Una revisión crítica de la teoría de Mahler sobre el desarrollo

Publicado en la revista nº007

Autores: Díaz, Pilar - Lyons-Ruth, Karlen



  • Trabajo: “Rapprochement or approchement: Mahler's theory reconsidered from the vantage point of recent research on early attachment relationships" (“Reaproximación o aproximación: la teoría de Mahler reconsiderada desde el punto de vista de la investigación reciente sobre las relaciones tempranas de apego”). Publicado en: Psychoanalytic Psychology, 8, 1-23 (1991) Autora: Karlen Lyons-Ruth



 

Lyons-Ruth pone en cuestión algunas de las hipótesis de la teoría de M. Mahler sobre el proceso evolutivo normal de separación-individuación. Este cuestionamiento forma parte de la crítica que las corrientes actuales del psicoanálisis que defienden un modelo relacional hacen a las concepciones que desatienden la influencia de las figuras significativas en la estructuración del psiquismo. Por tanto, lo que está en juego en las posiciones de Mahler y de Lyons-Ruth es si el niño se desarrolla por un proceso predominantemente endógeno, siguiendo fases más o menos fijas y universales, o es el resultado de un complejo proceso de interacción, de regulaciones mutuas y de reacciones ante las conductas y fantasías del adulto significativo


Mahler propuso que el infante al nacer no tiene la experiencia de una identidad separada de la madre; parte de un estado de indiferenciación. Conceptualizó el desarrollo como un proceso de separación e individuación que se va produciendo en reorganizaciones sucesivas o fases, que van de la autística a la simbiótica, y de la ambivalencia del período de reacercamiento a la individuación. Estas fases en el desarrollo darían lugar a distintas formas psicopatológicas si los procesos intrapsíquicos a resolver en cada una de ellas no se desarrollan normalmente. Las fijaciones más tempranas darían lugar a una psicopatología más severa.


 

 


Algunos autores psicoanalíticos como Lichtenberg (1983), Stern (1985), Klein (1980), Peterfreund (1978) que han investigado fundamentalmente sobre el primer año de vida, cuestionaron los conceptos de Mahler de fase autística normal y fase simbiótica normal durante el primer año al considerar que los estados normales observados en la relación madre-hijo tienen poco que ver con la conducta y afectos de la patología autística y simbiótica en niños y adultos. Estas revisiones apuntaron la necesidad de establecer teorías sobre el desarrollo que no se basaran en modelos patográficos.


Otros estudios como los de Carlson, Cicchetti, Barnett y Braunwald (1989); Egeland y Sroufe (1981); Lyons-Ruth, Connell, Grunebaum, y Botein, (1990); Lyons-Ruth, Zoll, Connell y Grunebaum, (1986); Radke-Yarrow, Cummings, Kuczynski y Chapman (1985) se han centrado en el estudio de los factores de riesgo familiar y su influencia en el desarrollo emocional del niño. Sin embargo, la investigación en torno a la subfase denominada de “reaproximación” de los 15 a los 24 meses es escasa, y es en esta fase en la que Lyons-Ruth se centra específicamente, poniendo en relación las hipótesis de Mahler con las investigaciones de los teóricos del apego.


Mahler describió una etapa simbiótica de los 2 a los 4 meses, a partir de la cual se observa un proceso de diferenciación progresiva de los 4 a los 10 meses. Esta diferenciación apoyada en las adquisiciones del infante se incrementa con la separación física de la madre en el período de los 9 a los 18 meses. Bowlby (1969, 1973, 1980), por el contrario, consideró  que el objetivo evolutivo central en esta etapa de los 9 a los 18 meses es conseguir un apego seguro, un estado de confianza emocional básica. Sander (1962) en la misma línea, consideró este período evolutivo de “focalización en la madre”. La mayor movilidad física del infante en este período se orienta a buscar mayor proximidad con la madre como medio de sentirse seguro.


Si bien tanto Mahler como Bowlby trataron de validar sus teorías en base a estudios observacionales controlados acerca de las relaciones tempranas, estudios que permitieran llegar a conclusiones que pudiesen ser contrastadas, las diferencias de partida son significativas en cuando a qué considerar “sano” o “desadaptado” en este período de los 9 a los 24 meses. Bowlby puso el énfasis en el modelo relacional distanciándose de la teoría pulsional de la libido como el único motor del desarrollo. La metodología empleada tanto por Mahler como por los investigadores del apego fue utilizar separaciones breves madre-hijo grabadas en vídeo que permiten su estudio y comparación.


