El concepto de objeto interno de Joseph y Anne-Marie Sandler

Publicado en la revista nº004

Autores: Genovés, Agustín - Sandler, A.M. - Sandler, J.


  • Libro: "Internal Object Revisited” Sandler, J. & Sandler, A. M. (1998). International Universities Press, Inc. Madison: Connecticut. 169 páginas.

     


    J. y A. M. Sandler resumen aquí años de trabajo jalonados por publicaciones que abarcan los años 1976 a 1990. El libro consta de ocho capítulos escritos sobre la base de otros tantos artículos publicados a lo largo de ese tiempo. Cada uno de ellos, a pesar de haber sido actualizados, mantiene la estructura del artículo original; razón por la que existen ideas y conceptos que se reiteran de uno a otro. Esta apreciación me ha decidido a no hacer un comentario de cada capítulo sino, más bien, a plantear el desarrollo de las ideas centrales que dan cuenta de la originalidad del pensamiento de los autores.




La historia profesional de ambos comienza al lado de Anna Freud en la Hampstead Clinic, en un marco de pensamiento psicoanalítico clásico. Múltiples influencias recibidas a través de los EEUU, como las observaciones de niños de Margaret Mahler y la importancia creciente del interés por la contratransferencia, a través de los trabajos de Paula Heimann y D. Winicott, los condujo a una búsqueda de posiciones teóricas más acordes, a su juicio, con la experiencia clínica. Según relatan, llegaron a la conclusión que: “Conceptualizar las relaciones objetales en términos de la catexis de un objeto con energía libidinal o agresiva era inadecuado (...) la noción de que la meta de un deseo inconsciente o de una fantasía desiderativa es la búsqueda de gratificación o la evitación del displacer, debía ser reformulada en términos de deseo de interacción entre el Self y el objeto.” De este modo inician un despegue de la teoría clásica cuyas alternativas relatan en el primer capítulo.


En el prólogo, Otto Kernberg, señala el cambio ocurrido en el pensamiento psicoanalítico en las últimas décadas consistente en la inclusión cada vez mayor de la teoría de las relaciones objetales dentro del marco de la Psicología del Yo. Empresa que, iniciada en los EEUU bajo la influencia de pensadores de la talla de E. Erikson, E. Jacobson y M. Mahler, tuvo su correlato en Gran Bretaña en la obra de ambos Sandler. Una de las consecuencias de esta aproximación -escribe Kernberg- es que ha producido una comprensión mayor del conflicto psíquico inconsciente que la que se deriva del marco tradicional basado exclusivamente en el enfrentamiento pulsión-defensa. De este modo -sigue el prologuista- los autores han contribuido a acercar dos posiciones que han estado, y aun lo están, enfrentadas: la de aquellos que ven incompatibles a la teoría pulsional con la de las relaciones objetales y la de quienes sostienen lo contrario. En esta disputa, J. Y A.M. Sandler se alinean con la segunda alternativa buscando la forma de articular dichas posiciones, de lo cuál este libro es testimonio.


Dejando atrás el prólogo para internarnos en la exposición, hay que decir que viene a terciar en otro debate, además del ya señalado, que podría formular con las siguientes preguntas: el concepto de pulsión ¿es suficiente y adecuado para dar cuenta de las motivaciones psíquicas? ¿Hay que sustituir estos conceptos por una teoría motivacional más adecuada? O bien ¿ es necesario ampliarla a fin de tener una visión de las motivaciones más acorde con la clínica?. La respuesta que encontramos en estas páginas se inscribe dentro de la última propuesta.


He mencionado dos debates: el que gira en torno a la posibilidad de articular la teoría pulsional con la de las relaciones objetales y el que considera la necesidad de ampliar la teoría motivacional. En realidad recorrer este libro hace pensar que se trataría de las dos caras de una misma moneda ya que, lograr la articulación de lo pulsional con lo objetal supone también ampliar la teoría motivacional.


