aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 064 2020 La agresividad en la teoría y en la clínica

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Matarás al prójimo...

You shall kill your neighbor...

Autor: Orduz, Fernando

Resumen

El objetivo de este artículo es reflexionar sobre la capacidad humana para destruir al otro que nos refleja una diferencia. Tanto a nivel individual como colectivo construimos ideales yoicos los cuales buscamos perpetuar y extender mas allá de nuestros dominios personales o sociales. Cuando estos ideales son confrontados por otro que opera como des-semejante, genera deseos de aniquilamiento y/o posesión. El homicidio y la guerra son expresiones de estos deseos de destrucción del otro, en el cual se busca preservar la integridad de la unidad del Yo frente a la fragmentación de la unidad del diferente. El efecto devastador de la pulsión de muerte logra ser contenido y revertido por el otro par que constituye el núcleo de la humanidad para Freud, la pasión erótica.

Abstract

The aim of this article is to think about the human capacity to destroy the other that reflects a difference. Both individually and collectively we build self ideals which we seek to perpetuate and extend beyond our personal or social domains. When these ideals are confronted by another that operates as a dissimilar, it generates desires for annihilation and/or possession. Homicide and war are expressions of these desires for the destruction of the other, in which it seeks to preserve the integrity of the unity of the Ego again of the fragmentation experienced in the face of the different. The devastating effect of the death drive manages to be contained and reversed by the other pair that constitutes the core of humanity for Freud, the erotic passion.


Palabras clave

Agresión, Destrucción, Idealización, Pasión.

Keywords

Aggression, Destruction, Idealization, Passion.


Este es mi cuerpo, que será devorado por vosotros

¿Qué nos moviliza como individuos para calificar a un semejante con el apelativo de bárbaro o salvaje y, en consecuencia, agredirle o tomar la decisión de robarle el soplo de vida que anima su existencia?

“Bárbaro” es una palabra de origen griego que designa, no a cualquier extranjero, porque esa palabra en griego tiene el apelativo de xénos, sino a esos pueblos de Oriente donde no existían las normas que regulaban las interacciones humanas, ni la organización de la polis, tan enaltecida por las ciudades-estado griegas.

Ese otro que no representa o refleja nuestras normas, nuestra lengua, nos confronta, y en algunas ocasiones genera la reacción de reformarlo; si no hay un sometimiento a nuestros ideales, entonces buscamos su aniquilamiento. Ese deseo de destruir al otro, que no refleja una semejanza especular, se acompaña de otro anhelo, el deseo de apropiación o dominio de aquellos objetos que le pertenecían o le representaban en vida.

Freud (1931/1992e) dice:

En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo. (p. 108)

El entrañable, el que comparte las entrañas, corre el mismo destino de aquel que opera como bárbaro cuando no refleja la imagen ideal anhelada. A la manera del cuento infantil de Blancanieves, cuando la bella madre-madrastra no recibe del espejo el halago del reconocimiento a su belleza, devenimos en monstruosas brujas que buscan eliminar de la superficie esa imagen del otro que nos opaca

Las diversas narraciones en las que vamos construyendo la historia de nuestra subjetividad están llenas de estos relatos estructurantes. Ejemplos de ello son los relatos míticos greco-judaicos, en los que nuestra cultura se constituye. La narración bíblica de nuestra génesis como una organización social resalta el asesinato del semejante.

Al principio del relato del Génesis, encontramos el relato fratricida:

el labrador de la tierra y primogénito Caín, se levantó contra su hermano menor, el pastor de ovejas Abel y le mató, motivado por el celo o la envidia, ya que su ofrenda pareció no ser recibida de buena gana por el Dios Padre. (Génesis 4:8)

El texto indica como motivador del fratricidio a las pasiones primarias que se desatan en la convivencia con nuestros semejantes, el celo del primogénito sobre el hermano que le sigue en la vida y que opera como amenaza del amor paterno; el deseo fratricida motivado por la envidia de ver que su Dios no reconocía la labor del sedentario trabajador de la tierra sino el olor de las ofrendas del nómada pastor. Afectos provocados por el reconocimiento divino al otro, al prójimo próximo, a la valoración social al pastor que va en detrimento de la imagen narcisa del labrador de la tierra.

