida tanto para afirmaciones sobre la realidad psíquica interna como para afirmaciones sobre la realidad externa. Existen “hechos del mundo” relativos a los contenidos de la mente, y existen afirmaciones sobre la mente que probablemente sean verdaderas o falsas en la medida en que se correspondan con “cómo son las cosas” –es decir, en la medida en que “coincidan con lo que es real [en el paciente]”. El rechazo implícito, por parte de los teóricos de la nueva perspectiva, de esta tesis aplicada a las afirmaciones sobre la realidad psíquica interna se basa, intentaremos mostrar, en argumentos confusos y poco válidos.

La expresión más clara de la “Postura de esclarecimiento” en psicoanálisis la encontramos en la teoría clásica. Al vincular la “piedra angular” de la represión –cuya esencia es la falla para reconocer la verdad sobre uno mismo- a la patología y al vincular el levantamiento de la represión –cuya esencia es el incremento del conocimiento de uno mismo- a la cura, la teoría freudiana reclama su parte de la cura sobre el supuesto de que existen contenidos reales en la psique que pueden revelarse, o al menos aproximarse a ellos, por medio del psicoanálisis.  Así, para Freud el autoconocimiento no era sólo una virtud socrática, sino una necesidad clínica. Esta idea básica permaneció como una constante para Freud, bien empleara la hipnosis para revelar recuerdos traumáticos o bien utilizara la interpretación para revelar deseos y defensas inconscientes. Freud consideraba este supuesto como el sine qua non de la empresa psicoanalítica, un principio constitutivo esencial para la idea de analizar la mente. Esta es la razón principal por la que la noción de que el analista simplemente sugiere significados al paciente era un anatema para Freud. En realidad, cuando Fliess le acusó de sugerir ideas a sus pacientes. Freud (1954) contestó: “Vd. toma partido en mi contra y me dice que “el lector del pensamiento simplemente lee sus propios pensamientos en otras personas”, lo que priva a mi trabajo de todo su valor” (p. 336).

El psicoanálisis, por supuesto, ha atravesado muchos cambios teóricos y técnicos desde Freud, y muchas de las doctrinas más preciadas de Freud han demostrado ser inadecuadas. Pero hasta hace poco, todos los enfoques psicoanalíticos han compartido con Freud el núcleo de la creencia filosófica de que al menos en cierta medida, o en ciertos sentidos, existe una verdad sobre los contenidos de la mente del paciente que es tarea del analista descubrir y comprender, aunque sea aproximadamente. Así, para el psicoanálisis es central, desde Freud en adelante, la creencia de que las interpretaciones psicoanalíticas no constituyen simplemente una sugestión sino que corresponden, al menos en cierta medida, a la realidad interna del paciente. Al intentar justificar sus críticas a ciertos aspectos de la teoría clásica, los teóricos de la nueva perspectiva adoptan posiciones filosóficas que suponen un desmantelamiento de esta suposición nuclear. Sus posiciones filosóficas merecen, por consiguiente, un cuidadoso escrutinio para determinar si está justificado que los analistas las adopten.

Nuestra tesis principal es que los teóricos de la nueva perspectiva, al intentar justificar su crítica a la teoría clásica, han adoptando posiciones filosóficas que son insostenibles, crean al menos tantas dificultades como las que intentan resolver, y debilitan los supuestos esenciales para el psicoanálisis. También sostenemos que estas posiciones son innecesarias para apoyar las críticas legítimas del psicoanálisis anticipado por los teóricos de la nueva perspectiva. Mostramos que incluso ellos se sienten incómodos con una posición filosófica que descarta cualquier intento de revelar verdades sobre los contenidos mentales. Esta incomodidad se refleja tanto en la disyuntiva entre su posición conceptual y el material clínico que presentan, como en sus tortuosas redefiniciones de verdad y objetividad. Concluimos que una posición filosófica fructífera para el psicoanálisis es un “realismo modesto” en el que uno reconoce la incertidumbre de la inferencia psicoanalítica pero no obstante se gobierna por el ideal de que la interpretación y la comprensión intentan “coincidir con lo que es real [en el paciente]”.

La concepción de la mente según Mitchell

Comenzamos con “El conocimiento y la autoridad del analista”, de Mitchell. Como hemos apuntado, Mitchell quiere rechazar lo que él considera como la reivindicación típica del analista clásico de que el analista, como observador neutral, objetivo, armado con la teoría psicoanalítica, posee “un conocimiento científico singular y una autoridad vis-à-vis la mente del paciente” (p. 16). Esta crítica podría ser confundida con las críticas de aquellos que demandan una base más evidencial para lo que consideran reivindicaciones infladas de conocimiento y autoridad. Podría confundirse también con una llamada a una mayor modestia y a la moderación de reivindicaciones poco realistas y en ocasiones arrogantes. Las críticas de Mitchell, no obstante, van en otra dirección. Su posición, más bien es que (1) ni el analista ni el paciente revelan o descubren nada en la mente del paciente; y (2) lo único en lo que el analista es experto es en la “elaboración de significados, la autorreflexión y la organización y reorganización de la experiencia” (p. 2).

En el núcleo de la disputa de Mitchell con las posiciones tradicionales del conocimiento psicoanalítico está su concepción de la mente como construida en lugar de revelada. Decimos “en lugar de” porque Mitchell presenta la construcción y la revelación como mutuamente exclusivas. Según Mitchell, “claramente no existen procesos discernibles correspondientes a la frase ‘en la mente del paciente’ respecto a los que el paciente o el analista tengan razón o se equivoquen” (p.16). El analista no descubre ni revela ningún contenido mental “que tenga existencia tangible” (p. 17). Más bien, “la mente se entiende sólo mediante el proceso de construcción interpretativa” (p. 16).

Por tanto, la lógica filosófica de Mitchell suscita cuestiones que van más allá de sus preocupaciones sustantivas relativas a la supuesta arrogancia del analista clásico, la certidumbre improcedente y la autoridad inmerecida. Uno puede atenuar estas actitudes y continuar creyendo que existe algo en la mente del paciente que debe ser revelado. Pero Mitchell parece creer que la idea de que uno pueda revelar cualquier cosa de la mente del paciente, en lugar de “construirla interpretativamente” es una perspectiva errónea y falsa.

Si al decir que uno “construye interpretativamente” la mente de otro Mitchell quiere decir simplemente que uno infiere los estados mentales de esa persona, en lugar de tener acceso directo a ellos, sin duda tiene razón. Esa idea no es controvertida ni nueva. Ciertamente uno no tiene acceso directo, inmediato, a la mente del otro. (¿Quién puede siquiera pretender que lo tiene? ¿Equivaldría a una reivindicación de acceso telepático?) Si al decir que no existe una “interpretación canónica singularmente correcta” de la mente del otro quiere decir que son posibles muchas inferencias, no todas ellas compatibles, especialmente en relación con el tipo de estados mentales complejos en los que los analistas están interesados, entonces también tiene razón. Si, por ejemplo, pretende afirmar que las inferencias aparentemente seguras pueden devenir falsas, por estar basadas en evidencias clínicas inadecuadas, o que dos analistas diferentes podrían sacar conclusiones incompatibles sobre la base de la misma prueba y que por tanto uno de los dos estaría necesariamente equivocado, de nuevo tiene razón. O si quiere decir que existen muchos aspectos diferentes de la realidad mental del paciente que pueden enfatizarse en una interpretación o en el curso de un análisis y, por tanto, existen muchas interpretaciones correctas diferentes y análisis posibles sobre la base de la misma evidencia (aunque todos correspondan a partes de una realidad mental global y sean por tanto ciertos), también tiene razón.

Sin embargo, Mitchell pretende afirmar mucho más que el que uno infiera lo que está sucediendo en la mente del otro y  que sean posibles muchas inferencias sobre lo que está sucediendo. Cuando Mitchell escribe que uno “construye interpretativamente” la mente del otro, pretende afirmar que es un error pensar que los estados mentales existen independientemente de la “construcción interpretativa” que uno hace y por tanto no son el tipo de cosa sobre la que uno puede estar acertado o equivocado. Ya esta formulación de “construcción interpretativa” nos llevaría a la conclusión extrema de que “no existen procesos claramente discernibles que correspondan a la frase ‘en la mente del paciente’ respecto a los cuales ni el paciente ni el analista tengan razón o se equivoquen” (p. 16). Si “construcción interpretativa” sólo significara inferencia, tal conclusión no tendría sentido.

