Simposium: Psicoanálisis interpersonal y relacional [Tublin, S.]

Publicado en la revista nº027

Autores: Janowski, Irina - Tublin, S.


INTRODUCCION AL SIMPOSIO. DESENREDANDO LA CONFUSIÓN: UNA LECCIÓN DE HISTORIA. Steven Tublin, Ph.D.


La introducción al simposio la realiza Steven Tublin, quien comenta que los trabajos que se reúnen aquí tienen todos como objetivo desentrañar la unión entre ambas escuelas: la interpersonal y la relacional, sobre todo en lo que se refiere a los aspectos teóricos. También, según él, muestran y documentan un reforzamiento de la ortodoxia en las instituciones.

Nos comenta acerca de la contribución de Donnel Stern a este simposio, quien a su parecer define desde el inicio las uniones entre el psicoanálisis relacional e interpersonal. Ve a ambas teorías como, según sus palabras, “paraguas conceptuales y clínicos, grandes tiendas de campaña que albergan a los viajantes”, por lo que sería casi imposible poder desenredarlas.

Según el autor, Ehrenberg, en su contribución al simposio, comenta que tanto la comunidad psicoanalítica interpersonal como la relacional han disentido desde sus comienzos, y que sería un objetivo demasiado ambicioso para este simposio llegar al corazón de lo que a su parecer siempre han sido “familias heterodoxas”.

S.Tublin, rescata la intención de los cinco trabajos presentados en el simposio y nos dice que tendrán dos propósitos bien diferentes, ambos oportunos pero uno de ellos más urgente. El primero sería clarificar los campos teóricos y técnicos de la práctica psicoanalítica actual. Comenta, acerca de esto, que el psicoanálisis relacional ocupa ahora un lugar de privilegio dentro del psicoanálisis. Lo ve maduro y más preciso. En cambio, el psicoanálisis interpersonal ha quedado para él reducido a un pequeño número de autores que siguen definiéndose exclusivamente como interpersonales, y lo sitúa como la fuente central, tanto teórica como práctica de todo el movimiento relacional. A medida que vayan leyendo los trabajos de los diferentes autores verán que precisamente la dificultad central de este simposio reside en poder delimitar la conexión entre ambas escuelas de pensamiento. El segundo propósito del simposio, el más urgente según S.Tublin, tiene que ver con quién es el interrogado, ya que si bien la relación entre estas dos escuelas es teórica y también práctica, también lo es política. Y esto se ve reflejado en cuatro de los cinco trabajos presentados, exceptuando el de Crastnopol, quien realiza un análisis de la evolución del self en las dos teorías, quedándose sólo en el campo de lo teórico.

El autor muestra su preocupación acerca de que al consolidarse la escuela relacional, se pierda de vista la importancia que han tenido los interpersonalistas y la teoría interpersonal en el establecimiento del psicoanálisis relacional. Destaca lo difícil del objetivo de los panelistas de este simposio, que deberán según sus palabras “honrar las contribuciones y sacrificios de aquellos que allanaron el terreno hacia el nuevo territorio psicoanalítico donde muchos de nosotros vivimos”.

Ve, a su vez, que la lectura que surge de estos trabajos, es nuevamente la supresión del disentimiento y de la oposición. Hace un repaso de esto y nos comenta acerca de la historia donde uno encuentra psiquiatras excluyendo psicólogos, hombres rechazando mujeres, y una generación de interpersonalistas controlando sus instituciones y desterrando a los que buscaban integrar a la teoría los rasgos de la teoría de las relaciones objetales. Fue precisamente este disenso lo que posibilitó el desarrollo de la teoría relacional. Destaca lo importante de clarificar la confusión entre las dos teorías, para así tener más claras las posibilidades clínicas, que nos proveería de un mejor rumbo sobre qué hacer con los pacientes y por qué.

S.Tublin se ubica a sí mismo entre medias: para él la historia nos enseña no sólo acerca del pasado sino también nos alerta acerca de las posibles rupturas del futuro. Ve actualmente a ambas teorías conviviendo colaborativamente y nos alerta también sobre lo breve de este período de paz.

Aclara que, si bien el psicoanálisis relacional fue una alternativa revolucionaria, actualmente no tiene nada de marginal. Se pregunta luego si sería posible que emergiera una ortodoxia relacional. Y nos previene acerca de que la historia marca que esto pasará, y es en ese momento que será clave la actitud que presentemos, ya sea de bienvenida tomando la oposición como un desafío que promueva una mejor teoría y mejor praxis o por el contrario nuestra actitud será de expulsión y destierro?

 

DESENREDANDO VISIONES DEL YO EN LAS TEORÍAS INTERPERSONAL Y RELACIONAL. “DWELLING PLACES”. Margaret Crastnopol, Ph.D.

Crastnopol ve las teorías sobre el yo enormemente entrelazadas en el pensamiento interpersonal y relacional. Comenta que Sullivan fue el que inauguró el pensamiento interpersonalista sobre el yo con su visión acerca de cómo es el sistema del yo, donde la elaboración de las defensas tendría la intención de reducir las probabilidades de ansiedades inadecuadas con su desenlace de un descenso de la autoestima. Lo que marca este inicio del pensamiento interpersonal es que el yo va a ser entendido como una función de los procesos psíquicos dinámicos y no como una estructura. Según la autora los interpersonalistas entendieron que el yo podrá aprehenderse en el aquí y ahora de la matriz terapéutica. Este es el gran aporte de los interpersonalistas a la teoría analítica.

