aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 064 2020 La agresividad en la teoría y en la clínica

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Psicoanalistas, psicólogos y psiquiatras hablan de la psicopatía y la maldad humana [Itzkowitz y Howell, 2020]

Psychoanalysts, psychologists and psychiatrists discuss psychopathy and human evil [Itzkowitz and Howell, 2020]

Autor: Sevilla Valderas, Beatriz

Para citar este artículo

Sevilla Valderas, B. (2020). Psicoanalistas, psicólogos y psiquiatras hablan de la psicopatía y la maldad humana [Itzkowitz y Howell, 2020]. Aperturas Psicoanalíticas (64). http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001122

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http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001122


Reseña del libro de Sheldon Itzkowitz y Elizabeth F. Howell (Eds.).  Psychoanalysts, psychologists and psychiatrists discuss psychopathy and human evil. Routledge, 2020, 273 pg.

 

El libro hace una revisión de la literatura en el tema de la psicopatía y las acciones de maldad humanas. Es un aporte muy relevante que compila el conocimiento más actualizado en la materia, y clarifica cómo se origina el trastorno de psicopatía, cómo se manifiesta y dónde habría que incidir para prevenirlo, así como algunos ensayos sobre el ejercicio de la maldad en determinados ámbitos, como el abuso sexual en la Iglesia católica o el terrorismo o el racismo en Estados Unidos.

El problema quizá es la irregularidad en cuanto al rigor teórico y la temática entre los distintos capítulos, siendo algunos muy documentados y profundos, mientras que otros casi parecen únicamente reflexiones personales. También el orden en el que están compilados resulta confuso, ya que se mezclan reflexiones teóricas, aplicaciones a diversas áreas de la sociedad y la política, para volver de nuevo a reflexiones sobre el origen de la psicopatía, generando una imagen de conjunto poco estructurada. Para evitar esto último, hemos organizado la reseña reordenando los capítulos de una forma que, en nuestra opinión, pueda ser más clarificadora para quienes la lean.

En conjunto, nos parece una obra indispensable para quien tenga interés en todo lo relativo a la maldad y a las denominadas personalidades negativas, especialmente para quienes ejerzan la clínica y aprecien algunos de estos rasgos en sus pacientes.

Introducción

Sheldon Itzkowitz y Elizabeth F. Howell plantean que la maldad y la psicopatía son temas que en nuestra cultura son incluso más negados que la muerte, y que, de la misma forma, son temas que no se han estudiado lo suficiente desde el psicoanálisis. en parte por el cambio de foco de Freud de la realidad externa a las fantasías internas, lo que dejó fuera de la conciencia la existencia de abusadores en la realidad.

Dichos autores sostienen que debemos alejarnos del planteamiento de que la maldad es un asunto de orden moral o sociológico y debemos investigarla desde el psicoanálisis, para saber qué la causa y cómo prevenirla.

Plantean que la maldad humana implica "un comportamiento depredador, desenfrenado, despiadado y destructivo, llevado a cabo sin culpa, remordimiento o preocupación por las víctimas" (p. 2). Un comportamiento que nos genera incredulidad ante esa capacidad humana de destructividad deliberada.

Frente a la creencia religiosa en Satán como fuente del mal, la propuesta de Freud planteaba que la agresividad es un impulso que nace de nuestro interior, proporcionando así según los autores una explicación secularizada de los actos criminales y antisociales. Sin embargo, los autores consideran que aun esta redefinición sigue sin darnos herramientas para identificar la maldad humana y la psicopatía como algo extraordinario ante lo que enfrentarnos.

Las preguntas que se generan son varias. Por ejemplo, en qué condiciones se da el comportamiento malvado, si depende solo de la situación, si cualquiera podría cometerlo o si es necesario que lo instigue una autoridad o que ocurra bajo la tutela de un grupo. También se preguntan si requiere que haya algún tipo de disociación, y cuáles son las experiencias interpersonales internalizadas que llevan a cometer estos actos.

Hacen también referencia a cómo algunos psicópatas son tolerados e incluso tienen éxito en nuestra cultura debido a ciertos valores (por ejemplo en el mundo corporativo) y por tanto no son reconocidos como tales. Además, nuestra dificultad en aceptar "la verdad de su estructura psíquica" (p. 8), así como nuestro propio sadismo, nos generan reacciones de incredulidad o de condena.

En la consulta, defienden que podemos ser vulnerables a su tendencia a presentarse como víctimas debido a sus grandes habilidades de seducción. Y también existen psicoanalistas que han usado sus credenciales para cometer actos de explotación sobre sus pacientes (y culparles de ello) desde los tiempos de Freud. Aquí entrarían problemas de psicopatía, pues también se da en nuestras filas, pero también de narcisismo, omnipotencia y patología del Superyó.

Capítulo 1. Psicopatía y maldad humana. Un resumen. Sheldon Itzkowitz

El autor plantea que, aunque el término psicópata nos lleve a pensar en asesinos en serie, hay psicópatas exitosos, con posiciones de poder en gobiernos o empresas.

Empezando por los asesinos en serie, cita a Bollas (1995), quien sostiene que el trauma severo en la infancia es lo que crea al asesino en serie, al generar vacío, aislamiento y soledad. Se relacionaría con una disociación del estado de ánimo de rabia relacionada con la figura internalizada del cuidador abusivo y podría formar parte de un trastorno disociativo.

Examina el concepto de Fromm (1964a) de narcisismo maligno. Fromm consideraba que el odio hacia uno mismo y hacia los demás están conectados. Para él la destructividad era consecuencia de una falta de libertad en las personas para experimentar y expresarse en todo su potencial. Por tanto, la responsabilidad residiría en la cultura, por constreñir a los individuos. La sociedad y la familia deberían promover el desarrollo del sentimiento de valía del individuo.

Fromm desarrolló el concepto de narcisismo benigno y maligno. El benigno tendría como objeto el trabajo, mientras que en el maligno serían las posesiones. En este caso la grandiosidad no vendría dada por lo que se hace o se consigue, sino por lo que se tiene. Fromm también defiende la agresión maligna como específica del ser humano.

Otro autor al que se hace referencia es Gilligan (1997), quien considera que un sentimiento profundo y crónico de vergüenza, de desintegración de la identidad, es el precursor de la violencia. La violencia restauraría el honor, el respeto y la autoestima.

Salter (2003) defiende que los psicópatas sobresalen en capacidad de seducción y manipulación. Cuando son descubiertos, provocan en los demás daño, desconcierto y confusión. Tienen una gran capacidad de adaptación y de ser vistos como sinceros y encantadores, sin embargo, les faltan las cualidades y emociones necesarias para crear y mantener vínculos significativos.

Meloy y Shiva (2008) consideran que el narcisismo patológico está en el núcleo del psicópata. La organización de la personalidad es primitiva y narcisista. La escisión y la identificación proyectiva son sus defensas primarias. El objeto es para ellos simplemente una forma de lograr sus intereses, es un objeto parcial, no completo. Están infra-socializados y su rango de afectos está limitado a la excitación, la frustración, la rabia, el aburrimiento, la envidia, la disforia y la vergüenza. Las emociones más adultas, que requieren la relación con un objeto total, no están desarrolladas, siendo algunas de ellas el miedo, la culpa, la tristeza, la gratitud y la empatía. La crueldad con otros sirve para estabilizar su estructura del self grandioso.

Blair et al. (1996) subrayan la imposibilidad de sentir empatía. Shapiro (1965) considera que el psicópata es consciente de los valores morales, pero que simplemente no le interesan. Estos valores, plantea, son abstractos y requieren un desarrollo emocional y cognitivo del que carecen los psicópatas. Además, requieren una capacidad autorreflexiva y de posponer la gratificación que tampoco tienen.

La investigación actual sobre apego también plantea que cuando el apego es desorganizado no se desarrolla la capacidad de leer el estado mental de los otros y de reconocerles como centros de subjetividad.

Desde la teoría estructural, se hablaría de patología del Superyó, la que se produce según Shapiro cuando la autoridad parental ha sido inexistente, inconsistente o demasiado severa. Según Kaufman (1958), para sentir culpa hace falta un estado de tensión entre el Yo y el Superyó. La imposibilidad de sentir culpa de los psicópatas nos mostraría la patología que tienen en el Superyó.

Desde la teoría del apego, según apunta Itzkowitz, podemos observar que en los psicópatas falta la función reflexiva y la empatía emocional que se desarrollan en el apego seguro. La disociación y la alteración en estas funciones, así como en la regulación del afecto, aparecen especialmente cuando ha habido trauma relacional temprano. Si el cuidador falla en su capacidad de mentalización, la criatura tendrá dificultades para representarse su propia experiencia. Para Yakeley y Meloy (2012), la criatura desarrolla un objeto interno persecutorio que no puede pensar ni sentir y del que hay que defenderse con violencia. La necesidad de apego se disocia.

Múltiples autores han vinculado los traumas infantiles con los trastornos de personalidad. Craparo, Schimentti y Caretti (2013) consideran que hay una relación entre trauma interpersonal temprano, abuso infantil, trastornos del apego y desarrollo de psicopatía. Levinson y Fonagy (2004) concluyen de sus estudios comparativos con población reclusa que el apego sano y la capacidad de mentalización previenen la agresión y la violencia.

Howell (2014) estudia el papel de la disociación en combinación con la imitación de la personalidad del agresor. Considera que cuando una criatura experimenta el miedo a la persona cuidadora y a la vez la activación del apego que le hace querer aproximarse a ella para calmar el miedo, la respuesta es la disociación. Se generan diferentes estados del self con su propia conciencia, y en uno de ellos se imita al agresor.

Stein (2007) considera que hay una relación entre la disociación traumática y los crímenes violentos, que ella considera que se cometen bajo algún tipo de estado disociativo. Cree que este trastorno se infradiagnostica en el sistema de justicia. Ella afirma que la mayoría de los criminales aseguran no recordar haber cometido los crímenes, lo cual podría deberse a que entra en juego una parte disociada violenta. Sin embargo, Itzkowitz cree que habitualmente en estos estados del self vuelcan la agresividad hacia dentro y que no carecen de empatía, por lo que habría que diferenciar el trastorno de identidad disociativo de la psicopatía.

