El concepto de cohabitación interna

Publicado en la revista nº006

Autores: Kozameh, Guillermo - Johnson, S. - Ruszczyinski, S.

 

  • Trabajo: El concepto de cohabitación interna (The concept of internal cohabitación. Publicado en: Johnson, S., Ruszczynski, S. (1999) Psychoanalytic Psychotherapy in the independent traditition. Karnac Books: Londres, P. 27-52)


En la introducción del trabajo la autora recuerda la importancia de la relación entre teoría psicoanalítica y estructuras clínicas y la posibilidad de modificar los conceptos clásicos de la teoría con las nuevas observaciones a partir del propio análisis y el trabajo con los pacientes.


Originalmente el concepto de “co-habitación interna” o “co-residencia”, fue desarrollado por Michael Sinason en 1993, y estudiaba el concepto de dos Self o dos Yo con el mismo cuerpo y como ellos “se manifestaban” en el contexto psicoterapéutico. Estos conceptos eran aplicados por la autora y M.Sinason especialmente a los pacientes maníaco depresivos, pero a partir de los mismos J.Richards los aplica a otras estructuras clínicas, especialmente en aquellos que presentaban reacciones adversas al cambio a pesar de desearlo y trabajar para ello. Sus primeras impresiones al respecto eran pacientes que en una misma sesión manifestaban en el lapso de minutos o segundos, verdaderos cambios de tono en la voz, en la expresividad facial y en el contenido de sus frases. Súbitamente sus actitudes eran agresivas, suspicaces, omnipotentes y falta de cooperación en el trabajo analítico.


Una paciente mujer relata en las sesiones su “amnesia” para recordar la ayuda que había recibido de la terapeuta y, súbitamente, su deseo de finalizar el tratamiento. Un hombre concurría tres veces por semana y había estado explorando su mundo interno muy adecuadamente. Sin embargo, repentinamente, ante una conexión de la analista de un material de una sesión previa, le contesta: “Yo no sé que me está hablando usted. Yo no sé nada de eso a lo que usted hace referencia”. Además cada vez que la terapeuta quería continuar comentando se tapaba los oídos con sus manos y le decía: “Yo no puedo escucharla”. Curiosamente, esta actitud corporal de taparse los oídos para demostrar que nada entra en el paciente, suele ser una manera habitual de resistencia en los niños. Otras veces también es un intento de protegerse en su narcisismo vulnerable y es una señal de advertencia y cautela para el analista.


Sin embargo una característica a destacar es que todos los pacientes descritos por J. Richards eran conscientes de sus reacciones adversas, comentando a la terapeuta que no podían evitarlo, que era más fuerte que su propósito y generalmente asociaban con una fuerza poderosa, autoritaria y maliciosa. Expresiones como: “tengo un sargento dentro de mí que me dicta órdenes”, o “yo estaba seguro que quería hablar hoy y sin embargo no entiendo qué me pasa, es más fuerte que yo, no comprendo qué sucede”. Otro paciente hace referencia a: “algo como un extraño dentro de mí que me fuerza a hacer cosas que no quiero, no sé, es monstruoso”. Otras manifestaciones que aparecían “involuntariamente” eran: falta de asociaciones, amnesia con respecto a lo trabajado en las últimas sesiones, o quedarse dormidos cuando comenzaban a comentar un tema importante. Los pacientes mostraban que acudían al tratamiento y solicitaban ayuda, pero por diferentes maneras: sensoriales, motoras o perceptivas, manifestaban una fuerza interna que se oponía a esto, haciéndoles hacer y sentir todo lo contrario. La autora describe la perplejidad ante estos fenómenos y la forma abrupta de su aparición.


Cuando comenzó a observar estos fenómenos dislocativos reaparecieron en ella los conceptos clásicos de disociación, proyección y reacción terapéutica negativa. Los fenómenos de destructividad innata, odio a la dependencia o reacciones a interpretaciones inadecuadas o poco cuidadosas, también fueron reconsideradas en la investigación de estos pacientes. Sin embargo, eran teorizaciones insuficientes, de la misma manera que las ideas clásicas de retorno de lo reprimido y relaciones de objetos perversos internalizados. A partir de estas situaciones clínicas retoma el concepto de dos mentes, o dos personas en un mismo cuerpo, cada una de las cuales presenta una percepción, fantasías y actitudes totalmente diferentes y antagónicas. Las referencias de “co-habitación interna”, “co-residencia” de dos procesos mentales claramente separados en un solo “individuo” ofrecían alternativas teóricas con mejor y mayor comprensión de estos fenómenos. Literalmente, algunos de estos pacientes decían: “Yo soy dos personas”, o “Yo tengo otra persona dentro de mí, aunque parezca bizarro o esquizofrénico”. O el paciente que comentaba: “El otro lado mío esta siempre saltando para acusarme de no tener derecho de mis sentimientos”. (Lo que obviamente plantea y clarifica el diagnóstico diferencial con patologías más graves).


