Articulación entre neurociencia y psicoanálisis: a propósito de dos artículos

Publicado en la revista nº002

Autor: Méndez, Jose Antonio y de Iceta, Mariano





Emotional Processing; The mind-body connection.

Pally, R. (1998) International Journal of Psycho-Analysis,  79 (2), 349-362


Biology and the Future of Psychoanalysis: A New Intellectual Framework for Psychiatry Revisited.

Kandel, E..R. (1999) American Journal of Psychiatry, 156 (4), 505-524



En el diálogo/confrontación entre el psicoanalisis y la neurociencia, las posiciones se ubican a lo largo de un espectro amplio que va desde los que consideran que el psicoanálisis es una disciplina "autocontenida", es decir delimitada en torno a un objeto de estudio y a una metodología de investigación que no requiere ni aportes ni validación desde el exterior, hasta aquellos que piensan que los descubrimientos sobre la biología del cerebro dejarían obsoleto al psicoanalisis como una disciplina no científica. Frente a estas polarizaciones extremas, resultan interesantes los trabajos que intentan elaborar un marco conceptual en el cual se puedan estudiar las articulaciones, las formas de interacción entre los sistemas de significación del psiquismo y los circuitos neurofisiológicos. En vez de plantearse la oposición, las preguntas que orientan esta línea de pensamiento son del tipo ¿cómo lo psíquico, lo representacional, las inscripciones que resultan de los intercambios intersubjetivos provocan modificaciones en los circuitos neurofisiológicos, y cómo la estructura y funcionamiento de éstos, junto a los niveles hormonales, repercuten sobre el mundo representacional?  Preguntas que no pueden ser contestadas en general, sino que requieren de un trabajo sobre las formas específicas de articulación, en que cuestiones como la pulsión, la sexualidad, las modalidades de existencia de lo inconsciente, la represión y la escisión, los tipos de angustia –para mencionar unas pocas-, sean abordadas.


        Preguntas sobre la articulación que no borran la separación entre dominios del saber -el del psicoanalisis y el de la neurociencia-, que no reducen el uno al otro y que permiten seguir progresando en las cuestiones que le son absolutamente propias.


        Hemos elegido para comentar dos artículos que se enrolan dentro de esta última orientación: el de Regina Pally y el de Eric Kandel.


        El trabajo de Regina Pally nos parece uno de los más interesantes aparecidos en los últimos tiempos en el campo de investigación que trata de establecer vínculos entre los últimos y sorprendentes avances en neurociencias con los conocimientos clásicos y más recientes del mundo psicoanalítico. La autora parte de considerar que la función de la emoción es coordinar el cuerpo y la mente organizando la percepción, el pensamiento, la memoria, la fisiología y el comportamiento, pero no sólo ayuda a conectar la mente y el cuerpo en un individuo, sino que, además, y éste es uno de los ejes que marcan el artículo, la emoción es fundamental para conectar las mentes y los cuerpos entre individuos. Así, gracias al conjunto de emociones que el bebé experimenta por la angustia de separación se activan respuestas consoladoras por parte de su cuidador.


        El segundo gran eje teórico que trata de desarrollar el artículo es el de establecer el puente de unión entre la neurociencia de la emoción y el psicoanalisis a partir de un punto en común que puede parecer sorprendente en una primera aproximación al tema: ambos se centran en mecanismos inconscientes. Para la neurociencia la mayor parte de la emoción se procesa lejos del conocimiento consciente del sujeto y se podría aplicar aquí la conocida metáfora psicoanalítica de la punta del iceberg. Con todo, se trataría en este caso de un inconsciente biológico gobernado por los circuitos neurales y la neurofisiología en general. La autora señala los hallazgos fisiológicos, conductuales y tecnológicos (el PET, la resonancia magnética, etc.) como demostración de la existencia de circuitos cerebrales inconscientes.


        Tras un somero repaso histórico de los primeros autores que intuyeron la existencia de esta corriente inconsciente, pasa a presentar un esquema general del procesamiento emocional. Basándose en los trabajos de LeDoux (1994, 1995, 1996), Damasio (1994, 1995) y Joseph (1996), afirma que la emoción puede considerarse como una constelación en la que intervienen:


        (a) la valoración del estímulo en cuanto a su relevancia para el organismo, esto es, en cuanto a su significación integral para el organismo. Esta función de evaluación se realiza desde diversos centros cerebrales, unos dependientes de los sistemas subcorticales, especialmente la amígdala, y otros dependientes de la corteza cerebral. Parece que la amígdala elabora tipos de valoración "programadas de forma innata" más simples, mientras que la corteza orbitofrontal reacciona a la información más compleja y elabora valoraciones que se construyen a partir de la experiencia personal  a lo largo de la vida. Ambas estructuras están estrechamente interconectadas tanto con las áreas corticales sensorial y motora, como con la región límbica subcortical, el mesencéfalo y el tronco cerebral.