Por último, el autor se pregunta por los psicópatas exitosos, los que no terminan en la cárcel sino en puestos de poder. Gracias a su inteligencia, su encanto y sus habilidades de manipulación pueden conseguir ser vistos como personas ideales. Según Babiak et al. (2010), en el mundo corporativo hay un 3,9% de psicópatas, un porcentaje mucho mayor que en la población general, que es el 1%.

Wellons (2012) considera que hay dos tipos de psicópatas: primarios y secundarios. Los primeros son los triunfadores y presentan altas capacidades cognitivas. En cambio, los segundos tienen más rasgos impulsivos, de modo que tienden a quebrar la ley y a no funcionar tan adaptativamente en la sociedad.

Capítulo 2. Ajenos al amor. El carácter y el dilema del psicópata. Elizabeth F. Howell

Howell comienza por plantearse quién es el psicópata y cuáles son sus características. Cita a Hare (1993), quien considera que es alguien sin conciencia, ya esté en la cárcel, o integrado en la sociedad haciendo daño a otros. Según los estudios de Stone (2018), son un 1% de la población, siendo los hombres una ligera mayoría, si bien casi todos los que cometen delitos violentos son hombres.

El término que más se acerca al concepto de psicopatía en el DSM-V es el de trastorno de personalidad antisocial, pero al centrarse en comportamientos, no explica las dinámicas subyacentes.

La autora sostiene que los psicópatas no pueden sentir amor porque no pueden ver a la otra persona como un agente, sino que la ven como una extensión narcisista del self.

Para Meloy (2001c) las tres principales características serían un comportamiento agresivamente narcisista, desapego crónico de los otros y engaño.

Cleckley (1941) afirma que imitan la normalidad, apareciendo como encantadores pero siendo insinceros. Su grandiosidad sería su talón de Aquiles y que hace que tengan problemas. Considera que tienen una gran capacidad de manipulación, pues saben leer las necesidades de sus víctimas, y siguen las señales sociales para fingir la emoción que sería deseable en cada situación. Según Rice (1997), el tratamiento psicológico les hace más peligrosos, pues adquieren más herramientas para fingir y manipular.

Howell considera que a los psicópatas no les importa mentir, ya que lo que les importa es conseguir sus objetivos. Los éxitos que van consiguiendo refuerzan su sensación de grandiosidad y omnipotencia. Cuando no pueden desarrollar sus habilidades de engaño y manipulación, es cuando se hacen visibles los déficits y entran en un estado de inestabilidad emocional.

Respecto a la sinergia entre el psicópata y las vulnerabilidades de las víctimas, la autora considera que los psicópatas tienen una gran capacidad de percibir a las personas vulnerables. Las personas altruistas, o que se disocian para no percibir el peligro por sus experiencias infantiles, pueden estar en riesgo. Los psicópatas son capaces de acceder a las necesidades y emociones disociadas de sus víctimas, ya sean anhelos de amor, avaricia o necesidad. El hecho de que también nuestro propio sadismo esté disociado e ignoremos que a veces nos hace sentir bien, nos hace más vulnerables porque permaneceremos incrédulos ante el hecho de que alguien pretenda explotarnos.

El miedo que pueden infundir los psicópatas, en ocasiones solo con la mirada, también explica que muchas personas se vean compelidas a hacer su voluntad.

Meloy (2001a) considera que los psicópatas tienen relaciones de objeto similares a las de una criatura de unos dos años, y que somos los demás quienes les atribuimos niveles de madurez y complejidad emocional que no tienen.

Acerca del Superyó, la autora cita a Lewis (1983), quien sostiene que “la moral es el resultado afectivo-cognitivo del apego. El apego amenazado  [...] es transformado en estados de vergüenza y culpa que tienen como objetivo mantener el apego” (p. 173).   Y añade: “La vergüenza y la culpa tienen como función mantener los lazos afectivos básicos” (Lewis, 1983, p. 227).

Para Lewis, esa vergüenza tiene que estar dentro de unos límites tolerables, y de esta experiencia tolerada nacerán el comportamiento pro-social y empático, así como la contención del comportamiento antisocial.

Para Meloy y Meloy (2002), cada vez hay más evidencia del fallo en el sistema de apego de los psicópatas, que suele asociarse con maltrato y negligencia en la infancia. Faltan identificaciones positivas con los cuidadores y la necesidad de apego está desactivada. Si seguimos las tres fases que proponía Bowlby (1980) en la perturbación del apego (protesta, desesperación y desapego), vemos que una vez que se llega al desapego, este es irreversible. Howell considera que en el desapego, las experiencias del niño abandonado y aterrorizado han sido separadas de la conciencia. Se disocia la necesidad de apego en sí misma, de forma egosintónica, lo que convierte a los psicópatas en ajenos al amor.

En el mundo interno del psicópata, según Meloy (2001b), habitan las relaciones internalizadas de depredador-presa. Y el depredador es fuertemente idealizado y su comportamiento racionalizado.

Desde el punto de vista de Ferenczi (1949), la identificación con el agresor y la imitación del mismo se produce por un estado similar al trance, en el que la criatura se focaliza intensamente en el agresor, pero de una forma despersonalizada. Estos estados del self agresivos aparecerían como actuaciones (enactments) procedimentales. Esto se relacionaría con lo que afirma Kernberg (1975), que la omnipotencia y la devaluación caracterizan este estado de identificación, siendo a la vez actitudes propias del agresor.

Howell considera que hay dos fases en esta identificación con el agresor. La primera es automática, se trataría de una imitación somato-sensorial. En la segunda, aparece la disociación que escinde diferentes estados del Yo. A diferencia del trastorno límite, en el que oscilan un estado del Yo agresivo y otro orientado al apego, en los psicópatas el estado dominante es omnipotente, identificado con el agresor y que se sostiene a costa de devaluar a los otros. Los estados de miedo, vergüenza o necesidad están disociados. Aunque a veces se observen cambios a una parte victimizada y miedosa, estos pueden ser fingidos, con el objetivo de presentarse como víctimas, más que deberse a una conexión real con dicho estado.

La autora considera que los psicópatas son vulnerables al rechazo, lo que les puede generar reacciones violentas. Verse identificados con un estado de vergüenza les puede resultar insoportable y hacerles de nuevo sentir la experiencia de aniquilación psíquica. Experiencia que es revisitada poniendo a las víctimas en ese lugar.

Para la autora, la destructividad del psicópata se origina en la envidia hacia aquellos que aman y son amados, en un sentimiento de ser ajenos al amor, de quedar fuera del mundo emocional que comparten los demás. Para ella va más allá de la devaluación de los otros que hacen los narcisistas para sostener su fusión de su Yo ideal con su Yo real y para negar su dependencia normal de los objetos externos. En el caso de los psicópatas, existiría una necesidad activa de destruir las fuentes de envidia, destruyendo la integridad, la autoestima o el éxito de estas personas.

En esta distinción entre el psicópata y el narcisista, Kernberg (2001) considera que el elemento diferencial es la ausencia de culpa. En cambio, Meloy (2001c) establece siete puntos de diferencia: 1) la única forma de relacionarse es la dominación agresiva, 2) devaluación de los otros como modo de reparación narcisista, 3) comportamiento sádico, 4) un objeto interno negativo idealizado, 5) la falta de necesidad de justificar sus actos inmorales, 6) reforzamiento del narcisismo grandioso cada vez que se vence a los otros devaluados, 7) paranoia en los momentos de estrés.

La autora termina el capítulo concluyendo que los psicópatas son una categoría que se da en el extremo de un continuo en el que todas las personas tenemos grados de maldad, crueldad y falta de remordimiento. Teniendo en cuenta que nuestra cultura idealiza algunos de los rasgos psicopaticos, tenemos que tener en cuenta la necesidad de aceptarlos en nosotros mismos a la vez que intentamos cambiar este peligroso ideal social.

Capítulo 4. El lugar de la psicopatía en el espectro de los tipos negativos de personalidad. Michael H. Stone

El autor considera que el DSM tiene un déficit cuando se trata del estudio de la personalidad, y más aún cuando se trata de personalidades negativas. Afirma que confunde descriptores con rasgos, y que por tanto es más útil pensar en las personalidades negativas como un continuo de menor a mayor gravedad y buscar los rasgos de cada una. Esto podría representarse en la siguiente tabla, elaborada a partir del cuadro y los comentarios que incluye Stone (2020, p. 83):

Cuanto más nos movamos a la derecha del espectro, peor será el pronóstico, y en el extremo la terapia casi nunca podrá tener éxito.

El autor coloca los trastornos narcisista y paranoide de personalidad en la zona más leve del espectro, pero considera que depende de los rasgos que configuren el trastorno en cada persona, ya que hay algunos rasgos más peligrosos y menos tratables que otros, no siendo igual un patrón de grandiosidad y necesidad de admiración que otro de arrogancia y falta de empatía, o de celos patológicos, resentimiento y tendencia a contraatacar ante lo que se vive como ofensa.

En el medio encontramos el narcisismo maligno, descrito por Kernberg (1992). Lo central de este trastorno es la imposibilidad de sentir empatía o de ser leal a otros y preocuparse por ellos. Este trastorno puede, según Stone, ser observado en ciertos empresarios, grupos criminales y organizaciones terroristas.

Respecto al trastorno antisocial de personalidad que describe el DSM, considera que la definición es confusa. La última versión pone el énfasis en la baja empatía, la manipulación y la hostilidad, lo cual se aproximaría más a la definición de psicopatía de Hare et al. (1990). El autor sostiene que su definición es un concepto más ajustado que el trastorno antisocial del DSM y tiene mayor valor para el pronóstico.