El que por “construcción interpretativa” Mitchell no se refiere simplemente a la inferencia, lo indica también su afirmación de que esta última se aplica igualmente a la propia mente y a la de otro y tanto a la experiencia consciente como a la inconsciente. En palabras de Mitchell, “la conciencia nace mediante los actos de construcción por parte de los otros o, mediante la auto-reflexión, por parte de un mismo” (p. 16). Dada esta posición, si por “construcción interpretativa” Mitchell quiere decir inferencia, tendría que decir que al igual que uno infiere lo que está ocurriendo en la mente de otra persona, del mismo modo uno infiere normalmente la experiencia consciente propia –una conclusión claramente falsa. Si bien la experiencia consciente puede ser producto de los procesos constructivos "silenciosos” (ver, por ej. Neisser, 1967, 1976), uno no puede equiparar las inferencias implicadas en la comprensión de otra mente y los procesos constructivos “silenciosos” implicados en la generación de la experiencia consciente propia. Mientras que uno puede inferir lo que está ocurriendo (consciente o inconscientemente) en la mente del otro, normalmente no infiere las experiencias conscientes propias. Uno simplemente las tiene –incluso cuando los procesos constructivos “silenciosos” subyazcan a las mismas. No importa lo complejos que sean los procesos constructivos “silenciosos” que las produzcan, las experiencias conscientes tienen un carácter de franqueza e inmediatez, mientras que saber lo que está ocurriendo en la mente del otro siempre es, necesariamente, indirecto e inferencial. De modo que la afirmación de Mitchell de que construimos la experiencia consciente no es coherente con la noción de que lo que él llama “construcción interpretativa” es simplemente inferencia.

En cuanto a la afirmación de que los procesos mentales no son “claramente discernibles”, el hecho de que los procesos mentales inconscientes por los que se interesan los analistas no sean transparentes sino más bien opacos, es la verdadera razón por la que se requiere la interpretación o las inferencias. Esa necesidad, por supuesto, no implica que uno no pueda estar acertado o equivocado acerca de sus interpretaciones e inferencias. Para expresarlo de un modo más probabilístico, unas interpretaciones e inferencias tienen más probabilidades de ser acertadas y otras de ser erróneas.

En resumen, Mitchell sugiere firmemente que en su opinión no se infiere la mente del otro, sino que ésta es constituida por la construcción interpretativa. Si éste es el caso, se deduce que “no existen procesos discernibles correspondientes a la frase ‘en la mente del paciente’ respecto a los que ni el paciente ni el analista tengan razón o se equivoquen” (p. 16) y que no existe una interpretación singular canónica para la mente del otro. Pero también se deduce que no puede haber multiplicidad de interpretaciones correctas. Eso es así porque la cuestión de interpretaciones correctas –o incluso plausibles- se aplica sólo si uno cree posible evaluar la medida en la que una interpretación corresponde a algo independiente de dicha interpretación –no cuando la interpretación constituye lo que está siendo interpretado.

En los apartados que siguen encararemos las fundamentaciones principales que los teóricos de la nueva perspectiva aportan para sostener que el psicoanálisis consiste en construcciones interpretativas más que en la revelación de verdades sobre la mente del paciente. Estas son (1) la irreductible subjetividad de los juicios del analista (aquí focalizaremos principalmente en las opiniones de Renik); (2) la no objetividad de lo mental –la afirmación de que no existen hechos que descubrir sobre la mente; (3) el estatus vago y prelingüístico de muchos contenidos mentales, lo cual implica que el lenguaje y la interpretación crean en realidad nuevas experiencias en lugar de describir lo que existe; y (4) la idea de que aunque la mente preexiste, está a la espera de organización mediante la interacción paciente-analista.

Renik en cuya mente está ser encarado y comprendido

Como Mitchell, Renik (1993, 1996 a, 1998 a) dicotomiza entre revelar y descubrir, por una parte, y proveer “perspectivas alternativas” por otra –su versión de la “construcción interpretativa”. Opta por esto último como tarea primordial del análisis, apoyando su posición focalizando en la “irreductible subjetividad” del juicio del analista. En realidad, Renik (1996) presenta lo que podría considerarse una variante solipsista  de la posición de Mitchell. Toma en consideración las afirmaciones tradicionales de que “el analista encara la realidad psíquica del paciente, en lugar de la suya propia” (p. 509) y que “al paciente no se le dan las opiniones idiosincrásicas propias del analista, sino que más bien el analista encuentra las opiniones del paciente”. Sostiene que estas afirmaciones “son esencialmente versiones de [una insostenible] neutralidad analítica, en tanto que mantienen la noción de que la actividad analítica del analista no consiste esencialmente en comunicar sus juicios personales” (p. 509).

Existe una confusión en la oposición que Renik presenta entre los juicios personales del analista y sus opiniones idiosincrásicas, por una parte, y los intentos de comprender la realidad psíquica del paciente por la otra. Independientemente de lo personales e idiosincrásicos que puedan ser los juicios y opiniones del analista, son juicios y opiniones sobre la realidad psíquica del paciente. Son, en realidad, intentos de “encontrar las opiniones del paciente”. ¿Qué más podrían ser? Al igual que Mitchell, Renik pretende, justificadamente, oponerse a la idea de que el analista es un observador perfectamente objetivo que posee acceso directo a la realidad psíquica del paciente y se la comunica a éste/a. Sin embargo, uno puede reconocer lo insostenible de esta idea y no obstante reconocer que el analista está intentando, aunque de manera imperfecta e idiosincrásica, comprender y encarar la realidad psíquica del paciente y “hallar las opiniones del paciente” en lugar de su propia realidad psíquica. Y cuando el analista encara su propia realidad psíquica en la situación de tratamiento –como, por ejemplo, al examinar las reacciones de contratransferencia- es al servicio de ampliar la comprensión de la realidad psíquica del paciente. En el contexto del tratamiento, ¿qué otro propósito tendía el analista al encarar su propia realidad psíquica? La comprensión del paciente por parte del analista está, por supuesto, filtrada por la experiencia subjetiva –es decir, la realidad psíquica del analista- que podría ser lo que Renik está intentando enfatizar. Pero la tarea primordial del analista es comprender y encarar la realidad psíquica del paciente, no la suya propia. Esto podría parecer axiomático en todo trabajo analítico y tiene poco que ver con la cuestión de la neutralidad analítica. La confusión surge cuando Renik equipara la neutralidad con la afirmación de que el analista está intentando comprender y encarar la realidad psíquica del paciente más que la suya propia. Uno puede implicarse intensamente y ser parcial con un paciente y puede formar, y comunicar, todo tipo de juicios personales respecto a la vida del paciente y sin embargo intentar encarar su realidad psíquica. En realidad, los juicios personales propios relativos al paciente están, esperamos, basados en la realidad psíquica de éste.

Renik parece pensar que puesto que la comprensión y la experiencia que el analista tiene del paciente son irreductiblemente subjetivas (Renik, 1993) no es posible que el analista intente una comprensión del paciente tan objetiva y “desinteresada” como sea posible. Según Renik, la afirmación del analista de “comprensión desinteresada” le otorga una “autoridad inmerecida” (p. 508). Pero la “comprensión desinteresada” del otro no significa que uno no pueda hacer juicios personales  sobre cómo le ha ido a esa persona en la vida o incluso sobre qué es lo que más le interesa. La “comprensión desinteresada” del otro significa que la comprensión está al servicio de lo que uno considera el beneficio y el interés de esa persona más que el propio. Por supuesto, los juicios personales están implicados en esta comprensión. ¿Cómo podrían no estarlo? Pero esos juicios personales están basados en la comprensión que uno hace de las necesidades de esa persona, sus deseos, sus conflictos, sus miedos, etc.

En cuanto a la “irreductible subjetividad” del analista, la experiencia de cualquier tipo –sea de las sensaciones de otra persona o de las propias sensaciones internas- es subjetiva por definición en el sentido de que es una experiencia en primera persona. Pero eso no significa que uno no pueda intentar ser tan exacto y “objetivo” como sea posible sobre esa experiencia. Ni significa que cuando percibe los objetos del mundo simplemente esté encarando la propia subjetividad. Las percepciones se dirigen a los objetos del mundo, y esto está normalmente encaminado a obtener una comprensión de los mismos tan exacta como sea posible. Aquí se da un error fundamental que realmente no tiene nada que ver con la situación psicoanalítica per se. El juicio de que hay una roca en el suelo en frente de uno implica la irreductible subjetividad del juicio personal. Sin embargo el contenido del juicio subjetivo se refiere a un hecho objetivo del mundo –la roca en el suelo en frente de uno- y es verdadero o falso dependiendo de si se corresponde exactamente con el mundo.

Como Cavell (1998) señala en su respuesta al trabajo  de Renik “La subjetividad del analista y la objetividad del analista” (1998), “la idea de una perspectiva del mundo parcial y subjetiva tiene sentido sólo a partir de la idea de un mundo objetivo, un mundo que está ahí, independientemente de que yo lo vea” (p. 1195). A pesar de la intersubjetividad, la interacción y la influencia mutua, el paciente es parte del “mundo que está ahí, independientemente de que yo lo vea”. Su vida mental no está simplemente constituida por la subjetividad del analista, las “construcciones interpretativas”, las perspectivas alternativas o las opiniones idiosincrásicas.

