aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Número 057 2018

La fantasía inconsciente y el fenómeno de la imprimación

Autor: Erreich, Anne

Palabras clave

Memoria, Trauma, Apego, Relaciones objetales, Estres postraumatico, Simbolismo, Development, Memory, Trauma, Attachment, Object relations, Post-traumatic stress, Symbolism.


Para citar este artículo: Erreich, A. (Febrero, 2018) La fantasía inconsciente ye l fenómeno de la imprimación. Aperturas Psicoanalíticas, 57. Recuperado de:http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0001001&a=La-fantasia-inconsciente-y-el-fenomeno-de-la-imprimacion
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"Unconscious fantasy and the priming phenomenon" fue publicado originariamente en The Journal of the American Psychoanalytic Association, 65,2, 195-219. Traducido y publicado con autorización de la revista.
Traducción: Marta González Baz
Revisión: Jorge Mira Pérez

Resumen
Este artículo es el tercero de una serie de investigaciones sobre: 1) la naturaleza y el desarrollo de la fantasía inconsciente; 2) su lugar en un modelo contemporáneo de la mente que, entre paréntesis, sugiere una posible solución al problema del pluralismo teórico; y 3) su modo de operación en la mente. El objetivo de estas investigaciones es actualizar la noción de fantasía inconsciente, un constructo indispensable en las teorías psicoanalíticas que presuponen la actividad mental fuera de la conciencia, y situar dicho constructo dentro de las perspectivas contemporáneas de funcionamiento mental en disciplinas tales como la filosofía de la mente, la ciencia cognitiva, y la psicología evolutiva. Al mismo tiempo, los datos accesibles sólo a través del trabajo psicoanalítico desafían estos campos con hallazgos que indican la necesidad de más investigación. Este artículo sostiene que la evidencia experimental sobre el fenómeno de “imprimación” presta apoyo a una de las afirmaciones fundamentales en nuestro campo que es atacada con frecuencia como un tabú pasado de moda: es decir, que el pasado importa, esté codificado en la memoria declarativa o en la procedimental. En lenguaje común, estamos “imprimados” para responder a ciertas situaciones de maneras predeterminadas; el pasado nos imprima para vivir el presente de modos a menudo únicos y personales. También hay evidenciad e que el mecanismo de imprimación y la codificación de la experiencia subjetiva en la memoria declarativa y procedimental opera desde el principio de la vida.
Palabras clave: desarrollo, memoria, trauma, apego, relaciones objetales, estrés postraumático, simbolismo
Abstract
This paper is the third in a series of investigations into (1) the nature and development of unconscious fantasy, (2) its place in a contemporary model of mind that, parenthetically, suggests a possible solution to the problem of theoretical pluralism, and (3) its mode of operation in the mind. The aim of these investigations is to update the notion of unconscious fantasy, an indispensable construct in psychoanalytic theories that assume out-of-awareness mentation, and to situate that construct within contemporary views of mental functioning in disciplines such as philosophy of mind, cognitive science, and developmental psychology. At the same time, data accessible only through psychoanalytic work challenge these fields with findings that indicate the need for further investigation. This paper argues that experimental evidence on the phenomenon of “priming” lends support to one of the seminal claims in our field, one frequently attacked as an outmoded shibboleth: that is, that the past matters, whether encoded in declarative or in procedural memory. In common parlance, we are “primed” to respond to some situations in predetermined ways; the past primes us to experience the present in often unique and personal ways. There is evidence too that the priming mechanism and the encoding of subjective experience in declarative and procedural memory operate from very early in life.
Keywords: development, memory, trauma, attachment, object relations, post-traumatic stress, symbolism

Este artículo es el tercero en una serie de investigaciones sobre (1) la naturaleza y el desarrollo de la fantasía inconsciente; 2) su lugar dentro de un modelo contemporáneo de la mente que, entre paréntesis, sugiere una posible solución al problema del pluralismo teórico; y 3) su modo de operación en la mente. El objetivo de estas investigaciones es actualizar la noción de fantasía inconsciente, un constructo indispensable en las teorías psicoanalíticas que presupone la actividad mental fuera de la conciencia, y situar dicho constructo dentro de las perspectivas de funcionamiento mental en disciplinas tales como la filosofía de la mente, la ciencia cognitiva, y la psicología evolutiva, al tiempo que aplica los datos únicos del psicoanálisis a estas disciplinas académicas.

La naturaleza y el desarrollo de la fantasía inconsciente

Esta investigación comenzó con una redefinición de la naturaleza de la fantasía inconsciente (Erreich, 2003). Al contrario que en las formulaciones avanzadas por Freud y Klein, se propuso que la fantasía inconsciente, en lugar de considerarse principalmente como el resultado de pulsiones/deseos endógenos, debería redefinirse para representar la intersección tridimensional de deseos endógenos, la percepción verídica de acontecimientos exógenos, y la interpretación errónea e ingenua debida al conocimiento limitado que el niño tiene del mundo (Erreich, 2003, 2007)[1]. También se sostenía que las escuelas psicoanalíticas a menudo han diferido en el énfasis que ponen en estos elementos: los freudianos y los kleinianos han enfatizado la dimensión deseo/fantasía, mientras que los psicólogos del yo (con su énfasis en la adaptación), los kohutianos (con su énfasis en la disponibilidad de objetos-selfs especularizantes, idealizables, empáticos), los teóricos relacionales, y los teóricos del apego, todos han enfatizado la percepción verídica de los acontecimientos; ninguna teoría ha prestado apenas atención explícita ni sistemática a la malinterpretación ingenua de los acontecimientos que hace el niño.

Finalmente, con respecto al desarrollo, yo defendí, de manera similar a Klein, la aparición temprana de la fantasía inconsciente. Aunque Freud ha llamado nuestra atención sobre la importancia del trauma discreto, de acontecimientos traumáticos que se almacenaban en la memoria declarativa, los investigadores de la infancia se habían centrado en la investigación del trauma acumulativo[2], los patrones de falta de sintonización y lapsus empáticos que conforman el tejido de la relacionalidad madre-infante en la diada preverbal (Erreich, 2003). Yo propongo que el trauma diferenciado siempre se experimentó contra el telón de fondo de la historia individual de trauma acumulativo en la diada madre-infante, que ha hecho que ese individuo sea más resiliente o más vulnerable a los inevitables traumas diferenciados de la vida, las “flechas y pedradas de la áspera fortuna”.

A este respecto, yo sugiero que la conducta de apego evitativo en los niños en la Situación Extraña (Ainsworth y col., 1978) ofrece evidencia empírica para los efectos de un trauma diferenciado, contra un trasfondo de trauma acumulativo, dando lugar a un patrón de conducta defensiva ya a los 12 meses de edad. A estos niños con apego evitativo, de cuyas madres se había sabido que ignoraban o rechazaban sus señales de angustia (trauma acumulativo), se los dejaba solos sin sus madres con un extraño/investigador (trauma diferenciado). Los niños no muestran señales visibles de angustia en ausencia de su madre, a pesar de demostrar altos niveles de cortisol o frecuencia cardiaca elevada (conducta defensivamente inhibida), y la ignoran o la rechazan cuando vuelve (conducta defensivamente inhibida). Yo sostengo que esta constelación de hallazgos sugería la presencia de fantasía inconsciente en estos niños de 12 meses: su deseo de estar cerca de su madre en una situación extraña era inhibido por su experiencia real en la diada, que les había enseñado que su necesidad sería rechazada por su madre, dando lugar a la malinterpretación ingenua de que había algo en ellos que los hacía indignos de amor, siendo acorde esta formulación con mi redefinición  de una fantasía inconsciente.