Crastnopol, reconoce sin embargo cuatro limitaciones de los interpersonalistas clásicos:

1-     Que Sullivan teoriza un self que constituye sólo un subsistema dentro del sistema del yo, que funcionaría defensivamente para protegerse de un conocimiento pleno de uno mismo. Esto fue más problemático que clarificador.

2-     No tienen una noción estructural de la vida psíquica y se concentran en lo manifiesto y en los procesos observables.

3-     La vida psicológica imaginada por Sullivan adquiría su fuerza a través de la ansiedad y sus vicisitudes, ansiedad que era constituida y evocada en un contexto interpersonal. Esto dejaba al individuo a merced de la necesidad de establecer y mantener la seguridad interpersonal, minimizando el rechazo del otro.

4-     La última desventaja en la teorización temprana del yo de los interpersonalistas, tiene que ver con negar la cualidad de único o unicidad del self para considerarlo, en cambio, algo común

Pero más allá de sus limitaciones, la teorización de los interpersonalistas fue muy fértil y constituyó la base para el desarrollo de nuevas formas de conceptualizar el yo, según la autora. Y enumera lo que para ella constituyeron los aportes de los interpersonalistas: Barnett diferenció entre el yo operacional y el yo operativo; la visión de Wolstein del centro psíquico del yo, que honra la unicidad en el centro de cada mente individual; la apreciación de Levenson de las manifestaciones cognitivas y semánticas del yo; el entendimiento de Bromberg de múltiples estados del yo. El giro hacia un “yo relacional” fue la exposición de Stephen Mitchell (1988,2000; Greenberg y Mitchell, 1983) en la que él afirmó que el yo era relacional por estructura. Esto se refiere tanto a estructuras de soporte, elementos interpersonales e intrapsíquicos, factores constitucionales biológicos y psicogenéticos, todos en permanente interacción. La contribución de Mitchell representa un paso muy importante y clave en el camino de la teorización interpersonal hacia la relacional. Su perspectiva pertenece a ambas. La teoría relacional continúa con los escritos de autores como Bromberg, Aron, Davies y otros, quienes enfatizan los aspectos dispares del yo así como la continuidad del yo. Es decir, los aspectos comunes con otros, así como su unicidad.

A partir de aquí Crastnopol ha sugerido que el yo debe ser un yo configurado en el que algunos elementos son más prevalecientes o más relacionados unos con otros o más distantes. Es un yo confederado tanto con estructuras regulares como también aspectos inestables que discontinúan. La autora muestra su intento de escapar a la polaridad intrapsíquico-interpersonal y en el año 2002 nos ofrece la noción de que el sentido subjetivo del yo, podría ser experienciado como “dwelling places” o “lugares habitables”. Esto iría desde lo más interno y privado hacia un lugar más público o externo, de lo intrapsíquico a lo interpsíquico y más allá algo más público todavía, que sería el dominio de la actuación interpersonal. En este sentido es interesante el aporte de esta autora para nuestra práctica clínica, ya que nos posibilitaría ubicar a nuestros pacientes en alguno de estos dominios. Algunos deberán así, ser alcanzados vía diferentes técnicas terapéuticas e incluso diferentes terapeutas según las características de dónde “viven”. Dependiendo de esto necesitaremos técnicas más analíticas y de otras no psicodinámicas para tratar diferentes clases de yoes. Por lo tanto cada manera de concebir el yo nos va a guiar hacia interacciones clínicas diferentes.

Habla la autora acerca de pacientes ubicados predominantemente el dominio interpsíquico de la experiencia del yo, que dice son aquellos en los que es muy importante cómo ellos aparecen en la vida interna de los otros, con lo cual una exploración de estas facetas tendrá sentido para ellos. En cambio aquellos pacientes cuya experiencia del yo esté más ubicada en el dominio de lo interpersonal, necesitan ser alcanzados a través de historias que ellos cuentan sobre quién dijo qué de quien. Es importante ver dónde está el yo del paciente y alcanzarlo a través de esa ruta. Luego podremos expandir su mundo interno y subjetivo o como dice la autora su “lugar de morada”.

Crastnopol comenta que los relacionistas contemporáneos, dentro de los cuales se incluye, no pueden decir qué es el yo, sino que sólo pueden hablar de cómo es el yo de la experiencia. Y a partir de allí usar metáforas para tratar de explicar cómo es esa experiencia. Su propuesta es que intentemos combinar una metateoría del yo, los procesos del yo, la estructura del yo utilizando palabras que capturen no sólo el contenido del yo sino también las diversas texturas de diferentes yoes; que se intentara incluir lo disociado y también lo manifiesto de lo que pasa aquí y ahora (Levenson, 1991); que se incluyeran los conflictos psíquicos, los estados plurales del yo, las variables de la personalidad y “las múltiples maneras de ser múltiples”. Incluir, asimismo, las variaciones culturales, de género y de roles, las diversa identidades en los diferentes ciclos de la vida, etc.

Castrnopol busca como objetivo la creación de entidades diagnósticas con sentido empírico y deja asimismo la tarea de seguir trabajando en la teorización del yo y así honrar el legado e Sullivan, Winnicott, Fairbairn y Mitchell.

