aperturas psicoanalíticas

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revista internacional de psicoanálisis

Último Número 065 2020

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El territorio compartido del psicoanálisis relacional

The common ground of relational psychoanalysis

Autor: Sassenfeld J., André

Para citar este artículo

Sassenfeld J. A., (2020). El territorio compartido del psicoanálisis relacional. Aperturas Psicoanalíticas (65). http://aperturas.org/articulo.php?articulo=0001124

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Resumen

En este trabajo busco bosquejar algunos aspectos fundamentales del territorio común del psicoanálisis relacional. Dado que el psicoanálisis relacional se define por su pluralismo teórico y técnico, la pregunta por su territorio compartido es central a la hora de comprender en qué sentido sus exponentes demuestran una cierta unidad.

Abstract

This article seeks to outline some fundamental aspects of the common ground of relational psychoanalysis. Given that relational psychoanalysis is defined by its theoretical and clinical pluralism, the question regarding its common ground is central in the understanding of the relative unity of its exponents


Palabras clave

pluralismo, psicoanálisis relacional, supuestos compartidos.

Keywords

relational psychoanalysis, pluralism, shared tenets.


Cuando se examina el campo del psicoanálisis relacional de manera global (Aron, 1996; Aron y Harris, 2005, 2007, 2012a, 2012b; Mitchell y Aron, 1999; Sassenfeld, 2012, 2019), queda en evidencia que una de sus características definitorias y su simultánea dificultad de definición es la radical coexistencia de una diversidad de perspectivas teóricas y clínicas. En contraste con la tradición psicoanalítica clásica, el psicoanálisis relacional se desprendió de un ideal de homogeneidad y ha abrazado la diferencia. Por lo tanto, no existe una teoría relacional. Tal como señala Judith Guss Teicholz (1999), el psicoanálisis relacional más bien es un amplio conjunto de voces altamente individuales, cuyas ideas a menudo no coinciden e incluso se contradicen. De ahí que, en la actualidad, el psicoanálisis contemporáneo y en especial el movimiento psicoanalítico relacional hayan sido caracterizados por su heterogeneidad (Bass y Harris, 2018; Mitchell, 1993), pluralismo (Altmeyer y Thomä, 2006, 2010); Aron, 2018; Aron y Harris, 2006; Birkhofer, 2017; Brown, 2017; Jiménez, 2008; Jurist, 2018; Katz, 2017; Leffert, 2010; Safran, 2012; S. Stern, 2017) y multiplicidad (Aron, 2018; Hirsch, 2008).

Frente a ese trasfondo general, la pregunta planteada por Robert Wallerstein (1990) hace ya casi tres décadas respecto del territorio compartido del psicoanálisis sigue siendo pertinente. Las tremendas dificultades para establecer tal territorio compartido con claridad sistemática en el campo del psicoanálisis relacional han sido resumidas a través de una anécdota de modo reciente por Jody Davies (2018):

Pienso que es justo sugerir que al menos parte de la dificultad a la hora de definir proactivamente la posición relacional puede retrotraerse a los profundos sentimientos de Stephen Mitchell […] Mitchell (comunicación personal, 1993) estaba por completo opuesto a cualquier cosa que pudiera tender a reificar los aspectos fundamentales del pensamiento relacional de tal manera, que el pensamiento creativo de aquellos atraídos hacia las ideas relacionales se viera impedido por cualquier intento de conformar su trabajo a algún estándar pre-aprobado. “Eso es todo lo nos hace falta,” decía cuando alguien sugería algo así como un “manual” del pensamiento relacional, “en vez de que alguien se pare en una conferencia y asevere que algo no es ´lo suficientemente analítico´, recrearemos nuestro propio peor enemigo y a 10 años de ahora, ¡la gente se parará en las reuniones y se dirá la una a la otra que su trabajo no es suficientemente relacional!” (p. 652)

En este trabajo, a pesar de la continuada relevancia de la opinión de Mitchell, buscaré bosquejar algunas posibles respuestas a la interrogante de Wallerstein enfocándome solamente en el psicoanálisis relacional.

Aproximaciones al territorio compartido del psicoanálisis relacional

Respecto del territorio compartido del psicoanálisis relacional, tal vez no existe una mejor respuesta inicial que mencionar la definición -admitidamente muy amplia y, por ende, a la vez vaga e integrativa- que ofrecí del psicoanálisis relacional recientemente (Sassenfeld, 2019): una denominación general que engloba todos los desarrollos teóricos, clínicos y técnicos en el psicoanálisis a partir de la década de 1980, en especial en Estados Unidos pero con el paso del tiempo en muchos lugares diversos del mundo, que colocan en el centro de su interés las vicisitudes de los vínculos afectivos del individuo en el desarrollo, en la psicopatología y en la situación analítica. En ese contexto, el territorio compartido está dado por una orientación básica de la teorización y de la práctica clínica y no, tal como ha tendido a ocurrir a lo largo de la historia del psicoanálisis, por determinados conceptos particulares. En términos de un punto de vista histórico, quizás sería apropiado afirmar que la mayor parte de los teóricos relacionales tienen en común algún grado de interés en el trabajo de analistas como Sandor Ferenczi, Erich Fromm, Karen Horney, Donald Winnicott, Michael Balint, Ronald Fairbairn, John Bowlby, Heinz Kohut, Hans Loewald y otros, pero en un sentido general más que en la adopción de sus respectivos conceptos específicos.    

Hace algunos años, el desaparecido Jeremy Safran (2012) describió algunos acentos que consideró comunes a todas las variedades contemporáneas del psicoanálisis y la psicoterapia analítica incluso más allá de sus corrientes relacionales:

Estos incluyen (a) el supuesto de que todos los seres humanos están motivados en parte por deseos, fantasías o conocimiento tácito que se encuentran fuera de su consciencia (a lo que se refiere como motivación inconsciente); (b) un interés en facilitar la consciencia de motivaciones inconscientes, aumentando con ello las elecciones; (c) un énfasis en explorar las maneras en las que las personas evitan sentimientos, fantasías y pensamientos dolorosos o amenazadores; (d) el supuesto de que las personas son ambivalentes respecto de cambiar y un énfasis en la importancia de explorar esa ambivalencia; (e) un énfasis en hacer uso de la relación terapéutica como arena para explorar los procesos y acciones psicológicas auto-boicoteadores de los clientes (tanto conscientes como inconscientes); (f) un énfasis en hacer uso de la relación terapéutica como importante vehículo de cambio; y (g) un énfasis en ayudar a los clientes a comprender la forma en la que su propia construcción del pasado y del presente juega un papel a la hora de perpetuar sus patrones auto-boicoteadores. (pp. 3-4, cursiva del original)

Es probable que pocos psicoanalistas se mostrarían en desacuerdo con estos puntos, aunque seguramente muchos tendrían ideas adicionales que les parecerían indispensables de añadir. Como sea, es probable que la mayor parte de los psicoterapeutas relacionales podrían sentirse reconocidos en la enumeración de Safran.

Casi al mismo tiempo, Morris Eagle (2011) fue más específico que Safran respecto del territorio compartido por lo que él mismo llama “psicoanálisis contemporáneo”, que desde su punto de vista abarca más desarrollos psicoanalíticos que el movimiento relacional como tal. Eagle escribe:

Una característica central de las teorías psicoanalíticas contemporáneas es su concepción de la naturaleza social de la mente. Esta mirada se expresa en la literatura psicoanalítica contemporánea en al menos dos maneras. Una […] se encuentra en las concepciones contemporáneas de las relaciones objetales. En contraste con la teoría clásica, las teorías psicoanalíticas contemporáneas se distinguen por su insistencia en nuestra naturaleza inherente, más que derivada, de carácter social o de búsqueda del objeto. La segunda manera yace en afirmar que la mente es construida en términos sociales. (p. 131)

Para Eagle, es importante destacar que ambos puntos no son equivalentes. Aseverar que somos inherentemente sociales o buscadores de relaciones objetales tiende a implicar que tal tendencia es innata y no, por consiguiente, construida en términos sociales. La dimensión filogenética de la teoría del apego es un buen ejemplo de ese punto de vista: en concordancia con algunas ideas de Bowlby e investigadores posteriores, el apego es entendido como un instinto y, con ello, como un sistema motivacional biológico innato que no es afectado más que secundariamente por variables sociales y culturales (véase, por ejemplo, Sassenfeld, 2015).