La relación de objeto fue vista -leemos- como la investidura de un objeto, o de su representación mental, por energía libidinal o agresiva y la meta sería la descarga energética, y el placer, su correlato. Los autores no descartan esta idea proveniente del nivel económico de la metapsicología freudiana, sólo que la consideran inadecuada por simplista. Por lo contrario, piensan que toda relación de objeto consiste en una interacción continua entre la representación del Self y la del objeto y la fantasía inconsciente que brota de ella puede ser vista “...como la mayor unidad motivacional en nuestra visión de la psicología psicoanalítica.” La descarga energética no es la única motivación. Hay otras cuya meta es el propio vínculo para la satisfacción de deseos no pulsionales de seguridad, afirmación y bienestar, entre otros. Estas ideas los acercan a las de R. Fairbain cuando planteaba que la libido era buscadora de objetos y no de placer.


Por lo tanto, cuando enuncian deseos inconscientes lo hacen desde una perspectiva ampliada: la del inconsciente descriptivo que, en la primera tópica freudiana incluiría al preconsciente y en la segunda, al Yo inconsciente. Si bien toman elementos de la teoría kleiniana, así lo declaran, en este como en otros puntos se apartan de Klein y de Freud al ampliar el abanico motivacional.


Consideran de importancia fundamental, para el desarrollo de las relaciones objetales el problema de los afectos y para explicar tal punto de vista exponen una visión genético-evolutiva de la construcción del Self y de los objetos en la que:



    “El mantenimiento de este estado afectivo central es quizá, el motivo más importante del desarrollo del Yo y debemos entender al niño, y más tarde al adulto, como persiguiendo el bienestar tanto como persiguiendo el placer; ambos no son lo mismo y en el análisis observamos a menudo un conflicto entre ambos.”



El “estado afectivo central” expuesto en este pasaje al que dedican el capítulo cuarto tiene una historia de desarrollo que resumiré a continuación. En los primeros momentos de la vida las experiencias subjetivas que registraría el sensorio de un bebé son fundamentales y únicamente estados afectivos compuestos por sensaciones y sentimientos. Por un lado están aquellos que resultan placenteros y asociados con sentimientos de seguridad y, por otro lado aquellos otros que resultan desagradables y dolorosos. Dichos estados afectivos son los primeros objetos que se construyen y con los que se vincula este ser todavía tan inmaduro. Los autores los llaman “objetos primarios afectivos”. Frente a cada uno de ellos, el bebé establece un vínculo diferente: atracción hacia el “objeto afectivo primario” placentero y rechazo hacia el otro. Poco a poco se van estableciendo representaciones mentales en relación a ellos e intentará mantener constante su vínculo con el objeto placentero y deshacerse del displacentero. Lo último no se haría a través de proyectar lo desagradable en un objeto externo, por lo menos en los momentos iniciales, sino “haciéndolo desaparecer”. Inicialmente estos objetos serían constelaciones de experiencias subjetivas en las que el self y los objetos no estarían aun diferenciados, serían “masas caóticas de sensaciones y sentimientos”.


Existe suficiente evidencia -escriben- de la existencia de una propensión innata a establecer relaciones de objeto y de aprender de la experiencia que, los cuidados maternos son fuente de placer y satisfacción. En virtud de esta propensión el niño rápidamente vincula la experiencia subjetiva a ella, con el “objeto afectivo primario” placentero. En el desarrollo posterior de los límites entre el self y de los objetos buscará restablecer su relación con los tempranos estados afectivos de satisfacción con su madre, estableciendo roles para ambos. Concluyen esta descripción, parafraseando a Freud en “Introducción del narcisismo”, afirmando que:



    “...el desarrollo de la relación de objeto consiste en un distanciamiento de la estrecha relación primaria con los objetos de placer, bienestar y seguridad dando lugar a un vigoroso intento de recobrarlo. Una parte de este “vigoroso” intento es el de deshacerse, tanto como sea posible, de los sentimientos desagradables y dolorosos. Este intento moviliza todos los recursos incluyendo lo que llamamos agresión”.



Con la maduración se dará un paso más que permitirá en ausencia del objeto exterior, que la relación pueda ser recreada en la fantasía consciente o inconsciente. Y, con esta idea establecen una de las fuentes de la motivación humana:



    “La fuerza motivacional esencial que impulsa tanto al desarrollo del Yo y al desarrollo -interrelacionado- de la relación de objeto deriva, en nuestra opinión, de los cambios en la experiencia afectiva subjetiva provenientes de las modificaciones en los “objetos afectivos primarios”.