El celo fraterno, la envidia generada por el reconocimiento hacia otro, las rivalidades por la primogenitura, acompañarán muchos relatos bíblicos, de hecho ese mismo texto del Génesis muestra, en su capítulo final, el pacto fraticida de los hermanos contra el menor de la familia, José.

Por los lados de la otra raíz de nuestra cultura no estamos exentos del exterminio del semejante. La cultura griega también enfatiza el asesinato oscilando entre parricidios y filicidios, Cronos devorando a sus hijos, Zeus destronando a su padre en la guerra entre dioses olímpicos y titanes y confinándolo al Tártaro, Edipo inconsciente parricida, Medea matando a sus hijos presa de la celosa rabia.

En el relato de Eurípides, Medea (1991), la nodriza cuidadora de los niños, les ordena alejarse de la cólera materna, temerosa de las consecuencias: “¿Qué podrá hacer un alma orgullosa, difícil de dominar y mordida por la desgracia?”. Tras lo que Medea versará: “… Ay, hijos malditos de una odiosa madre, así perezcáis con vuestro padre y toda la casa se destruya” (p. 217).

La amante herida arrasa con todo lo que le recuerde a Jasón, con todo lo que en vida con su esposo animó su existir. El acto homicida pareciera encontrar sus primeras expresiones en aquellos congéneres que habitan en la cercanía de nuestros límites territoriales/familiares. Fratricidios y parricidios parecieran configurar la forma en cómo devenimos sujetos de la cultura.

En el acto homicida también entra en juego el celo por el amor hacia nuestros dioses. El sacrificio, por ejemplo, es un acto que buscaba agradar y engrandecer a los dioses. Un posible origen de la palabra “matar” está ligado al verbo latín mactare, que se pronunciaba en la ofrenda sacrificial a los dioses: macte esto (para que te hagas más poderoso).

Navegando de nuevo por nuestras raíces culturales, encontramos el sacrificio de Ifigenia por parte de Agamenón. El poderoso rey no dudó en entregar la vida de su hija para que Artemisa permitiera de nuevo que los vientos inflaran las velas de las naves y así partir hacia Troya. Curiosamente en la tradición bíblica encontramos una acción similar en Abraham al mostrarse dispuesto a sacrificar a su hijo para honrar su sometimiento a Dios. En el relato de Abraham el hijo es sustituido por el cordero, en algunas versiones del relato de Ifigenia también aparece la idea de que en último momento ella es sustituida por una cierva.

Estos relatos anticiparán ese acto culminante para los católicos del Nuevo Testamento, en donde un hombre decide, por sí mismo, el auto-sacrificio. El rito que convoca a los católicos a hacer común-unidad, la conmemoración de la última cena, está basado en el hecho de compartir la comida. Pero no cualquier comida, sino un objeto muy particular: el cuerpo y la sangre del Cristo que muere en beneficio de sus semejantes.

Enunciado de esta manera podemos leer en esta ceremonia un acto caníbal que se enmascara en el rito ceremonial, en la metáfora de la transmutación simbólica que ofrece el pan y el vino: este es mi cuerpo, y esta es mi sangre que serán devorados por vosotros. Oscilamos del chivo expiatorio del Antiguo Testamento al auto-sacrificio del Nuevo Testamento.

La figura del héroe griego se liga a esa idea católica del sacrificio en la cual un hombre ofrece su cuerpo a la inmolación. En la primera tragedia de Esquilo de la que tenemos testimonio escrito, Prometeo roba el fuego sagrado de los dioses para dárselo a los hombres. Su transgresión es condenada por Zeus a través de un padecimiento de la carne. En la obra citada, Prometeo encadenado (2001), el poder le ordena a Hefestos quien encadena el cuerpo heroico a la roca: “Ahora, golpea con todas tus fuerzas y que los grillos se hundan en la carne” (p. 5).