La posición filosófica de Renik no es necesaria para reconocer o estar de acuerdo con la importancia que merece el desarrollo de nuevas perspectivas en psicoanálisis. Muy a menudo, como todos hemos observado, la adopción de una nueva perspectiva que marca una diferencia en nuestra vida es consecuencia del descubrimiento de un pedacito de conocimiento sobre uno mismo inaccesible y desconocido hasta ese momento; encontrar alguna verdad importante sobre uno casi siempre cambia la perspectiva sobre uno mismo, al menos en cierta medida. En lugar de una oposición entre la construcción de perspectivas alternativas y el intento de descubrir contenidos mentales existentes, existe el descubrimiento de contenidos que a menudo conduce a las más profundas y duraderas alteraciones en la perspectiva.

La objetividad de lo mental

Una base para la afirmación de Mitchell (1998) de que al comprender al paciente uno está simplemente construyendo interpretativamente en lugar de descubrir contenidos mentales es su negación de la objetividad de lo mental. Admite que existen “hechos conocidos”; por ejemplo, afirma que “los sistemas generadores de significado no funcionan bien si los hechos conocidos los contradicen” (p. 10). Sin embargo, Mitchell limita los “hechos conocidos” o “acontecimientos objetivos” (p. 9) a incidencias perfiladas, fácilmente observables tales como “tu madre murió cuando tenías cinco años; tu padre perdió el trabajo porque se deprimió y fue tratado con TEC” (p. 9). Los acontecimientos psicológicos inferidos tales como “tu madre se apartó de ti cuando nació tu hermana pequeña; tu padre se desesperó y se desmoralizó; o tu padre tendía a actuar contigo de forma seductora” (p. 9) no están cualificados como “acontecimientos objetivos” sino que Mitchell los clasifica como “interpretaciones de relaciones interpersonales complejas”.

¿Por qué Mitchell considera un “acontecimiento objetivo” algo del tipo “tu madre murió cuando tenías cinco años” y no algo como “tu madre se apartó de ti cuando nació tu hermana”? Por supuesto, la primera afirmación es un hecho histórico fácilmente determinable, mientras que la última es compleja y ciertamente mucho más difícil de determinar. Pero eso no convierte a la primera en un “acontecimiento objetivo” y a la última en uno que no lo es. O la madre abandonó (o abandonó en una u otra medida) o no lo hizo. Diferentes aspectos de la historia de un paciente pueden asociarse con diferentes métodos y medios de conocimiento. Pero cuándo sucedió algo y qué pensó o sintió alguien sobre ello son hechos del mundo. Ninguno de ellos tiene un estatus existencial inferior.

Por supuesto, desde una perspectiva psicoanalítica, la cuestión crítica no es simplemente si la madre realmente abandonó, o en qué medida lo hizo, cuando nació la hermana. No es probable que uno sea capaz de determinar si, en el momento que nació la hermana, el paciente sintió a la madre como abandonante. Todo de lo que se puede estar razonablemente seguro es de que en el presente, como adulto, el paciente recuerda y siente que la madre abandonó. Pero si la madre abandonó, si el paciente cuando era un niño pequeño la sintió como abandonante y si el paciente siente ahora que ella lo abandonó son todas cuestiones de hecho, algunas más fácilmente determinables y otras menos.

El que Mitchell niegue a los fenómenos psicológicos el estatus objetivo se refleja en su afirmación de que “entender los procesos mentales inconscientes en la mente propia y en la del otro no es exponer algo que tenga existencia tangible como uno hace cuando levanta una piedra y deja al descubierto a los insectos que había debajo” (pp. 17-18). (Irónicamente, el que los fenómenos psicológicos tales como las experiencias conscientes e inconscientes no tienen una “existencia tangible” fue esencialmente la base por la que los conductistas les negaron el estatus de “acontecimientos objetivos” y los excluyeron del campo de la psicología). ¿Qué significaría para cualquier contenido o proceso mental, consciente o inconsciente, tener una “existencia tangible” como la tienen los insectos, las mesas, las conductas manifiestas y las neuronas? Cuando uno se enfurece o se siente cansado o piensa que hoy hace calor, sólo el informe que uno hace de su experiencia o estado mental (u otras conductas observables, como bostezar o quitarse el jersey) tiene una “existencia tangible” directamente observable por los otros. No obstante, eso no significa enfurecerse o sentirse cansado o tener un pensamiento concreto sea menos real que cualquier acontecimiento físico común. La ausencia de una existencia concreta, “tangible” con relación a los acontecimientos mentales no los convierte en menos “existentes”, en menos parte del mundo –algo que Searle (1998) ha señalado repetidamente con relación a la conciencia y a la experiencia consciente. Es una inquietud legítima el que las inferencias psicoanalíticas a menudo no son seguras; no obstante, como apunta Friedman (1998), para muchos de los teóricos de la nueva perspectiva la cuestión no es la incertidumbre sino “la objetividad en sí misma” (p. xvi).

Como hemos indicado, tal rechazo a la objetividad del contenido mental no puede sostenerse. Como Searle (1998) ha apuntado repetidamente, la subjetividad y los estados mentales forman parte de la ontología del mundo tanto como las mesas y las sillas. Así mientras, digamos, estar sediento es irreductiblemente subjetivo, el que uno esté sediento es un hecho objetivo del mundo como lo es el que existan sillas y mesas. Por supuesto, el tipo de estados mentales en los que están interesados los analistas son mucho más complejos que el estar sediento, y establecer cuáles son los hechos presenta problemas epistemológicos mucho más complejos. Sin embargo, las cuestiones epistemológicas relativas a la dificultad de establecer los hechos no debería confundirse con cuestiones ontológicas relativas a si existen hechos o no. Es más, el que las influencias sociales (evolutivas y contemporáneas) puedan modelar los estados mentales y el que pueda ser imposible desarrollar ningún estado mental, tal como los entendemos, sin interacción social, no altera el hecho de que, una vez formados, existen independientemente de nosotros y de nuestra “construcción interpretativa”.

La experiencia no formulada

Otro argumento para afirmar que el analista no revela lo que hay en la mente del paciente sino que lo constituye mediante la “construcción interpretativa” es que, incluso cuando exista algo en la mente, es algo extremadamente vago, incipiente y ambiguo. Así, las interpretaciones psicoanalíticas modelan y verbalizan las experiencias hasta el momento no formuladas, y crean de ese modo una nueva experiencia. En palabras de Mitchell (1998): “Comprender los procesos inconscientes en una u otra mente es utilizar el lenguaje de modo que en realidad cree una nueva experiencia, algo que no existía antes” (p. 18). Esta idea es desarrollada más ampliamente por Stern (1999), quien observa que ciertas experiencias no son formuladas anteriormente a ser reflejadas y puestas en palabras; son más como “atisbos de significado”  (p. 92), “pensamientos aún no pensados, conexiones todavía no realizadas, recuerdos para cuya construcción uno carece de fuentes o voluntad” (p. 12). Stern y Mitchell hablan, tal vez justificadamente, en contra de la suposición de Freud de que los contenidos mentales inconscientes son generalmente representaciones claras y concretas, “realidades ocultas” plenamente formadas, por así decir, esperando únicamente ser reveladas. Un prototipo de esta posición es la idea de Freud de que el significado de un sueño radica en pensamientos latentes específicos que esperan ser revelados e identificados. Este modo de pensar también se refleja en la idea de que una vez que se haya levantado la represión entrarán en la conciencia los distintos deseos inconscientes (p. ej. los deseos edípicos), en nada diferentes de los deseos conscientes excepto en que son inconscientes.

Reconocer que una teoría psicoanalítica adecuada (o una teoría de la mente adecuada) requiere que el lenguaje y la interpretación se refieran, o intenten referirse, a cierto tipo de contenidos mentales existentes (en lugar de crear totalmente una nueva experiencia) no nos obliga a la opinión de que esos contenidos sean siempre “realidades ocultas” plenamente formadas que entran en la experiencia consciente inalteradas en forma y contenido una vez que se levanta la represión. Es decir, no insistimos en que el concepto de represión como se entiende tradicionalmente necesite ser el eje de una teoría que contenga cierta idea de referencia a contenidos mentales preexistentes. Coincidimos con Mitchell y Stern en que muy frecuentemente en el trabajo analítico, interpretar los contenidos inconscientes es dar voz y palabras a “atisbos de significado” vagos, equívocos y ambiguos. También reconocemos que a menudo es probable que el lenguaje vaya más allá de estos vagos “atisbos de significado”  y, en ese sentido, cree una nueva experiencia. Pero esto es así sólo hasta cierto punto. Aunque el lenguaje y la interpretación puedan articular una experiencia no formulada, no crean su contenido totalmente de novo.

