Las metáforas en psicoanálisis [Wachtel, P., 2003]

Publicado en la revista nº014

Autor: Margulies, Lidia


Artículo: La superficie y las profundidades. La metáfora de lo profundo en psicoanálisis y la manera en que puede llevar a conclusiones erróneas. Título original: “The Surface and the Depths. The Metaphor of Depth in Psychoanalysis and the Ways in Which it Can Mislead”, de Paul Wachtel. Contemporary Psychoanalysis, Volumen 39, Número 1, pgs. 5- 25 (2003)


En este artículo, Wachtel enfatiza la necesidad de entender a la metáfora como modelo que permite la comprensión del fenómeno, sin caer en el error de considerarla una descripción científica del mismo. De lo contrario, agrega, “seremos tomados prisioneros por ellas”, como sucedió con la metáfora de lo profundo y su naturalización en el discurso psicoanalítico cuyas producciones oscureció y distorsionó. La metáfora de lo profundo tuvo una enorme influencia en “las formulaciones acerca del desarrollo de la personalidad, las concepciones psicopatológicas y el cambio terapéutico, llevándonos por caminos errados”, dice. Aclara que le “cuesta concebir la investigación psicológica prescindiendo de la metáfora,  llevaría a un decadente empobrecimiento del pensamiento o a fracasos en los que la metáfora seguramente pasaría inadvertida” (cf. Lakoff & Johnson, 1980). Él por su parte, la utiliza e inclusive abusa de ellas. Cita a T.E. Hulme, para quien “Nuestra prosa es el museo donde las metáforas muertas de los poetas están preservadas” (citado en Rubenstein, 1997) y a Empson (1930) quien en un trabajo de teoría literaria escribió que la “metáfora, más o menos rebuscada, más o menos complicada, más o menos dando por sentado… es el medio normal de desarrollo de la lengua”. Agrega que la metáfora es el alma de nuestro pensamiento al que posibilita crear lazos y relaciones para los que nuestro vocabulario cotidiano sería demasiado denso y trabajoso. Wachtel desea enfatizar en este trabajo que, si en lugar de ser tomada como tal para iluminar el pensamiento es tomada literalmente, nos pasará desapercibida como metáfora, con consecuencias negativas tal como pasó con la metáfora de lo profundo. Afirma que cuando decimos que algo “está profundamente reprimido” pensamos que estamos siendo muy concretos y para nada metafóricos y esta es una de las maneras en que la metáfora de lo profundo guió nuestras teorizaciones y enfoques clínicos de manera tal que deben ser reconsiderados.

Lo profundo y las imágenes de la arqueología

El autor nos invita a revisar lo que considera las metáforas freudianas favoritas, aquellas que denomina metáfora espacial y metáfora militar. Nos remite para ello a los desarrollos freudianos de los conceptos de regresión y fijación con los que ambas están relacionadas. ”La metáfora espacial” tiene un lugar preponderante en los aportes freudianos sobre los sistemas en los que plasma el territorio mental, imbricando profundamente lo que conocemos como modelo topográfico consciente e inconsciente, y en sus desarrollos posteriores: la segunda tópica, como muestra el diagrama ovoide de la psique en El Yo y el Ello (S. Freud, 1923).

Wachtel afirma que esta metáfora de lo profundo (a la que llama espacial) tuvo una influencia “insospechada” en la producción psicoanalítica y reconoce su origen en el interés de Freud por la arqueología. “Así como Schliemann excavó buscando huellas de la vieja Troya, los psicoanalistas fueron excavando buscando en estratos cada vez más profundos haciendo durante este proceso, descubrimientos cada vez más y más significativos” (Jacobsen & Steele, 1978; Mitchell, l993). Esta relación entre la metáfora de lo profundo y la del excavar llevó a los psicoanalistas a la búsqueda de lo oculto, lo enterrado bajo la superficie, lo verdadero, la meta de la tarea analítica. Agrega que considerar los lazos entre el interés freudiano en la arqueología y la metáfora de lo profundo permite entrever cómo ha llegado a naturalizarse para el psicoanálisis, conduciendo a teorizaciones cerradas. Considera que así como para la arqueología resulta apropiada la relación entre tiempo y espacio (a medida que se excava se encuentran huella de civilizaciones cada vez más primitivas), esta concepción en la que más profundo significa más temprano y más temprano más profundo trae problemas al psicoanálisis, donde el “vínculo entre espacio y tiempo no es tan seguro, en realidad no hay ningún espacio seguro” (Schafer, 1976).

“Profundo, no puede ser medido en metros como en las excavaciones arqueológicas; usualmente la profundidad en el reino de lo psicológico es adjudicada al tiempo”. Continúa mostrando su desacuerdo con que cuando aparece algo más temprano se lo adjudiquemos al trabajo de haber ido más hondo; considera que en este caso la distinción entre más profundo y más temprano colapsa entrando en el terreno de lo tautológico.