Más que el asesinato, en estos relatos se impone el sufrimiento del cuerpo, el sometimiento de la carne a la acción lacerante de la piedra; el sufrimiento incesante de Prometeo refleja la tortura a la que los dioses nos someterán al transgredir las normas.

El cuerpo torturado es reflejo del tormento que nos acompaña antes de la muerte. La mujer adúltera es apedreada. La losa de piedra sella la muerte. Una mujer de mediana edad llega a mi consulta, no hay palabras, solo llanto, algo no se calma. Cuando su dolor cesa temporalmente me habla de su malestar, sus amigas la ponen en la picota pública, descubren su secreto infiel revestido de algunos tintes incestuosos, abren la piel que contiene su intimidad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo. Ahora no hay piedras sino comentarios hirientes que buscan hacer brotar de las entrañas una verdad nauseabunda. Antes de la muerte se espera la confesión de un secreto no revelado.

Freud (1927/1992d) ya había enunciado que incesto, canibalismo y homicidio estarían en el origen de nuestra civilización, que luchamos contra estas acciones primitivas, que buscamos sostenerlas en lo mas profundo de nuestro funcionamiento psíquico; pero todo lo reprimido está condenado a retornar, ya sea por vía directa o sustitutiva. Esos tres deseos enunciados siguen habitando en nosotros y Freud los denominó el núcleo hostil de nuestra cultura ¿Estaremos condenados a su eterno retorno?

Raptos de amor y de odio

¿Podrían ser estos hechos míticos explicación de los motivos psíquicos que animan a la confrontación bélica? ¿La guerra como forma de dirimir conflictos tendrá en su base otras estructuras motivacionales? Al ser la guerra un conflicto entre pueblos o estados, ¿habrá otro tipo de detonantes? ¿Qué se fragua al interior de los sujetos que hace que asistan a la guerra con una sed de triunfo y de empoderamiento?

Siguiendo el rastro de arquetipos culturales, pienso que nuestro primer poema épico emerge por el rapto de un objeto de deseo compartido. La figura de Helena, objeto de posesión de un aqueo raptada por el amor de un troyano es el factor que desencadena la mítica guerra: el rapto de amor es seguido por la respuesta bélica.

¿Podría ser tan simple la motivación? ¿Tan solo el amor a la mujer podría obrar como desencadenante? ¿Le dolía a Menelao la pérdida de su amor, o lo que dolió al esposo ofendido fue la pérdida de la mujer más bella de Grecia sobre la que él detentaba posesión (además Helena huye acompañada de sus tesoros)? ¿Pérdida del objeto o pérdida del ideal del Yo?

En la guerra, seguramente como en la base de toda disputa humana, hay motivos que operan desde la sensibilidad narcisista. Así como el individuo opera agresivamente frente a la herida en lo más profundo del amor a sí mismo, podría plantear que de forma similar operan los grupos humanos que comparten un ideal yoico; ideal que se expresa en la identidad unitaria que provoca el territorio-nación, la ideología común, el color de la raza, el credo compartido.

Los pueblos, los estados, los reinos, los grupos sociales, logran cohesionarse en tanto permiten la convergencia del ideal de sí en un ideal comunitario. Eso que de alguna manera se enunciaba en párrafos anteriores al hablar de la común-unidad de los católicos que adoran al Cristo devorándolo de manera ritual. Cada pueblo construye los caminos para configurar su ideal, para unos pasa por la asunción de valores normativos en la escuela o la familia, para otros por el aprendizaje de la lengua o por la asunción de un Dios común, para otros por un ideario o un color.

Una idea unitaria habita en la mente de cada uno de los habitantes de un espacio común (entendiendo no solo espacio como un territorio geográfico). Es en relación a la injuria frente a ese amor, que opera en torno al ideal cohesionador, lo que pareciera hacer detonar el ardor, la pasión de los pueblos hacia la solución de la guerra como mediación de un conflicto con otro pueblo.

