Elementos para el abordaje analítico de las variaciones del género y de la sexualidad contemporáneas [Korbett, K.]

Publicado en la revista nº027

Autores: Garriga, Concepció - Corbett, K.

Reseña: Varios trabajos del psicoanalista Ken Corbett alrededor del tratamiento de varones con variaciones del género y la sexualidad.

 

El Programa Posdoctoral de la Universidad de Nueva York en Psicoterapia y Psicoanálisis organizó una serie de coloquios para el curso 2006-2007. Este Programa se nutre y forma en las principales orientaciones en psicoterapia psicoanalítica contemporánea, principalmente en la perspectiva relacional. Su director es Lewis Aron, y entre el profesorado se cuentan: Jessica Benjamin, Muriel Dimen, etc.[i], la mayoría autores y autoras que publican regularmente en “The Analytic Press”, y en las publicaciones periódicas Psychoanalytic Dialogues, Gender & Psychoanalysis y Studies in Gender & Sexuality, entre otras, construyendo un cuerpo teórico muy sólido y abundoso de los desarrollos más contemporáneos dentro del psicoanálisis y el género.

 

El 3 de febrero de 2007 Judith Butler y Ken Corbett fueron invitados a estos coloquios y dispusieron de una jornada completa para presentar su diálogo que titularon: “Encuentro/ Oposición con el Género: Reflexiones Psicoanalíticas sobre la ‘Escena del Tratamiento’”. J. Butler es filósofa, profesora de retórica y de literatura comparada en la Universidad de Berkeley, California y autora de numerosos libros sobre teoría cultural y literaria, filosofía, psicoanálisis, feminismo y política sexual, su último libro traducido, “Deshacer el género”, está publicado el 2006 en Paidós. En un próximo número hablaremos de su obra. Ken Corbett es un psicoanalista en ejercicio, profesor del Programa Posdoctoral de la Universidad de Nueva York. Editor vocal de Studies in Gender & Sexuality y de Psychoanalytic Dialogues. Trabaja particularmente en la elaboración de lo que él denomina variaciones de género, en contraposición con la categoría diagnóstica Trastorno de la Identidad de Género (Gender Identitiy Disorder, GID, en inglés) que se refriere, por ejemplo en la clínica, al análisis de hombres afeminados y/o gays , y al asesoramiento de padres de niños diagnosticados como GID, y, en el plano teórico, dentro del marco de los estudios queer[ii], a pensar y a escribir sobre estas variaciones.

 

Voy a dedicar este artículo a la recensión de diversos trabajos de Ken Corbett. En el siguiente número presentaré algo de la extensa obra de Judith Butler. Empezaré resumiendo la ponencia que Ken Corbett presentó en la jornada, y que tituló: “¿Qué hay que hacer?”.[iii] En su presentación, Corbett explica que a menudo atiende a los padres de niños –a veces también a los niños- de menos de 10 años, a los que se les ha diagnosticado un trastorno de la identidad de género. Son chicos afeminados cuyos padres se sienten desorientados, intranquilos y humillados por este diagnóstico.

 

La mayoría de estos padres no ven que su hijo tenga un problema psicológico, sino más bien un problema social: su hijo no encaja con la categoría social “chico” a la cual ha sido adscrito. Es más, el niño hace una ruptura con los dictados normativos, y en tanto que tal, su subjetividad, su ser, busca un nuevo orden social. Tanto es así que estos padres ven el repudio a su hijo como una cuestión de oposición a las normas culturales, no como una cuestión de malestar psicológico, ni de un giro psicótico o neurótico.

 

Estos padres explican que sus hijos aprenden bastante rápido que sus experiencias de género son un reto para las maneras de pensar de los demás. Lo más probable es que detrás de este aprendizaje haya procesos de represión y depresión en algún grado debidos a la sumisión de su subjetividad (o de una parte de ella) a la voluntad de la mayoría. Y este no es un aspecto sin importancia.

 

A la vez, estos niños saben que son sorprendentes, y que a menudo no son bienvenidos. Negocian estas experiencias de disonancia social de diferentes maneras: a veces se adaptan, a veces complacen, a veces forjan lazos con personas que se les parecen, o que no se les parecen, a veces aparentemente inconscientes, otras claramente conscientes de que se están tragando el conflicto, y aun otras veces enfrentando el miedo y la vergüenza para mostrar una expresión valiente de su subjetividad.

 

A menudo las maneras que utilizan para cuestionar los significados establecidos y las reglas tácitas son la ironía y la teatralidad a pesar de que las defensas obsesivas son más aceptadas y valoradas que les defensas histéricas. Las obsesivas (masculinas) son menos teatrales y por tanto son valoradas porque son internas, menos relacionales y no interpelan al otro, mientras que las histéricas (femeninas) se ven como menos aceptables, ya que interpelan al otro, actuando, creando la relación, exigiendo una respuesta.

 

Corbett continúa diciendo que el grado de la influencia de los padres en la génesis de la homosexualidad queda como un misterio necesario. Que la red interconectada de internalizaciones, identificaciones, implantaciones e intromisiones creada mediante el exceso relacional de la vida humana es demasiado compleja como para dar explicaciones originarias. La posición de Corbett es que hemos ido demasiado deprisa en suponer que el género es una internalización y una identificación coherente, al contrario de una serie enigmática de internalizaciones e identificaciones que quizás se “cohesionen” mucho menos de lo que se ha presupuesto tradicionalmente (en esto coincide plenamente con la tesis de Butler en este mismo debate, es más, se basa en ella).

 

Corbett sostiene la idea del misterio del género cuando contempla la participación compleja de la psique, la sangre, los huesos, las neuronas, las hormonas y los cromosomas. Es bien seguro que el cuerpo habla, dice, pero también hemos corrido demasiado en privilegiar el cuerpo como lo esencial, al contrario de la “materia” como argumentó Butler (1993)[iv] hace más de una década, una materia que se puede entender como un proceso de materialización que se estabiliza a lo largo del tiempo para producir el efecto de límite, fijeza y superficie. Esta idea es muy útil clínicamente, afirma. Creo en la necesidad de sostener una incertidumbre instructiva respecto a los orígenes corporales y psicológicos. Pongo en primer término estratégicamente las narrativas idiosincrásicas al contrario del razonamiento originario, y en consecuencia no utilizo el vocabulario determinante de la biología. Me desplazo del porqué hacia el cómo.

 

El género está producido socialmente, y reforzado y nos “excede” (Butler, 2004)[v] en su generalidad y poder. O tal vez apunta a la vulnerabilidad de la masculinidad, al falo por bandera, y a las maneras como la masculinidad es poco más que los soportes sociales mediante los cuales se infla. La masculinidad normativa está particularmente faltada de imaginación, enjaula a los niños en un cercado pobre y convierte a demasiados hombres en monstruos melancólicos. 

 

Corbett apunta que la imaginación no es sólo una confrontación con la realidad sino una manera de alterarla. La imaginación es un instrumento para elaborar la realidad. La libertad depende de condiciones sociales que pueden ser reformuladas por actos de imaginación y voluntad.

 

Corbett sostiene que la estructura psicológica interna se construye a partir de aportaciones complejas, y que esto pasa no sólo por el reconocimiento sino también por la oposición e incluso por los fallos de reconocimiento. Teme que los ideales terapéuticos sobre las similitudes y la importancia de la empatía puedan minimizar esta complejidad. Los estados del yo, los estados reguladores del afecto, las configuraciones relacionales de objeto, les identificaciones, la memoria y las convicciones respecto a la propia experiencia del self, toman forma mediante fallos y errores que no es necesario considerar odiosos. Puede y debe haber espacio para la diferencia.