Considera que cuando encontramos al paciente tratando de evitar ciertas cuestiones, cambiando de tema, negando implicaciones lógicas de lo que ha dicho, cuando experimentamos un esfuerzo al tratar de acercarnos a estas experiencia del paciente, o luchando contra el poderío de las resistencias, por lo general consideramos a los contenidos o procesos mentales allí implicados como profundamente inconscientes. Esta idea es coherente y razonable en relación con lo observable, pero pensar un material (al que es difícil acceder) como más profundo no justifica deducir que las emociones o representaciones de las que trata reflejen necesariamente algo más temprano. Agrega que, si bien las imágenes que evocan la metáfora de lo profundo sugieren captar significativamente el tema en cuestión, y aunque las metáforas nos permitan construir puentes en nuestros pensamientos, es importante no confundir sus imágenes con aquello con lo que las estamos comparando. Afirma que lo descrito como profundamente reprimido no quiere decir que se encuentre de manera tal, que sus representaciones mentales más tardías estén en la cima de las más tempranas y que alcanzaremos el pasado más temprano a mayor profundidad. Este es un ejemplo de lo que considera una concreción inapropiada, derivada de la metáfora arqueológica. Históricamente lo considerado como lo más profundo fue aquel material profundamente reprimido que requería un arduo trabajo en el vencimiento de las resistencias; las manifestaciones pre-edípicas se entendían como defensas en la concepción freudiana y de los clásicos, para quienes el conflicto edípico fue el eje de la problemática humana. Hoy el papel central de la dinámica edípica ha declinado significativamente en las teorizaciones psicoanalíticas. Estamos en el momento de lo temprano, de lo preedípico en psicoanálisis.

 

Profundo y profundidad

El autor describe cómo la palabra “profundo” se utiliza por lo general para referirse a un modo especial de comprensión y a una actividad intelectual original. En su revisión sobre el crecimiento del vocabulario por vía metafórica mostró la manera en que muchas palabras perdieron sus lazos con aquellas que le dieron origen. “Profundo” mantiene su significado original como definición secundaria, como cuando nos referimos a las profundas profundidades del océano. Generalmente las palabras “deep” y “profound” son intercambiables y ambas constituyen la antitesis de lo superficial.

 Wachtel llama la atención sobre las veces que subestimamos la manera en que somos influidos en nuestras concepciones teóricas y clínicas al quedar atrapados por la fuerza de ciertas imágenes metafóricas. Esta ecuación: más profundamente inconsciente = más temprano = más profundo ha determinado incuestionablemente “nuestra concepción de los procesos inconscientes y de los orígenes de los desórdenes psicológicos”.

Wachtel quiere detenerse en este punto, al que supone la primera dimensión de esta distorsión: históricamente el dogmatismo de los teóricos psicoanalíticos centró su interés en el conflicto edípico considerado “el punto crítico del drama del desarrollo y causa de los más intensos y significativos conflictos”. En los últimos años, los hasta entonces subestimados temas preedípicos han pasado a tener un papel preponderante estableciendo un equilibrio entre ambas perspectivas.

Nos dice Wachtel: “Los conflictos de dependencia, apego, alimentación, pertenencia, confianza, cohesión del self, límites del self, están en el medio de las más intensos e importantes desafíos encarados por los seres humanos y son fuente de las más dolorosas e insuperables dificultades”. Así como la “autoridad de Freud” centró el interés del psicoanálisis en el complejo edípico, ahora “el poder irresistible de la metáfora de lo profundo y la ecuación más profundo = más temprano” nos lleva a considerar lo preedípico como lo más arduo de nuestra tarea clínica”. En cierta manera esto también responde a nuestra necesidad de no considerarnos a nosotros mismos o ser percibidos como superficiales.

Como las teorizaciones psicoanalíticas enfatizan un desarrollo en que lo oral es anterior a lo anal, esto es anterior a lo fálico y esto a su vez más temprano que lo edípico, sus esfuerzos interpretativos van en búsqueda de lo considerado más temprano, por lo tanto más profundo.

El autor coincide con lo que Erikson (1963), Mitchell (1988) y otros han advertido acerca de estas etapas y sus correspondientes intereses: para ellos, aunque surjan en determinados momentos del desarrollo, no dejan de estar activos a lo largo de la vida. Cualquiera de ellos independientemente de que sea o no el más temprano o el más profundo puede llegar a ser causa de las más significativas angustias y conflictos. Tampoco debemos considerar que llegamos a lo más profundo de la psique por haber tenido en cuenta lo que atañe a intereses supuestamente más tempranos, agrega.

