Influencia y autonomía en psicoanálisis

Publicado en la revista nº009

Autor: Liberman, Ariel



  • Libro : Influencia y Autonomía en Psicoanálisis (1997) Stephen A. Mitchell, The Analitic Press: Hillsdale, NJ.





Prólogo: Interacción y el problema de la técnica


Hoy podemos afirmar, según el autor, que en el psicoanálisis ha habido en las últimas décadas un movimiento hacia una visión interactiva del proceso analítico. Esto supone una revisión crítica de los pilares que clásicamente orientaban la teoría de la técnica: neutralidad, abstinencia y anonimato. Por lo tanto, se hace impostergable, para Mitchell, la tarea de volver a pensar la posición del analista y su contribución al desarrollo del proceso.


Capítulo 1: Introducción. De la herejía a la reforma.


En general, la naturaleza interactiva del psicoanálisis fue detectada como “salirse” del enfoque analítico y quedó tradicionalmente asociada a términos como sugestión, reaseguramiento, ambientalismo, experiencia emocional correctiva, es decir, a lo que no es “realmente” psicoanálisis. Mitchell expone un fragmento clínico dónde desea mostrar cómo la acción terapéutica de la interpretación no reside sólo en su contenido, sino que incluye necesariamente encontrar una voz con la que hablar que haga posible que los patrones característicos del paciente de integrar relaciones con los otros puedan ser ensanchados y enriquecidos. Para encontrar la voz correcta, el terapeuta tiene que reconocer qué conflictos de su propio mundo interno fueron activados y enfrentarlos. Esto hace que el trabajo sea profundamente personal y, también, profundamente interpersonal.


A continuación Mitchell expone las razones históricas que, según él, llevaron al desconocimiento de la interacción en la práctica psicoanalítica y los cambios que han permitido su reconocimiento:



    1. En la época de Freud para poder establecer al psicoanálisis como nueva disciplina fue necesario que ésta fuera presentada como ciencia entre las ciencias, lo que implicaba una distancia irreductible entre el observador científico y lo observado.


    2. El psicoanálisis nació del hipnotismo y se produjo una gran necesidad de diferenciarse de su antecesor y de la dependencia del poder personal y la influencia del terapeuta. Según el autor, reconocer la naturaleza interactiva de la relación analítica socava la diferenciación respecto al hipnotismo, lo que genera toda una serie de temores.


    3. La tercera razón está relacionada con los peligros de la contratransferencia. Según Mitchell, la tradicional teoría de la técnica, con su énfasis en el analista neutral, objetivo y distante, parece designada para desmentir, a través del mandato, la complejidad de la participación del analista. La ilusión que configura esta actitud es pensar que ella no tiene consecuencias en el paciente y en el tratamiento. El psicoanálisis tradicional, declarando la situación analítica como campo de una persona, vuelve esto invisible.



Según el autor, los ideales de neutralidad, abstinencia y anonimato refuerzan el mito del analista genérico. Este ideal posibilita pensar en una buena técnica analítica estándar, es decir, donde no se consideren las características personales y dinámicas del analista. La técnica clásica genera una paradoja a modo de desencuentro comunicativo o doble diálogo: el analista está convencido de que no interactúa para proteger la autonomía del paciente mientras, insidiosamente, se va creando un diálogo subterráneo que queda disociado.


Mitchell  trabaja a continuación la idea de Alexander del proceso analítico como una experiencia emocional correctiva. Según Mitchell, es necesario diferenciar en esta propuesta dos dimensiones:



    1. Dimensión descriptiva: comprende el proceso analítico como afectivo e interactivo.

    2. Dimensión prescriptiva: recomendar una técnica específica.



El autor piensa que podemos rescatar la primera dimensión y diferenciarla de la segunda. Para él,  la actividad interpretativa y la interacción afectiva no son alternativas sino que, a menudo, diferentes modos de describir el mismo evento. Sostiene que Alexander simplifica el recurso en exceso al pensar que él podría diagnosticar el problema y determinar una posición emocional correctiva. Este desacierto se debe, según Mitchell, a que este autor compartía con la época una sobrevaloración de la racionalidad técnica.


Mitchell piensa que los ideales de autonomía y autenticidad han mantenido su valor en psicoanálisis pero no en su sentido habitual y en su forma simplificada. La autonomía personal no es algo que antecede a la interacción con los otros, sino una propiedad emergente del proceso interactivo y, por lo tanto, no es algo que puede ser protegido de la influencia sino algo que crece a través de ella. En este sentido, el tipo de autonomía-valor de la que disponemos no es algo separable de la experiencia analítica y de la influencia del analista. Por otro lado, la autenticidad no está localizada en relación con determinados contenidos, un punto de referencia fijo, sino en relación con el proceso, la manera en la que la experiencia es generada.


El autor sostiene que el proyecto de este libro es retrabajar el ideal de autonomía enfrentando el problema de la influencia del analista. De este modo, este ideal tan preciado para el psicoanálisis, redefinido como un emergente más que como una propiedad pre-existente, puede ser reconciliado con la comprensión del proceso psicoanalítico como fundamentalmente diádico.


A continuación, Mitchell se pregunta por el destino del objeto analítico una vez finalizado el análisis. Piensa que si comprendemos la relación analítica como esencialmente interactiva, la terminación debe resultar en importantes internalizaciones de identificaciones con el analista como objeto interno. Pero si la autonomía del paciente debe ser preservada, estas identificaciones deben permitir y nutrir la libertad personal y la creatividad más que atar al paciente.


Según Mitchell, si bien todas las escuelas miran hoy el proceso analítico como interactivo en cierto grado, no existe consenso ya que el compromiso entre analista y analizado es pensado de muy diversas formas y en diferentes niveles. Hoy ya no tiene sentido caracterizar a un enfoque de interactivo -ya que todos los son. La pregunta interesante es: ¿cómo se comprende la interacción en cada escuela o tradición teórica?


Capítulo 2: La acción terapéutica. Una nueva visión.


Para Mitchell, Freud no creó sólo un tratamiento sino un nuevo tipo de experiencia, potente y transformadora para las dos partes implicadas. Se plantea como objetivo de este capítulo mostrar que mientras la explicación freudiana de la acción terapéutica fue convincente en su momento ya no lo es para nosotros, y que existe una gran dificultad en aceptar esta situación.


En primer lugar expone el modelo tradicional que tiene como eje la interpretación y el insight, junto con una teoría de la cura basada en el levantamiento de las represiones. Para Mitchell muchas cosas han cambiado desde la época de Freud que hacen poco viable para nosotros este modelo. Algunos de estos cambios son:



    1. En el campo científico: ya no se cree que el observador puede permanecer por fuera del fenómeno observado. Las teorías analíticas crean un marco de trabajo, parcialmente impuesto por el analista, para ordenar los datos.

    2. En el contexto social: la experiencia de la autoridad es diferente. En nuestro mundo, donde se sabe del abuso de autoridad por líderes políticos, doctores, abogados, etc., no tiene sentido conceder al analista el tipo de autoridad de la época de Freud.

    3. Desde la época de Freud se ha desarrollado una abundante literatura sobre resultados de tratamientos analíticos y otros.



A continuación se centra en la trama transferencia-contratransferencia e intenta mostrar por medio de un material clínico la insuficiencia del modelo clásico. El material plantea un problema que Mitchell tomará, una y otra vez, a lo largo de este libro: se trata de la diferencia entre la percepción que tiene el analista de que está realizando una interpretación y cómo la experimenta el paciente. Los kleinianos contemporáneos intentan solucionar el problema realizando una segunda interpretación sobre  lo que ellos llaman ”la relación del paciente con la interpretación”. O sea: interpretar el modo de procesar interpretaciones. Mitchell piensa que este modo de pensar es a veces útil pero que puede crear una regresión al infinito.