El "estado afectivo central” de relación con el “objeto afectivo primario” “bueno”, puede ser perturbado por distintos motivos que no son solamente pulsionales, y que generarán necesidades de afirmación, de seguridad, de bienestar, etc.:


Resumiendo: las alteraciones de este estado afectivo primario (básico y central) determinan la necesidad de recuperarlo, lo cual se expresa a través de la emergencia de fantasías inconscientes de realización de deseos cuya meta es, a través de rodeos, la recuperación del estado perturbado, y que implica la reactualización del vínculo con el “objeto afectivo primario” reasegurador y que se intentaría lograr a través de la fantasía o de intentos de modificar el entorno. En este último sentido, los autores, entienden todas las relaciones interpersonales (incluyendo la transferencia y la contratransferencia) al servicio de la gratificación de dichos deseos: toda relación con un objeto externo es un derivado, distorsionado por las operaciones defensivas, de lo anterior. Y, toda fantasía inconsciente de realización de deseos implica la interacción de la representación del self y del objeto con una adjudicación de roles para cada uno de ellos.


Esta manera de pensar implica que la búsqueda de la realización de deseos en el objeto exterior no supone solamente una fantasía sino, a la vez, una acción sobre la realidad tendente a que el objeto se haga cargo del rol:



     “Cada partner en todo momento tiene un rol para el otro y lo negocia intentando que, él o ella, respondan de una manera particular. Una variedad de deseos, fantasías, sentimientos y expectativas se despliegan en la interacción característica de una relación entre dos personas. Esto es cierto no sólo para una relación entre dos personas reales: una relación de objeto en la fantasía puede también involucrar una suerte semejante de interacción entre el self y la representación de objeto, la diferencia es que en una relación fantaseada, el fantaseador puede controlar la relación en forma más acorde con la finalidad que en la vida real.”



Hasta aquí la ampliación de la teoría de la motivación que supone la introducción del concepto de “objeto afectivo primario bueno”, de la ruptura del equilibrio establecido con él y que da curso a una fantasía de cumplimiento de deseos que busca su realización a través de la fantasía misma o bien en el objeto exterior.


Otra línea que, aunque en estrecha relación con la anterior, merece ser destacada aparte, se inicia apoyada en algunos conceptos que Freud, introdujo en “La interpretación de los sueños”. En un resumen muy apretado pero al solo efecto de introducirla, diré que, la idea es que la “realización de deseos” no ocurriría a través de la descarga pulsional sino que sobrevendría, siempre, con el logro de la “identidad de percepción”.


En “La interpretación de los sueños” Freud define al deseo como aquella moción que va al reencuentro de la primera experiencia de satisfacción por medio de la identidad de percepción, en la que lo deseado es representado como logrado. Los autores sostienen que la búsqueda de la identidad de percepción puede ser generalizada a todo el territorio de la experiencia y de la conducta. Lo que llamamos deseo es una estructura constituida por la representación del self, la del objeto y una interacción entre ambas que siempre refleja la acción satisfaciente. Para ser más exactos deberíamos hablar, no de deseo sino de fantasía de realización de deseos que presiona en pos de la identidad de percepción. Pero al formularlo así nos encontramos con una paradoja que necesita ser explicada: ¿cómo puede una fantasía, construida precisamente sobre una insatisfacción, satisfacer algo?. Por ejemplo: ¿cómo puede una ensoñación diurna producir alguna satisfacción?. Por supuesto que se trata de satisfacciones momentáneas, responden los autores: “...la capacidad para distinguir entre realidad y fantasía no es constante durante la vida de vigilia.”


Tropezamos aquí con algo original: en condiciones normales no estamos permanentemente en contacto con la realidad. Esta suspensión del juicio de realidad es la causa de que se alcance la identidad de percepción y, con ella, la gratificación. Suspensión tan breve y que tan rápidamente vuelve a instalarse que nuestra conciencia no la percibe:



    “De este modo y por breves períodos de tiempo, mientras la conciencia de la realidad está fuera de función, el deseo es experimentado como satisfecho y esto es parecido a la experiencia del sueño nocturno.”



