El potencial para el trauma en la transferencia y en la contratransferencia

Publicado en la revista nº006

Autores: Díaz , Pilar, Tribiño, Adriana, Vivar, Pilar - Berkowitz, R.




  • Libro:"El potencial para el trauma en la transferencia y en la contratransferencia". (Ruth Berkowitz. The potential for trauma in the transference and countertransference). Publicado en: Johnson, S, Ruszczynski, S., Psychoanalytic Psychotherapy in the independent tradition. Karnac Books: Londres, 1999,  p 111-132.) 





La autora plantea una interesante analogía entre el punto de vista de Balint acerca de la génesis del trauma, en su trabajo “Trauma y relaciones de objeto” (1969), y la relación analítica como pudiendo ser potencialmente traumática.

     Balint, según Berkowitz, sostiene como aspectos centrales que:


    - Los traumas más graves acontecen en la primera infancia.

    - La experiencia demuestra que existe una relación íntima entre el niño y la persona que causa el trauma, a pesar de que en la concepción original se planteaba que el trauma provenía de personajes no familiares.

    - Los objetos traumatogénicos son principalmente objetos edípicos o figuras edípicas, es decir, personas que representan una autoridad y que están al cuidado del niño. 
 


    Balint describió la génesis traumática como una estructura de tres fases. Para que el adulto pueda ser potencialmente traumático la relación con el niño tiene que tener cierta intensidad. El niño debe que ser dependiente del adulto, y tiene que prevalecer, aunque haya ambivalencia, una relación de amor y confianza.


    En la primera fase, se producen frustraciones en la relación, pero a pesar de esto prevalece la confianza. En la segunda fase, el adulto hace algo muy excitante, que puede suceder una única vez, de forma repentina, o sucesivas veces, que produce miedo o dolor, o también situaciones de seducción que llevarían a momentos pasionales que, según apunta Balint, no necesariamente tiene que ser sexuales o genitales. Serían excesos por parte del adulto que pueden ser tanto de cariño como de crueldad. El resultado para el niño sería el padecimiento de una sobreestimulación o rechazo de sus necesidades de acercamiento, que le producirían una desilusión profunda. Sin embargo, aunque determinantes para el psiquismo del niño, por su fuerte impacto, estas dos fases no serían por sí solas constitutivas de la situación traumática. Lo que va a completar el trauma se produce en la tercera fase, cuando el niño vuelve a acercarse al adulto buscando un nuevo encuentro pasional o de dolor como el producido en la segunda fase y lo que sucede, y esto es lo central, es que el adulto se comporta como si no supiera nada de lo sucedido en la segunda fase. El niño, que busca entendimiento y confort, se encuentra con un rechazo inesperado y el adulto no reconoce su participación en la situación creada.


    Berkowitz aplica esta estructura a la relación analítica. En el "setting" analítico se produce de nuevo una relación de dependencia del paciente con el analista que correspondería a la primera fase descrita por Balint. En la segunda fase, acontece la compulsión a la repetición descrita por Freud (1920), cuando no se pueden recordar experiencias del pasado, se ponen en acto en la relación con el analista. El punto determinante es lo que suceda en la tercera fase. Según Balint el analista no debe prestarse a la repetición y debe elegir estrategias deliberadas que le hagan ser distinto para el paciente de los objetos traumáticos.  Si el analista siguiendo a Freud adopta una posición de neutralidad analítica podría ser una repetición de la situación traumática.


    Con esta introducción la autora se plantea las siguientes cuestiones, que va a ir desarrollando a lo largo del trabajo, citando a diferentes autores que han aportando ideas en relación a los temas propuestos:


    a) ¿Hay alguna base para considerar que existe analogía entre la fase uno y la relación terapeuta paciente?

    b) ¿Qué es lo que se repite en la fase dos? ¿Cuál es el rol de terapeuta en esta fase? ¿Cómo el paciente repite la

        experiencia original y qué avances en el pensamiento pueden ayudar a evitar esto?

    c) Si Balint plantea que el fallo en el reconocimiento del propio rol del analista es lo que sella el trauma, entonces ¿qué entendemos por “reconocimiento” del propio rol en un proceso analítico?