 

En su ponencia en la NYU Corbett acaba afirmando que, para los hombres, es necesario salir del lamento de la melancolía y abrazar las posibilidades de la vida, incluso las que surgen de la diferencia, que son un mundo aparte en comparación con la muerte del rechazo.

 

Otra publicación de Ken Corbett, es “Maricón=Perdedor”[vi]. En este artículo Cobett (traduzco el abstract de su artículo) investiga “la fuerza de proyectil de la designación maricón mediante el examen de un momento clínico durante el que un paciente me llamó ‘maricón’. Se dedica una atención particular a la función defensiva que jugó ‘maricón’ en los esfuerzos de este chico para deshacerse de la pequeñez y de perder. Utilizo este dilema específico para tomar en consideración la demanda más general a los niñoss en la infancia de ser grandes y ganadores. Centrándome en la manera como los chicos se defiendes contra la ansiedad generada por el dualismo grande-pequeño, doy argumentos para el compromiso clínico de estas defensas, incluida la protesta agresiva, el envalentonamiento, y las preocupaciones fálico-narcisistas. Propongo comprometer a los chicos en el proceso difícil de la terceridad como un lugar psíquico que ofrece un contexto de crecimiento en el que catectizar la ansiedad de los chicos y la agresión. Una catexis tal se opone a la manera en que las preocupaciones narcisistas y la agresión de los chicos son simultáneamente premiadas y descuidadas mediante la aproximación a la masculinidad que reza “los chicos serán chicos”. La agresión de los chicos, que tan a menudo esconde su ansiedad por perder, no esta contenida adecuadamente ni está comprometida. Se les deja adoptar un envalentonamiento frágil y relacionarse mediante el control y la dominación. Una forma rutinaria de envalentonamiento y dominación es el uso despreciativo de la palabra maricón. Concluyo con unos pensamientos especulativos acerca de cómo la ansiedad de pérdida que se maneja inicialmente a través de la proyección difusa de ‘maricón’ puede dar lugar a una forma más específica de odio: la homofobia.”  

 

En el seminario de Emilce Dio Bleichmar se ha discutido un trabajo suyo, de 1996, publicado en Gender & Psychoanalysis: La infancia homosexual: notas sobre los chico-chica[vii], queresumimos a continuación, puesto que nos ha parecido un trabajo clínico excelente, aunque la argumentación teórica que lo sostiene no sea muy extensa ni esté muyal día.

 

En este ensayo Corbett hace lo que él llama es “un esfuerzo incipiente para pensar en la infancia homosexual de los niños”. Focaliza en un subconjunto de chicos homosexuales, a los que llama paródicamente “chicos-chica”, cuya experiencia de género femenino-masculino mezclado se mueve más allá de las categorías convencionales de la masculinidad y la feminidad. A partir del material clínico que presenta, muestra de qué manera a menudo estos chicos han sido echados del reino de la “salud de género”, debido, sobre todo, a la renuencia de los psicólogos y psiquiatras a reconocer la realidad de las variaciones de género y de las identificaciones de género cruzadas dentro del dominio de la salud mental. Corbett transcribe una discusión que está teniendo lugar en círculos psicoanalíticos –y de la que estos diálogos son un ejemplo- sobre la necesidad de integración en la vida humana que está empujando con esfuerzos para captar la subjetividad de los chicos-chica. Corbett nos pide retener conceptos como estructura psíquica e integración del yo, para volver a pensar los desarrollos psíquicos que están libres de los determinismos a los que los psicoanalistas con tanta facilidad han recurrido para dar cuenta del desarrollo humano.

 

Corbett empieza este artículo recurriendo a experiencias personales y nos cuenta que él participaba en las sentadas que hacían las mujeres de su familia para coser, que en un traslado reencontró un pañuelo que había bordado, y que le evocó escenas y recuerdos de su infancia aniñada a medida que trazaba su camino a través de su infancia homosexual.

 

Sentado en medio de las cosas que estaba embalando, los pensamientos de Corbett giraron hacia el lugar donde más a menudo se coloca como psicólogo, escuchando a los pacientes que le hablan de sus infancias homosexuales. Mientras analizaba los varios aspectos de las vivencias de sus pacientes, empezó a cuestionar lo que el canon psicológico dice acerca de la infancia homosexual. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no hay “infancia homosexual” en la literatura psicoanalítica, que la infancia homosexual como categoría conceptual no existe. Corbett afirma que la existencia de niños protogays hasta ahora ha sido o bien silenciada o bien estigmatizada. Y que prácticamente no ha habido ningún esfuerzo para hablar de la experiencia infantil de los homosexuales de ninguna otra manera que caracterizando su juventud como un reino trastornado o no conformista del que se espera que salgan. Y que habitualmente se contempla el destino de estos chicos con el paternalismo que esconde la antipatía.

 

A continuación indica que su deseo es romper el silencio, rechazar el paternalismo y empezar a concebir la infancia homosexual. Con este fin va a utilizar a Nick, un niño de 10 años que participa en el estudio longitudinal de afeminados de Green (1987). En este estudio, cuando a Nick se le preguntó si sabía porque le habían llevado al médico, dijo que tenía “un problema de afeminamiento, grande, importante” (p. 277). Corbett afirma que esta respuesta es un soplo de aire fresco en medio del murmullo malhumorado que impregna el discurso del niño afeminado, y que contribuye a la construcción de una teoría de la homosexualidad sin espíritu: los trabajos de Green (1987), Stoller (1968, 1985), y Friedman (1988). Nos aclara que utiliza “el discurso del chico afeminado” para referirse tanto a la literatura sobre afeminados como al trastorno de identidad de género (Gender Identity Disorder – GIP).

 

Corbett continúa diciendo que le gustaría añadir a la nomenclatura queer  el término “chico-chica” porque es casi imposible localizar un significante de la homosexualidad masculina que no sea despreciativo. Dice que quizás tendría más sentido apropiarse de “afeminado” pero lleva la implicación de “debilidad”, de delicadeza inalcanzable, pasividad y ninguna de las cualidades como resistencia, iniciativa y actividad. Es más, añade, el “chico-chica” incluye la cualidad de crisis de categoría que es esencial en el concepto de los niños que intenta describir. El aparejamiento oximorónico de chico y chica en “chico-chica” capta la posibilidad de que pueda haber formas de género dentro de la homosexualidad que se contradigan y vayan más allá de las categorías convencionales de la masculinidad y la feminidad.

 

Pero los analistas, dice Corbett, empezando por Freud en “El misterio de la homosexualidad” (1920, p. 170), más que recurrir al misterio de la homosexualidad para desarrollar las categorías del género, han restringido repetidamente las posibilidades del género al binario convencional heterosexual masculino-femenino. Por esto, los homosexuales han sido repetidamente (mal) colocados dentro de una categoría de género que descansa sobre las distinciones esenciales entre lo que es femenino y lo que es masculino y cualquier infancia homosexual ha sido desterrada al reino de la patología. Las identificaciones de género cruzadas y las variaciones de género como la de Nick se volvieron “un problema de afeminación, grande, importante”, en vez de ser entendidas como manifestaciones de las vicisitudes de género.

 

En otro texto (Corbett, 1995a) ha argumentado que los analistas, debido a dificultades contratransferenciales con la homosexualidad de los hombres, a menudo ni han comprendido ni han tolerado la experiencia de género de los hombres gay ni de los chicos afeminados. En el supuesto servicio de la salud mental, los analistas han sido tan ávidos de devolver los chicos-chica al camino masculino, que, a menudo, les han perdido de vista. No sólo esto, sino que los analistas también han perdido de vista la realidad de la variación de género y las identificaciones de género cruzadas dentro del dominio de la salud mental.