Todo esto plantea, según el autor, los límites de la interpretación. Un problema habitual es que el analista, más allá de sus mejores intenciones, está entrampado en la misma trama que está intentando que el paciente explore. Y la dificultad en reconocer esto se debe, en parte, como señala Mitchell, a que los analistas tratan con tanto esfuerzo de ser parte de la solución que les resulta muy difícil darse cuenta de los sutiles modos en que han devenido parte del problema. En estos momentos, en que el paciente se da cuenta que experimenta las interpretaciones del analista como algo viejo y no como algo nuevo, se atraviesa una gran crisis en el análisis que cuestiona su valor. Mitchell piensa que esto es lo que ha llevado a pensar que debe existir algo más, alguna otra fuerza que permita sacar al paciente de sus psicodinámicas habituales: simplemente interpretando no es posible hacer el trabajo, ya que esta concepción implica que el analista observador e intérprete se ubica por fuera de la matriz transferencia-contratransferencia. Una de las estrategias para salir de este problema fue el concepto de alianza de trabajo; el fracaso de la interpretación se debe a una insuficiente alianza. Para Mitchell, este concepto plantea los mismos problemas: exige un analista ubicado por fuera de la trama transferencial del paciente que aparece como precondición para la interpretación. En los últimos tiempos toda una serie de conceptos han venido a acompañar a la interpretación como precondiciones: “ambiente de sostén”, empatía, etc. Ahora bien, plantea Mitchell, esto también se convierte en una petición de principios ya que ¿cómo logra el analista que el paciente lo experimente como algo diferente –holding, empatía- de sus relaciones de objeto habituales? Experimentar al analista como empático o como sostén es algo que se logra luego de una larga y dura lucha, afirma Mitchell, y es esto para él lo más fundamental del trabajo analítico.


Así, tanto el modelo clásico (la interpretación) como los kleinianos contemporáneos (interpretación de la relación del paciente con la interpretación) o la psicología del self (empatía) asumen la existencia de un “canal directo” entre analista y paciente. Mitchell piensa que la fútil búsqueda de una canal directo -que ha caracterizado a muchos teóricos en varias tradiciones teóricas- ha sido motivada, en parte, por la esperanza de evitar el enredado y difícil problema de la influencia en la interacción analítica. Si el analista tiene disponible algún modo de participación para alcanzar directamente al paciente entonces, se piensa, algo nuevo puede aparecer. Los analistas buscan un pasaje directo entre analista y paciente que haga innecesario la ardua tarea de examinar e interpretar su mutua influencia al servicio del crecimiento y desarrollo personal del paciente. Un cambio analítico, desde la perspectiva de Mitchell, no viene por hacer el bypass de las viejas relaciones de objeto, sino por expandirlas desde dentro. Esto conlleva nuevas comprensiones y transformaciones de los viejos patrones relacionales del paciente en la transferencia, así como nuevas comprensiones y transformaciones de los habituales patrones relacionales del analista en la contratransferencia.


Para Mitchell se puede sostener un punto importante de convergencia en toda una serie de autores que han puesto el acento en la transformación emocional producto de la relación con el analista (Racker, Levenson, Gill, Hoffman, Greenberg, Spezzano): la interpretación fracasa porque el paciente la experimenta bajo viejos y familiares modos de interacción. La interpretación efectiva es la expresión de, y a veces el vehículo para, algo más profundo y significativo. El locus central del cambio analítico está en la lucha del analista para encontrar un nuevo modo de participación, tanto dentro de su propia experiencia como con el paciente.


A continuación, Mitchell expone un material clínico que muestra estos problemas. El modo de análisis constructivo es, para este autor, que analista y paciente luchen juntos para encontrar un modo diferente de conexión emocional. No hay solución general o técnica. Lo que Mitchell propone es que el rasgo central de la acción terapéutica en psicoanálisis es la emergencia de algo nuevo a partir de algo viejo. No puede estar ahí desde el comienzo. Piensa que los estancamientos representan este aspecto central del proceso: el análisis pasó de ser la solución a ser el problema. Lo que distingue al psicoanálisis de muchas otras formas de psicoterapia es, precisamente, el valor que otorga a los estancamientos y a los obstáculos.


Generalmente hablando, dice Mitchell, es el analista el que primero logra un estado emocional diferente y, así, busca interesar al paciente. Sólo cuando esta nueva presencia emocional aparece es cuando la interpretación se hace verdaderamente nueva, cuando ocurren verdaderos acontecimientos analíticos más que repeticiones disfrazadas.


Capítulo 3: La interacción en la tradición interpersonal


El psicoanálisis interpersonal nació de la convergencia de la psiquiatría interpersonal de H.S.Sullivan y la versión marxista del psicoanálisis freudiano de E. Fromm. La persona que articuló estas ideas es Clara Thomson, quien fue formada en el psicoanálisis clásico, habiendo sido analizada de Ferenczi.


Los dos principios en los que se asienta el psicoanálisis interpersonal son:



    1. Un principio ecológico: el ambiente juega un rol crucial creando, modelando y manteniendo la personalidad y la patología.

    2. Un principio de participación: el psicoanalista no es nunca simplemente observador de los datos que el paciente provee sino que siempre es un participante que co-crea los datos.



Los autores interpersonalistas han otorgado gran importancia a establecer una comprensión verdadera de qué es lo que realmente ocurre en los años de formación de la vida del paciente. Enfatizan la reconstrucción precisa del pasado y muchos de ellos comparten el presupuesto de que es posible hacerlo. Esto es lo que entra en crisis, según Mitchell, en los autores contemporáneos. El concepto de interacción es central en esta corriente.


A continuación, Mitchell hará un detenido recorrido de las características centrales del pensamiento de Sullivan y Thomson Las objeciones de Mitchell al modelo de Sullivan son, por un lado, la dificultad de determinar, en una situación dada, si es el ambiente pasado (como presencia intrapsíquica) lo que es determinante o el ambiente actual; en segundo lugar, la idea según la cual el terapeuta puede diferenciar cabalmente los efectos de su participación en la interacción; por último, esta perspectiva presupone que la cualidad del analista experto reside en su racionalidad como resolución de las ilusiones. En cuanto a las propuestas de Thompson, Mitchell se pregunta cómo se decide lo que es racional o irracional en la organización de la experiencia del paciente. En esta perspectiva, la maestría del analista reposa en su capacidad de sobreponerse a su participación y dirigirse a una perspectiva más objetiva, transformándose así el analista en un genérico y objetivo observador cuya comprensión del paciente sería casi equivalente de la de cualquier otro analista.


Mitchell pasa a exponer los desarrollos actuales de la tradición interpersonal organizándolos en torno a lo que él considera que ha sido su desafío y dificultad mayor: la reconciliación del principio ecológico y del participativo. En parte esto se debe a los desarrollos en la investigación de la infancia y en la extensión del principio participativo, más acorde con las corrientes intelectuales actuales -cambios en los paradigmas científicos. El punto de vista del analista, incluso si llega a través de una racional y auto-reflexiva observación, no puede ser separado de sus formas de participación. La observación no es neutral, siempre es contextual, basada en presupuestos, valores, construcciones de experiencia. Levenson (1972), plantea la falacia epistemológica de pensar que uno puede ubicarse fuera de lo que observa. Este movimiento hacia lo que se podría definir como perspectivismo plantea el problema de decidir qué fue lo que ocurrió en la infancia. Si bien sigue siendo importante en esta corriente lo que ocurrió, ya no queda tan claro cómo se decide y el problema de su veracidad. Mitchell piensa que es necesario aclarar y enfatizar que el perspectivismo no sugiere que la comprensión del analista sea irracional o que la racionalidad no sea un valor significativo. Lo que definirá es otro modo de racionalidad (Nagel, 1995). Claramente existen perspectivas irracionales. Lo que afirma el perspectivismo es que no hay una perspectiva racional única de las complejidades de la experiencia humana, que existen varias comprensiones racionales interpretativas del mismo fragmento de experiencia (Hoffman, Stern, Aron, Renik). Mitchell plantea que el problema de Levenson es el de todos los interpersonalistas y, en un sentido amplio, de todos aquellos que intentan enfrentar la naturaleza interactiva de la situación analítica: una vez que el analista ha renunciado a reclamar una exclusividad racional, una “perspectiva” impersonal, es necesario ubicar la autoridad de conocer qué ocurrió y qué ocurre en otro lado. Así, por un lado, no es posible abandonar la afirmación de la importancia de los acontecimientos interactivos, tanto pasados como presentes y, por otro, no se sabe cómo podemos determinar cuales, de hecho, son esos acontecimientos. Por lo tanto, la mayor contradicción de los interpersonalistas es, para Mitchell, la que existe entre veracidad y perspectivismo.


