Ritual y espontaneidad en el proceso psicoanalítico. Una visión constructivista-dialéctica [Hoffman, I.Z., 1998]

Publicado en la revista nº019

Autor: Liberman, Ariel


Irwin Z. Hoffman: “Ritual and spontaneity in the psychoanalytic process. A dialectical-constructivist view” [Ritual y espontaneidad en el proceso psicoanalítico. Una visión constructivista-dialéctica) (1998), The Analytic Press (310 pag.)





El libro de Hoffman que a continuación reseñaremos, es una recopilación de artículos, con pequeñas modificaciones con respecto a los textos originales, que abarcan un período que va desde 1979 hasta 1998. Es importante señalar que el orden de los capítulos no posee un criterio cronológico. Es un libro que, como dice el autor, fue escrito a lo largo de más de 20 años. Los títulos de los capítulos dan cuenta de la amplitud de cuestiones que encara Hoffman: La dialéctica entre significación y mortalidad en el proceso psicoanalítico; Ansiedad de muerte y adaptación a la mortalidad en la teoría psicoanalítica; La íntima e irónica autoridad de la presencia del analista; El paciente con intérprete de la experiencia del analista; Hacia una visión constructivista-social de situación psicoanalítica; Convicción e incertidumbre en las interacciones psicoanalíticas; Participación expresiva y disciplina psicoanalítica; Pensamiento dialéctico y acción terapéutica; Ritual y espontaneidad en el proceso psicoanalítico; Construyendo finales suficientemente buenos. Como verán a continuación, hemos optado por desarrollar más extensamente los capítulos que, a nuestro entender, están más estrechamente relacionados con los debates del psicoanálisis contemporáneo y que nos parecen más representativos del pensamiento del autor.



 Introducción


Hoffman sostiene que el punto de partida del conjunto de reflexiones sobre el proceso analítico que constituye este libro fue su necesidad, como terapeuta, de explicar los principios y supuestos implícitos que estaban operando en su trabajo clínico. Sitúa el comienzo de los pensamientos que lo han llevado hasta el presente en la reacción que tuvo frente a una actitud que diferentes perspectivas por él frecuentadas –rogerianas, psicoanalíticas- tenían en común: lo que Hoffman definirá como una actitud de racionalidad técnica u objetivista. Le pareció que se prestaba poca atención al compromiso subjetivo y personal del analista, a la singularidad de cada interacción, a la incertidumbre y la ambigüedad, a los sesgos culturales, a la creatividad del analista, a la dimensión moral del elegir y a la ansiedad existencial frente a la libertad y a la muerte. Siente que existe en los últimos tiempos un importante movimiento de cambio en psicoanálisis con contribuciones de varias escuelas: intersubjetivistas, teoría del conflicto-relacional, constructivismo, teoría crítica feminista. Refiere que este gran movimiento marcó directamente su pensamiento pero quiere, de entrada, diferenciarse de cierto relativismo posmoderno con el cual no se siente afín.


Su interés, sostendrá, está centrado en el interjuego dialéctico entre la influencia sugestiva y la reflexión crítica sobre la interacción. Dice que propone una única modalidad psicoanalítica en la que existe una dialéctica entre interacciones no-interpretativas e interpretativas. Cada una tiene su lugar y funciona como fondo para la emergencia de la otra. El analista tiene la responsabilidad de contribuir, con las diferentes facetas de su participación, al desarrollo creativo de la relación. A continuación va introduciendo los elementos centrales de cada capítulo, que iremos ubicando en el desarrollo de cada uno de los mismos, para concluir en un apartado intitulado “Superando obstáculos”. En él sostiene que el analista se esfuerza por promover los potenciales del paciente para modos de ser nuevos, más integrados y satisfactorios, al mismo tiempo que la dupla paciente-analista está continuamente bombardeada por desafíos y crisis que son impredecibles. Esto supone trabajar enfrentándose a lo que la vida ofrece en el presente así como explorar las realidades internas del paciente tal y como fueron construidas en el pasado. Se trata, según Hoffman enfatizará a lo largo del libro, de luchar para encontrar un modo de estar con el paciente que le ofrezca a éste las mayores oportunidades para hacer mejor su vida. Él adoptará una suerte de pluralismo crítico en relación a diferentes teorías del desarrollo o de la motivación, ya que piensa que tanto el pluralismo como la convicción del valor de la incertidumbre son aspectos claves de su punto de vista sobre el proceso analítico



Capítulo 1: La dialéctica entre significación y mortalidad en el proceso psicoanalítico


Hay que tener en cuenta que este capítulo, escrito especialmente para el libro, se propone como un panorama introductorio a un conjunto de temas que irán apareciendo a lo largo del mismo. Hoffman plantea la diferencia del psicoanálisis con otras formas de relación personal. Desarrolla el complejo asunto de la articulación entre habilidades técnicas y relación personal que el psicoanálisis plantea y las diferentes respuestas que esto ha tenido en la historia del psicoanálisis. En el modelo clásico, el analista intenta proveer una presencia neutral cuyo objetivo es reducir su impacto en las asociaciones del paciente y en el despliegue de la transferencia. Freud mismo reconoció, según Hoffman, la poderosa influencia de la “transferencia inobjetable”, según la cual el analista es investido con poderes semejantes a los de las figuras parentales en la temprana infancia del paciente. La inobjetabilidad de la transferencia no proviene de su aspecto realista, sostiene Hoffman, sino que proviene del buen uso que de ella puede realizar el analista. Aquí Freud reconoce que este tipo de factores interpersonales contribuyen a la acción terapéutica del proceso psicoanalítico.  Hoy, sostiene Hoffman, es un  relativo lugar común admitir que una parte de lo que nosotros como analistas ofrecemos es un tipo de nutriente (nurture) a aquellos que nos consultan; que no protegemos ilusoriamente el no compromiso del analista sino que estamos inclinados a proteger nuestra confianza en que la “reparentalización” que ofrecemos sea “suficientemente buena” para tener un impacto terapéutico. Hoffman analizará esta nueva situación de supuestos más adelante. Es improbable, continúa, que aquellos que minimizan la importancia del compromiso personal del analista y quienes, defensivamente según él, siguen pensando al insight como la única o predominante base de la acción terapéutica, estén preocupados por el problema de la autenticidad. Pero para aquellos que sí ven la calidad de la relación en el centro de la acción terapéutica este tema es de fundamental importancia.


En el siguiente apartado intitulado: “De la autoridad divina a la autoridad analítica: una afirmación irónica”, Hoffman aborda el delicado tema de la autoridad del analista. En la época de Freud la respuesta estaba relacionada con el lugar de la ciencia y los valores de verdad que ella promovía. El analista podía ser visto como una autoridad moral cuyo poder derivaba de la transferencia inobjetable que, aunque no enteramente racional, tenía como meta descubrir e integrar verdades que poseían una cualidad fija. Desde esta perspectiva, si el analista es un guía moral, los valores que él transmite son los valores del científico objetivo que busca la verdad sobre uno y su mundo, y que vive de un modo “verdadero consigo mismo” dentro de las restricciones propias de la realidad. Los valores de búsqueda de la verdad junto con la libertad individual y la autorrealización son fundacionales, según el autor, de la teoría y de la práctica analítica. El analista emerge como una autoridad moral de una manera nueva y poderosa desde el momento en el que ya no se considera adecuado pensar que las exploraciones analíticas buscan realidades preexistentes. En esta perspectiva es necesario hacer elecciones sobre cómo hacer la propia vida, pasada y presente, y se da por sobreentendido que estas elecciones no se realizan en un vacío social. A diferencia de una perspectiva que sostiene la neutralidad, sea como un ideal o como una realidad posible, en la visión constructivista el analista deviene inmediatamente un socio (partner) en el proceso a través del cual dichas elecciones se realizan, elecciones que conllevan resoluciones de la ambigüedad intrínseca a la naturaleza de la experiencia. La ambigüedad abarca tanto lo que pasó en el pasado como los potenciales existentes hoy para la acción y la experiencia. La autoridad del analista no es “sacerdotal” en un sentido sagrado pero tampoco se limita a ser imparcial y aséptica como ha sido pregonado. Vuelve a emerger en este contexto, de un modo que no es ni científico ni religioso, como el reconocimiento de una necesidad universal. Ahora bien, sostiene Hoffman, la autoridad que el analista puede aceptar sólo puede ser irónica ya que carece de una sanción tradicional en nuestra era y, sobre todo, porque es fuertemente desafiada en la situación analítica misma. Este desafío posee al menos dos fuentes: por un lado, proviene de la reflexión crítica sobre su lugar en la vida mental del paciente y, por el otro, por la participación personal del analista en un espíritu de mutualidad, es decir, de exposición de su falibilidad y vulnerabilidad. Es este interjuego dialéctico entre la emergencia de la subjetividad del analista en un contexto de disciplina analítica lo que genera, según el autor, una autoridad íntima e irónica.


En el siguiente apartado de este capítulo, “Una nueva roca psicobiológica y los valores asociados emergentes”, Hoffman comienza planteando la cadena generacional que se establece entre ser elegido-afirmado y elegir-afirmar a otros como un valioso centro creativo de experiencia. En un mundo secular esto se forja y se sostiene en la relaciones con otros. El boceto del éxito de esta operación se crea en la relación con las figuras parentales y en la absorción acrítica de la “realidad” que los mismos transmiten. En la medida en que la plantilla original sea defectuosa –como siempre lo es en alguna medida- la capacidad del individuo de buscar, crear y utilizar oportunidades de validación interpersonal estará proporcionalmente afectada. La situación analítica es un modo particular de organizar la experiencia que conduce, entre otras cosas, a replantear y, parcialmente, reparar las grietas de dicha fundación. Pero, se pregunta el autor, ¿hasta qué punto pensamos que una relación en la que se paga, se limitan los encuentros a horas fijadas, puede compensar tempranas deprivaciones emocionales? Frente a una fantasía de un vínculo primario ideal con las figuras parentales, cualquier relación es un pésimo sustituto, incluida la relación analítica.  De este modo, el paciente que considera y valora la relación analítica, a pesar de sus limitaciones, puede crear un modelo para otras relaciones. Al decir que existe una discrepancia entre lo ideal y lo real Hoffman no está sugiriendo que algunas relaciones escapen al examen crítico. Algunas relaciones de objeto son notoriamente malas y deben limitarse. Otras, incluyendo la analítica, pueden necesitar mucho trabajo para tener una oportunidad de moverse en una dirección saludable, y mucha de la responsabilidad por el cambio recae en la otra persona (por ejemplo, el analista) y no sólo en el paciente. El paciente puede ir reconociendo hasta qué punto las figuras parentales fueron descuidadas, abandonantes, abusadoras, explotadoras, y estos comportamientos deben ser identificados como tales, sostiene el autor, y la rabia y dolor del paciente por no haber tenido un mejor comienzo en la vida debe ser reconocido y comprendido. Al mismo tiempo es muy importante para el paciente, prosigue el autor, tener en cuenta que ninguna relación actual como adulto puede sustituir y crear una temprana infancia óptima. Es imposible volver a los días en los que de manera acrítica se absorbía lo bueno que el entorno nos ofrecía. El autor sostiene que muchas veces los “traumas” enmascaran la imposibilidad de padres perfectos. Así, Hoffman sostiene que en el centro del “objeto malo genérico” existe una forma de descuido hacia nuestra experiencia como seres humanos. La toma de conciencia de la mortalidad en un mundo bondadoso lleva consigo el horror de ser algo infinitesimalmente pequeño en un universo indiferente. Al mismo tiempo, Hoffman continúa, lo que le ocurre a la gente en su vida cotidiana es también poderoso e innegable: relaciones, intereses, apetitos, ideales, ambiciones, sensualidad. El primer punto de vista conduce a la humildad, el segundo a la importancia de nuestras vidas. La interacción entre estas dos perspectivas es irónica y absurda, sigue Hoffman: nadie puede vivir completamente o plenamente en alguna de ellas, ambas se requieren. Todo esto lleva a Hoffman a enfatizar, una vez más, la diferencia entre la concepción de la verdad en la época de Freud y la que tenemos hoy: paradójica, ambigua e indeterminada. Lo que hoy surge como una especie de “roca psicobiológica”, como la verdad inmutable, transcultural y transhistórica, es que el ser humano crea sus propios mundos y que la creación de significación se encuentra bajo la constante amenaza del no ser y de la ausencia de sentido.