Siguiendo con los cuestionamientos, ¿por qué es tan fuerte este ideal que opera al interior de los pueblos o de las razas, o de los grupos que comparten ideologías, para conllevar que los seres humanos abracemos nuestras pasiones más primitivas en detrimento de todos aquellos conceptos de representación social que valoran lo humano como diferente y superior a la salvaje existencia animal?

En el acto de aniquilar al otro, de despojarlo de sus objetos de propiedad o de culto, opera otra acción: se despoja al otro de sus pertenencias para imponer las propias. El vencedor impone sus marcas, dota de sus signos al derrotado, le impone sus dioses y sus leyes. El vencedor impone sobre el perdedor sus ideales, pero su triunfo real no estaría en la imposición, estará seguramente cuando el pueblo derrotado incorpore y ame a esos dioses-ideales del que opera como ganador.

Fin de la Belle Époque

Freud empezó a reflexionar sobre la guerra al principio del conflicto que terminó disolviendo el imperio que habitó. ¿Qué motivó a los pueblos europeos, que vivían las mieles de la Belle Époque, a ir a la guerra y terminar con casi medio siglo de convivencia romántica? ¿Qué llevó a que hombres embebidos en la belleza de las artes se promulgaran a favor de la guerra en ese momento específico de la historia, donde las herramientas del progreso estaban favoreciendo la posibilidad del cambio social?

John Maynard Keynes (1919) se lo cuestiona en su libro Las consecuencias económicas de la paz:

Todo hombre de capacidad o carácter que sobresaliera de la medianía tenía abierto el paso a las clases medias y superiores, para las que la vida ofrecía, a poca costa y con la menor molestia, conveniencias, comodidades y amenidades iguales a las de los más ricos y poderosos monarcas de otras épocas. (p. 6)

La idea de un hombre europeo que podía hacer uso de las oportunidades de crecimiento se iba a contraponer con la puesta en juego de una guerra que comprometería la percepción ilustrada y racional en la que la humanidad de los imperios europeos se reflejaba.

Freud (1915/1992a) hace reflexiones en torno a esta contradicción entre el ideal del hombre blanco erudito y civilizado y la emergencia del conflicto bélico:

se esperaba que la humanidad seguiría recurriendo durante largo tiempo a guerras entre los pueblos primitivos y los civilizados, entre las razas separadas por el color de la piel, y que aun en Europa las habría entre las naciones poco desarrolladas o caídas en el salvajismo, o en contra de ellas. Pero se osaba esperar algo más. De las grandes naciones de raza blanca, dominadoras del mundo y en las que ha recaído la conducción del género humano; de esas naciones a las que se sabía empeñadas en el cuidado de intereses que se extendían por el universo entero, creadoras de los progresos técnicos en el sojuzgamiento de la naturaleza así como de los valores de cultura, artísticos y científicos, de esos pueblos se había esperado que sabrían ingeniárselas para zanjar por otras vías las desinteligencias y los conflictos de intereses. (p. 278)

Mas allá de la lectura algo arrogante y etnocéntrica defendiendo su pueblo de raza blanca y alta alcurnia cultural, Freud (1915/1992a) pareciera dejar entrever que en el germen de esta racionalidad se encontraría la base del retorno del salvajismo o la pasión contenida:

Dentro de cada una de esas naciones se habían establecido elevadas normas éticas para el individuo, quien debía acomodarse a ellas si quería participar en la comunidad de cultura. Estos preceptos, a menudo extremados, le exigían mucho, le imponían una extensa restricción de sí mismo, una vasta renuncia a su satisfacción pulsional. (p. 278)

La soberbia de asumir que la razón nos permitiría dominar esa especie de naturaleza instintiva o pulsional que habita en el fondo de nuestra humanidad, el culto ideal a la razón como regente de la humanidad podría ser la base del feroz retorno de lo reprimido, de la pasión primitiva contenida, como se expresó en párrafos anteriores.