Pero hay otro problema en conexión con lo tratado dado que, si existe una satisfacción debe haber un sujeto que la perciba. Lo que acabo de mencionar adquiere relevancia si pensamos que las fantasías inconscientes y sus derivados (sueños diurnos, fenómeno onírico, síntoma, etc.) son expresiones desfiguradas por un amplio conjunto de defensas que pueden lograr, incluso, que se experimente displacer en la conciencia. ¿Habrá, entonces, una percepción y una comprensión inconsciente que permita enderezar lo que la defensa torció?. La respuesta es afirmativa y los autores postulan la existencia de una capacidad inconsciente de percibir y comprender los simbolismos defensivos.


Con la definición de la fantasía inconsciente con los atributos descriptos más arriba, dan un paso más en la comprensión de la vida intrapsíquica y de las relaciones interpersonales. Al introducir la noción de esfuerzo hacia la identidad de percepción (Cap. 2) otorgan una característica particular al funcionamiento psíquico:



    “ (...) hay una necesidad constante en todo individuo de externalizar sus “objetos internos” (los introyectados) para anclar el mundo interno, tanto como sea posible, en la realidad exterior.”



Esta manera de pensar les permite buscar un camino de salida de un dualismo expresado por la alternativa, búsqueda de objeto o búsqueda de satisfacción, afirmando que: “Las dos pueden ser vistas, esencialmente como lo mismo.”


En este punto del desarrollo de la exposición daré paso al concepto de “actualización”, tan importante en todo el desarrollo posterior de su pensamiento: “La manera más común de hacer algo “actual” o “real” es actuar en el mundo de tal modo que nuestra percepción coincida con el deseo.”


Actuar es una forma de externalización, es provocar una modificación en el mundo exterior, o sobre uno mismo, que favorezca y permita la identidad de percepción deseada. Es modificar al mundo exterior tratando que coincida con el interno. La actualización es el instrumento por el cuál se logra la identidad de percepción. Distinguen varias clases de actualizaciones: una actualización delirante (ilusional) en la que el proceso perceptivo distorsiona, en dirección del cumplimiento del deseo, los datos sensoriales que llegan del mundo exterior. Otra, que es la actualización alucinatoria y una tercera que llaman simbólica, en la que el símbolo representa la realización del deseo; por ejemplo el uso de un uniforme. Pero estas formas de actualizar son autoplásticas, mientras que las que tendrán preeminencia para ellos serán a las aloplásticas, aquellas formas que adquirirán importancia en las relaciones interpersonales.


Reiteraré la idea de que, una fantasía (consciente o inconsciente) implica una interacción entre la representación del self y la del objeto. Representa una relación de objeto con el sentido particular que le dan, de relación de roles internos entre ambas y que expresa la gratificación de necesidades importantes en el desarrollo del niño y en el adulto. En este punto los conceptos de fantasía inconsciente de realización de deseos y de relación de objeto parecen equivalentes. Ambos incluyen la relación entre la representación del self y del objeto desde una perspectiva de distribución de roles. Interesa destacarlo por dos razones: la primera es que, en el último capítulo cuyo título es “Una teoría de las relaciones internas de objeto” estos dos conceptos, como se verá, parecen divorciados entre sí. En segundo lugar interesa acentuar esta idea porque, actualizar es también y fundamentalmente, adjudicar roles y “actuar” es presionar para que el objeto los adopte. En este sentido “...hacer que la percepción coincida con el deseo...” equivale a ejecutar acciones en forma consciente e inconsciente para ubicar un rol.


Lo que intentan trasmitir al lector, en especial en el capítulo segundo, es la idea de que una gran parte de la vida psíquica está basada en el intento permanente de actualizar deseos inconscientes sobre el soporte de la realidad externa:



    “De este modo en nuestras relaciones reales con los otros, en nuestras fantasías, en nuestras producciones artísticas, en nuestros juegos y quizá aun en nuestra producción científica intentamos actualizar deseos inconscientes vinculados a relaciones internas de objeto, de una forma simbólica.”