El lugar de la fantasía inconsciente en un modelo de la mente, y una posible solución al problema del pluralismo teórico

El segundo artículo de esta serie (Erreich, 2015) proponía que las fantasías inconscientes constituyen una clase especial de representaciones mentales. Las representaciones mentales son los contenidos de la “mente” tal como la define el pensamiento actual en psicología cognitiva y evolutiva y la filosofía de la mente contemporánea. Estas estructuras mentales representan la codificación de toda experiencia subjetiva, todo conocimiento, todo recuerdo de acontecimientos endógenos y exógenos, sean experimentados consciente o inconscientemente. La capacidad para representar experiencia en la mente se considera innata (Carey, 2009) y es un proceso que comienza en el momento del nacimiento, tal vez incluso dentro del útero, como se sugerirá más adelante[3].

En ese segundo artículo, yo proponía que las fantasías inconscientes, como las he redefinido, son un subconjunto del universo de representaciones mentales, aquellas que contienen deseos, afectos, conflictos o soluciones defensivas, todas ellas representaciones mentales que pertenecen a nuestra relacionalidad de objeto y del self. Estas contrastan con representaciones mentales más neutrales de conceptos y experiencias tales como “3 al cuadrado es igual a 9”, “Albany es la capital del Estado de Nueva York”, o el recuerdo de una deliciosa galleta de chocolate.

Una de las ventajas de esta propuesta es que satisface la esperanza de Freud de que el psicoanálisis, en lugar de limitarse a la psicopatología, formara parte de una teoría general de la mente, una metapsicología. Una segunda ventaja, que parte de la primera, tiene mucha más presencia en la historia de nuestra elaboración de teorías. Se trata de que esta propuesta ofrece una solución ejemplar a nuestro problema del pluralismo teórico[4]. El argumento sería como sigue:

1. puesto que el constructo redefinido de fantasía inconsciente consiste en la intersección tridimensional del deseo endógeno, la percepción verídica de acontecimientos exógenos, y la malinterpretación ingenua de esos acontecimientos, la fantasía inconsciente puede operar a través de múltiples teorías, todas las cuales ofrecen descripciones convincentes pero fenomenológicamente variables del funcionamiento interno de distintos pacientes. Como he apuntado, parece que ciertos modos típicos de funcionamiento son mejor captados por una u otra de nuestras teorías, como por ejemplo:

el foco freudiano en la culpa edípica por sobrepasar a los objetos amados, la atención kleiniana al funcionamiento psíquico típico de los modos de relacionarse paranoide-esquizoide y depresivo, el énfasis kohutiano en la necesidad de objetoselfs para la regulación de la autoestima, el énfasis mahleriano en el movimiento de la fusión a la separación y la autonomía, las propuestas de la teoría del apego acerca de la importancia de los apegos seguros, y el énfasis de algunas teorías relacionales en hallar una tercera vía más allá de la complementariedad diádica. Con seguridad, hay algo descriptivamente acertado y útil en cada uno de estos modos de formular las vidas internas de los individuos; es decir, las fenomenologías captadas en cada una de de estas teorías tiene su mérito [Erreich, 2015, p. 26].

2. la propuesta de que las fantasías inconscientes son un subconjunto de las representaciones mentales se aplica a todas estas teorías, y a algunas otras, siempre que cumplan tres criterios: representacionalidad (una propiedad de la mente innata e indispensable), cierta forma de aislamiento defensivo de la conciencia (por ej. negación, represión, escisión), y mentalización (la capacidad para atribuir pensamientos y sentimientos a uno mismo y a los otros).

3. en tanto se cumplan estos criterios, se pueden obtener insights de todas estas teorías sin cometer una mala praxis metateórica: todas sus conceptualizaciones teóricas, sin importar de donde provengan, adoptan la forma de representaciones mentales existentes dentro de un modelo unitario de la mente[5].

Datos clínicos

En conjunto, mis dos primeros artículos constituyen una propuesta relativa a la naturaleza y el desarrollo de la fantasía inconsciente, su lugar en un modelo contemporáneo de la mente, y una posible solución al problema del pluralismo teórico. La siguiente pregunta lógica relativa a la fantasía inconsciente es ¿cómo funciona en la mente de un individuo?

Dos viñetas clínicas sugieren un mecanismo de acción para aquellas representaciones mentales que llamamos fantasías inconscientes. En la primera, un paciente de psicoterapia relativamente nuevo, de 37 años, de origen extranjero, con una historia traumática de abandono parental, sobreestimulación sexual y posible abuso sexual, entra en mi consultorio y comienza por mencionar un artículo que estaba leyendo en la sala de espera sobre los judías que durante la era nazi escondían sus objetos de valor dentro de ataúdes en los cementerios judíos. El paciente continúa hablando de otras cosas, incluyendo una pesadilla recurrente que tuvo entre los 7 y los 9 años. En el sueño, está siendo enterrado en un ataúd, su madre junto al borde de la tumba. Empujando frenéticamente la tapa del ataúd, grita “¡Madre, estoy vivo!” pero su madre sigue cerrando de un portazo la tapa del ataúd. El paciente no es consciente de la conexión entre sus observaciones iniciales y esta pesadilla que ha emergido más adelante en la sesión, y parece sorprendido cuando yo se la señalo.

Segunda viñeta: yo  reparto recapitulaciones a principios de mes; es el segundo mes que uso hojas de una nueva remesa, idénticas en color y formato a las anteriores. Una de mis pacientes, una mujer de unos cincuenta años en su segundo año de análisis con una frecuencia de cuatro sesiones por semana, dice dubitativamente que en la recapitulación del mes anterior había apreciado un error sutil en mi domicilio tal como aparecía en estas hojas. Me quedo preguntándome por qué ni mi revisión del material de papelería cuando llegó, ni ningún otro paciente, habían detectado este error. Pasan varios años en el tratamiento, y mi paciente recuerda por primera vez un acontecimiento de su infancia. Cuando tenía 12 años, había ido al despacho que su padre tenía en casa en busca de una pluma, y encontró algún material de papelería con el nombre de su padre, pero en el que aparecía un domicilio que no era el de su casa. Cuando su padre entró y ella le preguntó sobre este domicilio extraño, él replicó secamente que era el de un apartamento que él alquilaba, pero le advirtió que no se lo mencionara a su madre. Este incidente, por lo visto, tuvo lugar durante un periodo de conflicto en el matrimonio de sus padres, cuando mi paciente escuchaba a su madre quejarse de una secretaria de la oficina del padre y de las muchas horas que éste pasaba en el trabajo. Una vez más, la paciente no conectó su atención agudizada al domicilio de mis hojas varios años antes con este acontecimiento recién recordado, ni le pareció evidente cuando yo se lo señalé.

