aperturas psicoanalíticas

aperturas psicoanalíticas

revista internacional de psicoanálisis

Número 014 2003 Revista Internacional de Psicoanálisis Aperturas

¿Que sé? Perspectivas sobre lo que no debe saberse cuando el cambio significa pérdida

Autor: Shengold, L.

Palabras clave

Cambio/perdida, Constancia del objeto, Rabia, Reaccion terapeutica negativa, Sadomasoquismo, Transferencia.


"What do I know?": Perspectives on what must be know when change means loss'” fue publicado originariamente en Psychoanalytic Quarterly, LXXI, pp. 549-578. Copyright 2001 de Analytic Press, Inc. Traducido y publicado con autorización de The Analytic Press, Inc.

 
Traducción: Marta González Baz
Supervisión:
María Elena Boda

Una versión ligeramente diferente de este artículo se presentó como conferencia honoraria Heinz Hartmann en la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York, 23 de Octubre de 2001.  

Algunos pacientes usan muchos medios para no saber y así no sentir una rabia asesina contra sus padres reales e internalizados a los que desean y a quienes les aterroriza perder. Se resisten tenazmente a los cambios psicoanalíticos liberadores que buscan conscientemente. La esperanza, la promesa y el éxito se han convertido en una amenaza de pérdida insoportable y de catastrófica ansiedad. Estas terribles expectativas deben llegar a ser reconocidas y sentidas de forma responsable por el paciente.
 
La primera frase del título está tomada de Michel de Montaigne (1580), el gran escritor francés del siglo XVI cuyos Ensayos han sido mi libro de cabecera durante buena parte de mi vida. Es un ideal del yo. Mi estilo serpenteante, mi afición por las citas y mi tendencia a las referencias personales derivan en gran parte de Montaigne.
 
En este artículo elaboro algunas observaciones que no son originales y que son más generalmente psicológicas que psicoanalíticas. Durante la última década, en la cual lo que más he hecho han sido segundos y terceros análisis, he llegado a convencerme de que es vital sentir la fuerza emocional de algunas generalizaciones casi filosóficas para comprender las motivaciones conflictivas de muchos pacientes que se estancan en análisis largos. Parecen persistentemente contrarios al cambio, especialmente al cambio para mejorar. La obcecada resistencia persiste, incluso en aquellos con capacidad y talento obvios para el trabajo psicoanalítico. Se aferran a sus neurosis y no parecen motivados para finalizar el análisis, rechazando las modificaciones liberadoras que afirman buscar.
 
Los análisis son muy largos, y a menudo se requiere más de uno. Para vencer la paralización que la resistencia supone, estos pacientes tienen que llegar a ser conscientes de forma responsable de que lo que dicen que ya saben es meramente intelectual y teórico; esto implica reconocer lo que saben. El insight de reconocimiento sólo se alcanza si uno puede sentir y tolerar sus emociones concomitantes prohibidas y psicológicamente peligrosas. Un paciente señalaba, “Sé que usted está repitiendo lo que yo le he contado sobre mis padres y que es cierto, pero no voy a aceptarlo”. La libertad de reconocer lo que está ahí para ser sentido, especialmente sobre el self, los padres y sobre el analista en la transferencia, puede requerir un largo periodo de trabajo.
 
Repudiar–no aceptar- lo que debería estar en la conciencia intelectual, implica emplear muchas de las metáforas arbitrariamente definidas que denominamos mecanismos de defensa: represión, supresión, aislamiento, negación, renegación, disociación, escisión. Por más que intentemos encontrar definiciones exactas, “científicas”, de estos términos no podremos eludir el hecho clínico de que todo el mundo –incluso un analista- tiene una combinación idiosincrásica y dinámica de modos de no saber responsablemente. El paciente debe llegar a saber qué está rechazando saber y cómo lo está rechazando.
 
Ilustraré esta resistencia a saber con material clínico y literario centrado en ciertas connotaciones oscuras de la esperanza y la promesa conectadas con la primavera y la cercanía del verano con sus flores y jardines.
 
El Sr. X
 
El Sr. X acudió en busca de un segundo análisis porque todavía se sentía “cargado de sadomasoquismo”. Las prácticas sadomasoquistas se habían reducido considerablemente durante su primer intento, pero persistía la excitación anal, las fantasías de golpear y la masturbación asociadas con ellas. El Sr. X estaba preocupado porque todavía las deseaba y no quería abandonarlas. Durante el primer año del segundo análisis, afirmaba repetidamente “¡El cambio es pérdida!”
 
El Sr. X había formado parte de un coro y, posteriormente, había estudiado y seguía siendo aficionado a la música. A veces estaba obsesivamente ensimismado en melodías o partes de ellas, y éstas aparecían en sus asociaciones. Uno de los temas musicales que cantaba a menudo durante las sesiones eran las palabras que acompañaban a cuatro notas staccato que comenzaban un recitativo del Mesías de Händel: “De re-pen-te”. A esto le seguía una breve pausa. La primera vez que le pregunté por este leit-motif, el Sr. X se puso nervioso y guardó silencio. Finalmente, conectó la frase lírica con recuerdos de cambios repentinos y terroríficos en las expresiones faciales y la conducta de su madre “loca”, a menudo antes de darle un cachete o golpearle o mientras lo hacía; la buena madre se volvía mala de repente.
 
Más adelante, el Sr. X, ahora menos obsesionado con las canciones, comenzó a coleccionar lo que él llamaba sus “fenómenos de repente”, pasados y actuales. El más llamativo de todos era el paso del placer erótico a la sobreestimulación dolorosa y atemorizante durante los frecuentes enemas a los que su madre le había sometido durante la infancia.
 
El Sr. X había sufrido abuso sexual cuando era un niño, había sido masturbado y tal vez acariciado analmente por un director de coro adulto. No recordaba que hubiese existido penetración y no había tenido contactos homosexuales posteriores
1. No estaba casado. Había tenido algunas aventuras cortas y desenfadadas, pero su vida sexual adulta consistía mayormente en “recoger mujeres para una noche”. También había tenido amistades fáciles, desenfadadas y platónicas con mujeres. Pero se sentía cercano a muy poca gente y a menudo evitaba el contacto con los amigos que tenía.
 
El Sr. X experimentaba reacciones ligeramente paranoides ante figuras de autoridad, y estas reacciones comenzaron a aparecer hacia mí. Intentaba provocar mi rechazo y mi castigo. Le gustaba la velocidad cuando conducía, y estaba en un peligro continuo (pero excitante) de que le retiraran el permiso de conducir. Generalmente era exitoso en su trabajo y, sin embargo, había evitado el buen rendimiento que su talento merecía.
 