En el siguiente apartado, “El constructivismo dialéctico”, comienza trabajando nuevamente sobre el tema general del capítulo y la íntima articulación existente entre mortalidad y sentido del self. Plantea que ésta es un ejemplo de lo que él entiende por dialéctica: la tensión entre dos tipos de experiencias en la que cada una no puede existir sin la otra. Cuando una es figura, sostiene, la otra es fondo –y viceversa. Ubica como una variedad de relación dialéctica explorada en este libro las existentes en la situación analítica entre: paciente y analista, transferencia y contratransferencia, lo intrapsíquico y lo interpersonal, autoridad y mutualidad, ritual y espontaneidad, repetición y nueva experiencia, ansiedad existencial y ansiedad neurótica, encuadre analítico como un buen sostén ambiental y encuadre analítico como un síntoma cultural, convicción e incertidumbre, construcción y descubrimiento. Hoffman sostiene que la dialéctica entre nuestro sentido de ser y nuestro sentido de la mortalidad es una dialéctica supraordenada en relación a las otras, ya que es la fundación paradójica de nuestro sentido de la significación.


Luego pasa a desarrollar su concepción del constructivismo en un apartado intitulado: “Ambigüedad y la dialéctica de lo dado y lo creado”. El constructivismo se refiere, para él, no a una realidad enteramente producto de la actividad humana sino a una concepción en que el ser humano como agente es visto como interactuando con elementos dados más o menos ambiguos en el ambiente y en la experiencia. Las construcciones que resuelven las ambigüedades en una dirección o en otra son, en algún sentido, también descubrimientos ya que desarrollan potenciales de la experiencia individual que pueden ser retrospectivamente identificados, pero que no estaban realizados.  Hoffman acuerda con Mahoney (1991) (1) en su distinción entre dos tipos de constructivismo: el “constructivismo radical”, en el que sostiene que el conocimiento no refleja una realidad ontológica objetiva sino exclusivamente un orden y organización del mundo constituido por nuestra experiencia, y el “constructivismo crítico” –que Hoffman preferirá adjetivar “dialéctico”- en el cual el individuo no es el único productor de su propia experiencia sino que se lo concibe como co-creador o co-constructor de realidades personales, enfatizando con el prefijo “co-” la interdependencia interactiva con su ambiente físico y social. Asimismo, el autor se esfuerza por desmarcar –y desmarcarse- de cualquier superposición entre constructivismo y relativismo radical –que no deja ningún lugar para una realidad independiente. Afirma que es una pregunta abierta saber qué potenciales serán desarrollados y de qué modo: no hay un único conjunto de palabras que puede hacer explícita la experiencia. El movimiento de lo no-formulado a lo formulado conlleva la dialéctica entre lo dado y lo creado: siempre realizamos elecciones cuando resolvemos la ambigüedad en un sentido u otro. La heterogeneidad de la situación analítica, sostiene Hoffman, refleja también la heterogeneidad del self del paciente y del self del analista; por otra parte, nunca podemos saber, en esta situación, qué hubiese ocurrido en el camino que no hemos seguido; finalmente, la experiencia del analista incluye factores culturales, morales, estéticos y personales, parte de los cuales se encuentran por fuera de la conciencia del analista. El resultado de todos estos factores, sostiene Hoffman, es el inevitable sentimiento de incertidumbre, más o menos reconocido, que acompaña cualquier dirección elegida –no importa el grado de pasión y convicción con el que haya sido hecha dicha elección. Ahí se articulan la responsabilidad del terapeuta y la incertidumbre. Así, para el autor, la meta será hacerse cargo de la responsabilidad de co-construir la realidad inmediata de la interacción analítica y de los aspectos más sobresalientes de la vida del paciente así como de enfrentar las restricciones conocidas y no conocidas que limitan la libertad de los participantes.


En el siguiente apartado, “Ser Analista”, sostiene que la oposición entre objetivismo y constructivismo también podría resumirse en la división entre un pensamiento dicotómico y un pensamiento dialéctico. Toma varios ejemplos, entre ellos la relación entre ansiedad neurótica y existencial: en un caso sería posible para el analista –y para el paciente- conocer cuál sería el modo de ser que habría que cambiar y cómo, mientras que una visión dialéctica ubicaría la incertidumbre en cuanto a lo que es mejor para el paciente y, por tanto, la responsabilidad de la dupla terapéutica en cuanto a las elecciones. El analista no puede quedar fuera de dichas elecciones ya que forma parte de la dialéctica interno-externo de la auto-realización. Éste, inevitablemente, realiza contribuciones personales y valorativas a la resolución por parte del paciente de sus conflictos neuróticos –entremezclados, como inevitablemente están, con dificultades existenciales. El autor trae un conjunto de situaciones clínicas en las que los pacientes luchan con difíciles elecciones reales. Lo concreto de este conjunto de elecciones interpela directamente al terapeuta. Es fácil, sostiene Hoffman, descartar o considerar indeseables opciones extrañas al paciente o claramente impracticables; asimismo, también es fácil descartar, en principio, opciones claramente sintomáticas y auto-destructivas. Sin embargo, confiesa Hoffman, en su práctica clínica observa a los pacientes luchando a menudo con alternativas que están dentro de su comprensión y que reflejan una mezcla ambigua de motivos neuróticos y saludables. Desarrolla los ejemplos antes descritos y muestra cómo incluso una exploración detallada de los mismos no permitió delimitar claramente entre patología y salud. Una visión constructivista-dialéctica no puede dejar de comprometerse con estas cuestiones: los acontecimientos ocurren frente al analista y hay que hacer elecciones. El silencio, en muchos momentos, no deja de ser un modo inadvertido de favorecer un curso de acción y no otro. Aún así, Hoffman piensa que la manera de participar del analista no debe tener la forma de una opinión sobre lo que el paciente debe hacer. En su experiencia, refiere, a menudo no sabe cuál de los cursos de acción bajo consideración es el mejor. En estos casos puede sopesar con el paciente las opciones y piensa que no queda por fuera de una actitud analítica el reconocer que no sabe; en otras ocasiones, cuando se encuentra a sí mismo inclinado hacia alguna de las opciones, dependiendo de la fuerza de la convicción que posea, puede alentar al paciente a tomar su punto de vista como una perspectiva más y, en algunas circunstancias, revelando, si se da cuenta, algún aspecto de su propia vida que lo predispone en esa dirección; en otros casos, está dispuesto a ayudar al paciente a llegar a un compromiso razonable. Retomando el foco central de su exposición, Hoffman sostiene que para pensar dialécticamente el lugar de la subjetividad del analista en el campo analítico no podemos dejar de hacerlo en relación dialéctica a la disciplina analítica, sea cual sea, afirma, “el libro” que la organice: la disciplina deviene una expresión personal y, a su vez, la espontaneidad auto-expresiva está informada de sabiduría teórica y por un sentido de cuáles son los intereses del paciente a largo plazo. Ser analista, finaliza Hoffman, no significa sólo tolerar sino adoptar múltiples dialécticas y el elemento de incertidumbre que ellas conllevan. Asimismo, significa aceptar la intimidante responsabilidad de ser heredero de funciones parentales al mismo tiempo que participamos en un espíritu de mutualidad, un espíritu que expone nuestra vulnerabilidad y falibilidad personal. También significa aceptar que inevitablemente estamos tomados en actuaciones(2) (enactments) transferenciales-contratransferenciales y que, simultáneamente, luchamos por construir algo nuevo en la relación que permita nuevos modos de ser del paciente. Dentro de las múltiples dialécticas Hoffman sitúa: lo personal en lo técnico y lo técnico en lo personal así como la resonancia del pasado en el presente y el impacto del presente en nuestra lectura del pasado.



Capítulo 2: Ansiedad de muerte y adaptación a la mortalidad en la teoría psicoanalítica


Este texto fue originalmente publicado en 1979. Parte de constatar la poca literatura que trata sobre los procesos por los cuales el individuo anticipa, reacciona o acepta la muerte propia. El capítulo tiene cuatro partes: en la primera revisa el tema de la muerte en Freud, en la que diferencia cuatro momentos centrales–sin pretender ser exhaustivo: el modelo topográfico, el concepto de pulsión de muerte, el modelo estructural y lo que llamará el punto de vista existencial -en “Sobre lo transitorio” (1916). Piensa, básicamente, que si bien la segunda tópica le permitió a Freud acercarse más a una reflexión sobre este tema, en todas ellas la angustia frente a la muerte quedaba reducida a una angustia previa (ejemplo: angustia frente al superyó en la segunda tópica) y que, por tanto, nunca fue reconocida cabalmente en su teorización -con la excepción de las intuiciones que Freud desarrolla en su texto de 1916 pero que no serán continuadas. En la segunda parte, desarrolla este mismo tema en las obras de Hartmann, Erikson y Kohut; piensa que estos dos últimos autores han trabajado sobre este tema aunque, sostiene, se inclinan hacia un ideal de adaptación a la mortalidad libre de conflicto y ansiedad. En la tercera parte, presenta los resultados de una investigación que realizó sobre la adaptación de los padres a la pérdida de un hijo.  Por último, aborda dos áreas que piensa requieren desarrollos sobre este tema: la psicología cognitiva y el psicoanálisis clínico.



Capítulo 3: La íntima e irónica autoridad de la presencia del psicoanalista


Comienza este capítulo, cuya primera versión es de 1996, tomando una pequeña viñeta clínica de una serie televisiva llamada “Sessions”. A partir de esta viñeta, en la que el terapeuta actúa de una forma que podríamos denominar no-clásica –haciendo una sugerencia al paciente de encontrarse con su padre, con el que la relación era tirante, y que resulta en un rencuentro conmovedor entre ambos- Hoffman comienza una reflexión en la que va abordando diferentes aspectos de la actitud analítica, centrándose luego en el tema del capítulo.


En el primer apartado, “Volviendo a visitar el mito de la neutralidad analítica”, Hoffman plantea que sin duda existían muchas alternativas a la intervención realizada por el terapeuta. De hecho, sostiene, el conjunto de alternativas pueden tener la apariencia de ser más neutrales que la que el terapeuta realizó: ofrecer, aunque sea bajo el modo de una ocurrencia, una sugerencia en cuanto a lo que el paciente debía hacer. Hipotéticamente, sostiene, se podría pensar que habría suficiente trabajo realizado en conjunto como para que ese “consejo” pudiera conllevar significados interpretativos implícitos. De acuerdo con la perspectiva clásica, la última cosa que un buen analista quiere hacer es cruzar el límite que lo separa de un compromiso directo en la vida del analizado. Entrometerse en los asuntos del paciente es inyectar prejuicios personales a expensas de elucidar las motivaciones inconscientes y las relaciones de objeto internas: su vida intrapsíquica. En última instancia, si existen elecciones difíciles que se deben realizar en la “vida real” es el paciente quien debe hacerlas. Nuestra responsabilidad termina, continúa el autor exponiendo una perspectiva muy difundida, donde comienza la del paciente. Pero, se pregunta Hoffman, ¿es este retrato del proceso analítico exacto? Imaginemos la intervención “más” neutral, nos dice, ¿cuál hubiera sido el resultado? Por supuesto, sostiene el autor, la presencia del analista como una influencia inmediata es inconfundible cuando el paciente le dirige al analista una pregunta y éste responde como lo hizo el supuesto terapeuta de la serie televisiva. Rápidamente vemos los peligros de una conducta de complacencia o de una identificación con el analista a expensas de otros aspectos de la experiencia del paciente. Pero, insiste Hoffman, si el terapeuta no realiza una sugerencia, si el paciente no se acerca a su padre y, en consecuencia, no se da ese encuentro y diálogo sobre sus respectivos temores, ¿hubiésemos reconocido la influencia del analista en el no-acercamiento y en el no-encuentro de este paciente con su padre, con todo su potencial para futuros desarrollos en ese vínculo? Hoffman piensa que no, que hubiésemos pensado que el paciente hizo lo que eligió hacer. El autor sostiene que aunque esto último parezca claro es bastante ilusorio: haga lo que haga el analista su intervención está saturada con sugestión. Elegir resaltar una u otra de las más o menos ambiguas comunicaciones del paciente es también llevar al paciente en una determinada dirección. En psicoanálisis nunca hay un ¡eureka!, sostiene el autor, se suele pensar que todo aparecerá a su debido tiempo. Pero, insiste nuevamente Hoffman, este razonamiento desmiente que el análisis se realiza en “tiempo real”, tiempo que realmente cuenta en el asunto que se trate, y que el paciente está continuamente haciendo “elecciones reales” bajo nuestra influencia sugestiva.  Una ilusión común que intentamos mantener es que el análisis es una especie de “santuario” del mundo de las elecciones. Esto supone la idea de que la gente puede posponer algunas elecciones hasta conocer más sobre su significado inconsciente. Sin duda, sostiene Hoffman, el aplazamiento es posible y deseable en determinadas circunstancias pero, incluso en estas situaciones, el posponer como tal es una elección real con consecuencias reales. La idea del análisis como santuario desmiente tanto la medida de nuestra autoridad como la de nuestro íntimo compromiso con nuestros pacientes cuando corren el riesgo de hacer o no una determinada cosa. No existe, según el autor, una posición libre de riesgos en la que uno pueda replegarse.