Cita a Gacono y Meloy (2012), quienes señalan que en contextos forenses el trastorno antisocial es más común que la psicopatía: casi todos los internos de una prisión puntuarían en trastorno antisocial, mientras que solo un 25% puntuaría en psicopatía. Otro factor a tener en cuenta sería que muchos adultos con personalidad antisocial dejan de cumplir los criterios para el trastorno cuando entran en la década de los 40, al igual que los borderline. Esto no ocurre en los psicópatas, por lo que la definición del DSM-5, que junta ambos trastornos, no es precisa.

Respecto al término sociopatía, que a veces se usa como sinónimo de psicopatía, o como una versión más suave de la misma (en la que no se cometerían actos violentos), el autor se posiciona más en que se trataría de una versión de la psicopatía "menos violenta, menos peligrosa, más causada por el ambiente y (normalmente) menos resistente al tratamiento" (Stone, 2020, p. 89).

La prevalencia del trastorno antisocial ha sido investigada y correspondería a un 1 o 2% de la población (Lenzenweger et al., 2007). La psicopatía tendría una prevalencia del 0,6% (Coid et al., 2009) y correlaciona con edad joven, sexo masculino, comportamiento violento y encarcelación.

Ogloff (2006) remarca de nuevo la confusión terminológica, en este caso del CIE-10, y considera que el trastorno antisocial de personalidad es aplicable supuestamente a entre el 50 y el 80% de la población reclusa, mientras que sólo el 15% serían psicópatas. Y para aumentar la confusión, en el CIE-10 se habla también de trastorno disocial de la personalidad, caracterizado por incluir muchos rasgos emocionales como egocentrismo, inestabilidad en las relaciones, abuso de sustancias, etc. Para Stone este trastorno englobaría a las formas más suaves de sociopatía.

Según el autor (Stone, 2015), el 90% de los asesinos en serie son psicópatas, pero solo un 10% de los asesinos en masa lo son.  El 97% de estos últimos son varones, siendo el 100% en el caso de los asesinos en serie. En Estados Unidos, los hombres tienen 10 veces más probabilidades de cometer un asesinato que las mujeres (Schirmer, 2013). También son mucho más numerosos entre los psicópatas que cometen agresión activa frente la reactiva.

El autor afirma que hay una impresión general de que los psicópatas no dejan de serlo con el paso de los años. Sin embargo, considera que la cultura puede contribuir a que estas tendencias se extingan de forma temprana en los niños, o a que se prolonguen. Pone como ejemplo las culturas de los memonitas y los aimish, donde la agresión es desalentada y la prevalencia de estos trastornos es casi inexistente.

Hall y Benning (2006) afirman que aquellos psicópatas cuyo rasgo predominante es la falta de miedo, más que el comportamiento antisocial impulsivo, pueden convertirse en psicópatas de alto funcionamiento no criminal. Estos suelen venir de entornos con recursos, y pueden convertirse en hombres de negocios que consiguen no tener problemas legales.

Respecto a la personalidad sádica, para el autor su rasgo fundamental es el placer en el sufrimiento físico de otros, incluyendo animales. En algunos casos, prefieren infligir sufrimiento psíquico. Normalmente, este comportamiento comienza en la infancia, teniendo este comportamiento con animales.

Hazelwood y Michaud (2001) citan a un asesino en serie, quien escribió un manifiesto declarando que el mayor poder que se puede tener sobre alguien es infligirle dolor y que el impulso central del sadismo es convertir a otra persona en un objeto de nuestra voluntad.

Stone sostiene que debemos diferenciar entre actos sádicos y personalidad sádica, pues una persona puede cometer un acto sádico en un momento determinado de crisis sin que sea una respuesta cotidiana.

El autor considera que estos trastornos de personalidad nos hacen pensar en la maldad, que ya no es un concepto religioso sino emocional, la palabra que usamos cuando la actuación de otros seres humanos nos causa horror. El horror residiría en este extremo del espectro.

Capítulo 14. Los psicópatas y la neurobiología del mal. Nathalie Y. Gauthier, Tabitha Methot-Jones, Angela Book y J. Reid Meloy

Las autoras se preguntan por la base biológica de la personalidad psicopática, cómo se explica que individuos sin enfermedad mental, sin alucinaciones o delirios puedan generar tanto sufrimiento a su alrededor. Cleckley (1976) hipotetizó que tenía que haber una base biológica detrás de sus déficits emocionales, de su incapacidad de sentir empatía. Glenn y Raine (2014), consideran que se trata de una estructura de capas, siendo la primera de orden genético, seguida de la capa del ambiente y las experiencias vitales. Ellos defienden que hay una heredabilidad de estos rasgos.

Examinando los rasgos por separado, buscan las evidencias neurobiológicas de cada uno de ellos. Empezando por la ausencia de miedo, citan estudios como el de Hare (1965) y muchos otros, como Birmauer et al, (2005) y Flor et al. (2002), que muestra que los psicópatas tienen una reacción fisiológica más baja en la anticipación de dolor que los no psicópatas y una reacción anormal ante situaciones de amenaza. Existe un reflejo del tallo cerebral ante el envío de señales de amenaza por parte de la amígdala que no se da en los psicópatas.

El sistema límbico, especialmente la amígdala y regiones relacionadas, como responsables del procesamiento de las señales de amenaza, está afectado. La amígdala apenas se activa en circunstancias que sí la activan en los no psicópatas. En algunas investigaciones se ha visto que los psicópatas compensan esto activando otras regiones corticales, como el córtex prefrontal lateral, de modo que en lugar de procesar la información de forma emocional, lo hacen de forma racional. Procesarían esta información como si se tratara de estímulos neutros. Lo que desconocemos, apuntan las autoras, es si su amígdala es deficiente o si esta es dominada por los procesos de atención selectiva. Baskin-Sommers (Baskin-Sommers et al., 2011; Baskin-Sommers, Curtin y Newman, 2011, 2015) han hipotetizado que su foco atencional les impide procesar información periférica y señales del contexto, señales que les llevarían a poder sentir empatía o remordimiento, así como percibir las consecuencias posibles de sus actos.

Respecto a la empatía, las autoras consideran que "si los psicópatas no son capaces de experimentar personalmente emociones negativas como el miedo, entonces hay poca esperanza de que entiendan las emociones negativas de otros". Múltiples estudios como Adolphs et al. (2005), Bernhardt y Singer (2012), etc. han demostrado que hay un procesamiento anormal en áreas como el córtex anterior cingulado y la ínsula anterior, áreas relacionadas con el reconocimiento y la comprensión de las emociones reflejadas en las expresiones faciales de los otros.

Sin embargo, aunque existe una respuesta disminuida a las señales emocionales provenientes de los demás, sí que son capaces de reconocerlas e identificarlas. Es decir, carecerían de empatía afectiva, pero seguirían teniendo empatía cognitiva o teoría de la mente.

En lo que respecta a la falta de remordimiento, autores como Blair (2017) señalan que los psicópatas no miden la valencia o la magnitud de una transgresión, equiparando una violación de una norma moral con una transgresión de las convenciones sociales. Para quien tiene empatía afectiva, las emociones negativas de los otros provocan un condicionamiento aversivo, lo que se termina internalizando como un sistema de valores. También el miedo al castigo se desarrolla más tarde como razonamiento moral. La falta de miedo de los psicópatas, así como su falta de empatía afectiva, no permite que desarrollen estos valores morales.

En cuanto al comportamiento depredador, varios autores, entre ellos Blair et al. (2018) han mostrado que los psicópatas poseen una especial sensibilidad ante la recompensa. Algunas investigaciones muestran que disfrutan de observar el sufrimiento de otros, activándose el cuerpo estriado ventral, vinculado con la recompensa. Además, abusarían de los otros con fines instrumentales. Si combinamos la falta de empatía con esa sensibilidad a la recompensa, vemos que es lógico que intenten conseguir sus fines sin reparar en los medios.

Las autoras tienen también en cuenta la distinción entre psicópatas exitosos y no exitosos. Los exitosos serían aquellos que se comportan de forma inmoral de una forma más encubierta, lo que les permite el éxito en el terreno profesional. Los psicópatas corporativos estarían en este grupo. Escalan en las empresas manipulando y explotando a otros, y están relacionados con los delitos de cuello blanco.

Estos psicópatas exitosos muestran más habilidad en solución de problemas y en aprendizaje de los errores, mejor función ejecutiva, menor impulsividad y agresión. Los no exitosos, a menudo en prisión, muestran un volumen reducido del córtex prefrontal, medial frontal y orbitofrontal. Varios autores han mostrado la relación entre el daño en el lóbulo frontal y el comportamiento agresivo. (Lantrip et al., 2016).

Las autoras advierten de que no debemos tomar una perspectiva biológica determinista en este tema, sino que debemos considerar el papel del ambiente en el desarrollo del cerebro. Además sostienen que debemos tener en cuenta los distintos subgrupos de psicópatas. Consideran que no puede ser un constructo unitario, y que se debe estudiar como una constelación de rasgos.

Critican que se ha subrayado demasiado la antisocialidad como característica principal, y se ha tendido a confundir la psicopatía con el trastorno de personalidad antisocial, especialmente en muestras de reclusos. Precisamente son los déficits emocionales los aspectos centrales de los psicópatas pero no de las personalidades antisociales.

Por último, las autoras consideran que se debe relacionar la función de las estructuras cerebrales con el comportamiento, para saber si hay o no un déficit funcional.

Capítulo 12. Las raíces evolutivas de la psicopatía. Una perspectiva desde el apego. Adriano Schimmenti.

El autor afirma que, en un primer lugar, se consideró a la psicopatía como algo constitucional, Y esto ha hecho que, hasta la década de los 90, no se investigase apenas sobre los factores ambientales y relacionales.

Aún se sigue usando la expresión psicopatía secundaria (Karpman, 1948) para referirse a la psicopatía adquirida por las experiencias traumáticas, en contraposición a la de origen neurobiológico.