Ehrenberg (1992) es una autora que ofrece, según Mitchell, una de las más extensas elaboraciones del enfoque interpersonal actual y que ilustra tanto sus ventajas como sus problemas. Puso mucho énfasis en el uso de la contratransferencia y en el auto-develamiento (self-disclosure) del analista como vehículo central de la exploración analítica, presentando esto como un antídoto frente a los reclamos falaces de objetividad. Ahora bien, se pregunta Mitchell, cuándo uno decide revelar la propia experiencia y cuáles son los rasgos que de la propia participación son más útiles como guías para comprender la experiencia del paciente. En el enfoque interpersonal existe una tendencia a tempranas revelaciones. El argumento de “todo sirve” funciona como si uno asumiese que la experiencia real del analista fuese una guía confiable de una precisa y única interpretación de lo que está ocurriendo. Ahora bien, piensa Mitchell: si uno mira la realidad interpersonal pasada y presente como en alguna medida ambigua, cobrando significado y comprensión sólo a través de una construcción interpretativa, es decir, si uno toma en serio el perspectivismo, no todo sirve.


Existen actualmente dos estrategias frecuentes para enfrentar estos problemas. Ambas están basadas en la extensión del principio participativo –perspectivismo- y ambas reconsideran el principio ecológico y su original presupuesto de veracidad.



    1. La primera consiste en centrar el proceso analítico en una articulación de la experiencia subjetiva propia del paciente: ¿cómo organiza su mundo? Greenberg (1991) señala que la meta del psicoanálisis no es confirmar o no confirmar nada de lo que el paciente cree sino que el analista debe facilitar que el paciente se dé cuenta de la extensión y riqueza de su experiencia. Existe un interés en el pasado pero ya no con la anacrónica epistemología de Sullivan. Según Mitchell, estos aportes tienen muchos elementos en común, tanto con la psicología del self como con el grupo independiente británico. También existen diferencias: para la Psicología del Self este rol del terapeuta conlleva la suspensión de las experiencias propias de la subjetividad del analista y un esfuerzo para escuchar y empatizar con lo que el analista comprende que es el punto de vista del paciente. Del mismo modo, para algunos analistas del grupo británico independiente el analista funciona como un cálido, aunque genérico, “ambiente de sostén”, poniendo entre paréntesis sus propias respuestas idiosincrásicas para prevenir la intrusión y permitir que el verdadero self del paciente emerja sin distorsión.  En contraste con ambos, para los interpersonalistas contemporáneos la comprensión del analista del punto de vista del paciente está siempre mediada por el punto de vista del analista. El material con el que el analista trabaja no puede ser otra cosa que la construcción del analista de la construcción del paciente de su propio punto de vista.

    2. La segunda estrategia enfatiza el “aquí y ahora” de la situación analítica como centro del trabajo, con un fuerte acento en el interjuego de los patrones transferenciales-contratransferenciales. Esta línea enfatiza el valor terapéutico de las diferencias entre la experiencia del analizado y la del analista. No se trata de si uno u otro está errado, sino de la apertura hacia nuevas posibilidades. La transferencia no es tanto distorsión como perseverancia. La perspectiva del analista, reconocida como una entre varias posibilidades, es valiosa no porque sea más correcta o real, sino porque es algo nuevo y potencialmente liberador y enriquecedor.



El problema de la autonomía del paciente es considerado por estos autores en el marco de la naturaleza interactiva del proceso analítico: es necesario mantener la influencia recíproca en constante escrutinio. La influencia del analista no puede ser eliminada; se debe considerar que el analista tiene una influencia constante en el proceso.


Mitchell se pregunta: ¿Es hablando sobre la influencia del analista –“continuo escrutinio”- que se elimina o se reduce realmente ésta? Y concluye: las soluciones de Levenson y Gill no logran lo que esperan.  Según Mitchell, el continuo análisis de la interacción no es posible ni deseable. Siguiendo a Hoffman, afirma que el analista debe ser lo más consciente que pueda de cómo es experimentado por el paciente y usar esto tan sensatamente como pueda en la conducción del tratamiento.


En conclusión, piensa Mitchell, en los interpersonalistas actuales el estándar no es objetividad y racionalidad sino sinceridad, apertura y autenticidad. La meta no es esquivar la influencia sino continuamente deconstruirla o reflexionar sobre ella. La contribución del analista es importante no por su trascendente corrección sino por lo genuino de su autorreflexión sobre la interacción con el paciente.


Capítulo 4: La interacción en la tradición kleiniana


Como con su teoría, las contribuciones de M. Klein a la técnica pueden ser consideradas como extensiones de la “psicología del ello” de Freud: inmediatas interpretaciones profundas de los conflictos pulsionales y de las ansiedades psicóticas. Los analistas kleinianos parecían hablar directamente al inconsciente. En cierto sentido, el enfoque técnico kleiniano fue la extensión más radical de la perspectiva unipersonal: una focalización exclusiva en los recovecos más profundos de los conflictos pulsionales del paciente que el analista interpreta desde una posición neutral. El aporte de Klein que ha permitido, luego, una gran apertura ha sido su concepto de identificación proyectiva, ya que se transformó en un instrumento para la comprensión de la interacción analítica y de la contratransferencia. Pero tanto para Klein, como para Freud, la situación analítica es un medio neutral en el que la mente del paciente es revelada a través de sus asociaciones. El foco es eminentemente intrapsíquico: no hay contribución del analista.


Por otro lado, para Klein la transferencia, es decir, los modos fantasmáticos en que el paciente experimenta al analista, son producto directo de la fantasía del paciente. Esto es importante para comprender cómo Klein piensa la teoría del proceso analítico. Para ella el paciente posee la capacidad de diferenciar al analista intérprete de las imágenes fantaseadas del analista en la transferencia. Esto conlleva, según Mitchell, el siguiente supuesto implícito: un canal directo que le permite al paciente escuchar los contenidos de la interpretación del analista y que los hace analíticamente utilizables para el paciente. Es el supuesto de una clara separación entre objeto real y objeto fantaseado. Se asume la existencia de dos distintos aunque entremezclados canales entre la mente del paciente y el mundo exterior. El paciente puede distinguir el objeto analítico de otros objetos familiares dentro de su mundo. El cuestionamiento de este presupuesto será, según Mitchell, un rasgo importante en el desarrollo de los neo-kleinianos.


Fue Bion quien comenzó a pensar en la identificación proyectiva no sólo como una fantasía sino también como una forma de interacción que ocurre entre la gente. Bion interpersonaliza la identificación proyectiva. El contenido mental del paciente es evacuado y depositado en la mente del analista quien lo registra, de alguna manera, en su propia experiencia. Bion amplía también el concepto de identificación proyectiva a la interacción madre-bebé como modo de comunicación. En esta línea introduce una nueva metáfora: la mente de la madre como continente, lo que abrió, piensa Mitchell, un rico camino para las posteriores contribuciones kleinianas. Lo que resalta Mitchell es que a partir de estas teorizaciones los analistas se encuentran a si mismos operando desde la contratransferencia, desde dentro del contexto del estado mental inducido en ellos por las proyecciones del paciente. El analista purga su mente de todo contenido mental, “sin memoria y sin deseo”,  y muchas de las experiencias que aparecen durante la sesión se comprenden como depositadas allí por las proyecciones del paciente. ¿Cómo los contenidos de la mente del paciente entran en la experiencia del analista? Este problema de la transmisión es visto de diferente modo por diferentes autores. En un extremo se encuentra Bion, transformándose él mismo en un continente limpio y anodino; en el otro extremo de un continuo está Racker, en donde el analista es capaz de recibir y experimentar las proyecciones del paciente sólo a través de sus propias identificaciones con ellas. Es decir, no se suspenden las memorias y deseos propios, sino que las proyecciones se reciben descubriendo qué de las propias dinámicas han sido activadas. Esto hace a la subjetividad del analista en la interacción constitutiva del proceso analítico. En este sentido, Racker sugiere que todos tenemos cierta clase de experiencias universales que nos llevan a relaciones de objeto comunes. Son tipos de experiencias genéricas. En este sentido, Mitchell objeta que, incluso en la formulación de Racker, los rasgos idiosincrásicos de la historia personal del analista y de su carácter son, finalmente, excluidos de la interacción analítica, no tienen impacto o influencia en el producto del análisis. Mitchell piensa que, a pesar de diferentes innovaciones, existen ciertos principios del modelo kleiniano clásico que moldea de forma distintiva el enfoque kleiniano de la interacción:



    1. El analista aún posee el poder de discriminar lo real de lo fantaseado y proyectado. De este modo se preserva la fundamental asimetría del modelo tradicional: el paciente es visto como demasiado sujeto a la merced de sus propias dinámicas para saber lo que es real mientras el analista está ubicado, por la definición de su rol, con la posibilidad de diferenciar lo real de lo distorsionado.