Señala que si bien anhelos de conexión, de reaseguro, de alimentación, cohesión del self, etc. pueden desencadenar deseos sexuales o impulsos competitivos, es erróneo concluir que dichos anhelos por pertenecer a intereses más tempranos “son la base de la sexualidad y de las inclinaciones agresivas”. Estas necesidades de conexión, reaseguro, alimentación y cohesión del self están activadas a lo largo del ciclo vital por su entrecruzamiento con otras motivaciones. Considera que nos equivocamos si tomamos este proceso como si una necesidad profunda fuera determinante de necesidades más tardías. Para Wachtel se da una mutua y continua influencia de lo llamado preedípico sobre lo más tardío, e igual sucede a la inversa.

Estos movimientos estarían más cerca de ser representados por una imagen de doble espiral que por una imagen de capas sucesivas.




Acentuación exagerada de la patología

El autor llama nuestra atención sobre la manera en que las producciones teóricas psicoanalíticas se van deslizando en la consideración de lo más temprano como más arcaico, más arcaico como más enfermo.

Todos los caminos llevarán así a enfatizar la patología, ya que una comprensión más profunda del paciente conduce a niveles más tempranos y estos a su vez implican más arcaicos o más primitivos desembocando nuevamente en mayor patología. Así la comprensión más profunda se transforma en la búsqueda de patología profunda que llegaría velada por una superficial salud exterior (Mitchell, 1988; Wachtel, 1987, 1993). Esto se justifica por la afirmación de que “todos tenemos un núcleo psicótico” (e.g., Eigen, 1986).

Según el autor, los teóricos y clínicos psicoanalíticos de hoy en su búsqueda de comprender las capas profundas de la psique, se destacan en el hecho de encontrar más patología en los pacientes, que terapeutas de otras escuelas. Tienen una tendencia a pensar en los problemas de sus pacientes como preedípicos luego más profundos y con mayores dificultades para ser superados de lo que podría parecer desde otras perspectivas.

Wachtel comenta que en los últimos años dirigió sus esfuerzos a proveer alternativas a esta tendencia patologizante (e.g., Wachtel, 1993) (sin dejar de lado las experiencias, cuestiones y conflictos planteados, pero sí cuestionando la insistencia en lo arcaico o primitivo).

 

La metáfora arqueológica y la idea de los “niveles” de desarrollo

Wachtel asegura que los puntos de vista que surgen de la metáfora de lo profundo y su asociación con las imágenes arqueológicas se mezclan sutilmente con conceptualizaciones de niveles de desarrollo. Afirma que no faltan razones para considerar el proceso de desarrollo psicológico en término de etapas, cada una con sus propias adquisiciones; por ejemplo, en el curso de crecimiento de un niño se dice: “aún no ha llegado al nivel en que ciertos modos de pensamiento son posibles“, como sostienen Piaget o Werner. Lo incorrecto es pensar el estado psicológico de un paciente adulto o niño mayor como detenido en determinado nivel del desarrollo. Afirma que ni aun la patología severa justifica ser pensada como detenciones en etapas pre-edípicas del desarrollo (Westen, 1989).

Wachtel critica los aportes psicoanalíticos standard acerca de los desórdenes borderline de la personalidad, que mantienen consideraciones teóricas inconsistentes con los hallazgos de investigaciones sobre el desarrollo.

Afirma que las características específicas del modo de pensamiento y de experiencias propias de estos pacientes, consideradas pre-edípicas por las producciones psicoanalíticas, nada tienen en común con niños en estos niveles de desarrollo y entre otras cosas superan el desarrollo de capacidades de niños edípicos.

El autor cita a Westen, que pone de relieve la discrepancia entre suposiciones teóricas psicoanalíticas que consideran al niño edípico con ciertas capacidades adquiridas y observaciones empíricas que han encontrado que estas adquisiciones no se logran sino en la latencia e incluso en la adolescencia. La influencia del modelo arqueológico hace que a aquellos pacientes que no cuentan con estas adquisiciones, o a aquellos en quienes son deficitarias, se los conciba funcionando en niveles preedípicos. Ejemplifica con la incapacidad de contener sentimientos ambivalentes que caracteriza a los pacientes borderline (Westen, l989). Las investigaciones indican que la capacidad para la ambivalencia no se establece firmemente en el periodo edípico y de hecho en ese momento sólo se encuentra en sus etapas incipientes

“El splitting borderline parece ser tanto adolescente como preedípico” (p.335). Plantea su desacuerdo con posturas teóricas que sostienen que pacientes adultos puedan tener “representaciones cognitivas propias de los diez y ocho meses, prácticamente no verbales y con apenas inteligencia representacional”, (p 335) apoyándose en investigaciones que concluyen que “el crítico movimiento de desarrollo, hacia representaciones más estables e integrados no ocurre en los años edípicos sino en medio de la tardía niñez” (p.338).

Wachtel aclara que ni sus perspectivas ni las de Westen dejan de lado las complejas y severas problemáticas que presentan los pacientes con trastornos borderline de la personalidad, pero considera que de ninguna manera debe considerárselas como las de un niño a pesar de sus particulares representaciones de objeto. Esta perspectiva obtura la posibilidad de comprender y abordar estos desórdenes que si bien han tenido desarrollos distorsionados, su importancia no radica solo en lo más temprano.

