Compulsión a la repetición y psicología del self: hacia una reconciliación [Tolpin, M., 2002 y Kriton, D:, 2003]

Publicado en la revista nº018

Autor: Moreno, Enrique

Reseña: Dos trabajos actuales que reconsideran el concepto clásico de Repetición en psicoanálisis:


Doing psychoanalysis of normal development. Forward edge transferences. Marian Tolpin. Este artículo está en: Psychology of the Self Online (www.psichologyoftheself.com) , con acceso libre, y es el capítulo 11 del libro Progress in Self Psychology, Vol 18, 2002 (The Analytic Press).


Repetition, Compulsion and Self Psychology: Towards a reconciliation. David Kriton. International Journal of Psychoanalysis.    2003- 84-  427- 441.


HACER PSICOANÁLISIS DEL DESARROLLO NORMAL (Marian Tolpin)


Este trabajo toma como punto de partida, y luego desarrolla, una idea de F. Kohut en la que se llama la atención sobre la importancia que tienen en los tratamientos la aparición de unos “movimientos de avance” de los pacientes que con frecuencia pasan desapercibidos. Se trata de eventos que ocurren durante las terapias en los que se vuelven a movilizar empujes y necesidades sanas, propios del desarrollo normal de la infancia y la adolescencia. Sobre esta propuesta de Kohut, con cuyas ideas la autora tiene evidente sintonía, el artículo plantea que una teoría sobre este tipo de transferencias tiene que tener plena validez para todas las escuelas del psicoanálisis.


El problema, dice Tolpin, está en que el psicoanálisis pone todo el énfasis en la psicopatología y en el desarrollo anormal, y tiende a ver la transferencia como un “complejo patógeno” ( Freud, 1912 ), como una “nueva enfermedad artificial” (1914), y esto conduce a los terapeutas a grandes puntos ciegos en la clínica que les impiden detectar y trabajar con estas “transferencias de avance” (Tolpin utiliza el término “tendril” que equivaldría en castellano al concepto botánico de aquella parte de las plantas que es capaz de crecer y desarrollarse, como brotes, yemas o zarcillos), con el resultado de que éstas se quedan en lo profundo del inconsciente, o peor: atrofiadas o aplastadas en sus posibilidades. A lo sumo, son vistas como alianza terapéutica, o relación positiva con un nuevo objeto. Tolpin denuncia que esta situación clínica conlleva el riesgo de verdadera iatrogenia.


El entrenamiento analítico, dice, lleva siempre a esperar las repeticiones transferenciales de la patología nuclear infantil y sus derivados. Es muy fácil pasar por alto los frágiles brotes de crecimiento que no son visibles en la superficie, y que hay que desenmarañar de las fusiones que tienen con elementos patológicos, más ostensibles, como los impulsos narcisistas, las idealizaciones, la envidia.


Hay una breve revisión bibliográfica de lo que podrían ser antecedentes del concepto de Freud, cuando en 1915, habla de la transferencia positiva sublimada, Sterba, en 1934 menciona la “parte sana del yo”, la identificación con el analista ideal, descrita por Zetzel, en 1956, y algún autor más. Para la autora, estos aportes constituyeron esfuerzos todavía de transición, intentos de llenar el vacío teórico, que no serán completos hasta que no se admita que se trata de transferencias con todas las de la ley, capaces de ser desarrolladas y analizadas siempre y cuando se  reconozcan estos brotes como lo que son.


Para apoyar estas ideas, Tolpin trae ejemplos clínicos de tres autores de distintas escuelas, los tres de prestigio.


Primer caso


Se trata de un paciente de Jule Miller, que fue supervisado por Kohut, quien descubre en su paciente lo que es una transferencia de avance oculta detrás de la patología.


Es un paciente muy sintomático que  ante la ausencia de su analista se sentía inseguro, y recaía en conductas muy regresivas que alguna vez había tenido, buscando calmarse con todo tipo de fantasías,  perversas,  homosexuales,  frecuentando sex shops, a veces corriendo riesgos.


En una sesión, el  paciente llega con gran excitación a contarle a Miller algo que se ha enterado acerca de un actor, que él sabe que a su analista le gustaba. Miller no responde, y luego interpreta  la impaciencia del paciente como impulsos de rivalidad inconscientes con el analista-padre, como diciéndole: “sé algo que tú no sabes”.