 

Corbett defiende que este punto ciego analítico aparece como consecuencia del fracaso en reconocer adecuadamente la relación misteriosa y compleja entre el género y la estructura psíquica; y argumenta que la conformidad de género y la estructura psíquica se han disuelto en lo que se llama “salud de género”[viii]. Sostiene que se maneja una noción de masculinidad subteorizada, que no se ha hecho prácticamente ningún esfuerzo para teorizar críticamente el género. Para avanzar en su argumentación, utiliza las críticas del género del feminismo, el movimiento queer y la postmodernidad. Pero también cuestiona si este pensamiento contemporáneo a veces no contempla la vida más allá del principio del placer y al hacer esto subestima el potencial humano tanto para el dolor psíquico como para el crecimiento psíquico.

 

Corbett ha organizado la segunda mitad de este artículo como notas acerca de los chicos-chica con la esperanza que le comportara mayor libertad. La forma de nota le parece que contiene más adecuadamente la subjetividad que está intentando captar con la noción chico-chica[ix].

 

 

La salud de género

 

En este artículo, Corbett quiere dejar claro que no está hablando de todos los chicos homosexuales. A la inversa, que no está excluyendo a todos los chicos –o chicas- heterosexuales por esta razón. Quiere hablar de la infancia homosexual como distinta de la heterosexual sin excluir ni negar la manera en que las fantasías homosexuales y/o cruzadas de género están interimplicadas con una gama de sexualidades. Ha escrito este artículo para centrarse en los chicos-chica –un conjunto de experiencias y fantasías frecuentes y compartidas por muchos chicos homosexuales, pero no exclusivamente, ni de manera exclusiva a ellos. Este patrón de experiencias y fantasías está abierto (como todos los patrones) a considerables variaciones inter e intrasujetos.

 

También quiere dejar claro que al construir estas narrativas prospectivas del desarrollo respecto a la experiencia de género cruzada de los chicos protogays, no está queriendo establecer una línea del desarrollo, ni organizando una narrativa coherente que excluya la interimplicación compleja del género, la sexualidad y la estructura psíquica. En vez de esto, está proponiendo que la experiencia temprana de género cruzado no es isomórfica con la homosexualidad (Friedman, 1988; Coates, Friedman y Wolfe, 1991), ni por el contrario una secuencia causal del desarrollo desde la experiencia de género cruzada hasta la homosexualidad adulta (Zugar, 1988). Sino más bien que la experiencia temprana de género cruzada está interimplicada con el posterior desarrollo de la homosexualidad de maneras complejas de las que todavía no pueden dar cuenta dentro de las teorías del desarrollo actuales. Cree que hay aspectos del desarrollo homosexual que piden una teorización que va mucho más allá de los paradigmas del desarrollo que actualmente utilizan los psicoanalistas. De manera contraria, afirma que se necesita una teoría opuesta al paradigma determinista del desarrollo que pueda dar cuenta de los patrones mientras simultáneamente reconozca debidamente el papel que tienen las variaciones, e incluso el caos, en la estructura psíquica y la salud[x].

 

Tal como ha comentado Sedgwick (1995) recientemente, “para algunas personas el género simplemente tiene más importancia en sus vidas que para otras” (p.16), en términos parecidos, algunas teorías son más de género que otras. En este sentido, Corbett explica que su esfuerzo por examinar las identificaciones de género cruzadas es una manera de pensar en la homosexualidad, no la única, y no necesariamente el paradigma a tomar como ejemplo para pensar en la homosexualidad.

 

Los hombres y los chicos se ponen ansiosos cuando se les caracteriza como femeninos, siendo la implicación de vergüenza que han perdido dominio sobre su propio género (Butler, 1993). Así late el corazón misógino de la homofobia. En otro trabajo anterior, Corbett intentó situar la experiencia de género del hombre gay dentro de la categoría de la masculinidad (Corbett, 1993a). Llamar masculino a un hombre femenino tiene un cierto encanto radical para él. Argumentó que llamar femeninos a los hombres gays ni problematizaba suficientemente su experiencia de género ni capaba adecuadamente las vicisitudes del género. Pretendía ampliar y desestabilizar la construcción psicoanalítica de la masculinidad mediante la inclusión de la pasividad y de las identificaciones femeninas dentro de sus límites.

 

No obstante, en una demostración sorprendente del modo en que las jerarquías tienen una manera insidiosa de volverse a imponer (Flax, 1990) –la manera en que la jerarquía de género de la masculinidad como superior a la feminidad se impone repetidamente- Corbett fue malinterpretado (Schwartz (1995) en el sentido que, mediante una complicidad ingenua con la opresión,  desea promover la masculinidad como salud, mientras degrada la feminidad. En verdad, ninguna categorización capta suficientemente la experiencia de otredad de género que describen estos chicos y hombres, porque describir a los hombres gay como masculinos, fracasa de la misma manera como fracasa describir a los hombres gay de femeninos.

 

Se reproduce el problema de categoría cuando se trata de la relación entre el género y la sexualidad. Un hito de la política gay ha sido el esfuerzo para resistir y deconstruir la larga tradición de contemplar el género y la sexualidad como categorías continúas. Los activistas gays lo mismo que los teóricos han trabajado para rechazar las teorías del desarrollo de la sexualidad, especialmente aquellas que sitúan el género como determinante causal de la sexualidad.

 

A pesar de la eficacia política de una resistencia de este tipo, Corbett se pregunta desde hace años por la eficacia psicológica de esta táctica. Los teóricos gays han ignorado durante años el lazo entre la feminidad en la infancia y la homosexualidad adulta, desvinculando de esta manera la experiencia de género infantil de la identidad sexual adulta, encerrando al niño femenino, y creando un “abyecto obsesionado” (Sedgwick, 1993, pg. 157) del pasado de género.

 

Actualmente ya no es suficiente deconstruir paradigmas del desarrollo y normas prescriptivas. Como ha propuesto Butler (1993), ahora tenemos que empezar a construir modelos que teoricen las interimplicaciones complejas, lo contrario de las implicaciones causales, que unan el género con la sexualidad. Ahora es necesario que reconozcamos la multilinealidad y la interimplicación de los procesos psicológicos que nacen del entretejido entre el género y la sexualidad (Goldner, 1991; Harris, 1991; Butler, 1993; Chodorow, 1995; Dimen, 1995). Por ejemplo, mientras que las criaturas establecen una identidad de género consciente antes de desarrollar una identidad sexual consciente, no deberíamos dar por supuesta una relación lineal y jerárquica. No obstante, tendríamos que empezar a contemplar el entretejido dinámico (incluida la posibilidad de deshacer el tejido) que estos desarrollos puedan tener entre si. Aún más, como ha sugerido Chodorow (1995) recientemente, es preciso  reconocer que “la ‘solución’ a los problemas de género supone la solución a los problemas de subjetividad personal y desarrollar capacidades para la intersubjetividad” (p. 297). De manera parecida, Goldner (1991) ha argumentado que “la persona, la identidad de género, y las estructuras relacionales se desarrollan a la par, coevolucionando y codeterminándose la una a la otra” (p. 261-262). De aquí, la dificultad extrema al hacer afirmaciones generales sobre el género, porqué los géneros son tan infinitos como las subjetividades. De aquí que nuestras necesidades psicológicas de coherencia y estabilidad del ego empujen hacia la generalización y la búsqueda de sentido, empujando en consonancia con (y a la vez construyendo) mandatos culturales.