El autor continúa citando a Westen que sostiene que la capacidad representacional del paciente borderline excede la de un niño edípico normal; cuando pensamos sus problemas atribuyéndolos a la etapa pre-edípica dejamos de lado las experiencias del paciente a lo largo de su vida,“los penosos intercambios interpersonales que han influido en sus representaciones inestables y malignas“. Concluye que se carece de evidencia empírica que afirme que las experiencias de los dos primeros años de vida sean determinantes de la patología, que ésta tenga características propias de estructuras psíquicas pre-edípicas,ni que experiencias tempranas influyan en la vida más de lo que lo hacen sucesos penosos posteriores.

Distintas investigaciones han coincidido en encontrar experiencias de abuso sexual en la niñez en una proporción significativa (e.g. Goldman, D’Angelo, DeMaso, & Messacappa, 1992; Herman, Perry & Van der Kolk, 1989; Paris & Zweigh-Frank, 1992), agregando el dato de que estas experiencias por lo general no tienen lugar en los años preedípicos sino en la niñez tardía o bien en la temprana adolescencia.

 

¿Cuál es el rol de la experiencia temprana?

Wachtel aclara que su crítica a la ecuación de más temprano igual a más profundo no significa que deseche la importancia de las experiencias tempranas y su influencia en las posteriores, sino que esta crítica se dirige a los autores psicoanalíticos que han dejado de lado las poderosas y determinantes influencias que generan experiencias de la niñez tardía, de la adolescencia y de la vida adulta y considera que para concluir acerca de lo determinante de las experiencias tempranas per se se debe contar con apoyos empíricos. Desde su perspectiva, las experiencias tempranas sí tienen un “rol particularmente poderoso, el de determinar la dirección que la vida de la persona toma”. Aclara su postura diciendo que lo que él está cuestionando es la “manera” en que se entendió esa influencia y cómo puede parecer que cuestionar el modelo arqueológico implica hacer lo mismo con la importancia de las experiencias tempranas. Expresiones tales como “determinado patrón tuvo sus orígenes (o raíces) en los años tempranos” quedan significadas como la explicación de esa tendencia. Afirma que decir cuándo comienza algo no es lo mismo que determinar su causa, o sea por qué comienza, y más importante aún sería comprender que saber cuándo comienza algo no nos aclara por qué persiste. Afirma que el discurso psicoanalítico olvida que en la niñez se ponen en marcha numerosas conductas que van cambiando o se abandonan empujadas por los cambios propios del mundo psicológico y tiende a enfatizar las fuerzas estáticas en detrimento del juego dialéctico entre las fuerzas de cambio y las fuerzas de éxtasis.

Cita a Zeanah, Anders, Séller, and Stern (1989), quienes en investigaciones sistemáticas sobre el desarrollo infantil encuentran discrepancias entre sus hallazgos y las teorizaciones psicoanalíticas que enfatizan los procesos de fijación y de detención del desarrollo.

También Peterfreund (1978) consideró que no era valido ni teórica ni metodológicamente igualar el funcionamiento psíquico patológico de niños o adultos severamente perturbados con el de infantes normales, asumiendo esta patología como un “atascamiento” (fijación) en etapas del desarrollo cuyos modos de experienciarpersistirán así en sus años posteriores. Refiriéndose a teorías psicoanalíticas para las que “los problemas tardíos [son] repeticiones de traumas infantiles [y que] la forma de la patología posterior esta determinado por el periodo del desarrollo del self en el que el trauma ocurrió”, Zeanah y colaboradores insisten en que estas afirmaciones no se basan en datos empíricos y aclaran que al referirse aquí a trauma no consideran que estas teorías se estén refriendo al trauma tomado por J. Breuer y S. Freud [1895] en “Estudios sobre Histeria”, sino quemás bien aluden a fantasías y conflictos del desarrollo que impregnaron durante más de un siglo la teorización psicoanalítica y a la noción de niveles de desarrollo con los que generalmente se las asocia.

Wachtel coincide en gran medida con Zeanah y sus colaboradores, que oponen al modelo de fijación, regresión y detención del desarrollo lo que denominan el modelo de construcción continua, en el que el se dará una interacción continua y dialéctica entre el desarrollo de las características individuales de ese ser y las características del contexto que lo rodean. Lo importante de destacar es que el contexto no es algo con lo que el sujeto se encuentra pasivamente sino que está activamente determinado por continuas prioridades y elecciones a lo largo del desarrollo y de la forma de ser en el mundo. Consideran que “las conductas y actitudes que obtenemos son respuesta a nuestras conductas y actitudes, que activamente damos forma al entorno que nos rodea eligiendo la manera en que nos posicionamos en situaciones y relaciones, y evitamos o retiramos de otras”. Avalan estas hipótesis los datos obtenidos de observaciones de niños de tres a seis meses de edad. Se encontró que hijos de madres depresivas generan en los extraños respuestas distintas que aquellos cuyas madres no lo son (Field et. al; 1998;Weinberg & Tronick, 1998). Los hijos de madres depresivas obtenían de los extraños un tipo de respuesta en sus intercambios que no potenciaba positivamente nuevos desarrollos, esto lleva a perpetuar las desventajas y se suma al impacto de la experiencia con la propia madre. Watchel sostiene que estos niños son afectados desde muy pronto no sólo por la interacción con sus madres sino por el impacto de este impacto en la medida que interactúan con otros. El autor sostiene que el poder de la experiencia temprana reside en el tipo de experiencias posteriores que probablemente generen.

