La teoría de la bio-retroalimentación (biofeedback) social como explicación de la regulación afectiva del niño por parte de los padres [Gergely, G. y Watson, J., 1996]

Publicado en la revista nº017

Autor: Perea, Ariel


Artículo: Gergely, G. and Watson J. (1996). The social biofeedback theory of parental affect-mirroring: the development of emotional self-awareness and self-control in infancy   (La teoría de la bio-retroalimentación (bio-feedback) social del reflejo parental del afecto: el desarrollo de la autoconciencia emocional y del autocontrol en la infancia). Int. J. Psycho-Anal. 77, 1181-1212








En este artículo los autores argumentan a favor de la existencia de una serie de mecanismos psicológicos que estarían detrás del fenómeno de la capacidad de los padres para reflejar  las emociones del infante, y plantean que es este reflejo exterior, que el infante recibe respecto de sus estados emocionales, lo que permite a éste aprehender éstos y regularlos. Hacen una propuesta desde su propia teoría pero sin dejar de comentar importantes paralelismos con lo descubierto en diversas aproximaciones psicodinámicas.







 





A) El desarrollo emocional desde la perspectiva de la teoría de la mente.





Los autores comienzan el artículo destacando algunas contribuciones hechas por otros investigadores y referidas al esclarecimiento de la naturaleza y origen de la capacidad para atribuir estados mentales a otros como causa de las conductas de éstos. Una idea que destacan es que, siguiendo a Dennett (1987), esta capacidad es una adquisición evolutiva adaptativa, y tiene como función ayudar a predecir la conducta de los demás, es la llamada por este autor “actitud intencional”, o sea, atribución de intenciones al otro.





Luego abordan el problema de cómo y desde cuándo los infantes comienzan a desarrollar la capacidad para identificar y atribuir estados mentales a otros, así como también a ellos mismos. Mencionan que hay autores que se decantan por la introspección directa como medio que tienen los infantes para acceder a los propios estados mentales, y que utilizan la inferencia para acceder indirectamente a los estados mentales de los demás. Dicen, sin embargo, que otros consideran que tanto los estados mentales propios como los ajenos son inferidos.


A continuación Gergely y Watson se preguntan por el momento durante el cual los niños adoptan por vez primera la “postura intencional”, es decir,  empiezan a inferir estados mentales en otros. Plantean que hacia el final del primer año aparecería una habilidad para atribuir algunos tipos de estados mentales a otros, por ejemplo estados de atención por parte del adulto, o estados emocionales.



Destacan, por otro lado, que para ellos la perspectiva de la teoría de la mente es relevante a la hora de explicar la atribución de estados mentales a otros. Si bien esta teoría se ha centrado fundamentalmente en creencias y deseos, los autores consideran que las emociones también pertenecen a la categoría de estados mentales intencionales, y nos son útiles para explicarnos y predecir conductas. Las emociones, según ellos, pueden ser consideradas actitudes mentales, ya que al atribuir una emoción a otro al mismo tiempo le atribuimos una información disposicional –disposición a actuar de determinada manera- lo cual nos ayuda a generar predicciones sobre su conducta futura.

Según los autores las cuestiones principales a responder por una psicología del desarrollo emocional, desde el punto de vista de la teoría de la mente, son: (a) cómo llegan los infantes a conocer el contenido disposicional de las emociones, es decir, qué conductas se derivan de ellas (alejarse, aproximarse, remover un obstáculo); (b) cómo identifican a qué hace referencia un estado emocional; (c) cuándo empiezan a atribuir ambos tipos de información a otras mentes como apoyo para sus razonamientos sobre las conductas de los demás; (d) cómo llegan a conocer las condiciones bajo las cuales la atribución de emociones a otros, o a ellos mismos, está justificada.

Concluyen este apartado destacando algunas cualidades que diferencian a las emociones de otros estados mentales intencionales. Destacan  que pueden ser inferidas más fácilmente en otra persona, ya que se acompañan de expresiones faciales llamativas, de cambios fisiológicos y sentimientos que facilitan la autoatribución, y hay evidencia de que algunas emociones son universales e innatas.  Considerando esto, los autores se preguntan si las emociones no estarían dentro de los primeros estados mentales que los infantes atribuyen a las mentes.

