El poder de los sentimientos

Publicado en la revista nº011

Autores: Garriga, Concepció - Chodorow, N.J.

 


  • CHODOROW, NANCY, J. (1999)  “The Power of Feelings”. New Haven y London: Yale University Press, 328 pgs.



  • Autora de la reseña: Concepció Garriga i Setó



  • Dos palabras sobre la autora y su obra


    Esta autora despertó mucho interés entre las psicoterapeutas feministas de orientación psicoanalítica en 1984 cuando apareció traducida por Gedisa su obra de 1978 “El Ejercicio de la Maternidad. Psicoanálisis y Sociología de la Maternidad y Paternidad en la Crianza de los Hijos” al poner de manifiesto las implicaciones para hombres y mujeres, y para el sistema sexo-género, de que la maternidad sea ejercida fundamentalmente por las mujeres. En esta obra demostró que “la división sexual del trabajo y la responsabilidad de las mujeres en el cuidado infantil están ligadas y generan la dominación masculina; ... que cualquier estrategia de cambio cuya finalidad sea o incluya la liberación social de lo femenino y masculino, debe considerar la necesidad de una reorganización parental fundamental, de modo que la parentalidad primaria sea una tarea compartida entre hombres y mujeres” (págs. 312-313).


    Es una autora muy prolífica y sus aportaciones tienen un enorme interés dentro de esta intersección particular del psicoanálisis con el feminismo. En 1994 publica “Femininities, Masculinities, Sexualities. Freud and Beyond” (Londres: Free Association Books). En esta obra, más breve (132 págs.), la autora matiza que “lo que es importante para una persona son los significados culturales y psicológicos específicos que el género tiene para esta persona concreta... que el género es un ingrediente importante de la manera como aman los hombres y las mujeres... y que el género está ligado a la historia psicobiográfica individual de cualquier persona” (pág. 91), de ahí que haya feminidades, masculinidades, sexualidades, en vez de una única categoría.


    Finalmente, con la publicación de su último libro “The power of feelings”, las ambiciones intelectuales de la autora se elevan a cotas muy altas hasta preguntarse por la finalidad y el sentido del psicoanálisis y de la vida. En esta obra, Chodorow  describe como construimos nuestra subjetividad, con género, y cómo al hacerlo nos impregnamos y creamos a la vez mundo interno y externo. Este trabajo es una joya. Trataré de mostrarlo con este texto, en el que utilizo el lenguaje de la autora así como su estilo (utiliza el femenino genérico). No me he podido resistir a proporcionar una muestra de su buen saber.


    El poder de los sentimientos


    Introducción


    Este libro es una contribución a nuestra comprensión de la subjetividad individual. La teoría psicológica que mejor describe el reino del significado personal inconsciente es el psicoanálisis. La comprensión psicoanalítica, con sus conceptos de fantasía inconsciente, transferencia, proyección e introyección es, en primer lugar, una teoría acerca de la creación de significado personal en el encuentro clínico.


    El libro argumenta que el significado, tal como lo experimentamos, proviene simultáneamente de fuera y de dentro. Mediante este argumento la autora elabora una teoría del significado que define como una mezcla inextricable de, por un lado, lo sociocultural históricamente contextualizado y, por el otro, la psicodinámica y la psicobiografía personalmente contextualizadas.


    Intenta desarrollar una teoría que pueda reconocer la unicidad clínica individual, y posibilite hacer afirmaciones generales acerca de la vida psicológica y las relaciones entre psique y cultura. Para ello se fundamenta en las teoría y las/los autoras/es que le parecen adecuadas,  como M. Klein, H. Loewald, E. Erikson, y otros (S, Mitchell, C. Bollas), sin preocuparse demasiado de si son compatibles.


    Nancy Chodorow se define como crítica respecto al determinismo cultural de muchas disciplinas académicas. También se muestra crítica con las suposiciones culturales preteóricas, universalizadoras y esencialistas del psicoanálisis, y defiende posiciones de multiplicidad, parcialidad, inestabilidad, tensiones y contradicciones en los significados de género, self e identidad.


    Con este libro Chodorow ha perseguido dos objetivos: 1) articular su comprensión actual del psicoanálisis y la psique; 2) responder a las que creen que el significado es puramente sociocultural. La autora defiende que los significados psicodinámicos personales constituyen significado, en general, tanto como la cultura, el lenguaje, o el discurso, y que el significado personal creado por el poder de los sentimientos es fundamental para la vida humana. Está en contra de los puntos de vista que sostienen que la subjetividad toma forma, está determinada, o es constituida por el lenguaje y la cultura, o que los sentimientos, las identidades y los selves están construidos socialmente. Afirma que la subjetividad está igualmente formada y constituida de vida interna, y que el mundo interno no es un reflejo directo o un resultado de lo dado y externo.


    Hace realmente un esfuerzo teórico por hacernos salir de concepciones simplistas como la “realidad psíquica” y la “realidad externa” y por mostrar que las dos realidades son complejas y creadas, que ninguna está determinada y que cada una ayuda a constituir a la otra.


    Este libro aborda los temas que han sido sus preocupaciones constantes, como la relación entre lo interno y lo externo, lo individual y lo social, psique y cultura, el lugar donde lo psicológico se encuentra con lo cultural y el sí mismo se encuentra con el mundo. En el movimiento entre el afuera y el adentro la autora nos cuenta cómo con este libro ha intentado situarse en la intersección entre ambos, donde tanto el adentro como el afuera existen y no se puede experimentar ni pensar el uno sin el otro.


    Chodorow considera el psicoanálisis un arte, una antropología filosófica, una teoría de la ética, la mente, la moral y el sentido. Afirma que la visión psicoanalítica de la subjetividad encuentra su lugar dentro de siglos de pensamiento acerca del sentido de la vida, de la naturaleza del self, y de la calidad de las buenas relaciones con los demás.


    Parte 1. Psicoanálisis



      1. Creando significado personal: transferencia, proyección, introyección, fantasía.



    El psicoanálisis es una teoría acerca de cómo creamos significado personal, realidad psíquica interna, mediante el poder de los sentimientos. El término psicoanalítico que describe esta creación de significado personal con la máxima claridad es la transferencia, e incorporada en ella, la proyección y la introyección, que juntas expresan y crean la fantasía inconsciente.


    La transferencia es la hipótesis y demostración que nuestro mundo interno de realidad psíquica ayuda a crear, dar forma y dar sentido a los mundos intersubjetivo, social y cultural que habitamos. Es el vehículo que nos documenta el poder de los sentimientos.


    En los párrafos que siguen la autora hará un recorrido por algunas concepciones de la transferencia (de Mitchell, Winnicott, Odgen, Loewald, Bird) para poder desembocar en la tesis que defiende en el apartado 2, en que objeta las teorías que describen exclusivamente determinantes universales (edipo, castración, envidia al pecho, etc) como las causas del mundo interno dejando de lado el hecho que éste tiene la marca decisiva de la creación de significado individual.