A partir de esta perspectiva, el síntoma no se podría entender sólo como un derivado superficial distorsionado de un deseo inconsciente que obtendría satisfacción en la descarga, sino a la vez como: “...una fuente de información perceptiva que posibilita, simbólicamente, la identidad de percepción en relación con el deseo inconsciente que satisface.” Tampoco ciertos rasgos de carácter -a cuyo estudio dedican el capítulo quinto- podrían ser entendidos solamente como la expresión de deseos pulsionales o como el producto de la defensa contra ellos o como una combinación de ambos. Inscriptos en la dinámica objetal serían, fundamentalmente, instrumentos para provocar respuestas en otros a los fines de la actualización. Afirman: “(...) algunos rasgos de carácter crean la ilusión inconsciente de la presencia del objeto amado.”


En resumen y para articular todo lo anterior con lo que sigue, recordaré que toda fantasía inconsciente aspira a la identidad de percepción y labora por ello y ésta se alcanzaría por medio de la actualización a través de la adjudicación de roles.


Con estas consideraciones generales, los autores, intentarán arrojar nueva luz a un problema de técnica: la relación transferencia - contratransferencia. De este modo hace su entrada el concepto de “role-responsiveness”.


El Webster Dictionary traduce la palabra “responsive” con dos acepciones. Una: como el acto de dar respuesta rápidamente a una influencia o a una alteración; otra proviene de la fisiología y denota una acción en respuesta a un estímulo. Y traduce “responsiveness” en su segunda acepción, como la habilidad de una máquina o de un sistema para reajustarse rápidamente ante una alteración súbita de las condiciones externas, para reasumir sin dilación sus operaciones.


Es decir que el énfasis, está puesto en la idea de “respuesta”: 1) “respuesta” a un estímulo; 2) desajuste provocado por una alteración externa que desencadena una “respuesta” de reajuste que permite volver al estado anterior de operacionalidad. Según esto, creo que la expresión “role-responsiveness” incluye dos ideas: la primera es la de algo que sucede en el analista y que es respuesta al intento del paciente de manipularlo para forzarlo a un rol y que puede acusar en su contratransferencia a través de fantasías, pensamientos, sentimientos que podría captar, procesar en su interior e interpretar. En términos de Racker, sería transformar su contratransferencia complementaria en concordante. Pero, también hay una segunda idea sugerida por la acepción proveniente de las máquinas: que el impacto de la presión logre desestabilizar al analista; es decir que asuma el rol pero que, posteriormente pueda tomar conciencia de su apartamiento del encuadre tradicional e intente “reasumir” su modo operacional habitual. Ambas acepciones parecen estar incluidas en la expresión que nos ocupa a juzgar con las viñetas con que lo ilustran. En consecuencia traduciría este concepto por el, muy limitado, de “respuesta al rol”.


En función de todo lo precedente hay que decir que, la transferencia, es una forma más de actualización. Permanentemente, el analizado, querría actualizar sus fantasías inconscientes para lograr la identidad de percepción entre ella y la respuesta del analista.


Creo necesario en este momento establecer una diferencia entre dos conceptos que, quizá, podría ser confundidos: el de actualización y el de acting-out. La frontera entre ambos es clara si consideramos que, el acting-out es una estrategia defensiva del Yo que apunta a impedir el “insight” (H. Echegoyen). Mientras que la primera sería -según los autores- una parte constante de los vínculos humanos que, por esa misma razón, estructura a la transferencia.


Esta forma de mirar a un fenómeno tan trascendente para la técnica, lo complejiza porque, la transferencia, no sería sólo la “apercepción” ilusoria del analista por parte del paciente sino que se ampliaría con el agregado de sus intentos de manipularlo a fin de inducirle un rol a través de acciones y señales inconscientes. El analizado asume un rol y busca que el analista lo haga con el complementario.


En paralelo con lo que he traducido como “respuesta al rol”, y en relación con ella, plantean la existencia de una “disponibilidad libremente flotante al rol” junto a la ya clásica “atención libremente flotante” y que se podría entender como la disposición inconsciente del analista para resonar en una particular interacción. Sostienen que todo analista tiene un margen de flexibilidad en relación con el encuadre clásico; es decir que puede apartarse de él dentro de ciertos límites pero, puede suceder en ocasiones, que su “disponibilidad libremente flotante” lo conduzca, inconscientemente, a hacerlo en mayor medida llegando, incluso a asumir una parte del rol inducido. En la óptica de la teoría clásica esto sería considerado una contraactuación por parte del analista relacionada con sus puntos ciegos contratransferenciales. Pero, para los autores “sería más útil entenderlo como una formación de compromiso entre sus tendencias y su aceptación del rol que se está forzando en él”. Aunque aclaran que no quieren decir con esto que todas las respuestas contratransferenciales sean debidas a ese forzamiento producido por el paciente.