  


B) Atribución de estados emocionales basada en la imitación: la hipótesis de Meltzoff-Gopnik.  


En este apartado Gergely y Watson presentan una revisión crítica de esta hipótesis que postula la existencia de mecanismos innatos que permiten la atribución de estados emocionales a otros desde el comienzo de la vida. La hipótesis se fundamenta en: a) la inclinación, en recién nacidos, a imitar algunos gestos faciales; b) la premisa sobre la existencia de emociones primarias innatas que se expresan a través de movimientos musculares faciales predeterminados; c) la existencia de conexiones bidireccionales predeterminadas entre expresiones emocionales faciales y estados emocionales fisiológicos diferenciados. Uniendo estas tres condiciones, cuando el infante imita expresiones emocionales faciales, automáticamente se activarían los correspondientes estados emocionales corporales en él mismo. De esta forma al estado emocional propio se accede por introspección, y el afecto experimentado es luego atribuido a la mente del otro.



Aquí Gergely y Watson hacen notar que no hay evidencia directa de que las emociones innatas diferenciadas activen automáticamente sentimientos conscientes correspondientes. Es más, afirman que estos últimos sólo aparecen después de algunos meses gracias al desarrollo cognitivo y al proceso de socialización.


A continuación destacan que la hipótesis de Meltzoff-Gopnik se ve obligada a postular otra serie de supuestos innatistas: por ejemplo, la capacidad de atribuir el estado emocional, generado en uno mismo por imitación, a la mente del otro.


Pero hay un aspecto fundamental frente al cual esta hipótesis se vería llevada a asumir nuevamente postulados innatistas más difíciles de sostener, y que Gergely y Watson no pueden dejar de considerar desde el punto de vista de la teoría de la mente. Se refieren a que el bebé no sólo experimenta diversas cualidades fenoménicas de los estados emocionales, sino que además se hace consciente de los contenidos disposicionales (tendencia a realizar ciertas conductas) correspondientes a estos estados emocionales. Si no fuese así, puntualizan, los estados emocionales no servirían a la función evolutiva vital que entraña la “actitud intencional”: ayudar al infante a predecir la conducta de los otros. El supuesto del modelo de Meltzoff-Gopnik, que critican los autores, es que los infantes desde el nacimiento tendrían un acceso introspectivo directo a sus estados emocionales internos.  En relación con esto, Gergely y Watson plantean otra postura que apunta más bien a que en un estado inicial el infante no es sensible a señales internas de su propio ser que pudieran ser indicativas de categorías de emoción diferenciadas.


 


C) Sensibilidad inicial a estímulos internos versus externos.


Si bien los autores sostienen que no hay razones para afirmar que el infante al nacer pueda reconocer contenidos disposicionales, o sea, reconocer la tendencia a ciertas conductas correspondientes a ciertos estados emocionales, no niegan la posibilidad de que existan complejas organizaciones conductuales predeterminadas, las cuales se activan bajo condiciones específicas, cuya información esta representada de forma implícita, como conocimiento procedimental, y por lo tanto inaccesible cognitivamente para el infante a edad temprana.



Los autores proponen que el contenido disposicional de las emociones se aprende observando las manifestaciones de afecto provenientes de otros y que van asociadas a situaciones y a conductas que las acompañan: el adulto presenta determinado estado emocional al que acompaña una conducta en particular. Así el niño aprende que el estado afectivo implica una disposición a actuar de determinada manera.


