Las variedades de las experiencias disociativas desde la perspectiva de la teoría de WIlma Bucci sobre los códigos subsimbólico y simbólico

Publicado en la revista nº017

Autor: de Celis Sierra, Mónica

(Reseña del artículo de Wilma Bucci, "Varieties of Dissociative Experiences. A multiple code account and a discussion of Bormberg’s case of 'William', publicado en Psychoanalytic Psychology 2003, Vol. 20, No. 3, 542-557)





Introducción


Wilma Bucci es una psicoanalista estadounidense, profesora de la Adelphi University, conocida por su contribución a la revisión de la teoría psicoanalítica a través de su integración con la psicología cognitiva, en el convencimiento de que algunas formulaciones de la psicología cognitiva moderna, como las relativas a las redes neuronales o al procesamiento de información en paralelo, pueden ofrecer al psicoanálisis conceptos claves para dar cuenta del funcionamiento inconsciente. Su teoría del código múltiple fue desarrollada en el año 1997 en la obra Psychoanalysis and cognitive science: A multiple code theory, publicada en Nueva York por Guilford Press. Recomendamos la lectura de la traducción de su artículo Pathways of emotional communication en Aperturas Psicoanalíticas nº10, donde desarrolla muchos de los conceptos de su enfoque teórico a los que se aludirá en esta reseña.


Para comenzar su exposición, la autora plantea dos cuestiones que posteriormente irá desarrollando. La primera, más general desde el punto de vista epistemológico, trataría de la relación entre los campos de la psicología, la neurociencia y el psicoanálisis, de las diferentes explicaciones que aporta cada uno acerca de los mismos fenómenos clínicos; la segunda sería más específica, y propiamente psicoanalítica: la disociación como concepto y su papel en la psicopatología. Los desarrollos de estas dos cuestiones irán entrelazándose a lo largo de todo el texto.


Citando a LeDoux (1), Bucci plantea la enorme distancia conceptual  que separa a la neurociencia del psicoanálisis, y la necesidad de que éste permita una “traducción” de los fenómenos que describe en términos psicológicos, con el objeto de hacer posible la comprensión de los mecanismos cerebrales que los subyacen. Bucci considera que el desarrollo dentro de la psicología más adecuado para efectuar esa función de puente conceptual  entre el psicoanálisis y la neurociencia es la psicología cognitiva, ya que ésta puede dar cuenta de las estructuras y procesos en el pensamiento y la emoción de los que se ocupa el psicoanálisis.


Concretando en el concepto de disociación tal y como se entiende en la práctica psicoanalítica, se trataría de poder explicar en términos de funciones y mecanismos psicológicos este fenómeno y su tratamiento, para más tarde intentar relacionarlos con mecanismos cerebrales.


Según la autora, la teoría de la mente que Freud desarrolló resulta obsoleta para dar cuenta de ciertos conceptos, y afirma que “el fracaso de la metapsicología ha dejado un vacío –más específicamente, un campo caracterizado por las disociaciones teóricas- un montón de teorías clínicas específicas, un montón de jerga, coexistiendo incómodamente en el mismo campo de experiencia humana sin una red de conexiones entre ellos”. Si los psicoanalistas fuéramos capaces, dice Bucci, de rejuvenecer nuestra teoría y desarrollar métodos de evaluación, se podrían exportar ideas a la neurociencia y a la vez recibir ideas nuevas que permitan un avance conjunto.


La teoría del código múltiple intenta crear un modelo psicológico general válido para el psicoanálisis, ya que siendo un modelo cognitivo de la psique, amplía el procesamiento de información a la “información emocional” y, aún no siendo una teoría psicoanalítica en sí misma, explica conceptos y procesos básicos del psicoanálisis


 


El psicoanálisis como teoría de código doble o múltiple


El psicoanálisis, a través de sus distintas enunciaciones, no ha dejado nunca de ser una teoría basada en una premisa de doble (o múltiple) sistema de pensamiento. Freud finalmente aúna, según Bucci de manera poco consistente, la formulación basada en cualidades (inconsciente, preconsciente, consciente) y la basada en estructuras (ello, yo y superyó). De manera no explícita, desde entonces se habría asumido la correspondencia entre ello, inconsciente, proceso primario y proceso no verbal y entre yo, consciente, proceso secundario y proceso verbal. Sin embargo, las dificultades de que adolece esta visión metapsicológica para dar cuenta de hechos clínicos son conocidas: pueden existir en el yo funciones inconscientes, puede haber fantasías inconscientes organizadas, la comunicación puede darse en modalidad no verbal, etc.