El paciente acepta la interpretación y hace alianza con el analista que lo sabría todo diciendo: “Sí, su idea de mi competitividad resulta convincente”. Pero para Kohut, el asentimiento es artificial, y  representa un sometimiento defensivo.


Pero afortunadamente (para Kohut) agrega espontáneamente: “pero me ha pinchado el globo”, y esta protesta sería un brote de autoafirmación sana que está entrelazada con la identificación patológica con el agresor. Como un niño sano que espera que su daño sea comprendido y subsanado, el paciente fue capaz de confiar y expresar en ella su dolor y esperar que sea entendido y curado.


Para Kohut, aunque la interpretación de la competitividad fuera convincente para el paciente, no era la línea de mayor jerarquía a trabajar. En cambio sí lo era el brote de transferencia idealizadora, donde el paciente, como un niño orgulloso, corría a contarle al padre un chisme especial con el que esperaba ser admirado. La interpretación fue un “frenazo” a estas necesidades.


Segundo caso


Es el de un tratamiento fracasado que realizó Guntrip en 1961 y luego publicó, intentando comprender los errores que pudieron contribuir a este fracaso.


Se trataba de un profesional tímido, en la cuarentena, que consultó por un síntoma que lo avergonzaba: una desmedida preocupación por los pechos de las mujeres, que le imponían el mirar a  los de todas.


A raíz de que el paciente relacionó su síntoma con su propia madre, fría y muy poco sensible al afecto y al erotismo, Guntrip lo interpretó como la regresión a un deseo oral infantil de búsqueda de seguridad en el pecho.


Las interpretaciones hicieron que la obsesión del paciente por los pechos disminuyera, de modo que Guntrip lo entendió como acierto del tratamiento y, por tanto, progreso. Pero el mirar obsesivo fue sustituido por “un aluvión de fantasías” compulsivo y absorbente,  que interfería todo el pensamiento. El paciente fantaseaba que se aislaba del mundo en una casa que se construía en una playa desierta. Todos lo rodeaban, intentando asaltar la casa, pero no lo conseguían; finalmente, fantaseaba que el analista escalaba la montaña, pero él le arrojaba grandes rocas y lo hacía retroceder y huir.


Poco tiempo después, el paciente se marchó del tratamiento con una excusa.


Repasando el caso, Guntrip se da cuenta de que la teoría que lo guió al principio, la de los deseos infantiles arcaicos, le hizo “pasar por alto la cuestión real”, que era el intento del paciente de realizar un avance constructivo para permanecer apegado al analista.


En términos técnicos, sería la importancia de reconocer brotes de transferencia de objeto del self movilizables en el tratamiento que están ocultos por el síntoma patológico adulto.


Guntrip se critica no haber visto en el paciente la búsqueda de hacer un vínculo para salvarse de la fragmentación que amenazaba su self, ya de por sí debilitado.


Tolpin, mirando esto desde la perspectiva de las necesidades del self, agrega que el paciente, que se volvió activamente hacia Guntrip, había sexualizado este vínculo, que se transformó en voyeurismo. Lo que era necesidad de sustento para el self, estaba transformado en obsesión por los pechos femeninos.


El paciente acató la interpretación y suprimió el síntoma, pero las fantasías ulteriores explicaban que se había sentido criticado por sus necesidades pueriles y se fortificó para el asalto del cual sentía que tenía que protegerse.


Esta viñeta intenta mostrar que lo esencial en cualquier psicoterapia o análisis es comprender las necesidades sanas de la mente del paciente, no importando lo fragmentadas o sexualizadas que estén.


Tercer caso


Este ejemplo clínico, el más extenso del trabajo, es el análisis de Matt, un niño de ocho años, que publicaron Egan y Kernber en 1984.


El paciente sufría de una caracteropatía ya afianzada de grandiosidad patológica, que lo llevaba a que “todos en el colegio lo odiasen”, ya que trataba a todo el mundo de forma arrogante y despectiva. Pero, al mismo tiempo, era incapaz de adquirir las habilidades motoras propias de su desarrollo, debido a una torpeza por inhibición psíquica. Por ejemplo, no había aprendido a nadar porque se avergonzaba de desvestirse o ponerse en bañador delante de los otros niños.