Por otro lado, aseverar que la mente es construida en términos sociales implica reconocer “que la propia mente es formada por interacciones tempranas repetidas con otros […]” (Eagle, 2011, p. 132). Aunque esta corroboración general pudiera resultar un tanto obvia en el campo del psicoanálisis en general, Eagle intenta ir más allá apuntando a la idea relacional basal de que, allende de lo que recién se constató, el psicoanálisis relacional incluye “la aseveración más radical de que en su función adulta -más allá de la infancia y la niñez- la mente es un producto de interacciones sociales (intersubjetivas) en curso y a menudo variables” (p. 132). Se trata, en efecto, de un supuesto teórico básico del psicoanálisis relacional. Esta concepción involucra visualizar la psique no como estructura “interna” relativamente estable, sino más bien como algo fluido y de modo continuo responsivo a interacciones e influencias relacionales. En ese contexto, “decir que la mente es construida en términos sociales equivale a decir que la mente está constantemente siendo construida por interacciones sociales en curso y cambiantes” (p. 132) -sin que ello implique de ninguna manera desconocer la existencia de estructuras en la subjetividad que tienden a conferirle determinadas formas habituales a la experiencia subjetiva (Sassenfeld, 2012, 2019).

Además, siguiendo a Eagle (2011), a diferencia del psicoanálisis clásico, el psicoanálisis contemporáneo asume que los contenidos y procesos representacionales de la mente “guardan relación con interacciones sociales entre uno mismo y otros” (p. 132, cursiva del original) y no con interacciones entre pulsiones y prohibiciones internalizadas en el Superyó. Esta apreciación se basa sobre todo en las diversas teorías de las relaciones objetales, en el psicoanálisis interpersonal y en la psicología del self, las matrices que posibilitaron la emergencia del movimiento relacional. No es que los teóricos relacionales desconozcan la relevancia de los impulsos en la experiencia humana ni su conflictividad o la internalización de modalidades de regulación afectiva que nos permiten lidiar de cierta forma con determinados impulsos; más bien, se abstienen de reificar la experiencia subjetivo de ciertos impulsos mediante el concepto de pulsión y, asimismo, consideran que el potencial conflicto entre impulso y una prohibición internalizada no es ni el único ni con frecuencia el conflicto más importante. Como sea, los dos puntos mencionados por Eagle ponen al descubierto que, más allá de los teóricos analíticos relacionales en particular, la relacionalidad intrínseca en varios sentidos a la psique humana es el territorio compartido del psicoanálisis contemporáneo en general.

En su significativo estudio sobre Kohut, Loewald y algunos teóricos relacionales destacados, Teicholz (1999) fue una de las primeras analistas en reflexionar sobre el territorio compartido por este grupo crecientemente heterogéneo de teóricos analíticos. A su parecer, lo que estos teóricos parecen tener en común “es un reconocimiento sensible y reflexivo de las fuerzas en juego en el mundo postmoderno y en el pensamiento postmoderno que están tirando del tejido de nuestras psiques y nuestras teorías” (p. 7). Así, siguiendo a Teicholz, el territorio compartido por el psicoanálisis relacional tiene una importante dimensión tanto filosófica y epistemológica como histórica y sociocultural a la que hace alusión el término postmoderno. El reconocimiento descrito por Teicholz, sin embargo, trae consigo para los teóricos relacionales “un deseo y una determinación de no ceder a las corrientes subterráneas nihilistas de esas fuerzas [postmodernas] en su trabajo y en su pensamiento” (p. 7) -estando las corrientes nihilistas representadas por el relativismo radical de algunos pensadores postmodernos.

En este sentido, tal vez podría decirse que los analistas relacionales continúan creyendo en la posibilidad de encontrar sentido en un mundo cada vez más fragmentado y carente de puntos claros de referencia -lo que Philip Cushman (2007) llama un mundo en llamas con un dios ausente. Merece atención que para Teicholz lo que une a los teóricos relacionales no son conceptos y/o prácticas analíticas particulares, sino algo bastante distinto: una cierta consciencia y comprensión de lo que está ocurriendo en el mundo sociocultural circundante que, aunque sea criticable desde el punto de vista conceptual, ha sido englobado con el término postmodernidad. Ello quizás no debiera sorprender; los teóricos relacionales tienden a asumir que un mundo transformado precisa un psicoanálisis transformado que se ajuste a las emergentes realidades humanas, afectivas y vinculares (Sassenfeld, 2019). Más allá, el psicoanálisis relacional implica tener una aguda consciencia respecto de las dimensiones históricas y socioculturales que contribuyen a conferir formas determinadas a la experiencia subjetiva. Hice referencia recientemente a esta circunstancia como el giro contextualista del psicoanálisis relacional (Sassenfeld, 2018b, 2019).

Más allá, Teicholz (1999) enfatiza dos desplazamientos teóricos y clínicos generales que también pueden visualizarse como compartidos en alguna medida por los teóricos relacionales contemporáneos. Para ella, el primer desplazamiento es desde el concepto del self hacia el concepto de la subjetividad -un desplazamiento a todas luces al menos aún parcial e incompleto si acaso se llega a completar del todo porque el uso del concepto del self sigue siendo habitual en el discurso analítico. De hecho, Teicholz afirma de una manera que a mi parecer es radical en exceso que la noción del self “ha caído en desgracia; en efecto, el self es mencionado hoy en día pocas veces, fuera de la psicología del self, sin referencia a su desunidad, su discontinuidad y su multiplicidad” (p. 242). Por cierto, muchos teóricos relacionales relevantes siguen haciendo uso de la noción del self, como por ejemplo Philip Bromberg (1998, 2006, 2011) o Joseph Lichtenberg, Frank Lachmann y James Fosshage (1992, 1996, 2011, 2016) entre otros. No obstante, lo relevante es el desplazamiento del énfasis conceptual que Teicholz busca ilustrar, no el uso continuado de ciertos términos particulares.                           

Teicholz (1999) indica que el concepto de subjetividad para muchos teóricos es más capaz de capturar las multiplicidades, ambigüedades y constantes movilidades que conforman la vida psíquica postmoderna, mientras que el concepto del self parece más estático y reificado. Desde ese punto de vista, aunque muchos teóricos como Bromberg o Lichtenberg, Lachmann y Fosshage sigan recurriendo al concepto del self, en mi opinión al emplearlo es probable que tengan en mente de todos modos las características un tanto más amplias que implica el concepto de subjetividad. La misma Teicholz admite que, por lo tanto, “vemos que los términos self y subjetividad se sobreponen sustancialmente en cuanto a sus significados aunque no sean sinónimos” (p. 116). El desplazamiento del self hacia la subjetividad es equiparable al movimiento histórico de lo moderno hacia lo postmoderno, de lo unitario a lo múltiple, de lo integrado a lo no integrado, de lo simplificado a lo complejo; y ese movimiento histórico puede ser considerado real, pero no se puede concebir como un corte tajante o limpio.

El segundo desplazamiento teórico y clínico que Teicholz (1999) menciona es el movimiento desde la preocupación con la subjetividad del paciente hacia el mayor interés por la subjetividad del analista. El psicoanálisis clásico estuvo históricamente ocupado de manera principal con la subjetividad del paciente haciendo, de hecho, esfuerzos relevantes por “eliminar” o “neutralizar” la subjetividad del psicoterapeuta de la ecuación analítica por medio de la actitud analítica tradicional de neutralidad, anonimato y abstinencia (Sassenfeld, 2019). En efecto, la preocupación actual por la subjetividad del terapeuta “representa el mejor esfuerzo de los analistas contemporáneos por llegar a una alternativa a la recomendación de Freud de que el analista permanezca anónimo, neutral y abstinente” (Teicholz, 1999, p. 119). Los teóricos relacionales no están ubicados en la idea de si acaso la subjetividad del psicoterapeuta debiera o no debiera afectar el proceso analítico como en el psicoanálisis clásico; más bien, buscan formas de lidiar con lo que entienden como el hecho de que la subjetividad del analista afecta invariablemente el proceso analítico de modos conscientes e inconscientes, nos guste o no (Aron, 1996; Mitchell, 1997; Renik, 1993; Sassenfeld, 2012, 2019).