    2. Existe un ideal de limpieza no contaminada de participación. Cada vez más se reconocen los modos en que el analista está incluido en las dinámicas del paciente y la instrumentalidad de este compromiso, pero se sigue realizando un gran esfuerzo, según Mitchell, para preservar la distinción clásica entre pensamientos-sentimientos y acción. En la contratransferencia el terapeuta experimenta emociones conflictivas, incluso intensos impulsos al acto. Pero, tanto como sea posible, el analista debe refrenarse de un acting para mantener la transferencia no contaminada. Por lo tanto, se preserva la creencia de que ejecutando su función analítica tradicional, el analista se eleva por encima de los afectos y conflictos proyectados por el paciente y que es vivenciado por el paciente de este modo. O sea: se preserva el supuesto tradicional de que cuando el analista actúa con propiedad analítica es invisible y, en consecuencia, la experiencia del paciente del analista en la transferencia emerge, como un bajo relieve, contra un fondo neutral.

    3. Se sigue sosteniendo un canal directo, inmediato, de escucha cuando se habla de la relación del paciente con la interpretación.



A continuación, Mitchell se centrará en cómo para esta corriente el encuadre analítico no es negociable ya que suponen que la situación analítica tiene un sentido inconsciente fijo y universal: la recreación de la relación del paciente con su primer objeto, el pecho. Mitchell se pregunta ¿cómo le transmite el analista al paciente su voluntad de servir a la función de continente de las proyecciones? Aquí también resalta la adhesión del kleinismo a la teoría clásica: sólo quedan la interpretación o el silencio. Expone, para ilustrar este asunto, el material clínico de un autor kleiniano y muestra la situación dramática en la que se encuentra un analista que sólo puede estar en silencio o interpretar para transmitir al paciente su actitud. Una clave central para comprender la concepción del encuadre en la corriente kleiniana,  es el supuesto de que la relación real entre analista y paciente consiste en la relación entre el niño y su madre. Y esto, en un nivel profundamente inconsciente, no es una metáfora para estos autores. El analista, simplemente en virtud de ser un analista intérprete, se supone que tiene un significado universal: el de ser el objeto primario (pecho) que ofrece potencialmente sustento para vivir (interpretaciones/leche). Todo esfuerzo por hacer salir al analista de la actitud tradicional por parte del paciente es significado como intentos de arruinar o echar a perder al analista como objeto primario, destruir su potencial aporte de sustento/interpretaciones que el paciente tan profundamente anhela. Es decir que aquí el supuesto clave es pensar que el analista,  si sólo interpreta y no realiza otro tipo de intervenciones –auto-develamientos, gratificaciones no interpretativas-, esto posee un significado universal para todos los pacientes.


Este es el supuesto que es desafiado por el perpectivismo/constructivismo de los relacionalistas contemporáneos, que ven el significado del analista para el analizado no como algo dado y universal (y conocido por el analista) sino como individualmente construido, desarrollado y negociado entre analizado y analista. En este punto, Mitchell piensa que las contribuciones de Gill (1983,1994) fueron importantes. El enunciado central sería que lo que el analista piensa que está haciendo no necesariamente corresponde con cómo el paciente lo significa. Existe una discontinuidad entre el significado en la mente del analista y el significado en la mente del paciente.  En el enfoque relacional, sostiene Mitchell, el analista no minimiza la importancia de los significados inconscientes de las acciones del analista para ambos participantes, pero no debe presumir conocerlos. El significado es co-creado y negociado.


Mitchell se pregunta, ¿cómo experimenta el paciente la insistencia en la jerarquía entre roles? Piensa que no es difícil imaginar que muchos pacientes, correcta o incorrectamente, puedan vivirla como una operación de poder que usa la interpretación como un modo de sometimiento y, por tanto, genera envidia. Y continúa: ¿cuánta de la envidia destructiva que los kleinianos descubren no es una consecuencia iatrogénica de su rígida jerarquía en la definición del rol del analista?


Mitchell concluye que el punto clave de bifurcación entre las teorías que divide dos amplios y muy diferentes enfoques para moldear la interacción en la relación analítica es la presunción de que el analista conoce lo que sus acciones significan para el paciente.


Capítulo 5: Variedades de interacción


Mitchell piensa que hoy en día existe un amplio consenso en la naturaleza interactiva del proceso analítico, pero que el acuerdo es menor en cómo opera este proceso interactivo realmente. Sostiene: una vez que hemos abandonado los principios de neutralidad y abstinencia, ¿cómo decidir qué hacer? En este capítulo el autor quiere partir:



    1. Reconocer que la interacción en el proceso analítico procede de una manera profundamente personal y que existen muchos modos auténticos de participación analítica.


    2. La  caída de la teoría clásica ha dejado grandes dudas sobre lo que tenemos que hacer tanto con la contratransferencia como con  el auto-develamiento o la expresividad.



Analizará las propuestas de tres autores contemporáneos: Jacobs, Ehrenberg y Ogden, cada uno con una distinta metodología interaccional. Según Mitchell, los modos en que abordan la interacción refleja la tradición psicoanalítica en la cual se inspiran: Jacobs en la freudiana, Ehrenberg en la interpersonal y Ogden en la teoría de las relaciones de objeto.


Para Jacobs, el analista funciona como una suerte de espejo que descubre en sus dinámicas propias las dinámicas del paciente. Esto lo realiza por medio de recuerdos, afectos, estados del self del analista. Utiliza lo que denomina “resonancia en paralelo”. ¿Qué uso hace Jacobs de su contratransferencia? La guarda para sí y la emplea para ampliar y profundizar su comprensión de la dinámica del paciente. Define el proyecto analítico en términos tradicionales: insight de las dinámicas y conflictos infantiles del paciente. Este autor piensa que el auto-develamiento del analista es una distracción innecesaria y, al igual que Racker, la contratransferencia es cuidadosamente procesada antes de ser actuada de algún modo.


Ehrenberg, por su parte, basa su enfoque de la interacción en el presente. Pone el acento en sus reacciones personales frente a sus pacientes. Para ella, la dimensión interpersonal no es secundaria sino central en las dificultades del paciente. Por ello, refrenar las reacciones del analista priva al paciente del insight  que ella encuentra más útil en la comprensión de sus experiencias. Para ella se usa mejor la contratransferencia activamente y verbalmente y no silenciándola. El auto-develamiento del analista es una opción técnica central. Ella le otorga valor, a diferencia de Jacobs y otros, a compartir las reacciones no procesadas ya que, entre otras cosas, piensa que la inmediatez afectiva genera un sentimiento de seguridad y conexión para el paciente en presencia del analista. El objetivo es que tenga un impacto reflexivo en ambos participantes. Su visión de la intimidad analítica, concluye Mitchell, evita la fusión y preserva la separación en integridad de cada participante.


Ogden, a diferencia de Ehrenberg, propone una interacción en donde la falta de diferenciación entre ambos participantes es buscada y constituye un rasgo fundamental de lo que este autor denominará el “tercero analítico”. Para él el rasgo distintivo de la relación analítica es que el analista se ofrece como continente para las proyecciones de las experiencias disociadas del paciente. Siguiendo a Searls, describe cómo analista y paciente crean conjuntamente una “tercera” subjetividad que no pertenece a ninguno de los dos sino que requiere de ambos en sus diferentes roles para que emerja. O sea, para Ogden no hay ni resonancias en paralelo ni dos sujetos separados, sino la constitución de una única y combinada subjetividad. A diferencia de los usos anteriores de la identificación proyectiva, en donde se exigía que el analista fuese un continente limpio, Ogden piensa que existen dos mentes que operan activamente. Según Mitchell, las historias clínicas de Ogden muestran una forma de participación analítica que conlleva una rica presencia emocional que, por extensos períodos de tiempo, es claramente silenciosa. Para este autor su técnica excepcionalmente incluye el auto-develamiento de la contratransferencia: su enfoque de este tema es consistente con su modo de participación. Este autor considera la asimetría formal de los roles analíticos como crucial en la forma específicamente analítica de intimidad generada en el proceso analítico. Para él, el paciente es ante todo el iniciador de identificaciones proyectivas y el analista un recipiente y procesador de las mismas. Si bien están los dos profundamente implicados, la diferencia de sus roles los involucra de manera diferente.