Cuando el Sr. X tenía siete años, sus padres enfermaron seriamente tras un viaje al trópico y tuvieron que ser hospitalizados durante un largo periodo. El niño fue repentinamente 
2 alejado de su ciudad para que lo cuidasen una tía y un tío a los que odiaba. No tenían hijos, y el Sr. X se sentía poco querido y desdichado. Su irascible tío lo golpeaba con frecuencia, supuestamente por desobedecer 3. El Sr. X sabía que sus padres estaban enfermos, pero el pensamiento de que habían dejado que pasase todo esto lo hería más que el dolor físico de los golpes.
 
Sus momentos más felices durante el exilio tuvieron lugar cuando se le permitía jugar en un jardín tapiado. Este jardín se parecía al jardín que su madre tenía en casa; ambos estaban obviamente diseñados según el jardín del abuelo materno. ¿Por qué no lo habían enviado a vivir con ellos? Tal vez su abuela ya hubiera muerto por entonces. “En mis sueños y mis pensamientos sigo regresando a la casa de mi malvado y loco tío”, se quejaba el Sr. X. “Vd. dirá que realmente quiero regresar allí, pero eso no puede ser”.
 
A mediados de mayo, hacia el final del primer año de su segundo análisis, le dije al Sr. X en qué fechas estaría ausente debido al próximo Memorial Day (día en el que se recuerda a los muertos en servicio) y a las vacaciones del Cuatro de Julio, así como las fechas de mis vacaciones de agosto. El Sr. X sabía que yo comunicaba los cambios de fecha hacia el principio de una sesión, y se había acostumbrado con su primer analista a interrumpir el análisis en Agosto. Sin embargo, yo era consciente de que el anuncio por mi parte de la perspectiva de nuestra primera separación prolongada podía evocar un “fenómeno de repente”. En realidad, en la sesión siguiente el paciente me dijo que había “oído” esas cuatro notas significativas durante la sesión, pero que no lo había dicho. Una noche entre dos sesiones analíticas, el Sr. X había tenido un sueño “extraño, recordado vagamente”: una figura que representaba a la Muerte había aparecido en un jardín. El paciente no tenía memoria visual de la figura, y los detalles del jardín no estaban claros. Había tenido un sentimiento general de verdor. Grupos de personas paseaban; algunos de ellos podían haber muerto. El Sr. X estaba solo entre estos extraños misteriosos y, sin embargo, apenas había sentido miedo. “Estaba allí como una especie de testigo indiferente. Había varias personas a las que me parecía que conocía, pero no estaba seguro. Vd. no estaba”, añadió. (Yo sentí que este énfasis señalaba una negación: yo estaba.)
 
El Sr. X comentó que se aproximaba el aniversario de la muerte de su madre. Ella, que siempre decía que quería morir en su jardín, había muerto en un accidente en una vía pública varios años antes de que el Sr. X comenzara su análisis. A continuación habló de reuniones recientes a las que había acudido, destinadas a “rendir homenaje conmemorativo” a gente muy conocida. Una de ellas destacó una conferencia de un rival profesional a quien él consideraba un enemigo. El odio hacia o de un enemigo no le molestaba demasiado, pero con un amigo era diferente. Había estado hablando con un viejo amigo, B. y “comencé a decirle que había accedido con mucho gusto a escribir un artículo para un volumen que celebraba su próximo cumpleaños, ¡pero cometí un desliz y dije “para tu volumen conmemorativo”! “Pero no me he muerto”, contestó B. riéndose. ¡Dios mío! ¡Perdóname!”, dije yo. B. me dijo que no me sintiese tan afligido, y nos abrazamos; ambos estábamos llorando. Fue un momento conmovedor.” Yo señalé que a mi anuncio de las vacaciones y el descanso le había sido seguido su sueño sobre separación y muerte, con un obvio deseo de muerte en sus asociaciones.
 
El fondo apenas distinguido en el sueño de un jardín verde, llevó al Sr. X a hablar de la escena de la muerte de Falstaff en la película Enrique V, sobre la obra de Shakespeare, en la cual la Sra. Quickly describe al viejo gordo moribundo en su cama, balbuceando algo sobre verdes campos. Esto había hecho llorar al Sr. X.
 
Aquí tuve un pensamiento que no compartí con mi paciente. Recordé a una mujer polaca moribunda en la sala de cáncer en la trabajé como médico interno. Repetía con enorme ansia en su marcado acento “¡Por favor, querido, lléveme a las verdes praderas! ¡Quiero ver las flores!” Yo imaginé que estaba recordando la campiña de su infancia, que quería morir en el jardín de su infancia, tal vez con la motivación inconsciente de unirse allí con su madre muerta. Mis asociaciones parecían haber sido provocadas por la conversación con el Sr. X sobre el deseo de su madre de morir en su jardín, así como por mi conciencia de los deseos ambivalentes que tenía de unirse con ella en la muerte y de librarse de ella y de su “locura”. Y ahora, estando próxima su separación de mí, el Sr. X quería deshacerse de mí por abandonarlo y, sin embargo, temía perderme.
 
Un niño pequeño tiene miedo de que su intenso enfado pueda matar, y el poder terrorífico, mágico, de los deseos tempranos del Sr. X -el cumplimiento de lo que supondría una pérdida insoportable y un castigo mortal como represalia- se revivía en la transferencia analítica (como se había revivido en la separación repentina de sus padres a los siete años). En el sueño, las intensidades terroríficas se habían reducido defensivamente a la indiferencia de un espectador casual.
 
Asesinato del alma
 
Algunos, pero no todos, de los pacientes con resistencia a los que me estoy refiriendo son víctimas de asesinato del alma (Shengold, 1989), han sufrido abusos o deprivación cuando eran niños. Otros, por diferentes razones, están aterrorizados por las pérdidas que sus impulsos cargados de agresividad les hagan anticipar. Ambos grupos pueden quedarse cargados de terribles expectativas conscientes e inconscientes y de la necesidad de negación.
 