Schimmenti defiende que desde una perspectiva epigenética, se debe tener en cuenta la interacción entre los factores genéticos, que justifican un 50% de la varianza, y medioambientales. Entre estos factores medioambientales, el autor señala como el principal las adversidades en la infancia, citando los estudios de diferentes autores. que, si bien con muestras pequeñas, encuentran que la psicopatía estaba en más del 75% de los casos relacionada con rechazo de los padres y pérdida o separación de los mismos (Partridge, 1928; Field, 1940; Haller, 1942; Silverman, 1943; McCord y McCord, 1956).

Karpman (1941, 1948) teorizó que la psicopatía secundaria se debía a experiencias de rechazo y abuso en la criatura, que despertaban en ella sentimientos extremos de odio y hostilidad. La investigación actual parece corroborar esos resultados. (De Vita, Forth y Hare, 1990, Weiler y Widom, 1996, Koivisto y Haapasalo, 1996, Marshall y Cooke, 1999, Odgers et al., 2005).

Farrington et al. (2006) realizaron un estudio longitudinal durante 40 años en chicos desde los 8 hasta los 48 años, midiendo factores de riesgo familiares, individuales y sociales. Altos niveles de psicopatía correlacionaron con experiencias negativas de apego, incluyendo "falta de supervisión, disciplina dura, negligencia física, familia perturbada, padres desentendidos, madres deprimidas, y padres encarcelados".

Weizmann-Henelius et al. (2010) encontraron que la violencia en la familia o en la institución de acogida, el divorcio de los padres, la criminalidad de los mismos o el alcoholismo de estos estaban relacionados con mayor nivel de psicopatía tanto en hombres como en mujeres.

Graham et al. (2012) investigaron cómo los diferentes tipos de maltrato (emocional, físico, negligencia y abuso sexual) se relacionan con la psicopatía y encontraron que a mayor puntuación en psicopatía, mayor experiencia de abuso físico emocional y sexual.

Giovagnoli et al. (2013) encontraron como predictores de psicopatía en la familia la falta de supervisión, la negligencia, la antipatía y la desavenencia.

Schimentti et al. (2014) encontraron que el 70% de las personas que puntuaban alto en psicopatía habían sufrido traumas severos del apego en su infancia. Muchos otros autores (Dargis et al., 2016, Schraft et al., 2013, Forouzan y Nicholls, 2015, Ometto et al., 2016 y Sevecke et al., 2016) han llegado a similares resultados.

Por tanto, el autor considera que es un hecho que la infancia de los psicópatas está generalmente marcada por experiencias graves de abuso y negligencia. Considera que, siguiendo a Bowlby (1988), estos individuos no han logrado interiorizar a sus cuidadores como figuras seguras de apego. Han aprendido que no se puede confiar en nadie. Sus modelos operativos internos representan un mundo que es violento y que rechaza. Algunos aprenden a cubrir sus necesidades cogiendo lo que consideren de los demás sin ningún remordimiento.

Cuando se tienen modelos operativos internos seguros, se tiende a confiar y disfrutar de las relaciones, así como a saber regular las propias emociones. Las personas con apego ansioso tienden a necesitar a los demás, pero a temer que no serán correspondidas. Las que tienen apego evitativo suelen tener dificultades para comunicarse a un nivel profundo con los demás, a ser despreciativas y a estar emocionalmente hiperreguladas. Cuando se sufren traumas relacionales en la infancia, se puede llegar a desarrollar un apego desorganizado, con características coexistentes de apego ansioso y evitativo.

Un metaanálisis realizado por van der Zouwen et al. (2018) mostró que la psicopatía correlaciona con apego inseguro y desorganizado. Por ello Schimentti postula que este trauma en el apego puede llevar a algunos niños vulnerables a desarrollar rasgos psicopáticos, como estrategias que les han ayudado a sobrevivir.

Cita a Ferenczi (1932/1988, 1933/1949) y su concepto de identificación con el agresor. Esta identificación permitiría al niño tener cierta sensación de control, al precio de desarrollar una personalidad controladora, sádica y violenta, que actuará (enactment) los comportamientos abusivos sin sentimiento de culpa. La representación de los demás se verá devaluada, limitándose a objetos para cubrir necesidades.

En el conflicto interno entre acercarse a la figura cuidadora o huir de ella, pueden aparecer comportamientos controladores-punitivos que expulsen este miedo insoportable de la conciencia. Entrarían así en una lucha por el poder con sus cuidadores, usando amenazas y agresiones físicas.

La necesidad de apego, como explica Itzkowitz (2018), está disociada en los psicópatas. Para Schimentti,

algunos psicópatas han aprendido implícitamente en su infancia que la única forma de sobrevivir al trauma del apego era esencialmente silenciar totalmente sus necesidades de apego y desconectarse de sus sentimientos, y empezar a atacar al mundo antes de que el mundo les atacase y destruyera". (2020, p. 229)

Esta devaluación del apego les permitiría expulsar de la conciencia los recuerdos de apego traumáticos.

El autor concluye que se deben poner en marcha intervenciones y medidas preventivas, basadas en la teoría del apego, para proteger a aquellas familias en riesgo.

Capítulo 5. Los perpetradores. Los receptores y transmisores de la maldad. Valerie Sinason

La autora cita a Browne (1993) quien en sus investigaciones encuentra que solo una de cada cuatro personas victimizadas se convierte en agresora. El 75% maneja el dolor sin pasarlo a otros. El otro 25% son responsables de la transmisión generacional del trauma.

Según Sinason (1996), hay familias donde se instaura una aparente normalidad que permite el abuso sexual, el sadismo o la criminalidad. Y la víctima, aunque puede percibir que algo está mal, se acomoda a la situación porque tiene que sobrevivir. Es necesario un apoyo externo o una gran capacidad de resiliencia para que no haya una reactuación.

La autora considera que teniendo en cuenta todo lo que le hacemos a los niños (en la mayoría de los países del mundo se tolera incluso el castigo físico), el precio que pagamos por nuestra complicidad es que la crueldad pase a la siguiente generación. Ninguna persona que perpetra acciones malvadas ha llegado por sí misma a esa situación. Identificarse con el agresor permite exorcizar el terror a ser dañado.

Relata que ha recibido testimonios de personas que le han dicho que

permanecerán solas de la forma más terrible porque nadie excepto sus víctimas y los perpetradores pueden entender completamente la soledad del estado mental en el que tuvieron que entrar, la tierra devastada interna de aquellos que se convirtieron en una cosa, una no persona y se sintieron incitados a repetir y a encontrar su propia cosa, esparciendo así la maldad. (Sinason, 1996, p. 110)

Presenta una viñeta clínica de Beatrice, una mujer que había trabajado como gerente en una residencia para niños no deseados y traumatizados, dimitiendo en pocos meses. Era una superviviente de un campo de concentración, donde había visto cómo asesinaban a su madre y a su padre. En la residencia, había denigrado a los niños que no tenían visitas, había obligado a otros niños a ponerse la ropa de niños que habían muerto en el centro, y cuando lloraban les pegaba por llorar.

Sin embargo, para la autora, esta mujer no era una sádica ni una psicópata. Considera que más bien se portó como una pedófila: alguien que no ama a los niños sino que les odia, pues odia al niño que fue y lo proyecta en ellos. La compara con las madres que matan a sus bebés por llorar. No es que no les importe el bebé, es que ese llanto las conecta con su niña interior que les resulta insoportable.

Afirma que la mirada que cruzaron ella y su madre cuando esta iba a ser asesinada, puede compararse a lo que les pasa a las criaturas con la violencia machista, que odian a sus madres por hacerles ver que no pueden protegerse a sí mismas ni tampoco a ellas. Esto a la vez se junta con la culpa de no poder hacerlo ellas mismas.

Beatrice explicó que los niños le recordaban a sí misma, pues todos deseaban ver a sus padres, siendo que estos o habían muerto o les habían rechazado. Tenían una mirada de esperanza que ella no podía soportar.

Para Sinason, otro factor importante es la obediencia. Esta, junto con el miedo por la propia vida, hace que se prefiera ser el atacante que el atacado. Considera que la obediencia no se ha tenido suficientemente en cuenta en algunas situaciones como Guantánamo, Abu Ghraib, Bosnia y otras.

Finalmente, Sinason concluye que tenemos que evitar la perpetuación de la maldad asumiendo responsabilidad sobre las personas que han sufrido crueldad y la reactúan, pues ser observadores pasivos no nos hace inocentes.

Capítulo 10. Disociación y contradisociación. Percepciones sutiles y binarias del bien y el mal. Richard B. Gartner.

El autor plantea que los analistas reaccionamos a los estados de disociación de nuestros pacientes con una contra-disociación.

Considera que la disociación comprende la ruptura entre unos contenidos mentales y otros, contenidos que incluyen conocimientos y afectos. La ruptura se da antes de que alguno de ellos entre en la consciencia. En este sentido, habría tres tipos de disociación:

- Cotidiana. Nos permite realizar tareas de forma automática.

- Adaptativa. En el momento del trauma nos permite protegernos. Al no focalizarnos en el peligro, nos permite pensar en cómo escapar, u observar la experiencia desde fuera.

- Disociación patológica. Cuando la criatura es abusada de forma repetida, puede que la disociación se convierta en crónica, en el método habitual de reaccionar ante la ansiedad. Esto puede llevar a la persona a no entender sino parcialmente lo que está ocurriendo a su alrededor, llevándola a un pensamiento sin matices, donde todo es blanco o negro. Todo se ve de forma absoluta, incluida la diferencia entre el bien y el mal.

Los pacientes que nos narran su trauma pueden traumatizarnos vicariamente, lo que para Gartner sería el contratrauma. Estos sentimientos contratraumáticos estarían basados en los eventos traumáticos que escuchamos, así como en nuestra historia personal.

De igual manera, el autor defiende el concepto de contradisociación como la disociación que podemos sufrir cuando nos encontramos con material traumático y/o disociado. Esta contradisociación nos provocaría una distorsión en nuestra valoración de los perpetradores, o una sobreidentificación con la parte abusada de nuestros pacientes.

