aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 061 2019 Monográfico. Abordaje psicoanalítico del trauma I

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Fairbairn, R. "La represión y el retorno de los objetos malos. Con especial referencia a las

Fairbairn, R. "The repression and the return of bad objects (with special reference to the

Autor: Ingelmo Fernández, Joaquín

Para citar este artículo

Ingelmo, J. (junio, 2019). Fairbairn, R. “La represión y el retorno de los objetos malos. Con especial referencia a las ‘neurosis de Guerra’” (publicado en Estudio psicoanalítico de la personalidad, 1962) Aperturas Psicoanalíticas, (61). Recuperado de: http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001070

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El presente artículo de William Ronald Dodds Fairbairn se publicó originalmente en 1943 en el vol. XIX del Brithish Journal of Medical Psychology y, posteriormente, en 1952, como capítulo III de su libro Estudio Psicoanalítico de la personalidad. En 1954 la obra apareció en los Estados Unidos con el título “An Object Relations Theory of de Personality”, lo que explicaría que para los norteamericanos Fairbairn sea considerado como el padre de las relaciones de objeto y, más adelante, como el padre del psicoanálisis relacional (Grosskurth, 1986).

Fairbairn nació en Edimburgo el 11 de agosto de 1889 y murió el 31 de diciembre de 1964 también en Edimburgo. Parece que pasó toda su vida en esa ciudad y de ahí, según Jones, su originalidad teórica por el aislamiento en el que vivió, analíticamente hablando. De todas formas, sus biógrafos no se ponen de acuerdo si se formó en Londres en la década de los 30 o si se analizó en Edimburgo en 1921 con el Dr. E. H. Connell, un hombre de negocios de Melbourne, que se habría analizado con Jones y, posteriormente, emigró a Escocia (Guntrip, 1961; Hinshelwood, 1989; Kernberg, 1980; Rayner, 1991, Rodríguez Sutil, 2010; Sutherland, 1963). Eso sí, siempre perteneció a la Brithish Psychoanalytical Society primero, en 1931, como miembro asociado y, posteriormente, en 1939, como miembro de pleno derecho. Parece que su admisión como miembro de la BPS se debió a su experiencia y a la calidad de sus trabajos.

Fairbairn fue hijo único de una estricta familia calvinista y vivió en un ambiente bastante represivo en cuanto a la expresión de la sexualidad, sobre todo por parte de la madre, Cecilia Leefe. El rigor de las costumbres familiares provocó en el hijo una gran timidez y una enorme falta de asertividad, además de una dependencia de la madre que, al parecer, persistió toda la vida. El padre era un neurótico grave, que no podía orinar si había alguien cerca de la puerta del cuarto de baño. Fairbairn pensó hacerse pastor de la iglesia presbiteriana debido a lo cual estudió, en la Universidad de Edimburgo, “filosofía mental” (psicología), teología y otras materias compatibles con su orientación religiosa. La I Guerra Mundial dio un giro a sus pretensiones y se orientó hacia la medicina, graduándose en 1923. Posteriormente, se interesó por la psiquiatría y el psicoanálisis y ya en la II Guerra Mundial trabajó como psiquiatra. Después de la II Guerra Mundial fue profesor de psiquiatría en la Universidad de Edimburgo y psiquiatra en el Hospital Clínico de la misma ciudad, donde trabajó básicamente con pacientes graves (Moore y Fine, 1997; Roudinesco y Plon, 1998), hasta 1954 en que se dedicó exclusivamente al psicoanálisis hasta el año de su muerte en 1964.

Según Hinshelwood (1989) las ideas de Fairbairn han sobrellevado muy bien la prueba del tiempo. Tuvo dos seguidores importantes: Guntrip (1961) y Sutherland (1963) y ha recibido un amplio reconocimiento de autores europeos y americanos (tanto norteamericanos como sudamericanos): S. Ferenczi, M. Balint, D. W. Winnicott, H. S. Sullivan, E. Pichon-Riviere, H. Keselman, H. Kohut, S. Mitchell, T. Ogden, etc. Su idea central de la libido como buscadora de objetos y no de gratificación es la que lo ha acercado a la psicología del self y al psicoanálisis relacional.