    S. Mitchell (1993) define la transferencia diciendo que “el mundo subjetivo del paciente está organizado como un prisma cuyas caras reflejan y dispersan la iluminación que les entra en longitudes de onda acostumbradas y familiares”. En la transferencia utilizamos experiencias y sentimientos del pasado para dar un significado parcial y para dar forma al presente. A la vez que se puede decir que mediante la transferencia nuestros sentimientos y fantasías inconscientes actuales dan un significado parcial y forma al sentimiento y a la experiencia consciente. La proyección y la introyección, en la medida que expresan fantasías inconscientes, son los modos principales de la transferencia.


    El psicoanálisis contemporáneo describe la transferencia como el hecho que la paciente lleva los sentimientos por su padre y por su madre a la situación analítica como un todo –naturalmente, junto con las defensas y las conductas de interacción-, es decir, que la analizada expresa su realidad psíquica interna en todo lo que hace. El objetivo analítico es entender y llevar a la conciencia, de la manera más global posible, el ser y la mente inconsciente de la analizada al encuentro analítico. Desde este punto de vista, la paciente continuamente crea psicológicamente su experiencia del mundo intersubjetivo externo, su mundo interno y su self, y la manera como estos se relacionan el uno con el otro.


    Desde la visión de Loewald (1986), “el encuentro analítico se caracteriza por la transferencia y contratransferencia, la emoción y la fantasía de la analista, así como la de la paciente: el investimiento emocional de la analista, reconocido o no por ambas partes, es un factor decisivo en el proceso curativo... Si la capacidad de transferencia es una medida de la analizabilidad de la paciente, la capacidad de contratransferencia es una medida de la habilidad de la analista para analizar... La transferencia y la contratransferencia son dos caras de la misma dinámica enraizada en los entramados inextricables con los otros, donde se origina y permanece la vida individual a lo largo de la vida de la persona en innumerables elaboraciones, derivados y transformaciones”.


    Winnicott y Odgen definen la situación analítica como un espacio potencial en el que ambas partes crean, a partir de la realidad interna y externa, una realidad nueva emergente e irreductible entre ellas. La transferencia es el concepto que nos permite movernos más allá del determinismo psíquico o cultural y sostener el reconocimiento de la naturaleza continua y cambiante del proceso psíquico. La transferencia y la contratransferencia son contingentes y emergentes continuamente. Es un proceso creado mutuamente por analista y paciente.


    La interacción, la conversación, el proceso transicional creado, esta vida de fantasía y de creación de significado, son emergentes en el aquí y ahora del proceso intrapsíquico y de la interacción intersubjetiva. Ninguno de estos aspectos está fijado de una vez por todas en la infancia o en la niñez, y en cada momento del encuentro analítico se crea cada nuevo sentido.


    Finalmente, “la transferencia es una función mental que puede ser la base de todas las relaciones humanas... una de las principales capacidades de la mente que hace surgir nuevas ideas y da nueva vida a las viejas” (Bird, 1972).


    Rápidamente nos damos cuenta que las transferencias se encuentran dondequiera que se dan sentimientos, fantasías y significado emocional a las personas y situaciones.


    Klein nos dice que mediante la proyección, “el cuadro del mundo entero está coloreado por factores internos. Por la introyección, este cuadro del mundo externo afecta el interno” (1963). Desde una perspectiva psicoanalítica, la proyección y la introyección actúan para dar vida y hacer personalmente significativo un mundo que de otra manera carecería intrínsecamente de sentido. Loewald (1960) lo dice de esta manera: “No existe ni tal cosa como la realidad, ni una relación real sin la transferencia. Cualquier “relación real” incluye la transferencia de imágenes inconscientes a los objetos actuales. De hecho, los objetos actuales son objetos, y por tanto reales, ... sólo en la medida en que se realiza esta transferencia, en el sentido de interjuego transformacional entre inconsciente y preconsciente”.


    El psicoanálisis se interesa por cómo “el mundo existe para nosotros porque lo investimos con energía sexual, por cómo se convierte en un mundo objetivo para nosotros” (Lear, 1990). El psicoanálisis muestra que las emociones, aparezcan como aparezcan o, como nosotras las etiquetemos, son racionales o buscan las racionalidad, es decir, tienen sentido y se justifican a través de su significado inconsciente.


    Junto con analistas como Loewald y otros, la autora argumenta que la transferencia y sus procesos constituyentes son más amplios y más importantes que lo que Freud pensó en primer lugar. Chodorow dice que, desde su punto de vista, el descubrimiento de la transferencia constituye tal vez, la raíz del descubrimiento psicoanalítico. La transferencia pues, no es sólo un obstáculo para el pensamiento claro o una resistencia. Las teóricas psicoanalíticas, invocando el concepto de transferencia, argumentan que la emoción está siempre entretejida con la cognición, la percepción, el lenguaje, la interacción, y la experiencia de la realidad social, física y cultural, como mínimo en aquellas áreas de nuestra vida que nos importan. Loewald (1960) lo formula de la mejor manera: “Lejos de ser el monumento duradero de la profunda rebelión del hombre contra la realidad y su tozuda persistencia en los caminos de la inmadurez, la transferencia es el dinamismo mediante el cual la vida instintiva del hombre, el ello, se transforma en yo y mediante el cual se integra la realidad y se alcanza la madurez”. En su sentido más amplio de transferencia-contratransferencia, toda experiencia es creada e imbuida de lo subjetivo, incluso cuando trabaja y reacciona a lo que le es presentado.


    Al volver a pensar sobre el papel de la analista con esta visión expandida de la transferencia, ponemos una atención creciente en la contratransferencia de la analista: en su participación, experiencia, y conducta personalmente significativas..., que toman forma en la relación analítica. Ahora podemos decirn que las analistas se ven a sí mismas como una de las dos personas con psiques completamente presentes e influyentes, pero con papeles, formación, conocimiento teórico y experiencia clínica distintos, que interaccionan y se influencian la una a la otra en el proceso de construir una relación y de comprometerse en el análisis.


    La psicología que se expresa en la transferencia, entonces, es emergente y no está determinada. Incluso si entendemos los patrones generales de la transferencia en un caso particular  no podemos ni predecir sus expresiones específicas, ni reducirlas a un resultado del pasado. La autora cree que esto crea una tensión para las analistas y para aquellas que utilizan la teoría analítica, porque para la mayoría la indeterminación de su explicación es menos cómoda que la determinación, y porque el psicoanálisis, hasta la fecha, ha operado con una teoría explicativa causal. Esa teoría o teorías, es un relato de la infancia y de sus efectos determinantes a lo largo de la vida. Una lectura del psicoanálisis que empieza con la transferencia lleva a una revisión de la relación de la experiencia infantil temprana con la realidad psíquica y a una reconsideración de la relación del pasado y el presente en la explicación psicoanalítica.