 

LA UNIÓN INTERPERSONAL/ RELACIONAL. HISTORIA, CONTEXTO Y REFLEXIONES PERSONALES. “INTIMATE EDGE” (Borde íntimo). Darlene Bregman Ehrenberg, Ph.D.

Según las palabras de Emmanuel Ghent (1992) “no existe un analista relacional, existen solamente analistas cuya formación puede variar considerablemente, pero hay quienes comparten una visión en donde las relaciones humanas juegan un rol fundamental, en la génesis del carácter y de la psicopatología, así como también en la práctica de la terapéutica psicoanalítica” y en 1999, S. Mitchell dice que siempre se ha considerado un psicoanalista interpersonal y que nunca pensó en reemplazarlo por la designación de relacional, quizá sí en añadirla a la de interpersonal. Ambos autores enfatizan que el concepto “relacional” ha sido un concepto “paraguas”, que incluiría no sólo lo interpersonal, sino también la teoría de las relaciones objetales, la Psicología del Yo y otros puntos de vista.

La autora propone mirar en la historia para así poder clarificar la relación interpersonal-relacional. El centro del pensamiento interpersonal fue el William Allanson White Institute (WAW). Éste se estableció a partir de la división del New York Psychoanalitic Institute, promovida por Horney y Thompson (Lionells, 2005; Eisold, 1998) que, a pesar de no ser un grupo homogéneo, compartían la visión de mantener sus diferencias. Junto con Erich Fromm, formaron la Asociación Americana para el Desarrollo del Psicoanálisis (AAAP), que fue conocido como el grupo Horney. Esto derivó en la creación del programa del Colegio Médico de New Cork, que muchos conocieron como el “Flower-Fifth Avenue Group”, y que muchos de la AAAP siguieron. De aquí derivó el establecimiento del William Allanson White Institute formado por Thompson y Fromm, seguido por Sullivan, Fromm-Reichman y Janet y David Rioch. Fueron estos analistas con un pensamiento social los que comenzaron WAW. Todos más allá de sus disidencias se habían propuesto integrar el impacto de la cultura y de lo social, de lo interpersonal y de lo político, dentro del pensamiento analítico.

En WAW (1978) Thompson escribió y llegó a la conclusión de que tanto Ferenzi como Rank como Sullivan habían llegado a la misma conclusión acerca de la importancia ce considerar la personalidad física real como un factor en la cura. La autora remarca cómo se han ido influenciando dentro de WAW unos a otros, quedándose algunos más clásicos y otros más Sullivanianos. Señala cómo Edgar Levenson fomentó la discusión y de esta manea imprimió un sello de vitalidad intelectual en WAW que aún persiste. Bernie Kalinkowitz, graduado de WAW, inauguró en 1961 el programa de Postdoctorado de la Universidad de Nueva York. Manny Ghent, también formado en WAW, escribió sobre la formación de la rama relacional en el Postdoctorado de la Universidad de Nueva Cork. Cuenta que un grupo de “interpersonales” entre los que se encontraba él mismo, Mitchell y Friedland, al encontrar una gran resistencia de los miembros más antiguos de la NYU, a sus deseos de impartir cursos sobre la teorías de las relaciones objetales, la Psicología del Yo y sobre el trabajo de Loewald, formaron la rama relacional en la NYU, seguidos por Bromberg (WAW) y Fosshage. La diferencia fundamental con WAW, fue que aquí a pesar de las disidencias no hubo separación como en la NYU. Precisamente el espíritu del pensamiento relacional es muy diverso y a veces con posiciones incompatibles.

La autora cita aquí un trabajo suyo previo a los de Mitchell y Greenberg, que considera ya “relacional”. El trabajo al que se refiere es el que comenzó a escribir en 1974 “Intimate Edge” que precedió al de Mitchell y Greenberg, donde reconoce la naturaleza intersubjetiva del campo analítico, que es una preocupación central del pensamiento relacional. A continuación reflexiona acerca de su trayectoria dentro del psicoanálisis para intentar así ubicar su propio trabajo dentro de este contexto.

Me parece muy válida su preocupación acerca de cómo nosotros y también nuestros pacientes podríamos ser capaces de trascender nuestros propios límites personales. Hace mención a su interés por alcanzar nuevos estados de libertad psicológica, más allá de la situación personal y el poder de las fuerzas intergeneracionales. Nos comenta también acerca de su interés en definir qué es lo que hace que una relación sea vital y enriquecedora y otras por el contrario sean opresivas y dañinas. Refiere algunos autores que tuvieron un fuerte impacto en ella como el de los existencialistas, E. Singer, y por la manera creativa en que Fromm Reichman y Searles trabajaban con pacientes hospitalizados y cómo a pesar de ser individuos tan perturbados podían aún así establecer una conexión emocional.

Pasó por el Mental Research Institute en California, donde estaban estudiando el Doble Vínculo y los patrones de Mistificación. Volvió al psicoanálisis para un insight más profundo de la compleja dinámica en juego, lo que provocó en ella una visión de todo lo que se jugaba a nivel inconsciente no sólo en las parejas maritales sino también en las “parejas analíticas”. Comenta que además se le hizo evidente cuánto pasa inconscientemente entre paciente y analista, lo que no era reconocido por los analistas tradicionales y qué problemático era no reconocerlo. Su interés se centró a partir de aquí en lo que pasaba inconscientemente en cualquier interacción, que ahora -y esto es lo trascendental a mi juicio- incluía la relación analítica. Esto significaría un gran desafío para la concepción tradicional del proceso analítico.