En el siguiente apartado, “Enfrentarse con la autoridad del analista en un paradigma constructivista”, Hoffman comienza planteando a dónde hemos llegado hoy en el psicoanálisis contemporáneo: se reconocen los aspectos benignos del compromiso interpersonal, que nuestras teorías afectan inevitablemente el tipo de interpretaciones que realizamos, que las actitudes contratransferenciales son más penetrantes y tienen mayores consecuencias y utilidad de lo que tradicionalmente se reconocía y que debemos estar atentos a cómo nuestros propios valores pueden estar influenciando en una dirección o en otra. Pero, se pregunta Hoffman, ¿hasta qué punto tomamos seriamente estas ideas? ¿Cuánto realmente aceptamos el hecho de que, querámoslo o no, estamos inevitablemente comprometidos en alguna medida como “mentores” de nuestros pacientes? Aceptar plenamente este aspecto de nuestro rol es considerar que no es suficiente con decir que nuestras acciones deben estar continuamente sujetas a examen. No nos sentimos cómodos en reconocer, continúa, que influenciamos a nuestros pacientes en cuestiones tales como qué carrera realizar, qué calidad de identificaciones de género adoptar, si casarse o no, etc. También en la situación analítica queremos que el paciente configure la atmósfera de la relación con poca o nula “interferencia” nuestra. Cuando interpretamos algo nos gusta creer que eso estaba “ahí” y que sólo lo traemos a la superficie. Nos resulta más difícil sostener que cultivamos algo en el paciente y en la relación que podría no haberse desarrollado del mismo modo. Nos sigue gustando creer, prosigue, que nuestra influencia en las elecciones de nuestros pacientes se limita a ayudarlos a ser concientes de los diferentes aspectos de sus conflictos internos. Tal vez, con nuestra sofisticación aumentada, sostiene Hoffman, podemos no dar por sentada nuestra neutralidad; pero, insiste, él piensa que hemos adherido a la idea de que con un continuo esfuerzo por nuestra parte y una continua reflexión crítica podemos neutralizar nuestros prejuicios teóricos y personales y, por tanto, reducir sus efectos a algo no significativo. Para Hoffman esto no funciona. Sostiene que aquellos analistas que hemos realizado un giro desde una visión objetivista del rol del analista hacia una visión en la que la experiencia del paciente está parcialmente constituida interactivamente en la situación analítica, es decir, una visión constructivista del proceso analítico, estamos enfrentados a la necesidad de aceptar las implicaciones de esta perspectiva en el rol que el analista desempeña en la vida del paciente. Si el analista co-construye y no meramente descubre la realidad psíquica del paciente, nos enfrentamos con el hecho de que no existe modo de reducir el compromiso que tenemos al de mero facilitador de la toma de conciencia o de la integración. No existe, sostiene Hoffman desde esta perspectiva, una interpretación objetiva y tampoco una sintonía afectiva que sea meramente respuesta a, y reflexión sobre, lo que el paciente nos trae. Siempre está presente algo personal y teórico del analista. Más aún, continúa, siempre está presente lo no conocido, lo no pensado, no sólo por efecto de la resistencia sino porque se encuentra más allá de los marcos de referencia de paciente y terapeuta. Siempre hay algo que permanece en la oscuridad, más allá de la consideración de los contextos culturales, teóricos y personales (contratransferenciales) que organizan nuestras acciones. A este  lado oscuro de los contextos de nuestra acción Hoffman propone denominarlo “el contexto de ignorancia de los contextos”. Pero, como debemos actuar necesariamente, junto con la toma de conciencia de nuestra inevitable ceguera podemos reconocer que el analista está ubicado en medio de la acción. En la situación analítica existe una tensión, por un lado, entre dejarnos llevar y ser tomados en diferentes tipos de interacciones con nuestros pacientes y, por el otro, en disciplinarnos, incluso con la ayuda de nuestros pacientes, para tomar una distancia reflexiva y crítica sobre el significado de nuestra participación. De alguna manera, sostiene Hoffman, la asociación libre como foco central es reemplazada en este modelo por la libre emergencia de múltiples escenas transferenciales-contratransferenciales, una muestra de la cual es interpretada a lo largo del tiempo. No se trata para el autor de descuidar el lugar central de la realidad psíquica del paciente: los patrones de transferencia-contratransferencia que emergen tienen el sello de las relaciones de objeto internas del paciente tal y como son externalizadas en la situación analítica. Lo que Hoffman piensa es que hoy es necesaria una actitud que subraye la dialéctica entre el aspecto figurativo o “como si” de la experiencia analítica y su aspecto literal. Es fundamental reconocer que es probable que nuestra participación tenga consecuencias antes de que sea explícitamente comprendida -en la medida en que se pueda. Por ello, piensa que no podemos evadir nuestra responsabilidad en lo que se refiere al encuentro entre sufrimiento neurótico y miseria humana normal, porque él considera que nuestro íntimo estar involucrados con nuestros pacientes requiere que seamos socios (partners) con ellos en sus luchas con, a menudo, agonizantes y apremiantes elecciones existenciales.


En el siguiente apartado, “Las fuentes del poder del analista”, Hoffman se dirige al asunto del poder y de la autoridad del analista en la situación analítica. Piensa que el psicoanálisis conlleva una compleja combinación de ritual y espontaneidad en una forma única de interacción humana. Lo metódico, lo ritual, los rasgos relativamente impersonales del proceso están asociados con el mantenimiento de los límites mientras que los aspectos personales, lo espontáneo, lo está con el hecho de cultivar la intimidad. Pero, sostiene el autor, las dos dimensiones del proceso se encuentran en una relación dialéctica en la que cada uno sólo puede ser comprendido en el contexto del otro, es decir, interdependientes en cuanto a su significación. No existe intimidad sin límites en ninguna relación, sostiene Hoffman, y nuestro desafío, insiste, es conceptualizar qué tipo de dialéctica se juega en la situación analítica. Él afirma que está interesado en la idea de explorar el compromiso del terapeuta en el proceso como un tipo de autoridad moral en el sentido amplio de este término. Encuentra un antecedente de esta visión en  Freud: junto con el concepto de la transferencia positiva inobjetable Freud considera las funciones educativas del analista en lo que denominará “post-educación”. Piensa que Freud reconoce así que el analista se encuentra en una posición que posee un tipo particular de autoridad: una autoridad íntima y amorosa, continuación de la ejercida en la infancia por las figuras parentales. En 1926, en “Análisis profano”, Freud describe el rol social del analista como el de “trabajador pastoral secular”. Hoffman sostiene que aunque Freud pensaba que el uso de esta autoridad estaba primariamente dirigido y limitado a persuadir al paciente de aceptar “la verdad” de su mundo interno y externo, no se sentía cómodo con este aspecto de la función del analista y advertía de sus riesgos. A pesar de esto, continúa, Freud reconocía que la función del analista era más amplia que la de un facilitador neutral de la racionalidad reflexiva y del insight del paciente. Hoffman sostiene que no podemos desconocer que la situación analítica tiene una organización jerárquica en la que se delimita la relación paciente-analista. Incluso, piensa que es un tipo único de institución social en el cual uno de los miembros tiene un tipo especial de poder para afectar al otro. Cito: “La delicada integración de los límites y la intimidad, de la asimetría ritualizada y la mutualidad, ayuda a promover la autoridad socialmente legitimada del rol del analista”. Toma el concepto de “socialización secundaria” de Berger y Luckman (1967) para hablar esto. Sostiene que aunque esta idea hiera la sensibilidad de los analistas, se trata de una reacción excesiva desmentir que el psicoanálisis conlleva un tipo complejo de influencia social concentrada que comparte algunos de los ingredientes que Berger y Luckman atribuyen a la resocialización.


En el siguiente apartado, “Áreas de la autoridad moral del analista”, Hoffman piensa que existen dos modos interrelacionados en los cuales el poder es tal vez inevitablemente utilizado por los participantes: 1) se refiere a la afirmación del sentimiento de sí y del valor del paciente como un sujeto que vivencia y como agente, 2) por el hecho de acompañar al paciente en las elecciones que éste realiza e implicarse en ellas. La primera, en diferentes versiones, es más aceptada comúnmente que la segunda. La segunda parece más controvertida, según Hoffman, pero piensa que aunque conceptualmente podamos diferenciar una de otra en la práctica son inseparables. Aun así, Hoffman las trabajará por separado. Para él, mas allá de los factores transferenciales y contratransferenciales en juego existe algo como la idea simple de que el analista es una autoridad y cuya consideración de los asuntos del paciente de un modo especial es algo que no se intenta analizar y que tal vez no se pueda. El analista está en una posición que promueva los aspectos de su persona más tolerantes, comprensivos y generosos. Afirma que él piensa la idealización en parte en términos interaccionales porque la situación analítica realmente alimenta algunos de las cualidades más ideales del analista como persona. Por el contrario, la consideración del paciente por parte del analista está relacionada con que éste conoce mucho más acerca del paciente. Más aún, ninguno de los dos tiene que vivir con el otro ni comprometerse en circunstancias externas a la situación analítica. Existe una dialéctica entre la percepción que el paciente tiene del analista como una persona como él y la percepción del analista como una persona con un conocimiento, sabiduría, juicio y poder superiores. Cada uno de estos modos de ver al analista está, sugiere Hoffman, coloreado por el otro. Es difícil determinar el balance ya que dependerá de cada díada, de cada momento de la misma y, por tanto, está fuera de control. Debe emerger, piensa, de una manera auténtica de participación del analista y no como una fórmula técnica. El autor piensa que existe un poder especial de afirmación asociado con la disponibilidad del analista a compromete de una forma espontánea y personal con el paciente; la fuente de ese poder, sostiene Hoffman como tesis, reside precisamente en la asimetría ritualizada. En este contexto, continúa, la disponibilidad personal y emocional del analista puede devenir una especie de “regalo mágico” que es asimilado de una manera que tiene continuidad con (aunque no es equivalente a) el modo en que el amor parental es asimilado en la infancia.  Resumiendo su posición Hoffman afirma: “Estoy argumentando que el compromiso personal del analista en la situación analítica tiene, potencialmente, un tipo particular de concentración de poder porque se encuentra encarnado en un ritual en el cual el analista está instalado en un tipo especial autoridad” (p.84). Piensa que si bien el análisis puede disminuir o parcialmente deconstruir el aspecto mágico del rol del analista, nunca podrá eliminarlo completamente. Es la asimetría, sostiene, lo que hace que nuestra participación con espíritu de mutualidad sea un asunto para nuestros pacientes de un modo intenso, uno que ayude a construir la visión de nuestros pacientes de sí mismos como agentes creativos y como personas, en última instancia, merecedores de amor. Nuestra responsabilidad, sostiene, es aún mayor cuando reconocemos que el proceso de afirmación nunca está libre de contenidos. La actitud afirmativa inevitablemente gravita hacia ciertos potenciales del paciente a expensas de otros. En este sentido, la afirmación del sentimiento de sí del paciente y nuestra participación en sus momentos o modos de elegir son inseparables. El contexto de afirmación es siempre uno en el cual nuestros pacientes están en medio de decir o hacer algo, o sólo siendo de un determinado modo o modos. Hoffman sostendrá que la sintonía afectiva o la respuesta empática, no menos que la interpretación, están coloreadas por las inclinaciones teóricas, culturales y personales del terapeuta y advierte que la lucha contra modos intrusivos de participación –que sin duda los hay- ha llevado a los analista a eliminar el asunto de que es imposible que la personalidad del terapeuta no esté presente en su respuesta: por muy lejos que queramos ir nunca alcanzaremos, plantea, un punto en el que nuestra personalidad desaparezca del campo. Por ello critica la idea de algunos que defienden que aunque la sintonía afectiva o la respuesta empática o la perfecta objetividad-neutralidad sean ideales es necesario esforzarse por alcanzarlas. Piensa que, por el contrario, no es algo bueno instalar ideales intrínsecamente irracionales que violentan la naturaleza humana. Estos nuevos ideales, como lo hacía el ideal de neutralidad, facilitan el desarrollo de “yo ideales” inapropiados que, a su vez, promueven ilusiones defensivas sobre lo que somos capaces de realizar -junto con el desconocimiento de nuestra imperfección. Todo esto, continúa, nos distrae del asunto más relevante: considerar no si hemos participado o no de una forma personal con nuestros pacientes sino cómo lo hemos hecho. Claro, esta reflexión no elimina nuestra participación y sus efectos; no nos salimos del campo al hablar de nuestra influencia. Termina este apartado afirmando que el escepticismo psicoanalítico mismo, potencialmente modelado por el espíritu crítico del postmodernismo, asegura y afianza una actitud cuestionadora hacia sistemas de valores explícitos o implícitos, viejos o nuevos; pone en duda la autoridad moral del analista, incluso si aspectos del ritual analítico promueven su influencia. Por ello, la autoridad que perdura no puede ser más que irónica, insiste Hoffman, dada la extensión de su desafío. Cuando somos concientes de la naturaleza construida de nuestro mundo ya no podemos vivir en él con la misma fe y con la misma tendencia a dar por sentado ciertas cosas.