      2. Las ansiedades de la incertidumbre: reflexiones sobre el papel del pasado en el pensamiento psicoanalítico



    En nuestra visión contemporánea de la transferencia, el encuentro analítico está mutuamente construido y es contingente más que orquestado intrapsíquicamente por una persona. Este énfasis clínico en la contingencia y la ambigüedad del significado personal emergente crea confusión y aparece como más indeterminado que en los relatos que vinculan las observaciones o interpretaciones clínicas a supuestos determinantes del desarrollo. Tradicionalmente, nos podíamos apoyar en una u otra teoría del pasado infantil y en sus efectos  determinantes sobre al psique a lo largo de la vida, pero nuestro foco contemporáneo en el aquí y ahora se ha alejado de tales teorías.


    Este capítulo trata de las relaciones mezcladas, alternas, quizás irresolubles entre el pasado y el presente en el pensamiento psicoanalítico. La autora sugiere que el trabajo analítico implica incertidumbre, que la incertidumbre genera ansiedad (tanto en la analista como en la paciente), y que esta ansiedad produce una búsqueda defensiva de una mayor certidumbre. Una de las certezas en las que nos hemos fijado es en una concepción del pasado como una verdad objetiva que precede y causa el encuentro analítico presente. Desde este punto de vista, el pasado sería una posición fija o una base que debe ser descubierta más que una concepción que debe ser creada. Toda visión protege tanto a la analista como a la paciente de reconocer que la vida, como proceso, pone en cuestión las certidumbres del desarrollo. Chodorow argumenta a favor de un cambio en nuestras conceptualizaciones de la infancia. Dice que un alejamiento de las teorías causales de etapa y estructura de Freud, y hacia relatos de la infancia como proceso que documenta la contingencia y la individualidad que se ponen en juego en la creación de significado personal, nos acerca al reino contemporáneo de la interpretación analítica.


    Hay una diferencia entre lo que podríamos llamar el pasado subjetivo y el objetivo. El pasado subjetivo se caracteriza por las sensaciones conscientes e inconscientes de una persona, sus recuerdos o interpretaciones del pasado; el pasado objetivo se describe por las teorías del desarrollo. Esta diferencia se transformó en dicotomía y aumentó el pensamiento causal. Lo que originalmente se contemplaba como el pasado subjetivo individual que debía ser descubierto o reconstruido genéticamente –es decir, las fantasías y los deseos edípicos personalmente únicos, realmente experimentados- se transformó y se convirtió en modelos generales del desarrollo. Estos modelos se aplicaban a las personas, cuyas comunicaciones se alentaban en la medida que confirmaban la teoría general. El complejo de Edipo se desplazó, y pasó de ser considerado una construcción, una fantasía  subjetiva, a ser contemplado como un proceso y estructura universal del desarrollo.


    A medida que estas teorías estructurales y más objetivistas se desarrollaban, más disminuía la reconstrucción genética de los recuerdos subjetivos. Las consideraciones del desarrollo se transfirieron a las teorías de la analista acerca de las causas y se alejaron de los significados y las fantasías inconscientes de la paciente. Las analistas evaluaban déficits estructurales, defectos y falta de funcionamiento edípico, y el diagnóstico se alejó del encuentro analítico subjetivo.


    Después de observar dónde se coloca la analista desde los distintos enfoques teóricos contemporáneos, la autora se centra en lo que tratamos directamente en el encuentro analítico, y se da cuenta de que ha surgido una dicotomía; por un lado, que las concepciones de desarrollo se han movido en la dirección de conceptos fijos del desarrollo, causalidad y objetivismo; del otro, que de una manera creciente llegamos a comprender el proceso analítico de manera subjetivista e intersubjetivista, no como determinado en el “allí y entonces”, sino como contingente, ambiguo y emergente, en el “aquí y ahora”. Nuestro concepto de transferencia se expandió desde la hipótesis que utilizamos las experiencias y las sensaciones del pasado para dar sentido y forma al presente, hasta la afirmación que los sentimientos y las fantasías inconscientes dan forma, construyen y dan significado parcial a los sentimientos y la experiencia consciente.


    Esta última posición, con la complejidad, contingencia, ambigüedad e indeterminación de las transferencias y contratransferencias incomoda a las analistas. Aunque centremos nuestra atención interpretativa en el aquí y ahora del encuentro psicoanalítico, continuamos intentando explicarnos los patrones repetidos y predecibles de integración y expresión, especialmente si éstos parecen tenaces y resistentes al cambio; es duro no pensar que lo que la paciente expone viene del “allí y entonces” del pasado infantil. Al tratar una dificultad de una paciente en alguna esfera, como analistas es probable que o bien nos acordemos de algún patrón infantil específico de ésta o de una teoría general del desarrollo que supuestamente iluminaría esa dificultad.


    Finalmente, nuestras narrativas profesionales y culturales, preteóricas, y dadas por supuestas, fomentan un giro hacia la infancia. Como analistas creemos que tener un sentido coherente de la propia vida, como un todo, es una necesidad psicológica universal.


    Después de discutir estas premisas a partir de las autoras y los autores psicoanalíticos más significativas (desde Freud, pasando por Klein, Loewald, Winnicott, Erikson, Fairbairn, Bion, hasta Bowlby, Stern, Emde, Odegen, Mitchel, Benjamin) la autora llega a la conclusión que debemos ser cautelosas con las explicaciones clínicas que proponen como estadios de la infancia objetivizados y universales, o impulsos psicobiológicos  que determinan o predicen experiencias  psicológicas posteriores, y afirmaciones universalistas acerca del contenido panhumano de las fantasías inconscientes. También debemos tener cuidado con las teorías del desarrollo que promueven tales interpretaciones y explicaciones. El significado psicológico en el encuentro clínico está emergiendo continuamente y es creado mediante la fantasía, las negociaciones transicionales colaborativas y tentativas, y las transferencias y contratransferencias creadas en el aquí y ahora. Podemos observar, sorprendernos, ayudarnos y ayudar más fácilmente a nuestras pacientes a crear estos nuevos significados, si nuestra escucha no está filtrada ni formada por supuestos que un complejo de Edipo, miedos de castración, fantasías de la “escena primaria”, o envidia de “el” pecho, o del interior de “la” madre, están dadas universalmente por las condiciones de la infancia temprana o por una psicobiología panhumana, y universalmente primaria en la psique de todo el mundo.


    Debemos sostener una apertura inductiva al contenido de la fantasía psíquica y buscar corroboración no en una infancia universal o psique sino en la infancia subjetiva particular y en la evidencia única de las transferencias individuales.


    Las concepciones de la infancia que se centran en las capacidades humanas para el significado personal, que se despliega desde el nacimiento, más que en etapas del desarrollo, en líneas, o en formación de estructuras, nos dirigen hacia una comprensión más prometedora del funcionamiento psíquico a lo largo de la vida. Puede que esta comprensión nos ofrezca menos certezas clínicas pero nos da más capacidad para aceptar las incertidumbres generadas por el encuentro analítico.