 Una consecuencia de esta propuesta, dicen, es que toma distancia de un supuesto que afirma que el infante al comienzo de la vida es más receptivo a estímulos internos que a externos. Gergely y Watson hipotetizan que al nacer el sistema perceptivo muestra un sesgo hacia la exploración del mundo externo y construye sus representaciones de acuerdo a estímulos exteroceptivos. Agregan que los estímulos viscerales y propioceptivos, que acompañan la expresión de emociones, no son percibidos conscientemente en un comienzo como constituyendo un estado emocional diferenciado. La cuestión que surge, destacan, es cómo se desarrolla la conciencia y representación de estas señales internas como indicadoras de estados emocionales diferenciados. Aquí proponen que en la especie humana existe una propensión en los adultos a reflejar, especularizar, de forma facial y vocal, las expresiones emocionales del infante durante interacciones que tienen por finalidad la regulación de afectos del infante, lo que les conducirá a postular que es a través del adulto -alguien externo- que el lactante será capaz de reconocer estados emocionales propios.


 


D) El desarrollo emocional durante el primer año de vida.


Comienzan este apartado destacando que la evidencia acumulada por la psicología evolutiva ha cambiado la visión que teníamos del estado inicial del infante. Actualmente, dicen, está ampliamente aceptado que el infante nace con una serie de capacidades perceptivas, representacionales y de aprendizaje complejas, estando además específicamente preparado para interactuar con la estructura del mundo físico y social. Comentan que este cambio de perspectiva se muestra también en la investigación sobre el desarrollo emocional temprano. En relación a este último, los autores destacan algunos hallazgos que pasan luego a sintetizar en algunos puntos. Destacan que durante el primer año de vida los niños: (a) muestran una tendencia innata a expresar automáticamente sus estados emocionales; (b) son sensibles a la estructura contingente de la comunicación afectiva cara a cara, es decir, a  respuestas por parte del adulto que están relacionadas de manera sistemática, no al azar, con las conductas del niño; (c) pueden discriminar patrones faciales discretos correspondientes a expresiones emocionales; (d) son, en gran medida, dependientes de las interacciones reguladoras de afecto provenientes de los padres, como medio para su propia autorregulación emocional; (e) la cualidad de sus estados afectivos, y de sus reacciones autorreguladoras, están fuertemente influidas por las características de las conductas comunicacionales afectivas de los padres.


Señalan que hacia el término del primer año se puede observar la emergencia de aptitudes comunicacionales conductuales cualitativamente nuevas, indicadoras de un nuevo nivel de conciencia emocional y de control emocional. Por otro lado, agregan, también se pueden constatar inicios de comprensión, atribución y razonamiento sobre estados emocionales. Destacan, por ejemplo, la capacidad para inhibir la expresión de un afecto negativo. Describen una forma temprana de autorregulación instrumental de la conducta afectiva, llamada de “referencia social”, en que los niños, encontrándose en una situación que no pueden decidir, por ejemplo atravesar o no un lugar peligroso, buscan en la cara del adulto una referencia de qué hacer.


Los autores dicen que el mecanismo subyacente es poco claro. Algunos hablan de condicionamiento operante, otros de los primeros signos de una emergente teoría de la mente en el infante. Los autores señalan que la “referencia social” aparece junto a otras formas de comunicación intencional, como por ejemplo la manipulación voluntaria de la atención de los demás.


Los autores comentan que está demostrada también, hacia el final del primer año, una habilidad emergente para razonar sobre conductas basándose en un estado emocional atribuido. Señalan que este es un nivel de representación de emociones cualitativamente diferente al más primario, implícito, procedimental, de las representaciones correspondientes a automatismos innatos predeterminados de algunas emociones básicas.


 





E) Niveles de representación de estados del self: procesos automáticos versus controlados. 





Los autores, partiendo de la distinción entre procesos automatizados y procesos controlados, comienzan señalando que dentro de su modelo conciben las emociones primarias del infante como automatismos sobre los cuales el infante no tiene control. En este primer momento la regulación afectiva del infante corre a cargo del cuidador. El autocontrol emocional sólo será posible, dicen, con el establecimiento de estructuras secundarias de control que puedan monitorizar, detectar y evaluar el nivel primario de cambios afectivos, y que, por otro lado, puedan inhibir o modificar la reacción emocional si el automatismo afectivo anticipado pone en peligro planes cognitivos de más alto nivel.





 





F) El modelo de bio-retroalimentación (bio-feedback) social del reflejo de afecto parental.