En el psicoanálisis relacional, un supuesto compartido es que la influencia consciente e inconsciente entre paciente y terapeuta es entendida como mutua y continua. En ese contexto, el segundo desplazamiento de énfasis detallado por Teicholz representa, en un sentido más general, el pleno reconocimiento de la significación de la subjetividad del paciente en el seno de un sistema intersubjetivo co-constituido por la subjetividad del analista. Dicho de otro modo, Teicholz apunta hacia el principio relacional basal de que ni la experiencia del paciente ni la experiencia del terapeuta son comprensibles sin tomar en consideración las características particulares de la matriz relacional única e irrepetible que se establece por medio de la repetición de su interacción. Las concepciones relacionales de una matriz interactiva (Greenberg, 1995), una matriz relacional (Mitchell, 1988), un sistema intersubjetivo (Stolorow y Atwood, 1992) o un campo interpersonal (Katz, 2017; D. B. Stern, 2015) son evidencia clara de esta idea compartida por los teóricos relacionales.

Hace ya más de veinte años, Lewis Aron (1996) por su parte reconoció que lo que une a muchos teóricos relacionales no es una determinada metapsicología ni una crítica compartida de la metapsicología clásica -aunque por cierto muchas contribuciones relacionales sí comparten estos puntos-, sino

las dificultades epistemológicas con la neutralidad y abstinencia analíticas, el “problema” de la subjetividad del analista en el seno de un modelo de la acción terapéutica puramente centrado en el insight, las diferencias entre un modelo del conflicto pulsional y un modelo del conflicto relacional, y las diferencias en nuestra concepción de la vida intrapsíquica formada desde dentro de cada perspectiva. (Davies, 2018, p. 652)

Pero, más allá de estos significativos puntos, Aron (1996) considera que lo común está dado por “un énfasis en la mutualidad y la reciprocidad entre paciente y analista en el proceso psicoanalítico” (p. 123) -una idea que parece simple, pero que conlleva numerosas implicancias teóricas y clínicas. Con mayor especificidad, el movimiento relacional está definido por determinados énfasis teóricos y determinadas sensibilidades clínicas diversas y no siempre compartidas del todo (Sassenfeld, 2012, 2015, 2016, 2017, 2018a, 2018b, 2019). Se trata de una cierta forma de pensar y entender el psicoanálisis y su historia, difícil de precisar con exactitud, pero ciertamente reconocible al menos de modo intuitivo y también vivencial.

Son a estas alturas innumerables los colegas que han estado expuestos a las múltiples rigideces del psicoanálisis tradicional a través de una formación más sistemática o a través del contacto ocasional que he escuchado suspirar con alivio al acercarse al psicoanálisis relacional y advertir que este no les exige abandonar sus recorridos previos ni subyugarse con una sensación persecutoria a un conjunto restrictivo y sofocante de concepciones teóricas y prácticas. Lo que quizás son capaces de reconocer como hilo conductor que los ha acercado al psicoanálisis relacional es una idea básica angular: “Lo inconsciente se hace consciente no solo a través de la interpretación del pasado, sino también a través del encuentro directo de una respuesta relacional auténtica” (Barsness y Strawn, 2018, p. 185). En el marco del psicoanálisis relacional, hacer consciente lo inconsciente es un proceso que tiene lugar por medio de la interacción entre paciente y psicoterapeuta. Por lo tanto, la interpretación analítica debe entenderse como expresión de la subjetividad del analista (Aron, 1996; Sassenfeld, 2016, 2018b) y como proceso relacional que tiene lugar en el seno de una conversación entre paciente y terapeuta (Buirski y Haglund, 2001; Doctors, 2009; Sassenfeld, 2012, 2016, 2019).

En el contexto esbozado, no es casualidad que teóricos relacionales prominentes como Paul Wachtel han estado implicados de cerca en el movimiento de integración en psicoterapia (véanse, además, Bresler y Starr, 2015 y Sommer, 2008) y otros, como Safran, no experimentaron una abierta contradicción entre ser terapeutas relacionales e investigar empíricamente los procesos psicoterapéuticos. El psicoanálisis relacional, tal como he llegado a entenderlo y transmitirlo a un sinnúmero de colegas a través de la docencia y la supervisión clínica durante una década y media, permite la vinculación con otras aproximaciones psicoterapéuticas y técnicas; no busca exclusividad y adhesión incondicional a sus planteamientos, sino facilitar y comprender los procesos terapéuticos de transformación de la subjetividad y la intersubjetividad en el seno de una tradición de pensamiento que puede tolerar la existencia de diferencias teóricas y clínicas dentro y fuera de sí misma. He tenido alumnos y he supervisado a una diversidad de psicoterapeutas psicoanalíticos, jungianos, sistémicos, humanistas y cognitivos y, hasta donde me han expresado, todos ellos se han sentido enriquecidos por lo que mi versión del pensamiento relacional tiene que ofrecer sin sentir que necesitan abandonar sus propias formas de ejercer la práctica clínica. Ello me alegra tremendamente; para mí, significa que estoy haciendo bien mi trabajo en función de cómo lo entiendo. Más allá, mi propio camino como psicoterapeuta ha sido diverso y sigue siendo lo que probablemente muchos colegas pudieran considerar heterodoxo: más allá de mis experiencias formativas y terapéuticas en diferentes enfoques clínicos, me considero (al menos) un psicoterapeuta analítico relacional y jungiano, dos mundos que pudieran ser percibidos como alejados y/o contradictorios (véase Sassenfeld, 2015).

Se cuenta que Carl Gustav Jung, interpelado de forma reiterada por sus seguidores para fundar un instituto formativo que llevara su nombre, se negó durante años a aceptar esa propuesta y solo accedió algunos años antes de morir en 1961. Al parecer, aseveró: “Gracias a dios soy Jung y no un jungiano”  (cit. en Hannah, 1976, p. 78). Desde mi punto de vista es necesario reconocer el legado analítico de Jung y sus numerosas aportaciones adelantadas al psicoanálisis relacional tal como los teóricos relacionales ya han reconocido la valiosa labor precursora de Ferenczi (véase, por ejemplo, Atlas y Aron, 2018 respecto de Jung). Aunque sea un dato anecdótico, vale la pena mencionar que Andrew Samuels -un importante analista jungiano inglés- formó parte del directorio de la International Association for Relational Psychoanalysis and Psychotherapy (IARPP) desde su fundación en el año 2000 durante más de quince años (para algunos detalles de la relación entre el psicoanálisis relacional y la psicología jungiana, véase Sassenfeld, 2015).

Considero que psicoanálisis relacional, en el mejor de los sentidos, significa en parte poder pensar y practicar en términos analíticos sin necesidad de someterse a lo que supuestamente es “verdadero psicoanálisis” y sin necesidad de renunciar a la propia capacidad de reflexión comprensiva respecto de la propia experiencia personal y terapéutica. Junto a ello, parece claro que una dimensión transversal del territorio compartido del psicoanálisis relacional guarda relación con el anhelo “de una vinculación más humana e igualitaria entre paciente y analistas y de una concepción que visualiza tal vinculación como algo integral a la cura psicoanalítica más que como contaminación de un proceso científico” (Grossmark, 2018, p. 2). Lo primero que acabo de afirmar está ligado con la fundamental noción de la phronesis analítica o inteligencia práctica del psicoterapeuta, un concepto relacional que busca dar cuenta de cómo funciona la mente clínica (Orange, Atwood y Stolorow, 1997; Sassenfeld, 2012, 2016, 2018, 2019). Se trata de una idea que sin duda forma parte del territorio compartido del psicoanálisis relacional.

Frente a este trasfondo, Adrienne Harris (2018) ofrece el siguiente resumen del territorio compartido por los teóricos relacionales:

Si crees o tienes la convicción de que la mente tiene que ver con una psicología de dos personas, de que cuerpo y mente están inter-relacionados y son co-creados, y de que la subjetividad surge en primer lugar en la densidad primordial que es social e interpersonal y es elaborada en las redes de la vida relacional, estás por ende comprometido con un número de otras ideas clave que guiarán cómo trabajas, cómo visualizas lo que está ocurriendo en una consulta y cómo comprendes la acción mutativa del psicoanálisis y el hecho de que para que un individuo cambie, un sistema cambiará, y viceversa. (p. 59)

Este resumen muestra que el territorio compartido del psicoanálisis relacional está vinculado con algunas ideas teóricas amplias y que, al mismo tiempo, esas ideas no pueden más que influenciar nuestra forma de llevar a cabo la práctica analítica.