Un ejemplo clínico puede ser útil y para ello resumiré una viñeta. Se trata de una paciente cuyas sesiones transcurrían, desde el comienzo, en medio de un llanto incoercible. El analista (uno de los autores) se encontró, sin saber por qué, dándole una caja de pañuelos cada vez que la paciente rompía a llorar cuando, como consigna en la viñeta, debería haber intentado comprender qué significaría el hecho de que la analizada no trajera los suyos propios. Al tomar consciencia de su conducta, tan apartada de su modo habitual de operar decidió, ahora sí conscientemente, no modificar su actitud sin que mediara una buena razón para ello. Ante su sorpresa se vio nuevamente forzado a una acción no meditada: un día se olvidó de darle los pañuelos, hecho que provocó una reacción rabiosa y angustiada en la paciente. A raíz de los intentos del analista de comprender lo sucedido apareció un material compuesto por fantasías cuyos contenidos apuntaban al temor de ensuciarse y mojarse sin que hubiera ningún adulto cerca para limpiarla. Eran fantasías elaboradas en la etapa anal bajo el impacto del distanciamiento de la madre a raíz del nacimiento de un hermano. Afirma el analista: “Pienso que yo percibí inconscientemente pistas desde la paciente que me impulsaron a conducirme de una cierta manera en su análisis: dándole los pañuelos primero y luego omitiéndolo (...) Creo que esta paciente me forzó un rol, inconscientemente por su parte y la mía, un rol que correspondía a una introyección parental, en el que actué la parte, primero de una madre atenta y cuidadora y, de repente la de una madre que la descuidó”.


Como conclusión de este capítulo sugieren que, todo analista y dentro de lo límites que plantea el encuadre, puede tender a complacer el rol que se le demanda, a menos que esté muy atento a su contratransferencia y a los efectos de la inducción sobre él. Pero, aun así habrá ocasiones en que la disponibilidad flotante al rol puede apartarlo inconscientemente de la conducta clásica, aunque, como en la viñeta citada, luego tome consciencia de ello e intente comprenderlo con el paciente. Cuando esto ocurre, opinan que es de mayor utilidad entenderlo como un compromiso entre sus propias tendencias y el rol que la fantasía inconsciente del paciente desea imponerle, más que como un derivado exclusivo de su contratransferencia.


Pero, van más a allá todavía al considerar que “algunas veces solamente obtenemos información útil después de haber tomado consciencia de que nos hemos apartado de nuestra manera usual de comportarnos con los pacientes (...). Estas actuaciones (...) pueden proporcionar información muy útil para el analista acerca del deseo inconsciente que el paciente está tratando de actualizar en la transferencia.”


El capítulo octavo, “Una teoría de las relaciones internas de objeto” merece algunos comentarios aparte. Se lee en el prefacio que lo que se proponen en ese capítulo es una ampliación de la teoría de las relaciones objetales. Su lectura da la impresión que dicha ampliación, al menos en forma parcial, es consecuencia de la incorporación de conceptos provenientes del campo del cognitivismo.


La concepción de la fantasía inconsciente como una estructura interactiva entre las representaciones del self y del objeto se divorcia de la relación de objeto. El mundo del funcionamiento psíquico se dividirá, a partir de ahora, en dos territorios. El de la experiencia subjetiva (consciente o inconsciente) que es el lugar de despliegue del campo representacional, de la fantasía y de sus derivados; y el territorio no-experiencial , aquel del cual, el sujeto, jamás podrá tener experiencia subjetiva: es el territorio de la estructura. Expresado en palabras de los autores: “ (...) queremos enfatizar la distinción entre el contenido experiencial de la representación mental –el contenido ideatorio y perceptual- y la organización estructural existente detrás de ese contenido y que subyace fuera de la región de la experiencia ya sea consciente o inconsciente.” Y, en esta última región –la no-experiencial- quedará ubicado ahora el objeto interno. “...el objeto interno puede ser visto como una estructura fuera de la región de la experiencia subjetiva ya sea consciente o inconsciente...”