A continuación Mitchell presenta un material clínico para ilustrar cómo él trabaja. Desea mostrar la utilidad de los tres enfoques previamente analizados aunque considera que su estilo de trabajo difiere bastante de dichos autores. Piensa que a él le resulta de utilidad tanto un compromiso alegre y juguetón como el uso del humor. Concluye este capítulo reiterando que la manera en que cada analista participa con cada paciente es completamente personal e incluye tanto las ideas del analista sobre la interacción como sobre el psicoanálisis mismo.


Capítulo 6: Las intenciones del analista


Cada tradición psicoanalítica tiene su propia noción de lo que el analista debe intentar ser: neutral, empático, sostenedor, auténtico. Con el tiempo han caído las ilusiones sobre estos diferentes proyectos. Mitchell se propone en este capítulo explorar esta cuestión. Comienza con la presentación de un material clínico sobre una elección clínica en la que el autor toma partido por una representación de la paciente contra su auto-denigración. Expone, a continuación, el modelo clásico con sus tres pilares de la conducta del analista: abstinencia, anonimato y neutralidad, es decir: no gratificación de los impulsos ya que la frustración motiva su transformación en pensamiento; permanecer inexpresivamente anónimo para que la transferencia emerja sin contaminación; que las intervenciones sean desapasionadamente imparciales para no ejercer influencia en la autonomía del paciente.


En el momento actual existe un amplio consenso de que el analista, a pesar de sus mejores intenciones, no puede exitosamente operar de ese modo. Para Mitchell, los factores que contribuyen al consenso son:



    1. El modo en que la noción de objetividad se ha vuelto problemática en la filosofía de la ciencia actual.

    2. Proliferación de diferentes escuelas de teorización en psicoanálisis.

    3. Se ha ido aceptando gradualmente que la contratransferencia no es una rareza, ni una aberración, sino que en la práctica analítica los conflictos y dinámicas propias del analista son inevitablemente evocadas y operan en las intervenciones con el paciente.

    4. El creciente reconocimiento de que a pesar de los esfuerzos de anonimato del analista  el paciente lo conoce.

    5. Darse cuenta que la relación analítica, sin importar lo ascéticamente que sea manejada, es inevitablemente gratificante y no sólo frustrante hacia varias de las conflictivas necesidades del paciente.



Estos cambios exigen para Mitchell un modelo fundamentalmente diferente del proceso psicoanalítico, aunque piensa que, por lo general, se ha tratado más de acomodar y actualizar el modelo tradicional que de transformarlo. Por ejemplo, Kernberg, en su esfuerzo por diferenciar lo que es anacrónico en el modelo clásico y preservar lo esencial, distingue el anonimato de la neutralidad técnica. También Schafer define la neutralidad en términos de subordinación de la personalidad del analista a la tarea en curso y sostiene que el analista no toma partido en los conflictos del analizado.  A pesar de sus diferentes epistemologías de base –neopositivista y hermenéutica-, para ambos la credibilidad del analista reside en la neutralidad, es decir, en el reclamo de que en el momento de la interpretación el analista es reflexivo y no actúa (acting); es desapasionado y no está afectivamente incluido; considera los conflictos del paciente desde “una visión desde ningún lugar” (Nagel, 1986), hablando con una voz que está fuera de toda lealtad contratransferencial. O sea, que el analista no tiene un impacto personal significativo en la dirección del proceso.


Mitchell se pregunta, ¿cuál es la alternativa a estos esfuerzos por salvar la neutralidad y la autoridad del analista? Para este autor la alternativa es ver que la participación del analista es inevitablemente subjetiva (Aron, Hoffman, Greenberg, Spezzano, Stolorow) y que la comprensión que el analista tiene del paciente es parcialmente el producto de su irreductible subjetividad. (Renik, 1993)


En esta visión alternativa, la contratransferencia es menos una tormenta de la cual uno emerge periódicamente para recuperar su lugar que el tiempo mismo, es decir, siempre presente de algún modo aunque continuamente cambiante. Asimismo, se considera que todas las acciones tienen implicancias interpretativas y todas las interpretaciones son acciones. El pensamiento no es la inhibición de la acción (Freud), sino que pensamiento y acción son simultáneas y continuamente facetas interpenetradas de la experiencia. Las actuaciones (enactments) no se las comprende como formas de restar importancia a la interpretación sino como suministrando importantes y continuos ejemplos en los cuales puede basarse la interpretación. Y a veces, en la relación analítica, la acción debe preceder al pensamiento y la palabra, porque la acción expresa algo ignorado e innominado tanto para el paciente como para el analista. Por ello, sólo puede volverse conocido siendo habitado y vivido en el tratamiento. Las interpretaciones también son vistas como formas acción: las palabras no son nunca neutras, son nuestros modos de actuar sobre los otros (Greenberg, 1996). También, piensa Mitchell, la neutralidad se ha hecho insostenible ya que ha crecido la conciencia de la diferencia entre lo que el analista intenta-hacer (o ser) y el significado que para el paciente tienen sus acciones. Ya que ¿Cómo puede el analista estar tan unidimensionalmente motivado?; ¿Cómo puede el analista, por muy analizado que esté, asumir como posible que en su lucha contratransferencial, en el momento en que realiza la interpretación, está por fuera de la tormenta?; ¿Cómo puede afirmar ser tan transparente a sí mismo? ; ¿No es la posición de “no tomar partido” una toma de partido?  ¿no es el acto de replegarse o ubicarse en la posición del analista algo lleno de significados para las dos partes?


Retomando el material previamente desarrollado, Mitchell plantea cómo toda interpretación selecciona, excluye otras y, por lo tanto,  no es neutral. Después de criticar el concepto de neutralidad como equidistancia (A. Freud, Kernberg) sostiene que la afirmación de que la equidistancia protege la autonomía del paciente de la influencia actual del terapeuta enmascara y desconoce lo que a menudo es la más poderosa influencia del analista: su impacto en construir los términos en los que el paciente pensará y luchará con sus conflictos.


También, dice Mitchell, muchos analistas reclaman ser neutrales con relación a la realidad. El problema, continúa el autor, es que para ello necesitan previamente definir dónde y qué es realidad.


A continuación, Mitchell hace una revisión de los diferentes ideales alternativos que surgieron en las diferentes escuelas psicoanalíticas para definir la actitud del analista. Para Kohut y la Psicología del Self, la empatía aparece como una precondición de la cura. Aunque estos autores no piensan que esta podría lograrse de manera constante sino más como un tratar de ser empático. La empatía perfecta, dice Kohut, no sólo es imposible sino indeseable. Es el esfuerzo por serlo lo que crea la nueva experiencia objeto-self en la que reposa el impacto reparativo sobre el desarrollo. Dentro del psicoanálisis interpersonal ha habido diferentes formulaciones: experto (Sullivan), hablar verdadero y honestidad (Fromm), autenticidad (contemporáneos). Pero la autenticidad es hoy más compleja y escurridiza que en la época de Fromm.  En la escuela de la teoría de las relaciones objetales británica, está por un lado Bion, describiendo la función del analista a partir de su concepto de continencia y Winnicott, con su idea de ambiente de sostén (holding) en donde el analista suministra funciones maternas. Según Mitchell, una de las ironías que acompañan la caída de uno tras otro de estos ideales analíticos ha sido la búsqueda del establecimiento de un estado de no intención y, aún, de no-saber (como se ve claramente en autores como Bion o Lacan). ¿Cómo puede uno desear no tener deseos o intentar no tener intenciones? Estos autores muestran la imposibilidad de la desidealización como ideal. Así, la evitación del saber y de la idealización a través de evitar tener intenciones, es el último de los ideales que en esta serie se han mostrado inalcanzables.