En este apartado los autores proponen que la presentación repetitiva de un reflejo externo por parte del adulto de la expresión afectiva del infante posee una función vital de enseñanza, la que tiene como consecuencia una sensibilización gradual en el infante a las señales de sus estados internos relevantes, así como una identificación de un conjunto correcto de estímulos internos, que se corresponderían con la categoría emocional diferenciada que el bebé está experimentando. Como resultado de este proceso, mediatizado por el adulto, es que el infante finalmente desarrollará una conciencia de señales internas diferenciadas e indicativas de estados emocionales diferenciados, y le será posible detectar y representarse sus propios estados emocionales disposicionales  particulares.





A continuación se preguntan de qué manera es esto posible, y acuden a la similitud que lo anterior tiene con los procedimientos de entrenamiento en bio-retroalimentación (bio-feedback) donde el sujeto se hace sensible a ciertos estados internos, e incluso llega a controlarlos – por ejemplo: observando un monitor que indica la presión arterial, se logra controlar a ésta. Entonces los autores proponen la hipótesis de que en el reflejo que el adulto realiza del estado emocional del niño funciona el mismo proceso, a modo de  un entrenamiento en bio-retroalimentación (bio-feedback) social y natural, y que los mecanismos de aprendizaje subyacentes son los de detección de contingencias y de maximización de la contingencia. Mecanismos específicamente estudiados por Watson.





 





G) Detección de contingencias





Los autores destacan que Watson (1972, 1979, 1985, 1994) ha aportado evidencias que sugieren la existencia de un mecanismo de aprendizaje perceptivo complejo. Este mecanismo, dicen los autores, tiene como función analizar las relaciones de contingencia entre respuestas del niño y eventos que actúan como estímulos. Niños de dos meses incrementan la frecuencia con que mueven  las piernas cuando esto es seguido por el movimiento de un móvil encima de sus cunas. Esto sugiere que los bebés pequeños son capaces de detectar relaciones de contingencia (una conducta de ellos tiene relación sistemática con un evento externo) y que esta experiencia de control causal sobre un evento externo les activa.  Watson (1994) muestra, además, que a partir de los tres meses los infantes están motivados para explorar grados altos, como también imperfectos, de contingencias respuesta-estímulo, mostrados típicamente por los objetos sociales. Esto, junto al hecho de que altos grados de control contingente desembocan en respuestas sociales como sonrisas, indica, según los autores, que la detección de contingencias puede ser el mecanismo fundamental en la identificación de objetos sociales y en el apego social temprano (Watson, 1972,1985).





 





H) La detección de contingencias como mecanismo que subyace al entrenamiento en bio- retroalimentación (bio-feedback) y al reflejo parental del afecto.





Proponen que una de las funciones del mecanismo delineado anteriormente interviene en la sensibilización a señales de estados internos en el entrenamiento en bio-retroalimentación (bio-feedback). De forma similar plantean la hipótesis de que el proceso del desarrollo que lleva a la sensibilización a señales, y categorización de señales de estados emocionales en el propio self, como función del reflejo parental del afecto, también está mediado por el mismo mecanismo de detección de contingencias, o sea, establecimiento de una relación de cierta sistematicidad entre sus propios estados y los del adulto.





Describen cómo la aparición de un estado emocional en el bebé es seguido de dos tipos de consecuencias automáticas: por un lado, induce un conjunto de cambios de estado fisiológicos y, por otro, desencadena una expresión conductual correspondiente a la emoción misma. Esto último produce, a su vez, un conjunto de estímulos internos (propioceptivos) que muestran variación contingente con el estado interno original.