En el siguiente apartado “Sesiones dentro de las Sesiones” Hoffman evoca al paciente que le hizo conocer el programa de TV al que se refirió al comienzo de este capítulo y que un día le grabó varios episodios para que los viese. Afirma que él suele, a veces, ver una película que un paciente le recomienda o leer un libro, etc, siempre que él sienta que hacer esto ayudará a profundizar el proceso –aclara: siempre y cuando pueda mantener su propio interés y no se sienta agobiado. Sostiene que cuando el analista detecte signos de estar capturado en una configuración transferencial-contratransferencial debe comenzar a trabajar para salirse de ella, sea a través de una reflexión conjunta, una interpretación, negociación u otro tipo de acciones. La relación entre repetición patológica de aspectos del pasado y relativamente nuevas experiencias es habitualmente altamente compleja y paradójica. Para él es útil verla dialécticamente, es decir, no sólo cada una es fondo de la otra sino que realmente está en la labor de evolucionar hacia la otra. Sitúa a continuación cuatro componentes de lo que sería para él una actitud analítica óptima: 1) reconocimiento de la dialéctica entre los aspectos de autoridad del ritual analítico y los elementos de mutualidad del lado personal de la relación; 2) perspectiva que ve la experiencia del paciente como una organización jerárquica compleja y fluctuante de necesidades y deseos, de su calidad, intensidad y categoría, y que son parcialmente dependientes de la naturaleza de la participación del analista; 3) reconocimiento de la relación dialéctica y paradójica entre repetición y nueva experiencia en el proceso psicoanalítico; 4) consideración del hecho de que el analista está siempre en una posición de cierta incertidumbre en cuanto a la naturaleza de lo que emerge en el paciente y en sí mismo así como de las fuentes de su acción. Estos elementos no excluyen la responsabilidad del terapeuta por su actuar. Retoma, luego, la historia del paciente que le entregó los episodios de “Sesiones” y analiza según lo que viene desarrollando su participación. Vuelve sobre la idea de que la experiencia del paciente siempre contiene una variedad de potenciales, múltiples potenciales sí-mismos o aspectos de sí-mismos que el desarrollo de algunos de ellos a expensas de los otros tiene algo que ver con quiénes somos nosotros, los terapeutas, como personas, que se refleja en a qué respondemos, con qué afecto, y con qué grado de convicción.


En el último apartado de este capítulo, “De una reflexión solitaria hacia un esfuerzo relacional”, Hoffman traza un breve movimiento histórico del proceso analítico desde la reflexión solitaria de Freud sobre sus sueños, pasando por la presencia reservada del analista científico y facilitador de la transferencia y su interpretación, hasta una visión del analista como responsivo de un modo terapéuticamente corrector frente a las necesidades y déficits del paciente, la utilidad de la contratransferencia en el proceso, una comprensión de las interpretaciones del analista no como mapas de una realidad ya pre-estructurada sino como contribuyendo algo a la construcción de dicha realidad, el reconocimiento de la relación a la cultura y de los aspectos irónicos de la autoridad del analista, la consideración de las plenas implicaciones del compromiso con nuestros pacientes en sus luchas y esfuerzos por darle sentido y modificar sus modos de experimentar y construir sus mundos.



Capítulo 4: El paciente como intérprete de la experiencia del analista


La primera versión de este texto aparece en 1983 y Hoffman lo retoma en este libro señalando a pie de página algunas de las evoluciones de su pensamiento. Este texto tuvo gran repercusión en el medio analítico del autor y es uno de los más citados. Tiene como objeto una reflexión sobre la influencia de los modelos teóricos en la práctica clínica a partir del análisis de la idea, persistente a lo largo del tiempo, del analista como pantalla en blanco.


En el primer apartado, “La resiliencia del concepto de pantalla en blanco”, Hoffman constata que la literatura psicoanalítica esta llena de críticas a esta idea, es decir, a que el analista no es percibido correctamente por el paciente como una persona real sino como una pantalla o espejo al cual éste atribuye un conjunto de actitudes, sentimientos y motivos, que dependen de sus propias neurosis y expresan su transferencia. Sostiene que se ha declarado muchas veces la muerte de este concepto, desde escuelas muy diversas, pero Hoffman está convencido, sin embargo, que este tema merece una reflexión en profundidad porque el analista como pantalla en blanco no es más que un elemento de un fenómeno más amplio y persistente que denomina “concepciones asociales de la experiencia del paciente en psicoterapia” (p. 99). En ellas la corriente central de experiencia del paciente se encuentra divorciada de forma significativa del impacto inmediato de la presencia personal del terapeuta. Aclara, rápidamente, que no se trata de desconocer lo que el paciente aporta a la situación analítica, sino que esas estructuras internas del paciente emergen y están coloreadas experiencialmente en el contexto de la interacción con el analista el cual, a su vez, aporta sus propias estructuras internas a la situación. En el paradigma asocial que intentará describir y criticar, la conducta apropiada o ideal del terapeuta consiste en permitir que la experiencia del paciente fluya siguiendo un cierto curso natural. Piensa que en psicoanálisis la idea de la pantalla en blanco persiste de modos más o menos cualificados o reconocidos abiertamente. Sostiene que la contra-cara de esta concepción del analista es la definición de la transferencia como distorsión de la realidad actual. Hoffman piensa que se confunden dos asuntos: uno está vinculado al nivel óptimo de espontaneidad y compromiso personal que el analista debe expresar en la situación analítica; el otro está relacionado al tipo de credibilidad que se atribuye a las ideas del paciente sobre el analista.


En el siguiente apartado, “Calificaciones estándares del concepto de pantalla en blanco”, muestra cómo se sostiene que esta función pantalla del analista se considera, habitualmente, como respuesta a una parte de la experiencia del paciente, aquella que distorsiona la realidad por la persistente influencia de lo infantil, y no a la otra parte en la que podrían diferenciarse dos tipos de experiencia que están relacionadas al impacto real de la conducta del terapeuta: una es la percepción de analista como confiable y competente -conceptos de alianza de trabajo o terapéutica; la otra es el reconocimiento y la respuesta del paciente a expresiones relativamente evidentes de la neurosis del analista y de la contratransferencia iatrogénica. En una nota al pie de 1998 Hoffman intenta ubicar este texto y sus énfasis en el contexto de su producción. Primero reflexiona sobre los componentes claramente irracionales en la obra de Freud de su idea de la transferencia inobjetable: este aspecto de la transferencia incluye elementos de dependencia e idealización que tienen su origen en la infancia. Dice que no es inobjetable porque sea realista sino porque el analista la puede emplear para un buen fin. Afirma que en este texto, en su empeño por corregir la visión del analista pantalla, no dio peso suficiente a la importancia de la relativa subordinación del analista de sus intereses personales y deseos, es decir, de la asimetría propia de la situación analítica: el analista es (y debe ser) menos visible que el paciente. Lo que se desarrolla en este texto, sostiene, es sólo una cara de la dialéctica simetría-asimetría.


“Dos tipos de paradigmas y críticas” es el apartado en el que el autor se esforzará por situar lo que el denominará “crítica conservadora” y “crítica radical” del concepto de analista pantalla así como los dos paradigmas que los acompañan: paradigma asocial y paradigma social. La crítica conservadora tiene la siguiente forma: suelen pensar que uno o ambos aspectos de las calificaciones estándares del analista pantalla han sido insuficientemente desarrolladas en su rol en el proceso analítico. Estas críticas son conservadoras, sostiene Hoffman, porque retienen la idea de que un aspecto crucial de la experiencia que el paciente tiene del analista guarda poca o ninguna relación con la conducta real del terapeuta o sus actitudes: para este aspecto reservan el nombre de transferencia. En estos autores la dicotomía entre percepciones realistas y no realistas es menos drástica pero permanece como un elemento central. Por su lado, los críticos radicales rechazan la dicotomía entre transferencia como distorsión y no transferencia basada en la realidad. Argumentan que la transferencia misma tiene una base significativamente plausible, generalmente, en el aquí y ahora. (En nota al pie de 1998 afirma que hoy en día piensa que generalmente es así pero que no lo es siempre -como creía en 1983). El problema que la dicotomía de los críticos conservadores plantea es la habilidad del analista para realizar ese juicio, es decir, el problema de la decisión acerca de lo que es o no “realidad”. Los críticos radicales rechazan la idea de que pueda existir algún aspecto de la experiencia que pueda ser unívocamente designado como fiel a la realidad. Desde este punto de vista, lo mejor para el analista es tener como supuesto de trabajo que la perspectiva que el paciente aporta de las actitudes internas del analista es una entre otras perspectivas que son relevantes, subrayando cada una alguna faceta del compromiso del terapeuta. Esta posición no implica que ambos tipos de experiencia no puedan ser diferenciadas. Se trata de establecer un nuevo criterio. Para esta perspectiva los rasgos distintivos de la transferencia neurótica se relacionan con el hecho de que el paciente está atento selectivamente a ciertas facetas del comportamiento y personalidad del terapeuta; que es llevado perentoriamente a elegir un conjunto de interpretaciones más que otras; que su vida emocional y adaptación están gobernadas inconscientemente por el punto de vista que han adoptado; por último, el paciente se comporta de manera tal que provoca abiertamente o de forma encubierta respuestas consistentes con su punto de vista y expectativas. Por ello, la transferencia representa un modo de construir y modelar las relaciones interpersonales en general y, en particular, con el analista. En esta línea de pensamiento, los críticos radicales se oponen a todo modelo que sugiera que el impacto “real y objetivo” del analista es equivalente a lo que el analista intenta realizar o a lo que el analista piensa sobre lo que ha transmitido o traicionado en su comportamiento. Lo que diferencia un modelo basado en una concepción asocial o social de la experiencia del paciente es si el paciente es o no considerado como capaz de comprender, aunque más no sea pre-conscientemente, de que hay más en la experiencia del terapeuta de lo que la mente del terapeuta puede captar en cada momento. Lo que Hoffman está planteando aquí es una idea que siempre lo acompañará y que ha denominado la “falacia del paciente ingenuo”, es decir, la idea de que el paciente en la situación analítica, en la medida en que es racional, tomará el comportamiento del analista “at face value”, sólo en su contenido manifiesto, mientras que el suyo será examinado a partir de sutiles indicadores de lo no dicho o de los significados inconcientes. Hoffman sostiene que la crítica radical así como la conservadora no están ligadas a escuelas específicas sino que suponen un corte transversal en las escuelas. Piensa que existe, por ejemplo en los críticos radicales, una especie de “escuela” informal que atraviesa a freudianos, kleinianos y sullivanianos y que lo que los acerca es más importante para él de lo que los diferencia: una visión común de la situación analítica. Las críticas radicales del divorcio entre distorsión y realidad en las concepciones de la transferencia reposan en dos supuestos básicos: 1) la sensación del paciente de que la conducta interpersonal del analista, como toda conducta interpersonal, es siempre ambigua y puede siempre llevarse a una variedad de interpretaciones plausibles; 2) la sensación del paciente de que la experiencia personal del analista en la situación analítica está continuamente siendo afectada, y respondiendo a, los modos en que el paciente se relaciona y participa en el proceso.