Estas viñetas son el tipo de datos clínicos comunes en el trabajo de los analistas. Nos damos cuenta de que hay aspectos en las historias de los pacientes que los hacen estar agudamente alerta a ciertas cosas del mundo exterior, y al mundo interno de sus análisis, incluyendo a sus analistas. Coloquialmente, podríamos decir que nuestros pacientes, en realidad, que todos nosotros estamos “imprimados” para atender a ciertos estímulos sobre otros. Así qué ¿a qué nos referimos exactamente con esto?

Nos referimos a que las representaciones mentales de nuestras experiencias pasadas nos hacen  hipersensibles a aspectos de la experiencia presente. Propongo que el subconjunto de representaciones mentales que denominamos fantasías inconscientes actúa como “imprimaciones”, que sus contenidos nos hacen hipervigilantes a ciertos tipos de personas y acontecimientos porque son análogos a experiencias anteriores, a menudo traumáticas. La noción de que la experiencia temprana afecta de este modo a los individuos es una de las observaciones fundamentales de Freud. Sólo añado una cosa a este insight: que las fantasías inconscientes tal como las he redefinido (Erreich, 2003), especialmente aquellas conectadas con acontecimientos traumáticos, actúan mediante la “imprimación”, un mecanismo que ya está establecido en la psicología cognitiva, para transportar las experiencias pasadas a la experiencia presente. Ahora ya se acepta normalmente que los humanos tienen una aguda capacidad para detectar patrones que son parte innata de la cognición nuclear (Carey, 2009); espero demostrar que, al igual que sucede con la formación de fantasías inconscientes, el fenómeno de imprimación está presente muy al principio de la vida.

Modell (2005) ha equiparado nuestra capacidad para detectar patrones con nuestra capacidad para la metáfora, señalando la naturaliza inexacta, flexible, de nuestra trasposición de los recuerdos emocionales (autobiográficos); usando su lenguaje, uno podría decir que la imprimación funciona mediante nuestra capacidad para apreciar semejanzas metafóricas entre situaciones y personas. “La metáfora funciona inconscientemente como un detector de patrones.  Hallar el patrón de semejanzas metafóricas es el medio por el que interpretamos la memoria emocional… la metáfora desempeña un papel dominante en la organización o la categorización de la memoria emocional” (pp. 561-562). Modell apunta que la metáfora permite que se realicen conexiones entre campos desiguales, ampliando así nuestras redes asociativas. Ofrece una atractiva distinción entre la detección de patrón perfecta y la flexibilidad de la metáfora, observando contundentemente que “cuando la memoria es traumática, la metáfora tiende a fijarse y congelarse, ya que pierde su aspecto lúdico “como si”… [y por tanto] el individuo siente un encaje más rígido entre el presente y el pasado, una necesidad compulsiva de forzar una semejanza entre el pasado y el presente. Frente al trauma, la metáfora pierde su capacidad creativa para crear una nueva comprensión” (p. 562).

La estructura de la memoria a largo plazo

Durante algún tiempo, ha existido consenso entre los científicos cognitivos respecto a que la memoria no es un concepto unitario, sino que “se compone de múltiples sistemas que tienen diferente lógica y neuroanatomía” (Kandel y Squire, 2001, p. 127). Una taxonomía común propone que la organización de la memoria a largo plazo implica al menos dos sistemas: la memoria explícita/declarativa y la memoria implícita/procedimental; cada par no se solapa perfectamente, sino que son aproximadamente equivalentes.

La memoria explícita/declarativa se subdivide en memoria semántica, que contiene nuestro almacenaje general de hechos tales como los nombres de las capitales de estado, y la memoria episódica, que contiene recuerdos temporales de acontecimientos específicos, tales como los del 11 de septiembre, así como recuerdos autobiográficos como unas vacaciones familiares en Disneyland (Tulving, 1972). Según Tulving (2002), “la memoria episódica es un sistema de memoria recientemente evolucionado, de desarrollo tardío y deterioro temprano, orientado al pasado, más vulnerable a la disfunción neuronal que otros sistemas de memoria, y probablemente exclusivo de los humanos” (p. 5). Al igual que para la porción autobiográfica de memoria episódica, Nelson y Fivush (2004) añaden que dichos recuerdos no sólo son específicos en cuanto al tiempo y el espacio, sino que también contienen una conciencia del self como experimentador.

 La memoria implícita/procedimental (no declarativa) incluye información procedimental codificada como una secuencia de conductas tales como la memoria muscular o los conjuntos de habilidades (cómo montar en bicicleta o tocar escalas de violín). Sin embargo, además de las habilidades motoras, la meomria procedimental también contiene expectativas de contingencia basadas en la historia de uno mismo con los demás, que dan lugar a modos habituales de relacionalidad objetal, tales como la acumulación a lo largo del tiempo de la expectativa de disponibilidad de la madre; la experiencia repetida de no disponibilidad materna o falta de sintonía emocional se codifica en la memoria procedimental como un patrón de relacionalidad objetal sin que se recuerde necesariamente como una serie de acontecimientos específicos (Erreich, 2003).

Sistemas de memoria inconscientes versus conscientes

Tanto la memoria declarativa como la procedimental, pueden operar consciente o inconscientemente.

En la historia del psicoanálisis, Freud descubrió que los elementos almacenados en la memoria declarativa estaban fuera de la conciencia de sus pacientes, aunque continuaban influyendo en sus pensamientos, afectos y conductas. Encontró que ciertos elementos de la memoria declarativa se mantenían activamente fuera de la conciencia con propósitos defensivos (por ej. para bloquear una seducción sexual, una experiencia de escena primaria, una amenaza de castración como castigo, una pérdida traumática de control de la vejiga siendo niño). Es decir, descubrió que la memoria explícita/declarativa puede ser inconsciente o consciente, que es como seguimos considerándola actualmente.

El mismo hallazgo es cierto para la memoria implícita/procedimental; también puede operar consciente o inconscientemente. Por ejemplo, aunque la capacidad para tocar en el violín una composición compleja se almacena finalmente fuera de la conciencia en la memoria procedimental, el aprendizaje inicial implica una atención consciente considerable (Roediger, 1990; Schacter, 1992; Westen, 1999; Davis, 2001). Es obvio que cualquier habilidad que implique la memoria muscular requiere un cierto equilibrio entre la atención y la memoria conscientes e inconscientes. Esto mismo parece cierto en el caso de los patrones de relación objetales.

Con la evolución del proyecto psicoanalítico después de Freud, nuestro interés se ha dirigido cada vez más hacia el periodo preedípico y preverbal de la vida, y, por tanto, hacia un mayor interés en los factores exógenos, es decir, el entorno real del niño tal como se experimenta en la diada madre-infante. Los analistas de niños y aquellos involucrados en la investigación mediante la observación de infantes, especialmente en la investigación sobre apego, notaron evidencia temprana de patrones objeto-relacionales, patrones que continuaron en la adolescencia y en la vida adulta (Ainsworth y col, 1978; Main, 2000). Estos patrones, puesto que representaban la acumulación de la experiencia en la diada más que un acontecimiento particular, se consideraba que residían en la memoria implícita/procedimental en lugar de en la memoria explícita/declarativa, y constituyen el trauma acumulativo de la infancia en lugar de los traumas diferenciados (almacenados en la memoria declarativa) que Freud había descubierto (Erreich, 2003).