En el caso del Hombre de las Ratas, Freud (1909) hablaba del hombre de las Ratas citando a Nietzsche: “’Yo hice esto’, dice mi Recuerdo. ‘No puedo haber hecho esto’, dice mi Orgullo y permanece inexorable. Al final, el Recuerdo cede” (p. 184, la cursiva es mía). Para las víctimas de asesinato del alma, o para aquellos preocupados consciente o inconscientemente por acusar a sus padres de un abuso que éstos pueden o no haber cometido, la acusación es frecuentemente puesta en duda o no reconocida. Yo adapto la cita como sigue: “Tú [el padre/madre] hiciste esto, dice mi Recuerdo. Tú no puedes haber hecho esto, dice la Necesidad y permanece inexorable. El Recuerdo, o al menos la responsabilidad de hacer la acusación, cede”. El empuje “inexorable” a no conocer se debe a la insoportable intensidad de sentimientos encontrados de necesidad y rabia –la tortura del conflicto entre el odio a los padres y el anhelo de ellos, sin los que una vez sentimos, y podemos sentir aún, que no podíamos sobrevivir. Con las reactivaciones regresivas de la rabia mediante la transferencia sobre el analista, acompañada de espantosas expectativas de pérdida, la resistencia puede realmente amenazar con “permanecer inexorable”.
 
Malas expectativas provocadas por la esperanza
 
La aproximación de cada estación del año provoca la perspectiva de cambio, de transformaciones que pueden anticiparse de la experiencia pasada como una mezcla de cambios a mejor y cambios a peor. La cualidad predominante de la mezcla de estos sentimientos anticipatorios está condicionada para cada uno de nosotros por las realidades externas del momento, así como por las expectativas conscientes e inconscientes derivadas de las fantasías y las experiencias pasadas. Las expectativas neuróticas subyacentes de los pacientes continuamente resistentes que estoy describiendo, tienden a ser predominante e insistentemente malas.
 
La vaga promesa de primavera
 
Cada año, los periódicos y las revistas nos recuerdan la promesa de la primavera con citas que se han convertido en clichés: “la promesa de mayo”, “Las lluvias de abril traen las flores de” mayo. Es más, “abril es el mes más cruel, haciendo nacer lilas de la tierra muerta (Eliot, 1922, p. 37). La esperanza de cambio puede ser cruel, cuando principalmente se espera que el cambio traiga pérdida o incluso una catástrofe
4. Wordsworth, en su gran poema “Indicios de Inmortalidad en los Recuerdos de la Primera Infancia” 5 (1807) que debería ser lectura obligatoria para las clases psicoanalíticas sobre desarrollo de niños, menciona a mayo y a su promesa tres veces en el transcurso de sus 210 líneas. Citaré una versión yuxtapuesta y abreviada del poema:
 
Hubo un tiempo en que el prado, el claro en el bosque y el arroyo,
la tierra y todas las escenas cotidianas
me parecían
vestidas de luz celestial,
la gloria y la frescura de un sueño.
Ahora no es como antaño;
miro a donde puedo.
De noche o de día
cosas que he visto no las puedo ver más.
 
[Cambio significa pérdida – el coro es mío, no de Wordsworth]
 
… toda la Tierra está alegre
la tierra y el mar
se entregan al regocijo
y con el corazón de Mayo
todos los animales están de fiesta.
 
El arco iris viene y va
y maravillosa es la Rosa…
El sol es un nacimiento glorioso;
sin embargo yo sé, dondequiera que voy,
que ha desaparecido un esplendor de la Tierra…
 
[Cambio significa pérdida]
 
Mientras la Tierra se adorna
en esta dulce mañana de Mayo
y los Niños cortan
por todas partes,
en mil valles a lo largo y ancho
flores frescas…
 
[Entonces el poeta nos recuerda como “las puertas de la prisión comienzan a cerrarse” cada vez más sobre el niño según avanza por la niñez, la juventud, la vida adulta y la edad anciana, y nos alerta:]
 
¡Vosotros que en vuestros corazones hoy
Sentís la alegría de Mayo!...
 
[¡Recordad!]
 
Nada puede devolver el momento
del esplendor en la hierba,
de la gloria en la flor;…
 
[Y el poeta adulto pregunta:]
 
¿Dónde ha huido el brillo esperanzador?
¿Dónde están ahora la gloria y el sueño? [pp- 587-590]
 
[Cambio significa pérdida]

 
El poeta está describiendo la maravillosa refulgencia sensorial y perceptual de nuestros primeros años.
 
Reaseguración, pero: cambio es pérdida
 
En un artículo clínico y teórico rico y sutil sobre el tema de la reaseguración (reassurance), Feldman (1993), uno de aquellos a los que Schafer ha denominado “kleinianos contemporáneos”, citaba a Freud (1940) acerca de la negación y la escisión del yo:
 
El yo se encuentra con suficiente frecuencia en la posición de eludir alguna demanda del mundo externo que le parece angustiosa y que se lleva a cabo mediante una negación de las percepciones que dan a conocer esta demanda de la realidad… La negación siempre se completa con un reconocimiento; siempre emergen y resultan dos actitudes contrarias e independientes en la situación en que se da una escisión del yo. [pp. 203-204]
 
Feldman añadía a la defensa de escisión del yo las observaciones de Klein y su teoría sobre la escisión del objeto en bueno y malo. Ilustraba el tema de la tranquilidad con un ejemplo del Relato del psicoanálisis de un niño de Klein (1961), en el cual ella decide, en contra de lo habitual en ella, reasegurar, en el sentido de tranquilizar, a su paciente de 10 años, Richard, respondiendo a una duda cuando éste le pregunta qué ha hecho con un sobre viejo que contenía sus dibujos. Ella le responde que no lo ha tirado, y el niño se siente reasegurado. Esto sucedió en una época en la que el padre del paciente estaba enfermo, lo cual fue la racionalización de Klein para la reaseguración. (Aparentemente, tanto el paciente como la analista estaban aquí motivados por el temor a la pérdida). Richard estaba satisfecho con ella y se lo dijo. Pero a continuación Richard vio por la ventana de la consulta una chica que pasaba, y dijo que la chica le parecía un monstruo. Los sentimientos idealizados hacia la cuidadora Klein buena y tranquilizadora dieron lugar a una imagen proyectada del horrible mostruo-Klein fuera de la consulta.
 
La reaseguración, apuntaba Feldman, no le dio al paciente la confianza de que la analista –y por tanto el mismo paciente- pudiera tolerar la rabia. Ciertamente este puede ser el caso (y frecuentemente lo es con los pacientes de asesinato del alma que yo he visto); el resultado puede ser, como señalaba Feldman, que se incremente la ansiedad del paciente. Sin embargo, siento que, además, las motivaciones del paciente están lejos de ser completamente predecibles sobre la base de la falla del analista para la empatía y la contratransferencia (este último término en su sentido antiguo).
 