También Chris Jaenicke (2006), hace ya algunos años, intentó ofrecer un breve resumen del territorio compartido por los psicoterapeutas analíticos relacionales en un libro que de modo interesante subraya partiendo por el título los riesgos que trae consigo la genuina implicación clínica y afectiva con nuestros pacientes. Para él, el territorio compartido trata principalmente de

la creencia desvaneciente en el poder transformador de la razón, el cambio desde la claridad hacia la ambigüedad y la imaginación, desde una Verdad hacia muchas verdades, desde la objetividad hacia la subjetividad, desde pulsiones universales hacia la experiencia emocional subjetiva, desde el sistema cerrado de mecanismos intrapsíquicos hacia la regulación mutua del campo intersubjetivo, desde una concepción descontextualizada de las interpretaciones como expansiones de la consciencia hacia su concepción como eventos relacionales. (p. 61)

Jaenicke se explica la histórica tendencia tradicionalista y fanática del psicoanálisis al menos en parte en base a la exigencia freudiana de una identificación clara con sus propias tesis teóricas básicas como criterio de pertinencia al campo del psicoanálisis. Con un acento que me parece optimista, Jaenicke cree que los teóricos psicoanalíticos contemporáneos han comenzado a reconocer “el sesgo cuasi-religioso de sus sistemas de creencias y [la necesidad] de focalizarse más en la validez teórica y la utilidad práctica de sus conceptos” (p. 62), una variante de las influencias pragmatistas que forman parte del psicoanálisis relacional (Sassenfeld, 2012, 2019).

Recientemente, Joyce Slochower (2018) intentó resumir el territorio compartido por los psicoterapeutas relacionales de la siguiente manera:

Nosotros los relacionalistas seremos teóricamente diversos, pero compartimos un ideal implícito y relativamente distintivo. En un inicio, se amalgamó en torno a una nueva perspectiva sobre el proceso analítico como algo que de modo inevitable era intersubjetivo. Enfatizamos el potencial terapéutico inherente al desplegar y elaborar de forma mutua lo que se escenifica. Alejándonos de los modelos autoritarios y acercándonos al igualitarismo asimétrico, subrayamos la incertidumbre que acompaña este punto clínico de entrada […] Moderando nuestro poder y nuestra omnisciencia, afirmamos la capacidad de nuestros pacientes para vernos, para funcionar como adultos en el contexto analítico. Rechazamos agudamente los modelos clínicos autoritarios arraigados en creencias sobre la exactitud interpretativa […] (p. 9)

Por supuesto, la síntesis formulada por Slochower es parcial ya que, por ejemplo, en su resumen no toma en consideración con claridad el lugar que en el pensamiento relacional ocupan el desarrollo temprano y los estados del self del paciente que no funcionan o no pueden funcionar como adultos ni en la relación analítica ni en otras relaciones. Para hacerle justicia, en todo caso, no cabe perder de vista que está haciendo referencia en especial a los comienzos del psicoanálisis relacional.

Sue Grand (2018) también buscó hace poco tiempo acercarse a una definición resumida del territorio compartido del psicoanálisis relacional:

Retornamos al trabajo temprano de Freud sobre la histeria, a los experimentos de Ferenczi con el análisis mutuo, a la crítica social que vemos en Fromm. Interrogamos la teoría clásica y recurrimos a la interioridad de las teorías de las relaciones objetales y a los dinamismos sociales mutuos que se originan en la teoría interpersonal. Arrojamos duda sobre la autoridad, invisibilidad, esterilidad y silencio analíticos. Abrazamos las críticas feministas, reescribiendo la madre como sujeto y reconcibiendo la díada madre-infante […] Hemos teorizado la transmisión transgeneracional […] y la reproducción del trauma […] A la hora de preguntar qué “cura”, nos des-centramos del Yo, la razón y la interpretación. En todo ello, recurrimos a la teoría freudiana, la psicología del self, y al psicoanálisis de las relaciones objetales e interpersonal. (p. 7)

Su descripción resumida deja en evidencia la medida en la que el psicoanálisis relacional ha sido influenciado por diversas teorías analíticas y, además, por aproximaciones contemporáneas en la investigación de infantes y las teorías feministas y de género.

Anthony Bass y Adrienne Harris (2018), siendo ambos teóricos relacionales relevantes de la primera generación del movimiento relacional, abordan la pregunta respecto del territorio compartido a alrededor de cuatro décadas de existencia del psicoanálisis relacional siendo un poco más críticos. Cuestionan la posibilidad de hablar de “una aproximación relacional unificada reconocible […]” (p. 175) y, más bien, remiten a la realidad de una perspectiva relacional muy amplia cuyos miembros están unidos sueltamente por un conjunto común de “valores terapéuticos, ética, sensibilidades y supuestos teóricos en relación con el desarrollo en sus variaciones normales y perturbadas, la naturaleza de las relaciones internas e interpersonales, el rol y la naturaleza de las pulsiones y otros sistemas motivacionales […]” (p. 175). La posibilidad de describir estos aspectos comunes de modo sistemático se hace dificultosa porque, una vez más, presupone y requiere homogeneización.

Justamente, para Bass y Harris, la amplitud de la perspectiva psicoanalítica relacional está dada por la considerable diversidad en la que los teóricos relacionales formulan sus ideas y asimismo por la variedad de maneras en las que sus concepciones teóricas confieren forma a sus modos de entender y poner en práctica sus intenciones psicoterapéuticas. Recogiendo los puntos de vista mencionados de Slochower, Grand, Bass y Harris, pareciera que la heterogeneidad y el pluralismo al que hicimos alusión como característica fundante del movimiento relacional, al margen del peligro de rigidización que toda teoría psicoanalítica corre, hasta el día de hoy se han mantenido y han logrado apuntalar la vitalidad y creatividad del trabajo teórico y clínico de los analistas relacionales al menos en una buena medida.

Eagle (2011) subraya con justa razón que psicoanálisis relacional y psicoanálisis contemporáneo no debieran igualarse porque existen diversos desarrollos psicoanalíticos contemporáneos teóricos y clínicos que no son relacionales. En efecto, varios de esos desarrollos se encuentran fuera del alcance de mi conocimiento y exploración en este contexto, aunque reconozco su relevancia y la necesidad de diálogo con ellos. Ahora bien, estoy de acuerdo con la mayoría de los puntos que Eagle enumera como fundamentales en el psicoanálisis contemporáneo en general:

un rechazo a la teoría pulsional, una relativa desenfatización del insight y el auto-conocimiento, una reconceptualización de los procesos inconscientes y las defensas, una desenfatización del conflicto interior, una reconceptualización de transferencia y contratransferencia, una modificación de la actitud analítica, y un énfasis en la falla ambiental. (p. xiv)

Los dos puntos señalados por Eagle con los que me siento en desacuerdo son la desenfatización del auto-conocimiento como meta psicoterapéutica y la significación del conflicto “interior” (véase, también, Aron, 1996).

El énfasis que muchos teóricos relacionales colocan en la elaboración terapéutica de la propia historia relacional (Fosshage, 2003; Sassenfeld, 2012, 2015) y su centralidad en la configuración evolutiva del sentido del self contradice desde mi punto de vista lo dicho por Eagle acerca del auto-conocimiento (véanse, también, Bromberg, 2006 y D. B. Stern, 2008). La importancia basal que la investigación del apego adulto atribuye a la coherencia de la narrativa autobiográfica en términos de la salud emocional y relacional del adulto apoya más bien lo esencial que resulta el auto-conocimiento de todo paciente -posibilitado por la toma de consciencia o insight que ayuda a generar la interpretación analítica entendida no como intervención clínica puntual y específica, sino en términos relacionales como proceso intersubjetivo (Aron, 1996; Buirski y Haglund, 2001; Davies, 2018; Doctors, 2009; Orange, 1995; Sassenfeld, 2012, 2015, 2018a; D. B. Stern, 2008; Stolorow y Atwood, 2019).