Presenta el caso de un paciente, Terry, abusado por su padre, que le confesó que cuando le hablaba de él, necesitaba hacer como si el analista no existiera. Él no se había dado cuenta de esto. Se dio cuenta de que estaba contradisociado, de que para evitar los sentimientos de horror, se había concentrado en el desprecio a la humanidad del padre abusador. Que se había negado a entenderle desde alguna perpectiva humana. Considera que cuando estaba disociado, le veía como un psicópata, mientras que cuando tenía perpectiva, se planteaba que podría haber tenido un trastorno disociativo.

El paciente le contó que, como venganza, se había negado a ver a su padre cuando este estaba muriendo, pese a que se lo había pedido. Gartner valora que el tono en que contó esto era casi inhumano. Y que para mantener el vínculo con su paciente, él tuvo que contradisociarse respecto a esa insensibilidad.

Posteriormente el paciente fue confesando fantasías de violación y canibalismo hacia otros hombres, fantasías que no tenía intención de poner en práctica, pero que sí hicieron que el analista se contradisociara de la intensidad de las mismas para que no le abrumaran.

Después de 10 años de psicoanálisis, pudo reconocer que su padre también había tenido una infancia terrible, habiendo sido abusado por su padre y sus hermanos. Así pudo humanizar a su padre y tener una visión más matizada, no solamente como un monstruo. Para Gartner, esto fue lo que le permitió a él soltar también su contradisociación y reconsiderar esa visión más compleja de su padre.

Gartner considera que su contradisociación ayudó a proteger el vínculo terapéutico. especialmente al poder poner a un lado de la consciencia las fantasías agresivas del paciente y poder seguir trabajando, volviendo a hacerlas conscientes cuando, fortalecido el vínculo, las pudo entender como una parte de Terry pero no su ser completo.

En otra viñeta nos muestra el caso de Duncan, un hombre que había sido víctima de abuso, tráfico sexual y tortura sexual. Duncan se mostraba incapaz de culpar de esto a su entrenador, quien le había traficado y había provocado todo esto. Este aspecto estaba disociado y mantenía que este hombre siempre había sido bueno con él y que todo lo sucedido era culpa suya. Para él, "Papa" había sido como un padre adoptivo que le había cuidado. Gartner tenía claro que este hombre había sido un pedófilo que traficaba con chicos jóvenes, y de forma contradisociativa, cuanto más se empeñaba Duncan en sus aspectos positivos, más los negaba él. Para Gartner era difícil de asimilar que este hombre había provisto a Duncan de cuidados y ternura.

Le pidió a Duncan que escribiera una carta a este hombre pidiéndole explicaciones por lo ocurrido, y esto le hizo disociarse un poco menos, y admitir que quizá Papa tenía conocimiento de lo sucedido. Pero seguía culpándose a sí mismo. Y afirmaba que no podía tener en su cabeza las dos versiones de Papa al mismo tiempo.

Gartner se vio contradisociando sus propios impulsos de sacarle a la fuerza de su fantasía. Y también con dificultades de poder unir sus propias percepciones de Papa, en una contradisociación en la que no podía admitir ninguna cualidad positiva en él. Sin embargo, a veces podía ver que Papa había cogido a un chico solitario y le había hecho sentir querido y valorado. Se dio cuenta finalmente de que cada vez que él lograba introducir matices en el diálogo, Duncan era capaz de moverse un poco de su posición. El autor concluye que rompiendo su propia contradisociación, fue consiguiendo romper la disociación de su paciente y que ambos fuesen adquiriendo una visión más amplia sobre Papa.

En conclusión, Gartner considera que la disociación puede ser adaptativa o no serlo. Puede serlo cuando el analista aprende de ella, la reconoce, y le hace darse cuenta de los aspectos disociados en su paciente. Pero la contradisociación conlleva el peligro de deprivar de su humanidad a la víctima y al perpetrador y de contribuir al pensamiento binario.

Considerar inhumanos a los perpetradores, nos dice Gartner, no nos permite aceptar que los humanos pueden actuar de estas maneras, cuando están entre nuestras posibles conductas. Y aceptarlo nos puede llevar a entender qué las provoca.

Capítulo 3. Deseo sexual, muerte violenta y el verdadero creyente. J. Reid Meloy

Este autor parte en su marco teórico de las relaciones de objeto y de las teorías de Freud sobre la pulsión sexual y la pulsión de muerte. Considera que existencia de la pulsión de muerte se ve refrendada por las investigaciones en mamíferos, en los que se ven dos modos de violencia: depredadora (relacionada con la caza, carente de afecto) y afectiva (defensa contra una amenaza inminente, con una fuerte respuesta emocional).

En relación al terrorismo, Meloy menciona varios estudios que intentan establecer qué porcentaje de enfermedad mental existe en los terroristas. Menciona un estudio de Corner y Gill (2014) en el que encontraron que los terroristas solitarios tenían 13,5 veces más posibilidades de tener algún trastorno mental que los terroristas pertenecientes a grupos. En un estudio de Meloy y Gill (2016), encontraron que el 41% de los terroristas solitarios tenían algún trastorno diagnosticado.

Meloy considera que ya tenga un nivel de organización borderline o psicótico, el terrorista solitario posee una estructura del self narcisista, con una capacidad mermada de apego y relación con los otros, siendo estos simplemente objetos parciales. Los afectos predominantes son muy primitivos: vergüenza, excitación, rabia, envidia, etc. mientras que las emociones más maduras (culpa, miedo, empatía, etc.) que requieren entender a los demás como objetos totales y poder establecer vínculos con ellos, están alteradas.

Los modos de pensamiento serían primitivos, como la equivalencia psíquica y la ideación teleológica, caracterizados por su rigidez, concreción y simplicidad. La capacidad reflexiva, la mentalización y la simbolización no existirían en ellos.

Respecto al deseo sexual, Meloy apunta que, si bien no hay estudios sobre la sexualidad de los terroristas solitarios, sí hay datos en las cartas y actividades de los líderes terroristas. Por ejemplo, Osama Bin Laden, si bien escribió una carta condenando la explotación sexual de las mujeres occidentales, guardaba pornografía en su ordenador. Plantea otros ejemplos de terroristas que a la vez que condenaban lo erótico, también se excitaban con ello, como el salafista Sayyid Qutb, los combatientes del Estado Islámico o el terrorista antiabortista James Kopp.

Menninger (1938) estudió las motivaciones inconscientes de los mártires: la huida de la madre, la renuncia a la sexualidad y el masoquismo moral. A estas tres Meloy añade la idealización del deseo sexual en la fantasía, concretada en forma de que habrá vírgenes disponibles para los yihaidistas que sufran una muerte violenta.

Siguiendo a Freud (1938/1964), Meloy considera que las relaciones de objeto de estos hombres están escindidas y son parciales: la madre, y por extensión todas las mujeres, es un objeto o bueno o malo, y por tanto deben ser controladas. No se integran estos sentimientos en una complejidad más madura, por lo que no se llega a representar a las mujeres como un objeto deseado y a la vez completo y real. Al faltar la relación con un objeto total, no hay capacidad de amor mutuo, erotismo, empatía, gratitud y culpa. Sólo existen estados emocionales relacionados con el objeto parcial: rabia, envidia, excitación, vergüenza, desprecio, etc.

Para el terrorista solitario, la sexualidad y la agresión están desreguladas. No comprenden la complejidad del odio o el amor. Las mujeres deben ser escondidas para que no les estimulen sexualmente. Hay una escisión entre la mujer buena (la madre o hermana idealizadas y asexualizadas) y la mala (la que está fuera de la familia y es temida por su capacidad de provocar excitación). El 84% de los terroristas solitarios estudiados por Meloy y Gill (2016) no habían tenido ninguna pareja sexual desde su pubertad hasta su muerte o ingreso a prisión.

Meloy describe el caso de Arid Uka, quien atacó a un grupo de militares estadounidenses en Alemania. Cometió el ataque tras ver unos vídeos de propaganda del Isis, en uno de los cuales había una escena (en realidad tomada de una película de Hollywood) de una mujer musulmana violada por unos soldados norteamericanos. Para Meloy, este joven sin experiencia sexual, si bien condenaba este comportamiento de forma consciente, a la vez había sentido una excitación sexual intolerable por su ideología, que solo le permitía sentir vergüenza y culpa por sus deseos. Probablemente se sentía identificado tanto como con los mártires yihaidistas como con los agresores sexuales. Buscó así alivio a través de matar a aquellos que habían realizado sus deseos sexuales, los soldados americanos. Además, él podría obtener su propia satisfacción sexual en el paraíso.

El terrorista solitario siempre justifica su acto como una respuesta de defensa a una amenaza. La violencia siempre se proyecta en otros.

Si bien los seres humanos tenemos la capacidad para ejercer violencia tanto depredadora u ofensiva como emocional o defensiva, la mayoría de las personas no ejercen ninguna de ellas. Los psicópatas sí ejercen ambas frecuentemente. Pero en el contexto del terrorismo la violencia es diferente, está motivada moralmente, aprobada por el Superyó, no es una violencia sin valores como la del psicópata. Se trata de un imperativo en el que el Superyó impone la muerte violenta para el self y para el otro, en una dinámica sadomasoquista. Siguiendo a Kernberg (1975) sostiene Meloy que se trataría de una fusión narcisista del self ideal y el objeto ideal, el poder omnipotente del cual el terrorista es solo un peón (Meloy, 2020, p. 72).

Según los estudios sobre terroristas solitarios hechos por varios autores (Gill, 2015; Horgan, 2014; Horgan et al., 2016), esta fantasía grandiosa y violenta puede llevarse a la práctica tras una pérdida grave emocional o profesional, pérdida que es vivida como un agravio y como causante de vergüenza.

Meloy afirma que para que se produzca el acto de terrorismo, es necesario que exista una regresión durante un período de incubación. En este período hay cambios en el pensamiento, que se vuelve más simplista y absoluto, desapareciendo el análisis crítico. También hay cambios en las emociones, que pasan de la rabia a la repugnancia por las ideas ajenas y a una voluntad homicida. Podría decirse que la persona regresa o se queda fijada en un nivel borderline de organización, o incluso en un nivel psicótico cuando hay una identificación delirante con alguna figura sagrada.