 

Así pues, Corbett intenta concebir a sus pacientes como seres intrincados, perseguidos por contradicciones y paradojas. Le gusta creer que son capaces de destinos complejos que son demasiado a menudo subestimados por los parámetros del desarrollo establecidos por la psicología del ego tradicional. No obstante, también intenta comprender las necesidades de sus pacientes de representaciones del self estables y de coherencia subjetiva delimitada – incluida su búsqueda de identidades estables de género y sexual. Esta necesidad de estabilidad no excluye contradicciones subyacentes. Y de la misma manera, las contradicciones subyacentes no excluyen la necesidad de estabilidad. A pesar de reconocer la función de la estabilización del ego, ésta no se debería confundir con la enaltización de lo establecido; efectivamente, lo establecido puede ser empleado defensivamente para personificar la estabilidad.                   

 

 

El problema de la afeminación

 

Corbett argumenta que no toda la feminidad de los niños es la misma, y añade que no desea enaltecer la manera como se ha entendido la feminidad en los hombres desde la perspectiva de un continuum –de más a menos afeminación- estando relacionado el extremo más femenino del continuum con los mayores déficits del ego y patología del carácter (Friedman, 1988).

 

Otra expresión de este continuo de afeminación es la separación del trastorno de la identidad de género de lo que se llama “inconformidad de género”. A los chicos que se les diagnostica un trastorno de la identidad de género (Gender Identity Disorder, GID) se les considera extremadamente femeninos y gravemente desorganizados. A los chicos identificados como inconformistas se les describe como menos problemáticos, tanto respecto a su feminidad como a su salud mental. Lo que estamos mirando, entonces, no es un continuum de feminidad sino un continuum de integración del ego y de la estructura psíquica. Los así llamados chicos inconformistas pueden ser tan femeninos como los GID, solo que la feminidad está contenida dentro de una estructura psíquica más estable. La feminidad de los chicos GID se contempla como extrema por todo el afecto que rodea sus actuaciones de género- a veces actuaciones casi histéricas que enmascaran y desvelan simultáneamente estados caóticos de regresión y de dolor psíquico.

 

Corbett nos propone analizar el comportamiento de juego de dos niños de 4 años, que vamos a reproducir como ilustración de su manera de proceder. Los dos le fueron llevados a exploración después que su comportamiento de género manifiesto causara preocupación. Jerry pasaba buena parte de la hora vistiendo a Barbie y construyendo varios escenarios domésticos, como preparar el desayuno. Los escenarios domésticos, no obstante, parecían secundarios a los cambios de ropa de Barbie, y su deseo manifiesto de ser admirada. Realizaba estos cambios de ropa con mucha atención a los detalles, y ejercía un cuidado notable para asegurarse de que Barbie tenía un aspecto “excelente”. Al principio, no le daba ningún papel en el juego, pero Jerry con frecuencia buscaba su atención, a través de Barbie, para que la admirara. Barbie a menudo le preguntaba a Corbett si le gustaba lo que llevaba, o si le gustaba lo que se había hecho en el pelo. A medida que le fue mostrando interés por participar en el juego que Jerry dirigía, le dio el papel de marido de Barbie y los escenarios domésticos adquirieron un papel más importante. Actuaban en estos escenarios prosaicos de una manera bastante inerte, y a Corbett le llamó la atención lo limitado que era, en el sentido que le faltaba el placer del juego. Su impresión de que esta limitación podía haber sido a consecuencia de ser observado le fue confirmada por sus padres y maestros, quienes le contaron que en entornos más familiares, a menudo encontraban a Jerry ensimismado placenteramente en juegos domésticos.

 

El segundo niño, Donald, pasó la hora entera actuando una escena centrada alrededor de que Barbie se sentía amenazada. Vestía a Barbie con todo cuidado, luego la desnudaba, la ataba a un árbol, y la amenazaba con la posibilidad de violencia. Al principio apareció un muñeco hombre, sorprendió a Barbie, y mientras ella trataba de liberarse, él se restregaba sobre ella. A medida que el juego proseguía, se repitió la misma amenaza con un perro. Después de estas amenazas reinaba el caos. Barbie quería sacudirse, chillar, librarse y correr hacia Corbett, quien estaba encargado de ofrecerle protección y seguridad. Aunque, ocasionalmente, se la llevaba de su puerto seguro y volvía a actuar todo el drama.

 

Según Corbett, lo que distingue estos dos escenarios de juego no es la feminidad sino la expresión de dolor psíquico. Es más, lo que distingue estas interacciones es la naturaleza de la cualidad de las defensas y de las relaciones de objeto de los niños. La limitación de Jerry, que sugiere el dolor de la vergüenza, contrasta con la expresión ritualizada y casi histérica, de dolor traumático, de Donald, quien repetía rígida y compulsivamente el juego de la amenaza. Cada repetición daba como resultado una escalada de caos tan marcada que Corbett tuvo que redireccionar el juego a fin de evitar que Donald se dañara. El comportamiento rígido y compulsivo a menudo se emplea para cerrarse a la vida afectiva. Pero los esfuerzos de Donald en este sentido no le servían puesto que el miedo y la ansiedad superaban su organización defensiva, dejándole dependiente de la asistencia y el cuidado de los adultos. Jerry miraba con precaución al adulto para asegurarse, pero esto lo hacía al nivel de la autoestima, no de la integración del ego. Las características obsesivas y narcisistas que caracterizaban el juego de Jerry no indican el sentido de urgencia y necesidad que caracterizaba el juego de Donald. Dejando de lado la variación del juego de género de Jerry, y del conflicto narcisista que supone dicha variación (¿puedo tener esta fantasía? ¿Puedo desear como niño jugar a ser niña buscando la admiración de un niño? ¿Puedo desear ser bello?), él no presentaba ningún síntoma clínico que pusiera en cuestión su desarrollo emocional. Dejando de lado su variación de género, ni sus padres ni sus maestros tenían otras preocupaciones. Lo que es lo mismo, su historia clínica no era llamativa. Al contrario de la de Donald, cuya historia temprana, sin entrar en detalles, estaba repleta de indicaciones de tensiones del desarrollo y de traumas tempranos., incluyendo la pérdida de su madre y de su hermano, que podrían dar cuenta del desbaratamiento en el crecimiento psíquico que Donald padecía. A su vez. La vida cotidiana de Donald, tanto en casa como en la escuela, indicaba desorganización y malestar.

 

Corbett nos llama la atención en el sentido que tener en cuenta el crecimiento psíquico nos lleva al reino de la salud y él opina que la salud ha sido severamente criticada en estos tiempos postmodernos, porque, se queja de que para mantenernos dentro de las tendencias postmodernas del pensamiento psicoanalítico, ya no igualamos salud con equilibrio y autoposesión sino con alguna capacidad para contener la fragmentación (Flax, 1990). Y además, añade, “la salud” no es un concepto unívoco, y a menudo está confabulada con el poder y el conformismo como se puede ver claramente en las teorías del desarrollo del género.

 

Los y las teóricos queer y feministas, al proponerse la tarea de volver a teorizar el género, han denunciado esta confabulación. Es justamente esta cuestión la que Corbett está encarando cuando piensa en los niños que han sido diagnosticados de GID. Así, se pregunta: ¿no es el trastorno de identidad de género la apoteosis de la postmodernidad? ¿No es cierto que estos niños ponen de relieve que existe un conflicto irresoluble que desestabiliza las categorías binarias de hombre y mujer y que, al hacerlo, provocan una crisis de la categoría misma (Garber, 1992)? ¿Qué podría ser más postmoderno?