Los niños con apego evitativo pueden darse cuenta conscientemente al principio de que en ocasiones concretas sus madres rechazan su necesidad de sintonía y empatía, pero la acumulación de dichos ejemplos da como resultado las expectativas de contingencia que terminan operando fuera de la conciencia como rutinas interpersonales procedimentales, dando lugar finalmente a una negación defensiva de sus necesidades de apego debido a la expectativa de un rechazo doloroso. Estos complejos patrones, estos modos de estar con otro, pueden traerse en el tratamiento a una atención consciente del individuo, especialmente cuando operan en la transferencia, con la esperanza de llegar a una modificación de este modo característico de relación objetal[6].

En algunos sectores se ha hecho mucho respecto a la ausencia, en la memoria procedimental, del tipo de represión defensiva que se considera que se aplica a los recuerdos dolorosos en la memoria declarativa (D.N. Stern y col., 1998; Paley, 2007); esto ha llevado a Paley y otros a denominar a los patrones procedimentales de relacionalidad no conscientes en lugar de inconscientes y a suponer que dichos recuerdos no conscientes de relacionalidad no pueden hacerse conscientes, como si estos patrones representaran conductas simples de estímulo-respuesta (ver Erreich, 2003, p. 561, n.4). Sin embargo, un examen cuidadoso de los datos relativos a los niños con apego evitativo sugiere una situación mucho más compleja.  Estos niños han tenido numerosas experiencias de ver rechazada su necesidad por parte de su madre, y así, a pesar de las señales fisiológicas de angustia, rechazan o ignoran a su madre cuando están asustados, negando su necesidad y/o haciéndoles a sus madres lo que se les ha hecho a ellos. Especialmente dado lo que se sabe sobre las sofisticadas capacidades cognitivas incluso de infantes muy pequeños, es difícil imaginar un infante o niño pequeño distraído (mindless) que no registre conscientemente en un principio el rechazo de su madre. Es más probable que la acumulación temprana de este tipo de experiencia convierta la conciencia inicial en una predicción o expectativa fuera de la conciencia, resultando en una inhibición defensiva de la experiencia subjetiva de necesidad, así como de la conducta de búsqueda de ayuda. Esta dinámica evoluciona finalmente en un estilo caracterológico de relacionarse con uno mismo y con los otros. Como lo expresa Paley (2007), “Puesto que las predicciones incorporan la experiencia pasada y el aprendizaje, el pasado condiciona la experiencia actual. En cierto sentido, aprendemos del pasado qué predecir del futuro y luego vivimos el futuro que esperamos” (p. 862). La descripción de Paley es una conceptualización perfecta del mecanismo de imprimación.

Parece claro que los estados consciente/inconsciente/no consciente de la mente constituyen un continuum fluido en lugar de distinciones rígidas. Nótese que Paley propone las capacidades cerebrales predictivas no conscientes como la motivación que hay tras la repetición inconsciente, que se basa, entonces, en la percepción consciente y la autorreflexión para el cambio terapéutico. Muchos analistas estarían de acuerdo con esta formulación; explica el elemento de fantasía inconsciente que he denominado percepción verídica de acontecimientos exógenos (Erreich, 2003).  Sin embargo, pasa por alto los otros dos elementos cruciales que contribuyen a la generación de fantasías inconscientes: los deseos endógenos y la malinterpretación ingenua. Sin estos dos elementos, uno se queda con una visión superficial de la actividad mental humana como casi totalmente gobernada por repertorios estímulo-respuesta que describen una conducta en lugar del mundo interno rico en fantasías de incluso un niño muy pequeño.

Imprimación

Uno de los descubrimientos fundamentales del psicoanálisis ha sido que nuestra mente predictiva y perceptora de patrones nos condiciona a experimentar el presente como pasado, y que tanto la causa como el efecto de esta actividad mental promovida por la contingencia a menudo sucede fuera de la conciencia. La investigación contemporánea ha mostrado que nuestras experiencias se organizan dentro de diversas redes de asociaciones, un insight clarividente el de Freud que lo llevó a perseguir la técnica de libre asociación como un modo de sondar las profundidades de las mentes de sus pacientes. Sin embargo, a diferencia del modelo de memoria consciente/preconsciente/inconsciente de Freud, parece que la memoria autobiográfica se organiza en redes de asociaciones que representan diversas mezclas de contenido que está dentro y fuera de la conciencia, pero puede hacerse consciente cuando se trae a la atención del individuo.

En el intento de investigar más sistemáticamente las redes de la memoria, concretamente de las redes de la memoria implícita, los investigadores han utilizado una técnica denominada imprimación. La imprimación es un procedimiento que indica si la exposición previa a un estímulo influye en el juicio o la conducta posteriores de un individuo. En general, los estudios sobre imprimación demuestran que los individuos pueden ser influenciados por estímulos más o menos neutrales de los que no son conscientes cuando estos se presentan en una de estas dos formas: estímulos presentados subliminalmente por menos de 100 milisegundos, es decir, por debajo del nivel de percepción consciente, o estímulos presentados de forma supraliminal pero enmascarados o alterados de diversas formas.

Estos tipos de experimentos pueden revelar la estructura subyacente de las redes de la memoria implícita (fuera de la conciencia) demostrando los efectos del estímulo de imprimación en el juicio y la conducta posteriores. Westen (1999) describe dicho experimento: los sujetos son subliminalmente imprimados con la palabra “perro”; luego se les pide que presionen un botón tan pronto reconozcan que los conjuntos de letras que se les muestran en una pantalla representan una palabra real. Los sujetos que han sido imprimados con la palabra “perro” responden significativamente más rápido a palabras como “terrier” o “caniche” que aquellos que no han sido imprimados, y supuestamente respondieron más rápido a esas palabras que a otras que no formen parte de la red asociativa “perro”, tales como “escritorio” o “cielo”. La memoria implícita de las palabras presentadas subliminalmente afecta a la reacción de los sujetos a las palabras posteriores; es decir, el procedimiento de imprimación ha hecho que los sujetos estén híper alerta a palabras que forman parte de la red asociativa de la imprimación “perro”, haciendo más accesibles las palabras que representan a razas de perros.