Se produciría una escisión en oposiciones binarias, como las que se tienen en la infancia. El mundo se ve en blanco y negro, el self y los demás se convierten en objetos parciales, y la empatía se ve mermada. La escisión permite para el verdadero creyente un marco moral maniqueo. Las diferencias se consideran amenazas. Aparecen defensas como la introyección, la identificación proyectiva, la negación, la omnipotencia y la devaluación.

Según Meloy, el narcisismo caracteriológico en estos casos "se hace evidente en su sensibilidad a la vergüenza y la humillación. Dicha emoción puede ser estimulada por pérdidas reales o percibidas" (2020, p. 74). Se genera un agravio hacia el objeto humillante que, combinado con la identificación con un grupo sufriente, provoca indignación y creencias maniqueas.

En el paso del desprecio a la repugnancia, el creyente verdadero ya no se enfada o teme al no creyente, sino que le equipara con algo tóxico a exterminar, con un acto de purificación que le aniquile, acercándose así a su fantasía utópica.

Capítulo 6. El otro en el interior. Vergüenza blanca, genocidio de los nativos americanos. Sue Grand

La autora se pregunta por su identidad y por su responsabilidad. Si bien es judía, y por tanto pertenece a un pueblo victimizado, por otro lado es blanca y siente vergüenza de cara a los nativos americanos.

Ella sostiene que esta vergüenza puede tener dos tipos de efectos. Por un lado se puede sentir como persecutoria y derivar en violencia o negación, vaciándonos de empatía y haciendo que queramos escondernos del Otro. La consecuencia de desarrollar una vergüenza maligna sería volver a poner la vergüenza afuera. Pero, por otro, la vergüenza puede ser una llamada a la consciencia que nos haga pasar de la negación a la responsabilidad colectiva. La vergüenza podría, así, hacernos tener en cuenta una perspectiva externa. Poder mirar al Otro desaparecido con una vergüenza merecida, nos puede conectar con la bondad y la justicia. Si podemos aceptar la vergüenza, el Otro se hará visible. Se trataría de "una brecha en nuestra ceguera blanca que nos permite ver al Otro, a quien antes no podíamos ver" (Grand, 2020, p. 121).

Grand afirma que "la culpa reparativa es amenazante y desestabilizante" (2020, p. 122). Por eso se previene antes de que aparezca, haciendo desaparecer al nativo americano. La autora considera que el genocidio americano ha generado un narcisismo blanco colectivo. Salvo que seamos psicópatas, deberemos tolerar la vergüenza y sostener la mirada del Otro herido. La culpa creativa se conseguirá con un espíritu de compasión que permita un proceso intersubjetivo.

Según la autora, en Estados Unidos, la riqueza blanca se ha construido sobre un sistema que ha esclavizado a la población negra y exterminado a la población nativa. La narrativa general nos dice que los europeos descubrieron América, y que los indios no se adaptaban y se autoexcluyeron. Nada nos dicen de las prácticas de aniquilación y exterminio, como solo dar derechos sobre la tierra a los indios "puros", sin una gota de sangre blanca o negra, desposeyendo así a todos los que se habían mezclado con población blanca o negra, lo que era habitual. Así se construyó el mito del indio desaparecido, ya que las regulaciones les despojaban de su identidad.

La autora denuncia que la comunidad psicoanalítica de Estados Unidos ha permanecido ajena a esta realidad y a su legado traumático. Considera que en muy pequeña medida se ha atendido el tema de la esclavitud, pero que el genocidio de los nativos no se ha tenido en cuenta en absoluto. Y esto perpetúa el mito cultural.

Se trata, para la autora, de una historia de agresores blancos y de víctimas nativas. Se cometieron atrocidades previamente desconocidas, como la práctica del escalpelo, que fue comenzada por los colonos blancos y no por los nativos. En el avance hacia el oeste, se practicó una limpieza étnica, se destruyó la cultura, se robó la tierra y se desterró a los sobrevivientes a tierras remotas y sin valor.

Grand también se pregunta por qué no hubo una alianza entre todos los pueblos nativos y los esclavos africanos contra los blancos. Y encuentra la respuesta en la narrativa divisiva de los colonizadores, quienes explotaron los conflictos preexistentes entre tribus, además de generar diferentes capas de privilegios. Así hubo tribus que capturaron a otras como esclavas, solo para ser más adelante esclavizadas ellas mismas por los mismos colonizadores que les habían comprado los esclavos. Para la autora, todos podemos convertirnos en agentes del poder que nos destruye, deshumanizando a aquellos que sufren el mismo destino. Las tribus necesitaban calcular en cada momento con quién era mejor aliarse de cara a sobrevivir y proteger su cultura y sus tierras. También contribuyeron las leyes que criminalizaban que las tribus nativas dieran cobijo a esclavos negros huidos.

Para los negros, la norma respecto a la sangre era la opuesta: una sola gota de sangre negra convertía a una persona en esclavizable. Por tanto la negritud de los descendientes de la mezcla nativa-africana podía ser admitida en los clanes nativos, pero negando dicha negritud. Algunas tribus nativas rechazaron a sus familiares que tenían parte de sangre negra, e incluso esclavizaron a personas negras.

No sabemos, en las condiciones de la época, lo que hubiéramos hecho nosotros. El terror que produce el hambre, la necesidad de supervivencia o la interiorización de la narrativa de los amos, puede resultar en complicidad.

Para luchar contra el racismo debemos restaurar los vínculos que este rompe. Respecto a nuestra vergüenza necesitamos una mirada compasiva que admita que nuestra bondad humana tiene déficits, y que nos permita reconocer nuestra ignorancia a la vez que recibimos la mirada del Otro.

Capítulo 7. Jerarquía americana. Blanco, "bueno", negro, "malo". Cleonie White

La autora comienza citando los tres males de la sociedad estadounidense que denunciaba Martin Luther King: el racismo, el militarismo y el excesivo materialismo.

Describe la atmósfera política norteamericana como un caos que alimenta los miedos y castiga la diferencia. Describe cómo Donald Trump ha convertido estas diferencias en una amenaza, desatando así una rabia blanca supremacista. Con su discurso xenófobo y racista, habría generado en sus seguidores la fantasía de un poder supremo que también sería suyo. Cita a Coates (2015), quien considera que el odio proporciona identidad.

Por otra parte, la gente de color vuelve a sufrir lo que supone que la conviertan de nuevo en un "Otro". White describe varios hechos en los que se señala y discrimina a la población negra, por parte de personas individuales, pero también de la policía, y expone también varios hechos de la política migratoria, como la separación de los niños migrantes de sus familias, violando así su derecho a un apego seguro.

Hace un repaso histórico de la segregación y discriminación desde la guerra civil americana, por ejemplo cómo se sustituyó la mano de obra esclava por prisioneros negros para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. Hace hincapié en cómo el racismo se ha institucionalizado en todas las áreas: educación, sanidad, leyes, etc. Los afroamericanos tienen 6 veces más posibilidades que los blancos de ser encarcelados, siendo mucho más probable en general que sean vistos como criminales. Las necesarias políticas de acción afirmativa son criticadas por blancos enfadados que las califican de discriminación inversa.

White considera que se manipulan las mentes para que los blancos que viven una situación de desventaja económica y que dependen de que existan ayudas sociales, en lugar de luchar por que existan, no se identifican con su clase y se sienten superiores a los afroamericanos, a los que ven como los realmente pobres e inferiores. Se racializa así la necesidad.

La autora sigue a Fromm cuando este describe lo que sucedió en la Alemania nazi diciendo "Cuando una determinada clase social es amenazada por nuevas tendencias económicas, reacciona a esta amenaza de psicológica e ideológicamente." (Fromm 1942, citado en White, 2020, p. 145).

Considera que los argumentos de Fromm acerca de cómo se generan construcciones binarias nosotros/ellos explican cómo los votantes pobres de Trump votaron en contra de sus propios intereses.

White afirma que con acusaciones a los negros de ser depredadores, amenazantes, etc. Trump logró infundir miedo y rabia en sus seguidores. Citando a Hooks (2000), considera que esa solidaridad entre blancos lo que hace es unificar los intereses de los blancos y evitar la conciencia de clase.

Volviendo a Fromm (1976), destaca su denuncia de una cultura que genera falsas creencias en la ciudadanía, sin asumir responsabilidad por el daño que estas hacen. Se genera una idea de escalera social basada en el consumismo: el estatus viene determinado por los bienes que se poseen. Con ello aparece el miedo a perder estos bienes y con ellos el estatus y la propia identidad.

La autora cree que se puede extender esta tesis a la raza. Así, Trump habría ofrecido a sus votantes la posibilidad de "consumir blanquitud" (White, 2020, p. 147), estando esta idea ligada al éxito económico como lo está la negritud ligada a la pobreza. La pérdida de poder adquisitivo acercaría a los blancos a esa negritud, relacionada simbólicamente con la esclavitud, y por ende a la pérdida de libertad. Llegando a creer que la supremacía blanca estaba amenazada, "votaron para asegurar la ilusión de ser blancos, y, por lo tanto, ser." (2020, p. 147).

Estos votantes habrían sido cegados y convencidos de que su sentido de pertenencia está ligado a su identidad como blancos. Han llegado a tener miedo a ser aniquilados. Son también personas que sufren, que padecen dificultades económicas, y a quienes se ha hecho creer que su sufrimiento se lo está causando ese Otro de piel oscura.

Capítulo 8. Simpatía por el diablo. Maldad, proceso social e inteligibilidad. Robert Prince

El autor estudia el caso de Adolf Eichmann, contraargumentando a lo expuesto por Hanna Arendt. Considera que para abordar hechos tan abominables, hay que combinar múltiples perspectivas: religiosa, histórica, social, moral, epistemológica y psicológica.