 

Y se sigue preguntando: ¿estos niños, están construidos como desorganizados porque no tenemos ninguna otra categoría para ellos? Y también, ¿esta categorización da como resultado dolor psíquico adicional? Su respuesta es sí y sí. A estos niños se les coloca dentro de la categoría del trastorno de la identidad de género. Su opinión es que se deberían cuestionar y retar rigurosamente todas estas prácticas clasificatorias por la manera como se han construido. Afirma que él mismo podría poner en cuestión una buena cantidad de aspectos de esta categoría pero que ha escogido centrarse en uno –el de la afeminación. Observa que los chicos y los hombres que manifiestan comportamientos de género cruzados siempre están reñidos con la cultura y su rareza es recibida con menosprecio y hostilidad. Tal antipatía a menudo toma la forma de comparar a estos niños con las niñas, como si colocar un niño en la categoría “niña” fuera un acto de devaluación. Como ha señalado Garber (1992), “al expresar la condena de varios tipos de hombres, las mujeres son siempre las cabezas de turco” (p. 138). En verdad, dentro del discurso del niño afeminado, la feminidad deviene un síntoma. En realidad Freidman (1988) utiliza para el diagnóstico la expresión “síntomas como de mujer” como si sugiriera que uno puede caer enfermo con la enfermedad de la feminidad (p. 199). Chasseguet-Smirgel (1976) da un paso más con su pronóstico afirmando que demasiado acceso a la feminidad puede conducir a la “muerte psíquica” para un niño (p. 349). Lo que significa que uno no sólo puede caer enfermo de feminidad, sino que incluso puede morir.

 

Una pregunta que se podría plantear razonablemente es si a estos niños se les puede ver fuera de la creencia de que la feminidad comporta intrínsecamente la enfermedad. Los aspectos individuales de tal manera de pensar respecto a las maneras como se ha pensado de las niñas y las mujeres y como se las ha tratado hasta ahora ya ha sido bien documentada por otros. De manera parecida, los efectos a los que se ha referido como la ecuación del trauma de la homosexualidad de los hombres (homosexualidad de los hombres = feminidad = trauma) (Corbett, 1993a) están saliendo a la luz de manera creciente por la acción de las políticas de liberación gay y el campo reciente de los estudios queer.

 

Corbett continúa diciendo que el discurso antidesarrollo demasiado a menudo hace romántico el dolor, subestima el impacto profundo de las relaciones tempranas figura parental-criatura, e infravalora el papel de la integración del ego en el desarrollo humano. Si el debate sobre la feminidad infantil queda sólo confinado a la construcción social del género se pierden algunas características fundamentales de la adquisición de género de los chicos diagnosticados como trastorno de la identidad de género como los sentimientos de necesidad, melancolía, abyección y ansiedad que rodean las actuaciones de género de estos niños. El afecto que rodea la feminidad ilustra cómo el género no es sólo una categoría construida, sino también una actuación psíquica.

 

Se puede acumular dolor alrededor del género. Pero, ¿cómo se puede hablar del dolor cuando la persona que manifiesta el género en cuestión lo vive en disputa desde sí misma –cuando el mismo género lleva la carga del dolor y de la vergüenza? ¿Cómo hablamos de dolor y género cuando el dolor es más agudo y desorganizante que la vergüenza –cuando el dolor habla mediante síntomas indicativos de un rompimiento de la estructura psíquica (la escisión, las disociaciones, la despersonalización, la regresión, y las dependencias omnipotentes)? ¿Y cómo hablamos del dolor y del género cuando, si hemos aprendido algo de las reformulaciones queer de la teoría psicoanalítica de la homosexualidad, es que los psicólogos tienen una manera de mirar las variaciones y de llamarlas enfermedades? Este dilema que está tan bien ilustrado por la propia noción de trastorno de la identidad de género, apunta a nuestra necesidad de encontrar una manera de acercarnos a la interimplicación entre la psique, el soma y lo social.

 

Coates (Coates y col., 1991; Coates, 1992, 1994) ha iniciado este camino, y ya ha andado un trecho en dirección a la comprensión del dolor de algunos niños femeninos que sufren dolor más allá de la vergüenza. Coates ha sugerido que para los chicos GID las fantasías y los comportamientos de género cruzados actúan como formaciones de compromiso que funcionan para manejar la ansiedad de separación y la agresión. Al hacer esto, nos proporciona un análisis complejo de cómo el género puede ser tejido con el crecimiento psíquico. Se explica el género como un fenómeno organizador de la infancia temprana, y Coates presenta un análisis complejo de los múltiples factores que contribuyen al desarrollo del género, incluyendo la biología, la cognición, y la psicodinámica parental. En el artículo que estamos reseñando Corbett hace una crítica del trabajo que Coates que no vamos a reproducir en la que cuestiona sus aportaciones porque no tiene suficientemente en cuenta la afeminación.

 

Corbett toma en sus manos esta tarea afirmando que es necesario empezar a examinar la feminidad en la infancia desde un espectro de salud infantil. Explica que no todos los comportamientos manifiestamente femeninos surgen de la misma estructura psíquica o nivel de integración del ego, ni de la misma fantasía latente, ni del mismo mundo interno. Los comportamientos femeninos manifiestos varían en relación al afecto que expresan, no siendo todos una expresión de dolor. No examinar la feminidad de la infancia de los niños a lo largo de una gama más amplia de salud mental mantiene al género como un sistema normativo en vez de como un sistema donde cabe la variación. Este énfasis en la normatividad sostiene la atribución de vergüenza de un género no normativo, herido, o denostado a esos niños que dan un paso adelante de la línea normativa.

 

Corbett a continuación escribe un apartado que llama “Notas sobre los chicos-chica” en el que, en un estilo más informal del que ha utilizado hasta ahora, describe e ilustra con viñetas clínicas esta categoría que está creando.       

 

Definir a los chicos-chica

Las identificaciones femeninas para los chicos homosexuales no son tanto la expresión del deseo de ser una chica (aunque a menudo es la conducta manifiesta y, a veces, ese es el deseo latente), sino más bien una vía para la experiencia pasiva y la satisfacción del deseo[xi]. Los anhelos pasivos y las identificaciones femeninas residen junto a una identificación masculina, a menudo creando algo a lo que un paciente se refirió como “sentimientos de género mixto” durante la niñez. Por ejemplo, un paciente gay afirmó “sé que mi padre quería que yo fuese un hombre, y supe que no estaba siendo un hombre como él. No estaba siendo una mujer, pero no estaba siendo un hombre tal como él lo define”, expresa bastante adecuadamente la paradoja de la experiencia del género que tiene el chico-chica: el género no está fijado, sino mezclado. Los chicos-chica no se sienten chicas exactamente, aunque se dan cuenta de que se identifican con sus madres más que la mayoría de los chicos. Tienen amigas y disfrutan jugando y pasando el tiempo con chicas más que la mayoría de los chicos. No se sienten chicos exactamente, al menos tal como lo definen sus padres y sus pares masculinos. No desean llegar a ser chicas ni negar sus cuerpos masculinos. Muchos, sin embargo, se preocupan por si sus cuerpos masculinos resultan adecuados, si tal vez son demasiado pequeños, demasiado débiles, o si hay algún aspecto de ellos que se parezca demasiado al de una chica. Aunque esa preocupación se siente al nivel del cuerpo, muchos de estos chicos tienen una comprensión incipiente de que su identidad es una cuestión mental. Por ejemplo, un paciente decía “no parecía poder conseguir que mi mente trabajase como la de otros chicos, y que mi cuerpo la siguiera”.