    En la primera fase, Balint plantea que para que se pueda infligir un trauma debe haber intensidad en la relación entre el niño y el objeto que produce el trauma y que la relación debe ser de confianza. El "setting" analítico crea una experiencia de confianza y seguridad para el paciente. Klauber (1986) propone la idea de que la experiencia analítica puede ser en sí misma traumática y utiliza dos de las definiciones de Freud sobre situaciones traumáticas, “una experiencia de impotencia del yo en la fase de acumulación de la excitación que puede ser de origen interno o externo” (Freud, 1926d, 1925), y “una apertura en alguna barrera eficaz contra el estímulo” (Freud, 1920); es decir, el análisis levantaría la barrera contra  la excitación de la fantasía inconsciente y de la memoria inconsciente. Rosenfeld (1987) apunta que es muy fuerte la influencia que el analista puede tener en su paciente.


    En la segunda fase, Berkowitz propone considerar dos aspectos:


    a) La naturaleza de la compulsión a la repetición y hasta donde el terapeuta es llevado a la repetición.

    b) La participación del terapeuta en una repetición compulsiva similar al objeto original.


    Se repiten tanto las experiencias placenteras como las experiencias displacenteras (Freud, 1920). Lo que se repite es una relación de objeto. Freud ya indicó, cómo la repetición llevaba a los pacientes a abandonar el tratamiento y al  analista a tratarlos severa y fríamente. Freud planteaba esta situación en términos de experiencias dolorosas, pero otros autores como Bollas (1995) consideran la experiencia como traumática.


    Las ideas, en este punto, giran en torno a que el paciente presiona al analista a que repita compulsivamente. Los dos repiten y es importante que el analista sea consciente que los dos intervienen en la repetición.


    Sandler, (1976), Brenman-Pick (1985), Joseph (1985) y Rosenfeld (1987) coinciden en que el analista es empujado a la repetición por medio de una intensa identificación proyectiva.


    Baker (1993)  advierte de los peligros del "acting out" en la contratransferencia, el paciente insiste para que el analista se convierta en una réplica del padre en la transferencia, y eso es, al mismo tiempo, lo que teme que suceda. Plantea que el manejo de estas situaciones no es fácil y el acting out de la contratransferencia es inevitable incluso para los analistas más experimentados. Cuanto más enfermo esté el paciente, más dificultad va a tener para poder experimentar al analista como un objeto nuevo.


    Rosenfeld (1987) y Baker (1993) afirman que estas repeticiones del terapeuta provocan "impasses" potenciales y fracasos de los que no se debe culpar al paciente y a su psicopatología. El analista, como consecuencia de la violencia de las proyecciones, puede sentirse atacado y resentido y desde la actuación de la contratransferencia contribuir a la situación de impasse.


    Rosenfeld (1987) advierte de la especial dificultad que plantean los pacientes con hipersensibilidad (“pacientes de piel fina”), que pueden ser retraumatizados si las interpretaciones están dirigidas constantemente a los aspectos destructivos del paciente, y que estas situaciones de retraumatización son especialmente difíciles de remediar. Estos dos aspectos, la contratransferencia negativa y las interpretaciones constantes de los aspectos destructivos, son especialmente negativos en los pacientes traumatizados.


    Baker (1993) considera esencial evitar las “actuaciones contratransferenciales. King (1978) entiende la reacción negativa como una comunicación, la única que el paciente puede utilizar para expresar sus sentimientos de rechazo y de impotencia.


    Otros autores como Money-Kyrle (1955) y Brenman-Pick (1985) van más lejos y señalan que en la relación con el paciente pueden ser evocados aspectos del analista como ansiedades superyoicas, y que algunos pacientes tocan aspectos profundos del analista.


    Sandler (1993) y Jacobs (1993) plantean que el proceso analítico pone en juego dos psicologías. En este sentido, la experiencia interna del analista es una herramienta importante para entender  la experiencia interna del paciente y consideran que el progreso analítico depende del trabajo de las resistencias tanto del paciente como del analista.