        (b) los cambios corporales y cerebrales  resultan de esa valoración ya que, tras la misma, esos centros envían mensajes al tronco cerebral  y al hipotálamo que, a su vez, son los responsables de los cambios cerebrales y corporales de la emoción: la producción endocrina regulada por el hipotálamo a través del fundamental "eje hipotalámico-hipofiso-adreno-cortical"; las respuestas del sistema nervioso neurovegetativo (autónomo), regulado tanto por el hipotálamo como por el tronco cerebral, y que es el responsable de la acción sobre las vísceras internas mediante los sistemas nerviosos simpático y parasimpático operando en tándem; y las conductas motoras gracias al control de la musculatura esquelética mediante los pares craneales y la médula espinal  que provocan las "conductas emocionales". Se nos ofrece en el artículo una buena ejemplificación de los diferentes niveles en los que se desarrolla el proceso emocional, ya que si en general existe un buen control cortical sobre el movimiento de la musculatura esquelética, éste es menor sobre las cuerdas vocales y resulta mínimo sobre la inervación autónoma de las vísceras.


        (c) la retroacción sobre el cerebro de esos cambios cerebrales y corporales que, al ser reenviados al cerebro, se representan como parte de la experiencia, ocurriendo todo esto sin conocimiento consciente. Cuando estos cambios son procesados por las regiones cerebrales implicadas en el conocimiento consciente, contribuyen a lo que experimentamos de manera subjetiva como nuestras emociones conscientes.


        Como modo de ejemplificar el funcionamiento de los circuitos cerebrales de la emoción y afianzar su tesis de que el cuerpo juega un papel activo en la vida mental, la autora elige como modelo las investigaciones que se han realizado sobre el miedo. Parte de considerar que el miedo es un logro evolutivo para facilitar la detección y la respuesta al peligro, y que esto es común a todos los animales. Recalca un aspecto que nos parece fundamental a la hora de pensar en el trabajo psicoterapéutico y es que una vez establecido el condicionamiento al miedo, éste es relativamente permanente, no se elimina completamente, tan sólo se inhibe. Volveremos sobre este punto más adelante cuando hablemos de los trastornos de ansiedad.


        En primer lugar considera el papel de la amígdala, que resulta esencial tanto en la recepción de los estímulos (inputs), como en la emisión de respuestas (outputs). La información llega por dos vías diferentes, una primera, más rápida, es subcortical; la segunda pasa por la corteza, es más lenta y responde a estímulos más complejos. El conocimiento consciente no es necesario para crear el miedo condicionado, esto es, la emoción puede desencadenarse por situaciones de las que la persona no tiene conciencia. Se sabe que la corteza no es necesaria para crear un miedo condicionado, pero que juega un papel regulador en el proceso, puede o no inhibir la respuesta subcortical y mejorar la discriminación sensorial. La conclusión de esto, también trascendente para la comprensión de determinados fenómenos observables en la psicoterapia, es que las respuestas de miedo tempranas, y probablemente de otras muchas emociones, quizás nunca desaparezcan del todo, aunque la conciencia puede contribuir a disminuir dichas respuestas. A esto contribuye que existen más conexiones de la amígdala a la corteza que a la inversa, por lo que es más fuerte la tendencia automática al miedo que nuestra capacidad para inhibirla de forma voluntaria.


        El segundo gran elemento considerado en el circuito cerebral del miedo es el hipocampo, el cual  juega un papel decisivo, ya que su participación en la memoria permite informar sobre la localización contextual, esto es, permite evitar el peligro antes de que ocurra, al relacionarse situaciones diferentes. Asimismo, puede activar el miedo en situaciones que fueron, pero que ya no son peligrosas. Finalmente, su daño en situaciones de gran estrés, puede llegar a deteriorar el recuerdo consciente de situaciones traumáticas. Esto implica que, a la vez que se "reprime" el recuerdo consciente de una experiencia traumática, se puede reforzar el recuerdo emocional  inconsciente de dicha experiencia a través del circuito de la amígdala cerebral. Fenómeno que, explicado desde la teoría psicoanalítica, nos resulta muy familiar.


        Se pone de manifiesto por lo tanto la existencia de un doble circuito del procesamiento emocional: por un lado, un circuito que pasa por la corteza, que involucra al hipocampo y por el otro, un circuito que pasa por la amígdala cerebral y que es capaz de producir las reacciones emocionales de miedo sin conciencia ni recuerdo consciente.