Según Guntrip (1961), en la obra de Fairbairn es posible distinguir tres periodos: en primer lugar, un periodo freudiano, entre 1927 y 1934; en segundo lugar, un periodo kleiniano, entre 1934 y 1940; y, por último, un periodo fairbaniano entre 1940 y 1964, que es el más creativo, original e influyente y donde se encuadra el trabajo que nos ocupa, escrito en plena II Guerra Mundial y en plenas controversias Anna Freud- Melanie Klein.

Reseña del trabajo de Fairbairn

El trabajo de Fairbairn “La represión y el retorno de los objetos malos (con especial referencia a las `neurosis de guerra´” está dividido en 14 pequeños apartados, en los que examina la mayoría de los tópicos del psicoanálisis clásico expresando, obviamente, su opinión particular, basada, como se ha señalado, en su experiencia en el tratamiento con pacientes graves y por lo general ingresados en lo que hoy día llamaríamos una Unidad de Psiquiatría.

El primer apartado del artículo lo titula “La importancia de las relaciones de objeto”. En este apartado, considera que la psicopatología basada en las pulsiones y en el yo deben dejar paso a una psicopatología basada en las relaciones de objeto. Considera que Melanie Klein ha preparado el terreno para esta psicopatología con su concepto de objetos internalizados. Desde esta perspectiva, para Fairbairn la psicopatología debe estudiar las relaciones del yo con sus objetos internalizados. Expone, así mismo que en un trabajo anterior afirmó, por una parte, que la libido tiene poca importancia en comparación con las relaciones de objeto y, por otra, que el propósito de la libido es el objeto y no la gratificación. Por último, plantea en este apartado que tratará de establecer las repercusiones que sobre la teoría de la represión tiene el hecho de que la libido se dirija esencialmente hacia los objetos.

El segundo apartado del artículo lo denomina “La naturaleza de lo reprimido”. Según Fairbairn, en la psicopatología freudiana está claro lo que está reprimido (las pulsiones) y lo que reprime (las funciones represoras del yo, especialmente el superyó, en tanto objeto internalizado considerado como bueno). Sin embargo, en una psicopatología basada en las relaciones del yo con los objetos internalizados, habría que plantearse qué es lo represor y qué es lo reprimido. En ese sentido, Fairbairn considera, en primer lugar, que lo represor radica en las relaciones del yo con los objetos buenos y, en segundo lugar, que lo reprimido radica en las relaciones del yo con lo objetos malos internalizados. Textualmente dice Fairbairn:

Me aventuro a formular el concepto de que lo que se reprime primariamente no son los intolerables impulsos culpables ni los intolerables recuerdos desagradables, sino los intolerables objetos malos internalizados. De esta manera, los recuerdos se reprimen solo porque los objetos comprendidos en tales recuerdos están identificados con objetos malos internalizados, y los impulsos se reprimen solo porque los objetos con los cuales tales impulsos incitan al individuo a tener una relación son, desde el punto de vista del yo, objetos malos. En realidad, la posición con respecto a la represión de los impulsos sería la siguiente. Los impulsos se tornan malos si se dirigen hacia objetos malos. Si tales objetos son internalizados, se internalizan los impulsos dirigidos hacia ellos, y la represión de los objetos malos internalizados, implica, como fenómeno concomitante, la represión de los impulsos. Empero, debe señalarse que lo que primariamente se reprime, son los objetos malos internalizados. (p. 71).