    Racker (1968) describe esta idea de que hay dos personalidades en la relación analítica considerándola como: “una interacción entre dos personalidades, en las cuales las dos están bajo la presión del yo, bajo la presión del ello, bajo la presión del superyó y el mundo externo. Cada personalidad tiene sus dependencias externas e internas, sus ansiedades y sus defensas patológicas; cada una es también un niño con sus padres internos y cada una de estas personalidades –la del analista y la del analizado- responden a cada evento analítico”.


    Hasta aquí, la autora ha hecho referencia a un sector de psicoanalistas que han llegado a una compresión más subjetiva del proceso analítico. Lo que ella propone, como enfoque diferente, es la idea de que el paciente responde a la contratransferencia del analista que se manifiesta tanto de forma verbal como no verbal.


    Explora este aspecto en el caso de Jane, una adolescente de 16 años que comenzó su terapia con una actitud hostil hacia ella.. Adoptaba una actitud de superioridad que se manifestaba en sus comentarios a las interpretaciones y a la terapia en general. Berkowitz se sentía avergonzada y estúpida frente a la paciente, y le empezaron a surgir dudas a cerca de si podría soportar la situación. Empezó a entender esto como una forma de comunicación de la paciente que, en diferentes momentos de su vida, se había visto sobrecargada por las expectativas no realistas de sus padres que sentía tenía que satisfacer. También se dio cuenta que la paciente estaba intentado comprobar por sí misma si la analista podía tolerarla. Un día que la paciente había pasado toda la sesión menospreciándola, la autora le dijo que quizá era temeroso para ella hablarle en esa forma. La paciente salió despacio hacia la puerta, miró a la analista para ver su reacción y dijo "nos veremos".


    La idea de que el paciente capta la contratransferencia del analista es una idea que ya propuso Ferenzci en 1931, “llego a la conclusión que los pacientes tienen una extremada sensibilidad para los deseos, tendencias, simpatías y antipatías de su analista, aún cuando el analista no sea totalmente consciente de esta sensibilidad".


    El interés en esta sensibilidad de los pacientes ha cobrado interés recientemente. Aron, piensa que en los niños hay una tendencia a explorar la personalidad de sus padres, y establece un paralelo con el enfoque kleiniano que apunta el deseo del niño de entrar en el cuerpo de la madre y descubrir los objetos que tiene dentro. Siguiendo esta línea de pensamiento, Aron considera que los pacientes ponen a prueba al analista no solo para defenderse o agredirle, sino también por el deseo, presente en todos, de conectar y buscar información sobre el mundo interno de los otros.


    Tanto Ferenczi (1932) como Aron (1996) opinan que el paciente lleva al analista a jugar un rol y, luego, observan la participación del analista, las respuestas de la contratransferencia  y reacciona a ellas. Sandler (1993), en este sentido, dice que la transferencia no puede ser considerada solo como una distorsión sino también como una respuesta a la contratransferencia del analista, que en una parte es reflejo del paciente, pero en la que también existen aspectos particulares del analista. El paciente estaría respondiendo a la repetición que puede llevar al impasse o al fracaso.


    Este punto Berkowtiz recoge el debate de si la repetición es evitable o inevitable. Rosenfeld (1987) considera que un uso adecuado de la técnica evitaría los peligros de la repetición. En este sentido Backer (1993) sugiere que tenemos que estar atentos a las intervenciones que pudieran dañar la autoestima vulnerable del paciente y propone como técnica enfatizar los aspectos de la relación no interpretativa. Según Bollas  (1997), las interpretaciones deben ser jugadas y usadas por el paciente en una variedad de formas. Aron (1996) apunta, que las interpretaciones son usadas por el paciente como una cadena con el terapeuta, en la que tanto terapeuta como paciente son dos participantes activos sin que ninguno esté en posesión de la verdad. Levine (1994) indica que la participación del analista puede ofrecer información importante para proteger del impasse analítico.