Postula que desde una perspectiva superficial podríamos pensar la experiencia temprana y sus efectos como indelebles, que ahondando descubrimos que “su impacto está mediatizado por innumerables experiencias posteriores que son efectos indirectos de la más temprana.” Aparece como indeleble porque el patrón de conducta determinado por la experiencia temprana pasa a tener autonomía, inicia un proceso virtual de auto perpetuación y de allí en adelante los encuentros posteriores serán producto de este modelo de conducta y percepción que ha desarrollado, que mantiene el patrón y que vuelven a potenciar.

El autor no considera necesario pensar un patrón psicopatológico correspondiente a un particular momento del desarrollo en el que se sufrieron perturbaciones y por lo tanto fijaciones, nos encontraremos con pacientes que han llegado al mismo tipo de perturbaciones por distintas experiencias y problemas en distintos momentos del desarrollo, afirma.

Agrega que las teorías que postulan distintos niveles del desarrollo y sus correspondientes patologías no condicen con lo que él y otros analistas conciben del complejo modo en que se da ese continuo interjuego entre el desarrollo de las particularidades propias del individuo y su encuentro con ese entorno a su vez influenciado por él a lo largo de la vida. “Las fantasías aparentemente arcaicas, anhelos, imágenes del self y de otros, revelados por la exploración psicoanalítica, no persisten como consecuencia de ser inaccesibles a la influencia de nuevas experiencias debido a una escisión estructural de la psique”.

Considera que, por el contrario, las nuevas experiencias potencian y mantienen a las así llamadas fantasías arcaicas (Wachtel, 1991, 1993, 1997), proceso que se mantiene profundamente inconsciente, aunque dependiendo de la experiencia que genera para mantenerse y perpetuarse en el tiempo.

 

La personalidad narcisista: una ilustración

Comenta Wachtel que se han hecho aportes (Kohut, 1971, 1977; Kernberg, 1975) a la comprensión de los individuos que presentan desórdenes narcisistas de la personalidad, pero que los teóricos del psicoanálisis acuerdan en ubicar los orígenes de esta patología en los primeros años de la vida. El autor afirma que podríamos tener un cuadro significativamente diferente enfocando la atención en las continuas consecuencias de las estructuras psicológicas descriptas anteriormente que nos alejarían así del modelo de fijación y detención del desarrollo ya que los motivos, fantasías y defensas que encontramos en estos individuos “después de un tiempo toman vida propia”.

Agrega que es imposible entender a estos pacientes sin tener en cuenta estas consecuencias y estos mecanismos continuos.

Wachtel estima que las penosas vivencias de vacío interior, de frágil coherencia del self, de autoestima inestable que sufre el individuo narcisista no se limitan a ser experiencias internas, provenientes de tiempos pasados, sino que “son elementos dinámicos de la vida de la persona”. No deja de tener consecuencias cuando en la vida cotidiana o en la transferencia compensan imperiosamente su frágil representación del self por una postura jactanciosa, ya que esta conducta genera dos tipos de respuesta, de rechazo por un lado o de admiración (idealizada) por otro, realimentando ambas su problemática.

Las personalidades narcisistas tienen necesidad de ser admirados, pero sus conductas generan en la mayoría de las personas efectos contrarios: el ser tratado con desdén o con indiferencia, lo cual les afecta especialmente e incrementan la injuria narcisista y por lo tanto retroalimentan sus conductas, pasando a una nueva confrontación; así en su vida cotidiana están continuamente en riesgo de poner en marcha este peligroso modelo de interacción.

Por otro lado, las posibles respuestas admirativas que pueden recibir (a veces provocadas por sus posibles cualidades o talentos) y ciertos sentimientos espectaculares hacia ellos, lejos de ser reaseguradores y de contribuir al fortalecimiento de la autoestima, al responder a la imagen inflada con la que recubre su propia representación del self desvalorizado, potencia y sostiene la defensa narcisista (las personalidades narcisistas que no cuenten con características destacables en su personalidad y que no obtengan respuestas admirativas de su entorno caerán en depresión).