Además de la transferencia que realiza el paciente del objeto aparentemente bueno del padre necesitado sobre el analista, existe un miedo a la pérdida del objeto malo del pasado, sin el cual el paciente siente que no puede funcionar (“¿Existe vida sin el padre?”). Si la promesa de amor y excitación sexual ha llevado a veces, de forma repentina e inesperada, al tormento y el trauma, el niño de una familia en situación de campo de concentración sólo puede confiar en la figura del “Gran Hermano” (véase Orwell, 1949), cuyo tormento se ha equiparado inconscientemente con el amor. La negación y el rechazo son necesarios para sobrevivir. El amor, la alegría, el placer, la promesa y la reaseguración –tan ansiados y tan necesarios para el cambio interno- deben evitarse porque llevan a lo intolerable.
 
Feldman señalaba que respetar el deseo del paciente de que la analista fuera sádica habría sido gratificante y por tanto reasegurador en otro sentido pero, en ambos casos, la reaseguración habría provocado desconfianza en la capacidad del analista para tolerar el odio y la ansiedad del paciente.
 
La imaginación del desastre
 
Esta es una frase de Henry James que se aplica a aquellos que principalmente esperan que el cambio signifique pérdida, y a quienes están obsesionados por la convicción (que puede ser inconsciente o negada, pero que a veces es de una intensidad casi delirante) de que lo que comienza con una promesa (como mayo) terminará en catástrofe y muerte. No siempre se puede determinar por qué están ahí estas malas expectativas. Pienso que depende en gran parte de las vicisitudes individuales de pulsiones predominantemente destructivas, es decir, de amplificaciones de sentimientos de rabia y de impulsos asesinos. La agresión puede provenir tanto de lo heredado como de lo vivido. Las malas expectativas casi delirantes se encuentran casi siempre en aquellos que han sufrido abuso sexual, golpes y deprivación cuando eran niños
6; por supuesto, también se pueden dar en aquellas personas excesivamente preocupadas por una fantasía sadomasoquista no necesariamente inducida por la experiencia traumática.
 
Los niños traumatizados tienden a sexualizar el abuso y a obsesionarse con el sadomasoquismo, incluso si el trauma no es claramente sexual. La promesa emocional o sexual de placer es lo que originalmente lleva al niño-víctima a abrirse, física y emocionalmente, al adulto, frecuentemente los padres, sólo para experimentar una sobreestimulación traumática –con la falsa ilusión de que la siguiente ocasión traerá placer, y parece ser que esto subyace en la compulsión a repetir lo que el niño traumatizado no puede revivir. Y, en el transcurso de este terrible doble vínculo, la perspectiva del placer puede ser tan atemorizante o más que la perspectiva del dolor. El cambio, a veces especialmente en la dirección del placer, ha llegado a significar pérdida, incluso una pérdida insoportable.
 
Este conjunto mental incluye una tendencia hacia las reacciones terapéuticas negativas –los logros razonables y las satisfacciones internas dan lugar a sentimientos y acciones autorreprobatorios y autodestructivos. Las necesidades de fracaso, enfermedad y castigo también son objeto de la compulsión a repetir situaciones traumáticas, e implican herir a los demás y a uno mismo. Tiende a emerger una investidura caracterológica en la acción y la fantasía sadomasoquistas; el sadomasoquismo se utiliza como un modo de aferrarse al pasado y a los padres del pasado.
 
Como Freud mostró en “Golpean a un niño” (1919), hay niños que cultivan el castigo para mantener una cierta importancia para los padres: ser odiado es mejor que ser objeto de indiferencia. Pero el lazo sadomasoquista, que debe tolerarse y mantenerse, tiene que ser lo suficientemente sexualizado o idealizado como para evitar o neutralizar la rabia y la agresión peligrosas. Los niños creen que su rabia y sus impulsos asesinos tienen un poder mágico que puede matar a los indispensables padres; así que para el niño pequeño puede ser traumático simplemente el sentir una rabia intensa hacia los divinos cuidadores, sin cuya existencia no se puede continuar, y que pueden tomar represalias y matar a su vez
7.
 
Posteriormente, el peligro de una rabia asesina puede continuar, consciente o inconscientemente, dirigida no sólo hacia los padres reales y figuras parentales
8, sino también hacia las presencias parentales internalizadas que se forman y continúan existiendo como parte del contenido inconsciente y la estructura de nuestras mentes. La rabia significa miedo por ellas y miedo de ellas. Los padres tempranos, especialmente la persona maternal inicial, se asocian con la omnipotencia y la magia. Esta última comprende una magia negra destructiva y terrorífica y una magia positiva llena de promesas grandiosas (las “nubes de gloria” de Wordsworth). La magia inicial buena, narcisista, disminuye inevitablemente, una pérdida que significa la expulsión del Jardín del Edén.
 
Todos los niños están destinados a darles a los dioses parentales la necesidad de liberación mágica –del mal y la muerte, de las cargas y los peligros de la vida, de la indiferencia y las crueldades del destino-. Incluso cuando son sentidos como dioses malignos, el niño sólo les los tiene a ellos para que lo rescaten. Pero el rescate no se produce si la parentalidad es realmente mala, o si el niño ha nacido con deficiencias irreversibles o ha sufrido una pérdida traumática. Estos niños se quedan con una necesidad abrumadora de la ilusión del rescate, a menudo mediante un apego sadomasoquista idealizado. Hay una insistencia consciente o inconsciente de que la próxima vez, el próximo contacto con la imago parental ahora mágicamente transformada, cumplirá la promesa, se llevará el peligro de matar y ser matado, y proporcionará el retorno al Jardín del Edén.
 
El niño se queda, así, en una trampa psicológica –anhelando y temiendo, buscando y evitando el cambio. En este sentido, algunos viven toda la vida con (y en regresión todos podemos reducirnos a) los terribles conflictos psíquicos de esos niños y ya no tan niños condenados a asumir que no existe la vida sin la madre. Por supuesto, tales dependencias (preservadas por la falsa promesa) no son adaptativas, pertenecen al cambio psíquico que subyace más allá del principio del placer.
 
El sadomasoquismo, operando como perversión y como parte del carácter, puede proporcionar gratificación y reaseguración. Ambos modos pueden representar también identificación con los padres, así como la repetición de una relación sumisa y/o desafiante con el padre/madre que sostuvo, y puede sostener todavía en el presente, la promesa engañosa de una resolución maravillosa, mágica, que no sucede nunca. El contacto con el padre/madre sádico o con quien desempeñe ese papel (como lo hará inevitablemente el analista) se mantiene debido a esa necesidad desesperada.
 