Se pregunta si la maldad es una cualidad que reside en los humanos, en las masas o incluso en la naturaleza. Si se la considera en relación a la estructura social, es necesario ver qué función social puede estar cumpliendo. Pone el ejemplo de la lapidación en algunas culturas, que si bien para nosotros puede ser un acto de maldad, para determinada cultura puede cumplir la función de sostener un sistema de creencias para entender el mundo, o puede fortalecer la cohesión del grupo. Y si lo vemos a nivel político, los gobiernos utilizan la violencia para defender el orden, y señalan a sus opositores como "malvados" (Armstrong, 2015). Asimismo, hoy se siguen celebrando como heroicas determinadas atrocidades cometidas contra otros pueblos, consideradas como conquistas.

Cita a Neiman (2002), quien considera que en el corazón del pensamiento moderno sobre la maldad está el hacer del mundo un lugar inteligible, pues las creencias religiosas sobre la bondad y justicia divinas han sido desafiadas. Para ella la maldad no tiene una cualidad esencial que se mantenga constante en todas sus manifestaciones, no existe un paradigma del mal. Buscar una fórmula general resultaría sesgado.

Por otra parte, estaría el rechazo al relativismo de Heidegger, y, también en parte, de Hanna Arendt. Heidegger llamaba a una responsabilidad ética con la verdad" (citado en Koonz, 2003, p. 52), sostiene el autor que Heidegger veía el nazismo como "la solución a la corrupción de la modernidad, la burocratización, el industrialismo, el materialismo y el cientificismo - representados por los judíos." (Prince, 2020, p. 155).

Hanna Arendt también pretende entender el mundo a través de entender la maldad. Para ella el totalitarismo supone una nueva forma de maldad, la maldad absoluta. Su ensayo sobre la banalidad del mal (Arendt, 1962) tuvo una amplia repercusión y comenzó la controversia moderna sobre la naturaleza del mal. Se la criticó por retratar a los judíos como cómplices de los nazis, sin tener en cuenta las circunstancias en que las organizaciones judías colaboraron con las deportaciones. Para el autor, ella no tiene en cuenta estas zonas grises de la moral.

En su trabajo sobre Eichmann, Arendt le describió como alguien mediocre, deseoso de contentar a sus superiores, como un funcionario hueco y no un monstruo. Consideró que no tenía motivos para hacer lo que hizo y que no era consciente de lo que estaba haciendo. Su tesis de que se trata de personas normales sometidas a determinadas circunstancias coincide con otros estudios como los de Browning (1998) y Friedlander (1997) respecto a otros alemanes que tuvieron estos comportamientos por lealtad al grupo u obediencia.

Sin embargo, Prince considera que, si bien este concepto de banalidad se puede aplicar a algunas personas, no puede aplicarse a Eichmann a la luz de las evidencias aparecidas con posterioridad. Piensa que esto se debe a la extraordinaria capacidad de engañar que tenía este personaje. El engaño podría, así, según el autor, representar la maldad radical, prometiendo cumplir nuestros deseos en lugar de ofrecernos la verdad. Cita a Stangneth (2015), para quien Arendt sucumbió a la trampa de engaños tejida por Eichmann. Sus declaraciones en el juicio en Jerusalén no serían sino una máscara. Para Stangneth, él sabía representar diferentes roles según lo requiriese la situación, y por tanto podía hacerse pasar por un simple subordinado. Ella revisa descripciones de otras fuentes que le retratan como ambicioso, orgulloso y que actuaba con la grandiosidad de un dios. Se jactaba con placer de haber enviado a la muerte a millones de personas. Esto contrasta con la visión de Arendt de que no era más que un burócrata mediocre.

Para Stangneth,

era feroz en perseguir el objetivo de la exterminación; más que despiadado, se encolerizaba ante las súplicas de piedad. No obedecía órdenes simplemente [...], se oponía furiosamente a aquellas órdenes que pudieran salvar una sola vida judía, aunque vinieran del propio Hitler. (Prince, 2020, p. 159)

Para ella, sobre todo lo demás, Eichmann era astuto y manipulador.

Los exámenes psicológicos de Eichmann mostraban que no estaba enfermo y que era una persona normal. Para Prince, Arendt acepta la tesis de la defensa: que lo normal en circunstancias excepcionales es comportarse acorde al contexto, que solo personas excepcionales hubieran hecho algo diferente. Prince cita a Hausner (1962), el fiscal del juicio, quien afirmó que los psiquiatras habían considerado que tenía una personalidad sádica y un deseo de poder insaciable. Él menciona la mirada de odio que se le encendía cuando se tocaban ciertos temas, además de la imposibilidad en dos semanas de interrogatorio de que confesara algo más que haber seguido órdenes.

Volviendo a Stangneth (2015), esta autora considera que Eichmann sabía cómo ganarse a las personas, hacerles creer que eran importantes para él y que les estaba agradecido: los médicos, los psicólogos, el director de la prisión. Con estos datos, su personalidad se acercaría más bien a la de un psicópata o un narcisista maligno comprometido con sus responsabilidades y convencido de estar haciendo un gran trabajo. Para los nazis la violencia estaba justificada por la necesidad de mantener el orden por cualquier medio, siendo los perpetradores los que se consideraban víctimas.

Para Prince, en la historia reciente de la humanidad, hay un intento de encontrar orden e inteligibilidad en el mundo a través de explicaciones religiosas, científicas, míticas, etc. Los sistemas de creencias se consideran psicóticos o no en función de cuántas personas los compartan, de si hay un consenso social sobre dichas creencias. Para él, una dimensión de la maldad a tener en cuenta es su ataque a la inteligibilidad, siendo una de sus funciones socavar la realidad y evitar que la gente piense, por ejemplo distorsionando narrativas (como en la negación del Holocausto).

La misión de los nazis, como para Heidegger, fue pulverizar el sistema de creencias existentes y establecer uno nuevo. Goebbels consiguió, a través de la propaganda, inculcar creencias con apariencia de verdad en la gente ordinaria cuya cooperación se requería. Así, "el mal invade la realidad apelando a los deseos" (Prince, 2020, p. 165).

La manipulación y la mentira serían pues, parte de esta concepción de la maldad. Hoy en día tenemos las fake news y la propagación del odio por Internet, pero, según describe el autor, a lo largo de la historia ha habido rumores falsos que han llevado a matanzas.

En conclusión, para el autor Arendt fracasó en comprender la maldad de Eichmann, fue vulnerable a su capacidad de engaño, quizás por el propio trauma que debió causarle su enfrentamiento con la maldad, un trauma que tiene como consecuencia la dificultad de pensar. Por eso habría llegado a la conclusión errónea de que Eichmann era estúpido. Sin embargo, en lo que sí habría acertado es en su consideración del mal como algo superficial, como la incapacidad de pensar desde el punto de vista del otro.

Arendt, nos dice el autor, muestra "simpatía por la condición de vacío interno del diablo" (Prince, 2020, p. 169). El psicoanálisis iría más allá al intentar solucionar ese vacío a través de la empatía. El engaño sería el instrumento del diablo para luchar contra la realidad, pero el psicoanálisis, analizando el engaño y el autoengaño, nos puede llevar de nuevo hacia la realidad.

Capítulo 9. Die Hitler in uns (El Hitler dentro de nosotros). El mal y la situación psicoanalítica. Emily Kuriloff

La autora comienza el capítulo planteando que el psicoanálisis no ha mostrado excesivo interés en el tema del mal, al considerarlo más bien un asunto relacionado con la moral, que primero fue patrimonio de la iglesia y, posteriormente, del Estado. Cita a Chasseguet-Smirgel (1988), quien planteaba la falta de conciencia que tenemos las personas sobre esa parte nuestra asesina y malvada, que está negada o disociada, porque aceptarla despertaría en nosotros vergüenza y miedo al rechazo. Una maldad que, considera Kuriloff, puede aparecer en aspectos pequeños, y sin embargo, de gran impacto, como la degradación de aquellos a quienes consideramos "otros".

Pero donde se centra la autora es en examinar cuál fue la postura del mundo psicoanalítico en la Alemania nazi, invitándonos a la vez a preguntarnos qué habríamos hecho nosotros.

Cita algunos casos, como el del doctor Carl Mueller-Braunschweig, un analista competente a quien se le encargó que liderase el programa de arianización del psicoanálisis. En un momento de lucha interna y de miedo a los neofreudianos por parte de él y del mismo Freud, decidieron no favorecer a un reconocido analista neofreudiano y anti-nazi, Harald Schultz-Hencke y mantenerle fuera del círculo.

Después de la anexión de Austria, Mueller-Braunschweig's visitó el Instituto psicoanalítico vienés, y discutió con Anna Freud los planes para su arianización. Posteriormente y a modo de consuelo, le escribió una carta donde le expresaba su deseo de que el Instituto se pudiese mantener independiente del nacionalsocialismo. Esta carta fue descubierta por las autoridades y le supuso como castigo no poder volver a pisar el Instituto Göring de Berlín en el que trabajaba y tener que trabajar desde su casa. Lockot, (comunicación personal citada en Kuriloff, 2020, p. 174), considera que esta humillación le hizo más vulnerable a querer ganarse la aprobación de los nazis. Antonovsky (1988) denuncia que llegó a incluir como materias de enseñanza en el Instituto las teorías sobre la raza y que introdujo como conferenciante a Herbert Linden, el director del programa de eutanasia para los enfermos mentales intratables. Esta autora además considera que el objetivo del Instituto era que los individuos se sometieran, en lugar de acrecentar su responsabilidad personal manejando sus emociones y acciones, por lo que considera a este Instituto como antianalítico.

Cocks (1985) plantea que algunos psicoanalistas del Instituto le salvaron la vida a varios homosexuales considerándoles "curados". Sin embargo, Goggin y Goggin (2001) denuncian que la cura era particularmente sádica: los pacientes debían mantener sexo heterosexual delante de los doctores.

Otro caso sería el de Carl Jung. Sostiene la autora que según su teoría Jung, "había una diferencia entre la psiquis judía y la alemana" (2020, p. 175). Los alemanes, para él, estaban arraigados, mientras los judíos no. Estos no tendrían acceso al estrato colectivo de la experiencia, un lugar compartido formado por los mitos y las restricciones culturales que ayudan a arraigarse. Criticó algunas ideas de Freud como típicamente judias.