    Todas estas ideas se distancian del punto de vista clásico que considera que el terapeuta objetivo y neutral es empujado por el paciente a jugar una determinada relación de objeto, y señalan otra perspectiva diferente en la que la experiencia subjetiva del analista también juega un papel, y que es también a esta experiencia subjetiva del analista, no solo a la transferencia, a la que el paciente responde.


    Otros autores que también consideran esta participación subjetiva del analista como un aspecto central en la evolución del proceso analítico, sin embargo piensan que la repetición es inevitable.  Así Ferenczi (1932) considera que independientemente de lo que haga el analista, de su actitud, va a llegar un momento en que va a repetir el trauma. Y Fabricius (1995) apunta que es inevitable que el analista sea un agente traumatizante en sus aspectos seductores y abandónicos y que, por tanto, en algunos momentos repita la situación traumática.


    En la tercera fase es cuando, según Balint (1969), se completa el trauma. Si la repetición de la situación traumática se produce por el acting out de la contratransferencia del terapeuta, la autora se pregunta siguiendo a Balint  ¿qué pasa, entonces, si lo traumático es la falla del analista en reconocer su papel en la repetición?, ¿qué puede contribuir a esta falta de reconocimiento?, ¿cuáles pueden ser los efectos de esta falla? y ¿cuáles los efectos de tomarlo en consideración?


    Baker (1993) señala que para Rosenfeld el analista juega un papel crucial cuando no se reconoce a sí mismo representando al objeto traumatizante en la transferencia, y que estas ideas de Rosenfeld, en relación a las fallas del analista, no han tenido la misma influencia en el pensamiento psicoanalítico que otros pensamientos aportados por él. Baker considera que la falta de reconocimiento sobre la falla puede estar motivada por orgullo profesional, narcisismo o vergüenza cuando hay sentimientos de hostilidad hacia el paciente que son actuados en la contratransferencia.


    Según Bollas (1995), la escucha del trauma puede ser detenida porque el analista no sabe qué hacer con eso. Debido a esta dificultad el analista puede pasar por  encima del trauma experimentando una sensación de quedarse en blanco, que le impide poder pensar. Este quedarse en blanco o “nada blanca” puede ser tanto la respuesta del  paciente a su experiencia traumática, como la contratransferencia del analista al ser expuesto a la experiencia traumática y al estado disociado del paciente.  Este estado lleva al analista a una ausencia de sentimientos que le hace dudar que la experiencia realmente haya sucedido. El paciente puede experimentar esta respuesta contratransferencial como falta de reconocimiento. Berkowitz presenta otro caso que ejemplifica estas ideas:


    El Sr.W, un joven abogado de Australia, se había hecho cargo de sí mismo desde muy joven, a raíz de la separación de sus padres. Sin ninguna ayuda por parte de ellos, había finalizado su educación y marchado a Inglaterra, donde había desarrollado una carrera fructífera. Nunca había pedido ayuda a nadie y se había hecho cargo de sus cosas hasta que la ruptura de su relación de pareja le hizo caer en picado. Esta experiencia evocó en él la ruptura de una relación anterior y la del matrimonio de sus padres. En su infancia y adolescencia había sido seriamente abusado por su padre. Era un hombre meticuloso que hacía las cosas con mucho cuidado y con un orden muy preciso. Se mostraba excesivamente bueno en su comportamiento. La respuesta de Berkowitz al discurso del paciente fue quedarse en blanco, dudando, incluso, si el paciente no paciente no estaría inventando la historia. También se sentía particularmente irritada con la forma de hablar en voz muy baja del paciente. Empezó a desear que se fuera para poder dedicarse a otros pacientes. Al mismo tiempo, acudían a su mente pensamientos como : " eres débil", "eres un tonto" "no haces otra cosas que protestar". Se sentía muy distanciada del paciente.


    Para Berkowitz, lo potencialmente traumático era su rechazo hacia el paciente, aunque fuera efecto de la identificación proyectiva. Al darse cuenta de su contratransferencia y analizarla, cambió su actitud, reconociendo que la conducta del paciente era una respuesta hacia su contratransferencia. Antes de ese análisis, reconoce que si el paciente le hubiera dicho algo sobre su rechazo, le habría puntualizado su preocupación y continua presencia varias veces por semana. De acuerdo con la teoría de Balint, apunta, que estas situaciones tienen un potencial traumático, incluso una traumatización actual de este paciente desde el momento en que no  era capaz de reconocerse a sí misma su contratransferencia.