Wachtel comenta que la búsqueda de respuestas admirativas a su imagen inflada pareciera estar en las antípodas de lo que para Kohut sería la necesidad de obtener respuestas de objetos del self saludables que se da a lo largo de toda la vida, cuyos aportes nos harían menos vulnerables y menos necesitados de recibir cada vez más. Independientemente de que el origen de sus problemáticas puede encontrarse en los primeros años de vida, lo que debe resaltarse es que sus manifestaciones activan consecuencias. Es imposible adquirir una experiencia de autoestima firme y estable cuando la defensa frente a vivencias internas de fragilidad e inferioridad se da una y otra vez a través de la inflación del self.

Tenemos necesidad de ser admirados por lo que somos pero, cuando la admiración proviene de cómo nos mostramos,más que aportar bienestar termina de hecho despertando aún más vivencias de vacío y fraude.

Wachtel describe que estos pacientes poseen capacidades de “sofocar estas vivencias de fraude, reemplazándolas por una mayor inflación del self, con la consecuencia nefasta de despertar aún más aquello que necesita sofocar”.

Afirma que estos procesos inconscientes destinados a engañar al propio self (en un intento de aliviarlo) y al otro, pueden seguir así, sin modificaciones, a pesar del sufrimiento que originan. Sólo en los momentos en que la defensa estereotipada se quiebra y pueden mostrarse vulnerables, desvalorizados, sintiéndose vacíos y con vivencias penosas, llegan a generar en lo cotidiano y en el analista respuestas empáticas y humanas.

 Piensa que en gran parte el trabajo a realizar con estos pacientes es ayudarlos a contener sus afectos, a experimentar afectos positivos por los otros y a poder tolerar el contacto con estos afectos.

Critica a los teóricos del narcisismo patológico, considera que enfocar estas problemáticas teniendo cuenta teorías fundadas en la fijación y detención del desarrollo no logra captar el elemento dinámico en la perpetuación del modelo. Coincide con ellos en que la experiencia temprana crea un déficit inamovible (hasta que un analista llene el vacío), si bien es cierto que sin esas experiencias tempranas el individuo no hubiera comenzado el modelo recién descrito, sin la apreciación de cómo este modelo es recreado una y otra vez por sus propias consecuencias, estas problemáticas no son adecuadamente entendidas.

Wachtel desea dejar claro que considera la importancia de las experiencias tempranas, auque no cree que sea aquello que mantiene la estructura: “la psicopatología equivoca el rumbo cuando insiste en que es el “sufrimiento individual el que renueva esas estructuras una y otra vez”.

 

Representaciones de un pasado con consecuencias, semilla de un futuro con consecuencias

La tesis del autor sostiene que las representaciones y modelos de intercambio que tuvieron lugar en los primeros años de vida serán las semillas de las futuras modalidades relacionales. En esto reside en gran parte la importancia de las experiencias tempranas y no precisamente en el hecho de quedar “alojadas en la psique como una espina en la garganta”.

Agrega que es imposible establecer por cuánto tiempo pueden permanecer activos estos patrones tempranamente establecidos, si se tienen experiencias diferentes a lo largo de la vida. Supone que los niños que tengan un comienzo de la vida distinto darán otro sesgo a sus patrones relacionales. Así, por ejemplo, aquellos cuyas experiencias tempranas estimulan en otros enojo e irritación pondrían en marcha conductas de rechazo como respuesta, promoviendo aún mayor enojo e irritación en el niño y así volviendo a empezar. En el polo opuesto, los que viven experiencias tempranas de apego seguro ponen en marcha el mismo mecanismo pero ahora con signo positivo.

Encuentra como excepción a este modelo casos de niños con experiencias tempranas complejísimas, que dieron cuenta de una gran capacidad de resiliencia (p. ej. O’Connor, Bredencamp & Rutter, 1999; Rutter, 1995; Hetherington & Blechman, 1996). Pone sobre aviso de la complejidad del proceso de desarrollo y nos advierte del peligro de “quedar capturado en la simple perspectiva del impacto determinante de la experiencia temprana”.

Para Wachtel, nos encontramos también frecuentemente (influidos por ciertas concepciones teóricas) buscando en la historia temprana de niños o adultos aquellas experiencias que, pensamos, podrían ser los “orígenes” de sus perturbaciones presentes, y corriendo el riesgo de una mirada sobredeterminada que “encontrara precisamente aquello que hubiera debido estar allí, independientemente de lo que se hubiera visto entonces”.

De todas maneras, aunque podamos detectar aquello que dio el puntapié inicial al proceso patológico, para poder comprenderlo es necesario centrarnos en esta idea de “proceso continuo a lo largo de la vida, no sólo la puesta en juego de la escritura escrita en los años más tempranos”.