Nuestra afirmación es que para comprender a otra persona, uno utiliza el lenguaje y la interpretación para referirse, o intentar referirse, a contenidos mentales existentes en el otro, independientemente de lo vagos y no formulados que esos pensamientos puedan estar en la mente de esa persona. Por tanto, la cuestión de si el lenguaje y la interpretación “coinciden con lo que es real” en el paciente, y en qué medida lo hacen, sigue siendo una cuestión central. Desde este punto de vista, la interpretación supone revelar y no simplemente construir, incluso si la revelación no se corresponde con el concepto tradicional de represión sino que es atrapada por estas locuciones articulando lo que ha permanecido sin articular o enunciando lo que ha permanecido sin formular por razones defensivas (Fingarette, 1963, 1969).

Podría darse el caso de que una buena cantidad, probablemente la mayor parte, del material interpretado en el tratamiento psicoanalítico consista no en deseos e ideas reprimidos profundamente que emergen en su forma original una vez que se levanta la represión, sino en pensamientos, sentimientos, fantasías y sensaciones vagamente experimentados que no han sido explicados. No obstante, y este es el punto crítico en el que no estamos de acuerdo con Mitchell, el lenguaje y la interpretación explican ciertos contenidos mentales existentes, aun cuando sean vagos y no formulados. Después de todo, cuando uno explica, existe algo que necesita ser explicado. De otra manera ¿qué significado tendría explicar algo? Por tanto, al hacer interpretaciones, uno revela “atisbos de significado” vagamente percibidos y les da voz, los modela y los elabora. Aunque la revelación que tiene que ver con este proceso no se corresponde con el modelo tradicional de represión, es sin embargo una revelación de contenidos mentales existentes. A riesgo de ser repetitivos, el punto central que queremos enfatizar es que incluso cuando el lenguaje y la interpretación explican y articulan aquello que es vago, no formulado y ambiguo, son “respuestas” a contenidos mentales existentes en la mente del paciente.

Mitchell y Stern están afirmando esencialmente que los contenidos inconscientes están construidos como experiencias vagas y no formuladas más que como deseos, ideas y fantasías concretas. Dada esta construcción, el modelo apropiado de defensa ante ellos no es la prohibición por parte de la conciencia de contenidos mentales claramente delineados (esto es, la represión), sino más bien el “rechazo” motivado a explicar en detalle, a procesar los “atisbos de significado” vagamente percibidos. Al adoptar esta posición, Mitchell y Stern están expresando su insatisfacción con las concepciones tradicionales del inconsciente y la represión. Aquí siguen los pasos de otros. Por ejemplo, George Klein (1976) sugería que la represión debía considerarse como la falla motivada para establecer conexiones y comprender plenamente la significación personal de ciertas experiencias.

También siguen los pasos de Fingarette (1969), quien sostenía que la esencia de mucho de lo que los analistas tradicionales denominan represión se entiende mejor como una falla motivada para “explicar” la naturaleza de los compromisos de uno en el mundo –es decir, lo que uno hace, piensa y siente realmente. Los ejemplos citados por Fingarette incluyen el rechazo de un hombre a explicar el reconocimiento de haber fallado en lograr una ambición determinada; la falla de Celimene para explicar sus celos hacia Arsinoe en El Misántropo, de Molière; la incapacidad de Hickey para explicar el odio a su esposa en Llega el hombre de hielo (The Iceman Cometh) de O’Neill; y un ejemplo tomado de la discusión de Sartre sobre la “mala fe” (1956) la renuencia de una mujer a explicar su compromiso en un flirteo. Enfatizamos que en todos estos ejemplos lo que necesita ser explicado no son experiencias incipientes, completamente ambiguas, sino contenidos mentales identificables: un sentimiento de falla, celos no reconocidos, odio no reconocido, y flirteo no reconocido. Por razones defensivas, estos contenidos permanecen vagos, no articulados y sin prestarles atención. Pero, y este es el punto crucial, al explicarlos uno no los crea totalmente. Más bien, los revela y los articula. Para decirlo de otro modo, la noción de explicación en estos ejemplos tiene sentido sólo si uno se aferra a la idea de que la explicación precisa hace referencia a contenidos mentales existentes –es decir, coincide con algo real en el paciente.

Como sucede al describir un cuadro, o una nube, hay una realidad, pero al verbalizarla uno tiene una experiencia lingüística adicional cuyo contenido puede corresponder sólo aproximadamente con el de la experiencia no lingüística. Sin embargo, sólo cuando la explicación se corresponde en cierto grado con el contenido mental vagamente percibido por el paciente, provoca una respuesta del tipo “eso es, eso es lo que yo sentía vagamente”. Por tanto, sigue siendo central la cuestión de en qué medida la articulación o la explicación coincide con lo que es real en el paciente, incluso si lo que es real existe en el paciente en la forma de significados vagamente percibidos y no como contenidos mentales plenamente formados.

Consideremos el ejemplo de Green de un significado potencial vinculado a un trauma presumiblemente experienciado en un estadio presimbólico del desarrollo. Como afirma Green (1986), “aunque el significado potencial del trauma puede ser alcanzable sólo en la situación analítica, sin embargo se trata de que “la situación analítica lo revela, no lo crea” (p. 293).

Aunque las interpretaciones que uno hace pueden también articular y verbalizar representaciones que han permanecido sin formular, y que tal vez no sean plenamente recuperables en la experiencia consciente como pudieran serlo los deseos y los pensamientos, la cuestión de si “coinciden con algo real” en el paciente y en qué medida lo hacen sigue siendo crucial. Veamos dos ejemplos clínicos en los que aunque la interpretación y el lenguaje crean una nueva experiencia mediante la articulación de representaciones mentales que no habían sido previamente formuladas explícitamente, también articulan algo que ya estaba allí. El primer ejemplo pertenece al tratamiento de una paciente descrito en otro trabajo (Eagle, 1987) la cual, a partir del nacimiento de su hija sufría numerosos ataques de pánico y se volvió gravemente agorafóbica. En aquel momento vivía en casa de sus padres, junto con su marido y su nuevo bebé. Tras una serie de acontecimientos domésticos adversos, exclamó dramáticamente en una sesión: “¡Dios mío! No me extraña que tuviera que volver a vivir en casa. Así puedo cuidar de mi madre y de Erik [el bebé]”. Éste era un insight dramático de cómo su agorafobia expresaba una “creencia patogénica inconsciente” (Weiss y Sampson, 1986) en el sentido de que “si me marcho de casa y llevo una vida independiente y separada, esto significará abandonar a mi madre y morirá”. La paciente recordó entonces varios incidentes e interacciones a lo largo de su vida en las que su madre le comunicó sutilmente ese mensaje. Aunque el lenguaje y la interpretación (la auto-interpretación en este caso) crearon parcialmente una nueva experiencia y un nuevo sistema de significados, también supusieron una revelación de algo que realmente sucedía –y sucedía desde hacía mucho tiempo- en la mente de la paciente. Es decir, aunque la paciente nunca articuló explícitamente la creencia de que si se iba de casa su madre moriría, esa creencia inconsciente había gobernado durante mucho tiempo su conducta y su vida afectiva.

El segundo ejemplo es el de un hombre de 27 años (S.T.) cuyo síntoma eran los pensamientos obsesivos reiterados y angustiosos sobre si era o no era homosexual. Durante gran parte del tiempo que pasaba despierto se imaginaba una escena homosexual y luego evaluaba su reacción. Si detectaba  en sí mismo cualquier indicio de interés o excitación se angustiaba y pensaba “Dios mío, soy homosexual”. Si no detectaba tales indicios, se sentía aliviado y reasegurado, pero sólo hasta el siguiente examen. Su síntoma obsesivo se desarrolló por primera vez cuando su novia le presionó para comprometerse formalmente como un paso hacia el matrimonio. Es importante señalar que S.T. se crió en un hogar cristiano fundamentalista (cuando comenzó el tratamiento todavía vivía con sus padres) y él mismo era bastante religioso. Sentía que la homosexualidad era un pecado extremadamente grave contra Dios y en una sesión proclamó que si un maremoto asolara San Francisco, sería un castigo adecuado para ese hervidero de homosexualidad.

Al explicar las funciones de las preocupaciones homosexuales de S.T. y al articular y verbalizar el sentimiento vagamente percibido por el paciente de que ese síntoma estaba en cierto modo vinculado a la relación con su novia, se generó una nueva experiencia que antes no existía. Algo similar ocurre con cualquier insight o explicación. El terapeuta estaba verbalizando algo –el vínculo concreto entre la preocupación homosexual del paciente y los peligros de la intimidad heterosexual- que antes no estaba allí, ni como contenido implícito inconsciente ni como conocimiento procedimental.