La autora reconoce que fue precisamente todo esto lo que la llevó a WAW donde otros como Tauber, Levenson, Wolstein, Singer y Satchel estaban lidiando con la misma problemática. Fue allí donde se introdujo en los trabajos de Rank, Ferenzi, Rioch, Klein, Bion y oros. Asimismo Nacht también veía la importancia de lo que pasaba en la relación analítica de manera no verbal y afectiva.Lo que unió a estos analistas fue el deseo de resolver el dilema donde, sin importar lo bien analizados que estuviéramos, siempre somos vulnerables a la connivencia y a la puesta en acto inconsciente.

En este trabajo la autora cuestiona que Sullivan, que habló del analista como “observador participante”, no llegó a apreciar cuánto se juega inconscientemente entre paciente y analista en la interacción inmediata, como tampoco a lidiar con la transferencia-contratransferencia de forma directa. También apunta que, a pesar de la riqueza del trabajo de Fromm, éste no toma suficientemente en cuenta la vulnerabilidad tanto del paciente como del analista de sucumbir a la connivencia inconsciente. De igual manera Winnicott, según la autora, a pesar de su trabajo “Odio en la Contratransferencia” no pareció reconocer la bidireccionalidad de la vulnerabilidad. Lo mismo para los kleinianos, la psicología del yo y Bion. Según ella, el trabajo de 1974 que culminó en su libro de 1992, fue en el que primero reconoció que nunca nos es posible trascender nuestra propia intersubjetividad. Reconoce que su propia visión fue y sigue siendo que no se puede ignorar el poder de la comunicación inconsciente. Y más aún la bidireccionalidad de la influencia inconsciente. La autora cita aquí a Freud para referirse a que justamente lo que pasa inconscientemente entre paciente y analista tiene más que ver con él que con los analistas clásicos. “Es un hecho remarcable que el inconsciente de un ser humano puede reaccionar al del otro, sin pasar por la conciencia” (Freud, 1915, pág.194). Y lo que sería necesario según Ehrenberg (1974-2006), es una reconceptualización del proceso analítico y de cómo usamos nuestra persona como instrumento analítico.

Desde la propia visión de la autora, la transferencia y la contratransferencia deben ser consideradas en forma conjunta, como ella dice “una unidad interconectada que encierra una compleja puesta en acto entre paciente y analista”. Necesitamos observar no sólo el contenido de la transferencia y la contratransferencia sino también la naturaleza intersubjetiva de ambas. Destaca en este trabajo cuestiones fundamentales que debemos explorar: quién tiene qué emoción para quién y por qué, Dónde son proyectadas e introyectadas formas de identificación en juego. Remarca que existe ansiedad acerca de la posibilidad de ver la vulnerabilidad y los límites del yo y del otro, que existe envidia y también competencia del lado del analista y también del paciente, y destaca la importancia de ver cómo éstas son activadas intersubjetivamente. Cuando algo pasa, ya sea positivo o negativo en nuestro trabajo, no es posible estar seguros si ha sido por nuestras intervenciones y por no haberlas hecho.

La autora critica el modelo del analista como una “pizarra en blanco”, critica la neutralidad del analista y el silencio como posición segura ante la duda. Para ella no existen posiciones seguras o neutrales. Sin embargo el silencio puede ser respetuoso, compasivo, entonado y facilitador o, por el contrario, mostrar cierto sadomasoquismo y ser tóxico y peligroso. Ofrecer interpretaciones podría ser una manera de movilizar y penetrar al paciente desde lo simbólico o, por el contrario, estar al servicio de evadir la experiencia de separación, necesidad, inadecuación o desilusión. Desde esta concepción, la llamada reacción terapéutica negativa puede ser una función de la dinámica negativa del paciente como siempre hemos asumido o, por el contrario, una reacción hacia alguna intervención del analista. Por eso dice la autora “muchas veces la transferencia que tenemos es la que merecemos”. Para el analista no existen posiciones “cómodas”.

Reconsidera también la asociación libre que según ella es de todo menos libre. Puede devenir una forma de profunda resistencia, un camino para evitar el contacto en el proceso analítico y para no comprometerse.

Reconociendo todo esto no es sólo el paciente sino también el analista quien es inconscientemente vulnerable. Por lo que el análisis requiere de un proceso colaborativo, en contraste con un analista asumiendo el rol de autoridad. El foco ha de situarse en la experiencia de ambos, no sólo en la experiencia del paciente. Y es fundamental estar atentos a los cambios que ocurren momento a momento en la interacción.

Y esto, ¿para qué? Para que operando una apertura del momento a momento intersubjetivo en la situación analítica y clarificando cómo uno afecta al otro y es afectado por él, creemos un nuevo tipo de experiencia que cambiaría la trayectoria de la interacción. Esta manera de trabajar nos prevendría de la escalada de una transferencia-contratransferencia potencialmente tóxica. Otros beneficios serían que para algunos pacientes esta nueva experiencia -que es posible interactuar y comprometerse constructivamente donde antes no era posible- puede constituirse en una revelación y un “insight” con alto impacto de transformación.