Mahler consideró que las respuestas tanto de autonomía como de ambivalencia en los infantes de 9 a 20 meses formaban parte del desarrollo normal. Interpretó la falta de preocupación por la presencia materna, la ausencia de ansiedad frente al extraño como indicadores de confianza básica en el infante (Mahler et al., 1975). Por el contrario, la ansiedad frente al extraño la consideró un indicador de falta de confianza básica (Mahler 1971).


En esta línea, la ambivalencia en la fase de “reaproximación” de los 15 a los 24 meses, que presentaban los infantes en el intento de buscar contacto con la madre después de la separación, la interpretó también como una respuesta normal. Para Mahler, la progresiva toma de conciencia del niño, alrededor de los 15 meses, de la separación de la madre renueva la ansiedad de separación. Este proceso se traduce en comportamientos ambivalentes del infante entre el deseo de separarse de la madre, por un lado, y de buscarla, por otro. Interpretó esta conducta ambivalente como un conflicto entre el deseo de sentirse “separado, grandioso y omnipotente, y por otro lado, tener una madre que mágicamente complete todos los deseos sin tener que pasar a reconocer que esa ayuda ha venido de afuera y del otro” (Mahler et al., 1975). Para Mahler estas conductas tienen que ver con el temor al “re-engullimiento” por parte de la madre peligrosa que está investida narcisísticamente.


Las filmaciones efectuadas por Mahler (1976, 1977) permiten observar el proceso de “reaproximación”. En una de ellas, un niño está llorando porque tiene un dedo lastimado, la madre le coge y el niño en lugar de acurrucarse y reconfortarse, busca salirse del abrazo, mientras observa su dedo lastimado y hace esfuerzos por alejarse de ella. Esta conducta persiste a pesar de que sigue angustiado. Describió esta conducta como la manifestación del conflicto típico de la subfase de “reaproximación”, caracterizado por el deseo del infante de confortarse con la madre y, al mismo tiempo, por el deseo de alejarse de ella. En otra escena filmada, una niña de 2 a 3 años inicia una búsqueda de su madre entrando en la sala donde ésta se encuentra, se dirige a ella, pero después desvía la mirada, cambia de dirección y se aparta de su madre. Consideró este patrón de viraje como característico de esta etapa y, por tanto normales (Mahler et al, 1975). Esta normalidad es la que será cuestionada por los teóricos del apego, que la verán como propias de un tipo de apego inseguro, modalidades de apego evitativo en el primer ejemplo o desorganizado en el segundo (caracterizado éste por conductas contradictorias). Para Mahler, en cambio, la conducta ambivalente aparece por el deseo de acercamiento y el miedo a la fusión con la madre.


Las investigaciones sobre los tipos de apego


Desde la investigación de Ainsworth, continuadora de los trabajos de Bowlby,  con niños de 1 año de edad, las investigaciones sobre relaciones de apego han sido numerosas. Esta autora concluyó que el infante de un año de edad utiliza a su madre como una base segura, de la cual se separa para explorar el entorno y a la cual regresa cuando necesita seguridad y confort, o ante situaciones angustiantes.


Algunas de las conclusiones de estos estudios fueron: a) la descripción de cuatro patrones de respuesta de apego frente a la separación; b) que el patrón de apego seguro se encuentra entre el 60 y 70% de los infantes de la población americana (Ainsworth, Blehar, Waters y Wall, 1978; Belsky, Rovine y Taylor, 1984; Lyons-Ruth et al., 1990); y c) que la prevalencia del patrón de apego seguro se ha confirmado en estudios realizados en otros países con grandes muestras (Van Ijzendoorn y Kroonenberg, 1988).


Para Ainsworth, las madres más sensibilizadas y que responden mejor a las señales del infante durante el primer año tienen más probabilidades de que el infante proteste cuando se queda solo o cuando está con un extraño en un sitio desconocido. Frente a esta situación, el infante da muestras de angustia, interrumpe el juego y la exploración y manifiesta rechazo al adulto no familiar que intente confortarle. Cuando la madre regresa el  niño busca contacto con ella, se tranquiliza y vuelve al juego y a la exploración. (Ainsworth et al., 1978).