Ya en 1997, Donnel B. Stern escribió respecto de este punto:

Muchos tipos de cambio terapéutico no requieren la elección y decisión que la reflexión verbal vuelve posible. Incluso en el tratamiento psicoanalítico los eventos más cruciales muchas veces son momentos de vinculación que nunca serán descritos. Pero la meta consciente y enunciada del psicoanálisis clínico -lo que los analistas efectivamente se proponen hacer- sin embargo sigue siendo la aprehensión de lo no-verbal en palabras o el re-narrar la experiencia verbalizada anterior con nuevas palabras. Buscamos aprender lo que la experiencia significa para nosotros y nuestros pacientes y, en el curso de volver esos significados explícitos, lo que puede involucrar un grado significativo de creación, las experiencias mismas pueden cambiar. El postmodernismo no cambia el hecho de que el psicoanálisis está definido por su intento de ampliar el auto-conocimiento y ampliar el rango de elecciones explícitas. Estas metas siguen necesitando que reflexionemos sobre nuestra experiencia y ese tipo de auto-examen sigue necesitando de palabras. (p. 24, cursivas del original)

También Stephen Seligman (2018) enfatiza, sin desconocer la relevancia de los procesos relacionales transformativos que nunca llegan ser verbalizados, el lugar de la auto-reflexión en la psicoterapia de orientación analítica (véanse, también, Jaenicke, 2011; Lichtenberg, Lachmann y Fosshage, 1996; y D. B. Stern, 2008). Para él, un psicoanálisis es un arreglo social entre dos individuos con roles y reglas determinadas que facilitan y protegen la reflexividad y la empatía. “El compromiso del analista con prestar cuidadosa atención es un punto fijo ligado a mantener una cierta forma de vinculación diádica dedicada a la reflexión […] (p. 164). Esta modalidad de relación puede promover con el paso del tiempo diversas dinámicas vinculares que dan lugar a procesos de cambio psíquico, pero no debido a ello deja de volver posible de manera progresiva la toma de consciencia reflexiva respecto de los propios funcionamientos internos.

Respecto del cambio analítico, Seligman (2018) indica sobre una base conceptual ligada a las teorías contemporáneas de sistemas:

El cambio en el psicoanálisis es incremental y poco parejo y a menudo solo se vuelve aparente a lo largo de periodos extendidos de tiempo. […] No obstante, al mismo tiempo existe un reconocimiento distintivo de avances en un determinado momento -aquellos momentos transformativos cruciales en los que algo salta hacia delante y el análisis cambia. (p. 24)

Al margen de tales momentos destacados (Boston Change Process Study Group [BCPSG], 2010), Seligman subraya que en el nivel explícito de la práctica clínica “nuestro ´producto´ es pensar acerca de las cosas” (p. 164). Aclara que desde su punto de vista lo dicho no significa más que lo que los psicoanalistas en cierto sentido han creído desde siempre: tenemos confianza -o fe- en que pensar acerca de uno mismo en el seno de una relación segura puede generar cambios.

William Cornell (2019), por otro lado, ha subrayado recientemente la centralidad de la auto-reflexión no en primer lugar respecto del paciente, sino respecto del lugar que ocupa en el trabajo cotidiano del psicoterapeuta en términos mucho más generales. Trabajar en términos analíticos relacionales implica por parte del terapeuta un esfuerzo continuado por comprender su propia experiencia con cada paciente en cada sesión tanto desde el punto de vista de su propia historia personal como desde el punto de vista del vínculo afectivo que establece con cada uno de sus pacientes en particular. Su(s) psicoterapia(s) personal(es) lo tendrían que haber capacitado en cierta medida para conocer en un grado suficiente su propia historia emocional-relacional y las influencias que esta tiene en su propia organización subjetiva de la experiencia hasta el día de hoy. Con ello, no estamos buscando idealizar la necesariamente limitada capacidad de auto-conocimiento de todo analista, sino destacar la realidad y relevancia de su experiencia personal al respecto. Para los teóricos relacionales, los procesos de disociación son ubicuos porque emergen de manera invariable en un sistema intersubjetivo presente y, en consecuencia, ni un analista “muy analizado” podrá alguna vez escapar a la tendencia del psiquismo a disociarse en ciertas circunstancias.

En su más reciente contribución, Donnel B. Stern (2019) se suma a lo que he estado describiendo. Escribe que desde 1997, fecha de publicación de su primer libro, adoptó la postura más o menos típica en el campo del psicoanálisis de que la meta del proceso analítico es la generación de consciencia reflexiva en el lenguaje verbal. Sin duda influenciado por la hermenéutica gadameriana del diálogo, defendió la idea de que el lenguaje y, por ende, lo hablado por paciente y terapeuta difícilmente corresponde por lo común a la expresión en palabras empobrecidas o secas de un mundo interno vibrante, tal como a su parecer algunos teóricos analíticos importantes lo habían retratado (en opinión de Donnel B. Stern, por ejemplo, Daniel N. Stern, 1985/2000). Por el contrario, para Donel B. Stern, en el trabajo psicoanalítico hace falta una verdadera liberación hermenéutica del lenguaje. Cuando no es obstruido por procesos disociativos, “cuando se le permite crear nuevos significados que parecen tener vida propia, el lenguaje nos deja saber que esto es algo que realmente creemos/sentimos (mean)” (p. 13, cursivas del original). Más allá, no deja de ser evidente para él que el psicoanálisis está definido por el esfuerzo continuo de expresar en palabras verbales experiencias o partes de experiencias que han existido antes y, a veces décadas antes, en una forma inarticulada (D. B. Stern, 1997). Concluye que la reflexión analítica que guía nuestro trabajo como terapeutas, más allá de la significación de las experiencias relacionales afectivas en la relación psicoterapéutica, requiere de palabras.

Por otro lado, volviendo a mi segundo punto de desacuerdo con Eagle (2011), el lugar tradicional que en el psicoanálisis ocupa el conflicto “interior” nunca ha dejado de ser una temática importante en el psicoanálisis relacional. Concebir el psiquismo como fenómeno basado en la disociación, tal como lo concibe el psicoanálisis relacional (Sassenfeld, 2012, 2016 2019), significa visualizar una psique que es altamente conflictiva y dinámica. Lo que Elizabeth Howell (2005) llama la mente disociativa es una mente en la cual la acción de los procesos defensivos -indesligable del conflicto psíquico- es ubicua y capaz de cambiar el escenario psíquico consciente e inconsciente con rapidez y con una cualidad inesperada. Cabe recordar que en un comienzo Mitchell (1988) hizo referencia a la perspectiva relacional como perspectiva del conflicto relacional (véase, también Greenberg y Mitchell, 1983) en la cual los “antagonistas” implicados en los conflictos psicodinámicos medulares son las configuraciones y las pasiones conflictivas de las relaciones afectivas y, además, las tendencias a la autonomía, individuación y separación versus las tendencias al contacto y la vinculación. Los teóricos relacionales han aprendido acerca de esta circunstancia en especial de la obra de Fairbairn, quien sin duda elaboró ideas ya presentes en la obra de Ferenczi poniendo en evidencia la complejidad relacional del mundo interno.

El trabajo de Bromberg (1998, 2006, 2011) y D. B. Stern (2010, 2015, 2019) entre otros teóricos relacionales, por otro lado, ha subrayado que recién cuando las defensas disociativas comienzan a ceder se vuelve posible experimentar un conflicto de forma consciente -la disociación justamente impide el surgimiento de determinados conflictos psíquicos en la consciencia. Ahora bien, esto no quiere decir que sus concepciones omitan la existencia de conflictos psíquicos “internos” e inconscientes. Ambos consideran que tales conflictos existen y son fundamentales en la comprensión psicoanalítica de la subjetividad. Para Bromberg, el conflicto inconsciente entre diferentes estados del self es, por lo común, un conflicto que al sujeto le es inconsciente; esa circunstancia es, en efecto, lo que lleva a alguien a consultar a un psicoterapeuta y solo el trabajo psicoterapéutico constructivo logra conscientizarlo y, con ello, transformarlo. Para D. B. Stern (1997), por su parte, lo que ha llamado la disociación en el sentido fuerte -esto es, la disociación defensivamente motivada- se produce porque existe un conflicto inconsciente que la origina. El mismo Eagle en realidad contribuyó recientemente a editar un interesante libro dedicado a la exploración de la comprensión del conflicto en la teoría y práctica contemporáneas del psicoanálisis que incorpora contribuciones articuladas desde distintos puntos de vista (Christian, Eagle y Wolitzky, 2017) incluyendo por ejemplo la teoría del apego.

Más que dejar de ocupar un lugar esencial, en el psicoanálisis relacional el conflicto psicológico cambió de naturaleza y es posible que ese cambio se confunda con un cambio desde la concepción de un conflicto intrapsíquico hacia la concepción de un conflicto interpersonal. En mi opinión, tal confusión es equívoca porque los teóricos relacionales más bien asumen que el conflicto psíquico es siempre al mismo tiempo un conflicto intrapsíquico y un conflicto interpersonal en base a su radical contextualización intersubjetiva de la experiencia subjetiva. Las investigaciones de Edward Tronick (2007) en el campo de la investigación de infantes contribuyeron a normalizar el conflicto -la disrupción- entre quienes interactúan y a reconocer la centralidad de la capacidad de reparación. En ese contexto, en palabras de los destacados investigadores Howard Steele y Miriam Steele (2017), la investigación sistemática del apego y con ella el psicoanálisis relacional se han movilizado de “visualizar el conflicto como algo que surge primariamente entre personas […] hacia una concepción más equilibrada de cómo el conflicto surge tanto dentro como entre las personas” (p. 213, cursivas del original).