Comentan que estas señales consideradas de forma aislada tienen un bajo grado de validez predictiva en relación al estado original, ya que podrían ser evocadas también por la presencia de otros estados internos. Sin embargo, plantean que, según otros autores, hay evidencia de que existe un conjunto de estados emocionales básicos que inducen la activación de patrones diferenciados de señales de estado interno, como también configuraciones diferenciadas de señales expresivas conductuales. Esto hace que la validez predictiva de estas señales, combinadas en grupo, sea altamente indicadora de la presencia de un estado emocional subyacente. Sin embargo, dicen, anteriormente se había hipotetizado que el infante no era consciente en un comienzo de conjuntos de señales de estado internas. Para esto, para que el infante logre detectar y atribuir sus propios estados emocionales internos a sí mismo, tiene que tornarse sensible y categorizar el grupo de señales de estado internas relevantes que covarían con el estado disposicional interno. Este es un proceso de aprendizaje que se hace posible gracias a la provisión intuitiva, por parte de los padres, de una señal bio-retroalimentada externa del estado contingente, en forma de reflejo empático  del estado emocional expresado por el infante.





Según la visión de los autores, los cuidadores, que a diferencia del bebé, están capacitados para leer e interpretar la expresión  facial, vocal o postural de las emociones o afectos del bebé, producirán conductas interactivas moduladoras de afecto que incluirán la producción repetida de un reflejo externo de las expresiones afectivas del bebé, contingente (dependiente, relacionado) con el estado emocional disposicional del infante. El niño se angustia y aparece -contingencia en el tiempo- un afecto categorialmente similar en el adulto aunque el adulto no reproduce el afecto del bebé tal como éste lo experimenta, lo que tendrá consecuencias a las que los autores se refieren más adelante.





 





I) El reflejo parental del afecto y la regulación continua de los estados emocionales.





Los autores comienzan preguntándose en qué medida el reflejo por parte de los padres del afecto del infante tiene en realidad un efecto causal en la modulación del estado emocional de éste, ya que suele producirse imbricado con otras conductas parentales que tienen el mismo fin. Por otro lado, comentan lo paradójico que puede parecer a algunos investigadores el hecho de que el despliegue de un afecto negativo por parte del adulto (incluso de uno que tenga por fin reflejar una emoción con el objetivo de regular el estado emocional del infante) pueda disminuir el estado emocional negativo del infante. Señalan que también podría parecer a algunos que los reflejos parentales del afecto fuesen sólo subproductos, consecuencia del reconocimiento emocional del bebé y de la identificación empática del adulto con el estado afectivo de aquél, lo cual a su vez llevaría a actividades reguladoras de afecto efectivas como el “holding”.


Para los autores, sin embargo, las conductas de reflejo parental del afecto sí tienen un papel importante durante las interacciones reguladoras de afecto del infante, en la modificación del estado emocional de éste. Además argumentan a favor de que el proceso de detección de contingencias contribuye a esta regulación de afectos.


Abordan la cuestión de cómo se explica que un afecto negativo proveniente de la madre o del padre pueda hacer disminuir el estado emocional negativo del infante. Resaltan una característica de estas interacciones, específicamente el hecho de que la madre o el padre no acompañan de forma continuada la expresión emocional del infante, sino que lo hacen de forma cíclica, a ratos reflejando empáticamente el estado emocional del infante y a ratos no haciéndolo. Esto puede ser consecuencia de la naturaleza de la identificación empática con el estado emocional del otro, ya que las expresiones emocionales empáticas tienden a manifestarse como actos comunicativos o gestos, breves. Aquí los autores apuntan a que esta estructura temporal de las interacciones de reflejo tiene consecuencias cuando se la considera desde el punto de vista del análisis de contingencias. Señalan que hay otras fuentes de regulación del afecto que resultan del análisis de contingencia del infante. Por ejemplo, la experiencia de eficacia causal al controlar y hacer surgir el reflejo parental del afecto produce en el infante un afecto placentero que contrarresta, por inhibición recíproca, al afecto negativo.


Otro aspecto que destacan los autores, como asociado al funcionamiento del proceso de detección de contingencias, es que el infante se va a experimentar en este proceso como un agente causal activo en la regulación de su estado emocional y va a favorecer el establecimiento de un sentido del self como agente autorregulador.










J) Las consecuencias representacionales del reflejo parental del afecto: la hipótesis del “marcaje” (“markedness”).