Para resumir, incluso los significados vagamente percibidos tienen cierto contenido y “forma aspectual” (Searle, 1998) que será captada con más o menos acierto por algunas descripciones lingüísticas y no por otras. Al reaccionar contra las suposiciones de Freud de que la realidad psíquica “existe en una forma que no es ambigua ni equívoca, sino clara y concreta” (Carlo Bonomi, comunicación personal), los teóricos de la nueva perspectiva parecen adoptar la posición de que las experiencias no formuladas son tan amorfas e indeterminadas que simplemente esperan el lenguaje (la “construcción interpretativa”) para ser modeladas –es decir, para ser creadas por uno mismo y particularmente por el otro. Pero ésta es una descripción de las experiencias no formuladas y de los “significados percibidos” como pura masilla, como algo sin contenido ni forma alguna, simplemente esperando que el lenguaje y las “construcciones interpretativas” le den alguna forma o contenido. Pero los “significados percibidos”, aunque puedan ser vagos, son de un tipo y no de otro y no son totalmente amorfos e indistinguibles los unos de los otros. Por tanto, se deduce que sólo algunas articulaciones e interpretaciones los captarán -es decir, serán más acertadas que otras. Este no sería el caso si el lenguaje y la interpretación crearan enteramente (o incluso primariamente) la experiencia en lugar de articular, independientemente de con qué grado de éxito, algo que ya estaba “allí”.

¿Está la mente preorganizada?

Una base adicional para la posición de Mitchell de que el analista construye interpretativamente en lugar de intentar revelar los contenidos mentales del paciente es su afirmación de que incluso cuando existen ciertos contenidos mentales preexistentes, el proceso psicoanalítico crea su organización. Concretamente, Mitchell (1998) rechaza “las afirmaciones tradicionales... de que las dinámicas centrales relevantes para el proceso analítico están preorganizadas en la mente del paciente y de que el analista está en una posición privilegiada para acceder a ellas” (p. 18). Esta posición de Mitchell ha llevado a Meissner (1998) a comentar que “Parece extraño... que uno piense en el paciente, cuando éste entra en el consultorio por vez primera, como alguien sin una historia completamente propia, sin un trasfondo evolutivo, sin una psicología y una personalidad que ha adquirido y desarrollado en el transcurso de su vida, todo ello alcanzado antes de haber tenido ningún contacto con el analista” (p. 422). ¿Por qué adoptaría Mitchell una posición tan extraña? Parece ser así porque quiere defender la idea de que la organización de la mente del paciente se construye mediante la interacción con el analista y contradecir así lo que él considera la perspectiva tradicional de que existe una organización de la mente que se desplegará del mismo modo en todas las situaciones analíticas.

En una réplica reciente a la crítica de Silverman (2000) al mismo artículo que estamos debatiendo, Mitchell (2000) intenta aclarar “las lecturas erróneas” de su posición. (A causa de la naturaleza extrema de algunas de sus afirmaciones, a veces es difícil distinguir las malas lecturas de las interpretaciones plausibles de Mitchell en el artículo de 1998; la reacción inicial es decirse a uno mismo “Realmente no puede haber querido decir esto”.) En esta réplica, Mitchell niega haber afirmado nunca que la mente no tenga propiedades preexistentes previas al análisis: “No hay un lugar en ninguno de mis escritos en el que dé razones contra la idea de que el paciente tiene una mente con propiedades preexistentes antes de cualquier encuentro con el analista o sostenga que no existe continuidad alguna entre las versiones de nosotros mismos que emergen con diferentes personas. Esto, por supuesto, sería absurdo” (p. 155). Sin embargo, continúa afirmando que la mente no está preorganizada: “Pero creo que un problema con el pensamiento preconstructivo es la suposición de que existe una organización estática de la mente que se manifiesta falsa a través de las experiencias. Una descripción muy buena del modo en que yo considero la mente como preexistente pero no preorganizada se encuentra en Ogden (1997)” (p. 155) (2).

¿Cómo se entiende la afirmación de que la mente es “preexistente pero no preorganizada”? Presumiblemente, la mente preexistente existe de una cierta forma organizada. Pero Mitchell quiere rechazar la idea de una “organización estática” de la mente y, como sugiere su referencia a Ogden, quiere enfatizar la susceptibilidad de la mente a organizarse de diferentes maneras como una función de la “relación intersubjetiva” concreta en la cual está envuelta la persona. Implícita en el artículo de Mitchell de 1998 y ciertamente sugerida por la idea “aclarativa” de “preexistente pero no preoganizada” se encuentra una concepción “relacional” de la mente según la cual ésta no tiene carácter inherente propio, es indefinidamente fluida y maleable, en espera de ser modelada y organizada –para citar el pasaje de Ogden que según Mitchell se corresponde con su forma de pensar – por “cada nueva... relación intersubjetiva”.

Pero la susceptibilidad de ser influenciado por la interacción con otro no significa que la mente “preexistente” no tenga una estructura preorganizada estable previa a dicha interacción. Incluso cuando esta visión de la mente como carente de una organización estable fuera acertada para el infante –y no está nada claro que lo sea- no es cierta para un adulto que ha formado una estructura relativamente estable y organizada en el curso de su desarrollo.

Las personas que acuden a tratamiento (y, en cierta medida, las personas en general) muestran en realidad pautas de conducta repetitivas y “estáticas”, contenidos mentales subyacentes (p. ej. deseos y fantasías inconscientes) y representaciones (p. ej. modelos de funcionamiento internos y estructuras interaccionales) a través de una amplia gama de situaciones. La sugerencia de que la organización psíquica es fácilmente y “siempre susceptible de ser modelada y reestructurada... en el contexto de cada nueva relación intersubjetiva inconsciente” (Ogden, 1997, p. 190) pone todo el énfasis en lo que Piaget (1954) denominó acomodación y deja muy poco para nuestra tendencia ubicua y poderosa a asimilar la experiencia, incluyendo la novedosa, a esquemas y representaciones preexistentes y preorganizados.  Si las personas fueran tan susceptibles a ser modeladas y reestructuradas por cada nueva relación intersubjetiva como sugieren Mitchell y Ogden, el cambio terapéutico sería mucho más fácil de lo que es. Las personas son, por supuesto, capaces de cambiar, pero este cambio se hace especialmente difícil por nuestra fuerte tendencia, en muchos sentidos adaptativa, a operar sobre la base de estructuras relativamente estables.

La desconcertante distinción de Mitchell (2000) entre procesos mentales preexistentes y preorganizados contribuye poco a hacer más sostenible su concepción de la mente. Nos sitúa en la difícil posición de tener que sostener que aunque “el paciente tenga una mente con propiedades preexistentes antes de cualquier encuentro con el analista” –negar eso sería, según Mitchell, “absurdo”- la mente del paciente no está preorganizada, una afirmación que no es menos absurda. El reconocimiento de Mitchell de que la mente es preexistente, junto con su negativa a que esté organizada, no le concede más realidad a la mente que a la sonrisa del gato de Cheshire. Así, al final lo que Mitchell etiqueta como una mala lectura de su posición aparece como una explicación de sus implicaciones –incluso cuando él sea reacio a refrendarlas.

Mitchell podría ser interpretado como defendiendo la modesta opinión, poco enfatizada en la teoría tradicional, de que la interacción entre el paciente y el analista ejerce cierta influencia sobre la organización de la mente del paciente y sobre las dinámicas concretas que se provocan con más facilidad. Por ejemplo, en su artículo de 2000, Mitchell escribe: “la única manera en la que el analista puede saber algo sobre la mente del paciente es en interacción con su propia mente. Por tanto, en gran medida, las versiones del paciente que emergen en el proceso analítico son únicas para esta relación analítica concreta y están cogeneradas por la participación voluntaria e involuntaria del analista” (p. 157).

Intentar afirmar, no obstante, que existe una interacción en las dinámicas del paciente y la personalidad y conducta del analista no requiere la concepción radical de la mente que presenta Mitchell. Es más,  aunque ciertos aspectos del paciente que emergen en el proceso analítico puedan ser únicos para una relación analítica concreta, es probable que otros aspectos permanezcan estables en otras relaciones del paciente. La base situacional de Mitchell le lleva a infravalorar el hecho de que ciertas predisposiciones internas son tan intensas y tienen un umbral tan bajo para la activación que son fácilmente provocadas por una amplia gama de situaciones.

La posición de Mitchell sobre las dinámicas preorganizadas nos trae a la mente un debate previo sobre la teoría de la personalidad entre los teóricos caracteriales (que sostienen que las diferencias individuales en la conducta son determinadas primariamente por características internas estables) y los situacionistas (quienes sostienen que son determinadas primariamente por variables situacionales). La resolución obvia de este debate en cierto modo innecesario es el reconocimiento de que la conducta es producto de una interacción entre las predisposiciones internas (incluyendo las dinámicas centrales preorganizadas) y los impulsos y demandas situacionales. Por ejemplo, una pieza de cristal puede romperse de muchos modos diferentes, dependiendo de la naturaleza y la fuerza del impacto. Esto no significa, sin embargo, que el cristal no posea propiedades estructurales preorganizadas. Cómo se rompa estará en función de la interacción entre esas propiedades y la fuerza que actúe sobre la pieza.  Uno no dice que el cristal tiene propiedades preexistentes pero no preorganizadas. En el contexto psicoanalítico, consideremos el ejemplo de un paciente masculino con intensas luchas competitivas y poco conflicto a la hora de expresarlas. Puede esperarse que este aspecto de su personalidad emerja más fácilmente (de un modo u otro) con un analista que se comporte de forma autoritaria o competitiva que con un analista más “maternal” que no “tire” de esos temas. Así, ciertas configuraciones de transferencia-contratransferencia serán únicas para una diada determinada, y ciertos aspectos estables de la personalidad del paciente emergerán en cierta medida en la mayoría de las relaciones analíticas. No es necesaria una nueva teoría de la mente para explicar estas simples observaciones.