Los estudios de Connell (1976) y Waters (1978) mostraron que las conductas de apego seguro tienen un alto nivel de estabilidad  entre los 12 y los 18 meses.  Otras investigaciones confirman la ausencia de conductas ambivalentes hacia los 20 meses de edad e incluso en la etapa preescolar (Greenberg, DeKlyen y Spelts, 1989; Main, Kaplan y Cassidy, 1985).


Para Lyons-Ruth, estas investigaciones apuntan a que las conductas ambivalentes son minoritarias y aparecen cuando la relación madre-hijo es menos positiva, y cuestionan la teoría de Mahler de considerar la ambivalencia como característica del desarrollo evolutivo normal.


La conducta ambivalente se correspondería, según los grados, con los patrones de apego evitativos, resistentes o desorganizados/desorientados, que presentan conductas de ambivalencia en contraste con los infantes de apego seguro.


Lo característico de la conducta evitativa es que el niño no reacciona cuando la madre se va y él queda en un ambiente desconocido. Manifiesta indiferencia a la ausencia de la madre, explora y es amigable con el adulto extraño. Sin embargo, cuando la madre regresa, no da muestras de reacción a este hecho, aparta de ella la mirada y se aleja si ella intenta acercarse. Esta conducta de indiferencia hasta ahora era valorada por los observadores como positiva.


Sroufe y Waters (1977) mostraron que cuando se monitoriza a estos niños, los latidos cardíacos de los niños evitativos como respuesta a la separación son similares a los niños que manifiestan la  ansiedad de forma evidente. Este estudio apunta a que los niños evitativos no muestran la angustia en su comportamiento, lo que no significa que no la tengan.


Otros trabajos (Ainsworth et al., 1978) muestran que, por el contrario, los niños evitativos, observados en su casa, son más agresivos con sus madres y, en la relación con ella, aparecen signos de angustia en mayor proporción que en los niños con apego seguro. Las madres de estos niños también muestran una actitud más rechazante hacia sus hijos (Lyons-Ruth, Connell, Zoll y Stahl, 1987; Main y Weston, 1982).


Main y Weston (1982) consideran que la conducta evitativa es una estrategia defensiva para manejar la angustia, desplazando la atención de la ausencia de la madre y dirigiéndola hacia otros objetos inanimados.


El patrón de apego resistente se caracteriza por la búsqueda de contacto y una resistencia agresiva al mismo. Este patrón conductual es el que para Mahler describiría claramente la conducta ambivalente de la etapa de “reaproximación”, es decir, un fenómeno evolutivo normal. En estos casos, aparece angustia cuando la madre se ausenta, y cuando vuelve, el niño la recibe de una forma marcadamente ambivalente, busca el contacto manifestando al mismo tiempo hostilidad hacia ella, y se muestra incapaz de ser reconfortado por la madre y de proseguir el juego.


En cambio, para Main y Hesse (1990), en la línea de los estudiosos de las variantes del apego,  la angustia y agresividad de estos niños con patrón de apego resistente puede entenderse como una exageración con la intención de provocar una respuesta en una figura de apego poco sensible a las necesidades emocionales del niño. Los estudios observacionales dentro del hogar (Ainsworth et al., 1978; Belsky et al., 1984; Lyons-Ruth et al., 1987), apuntan a que las madres de los niños resistentes eran menos atentas y sensibles a las manifestaciones de desconsuelo de los niños y estaban menos comprometidas en la relación que las madres de los niños con apego seguro o evitativo.


Main y Solomon (1986,1990) describieron un tercer patrón de apego inseguro, el desorganizado / desorientado. Estos niños no tienen capacidad de manejar la angustia ante la separación y no buscan consuelo cuando la madre regresa. Lo más característico de este patrón es que la conducta de los niños es impredecible en relación al acercamiento o evitación de la madre; tienen conductas abiertamente contradictorias, como paralización y congelamiento prolongado (se acercan a la madre y se quedan a mitad de camino paralizados, a veces con los brazos elevados). Muestran, claramente, una falta de estrategia para satisfacer sus necesidades de seguridad y consuelo cuando están en estado de ansiedad,  y se observa  en ellos el patrón de viraje característico descrito por Mahler.