 

La profundidad y lo social

El autor plantea que el pensamiento psicoanalítico, al sufrir las influencias de las imágenes de la metáfora de lo profundo, desatendió la influencia de lo social e institucional en el desarrollo de la personalidad, cerrando el camino hacia el análisis y la critica social al sostener que: “la influencia sociocultural entra en la ecuación psicológica a través de los sentidos, esto es, desde la superficie, lejos de lo profundo” […] Desde la postura particular de la metáfora de lo profundo las influencias sociales están en riesgo de parecer superficiales”.

Wachtel piensa que es la influencia de la metáfora de lo profundo lo que hace aparecer como “superficial” la importancia dinámica de las influencias sociales, cita a Greenberg y Mitchell (1983): “Ateniéndose al modelo estructural de las pulsiones [sus condiciones para las consideraciones standard freudianas y sus cercanas derivaciones], la realidad social constituye una cubierta, un barniz sobreimpuesto ‘sobre los más profundos; más naturales’ cimientos de la psique constituido por las pulsiones. Cualquier teoría que omita o reemplace las pulsiones como el principio motivacional subyacente y además enfatice la importancia de las relaciones sociales y personales con otros es, desde este punto de vista, superficial por definición y concierne a áreas superficiales de la personalidad, carentes de profundidad” (p.80).

Wachtel agrega que esta perspectiva no sólo proviene de aquellos que sostienen el modelo pulsional sino que en gran parte es compartida por algunos teóricos de las relaciones de objeto y de la psicología del self.

Podríamos decir que encuentra los orígenes de estas posturas teóricas en conceptualizaciones de Freud (1915) “cuando una representación instintiva es reprimida, persiste inalterada de allí en más, en consecuencia, prolifera en lo oscuro y toma formas extremas de expresión” (pp.148-149). Esto también ha impregnado las conceptualizaciones sobre “objetos primitivos” o “arcaicos” internalizados y las de las “representaciones del self.”

Las teorías más relacionales “postulan que en el curso del desarrollo ciertas partes de la psique se escinden y quedan fuera del curso total del desarrollo, teniendo como consecuencia que no crece como el resto de la personalidad y no es modificada por nuevas experiencias de la manera en que lo son las partes más accesibles de la personalidad”.

Wachtel considera que las teorías de las relaciones objetales y las de la psicología del self están plagadas de influencias provenientes de teorías derivadas del modelo arqueológico y sus imágenes asociadas con la metáfora de lo profundo, además de enfatizar en niveles de desarrollo del paciente.

Critica las formulaciones que buscan las raíces de las dificultades del paciente en los dos primeros años de vida, perteneciendo a tal o cual etapa del desarrollo, en que una parte de éste supuestamente ha quedado detenido y fijada en configuraciones pre-edípicas profundas, de las que solo puede liberarse a través de un vínculo particular (una relación objetal especial o una relación a la manera de objeto del self provista sólo por el analista). Agrega que cuando sus teóricos se refieren a términos tales como “primitivo” y “arcaico” éstos no sólo aluden a la calidad de las producciones psíquicas sino también a momentos tempranos de fijación. Sostienen que el paciente, aunque adulto, mantiene imágenes del self y de otros congeladas y sin modificación desde épocas pre-edípicas, a lo que Wachtel denomina “Woody mammoth model”.

Cita a Greenberg y Mitchell (1983) para quienes es necesario advertir que la subestimación de las influencias sociales y de los contactos interpersonales cotidianos tiene consecuencias en las teorías relacionales, como también las tiene el hecho de no considerar relevante la influencia de los órdenes económicos y los estereotipos raciales y étnicos (Wachtel, 1983, 1999).

Agrega que, básicamente, no habría diferencia entre los partidarios de la teoría pulsional y los de las relaciones de objeto: unos hablarían de relaciones de objeto internalizadas y de representaciones del self arcaicas y otros de mociones pulsionales, pero para ambos lo social seria ese “barniz sobreimpuesto a los más profundos y naturales fundamentos de la psique” con lo que se mantendría la estructura de pensamiento.

 Para Wachtel, enfocar las problemáticas en las determinaciones inconscientes de la conducta y experiencia humana lleva necesariamente a considerar la dimensión social como superficial. Esta consideración provendría más bien de la influencia de la metáfora de la profundidad (que deja de lado esta dimensión).

Las influencias sociales pueden mantenerse inconscientes y poner en marcha defensas que evitan su reconocimiento, así como activar defensas las fantasías y deseos tan caros al discurso psicoanalítico (p. ej. Devin, l989; Gaertner & Dovidio 1989; Hamilton & Gifford, 1976; Sears, 1988; Wachtel, 1999; Word, Zanna & Cooper, 1974).

Las teorías influenciadas por la perspectiva que plantea la metáfora de la profundidad siguen sosteniendo la idea de lo social como “superficial”. Para poder reconocer cuán subrepticiamente relega el poderoso papel de las instituciones y la manera en que sus presunciones acerca de raza, clase y estatus económico inciden en lo profundo de nuestro psiquismo, se hace necesario una concienzuda deconstrucción de la “seductora” imagen de lo “superficial y lo profundo”.