    La aseveración de que creamos significado personal desde que nacemos, y a lo largo de la vida, sugiere que sólo se puede afirmar en un sentido limitado que el significado cultural precede o crea el significado personal. Desde la infancia más temprana, el significado está siempre teñido de proyección, emoción y fantasía y no es meramente lingüístico o cognitivo. El lenguaje tiene un significado interpersonal específico y de relación de objeto, así como un significado consensuado, cultural; está creado desde dentro y entre las personas, incluso cuando se presenta desde fuera y como dado social y culturalmente. La fantasía intrapsíquica y la tonalidad emocional interactúan y dan animación e interpretación individual a las categorías culturales y lingüísticas. Ni los universales psicobiológicos o infantiles, ni el lenguaje y la cultura explican la psique individual y su experiencia. Los procesos transferenciales describen un área de creación de significado individual en que el individuo negocia y reforma el significado de fuera y de dentro mediante la fantasía interna y los procesos emocionales y a través de los contextos intersubjetivos inmediatos donde emerge el fenómeno transicional. Esta documentación clínica del poder de los sentimientos está entre las contribuciones más significativas del psicoanálisis.


    Parte 2. El género



      3. El género como una construcción personal y social



    La visión del psicoanálisis que la autora ha ido desarrollando tiene implicaciones tanto para las comprensiones feministas como psicoanalíticas de la subjetividad con género y de la identidad de género. El significado psicológico individual se combina con el significado cultural para crear la experiencia de sentido en aquellas categorías culturales que nos son importantes o resonantes. El sentido de género de cada persona es una creación individual y hay por tanto muchas masculinidades y feminidades (la tesis de su libro de 1994). La identidad de género de cada persona es también un entramado inextricable, prácticamente una fusión, de significado personal y cultural. Que cada persona crea su propio género personal-cultural implica una extensión de la visión que el género no se puede ver al margen de la cultura.


    El feminismo contemporáneo pone el foco central en un análisis y una crítica cultural y política del género y la sexualidad. Las feministas actuales ven el género como variable, fragmentado, atacado, desestabilizado, y construido contingentemente, pero la visión feminista del género, es casi invariablemente lingüística, cultural y discursiva. A su vez, el lenguaje, la cultura y el discurso, que componen los significados del género en general, son de base política –generados por el poder. (Por feminismo contemporáneo la autora se refiere a Butler, 1990, 95 y 97, Scott, Nicholson, 1990, y Layton, 1997). El feminismo reconoce diferencias, pero las define políticamente más que individualmente, en términos de identidades político-sociales, como raza, clase y orientación sexual. Desde este punto de vista los significados son impuestos como categorías culturales más que creados de maneras contingentes, individuales. Entonces, desde esta visión, el orden cultural toma primacía por encima de un significado personal individual más matizado y variable, y la psique es completamente lingüística.


    Cuando el feminismo contemporáneo incluye la psicología, tiende a basarse en la teoría lacaniana, que polariza a los hombres y las mujeres, y hace del género un divisor absoluto; el reino simbólico está reservado universal y exclusivamente al falo y al  nombre del padre; el significado de la madre, precultural y no simbólico, de nuevo considerado de manera universal, está limitado a la esfera de lo imaginario o lo semiótico.


    La autora afirma que el feminismo ha eliminado el reino del significado personal emocional o lo ha subordinado, hecho determinado, por el lenguaje y el poder. Propone que el género no debe ser visto como construido enteramente por la cultura, la lingüística o la política; que las teorías que no tienen en cuenta un significado emocional, personal, individual y relacionado con la fantasía no pueden captar completamente los significados que tiene el género para la sujeto. Se pierde un componente importante del sentido de género experimentado y de la subjetividad con género.


    El género es inevitablemente personal y cultural, es decir, la percepción y la creación de sentido están construidos psicológicamente. Como ilustra el psicoanálisis, las personas se proveen de significados culturales e imágenes, pero los experimentan emocionalmente y mediante la fantasía, y en contextos interpersonales particulares. El significado emocional, el tono afectivo y las fantasías inconscientes que surgen de dentro, y no son experimentados lingüísticamente, interactúan y dan animación individual y matiz a las categorías culturales, las historias, y el lenguaje (es decir, los hacen significativos subjetivamente).  Por lo tanto, las personas crean nuevos significados de acuerdo con sus propias y únicas biografías, e historias de estrategias y prácticas intrapsíquicas –significados que van más allá o son contrarios a las categorías culturales o lingüísticas.


    Como otros procesos de creación psicológica de significado, la identidad de género, la fantasía de género, el sentido de género, y las identificaciones y las fantasías sexuales que son parte de esta identidad están formadas y vueltas a formar a lo largo del ciclo de la vida. Los sentidos del self, el tono de los sentimientos individuales, y las fantasías inconscientes cargadas emocionalmente, son tan constitutivas del género subjetivo como lo es el lenguaje o la cultura.


    El enfoque de la autora se alinea con otras teorías feministas que pretenden conseguir la autonomía potencial y la creatividad de la conciencia (Jaggar, 1989, Hill Collins, 1990, Anzaldúa, 1990, Pratt, 1984, Mernissi, 1994). También se basa en relatos autobiográficos y en viñetas clínicas para demostrar cómo la emoción y la fantasía saturan el género personal, y para señalar la complejidad del género individual. Mediante los ejemplos, pretende ilustrar la manera como las personas recrean significados culturales reconocibles, la experiencia personal y sus cuerpos, de manera que cargan y construyen su sentido individual de género emocionalmente, a menudo conflictivamente, mediante la fantasía consciente e inconsciente.


    Dentro de la subjetividad con género que crean, todas las mujeres de las viñetas clínicas que utiliza reflejan una preocupación psicológica con algún aspecto de la desigualdad de género. La manera como cada persona da vida a la masculinidad y la feminidad y desarrolla una identidad de género empapada de emoción y fantasía, incluye la animación personal, no sólo de la diferencia en sí, sino también de las diferencias de valor y poder. A menudo, pero no siempre, los contrastes hombre-mujer están basados en la dominancia del hombre, los privilegios o la superioridad. Este entramado psicológico predominante de la sexualidad, el género, la desigualdad y el poder, todos saturados de significado introyectivo y proyectivo, demuestra porque es necesario que el psicoanálisis tome una postura tanto cultural como clínica.


    La existencia de la desigualdad de género, tanto en las esferas cultural como social, no explica el rango de interpretaciones de la fantasía, ni las variedades en las tonalidades con las que las mujeres hacen frente a esta desigualdad. Sólo tenemos que mirar la cantidad de relatos autobiográficos y literarios de hijas de madres vibrantes y creativas, que fueron extremadamente pobres y oprimidas, para comprender que sólo la feminización de la pobreza no es una explicación suficiente para el sentido particular que la falta de poder y la necesidad toma para algunas mujeres.