Los trabajos de Carlson y colaboradores (1989), Lyons-Ruth y colaboradores, (1990), y O’Connor, Sigman, y Brill, (1987), comprobaron que este patrón de apego desorganizado/desorientado era más prevalente en madres deprimidas y en madres que maltratan.


Lyons-Ruth, en un estudio realizado en el Hospital de Cambridge (USA) observó que la conducta desorganizada de estos niños se manifestaba con intensa angustia ante la separación de la madre, lloraban, golpeaban y se tiraban al suelo, tratando de restablecer el contacto con ella. Cuando la madre regresaba, el niño se acercaba a ella pero cuando entraba en contacto la empujaba tratando de desasirse y se alejaba de ella. También observó que las madres mostraban un claro rechazo hacia el niño. (Lyons-Ruth et al., 1990).


Lyons-Ruth se muestra de acuerdo con Mahler en cuanto al aumento significativo de la conducta ambivalente entre los 12 a los 18 meses de los niños que presentan riesgo psiquiátrico (Lyons-Ruth y Repacholi, 1989), pero se pregunta si estas conductas son debidas a la omnipotencia del niño como Mahler sostenía o se deben a la dificultad de la madre para dar seguridad y bienestar al niño.


Las investigaciones del apego apuntan a que la rabia, angustia y evitación de estos niños con sus madres describen un trastorno de la relación durante el primer año de vida, debido a respuestas defensivas de la madre. Cohn, Tronick, Matías y Lyons-Ruth, (1986);  y Karl, (1988) observaron que las madres deprimidas tenían muy poco contacto visual e intercambio de sonrisas con sus bebés de 6 meses; tanto las madres como los niños mostraban una cierta aversión a establecer el contacto visual. Sander, (1962); Tronick, Cohn y Shea, (1986) observaron la ausencia de sintonía y placer mutuo entre la madre y el niño que es fundamental en el período de 3 a 6 meses; por el contrario, parecía que ambos actuaban para evitar un compromiso afectivo.


Según los estudios de la autora (Lyons-Ruth et al., 1990; Lyons-Ruth et al. 1986) los niños de madres deprimidas tienen mayor tendencia a mostrar a los 18 meses conductas ambivalentes, evitativas y desorganizadas después de la separación que los de madres no depresivas.


Los estudios de O’Connor y colaboradores (1987) con niños de madres alcohólicas, los de Radke-Yarrow et al. (1985), con niños de madres con patología bipolar; y los  de Carlson et al. (1989); Crittenden, (1985) con niños de madres que maltrataban  muestran una mayor frecuencia del patrón desorganizado.


Para la autora del artículo que reseñamos, todos estos estudios ponen seriamente en cuestión que la ambivalencia de las respuestas del niño durante el segundo año se deban a una pérdida de la omnipotencia, sino que más bien apuntan a que son consecuencia de las dificultades de las madres para establecer una relación segura y confortante con su hijo. Considera que la dificultad de Mahler fue, por un lado, no distinguir entre desarrollo normal y patológico influida por la tendencia de la teoría psicoanalítica en ese momento a describir la conducta evolutiva con términos psicopatológicos; y, por otro lado, no tener en cuenta el marco relacional en su teoría, a pesar de que en las notas de sus observaciones señala las dificultades del infante con la figura de apego.


Los estudios  muestran que la ambivalencia, de lo que es una minoría de infantes durante los primeros 18 meses, tiene que ver con el fracaso en establecer una figura de apego seguro, y por tanto no es un indicador de progreso evolutivo. Lyons-Ruth señala  que sería más adecuado describir el desarrollo como un proceso de apego-individuación que de separación-individuación, teniendo en cuenta la tendencia del infante a buscar y mantener lazos estables con sus cuidadores, al mismo tiempo que intenta, en el marco de estas relaciones, conseguir sus propios objetivos (Lichtenberg, 1989).