    Desde el trabajo de Balint (1969), ha habido avances en la técnica que han tratado de prevenir la repetición clara de los abusos y del rechazo parental. Ferenczi ya planteó la idea de un analista que tiene fallos y limitaciones, pero que puede reconocer honestamente sus errores al paciente, de tal forma que ambos puedan llegar a un perdón mutuo. Aron propone pensar que la relación analítica progresa “a través de secuencias de fractura y reparación”.


    La idea de un análisis mutuo donde el analista se abra al paciente, es y ha sido muy cuestionada. Algunos autores consideran que la revelación del analista puede ser una carga para el paciente y estar más al servicio de satisfacer las necesidades del analista.


    Berkowitz utiliza en este trabajo la palabra “reconocimiento” en el sentido de que el analista pueda reconocer que su contratransferencia provoca la repetición y que el paciente responde a esto. Este reconocimiento puede ser verbalizado o no. Considera que en algunos casos el cambio de actitud del analista, al comprender sus propias reacciones, puede ser suficiente. Sin embargo, en otras ocasiones, puede ser necesaria una intervención más explícita cuando se comenten errores que provocan un  impacto negativo en el paciente, como en la siguiente caso:


    Señora T, una mujer de mediana edad, esperó al final de la sesión para decir que pensaba que la había cobrado de más. Berkowitz le preguntó cuánto le había cobrado y se disculpó, diciéndole que efectivamente había cometido un error  y que le emitiría otra factura. Le sorprendió la tremenda ansiedad de la paciente al comunicar esto. La paciente temía que a pesar de saber las dos que había sido un error, la analista seguiría insistiendo en llevar razón y que actuaría como si nada hubiese sucedido. La autora apunta que el cobrarle demás queda para ser analizado por ella, pero lo que salió a la luz en el tratamiento, fue que la señora T estaba preocupada con que la analista la rechazara y pensaba que le iba hacer pagar más por la necesidad que tenía de ella. Lo que le llamó la atención fue que la analista pudiera reconocer su error y pensar con ella el significado de lo que había sucedido. La señora T contó que sus padres eran muy dogmáticos y que siempre insistían en tener razón a toda costa.


    El hecho de que Berkowitz pudiera pensar sobre sus propias acciones y reconocer su error fue sorprendente para ella y tuvo un efecto terapéutico. Ella tenía la creencia de que el terapeuta iba a negar su error como lo habían hecho anteriormente sus padres, repitiendo así la relación de objeto temprano y cristalizando la experiencia traumática.


    En el siguiente caso, plantea otra situación que era potencialmente traumática. “La Sra. S, una mujer casada, en sus cuarenta y pico años, atractiva y con encanto, regresaba de las vacaciones de verano sintiéndose mucho mejor. Antes del descanso tenía dificultades con una colega en su trabajo, y llegaron a una relación totalmente insoportable. Ella había tenido dificultades similares en el pasado, y había intentado dejarlas de lado, debido a su excesiva preocupación e involucración en su familia, lo cual le hacía sentir a ella que no tenía ni privacidad y necesitaba un espacio para ella misma. Lo que le había hecho sentir restaurada, mejor durante las vacaciones de verano, era la posibilidad de hablar a una tía con la cual ella había tenido una relación muy confiable. Esta tía le había introducido a una red de terapeutas. La paciente comenta haber sido capaz, por primera vez, de manifestar sus sentimientos con autenticidad hacia su familia y hacia estos terapeutas. A medida que ella habló, yo empecé a sentirme más y más desestimada en su relato. Pensé en todos los años de trabajo con ella, hechos ahora basura, cuando yo en realidad sentía que las dos habíamos luchado con muchas dificultades, tiempos difíciles y habíamos llegado a un entendimiento. Berkowitz con gran sinceridad aclara que el señalamiento que había hecho a su paciente tenía que ver con sus ansiedades narcisistas, reflejadas en que la paciente había sentido que ella no había tenido suficiente para ofrecerle, más que con lo que la paciente le estaba ocurriendo. Esto produjo una ira enorme en la paciente que llevó a la analista a reflexionar sobre su intervención, lo que la hizo surgir y qué pudo haber significado esto para su paciente.