De hecho, el psicoanálisis relacional se ha esforzado por no perder de vista esa recién mencionada paradójica y dialéctica complejidad que desafía a los terapeutas porque se asume que el conflicto intrapsíquico moldea toda interacción interpersonal mientras que a la vez la cualidad única de toda relación afectiva moldea las posibles expresiones de los conflictos intrapsíquicos. En este sentido, en la relación analítica -y, en realidad, en toda relación- pasado y presente de paciente y psicoterapeuta se sobreponen y es imposible separarlos con nitidez (Barsness, 2018; Sassenfeld, 2010). El pasado condensado en el conflicto intrapsíquico siempre co-existe con el presente que incluye el conflicto interpersonal. El origen del conflicto intrapsíquico se encuentra en determinadas experiencias relacionales históricas significativas y su aparición subjetiva en el presente -aunque sea percibida como “intrapsíquica” en un sentido descontextualizado- siempre remite a determinados contextos intersubjetivos que posibilitan y/o fuerzan su emergencia.

En términos generales, el conflicto entre la necesidad de mantener el vínculo con un otro significativo y ciertos aspectos de la propia experiencia que por consiguiente son disociados ha reemplazado la idea clásica del conflicto pulsional (por ejemplo, Fosshage, 2017; Jaenicke, 2017; Stolorow y Atwood, 1992; Stolorow, Brandchaft y Atwood, 1987). Robert Stolorow, Bernard Brandchaft y George Atwood (1987), de hecho, subrayaron hace ya más de tres décadas que los aspectos disociados de la propia experiencia se convierten en la fuente de conflictos interiores que pueden continuar toda una vida, una idea con la que con alta probabilidad la mayor parte de los teóricos relacionales se mostraría de acuerdo. Tal concepción vincula estrechamente las fallas empáticas y las experiencias traumáticas en el desarrollo temprano con los conflictos psíquicos posteriores, haciendo visible una dimensión del conflicto que está marcada por las vicisitudes que adopta el desarrollo socioemocional en un caso dado:

En vez de visualizar el conflicto como inevitablemente estructurado o predeterminado por las pulsiones, la teoría de la intersubjetividad se focaliza en los orígenes específicos en el desarrollo y los campos intersubjetivos a partir de los cuales tales conflictos emergen y busca su resolución en una comprensión del campo intersubjetivo en el tratamiento en el cual re-emergen. (Jaenicke, 2017, p. 149)

En el fondo, el psicoanálisis relacional asume como principio fundamental que el “conflicto es inherente a la vinculación” (Mitchell, 1988, p. 160) entre seres humanos. Desde ese punto de vista, la simultánea esperanza de experiencias nuevas y el temor a la repetición de experiencias negativas con la que un paciente llega a psicoterapia (Mitchell, 1993; Sassenfeld, 2012, 2015) constituyen un conflicto que trasciende la situación interpersonal presente; es un conflicto intrapsíquico basado en experiencias vinculares históricas que a la vez se experimenta en una situación interpersonal presente y real. Más allá, Fosshage (2017) indica que en el marco de la psicología del self Kohut estableció que el conflicto básico que todo individuo enfrente a lo largo de todo el ciclo vital es la lucha por desplegar su self con sus tendencias intrínsecas a una especie de auto-realización frente a obstáculos internos y externos a su despliegue -obstáculos que por lo común guardan relación con los demás.

Por otro lado, desde la perspectiva de los sistemas motivacionales de Lichtenberg, Lachmann y Fosshage (1992, 1996, 2011) pueden producirse, en base a las experiencias biográficas particulares de un individuo, conflictos más o menos significativos entre diferentes sistemas motivacionales o bien con algún sistema motivacional en especial. El sistema motivacional de la sensualidad/sexualidad puede entrar en conflicto, por ejemplo, con el sistema motivacional de apego o con el sistema motivacional de regulación fisiológica en su aspecto de alimentación, etc. La co-existencia de múltiples sistemas motivacionales no puede más que dejar abierta la posibilidad de conflictos motivacionales; si ya con pocas motivaciones en el pensamiento de Freud el conflicto era entendido como característica inherente al psiquismo, con la existencia de aún más sistemas motivacionales el conflicto está por así decirlo garantizado.

Fosshage (2017) resume: “En el seno de los modelos relacionales, los conflictos son visualizados como propiedades emergentes de las relaciones” (p. 144). Es decir, lo que ha cambiado no es el reconocimiento central de la conflictividad respecto de la subjetividad humana, sino más bien el reconocimiento de su inevitable contextualidad. Además, el psicoanálisis relacional supone que el conflicto psíquico interno no es lo único que ocurre en la subjetividad del paciente y que, por consiguiente, requiere de abordaje psicoterapéutico. Los teóricos relacionales han comprendido que el conflicto como tal no define la psique; siguiendo en ello a los psicólogos del Yo, asume que los procesos psíquicos trascienden sin excluir el conflicto.

Por último, en relación con el territorio compartido del psicoanálisis relacional, quisiera plantear una paradoja: los teóricos relacionales sin lugar a dudas comparten la idea general de que, en contraste con el psicoanálisis clásico, los psicoterapeutas de orientación relacional tienen un alto grado de libertad a la hora de dar forma a su propia participación en la relación analítica dentro de las limitaciones éticas evidentes en el campo de la práctica clínica (véanse, por ejemplo, Hoffman, 1998; Mitchell, 1997; Sassenfeld, 2012, 2015, 2016; y S. Stern, 2017). Lichtenberg, Lachmann y Fosshage (1996) explican el surgimiento de mayor libertad por parte de los psicoterapeutas analíticos de la siguiente manera:

En el pasado, si los analistas preguntaban “por qué” -por ejemplo, por qué usamos el diván o vemos a los pacientes cuatro y cinco veces por semana o no respondemos preguntas- las respuestas derivaban de una teoría de la abstinencia, la neutralidad y la frustración óptima. Cuando los analistas empezaron a preguntar “por qué no” -por ejemplo, por qué no ser más afectivamente responsivos o informativos o flexibles en la fijación de las horas- comenzó un profundo cambio en el ambiente analítico. (p. 8)

La pregunta, “¿por qué no?”, sin lugar a dudas abre el espacio para reflexionar acerca de la posibilidad de mayores libertades a la hora de trabajar en términos psicoanalíticos.

Ahora bien, la paradoja recién mencionada está dada por el hecho de que, en consecuencia, co-existen numerosas posturas respecto de la participación terapéutica óptima o al menos preferida por ciertos teóricos relacionales. En palabras de Steven Stern (2017), que de modo comprensible no logran cubrir todas las posibilidades y formulaciones existentes:

Algunas de las categorías más habituales de participación son: el analista interpreta (Freud); el analista se implica en una exploración empático-introspectiva (Kohut, Stolorow); el analista sostiene (Winnicott, Slochower); el analista contiene (Bion); el analista auto-revela (p. ej., Ferenczi, Bollas, Davies, Renik); el analista es auténtico o personalmente expresivo (p. ej., Mitchell, Ehrenberg, Hoffman); el analista reconoce (Benjamin); el analista negocia (Pizer); el analista se implica en la reverie o el soñar despierto (Bion, Ogden); el analista se comunica en el nivel del conocimiento relacional implícito (Lyons-Ruth, Boston Change Process Study Group); el analista busca promover la vinculación (Geist); el analista se implica en el compartir de estados del self (Bromberg). (pp. 4-5, cursivas del original)

Desde mi punto de vista, en el mejor de los casos un psicoterapeuta dispone de suficiente flexibilidad como para movilizarse por varias de estas y otras modalidades de su participación analítica (véase Sassenfeld, 2012, 2015, 2016, 2019). El criterio principal que prima en el psicoanálisis relacional para la elección consciente e inconsciente de la forma particular de nuestra participación con un paciente específico en un momento específico del proceso analítico es la necesidad del paciente (Mitchell, 1993).