El problema fundamental que los autores abordan en este apartado es cómo el bebé llega a conocer que el estado disposicional, expresado por una manifestación emocional externa expresada por el otro, y que pareciera estar controlando el propio bebé, le pertenece a él,  y no al adulto, que al final de cuentas es el que lo está expresando. Aquí los autores señalan que este problema atributivo se soluciona con un rasgo perceptual específico de la expresión parental del afecto al que llaman  “marcaje” (“markedness). La madre o el padre, al mismo tiempo que imitan la expresión emocional del bebé (por ejemplo, pone cara de compungida/o), muestran algo que no es exactamente igual al estado afectivo del bebe, por ejemplo dicen, sin el mismo grado de sufrimiento, “pobrecito”, y con una cualidad en la entonación que “marca” como diferente a su reflejo del estado emocional del bebé. El bebé capta este reflejo parcial de su estado de ánimo, pero el hecho de que en el adulto haya ya una modificación hace que el reflejo parental así modificado sea modulador del afecto en el bebé. El término “marca” utilizado por los autores alude que el adulto imprime, marca, al reflejar el estado afectivo del bebé, un elemento que no estaba en el estado afectivo de éste. Lo que devuelve al bebé ya tiene la “marca” modificatoria dada por el adulto.





A continuación analizan la estructura de las interacciones donde se produce, gracias al reflejo parental, la regulación del afecto, con la idea de especificar aquellos aspectos del estímulo reflejado que permiten al infante interpretar la cara parental que refleja como representando su propio estado. Resaltan en primer lugar que, a diferencia del reflejo proveniente de un espejo, el reflejo parental no es perfectamente contingente con los rasgos visuales o con la conducta del infante. Y esto, destacan los autores, es una diferencia crucial, ya que habiendo evidencia de que el infante es muy sensible a la distinción entre grados de contingencias respuestas-estímulos, contingencias perfectas versus contingencias elevadas pero imperfectas, utiliza esta información para categorizar estímulos como pertenecientes al self, o por el contrario a un objeto social. En segundo lugar comentan que si el adulto reflejase el afecto del bebé de forma muy realista se correría el riesgo de que el bebé hiciese una atribución errónea atribuyendo el estado emocional disposicional al adulto en vez de a sí mismo. Para salvar esta dificultad los autores postulan que las madres, de forma instintiva, se ven llevadas a “marcar” de forma exagerada sus conductas de reflejo de afecto, diferenciándolas de sus expresiones emocionales propias, realistas. Sin embargo, continúan, esta expresión exagerada debe ser lo suficientemente similar a las expresiones más normales para que el bebé pueda reconocer el contenido disposicional de la correspondiente emoción. Aquí los autores hipotetizan que, debido al “marcaje”, la atribución al adulto de la emoción percibida será inhibida. A este proceso lo llaman “desacoplamiento referencial”. Ahora bien, una vez ocurrido este desacoplamiento, la emoción necesita ser interpretada por el bebé como expresando la emoción de alguien, el llamado por ellos “anclaje referencial”. Esto ocurre, según los autores, gracias al sistema de detección de contingencias entre el reflejo parental y la conducta emocional del infante. Como resultado el infante anclará referencialmente el reflejo “marcado” en sí mismo, como expresión de su propio estado del self.





Desde la perspectiva de los autores, los infantes experimentan los despliegues emocionales de los demás de dos formas diferentes a lo largo del tiempo, de una forma realista y de una forma “marcada”. Los autores hipotetizan que estas dos versiones son cualitativamente diferentes, no sólo por las diferencias  perceptivas sino por dos características más. Por un lado, las señales situacionales, las conductas, y los estados disposicionales percibidos serán cualitativamente diferentes en uno y otro caso, de forma que en vez de, por ejemplo, experimentar las consecuencias conductuales y emocionales negativas asociadas a una ira realista proveniente del adulto, experimentará un resultado positivo, regulador del afecto, cuando se trate de un reflejo “marcado” de su propia ira. Por otro lado, serán diferentes en términos de las relaciones de contingencia relativas a la actividad del infante. En este sentido, señalan los autores, las expresiones emocionales realistas provenientes del adulto estarán menos sujetas al control contingente del infante. La versión “marcada” será producida en respuesta a la expresión emocional del infante.