La autora cita a Frosh (2009), quien considera que la asociación del psicoanálisis con la comunidad judía, generaba una considerable ansiedad por el riesgo de que esto destruyera a toda la profesión. Frosh defiende que quizá Jung (con credenciales arias) consideró que, si él lideraba el psicoanálisis alemán, se podría ofrecer protección a aquellos psicoanalistas que estuvieran amenazados. De igual forma Bair (2003) cita cartas de Jung a personas de Inglaterra y de Estados Unidos pidiéndoles que ayudaran a algunas personas judías. También colaboró con la Oficina de Servicios Estratégicos de Estados Unidos, asesorando sobre las posibles reacciones que tendrían los líderes alemanes e italianos ante los acontecimientos.

Pero para la autora, buscar estos atenuantes al antisemitismo de Jung y a sus vínculos con los nazis, es lo que hacemos cuando nos cuesta reconocer el mal entre nosotros, tanto en nosotros mismos como en aquellos con quienes nos identificamos. Muchos en el Instituto Göring se convirtieron de alguna forma en sirvientes del régimen. La idea del profesional neutral sirvió para racionalizar la aceptación del nacionalsocialismo.

Kuriloff se pregunta también por la resistencia a reconocer el lugar de la maldad y la destructividad, ya en la postguerra. Freud (1930/1961) hablaba del instinto de destrucción, y este tema fue parte del conflicto en las controversias Freud-Klein, que originaron la marcha a Estados Unidos de Ana Freud. Para la autora, que tanto Klein como Anna Freud se vieran obligadas a abandonar Austria y Alemania por la amenaza que sufrían puede ser la causa de su evitación y disociación traumática.

Chasseguet-Smirgel (1987) relata que en Europa del Este, cuando los comunistas llegaban al poder, pedían a los psicoanalistas que declarasen que el psicoanálisis era "putridez capitalista" (Kuriloff, 2020, p. 180) como condición para poder trabajar. Muchos lo firmaron, y las autoridades disolvieron la sociedad psicoanalítica pues ellos mismos lo habían admitido.

Otro ejemplo más reciente que trae la autora es la participación de psicólogos estadounidenses en las torturas de prisioneros en Guantánamo. Como conclusión, afirma que tenemos que asumir que muchos de nuestros compañeros se han comportado de maneras destructivas a pesar de su formación y trabajo personal. Ella piensa, junto con Frosh (2009) que en la decisión de Mueller-Braunschweig y Jung de retirar la mancha judía del psicoanálisis, retiraron parte de lo que les podría haber permitido no adaptarse a las demandas de los nazis: la teorización de Freud de 1930 del individuo como opuesto a la norma social.

Kuriloff se basa en Philips (2002) para afirmar que por el hecho de que Freud fuera un judío inmigrante, el psicoanálisis es una ciencia inmigrante, practicada por quienes carecían de las comodidades que proporciona un hogar, y el autoengaño y la inercia son menos posibles para el que viene de fuera. Por tanto, la autora nos pide que no nos acomodemos, especialmente cuando el mal se asoma en nuestro medio, o incluso dentro de nosotros.

Capítulo 11. Bailando con el diablo. Un ensayo personal sobre mis encuentros con el abuso sexual en la Iglesia Católica. Mary Gail Frawley-O'Dea.

Frawley-O'Dea narra su experiencia personal, desde su educación católica hasta su implicación con las víctimas de abuso sexual en la Iglesia Católica. En su trabajo con supervivientes de trauma, considera que esta práctica es como un baile en el que el compañero es a veces el diablo y otras veces lo divino.

Puesto que trabajaba con el trauma provocado por el abuso sexual, en 2002 la contactaron para que hiciera una ponencia en Dallas en la Conferencia de obispos católicos de Estados Unidos. Se trataba de hablar sobre el tema del abuso sexual ante 330 obispos, en una conferencia que sería televisada.

Frawley-O'Dea admite que tenía no solo la fantasía de poder aportar algo a la Iglesia que tanto le había aportado en su formación espiritual, sino también "la fantasía de una niña deseando sanar a sus padres narcisistas y abusadores" (2020, p. 203). En la ponencia declaró que el abuso sexual por parte de un sacerdote era incesto, ya que el sacerdote forma parte de la familia extensa del niño, y es, en gran medida, como un padre, y alguien en quien se supone que debe confiar.

La frialdad de la reacción de muchos de los participantes le hizo darse cuenta de que la conferencia había sido más un ejercicio de relaciones públicas que una ocasión para cambiar a sus asistentes. Decidió seguir con el tema, participando como ponente en otras organizaciones católicas y escribiendo al respecto. Afirma que conocer la pasividad y el ocultamiento que se orquestó, la traumatizó a la vez que le hizo encontrar la trascendencia, al poder hacer el duelo de la que una vez fue su religión.

Los números oficiales nos dicen que un 5% de los curas abusaron de más de 5.200 niños en Estados Unidos entre 1950 y 2004. Se sabe que no es el número real, ya que muchas personas nunca han denunciado. Los obispos cambiaban a los abusadores de parroquia, y a los familiares se les pedía que no acudieran a las autoridades civiles para evitar el escándalo, lo que muchas personas obedecieron. Es más, cuando se hacía público algún abuso, era frecuente que los feligreses apoyaran al sacerdote y no a la víctima, a las que se excluía o increpaba.

La autora defiende que siempre que aparece el abuso en una organización (también en otras iglesias, escuelas, boy-scouts, etc.) se produce un trauma por traición institucional, pues muchas personas de la institución apoyan al perpetrador.

En el caso de la Iglesia católica, el hecho de que a los niños se les eduque para creer que el sacerdote es el mediador de lo divino dificultaba que los niños pudieran contar lo que estaba pasando, porque no se puede acusar a Dios. Frawley-O'Dea piensa que este daño espiritual y psicológico es tan dañino como la propia violencia sexual.

La autora considera que las disculpas verbales emitidas por los obispos no son sinceras. No parece que empaticen con el sufrimiento de las víctimas ni que sientan culpa, sino que más bien lo que lamentan es la impresión social que esto deja. Pues si sintieran culpa, piensa la autora, su dolor sería tan grande que se confinarían en un monasterio para expiar sus pecados.

Frawley- O'Dea considera que no tiene a donde ir para vivir su fe, pues las religiones organizadas ya no la proveen de consuelo. Por otro lado, tener la posibilidad de proveer de herramientas a sus pacientes para superar las heridas, y presenciar su coraje, le ha hecho experimentar lo que ella llama "contratrascendencia" (2020, p. 211). Cita a Bollas (1987), quien considera estos momentos como estéticos, y seguidos de un profundo sentimiento de gratitud. Otra consecuencia positiva es su interés actual por las religiones y la espiritualidad, en una búsqueda de lo trascendente que ya no está encorsetada por ninguna doctrina o axioma y que se basa más en lo estético, el arte y la lucha por la justicia social.

Cita a Russell (1977), quien considera que la esencia del mal es el maltrato a un ser sintiente, un ser que puede sentir dolor.  Él recomienda que examinemos en nosotros mismos nuestros propios actos de maldad para poder controlarlos y no proyectarlos en otros.  Frawley-O'Dea considera que su trabajo en el caso de la Iglesia Católica la ha permitido tomar conciencia de su propia capacidad de hacer el mal, y enfrentarla sin perder la esperanza de poder redimirse y buscar perdón y fomentar la sanación, recuperando la capacidad de amor y compasión.

Capítulo 13. El asesinato de Layo. Neville Symington

El autor revisa el mito de Edipo y se pregunta por la realidad psíquica que subyace a la historia.

Se plantea que, si Edipo no hubiera matado a su padre, sino que hubiera regresado a Tebas a cumplir sus deberes como príncipe aprendiendo a gestionar el reino y hubiera encontrado una compañera, habría heredado el reino tras la muerte natural de Layo. El hecho de matar a su padre y emparejarse con su madre, adquiriendo así el poder que tenía su padre, hace que Edipo no salga de la niñez pues no da los pasos necesarios para convertirse en adulto.

El foco debe ponerse pues, según Symington, en lo que no se ha hecho. Aunque en Tebas le viesen como un adulto, era un niño con su mamá, pues la adultez no la otorgan los actos, ni la posibilidad de tener relaciones sexuales, ni la posición de rey. La adultez es un acto interno, una tarea a desarrollar.

Para el autor, el crimen de Edipo fue someterse al destino que se le había dictado. No protestó por esta terrible pérdida de libertad, no luchó por poder decidir. Esta sumisión, nos dice el autor, es matar el propio espíritu, y este es el verdadero asesinato de Edipo, el Layo interno.

Edipo tendría que haber luchado por liberarse de este poder, establecer un compromiso interno de liberar a ese niño que ha sido asesinado en sus posibilidades de crecer y hacerse adulto. Y en este asesinato nace el "poder negativo maligno" (Symington, 2020, p. 240). El asesinato de su padre es "un pseudointento de liberarse" (p. 239), matando al símbolo del poder en lugar de transformar realmente el poder. Él cree que un acto externo puede liberarle, pero lo que se requiere es un acto interno. Necesita ser un niño que recibe de su madre cuidados, no relaciones sexuales, unos cuidados que le permitan crecer. Y necesita ejercer el poder, pero un poder interno que le libere de ese poder maligno interno.

Este estado mental implantado en la infancia, esta complacencia es la base de todo lo que sucede. Y Symington considera que en el análisis de nuestros pacientes debemos llegar a este nivel y ver dónde reside este poder maligno.

Es tan terrible lo que hay dentro que Edipo no se atreve a mirarlo. El análisis trae luz y esperanza a estas oscuridades internas, pero se siente como una amenaza. El autor nos conmina como analistas a preguntarnos, cuando vemos a nuestros pacientes y todo parece ir bien, si no serán Edipo y si habrá algo que ha sido asesinado.

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