Precisamente, la teoría del código múltiple intenta ser un modelo psicológico coherente capaz de representar los múltiples sistemas que integran el psiquismo, para luego encajar dentro de ella los conceptos psicoanalíticos. En este proceso, necesariamente algunos de estos conceptos habrán de ser revisados, mientras que también los conceptos de la teoría del código múltiple sufrirán una reconfiguración.



Bucci a continuación ofrece un breve resumen de su teoría. Desde ésta, el psiquismo humano se concibe a modo de un procesador de información de formato múltiple, con una amplia, aunque limitada, capacidad de integración entre los distintos sistemas. Los múltiples sistemas manejan dos formatos básicos de información: el simbólico y el subsimbólico.


En cuanto a símbolo, la autora alude a entidades discretas que se refieren a otras entidades y que pueden combinarse entre sí en una variedad de formas; pueden ser imágenes o palabras. Al igual que las palabras, las imágenes pueden combinarse y generar nuevas formas, como cuando la policía crea un retrato robot a partir de combinaciones de rasgos, aunque son más concretas, ya que se forman en modalidades sensoriales específicas.


Por contraste, lo subsimbólico se refiere a aquello procesado de manera analógica, como variación de dimensiones continuas, nunca producto de combinación de elementos diferenciados; se procesa de manera motora, visceral o sensorial; pueden ser olores, sonidos, distintos tipos de sensaciones. Dice Bucci, en Pathways of emotional communication: "El gran escultor “conoce” su oficio en sus sistemas táctil, motor y visual. Bernini tenía que “conocer” las múltiples características de cada pieza de mármol y la interacción de ojos, músculos y mármol mediante esas modalidades. Los cómputos se producen sin métricas explícitas, dimensiones específicas ni elementos diferenciados. La esencia del conocimiento del escultor no existe para él de forma simbólica y no se puede comunicar en palabras; al enseñar, comunica su conocimiento de forma más efectiva en la forma en que existe. El conocimiento del bailarín se almacena en el formato de sentimiento, movimiento e integración con la música; Balanchine se comunicaba con sus bailarines a través de esas modalidades. Su comunicación era intencional, consciente, sistemática y compleja -dentro de la modalidad motora. Al igual que Bernini o que un entrenador de tenis, no recurría a las modalidades motoras o sensoriales porque se reprimieran las representaciones verbales, sino porque la información sólo existía en una forma que no se podía captar totalmente en palabras. Grandes compositores y pintores trabajan fundamentalmente con la modalidad subsimbólica". Este tipo subsimbólico de procesamiento opera en acciones como el reconocimiento de voces y está implicado en muchas habilidades deportivas complejas o en trabajos que impliquen creatividad. De manera general, el conocimiento de nuestro estado corporal y la capacidad de responder al “lenguaje no verbal” de los demás sin necesidad de categorizarlo de manera simbólica es posible gracias al procesamiento subsimbólico. También da cuenta de parte importante de la comunicación que se produce entre analista y paciente.



Desde la psicología cognitiva, se entiende que el procesamiento subsimbólico responde a un modelo de procesamiento conexionista o distribuido en paralelo. Este formato es compatible con los datos que aportan las investigaciones neurológicas. Por ejemplo, autores como Pankseep hablan de procesos cerebrales fundamentalmente analógicos, es decir, que no pueden simularse con algoritmos digitales. Los modelos necesarios para dar cuenta de la complejidad de las emociones en el cerebro necesariamente habrían de incluir tales procesos analógicos.



Si bien la distinción entre procesamiento subsimbólico y simbólico hace en parte referencia a las dimensiones cualitativas (inconsciente, preconsciente, consciente), estructurales (ello, yo, superyó) o de proceso (primario, secundario) de la teoría psicoanalítica, sin embargo, el procesamiento subsimbólico es más abarcativo: es un procesamiento sistemático que no depende de ningún contenido concreto ni se asocia exclusivamente al  cumplimiento de deseos, y ocurre en la vigilia y la vida racional adulta. Se trataría, entonces, de un abordaje conceptual distinto del psicoanalítico, pero que Bucci tratará de demostrar que explica de manera más coherente aspectos importantes de la teoría y técnica del psicoanálisis.



El proceso referencial


El concepto de proceso referencial de Bucci alude a una actividad del psiquismo que  trata de conectar los niveles simbólico y subsimbólico, relacionando entre sí las distintas modalidades en que se procesa la información (simbólica verbal, simbólica no verbal y subsimbólica). Esta conexión entre modalidades es sólo parcial ya que, según la autora, una cierta disociación es inherente al sistema. Tal disociación se pone de manifiesto, por ejemplo,  al intentar verbalizar por primera vez ciertas experiencias, como la de oler, o enseñar algunas habilidades motoras. La sensación que se tiene es la de que se pierden los matices con la traducción al sistema verbal simbólico. El proceso referencial operaría en ambos sentidos, ya que no sólo nos permite poner palabras a lo que experimentamos, sino también comprender de manera vivencial las palabras que nos llegan de los demás.