El psicoanálisis tradicional, la teoría de las relaciones objetales y la psicología del yo han enfatizado intensamente las fuertes predisposiciones internas (es decir los deseos, fantasías, defensas, relaciones de objeto internalizadas, conflictos internos de larga duración, defectos del self) tal vez a expensas del reconocimiento de la importancia de los factores interaccionales. Mitchell parece reaccionar contra esta tendencia. Así, puede leerse que el psicoanálisis tradicional sostiene que para cada paciente existe un conjunto estático, rígido, de deseos inconscientes, conflictos, fantasías y defensas que emergerán inevitablemente con cualquier analista. Esta posición puede llevar al analista no sólo a estar seguro/a de conocer lo que hay en la mente del paciente, sino también a pasar por alto su influencia para provocarlo. Así, la idea de que existe algo preorganizado en la mente del paciente para ser revelado es objetable para Mitchell porque considera que le otorga una influencia insuficiente a la interacción analítica. Si la posición de Mitchell se entiende como un correctivo a esta negación relativa de los factores interaccionales, bienvenida sea. Sin embargo, lamentablemente, Mitchell ancla su posición en teorías de la mente insostenibles que no proporcionan una base adecuada para la teoría y la práctica psicoanalíticas.

Una disyuntiva entre la posición conceptual y el material clínico

 Friedman (1998) observa que es “difícil imaginar como trabajaría un analista que no cree en la búsqueda de algo que ya está allí para ser descubierto” (p. 261). El que para Mitchell y Renik es difícil imaginar esto queda sugerido por dos evidencias. Una es la disyuntiva entre la posición conceptual que adoptan y el material clínico que presentan. La otra prueba es la necesidad de preservar la idea de que, después de todo, el psicoanálisis opera con la verdad y la objetividad, incluso cuando eso requiera algunas redefiniciones más bien extrañas de estos conceptos. Discutiremos cada una de estas cuestiones.

Aunque mantiene que no existen procesos mentales que correspondan a la frase “en la mente del paciente” sobre los que uno pueda estar acertado o equivocado y, tras sostener que no existen dinámicas centrales “preorganizadas” en la mente del paciente, Mitchell procede no obstante a interpretar el sueño de su paciente, Robert, en términos de “las luchas con su hijo [que] eran en cierto modo reflejo de las luchas con una parte de sí mismo que había sido enterrada” (p. 23). Apunta que el padre del paciente “fue internalizado por éste de un modo complejo” (p. 23) y apunta también la lucha del paciente “con el sentimiento de que había mutilado trágicamente sus propios recursos internos y su potencialidad” (p. 24). Aquí Mitchell escribe ciertamente como si esas luchas e internalizaciones tuvieran la calidad de dinámicas centrales preorganizadas “en la mente del paciente” acerca de las cuales uno puede estar acertado o equivocado.

A pesar de su preferencia por la nueva perspectiva sobre la vieja idea de la revelación, la interpretación de Renik (1996) de que la hostilidad de su paciente y la culpa hacia su hermana servía como defensa frente a ser crítica con sus padres habla de una revelación de los sentimientos, inaccesibles hasta entonces, de la paciente hacia sus padres. Como ha apuntado Smith (1999, p. 468, n.1), las formulaciones e intervenciones clínicas concretas descritas por Renik, a pesar de su retórica, no son apreciablemente diferentes de aquellas que podría hacer cualquier analista. Así, la interpretación no es simplemente “¿Por qué no adopta esta perspectiva hacia su enfado con su hermana?”, sino también “Existe algo más en el enfado y la culpa hacia su hermana que salta a la vista” –más a ser revelado. Sin la suposición de que el paciente aborda inconsciente sentimientos críticos hacia sus padres –es decir, sin la suposición de que dichos sentimientos están “en la mente del paciente”- la interpretación de Renik se convierte, en esencia, en nada más que “observe su hostilidad y culpa hacia su hermana de este nuevo modo; le ayudará a sentirse mejor”. Sin la preocupación de que la interpretación que uno hace se corresponda en cierto modo con lo que “hay” en la mente del paciente, habría todo un rango de interpretaciones o perspectivas que podrían ayudar al paciente a sentirse mejor. Entonces, ¿en qué se diferenciaría esta posición de sugerir, digamos, convertirse al cristianismo o al judaísmo ortodoxo para sentirse mejor?

Redefiniendo la verdad y la objetividad

La otra manera en que los teóricos de la nueva perspectiva exhiben su incomodidad con una completa desestimación de la cuestión de si la interpretaciones analíticas coinciden con algo real en el paciente –es decir, poseen verdad y objetividad- es redefiniendo estos conceptos y preservando así el lenguaje de la revelación a la vez que rechazan su esencia. La solución de Renik a la incómoda posibilidad de que las nuevas perspectivas que, supuestamente, resultan efectivas en el análisis puedan tener poco que ver con la verdad es simplemente redefinir la verdad de modo que “lo que es verdad es lo que funciona” (1998 a, p. 492) –cuando resulta claro que por “lo que funciona” se refiere a cualquier cosa que aumente la felicidad del paciente.

En un reconocimiento aparente de que podría haber dificultades con su equiparación de lo que funciona con lo que es real y objetivo, Renik suscita la cuestión de si él consideraría objetivo a un paciente a quien su delirio de grandeza le proporcione felicidad. Su respuesta es que en su experiencia “la grandiosidad ilusoria, a largo plazo, no hace felices a las personas... Si la autosatisfacción feliz del paciente pareciera, de hecho, durar, me sentiría obligado a revisar mi percepción del paciente como ilusoriamente grandioso” (pp. 494-495). Renik está tan resuelto a aferrarse a su idiosincrásica concepción de la objetividad que si la ilusión (no sólo aparente) ha hecho feliz al paciente por un periodo prolongado (no dice cuánto tiempo) se sentiría obligado a creer que el paciente ha sido objetivo en lugar de ilusorio. ¿Qué pasa si uno tiene la flagrante ilusión, digamos, de ser el rey de Inglaterra y qué pasa si esa ilusión le hace ser feliz durante un periodo de tiempo prolongado? ¿Se sentiría Renik obligado  a revisar su percepción de la persona como ilusoria? ¿No preferiría, en cambio, revisar su suposición de que la grandiosidad ilusoria no puede nunca hacer feliz a alguien a largo plazo? De otro modo se ve forzado a decir que lo que parecía ilusorio no es así realmente, después de todo. ¿Concluiría entonces que el paciente es realmente el rey de Inglaterra?

En cuanto a la cuestión de la objetividad, la respuesta de Renik a la cuestión de “¿cómo puede un analista ser objetivo si un analista es irreductiblemente subjetivo? (p. 491) es simplemente “que en el análisis, como en cualquier lugar de la vida, las observaciones de la realidad son construcciones formadas en relación con intereses subjetivos concretos” (p. 491). Para ilustrar la determinación de las observaciones por intereses subjetivos, contrasta la observación que hace un paseante del sol saliendo por el este y poniéndose por el oeste con las observaciones de un astrónomo, que “muestran que el sol no se mueve en absoluto por el cielo” (p. 492). La conclusión de Renik es que “aunque podría sostenerse que las observaciones del paseante y del astrónomo son contradictorias, también podemos decir que ambas son objetivas, cada una en relación a un diferente interés subjetivo” (p. 492).

Apliquemos el razonamiento de Renik a un paseante que sienta que la tierra es plana –que, por supuesto es como todos sentimos a la tierra en nuestras interacciones diarias con el mundo. Según la lógica de Renik, el paseante (o cualquiera que sienta que la tierra es plana) y el astrónomo, cuyas observaciones revelan que es redonda, “son ambos objetivos, cada uno en relación a un diferente interés subjetivo”. Pero esta conclusión es errónea, por supuesto; la tierra es redonda y los paseantes que andan por caminos planos lo saben tan bien como el astrónomo, a pesar de su experiencia altamente adaptativa de que la tierra es plana.