Tras el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, los políticos y diplomáticos austríacos asumieron una línea dura, manifestando su deseo de venganza sobre el pueblo serbio, alimentados de una idea en la cual se podría leer que una política conciliatoria con los balcánicos sería leída como una confesión de debilidad. El embajador británico en Viena manifestó en su momento que no entrar en guerra con la Serbia provocadora habría sido una gran decepción para el Imperio austrohúngaro.

Este es el sentimiento que se genera en un ciudadano común y corriente cuando su noción de yo hace comunión con el ideal. Ahí para Freud (1921/1992b) emerge la masa, proceso colectivo en el que la razón se somete a la pasión maníaca, a la exaltación de su poder. La masa enardecida no conoce la noción de límite, decía Elias Cannetti (1981). El espíritu inflado del colectivo conllevó a reflexivos hombres como Thomas Mann a su alabanza: guerra, purificación, liberación, enorme esperanza…

Pareciera que el narcisismo de los pueblos, de las razas, de las ideologías es lo que conlleva a la elevación de sí y la destrucción del otro. Años después, el resurgimiento alemán regeneró de nuevo un ideal ario que necesitó construir una imagen contraria de la cual diferenciarse (el pueblo judío) y por lo tanto destruir, apropiarse e imponerse. Rompemos el espejo que no refleja lo que hemos construido como corporeidad idealizada.

Jugamos con las leyes de la vida y perdimos

Freud (1915/1992a) escribirá lo siguiente a propósito de la Primera Guerra Mundial:

La guerra, en la que no quisimos creer, ha estallado ahora y trajo consigo [...] la desilusión. No sólo es más sangrienta y devastadora que cualquiera de las guerras anteriores, y ello a causa de las poderosas y perfeccionadas armas ofensivas y defensivas, sino que es por lo menos tan cruel, tan encarnizada y tan inmisericorde como ellas. Trasgrede todas las restricciones a que nos obligamos en tiempos de paz y que habían recibido el nombre de derecho internacional; no reconoce las prerrogativas del herido ni las del médico, ignora el distingo entre la población combatiente y la pacífica, así como los reclamos de la propiedad privada. Arrasa todo cuanto se interpone a su paso, con furia ciega, como si tras ella no hubiera un porvenir ni paz alguna entre los hombres. Destroza los lazos comunitarios entre los pueblos empeñados en el combate y amenaza dejar como secuela un encono que por largo tiempo impedirá restablecerlos. (p. 280)

Transgresión, arrasamiento, destrozo son los verbos con los que Freud caracteriza en este párrafo las consecuencias de la guerra. La Gran Guerra despojó a los hombres de los ideales civilizatorios que los sustentaron durante décadas. Como se narra en Jules et Jim: “El pueblo de Jules perdió la guerra, el pueblo de Jim la ganó, pero la real victoria es que ambos están vivos, la verdadera derrota es que se ha estropeado algo de su decencia básica” (Truffaut, 1962).

Freud (1997) le escribiría a Lou Andreas: “no dudo que la humanidad se recuperará también de esta guerra, pero estoy seguro que ni yo ni los de mi edad volveremos a ver el mundo con alegría. El asunto es demasiado feo” (p. 56). Freud empezará a cuestionarse sobre la brutalidad, la crueldad, y la maldad que nos habita, reflexionando sobre si esto es obra de algún espíritu maligno de algunos hombres o si este “germen perverso” de maldad nos habita a todos los seres humanos por igual.

Curiosamente para representar este cruel destructor que nos habita, Freud optó por la figura mítica de Tánatos, que representa a la muerte tranquila. La muerte violenta en el mundo griego era representada por las Keres. Así las describe Hesíodo (1978) en El escudo de Heracles: “Las negras Fatalidades rechinando sus dientes blancos, ojos severos, fieras, sangrientas, aterradoramente se enfrentaron a los hombres agonizantes, pues estaban deseosas de beber su sangre oscura” (p. 186).