Desde una perspectiva distinta de aquella que abona la metáfora de lo profundo, la causalidad psicológica puede dejar de pensarse como “flechas causales que se dirigen hacia una dirección” y se hace posible comprender la importancia de los procesos cíclicos y recíprocos (p. ej. Wachtel, 1987, 1994; Wachtel & Wachtel, 1986; Nichols, & Schwartz, 1998).

Considera que influenciamos y somos influidos por el mundo de la interacción social; aun en aquello que vivimos como lo más propio y personal está entretejido de forma tal, que intentar discriminarlo seria ejercer violencia sobre ambos. Opina que fenómenos propios de nuestra vida psíquica como las motivaciones inconscientes, fantasías, conflictos, etc. no debieran considerarse pertenecientes a “nuestra vida interior” siguiendo con la idea de que “lo profundo subyace a la superficie y queda inmodificado a pesar de las experiencias de la vida cotidiana, la mejor manera en que el psicoanálisis puede aportar a nuestras vidas es tratando de comprender de que manera “lo profundo y lo superficial se dan forma recíprocamente”. Sostiene que cuando pensamos en la “Psicología de lo Profundo” debemos aclarar que no se trata de “un cierto reino separado, bajo la superficie exterior de la vida diaria, sino que trata de la riqueza y el misterio, la multidireccionalidad y multicausalidad, la vasta y enredada complejidad, de hecho, lo profundo del vivir en sí”.

 

Comentarios personales

En este artículo de Wachtel me resultó particularmente interesante el análisis de la literalización de la metáfora, de los intereses personales de Freud en la arqueología y la influencia de ambos en sus teorizaciones forzando relaciones inexistentes (hecho quizá inevitable), teorizaciones que provocan una adherencia ciega aun en nuestros días, posiblemente multideterminada (por necesidades de pertenencia, logro de una cierta identidad, factores ideológicos y/o de poder: ”mantener el oro puro del psicoanálisis”).

Encuentro (sin pretensiones de exhaustividad) que algunos de los puntos planteados y no detallados conceptualmente podrían llegar a compartir en parte ciertos desarrollos de H. Bleichmar,  (1997).

En la que considero su hipótesis fuerte: “el poder de la experiencia temprana radica en el impacto de su impacto”, “sus manifestaciones en innumerables experiencias posteriores, y en su encuentro a lo largo de la vida con el contexto al que determina y por el que es determinado”, me inclino particularmente a pensar la sesión analítica como “el contexto”, y en lo que para H. Bleichmar sería “fundante de inconsciente originario”. “Lo que hace el analista, más allá de lo que dice concientemente y del significado manifiesto de sus interpretaciones, de sus preguntas o de cualquier otra forma de intervención técnica, los afectos que en él se activan, y que movilizan sus conductas cada vez que entra en contacto con el paciente, van teniendo consecuencias para éste en cuyo inconsciente se inscriben estos intercambios en tanto originariamente inconscientes, porque ni analista ni paciente saben que esas influencias- mutuas por otra parte- se están produciendo”. ¿Podemos acaso pensar en algo más profundamente inconsciente que aquello que nunca estuvo en la conciencia, sin necesitar para ello de apelar a lo tempranamente reprimido?

La descripción de Wachtel del modo en que las personalidades narcisistas hacen frente a ciertos sentimientos siguen, a mi parecer, en la línea de lo que el enfoque Modular-Transformacional conceptualiza como: ”defensas en el inconsciente” y entre ellas “la asunción defensiva de identidades inconscientes” como “defensa aloplástica”.

Sus consideraciones sobre anhelos de conexión, de reaseguro, etc. capaces de generar por ejemplo deseos sexuales (sin que sean necesariamente los primeros, raíces fundamentales de los posteriores), nos orienta también hacia módulos motivacionales en interjuego, enerando distintos tipos de deseos. Las influencias sociales e institucionales, criticadas como “no superficiales” en el trabajo, que se mantienen inconscientes en el psiquismo, dan lugar a ser pensadas no sólo como posiblemente reprimidas, sino en parte como generadoras de lo que podría a su vez describirse como “lo inscripto originariamente” o lo que desde otras perspectivas teóricas podría considerarse el efecto de lo transubjetivo en la estructuración del psiquismo individual, debiéndose resaltar como procesos que se dan a lo largo de la vida.

El énfasis de Wachtel en lo que considera la manera en que se perpetúan las problemáticas de los pacientes narcisistas despierta mi interés en las consideraciones técnicas que seguramente trae aparejadas. Entre ellas, puedo imaginar la propuesta al analista de una revisión constante de la amplia gama de respuestas contratransferenciales que suscitan estos pacientes y de su instrumentación (si bien necesaria en toda labor psicoterapéutica) considerada en este caso -por mi parte- como uno de los instrumentos privilegiados de perpetuación o cambio.

 

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