Para este autor, mucho del descrédito entre las corrientes psicoanalíticas deriva de la confusión entre la declaración de intenciones y la afirmación de alcanzarlas  (su realización). Ahora bien, Mitchell se pregunta si este tratar de hacer algo que es imposible es el marco más útil de referencia para las intenciones del analista. Piensa que no. Describe su modo de pensar la intención que configura su metodología como una disponibilidad (responsiveness) auto-reflexiva de un tipo (psicoanalítico) particular. Dice que su modo de trabajo no consiste en un esfuerzo hacia un estado mental particular sino hacia un compromiso en el proceso. La aspiración hacia estados mentales tales como “atención libremente flotante”, “reverie”, etc., excluyen otras posibilidades. Piensa que en determinadas oportunidades le parece útil estar altamente focalizado y no libremente flotante; otras en que piensa que sus pacientes necesitan una respuesta más genuina de su parte y no una actitud; también piensa que por momentos es más útil un cuidadoso razonamiento que la “reverie”.


Asimismo, se encuentra a sí mismo más productivo cuando se esfuerza por comprender el modo en el que el paciente se le presenta en una sesión particular y reflexionar en los tipos de respuesta que se encuentra haciendo: ¿qué versión de mí es evocada por la presencia del paciente hoy? ¿quién soy? ¿qué me agrada cuando estoy con ellos? Sostiene Mitchell que es probablemente lo trabajoso, intenso y activador de emociones que es el trabajo analítico, lo que ha llevado a cultivar versiones de uno mismo que nos permitan reconocernos como profesionales, psicoanalíticos y competentes. Sin embargo, para él, los momentos más productivos del trabajo analítico son, a menudo, aquellos en que uno se siente por fuera de estas versiones reaseguradoras, es decir, momentos en los que los afectos dominantes son la confusión, el temor, la excitación, la exasperación, la pasión, entre otros. Esto no implica cultivar el no saber o el no control, sino esforzarse por liberarse uno mismo del saber compulsivo y del control obligatorio. O sea, lo que Mitchell encuentra más útil no es aspirar a un estado de no intención sino permanecer lo más abierto posible hacia el flujo –circulación- de variedades de intenciones siendo todas objeto de indagación autoreflexiva.  Este tipo de participación analítica no es ni simple ni ingenua.  Esta disponibilidad autoreflexiva es una habilidad altamente desarrollada: supone que la mente del analista, como la del paciente, está caracterizada por cambios, estados discontinuos del self y de las organizaciones del self; también supone que la mente se genera en campos interpersonales de influencia recíproca; supone, a su vez, que la auto-reflexión es siempre, necesariamente, perspectivista y altamente selectiva. Piensa que lleva mucho tiempo aprender a experimentar y a usarse a uno mismo de esta manera: haciendo una escucha comprometida y siguiendo diferentes niveles de sentido al mismo tiempo. El analista, desde esta perspectiva del proceso analítico, aprende a rastrear y a comprometerse, simultáneamente, en diferentes líneas de pensamiento, respuestas afectivas u organizaciones del self. Existen, por tanto, en el mismo analista varias clases de mente analítica. Mitchell plantea que él no intenta mantenerlas en un estado de suspensión, incluso equilibradas. Piensa que lo más útil para él fue la libertad de responder de diferentes maneras en diferentes momentos y ser capaz de diseñar una amplia variedad de potenciales respuestas en su repertorio cuando le resulta útil. De este modo, cree que una meta que el analista puede útilmente intentar poseer es una disponibilidad reflexiva hacia el paciente en cada sesión particular. Dentro de esta intención global, el analista siempre se compromete en una u otra de estas formas de responder-participar y excluye otras. Piensa que se realizan continuamente elecciones con la base del sentido implícito del proceso analítico en curso. Los modos de profundizar un proceso puede a veces consistir en quedarse callado, en una interpretación, en la expresión de un sentimiento, una preocupación o una fantasía. Cada clínico mantiene un modelo de la riqueza y singularidad de la experiencia analítica, el que sirve como brújula preconsciente que guía las elecciones perceptivas que constituyen la experiencia analítica. La brújula usada por cada analista es única: no existen brújulas objetivas y genéricas. Cada juicio clínico del analista está configurado por su integración personal de los modelos y conceptos psicoanalíticos, condimentado con su dinámica personal, carácter y experiencias de vida. Los conceptos teóricos son una parte crucial de este sistema personal de guía. La integración conceptual, saturada con nuestra propia experiencia de vida, provee a cada uno un sentido implícito de la riqueza y profundidad de la experiencia, y esa integración es el punto de referencia con relación a la cual hacemos elecciones clínicas.


Mitchell piensa que existen modos de participación que claramente están por fuera del psicoanálisis, por ejemplo, hacer negocios o tener relaciones sexuales. Pero que existen opciones menos obvias cuyo debate enriquece, por ejemplo, develamiento de sentimientos eróticos en la contratransferencia. Está en la naturaleza de la experiencia analítica que las intenciones del analista sean alteradas o fracasen, así como es inevitable que las intenciones del paciente, derivadas de viejas relaciones objetales, también se alteren y fracasen. Una pieza central del trabajo analítico, piensa Mitchell, es la creativa y mutuamente vitalizante y satisfactoria negociación de esta situación. La principal satisfacción no será si hablar es o no gratificante, sino si hablar puede abrir y vitalizar la experiencia del paciente o contribuir a cerrar o atenuarla. Piensa que es esencial evitar la ilusión de que estas elecciones se hacen objetivamente; pero también es necesario evitar una falsa humildad que fracasa en diferenciar entre los analistas y los otros. Los analistas clínicos hacen elecciones con fundamento y se aprende mucho de la profundidad y riqueza de la experiencia tanto de la acumulación de la práctica clínica como de la literatura analítica o del propio análisis. El autor cierra este capítulo comentando otro fragmento del material clínico que expuso páginas atrás.


Capítulo 7: El conocimiento y la autoridad del analista


El autor sostiene que es un tema central del psicoanálisis contemporáneo redefinir la naturaleza de la autoridad y del conocimiento del analista: ¿en qué somos expertos los psicoanalistas? El objetivo de este capítulo es delinear cuál es el tipo de conocimiento y autoridad que puede el clínico reclamar hoy –diferente del de la época de Freud. El autor piensa que pasa por pensar en una especialización en producir sentido, auto-reflexión y la organización y reorganización de la experiencia.


Mitchell parte de constatar los cambios que ha habido en los últimos tiempos sobre las ideas vinculadas a qué significa conocer. En la época de Freud, racionalismo, objetivismo y cientificismo dominaban la visión del mundo y la auto-compresión humana. Para Freud, el psicoanálisis era una parte de la ciencia que implicaba la exploración, comprensión y control de un campo del mundo natural constituido por la mente humana. Es importante diferenciar, piensa Mitchell, entre ciencia y cientificismo: la primera consiste en la acumulación, sobre la base de determinados métodos, de ciertas clases de conocimiento y, la segunda, es la creencia de que ese conocimiento nos dirá todo lo que necesitamos saber sobre la experiencia humana, sus significados y valores. Desde entonces hasta hoy, sostiene Mitchell, la ciencia ha continuado y el cientificismo se ha desvanecido. Ha habido también una reacción extrema que ha intentado corregir los errores anteriores a partir de su opuesto radical: subjetivismo, relativismo fácil e irracionalidad. Para este autor, el problema no ha sido la ciencia como tal sino el cientificismo. La vitalidad del psicoanálisis consiste en poder responder a los cambiantes contextos históricos-culturales que afectan la vida de analizados y analistas y no en el aislamiento monástico.


A continuación, define lo que considera los reclamos legítimos y excesivos del conocimiento.



    1. Aspecto de culto en las instituciones tradicionales que reclaman conocimientos esotéricos de profundidades misteriosas expresando todo en una jerga inaccesible.

    2. Corriente autoritaria en el manejo político del psicoanálisis: el mayor peligro no son las ideas equivocadas sino las rígidamente sostenidas.