    La autora sabía que la paciente estaba con un miedo atroz de encontrares enfadada con su analista. Esta le manifestó que a lo mejor su enfado tenía que ver con la intervención que ella había hecho el día anterior, que quizás ella le había transmitido que la quería exclusivamente para ella y que ella no debería relacionarse de forma significativa con otros. La paciente comenzó hablar de la exclusividad que había sentido y que era característica de la relación con su madre. Se sintió aliviada al hablar de ello pero que la analista tuviera una mente abierta que pudiera reflexionar no solo sobre lo que la paciente había traído a sesión, sino lo que la analista también traía a sesión fue decisivo.


    Este reconocimiento de la respuesta de la paciente a la contratransferencia evitó completar el trauma, como apunta Balint. La autora plantea que negar su sentimiento de rabia hacia la paciente hubiera sido negar la validez de su respuesta. Si hubiera entendido la reacción de la paciente en términos de identificación proyectiva, como se hubiera entendido desde un setting analítico clásico, hubiera hecho una intervención que hubiese aludido a que la infidelidad del analista durante las vacaciones le había llevado a la paciente a vengarse haciendo lo mismo.


    Estas intervenciones conducen a procesos de detención, según Bollas (1993), que plantea que los hijos de padres traumatizantes quedan inhibidos para una elaboración simbólica. Las personas traumatizadas van a tratar de evitar el dolor psíquico. Según Fonagy (Fonagy, Moran, Edgcymbe, Kennedy, y Target, 1993) estas intervenciones llevan a una “inhibición de los procesos mentales”. Y para Rosenfeld (1987) conducen a un sentimiento de profundo aislamiento.


    La autora propone que la completud del trauma puede ser vista como un exilio emocional. En la situación terapéutica el analista no está disponible, está como en el exilio, “la cadena se ha roto y el objeto destruido”.


    Bollas y Fonagy consideran que el proceso de detención o inhibición de los procesos mentales puede ser desbloqueado. Según Bollas (1987), aceptar las correcciones del analizando a nuestros errores de asociación nos coloca ante dos posiciones: o seguimos manteniendo la certeza o estamos abiertos a otras formas de entender la experiencia. Cuestionando las verdades absolutas podemos generar muchos procesos de pensamiento. Bollas lo plantea en términos de adoptar una postura democrática o una postura de monarquía absoluta. Fonagy piensa que la capacidad de reflexión puede ser adquirida en un proceso de intersubjetividad con el reconocimiento de los estados mentales y emocionales, que surgen en una experiencia compartida. En los pacientes con “proceso mental inhibido” las intervenciones deben estar encaminadas a reactivar estos procesos, que ofrecen la posibilidad de presentar formas alternativas de entender los sucesos mentales. Desde esta posición el analista debe estar activamente involucrado en el funcionamiento mental del paciente y tratar de que el paciente también recíprocamente se involucre en la mente del analista. Para conseguir esta implicación, sin que lleve al paciente a sentir una ansiedad mental desmedida, el terapeuta tiene que poder reconocer su papel en la experiencia traumática. Si esto no se logra, el diálogo no se produce y daría lugar al exilio emocional.

 


COMENTARIOS


    La autora ofrece una visión de la evolución de las ideas en torno a la posición y participación del terapeuta sobre “la compulsión a la repetición” en el proceso analítico. Así, parte de la concepción de Freud que planteó que estos pacientes inducen al analista a tratarlos severamente, y recomendaba que el analista debía mantenerse neutral. En la misma línea, la escuela kleiniana planteó que, a través de una intensa identificación proyectiva, el paciente empuja al analista a que participe en la repetición, y algunos autores han señalado los peligros del acting out contrantransferencial.