En su recorrido bibliográfico retoma las concepciones clásicas de Freud y Breuer (1895-1910) con respecto a estados post-hipnóticos, doble consciencia y estados de la mente diferentes: enfermo y sano. También el estudio de Freud sobre el fetichismo (1927), donde ya describe estados de disociación en convivencia del Yo. En 1938 Freud agrega que esta defensa no es exclusiva del fetichismo y que se puede observar en otras patologías. Posteriormente, las posibilidades de la técnica analítica en pacientes borderlines, trastornos narcisistas y psicosis, promovió el estudio de nuevas apreciaciones teóricas. Entre ellas se destacan: Bion (1957), con sus aportes sobre personalidad psicótica aun en pacientes neuróticos, Segal (1981), y sus escritos exhaustivos sobre modalidades particulares de simbolización en trastornos graves, Grotstein (1985) y sus trabajos sobre disociación y escisión del yo. Todos ellos, han sido autores que han estado presentes en las conceptualizaciones de Joscelyn Richards. En todos está muy presente la influencia de M.Klein (1948) y sus conceptualizaciones cuando afirma que la disociación es el resultado de un instinto de muerte inmanejable. Así como los estudios de Fairban (1952), sobre fallas graves en el “reaseguramiento materno”.


Otro autor post-Kleiniano: Rosenfeld, desarrolló en sus últimos años el concepto de “Self omnipotentemente narcicista”, que es un aspecto del self que ataca brutalmente los lazos libidinales, incluido lógicamente los establecidos con el analista. Además otro de sus funcionamientos es denigrar y humillar las capacidades del paciente para comprender y desarrollar relaciones. Sin embargo Rosenfeld, como los otros analistas mencionados anteriormente, estudian el “Self omnipotentemente narcisista” como una fantasía proyectiva del Yo sin considerar (como tampoco lo hace Bion), que estas fantasías pueden ser causadas por la situación analítica. Entre los profesionales del Grupo Independiente, Winnicott describe el “falso self” como un vigilante del self verdadero, que para mantener esta fachada frente a la vulnerabilidad y amenaza, es capaz de no responder y destruir el proceso terapéutico. La mayoría de estos autores sin embargo entienden los fenómenos disociativos como sub-partes, semiautónomas y conectadas una a otra. En cambio, el planteo de Richards y Sinason es que son dos aspectos absolutamente separados, autónomos y sin conexión entre sí. Además, consideran que no es secundario, sino un modo de funcionamiento mental que está instaurado desde el nacimiento.

J. Richards hace hincapié en la hipótesis de la génesis de “dos Yo” diferentes desde los orígenes del ser humano, con una apropiación, percepción y construcción fantasmática de la realidad de una manera muy opuesta. Uno de ellos atacaría y sabotearía el proceso psicoterapéutico produciendo una involución y detención de cualquier posibilidad de cambio. Sinason, a quien la autora está continuando en sus investigaciones, describe, desde 1993, una mente que es capaz de aliarse con el terapeuta, pensar y cambiar, y otra mente que percibe al terapeuta como una amenaza para su supervivencia, siente temor y odio ante sus intervenciones y entonces responde atacándolo. A partir de estos trabajos numerosos autores han retomado sus estudios: March(1997) encontró, dentro del marco de la terapia cognitiva, pacientes que están de acuerdo en cumplir trabajos y sin embargo luego son incapaces de realizarlo. Bacelle(1993) trabaja estos conceptos en pacientes paranoicos y retoma los trabajos de Jung de la Psicosis como conciencias de dos Yo. Jenkins(1995) también utiliza estos conceptos de co-habitación para tratar pacientes cuya autonomía es socavada y destruida por su otro self.


Desde que la autora ha incorporado estos conceptos, pudo comprender determinadas actitudes inesperadas y sorprendentes en sus pacientes. Al principio los observaba en estados psicóticos, trastornos narcisistas, o maníaco depresivos, pero luego fue ampliando su aplicación al campo de las neurosis. La “co-habitación interna” además es un proceso que incumbe también al propio psicoterapeuta, pudiendo observarse sus efectos cuando este interrumpe la sesión demasiado pronto o la prolonga sin saber porqué lo hace. Así como manifestaciones de interpretaciones agresivas hacia sus pacientes, indiferencia, o dormirse en sesión. Si el analista no tiene en cuenta este co-habitante, que siempre es saboteador de la díada terapéutica, y que está al acecho en ambos, corre el riesgo de enredarse en un trabajo condenado a la esterilidad. Un hombre que llevaba un año de tratamiento de tres sesiones por semana, ilustra uno de los aspectos de estos conceptos: “Yo pienso que veo con más claridad esa otra persona interna ....es como un niño atrapado que no mide las consecuencias de lo que hace....hace juicios inmediatos y no puede pensar que él esté equivocado.” Luego continua: “El me necesita como un padre...pero no es fácil , ya que nunca confía en mi...yo nunca soy lo suficientemente bueno para él...Yo tengo que cuidarlo siempre, no criticarlo.... parece realmente un niño que está muy atemorizado. Él es como mi padre, que es paranoide... ambos me dicen que no confíe en nadie...recién ahora me doy cuenta de como mi vida ha estado limitada por esa actitud”.