Los autores hipotetizan que en el desarrollo normal, las transformaciones conductuales que distinguen a la versión “marcada” de la realista, quedarán establecidas en forma de un código comunicacional generalizado.





En relación con el reflejo parental, los autores hipotetizan que el infante construye una representación separada de él, a modo de una estructura representacional secundaria, aunque conservando un vínculo asociativo con el nivel primario de los estados afectivos del bebé. De esta forma la aparición de un estado emocional resulta en una activación automática de una especie de representación emocional “proto-simbólica” secundaria, que le permite al bebé atribuirse un estado emocional disposicional a sí mismo.





 





K) Implicaciones para la psicopatología evolutiva y para las intervenciones terapéuticas.





Una vez los autores han presentado su modelo desde la perspectiva de la teoría del desarrollo cognitivo del desarrollo emocional normal, discuten algunas implicaciones del modelo para la clínica, intentando integrar su modelo con acercamientos psicodinámicos al fenómeno del reflejo, desarrollados por ejemplo en la teoría de las relaciones objetales y en la teoría del apego.





Primero señalan que su modelo postula un sistema biosocial complejo, donde el infante se ve llevado instintivamente a expresar conductualmente sus cambios de estado afectivos. Por otro lado la madre se ve llevada, también instintivamente, a reflejar de forma “marcada” las conductas expresivas del estado del infante. Este sistema, dicen, contribuiría a la regulación homeostática de los cambios dinámicos de estado afectivos, y por otro lado produciría una internalización de la función reguladora de afecto de la madre, a través del establecimiento de representaciones secundarias de los estados emocionales primarios del infante.





Comentan que este modelo es cercano a la descripción que ciertos modelos psicodinámicos hacen de las funciones del ambiente maternal desarrollados por la teoría del apego, de las relaciones objetales, de la psicología del self y de la teoría del desarrollo orientada analíticamente. Todas estas perspectivas, dicen, enfatizan el papel vital y causal que tiene, en el desarrollo psíquico temprano del infante, la inclinación y habilidad de la madre, determinadas biológicamente, para leer, modular y reflejar las conductas expresivas de estado del infante. Además de la satisfacción de necesidades, y de la regulación del estado del bebé, contribuyen a la construcción de su estructura psíquica y a la emergencia de una autoconciencia emocional y de control.





Señalan que, a diferencia de otros modelos, el de ellos sí intenta especificar el mecanismo psicológico que subyace a alguno de los efectos del ambiente maternal reflejador del afecto, tal como se presenta en la función de holding de Winnicott, en la función materna de especularización planteada por Kohut, o en la de madre contenedora de Bion.


 


L) Consecuencias normales y patológicas del reflejo de afecto.


Comienzan este apartado resumiendo algunas consecuencias de su modelo para el desarrollo normal. En primer lugar destacan que, debido al carácter de “marcaje” del reflejo, el afecto expresado por el cuidador es desacoplado de éste, el bebé no lo considera ya como un afecto realmente existente en el adulto. En segundo lugar, como resultado del alto grado de contingencia (correspondencia) entre el estado emocional del infante y el carácter “marcado” del reflejo de afecto, la emoción expresada va a ser anclada referencialmente en el bebé, el bebé capta que no es un estado afectivo real en el adulto sino que éste le está señalando que lo que hace es reflejar un estado afectivo de él mismo. En tercer lugar, el infante establecerá una representación separada de la expresión emocional marcada del adulto, la cual quedará asociada al estado emocional primario, implícito y procedimental del bebé. Por último, debido a la similitud y a la identidad categorial (misma categoría de afecto) con la correspondiente expresión emocional realista del adulto, la representación emocional marcada internalizada contendrá la información disposicional (tendencia a ciertas acciones) ya ligada a la expresión emocional realista del adulto. El bebé será capaz de representar su estado emocional y la tendencia disposicional (qué hará) por sentir ese estado emocional.