Tal vez ya no quedaba mas remedio que introducir la fuerza destructiva del ser amparado en las fundamentaciones biológicas y en sus procesos de anabolismo y catabolismo, la muerte ingresa como elemento básico de la estructura humana, compartiendo con el otro dios, el juguetón Eros, la constitución de nuestro ser; así lo testimonia Freud (1922/1992c) en ese artículo enciclopédico de la teoría de la líbido:

Un grupo de estas pulsiones, que trabajan en el fundamento sin ruido, persiguen la meta de conducir el ser vivo hasta la muerte, por lo cual merecerían el nombre de “pulsiones de muerte”, y saldrían a la luz, vueltas hacia afuera por la acción conjunta de los mu?ltiples organismos celulares elementales, como tendencias de destrucción o de agresión. (p. 253)

En la vida de Freud, el destino cruel de la guerra se aunó a la tragedia personal. Meses después del final de la guerra y de su exposición del principio de la muerte, la epidemia viral se llevó a su hija en 1920 y tres años después la tuberculosis se lleva a su nieto. Tal vez por ello no quedaba más que construirle un racional dios a la muerte y sustantivarlo como un impulso que nos constituye y cuyos efectos devastadores nos habitarán por siempre. Freud (1962) le escribirá a Biswanger:

Aunque sabemos que después de una pérdida así el estado agudo de pena va aminorándose gradualmente, también nos damos cuenta de que continuaremos inconsolables y que nunca encontraremos con qué rellenar adecuadamente el hueco, pues aun en el caso de que llegara a cubrirse totalmente, se habría convertido en algo distinto. Así debe ser. Es el único modo de perpetuar los amores a los que no deseamos renunciar (p.431).

El drama social y el personal se unen, Tánatos y Keres son deidades hermanas.

Muchos años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1889, el emperador austro-húngaro ya había perdido a su hijo Rodolfo, heredero al trono, en un confuso acontecimiento donde nunca se supo si el libertino príncipe se suicidó o fue asesinado por el peligro que sus ideas representaban para el imperio. Unos años después, en 1898, la bella y rebelde emperatriz del Imperio, Sissi, caería en Ginebra víctima de la puñalada mortal de un anarquista. Al morir su amada el emperador dirá que en su imperio la desgracia no conoce el ocaso; años después la Gran Guerra se encargaría de comprobar su profecía.

En algún momento de la película Jules et Jim uno de los personajes reflexiona sobre si la guerra depriva al hombre de sus propias batallas personales. La película, basada en el texto de Henri-Pierre Roché, retrata las vicisitudes de una amistad entre un austríaco y un francés de origen judío enamorados de la misma mujer y separados por el advenimiento de la guerra. Al final de la guerra, el personaje austríaco (Jules) dice: “Jugamos con las leyes de la vida y perdimos” (Truffaut, 1962).

Todo está consumado

Tras las guerras, la destrucción humana nos lega una imagen deshecha de la unidad corporal. El ente social y material es desmembrado, las cabezas caen cercenadas del cuerpo que las sostiene; los signos de la sexualidad como germen de vida son des-honrados, los hombres castrados, las mujeres violadas; la piel que contiene se rompe para que las vísceras emerjan, órganos deshechos sin un sistema arterial que los anime de vida.

El cuerpo estalla en sus dimensiones de unidad formal apolínea, para que los órganos emerjan en forma fragmentada. Con ese estallido del cuerpo lacerado también estallan las otras unidades, la del Yo, la de sus dioses, la intimidad. Los ideales unitarios que motivaron la guerra son los que ahora rompe la lanza mortífera.

Abril 26 de 1937, al norte de la península ibérica, la ciudad vasca de Gernika es bombardeada por la Legión Cóndor de los alemanes. Casi un mes después, y tras decenas de bocetos-ensayos, que ya venía realizando antes de la masacre, Picasso testimonia la visión fragmentada de un cuerpo social. En una estructura pictórica que agrupa tres triángulos observamos imágenes des-hechas, tres cuerpos que caen por el impacto de la destrucción: la mujer devorada por las llamas, el cuerpo del guerrero desmembrado con su lanza rota, la vida del bebé agonizante en brazos de una madre sobreviviente; tres cuerpos que sobreviven, el cuerpo materno, la portadora de la lámpara, la mujer coja que intenta huir; y los tres animales, el caballo atravesado por la daga, la paloma casi invisible porque oculta su sombra con el fondo oscuro del cuadro y el toro monumental, emblema de las festividades españolas.