Los chicos-chica no pelean

Corbett pone dos ejemplos clínicos para ilustrar esta afirmación. Luego formula una justificación teórica.

Ejemplo 1. Con 12 años, Simon se mudó en mitad de curso. Recordaba su “angustia” por la pérdida de los viejos amigos y la confusión de la mudanza en paralelo a un sentimiento creciente de confusión en su identidad sexual. En el nuevo colegio, un compañero le invitó a salir. Pasaron un par de horas en un parque del vecindario, compartiendo un cigarrillo y charlando. Simon recordaba haber sentido cierto alivio sobre su capacidad de relacionarse con este nuevo chico, en tanto que sus anteriores relaciones con chicos a menudo habían sido tirantes. Indicó que nunca se sintió totalmente cómodo en compañía de otros chicos. En retrospectiva, Simon se preguntaba si no encontraba atractivo a este chico, pero indicaba que, si lo hizo, “estaba ocupado reprimiéndolo”. Unos días después, el chico aparentemente amistoso intentó provocar una pelea con Simon frente a un grupo de otros chicos. Simon recordó haberse sentido muy ansioso, asustado y “totalmente confundido”. Temía echarse a llorar. Cuando se retiraba del grupo, el chico provocador se burló llamándolo “coño”.

Ejemplo 2. Arnie tuvo su primer profesor varón a los 12 años. Este profesor pareció interesarse especialmente por Arnie que, a su vez, disfrutaba de esa atención. El profesor citó a los padres de Arnie y les dijo que le parecía que éste necesitaba desarrollar una “mayor autoestima masculina” y les aconsejó que animaran a Arnie para que se uniese al equipo de lucha. Arnie se sintió “puesto en evidencia” y “traicionado” por su profesor, así como “empujado” por sus padres. Se unió al equipo con reticencia y comprobó que podía “aprobar”. Pero empezó a sentirse cada vez más incómodo con la lucha, no sólo por la presión de una falsa adaptación para complacer a sus padres y a su profesor, sino también porque comenzó a ser consciente de sentimientos sexuales estimulados por el contacto físico con otros chicos. Temeroso de no poder “controlar [su] pene”, cubrió sus genitales con un plástico duro  esperando que este artefacto suprimiese su deseo, sin éxito alguno. Arnie finalmente dejó el equipo y se unió a otra actividad. Pero recordaba cómo su profesor “lo puso como ejemplo frente a toda la clase”, de “falta de voluntad”.

Friedman (1988) dice que el denominador común homosexual del chico-chica son sus dificultades con la agresión y con el juego de empujones y caídas. Según Friedman, el problema con los chicos-chica es que no pelean.

Tradicionalmente, se nos ha dicho que este miedo representa una retirada de la rivalidad y la competición edípicas. En realidad, Corbett cree que los chicos-chica pueden enfrentar un complejo de Edipo particular y complejo. En verdad, la reteorización moderna de la homosexualidad sugiere posibilidades más allá de la simple retirada edípica. Por ejemplo, Isay (1989) toma en cuenta la consideración del deseo edípico de un chico homosexual hacia su padre. Y Silverman (1992) ha apuntado los varios modos en que el deseo homosexual masculino puede estar atado por la identificación de un chico con su madre. Dichas configuraciones edípicas pueden explicar, en parte, el conflicto del chico-chica con la agresión. Por ejemplo, parece probable que los sentimientos agresivos de un chico-chica puedan entrar en conflicto con su deseo de ser cuidado por hombres.

Friedman cree que el modo en que un chico debe obtener la identidad masculina y la competencia es mediante la agresión. En cuanto a esta creencia de que la agresión subyace al desarrollo masculino, Person (1986) ha señalado que “el principal problema sexual para los chicos es la lucha por conseguir fuerza fálica y el poder frente a otros hombres” (p. 72). El narcisismo fálico y la actividad deben mantenerse y la pasividad debe ser repudiada. En concreto, debe negarse el deseo sexual hacia otro hombre. En otra parte, Corbett ha abordado los límites de esa solución narcisista fálica como fundamento de la masculinidad (Corbett, 1993b). Baste decir que si aceptamos el narcisismo fálico (junto con la negación de la contribución de los factores prefálicos) como fundamento de la masculinidad, también tendremos que aceptar las consecuencias sádicas y narcisistas de dicha masculinidad.

Los hombres y los chicos se ven envueltos fácilmente en provocaciones para defender el honor de su masculinidad por medios violentos. Una parte de esta historia que nunca ha sido bien documentada es el odio y la violencia empleados por los hombres para defender el honor de su masculinidad de la amenaza de la homosexualidad. Una de las razones de que esta historia no esté documentada es la creencia de que dicho odio es constitutivo de la masculinidad. Es uno de los modos en que los chicos se convierten en chicos.

A los chicos-chica se les anima a unirse al redil masculino, so pena de caer víctimas del rechazo masculino (Green, 1987).

Otro ejemplo: en lo más profundo del Cinturón Bíblico (N. de T.: zona de los EEUU donde impera un fundamentalismo protestante) Wally escribía un diario que en su mayor parte consistía en dibujos que van desde princesas a modelos hasta escultura griega clásica. Lo mantenía oculto bajo las tablas de su armario. Tras su primera experiencia sexual con un chico, y en un estado de gran vergüenza y ansiedad, quemó el diario y lo enterró en un campo cercano.

Los chicos-chica y el pene

Los chicos-chica tienen un pene, quieren un pene y a menudo se identifican con quienes no tienen pene. Este tener, desear y carecer contribuye a una experiencia de género única. Un aspecto de esta experiencia es una forma determinada de ansiedad: los chicos-chica frecuentemente sienten que sus cuerpos son inadecuadamente fálicos. El conflicto en torno a las identificaciones y deseos internos se expresa mediante la creencia de que sus cuerpos carecen de lo que ellos sienten como un imperativo masculino. Y si bien esta angustia existencialista puede centrarse directamente en el pene, es más probable que se exprese respecto a la talla y la fuerza del cuerpo en general.

Zach le cuenta algo típico de los chicos adolescentes, sentía angustia acerca de su capacidad para controlar su pene. Su ansiedad adoptó una forma particular. Dijo: “Tener una erección en el vestuario habría sido ser considerado una chica”. Esto me pareció una afirmación llamativa, y lo dije. Luego reflexioné sobre cómo pudo haber sentido que no había forma de ser visto como un chico homosexual. Zach entonces recuerda su primera afirmación sobre ser obviamente un hombre, y se ríe mientras dice: “No ha sido precisamente obvio”.

Tras la sesión, Corbett se preguntó ¿qué es lo que hace obvia a la virilidad? Y mientras consideraba varias posibilidades, pensó que Zach estaba señalando el despliegue privilegiado de su falo heterosexual en contraste con su erección homosexual, su falo homosexual. Y empezó a pensar en cómo el pene está investido con una identidad. Algunos hombres incluso ponen nombre a sus penes. Consideró cómo puede ser más fácil poner nombre al pene si se comporta como dicta la convención. La convención ofrece una categoría establecida, al contrario de lo que sucede con la crisis de categoría de Zach: ¿lo convierte en una chica su erección, el sine qua non de la masculinidad?