El momento del jardín en la transferencia
 
Para los analizandos, agosto es el mes más cruel. Pero antes, a mediados de mayo, cuando se aproximan las vacaciones y el tradicional paréntesis de agosto, mi costumbre es informar a los pacientes de las próximas fechas en que no estaré. Esto traslada la perspectiva de la deserción de los padres en el pasado al analista en el presente. Para los de Estados Unidos, el peligro de pérdida se refuerza por la fiesta del Memorial Day, generalmente no asociado conscientemente con una excesiva emoción, pero evocador debido a su fecha. La última fiesta de mayo puede ser el presagio inconsciente de cambios pasados y futuros –marcando la proximidad del verano, con sus largos días soleados y la floración de los jardines, así como las separaciones que conllevan las graduaciones y las bodas, el final del año escolar, ir a un campamento, las vacaciones de los padres, etc. Para muchos pacientes, el Memorial Day funciona como una orden inconsciente para recordar –el pasado, la muerte y la pérdida de la infancia y sus presentimientos de inmortalidad: la gloria y el brillo de la luz celestial.
 
El Memorial Day tiene lugar entre las celebraciones del Día de la Madre a medidados de Mayo y el Día del Padre, en Junio. Estas fiestas de orientación comercial -pero para muchos con carga emocional- pretenden festejar al padre o madre vivo, muerto o ausente. Estos días dedicados al reconocimiento parental despiertan el recuerdo de la centralidad de éstos en momentos anteriores y del comienzo de la vida.
 
Y así, para los pacientes con tratamientos donde se provoca la transferencia, se trabaja con ella y se la hace florecer, las expectativas prometedoras, pero especialmente las malas, de la primavera y de las flores y jardines del verano, se vinculan a las vacaciones del analista. Se reviven los fantasmas de los padres y las figuras parentales, y los intensos sentimientos conectados con ellos. Estas emociones destacadas y conflictivas que se transfieren desde el pasado al analista en el presente funcionan –para usar el símil de Freud- “como los fantasmas del mundo subterráneo en la Odisea” (1900, p. 553): para dar a probar la sangre de los vivos que descubre a los espíritus una nueva vida. Las intensas emociones engendradas representan una combinación de las terribles expectativas de las situaciones de peligro al principio de la vida que amenazaban con la separación y la pérdida de los padres. En este sentido, la equiparación del cambio con la pérdida es inevitable mientras nos desarrollamos. A veces, las malas expectativas que comienzan a revivirse en la relación con el analista son producto de la fantasía; y a veces estas expectativas de trauma y pérdida se viven realmente.
 

El punto de vista genético

 
La imposición de recordar y honrar a los padres puede ser una fuerza inconsciente apremiante que provoque rebelión, sumisión, o ambas actitudes, hacia las figuras de autoridad. Esta provocación es parte de la tendencia psíquica a conectar el pasado con el presente –lo que los analistas llaman el punto de vista genético metapsicológico, operando aquí en el área de las relaciones objetales.
 
Freud formuló originalmente tres puntos de vista metapsicológicos: el dinámico, el tópico y el económico. Rapaport y Gill (1959) añadieron dos más (basados en gran medida en los primeros trabajos de Hartmann [1944] y de Hartmann y Kris [1945]): el adaptativo y el genético. Hartmann, al describir su concepto de las “esferas no conflictivas del yo”, afirmó que “esta posición no implica una negación del punto de vista genético, que es fundamental en psicoanálisis” (1944, p. 35).
 
En 1913, Freud escribió que el psicoanálisis “fue desde el principio una psicología genética orientada a rastrear los procesos evolutivos” (pp. 182-183). Rapaport y Gill (1959) comentaron que “El punto de vista genético demanda que la explicación psicoanalítica de cualquier fenómeno psicológico incluya proposiciones relativas a su origen psicológico y a su desarrollo” (p. 804).
 
El punto de vista genético, por tanto, conecta el pasado y el presente
9. Suponemos que debemos explorar en la dirección indicada por cuestiones como ¿Dónde se originó un suceso psicológico y cómo se ha desarrollado? La perspectiva genética contiene la suposición, tomada de la fisiología y la embriología, de que los primeros sucesos, si bien están sujetos a lo que Abrams (1977) denominaba transformaciones, permanecen activos de forma latente y tienden a tener las más vastas consecuencias. (Creo que fue Karl Abraham quien utilizó la metáfora del contraste entre las consecuencias de clavar un alfiler en un embrión y en un adulto). Es más, el punto de vista genético incluye las funciones físicas (afectos, pensamiento, pulsiones, defensas, situaciones de peligro, etc.) y las estructuras psíquicas (yo, ello y superyó).
 
En mi discusión del punto de vista genético, estoy enfatizando la génesis de las relaciones objetales y el sentimiento de una identidad separada. Hartmann y Kris (1945) aludieron a ellas cuando escribieron sobre la “proposición relativa a la influencia de la primera relación con la madre sobre la supervivencia y el desarrollo del niño” (p. 27).
 
A continuación ofrezco un segundo ejemplo clínico.
 
La Sra. Y
 
La Sra. Y, una mujer de cuarenta y pocos años, tenía una carrera exitosa, y había logrado un matrimonio bastante satisfactorio después de haberse analizado durante años en otro país. Volvió a analizarse tras mudarse a Nueva York. Se sentía contrariada por el deseo de su marido de tener un hijo, y deprimida a causa de conflictos internos sobre su trabajo en un campo muy competitivo. Después de volver a analizarse conmigo durante años, se había producido un cambio mínimo. Había dejado de intentar quedarse embaraza, lo que describía como “descorazonador como poco”.
 
La Sra. Y había sido hija única y padecía esa intensa rivalidad fraternal nunca-experimentada que puede producirse en los hijos únicos. Aunque era consciente de que era valorada en su trabajo debido a su considerable talento, se sentía incompetente. Provocaba constantemente a sus superiores y se resistía o arruinaba las oportunidades de avanzar o llegar a ser más independiente. La Sra. Y trabajaba en el mismo campo que su padre y bromeaba con que Freud diría que le resultaba problemático tener más éxito que su padre; en realidad esto no era un chiste. El padre la había hecho su confidente en sus primeros años y la desanimó primero de ir a la universidad y después de continuar con la licenciatura.
 