La autora llama “borde íntimo” de la relación a esta manera de trabajar donde lo que adquiere prevalencia es lo que pasa intersubjetivamente. Puntúa que trabajando en el “borde íntimo”, pone un nuevo rigor analítico y también mantiene las condiciones de seguridad que nos posibilitaría trabajar constructivamente con los pacientes más perturbados así como con los pacientes tradicionales. Sería una manera de desintoxicar la interacción inmediata. Reconstruir la interacción permite que se produzca una nueva intersubjetividad. La autora nos muestra cómo trabajar en el “borde íntimo puede ser transformador para el analista y el paciente.

 

LAS RAÍCES INTERPERSONALES DEL PENSAMIENTO RELACIONAL. Irwin Hirsch, Ph.D.

El autor comienza reconociendo que el término relacional es más abarcativo que el de interpersonal, al que considera más antiguo, pero señala también que ambos tienen mucho en común. Comenta que la primera influencia en el entrenamiento analítico de S. Mitchell y J. Greenberg fue interpersonal. Mitchell mezcló inicialmente su formación interpersonal con otras tradiciones que él vio como compatibles, en especial la perspectiva de las relaciones objetales de Fairbairn, en tanto la mezcla de Greenberg fue la interpersonal con el pensamiento de algunos freudianos contemporáneos, especialmente Roy Schafer.

Nos comenta que muchos autores claves fueron entrenados en la White Institute o en el Programa Postdoctoral de la NYU y expuestos a la teorización interpersonal. Algunos ejemplos son: Bernard Friedland, Emmanuel Ghent, Lewis Aron, Jessica Benjamin, Donnel Stern. Friedland, Ghent, Bromberg y Stern fueron los pioneros en introducir el término relacional. Ghent y Mitchell fueron influenciados por Friedland, quien introdujo la vía relacional en la NYU ofreciendo un primer curso sobre las relaciones objetales. Mitchell se consideraba relacional e interpersonal y decía que no veía contradicción entre ambas perspectivas, pero hace una crítica a la perspectiva interpersonal a la que considera le hace falta una mayor elaboración de la experiencia internalizada y puntúa que el nuevo término “relacional” invita mejor a la teorización de la inclusividad.

Hirsch reconoce la enorme contribución del pensamiento interpersonal al pensamiento relacional pero no los ve como sinónimos y considera al pensamiento relacional como un “paraguas” que cubre varias tradiciones. Muchos de los que se denominan relacionales no fueron influenciados por el pensamiento interpersonal. Nos recuerda que las teorías del desarrollo del pensamiento tienden a ser compatibles. Pero que interpersonal y relacional no son exactamente lo mismo, viendo a una más abarcativa que la otra. Y comenta que el término relacional debería escribirse con R mayúscula.

El autor destaca que algunos escritos están claramente influidos por los interpersonales, algunos no están influenciados peo son compatibles, y otros no están directamente conectados con la tradición interpersonal. Señala que los escritos del pensamiento interpersonal están en manos de escritores que se autodenominan más como relacionales que como interpersonales. Reconoce que hubiera habido un destino diferente para el pensamiento interpersonal si el postdoctorado de la NYU hubiera considerado las enmiendas de Mitchell y las hubiese integrado con sus propias perspectivas. Diferente fue el White Institute, más receptivo a otras tradiciones pudiendo integrar las perspectivas de Mitchell y otros.

El autor hace mención a que su propio pensamiento está más influenciado por la tradición interpersonal. Comenta que la base para el pensamiento relacional contemporáneo fueron las contribuciones de Sullivan (ej.1953). Siendo la de Sullivan la primera teoría psicoanalítica en posicionar las relaciones humanas y su internalización en el centro de la comprensión del desarrollo. Reflejando esta teoría interpersonal pura una mejor alternativa a la teoría clásica del psicoanálisis.

Sullivan observó bebés y los vio activos en modelar su ambiente desde el inicio, viendo a la familia como la unidad fundamental del desarrollo argumentando que las relaciones son los primeros motivadores y organizadores de la vida psíquica. Creyó que estas interacciones en el desarrollo temprano están en continuidad con aquellas más tardías. Su pensamiento acerca de la psicopatología se acerca más a lo que Mitchell (1988) llamó el modelo del conflicto relacional que a un modelo de desarrollo por déficit. Sullivan considera que el desarrollo normal y el patológico están atados a una única e individual integración e internalización del yo-otro. Su inconsciente relacional consistía en esta configuración internalizada disociada o no formulada (Hirsch, 1995; Stern, 1997; Broomberg, 1998). La dislocación de la centralidad del Edipo en el psicoanálisis americano comenzó con Sullivan y abrió la puerta para la teorización relacional. Para los autores interpersonales la práctica ha tenido siempre prioridad para elaborar teorías de la mente. Según el autor, el concepto más relevante para la corriente relacional es el de Sullivan (1953) del modelo participante-observador de la interacción analítica, reemplazando originalmente al modelo tradicional de la pizarra en blanco. Es justamente esto lo que, para el autor del artículo, constituiría el salto de una a dos personas en la concepción de la relación analítica.

E.Levenson (1972) enfatiza la interacción analítica en el contexto de un campo social donde paciente y analista se influencian mutuamente. Levenson y otros interpersonalistas destruyeron el mito del analista objetivo con autoridad y concentrando todo el saber. Enfatizan que es inevitable que el analista se implique en los dilemas relacionales del paciente y la importancia del examen más cercano de la intimidad emocional en la interacción de paciente y analista.