Un chico-chica se da cuenta de su cuerpo masculino y de la identidad de género masculina que corresponde a esa superficie. Sin embargo, el hacerse más consciente de sus identificaciones con las mujeres y su deseo hacia los hombres le supone un conflicto consciente: ¿Podemos tener tales deseos e identificaciones y seguir teniendo el cuerpo de un chico? ¿Contradicen en cierto modo estos deseos a un cuerpo masculino?

Un aspecto de este conflicto fálico es el modo en el que los chicos-chica idealizan y envidian el falo heterosexual convencional. A través de la narración del análisis de Jack, Corbett nos cuenta algunos hitos por los que éste discurre: Jack se da cuenta de que siente deseo por un chico con atributos heterosexuales y también que desea ser cómo él. Mediante el análisis de su insatisfacción como “ser” fálico se da cuenta de que desea un otro fálico. Luego se puede apropiar de sus propios deseos pasivos, e incorpora al análisis el efecto de la cultura.

Los chicos-chica y sus madres

Con el análisis de Peter, veremos como Corbett explica cómo los chicos-chica encuentran demasiada madre en sí mismos y no la suficiente en los demás. Peter nos muestra las contradicciones de alguien que se esfuerza por mantener su profundo apego y su identificación con su madre, al tiempo que intenta avanzar hacia nuevos vínculos y hacia un sentimiento de identidad ampliado. Es una lucha complicada. Pero se encuentra dentro del espectro neurótico de trastorno, no una lucha que revela un self fragmentado y distorsiones en el funcionamiento mental, el tipo de trastorno que los analistas han diagnosticado tan frecuentemente para los chicos que se identifican con sus madres.

Los analistas han planteado repetidamente un curso evolutivo para los chicos que se identifican con sus madres que supone un trauma temprano y prevé un escaso desarrollo del yo y dificultades madurativas. Esta laguna en nuestra teorización revela al menos dos aspectos perniciosos y desastrosos de la teoría psicoanalítica:

a)     Las madres y las mujeres son consistentemente construidas como arcaicas y regresivas. Las madres de los chicos-chica son consideradas especialmente peligrosas. De hecho, Green (1987) advierte: “Hay que mantener a estas madres apartadas. Los chicos femeninos no necesitan tener a sus madres a su alrededor” (p. 275).

b)     La integración del yo y el desarrollo del carácter están unidos a las identificaciones padres-hijos vinculadas con el sexo. Según la teoría psicoanalítica, uno desarrolla un yo integrado y un carácter estable mediante la identificación con los propios padres. Este proceso identificatorio ha sido consistentemente teorizado como vinculado al sexo; se supone que los chicos se identifican con sus padres, y las niñas con sus madres. Mediante esta así llamada lógica, el desarrollo del yo, el desarrollo del carácter y el desarrollo del género se entremezclan. Como ya ha defendido en otro trabajo (Corbett, 1993a), mediante esta mezcla de yo, carácter y género, el análisis perpetúa la creencia de que la salud masculina está señalada por la reproducción de la forma de ser padre. Un chico saludable desea ser padre. Aquellos chicos que desean ser una madre se consideran no sólo como alejados de la escala evolutiva adecuada, sino también cayendo traumáticamente en brazos de una madre arcaica. Las madres continúan siendo marginadas, o patologizadas como sobreprotectoras, indulgentes, seductoras, excesivamente ansiosas o infelizmente casadas. No se considera la posibilidad de que las subjetividades de una madre y un hijo puedan ofrecer una mayor proximidad y empatía.

Los chicos-chica afrontan una crisis especial al separarse de sus madres. No desean desidentificarse de ellas. Al no moverse hacia una identificación con su padre –el movimiento que se espera y se fomenta- los chicos-chica se enfrentan a una crisis de vergüenza y daño narcisista que puede conducir a una depresión. Sin embargo, los vestigios de esta crisis temprana pueden ser no solamente traumáticos. Parece que, al menos para algunos chicos-chica, el enorme esfuerzo para superar la vergüenza y la depresión (el enorme esfuerzo por salir) puede fomentar una mayor flexibilidad del carácter y empatía.

El embellecimiento de los chicos-chica

Los chicos-chica tienen sensibilidad para el artificio, la belleza y el estilo. El cuerpo a menudo se convierte en la vía para este tipo de esteticismo. Los chicos-chica visten. Disfrazan. Ponen accesorios. Disfrutan de la mascarada del género. No ponen simplemente la ropa; ponen la ropa en un acto de presentación. Se quieren por bellos. Quieren que los otros los quieran también por ser bellos. Pero ese disfrute narcisista es vigilado por ser femenino. Los chicos-chica comienzan a equiparar ese disfrute narcisista con la vergüenza de perder el dominio sobre su propio género. A su vez, aprenden a defenderse de ese anhelo narcisista mediante la envidia y la represión. 

Lo flamante de los chicos-chica

Stoller (1968) sostiene que los chicos-chica muestran “una capacidad precoz con las pinturas y otros materiales para dar color, no sólo para el uso llamativo de los colores sino también para poner en el papel objetos imaginativos, bien formados, y contar una historia comprensible” (p. 127). Entonces, sin una explicación adecuada, denuncia esa creatividad y exuberancia como una “señal entrañable de lo que, no obstante, es una patología”; que él considera que el tiempo o el tratamiento eliminarán (p. 128). Con un caso clínico, Corbett muestra lo difícil que es apropiarse de estos aspectos creativos, sobre todo como ha sugerido Sontag (1964), porque las visiones que producía Bobby “estaban libres de relevancia moral, deber y seriedad. Dicho placer provoca vigilancia, culpa y vergüenza”.

Reclamar la chica en el chico-chica

La feminidad en una persona con pene es una transgresión. La negación de la feminidad en una persona con pene es conformidad. Los chicos-chica se desarrollan a través de una dialéctica de transgresión y conformidad. Un paso crucial en el tratamiento de cualquier chico-chica es el reconocimiento de esta dialéctica y de cómo su experiencia temprana está incluida en el tejido de su subjetividad.

 

Conclusiones

Corbett explica que su trabajo como psicólogo le ha enseñado muchas cosas. Una es que en realidad es una suerte sobrevivir. Otra es que en el camino hacia la supervivencia se crece. El crecimiento psíquico es la salida de un chico proto-gay. Y para aquellos que han sido heridos por la metralla de la vergüenza, que han sentido la vergüenza de ser odiados, o han sufrido las heridas más profundas del trauma, comprender el dolor psíquico puede ofrecer una salida. Es, por tanto, crucial desarrollar un aparato teórico que explique el crecimiento psíquico y el dolor del homosexual.

Tal como ha intentado plantear en este trabajo, él cree que dicha teoría evolutiva puede ser construida conservando los conceptos de estructura psíquica e integración del yo, y haciéndolos avanzar a concepciones revitalizadas de identificación y relacionalidad. No habla de la necesidad de integración, internalización e identificación de la vida humana con la reconstrucción postmoderna de la unidad y la estabilidad de la subjetividad humana. Ni emprende un recorrido contra las teorías postmodernas. Más bien sostiene que una apreciación compleja de la subjetividad humana descansa no sólo en la fuerza reversiva de la deconstrucción (y el alcance ampliado de la realidad que logran dichas técnicas postmodernas), sino también en una fuerza de construcción idéntica y opuesta de avance. Corbett cree que un concepto como el de estructura psíquica puede denotar adecuadamente esta multilinearidad del proceso psicológico. Por ejemplo, siguiendo con Loewald (1980), él sugiere que las identificaciones tempranas (el eje de la teoría psicoanalítica evolutiva) mediante el proceso de internalización construyen la estructura y fomentan la integración del yo. Estos primeros niveles de desarrollo psíquico no son simplemente sobrepasados y dejados atrás, sino que continúan activos en las vidas de nuestros pacientes y cobran vida por la regresión reabastecedora de un análisis mediante la transferencia. Un aspecto central de cualquier análisis es la necesidad de examinar los modos en que las identificaciones tempranas son paradójicamente estables y cambiantes, persistentes y dinámicas. Puede ser útil aquí imaginar la identificación como funcionando como el bote y el ancla. Las identificaciones avanzan, cambian con la corriente y/o con la carga, al mismo tiempo que se pegan, estabilizan y por tanto ofrecen seguridad, pero también restringen la movilidad y la transformación.