En el tercer apartado, “Los objetos reprimidos”, comienza a plantear las consecuencias de los abusos sexuales en la infancia. Y considera que el recuerdo del abuso sexual es el testimonio de una relación con un objeto malo y que, por ello, la víctima no quiere recordar la experiencia traumática y la vive como algo intolerable y vergonzoso. “Deducimos así, que si al niño le parecen malos sus objetos, él mismo se considera malo y podemos establecer, en forma categórica, que si el niño se siente malo es, invariablemente, porque tiene objetos malos” (p. 73).

En el cuarto apartado, “La defensa moral contra los objetos malos”, plantea que

… el niño preferirá ser malo él, a tener objetos malos, y de esta manera nos asiste razón al suponer que uno de los motivos que lo llevan a ser malo, es el deseo de tornar buenos a sus objetos. En esta forma, busca despojarlos de su maldad, y en la medida que lo consigue, es recompensado con el sentimiento de seguridad que confiere en forma tan característica, un ambiente de objetos buenos. Por supuesto, decir que el niño carga con el peso de la maldad que tienen sus objetos, equivale a decir que internaliza sus objetos malos. Pero, el sentimiento de seguridad exterior, a que da origen este proceso de internalización, está sujeto a ser seriamente comprometido por la resultante existencia dentro de él, de objeto malos internalizados. La seguridad exterior se obtiene así, a costa de la seguridad interior y de esta manera su yo queda a merced de una banda de quintacolumnistas o perseguidores internos, contra los que primero deben erigirse defensas en forma acelerada, que luego son laboriosamente consolidadas. (…) Solo cuando la represión no constituye una defensa adecuada contra los objetos malo internalizados y estos comienzan a amenazar al yo, entran a actuar las cuatro defensas psicopatológicas clásicas, es decir, la fóbica, la obsesiva, la histérica y la paranoide. Empero, existe otro tipo de defensa que apoya en forma invariable al trabajo de la represión y a la que pasaremos a referirnos. Es aquella a la que se puede llamar “defensa del superyó”, “defensa de la culpa” o “defensa moral”. (pp. 74-75).

Por último, en este apartado formula en términos religiosos la conocida afirmación de que

Es mejor ser pecador en un mundo gobernado por Dios, que vivir en un mundo regido por el Diablo. En un mundo gobernado por Dios, un pecador puede ser malo; pero, siempre existe un sentimiento de seguridad, que deriva del hecho de que el mundo circundante es bueno. (…) En un mundo regido por el Diablo, el individuo puede escapar de la maldad de ser pecador; pero es malo porque lo es el mundo que lo rodea. Más aún, puede no tener un sentimiento de seguridad ni esperanza de redención. La única perspectiva es la muerte y la destrucción. (p. 76)

El apartado quinto, “La dinámica de la influencia de los objetos malos”, plantea cómo es que el niño internaliza sus objetos, si estos son malos.

A pesar de lo mucho que pueda desear rechazarlos, no puede librarse de ellos. Estos se le imponen y no se puede oponer a ellos porque ejercen poder sobre él. Por consiguiente, estará compulsado a internalizarlos para poder controlarlos. (…) internaliza objetos que en el mundo exterior tienen el poder de gobernarlo, poder que conservan en el mundo interior. (…) Lo que compulsa al niño a internalizar objetos malos, es, sobre todo, la necesidad que tiene de sus padres, a pesar de los malos que puedan ser para él, y dado que esta necesidad permanece unida a éstos en el inconsciente, no puede desligarse de ellos, Esta misma necesidad es la que les confiere el poder real que tienen sobre él. (pp. 76-77).