Las imágenes tendrían un papel importante en la conexión entre los procesos subsimbólicos y los elementos verbales, ya que por un lado poseen características de la modalidad subsimbólica, como su especificidad sensorial, y por otro, al ser símbolos, o sea, elementos representacionales discretos, se relacionan con los símbolos verbales. Serían los categorizadores del sistema no verbal, ya que organizan las representaciones analógicas y facilitan la comunicación de los significados emocionales profundos. De hecho, cuando tratamos de comunicar verbalmente un sentimiento recurrimos a menudo a describir pormenorizadamente una imagen que nos ayude a evocar en el interlocutor la activación emocional subsimbólica que nosotros mismos sentimos.



Los esquemas emocionales


Si el proceso referencial es el mecanismo integrador fundamental del sistema de código múltiple, los esquemas emocionales serían las “estructuras organizadoras fundamentales de la vida emocional humana”. Además, se trataría de las estructuras psíquicas de las que se ocupa de manera central el psicoanálisis.


Los esquemas emocionales serían un tipo de esquemas de memoria que se desarrollarían a partir de la interacción con otros, en particular los cuidadores, desde el comienzo de la vida del individuo, y darían cuenta del conocimiento de uno mismo en relación con los demás. Bucci, basándose en autores relevantes en ciencia cognitiva, describe cualquier esquema de memoria como “una lente a través de la que se ve la realidad”, determinando cómo uno ve el mundo, y también susceptible de ser modificado por las percepciones que se captan. Cualquier esquema de memoria contiene componentes de los tres sistemas de procesamiento (subsimbólico, simbólico no verbal, y simbólico verbal), pero los esquemas emocionales incluyen predominantemente representaciones y procesos de experiencias sensoriales y corporales en formato subsimbólico.


Bucci describe dentro del esquema emocional el “núcleo afectivo”, que sería la base sobre la que el esquema se desarrolla, y que estaría compuesto por representaciones subsimbólicas sensoriales, somáticas y motoras. Este núcleo afectivo identifica y categoriza las experiencias emocionales, abstrayéndolas del contexto en el que se dan, de tal manera que se puede sentir lo mismo con personas o situaciones diferentes. Los objetos del esquema, o sea, las personas involucradas en él, estarían representadas en formato simbólico no verbal.  Los esquemas emocionales, que se reelaboran a lo largo de toda la vida, primero de forma no verbal y posteriormente también en modalidad verbal, permitirían el desarrollo de la representación de uno mismo y del propio mundo interpersonal.


Habría esquemas prototípicos de las personas importantes en la vida del sujeto, y esquemas prototípicos de uno mismo en relación con distintos objetos. Estos múltiples esquemas de uno mismo y de la relación con los otros pueden ser más o menos compatibles entre sí, mostrando un grado mayor o menor de integración. Así mismo, existen esquemas prototípicos de distintas emociones, a modo de “constelaciones de activación física y patrones de respuesta”, que se pueden relacionar con objetos distintos.


A modo de ejemplo, imaginemos un posible esquema emocional de miedo y sus componentes: los elementos de activación fisiológica del esquema (tensión muscular, aumento de tasa cardíaca, etc...) en formato subsimbólico; la representación del objeto del esquema integrada por elementos simbólicos como son una imagen (el escenario del salón del domicilio paterno y el padre que se acerca gritando con gesto amenazante), quizás algunas palabras (insultos, súplicas); el enunciado verbal "estar aterrorizado" que tal vez el sujeto creador del esquema asoció más tarde a la activación de éste. Observemos que también se puede tratar de un esquema prototípico del cuidador que tal vez compita en el psiquismo del sujeto junto a otros bien diferentes e incluso incompatibles. Pensemos además que también se trata de un esquema que incluye una imagen del sujeto como  aterrorizado, mientras que existirán quizás otros esquemas donde éste se visualiza como potente y capaz de enfrentar distintos peligros.


Bucci afirma que los conceptos de “representación de objeto internalizado” y de “relaciones de objeto” son formas de esquema emocional, así como el concepto de Stern de “representación de interacción generalizada (RIG)”, o el de Bowlby de “modelos de trabajo”, o el de Sullivan de “representación self-otro”. También se refiere a Damasio en el sentido de que aporta una base neurológica del constructo de esquema emocional con su noción de “representación disposicional”.


Considera la autora que el esquema emocional permite entender los procesos transferenciales, ya que el paciente “pone en juego con el analista las expectativas y respuestas encapsuladas en el esquema emocional (como el propio analista hace, tal vez de diferente forma, con el paciente)”.