Erich Fromm (1964) amplia el rol del analista al incluir las observaciones subjetivas a los pacientes acerca de cómo son vistos en transferencia y en paralelo en el mundo de los otros. Es esto lo que actualmente algunos analistas relacionales ven como promover la mentalización y articular lo previamente disociado o el conocimiento procedimental no formulado, a través de la proximidad afectiva del aquí y ahora de la relación analítica.

Para concluir, el autor considera que las ideas interpersonales están integradas en la evolución de muchas ideas relacionales. Opina que no existe una sola y singular teoría relacional del desarrollo y tampoco una sola praxis, y muestra su esperanza de pluralidad porque considera que precisamente es en la diversidad donde reside la riqueza de lo relacional, que actúa como paraguas de diferentes orientaciones.

 

50 AÑOS DESARROLLANDO EL PSICOANÁLISIS INTERPERSONAL. Edgar A. Levenson, M.D.

Al igual que I.Hirsh, Levenson coincide con que el psicoanálisis relacional nunca ha consistido en una posición unitaria sino que, por el contrario, constituye en una amalgama de posiciones, aliadas entre sí más por oponerse a la teoría de la libido que por su coherencia metapsicológica. Cita una serie de ejemplos: Erich Fromm, interesado en la ética y los valores; Clara Thompson, una mezcla de su entrenamiento clásico con su experiencia junto a Ferenzi que la radicalizó; Sullivan, con raíces en la psiquiatría pragmática americana. Puntúa que todos los relacionalistas estuvieron unidos por integrar a estos tres teóricos.

Levenson considera a la comunidad White postmoderna desde sus inicios. En los cincuenta, influenciada por Fromm; ahora, por Sullivan. Pero para el autor la mayor influencia fue la de Ed Tauber, que pareciera ser una amalgama de la experiencia White. La Experiencia Prelógica de Tauber y Green (1959) anticipó una variación en la técnica psicoanalítica. Mitchell y Greenberg (1983) con su “Teoría psicoanalítica de las relaciones objetales” marcan un momento muy importante. Para el autor, esta aportación tuvo dos grandes virtudes: en primer lugar, haber sido un “caballo de batalla” para muchos psicoanalistas y ser un marco de referencia -en este sentido la contribución fue monumental-; en segundo, la etiqueta de “relacionales” señaló el final del aislamiento sufrido por los interpersonalistas, abriendo así una alianza con la teoría de las relaciones objetales inglesas. “relacional” abarcó todo el psicoanálisis dejando fuera a los freudianos. Las limitaciones de Sullivan se hicieron evidentes, pero fue también cubierto por el “paraguas” relacional y rescatada su contribución histórica a lo relacional.

El autor nos comenta acerca de episodios destructivos en White. Se dio un abismo entre médicos y psicólogos, donde éstos últimos recibían certificados “iguales pero distintos”. Aún cuando esto cambió, quedó el sentimiento de que los psicólogos eran tratados como ciudadanos de segunda clase, a pesar de lo cual el instituto sobrevivió.

El autor hace mención a los inicios del postdoctorado en psicoanálisis de la NYU, creado por tres graduados de White -Singer, Kalinkowitz y Ben-Avi- que contaron con la aprobación y la participación del White Institute. Más adelante, este programa postdoctoral se dividió en cuatro partes: Freudianos clásicos, interpersonal, relacional y los no comprometidos. La parte relacional derivó luego la base de los intereses políticos y teóricos de Mitchell y de Manny Ghent.

Merton Gill, revisó el cuerpo entero de los escritos interpersonales y vio que había dos dicotomías en psicoanálisis. Un clivaje estaría en el paradigma interpersonal y la descarga pulsional y otro entre quienes creen que el analista inevitablemente participa en la situación analítica y aquellos que no. Según el autor, estos dos clivajes corren en forma paralela, es decir que “aquellos que adhieren al paradigma interpersonal también adscribirían a que el analista participe activamente en la situación analítica” (Gill, 1983, p.201). Es decir que entre cada grupo analítico habrá marcadas diferencias en este segundo clivaje, que según el autor algunos consideran como un continuo que va desde analistas que se ven a sí mismos como el factor curativo, hasta aquellos que ven la cura como el analista curándose a sí mismo, hasta aquellos que creen que el análisis de la resistencia y la transferencia hacen que el paciente se cure a sí mismo.

La dicotomía básica no estaría entre el reino intrapsíquico y el interpersonal, sino entre las funciones de la mente y la imaginación, por un lado, y las herramientas necesarias para negociar el mundo (Levenson, 1988), el mundo de la imaginación, el poder del inconsciente, capaz de crear un mundo aparte que Freud sintió como inhabilitador para el paciente y que dominaba las interacciones sociales. El autor opina que los analistas creemos en el poder de la imaginación (nuestra y la del paciente) y en la experiencia interpersonal y llama a estas dos funciones poética y pragmática.

Presenta un ejemplo clínico: “si un hombre pierde su erección en la cama con una amante, está teniendo una respuesta intrapsíquica a su propia excitación y está teniendo una particular experiencia con la otra persona. Desde la perspectiva intrapsíquica la pregunta es cuáles son sus fantasías. La dimensión interpersonal, secundaria para los freudianos, es que él en efecto está en la cama con alguien”. Según Levenson, para los interpersonalistas la pregunta es ¿con quién está en la cama? ¿Su pene rehúsa a algo que él no ve conscientemente?