En el siguiente apartado, “Implicaciones de la ambigüedad de la conducta del analista en la situación analítica”, trabaja sobre el supuesto implícito en dicha afirmación: la realidad que no puede ser comprendida en términos absolutos. Hoffman sostiene que sabemos todos que la relación entre lo manifiesto y lo latente es altamente compleja pero que tenemos una tendencia a ignorar o negar que esta ambigüedad y complejidad se refieran también a la participación del analista en el proceso analítico. Lo que para Hoffman da cuenta la transferencia del paciente no es de una distorsión de la realidad sino de una atención selectiva y una sensibilidad a ciertas facetas de la respuesta altamente ambigua del analista al paciente en el análisis. Después de todo, y esto es lo difícil de lo que se viene planteando, no podríamos describir al “analista real” o a la verdadera naturaleza de la experiencia del analista independientemente de alguna atención y sensibilidad selectiva. No hay percepción independiente de su asimilación a algún esquema preexistente. Esta asimilación no modifica la realidad hacia algo que no es sino que otorga sentido o modela algo que está “allí afuera” pero que posee, entre sus propiedades “objetivas”, precisa Hoffman, un tipo particular de maleabilidad que le permite ser asimilada de ese modo. El esquema también es flexible, es decir, se acomoda a lo que está en el entorno.


En este apartado aborda el segundo supuesto que antes había señalado: “Implicaciones de la responsividad (3) de la experiencia del analista en la situación analítica”. Parte de que el analista, en la situación analítica, está continuamente teniendo una especie de reacción afectiva personal que es respuesta a la manera que el paciente tiene de relacionarse. Más aún, sostiene Hoffman, todo paciente sabe que tiene influencia sobre la experiencia del analista. A continuación aborda el tema de la contratransferencia y critica cierto tipo de articulación que se realizó entre ésta con el concepto de identificación proyectiva, ya que en general también han eliminado al analista del campo. Hoffman aclara que en este texto los términos “social” e “interpersonal” no connotan algo superficial y observable desde “afuera”, o algo no intrapsíquico -connotaciones peyorativas que estos términos han adquirido para el psicoanálisis clásico. En el paradigma social la experiencia se conceptualiza como una estratificación de respuestas recíprocas en los niveles consciente, preconsciente e inconsciente de cada uno de los participantes.


A continuación Hoffman considera las “Implicaciones del paradigma social para la técnica”. Sostiene que la transferencia supone un tipo de profecía auto-cumplida, ya que incluye no sólo lo que ocurrió o está ocurriendo, sino también una predicción, un convicción sobre lo que ocurrirá. El esfuerzo por desconfirmar esta predicción es un esfuerzo mutuo y activo que siempre está acompañado por un elemento de incertidumbre. Más aún, sostiene Hoffman, el paciente como intérprete de la experiencia del analista tiene buenas razones para pensar y temer que la contratransferencia evocada por el poder de la transferencia neurótica puede ser el factor decisivo en la determinación del curso de la relación, es decir, que la sensibilidad del terapeuta a la contratransferencia complementaria pueda condenar la relación a repetir, encubiertamente o no, los patrones de interacción interpersonal que el paciente vino a cambiar en el análisis. Es en este hacer algo nuevo en donde la “objetividad” del analista entra en escena y juega un rol importante, según el autor. Se trata de una objetividad que capacita al analista a trabajar para realizar otros potenciales en la relación y en la experiencia del paciente, potenciales que se encuentran en desacuerdo con la realidad creada por el interjuego de la neurosis de transferencia-contratransferencia complementaria. El paciente se da cuenta, afirma, que el analista no está tan tomado ni amenazado por la contratransferencia que le impida interpretar la transferencia. Por tanto, continúa Hoffman, lo que acontece es una rectificación: el paciente se libera de la obligación inconsciente de resistir la interpretación de la experiencia del analista para acomodarse a una resistencia recíproca en el analista. Irónicamente, sostiene, la resistencia del paciente a veces toma la forma de una aparentemente ferviente creencia de que, objetivamente hablando, el analista debe ser una verdadera pantalla neutral que, de acuerdo con el modelo estándar, ellos aspiran ser: el paciente se ubica en la posición de quien piensa que sus ideas sobre el analista no son más que fantasías, derivadas enteramente de sus experiencias infantiles, sólo transferencia en el sentido estándar. Esta desmentida, sostiene Hoffman, debe ser interpretada.


En segundo lugar trabaja sobre la “Interpretación como rectificación”. Comienza preguntándose desde dónde se determina la respuesta del terapeuta y la necesidad de este de salirse de la actuación (enactment) transferencial-contratransferencial. Hoffman sostiene que la interpretación es mutativa en parte porque, implícitamente, es auto-mutativa ya que modifica algo de la propia experiencia del analista. En la respuesta, el analista muestra que la contratransferencia que el paciente le atribuye ocupa sólo una parte de su respuesta y que ésta busca algo más: la capacidad del paciente de comprender, empatizar e interpretar la experiencia del analista, especialmente su experiencia del paciente (Searles, 1975). Esta nueva experiencia interpersonal, sostiene Hoffman, es más poderosa cuando el insight de la transferencia incluye una nueva comprensión de aquello que el paciente ha intentado evocar, y lo que él ha construido como plausible de haber sido evocado en el analista. También señala que es importante poder encontrar en las asociaciones del paciente la interpretación que realiza de la contratransferencia. Sin esta guía existe el peligro, según Hoffman, de que el analista repose excesivamente en su experiencia subjetiva a la hora de construir las interpretaciones –lo que llevaría al supuesto erróneo, según el autor, de tomar automáticamente lo que el analista siente como correspondiendo a lo que el paciente imagina que ocurre.


En tercer lugar desarrolla el asunto del rol de la actuación (enactment) y de la revelación (4) (disclosure) contratransferencial. Para los críticos radicales la posibilidad de una nueva experiencia se acompaña de la aceptación de una cierta amenaza de actuación (enactment) transferencial-contratransferencial en el curso del análisis que se encuentra dialécticamente articulada con el proceso por el cual esta actuación (enactment), en la medida en que es experimentada por el paciente, es analizada. En el texto de 1983 Hoffman sostiene que esta dinámica no requiere la admisión por parte del terapeuta de su contratransferencia. Retoma el mito de la situación analítica, tal como Racker lo plantea, para sostener que, irónicamente, una confesión contratransferencial regular puede perpetuar este mito. En nota al pie de 1998, revisa esta posición de exclusión absoluta de la confesión contratransferencial. Según él, todo enfoque que sea abiertamente específico en términos de principios técnicos amenaza con quitarle a la revelación (disclosure) los elementos de espontaneidad y autenticidad que se encuentran entre sus beneficios centrales. La dialéctica principal es entre la inclinación a revelar y la inclinación a ocultar aspectos de la propia experiencia personal en la situación analítica. El énfasis está puesto menos en si revelar o no que en una dialéctica entre expresión personal y un comportamiento moderado en cuanto a lo personal. Retomando el argumento de 1983, Hoffman sostiene que una auto-revelación (self-disclosure) regular se acerca mucho a una relación social íntima y suponer que el analista en dichas circunstancias puede resistirse a formas neuróticas de actuaciones (reenactment) recíprocas sólo puede estar basado en el supuesto, a su vez, de que su salud mental es muy superior a la del paciente. Revelar reacciones contratransferenciales, continúa Hoffman, también supone una sobreestimación de la experiencia conciente del analista en detrimento de los que es resistido tanto preconsciente como inconscientemente. También supone una gran habilidad del terapeuta en captar su experiencia del paciente de pocas palabras mientras que al paciente le lleva mucho tiempo. Es así como Hoffman piensa que la revelación (disclosure) contratransferencial alimenta una ilusión compartida: la eliminación del elemento de ambigüedad asociado a la conducta del analista. Sostiene que existen momentos en el que cierto grado de expresión personal, auto-reveladora, no sólo es inevitable sino deseable. En una nota al pie de 1998 Hoffman afirma que su visión sobre este tema ha ido cambiando gradualmente desde una posición conservadora -la expresada en el texto. Aunque una actitud reservada es necesaria para mantener la configuración asimétrica, Hoffman sostiene que hoy le parece que a menudo es útil ser abierto con los pacientes en cuanto a las reacciones personales en el proceso. Ya en 1983 sostenía que un cierto tipo de interacción espontánea puede ser el menos malo de los varios demonios entre los que los participantes tienen que optar o el más saludable de la varias posibilidades transferenciales-contratransferenciales que están en el ambiente en un momento dado. Estos tipos de interacción interpersonal saludable a menudo tienen algo nuevo o débiles antecedentes en la historia del paciente y, por tanto, no son patogénicos sino promotores de salud. Finaliza Hoffman estas reflexiones afirmando que un supuesto seguro de trabajo para el analista es que la interacción representa una compleja aleación de repetición y nueva experiencia. Es central, sostiene, que el analista no presuma conocer el valor de sus contribuciones y que sea guiado por las subsiguiente asociaciones del paciente para determinar cómo el paciente experimentó la interacción.


En cuarto lugar considera la “Exploración de la historia en el paradigma social”. Plantea que una de las funciones clave de comprensión de la historia del paciente en relación a formas deletéreas de actuaciones (enactment) transferenciales-contratransferenciales es que libera del sentimiento de necesidad de la actuación (enactment). Estas explicaciones, al mostrar cómo el paciente modula y percibe la relación a partir de su historia, aportan la convicción de que son posibles formas alternativas de relacionarse. Hoffman quiere una vez más que no se malentienda lo que está planteando: lo que es corregido no es una simple distorsión de la realidad sino la investidura del paciente en configurar y percibir su experiencia interpersonal de modos particulares. Tampoco el pasado es explorado, aclara, con la idea de encontrar lo que realmente ocurrió (teoría traumática) ni con la idea de que lo que se busca es lo que el paciente, sólo por razones internas, imaginó que ocurrió (el pasado entendido como fantasía). El paciente como un intérprete creíble-plausible (aunque no exacto) de la experiencia del analista tiene como precursor al niño como un intérprete creíble-plausible de la experiencia de sus padres, especialmente de la actitud de los padres hacia él. Hoffman piensa que es necesario salir aquí también de falsas dicotomías como las establecidas entre ambientalismo-trauma frente a fantasías infantiles ya que es la réplica de lo que en la situación analítica es la falsa dicotomía entre errores contratransferenciales reales por parte del analista y el despliegue de una transferencia pura que sólo tiene una base trivial en la realidad.



Capítulo 5: Hacia una visión constructivista-social de situación psicoanalítica


Este capítulo retoma el comentario que Hoffman realizó sobre tres textos en la revista Psychoanalytic Dialogues Nº 1 (1991). Estos textos, de Aron, Greenberg y Modell, fueron publicados en ese mismo número de la revista. Esto hace que vaya agrupando temas y estableciendo, en simultáneo, varios diálogos. En el primer apartado, “Temas comunes: ¿hacia un nuevo paradigma?”, piensa que frente a la pregunta de si existe o no un cambio de paradigma, él afirmaría que un nuevo paradigma está luchando por emerger pero que aún no ha llegado a estar firmemente establecido. En este sentido considerará a estos tres textos como textos de transición. El autor aclara que el cambio de paradigma en el que él está pensando no tiene como problema central el paso de la centralidad de la pulsión a lo relacional, sino que lo fundamental es pasar de un modelo positivista de la teoría y práctica psicoanalítica a un modelo constructivista. Más aún, sostiene que confundir los dos ejes (pulsional-relacional y positivista-constructivista) lleva a una gran inconsistencia y confusión. Para él el cambio fundamental debe darse en lo epistemológico, ya que piensa que si bien lo relacional puede conducir a ello no necesariamente lo hace. Piensa que las diferentes tradiciones teóricas han estado marcadas por el positivismo. Por tanto la pregunta es ¿qué clase de conocimiento piensan tener sobre sí mismos y sobre el otro los participantes de la situación analítica? Para Hoffman el paradigma cambia si y sólo si integramos el compromiso personal del analista con una posición epistemológica constructivista o perspectivista. Se comprende la experiencia como estando en proceso continuo de ser formulada. No hay, para Hoffman, un texto preestablecido en la evolución de la interacción y diálogo entre dos personas. La historia de vida del paciente no es sólo un asunto de reconstrucción histórica sino que también es un fragmento de una nueva historia que se está construyendo en la interacción inmediata. Hoffman propone que le resulta útil que el modelo que plantea sea denominado constructivismo social ya que el primer término que refiere es aspecto constructivo y no preestablecido y el segundo recoge la participación e influencia interpersonal. En el contexto de este paradigma piensa que el rol del analista estaría bien descrito con el término participante-constructivista (participant-constructivist).