Debido a ello, Steven Stern (2017) ha acuñado la expresión de que apuntamos a generar la relación necesitada por el paciente y este esfuerzo requiere lo que denomina considerable libertad improvisacional por parte del analista (véanse, también, Knoblauch, 2000 y Ringstrom, 2007, 2012). S. Stern especifica que la relación necesitada puede concebirse haciendo uso del concepto de encaje (fittedness) desarrollado por el precursor investigador de infantes Louis Sander (2008), quien también formó parte del BCPSG. Tal como señala S. Stern, al igual que Sander visualiza “el progresivo encaje como una propiedad en desarrollo de los sistemas diádicos productivos paciente/analista en analogía con el logro de un progresivo encaje entre cuidador y bebé […]” (p. 10). Para él, esto significa que las intervenciones concretas de un psicoterapeuta con un paciente particular muchas veces no pueden clasificarse con facilidad en las categorías recién enumeradas de la participación clínica del analista y esa generalidad es intrínseca al concepto de la relación necesitada. Más bien, la forma singular de las intervenciones psicoterapéuticas guarda relación estrecha con un momento analítico singular y surge en gran medida en base al esfuerzo implícito del terapeuta por “encontrarse con el paciente en el punto analítico de urgencia, tomando en consideración el estado actual del paciente, del terapeuta y de su sistema” (p. 11, cursiva del original). Así, el terreno compartido del psicoanálisis relacional incluye la amplia noción de lo que podríamos llamar libertad analítica y, a partir de esta, la existencia de múltiples formas que la participación del psicoterapeuta puede adoptar en función de la compleja intersección entre sus propias posibilidades relacionales y las necesidades del paciente en un momento dado.

Reflexiones finales. El psicoanálisis relacional como psicoanálisis postmoderno,  post-cartesiano, post-racionalista, post-técnico y procesal

En lo que antecede, he intentado bosquejar diferentes aspectos del territorio compartido del psicoanálisis relacional. Es evidente que de ninguna manera ha sido posible que mis ideas hayan logrado dar cuenta de ese territorio compartido porque, en un campo que se define por su heterogeneidad y pluralismo y por su reconocimiento de la subjetividad de los teóricos y psicoterapeutas, también mis ideas no pueden ser más que reflejo de mi propia subjetividad. Esta, como cualquier subjetividad, a la vez posibilita y limita maneras de pensar en términos teóricos y clínicos. Aun así, espero haber sido capaz en este breve espacio de ofrecer una perspectiva útil respecto de la comprensión del territorio compartido del psicoanálisis relacional. En estas reflexiones finales, deseo aún dar cuenta de algunas ideas centrales que contribuyan a aclarar el territorio compartido del psicoanálisis relacional.

Diferentes teóricos relacionales han tratado de describir la esencia del psicoanálisis contemporáneo con ciertos adjetivos. En estas reflexiones finales, intentaré resumir cinco de los más significativos adjetivos utilizados en un esfuerzo por seguir afinando el territorio compartido del pensamiento relacional actual. En primer lugar, tal como ya mencioné con anterioridad, algunos teóricos han calificado el psicoanálisis relacional de postmoderno (véanse, por ejemplo, Fairfield, Layton y Stack, 2002; Mitchell, 1993; Sassenfeld, 2012; D. B. Stern, 1997; y Teicholz, 1999), por mucho que en la filosofía contemporánea este término sea controvertido y discutido. No está demás detenerse por un instante en lo que significa la palabra post-moderno: remite a lo que viene después (post-) de lo moderno, esto es, después de aquello que puede ser considerado reciente o actual, después de aquello que ha imperado o que ha sido predominante. En ese sentido, el psicoanálisis relacional es un psicoanálisis que en cuanto postmoderno es post-freudiano o también post-clásico -es un psicoanálisis que viene después de lo que Freud y los teóricos considerados clásicos entendieron como teoría y práctica psicoanalíticas.            

Así, el adjetivo postmoderno pone al descubierto una cualidad doble que nos recuerda la interrogante de Mitchell (1993) respecto de si el movimiento relacional es una evolución o una revolución en la historia del psicoanálisis. El calificativo de postmoderno muestra que en cierta medida es ambas cosas al mismo tiempo. Es post-moderno y, por lo tanto, es al menos en cierto sentido y en cierta medida diferente del psicoanálisis freudiano y clásico; a la vez, solo puede ser post-moderno en referencia a una tradición psicoanalítica previa. Esta idea es una manera significativa de comprender por qué, en contraste con una crítica habitual, los teóricos relacionales no dejan de entender su propio pensamiento como psicoanalítico. En una postura que recuerda la teoría hermenéutica de Gadamer, muchos teóricos relacionales se siguen considerando psicoanalíticos porque continúan manteniendo algún tipo de relación con o referencia a la tradición histórica del psicoanálisis. Considero que esa es una manera importante e interesante de mantener una a veces cuestionada, por así decir, continuidad discontinua entre psicoanálisis clásico y psicoanálisis relacional.

Otros teóricos relacionales, ligados más explícitamente a ciertos cuestionamientos filosóficos y epistemológicos, han destacado que el psicoanálisis contemporáneo es post-cartesiano (véanse, en especial, Atwood y Stolorow, 1984/2014); Orange, Atwood y Stolorow, 1997; Sassenfeld, 2016; Stolorow, 2015; Stolorow y Atwood, 2019; y Stolorow, Atwood y Orange, 2002). ¿Qué quiere decir esto? Que el psicoanálisis contemporáneo ha traído consigo “una crítica deconstructiva de las metapsicologías psicoanalíticas […]” (Stolorow, y Atwood, 2019, p. 17). Ha buscado de una u otra manera ir más allá de al menos dos supuestos fundamentales que derivan de las reflexiones de Descartes y que, sin poder ser de otro modo, influenciaron profunda y duraderamente el psicoanálisis freudiano y la modernidad como tal. Atwood lo llama la posibilidad de despertar del trance cartesiano (Stolorow y Atwood, 2019).

En primer lugar, el pensamiento de Descartes sentó las bases para el dualismo cuerpo-mente, que ha sido criticado tanto en el interior del psicoanálisis como fuera de este en diversas disciplinas de investigación que incluyen muchos desarrollos en la filosofía y las neurociencias sociales y afectivas. En segundo lugar, el sujeto concebido por Descartes es un sujeto inserto en lo que Stolorow y Atwood (1992) han llamado el mito de la mente aislada, que asume el aislamiento de la mente individual respecto de sus contextos intersubjetivos posibilitadores y envolventes. Además, el pensamiento de Descartes generalizó la profunda fobia de la modernidad y de la ciencia natural respecto de la incertidumbre: toda la reflexión de Descartes gira en torno a la búsqueda de un fundamento último e incuestionable del conocimiento capaz de generar ideas claras e ciertas.

En palabras de Stolorow, Atwood y Orange (2002):

Los supuestos del psicoanálisis tradicional han sido infiltrados por la doctrina cartesiana de la mente aislada. Esta doctrina bifurca el mundo subjetivo de la persona en regiones externas e internas, reifica y absolutiza la separación resultante entre ambas y retrata la mente como una entidad objetiva que ocupa su lugar entre otros objetos, una “cosa pensante” que tiene un interior con contenidos y que mira hacia afuera hacia un mundo exterior del cual se encuentra esencialmente alienada. (pp. 1-2)

Desde esta perspectiva, el psicoanálisis contemporáneo es post-cartesiano porque antes que nada ha adoptado la relativización -moderada y no radical (Mitchell, 1993; Orange, 1995; Sassenfed, 2012, 2015, 2016, 2019; Teicholz, 1999)- del conocimiento que el psicoanálisis es capaz de generar. Más allá, en cuanto psicoanálisis post-cartesiano, la teoría y práctica analíticas contemporáneas relacionales visualizan como realidad básica un sujeto encarnado inserto en sistemas intersubjetivos corporizados históricos y actuales. En el seno de sistemas intersubjetivos constituyentes, se trata de un sujeto que no busca primariamente claridad y certidumbre, sino sentido. El ser humano es concebido como animal hermenéutico (Greisch, 1993; Sassenfeld, 2016; Taylor, 1985).