La mente no trabaja de forma lineal y lógica por lo que no sería enteramente predecible según la corriente neuropsicológica. Este concepto es de gran ayuda para el psicoanálisis, al que el autor considera como un proceso doble. Por un lado la pragmática de la interacción con el terapeuta (transferencia-contratransferencia, sueños, recuerdos) y por otro la transformación de los datos procesados de manera no lineal por la imaginación del paciente. Por lo que dónde el analista se posicione y dónde prefiera trabajar será aquello que podrá ver. Además estamos limitados por las tendencias de nuestros pacientes.

Para concluir el autor hace una autocrítica y reflexiona acerca de que deberíamos habernos focalizado más en la práctica, la terapéutica más que “las divididas y politizadas metapsicologías”.

 

ESTADOS DE AFINIDAD. ¿SON LAS IDEAS PARTE DE LA FAMILIA? Donnel B. Stern

El autor comienza reconociendo que el psicoanálisis interpersonal y el relacional son amplias teorías “paraguas”, y luego identifica según su propia experiencia cinco actitudes sobre la relación entre ambas teorías.

El autor cita a Mitchell (1988) para coincidir con él en que las fuentes más importantes del psicoanálisis relacional fueron el psicoanálisis interpersonal y el de las relaciones objetales, por lo que Mitchell considera al psicoanálisis relacional como una teoría más amplia.

Los autores relacionales más prominentes fueron: Phillip Bromberg, Marlene Ehrenberg, Emmanuel Ghent, Jay Greenberg, Stephen Mitchell. Ellos hicieron su entrenamiento psicoanalítico en el White Institute, que tenía una tendencia interpersonal.

Para el autor el motivo principal de celebrar este simposio se debe a la mutua influencia histórica de estos dos grupos. Cuenta su experiencia, él fue formado como interpersonalista en los ´70 pero en los últimos veinte años se ha sentido identificado con la perspectiva relacional como lo está con la interpersonal. Y, justamente por esto, la pregunta sobre la relación entre ambas teorías devino crucial para él.Ve en las dos teorías áreas que coinciden y otras en las que difieren significativamente y, a diferencia con otros autores, no cree posible poder desanudar ambas teorías.

Es interesante la visión del autor en cuanto a qué es una teoría y cómo nos relacionamos con ellas. Según las palabras del autor” las teorías en general devienen parte nuestra y se mezclan con nosotros… Y luego, a medida que las utilizamos se parecen más a nuestra piel, huesos, sangre, mucho más que nuestra ropa”. Opina que solamente las ideas que estimulan más nuestra imaginación de la manera más personal, son capaces de quedarse con nosotros. Sin embargo, las ideas no permanecen estables y, a pesar del apego que tengamos con ellas, no las vemos siempre como las veíamos. Y las compara con el rol que cumplen las personas importantes en nuestras vidas. La imagen que nos hacemos de las ideas es igual a la imagen que nos hacemos de las personas que amamos. El contexto también cuenta. Los sentimientos que tenemos acerca de las teorías que sostenemos cambian y también cambia la relación que vemos entre diferentes teorías. Por lo tanto para contestar la pregunta que se está planteando en este simposio, según el autor, habrá que tener en cuenta que las respuestas son las respuestas de individuos, de su experiencia individual y que éstas cambian según el contexto que podrá ser más académico o más teórico, más político o de mayor compromiso personal.

A continuación el autor va a presentar cinco estados de afinidad entre las dos teorías y que él dice haber experimentado:

1- Superioridad relacional

En este estado existiría la percepción de que las inadecuaciones del psicoanálisis interpersonal han sido corregidas por el psicoanálisis relacional.

El autor cita a Frankel, para marcar la inadecuación de los interpersonales en relación a la teoría del desarrollo que sostienen y su excesiva confianza en la capacidad de la gente de dirigir sus vidas, lo que los lleva a un exceso de confrontación en los tratamientos.

Para Jessica Benjamín (1995) ambas teorías son valiosas pero “fotos incompletas de la experiencia”. Y el autor concuerda con ella en que si la teoría interpersonal considera que el campo interpersonal es la unidad mínima de la experiencia con sentido, no hay entonces forma de concebir la subjetividad individual.

2- Interpersonalismo conservador

Aquí ciertos interpersonalistas creen que la teoría relacional no proveyó novedades realmente importantes.

Estos analistas valoran el pragmatismo de la teoría interpersonal. Ven al psicoanálisis relacional con una tendencia a la intelectualización.

El autor cree que muchas veces los autores relacionales dieron poca importancia a los interpersonalistas, en concreto a autores como Edward Tauber (1957; Tauber y Green, 1959), Edgar Levenson (ej :1972, 1983, 1991), Benjamin Wolstein (1959). Para él la idea de la continua y mutua influencia inconsciente entre paciente y analista de los relacionales, proviene de estos autores.

3- La protesta objetivista

Ciertos interpersonales criticaron el constructivismo y el postmodernismo de la teoría relacional. Para ellos, los relacionales sacrificaron mucho al aceptar los conceptos del constructivismo y el múltiple self.