Coincide con Aron en que aunque en la psicología del self hay un foco en la subjetividad del analista como fuente de comprensión de las necesidades del paciente, el énfasis está enteramente en el analista como objeto, como una persona cuya subjetividad no está reconocida. La transferencia objeto-self está relacionada con la necesidad de un otro desinteresado, idealizado, una necesidad que entra en conflicto con el interés del paciente en descubrir y explorar la subjetividad del analista. Y, como han señalado otros autores, los psicólogos del self reclaman también la posibilidad de una lectura exacta y objetiva de la experiencia del paciente como los analistas clásicos: buscan aprehender la realidad de la vida interna del paciente con el supuesto de que no está contaminada ni por la contratransferencia ni por ninguna perspectiva que el analista pueda tener. No se toma seriamente, según Hoffman, la idea de la participación del analista. El autor sostiene que para que la teoría de la intersubjetividad sea consistente con el paradigma del constructivismo social debe abarcar la interacción en múltiples niveles de organización psicológica y conciencia. Todo divorcio entre lo intrapsíquico y lo interpersonal es inaceptable para él. La noción de interacción en múltiples niveles otorga todo su sentido a la idea de participación en la situación analítica. Hoffman comenta, para situar una objeción frecuente, que la visión que Freud tenía de la percepción era consistente con un realismo ingenuo y no con una posición constructivista. Hoffman reconoce que en un cierto sentido existen un conjunto de categorías de la experiencia que están tan aceptadas como parte de nuestro mundo consensualmente validado que el que sean “construcciones” deviene algo académico. De todos modos, insiste, tiene sentido en el esfuerzo por desarrollar la teoría ser más rigurosos con la terminología, sobre todo si existe interés en cambiar de un paradigma a otro.


En el apartado siguiente, “Llamando la atención sobre uno mismo”, Hoffman retoma el asunto de la resistencia recíproca que existe para explorar lo que el paciente discierne del analista. Es importante reconocer que explorar las percepciones del paciente sobre nosotros, sostiene Hoffman, frecuentemente hace necesario que nos enfrentemos al asunto de la auto-revelación. El desafío, continúa, es reconocer plenamente la complejidad de este enfoque y no acobardarse y replegarse a posiciones en las cuales nuestra propia subjetividad es desmentida y en la cual todo tipo de espontaneidad y participación personal está prohibida. Hoffman vuelve a insistir en que el paradigma subyacente a estas reflexiones en cuanto a la exploración de las percepciones del paciente es fundamental ya que puede ser entendido en términos positivistas o constructivistas. Opone así la idea de creación de sentido a la de descubrimiento: “Tanto el proceso de explicación como el momento de influencia interpersonal conllevan creación de significado y no meramente descubrimiento” (p. 150). En esta línea de pensamiento Hoffman sostiene que el término “técnica” sugiere un grado de control que no sintoniza con el movimiento del proceso. Retomando la importancia de la asimetría en tanto asegura que la experiencia del paciente permanezca en el centro de atención -y como un medio para evitar que el compromiso del analista se convierta en excesivo y traumático para el paciente- Hoffman quiere ubicar otra fuente de conflicto y de legítima resistencia recíproca frente a la emergencia de la subjetividad del analista en el proceso. Sostiene que el conjunto del ritual analítico tiene por función, en parte, cultivar y proteger una cierta áurea o mística que acompaña al rol del analista. Ésta debe ser respetada y cuestionada en su emergencia en el proceso. Pone en relación este doble interés –que la subjetividad del terapeuta aparezca y que no aparezca- con sus precursores en la infancia. Hoffman termina este apartado afirmando que es contra el telón de fondo de la idealización, promovida por la asimetría del ritual de la situación analítica, que la disposición del analista a participar en un espíritu de mutualidad ha devenido significativa y poderosa para el paciente.


En el siguiente apartado “Constructivismo y paradoja en la situación psicoanalítica”, discutiendo fundamentalmente el trabajo de Modell, sostiene que una de las paradojas centrales de la experiencia clínica se da entre una perspectiva clínico-técnica y una perspectiva personal. Considera útil la noción de dialéctica entre estos dos modos de participar en la interacción clínica. No hay que pensar estas dimensiones de forma separada sino como una amalgama de respuestas tanto personales como clínico-técnicas. Piensa que, en última instancia, los pacientes a lo largo de un análisis son alentados a desarrollar, implícitamente, una actitud constructivista frente a su propia experiencia. La autoridad del analista, sostiene en la última parte de este apartado, tiene un rol importante en el proceso de transformación de las formas fijas del paciente de experimentarse a sí mismo y al mundo. La situación analítica es una organización no sólo para deconstruir el sentido de necesidad que subyace a la transferencia sino también para construir una realidad social alternativa que compromete modificaciones en el sentimiento de sí mismo y de los otros del paciente. Piensa que el psicoanálisis puede ser considerado como un tipo complejo de aprendizaje psicológico en el cual el objetivo mayor es promover una reflexión crítica sobre el modo en el que la realidad del paciente ha sido construida en el pasado y está siendo construida  interactivamente en el presente, con una amalgama particular de repetición y nueva experiencia que la nueva construcción conlleva. El componente mágico en la autoridad del analista, extensión de la transferencia positiva inobjetable de Freud y de la transferencia idealizada de la psicología del self, puede ser explorado y parcialmente comprendido, pero no es probable que sea completamente reducido. Algunos aspectos de la idealización son tal vez necesarios, una construcción creada y mantenida conjuntamente.


En el siguiente apartado, “Relaciones figura-fondo, simultaneidad y cuestiones terminológicas”, Hoffman parte de la sugerencia de Aron de la conveniencia de descartar el término contratransferencia ya que connota que el paciente es responsable de la experiencia del analista. Hoffman coincide con Aron en la dificultad que plantea este término y sostiene que es necesario un modelo en el que la responsividad (responsiveness) sea comprendida simultáneamente como auto-expresión, así como también la iniciativa auto-expresiva debe comprenderse simultáneamente como respuesta a la otra persona en la interacción. Hoffman defiende la idea de que en lugar de cambiar términos tradicionales él prefiere intentar redefinirlos o asimilar redefiniciones ya hechas. Nos advierte asimismo que en el énfasis de reconocer al analista como agente no descuidemos que también es respuesta a lo que el paciente hace. Hoffman afirma que las dos direcciones de influencia deben ser comprendidas como simultaneas desde el comienzo -aunque habitualmente no idénticas.


Parta terminar, “Conclusión: teorías de una persona o dos personas en el paradigma constructivista-social”, Hoffman advierte que aunque los términos constructivista-social y constructivista-participante se refieran a las continuas interacciones en la situación analítica, esto no excluye la consideración de aspectos de la experiencia y de la motivación que no son primariamente sociales, aunque inevitablemente toman un significado adicional en el contexto social.



Capítulo 6: Convicción e incertidumbre en las interacciones psicoanalíticas


La primera presentación de este texto fue en 1992. En este capítulo, “Del objetivismo al constructivismo social”, parte de sostener el peso de la epistemología en la práctica psicoanalítica. Refiere que su interés en estos temas deriva de su práctica psicoanalítica: la discusión epistemológica representa un intento de explicar los supuestos subyacentes del modo de trabajar y estar con los pacientes. El paradigma objetivista o positivista tiene una visión del proceso analítico que le permite pensar al terapeuta como alguien capaz de situarse fuera de la interacción con el paciente, de este modo pueden realizar hipótesis y juicios confiables sobre el paciente, sus dinámicas, la transferencia, etc. El rasgo central de la visión positivista es que el analista, en función de su conocimiento de la teoría y aceptación de los principios técnicos, puede confiar en lo que piensa que los pacientes hacen o experimentan y en la naturaleza de su propia participación en todo momento. En la visión constructivista, por el contrario, la “sugestión”, como dice Hoffman, “ese cuco del proceso en un marco positivista”, se transforma en un aspecto intrínseco de toda interpretación en un marco constructivista. Esto no significa, advierte Hoffman, que una interpretación no pueda sintonizar más con la experiencia del paciente que otra, sino que hay una gama de interpretaciones que son más o menos persuasivas y que se sobreentiende que parte de la influencia viene de la decisión del analista de seguir una línea interpretativa y no otra. El “dato” –asociaciones del paciente, conductas, etc.- no decide el asunto por si mismo. Aun así, sostiene, esta crítica deja sin tocar el corazón del pensamiento positivista en la práctica clínica: la idea de que el analista puede conocer el significado personal de sus propias acciones en cada momento del proceso. En lo que Hoffman denomina constructivismo-social lo que es continuo es la contratransferencia y no su escrutinio –es imposible tener una actitud reflexiva constante hacia la corriente de experiencia no-formulada. Pero existe, según él, un segundo terreno que también ha sido dejado de lado: la dimensión personal de la acción prospectiva. Esto se refiere a que el analista, decidiendo qué hacer en cada momento, contribuye a hacer un fragmento de la historia del paciente (y de la propia) y no sólo interpretar/la. Hoffman piensa que tanto el modelo positivista como el constructivista restringido comparten la visión de que el analista puede adoptar confortablemente una posición de escucha e interpretación relativamente desapegadas porque se presupone  que esa actitud es favorable para la emergencia de la transferencia, para el desarrollo del insight, y para la producción de nuevas experiencias como un subproducto. Por su lado, en el modelo constructivista-social que sostiene Hoffman, aunque se retiene el posible valor de un analista desapegado, se considera el sentimiento de incertidumbre en cuanto al sentido para uno y para el paciente de dicha actitud en el mismo momento junto con el reconocimiento de que otros tipos de interacción son posibles e útiles. Otros tipos de participación, por ejemplo aquellas que conllevan un mayor compromiso emocional, no son más transparentes en cuanto a su sentido para los participantes que una posición relativamente desapegada.


En el siguiente apartado, “Autenticidad psicoanalítica en el paradigma constructivista-social”, Hoffman comienza preguntándose si el analista nunca debe hablar al paciente con algún sentimiento de convicción. Dice que en este modelo el analista es libre para una expresividad más espontánea que antes y ello puede muy bien incluir una expresión de convicción sobre el punto de vista propio. Existe un movimiento dialéctico entre lo personal y lo técnico: ninguno existe de forma pura, aislado del otro. Por un lado, las interpretaciones reflejan la contratransferencia –expresión personal-, por otro, las reacciones emocionales y personales pueden usarse para construir interpretaciones, es decir, pueden ser incorporadas en la técnica. Lo que no es posible es que los terapeutas trasciendan completamente su propia subjetividad. El rol de analista los constriñe a una reflexión crítica regular sobre su participación. Que el analista que trabaja con este modelo no aspire al tipo de conocimiento objetivo reclamado por los positivistas no significa, advierte Hoffman, que no haga uso de una comprensión acumulada de diferentes fuentes –vida personal, buen sentido, experiencia clínica, diferentes teorías, etc. La consecuencia central del cambio de un modelo positivista a uno constructivista es que al reducirse la convicción en el conocimiento objetivo –no descartarse- y aumentar la convicción en la incidencia de la experiencia subjetiva del analista, una nueva clase de incertidumbre y de apertura acompaña este cambio. En este sentido, un positivismo con apertura mental, sostiene, puede afirmar que tiene incertidumbre sobre la corrección de una determinada hipótesis y está dispuesto a no-confirmarla; un constructivista social posee otra fuente aún de incertidumbre: la realidad que ha creado junto con el paciente es selectiva y se ha construido a expensas de otras posibilidades que no han sido reconocidas o han sido inaccesibles por diversos motivos. Hoffman retoma la idea que sea cual sea la actitud que el terapeuta tenga en un determinado momento –empática, confrontativa, etc.- ella estaba relacionada con la respuesta interna del terapeuta y no meramente con las necesidades del paciente construido aislado de la experiencia del analista. En el modelo constructivista la autenticidad es también continuamente objeto del escepticismo psicoanalítico y de la reflexión crítica.


En el siguiente apartado, “Algunos ejemplos cotidianos”, Hoffman plantea la dificultad de exponer este modelo de trabajo. Presenta una serie de situaciones clínicas que implican salidas de la rutina. En el último apartado, “Autenticidad, constructivismo social y disciplina psicoanalítica”, Hoffman sostiene que todo lo que ha dicho da por sentado que el analista ha hecho propios ciertos rasgos fundamentales de la situación analítica.