Mahler estableció un paralelismo entre dos procesos, el de separación y el de individuación. La separación del niño de su madre representaría el indicador de la adquisición de la constancia de objeto, la integración en una sola de las representaciones tanto positivas como negativas de la madre, lo que le permitiría tolerar la ausencia. Al mismo tiempo, esta separación de la madre, indicador de autonomía intrapsíquica, explicaría la capacidad del niño para intentar conseguir sus objetivos a pesar de la oposición parental, es decir, la expresión de su agresividad.


Para Lyons-Ruth estas propuestas de Mahler tienen que ser revisadas a la luz de las investigaciones posteriores. Los estudios longitudinales hasta los 2 ó 3 años apuntan a que la ambivalencia de la fase de “reaproximación” no está relacionada con una conducta más autónoma y asertiva. Por el contrario, la conducta no ambivalente durante el período de “reaproximación” se relaciona con una conducta social más adaptativa. (Bates, Maslin y Frankel, 1985; Erickson, Sroufe, Egeland, 1985; Lyons-Ruth, 1989; Matas, Arend y Sroufe, 1978).


En otras investigaciones, los niños de dos años con apego seguro mostraban signos de angustia cuando estaban solos, lo que les hacía aparecer como menos autónomos. Sin embargo, cuando estaban con sus padres se mostraban tranquilos y tenían mejores puntuaciones en autonomía y competencia social que los niños de apego inseguro. Eran más insistentes ante una tarea difícil y buscaban ayuda en su madre, con la que se mostraban afectuosos y cooperadores. (Londerville y Main, 1981; Matas et al., 1978; Waters, Wippman y Sroufe, 1979).


Lyons-Ruth precisa que necesitamos conceptos más complejos que el de separación-individuación para poder entender los patrones de regulación emocional adaptativa en la infancia. Estos conceptos deben incluir la habilidad del niño para expresar afectos sin ambivalencia, para que pueda utilizar a sus padres como fuente de ayuda y de regulación emocional frente al estrés, y ser asertivo sin temor al rechazo. Considera que la conducta asertiva es un mejor indicador adaptativo que la autonomía.


Para Mahler en la separación tiene lugar un proceso intrapsíquico donde progresivamente se produce una diferenciación entre el self y las representaciones de objeto. Las representaciones de objeto, en un primer momento, están divididas en representaciones de objeto buenas y malas. En la separación óptima, las representaciones se integrarían en una sola representación de la figura parental. De acuerdo con la teoría, antes del tercer año ante la separación sobrevendría la ansiedad al activarse las representaciones negativas que aún no están integradas. Este momento, anterior a la integración de las representaciones, está determinado por la utilización de la escisión como defensa, que la autora subraya es característico de niños mayores o adultos con trastorno borderline.


Lyons-Ruth señala dos contradicciones conceptuales en esta formulación. En primer lugar, se considera que el niño no puede, en inicio, separar las representaciones de sí mismo y del otro, pero sí puede separar las representaciones de madre buena y madre mala. En segundo lugar, la ambivalencia no es característica de los niños antes de los 15 meses período en que las representaciones objetales de la figura parental estarían escindidas.


La evidencia apunta a que cuando el niño se encuentra en un medio con una adecuada regulación desarrolla patrones de conducta integrados con sus representaciones, que tienen características positivas y negativas. Por el contrario, cuando la regulación es inadecuada el niño desarrolla representaciones negativas de sí mismo y del otro que no están integradas con representaciones de relación positiva.


Lyons-Ruth concluye que cuando las representaciones positivas y negativas están mal integradas no se debe a una característica del desarrollo evolutivo del infante sino que representa un indicador de fracaso en la regulación por parte de la figura de apego, y cuestiona que podamos seguir sosteniendo que la escisión es un mecanismo evolutivo que interviene en el proceso de desarrollo normal.


Si bien las similitudes entre los niños de dos años con los niños mayores y adultos perturbados, en cuanto a las dificultades que presentan con las separaciones, con la regulación de impulsos agresivos y en la negociación de los conflictos entre sus propios objetivos y los de los otros,  apuntan a que hay un insuficiente desarrollo de la constancia objetal, las diferencias son mayores. Los niños que han tenido una regulación suficientemente adecuada por parte de sus figuras de apego tienen capacidades que no están presentes en niños y adultos perturbados, como son la confianza en ser ayudados por el cuidador cuando están angustiados, comprometerse en intercambios afectivos y tener una conducta asertiva sin temor al rechazo o la pérdida. Lichtenberg (1983) y Stern (1985) comparten este punto de vista de cuestionar la escisión como mecanismo del proceso evolutivo normal.