Sorprendentemente, los efectos de la imprimación incluso para estímulos más bien triviales muestran una durabilidad consistente a lo largo del tiempo, como que sus efectos permanecen activos mucho después de que los sujetos hayan sido expuestos subliminal o supraliminalmente a un estímulo del que no tienen memoria explícita/consciente de haber visto. En un hallazgo sobresaliente, se les pidió a los sujetos que identificaran fragmentos de dibujos lineales en blanco y negro, alguno de los cuales se les habían presentado entre uno y tres segundos en un laboratorio 17 años antes, y algunos de los cuales eran nuevos (Mitchel, 2006, citado en Stoycheva, Weinburger, y Singer, 2014). Los índices de recuerdo fueron significativamente más altos para fragmentos que se habían visto previamente que para los nuevos, incluso en individuos que manifestaron no recordar su experiencia en el laboratorio tantos años antes. Mitchell (2006) sostiene que la memoria implícita es “un sistema de memoria invulnerable que funciona por debajo de la percepción consciente”, lo que lleva a Stoycheva y sus colegas a concluir que “la memoria implícita –al igual que el inconsciente dinámico- es intemporal” (p. 107).

Si incluso los estímulos neutrales muestran esta durabilidad, no debería sorprendernos hallar que las experiencias traumáticas o con carga emocional operen como potentes imprimaciones en la vida de las personas. Por ejemplo, los efectos de imprimación se han visto implicados en los modelos cognitivos del TEPT presentados por Ehlers y Clark (2000). Estos autores sugieren que el TEPT persistente se debe a la sensación del individuo de que su trauma pasado supone una amenaza actual en parte como resultado de “una perturbación de la memoria autobiográfica caracterizada por una pobre elaboración y contextualización, fuerte memoria asociativa y fuerte imprimación perceptual” (p. 342). El comentario de Modell (2005), citado más arriba, parece especialmente adecuado aquí: “cuando la memoria es traumática, la metáfora tiende a fijarse y congelarse de modo que pierde el aspecto lúdico “como si”… [así] el individuo experimenta un acoplamiento más rígido ente el presente y el pasado, y una necesidad compulsiva de forzar una semejanza entre el pasado y el presente (p. 562). Ehlers y Clark elaboran la hipótesis de que existe un reducido umbral perceptual para estos estímulos de modo que las “señales que estaban asociadas con el trauma y que consiguientemente pueden desencadenar directamente el recuerdo del mismo tienen más probabilidad de ser percibidas” (p. 326). Es decir, los acontecimientos traumáticos actúan como imprimaciones robustas; hacen que los individuos permanezcan híper alerta a los elementos que evocan dichos acontecimientos. 

Refiriéndose a la situación analítica y a la naturaleza diádica de la transferencia, Westen (1999) nos insta a desarrollar una teoría de qué aspectos de la situación analítica actúan como imprimaciones para reacciones concretas en el paciente, sugiriendo, por ejemplo, que las transferencias fraternales podrían no estar accesibles de manera óptima en la relación de poder asimétrica de la diada analítica, que está más diseñada para las trasferencias parentales. Además, sugiere que es probable que las características individuales del analista (edad, género, nivel de actividad, etc.) impriman redes concretas de asociaciones más allá de lo que él llama el encuentro analítico “medio esperable”, y que estas redes de asociaciones influyan en los afectos, pensamientos y conductas de un paciente cuando se activan inconscientemente.

El estatus evolutivo de la memoria temprana

¿Desde cuándo puede estar operativo en la vida el efecto imprimación? Es decir, ¿a qué edad podemos esperar que los acontecimientos queden codificados de modo que sus elementos puedan actuar como imprimaciones que se activarán por la experiencia posterior? He propuesto que las fantasías inconscientes actúan como imprimaciones; puesto que he redefinido la fantasía inconsciente como la intersección de los deseos endógenos, la percepción verídica de la experiencia, y los malentendidos ingenuos, cualquiera de estos tres elementos podría en teoría servir para imprimar a un individuo para percibir los acontecimientos posteriores de un modo determinado. Los deseos endógenos son imprimaciones por definición; consisten en nuestros deseos innatos y estamos imprimados para buscar su satisfacción. Aun así, la cuestión sigue siendo cuán pronto son capaces los niños de codificar las percepciones verídicas de los acontecimientos, y los malentendidos ingenuos que a menudo acompañan a esos acontecimientos.

Desde los años 70, los hallazgos en psicología evolutiva han continuado confirmando la noción de que los infantes tienen un alto grado de agudeza perceptual desde poco después de nacer. Al contrario que en las perspectivas de Freud y Klein, los infantes están muy orientados a la realidad, adquiriendo activamente conocimiento procedimental y declarativo acerca del mundo material y social, organizando su experiencia de acuerdo a propiedades amodales y transmodales tales como lugar, direccionalidad, intensidad, ritmo, agencia e intencionalidad (Erreich, 2003). Carey (2009) ha publicado una panorámica muy completa de la investigación actual sobre el desarrollo de conceptos, concluyendo que las presiones de la selección evolutiva han dotado a los humanos de lo que ella denomina “cognición nuclear”, es decir, el conocimiento innato de diversos básicos universales que atañen al mundo físico y social, incluyendo nociones tales como agencia, lenguaje, números y causalidad, así como la capacidad para detectar patrones con respecto a estos constructos. Resumiendo esta investigación, Carey reporta evidencia de representaciones de objeto a los dos meses, la comprensión de acciones intencionales a los cinco meses, y las representaciones de causalidad a los seis meses. En resumen, parece ser que los infantes tienen una capacidad bastante sofisticada de registrar y codificar aspectos fundamentales de su experiencia física y social desde muy al principio de su vida. no hay duda de que, dada esta herencia genética innata, somos capaces de adquirir complejos sistemas de conocimiento sin darnos cuenta ni del proceso de adquisición ni del producto de ese aprendizaje. La adquisición de la lengua nativa es, tal vez, el mejor ejemplo de lo sofisticada que es nuestra capacidad para el aprendizaje implícito, puesto que los niños, independientemente de las diferencias en su geografía, cultura, o estilos parentales, a los cuatro años han adquirido las normas básicas fonológicas y sintácticas de su idioma sin una percepción ni una formación conscientes. La comparación entre la facilidad y la rapidez de la primera adquisición del lenguaje y el lento y difícil proceso de la adquisición de un segundo idioma demuestra fácilmente que el aprendizaje implícito o inconsciente a menudo es más potente y duradero que el aprendizaje consciente[7].

¿Qué evidencia hay de la codificación y el recuerdo de toda experiencia temprana? La evidencia de la codificación y el recuerdo de los estímulos visuales y auditivos aparece desde muy temprano en el simple acto del reconocimiento que hace el infante de la voz y el rostro de su madre. Otra evidencia de lo que parece ser la memoria prenatal se demuestra por el hallazgo de los recién nacidos son capaces de reconocer una historia del Dr. Seuss que su madre les leyó en voz alta en el último trimestre del embarazo, y de hecho pueden distinguir dos libros diferentes del Dr. Seuss (DeCasper y Fifer, 1980). Al mes de edad, los infantes pueden realizar con precisión tareas de combinación transmodal mirando durante más rato a un objeto que han tenido en la boca mientras tenían los ojos vendados que uno con el que no habían tenido ninguna experiencia táctil, indicando codificación perceptual y recuerdo a través de modalidades (Meltzoff y Moore, 1983). Meltzoff (1990) concluye que “existe un núcleo de cierto sistema de memoria de nivel más alto desde las primeras fases de la infancia humana” (p. 25).