Capítulo 7: Participación expresiva y disciplina psicoanalítica


La primera versión de este capítulo es de 1992. Partiendo de una serie de fragmentos clínicos de situaciones que alteran algunos de los elementos de la situación analítica por parte del paciente, Hoffman comienza el primer apartado del capítulo “La dialéctica de acción y comprensión en el proceso psicoanalítico”, preguntándose: ¿podemos decir que las elecciones del terapeuta en esos momentos son una cuestión de técnica?, ¿hay algo correcto para hacer?, ¿existe una afirmación exacta sobre el estado mental del paciente que se hubiese podido realizar?, ¿existe un ideal de conducta del analista que vaya más allá de lo que el analista puede estar experimentando? Sostiene Hoffman que lo que un analista hace en esos momentos, aunque reflejen una gran experiencia clínica y sofisticación teórica, es invariablemente una expresión personal y no se puede comprender sólo en términos de aplicación de algún principio técnico. Más aún, insiste, tampoco el terapeuta es plenamente conciente de lo que allí se expresa. A partir de aquí se pregunta: ¿y cual es la diferencia con la vida social ordinaria? Hoffman piensa que una de las diferencias cruciales reside en la actitud del terapeuta hacia la interacción y hacia su propia experiencia emocional. Esta actitud conllevaría una combinación de apertura personal y una particular perspectiva del proceso. El autor confía en ser capaz, con la colaboración del paciente, de transformar estos momentos en parte del proceso de exploración de la experiencia del paciente y de sus patrones relacionales. Vuelve a recordarnos que aunque su foco está puesto en los momentos de acción expresiva que salen de la rutina analítica, esas rutinas mismas proveen en menor escala algunos de los elementos que viene planteando: la turbulencia de las corrientes de responsividad y auto-expresión interpersonal que atraviesan todo encuentro analítico.


En el apartado siguiente, “Modos de clasificar tipos de participación”, el autor se centrará en aquellas que son abiertamente expresivas por parte del analista. Hoffman piensa que para realizar esta tarea se debe comenzar tomando como criterios de clasificación cuatro asuntos independientes: 1) el contenido de la participación; 2)  su inmediatez y no anticipación versus planificación y deliberación; 3) si es experimentada por el analista como una respuesta a las presiones del paciente o como algo que proviene de él; 4) en qué medida la participación es vivida por el analista como repitiendo algo del pasado del paciente o como una nueva experiencia. Dice Hoffman que está pensando en las interacciones que son experimentadas como una desviación de la convención –aunque las que adhieren a la convención también, a su manera, contienen significados personales.


Trabaja más restringidamente sobre los primeros tres criterios para centrarse el en cuarto: “Repetición versus nueva experiencia”. Como en las otras dimensiones, sostiene que cada extremo de este continuo posee algo del otro: lo viejo puede ser en parte nuevo y lo nuevo viejo. Existen dos modos, según Hoffman, en que lo que parece ser parte de una repetición puede introducir una diferenciación pasado-presente. De hecho, afirma, las más útiles y poderosas diferenciaciones que promueve la terapia analítica “no son aquellas entre tipos patogénicos de interacción y sus opuestos literales, sino aquellas entre dichas interacciones y variantes relativamente saludables de las mismas” (p. 187). Hoffman trae una serie de situaciones típicas. También critica a aquellos autores que piensan que sería deseable un analista virtualmente no contaminado por los vínculos objetales pasados del paciente; piensa que este proyecto no es sólo fútil sino que puede hacer que el analista sea menos accesible para el paciente como un objeto para nuevas y más saludables identificaciones



Capítulo 8: Pensamiento dialéctico y acción terapéutica


Este texto, escrito originalmente el 1994, comienza con un apartado que se titula “Tirando lejos el libro”. En él, Hoffman plantea que desde los años 50, y atravesando transversalmente las diferentes escuelas psicoanalíticas vienen realizándose una serie de contribuciones en las que diferentes autores, cada uno en su respectiva tradición, ha sentido como una desviación de su modo habitual y aceptado de trabajar. A este sentimiento lo denomina “tirando lejos el libro”. Sostiene que este sentimiento no sólo se restringe al analista sino que también el paciente es a menudo consciente de la tensión del analista entre su actitud habitual y los momentos de desviación. Afirma, asimismo, que un nuevo “Libro” sobre el proceso está emergiendo de todas estas contribuciones aunque, paradójicamente, este libro no puede constituirse en libro de referencia ya que se define, en parte, por su desviación. Sostiene, como hipótesis, que la sensación de desviación espontánea puede ser un rasgo central para cualquier experiencia correctiva en la que la subjetividad del analista emerja. Estas desviaciones tienen para el paciente el efecto de sentirse reconocido de un modo especial: puede reflejar un compromiso emocional por parte del analista singular para este paciente particular. Hoffman sostiene que aunque el contenido también sea importante lo que a él le interesa enfatizar es que existe un potencial terapéutico en la desviación misma. Hoffman sostiene que para que el analista sea un objeto suficientemente bueno debe, a veces, estar dispuesto, en el nivel manifiesto, a ser llevado en la dirección del objeto malo mientras que un esfuerzo constante de evitar cualquier conducta que pueda ser similar en cuanto a contenido del objeto malo puede, precisamente, constituir el objeto malo en la situación analítica. Si bien la técnica clásica ha sido a menudo criticada por su frialdad y distancia, Hoffman piensa que esta actitud ha atravesado diferentes posiciones teóricas –por ejemplo, la Psicología del Self. El autor piensa que en estas teorizaciones, al proponer un terapeuta más cálido y “más humano”, es más difícil verlo. Para ello, toma el principio técnico de la “investigación empática continuada” (sustained empathic inquiry) de Stolorow y otros, y se pregunta ¿puede este principio benigno moldear la sombra del objeto malo? Hoffman piensa que sí en acuerdo con diferentes autores: cuando la empatía deviene técnica y no un genuino acto de intimidad. Algunos pacientes, sostiene, leen esta empatía-técnica como un modo del analista de autoprotegerse. Por ello, algunos autores como Slavin y Kriegman (1992) piensan que la empatía como inmersión en el mundo subjetivo del paciente, debe ser complementada, por momentos, con una expresión abierta de la realidad del analista. Pero, advierte Hoffman, la auto-revelación no es una panacea así como no lo es la empatía: cuando deviene una técnica, la auto-revelación pierde también su autenticidad, espontaneidad e impacto impredecible en el futuro que está ligado al crecimiento analítico posible. Por supuesto, algunos pacientes más que otros serán sensibles a un tono de voz invariante –sea este frío o cálido. Hoffman cuenta que tales pacientes han tenido en él un efecto terapéutico al no dejarlo seguir como si nada en una determinada línea o tono de voz: lo desafiaban a pensar sobre sí mismo, a ser él mismo, y a responderles como individuos únicos. Pero, como bien advierte Hoffman, por cada paciente que se queja explícitamente de lo artificial del comportamiento del analista existen innumerables otros que no dicen nada o lo desmienten. Con estos últimos es necesario buscar elementos en los sueños o asociaciones.


En el siguiente apartado, “Disciplina psicoanalítica en una nueva clave”, comienza planteándose que si reconocemos los peligros de la aplicación acrítica sistemática de una determinada postura y los beneficios del compromiso personal, ¿por qué no nos dedicamos a ejercer esta última actitud? Piensa que esta solución traduce la arrogancia de pensar que pasar el tiempo con nosotros es terapéutico y, al mismo tiempo, no deja de devenir una técnica más –perdiendo su compromiso personal auténtico. Ahora bien, se pregunta,  ¿cómo conceptualizamos la reserva analítica que indudablemente sigue siendo parte indispensable de nuestra práctica?  El autor propone un principio abstracto que podría formularse así: “los analistas, asumiendo una adecuada compensación monetaria (u otra), deben intentar, de un modo relativamente consistente, subordinar su propia responsividad personal y deseos inmediatos a los intereses a largo término de nuestros pacientes. Dicha subordinación sólo puede ser optimizada en el contexto de un constante examen crítico de su propia participación en el proceso” (p.199). Esta actitud propone que no se trata tanto de lanzar lejos el libro como de ubicarlo temporalmente como trasfondo cuando la auto-expresividad del analista toma el primer plano.


En el siguiente apartado, “Pensamiento dialéctico”, Hoffman manifiesta su interés en preservar el término “dialéctica” para dar cuenta de la participación del analista. Constata que la forma de pensar dialéctica resulta difícil y, a veces, confusa, lo que ha llevado a que los conceptos psicoanalíticos suelan estar organizados con un pensamiento dicotómico. Hoffman piensa que la articulación dialéctica de ambos opuestos da cuenta mejor de estos fenómenos. Es en este sentido dialéctico que el piensa la relación entre disciplina analítica y participación expresiva. En cuanto a la disciplina, el autor piensa que se aprende en el proceso de socialización profesional; que representa un tipo especial de desarrollo del potencial del analista para prestar atención a la experiencia de otros; y que no excluye, ni debe hacerlo, la expresión personal. En el otro polo de la dialéctica, los momentos de auto-revelación personal o de espontaneidad deben situarse, e intuitivamente son guiados –sostiene- por un sentido del lugar que poseen en el proceso como un todo. Así la disciplina analítica es auto-expresiva y la auto-expresión refleja una compleja e intuitiva disciplina psicoanalítica. El punto, sin embargo, es considerar que en la dialéctica entre respuesta personal y disciplina analítica de lo que se trata es de reconocer que a pesar de la tensión cada tendencia es también de un modo sustancial el reflejo de la otra. Es así como el analista que se comporta “naturalmente” ha incorporado el sentido de disciplina intrínseco a su identidad como analista. Esa acción integradora, como la denomina el autor, no está exenta de tensiones que surgen de la discrepancia entre tipos de reacciones previas al entrenamiento analítico y aquellas que reflejan directamente su influencia.


En el siguiente apartado, “Autoridad Psicoanalítica, Mutualidad y Autenticidad”, Hoffman plantea que el ritual analítico, en el que el analista está investido por la sociedad y por el paciente con un tipo especial de poder, tiene una continuidad con el poder que los padres tienen con sus hijos para modelar el sentimiento de sí mismo, de los otros y de sus mundos. Desarrolla lo argumentado en otros capítulos sobre este tema. Hoffman sostiene que es muy difícil determinar cuál debe ser el balance entre mutualidad y asimetría para una determinada díada terapéutica, un cierto momento del proceso, etc. Para afectar la representación que el paciente tiene de si mismo y de otros, continúa, es necesario que, por un lado, la autoridad del analista sea suficientemente auténtica y, por el otro, que su autenticidad provenga suficientemente de una autoridad. Esto lleva a que está dialéctica no pueda ser un asunto de técnica. En el siguiente apartado Hoffman ilustra lo que viene sosteniendo con un material clínico de su época de analista en formación.


Termina el capítulo con: “Conclusiones: dialéctica edípica y pre-edípica y acción terapéutica”. Partiendo del material clínico que acaba de exponer afirma que este paciente, como todos en general, están investidos para permanecer “casados” con el instituto de formación, con el Libro al que uno adhiera, con los principios analíticos… El triángulo consiste en el paciente, el analista que está preocupado por responder a los deseos expresados inmediatamente por el paciente y el analista como alguien que tiene otras investiduras  narcisistas y objetales. El paciente, por su lado, se esfuerza por destrozar (arruinar) al analista como sujeto separado –lo que supondría hacer colapsar su dialéctica interna- aunque tiene un interés vital en que el analista sobreviva. La tensión dentro del analista tiene su contrapartida en una tensión similar dentro del paciente: este tiene un aspecto del self que está preocupado con el otro y una parte que lo excluye ya que posee otros intereses, narcisísticos y objetales. El paciente como persona total no puede sobrevivir si estos dos aspectos no sobreviven y crecen, a su vez, dialécticamente. Lo mismo ocurre con el analista. “La tolerancia de esta tensión dentro de cada participante va junto con tolerar y alimentar los potenciales creativos de esta tensión en el otro” -afirma Hoffman. Como analista no sabemos qué balance debemos tener cuando en un momento determinado nos enfrentamos a nuestras lealtades conflictivas e inclinaciones –aspectos importantes de estos conflictos son inconscientes (y no tenemos un acceso privilegiado, insiste). Esta es la razón por la cual la actitud más integradora y auténtica debe ser una combinación de duda, cuestionamiento y apertura. En cualquier momento el sentimiento de incertidumbre está en el fondo, incluso cuando el analista se compromete con convicción. El trabajo requiere una tolerancia a la incertidumbre y, junto con ello, una apertura crítica que es transmitida a lo largo del proceso de diferentes maneras. El “objeto malo” que acecha en toda situación clínica es uno que empuja a los participantes a tomar uno solo de ambos polos del conflicto (por ejemplo, el lado que quiere analizar) dejando al otro lado (el que, siguiendo el ejemplo, quiere ser más espontáneo y personal) abandonado y reprimido.