Los fallos en la estructuración del psiquismo de Matt se relacionaban claramente con su entorno familiar: un padre sombrío, que dejaba todo en manos de su expresiva esposa. A ambos padres, Matt les parecía “espléndido”, y fomentaban la hipertrofia intelectual, en desmedro de la emocional y la física.


Según el analista, la madre, que adoraba al niño, era en exceso controladora e intrusiva con él y alentaba su arrogancia. No era para nada consciente de los efectos que tenían en su hijo las frecuentes batallas por el dominio y el control. El padre tampoco era capaz de reconocer las necesidades que tenía Matt de su presencia.


Las carencias que esto generaba llevaron al niño a no poder lograr un sentimiento de seguridad y orgullo de sí mismo, y a sentirse en peligro. Pero Matt se defendió ocultando su vulnerabilidad y vergüenza detrás de la hipertrofia intelectual y de la  grandiosidad patológica. Esto cerraba el círculo, puesto que le producía más fracaso por el rechazo de los otros niños.


Este tipo de configuración patológica es conocida por frecuente, pero las  preguntas que plantea aquí este trabajo son: ¿las necesidades no satisfechas de vínculo y de empujes de idealización y especularización permanecen conservadas como para que puedan ser removilizadas?  ¿Con qué recursos analíticos?


Durante los primeros meses del tratamiento del niño, el analista tenía cierta inclinación teórica a reconocer la patología y a pasar por alto los avances de salud. Por ejemplo: en la fuerte curiosidad del paciente hacia la persona del analista (“¿estas flores son artificiales?” “¿Tú publicas cosas?”), el terapeuta veía con mayor nitidez la competitividad de Matt antes que el avance sano de aproximación al objeto del self  y la búsqueda de idealización, y le respondía con preguntas del tipo de “¿por qué quieres saberlo?” Esto enfurecía a Matt y lo llevaba a refugiarse en su defensa arrogante, y durante largo tiempo trató con prepotencia al analista. Para Tolpin, el analista respondía a esto con “señales contratransferenciales” también de enfado.


Más tarde, el terapeuta reconoce esto como error, y este reconocimiento actúa como experiencia de especularización para el paciente, que activó en él un componente vital y posibilitó el comienzo del restablecimiento de reciprocidad y de juego entre los dos. Esto marcó un giro importante en el curso de terapia, Matt empezó poco a poco a pedir ayuda al analista, al principio para pequeñas cosas, y a poder utilizarla.


La transferencia especularizante se fue convirtiendo en una fuente de elementos vitalizadores que estaban desaparecidos, y permitió el abordaje de los problemas de mayor importancia para Matt, empezando así el reconocimiento mutuo real, el ánimo y la ayuda para ponerse al día en su desarrollo. Desde estos momentos, el análisis funcionó normalmente bien hasta su finalización.


Conclusiones de Tolpin


Dado que la mayoría de las escuelas psicoanalíticas se inclinan a enfocar la patología, cuya reedición sería la transferencia, que es considerada como enfermedad, se descuida la  reactivación transferencial del crecimiento normal.


Para tratar de manera eficaz la patología del desarrollo es necesario integrar dos ideas: la de que la cura tiene lugar en las transferencias que reactivan remanentes de necesidades sanas, y la de de que estas transferencias no están de ningún modo limitadas a los primeros estadios de la infancia, sino que incluyen necesidades del self a lo largo de todo el curso de la vida.


Para la autora, considerar que la acción terapéutica requiere la reparación de la patología de la infancia, es una completa falacia. Como lo es también la acusación de que la psicología del self, al poner el foco de interés en las necesidades sanas “sólo hace psicoterapia de fortalecer las defensas”. La capa más profunda del tratamiento consta de intentos de avance, de necesidades del self que ha quedado debilitado.


Como conclusión final, el trabajo propone una teoría de la transferencia total, que abarque por un lado la repetición de la patología de siempre y, además, la reanimación y la reemergencia de las legítimas necesidades inconscientes de lo que el paciente espera que el analista escuche, comprenda y atienda.