Tal vez lo que Renik quiere decir es que para el “interés subjetivo” de superar nuestras actividades cotidianas, la experiencia de que la tierra es plana, o incluso la creencia de que lo es, es perfectamente adecuada. Sin embargo, resulta que nuestra experiencia subjetiva de que la tierra es plana no es una base adecuada para determinar la naturaleza objetiva de la forma de la tierra como un todo. Uno no puede, entonces, decir legítimamente que las afirmaciones de que (1) la tierra es plana y (2) que la tierra es redonda son igualmente objetivas, sólo que cada una lo es en relación con un diferente interés subjetivo. La primera proposición es falsa. Estos ejemplos muestran la diferencia entre una heurística que “funciona” y una proposición que es verdadera. Así, aunque la heurística de que la tierra puede ser considerada plana funciona a muchos efectos, es literalmente falsa.

Como Cavell (1998) apunta convincentemente en su respuesta al artículo de Renik, el hecho de que la percepción y las observaciones que uno hace puedan reflejar sus “intereses subjetivos” y sean idiosincrásicas y personales no descarta en modo alguno la idea de un mundo objetivo independiente de nuestras percepciones. En realidad, dice ella, “La idea de una perspectiva parcial y subjetiva sobre el mundo tiene sentido sólo partiendo de la idea de un mundo objetivo, un mundo que está ahí independientemente de que yo lo vea, que puede contemplarse desde diferentes puntos de vista sin dejar de ser el mismo mundo” (p. 115).

La posición de Cavell es aquí prácticamente idéntica a la de Searle (1998) en sus comentarios sobre el “perspectivismo”. Su caracterización del perspectivismo podría servir como descripción de las opiniones de Renik. Es “la idea de que nuestro conocimiento de la realidad nunca es inmediato, siempre es mediado por un punto de vista, por un conjunto concreto de predilecciones...” (p. 18). Sin embargo, como apunta Searle, la idea de que para conocer la realidad uno debe conocerla desde un punto de vista, no descarta en modo alguno la posibilidad de conocer la realidad de forma objetiva. Suponer que eso fuera así implicaría la suposición extraordinariamente simple aunque errónea de que para conocer la realidad uno debe enfocarla sin ningún punto de vista. “yo veo directamente la silla que hay enfrente de mí”, escribe Searle, “pero por supuesto que la veo desde un punto de vista. La conozco directamente desde una perspectiva” (p. 21). Pero no tendría sentido hablar de diferentes puntos de vista o perspectivas sobre la silla a menos que exista una silla real independientemente de nuestras observaciones.

De forma similar, tiene poco sentido hablar de diferentes perspectivas sobre la mente de un paciente a menos que uno asuma que existen estados mentales, dinámicas, defensas, voluntades, necesidades, deseos, esquemas, etc., relativamente estables sobre los que el analista adopta una perspectiva. Por supuesto, al contrario que sucede con la silla, puede ser difícil, y en ocasiones imposible, determinar los estados mentales de un paciente. También sucede que, al contrario que con un objeto inanimado como puede ser una silla, en la situación analítica (como en otras situaciones interpersonales) las partes interactúan e influyen mutuamente en los estados mentales del otro. Sin embargo, existe una diferencia entre, por una parte, reconocer que uno influye y tiene una cierta perspectiva sobre los estados mentales del otro y, por otra, negar su existencia independiente.

Mitchell y Renik comparten la opinión de que el psicoanálisis tiene la tarea de generar sistemas de significado, perspectivas, interpretaciones, construcciones, narrativas –el término que uno prefiera- que conduzcan supuestamente a una existencia más rica y menos saboteadora del self.  El resto del discurso, incluyendo las forzadas definiciones o redefiniciones de la mente, la verdad, el insight o la objetividad  no vienen al caso. Aunque la lógica de su posición sugiere que la verdad de una narrativa –es decir, si se corresponde con algo real en el paciente- es enormemente irrelevante y aunque casi llegan a decir eso, disfrazan su inmersión en el postmodernismo comprometiéndose en gimnasias semánticas.

Sugerimos que además de no querer parecer “relativistas irresponsables”, otra razón por la que los teóricos de la nueva perspectiva se aferran a la idea de que están preocupados por la verdad, la objetividad, etc., es que prácticamente todos los pacientes suponen, cuando entran en tratamiento, que ganarán en autoconocimiento y aprenderán más de su propia verdad. Si esta suposición es simplemente una ilusión, ¿por qué no son desengañados los pacientes? Como pregunta Sass (1992), la supuesta imposibilidad de determinar la verificabilidad de las interpretaciones, ¿es un secreto que no se puede transmitir a los pacientes? ¿Realmente los pacientes creen que no hay nada que se corresponda con la frase “en la mente” respecto a lo cual sus analistas puedan acertar o equivocarse? ¿Aceptan los pacientes la meta de ser simplemente “historiadores relativos” de sus vidas (Schafer, 1992)? Cuando Renik le hace a su paciente la interpretación de que su enfado con su hermana es en parte una defensa frente al sentimiento de crítica y enfado hacia sus padres, ¿ella interpreta esta intervención como meramente una “nueva perspectiva” que podría “funcionar” o entiende que Renik está diciendo que realmente ella alberga de hecho esos sentimientos hacia sus padres? Uno se pregunta cuánto durarían los pacientes en el tratamiento si se les dijera que el analista no está interesado en revelar verdades, sino en ofrecer “ficciones estéticas” (Geha, 1984), narrativas coherentes, o algo así. Uno se pregunta también cómo podían conducir los analistas los tratamientos si sus ideas filosóficas generales, tal como se presentan en artículos y libros, se infiltraran plenamente en su trabajo clínico del día a día.

La renuencia de los teóricos de la nueva perspectiva a rechazar la apariencia de estar preocupados por la verdad puede basarse en su intuición de que es difícil comprender cómo puede sobrevivir el proyecto psicoanalítico si las “construcciones interpretativas”, los sistemas de significado, las narrativas, las perspectivas, etc., que se formulan en el psicoanálisis se liberan de cualquier vínculo con algo real en el paciente. Nos parece que las tortuosas redefiniciones de verdad y objetividad ofrecidas por estos teóricos son un intento de preservar el proyecto psicoanalítico al tiempo que se socavan sus supuestos básicos.

En resumen, cuando hablan de material clínico se atienen implícitamente a las ideas tradicionales de contenidos mentales preexistentes a pesar de su adopción explícita de una posición conceptual que contradice esas ideas. Intentan evitar las implicaciones de su posición conceptual convenciéndose a sí mismos y a los demás de que siguen creyendo que la verdad y la objetividad son intereses esenciales en el psicoanálisis, aun cuando redefinan esos conceptos en modos que guardan poca relación con la forma en que se entienden comúnmente estos términos.

La naturaleza y los objetivos del tratamiento psicoanalítico

Nos parece que en el fondo Mitchell, Renik y muchos otros autores psicoanalíticos contemporáneos están defendiendo, en contra de la opinión tradicional de que el insight y el aprendizaje de la verdad sobre uno mismo son cruciales para el cambio terapéutico, que los nuevos sistemas de significado, las perspectivas alternativas y las narrativas más coherentes son los auténticos agentes mutativos. Por tanto, según ellos, un proyecto central en el psicoanálisis no es revelar las verdades sobre la mente del paciente sino desarrollar o construir nuevos sistemas de significado, perspectivas y narrativas que presumiblemente den lugar a una vida mejor. Ésta es una idea relativamente simple que no requiere discursos filosóficos acerca de la naturaleza de la mente o de la posibilidad de descubrir verdades sobre la mente.

Si lo crucial, por así decirlo, es la provisión de sistemas de significados o perspectivas alternativas que den lugar a una vida mejor, entonces las cuestiones operativas más importantes son (1) si los pacientes adoptan, de hecho, nuevos sistemas de significado y nuevas perspectivas; (2) si éste o aquél sistema de significado y perspectiva alternativa da lugar realmente a una vida mejor; (3) qué se entiende por una vida mejor; y (4) cómo se determina o se “mide” en qué grado ese resultado ha tenido o no lugar.

En el núcleo de la posición de Mitchell, y en gran parte de la literatura analítica contemporánea, está la decepción con la idea tradicional, vinculada a la “Postura de esclarecimiento” de que el insight, la conciencia y el autoconocimiento – es decir, obtener acceso a los contenidos mentales inconscientes y a los modos de defensa- es una ruta importante para la liberación y el cambio terapéutico. La desilusión con el papel del insight tiene, creemos nosotros, dos razones. Una es la experiencia clínica familiar de que el insight y la conciencia no conducen necesariamente a un cambio terapéutico significativo. La otra razón es el problema epistemológico de la sugestión, es decir, la cuestión de si las interpretaciones que parecen generar insight realmente se corresponden con lo que está sucediendo en la mente del paciente. Adoptando el marco ofrecido por Mitchell y Renik, el analista se ve liberado de la carga que acompaña a la afirmación de que las interpretaciones coinciden con algo real en el paciente –es decir, que el analista descubre o revela algo.

