Rethinking clinical technique

Publicado en la revista nº003

Autores: Paniagua, Cecilio - Busch, Fred

 


  • Libro:  "Rethinking Clinical Technique" (1999). Londres,  Northvale (N.J.): Aronson, 1999, 218 páginas.  Autor: Fred Busch





     Fred Busch es psicoanalista didacta del Instituto Psicoanalítico de Michigan. En la actualidad es uno de los teóricos de la técnica más reconocidos de la Psicología del Yo. Siguiendo los pasos de Paul Gray y su escuela de Washington, Busch publicó en esta última década una serie muy notable de artículos en el Journal of the American Psychoanalytic Association que le supusieron el renombre del que justamente goza hoy día en los Estados Unidos. Muchos de estos trabajos están recogidos en su libro de 1995, The Ego at the Center of Clinical Technique, texto que no ha sido traducido al castellano, como quizás tampoco lo sea este libro, cuyo título podría traducirse como "Volviendo a pensar en..." o, quizás, "Una reconsideración de la técnica clínica".



    En Estados Unidos, seguramente, este libro acabará siendo un clásico de la contracorriente de la Psicología del Yo, en línea con The Psychoanalytic Situation, de Leo Stone (1961), que en su día también lo fue y que en los círculos psicoanalíticos hispanos pasó virtualmente inadvertido. El nombre de Fred Busch apenas ha traspasado las fronteras norteamericanas. De todos es sabido el desinterés del psicoanálisis continental por los movimientos teóricos dentro de la Psicología del Yo. Sobre todo en la Europa meridional, esta lamentable actitud ha privado a muchos analistas de incorporar a sus técnicas las consecuencias prácticas últimas de la teoría estructural (la segunda tópica) de Sigmund Freud. Estas consecuencias fueron ejemplarmente expuestas por Gray en un artículo de 1982, ya considerado un clásico, incluido en su libro El Yo y el análisis de la defensa (1994) con el título ‘Un “retraso en el desarrollo” de la evolución de la técnica’.


     Busch amplía y precisa las aplicaciones técnicas de la teoría estructural freudiana de 1923, que desde la célebre monografía de Anna Freud, El Yo y los mecanismos de defensa (1936), habían tenido pocas adiciones significativas. Busch (1992, 1993), como anteriormente lo hiciese Gray (1982), expuso convincentemente las dificultades de Sigmund Freud a la hora de incorporar a la técnica todas las implicaciones clínicas de su segunda tópica. Afirma Busch: “La integración en lo que se considera la técnica clínica psicoanalítica basada en el modelo estructural, de dos de los descubrimientos más significativos en el estudio del yo (la autonomía que éste tiene del ello y las resistencias yoicas inconscientes) no ha hecho sino comenzar” (p.112). Señala este autor que, aunque la metapsicología del yo de teóricos como Hartmann, Rapaport o Brenner ha dominado el horizonte “oficial” del psicoanálisis norteamericano, no ha existido consenso sobre cómo traducir los principios teóricos al modelo clínico. Esta aseveración es algo exagerada; parece más ajustada a la realidad la tesis de Gray (1982) del desfase.


     Mientras que Gray (1994) centró la perspectiva contemporánea de la Psicología del Yo en su distinción con la técnica derivada de la teoría topográfica (primera tópica freudiana), Busch la centra más en su diferencia con técnicas primitivas dentro de la misma Psicología del Yo. Gray, llevado por el “tacto científico” (comunicación personal, 1985) prefirió no examinar críticamente en sus escritos las tesis de aquellos autores dentro de la corriente principal (la "mainstream") del psicoanálisis norteamericano. Busch se ha mostrado más valiente a este respecto, identificando cuatro puntos diferenciales entre la técnica clínica propia de la perspectiva contemporánea de la Psicología del Yo y aquélla tomada hasta ahora como representante del modelo estructural:



    (1)  En las intervenciones analíticas correspondientes al modelo contemporáneo se toma más en cuenta la parte del yo que permanece relativamente intacta y autónoma ante el conflicto. “Hemos subestimado mucho la necesidad de incluir las funciones yoicas más autónomas del paciente como parte del proceso analítico”, opina Busch (p.72).