    Es más, las pacientes de Chodorow se sienten desgraciadas, ansiosas y conflictuadas con sus pensamientos respecto al género, y a la desigualdad de género. El hecho de evitar y esconderse de estas fantasías inconscientes les ha impedido vivir cómo desean, tener relaciones satisfactorias y avanzar profesionalmente cuando tales logros profesionales interferían con la fantasía de ser un chico, con sentimientos de necesidad y de dependencia, o con la percepción que la participación profesional amenaza con avergonzarlas sexualmente. La creencia que los hombres se pueden enfadar, ser temperamentales, o exigentes y que las mujeres o las madres no tienen poder, es a la vez un análisis social y un motivador poderoso de la culpa y la inhibición, de una necesidad de compensar a la madre, no avanzando más que ella. La culpa y la tristeza acerca de la madre son preocupaciones principales prevalentes de las mujeres que pueden limitar su autonomía, placer y logro, de la misma manera que cualquier mandato cultural.


    Los ejemplos de las viñetas reflejan, indican y se basan en construcciones de género discursivas, culturales y situadas históricamente. Pero ninguna de las mujeres entró simplemente en el reino de lo simbólico o se colocó dentro de un discurso cultural, o de una sociedad o un gobierno desigual. Desde el nacimiento hasta el presente  todas han construido activamente su género con intensos sentimientos individuales y fantasías de rabia, envidia, culpa, resentimiento, vergüenza, deseo melancólico, derecho rabioso, tristeza, celos, horror o asco –y con patrones defensivos característicos- de culpa, negación, escisión, proyección, represión. Este molde personal y tonalidad emocional individual impregnan el sentido de género de cualquier persona.


    El trabajo clínico demuestra que todos los elementos de la existencia –anatomía, significados culturales, familia individual, condiciones económicas y políticas, clase, raza, prácticas de socialización, y el impacto de la personalidad de los padres- se reflejan y construyen mediante las proyecciones e introyecciones, y las creaciones de la fantasía que les da significado psicológico.



      4. Género teórico y género clínico



    En este capítulo la autora reflexiona sobre algunos problemas epistemológicos y metodológicos del pensamiento psicoanalítico sobre el género. Afirma que el pensamiento psicoanalítico tiende a no tener suficientemente en cuenta los aspectos culturales inextricables de la psicología del género, ni los supuestos culturales de nuestra teoría no reflexionadas. Más pensamiento basado en la clínica y menos en la teoría del desarrollo, responderían a las críticas del feminismo al psicoanálisis, y proporcionarían un correctivo a la misma teorización –a fin de describir la realidad psicológica de una manera más completa y certera.


    Hay mucha distancia entre lo que experimentamos y observamos transferencialmente, clínicamente y empíricamente en relación con la identidad de género, las fantasías sexuales y de género, y las psíquicas de hombres y mujeres, por un lado, y por el otro, lo que la mayoría de los relatos teóricos y del desarrollo afirman acerca de los inevitables o necesarios estadios psicológicos, “la” psicología de la mujer, “el” papel de género en la transferencia, y otros procesos y tareas del desarrollo relacionados con el género. La visión de la autora es que la identidad de género y otros aspectos  de la psicología del género, se desarrollan y se experimentan en contextos personales y creadores de significado transferencial. Desde esta perspectiva, es evidente que el género, lo mismo que la identidad, deben ser considerados únicos para cada persona.


    No obstante, la teoría psicoanalítica, no subraya esta unicidad individual. Más bien, se ve el género como menos contingente, menos creado individual y emergente que otros aspectos del funcionamiento psíquico. Las teorías  contemporáneas, lo mismo que las clásicas, hacen afirmaciones universales acerca de las mujeres como opuestas a los hombres, y suponen que describen la experiencia nuclear o la esencia de la feminidad o masculinidad. Las afirmaciones universales acerca de la identidad de género y de su esencia psicobiológica continúan el énfasis de Freud en la anatomía genital, la teoría de los estadios libidinales, y la teoría del complejo de Edipo. Más o menos explícitamente, todas estas escritoras discuten los estadios del desarrollo, las tareas del desarrollo, la feminidad y masculinidad innatas, “la” psicología de los hombres y de las mujeres, y lo que “debe” ser descubierto y analizado en cada análisis, como inevitables (o como mínimo deseables). La literatura psicoanalítica ha tendido a sobregeneralizar, a oponer todos los hombres a todas las mujeres, y a suponer que masculinidad y feminidad y sus formas expresivas son simples más que múltiples.


    Muchas autoras críticas del punto de vista psicoanalítico tradicional también proponen un universalismo alternativo, presentan sus descubrimientos experimentales como afirmaciones universales acerca de cómo son las mujeres e, incluso, de cómo deberían ser. Pero hay excepciones: las psicoanalistas relacionales han criticado la asunción freudiana todavía no cuestionada que, en el caso del género (y el self), lo primero es la anatomía genital y el yo corporal. Estas autoras han aportado a la psicología del género aspectos de multiplicidad individual, variabilidad e inestabilidad (Dimen, Goldner, Harris, Benjamín, Mitchell, Gabbard y Wilkinson). Nos han trasladado más allá de las investigaciones simplistas de significados únicos de cualquier aspecto de la anatomía genital, sin perder de vista la importancia de los cuerpos y el deseo para la mente y la relación. Demasiado a menudo tomamos como expectativas normativas o estadísticas, o como certezas acerca de verdades esenciales y universales, los patrones útiles que observamos o en los que creemos. Cuando esto sucede se nos ciegan la visión y el reconocimiento clínico, empírico e intersubjetivo.


    Cuando hacemos generalizaciones del tipo “las mujeres tienden a sentirse más cómodas con la intimidad y la dependencia que los hombres” nos basamos en observaciones empíricas que son implícitamente afirmaciones estadísticas. Pero dentro de  toda estadística, hay las subcategorías que quedan fuera de la media estadística, en ellas se encuentran las variaciones. Por lo tanto, cada afirmación como la mencionada más arriba, lleva implícito que algunos hombres se sienten más cómodos  con la intimidad y la dependencia que algunas mujeres. Para Freud y otros, la esencia de la psicología femenina es la envidia del pene y sus consecuencias y transformaciones. En el caso del género muchos supuestos no cuestionados se apoyan en el razonamiento biológico.


    Quedándonos con la clínica, descubrimos que el género de una mujer o un hombre particulares es un proyecto continuamente invocado con que se construye el self, la identidad, las imágenes corporales, las fantasías y el deseo sexuales, las fantasías sobre los padres, las historias culturales, y los conflictos sobre la intimidad, la dependencia y la educación. Para caracterizar completamente la psique de una persona tenemos que dar un relato del desarrollo individual, de la transferencia y del orden cultural. Descubrimos que los significados culturales del género son experimentados de maneras particularizadas personalmente, asociadas proyectivamente con significados emocionales y con fantasías inconscientes, y recreados y cambiados transferencialmente; y descubrimos que el género de cada persona también comprende las tonalidades emocionales individuales que acompañan las fantasías conflictivas, defensivas y reparativas particulares. Todos los aspectos de la composición psicológica de una persona particular para animar a su subjetividad de género con un sentimiento único.