La disociación en los esquemas emocionales


Que un cierto grado de disociación dentro y entre esquemas emocionales es inherente al psiquismo humano es una idea que Bucci repite en distintos lugares de su texto, ya que por definición el proceso referencial que relaciona lo simbólico y lo subsimbólico tiene ciertas limitaciones. Un “funcionamiento emocional adaptativo” se definiría en virtud de un grado de integración suficiente entre esquemas como para que “las experiencias vitales puedan ser evaluadas e identificadas como facilitadoras o perturbadoras de las funciones que sirven para mantener la vida, las funciones sensoriales y somáticas del núcleo afectivo”. Esta evaluación se produce muchas veces sin intervención de elementos ni verbales ni de imágenes. Como ejemplo, podemos pensar en el reconocimiento de una emoción en la cara de otra persona a través de los sentimientos que elicita en nosotros. Aquí nuestra evaluación y nuestra respuesta se produce a un nivel subsimbólico, sin intencionalidad. Para Bucci, cuando existe un buen nivel de adaptación, esta organización se construye y cambia, creándose nuevas conexiones y discriminaciones dentro de los elementos del sistema. Por ello, se postula que en los trastornos emocionales se produce un bloqueo de esta reorganización. El sujeto sería por ello incapaz de acceder y elaborar  la información y experiencia que posee y actuar de manera adaptativa, como en el caso de personas que de adultas se emparejan con otras que las maltratan y a las que siguen viendo como predominantemente amorosas, de la misma manera que tuvieron en la infancia que disociar esquemas que representaban a los padres como maltratadores para poder preservar su imagen como cuidadores.


La disociación entre componentes de los esquemas emocionales y la incapacidad de reparar esa disociación  implica una distorsión en la percepción y, consecuentemente, respuestas inadecuadas. Las distintas formas en que se manifiesta la patología se pueden relacionar con distintos niveles y grados de disociación y maneras distintas en que fracasan los intentos de reparar la disociación. El proceso que desemboca en patología, según la autora, comenzaría con una experiencia de temor, tan intenso o de tal condición que desencadenaría una activación cuya intensidad “incapacitaría al individuo para reconocer cuál es la fuente de peligro”.


Cuando el desarrollo del individuo es saludable, la relación con el cuidador permite manejar la activación emocional, desarrollándose mecanismos de autorregulación. Sin embargo, esta autorregulación puede resultar imposible de alcanzar cuando los estímulos son demasiado intensos, o la relación con el cuidador es incapaz de calmar o reparar, o es incluso la misma fuente de peligro. A continuación, Bucci pone un ejemplo del que deriva una definición de disociación en términos de la teoría del código múltiple: “el esquema de la madre como iracunda, activando una respuesta de terror o ira en el niño, es intolerable –tal vez por la intensidad de la activación, y también porque la madre es aquella persona a la que el bebé acude en busca de consuelo y protección en momentos de terror. El esquema de la madre como objeto de terror o ira es incompatible con el esquema de la madre como protectora”. Es posible que a partir de esta experiencia se den distintos tipos de disociación. Una de ellas sería la activación del núcleo afectivo de terror y sus respuestas asociadas (ataque o huida), sin que se pudiera reconocer el objeto que provoca el terror. Otra disociación consistiría en la posibilidad de que se activase una imagen de la madre como protectora sin que se experimentase el afecto de ser calmado que correspondería. Estarían así desconectados los componentes subsimbólicos del esquema emocional de terror (las respuestas fisiológicas al ataque), del componente simbólico (el objeto fuente del peligro).


De la misma manera, dice la autora, se desarrollarían los esquemas del self, de tal forma que, por ejemplo, se podría encontrar disociación entre un esquema de uno mismo como autónomo con un esquema de uno mismo como siendo amado por el otro.


Bucci recalca que la disociación sería el mecanismo básico que subyacería a la patología, considerando la represión como una categoría dentro de la disociación. Sería así posible tener conciencia de la activación fisiológica que acompaña al esquema emocional del miedo, y también de datos acerca de la propia historia que incluyen el trauma, pero ser incapaz de establecer una conexión entre ellos.


En este sentido, Bucci sintoniza con Bromberg (2), ya que cree que lo que él llama “representación self-otro” es equivalente al concepto de esquema emocional. También se considera de acuerdo con las teorizaciones de éste en cuanto a la etiología, ya que relaciona la patología adulta con la falta de relaciones humanas en la infancia que faciliten el manejo de los propios estados afectivos y fisiológicos. Así, prosigue la autora, lo importante no es el grado de activación per se, o la capacidad de regulación del individuo, o la relación interpersonal como tal, sino el balance entre todos ellos, ya que son las interacciones entre estos factores distintos las que determinarían la disociación, explicándose así porqué no todo el mundo que sufre una experiencia traumática desarrolla, por ejemplo, un trastorno por estrés postraumático, que supone una grave disociación entre esquemas afectivos.