“¡Que le corten la cabeza!”. Era la orden que impartía la Reina de Corazones a cualquiera que la contradijera, en Alicia en el país de las maravillas. Así hicieron muchos reyes desde el principio de la humanidad con aquellos quienes se oponían a sus deseos y así hizo el pueblo francés en la revolución al cortar de tajo su relación de sometimiento al último representante de los Borbones, Luis XVI y luego con las cabezas de quienes encabezaron la revolución, Danton y Robespierre. Hoy en día es expresión popular pedir la cabeza como signo de desacuerdo con un gobernante.

Se degüella para eliminar la cohesión del cuerpo social, para desmembrar la unidad de sus componentes. Tras la “caída de una cabeza” una diáspora social parece seguir como consecuencia. Los seguidores del regente se desterritorializan, pierden la madre tierra para vivir en el exilio, errantes como Caín. Se pierde la vida, o se pierden los bienes poseídos, o se pierde el territorio.

En el cuadro de Picasso, en medio de los cuerpos rotos, de la superficie destrozada, enfoco la mirada en la mujer devorada por las llamas. El fuego podría considerarse el signo de la destrucción total, así lo sugiere Cannetti (1981) en Masa y poder, pues reduce a cenizas todo cuerpo que se somete a su caricia. Pocos objetos sobreviven a su abrazo arrasador.

En la acción destructiva, los fragmentos permiten la reconstrucción. Las ruinas quedan como testimonio, como memoria; pero bajo la acción del fuego hasta los recuerdos o los restos de una memoria fragmentada sucumben, se reducen a cenizas. Al menos bajo el efecto de la represión los recuerdos existen en el inconsciente, frente al símbolo de la llama ardiente tan solo el olvido está llamado a la presencia. Por ello se queman las ideas herejes o los libros peligrosos.

El fuego es el símbolo predilecto de la guerra, el arma de fuego es el signo por excelencia de la guerra desde el siglo XV. Incluso hay pueblos que prefieren inmolar sus propiedades bajo el fuego antes que entregar sus posesiones al enemigo, como supuestamente lo hicieron los rusos en la invasión napoleónica a principios del XIX o en la gran guerra del norte a principios del XVIII.

Un doble sentido antitético se construye sobre el simbolismo del fuego, ya que frente a su poder destructor también detenta el símbolo de creación de civilización. Incluso en su sentido aniquilador puede marcar paradójicamente el final de la batalla. Cannetti (1981) lo decía: “Después de toda destrucción, el fuego debe extinguirse” (p. 11). Hiroshima arrasada por la insólita bomba que quemó casi todo bajo su acción, es también el inicio del fin del horror de la Segunda Guerra.

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En su libro Sol negro (1991), Kristeva se pregunta: “¿acaso el objeto bello es el que regresa incansablemente después de las destrucciones y las guerras para dar fe de que existe una supervivencia a la muerte, que la inmortalidad es posible?” (p. 86).

En los mismos tonos del blanco y el negro, con ese matiz de grises que configura su encuentro, Resnais (1959) va a llevar a escena el guión de Margarite Duras: Hiroshima mon amour. Dos personajes víctimas-protagonistas de la guerra se encuentran: una francesa a la cual el amor colaboracionista al enemigo le permite sobrevivir a la invasión nazi para luego sobrevivir al escarnio público; él, un antiguo soldado japonés, a quien la guerra lo alejó de su ciudad de origen, Hiroshima. El lugar donde la guerra reflejó al hombre la capacidad para borrar todo vestigio de vida sobre la faz de la tierra.

Testigos de la hecatombe, lacerados por la guerra, ahora los abraza el amor, en la ciudad donde todo quedó destruido. Entre esos dos extraños, lejanos y pasajeros amantes (valga la redundancia), en medio de la memoria de la guerra no surge el odio exterminador. En medio de los restos de la memoria de la crueldad humana surge el juego seductor de Eros que opera como reverso de la moneda en las diferencias. Del aniquilamiento hacia el otro, el deseo de poseerlo, de seducirlo.