    (2) Las resistencias necesitan ser interpretadas como parte de la adaptación a una persistente amenaza inconsciente y resultan observables de modo concreto durante la labor de la libre asociación del paciente. Escribe Busch, “La mayoría de las teorías de la técnica no parecen apreciar la magnitud de los efectos invalidantes de las resistencias sobre el yo, y se apoyan en métodos extra-analíticos para vencerlas” (p.72).


    (3) La perspectiva contemporánea de la Psicología del Yo presta una atención más detallada al uso por parte del paciente de la libre asociación, en vez de a las impresiones subjetivas del analista.


    (4) El acting no verbal en la sesión se conceptúa más como manifestaciones regresivas del yo que como formas de comunicación directamente interpretables.



     Este libro está escrito en un lenguaje muy inteligible y se halla salpicado de ilustrativas viñetas clínicas que hacen amena su lectura. Busch hace una aguda crítica de la obra de dos autores consagrados como exégetas de la Psicología del Yo: Jacob Arlow y Charles Brenner. Para ello no se remonta sólo a sus escritos de la década de los 60, sino que evalúa sus contribuciones más recientes, mostrando convincentemente cómo, en su técnica, estos autores con frecuencia analizan precariamente las funciones yoicas. Busch califica de “mito” la creencia general de que en la obra de Arlow y Brenner de los últimos treinta años puede hallarse un modelo clínico suficientemente articulado, manteniendo que, a efectos de técnica, dicho modelo no presta la debida consideración al papel del yo en el conflicto. Busch dedica también un capítulo al estudio de las escuelas de las relaciones objetales, repasando los trabajos de Mitchell, Renik, Spezzano, Aron, Levenson, y Kohut y su análisis del Self. De forma perceptiva y original, Busch muestra cómo las dispares teorías de estos autores pueden casar en el planteamiento de una técnica moderna basada en el modelo estructural.


     Busch denuncia también como mitos respecto a la perspectiva contemporánea del análisis del yo, la creencia de que la atención minuciosa al material de superficie supone hacer “superficial” el tratamiento; la idea de que es una teoría pulsional mecanicista que no tiene en cuenta las relaciones objetales; y la noción de que la psicología unipersonal que ha dominado durante tres cuartos de siglo el psicoanálisis estadounidense necesita ser remplazada por una psicología bipersonal. “Es necesario que el análisis continúe centrándose en la mente individual del paciente” (p.11), defiende el autor del libro, en clara alusión a los excesos del intersubjetivismo en boga. Simultáneamente, Busch insiste en que ninguna técnica puede resultar eficaz si no se aplica empáticamente.


     El énfasis principal de esta obra recae sobre la importancia y conveniencia de considerar con la mayor plenitud posible las capacidades yoicas del paciente a la hora de las intervenciones analíticas. Busch recuerda que es un yo inmaduro y regresivo en el diván el que escucha las interpretaciones del analista y que, a menos que éste hable de forma “digerible” para ese yo, sus esfuerzos serán irrelevantes –o algo peor. En el analizado, la capacidad del yo en regresión para reconocer los pensamientos y sentimientos propios como material de examen psicológico se halla mermada en grado variable. Busch señala que, a menudo, las intervenciones del analista “están más basadas en lo que éste entiende que en lo que el paciente puede utilizar efectivamente” (p.38), añadiendo: “La interpretación más brillante del analista beneficiará poco al paciente si no está preparado para escucharla” (p.83). El no comprender esto hace que muchos análisis se lleven a cabo en una atmósfera de hostilidad  porque el analista ataca el sentido básico de seguridad del analizado al interpretar prematuramente contenidos mentales que éste experimenta como peligrosos. Comenta Busch sobre el caso de Brenner de un paciente con sentimientos muy competitivos hacia su analista: “Antes de hacer saber al analizado que quiere destruir a su analista [...] convendría hacerle consciente, primero, del hecho de que siente ansiedad y, luego, de que le angustia la fantasía de una venganza por parte del analista” (p.39). Muy frecuentemente el analista se esfuerza por mostrar al paciente la existencia de unos sentimientos que, aunque patentes en el material, le resultan imposibles de aceptar, en vez de explorar por qué son para él intolerables, esto es, en vez de analizar el significado inconsciente de la resistencia.