Volviendo a la teorización de Bromberg, éste aportaría hipótesis clínicas más concretas, identificando la hiperactivación afectiva con la vergüenza, definida en palabras de Sullivan como “un ataque traumático sobre la identidad personal, [que]... de manera típica requiere de procesos disociativos para preservar el sentido de sí mismo”. Bucci, sin embargo, cree que la fuente de la hiperactivación emocional es más general, aludiendo a otras posibles distintas de la vergüenza, como la necesidad de preservar una imagen del cuidador como capaz de proteger al sujeto, o una imagen del propio sujeto como alguien que no siente rabia hacia su cuidador, o evitar sentirse abandonado...



También se plantea que el bloqueo que produce la disociación puede ser un efecto directo del trauma, siguiendo a LeDoux, ya que la activación de la ruta talámica dificultaría la activación de la ruta cortical. Este autor también sugiere que la disociación se podría dar en el ámbito de la memoria, por lo que en ésta no se conectaría la activación fisiológica con los recuerdos de la fuente del trauma. Otra hipótesis de LeDoux involucra el hipocampo, que sería incapaz, frente al estrés severo, de funcionar adecuadamente para permitir la creación de recuerdos. En este caso, habría que dejar de pensar que los recuerdos simbólicos (palabras, imágenes) de un suceso traumático han sido reprimidos ya que, más bien, nunca habrían existido, y por ello los recuerdos subsimbólicos se viven y recuerdan con mayor intensidad, sin posibilidad de ser conectados con su significado emocional. Es decir, que si la activación es demasiado intensa, puede que sea imposible que se desarrolle una adecuada relación del núcleo afectivo con un objeto.




Los intentos de manejar la hiperactivación afectiva


La disociación, una vez establecida, se mantiene gracias a mecanismos de evitación, ya sea mediante la huida física de la situación que se asocia al peligro, ya sea, de no ser posible lo anterior, mediante el desvío de la atención.


De nuevo se cita a Bromberg, el cual considera la disociación como un proceso hipnoide que aísla al sujeto de la experiencia de la interacción que provoca el dolor: ésta sería la defensa primaria, el sujeto sabe que algo ocurre pero no puede asignarle un significado ya que afectivamente es como si no le estuviera pasando a él. A partir de ahí, cada vez se amplía el sector de experiencia que ha de ser evitada, a pesar de lo cual, algunos elementos periféricos del esquema, que no se reconocen como tales, pueden activar el núcleo afectivo. Tal vez entonces el individuo interpretará los componentes de éste como síntomas, o tratará de dar algún sentido al estado de activación para saber porqué se siente de esa manera. Según Bucci, es aquí donde aparecen los intentos compensatorios de reparación, ya sea al tratar de curar los síntomas, o de hallar un significado substitutivo, intentos que por sí mismos pueden ser destructivos. El esquema puede expresarse a través del paso al acto de la conducta impulsiva, de la acción hacia el interior de la somatización, del desplazamiento del objeto que produce la activación como en la fobia, etc... Por lo tanto, la patología adopta una forma específica según dos factores: la disociación evitativa por una parte y el intento de curación o simbolización substitutiva, por el otro.


Tanto un factor como el otro impiden que se incorpore nueva información emocional y hacen imposible que operen los mecanismos adaptativos de evaluación. Así se define en términos psicológicos el círculo vicioso que describió Strachey. Cuando algún aspecto no reconocido de una situación activa un esquema doloroso disociado, es imposible distinguir una situación segura de la que no lo es, distinguir a una persona como diferente de la fuente de peligro, ni integrar componentes del esquema de uno mismo que se identifican como no-yo. El problema consiste en que la activación es real, ya que cuando se estimula un esquema en el recuerdo o en la fantasía, se produce una activación atenuada, así que si ese esquema está disociado, la nueva información que el sujeto toma del medio, al provocar tal activación dolorosa, refuerza la disociación, y con ella la evitación y los síntomas.  Por ejemplo, cuando en la evocación en el recuerdo del suceso traumático en el contexto del análisis el paciente vuelve a sufrir la activación emocional dolorosa, aunque sea en menor grado, de manera automática se activará una respuesta de huida, evitando volver a mencionar el tema, la profundización en algunos aspectos, incluso la propia terapia.