 


COMPULSIÓN A LA REPETICIÓN Y PSICOLOGÍA DEL SELF. HACIA UNA RECONCILIACIÓN (David G. Kitron)


La propuesta del trabajo de Kitron es la siguiente: en el marco de referencia de la psicología del self, la compulsión a la repetición se puede entender como una transacción entre dos fuerzas: rehuir el contacto y también su contrario, buscarlo. Rehuirlo por miedo a la frustración de una nueva pérdida, y buscarlo, porque la repetición de una conducta con un objeto, tal como el autor la ve, aunque tiene riesgos, puede terminar llevando a un cambio favorable.


Su argumento es que la compulsión a la repetición no es un intento de lograr el control sobre antiguas experiencias traumáticas sino que busca un nuevo y anhelado comienzo que no ha podido tener lugar en el desarrollo del sujeto.


Kitron imagina al individuo en una oscilación entre la amenaza y la esperanza, y la compulsión a la repetición consiste entonces en una estructura devenida entre el deseo insatisfecho y la temida calamidad.


Se revisan las ideas que Freud fue teniendo respecto del tema de la repetición. En 1914, en “Recuerdo, Repetición y Elaboración” se la describe sobre todo como resistencia, con la tendencia a actuar los problemas neuróticos en vez de recordarlos.


En 1920, en “Más Allá del Principio del Placer”, en cambio es un intento del yo para controlar la situación traumática. Aunque más adelante en el mismo trabajo, describe la compulsión a la repetición como una fuerza independiente y opuesta al Principio del Placer, y sugiere la idea de una Pulsión de Muerte.


En 1926, en “Inhibición, Síntoma y Angustia”, Freud dice que la compulsión a la repetición se configura como un ejemplo típico de la resistencia del inconsciente a darse a conocer, ejercida por lo reprimido.


De las diferentes propuestas de Freud, Kitron prefiere, claro, la del intento del Yo de controlar lo traumático, y recurre, para refutar la idea de una Pulsión de Muerte, a Kubie y Bibring, dos autores que disienten de la concepción freudiana.


A partir entonces de la idea del intento del Yo para controlar lo traumático, el artículo nos adentra en los principales conceptos que aporta la psicología del self al problema.


Recuerda que Kohut prefiere el enfoque del “hombre trágico”, que por necesidades del self no satisfechas quedó con grietas en su estructura, al del “hombre culpable” regido por sus conflictos entre instancias psíquicas (yo, ello, superyó).


La esencia de la cura sería, entonces, la reactivación de las necesidades frustradas y la restauración de las estructuras defectuosas del self. Para lograr esto, es de capital importancia la empatía como repuesta a la necesidad del infante-paciente de ser entendido. Comprender, desde el punto de vista del paciente, las expectativas de repuestas buscadas y no encontradas. En este sentido, ¡el paciente siempre tiene la razón!, dado que el terapeuta necesariamente le ha fallado. Estos fallos y fracasos de la terapia, cuando son reconocidos y trabajados, son de gran importancia en la cura y constituyen lo que Kohut llama el proceso de “internalización transmutativa”.


En lugar de hablar de resistencia, Kohut se refiere a actitud autoprotectora del paciente para mantener su propio self libre de daños, y esto no es resistencia al progreso de la terapia. En otras palabras, esta escuela cree en la expectativa de un nuevo comienzo, que está suspendida hasta que las condiciones del medio sean experimentadas como seguras para arriesgar la esperanza del cambio.


Después de estas consideraciones, el término “compulsión a la repetición” puede ser, de hecho, desafortunado, incluyendo connotaciones engañosas, porque lo compulsivo sugiere una fuerza interna que proviene exclusivamente del propio paciente, y en cambio, desde la psicología del self, el mecanismo ya no es contemplado como un fenómeno intrapsíquico  sino como un efecto interpersonal, intersubjetivo.


A pesar de este esclarecimiento del fenómeno, Kriton insiste  (y en esto coincide con la psicología tradicional) en que su presencia sigue siendo frecuente en la clínica. De continuo reaparece en movimientos provocadores de los pacientes y en repetidas repuestas desalentadoras de los terapeutas. Ambos sufren reiteradamente de su influjo, como si se tratara de un mecanismo post-traumático improductivo que retorna.