La memoria autobiográfica, la porción de memoria episódica que vincula un recuerdo con un momento y lugar concretos, es el último sistema de memoria que se desarrolla. Nelson y Fivush (2004) definen la memoria autobiográfica como “la memoria declarativa, explícita, para puntos concretos del pasado, recordados desde la perspectiva única del self en relación con los otros” (p. 488). Nótese que esta definición excluye la posibilidad de recuerdos autobiográficos implícitos/procedimentales del tipo de los que he atribuido a los niños con apego evitativo, por ejemplo. Esta brecha en la definición de Nelson y Fivush puede deberse al hecho de que los investigadores académicos no tienen acceso a los datos relativos a los modos más sutiles de estar con otros que sí son explorados por los investigadores clínicos. Esta ausencia los llevó a concluir que “respecto a la propuesta de memoria autobiográfica, hasta el momento no hay un sentido de self que recuerde un punto específico en el pasado, ni de un recuerdo del pasado que se relacione con las concepciones actuales del self en una autonarrativa continua durante los primeros dos años” (p. 492). Sin embargo, conceden que existe evidencia de memoria no verbal en una diversidad de tareas antes de los 12 meses, pero que “los hallazgos de diversos estudios indican que las experiencias tempranas, aun cuando se recuerden en la conducta, no se vuelven accesibles para el recuerdo verbal hasta que los niños desarrollan habilidades de lenguaje más sofisticadas” en torno a los tres años (p. 493). Su marco temporal para la memoria autobiográfica depende de las habilidades verbales. Esta visión, y su creencia de que las experiencias durante el periodo no verbal “no se vuelven accesibles para el recuerdo verbal hasta que los niños desarrollan habilidades de lenguaje más sofisticadas” serán desafiadas por los datos clínicos que presentaré.

La práctica clínica y la investigación nos llevan a una conclusión diferente: al contrario de lo que sucede con las nociones de amnesia infantil que a menudo dependen del lenguaje expresivo para verificar la presencia de la memoria temprana (Nelson y Fivush, 2004), los investigadores y clínicos psicoanalíticos han demostrado que la memoria preverbal existe, tanto para la experiencia procedimental como para la declarativa/autobiográfica, que dichos recuerdos pueden ser representados simbólicamente en sensaciones corporales y en la conducta en la infancia tardía y la vida adulta, y que cuando se desarrolla el lenguaje expresivo, también puede recurrirse a él para representar estas experiencias auobiográficas.

Coates (2016 [publicado traducido al castellano en Aperturas Psicoanalíticas, 56]) ofrece evidencia tanto para la representación simbólica y el recuerdo de acontecimientos anteriores a la edad de tres años, y para el efecto de imprimación de esas representaciones. Apunta que “la imitación diferida, considerada el estándar de oro para demostrar la adquisición de la memoria episódica, requiere que un bebé observe una conducta nueva y luego la repita en un intervalo demorado” (p. 761). La creencia de Piaget de que la imitación diferida emerge a los dieciocho meses ha sido desbancada por los hallazgos de que infantes de seis meses de edad son capaces de hacer imitación diferida tras una demora de 24 horas. Coates escribe que

Perris, Myers y Clinton (1990) […] han demostrado que niños expuestos a un experimento a los 6 meses, consistente en ubicar un objeto concreto en conexión con un sonido determinado, mostraron evidencia de haber conservado la información relativa al mismo en un seguimiento dos años después: eran capaces de aprender la tarea a la que habían sido expuestos más rápidamente que otras tareas a las que no habían sido expuestos […] la experiencia concreta […] claramente ha quedado codificada de algún modo […] Está claro que los bebés tienen esta capacidad, y que la tienen en torno a los seis meses [p. 761].

Es más, de acuerdo con los comentarios de Meltzoff, citados anteriormente, Rovee-Collier (1997) escribe que “tanto la memoria implícita como la explícita deben considerarse sistemas primitivos que son funcionales simultáneamente muy al principio del desarrollo” (p. 468).

Desde una perspectiva psicoanalítica, Coates (2016) articula la cuestión relevante:

Desde una perspectiva clínica, la cuestión parecería ser si existe evidencia del recuerdo de acontecimientos dolorosos o estresantes en los primeros días de vida. Si los neonatos tienen un “núcleo” de memoria episódica de contenido neutral ya desde los primeros días de vida, podríamos esperar que los estímulos aversivos tengan más de una oportunidad de ser recordados, y de servir como base para una memoria emocional, en términos de LeDoux (1996); es decir, sería de esperar que los acontecimientos traumáticos tuvieran mayor relieve emocional para los niños muy pequeños del que tienen los estímulos neutros [p. 762].

Evidencia clínica para la codificación preverbal en la memoria procedimental y declarativa y evidencia del mecanismo de imprimación en ambos campos

En 2003 y de nuevo en 2015, he propuesto que la conducta de los niños con apego evitativo en la Situación Extraña ofrece evidencia de la codificación en la memoria procedimental y el posterior recuerdo de su experiencia en la diada madre-infante: la experiencia reiterada de estos niños del fallo empático materno cuando estaban angustiados, los llevó a inhibir las señales conductuales de ansiedad a pesar de la clara evidencia de su angustia fisiológica. Yo sostuve que esta relacionalidad disfuncional madre/infante y la solución de compromiso del niño de inhibir los signos visibles de angustia estaba codificada en forma de una fantasía inconsciente: una representación mental que incluye el deseo del niño de socorro, la percepción verídica de que no se obtendrá, y la frecuente malinterpretación de que el desmerecimiento de amor por parte del niño la causa definitiva de la falta de respuesta de la madre. De este modo, los patrones de relacionalidad del periodo preverbal (a lo que me he referido como “trauma acumulativo”) quedan codificados en la memoria procedimental y reactuados en futuros lazos objetales. Por tanto, los patrones objetorrelacionales tempranos “impriman” a los infantes para buscar o recrear esos tipos de lazos objetales en su vida posterior.

Coates (2016) presenta datos clínicos de Bernstein y Blacher (1967) que respaldan la propuesta de que infantes muy pequeños codifican y representan simbólicamente acontecimientos diferenciados (en concreto acontecimientos traumáticos) en la memoria declarativa/autobiográfica. Laura, el caso más joven que ella presenta, nació con hidrocefalia y requirió varias intervenciones quirúrgicas dolorosas a los tres meses de edad. En aquél momento, el hospital estaba siendo sometido a renovaciones, lo que resultaba en un ruido de golpeteo constante durante su neumoencefalograma; se despertó llorando, aterrorizada por la proximidad de cualquier hombre que no fuera su padre. A los veintiocho meses de edad, Laura se sintió aterrorizada ante el sonido de un martilleo en la casa de al lado y se levantó asustada de la siesta. “Un hombre está dando golpes…” explicó; “En el hospital, el hombre golpeaba mi cabeza” (p. 758), lo que hizo que su madre recordara las obras de reforma durante las intervenciones de su hija. Cuando su madre le preguntó, Laura dijo: “un hombre me cogía por el culete y me golpeaba la cabeza”, explicando que las intervenciones le hacían daño en la cabeza (p. 759). Aquí tenemos evidencia del efecto de imprimación de los sonidos que acompañaron una experiencia traumática (es decir un trauma diferenciado) codificado en la memoria declarativa/autobiográfica a los tres meses de edad. Nótese también, en contra de las afirmaciones de Nelson y Fivush (2004), que tras la adquisición del lenguaje expresivo, la niña es capaz de articular su recuerdo de la experiencia traumática.