El apartado sexto, “La culpa como defensa contra la liberación de los objetos malos”, plantea el problema de la autoinculpación como defensa. Dice Fairbairn:

El rasgo típico, y por cierto, el principal de esta defensa, lo constituye la transformación de un estado primario en el que el niño se encuentra rodeado de objetos malos, en una nueva situación en la que los objetos son buenos y él es el malo (…) Según mi criterio es sumamente erróneo basar la psicoterapia en este nivel, dado que tal como se desprende de los conceptos expuestos, el fenómeno de la culpa debe ser considerado (desde un punto de vista estrictamente psicopatológico) como parte integrante de la estructura de una defensa. En una palabra, en psicoterapia la culpa actúa como resistencia”. (…) la mayor fuente de resistencia la constituye el temor a la liberación de los objetos malos del inconsciente, porque cuando estos objetos malos son liberados, el mundo que rodea al enfermo se puebla de demonios que lo aterrorizan (…) la liberación de los objetos malos solo puede realizarse con seguridad, si el analista se convierte para el enfermo en un objeto bueno. De lo contrario, la inseguridad que tiene lugar se hace insoportable. Creo que en una situación de transferencia satisfactoria, solo se puede lograr un abandono de los objetos malos, terapéuticamente exitosa, si se evitan las interpretaciones en un nivel de culpa o superyó. (pp. 77-78).

El apartado siete, “Un pacto con el diablo”, tomando como referencia el trabajo de Freud Una neurosis demoníaca del siglo XVII (1923/1973) plantea que “los fundamentos de la psicopatología debemos buscarlos en la liberación de los objetos buenos internalizados (es decir, en la liberación del superyó)” (p. 79).

El apartado ocho, “Las catexis libidinosas de los objetos malos como fuente de resistencia”, plantea el problema de la reacción terapéutica negativa y considera que esta se debe, en última instancia,

a un rechazo por parte de la libido a renunciar a sus objetos reprimidos (…) Solo a través de la creciente intensidad de la transferencia (es decir, a través del desplazamiento gradual de la libido de un objeto internalizado reprimido a un objeto exterior), se puede eliminar la fuente principal de la resistencia (…) la superación real de la represión parece ser menos complicada que la superación del culto del enfermo por sus objetos reprimidos, culto que es dificilísimo superar, debido a que los objetos son malos y el enfermo teme liberarlos de su inconsciente. (p. 81).

El apartado nueve, “Disolución de la catexia del objeto malo”, plantea los problemas que se le presentan a la técnica analítica en estos casos de liberación de los objetos malos reprimidos. Según Fairbairn para resolver estos problemas hay que tener en cuenta una serie de principios. En primer lugar, que todas las situaciones deben ser interpretadas en términos de relaciones de objeto. En segundo lugar, que las pulsiones son básicamente buenas, porque están dictadas por el amor objetal. En tercer lugar, que la libido es mala solo cuando se dirige a objetos malos. En cuarto lugar, “que las situaciones de culpa deben ser transformadas en situaciones de `objeto malo´” (p. 82). En quinto lugar, que las interpretaciones en términos de agresión “deben hacerse con cuidado, excepto, quizás, en los melancólicos” (p. 82).

El apartado diez, “El retorno psicopatológico de los objetos malos”, plantea que la neurosis de transferencia “constituye en parte una defensa contra, y en parte una reacción a la liberación de los objetos reprimidos” (p. 83). Por otra parte, plantea que hay que diferenciar entre las defensas contra el retorno de lo reprimido (obsesivas, fóbicas, histéricas y paranoides) y las reacciones a (y no defensas contra) la liberación de los objetos reprimidos. En el primer caso, aparecerían síntomas y, en el segundo,

el enfermo se ve abocado a situaciones aterrorizantes, hasta ese momento inconscientes. Las situaciones externas adquieren entonces para él el significado de situaciones reprimidas que implican relaciones con objetos malos. El fenómeno no es entonces de proyección sino de transferencia. (p. 84).

El apartado once, “La liberación de los objetos malos con especial referencia a los casos militares”, plantea que junto a la liberación inducida y terapéutica de los objetos malos, en los militares durante la guerra puede darse una liberación espontánea y psicopatológica de los objetos reprimidos, generalmente determinada por factores desencadenantes externos que deben ser considerados como traumáticos. Este apartado tiene interés, sobre todo, porque plantea que las situaciones traumáticas liberan a los objetos malos del inconsciente y las consecuencias para el enfermo de esta liberación.