     En la técnica tradicional, el analista suele interpretar temáticas que el paciente no ha expresado aún (interpretaciones de “contenido ausente” las llamó Searl, 1936). En la técnica contemporánea, el analista toma las asociaciones del paciente “más como un texto para ser leído que para ser descifrado” (p.89), según Busch. Éste dice, “Estoy convencido de que muchos de mis colegas atienden más a lo que ven detrás de las asociaciones que a lo que se puede leer en ellas” (p.88). También podía haber escrito, “a lo que creen ver detrás de las asociaciones”. En efecto, es común que el analista se deje llevar por su intuición a la hora de elegir la temática que considera importante en el material, haciendo luego “encajar” éste en una atracción edípica, una angustia de separación, una rivalidad con el analista, etc. Es más, basándose en la idea de Strachey (1934) de que las únicas interpretaciones mutativas son las transferenciales, muchos analistas asumen erróneamente que todo lo expresado por un paciente en la sesión es de naturaleza transferencial, interpretando cualquier material en su dimensión de supuesta alusión al analista.


     Busch se opone a la técnica de interpretaciones que sortean al yo no porque éstas sean necesariamente incorrectas, sino porque son extemporáneas y relativamente ineficaces. Menciona Busch un caso de Arlow en el que éste inesperadamente pregunta a una paciente si está menstruando después de relatar ésta lo sucio que habían dejado su apartamento unos obreros y hablar de un champú maloliente que su peluquera le había aplicado. La sospecha de Arlow era cierta, pero Busch se pregunta cómo promueve el proceso analítico este tipo de interpretaciones “que piden del yo del analizado una subordinación a las capacidades yoicas del analista” (p.77). ¿Por qué no exploró Arlow analíticamente el mecanismo represivo que hizo a su paciente mantener separados esos contenidos mentales?


     También critica el autor a Brenner por su tendencia a imponer su interpretación de los conflictos psíquicos a la lectura de ellos por parte del propio paciente. Implica esta actitud analítica un modo de decir al analizado, en un desafío explícito a su yo, que el juez final de su realidad psíquica es el analista, menoscabando, claro está, el despliegue de su autonomía. Busch observa que una de las situaciones en que se da frecuentemente este fenómeno es en aquellas en que las intervenciones analíticas van dirigidas a mostrar al analizado que las evaluaciones que considera realistas acerca de terceros son menos importantes que sus fantasías inconscientes al respecto. También pone Busch el ejemplo del analista que considera simplemente como una asociación la petición del paciente de un cambio de hora, haciendo caso omiso de la importancia que para éste pueda tener esta petición en la realidad.


     Ya en 1936, Nina Searl señaló cómo la finalidad terapéutica principal del psicoanálisis no era la de impartir al paciente nuestros conocimientos sobre su vida y su mente, sino la de ayudarle con nuestras técnicas a que tenga el mejor acceso posible a su funcionamiento psíquico. Para conseguir esto, Busch aboga por utilizar la atención de proceso cercano (close-process monitoring) de Gray (1994; Goldberger, 1996), en vez de una atención impresionista, a la hora de seguir al paciente en su intento de asociar libremente. Como Gray (1973) ha señalado elocuentemente, una de las maneras más eficaces de demostrar la existencia de una resistencia inconsciente es haciendo notar al paciente las desviaciones y obstáculos interpuestos en la labor asociativa. Al igual que este autor, Busch opta por enfocar sus interpretaciones en los inevitables momentos de inhibición que durante este proceso ocurrirán de forma detectable en la sesión, centrándose “en los sentimientos que desencadenan la inhibición en vez de en lo que se oculta tras esos sentimientos” (p.63). El analista intenta de este modo dirigir la atención del paciente “hacia algo que éste acaba de hacer y no hacia algo que el analista dice que debe estar haciendo” (p.164). Esto puede afirmarse todavía con mayor rotundidad en el caso de las teorizaciones del analista acerca de lo que ocurrió en el pasado (las interpretaciones genéticas).