    Ni un relato exclusivamente psicológico, ni uno exclusivamente político o cultural caracterizan el género individual. Una perspectiva clínica proporciona evidencias contra los supuestos  psicoanalíticos y culturales de cada día, que el género es evidente por si mismo, que la biología determina el self con género, que la organización del género es invariable histórica y transculturalmente, o incluso que el género es algo más fundamental que otros aspectos de localización social o identidad. También proporciona evidencias contra los supuestos feministas que el género y la subjetividad  con género son procesos y conceptos exclusivamente históricos, culturales o políticos. Una perspectiva feminista es esencial a la hora de argumentar contra los supuestos que la realidad psíquica de género no está afectada por el significado cultural o la organización social normativa o que los géneros son monolíticos e invariables. El sentido de género de cada persona fusiona los significados personales creados psicodinámica e idiosincráticamente desde dentro y los significados culturales presentados desde fuera.


    Parte 3. Cultura



      5. Los “selves” y las emociones como construcciones personales y culturales.



    Con este libro la autora afirma que el psicoanálisis es ante todo un relato y una teoría del significado personal. Las pensadoras sociales y culturales de varios campos han tendido a asumir que los significados culturales son los determinantes primarios o los que dan forma a la experiencia y al self. A lo largo del libro la autora ha estado argumentando, mediante el uso de la subjetividad con el género como ejemplo, que los significados de género son creaciones psicodinámicas personales y no sólo construcciones o imposiciones culturales. La demostración de que creamos significados emocionales personales desde el nacimiento y a lo largo de la vida, cuestiona y afecta potencialmente a todos los relatos culturalmente deterministas o exclusivamente culturales. En esta parte argumenta que los significados culturales que nos importan están creados y experimentados psicodinámica, así como lingüísticamente, o en términos de un léxico discursivo o cultural.


    Chodorow basándose en los trabajos antropológicos contemporáneos argumenta que las antropólogas para entender completamente el significado cultural en general, y los selves y los sentimientos culturales en particular, tienen que teorizar e investigar el significado personal, y que para hacerlo se pueden apoyar en el psicoanálisis como herramienta de trabajo.


    De hecho fue Freud el primero que se hizo la pregunta psicoanalítica acerca de cómo entra la cultura en nuestra cabeza y desarrolló el concepto de superyó, y la trató en numerosos trabajos. Después, con aportes del Instituto de Frankfurt, Reich, Horney, Fromm y otros, se engranó con una vibrante cultura influenciada psicoanalíticamente y con una antropología de la personalidad practicada por Mead, Benedict, Bateson y otros. Estas antropólogas compartían con el psicoanálisis el interés en la personalidad, en el desarrollo infantil, en la relaciones familiares, los tabúes del incesto, el comportamiento sexual, la religión, la naturaleza de la cultura, los símbolos y significados, y la aculturación.


    A lo largo de este trabajo la autora argumenta que si los significados culturales tienen importancia, lo tienen personalmente. Están construidos, animados y creados, proyectivamente. A la inversa, los selves y las emociones, aunque estén etiquetados culturalmente, están, como el género, vueltos a formar parcialmente introyectivamente a través de la fantasía inconsciente, mediante el mundo interno inconsciente que se desarrolla desde el nacimiento en adelante. Las emociones pueden ser reconocidas o no reconocidas culturalmente, pero también son sentidas directamente y llegan a estar implicadas en los aspectos inconscientes del self y el mundo. La fuerza psicológica impulsa la experiencia de las emociones reconocidas culturalmente de la misma manera que las culturas ayudan a formar la vida emocional.



      6.  La psique en el campo



    La antropología reciente contempla la cultura como evolucionando históricamente, local, y controvertida; y contempla los patrones culturales, los discursos y las narrativas como dependiendo de la manera como se crean perspectivas y comprensiones basadas en la edad, el género, la raza, la clase, la sexualidad, la generación, posición de parentesco, etc., de cualquier actor cultural.


    Aunque actualmente se contempla la cultura de estas maneras complejas, persiste la noción que el significado es enteramente cultural, que la cultura define completamente y da sentido y orden al individuo.


    La autora propone que debemos cruzar la línea de lo que se podría llamar la visión horizontal del significado cultural –descripción gruesa, multiplicidad, polisemia, redes de significado, bosques de símbolos- con una visión vertical en la que la historia interna de cada individuo es su propia red polisémica emocional de significado personal consciente e inconsciente creado continuamente, animado por fantasías, proyecciones e introyecciones. Este significado personal psicobiográfico acude, intersecciona y ayuda a dar forma a la red compleja de la cultura.


    Por tanto, los sentimientos, los selves, y otros conceptos culturales “vigorosos” no son completamente culturales, pero tampoco son universales invariantes, ni esencias naturales “internas” de la persona que son irracionales, incontrolables, no intencionadas, o puramente físicas. El self y los sentimientos, y el significado en general, son inextricablemente culturales y personales a la vez. Una concepción adecuada de cultura y de significado cultural también debería incluir un relato del significado histórico, biográfico e intrapsíquico; las personas obtienen sentido y orden no sólo de la cultura y de la estructura social sino también de sus propias capacidades psicológicas para dar significado personal, para experimentar el conflicto, para crear y vivir en un mundo interno de fantasía.


    Las personas se proveen de significados culturales e imágenes pero las animan y las crean mediante procesos de proyección e introyección de fantasía inconsciente de acuerdo con su propia biografía única de estrategias y prácticas intrapsíquicas e interpersonales. Una perspectiva clínica, psicodinámica, ofrece por lo tanto mucho sitio para la construcción individual de significado y experiencia, lo que no se reduce  ni a una teoría universal de los impulsos, ni a un universalismo psicobiológico, y que es compatible con la variación cultural.


    A lo largo del libro, el argumento de la autora es que los significados culturales, como los significados personales pueden ser separables analíticamente, aunque están empíricamente entretejidos. En este capítulo la autora cita antropólogos que, a su vez, provienen de culturas muy distantes, como el etnógrafo del psicoanálisis y budista, de Sri Lanka, Obeyesekere.


    Dentro de la literatura de la antropología psicoanalítica, encontramos cada vez más relatos complejos de las intersecciones psique-cultura, ninguna reductible o determinada por la otra, pero con el contenido de cada una infundido por la otra. Las escritoras de estos relatos ven la psique como constituida introyectiva y proyectivamente en el encuentro intersubjetivo (transferencial y contratransferencial) y en el aquí y ahora más que primariamente en el pasado infantil. Los datos del psicoanálisis y la antropología cuestionan la concepción occidental del self limitado, individuado, de la psicología del yo, así como las tendencias psicoanalíticas a ver la culpa como un motivador fundamental universal de sentimientos y  conflictos.