La Sra. Y se resistía a trabajar sus sentimientos hacia mí, y no los conectaba con sus apegos intensos, ambivalentes, hacia sus padres, que habían muerto cuando ella estaba en la treintena. Las interpretaciones de la transferencia y la resistencia a la misma se aceptaban intelectualmente, pero, decía ella, no se percibían –si bien eran obvios tanto su deseo de ser amada por mí como su enfado. La Sra. Y, como el Sr. X, intentaba provocar el castigo en el análisis. Con cierta perspicacia, dijo “sé que estoy intentando provocarle, pero no puedo sentirlo”. Se disgustaba cada vez que yo me alejaba, si bien esto también se admitía pero “no se aceptaba”. Recordaba su disgusto durante la infancia cuando la enviaban a un campamento de verano, pero insistía en que, en todo caso, ella estaba deseando que me alejara.
 
La Sra. Y, a quien vi años después que al Sr. X, tuvo un sueño cuyas circunstancias evocativas y detalles manifiestos recordaban mucho al de éste. Su sueño también tuvo lugar hacia el final de mayo, después de mi anuncio sobre las próximas fiestas y vacaciones. También era un sueño sobre un jardín. Al igual que su madre emocionalmente fría y dominante, la Sra. Y era apasionadamente aficionada a los jardines. Inicialmente, el sueño era hermoso, lleno de color 
10 y promesa. Estaba observando a su madre trabajar en el jardín; la madre parecía muy feliz. Pero entonces, aunque la paciente no podía recordar los detalles, se había dado cuenta de que de algún modo la muerte estaba en el jardín. No había sido una pesadilla, pero se despertó con ansiedad.
 
Se aproximaba el aniversario de la muerte de los padres de la paciente. Habían fallecido en un accidente de automóvil. Era irónico que su madre, la amante de los jardines, hubiera muerto en un accidente mientras estaba de vacaciones en un desierto. La Sra. Y citaba las conocidas líneas “estamos más cerca de Dios en un jardín que en cualquier otro lugar de la Tierra” (Gurney, 1913), pero añadía, “¿qué clase de Dios deja que sucedan accidentes como ese?”.
 
La Sra. Y lo asociaba con el Jardín del Edén –el árbol de la ciencia, la fruta prohibida- y comentaba la injusticia de culpar a Eva de la expulsión. Dios prefería a los chicos y los hombres, como lo había hecho su padre. El padre la había tratado al principio como a un chico; la había disuadido de ayudar a su madre en el jardín. Cuando su padre abandonó la casa familiar (lo hizo cuando ella era adolescente; posteriormente los padres se reconciliaron) ella comenzó a trabajar en el jardín con su madre. Ahora amaba los jardines pero también los odiaba; eso mismo había sentido hacia su controladora madre. A esto le siguió una típica negación: “sé que Vd. dirá que tuve este sueño porque me dijo que se iba a marchar, ¡pero eso no es lo que yo siento!”
 
Yo señalé el énfasis malhumorado que ponía en su rechazo, pero apenas tuvo efecto. No obstante, mencionó de nuevo el Génesis comentando que tanto la vida humana como el asesinato habían comenzado sólo después de la expulsión del Jardín del Edén. Le llevó años admitir los sentimientos que conectaban el pasado con el presente subyacentes a los conflictos aludidos en este sueño, desesperación por la amenaza de separación y pérdida, y sin embargo rabia asesina, así como el deseo de librarse de sus padres y tener otros diferentes. En retrospectiva, este sueño marcó un punto de inflexión en su análisis.
 
El Sr. Z y un paralelo literario
 
El Sr. Z., ligado psicológicamente a un padre cruel y paranoico, parecía estancado en un largo análisis. Finalmente estaba comenzando a sentir y manejar su rabia y su anhelo hacia mí. Justo antes de irse de vacaciones, el Sr. Z soñó que era un niño y estaba en un jardín, donde su padre le golpeaba en las nalgas desnudas con una correa. Se agachaba bajo los golpes. Su trasero rezumaba un líquido que caía abundantemente “en gotas como lluvia”, formando un charco en el que nadaban los cangrejos. El Sr. Z dijo: “sentía que si alguien me tocaba la espalda, el que me tocase contraería cáncer”. (No trataré aquí sus conflictos sobre la analidad). Se despertó con ansiedad.
 
Este sueño me hizo pensar en un poema de Edna St. Vincent Millay (1923) 
11 que me había enviado un colega que había leído uno de mis libros (Shengold, 1989) y pensó que el poema expresaba el llanto de alguien que había sido cruelmente utilizada en la infancia. El poema contiene la metáfora de la promesa de la lluvia nutritiva convertida en destrucción mutiladora 12. Se titula “Arbusto” (en el sentido de un árbol atrofiado).

Si yo crezco con amargura,
como un árbol retorcido y raquítico,
que da duramente la fruta arrugada de mi juventud
que abrasa la boca;
 
[Esta es fruta con el poder de arder y lacerar]
 
Si hago de mis desvencijadas ramas
un hogar inhóspito
del cual nunca salgo
hacia el agua o el cielo,
bajo el que permanezco y me escondo
y escucho al día transcurrir afuera;
es que un viento demasiado fuerte
dobló mi espalda cuando era joven,
es que temo a la lluvia
por si pudiera lacerarme de nuevo [p. 160, las cursivas son mías]


El niño/árbol ha sido mutilado; la manzana del Jardín del Edén de la infancia ha sido envenenada, y la leche materna se ha tornado lluvia ácida. El jardín, símbolo literario de la Madre Tierra y símbolo freudiano de la madre, sus genitales y su útero, es un lugar de seguridad y de peligro, del feto protegido y de su expulsión del cuerpo, del nacimiento y del entierro.
 
 
Una autobiografía reveladora: Leonard Woolf
 
Leonard Woolf (1962), marido de Virginia, cita en su autobiografía la convicción de que existe una “infelicidad profunda y aparentemente innata en el infante humano, que derivará en enérgicos paroxismos de sufrimiento sin provocación, [lo que] no sucede en las crías de otros animales” (p. 26). Su prueba de “este pesimismo primigenio del hombre” (p. 26) procede de su quinto año. Tenía esa edad y estaba en el jardín de su familia cuando fue “repentinamente herido por una aguda punzada de algo cósmico más que por la infelicidad personal” (p. 26, las cursivas son mías). Este recuerdo tiene indicios de la expulsión del Edén, y se asocia con unas vacaciones familiares.
 