Reconociendo el aspecto negativo del fenómeno, el artículo propone otra cara del proceso, más positiva y en línea con desarrollos modernos que permiten verlo como un esfuerzo del self para abrirse a nuevos acontecimientos. En apoyo de esta propuesta, se cita a varios autores (Winicott, Bion, Balint, Casement) que coinciden en ver en la repetición aspectos positivos para el trabajo analítico, tales como una recreación útil de los hechos, o un impulso de curiosidad y de esperanza exploratoria, y aún de insistencia en no dejar de lado algo que no está resuelto.


Los comentarios abundan en lo necesario que es para nuestro trabajo librarse de la trampa trágica de la compulsión a la repetición, que tiende a cerrar el campo, para estar atentos al momento en que una nueva experiencia puede ser activada. Esto sólo se puede lograr dentro de un marco de seguridad que permita descongelar la situación traumática, imposible de alcanzar sólo por la vía de despertar nuevos recuerdos forzados que levanten emociones intolerables.


Al final del trabajo se exponen dos breves viñetas clínicas, entresacadas de dos tratamientos. En ambas se destaca un primer momento de estancamiento de la terapia, en el que el terapeuta es subrepticiamente inducido a la “respuesta de rol” (Sandler 1976) y a entrar casi sin darse cuenta en lo que llamaríamos un enactment (sobre este tema, ver el artículo publicado en Aperturas Psicoanalíticas nº 4) más bien negativo en el que casi todo lo que ocurre puede ser entendido como repetición inerte.


Pero pasado este momento hay luego un cambio de escenario, en el que se evita el peligro de enfrentarse a una situación insoportable y en cambio se va intentando tomar pequeños riesgos (para evitar los grandes) que comienzan a abrir grietas en la puerta de cada repetición, que es así ligeramente menos traumática que la experiencia original, la cual se va reconstruyendo con los gérmenes de un cambio potencial.


El interés de la repetición residiría en lo que tiene de re-creativo, ya que lo que  se repite nunca es exactamente lo mismo.


Como conclusión del trabajo, queda la descripción de la compulsión a la repetición como un fenómeno complejo, de tipo multifase, que engloba elementos perpetuantes y estancados junto a fracturas de nuevo cuño, re-creativas, no traumáticas y autogenerativas.


Paradójicamente, es la repetición la que abre la esperanza porque, frente a la situación insoportable, es la única vía para un nuevo comienzo. Sin repetición no se pueden afrontar los riesgos, y es ella la que abre un proceso gradual, algo frustrante, que inicia lentamente el cambio para un desarrollo potencial.


 


ALGUNOS COMENTARIOS


Parecen de considerable interés estos dos trabajos que, sin tener relación entre sí, revisan  cada uno a su modo un concepto tan clásico y de tanto arraigo en psicoanálisis como es el de la repetición, que queda, después de leerlos, muy cuestionada en sus fundamentos, apareciendo el riesgo de que sea una fuente de preconceptos que intervengan negativamente en el proceso terapéutico.


En ambos trabajos encontramos una forma de mirar, de entender y de proceder en psicoterapia no sólo con el fenómeno específico de lo que, en general en forma teórica, llamamos compulsión a la repetición, sino de cualquier tipo de patología más o menos afianzada, de rigideces o estereotipos de la conducta humana.


Ante las repeticiones, y ante todo el trabajo clínico en general, se propone, con buenos argumentos teóricos y técnicos, una actitud posibilista. Es decir, que frente al paciente, siempre es posible intentar ver algo nuevo, ser más creativos paciente y terapeuta, y poder descubrir un atisbo de progreso y apertura del campo de visión, que pueda desarrollarse y progresar.


Resulta fácil imaginar que una actitud y motivación de los terapeutas como las que proponen Tolpin y Kitron, pueda jugar en el campo intersubjetivo analista-paciente de forma favorable para el proceso clínico y para el desarrollo del propio paciente, al que de un modo u otro le alcanzará el mensaje de que se puede creer en las posibilidades del cambio esperado.


Respecto de los contenidos de los trabajos, habría que señalar que cuando se exponen ideas relativamente nuevas, como en ellos, es frecuente que se exagere algo la cualidad de retrógrado del pensamiento anterior o del clásico respecto del tema, para que así resalte más lo novedoso de las propias. En la dialéctica de toda polémica productiva, se suele radicalizar la posición antagónica.