    Estas ideas implican la concepción de que todo pertenece al paciente y de un analista neutral que encara  su actividad con objetividad científica y, que en los casos en los que la patología del paciente sea muy grave, puede perder el control de la situación y repetir el papel traumático al que es convocado por el paciente. Aunque algunos psicoanalistas han advertido que estas situaciones llevan a fracasos o impasses en los tratamientos y han propuesto técnicas para evitarlo, la idea de la neutralidad analítica, como una norma, se sigue sosteniendo como algo deseable. No se tiene en cuenta que, desde esa posición, se puede estar repitiendo la situación traumática y, al mismo, se impide diseñar estrategias deliberadas para cada paciente concreto, al considerar que lo que puede ser terapéutico en un caso, puede ser iatrogénico en otro. En esta posición teórica y técnica todo es del paciente, la respuesta del analista sería la que el paciente convoca. Esta visión es la que la autora cuestiona y a nuestro juicio, de acuerdo con ella, es muy difícil de sostener hoy.


    Otra línea de pensamiento tiene en cuenta que no todo es repetición del paciente, sino que también emergen aspectos del analista, ansiedades narcisistas o persecutorias que surgen en el analista en el encuentro con ese paciente, y que no pueden ser atribuidas a la identificación proyectiva. Esta visión que es la intersubjetiva en psicoanálisis, lleva a los autores, que la representan, a entender la relación analítica como un encuentro entre dos psicologías. Aquí es donde se posiciona la autora. Esta línea, pone en cuestión claramente la idea de la neutralidad analítica, y propone pensar la contratransferencia como producida por el paciente pero también integrada por la personalidad del analista, en el sentido que planteaba Racker (1968) “…cada personalidad tiene sus dependencias externas e internas, sus ansiedades y sus defensas patológicas; cada una es también el niño con sus padres internos y cada una de estas personalidades –la del analista y la del analizado- responden a cada evento analítico”.


    Sin embargo, el aspecto fundamental que Ruth Berkowitz plantea es la posibilidad de pensar que el paciente esté respondiendo a la actitud subjetiva del analista. Para ello recoge a los autores que se encuentran en esta línea, y cuyas ideas a nuestro juicio no son demasiado conocidas, a pesar de estar planteadas como las de Ferenczi en 1932.


    Estas ideas las desarrolla de manera específica en los casos clínicos que presenta. En el primer caso, el de Jane, muestra que la actitud de la paciente no solo dependía de la transferencia, sino que era también una respuesta a la experiencia subjetiva de ella de malestar e incomodidad que sentía con la paciente, aunque aparentemente mantenía una actitud de neutralidad analítica.  En este caso propone dos aspectos que nos parecen importantes a considerar y que, creemos, no son lo suficientemente tenidos en cuenta. Por un lado, siguiendo a Ferenczi, destaca la sensibilidad que los pacientes tienen acerca de las emociones, sensaciones y sentimientos que despiertan en el analista. El otro aspecto, es la idea de Aron, de que hay una necesidad intrínseca en el ser humano de conectar con otros en un sentido emocional. Esta necesidad genera una búsqueda y curiosidad por el mundo interno del otro, en este caso el analista.


    En este punto, retoma el debate planteado entre los autores sobre si la repetición es inevitable o no. De nuestro propio debate, concluimos que, si en cualquier relación humana emocionalmente intensa, y donde se den las condiciones descritas en la primera fase, es imposible no producir daño, parece difícil pensar, que desde lo que convoca el paciente o desde los aspectos personales puestos en juego por el analista, no se produzcan situaciones que tengan un impacto negativo en el paciente, y que sean potencialmente traumáticas.


    Aunque Berkowitz no responde directamente la pregunta, consideramos que lo hace a través de los casos clínicos. Y además, porque lo que le parece central es lo que sucede a continuación, lo que Balint describe como tercera fase. Para él lo que consolida el trauma es el “no reconocimiento”, por parte del adulto, del papel que ha tenido en el daño infligido al niño.