Woolf no nos cuenta mucho sobre su primera infancia, pero captamos que fue uno de los nueve niños supervivientes, criados dentro de una unida familia judía en una amplia casa de Londres llena de sirvientes. (La relativa riqueza de la familia desapareció a la muerte del padre de Leonard, cuando el niño tenía once años). Woolf dice que siempre se sintió como el hijo menos especial para su madre. Era el tercero de los niños; los bebés seguían llegando. Es probable que se estuviera esperando otro durante las vacaciones familiares del verano en que él tenía cinco años (“Cada año en la última semana de julio o la primera de agosto, toda la familia Woolf se iba a pasar las vacaciones de verano al campo” [1962, p. 27]).
 
Su reacción depresiva cósmica (“mi primera experiencia de Weltschmerz”) tuvo lugar en un espacio cerrado, un espacio cercado sucio –el jardín familiar, a la vuelta de las vacaciones:
 
[El jardín]… estaba cerrado por la casa al norte y por tres mugrientas paredes de seis pies de altura. Era un típico jardín londinense de esa época, que consistía en un deteriorado paralelogramo de césped rodeado por estrechos caminos de grava y después unas pocas capas de tierra londinense estropeada cubierta de hollín amontonada contra las paredes. A cada niño se le concedían unos pies de terreno para su “jardín” personal, y allí sembrábamos semillas. Aquí fue donde experimenté por primera vez una ola de esa melancolía profunda, cósmica, que se esconde en todo corazón humano y que tiene su mejor expresión -¿o deberíamos decir la peor?- en el llanto en la noche del infante que carece de más lenguaje que ese llanto. [1962, pp. 26-27; las cursivas son mías].
 
Al regreso de la familia, el niño salió “entusiasmado para ver el jardín trasero” y lo que comienza como una gran promesa termina en decepción, depresión y ansiedad. El jardín, obviamente descuidado, está ahora no sólo sucio, sino también yermo y lleno de plagas:
 
Allí estaba, en su mugrienta soledad. No había un soplo de aire. No había flores; algunas lilas escasas se marchitaban en la tierra. La mugrienta hiedra se marchitaba en los mugrientos muros. Y a todo lo largo de los muros, de hoja en hoja de la hiedra, había telas de araña más o menos grandes, docenas y docenas de ellas, inmóviles, e inmóviles en el centro de cada una de ellas se sentaba una araña grande o pequeña, gorda o delgada. Me quedé de pie en el pedazo de hierba casposa y contemplé a las arañas; todavía puedo sentir el olor de la tierra ácida y de la hiedra; y de repente mi mente y cuerpo parecieron abrumarse por la melancolía. Había experimentado por primera vez, sin comprenderlo, ese sentimiento de infelicidad cósmica que nos sobreviene cuando miramos a través de sucias ventanas, cuando las hijas de la música son derribadas, las puertas están cerradas en la calle, el sonido del molino se atenúa, el saltamontes es una carga y el deseo fracasa. [1962, pp. 27-28].
 
La última frase de la cita –poética pero críptica- parece enfatizar que mirar y escuchar puede llevar al fracaso del deseo.
 
Uno se pregunta sobre el simbolismo de la araña, que evoca a la vagina dentata y tiene connotaciones caníbales en un conjunto (anal) de suciedad y degradación. El temor y el sufrimiento, unidos a una fantasía inconsciente de escena primaria, fueron evocados aquí por la fruta prohibida del conocimiento sexual del bien y del mal en el jardín cerrado que simbolizaba los genitales maternos
13. La experiencia del jardín que comenzó llena de confianza en el futuro termina en miedo y suciedad.
 
Woolf escribió acerca de una segunda ocasión, cuando tenía unos ocho años, “en la que sentí la carga de un universo hostil que abruma mi espíritu” (1962, p. 28). De nuevo tiene que ver con un jardín y las vacaciones de verano. La familia llega a una nueva casa en un acantilado sobre el mar,
 
Después del té di un paseo para explorar el jardín. La casa y el jardín eran bastante nuevos, por lo que el jardín estaba casi desnudo. A lo largo de la cara que daba al mar había un montículo o terraplén de escasa altura. Me senté allí al sol, mirando abajo, al agua chispeante. Olía y se sentía uno tan bien después de las largas horas pasadas en el viciado aire del tren. Y entonces de repente 14, bastante cerca de mí, de un agujero del montículo salieron dos tritones negros y amarillos. Sin notar mi presencia se estiraban para disfrutar del sol. Me extasiaron y me olvidé de todo, incluso del tiempo, mientras estaba sentado allí con aquellas extrañas y hermosas criaturas rodeadas del cielo azul, la luz del sol y el mar chispeante [p. 28, las cursivas son mías]
 
De nuevo hay aquí una fantasía potencial de escena primaria que comienza llena de una hermosa promesa. Y también termina mal:
 
No sé cuánto tiempo estuve sentado allí cuando de repente 15, sentí miedo. Miré hacia arriba y vi que un enorme nubarrón negro se había acercado sigilosamente y ahora cubría más de la mitad del cielo. Estaba tapando el sol y, mientras lo hacía, los tritones se escabulleron en su agujero. Era terrorífico y, sin duda, yo estaba aterrorizado. [1062, pp. 28-29, las cursivas son mías].
 
 Más al principio del libro, Woolf usa la palabra cósmica para describir su infelicidad. También podía haberse aplicado a su terror. Los cambios provocados aquí por la separación, la maduración y tal vez el trauma presagian una pérdida abrumadora –la ansiedad de castración y la pérdida de la madre (simbolizada por la tierra, la casa, el jardín) y el padre (simbolizado por el sol). Me da la sensación de que los sentimientos de Woolf muestran mucho del terror al cambio expresado en la pregunta ya mencionada que representa para todos nosotros un terror potencial: “¿Hay vida sin la madre?”
 
Yo he utilizado esta pregunta (Shengold, 2001) para tipificar la carga psicológica de los pacientes con resistencias que he descrito. Aquí madre no debería tomarse literalmente; a veces es el padre quien, en el transcurso del desarrollo, ha absorbido la parte principal de la imago parental del paciente. El punto de vista genético implica que las primeras formas de la línea evolutiva padre/madre-hijo, desde identidades fusionadas a identidades separadas (o relativamente separadas), continúan existiendo en el registro psíquico al lado de las formas actuales y bajo ellas. Lo mismo sucede con los métodos de registro de estas figuras y con cómo funcionan y son estructuradas en la mente. Aquí trabajan el dinamismo psíquico, la regresión y la progresión. Esto lleva al concepto de constancia del objeto, con el que concluiré este ensayo.
 
Constancia del objeto
 
Hartmann (1952) acuñó el término constancia del objeto, que denota la capacidad de retener en la mente la imagen de la madre durante su ausencia. Él describe el logro: “Existe una gran distancia ente el objeto que existe sólo en la medida en que satisface necesidades y las relaciones objetales que incluyen la constancia del objeto” (p. 15).
 