    3. Parte de la vitalidad del psicoanálisis post-clásico viene de su emancipación de la ortodoxia freudiana.

    Piensa que la alternativa a los tradicionales y arbitrarios reclamos para sí del analista de poseer conocimientos exclusivos y objetivos no es la lisa y llana renuncia a la objetividad y evitar toda atribución de verdad. Esto es, según el autor, confundir los temas políticos con los problemas del conocimiento: son batallas entre el positivismo anacrónico y el total relativismo. Mitchell sostiene que las convicciones desarrolladas por analistas clínicos como por sus pacientes descansan en una credibilidad pragmática e intuitiva, un tipo de sentido común enriquecido. Así, el autor recurre al filósofo Nagel (1995) quien ve al psicoanálisis como una extensión de lo que él llama “psicología del sentido común”, es decir, de las actividades fundamentales desde las cuales obtenemos significados en las experiencias con otras personas. Los diferentes tipos de conocimientos requieren diferentes modos de confirmación para establecer su credibilidad. No es tan importante cómo denominamos al conocimiento aportado por el psicoanálisis y la historia –ciencias sociales, hermenéutica- sino apreciar la naturaleza de este conocimiento y su legitimidad.



Mitchell piensa que la más importante contribución de Freud no fue el contenido específico que le atribuyó al inconsciente en los diferentes momentos (sexual, agresivo, edípico, preedípico) sino el descubrimiento de un modo o método de gran riqueza para la explicación y producción de sentido: el principio de intenciones inconscientes que unen presente y pasado, lo racional con lo fantaseado, la interacción y la interioridad, ya son aspectos constitutivos de la cultura occidental contemporánea.


Según el autor, los seres humanos requieren un sistema de significados personales, que incluye un sentido personal de la historia y las motivaciones, para armar su mundo. Los psicoanalistas son expertos en la manera en que esos sistemas de significado se constituyen y cambian. Los sistemas de significados no derivan directamente de los hechos, ni puede esperar el analizado que los hechos se hagan claros e indiscutibles antes de poder intentar darle sentido a su existencia. Cada individuo requiere una narrativa de origen para ubicarse en el planeta. Los analistas son expertos en co-construir y ayudar a transformar esas historias.


Mitchell sitúa una línea en la historia del psicoanálisis que va de Freud a Brenner que piensan que al ser la mente una parte de la naturaleza y el psicoanálisis su ciencia, la comprensión de la psicopatología son hechos objetivos, empíricamente derivados, o sea, la verdad psicoanalítica, como toda verdad científica, es la mejor conclusión posible a partir de los datos disponibles. Por lo tanto, de aquí se concluye que el analista con frecuencia sabe mejor que el paciente lo que ocurre en la mente de este y queda a su discreción el momento de la comunicación de esta comprensión. Otros autores, como Kernberg, hablan de la “autoridad funcional del analista”, definición que pretende proteger al paciente de la imposición autoritaria de los puntos de vista del analista. En años recientes diferentes autores han planteado la imposibilidad de que se pueda lograr una instancia verdaderamente neutral y libre de valores. La neutralidad sólo sería un ideal. Aún así, observa Mitchell, la mayoría acepta que es un ideal indispensable ya que, se piensa, tratar de ser neutral mantiene el impacto interactivo del analista como persona en un mínimo. Para Mitchell, el error común de los defensores de la neutralidad es la creencia según la cual tratar de ser neutral hace posible ser neutral y llegar a un punto de vista objetivo.


Así, los problemas de la autoridad y el tipo de conocimiento psicoanalítico llevan al autor a preguntarse si las mentes son descubiertas o construidas. El enfoque tradicional reclama para sí el conocimiento de lo que ocurre “en la mente” del paciente como si hubiese algo ahí inerte y disponible para su descubrimiento. Para Mitchell no hay procesos claramente discernibles que correspondan a “en la mente del paciente” sobre los cuales tanto paciente como analista puedan estar en lo cierto o equivocados. Los procesos mentales, tanto conscientes como inconscientes, son enormemente complejos y se prestan a múltiples interpretaciones. No existe una única correcta interpretación o mejor comprensión. La mente es comprendida a través de un proceso de construcción interpretativa, tanto en sus aspectos conscientes e inconscientes como en quién intenta comprenderla. Mitchell se apoya en Dennet (1991) quién afirma que es imposible encontrar una narrativa única, una “primera edición” de la mente. Refiere esta idea de primera edición al concepto freudiano de clisé, como aquel prototipo discernible y objetivo que el analista puede identificar. Mitchell sostiene que la mente es un enorme complejo de procesos del que sólo captamos algunos pequeños fragmentos. Pensar así no significa para el autor que todas las construcciones de la experiencia consciente sean igualmente plausibles. La experiencia actual, a pesar de su maleabilidad y ambigüedad, proporciona restricciones. Los acontecimientos en la mente del paciente pueden ser conocidos, para la dupla analítica, sólo a través de un activo proceso de composición y organización de los mismos. La existencia de diferentes organizaciones posibles habla de mejores y peores comprensiones así como de la inexistencia de “la mejor” comprensión.


Mitchell piensa que el estado heterogéneo de las escuelas psicoanalíticas actuales es probablemente la mayor evidencia en contra de un estándar de objetividad única: cada escuela, teoría, clínico, organizan interpretaciones de las dinámicas inconscientes de un modo particular y existen muchas interpretaciones plausibles, o citando a Nagel, muchos modos de enriquecer el sentido común. Mitchell sostiene que el temor a reconocer esto por parte de muchos autores es porque piensan que si no existe una verdad objetiva no hay donde anclar la auto-disciplina. Según el autor, es posible anclar esta última así como la responsabilidad clínica y el respeto por la autonomía del paciente en el reconocimiento de la naturaleza intersubjetiva de la empresa analítica y no desmintiéndola.


Por lo tanto, piensa Mitchell, la comprensión que emerge en la mente del analista sobre el paciente está integrada en la interpenetración del encuentro analítico, con el impacto de cada uno sobre el otro: no se deriva simplemente de la aplicación de la teoría sino que está saturada de las respuestas contratransferenciales del analista. Una consecuencia importante de este planteo es que cualquier comprensión de la mente, de la de uno o de la del otro, es personal: es mi comprensión, basada en mis presupuestos sobre la vida humana, en mis propias dinámicas, etc. Por lo tanto, la comprensión del analista de la mente del paciente no es la mejor comprensión desde un punto de vista objetivo o genérico, sino la mejor comprensión de ese analista en particular, basada en la experiencia de ese analista y en ese contexto de configuraciones transferenciales-contratransferenciales predominantes. La competencia del analista se basa en la comprensión de un proceso, lo que ocurre cuando una persona empieza a expresar y reflejar su experiencia en presencia de otro comprometido en escuchar, en el contexto altamente estructurado dado por la situación analítica.


A continuación, Mitchell presenta un material clínico para luego comenzar a trabajar sobre el problema de la asimetría en la relación analítica. Piensa que el esfuerzo por definir en qué consiste esta asimetría es uno de los aspectos más difíciles de las reconceptualizaciones actuales de la naturaleza de la situación analítica. Si bien es crucial que el analista no imponga su autoridad, es asimismo importante que, a veces, pueda mantener su punto de vista, es decir, sostener el sentido del valor que tiene su aporte en su potencial utilidad para la producción de sentido, auto-expansión y auto-reflexión. Es la lucha en colaboración para encontrar el modo de hacer esto posible lo que, para Mitchell, es uno de los aspectos más importantes del trabajo analítico. Ahora bien, una función central del rol del analista es la de preservar la relación como analítica, es decir, proteger el proceso. Para el autor, la asimetría de la relación analítica deriva básicamente de la necesidad del analista de cargar con esta responsabilidad. Mitchell se pregunta si al cargar con esta responsabilidad el analista cumple un rol primordialmente parental. Para muchos analistas la metáfora parental ha sido de gran importancia para ubicar la participación del analista. Aunque critica esta asunción universal piensa que esta crítica no debe impedir una apreciación de la configuración única de la relación analítica que para cada díada terapéutica hace posible una extraordinaria intimidad contexto-específica. La estructura formal de la situación analítica y su constelación de restricciones –horarios, lugar, predominancia del foco en la experiencia del paciente, etc.- da lugar a un tipo de intimidad no disponible de ningún otro modo.