    La autora argumenta que lo psicológico es tan irreductible como lo cultural y tiene la misma fuerza y poder para dar forma y constituir la vida humana y la sociedad. Pero un reconocimento de lo psicológico como un registro separado, sui generis, no significa que la cultura no tenga entrada en el significado, el self y la emoción. Tanto las construcciones compartidas y las idiosincrásicas de significado cultural, como la construcción cultural de los selves, las emociones y el significado devienen importantes en la consulta clínica.



      7. Coda * de la cultura: pensamientos preliminares acerca de la cultura en la consulta.

      (* N de la T: un fragmento musical que cierra una composición o una parte de ésta)



    El pensamiento antropológico que Chodorow ha estado describiendo, va más allá de poner las culturas en el diván, de imponer universales culturales fuera de contexto cultural, o de generalizar acerca de la “realidad externa”. Las antropólogas también han aprendido bien su lección psicoanalítica.


    La cultura es una presencia omnipresente en la consulta y en cambio ha sido poco tomada en cuenta y está inexplorada, como mínimo por las analistas occidentales. El mismo encuentro analítico y las psiques que se encuentran están presentadas culturalmente, así como creadas desde dentro. Clínicamente, todas tratamos a “extrañas nativas” de cuyas psiques, familias y cultura, en principio no sabemos nada. Este no es un reto fácil. Las analistas pensamos en términos de predominancia de la psique y somos a menudo escasamente conscientes de la cultura como fuerza psicológica.


    La autora cuenta que, en el momento que empezó a darse cuenta de la especificidad cultural de pensamientos, expresiones, fantasías y conflictos en sus pacientes de “otras” culturas, se le hizo imposible no notar especificidades en cada paciente. Se dio cuenta que las pacientes supuestamente de su propia cultura también eran productos culturales específicos y tenían su propia localización cultural específica. La cultura en la consulta se expresa y experimenta de acuerdo con los patrones culturales observados: el reconocimiento que las distintas culturas tienen distintas construcciones prevalentes del self y la otra, maneras de pensar, fantasías, etc. También encontramos la cultura subjetiva en la consulta. Las personas crean una subjetividad cultural, consciente e inconscientemente, y también utilizan conscientemente la cultura como defensa contra pensar. El mismo psicoanálisis se ha creado un punto ciego cultural al no tomar suficientemente en consideración la centralidad psíquica de las fantasías conscientes e inconscientes acerca de la cultura, la raza, la etnicidad, la nacionalidad, o el lugar de origen. Como con el trato que Freud hace del género, vemos contradicción entre la teoría y el caso clínico. Todos los casos de Freud están saturados de observaciones culturales e históricas, con observaciones acerca de la conciencia cultural, y con concepciones culturales (de Freud y de sus pacientes) del género, del judaísmo, y de otras identidades culturales. En la medida en que la cultura subjetiva genera o se enraíza en los significados específicos del self y la identidad y los mundos internos particulares de fantasía consciente e inconsciente, es necesario que seamos capaces de analizarlos, de la misma manera que analizamos el género, la identidad sexual, la historia familiar y otros aspectos de la subjetividad.


    Sólo Erikson da una atención persistente e insistente al entramado de la vida psicológica y cultural. Es el único que quiere mantener a la vista igualmente la psique y la historia. Se han oído críticas, no sin justificación, acerca de la imposición psicoanalítica de estándares psicológicos normativos de la clase media blanca y de la desatención psicoanalítica a la gran cantidad de diferencias socioculturales y aspectos relacionados de la identidad que ayudan a formar la subjetividad. Las escritoras que hacen estas críticas están preocupadas por cuestiones de identidad –sea sexual, de género, racial-étnica, cultural, nacional o de clase. Los relatos clínicos de Erikson documentan que estas identidades socioculturales no son simplemente secundarias, añadidos conscientes a una estructura psíquica más fundamental y a una vida inconsciente que emergerá cuando el análisis “real” empiece.


    Entonces, la cultura observada ayuda a constituir muchos elementos de la realidad psíquica, patrones afectivos prevalentes, y aspectos de la  estructura y el proceso psíquico. Las pacientes inconsciente y conscientemente introducen elementos culturales que han llegado a ser psíquicamente suyos en lo que dicen y hacen, y la analista debe reconocerlos y comprenderlos, así como tener presentes sus propias preferencias y reacciones transculturales. Aunque la mayoría de psicoanalistas han ignorado tradicionalmente las contribuciones de la cultura a la vida psíquica, podemos no obstante enriquecernos de los escritos clínicos y de las teorías de las pocas analistas no occidentales cuyas experiencias les llevaron a darse cuenta de los sesgos culturales del psicoanálisis y de las inflexiones culturales de la psique, así como de los escritos de E. Erikson. Para todas, la cultura se experimenta diariamente en la consulta y da forma al encuentro clínico de muchas maneras.


    Parte 4. Conclusiones



      8. La visión psicoanalítica de la subjetividad



    Cuando la autora se refiere al título del libro, por sentimientos no quiere decir emanaciones de afecto puro. Los sentimientos de los que se ocupa el psicoanálisis están siempre enredados dentro de historias. Un sentimiento particular condensa y expresa una fantasía inconsciente del self, el cuerpo, la otra, el cuerpo de la otra, o el self y la otra. La fantasía inconsciente dota el mundo de sentido personal proyectivamente, filtrando el mundo mediante una historia cargada emocionalmente, y afecta y da forma a la construcción introyectiva de un mundo objeto interno.


    Cuando contemplamos los afectos que discute el psicoanálisis no los reducimos a simples componentes sino que los investigamos en su complejidad más rica. Pensamos en la ansiedad, la envidia y la gratitud, la lujuria y el deseo, el amor y el odio, la esperanza y el pavor, un sentido de vitalidad o de falta de vida. A su vez, cada experiencia de estos sentimientos cuenta su propia historia inconsciente. Estas historias son apasionadas y tienen consecuencias desastrosas. Pueden tener que ver con destruir el self, con el parricidio o el matricidio, con expiar o reparar los resultados de la propia destructividad, los miedos de fusión o de invadir,... Las historias pueden tener que ver con una sensación de ser castigada por tener deseos, o por una creencia en que una realización particular o una relación traerán felicidad. Estos son los significados particulares que constituyen la vida psíquica y que también dan forma a las relaciones interpersonales, a los proyectos personales, al trabajo, y a las construcciones de significados y prácticas culturales.


    Si el psicoanálisis es una teoría que describe cómo creamos significado personal, entonces el psicoanálisis es una práctica y un proceso que tiene como objetivo una comprensión expandida y una conciencia por parte de la analizada del significado personal que crea. El psicoanálisis tiene una visión y una comprensión de la subjetividad.