     La atracción del analista por aquellas interpretaciones de contenido ausente tomadas como “profundas” ha sido objeto de numerosas discusiones y sigue siendo tema de controversia. Técnicamente, Busch estaría, sin duda, de acuerdo con la opinión de Fenichel (1941) de que, “Cuando una interpretación no surte efecto uno suele preguntarse: ‘¿Cómo podría haberlo interpretado más profundamente?’. La pregunta correcta debería ser: ‘¿Cómo podría haberlo interpretado más superficialmente?’” (p.76); esto es, “más superficialmente” para que al yo del paciente le resulte útil la observación del analista. A menudo se confunde la sensación de estar empáticamente conectado con el Inconsciente del analizado, con la capacidad de éste para hacer un uso constructivo de esta información, afirma Busch, citando la siguiente reflexión de Roy Schafer (1983): “Hay momentos en los que el analista, ante un contenido inexpresado del analizado, se siente tentado de decir cosas como, ‘está Vd. enfadado’, ‘se sintió Vd. excitado’ o ‘está Vd. sintiendo vergüenza’. Pero si esto resulta obvio, ¿por qué no lo expresa así el mismo analizado [...] Lo que cuenta primero es la duda, la obstrucción y la resistencia” (p.24). Tanto Gray como Busch han insistido en la especial importancia, a la hora de mostrar al paciente la existencia de mecanismos defensivos, de la secuencia ‘expresión intraclínica de un sentimiento-intento de anularlo o contrarrestarlo’, porque resulta la manera más eficaz de evidenciar la resistencia en acción.


     El paciente, por medio de sus asociaciones y sus resistencias, “dice” al analista qué material se halla dispuesto a explorar. Éste ha de ser capaz de “traducir” de forma comprensible (esto es, tomando en cuenta el grado de regresión yoica del paciente) sus impresiones basadas en unas observaciones clínicas que pueda compartir con él. Busch considera además parte básica de la metodología psicoanalítica la búsqueda de congruencia entre las contrarreacciones emocionales (ver ‘Contratransferencia’ en Moore y Fine, 1990) evocadas por la transferencia del paciente y el material constatable en sus asociaciones. Insiste Busch en que las reacciones subjetivas del analista han de ser objetivizadas, lo que es decir que no deben presentarse al paciente intuitivamente, sino en forma de referencia a un material al que su yo tenga acceso perceptual y cognitivo con sólo dirigir hacia él la catexia de atención; si no, tendrían escaso sentido terapéutico.


     Para la labor interpretativa, Busch considera esencial la alianza terapéutica (Zetzel, 1956), aunque él la define de un modo particularmente preciso: el entendimiento racional con la parte del yo autónomo del analizado que no se encuentra abrumada por el componente afectivo de pensamientos y sentimientos, y que es capaz de someter a éstos a una observación psicológica. Este enfoque técnico está fundamentado en el concepto de Sterba (1934) de la escisión terapéutica del yo. Esta perspectiva de la labor analítica hace énfasis en los aspectos cognitivos de la interpretación y, a menudo, ha sido tomada erróneamente como “intelectualizada”. Algunos analistas pensamos que la técnica propia de la Psicología del Yo contemporánea es la que minimiza más efectivamente la influencia de la sugestión (punto determinante en la diferencia del psicoanálisis y las psicoterapias), la que resulta más demostrable y especificable, y la que mejor puede defenderse científicamente.

 


Bibliografía

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----------   (1995).The Ego at the Center of Clinical Technique. Northvale (N.J.):  Aronson.

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Freud, A. (1936). El Yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires: Paidós, 1954.

Freud, S. (1923). El Yo y el Ello. O.C. Vol. VII. Madrid: Biblioteca Nueva, 1973.

Goldberger, M. (1996). Danger and Defense: The Technique of Close-Process  Monitoring. Northvale (N.J.): Aronson.

Gray, P. (1973). Psychoanalytic technique and the ego’s capacity for viewing  intrapsychic activity. J. Amer. Psychoanal. Assn., 21: 474-494.

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--------   (1994). El Yo y el análisis de la defensa. Madrid: Biblioteca Nueva, 1996.

Moore, B.E. y Fine, B.D. (1990). Términos y conceptos psicoanalíticos. Madrid:  Biblioteca Nueva, 1997.

Schafer, R. (1983). The Analytic Attitude. Nueva York: Basic Books.

Searl, M.N. (1936). Some queries on principles of technique. Int. J. Psycho-Anal., 17:  471-493.

Sterba, R. (1934). El destino del Yo en la terapia analítica. Rev. Psicoanálisis, 26: 953- 963, 1969.

Stone, L. (1961). The Psychoanalytic Situation. Nueva York: Int. Univ. Press.

Strachey, J. (1934). Naturaleza de la acción terapéutica del psicoanálisis. Rev.  Psicoanálisis, 5: 951-983, 1948.

Zetzel, E.R. (1956). Current concepts of transference. Int. J. Psycho-Anal., 37; 369-376.


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