Así, de un solo golpe conceptual, los analistas pueden descargarse de un obstinado problema epistemológico. Renunciando a la idea de que el analista revele algo en la mente del paciente y adoptando una posición totalmente constructivista, los analistas pueden evitar el malestar de lo que Mitchell (1998) denomina el “síndrome Grünbaum” y pueden asegurarse la “casi total irrelevancia para los clínicos contemporáneos” (p. 5) de la archiconocida crítica de Grünbaum. El problema es que independientemente del inconveniente que tenga el papel del insight en el cambio terapéutico, no es una cuestión conceptual o filosófica sino una cuestión empírico-clínica.

Debería apuntarse que no estamos defendiendo que el insight, como se define tradicionalmente, sea más efectivo terapéuticamente que las narrativas coherentes o los nuevos sistemas de significado_, ni que la decepción con los objetivos tradicionales del insght esté justificada o no. Estas son cuestiones empíricas. Argumentamos en contra de la posición de que, puesto que no hay nada que se corresponda con la frase “en la mente del paciente” sobre lo que uno pueda acertar o equivocarse, o a causa de la supuesta imposibilidad de conocer la mente del paciente, la única opción disponible para los analistas es la provisión de perspectivas alternativas, narrativas coherentes y nuevos sistemas de significado.

Comentarios finales

Como apuntábamos al principio, los trabajos de los teóricos de la nueva perspectiva han servido a un propósito útil. Han ayudado a desmantelar el mito de que el analista es un observador puramente objetivo; nos ha hecho más conscientes de las sutiles y complejas interacciones entre paciente y analista; ha subrayado el papel que el estilo idiosincrásico del analista, su historia y sus bases desempeñan en su comprensión del paciente; y nos ha ayudado a disipar eso a lo que Stone (1981) se refería como el “anonimato robotizado de nuestro periodo neoclásico” (p. 106). Sin embargo, al ofrecer críticas útiles, han tomado posiciones insostenibles en sí mismas y que no proporcionan una base fructífera para el crecimiento y el desarrollo del psicoanálisis. Así, mientras argumentan contra el hombre de paja de la “pura objetividad” (Smith, 1999, p. 468), han adoptado una posición subjetivista extrema que, como apunta Cavell (1998), conduce a un “franco escepticismo sobre la existencia del mundo externo y de otras mentes” (p. 453). Una cosa es reconocer el papel de la historia idiosincrásica del analista, sus opiniones y sus bases. Y otra muy distinta es dar razones en contra de la afirmación de que el analista intenta encarar la realidad psíquica del paciente y encontrar las opiniones del paciente. No importa lo imperfecto e incompleto que pueda ser el esfuerzo, uno puede intentar tener en cuenta las propias bases e intentar comprender al paciente con tanto acierto como sea posible. La posición alternativa, es decir, que al comprender al paciente el analista está encarando en realidad su propia realidad psíquica, nos atrapa en una posición solipsista que en efecto elimina la existencia independiente del otro.

Un ímpetu importante para los trabajos de los teóricos de la nueva perspectiva fue su objeción a la supuesta posición clásica  de que el analista, como observador puramente objetivo, tiene prácticamente acceso directo a una Verdad singular canónica –una especie de perspectiva del ojo de Dios- respecto a la mente del paciente. Esta posición, se sostenía, se prestaba demasiado fácilmente a imponer las opiniones teóricas del analista sobre el paciente y corría el riesgo, por tanto, de violar la integridad del paciente. Existe una gran ironía en la observación de que al reaccionar contra las posiciones tradicionales –es decir, al discutir las ideas de que estamos intentando encontrar la opinión del paciente, de que el paciente acude al tratamiento con dinámicas centrales preorganizadas, de que existe algo en la mente del paciente sobre lo que podemos estar acertados o equivocados- y sostener que la mente del paciente es constituida por las “construcciones interpretativas” del analista, uno viola la independencia y la integridad del paciente mucho más profundamente de lo que supuestamente lo hace la posición tradicional. En tanto que uno adopta el ideal de que las interpretaciones deben estar limitadas y evaluadas según el grado en el que “coinciden con algo real” en el paciente, son una respuesta, al menos en principio, a la realidad de la mente del otro que existe de forma independiente. Una vez que uno renuncia a ese ideal y toma la posición de que constituye la mente del otro mediante la “construcción interpretativa” y la interacción, o de que al intentar comprender la realidad psíquica del otro uno está en realidad encarando su propia realidad, se pone en cuestión  la existencia de otras mentes estructuradas independientemente del analista, y uno asume la tarea de crear, que no comprender, al paciente.

Mantener el ideal de que uno está intentando entender la realidad psíquica del paciente que existe de forma independiente deja lugar en principio para la corrección de posiciones arrogantes y excesivamente seguras. La realidad independiente del otro y el ideal de intentar encontrar sus opiniones siempre están ahí como limitaciones a las construcciones y como “límites a la medida de latitud interpretativa” (Kirshner, 1999, p. 449). No hay límites y restricciones en cuanto uno sostiene que está encarando sólo su propia realidad psíquica, que “no existe nada que se corresponda con la frase “en la mente del paciente” respecto a lo cual el paciente o el analista puedan estar acertados o equivocados.

En nuestra opinión, la posición más constructiva y fructífera para el psicoanálisis es un “realismo modesto”. Esta posición sostiene que una tarea central del psicoanálisis consiste e intentar comprender, con tanta profundidad y certeza como sea posible, la realidad psíquica del paciente y encontrar sus opiniones. Esta posición nos permite reconocer las bases idiosincrásicas del analista, su historia y sus motivaciones, así como la incertidumbre de los límites de nuestras comprensiones. En lugar de proclamar a la mínima ocasión la “irreductible subjetividad” del analista y la supuesta imposibilidad de cualquier posición objetiva, uno simplemente lo hace lo mejor que puede al intentar comprender la realidad psíquica del paciente con tanta certeza como sea posible.

Al adoptar la posición de realismo modesto se obvia la tentación de dicotomizar entre los objetivos del proceso terapéutico de revelación y descubrimiento, por una parte, y el desarrollo de nuevos sistemas de significado y perspectivas alternativas por la otra. Uno reconoce que los dos caminan mano a mano. Si no nos preocupa que nuestros sistemas de significado, perspectivas, interpretaciones y narrativas se correspondan en cierto modo con lo que está sucediendo en la mente del paciente, nos quedamos con una tarea no esencialmente distinta de cualquier forma de sugestión, persuasión o conversión. En palabras de Kirshner (1999) “si nos olvidamos de lo que realmente hay fuera..., nos quedamos con una teoría socialmente construida que puede contemplarse pragmáticamente, como algo útil para los pares y los pacientes que están de acuerdo en emplearla” (p. 450). Ciertamente tendríamos que abandonar cualquier pretensión de que el psicoanálisis tiene mucho que ver con cosas como el funcionamiento de la mente y el desarrollo de la personalidad.

Una posición de realismo modesto como apuntalamiento filosófico para el psicoanálisis nos capacita para reconocer la incertidumbre de nuestro conocimiento del otro (y de nosotros mismos), el papel de la historia idiosincrásica del analista y sus bases a la hora de comprender al otro, la influencia mutua entre paciente y analista, y la naturaleza inferencial e indirecta de nuestro conocimiento de la mente del otro, pero también nos capacita para reconocer la existencia independiente de la realidad psíquica del paciente y la necesidad de comprender esa realidad con tanta plenitud y certeza como sea posible.

Notas

 

(1) Este artículo se escribió antes de la trágica y prematura muerte de Stephen Mitchell. Entendemos que debería tener la oportunidad de réplica y lamentamos profundamente que no pueda hacerlo. Sus ideas extraordinariamente provocadoras siempre le obligaban a uno a considerar detenidamente cuestiones y suposiciones fundamentales. Este artículo no es más que un ejemplo de cómo sus ideas y formulaciones le obligaban a uno a examinar cuestiones tan básicas como la propia concepción de la mente y la naturaleza del conocimiento y la autoridad del analista. Nuestro artículo no tiene que ver, ni cuestiona, con sus contribuciones elementales a la concepción relacional del psicoanálisis. Esas contribuciones han tenido, merecidamente, un enorme impacto sobre nuestro campo. Aunque en este artículo somos críticos con algunas de sus ideas, nuestras críticas deberían considerarse como producto de haber tratado sus ideas con la seriedad que merecen. Una vez más, desearíamos que él hubiera podido responder con el vigor y la intensidad con los que desempeñó todo su trabajo.

 

(2) El pasaje citado de Ogden (1997) sostiene que “la relación de objeto interno... no es una entidad rígida; es un conjunto fluido de pensamientos, sentimientos y sensaciones que está continuamente en movimiento y siempre es susceptible de ser modelado y reestructurado según es nuevamente experienciado en el contexto de cada nueva relación intersubjetiva inconsciente...” (citado en Mitchell, 2000, p. 155).


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