La crítica tiene que ver con que ellos creen que los analistas relacionales han perdido autenticidad por estar continuamente buscando en su propia experiencia al influencia inconsciente del otro.

Influenciados por E.Fromm, E.Singer y E.Tauber quienes dicen que lo que uno siente es la verdad y que esto debe ser comunicado al paciente. El analista debe ser directo y auténtico.

El autor valora la simplicidad, el ser directo y el pragmatismo clínico de la práctica de estos analistas. Pero no acepta el existencialismo y la ausencia histórica.

4- Fácil coexistencia

Aquí existirían diferencias entre ambas teorías pero posibles de ser exploradas. Lew Aron, es un buen ejemplo de un analista que se siente cómodo con la coexistencia de estos dos grupos de ideas. Escribe: “la aproximación interpersonal es única en cuenta a la libertad que le da al analista de comportarse de forma flexible y espontánea con más intervenciones que interpretaciones” (2005 p.21). Sugiere que en este sentido Mitchell fue más interpersonal y llevó esta contribución al pensamiento relacional. Aquí el autor ubica a Hirsch, Bromberg y a él mismo en muchas ocasiones.

5- La teoría relacional, como la faceta contemporánea de la teoría interpersonal

Cuenta el autor que cuando comenzó a escribir en los ´80 estaba comprometido con la teoría interpersonal. Su intención era tomar los movimientos intelectuales actuales, privilegiar los eventos interpersonales sobre la teoría de la libido al tratar de comprender los orígenes de la experiencia, pero veía que su propia teoría no profundizaba sobre el mundo interno.

Cita a Sullivan (1950) como revolucionario en sus aportes sobre la idea del yo como ilusión y la importancia del lenguaje y su lugar en la vida mental. Pero ve que falta la apreciación sobre lo no racional, que el autor siempre admiró de Freud. Veía importante rescatar los escritos de los teóricos de las relaciones objetales. Por todo esto, cuando la teoría relacional emergió representó para el autor todo aquello que él quería que fuera el psicoanálisis interpersonal. Lo relacional llenaba espacios que lo interpersonal había dejado fuera, como la importancia que le dieron al mundo interno y el mundo interno en una relación de continua y mutua influencia con el otro. A este respecto, comenta que cuando leyó la teoría psicoanalítica de las relaciones objetales de Mitchell y Greenberg, pensó que finalmente la teoría interpersonal tendría su sitio en el mundo psicoanalítico.

Opina que la teoría interpersonal ha sido la influencia más importante de la teoría relacional, y que en este proceso de dar forma a la teoría relacional, ha devenido aquello que influenció. Y según sus palabras reconoce que “a muchos de nosotros la teoría interpersonal nos preparó para ser analistas relacionales”.   

Y para concluir su presentación, asegura que no habrá un tiempo en que podamos encontrar una sola perspectiva de las diferencias, ya que ambas teorías comparten demasiado y las diferencias entre ellas también son demasiadas. 

 

COMENTARIO FINAL

Este simposio me ha resultado de gran interés en tanto me ha posibilitado ir ubicando a los diferentes autores en relación a las teorías a las que se adscriben, brindándome una visión global y sumamente enriquecedora en cuanto a los aportes y a las limitaciones tanto de la teoría interpersonal como de la teoría relacional. 

Personalmente, me parece que la teoría relacional termina siendo más integradora y abarcativa por poder conjugar en la misma teoría tanto los aspectos interpersonales como los intrapsíquicos. Pero considero la importancia que ha tenido la contribución de los interpersonalistas para que esto sea así,.

Mi propia experiencia de formación me ha llevado a indagar en diferentes etapas, diferentes teorías. Cuando al inicio de mi formación sentí que el psicoanálisis clásico dejaba fuera el contexto y la importancia de los otros en la constitución del psiquismo, decidí entonces indagar en los aportes del Mental Research Institute de Palo Alto, que me aportó un conocimiento sobre el “doble vínculo” y sobre la imposibilidad de no comunicarse, aunque finalmente cuando me acerqué a la teoría relacional vi que por fin podían integrarse los aspectos contextuales e históricos con los aspectos del mundo interno y de la subjetividad individual.

Por otra parte es de suma importancia el aporte que los interpersonalistas han hecho al psicoanálisis en relación a que el yo es revelado en el aquí y ahora de la matriz terapéutica como opina Crastnopol.

Este simposio deja en claro también que para el analista no existen posiciones seguras, y ni siquiera el silencio es ya una alternativa segura frente a nuestras dudas acerca de cómo responder. En este sentido cualquier respuesta se constituye en una forma a veces inconsciente de relacionarnos. Y al estar el foco puesto también en la experiencia del analista y en el momento a momento de la sesión, el analista también deviene vulnerable en la relación terapéutica. Podemos afectar a nuestros pacientes pero también somos afectados por ellos. Ya no podemos situarnos en una posición de todo saber, de objetividad y autoridad.

Coincido con Irwin Hirsch en que si los interpersonalistas hubieran estado más abiertos a los aportes de Mitchell, el destino de esta escuela hubiera sido otro. Me parece válida también la advertencia de Tublin que debemos estar atentos para que cuando nuevos aportes y cuestionamientos advengan, esto nos encuentre lo suficientemente receptivos para incorporarlos y así enriquecer la teoría relacional, evitando que la historia se repita.







 

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