Considerando lo anterior, los autores, identifican tipos estructurales de estilos de reflejo desviados que pueden resultar patológicos. Específicamente analizan dos casos: la de una falta selectiva de “marcación” y la de una falta de “congruencia categorial”. Congruencia categorial se refiere al mismo tipo de afecto en el lactante y el adulto, por ejemplo, ambos con ira o con susto.



Analizan, por ejemplo, el caso en que los padres reaccionan a la expresión de afecto negativo del infante con una expresión emocional congruente categorialmente, pero de una forma no “marcada”, es decir  ellos de manera real sienten el mismo afecto negativo del infante. Las consecuencias serían, según los autores, que no habría desacoplamiento del adulto (el afecto es sentido como perteneciente al adulto), ni anclaje en el infante, de la emoción negativa expresada. No se produciría una representación secundaria de la emoción primaria, lo cual llevaría a una deficiencia en la autopercepción y en el autocontrol del afecto. El infante atribuiría el afecto reflejado al adulto, y experimentaría su propio afecto negativo como perteneciendo al otro. En vez de regular el afecto negativo del infante, la percepción de la correspondiente emoción negativa realista en el adulto desembocaría en una escalada del estado negativo del infante, y en una traumatización más que en una contención. Señalan que esta constelación se corresponde con la caracterización clínica de la identificación proyectiva como mecanismo defensivo patológico, y como forma dominante de experiencia emocional en el desarrollo de la personalidad borderline.



El otro caso que analizan aparece cuando se produce un reflejo parental distorsionado, donde hay efectivamente un marcaje pero no hay congruencia categorial. Esto puede estar producido por una actitud parental hipercontroladora y/o por una percepción parental distorsionada defensivamente respecto del afecto del infante. El ejemplo que dan es el de una madre que, ante la excitación coloreada de erotismo del bebé, reacciona, por sus propios conflictos, con ansiedad y rabia defensiva, y luego proyecta su agresividad en el bebé, tomando la conducta del bebé como agresiva. De esta forma ella  “marca” la conducta supuestamente agresiva del bebé. Las consecuencias son que, en primer lugar, al haber “marcaje” del afecto reflejado hay desacoplamiento de ese estado afectivo, es decir, no es atribuido al adulto –se desacopla de éste- sino a al propio bebé. En segundo lugar, al haber un grado suficiente de contingencia con el estado afectivo del infante, aunque no categorizado correctamente, el bebé va a anclar referencialmente el afecto reflejado a su propio estado emocional primario, lo sentirá como propio. En tercer lugar, al ser la categoría del afecto reflejado incongruente con el estado afectivo actual del bebé, se producirá una representación secundaria distorsionada de su estado emocional primario. De esto resultará que el bebé atribuirá a sí mismo una información disposicional incongruente con su estado emocional primario, llevando a una percepción distorsionada de su estado del self. Los autores especulan con que esto está causalmente relacionado con una autorrepresentación patológicamente distorsionada, que puede darse, por ejemplo, en casos de patologías sexuales donde una excitación libidinal es percibida como agresión.


 





M) El reflejo del afecto como mecanismo en la intervención terapéutica.





Los autores señalan, por último, que el reflejo emocional es un mecanismo central en el cambio terapéutico, tanto en psicoterapia infantil como en las interacciones cara a cara entre paciente y terapeuta en psicoterapia de adultos. Dentro de su modelo de bio-retroalimentación (bio-feedback) social ellos sugieren que el reflejo del afecto es un mecanismo mediador, que podría subyacer a la influencia terapéutica producida por las llamadas interpretaciones especulares. Cuando, por ejemplo, el terapeuta reproduce con su cara el afecto del paciente, pongamos angustia o miedo, pero lo “marca”, o sea, introduce un matiz diferente con su expresión facial o tono de voz, esto vuelve al paciente, que capta que su afecto ha sido reflejado por el terapeuta, pero que éste no lo está viviendo como realidad propia, está “desacoplado” del terapeuta. El paciente puede pasar a sentir su afecto de una manera diferente.



 

Sponsored Links : No Frills Flyer, Food Basics Flyer, Valu-Mart Flyer, Rexall Flyer, IGA Flyer