Ya tenemos al objeto interno desalojado de la zona experiencial, fuera del campo representacional y de la fantasía. Esta postura teórica, como reconocen los autores- está influida por los trabajos de los psicólogos cognitivistas que nos permiten “...considerar a los objetos internos como aquello que hemos denominado patrones dinámicos, compuestos por organizaciones ”virtuales” o “procedimentales” en oposición a las “explícitas” que componen (...) a las fantasías inconscientes.”


Aunque estos dos territorios están separados en cuánto a sus posibilidades de acceso a la experiencia subjetiva, sus influencias mutuas son múltiples. El mundo no-experiencial constituye un trasfondo permanente, construido por la experiencia subjetiva pero que, a la vez, puede “...afectar a la percepción, a los recuerdos y a las fantasías. Hay una influencia recíproca entre ambos territorios dada por el hecho de que, el contenido de la experiencia subjetiva afecta a la organización, la estructura y los procesos dentro de lo experiencial.”


Del mismo modo “lo no-experiencial organiza y da forma a aquello que es experimentado subjetivamente. Por ejemplo, las estructuras perceptuales construidas durante el desarrollo dan forma a los datos sensoriales; así como las estructuras cognitivas influencian la forma y el contenido subjetivo del pensamiento, incluso aquella forma de pensamiento que llamamos fantasía”.


Por estas razones encuentran que “parece más apropiado restringir el término objeto interno para referirse a una estructura psicológica específica que puede ser concebida subyaciendo detrás del territorio de la experiencia subjetiva, y no usarlo para las representaciones conscientes o inconscientes del self y de los objetos.” Con esto, y a pesar de reconocer influencias del pensamiento kleiniano, se diferencian sustancialmente de Klein, que no reconoce esta diferenciación. Para terminar esta parte de mi comentario, cabría agregar una última idea que expresan de este modo: “...nos hemos referido al concepto de objeto interno y relación objetal interna, como estructuras en la región no-experiencial que originan fantasías conscientes e inconscientes. Estas estructuras no-experienciales que nunca podremos convocar a nuestra experiencia subjetiva, pueden ser consideradas como moldeadoras de la fantasía, de la región de la experiencia subjetiva, tanto como a los otros, así llamados, derivados del inconsciente.”


Resumiendo, lo que llaman “objeto interno” y “relación interna de objeto” son estructuras existentes por detrás del mundo de la fantasía pero a la que contribuyen a crear y a dar forma. Originadas a lo largo del desarrollo como consecuencia de experiencias subjetivas que, en parte derivan de las vivencias con el objeto externo y en parte de la fantasía, se constituyen en “patrones virtuales” que en forma de estructuras cognitivas y perceptuales otorgarán significación a la experiencia del niño y más tarde del adulto.


Para finalizar el comentario de este libro me referiré a una diferenciación que hacen los autores, en este octavo capítulo, entre dos conceptos: el de construcción y el de reconstrucción.


En la situación analítica todo lo que se puede observar, por parte del analista, son pensamientos, fantasías y conductas, además de que pueda ser consciente de sus reacciones ante el material. Construcción es un concepto que reservan para designar aquella actividad del analista que, partiendo de ciertas hipótesis, organiza estos datos. En este sentido el "objeto interno” así descripto solo es evidente en la forma de derivados. Así todo lo que es percibido por el analista y el paciente es referido a un hipotético objeto interno en su interacción con el self del paciente.


De este modo, construcción alude a la manera en que el mundo interno actual del paciente se organiza y se observa en la relación transferencia-contratransferencia. Desde el punto de vista técnico, designa la actividad que el analista desarrolla y cuya meta es la creación de insight que expanda el conocimiento del paciente acerca de sí mismo y de su mundo interno. En cambio el término reconstrucción pone el acento acerca de lo que, y desde el punto de vista del analista, sucedió y fue experimentado durante el desarrollo; apunta al pasado y supone una actividad compartida entre el analista y su paciente.


Y con esto voy a dar por finalizado este comentario, no porque haya agotado las ricas ideas que se encuentran en esta obra, sino porque en una apretada síntesis como necesariamente tiene que ser ésta, no se puede abarcar todo el contenido.

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