Lyons-Ruth recoge estudios que indican que en el período de “reaproximación” las conductas de los infantes con  apego seguro se correlacionan con una conducta social más asertiva con los compañeros y profesores.


Waters y colaboradores (1979), concluyeron en un estudio observacional que los niños de 3 años que habían sido evaluados dentro del patrón de apego seguro a los 15 meses, ejercían un rol de liderazgo con mayor frecuencia que los que habían sido tipificados como apego inseguro. También eran más buscados por sus compañeros para jugar, mostrando además mayor iniciativa y confianza en sí mismos. Por el contrario, Sroufe, Fox y Pancake (1983) encontraron que los niños de apego inseguro tanto evitativo como resistente mostraban mayor dependencia de los profesores en la etapa preescolar.


Kestenbaum, Farber y Sroufe, (1989) en un estudio con niños de 4 a 5 años realizado a través de la observación de los profesores de preescolar entrenados, obtuvieron resultados similares. Los niños con apego seguro tenían puntuaciones más elevadas en autocontrol, flexibilidad del yo y eran más preferidos por sus compañeros de juego. Oppenheim, Sagi y Lamb (1988), en una observación de niños de 5 años en los kibbutz israelíes llegaron a idénticas conclusiones.


Otros estudios, como los de Erickson (et al.,1985); Lewis, Feiring, McGuffog y Jaskir, (1984); Bates (et al.,1985), han abordado la relación entre los patrones de apego y la aparición de problemas de conductas en la infancia. Las conclusiones apuntan a que los niños de apego seguro tienen menor probabilidad de presentar trastornos de conducta en el período preescolar, mientras los niños con apego inseguro muestran una menor capacidad de adaptación  social.


Aunque Mahler consideró la ambivalencia como formando parte del desarrollo evolutivo normal, señaló que los trastornos borderline podían ser debidos a una respuesta inadecuada de la madre hacia el niño cuando éste intentaba reconciliarse.


Main y Solomon (1986), en un estudio con familias problemáticas encontraron un patrón de conducta diferente a los descritos hasta ese momento, que denominaron, como expusimos más arriba,  desorganizado/desorientado. Estos niños mostraban rasgos depresivos, irracionalidad y agresividad en el juego. La autora en un estudio de niños con riesgo social, llegó a la conclusión que los niños que a los 18 meses tenían este patrón de apego eran evaluados por los educadores como teniendo problemas de conducta y un excesivo comportamiento agresivo hacia sus compañeros. Estos escolares tenían mayores probabilidades de que sus madres padecieran un depresión crónica que pudiera haber interferido en la capacidad de proveer de cuidado y consuelo a sus hijos en el primer año de vida (Lyons-Ruth et al., 1987; Lyons-Ruth, 1989). No es posible establecer por el momento una relación entre la marcada ambivalencia en la etapa de “reaproximación” con el desarrollo posterior de una organización borderline.


La autora llega a la conclusión de que no contamos con una teoría evolutiva que explique formas psicopatológicas, como el trastorno borderline,  que no pueden ser suficientemente descritas por la regresión y la fijación, y que además articule los modelos relacionales de la infancia con los problemas que se presentan después en las relaciones sociales. En base a estas consideraciones propone:



    1) Un modelo relacional del desarrollo emocional y de la psicopatología con base empírica, en la línea de las investigaciones de los teóricos del apego.

    2) Tener en cuenta que los diferentes modelos de regulación emocional son más explicativos y abarcativos que el concepto de fijación a etapas  dentro de un continuo evolutivo.

    3) Considerar que la continuidad de determinados comportamientos puede deberse no sólo a la fijación del infante a una fase del desarrollo o a la resistencia al cambio, sino también al mantenimiento de los estilos relacionales del cuidador.