    Las preguntas, que se hace Berkowtiz, son qué efectos tiene el no reconocimineto del analista de su participación, y si no será esta negación la que sella el trauma y produce los fracasos y los impasses analíticos y cuáles son las claves para reconducir el proceso terapéutico. Por eso, para ella, el aspecto central es el “reconocimiento” del analista para que el proceso pueda reconducirse. La condición, para que este reconocimiento pueda darse, sería por un lado, pensar en la contratransferencia como integrada también por lo personal del analista y, por otro lado, poder pensar que el paciente está respondiendo a esto.


    Los casos que presenta aclaran sobre estás preguntas. En el caso del Sr. W. La respuesta contratransferencial parece estar en función claramente de la identificación proyectiva masiva, aunque no elude directamente que pudiera haber aspectos personales de ella en juego. La lectura de su contratransferencia posibilita un cambio de actitud que permite que el proceso continúe y no se consolide nuevamente la situación traumática. Ella apunta, lo fácil que es en estas situaciones que este tipo de experiencias sean negadas al paciente y a uno mismo cuando se considera al analista solo como un objeto de proyección donde se depositan las fantasías del paciente.


    En el caso de la señorita T el impacto negativo claramente se produce por un fallo de la analista. Aquí la paciente no empuja a la repetición. Sin embargo, este error convoca en la paciente a la experiencia temprana traumatizante en la relación con sus padres. Lo que la paciente teme es que la analista actúe en la misma forma que sus padres actuaron. El reconocimiento de la analista de su error fue terapéutico para la paciente, al constituirse en un objeto nuevo, diferente de los objetos tempranos.


    Con la Sra. S. lo que Berkowitz apunta es que los analistas podemos ser “tocados” en nuestro narcisismo y reaccionar con rabia  por sentirnos desestimados, como se plantea en este caso, sin que el paciente nos haya convocado a sentir esas emociones. Aquí claramente son los aspectos personales del analista en reacción al material del paciente los que se ponen en juego y a los que el paciente responde. El darse cuenta de esto, y en este caso la verbalización al paciente, es lo que permite que el proceso continúe y no se produzca una inhibición de los procesos mentales. Propone, como tema a reflexionar, que este tipo de situaciones que se producen en la contratransferencia, desde la teoría, son fácilmente atribuibles al paciente. Ella muestra esta posibilidad de dar una respuesta más clásica, en términos de identificación proyectiva al material, que hubiese conducido a una detención del proceso analítico.


    Otra cuestión importante sobre la que reflexionar es si la contratransferencia debe ser verbalizada o no. De acuerdo con ella, pensamos que, en los casos donde el analista está en contacto con su contratransferencia y el paciente no le pregunta directamente, es más oportuno que el analista cambie de actitud. Mientras que, en los casos en que el paciente pregunta claramente por lo que hemos sentido, pensamos que eludir la pregunta y devolverlo como algo del paciente, con una respuesta clásica, como por ejemplo, “¿por qué pensara Vd. que yo he sentido cólera?, constituiría lo que Balint apuntó como lo que completa el trauma, y nuestro reconocimiento es fundamental para que esto no suceda. Sin embargo, consideramos que verbalizar los motivos de la contratransferencia es material del analista y comunicárselo al paciente sería hacerle cargo de algo que no le corresponde.


    El self se construye en un contexto intersubjetivo y la práctica psicoterapéutica se centra en la configuración de un contexto intersubjetivo paciente-analista. Para que emerja el self, el analista debe tener una posición donde poder cuestionarse los planteamientos que el paciente le haga. En los tratamientos clásicos, el analista ocupaba más un papel omnipotente donde él era el pensante y el paciente debía seguir su pensamiento. El analista al estar al estar analizado teóricamente no podía cometer un error. Era como si se saliera de la categoría humana para investirlo de una verdad certera, era incuestionable en sus apreciaciones. De esta forma, el paciente no podía emerger como self pensante, todo era tomado como fantasías de su pasado o de su mundo interno. La autora sugiere que se ayuda más eficazmente a los pacientes desde una postura más simétrica teniendo en cuenta que son dos psicologías las que se ponen en juego.


BIBLIOGRAFIA


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