    En este capítulo la autora nos muestra el camino particular que ha seguido a través de los/las distintas/os autoras/es que muestran su visión particular psicoanalítica de la subjetividad. Empieza por Freud y su objetivo de “hacer consciente el inconsciente”, y de “sustituir el ello por el yo”. Después vino la transferencia. Parece que el objetivo del psicoanálisis sería la sustitución de lo irracional por lo racional y el borramiento de la vida inconsciente a favor de la conciencia. Esta visión es insuficiente. Después de Freud muchos psicoanalistas han articulado su intuición de que el psicoanálisis es mucho más que una teoría de las neurosis y del tratamiento, que proporciona penetración en la vida humana en general.


    La autora describe cómo desde hace quince años está siguiendo la pista de las formulaciones psicoanalíticas que llama declaraciones del “sentido de la vida” y que resumen una concepción completa de cómo debería ser la vida.


    Chodorow desea establecer una visión consistente de una vida deseable. Para hacerlo busca temas organizadores y las/los autoras/es que le parece que los han articulado de maneras más completas o fructíferas. Recurre a la generación de los 50 (Loewald, Winnicott, Erikson, y Schachtel) y a otra generación más reciente (Benjamín, Bollas, Mitchell, Odgen) entre la que se cuenta.


    Loewald, seguido por Bollas y Mitchell, desarrolla una visión de la relación de consciente/inconsciente que da la vuelta a la Freud. Para él, una vida humana significativa se basa no en la ausencia o superación de la influencia del inconsciente, sino en su presencia e integración. Loewald propone un entramado constante de consciente e inconsciente, de transferencia y realidad, tal, que en el caso deseable, cualquier pensamiento o sentimiento crea y se incluye simultáneamente en ambas realidades.


    Loewald hace afirmaciones directas sobre la salud psíquica “tiene que ver con una comunicación óptima, aunque no necesariamente consciente, entre el preconsciente y el inconsciente, entre los estadios infantiles, arcaicos y las estructuras del aparato psíquico y sus estadios tardíos y estructuras de organización” (1960). Las visiones psicoanalíticas de la subjetividad abogan por la integración del pasado y el presente. El psicoanálisis nos permite ver cómo los patrones del pasado afectan, dan forma, y dan sentido al presente y permite al presente rehacer los recuerdos  y el pasado. En el proceso analítico, las experiencias presentes, los comportamientos, sentimientos y los miedos y ansiedades aparentemente desconectados, experimentados inicialmente como discontinuidades, llegan a ser vistos como continuos con representaciones internas del pasado y con cada uno.


    Bollas en su caracterización del self verdadero considera que éste es la manera básica de una persona de “ser y relacionarse” (1987). Luego está el concepto de Erikson de la  integridad del yo, que incluye “la aceptación del uno de uno y el único ciclo de la vida como algo que tuvo que ser” (1950). El autorreconocimiento que proponen Erikson y Winnicott es también una forma de individuación.


    Estamos de nuevo en el terreno del pasado y el presente. De las autoras que repasa, Chodorow extrae que no podemos rehacer el pasado si ha sido doloroso, traumático o inadecuado. Pero en el análisis podemos llegar a reconocer lo que ha sido nuestra vida y a ver que nuestra experiencia subjetiva de esta vida pasada es parte de lo que hemos transformado nuestro presente.


    Finalmente, el psicoanálisis habla de la sensación de estar vivos, y algunas/os escritoras/es se arriesgan a afirmar que la vitalidad psíquica es lo que está en juego. Entonces, tienen como primer objetivo terapéutico promover la vitalidad en sus pacientes apagadas.


    A lo largo del libro la autora ha sugerido, reiteradamente, que el objetivo del psicoanálisis es, en general, proclamar como propio el poder de los propios sentimientos. Comprender la propia realidad psíquica. Entender el poder de los sentimientos particularizados, da coherencia, continuidad y sentido al self y a la vida vivida. El poder de los sentimientos llega a ser expresado en términos de la propia historia de una persona, una historia interpretada, absorbida, y  activamente creada. Reconocida como la propia. Los sentimientos actuales, un sentido del self contemporáneo, las pasiones, y las necesidades y los deseos sentidos no vienen sólo de lo que sucedió realmente en el pasado sino de una red de procesos internos que construyen el presente.


    El psicoanálisis permite un reconocimiento y una comprensión de los significados personales que crean la vida psíquica y le dan un “brillo añadido”. Posibilita un despliegue de los aspectos escindidos o reprimidos dando lugar a una vida psíquica más centrada y conocida; hace continuidades de las discontinuidades.


    A veces existe el temor de que el psicoanálisis corte la creatividad. Al contrario, son las fantasías inconscientes escindidas las que la impiden. La fantasía inconsciente, si no está escindida tiene el potencial de profundizar la experiencia y de aumentar la creatividad.  Centrándonos en el encuentro analítico y en los objetivos clínicos, podemos comprender más precisamente como se lleva a cabo y se puede promover el diálogo entre lo interno y lo externo, el pasado y el presente; vemos cómo el poder de los sentimientos proporciona o deja de proporcionar lo que experimentamos como vitalidad y riqueza en nuestras vidas.


    La autora termina diciendo que su búsqueda, al escribir este libro, ha sido dirigir la luz a la comprensión de las maneras en que creamos significado personal, y explorar el uso y la generación de significado intersubjetivo, cultural, y social en este proceso de creación. Ha argumentado que los objetivos clínicos del psicoanálisis están entramados con imágenes de subjetividad y de compromiso intersubjetivo. Ha insistido en que, contra las tendencias generalizadoras y abstractas, tanto de la teoría psicoanalítica como de la ciencia social, sobresale la individualidad única inexorable, insistente, de cada paciente. Para conocer a una persona nunca es suficiente con conocer los elementos externos de su historia ni de la cultura de la que proviene. Chodorow está a favor de formas de completud psíquica y de profundidad de la experiencia, y contra las afirmaciones postmodernas y postestructuralistas de que el self y la identidad son ficciones, y que las psiques escindidas no son sólo inevitables sino quizá deseables.


    Un psicoanálisis que empiece con la inmediatez de la fantasía, y el sentimiento inconsciente encontrado en el encuentro analítico, ilumina nuestra comprensión de la subjetividad individual y transforma potencialmente todo el sentimiento sociocultural. Demuestra que todas las teorías del significado se tienen que incorporar al reino inconsciente. A la vez que el feminismo, la antropología, y otras teorías culturales requieren que el psicoanálisis tome en serio las maneras en que los significados culturales se entretejen y ayudan a constituir la vida psíquica. Los enfoques psicoanalíticos que Chodorow ha discutido reflejan una variedad de tradiciones teóricas, pero cada una de ellas aborda las grandes preguntas acerca de la naturaleza y posibilidad humanas que han retado a las/os pensadoras/es durante miles de años. Chodorow ofrece una manera de mirar las cosas en la tradición de las analistas críticas y visionarias, y con la misma timidez esperanzada desea que su contribución pueda ayudar a cambiar el self y el mundo.

     

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