Conocer la identidad de género de alguien es saber muy poco. Es conocer una de las maneras en que se categoriza a sí mismo. Puedes saber algo sobre las identificaciones y desidentificaciones sobre las que está construida esta identidad. Puedes saber algo sobre cómo se mide frente a las normas culturales prevalentes y lo motivado que puede estar a adherirse a dichas normas (Person, 1995). Puedes saber algo sobre el modo en que las identificaciones construyen y deconstruyen paradójicamente al mismo tiempo las identidades. Y para un analista estas son cosas importantes, pero no tan importantes como conocer la experiencia y las fantasías de género de un paciente, en oposición a su identidad de género. La indagación analítica en la experiencia y la fantasía de género ofrece un modo muy valioso de comprender lo que generalmente son fantasías y experiencias persistentes. Como sostiene Ethel Person (1995), dichas fantasías persisten como lo hacen porque “condensan e incorporan en su sus guiones nuestras identificaciones tempranas, las teorías y fantasías sexuales de la infancia, las experiencias y las soluciones a importantes conflictos infantiles” (p. 75). Al tener la oportunidad, como analistas, de examinar dichas fantasías y experiencias tempranas, tenemos la oportunidad de aprender más sobre las estructuras psíquicas de nuestros pacientes; tenemos la oportunidad de comprender el modo en que las identificaciones tempranas, mediante la identificación, construyen la estructura y fomentan la integración del yo.

A Corbett le gusta creer que el desarrollo psíquico no es simplemente una lenta marcha hacia la realidad. Si bien es cierto que la mayor integración del yo, incluyendo la capacidad de adaptarse mejor a la realidad, es un aspecto del desarrollo, otro aspecto del mismo es la capacidad de resistir el tirón adaptativo de la realidad. Como ha manifestado Bollas (1992) “Al crecer nos volvemos más complejos, más misteriosos a nuestro self, y menos adaptados a la realidad” (p. 50). Recurrir a dicha complejidad puede permitir el resurgimiento del misterio y la complejidad del género dentro de una psicoterapia. Ayudar a los homosexuales a recuperar su misterio de género los provee de acceso a una nueva posición de ventaja desde la cual pueden reevaluar y revalorar su desarrollo. De forma similar, dicha posición ventajosa puede permitir a los homosexuales reevaluar y revalorar los ideales culturales con relación al género y la sexualidad y, por tanto, comenzar a resistir los efectos reales de la homofobia y la discriminación del desarrollo homosexual.

Corbett termina con una viñeta clínica que dejo intacta porque con ella también vemos sus concepciones y su estilo, a al vez tan fresco y tan riguroso:

“Jack dice estar disgustado con su novio. Me cuenta que estaba tan disgustado que pensó que iba a llorar. Se apresura a añadir, sin embargo, que no lloró, porque eso hubiera sido “demasiado dramático”. Cuando le pregunto “¿Quién llora dramáticamente?” Jack contesta: “Las chicas”. Yo añado: “¿Y la chica que hay en ti?”. Hay un silencio. Luego, desconcertado, Jack indica que está pensando en un vestido rojo y amarillo. Simultáneamente, decimos: “Brillante”, refiriéndonos a una asociación anterior. Nos reímos. Luego Jack dice: “Sabe, cuando más dejo de intentar no ser una chica, más fácil me resulta ser un chico. Lo que quiera que sea eso”.







[i] Es imposible en tan poco espacio dar cuenta de la calidad del cuadro docente. Remito a la su web: www.nyc/edu/fas/postdoctoral/

[ii] Queer significa extraño, en una palabra que se usa dentro de los círculos feministas y alternativos para designar a todas aquellas formas no normativas de vida y de relación: familias reconstruidas con o sin hijos, parejas del mismo o de distinto sexo, parentalidad monoparental...

[iii] “What is to be done?” en inglés. Le agradezco la amabilidad de hacerme llegar una copia de su borrador y de autorizarme a difundir su contenido en Forum.

[iv] Traducción al castellano en 2003 como: “Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del ‘sexo’”, en Paidós, Buenos Aires.

[v] Butler, J. (2004), “Undoing gender”, traducido al castellano por Paidós como “Deshaciendo el Género”, el 2006.

[vi] Corbett, K. “Faggot=Loser”, Studies in Gender and Sexuality 2(1):3-28, 2001

[vii] Corbett, K. (1996), Homosexual boyhood. Notes on girlyboys. Gender & Psychoanal. 1(4): 421-461. Traducción repartida entre Marta González y Concepció Garriga

[viii] El concepto de estructura psíquica proviene del trabajo de Loewald (1980). Los conceptos de integración del yo, de desarrollo emocional y de salud proceden del trabajo de Winnicott (1965) y Masud Khan (1974). Corbett mantiene que los mundos internos son creados y que las estructuras psíquicas se construyen mediante procesos como la internalización, la proyección, la introyección y la identificación. También toma de Winnicott (1965) su noción de integración exitosa del yo, y la correlaciona con la salud como concepto contrario a la desintegración que enlaza con la disociación, estados caóticos de regresión, escisión y despersonalización.

Corbett prefiere utilizar conceptos como estructura psíquica e integración del ego, y aplicarlos a los esfuerzos para reinventar los desarrollos psíquicos que estàn libres de los determinismos en los que han caído tan fácilmente los psicoanalistas al dar cuenta del desarrollo humano.    

[ix] Corbett tiene dudas respecto al hecho de que “chico-chica” sea una etiqueta. Las etiquetas denotan categorías, y él se resiste a proponer una nueva categoría. No obstante, le parece haber dejado suficientemente claro que escoge chico-chica porque siente que capta muy bien la interimplicación compleja entre masculinidad y feminidad que describen tantos hombres homosexuales.

[x] Corbett agradece a Adrienne Harris su discusión tan elaborada que le ayudó a clarificar sus pensamientos en este tema.

[xi] Defino la pasividad homosexual masculina como manifiesta en una variedad de deseos y conductas, que van desde el deseo de relación de objeto de ser cuidado por otro hombre, al deseo sexual de que sus zonas erógenas sean tocadas o penetradas por otro hombre. Por ejemplo, la pasividad puede expresarse mediante el deseo de ser abrazado por otro hombre. Un paciente gay habla de su placer al “dormir como cucharas” acunado en los brazos de su amante. Disfruta especialmente el sentimiento de que su amante es “mayor y más fuerte, y capaz de envolver[lo]”. El deseo pasivo también se expresa mediante el placer que los hombres gays sienten en el coito anal. Describiendo una fantasía de fusión amorosa, un paciente gay afirmaba “Cuando Alex está dentro de mí, es como si me sintiera lleno de él. Como si su polla me atravesara totalmente, como si fuéramos uno”. Ambos ejemplos sirven para ilustrar un aspecto central de la pasividad: una pérdida temporal de visión del self mediante el sentimiento que funde con el otro.

 

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