Coates presente material clínico adicional de niños que padecieron acontecimientos traumáticos diferenciados a los diez y doce meses de edad. También describe el fascinante caso de un niño de dos años de edad que había sido traumatizado porque su madre lo cogía del cuello y lo zarandeaba cuando se enfurecía, hasta que lo trajo a tratamiento. El tratamiento terminó cuando el niño tenía ocho años, momento en el cual pudo reportar un “sentimietno raro”, indicando que cuando sus cerdos de guinea se peleaban, el cuello se le ponía “caliente y frío” (p. 772). Este chico volvió a ver a Coates a los veintidós años, tras haber terminado una relación de larga duración, y le pidió si ella podía ayudarlo a explicar un extraño síntoma: siempre que veía escenas violentas en la televisión o en el cine, sentía debilidad en el cuello y le parecía que tenía que poner las manos alrededor del mismo para sujetarlo, una posición idéntica a la que su madre había descrito que le hacía veinte años antes. Aquí tenemos la evidencia de unos acontecimientos traumáticos codificados simbólicamente en sensaciones somáticas y en la conducta de un niño de sólo dos años, con su consiguiente articulación verbal en la infancia y en la vida adulta.

Una última cita que ofrece evidencia de la codificación temprana de los acontecimientos traumáticos en la memoria declarativa/autobiográfica proviene del informe de Jacob (2015) de una reacción de aniversario en un niño de cuatro años. Timmy acudió a tratamiento con Jacobs tras la aparición repentina de un síntoma: tenía miedo de orinar, y a pesar del considerable dolor, retenía la orina. Durante el transcurso del tratamiento, Jacobs descubrió que el surgimiento del síntoma estuvo precedido por la asistencia de la familia, el día anterior, a una circuncisión; aparentemente, Timmy había entendido de alguna manera que estaban cortando el pene del bebé. Tras varios meses de análisis el síntoma se resolvió, aunque el tratamiento continuó otros dos años para abordar otros miedos. Curiosamente, el síntoma volvió de forma abrupta durante el transcurso del tratamiento, y con alguna ayuda del paciente y de un calendario de bolsillo, Jacobs pudo determinar que el síntoma había vuelto exactamente un año después del día de la circuncisión; es decir, Timmy estaba teniendo una reacción de aniversario. Parece ser que fue imprimado con bastante precisión por el paso del tiempo, una época del año a la que él llamaba “temporada de la abeja grande”. Analista y paciente elaboraron esta explicación del síntoma que, seis años después, no había regresado. En la introducción a su caso, Jacobs escribe “Algunos colegas pueden cuestionar si un niño de cuatro años, con su cerebro comparativamente inmaduro, es capaz de procesar el paso del tiempo de modo tal como para dar lugar a una verdadera reacción de aniversario” (p. 463). Esto, junto con mis otras ilustraciones, sugiere que infantes muy pequeños son capaces de codificar la acumulación del trauma en la memoria procedimental, de codificar acontecimientos traumáticos diferenciados en la memoria declarativa/autobiográfica, de medir el paso del tiempo de un modo bastante preciso, y con la adquisición del lenguaje expresivo, de añadir verbalización a la representación somática/conductual inicial de estas experiencias. Todas estas capacidades permiten que niños muy pequeños estén “imprimados” por acontecimientos traumáticos que pueden ser reexperienciados cuando se den condiciones análogas.

Nótese que esta capacidad innata para el registro y representación de la experiencia (consciente o inconsciente), junto con una plétora de investigación sobre infantes que demuestra que la capacidad temprana y aguda del infante para la discriminación y representación perceptuales (por ej. Carey, 2009; D.N. Stern, 1985; Erreich, 2003) pueden plantear un desafío importante para las teorías psicoanalíticas que plantean los estados mentales denominados primitivos (ver, por ej., Grotstein, 1980; Bromberg, 1996; Caper, 1998; Ogden, 2016) o la experiencia “no representada”, “no formulada” o “no simbolizada” (ver. Por ej. D.B. Stern, 1997; Levine, 2012; Diamond, 2014). No está en cuestión la propuesta ampliamente aceptada de que la experiencia pasada influye en la experiencia presente, una propuesta que ninguna de estas teorías discutiría. Más bien, los hallazgos relativos a la capacidad innata de registrar y representar mentalmente la experiencia subjetiva, percibida dentro o fuera de la conciencia, sugieren que la noción de experiencia “no simbolizada” o “no formulada”, o la presencia de fantasías de objetos escindidos o fusionados, mentes “vacías” u otras distorsiones de la realidad subjetiva y objetiva, están defensivamente motivados y emergen un tiempo después del nacimiento, en lugar de ser característicos de la actividad mental innata del infante[8]. Parece justo decir que hay una carga sobre aquellos que reclaman la existencia de dichos estados para especificar su naturaleza de un modo que no vaya en contra de nuestro creciente conocimiento de las capacidades mentales de los infantes.

Las fantasías inconscientes sirven como imprimaciones

Dado lo anterior, podemos refinar nuestra definición de una parapraxis, considerándola ahora como un pensamiento o conducta conscientemente no planeados que resultan cuando una fantasía inconsciente actúa como un agente de imprimación frente a condiciones que parecen análogas a algún elemento del trauma o el conflicto. Por ejemplo, una residente de psiquiatría había reubicado su formación para vivir con un hombre a quien había estado viendo durante años. Poco después de que ella se mudara a su apartamento, él le dijo de repente que no quería seguir viviendo con ella y, tras algunas peleas violentas, se vio forzada a encontrar otro alojamiento para completar su residencia antes de volver a su ciudad natal. Su trabajo con pacientes externos requería que escribiera su nombre en una línea que decía “terapeuta” en un volante de papel que cada paciente le entregaba tras firmar en el mostrador de admisión. Ella contaba que continuamente “leía mal” la palabra “terapeuta” que había bajo la línea de firma y entendía “el violador” [N. de T: en inglés “terapeuta” es “therapist” y “el violador” es “the rapist”]. Aun cuando se dio cuenta de que esta parapraxis representaba su fantasía no del todo inconsciente de que su ex novio había abusado violentamente de ella, el “leer mal”, curiosamente, continuó anulando su comprensión consciente de la parapraxis durante muchos meses. Con el tiempo, no obstante, llegamos a descubrir que su reciente trauma amoroso demostró ser análogo a un episodio de abuso sexual en la infancia en el que ella se había sentido “engañada” para seguir a un hombre hasta su casa, donde fue vulnerable a los avances sexuales de éste. El episodio temprano de abuso sexual y la red de asociaciones que generó la imprimaron para revivir esa primera experiencia traumática cuando se presentó con condiciones análogas como mujer adulta con otro hombre que “la engañó y abuso de ella en su casa”; seguramente, su nivel de angustia fue mucho mayor debido al precedente de la infancia.