El apartado doce, “Nota sobre la compulsión a la repetición”, sostiene que no es necesario postular una compulsión a la repetición para explicar la persistencia de las escenas traumáticas en la vida mental.

Por el contrario, si el efecto de una situación traumática es liberar a los objetos malos del inconsciente, lo difícil será ver cómo el enfermo puede huir de esos objetos malos. La verdad es que estos lo persiguen y dado que son estructurados por el suceso traumático, este también pasa a perseguirlo. (p. 86)

El apartado trece, “Nota sobre los instintos de muerte”, plantea que tampoco es necesario postular la existencia de instintos de muerte y que lo que Freud llamó instintos de muerte “son, en su mayor parte, relaciones masoquistas con objetos malos internalizados” (p. 87).

Y, por último, el apartado catorce, “Las psiconeurosis y psicosis de guerra”, en el que relaciona desde el punto de vista etiopatogénico estos trastornos mentales con la dependencia infantil del enfermo con sus objetos. Y, desde el punto de vista psicopatológico, considera que lo central es la angustia de separación. Planteando posteriormente los retos que la angustia de separación supone para los regímenes democráticos y para los ejércitos de tales regímenes.

Comentario final

A los setenta y cinco años de su publicación, este trabajo de Fairbairn nos sugiere cosas que posiblemente no estarían en su mente a la hora de escribirlo. Personalmente, lo que más me ha impactado es la modernidad de una pregunta que forma parte de las controversias teóricas del psicoanálisis actual: ¿cuál es la causa de la patología mental? ¿Un trauma que altera el desarrollo normal por experiencias y acontecimientos reales? o ¿una fantasía que posibilita una interpretación errónea de la experiencia temprana? Para Fairbairn, como para muchos analistas actuales, el trauma es la causa fundamental de la patología mental, por más que el concepto de trauma haya variado a lo largo de los años. Y debido a ello algunos autores (por ejemplo, Mitchell y Black, 2004) consideran a Fairbairn como el precursor del actual psicoanálisis relacional que, según Greenberg y Mitchell (1983), engloba al psicoanálisis interpersonal, a la teoría británica de las relaciones de objeto y a la psicología del self.

Referencias

Fairbairn, D. (1962). Estudio psicoanalítico de la personalidad. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Hormé.

Freud, S. (1973). Una neurosis demoníaca del siglo XVII. En Obras Completas (Vol. III, pp. 2677-2696). Madrid, España: Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1923).

Greenberg, J. R. y Mitchel, S. A. (1983). Object relations in psychoanalytic theory. Cambridge, Estados Unidos: Harvard University Press.

Grosskurth, P. H. (1986). Melanie Klein. Her world and her work. Londres, Reino Unido: Hodder and Stoughton.

Guntrip, H. (1961). Personality structure and human interaction. Londres, Reino Unido: Hogarth Press.

Hinshelwood, R. D. (1989). A dictionary of Kleinian thought, Londres, Reino Unido: Free Association Books.

Kernberg, O. (1980). Internal world and external reality. Nueva York, Estados Unidos: Jason Aronson.

Mitchel, S. A. y Black, M. J. (2004). Más allá de Freud. Una historia del pensamiento psicoanalítico moderno. Barcelona, España: Herder.

Moore, B. E. y Fine, B. D. (1997). Términos y conceptos psicoanalíticos. Madrid, España: Biblioteca Nueva.

Rayner, E. (1991). The independent mind in British psychoanalysis. Londres, Reino Unido: Jason Aronson.

Rodriguez Sutil, C. (2010). Introducción a la obra de Ronald Fairbairn. Los orígenes del psicoanálisis relacional. Madrid, España: Ágora Relacional Editores

Roudinesco, D. E. y Plon, M. (1998). Diccionario de psicoanálisis. Buenos Aires, Argentina: Paidós.

Sutherland, J. D. (1963). Object relations theory and the conceptual model of psycho-analysis. British Journal of Medical Psychology, 36, 109-124.