Capítulo 9: Ritual y espontaneidad en el proceso psicoanalítico


En el primer apartado, “Rituales psicoanalíticos” sostiene que la rutina fija en el proceso tiene el aspecto de un ritual. El encuadre analítico provee los límites generales para la relación, una protección multifacética para ambos participantes. Instala un “espacio potencial” (Winnicott, 1971) especial en el que se puede “jugar” un psicoanálisis. Habitualmente pensamos que el encuadre provee un ambiente seguro para el trabajo analítico y que también, en si mismo, contribuye en la acción terapéutica. Desde esta perspectiva, las desviaciones respecto del ritual analítico pueden hacer pensar en los riegos que suponen para esta atmósfera de seguridad.  Pero, se pregunta el autor, “¿Crea el encuadre analítico un santuario?”. Hoffman afirma que esta visión que acaba de exponer tiene sus contrapuntos. En primer lugar, la estandarización del encuadre es limitada, permite muchas variaciones –incluso la adherencia rígida es experimentada por el paciente como una elección del analista altamente subjetiva. Sostiene que aunque queramos pensar que el comienzo y el final de la sesión corresponde a una rutina estándar, ambos, aunque se vea más claro en el final de cada sesión, son una construcción conjunta. Pone algún ejemplo sobre esto. En el momento de la elección de la forma de terminar y de hacerlo, no sabemos cuál es el “modo correcto”. Así, el encuadre analítico que ofrece seguridad no puede ahorrarles ni al paciente ni al analista estas incertidumbres y ansiedades. En última instancia, continua Hoffman, construir un “final suficientemente bueno” –de la sesión, del análisis- es el desafío de toda terminación, un proceso de separación que puede ser decisivo en cuanto al resultado del análisis en su conjunto. En estos momento está también en primer plano la dialéctica entre ritual y espontaneidad, entre lo determinado por el rol y lo personal. Hoffman afirma que, en general, podemos decir que en la neurosis sufrimos de la organización dicotómica de estas polaridades, del sentimiento de que debemos hacer una elección. Tenemos, como analistas, la esperanza de que el análisis pueda reemplazar este pensamiento dicotómico por un dialéctico. El segundo contrapunto que el autor señala en cuanto a ver el encuadre como una especie de santuario consiste en que determinados rasgos del encuadre no son benignos. Se apoya en Racker (1968) y en su reflexión sobre los motivos que llevan a un terapeuta a dedicarse a esta profesión. Sostiene que aunque se suele enfatizar la reparación como motivo –relativamente benigno, sostiene- existen muchos otros que pueden ser más amenazantes para el sentimiento de seguridad del paciente. Todos estos motivos contienen el lado oscuro del encuadre. Es una cara que, a gusto de Hoffman, habitualmente se desmiente. Comenta con qué facilidad solemos compararnos con padres ideales o suficientemente buenos y qué dispuestos estamos a ver la influencia patogénica del pasado del paciente cuando nos encontramos como “objeto malo” en el espacio analítico. Hoffman no duda que el encuadre sea esencial para el proceso analítico ni que las desviaciones también puedan ser sospechosas de estar al servicio de otros intereses espurios. Lo que cuestiona es la pulcritud de la dicotomía: adherencia al encuadre igual seguridad, desviación igual peligro. Aunque el encuadre sea beneficioso, sostiene, no crea un santuario ya que no puede eliminar la participación personal del analista como co-constructor de la realidad en el proceso. Los rituales analíticos proveen la utilidad de un fundamento ambiguo, no sólo para nuevas experiencias sino también para las repeticiones neuróticas. Reconocer esta realidad tiene dos implicaciones clínicas relevantes: en primer lugar, las objeciones concientes e inconscientes del paciente a la rutina analítica, incluso su rabia, debe tomarse seriamente, es decir –continúa Hoffman- que se trata de ir más allá de meterse dentro del mundo del paciente para ver desde él –sea que consideremos la perspectiva del paciente como fruto de déficits o de conflictos infantiles; se trata, más bien, de reconocer lo que puede ser motivo de objeción del encuadre, incluso desde la perspectiva de un adulto “maduro” y saludable – ¿qué tipo de patología puede producir en un persona dispuesta a seguirlo? En segundo lugar, la otra implicación clínica del reconocimiento de los aspectos malignos del encuadre es que tal consideración permite reconocer los aspectos benéficos potenciales de la desviación momentánea de la rutina estándar.  No podemos saber con certeza cuál es el balance exacto; la base para la confianza del paciente se encuentra mejor establecida a través de la evidencia de la lucha del analista con este asunto y con su apertura a una reflexión crítica sobre cualquiera de los caminos que tome.


En el siguiente apartado, “Enfrentando una fobia en el encuadre analítico: una oportunidad no esperada”, Hoffman analiza un material clínico a partir de lo que viene desarrollando en el capítulo. En él se plantea una situación al final de una sesión en la que el paciente pide a Hoffman acompañarlo al ascensor. Hoffman plantea que en este tipo de situaciones –representante extremo que resalta elementos de toda situación analítica- no podemos “pedir tiempo” para pensar. Cuestiona aquí lo que parece ser un lugar común en psicoanálisis de que el analista piensa antes de actuar. Sostiene que en muchas situaciones el “momento de la verdad es ahora” y que se haga lo que se haga eso expresará algo sobre el terapeuta, la relación y sobre el paciente. No hay en este sentido una acción que siga a un pensamiento de modo lineal, pero sí, sostiene el autor, una acción saturada de pensamiento. En el momento de la acción no existe una clara delimitación entre lo que es personalmente expresivo y lo acorde a principios técnicos o planteamientos diagnósticos. Sostiene que una de las implicaciones centrales del constructivismo  en psicoanálisis es que la experiencia del paciente no emerge en el vacío sino que en parte es el resultado de lo que el analista está haciendo o transmitiendo. La interacción de la experiencia de los participantes está construida en ese sentido, no como una interpretación que otorga significado a esas experiencia “después del hecho” –post-facto; antes de esto existe una construcción activa del “hecho” mismo.


Plantea, para finalizar, la siguiente paradoja: la acción terapéutica del psicoanálisis no opera sólo haciendo consciente lo inconsciente sino, también, negociando, abriendo y promoviendo nuevos modos de estar en el mundo y, en este sentido, sostiene que es necesario aceptar que el camino de la salud encierra una ironía: cierto incremento del auto-engaño. Con esto el autor se refiere a que también es necesario hacer inconsciente lo consciente –formulado de forma provocativa. El objeto malo universal, en cierto modo, no es otra cosa, sugiere, que nuestra condición humana –mortalidad. La combatimos de muchas maneras para instalar el valor en ella. Trabaja sobre la importancia de la transmisión de este valor en las primeras relaciones. Sostiene que pensar que, en última instancia, no hay más que construcciones humanas, fundamentos para vivir que la gente puede construir o destruir, nos enfrenta a la dimensión parcialmente ilusoria del sentido de la individualidad. Se pregunta si toda atribución de valor no conlleva esta parte de ilusión que permite la afirmación de la vida frente a la aplastante realidad de la muerte.



Capítulo 10: Construyendo finales suficientemente buenos


En este capítulo Hoffman trabaja las ideas que ha desarrollado en el capítulo anterior en torno a un caso clínico de un paciente de alrededor de 80 años que hace más de 10 que se analiza con él pero que viene de muchos años –décadas- de análisis anteriores. Alrededor de este paciente se plantea una serie de cuestiones en torno a la relación del análisis con la vida, de su condición de no sustituto de ésta, aunque acepta que existen tratamientos que nunca terminan y que no necesariamente deberían hacerlo.



Comentarios


En la contratapa del libro S.A. Mitchell comenta: “En las dos décadas pasadas, Irwin Z. Hoffman ha sido uno de los más influyentes y fértiles pensadores de la escena psicoanalítica y una figura central en el amplio cambio paradigmático del psicoanálisis clásico a un psicoanálisis congruente con nuestro tiempo”. A este reconocimiento se suman las voces, entre otras, de Lewis Aron (1996) y Donnel B. Stern (2001) sosteniendo que la obra de Hoffman se encuentra en el corazón de la “explosión creativa” que el psicoanálisis norteamericano ha tenido en la última década. La pequeña reseña del libro de Hoffman que hemos realizado muestra el trabajo de un pensador que, poco a poco, va delineando los aspectos centrales de su contribución a una visión del psicoanálisis en la que la participación del analista en el proceso analítico se encuentra íntimamente ligada a su comprensión epistemológica, constructivista dialéctica en este caso, del mismo. Ya Mitchell (1993) señala que de las tres respuestas a la crisis del estatuto del conocimiento en psicoanálisis, la empírica, la fenomenológica y la constructivista, sólo esta última nos permite articular la dimensión fundamentalmente ambigua de la experiencia humana con su necesidad de ser organizada para ser comprendida. La visión constructivista de Hoffman no lleva, como él lo señala en repetidas ocasiones, a la parálisis dubitativa del terapeuta frente a lo incierto de su acción –parálisis basada en presupuestos positivistas- sino a que la acción, es decir, la respuesta del terapeuta a una determinada situación, es una elección del terapeuta que supone una compleja combinación de factores –de contextos, sostiene en algún momento del texto- y que siempre debemos presuponer un contexto de ignorancia de los contextos como elemento inherente a la acción. Esto lo lleva a volver una y otra vez a desmitificar la idea de un analista que se pretenda transparente a sí mismo, sea porque considere que su participación no tiene impacto en el despliegue de la transferencia, sea porque crea que tiene un acceso directo a su contratransferencia –retorno inesperado del analista pantalla-, sea porque piensa que puede acceder a la subjetividad del otro de modo tal que la emergencia de su subjetividad es sólo comprendida como falla de su función –sea como falla neurótica sea como falla necesaria aunque óptima. Como señala Mitchell (1993) “El método analítico no es arqueológico, analizante y reconstructivo; no expone simplemente lo que está ahí. El método analítico es constructivo y sintético; organiza lo que esté allí –sea lo que sea- en patrones aportados por el método mismo”. Y no lo organiza de cualquier modo –como bien lo señala Hoffman en el libro cuando diferencia lo ambiguo de lo amorfo. Pienso que la contribución de Hoffman en el plano de articulación de la epistemología y la clínica ha sido una de sus aportaciones más ricas (tal vez junto con las del mismo D.B. Stern), así como su reflexión en torno a esa convergencia sinuosa entre la perspectiva psicoanalítica y la perspectiva existencial en un sentido amplio –como se ve en el texto cuando enfatiza que trabajamos en tiempo real, con elecciones reales, con salidas inciertas, etc. Lo que uno podría echar de menos es la articulación de esta revolución en el plano epistemológico con las revoluciones que en estas décadas han formado parte del campo de la teoría clínica.


 


BIBLIOGRAFÍA


Aron, L. (1996), A Meeting of Minds. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Mitchell, S. A. (1993), Hope and Dread in Psychoanalysis. New York: Basic Books.


--- & Aron, L., eds. (1999), Relational Psychoanalysis: The Emergence of a Tradition. Hillsdale, NJ: The Analytic Press.


Stern D.B. (2001) Constructivism, Dialectic and Mortality, Psychoanalytic Dialogues 11 (3): 451-468.


 


NOTAS


(1) Para quien esté interesado en este tema ver reseña de Mónica de Celis, Aperturas Nº 12, sobre “Constructivismo en psicoterapia”.


(2) El término enactment tiene sus controversias a la hora de traducirlo. He elegido “actuación” si bien creo que es importante recordar su diferencia con el concepto de “acting-out”.


(3) Aquí también se presenta una dificultad de traducción (así como allí donde dejo el término inglés al lado del español para que el lector informado pueda optar por otras traducciones). El término inglés responsiveness refiere a una dar respuestas, a una sensibilidad, etc. Empleo una de las traducciones al uso por profesionales informados (véase  la traducción que R. Riera hace del concepto de Bacal “optimal responsiveness” como “responsividad óptima” en Los dos análisis del Sr. Z).


(4) Nuevamente nos atenemos al uso de traducir self-disclosure o disclosure (literalmente auto-apertura o apertura) como auto-revelación o revelación.

 

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