En el caso de las propuestas que traen estos dos trabajos, ocurre que se exponen ideas algo antiguas respecto de la compulsión a la repetición. Por ejemplo, los tres casos clínicos del trabajo de Tolpin, que son de analistas de prestigio, tienen 20, 30 y 40 años de antigüedad (el de Guntrip). En el artículo de Kitron se polemiza con el Freud de la Pulsión de Muerte de 1920.


Desde entonces, además de años, han pasado muchas lecturas. Es posible que para los lectores de esta revista, Aperturas Psicoanalíticas, que hemos ido incorporando durante los últimos años los desarrollos de la intersubjetividad, de la Psicología del Self, de las teorías del psiquismo complejo y del apego, sea más difícil considerar ya las repeticiones en la clínica como algo puramente post traumático, estático y retrógrado y, tal vez, aunque en forma menos sistematizada, los conceptos que exponen estos trabajos impregnen, en parte, nuestro conocimiento y nuestra forma de trabajar.


Respecto de la orientación del pensamiento, es posible apreciar en los dos trabajos una fuerte influencia de las ideas de Kohut, un trasfondo de su sentido humanista del  trabajo en psicoterapia. Este autor tenía, respecto del sujeto humano una visión optimista en cuanto a sus posibilidades, creía en una enorme riqueza de desarrollo potencial del hombre (a Kohut le interesaba mucho el tema de los individuos geniales y del genio no desarrollado) y veía la psicopatología como tropiezos y dificultades, siempre por carencias del medio en el que había evolucionado el individuo. Patología por déficit.


Esta filosofía humanista de su escuela contrasta y sería el reverso de pensamientos que, dentro del psicoanálisis, tienen una visión del hombre más pesimista, como lo son algunas formulaciones de Freud, y sobre todo, algunos desarrollos y lecturas de su obra, por ejemplo Lacan, que tienden a resaltar más, en el origen de las limitaciones del desarrollo psíquico, la propia naturaleza humana como una condición de estructura de la mente, tomando como punto de partida la teoría de la represión y las restricciones obligatorias que ella conlleva.


Es posible que detrás de muchas discusiones entre psicoanalistas y entre escuelas diversas se encuentre esta polémica filosófica que siempre reaparece.


La propuesta de Marian Tolpin de estar muy atentos a lo que ella llama “transferencias de avance”, ocultas detrás de las repeticiones patológicas, es simple e interesante.


¿Por qué no se iban a transferenciar también los impulsos infantiles sanos y de crecimiento? Basta recordar, en los orígenes del psicoanálisis, que cuando Freud “supervisaba” su autoanálisis con Fliess, ocurrió un fenómeno de este tipo, de gran intensidad, que produjo en él ideas de valor y crecimiento personal, como cuando “cambiando el plomo en oro” transformó algunas concepciones semideliroides del otorrino Flies –como la de la bisexualidad humana reflejada en los cornetes nasales- en desarrollos ricos como la bisexualidad psicológica del ser humano.


Pero admitido esto, la pregunta siguiente es ¿cómo se trabaja en la clínica con estas transferencias de avance? El artículo nos propone: igual que con las otras, las de siempre.


Pero con las transferencias clásicas, la ortodoxia consiste en interpretar la falsa alianza,


(el desplazamiento del conflicto infantil a la persona del analista) y reconducir todo al objeto original, con lo que, si todo va bien, se deshace el enlace incorrecto.


Es posible que no sea ésta la idea que tiene Tolpin, quien más bien parece sugerir que el terapeuta dé una “repuesta de rol” y continúe con el juego. Así se desprende de su tercer caso clínico, cuando el analista descubre que tras la rivalidad de sus preguntas (“¿tú publicas?”), había una transferencia de avance de curiosidad exploratoria, y entonces empieza a satisfacer esta curiosidad, permitiendo que el paciente entre en cosas personales de él y se desarrolle una relación casi de aprendizaje.


Este dilema, entre la neutralidad analítica, y las repuestas que demanda el paciente, parece ser un punto de tensión constante en las escuelas de la psicología del self.

 

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