La autora ha examinado cual es la terminología más adecuada para referirse a este “co-residente con sus pacientes”. Sin duda algunos términos como los de Bion: “parte psicótica o no psicótica de la personalidad”, no son en absolutos apropiados. Los propios pacientes a veces le proveen de las palabras para referirse a este personaje: “Sargento mayor”, o “Mi otro yo”, algunas veces “Saboteador”,o “El enfermo” etc. Parecería que lo más natural para evitar connotaciones inapropiadas es llamarlo “El otro”, y cuando se dirige al mismo, nominarlo en tercera persona (él o ella) para diferenciarlo de la segunda persona singular (usted o tú).

Otra paciente de alrededor de 50 años, presenta una larga historia de crisis maníaco depresivas, era hospitalizada cuando era incapaz de contenerse y caía en situaciones autodestructivas. Ella es una persona inteligente y mantenía un trabajo, pero desde la aparición de su enfermedad (30 años), habían disminuido mucho sus capacidades. Durante algunos años había mantenido una relación bastante estable con un hombre, quien también tenía crisis y hospitalizaciones. Parecía que entre ambos había una mutua contención. Sin embargo cualquier distanciamiento de su pareja era interpretado como rechazo. J. Richards trató a esta mujer varios años antes de incorporar los conceptos de “co-habitante interno”. Durante este primer período la paciente mostraba su convicción de ser abandonada entre las sesiones y odio hacia la analista, así como negación por la necesidad de la misma. Las interpretaciones realizadas durante este tiempo eran las clásicas acorde a las disociaciones del Yo, pero no tuvieron ningún efecto terapéutico, incluso ambas consideraron la conveniencia de finalizar la terapia.


Estas dificultades llevaron a J.Richards a modificar totalmente su abordaje terapeútico, utilizando la estructura de otra persona que la habitaba y que le impedía tolerar las separaciones o desarrollar funciones afectivas o laborales con cierta autonomía. Al principio de estas modificaciones, la paciente expresaba su dificultad para aceptar el cambio, pero muy paulatinamente fue diferenciándose de este “co-habitante”. Sin embargo este proceso de “separación interna”, ocasionó muchas dificultades, ya que parecía que el “co-residente” se oponía a cualquier intento de modificación. En un primer momento, los episodios clínicos de euforia o depresión (sin causas aparentes), eran referidos por la paciente como originados sólo por modificaciones químicas. La diferenciación entre dos mentes en un mismo cuerpo, le permitieron comprender y enfrentar mejor los modos tan opuestos de pensamiento y comportamientos. Una de las fantasías que aparecieron en el proceso terapeútico clarifica muy bien este aspecto de dolor y temor frente al reconocimiento de este “extraño interno” (incluso cuando verbalizaba las mismas lo hacía con un lenguaje diferente y muy rápido): “Yo necesito y deseo ser yo misma... pero la otra dentro de mí es como mi melliza siamesa... estamos unidas por el mismo corazón y si usted nos separa, ella puede morir..., es difícil convivir con ella... pero supongo que tengo que comprenderla... ella piensa que yo quiero asesinarla”.


J.Richards finaliza el trabajo reflexionando sobre el tener en cuenta y estar “alerta”, ante la aparición de estos “habitantes”, así mismo tener cautela para que la comprensión del paciente le permita separarse de los mismos, sin que esto significa el terror de una ruptura mortífica. No se trata como la técnica clásica de integrar partes disociadas o reintroyectar aspectos disociados del yo, sino investigar y clarificar quien es este “cohabitante”, cuales son los orígenes del mismo para diferenciarse y separarse del mismo.


Comentario Anexo:

Creo que la autora presenta una amplitud de criterio e investigación para comprender y tratar a pacientes que presentan imprevistamente actitudes de saboteo y resistencias graves en el proceso terapéutico. Aunque no los nombra están muy presente los conceptos de identificaciones muy precoces, así como el duelo por las desidentificaciones de los mismos. Es muy sincera cuando observa estos fenómenos no sólo en patologías clásicamente descritas como graves, sino en el propio psicoanalista quien no suele estar está alertado de las mismas y cómo pueden propiciar un mal y riesgoso desarrollo de la psicoterapia.

Algunos otros textos que pueden complementar su lectura, con sus diferencias pertinentes son: “Los visitantes del Yo” de Alain de Mijolla (Tecnipublicaciones), y “Los contrabandistas de la memoria” de Jaques Hassoun (Ed. De la Flor)


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