Mitchell finaliza este capítulo preguntándose cuál es el destino del objeto analítico. Piensa que hoy en día hay cierto acuerdo en que definiciones con resolución completa de la transferencia o identificaciones en términos de funciones genéricas (auto-observación, por ejemplo) son insuficientes. Cada vez se reconoce más que el analista como persona específica, en su especial subjetividad, se transforma en una presencia que perdura en el mundo post-analítico del analizado.


Capítulo 8: Género y orientación sexual en la era post-moderna


El problema central que explorará este capítulo será la perplejidad que enfrenta el clínico contemporáneo al tener que abordar las cuestiones de género y sexualidad que constituyen una preocupación importante en nuestra época con la diversidad de teorías y creencias que existen sobre estas cuestiones. Es en este sentido irónico que el autor utiliza el término post-modernidad.


Después de desarrollar las ideas de Freud, se esfuerza por dar cuenta de los diferentes modelos o estrategias conceptuales con los que contamos actualmente dentro del psicoanálisis para pensar estos temas. Estas van desde la concepción del género como una creación cultural en C. Thompson, a los modelos neo-biológicos;  de lo que denomina esencialismo evolutivo (Gilligan, Mille, etc.) a los modelos evolutivo-constructivista (Chodorow); o el modelo que aboga por una tensión creativa y continuamente oscilante entre los temas e identificaciones tradicionalmente masculinos y femeninos (Benjamín). Mitchell sostiene que a él le resulta útil pensar en el género y la sexualidad del mismo modo en que Chomsky  entiende el lenguaje, es decir, entre condición biológica como capacidad universal del ser humano y contexto social que determina la construcción cultural de los contenidos. Según el autor, no es necesario elegir entre los modelos biológicos y constructivistas del género sino que ellos crean una tensión útil que genera nuevas formas de organizar la experiencia.


A continuación, Mitchell presenta unas viñetas clínicas en las que muestra que la participación del analista al hablar y pensar sobre el género tiene un impacto crucial sobre el proceso. Su participación se podría dividir en tres componentes:



    1. Desde qué teoría escucha el analista -y por lo tanto interpreta- el material clínico. Es decir, qué es lo que ve y lo que no ve desde determinada posición.

    2. Desde qué valores, preferencias o juicios conscientes y preconscientes participa.

    3. Con qué idea de proceso analítico (clima, idea de autoridad, etc.)

    Luego de desarrollar estos elementos en relación con el material se centra en el asunto de la orientación sexual en donde existe una variedad similar de modelos: más biológicos o más constructivistas. Presenta y discute el material clínico de un paciente homosexual.



Mitchell concluye este capítulo afirmando que “el analista no puede estar libre de sus prejuicios y debería estar buscándolos constantemente en su experiencia y en las reacciones del paciente. La búsqueda de un ideal libre de prejuicios parece fútil y poco sincera; el analista sirve mejor al paciente por una apertura hacia el descubrimiento y redescubrimiento de sus propios prejuicios, afinidades y miedos como un factor inevitable e interesante de la investigación analítica”. (p.260)


Epílogo


El autor revisa los diferentes enfoques y va planteando lo que él considera que cada uno de ellos le ha aportado. Así, del enfoque interpersonal resalta la importancia de la autenticidad, de la apertura hacia la discusión colaboradora sobre transferencia y contratransferencia, entre otras; del kleiniano contemporáneo la idea de la relación del paciente con la interpretación así como el concepto de identificación proyectiva; de la escuela de la detención del desarrollo valoriza que el proceso analítico sea entendido en términos de la participación del analista como proveedor de funciones así como su útil correctivo para las presiones hacia el auto-develamiento (self-disclosure) propio del modelo interpersonal. Ahora bien, en estos últimos dos modelos ve como limitación que piensan que puede eliminarse la participación del analista como sujeto. Mitchell sostiene que las diferentes tradiciones teóricas que conceptualizan la interacción enfatizan diferentes aspectos que, desde una perspectiva integradora, permiten que se contrabalanceen unos a otros. En su forma de trabajar piensa que han influido fuertemente la complementariedad entre el enfoque interpersonal y la teoría de las relaciones de objeto. Mitchell concluye el libro diciendo: “La buena técnica analítica no se refiere a acciones concretas sino a un pensamiento arduo y exigente, en continuo proceso de reflexión y reconsideración. No hay acciones clínicas correctas singularmente (aunque seguramente existen algunas acciones incorrectas singularmente). En este libro he intentado demostrar que pensar sobre la interacción es uno de los más importantes y, en muchos sentidos, un área descuidada hace mucho tiempo por el psicoanálisis contemporáneo. Cada uno de nosotros tiene la tarea de explorar las diferentes perspectivas de la interacción, en las diferentes tradiciones teóricas, para ir modelando una sensibilidad clínica y un estilo de tomar decisiones que nos sea propio” (p.268).


Comentarios


Como probablemente sepa el lector, Stephen A. Mitchell murió el año pasado, muy joven. Pienso que esta muerte prematura ha dejado al psicoanálisis sin un profundo y claro pensador que, al decir de Fonagy (2001, p.125) “Se encuentra entre los dos o tres más significativos psicoanalistas que trabajan hoy en USA”. Creo que el libro que acabamos de resumir es una clara muestra de ello. A lo largo del mismo vemos al autor recorriendo sutilmente la historia del psicoanálisis, relevando problemas, esforzándose por articular la epistemología y la teoría clínica o técnica y esto, siempre, sobre el telón de fondo del proceso analítico entendido como un encuentro de dos subjetividades, como una situación interpersonal -en el sentido menos ingenuo de este término (Hoffman, 1983), es decir, como una experiencia que reposa en la influencia recíproca, tanto a nivel consciente como preconsciente e inconsciente, entre ambos participantes. Esto lo lleva a volver a pensar la posición del analista y su contribución al proceso terapéutico en un constante diálogo con las diferentes tradiciones teóricas que pueblan  hoy el universo psicoanalítico, y a prestar especial atención a los modos en que persisten en dichas teorías ciertos principios del modelo técnico clásico que desconocen su naturaleza intersubjetiva.


Mitchell plantea que fue la extensión del principio participativo la que ha llevado, en la clínica, a revisar las “intenciones” que orientan la actitud del analista y, por otro lado, a revisar la epistemología de base de dicha práctica. Estos temas fueron desarrollados en uno de sus anteriores libros, Hope and Dread in Psychoanalysis (1993) en dónde plantea cómo el psicoanálisis de las últimas décadas se ha visto enfrentado a dos revoluciones que han transcurrido paralelamente y que Mitchell piensa que es necesario hacer converger. Por un lado está la revolución en la teoría clínica, es decir, el cambio de énfasis que va de pensar el proceso en términos de renuncia a las fantasías infantiles a pensarlo en términos de la elaboración de un significado personal; por otro lado se encuentran los cambios en la metateoría, es decir, en la definición de lo que la teoría psicoanalítica es: de una representación y reflejo de la estructura subyacente de la mente del paciente a una construcción e interpretación de la experiencia del mismo. Para el autor estas dos revoluciones son dos caras del mismo proceso: el analítico.


Creo que estos desarrollos están en la base de uno de los problemas centrales que recorren este texto y que me parece ser un eje del mismo: la discontinuidad existente entre lo que el analista piensa que significan sus acciones y cómo éstas son experimentadas por los pacientes.  El reconocimiento de dicha discontinuidad nos lleva a cuestionarnos toda búsqueda de un  “canal directo” –como lo denomina Mitchell- para llegar al paciente y, por lo tanto, a pensar la influencia del analista en la interacción analítica. Creo que este problema es central y que su resolución no es fácil pero, sobre todo, que no puede ser resuelto por decreto. En este sentido, me parece interesante la idea de retrabajar la posición del analista pensándola como una disponibilidad a la auto-reflexión que implica una constante apertura a los productos del encuentro terapéutico, a la consideración y revisión de los modos de participar del analista, a evaluar los modos de intervenir básicamente en función del proceso sin exclusiones a priori (salvo aquellas que claramente transformen un proceso terapéutico en otro tipo de relación social), es decir, un modelo de proceso analítico que considere la inevitable participación de la subjetividad del terapeuta no sólo en el campo de la  reflexión sino también en los modos de intervención.


Bibliografía


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RENIK, O. (1993). Analytic interaction: Conceptualizing technique in light of the analyst's irreducible subjectivity. Psychoanal. Quart., 62:553-571.










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