Otra manera de decir que el psicoanálisis contemporáneo es post-cartesiano es afirmar que es post-racionalista. Sin desmerecer la relevancia teórica y práctica de la razón y el insight, muchos teóricos relacionales han argumentado en concordancia con la fenomenología, la hermenéutica y el pragmatismo en el campo de la filosofía que la valoración idealizada de la razón desde Descartes y la Ilustración hasta el psicoanálisis freudiano debe entenderse como tal. En el plano teórico, el racionalismo en el psicoanálisis ha sobrevalorado el potencial de cambio de las ideas y, además, de la renuncia racional a impulsos considerados irracionales y/o infantiles. Recuérdese, en este sentido, la concepción de la terapia freudiana como terapia por la razón paterna.                          Por otro lado, en el plano clínico, el lugar ocupado por el aspecto racional de la comprensión ha cedido su importancia a la comprensión emocional (Orange, 1995; Sassenfeld, 2012, 2015, 2016, 2019). Además, la experiencia emocional y relacional correctiva o reparatoria es visualizada como una dimensión central de la acción terapéutica. En efecto, el cambio analítico transcurre en gran medida por medio de experiencias vinculares implícitas capaces de transformar el self implícito y las representaciones relacionales implícitas del paciente (Schore, 2012). Así, un psicoanálisis post-raciononalista no debe entenderse como un psicoanálisis que se opone a la razón, sino como psicoanálisis que ha revalorizado la significación de los afectos experimentados en los vínculos afectivos.

A mi parecer, un psicoanálisis postmoderno, post-cartesiano y post-racionalista no puede ser más que un psicoanálisis post-técnico que coloca en su centro clínico la noción de la phronesis analítica (véanse Orange, Atwood y Stolorow, 1997; Sassenfeld, 2012, 2016, 2019). Investigué lo que considero la incompatibilidad basal entre el psicoanálisis relacional y el concepto de técnica sobre un fundamento fenomenológico y hermenéutico en un libro anterior con detención (Sassenfeld, 2016). Esas ideas reiteran, amplían y profundizan mi pensamiento respecto de este punto, pensamiento que a mi parecer permite considerar el importante pensamiento heideggeriano posterior a Ser y tiempo (Heidegger, 1927) sobre la técnica como reflexión relevante para el psicoanálisis. En estas reflexiones finales, merece quizás la pena hacer una breve referencia a las siguientes palabras de Fromm (1990):

¿Qué clase de “terapia” es ésta, que ofrece más alegría y vitalidad, más consciencia de sí mismo y de los demás, mayor capacidad de amar y más independencia y libertad para ser uno mismo? En efecto, no se trata ya de una “terapia” -por lo menos, en el sentido tradicional de la palabra-, sino de un método de desarrollo humano, una “terapia del alma”: lo que significa literalmente “psicoterapia”. (p. 95)

Aquí, Fromm no solo explicita el espíritu ético y humanista del psicoanálisis relacional, sino que además lo inscribe simultáneamente en la tradición analítica que concibe el proceso terapéutico como experiencia de desarrollo psíquico y en la tradición analítica que no pierde de vista que el quehacer de un psicoterapeuta es en el fondo un cuidado del alma (Jung, 1958/1969). Si hay algo que el psicoanálisis relacional pudiera agregar respecto de este último punto es que invariablemente se trata de un cuidado vincular del alma -yendo más lejos, ¿será el alma una experiencia intersubjetiva? Donna Orange (2016) se encuentra entre los teóricos relacionales que aborda algunas dimensiones básicas de la cuestión de lo que un psicoterapeuta necesita en términos personales para ser capaz de cuidar del alma de sus pacientes, que al menos en parte es un cuidado relacional de la propia alma.

Por último, cabe asumir que el psicoanálisis relacional es un psicoanálisis más interesado en los procesos que en los contenidos. Dicho con mayor exactitud, se trata de un psicoanálisis que no descuida los contenidos psíquicos -es agudamente consciente de que el cambio incluye la elaboración de ciertos contenidos psicológicos nucleares- pero que abarca al mismo tiempo modalidades de transformación ligadas a experiencias afectivas y vinculares que se producen a lo largo del proceso analítico sin que por necesidad sean verbalizadas y explicitadas (Bacal y Carlton, 2011; BCPSG, 2010; Beebe et al., 2005; Beebe y Lachmann, 2002; Geissler y Sassenfeld, 2013; Sassenfeld, 2012, 2015, 2016; Stolorow, Atwood y Brandchaft, 1994). Stolorow, Atwood y Brandchaft (1994) aseveran respecto de la teoría relacional:

Difiere de otras teorías psicoanalíticas en que no postula contenidos psicológicos particulares (el complejo de Edipo, las posiciones paranoide y depresiva, los conflictos de separación-individuación, los anhelos de idealización y especularización, etc.) que se presumen como destacados en términos individuales en el desarrollo de la personalidad y en la patogénesis. En cambio, es una teoría procesal que ofrece principios metodológicos y epistemológicos amplios para investigar y comprender los contextos intersubjetivos en los cuales surgen los fenómenos psicológicos. (p. x)

En ese marco, en cuanto teoría procesal, el psicoanálisis relacional rechaza “explicaciones predecibles de tipos particulares de psicopatología como algo que resulta invariablemente de asuntos psicodinámicos predeterminados” (p. xi). En cambio, asume que cualquier constelación psicopatológica solo puede comprenderse en sus propios términos, que deben ser explorados y articulados en cada proceso analítico particular.

En palabras de Donnel B. Stern (2010):

Han pasado varias décadas desde que la revelación de los contenidos de la mente o su manipulación al servicio de crear un tipo diferente de contenido ha sido el núcleo de la teoría de alguien respecto de la acción terapéutica. Hemos pasado a creer que la manera en la que la mente funciona es mucho más importante que lo que contiene. […] Aquellos de nosotros que han hecho el cambio desde los modelos de contenido a los modelos de contexto y proceso piensan y escriben acerca del trabajo psicoanalítico con poca frecuencia como la interpretación de una verdad mayor que yace detrás o por debajo de las apariencias. En cambio, creemos que lo que podemos apresar de la verdad emocional las más de las veces está encarnado en la naturaleza de nuestra vinculación mutua y en lo que hacemos con esta. (p. 10)

Lo que D. B. Stern enfatiza es plenamente congruente con el acento que la investigación de infantes ha tenido sobre los micro-procesos relacionales y la significación de estos para la estructuración de la subjetividad. Más allá, también Merton Gill (1994) destaca la “procesalidad” del psicoanálisis contemporáneo. Cree que “el contenido que los terapeutas enfatizan está en un grado significativo basado en sus predilecciones […]” (pp. 119-120) y que, además, los analistas responden a claves sutiles y también no tan sutiles en relación con las predilecciones del paciente.

Frente a este trasfondo, ¿en qué sentido es compleja la relación analítica? Creo que no está demás hacer mención de las siguientes palabras recientes de Seligman (2018):

Comparada con la mayor parte de otras relaciones de intensidad similar, la relación analítica es un sistema relativamente controlado y contenido. Muchas de las habituales irregularidades e incertidumbres de la vida cotidiana son quitadas del proceso, que está construido sobre algunas dimensiones bien definidas: el horario, la ubicación y la duración son confiables y predecibles; el contacto está circunscrito; el intercambio básico está definido en términos de un pago por un tiempo y de asimetrías profesionales respecto de la responsabilidad; etc. […] Cada análisis es justo lo suficientemente complejo como para hacer jugar las temáticas clave, pero lo suficientemente simple como para evitar las múltiples maneras en las que esas temáticas son oscurecidas por las interacciones sociales ordinarias. (p. 289)

El interjuego entre complejidad y simplicidad es evidente en lo dicho por Seligman, que muestra con claridad las paradójicas compleja simplicidad o simple complejidad de cualquier relación psicoterapéutica. La práctica clínica del psicoanálisis es, desde el punto de vista relacional, un fenómeno y una experiencia subjetiva e intersubjetiva que reúne inevitablemente complejidad y simplicidad.

En este trabajo, he buscado ofrecer algunas aproximaciones a la pregunta planteada por Wallerstein (1990) respecto del territorio compartido por el psicoanálisis y, aquí, respecto del territorio compartido por el psicoanálisis relacional en particular. Muchos puntos han recibido poco desarrollo ya que los he desplegado con detención en otros lugares (en particular, Sassenfeld, 2012, 2016, 2019). Aun así, espero haber podido ser capaz de resumir de forma condensada la temática que ha sido objeto de este artículo: el territorio compartido del psicoanálisis relacional. Esta temática no puede más que ser una temática en desarrollo en la media en la que el psicoanálisis relacional está definido por la heterogeneidad. La heterogeneidad no puede más que volver necesaria una continuada reflexión sobre lo que los teóricos relacionales comparten y, a la vez sobre lo que no comparten. Este trabajo se ha enfocado en lo que comparten.

Referencias

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