Anna Freud (1952) percibió que Hartmann estaba perfilando aquí dos fases en el desarrollo de una relación afectuosa y de cuidado con los otros: (1) la relación con el objeto que satisface necesidades y (2) la constancia del objeto.
 
Solnit (1982) proporcionó una de las mejores definiciones de constancia del objeto, describiéndola como
 
ese estado de relaciones objetales en el cual el niño ha conseguido la capacidad de conservar el recuerdo y el vínculo emocional con sus padres, sus objetos primarios de amor, y de sentir su presencia tutelar y cuidadora incluso cuando son fuente de frustración o decepción o cuando están ausentes. [p. 202]
 
A primera vista, ésta parece una definición en cierto modo idealizada. La constancia del objeto de la vida cotidiana, para aquellos que han superado ya la primera infancia, es mucho menor de lo que promete la definición. La reaseguración interna que sobreviene con la suposición de que tenemos o hemos tenido padres amorosos no se halla continuamente presente. La constancia del objeto va y viene; al igual que la capacidad de amar, de la cual es precondición, está sujeta a la regresión bajo la circunstancia de estrés. Y para algunas personas (como el Sr. X, la Sra. Y y el Sr. Z), la regresión se produce con demasiada facilidad. Incluso el adulto más seguro puede sentirse en ocasiones como un niño sin madre muy lejos del hogar, convencido de que sin la madre no existe vida.
 
Solnit (1982) escribió sabiamente: “en aquellos niños que sufren periodos repetidos o prolongados de deprivación emocional, la constancia del objeto no puede alcanzarse nunca o, si se alcanza, puede perderse” (p. 205). Yo diría, y estoy seguro de que Solnit estaría de acuerdo, que el logro de la constancia de objeto también se ve afectado por periodos prolongados de trauma, o de sobreestimulación y sufrimiento, o por una parentalidad caótica y hostil. (Todo esto implica una deprivación emocional concomitante).
 
En un panel de discusión del Congreso Internacional de 1968, Anna Freud describió la constancia del objeto como estar “ligado al [padre/madre] bueno o malo, para mejor o para peor”. Los pacientes a los que he descrito eran personas que necesitaban permanecer atados a los padres, malos y peores –un lazo sadomasoquista motivado por la expectativa ilusoria de la transformación mágica de los padres en buenos y mejores. La cualidad ilusoria es resultado de la compulsión a conservar la (falsa) promesa de que el cambio proporcionado por el próximo contacto con el padre/madre no significará pérdida.
 
La teoría pulsional, lamentablemente, está en estos momentos en desuso. Pero yo estoy preocupado por lo que es, o lo es potencialmente, experiencial: los sentimientos y, concretamente, los sentimientos sobre los padres en relación con el self. Para modificar los sentimientos malos y los impulsos que dan lugar a las situaciones de peligro –rabia, terror, asesinato, lujuria, incesto- uno debe primero llegar a ser capaz de saber de forma responsable que estos sentimientos están ahí. Los analistas necesitan trabajar con las defensas del paciente para no reconocer las necesidades contradictorias de destruir a los padres primarios y de fusionarse con ellos. La compulsión apremiante a no perder a los padres internalizados establece que el aprendizaje del paciente sobre cómo tolerar y manejar la rabia asesina cuando se dirige hacia el analista puede representar el mayor reto tanto para el paciente como para el analista.
 
Nessun maggiore dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria –es decir, “No existe sufrimiento mayor que recordar el tiempo de la felicidad en medio del sufrimiento” (Dante, 1321, p. 134). ¿Nos atrevemos, deberíamos, podemos abandonar esa promesa de felicidad que amenaza con comprometer nuestra necesidad de saber para adaptarnos a una realidad trágica? Para controlar y tolerar la condición humana, debemos conocer esta verdad (aunque afortunadamente no es toda la verdad): el cambio siempre y en último lugar significa pérdida.
 

 


NOTAS

1. Sus impulsos homosexuales no habían sido suficientemente explorados en su primer análisis

2. Esta fue una de las primeras y más importantes piezas en su colección “de repente”.

3. Al paciente le parecía más bien que era golpeado según los antojos malévolos e impredecibles de su tío: otro “fenómeno de repente”.

4. Catástrofe implicaría cualquiera de las “situaciones de peligro” de Freud o todas ellas (1926, passim)

5. Primo Levi (1987) nos recordaba que, una vez que alguien ha sido torturado, nunca más puede sentirse seguro en el mundo (p. 12). La implicación es que para alguien que ha estado en un campo de concentración, la liberación física no se equipara a la liberación psicológica. Esto se aplica también a las víctimas de asesinato del alma en campos de concentración familiares.

6. Quiero acentuar que saber esto es valioso clínicamente para comprender el terror del paciente adulto a enfadarse.

7. Éstas incluyen a las figuras de transferencia parental, como el analista.

8. Y también, para los neuróticos, conecta el self con el futuro –el futuro como pasado proyectado. 

9. Yo pienso que los sueños que se describen conscientemente con color suelen referirse al cuerpo. Robert Fliess me dijo una vez que Freud le dijo esto mismo; yo no lo he encontrado en las publicaciones de Freud.

10. Los lectores de las recientes biografías y estudios sobre Millay y sus trabajos estarán al corriente de la agitada infancia de la poetisa.

11.En El Mercader de Venecia  (Shakespeare, 1956), Portia usa la metáfora de la lluvia para intentar sofocar la demanda ardiente, caníbal y asesina que hace Shylock de una libra de la carne de Antonio: “La cualidad de la misericordia no es forzada. / Gotea como la lluvia suave del cielo/ sobre lo que está abajo” (IV, i, 181-183; cursivas añadidas para resaltar la referencia anal). Por supuesto, Portia suplica en vano al hombre maltratado que clama venganza.

12. Veamos también las siguientes líneas que se suelen citar del poema de Eliot: “Abril es el mes más cruel;/ haciendo nacer lilas de la tierra muerta, /mezclando recuerdo y deseo,/despertando con la lluvia primaveral las raíces apagadas” (p. 37, las cursivas son mías). 

13. El que fuera un jardín “trasero” y sucio acentúa las connotaciones anales y de cloaca.

14. Esta es la segunda vez que Woolf menciona un cambio repentino. Comparemos esto con los “fenómenos de repente” del Sr. X, derivados del Mesías de Händel.

15. Y una tercera vez.

 
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