Una fugaz historia de amor para acariciar la piel aún herida de Hiroshima. En vez de la fisión destructora de la bomba, el estallido es el de la fusión erótica de los cuerpos. Allí en ese mausoleo viviente, en ese espacio testimonio del horror de la destrucción humana, la francesa sobreviviente venida del otro hemisferio de la guerra, fusiona indiscriminadamente palabras de amor y muerte frente a su amante oriental.

Nevers: Te encuentro.?
Me acuerdo de ti.?
Esta ciudad está hecha a la medida del amor.
Tú estabas hecho a la medida de mi propio cuerpo.
¿Quién eres?
Me estás matando.
Estaba hambrienta. Hambrienta de infidelidades, de adulterios, de mentiras y de morir.
Vamos a quedarnos solos, amor mío.
La noche no tendrá fin.
El día no amanecerá ya para nadie.
Nunca. Nunca más. Por fin.
Me estás matando.
Eres mi vida. (Resnais, 1959)

En medio de toda disputa a muerte, siempre habrá un Romeo y alguna Julieta, sordos al clamor de las bombas. En ocasiones, Eros logra contener el ardor destructor y derivarlo en otro forma de fuego.

En un traicionero y desleal acto durante la invitación a participar en unos juegos, los romanos se apropian de las mujeres de los sabinos y las hacen sus esposas. Años mas tarde los sabinos acorralan a los romanos y, en medio de la hostilidad, las sabinas se interponen dando fin al conflicto con el razonamiento de que cualquier ganador las dejará huérfanas o viudas, como lo narra Tito Livio (1996):

Vuelquen su ira sobre nosotras; somos nosotras la causa de la guerra, somos nosotras las que han herido y matado a nuestros maridos y padres. Mejor será para nosotras morir antes que vivir sin el uno o el otro, como viudas o huérfanas. (p.16)

Hans Leip fue un poeta alemán que en el año 1915 compuso un poema en el cual narraba la despedida de su novia bajo un farol, antes de irse a batallar al frente oriental, en la Primera Guerra Mundial. Ese poema se publicó veinte años después y dio origen a una canción, Lili Marlen, que se hizo popular en la Segunda Guerra Mundial, cantado tanto en el bando de los nazis como en el bando de los aliados.

Cuando el tufillo nacionalista empieza a desplegar sus aromas en Alemania, Freud (1930/1992) agrega esta última reflexión a su El malestar en la cultura: “Y ahora cabe esperar que el otro de los dos ‘poderes celestiales’, el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la lucha contra su enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace?'' (p.140).

 

Referencias

Cannetti, E. (1981). Masa y poder. Muchnik Editores.

Esquilo. (2001). Prometeo encadenado. Pehuen Editores.

Eurípides. (1991). Tragedias. Editorial Gredos.

Freud, S. (1962). Carta a Binswanger. En Epistolario (1873-1939). Biblioteca Nueva.

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Freud, S. (1992b). Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras completas (Vol. XVIII, pp. 63-136). Amorrortu. (Obra original publicada en 1921)

Freud, S. (1992c). Teoría de la Libido. En Obras completas (Vol. XVIII, pp. 250-254). Amorrortu. (Obra original publicada en 1922)

Freud S. (1992d). El porvenir de una ilusión. En Obras completas (Vol. XXI, pp 1-56). Amorrortu. (Obra original publicada en 1927)

Freud, S. (1992e). El Malestar en la Cultura. En Obras completas (Vol. XXI, pp. 57-140). Amorrortu. (Obra original publicada en 1931)

Freud, S. (1997). La Gran Guerra. Consolidación (1914-1925). En N. Caparrós (Ed.) Correspondencia de Sigmund Freud [Edición crítica establecida en orden cronológico]. Biblioteca Nueva.

Hesiodo. (1978). Obras y fragmentos. Editorial Gredos.

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