Bucci pasa a relacionar su concepción de disociación con la de miedo condicionado de LeDoux, según la cual un animal pasa a temer un estímulo que previamente carecía de significado. En la descripción que hace este autor de las consecuencias del miedo condicionado reconocemos los efectos de la disociación: el sujeto se “congela” en su vida, se vuelve evitativo, cualquier clave asociada al trauma dispara respuestas inadaptadas, lo que impide que lleve una vida normal... La respuesta es, además, muy difícil de extinguir, por el círculo vicioso ya descrito.


LeDoux y Gorman, en sus investigaciones con ratas, sacan conclusiones que según ellos podrían aportar alguna idea al tratamiento. En un experimento, una vez que la rata ha sido condicionada, se le permite, durante la presentación del estímulo condicionado, pasar a otra cámara que lleva asociada la finalización de éste. Para los autores, la capacidad de aprender esta respuesta supone que el flujo de información que sale del núcleo lateral de la amígdala hacia el núcleo central que desencadena la respuesta pasiva de miedo, se desvíe hacia el  núcleo basal de la amígdala que se proyecta en los circuitos motores. De esta manera, la rata, en vez de quedar paralizada, entra en acción, “sigue adelante con su vida”.


Por supuesto que los autores son precavidos acerca de la aplicación de estos resultados en humanos, pero aún así Bucci le encuentra una cierta utilidad. Para ella este modelo explica cómo algunos sujetos enfrentan traumas concretos llevando una vida muy activa, ya que la evitación lleva asociada una reparación eficaz que además aporta algunas recompensas. También es posible que estos sujetos tuvieran previamente unas “estructuras self-otros” (conceptos que usan Sullivan y Bromberg y que Bucci considera equivalentes al suyo de esquema emocional) tales que fueran capaces de utilizar las relaciones con los demás para regular la activación dolorosa.


Pero también existen otros individuos que pueden adoptar esta modalidad de forma caracterológica, por ejemplo convirtiéndose en adictos al trabajo. En algunos de estos casos, la fórmula funciona para el resto de la vida, pero puede suponer una seria limitación en la vida emocional de la persona ya que el psiquismo está permanentemente ocupado en mantenerse apartado de todos aquellos estímulos que puedan “disparar” el esquema que se teme. Por supuesto que cuanto más generalizable es la situación en la que ocurrió la aparición del estímulo condicionado, mayor será la limitación, y es posible que finalmente las nuevas situaciones a las que se ha escapado huyendo del estímulo condicionado, acaben evocando éste también. Llegados a este punto, LeDoux y Gorman opinan que se hace necesario recurrir a la desensibilización sistemática.


Bucci, sin embargo, se plantea cómo pueden los métodos psicoanalíticos resolver esta disociación. Para ello tratará de dar una explicación desde la teoría del código múltiple y después se referirá al trabajo de Bromberg.



Fases del proceso referencial y reconstrucción del esquema


Citando a Rycroft: “el objetivo del tratamiento psicoanalítico no es primordialmente hacer consciente lo inconsciente... sino restablecer la conexión entre funciones psíquicas disociadas de manera que el paciente cese de sentir que hay un antagonismo inherente entre sus capacidades imaginativas y adaptativas”, Bucci afirma que el tratamiento supone la integración de los esquemas disociados, es decir la reconexión de las representaciones de objeto de los esquemas emocionales (en formato simbólico), con los mecanismos del núcleo afectivo “que subyacen la satisfacción y supervivencia del organismo, que apoyan o interfieren las funciones de regulación de la vida y guían la acción” (en modalidad subsimbólica).


Recurriendo al concepto de proceso referencial, para que se produzca el cambio en el esquema emocional es necesario que se activen experiencias corporales y sensoriales (modalidad subsimbólica) en la sesión, que se conecten esas experiencias con imágenes y palabras (modalidades simbólicas no verbal y verbal), y que se reflexione sobre ese material. Este proceso conduciría a “un cambio en el significado emocional de las experiencias somáticas e imaginería, y la modulación de las respuestas corporales y emocionales”.


Bucci expone una “visión ampliada del proceso de libre asociación”, en la que al activarse  elementos periféricos de un esquema emocional, se activan imágenes y recuerdos de episodios que están conectados con él. Así aparecen materiales como fantasías, sueños o relatos que, junto con las interacciones entre paciente y analista, son metáforas que representan los esquemas distorsionados. En la medida en que pueda operar el proceso referencial, que se hagan conexiones, que avance la simbolización, el paciente mejora su capacidad de autorregulación.