Volvamos a las dos viñetas clínicas presentadas al comienzo. Ambas representan ejemplos, comunes en nuestro trabajo, de cómo el mecanismo de imprimación opera para aumentar nuestra atención a estímulos concretos, para hacernos estar hiperalerta bajo las mismas condiciones, tal vez incluso para recrear inconscientemente acontecimientos que fueron traumáticos.

El paciente masculino que describí antes reportaba una pesadilla recurrente en su infancia de ser enterrado en un ataúd con su madre junto a la tumba. A pesar de sus protestas de que seguía vivo, su madre sigue cerrando de golpe la tapa. Muchos años después, en mi consulta, este paciente se fija en un artículo de una revista sobre cómo los judíos trataban de proteger sus bienes de los nazis enterrándolos en los jardines. El paciente, sin darse cuenta de la naturaleza análoga de estas dos narrativas, no pudo permanecer en tratamiento lo suficiente como para que yo pudiera saber más que unos pocos detalles acerca de su educación negligente y carente de empatía. Probablemente la pesadilla recurrente representaba alguna conciencia verídica del odio asesino de su madre hacia él, al igual que el artículo de la revista representa un deseo de ser valorado y protegido por ella. Estos dos elementos, el deseo de ser valorado y protegido y la percepción verídica del odio real de su madre hacia él, representan dos elementos de una fantasía inconsciente tal como yo he redefinido el término (Erreich, 2003). Este hombre permanecía casado con una mujer que lo atacaba verbalmente y lo despreciaba porque él pensaba que era tan poco digno de amor que si la dejaba se quedaría solo para siempre y moriría solo, una malinterpretación ingenua remanente de la infancia. Esta fantasía inconsciente lo dejó imprimado para darse cuenta del artículo de la revista, aunque cuando el vínculo entre el artículo, su pesadilla recurrente de la infancia, y su fantasía inconsciente subyacente le fuera desconocido, y no fuera reconocible cuando se interpretó por primera vez.

También está mi paciente que encontró un sutil error en el domicilio de mi material de papelería cuando ni yo ni mis otros pacientes lo habíamos notado. Fue años después de señalarme esto que la paciente recordó haber visto el nombre de su padre en un material de papelería con otro domicilio diferente al de su casa; su padre admitió que alquilaba otro apartamento pero le advirtió que no se lo mencionara a su madre. Esto sucedió en una época en que sus padres discutían por una secretaria de la oficina del padre. Una vez más, notamos una atención acentuada a un estímulo, análogo de un elemento de un acontecimiento traumático anterior que mediante una red de asociaciones ha imprimado la atención de la paciente para los domicilios en las hojas de carta. Y, una vez más, también, el vínculo entre los dos acontecimientos, el que tuvo lugar a los doce años y el descubrimiento del error en mi material de papelería, es inconsciente y requiere trabajo analítico convencer a la paciente de que el pasado se insinúa en el presente. Esta paciente deseaba hablarme de la errata, incluso como había deseado hablarle a su madre del otro material de papelería pero se le había advertido que no lo hiciera (percepción verídica). Y así, aunque la paciente había apreciado el error en la primera factura que hice usando las nuevas hojas (percepción verídica»), le llevó dos meses “contarlo” y unos años que surgiera la anécdota sobre su padre. En esta familia de “no preguntes, no cuentes” parecía haber una fantasía compartida de que es mejor guardarse para uno mismo no sólo los sentimientos, sino también la información. El tercer elemento del constructo de fantasía inconsciente redefinida, la malinterpretación ingenua de los acontecimientos, incluye muchos aspectos de la patología de esta paciente, incluyendo la creencia de que es peligroso “saber” algo sobre su vida interna o la de los otros.

Resumen

En este artículo y otros dos (Erreich, 2003, 2015) he presentado una visión metateórica actualizada de la teoría psicoanalítica, una que tiene en cuenta el pensamiento contemporáneo en campos complementarios como la psicología cognitiva y evolutiva y la filosofía de la mente. Al mismo tiempo, he sostenido que los datos únicos accesibles mediante el trabajo psicoanalítico desafían estos campos con hallazgos que indican una necesidad de investigación adicional.

He propuesto (1) una redefinición de la naturaleza y el desarrollo de la fantasía inconsciente; (2) una hipótesis respecto a su lugar en un modelo contemporáneo de la mente, una que sugiere una posible solución al problema del pluralismo teórico en psicoanálisis; y (3) una propuesta acerca del modo de operar de la fantasía inconsciente en la mente de un individuo.

Desde el principio de la vida, tal vez incluso antes del nacimiento, nuestras experiencias perceptuales con el mundo físico y social son registradas y codificadas como representaciones mentales; aquellas que pertenecen a las relaciones objetales –deseo, afecto, conflicto, soluciones de compromiso- son las representaciones mentales que llamamos fantasías inconscientes. Desde muy temprano en la vida, estas fantasías, tal vez originadas en la conciencia pero cuya acumulación convierte a algunas de ellas en modos fuera de la conciencia de estar con otros, pudiendo entonces actuar como imprimaciones para la experiencia en el presente, especialmente cuando la nueva experiencia guarda alguna semejanza con los acontecimientos traumáticos anteriores. Si el fenómeno de imprimación es tan robusto y su efecto es tan duradero con estímulos neutrales en un marco anodino de laboratorio, parece razonable suponer que las experiencias traumáticas dejarán las marcas más indelebles en nuestra memoria, sean éstas conscientes o permanezcan aisladas de la conciencia con fines defensivos. Si esta propuesta es correcta, entonces estamos “imprimados” para responder a ciertas situaciones de modos predeterminados; el pasado nos imprima para vivir el presente de modos a menudos únicos y personales. Nada de esto es noticia para los psicoanalistas en activo. Lo que sí es noticia es que haya evidencia experimental que apoye una de las afirmaciones fundamentales en nuestro campo, que frecuentemente se ve atacada como un tabú trasnochado; es decir, que el pasado importa porque condiciona nuestra vida prsente, y que el poder del fenómeno de imprimación sobre la memoria declarativa y la procedimental es tal que los acontecimientos pasados, cuando se mantienen fuera de la conciencia, actúan como agujeros negros que absorben aspectos significativos de nuestra vida, al tiempo que deforman y distorsionan otros.

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[4] En artículos anteriores (Erreich, 2003, 2015) sugiero una solución diferente a un problema idéntico aceptada por Bohleber y col., (2015); la integración de distintas conceptualizaciones de fantasía inconsciente. Ofrecen una taxonomía que intenta ordenar el término según las diferentes teorías y épocas, concluyendo que “estas divergencias clave resultan en las suposiciones fundamentales de las diversas tradiciones en tanto éstas se combinan con distintos marcos de referencia metapsicológicos [sic] y con problemas epistemológicos no resueltos” (p. 725). Mi propuesta ofrece un marco global alternativo metapsicológico derivado de los avances en la psicología cognitiva y evolutiva y de la filosofía contemporánea de la mente, de modo que las divergencias teóricas sean consideradas como fenomenológicas más que epistemológicas.