Señala, también, que las investigaciones basadas en un modelo relacional han permitido aportar prueba empírica a las afirmaciones de Freud acerca de la continuidad en la adaptación emocional. También han podido probar la tesis de la importancia de las relaciones tempranas para el desarrollo posterior del niño y el mantenimiento de las estructuras relaciones en el tiempo,  enfatizadas por los teóricos de las relaciones objetales y del self. Además, estos estudios actualmente tratan de establecer la relación entre los diferentes modelos de regulación emocional y las representaciones intrapsíquicas. Main (1985), en esta línea, estudió la influencia de la representación intrapsíquica que la madre hizo de su propia historia relacional con sus figuras de apego en la pauta relacional establecida con su hijo, lo que influirá para determinar el tipo de apego que se desarrollará con el hijo.


Todos estos estudios contribuyen a discriminar y apoyar la importancia de los procesos de internalización, representación y transferencia no solamente desde el punto de vista pulsional sino como procesos relacionales. Y aportan una integración entre representación intrapsíquica y modelo relacional.


Otros aspectos importantes que aportan las investigaciones es una mejor comprensión de la agresión, la defensa y el conflicto. Proponen entender el desarrollo como un proceso de  adaptación que favorece o inhibe la emergencia de diversos patrones relaciones. Esta propuesta enriquece y pone en cuestión la concepción de que los infantes se enfrentan en un momento determinado del desarrollo a la misma experiencia emocional. La autora pone como ejemplo que los niños que tienen un apego seguro no tendrían que enfrentar las dificultad de tener que integrar representaciones positivas o negativas de la figura de apego, mientras que esto puede constituirse en tarea evolutiva para otros. Asimismo, no todos los niños van a tener que defenderse contra la desintegración. Los modelos relacionales, por tanto, tienen las tarea de establecer discriminaciones más finas sobre los afectos, los conflictos y las defensas que los infantes ponen en juego para la regulación interna de los estados displacenteros que se producen en relación con sus figuras de apego, y que representan una gama de adaptaciones individuales. Lyons-Ruth insiste en cuestionar que la continuidad de la estructura emocional dependa de la organización intrapsíquica individual, propuesta tanto por la teoría de las relaciones objetales como por los teóricos del apego (“working models”), ya que no puede separarse de la constancia de la conducta parental, es decir de lo que éstos continúan haciendo. Se necesitan, por tanto, investigaciones empíricas que estudien cómo afectan los cambios en las regulaciones del cuidador a las representaciones intrapsíquicas del niño/a.


Comentario


Lyons-Ruth propone una línea de trabajo empírico desde un modelo relacional temprano que nos permita validar o refutar las teorías propuestas para la comprensión del origen y desarrollo del aparato psíquico y avanzar en el conocimiento. Es lo que ella hace en este trabajo al revisar la teoría sobre el desarrollo de M. Mahler mostrando qué conceptos teóricos se confirman gracias a las investigaciones y cuáles no pueden sostenerse.


Las investigaciones de Mahler y Bowlby coincidieron en el tiempo y utilizaron la misma metodología; sin embargo el punto de partida distinto dio lugar a diferentes concepciones. Mahler centró su observación en el niño, condicionada por el modelo desde el cual observaba. La teoría de las relaciones objetales considera el fantasma como motor del psiquismo; desde este punto de partida, las figuras de apego pueden modular pero no determinan, todo depende del movimiento pulsional. Si hay ansiedad de separación es porque el niño pierde omnipotencia y esto le lleva a buscar nuevamente a la madre para tratar de recuperar el poder perdido, pero al reaproximarse surge el miedo a la fusión porque el niño previamente ha atacado en su fantasía a la madre. El fantasma es, en esta concepción, la fuente de la agresividad.


Los teóricos del apego, en cambio, centraron su observación en el vínculo. El punto de partida es observar qué ocurre en la interacción con la figura de apego. El modelo relacional del desarrollo considera al adulto no sólo como objeto de la pulsión sino como regulador emocional que determina la estructuración del psiquismo. La figura de apego tiene la función de regular la relación estableciendo reacciones y respuestas diferentes según las necesidades emocionales del niño. Desde el modelo relacional, el fantasma surge de la interacción. En esta línea, Lyons-Ruth propone establecer empíricamente relaciones y discriminaciones más finas entre las representaciones parentales y las representaciones intrapsíquicas del niño, así como la influencia que sobre estas representaciones tienen los cambios en la regulación emocional.


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