La autora cree que este proceso tiene similitud con el referido por LeDoux y Gorman cuando describen cómo el cambio de la rata a una cámara distinta desvía el flujo de información hacia el circuito neuronal relacionado con la acción. Lo que resultaría distinto es que en el proceso asociativo del psicoanálisis, la “otra cámara” y las asociaciones que en ella se producen están también determinadas por los esquemas emocionales activados primeramente por lo que llevarán al paciente a una representación de éste. De esta manera las conexiones nuevas pueden producir una realimentación que modifique el esquema emocional activado, como ocurre cuando la experimentación de nuevas vivencias interpersonales en la transferencia modifica esquemas de relación en la vida del paciente. Por supuesto que esta descripción corresponde a un funcionamiento ideal del proceso referencial, pero existen muchos casos, como los que Bromberg describe, en los que la evitación es tan masiva que el proceso se bloquea. Al activarse las sensaciones dolorosas el paciente es incapaz de conectarse con las representaciones de la fuente de peligro que las ocasionan; y puede acabar evitando conectarse con el analista ya que percibe a éste como alguien que refuerza el dolor que él está tratando de evitar. De esta manera se hace enormemente dificultoso el proceso descrito que lleva de “la activación a la narrativa y a la reflexión”.


Bucci recurre aquí al fenómeno de la “comunicación emocional”, por el cual el paciente comunica al analista, a través de códigos subsimbólicos, aspectos del esquema emocional activado. Esta comunicación tiene la facultad de activar en el analista un esquema propio que idealmente no estará tan disociado como el del paciente, por lo que él sí podrá acceder a las representaciones de la modalidad simbólica sin que la activación que conlleva le resulte insoportable. En un primer momento el analista experimentaría una activación en un nivel subsimbólico, luego pasaría a hacer conexiones a nivel simbólico, todo ello dentro de sus propios esquemas emocionales, para finalmente poder hacer una “inferencia emocional” de la experiencia del paciente.


Desde esta formulación, el objetivo del analista se podría definir como el de intervenir de forma tal que permita que el paciente haga conexiones dentro del esquema disociado, y esto se lograría a través de distintas vías, por lo que podemos entender que haya diferentes intervenciones que funcionen ya que todas ellas estarían facilitando la conexión de la experiencia y del recuerdo con la modalidad simbólica. A partir de sus propias asociaciones, cada analista extraería sus propias imágenes, que tal vez, dice Bucci, sólo entienda de manera implícita.


El síntoma del paciente de Bromberg (3), William, es su torpeza intelectual, que él atribuye a un defecto genético (4). Este esquema emocional del déficit también se aprecia en la visión que tiene William de Bromberg como una persona con buenas intenciones pero limitada intelectualmente. Bromberg nos cuenta que el paciente no sale de esta disociación durante gran parte del tratamiento. La intervención de Bromberg consiste en subrayar, en la experiencia de la interacción, los momentos en que se encuentra bajo la impresión de sentir que William no está disociando. Los sentimientos de Bromberg serían aquí marcadores que le permiten identificar que experimenta a su paciente de una manera particular. Con el tiempo y la repetición de las intervenciones esto tiene su efecto: William empieza a dejar de sentir las palabras de su analista como vacías, y a convertirse en un compañero que escucha y compara la percepción de su analista con la suya propia. Bromberg está convencido de que su paciente puede adoptar ese rol nuevo en el tratamiento cuando su analista expresa con palabras la experiencia afectiva de la relación entre ellos en vez de limitarse a comunicar “ideas”. Sólo desde este campo compartido de la experiencia perceptual y afectiva se pueden producir ideas que permitan asociar el pasado y el presente.


Bromberg relata una sesión en la que William hace un cierto movimiento a la modalidad simbólica a través de un comentario humorístico que es en realidad una metáfora de su esquema emocional, incomprensible para él mismo, pero comprensible en términos transferenciales: “la imagen vívida del tonto del pueblo que no entendía la diferencia entre incesto e incendio premeditado y que tristemente prendió fuego a su hermana”.


El hecho de que pudiera reconocer que la imagen hacía referencia al analista supone ya una cierta integración de los componentes subsimbólicos del esquema con sus objetos, así como una conexión con el otro presente (Bromberg), pero todo ello ocurre sin que el paciente pueda acceder al significado del esquema activado. Sin embargo, el proceso referencial puede continuar avanzando porque hay un nuevo contexto interpersonal. Y es en este punto donde hay que resaltar la hipótesis clínica específica de Bromberg: la de que la vergüenza se exacerba por la intrusión del terapeuta, y que es éste el que tiene que acabar reparándola para curar la disociación. Se trataría de invertir el proceso que dio lugar al esquema disociado: en el desarrollo del sujeto resulta intolerable que el objeto sea a la vez atacante y protector; de la misma manera esto ocurre en la terapia, y sólo puede empezar a cambiar cuando el paciente alcanza a diferenciar lo que tiene de novedoso desde el punto de vista relacional la nueva situación.