        Posteriormente, y tomando en cuenta la cercanía que existe entre las expresiones de miedo y ansiedad, así como la comprobación de que las mismas regiones cerebrales intervienen en ambos fenómenos, la autora sigue haciendo hincapié en el importante tema del doble circuito cerebral, dado que si el condicionamiento puede tener lugar inconscientemente mediante los circuitos de la amígdala, la persona puede no ser consciente de cuál es el estímulo desencadenante actual. Además, durante el estrés puede dañarse el hipocampo a la vez que se facilita la actividad de la amígdala, lo que puede hacer que el aprendizaje se realice sin especificidad contextual, lo que lleva a que el individuo no tenga conciencia  de la situación traumática originaria. Todo lo referido le sirve para concluir que el procesamiento emocional no resulta necesariamente adaptativo, debido a que los miedos, una vez establecidos, son casi imposibles de eliminar.


        La parte final del artículo va a estar dedicado a la aplicación de todo lo descrito a fenómenos concretos, especialmente los trastornos psicosomáticos y, muy particularmente, el fenómeno del apego y la comunicación no verbal. Con respecto a los trastornos psicosomáticos, apartado que no siempre ha sido tratado de un modo riguroso desde el campo psicoanalítico, la conclusión parece clara, ya que la conexión referida entre la emoción y las respuestas corporales hormonales, viscerales y motoras, conduce a cambios físicos reales que pueden contribuir a producir trastornos psicosomáticos. Como nos dice Regina Pally, "los médicos ya no pueden decirle a sus pacientes "todo está en su cabeza", dado que cualquier cosa que esté "en la cabeza" también está en algún sentido "en todo el cuerpo". Ejemplos como que niveles crónicamente elevados de la activación autónoma (neurovegetativa) pueden causar síntomas físicos crónicos de ansiedad, o que niveles de cortisol elevados de forma crónica pueden deteriorar el sistema inmunológico o contribuir a la formación de úlceras, resultan suficientemente explicativos.


        Los últimos apartados dedicados a la relación de la neurociencia con el apego y la comunicación no verbal son desde nuestro punto de vista, y  a la vez, los más intensos y especulativos del artículo, ya que en ellos la autora quiere desarrollar la que nos parece es su idea angular: "el apego y la comunicación no verbal son ejemplos de cómo los individuos se regulan entre sí tanto en la biología como su psicología". La neurociencia aporta el descubrimiento de que el apego es también un fenómeno biológico, que implica un delicado lazo de retroacción en el cual la madre y el bebé se regulan psicobiológicamente de forma recíproca. Esto parece aplicable incluso en las diadas adulto-adulto. Se cree que  los mecanismos biológicos de apego identificados en los animales son también aplicables al apego en los humanos. Tanto las respuestas de separación, como las de reunión, están mediatizadas por diferentes neurorreceptores, los benzodiacepínicos en las primeras y los opiáceos/endorfínicos en las segundas, todos ellos en la amígdala. Así, las endorfinas, por ejemplo, se liberan durante las conductas de reunión y sirven para reforzar el apego/reunión, en el sentido de hacernos adictos a las  figuras de apego.


         Con respecto a la comunicación no verbal se enfatiza de nuevo la neurorregulación entre individuos afirmando la influencia inconsciente que tiene sobre la biología, la emoción y la conversación verbal de un otro. Las comunicaciones no verbales pueden llevar información sobre los estados bioemocionales entre individuos, regulando así el funcionamiento biológico de ambas personas en una cadena que va desde la expresión facial (el músculo estriado), pasando por la modulación autónoma  (del sistema neurovegetativo) de las funciones corporales (músculo visceral), hasta los sentimientos subjetivos asociados con la emoción. En experimentos realizados se ha podido comprobar que hay un alto porcentaje de sujetos que si son instruidos para contraer determinados grupos musculares asociados con una determinada emoción acaban sintiéndola realmente y mostrando los cambios autonómicos asociados con ella. La comunicación no verbal resulta fundamental para todas las formas de interacción social, son pistas que se utilizan para dirigir las relaciones sociales y activan respuestas en los otros (utilización de los otros como "autoreguladores"). Finalmente, señala cómo la comunicación no verbal estructura inconscientemente todas las formas de intercambio verbal.