A partir de la viñeta clínica de Bromberg, Bucci trata de integrar la perspectiva clínica, la cognitiva y la de la neurociencia. El hecho de que las palabras del analista (expresando sus percepciones) encajaran con el estado de activación del paciente es una descripción de un proceso referencial en el que son evidentes las funciones de relación interpersonal. También puede relacionarse con la formulación de LeDoux (a partir de hipótesis de  Kihlstrom) acerca de los factores necesarios para que una experiencia emocional llegue a ser consciente. Han de coincidir en la memoria a corto plazo tres tipos de representaciones: las representaciones del acontecimiento (estímulo); las representaciones afectivas activadas por las representaciones del estímulo; y las representaciones del self. Es decir, tendrían que encontrarse en la memoria de trabajo la representación del estímulo, los recuerdos activados por éste, y la activación de la amígdala, para que así pueda darse una experiencia emocional. A partir de aquí, Bucci afirma:


“Mi propuesta es que esta formulación, que corresponde a lo que yo llamo el proceso referencial, es el proceso central por el cual el afecto es regulado, la disociación reparada y la integración de los esquemas emocionales con el estado del self se produce potencialmente, de tal manera que el proceso evaluativo de las emociones puede funcionar de manera adaptativa. Existe evidencia en este sentido en la investigación psicológica y psicoanalítica y también en la investigación neurofisiológica.”


Finalmente, Bucci propone una serie de preguntas psicológicas necesarias para desarrollar un marco teórico que permita explicar la disociación y su reparación desde el punto de vista psicoanalítico y psicológico, y que abordan un importante espectro de problemas:


- Niveles y tipos de disociación con sus etiologías y consecuencias, y relaciones entre ellos. Recordemos que Bucci propone dos tipos: dentro de los esquemas (entre componentes subsimbólicos y simbólicos) y entre esquemas (entre múltiples esquemas de los otros y del self)


- La integración como inherentemente parcial y limitada, una especie de disociación connatural al funcionamiento del psiquismo, y su diferencia con la disociación patológica.


- La relación entre disociación y represión, y la relación entre disociación y conciencia.


- El lugar del conflicto en esta formulación


- La relación entre la disociación y el sentido del self


- La reparación de la disociación en el tratamiento, lo que implica también preguntarse acerca de cuestiones como el conocimiento y la regulación de las emociones, el papel de la memoria de trabajo y la necesidad o no de conciencia de la experiencia emocional para que se produzca el cambio terapéutico.


- La implicación cortical, de lóbulo frontal y de activación del hipocampo en la experiencia emocional y en el proceso de cambio terapéutico.


Cree la autora en la necesidad de que desde los distintos campos (la neurociencia, el psicoanálisis, la ciencia cognitiva), con las diferentes metodologías, se puedan ir dando respuestas a todas estas preguntas y avanzando en la integración de los distintos enfoques. 


 


NOTAS


(1) Joseph LeDoux es neurocientífico y profesor en el Center for Neural Sciencie de la New York University. Sus investigaciones acerca de las bases neuronales de las emociones, especialmente del miedo, están plasmadas en obras como The emotional brain: The mysterious underpinnings of emotional life, publicado en Nueva York  en 1996 por  Simon & Schuster.


(2) Philip M. Bromberg, miembro del William Alanson White Psychoanalytic Institute, y profesor en la New York University, es un representante de la corriente interpersonal en psicoanálisis. Autor de Standing in the spaces: essays on clinical process, trauma, and dissociation (The Analytic Press, 1998), pertenece a la International Society for the Study of Dissociation.


(3) “Something wicked this way comes. Trauma, dissociation, and conflict: The space where psychoanalysis, cognitive science, and neuroscience overlap”.  Psychoanalytic Psychology 2003, 20, 558-574.


(4) Así nos describe Bromberg a su paciente: “(...) un hombre de inteligencia superior que, cuando niño, había sido humillado por su hermana mayor que le trataba como un objeto sexual, y que había sobrevivido a esa experiencia mediante una importante disociación. Según fue creciendo, acabó por creer que la razón por la que no podía hacer un uso íntegro de su mente ni podía pensar claramente estaba localizada en un defecto genético (...) [más tarde en el tratamiento] una parte de sí empezó a tomar en serio la posibilidad de que lo que él consideraba su incapacidad intelectual pudiera estar relacionada con la necesidad que tuvo de niño de asegurarse de que su mente nunca volvería a estar expuesta a ser inundada por más [estimulación] de la que pudiera manejar y que su extraña ausencia de sentimientos hacia su hermana podía relacionarse con esto (...)”

 

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