        La conclusión, en la que Regina Pally escoge como referente la obra de Damasio, pretende tener un alto contenido en cuanto a sus aplicaciones a la terapia psicoanalítica. Parte de considerar que la toma racional de decisiones no lo es tanto, que la corteza controla y modula una buena parte de la conducta del sujeto, pero que la memoria emocional, representada como cambios corporales, influye en las elecciones más allá de la conciencia. La neurociencia enfatiza que la emoción y su expresión  están implicadas en todas las tareas humanas importantes, también las consideradas racionales. Por todo ello se debe concluir que, en el  campo de la terapia psicoanalítica, el intercambio emocional no verbal puede ser al menos tan importante como lo es el intercambio verbal. Analista y paciente pueden influirse recíprocamente mediante pistas no verbales de emoción procesadas inconscientemente. Estas pistas son datos vitales del analista, así como del paciente. Cómo se siente el analista, tanto en lo referente al "cuerpo" como a la "mente" puede ser tan importante como indicador de lo que está pasando con el paciente como cualquier cosa que el analista esté pensando. Cómo se comunica, incluso como se comporta, puede ser tan importante como lo que dice.


        Este artículo de Regina Pally puede ser considerado como uno de los más interesantes aparecidos en los últimos tiempos dentro del campo de investigación que trata de establecer vínculos entre los últimos y sorprendentes avances en neurociencias con los conocimientos clásicos y más recientes del mundo psicoanalítico.


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        Eric Kandel, neurobiólogo conocido por sus investigaciones en neurociencia y por el importante manual "Essentials of Neural Science and Behavior" (1995), en un artículo de abril de 1999, se ubica entre los que entienden que psicoanalisis y biología poseen importantes puntos de encuentro. Contrariamente a los que apuestan por el reemplazo del psicoanalisis por la biología, opina que el declive de la influencia del psicoanalisis "es lamentable, dado que el psicoanalisis todavía representa el más coherente e intelectualmente satisfactorio punto de vista sobre la mente. Si el psicoanalisis va a reconquistar su influencia y poder intelectual, requiere más que el estímulo que deriva de responder a sus críticos hostiles. Necesitará implicarse constructivamente [se refiere a la relación con la neurociencia] por parte de aquellos que se preocupan por él [el psicoanalisis] y que también se preocupan por una teoría realística y sofisticada de la motivación humana. Mi propósito en este artículo es sugerir un camino por el cual el psicoanálisis se pueda revitalizar a sí mismo y es mediante el desarrollo de una relación estrecha con la biología en general y con la neurociencia en particular" (pág. 505).


        Para Kandel resulta prioritario establecer los puntos de intersección entre el psicoanálisis y la biología, así como presentar a aquél como un elemento necesario y enriquecedor no sólo para una mejor comprensión del funcionamiento psíquico sino para el propio avance de la investigación en neurociencias. Propone que si lo que se pretende es que el psicoanálisis continúe siendo un campo en desarrollo, contribuyendo de modo activo a la emergente ciencia de la mente, debería favorecerse el avance en el estudio de una fundamentación biológica significativa del psicoanálisis, incluyendo el estudio de las formas en que la biología puede reivindicar la exploración psicoanalítica de la mente. Si bien, según el autor, aún estamos lejos de una comprensión biológica satisfactoria de los procesas mentales complejos, apunta a que la memoria y el deseo se perfilan como los principales protagonistas de la investigación de los biólogos en el próximo siglo, y hace hincapié en que las respuestas que encuentren sólo podrán ser ricas y significativas si se forjan a partir de un esfuerzo sinérgico entre la biología y el  psicoanálisis. El desarrollo de su trabajo parte de considerar que la biología puede realizar profundas contribuciones a la comprensión de los diversos procesos mentales inconscientes, al concepto de determinismo psíquico, al papel de los procesos mentales inconscientes en la psicopatología o a la comprensión del efecto terapéutico del psicoanálisis. En concreto desarrolla ocho áreas donde el trabajo conjunto puede ser particularmente fructífero:

 



1. La naturaleza de los procesos mentales inconscientes

2. La naturaleza de la causalidad psicológica

3. Causalidad psicológica y psicopatología

4. Experiencias precoces y la predisposición para la enfermedad mental

5. El preconsciente, el inconsciente y la corteza prefrontal

6. La orientación sexual

7. Psicoterapia y cambios estructurales en el cerebro

8. Psicofarmacología como un complemento al psicoanálisis



Bibliografía


Damasio, A. R. (1994) Descartes error. New York: Putnam.


Damasio, A. R. (1995) Toward a neurobiology of emotion and feeling: operational concepts and hypotheses. The Neuroscientists, 1, 19-25.


Joseph, R. (1996) Neuropsychiatry, neuropsychology and clinical neuroscience. Baltimore: Williams and Wilkins.


Kandel, E., Schwartz, J., Jessell, T. (ed) (1995) Essentials of neural science and behavior. Norwalk, Connecticut: Appleton & Lange.


LeDoux, J. (1994) Emotion, memory and the brain. Scientific American, 270, 32-39.


Le Doux, J. (1995) Emotion: clues from the brain. Ann. Rev. Psychol., 46, 209-235.


LeDoux, J. (1996) The emotional brain. New York: Simon and Schuster.


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