Más allá de Freud. Una historia del pensamiento psicoanalítico moderno [Mitchell, S.A. y Black, M.J., 1995]

Publicado en la revista nº019

Autor: Martín-Montolíu, Jaime

Título: Más allá de Freud. Una historia del pensamiento psicoanalítico moderno. Herder Editorial S.L. Barcelona, 2004. (Título original: Freud and Beyond. A history of modern psychoanalytic thought. Basic Books, 1995). Autores: Stephen A Mitchell y Margaret J. Black.







“El mundo psicoanalítico contemporáneo

sólo puede ser caracterizado sensatamente  como postfreudiano





 





(Mitchell y Black. Más allá de Freud, pág. 20)





 





Propósito. Introducción.





Demos  la palabra a los autores (1):





Más allá de Freud: una historia del pensamiento psicoanalítico moderno se basa en nuestra convicción de que las ideas psicoanalíticas, desde sus orígenes en la obra de Freud hasta la actual diversidad de escuelas en competencia, pueden y deben hacerse accesibles tanto a clínicos prácticos que no se han sometido a años de estudio formal cuanto a todo lector interesado. Esta convicción se ha desarrollado a lo largo de los muchos años en que hemos enseñado ideas psicoanalíticas a estudiantes de diferentes niveles. La efectividad de la enseñanza ha implicado siempre el encontrar una forma de ayudar al estudiante a ver más allá de la jerga y del ropaje político y a alcanzar así el núcleo de conceptos teóricos. Cada formulación psicoanalítica es un esfuerzo por captar y describir alguna experiencia humana, algún aspecto del funcionamiento de la mente. Cada formulación hace referencia a gente concreta, a su modo de organizar la experiencia, a sus dificultades para vivir, a su lucha para dar forma y mantener un self personal en relación con los demás”. (pags. 26-27)





 

Trazado. Presentación y estructura






Más allá de Freud, una historia del pensamiento psicoanalítico moderno es una narración cuyo trazado parte de las ideas centrales de Freud (cap.1), circula a través de la psicología del yo (cap.2), el psicoanálisis interpersonal (cap.3), la teoría kleiniana contemporánea (cap.4), la escuela británica de las relaciones objetales (cap.5), las psicologías de la identidad y el self (cap.6) y los revisionistas contemporáneos (cap.7), para desembocar en un delta de consensos y disensos actuales concernientes tanto a la teoría (cap.8) como a la técnica (cap.9) psicoanalítica.





Dos ejes sucesivos vertebran el texto:





- Uno articula la emergencia histórica de aportaciones teórico-clínicas según  autores y escuelas. Cada capítulo -hasta el 7º- referencia la perspectiva emergente descrita a un supuesto clínico ad hoc, contrastando su comprensión con otros puntos de vista prevalentes  -ya sea la hipotética aplicación del modelo clásico freudiano u otras versiones posteriores-. De modo que el texto avanza mostrando el despliegue “en tiempo real” de cada nueva voz que se añade a las preexistentes – profundizando, modificando, haciendo el contrapunto a partir de desarrollos o hallazgos significativos-.





- Otro recoge líneas temáticas objeto de vivas controversias en el presente. El prefacio atiende abiertamente a la pregunta: “¿qué es psicoanálisis?”. Luego, esa cuestión va a  latir como un tractor subterráneo a lo largo de los siguientes capítulos, para reaparecer como argumento cohesionador del conjunto en los capítulos 8 y 9.





El contenido resulta, pues, no sólo un compendio de ideas y teorías sucesivas, sino la composición coral de una gesta en la cual un grupo de hombres y mujeres se afanan, a través de la historia, en desarrollar y aplicar distintos aspectos de la disciplina analítica (2).







Fuente y caudal. Contenidos





1.- Sigmund Freud y la tradición psicoanalítica clásica





De la mano de Mitchell y Black asistimos a la gestación y nacimiento del psicoanálisis alrededor de la polémica del joven Freud con Breuer en torno a Berta Pappenheim (Anna O.) y los estudios sobre la histeria:




- Breuer argumentó que las experiencias que se disociaban y que se tornaban por eso mismo problemáticas eran las que habían tenido lugar durante estados alterados de conciencia, a los cuales denominó estados hipnoides.


- Freud, por su parte, planteó una hipótesis diferente: el contenido concreto mismo de esas memorias y sentimientos era perturbador e inaceptable; estando en conflicto con las ideas y sentimientos de la persona, se mantiene reprimido,  activamente fuera de la conciencia (3).




De ahí a la aparición del modelo topográfico (consciente, preconsciente e inconsciente), a la asociación libre, a los conceptos de transferencia y resistencia.  Seguimos a Freud, a través del autoanálisis  y la correspondencia con Fliess, al desvelamiento de los sueños, de la sexualidad infantil, a la teoría de las pulsiones, al complejo de Edipo. Contemplamos después al Freud del conflicto psíquico, la pulsión agresiva y el modelo estructural; y, finalmente, al lúcido pesimista en vigilia por el control de su legado mientras el movimiento psicoanalítico se expande y se desgrana  en dolorosas disidencias (4).





Los acontecimientos e ideas referidos en este primer capítulo son, sin duda, los más conocidos de la historia del pensamiento psicoanalítico. Pero Mitchell y Black advierten:





Cualquiera que piense que una familiaridad con la obra de Freud equivale a una comprensión determinada del psicoanálisis está en un error (...) El impacto viviente de la revolución que Freud provocó se ha expandido, ha cambiado y florecido en conceptos, métodos y comprensiones que difícilmente podrían haber sido imaginables para Freud y sus contemporáneos. (pags. 20-21)







2.- Psicología del yo. Adaptación y desarrollo







Anna Freud y los psicólogos del yo ampliarán, según los autores, el marco de la preocupación analítica –centrada hasta entonces en la psique individual y sus interioridades-, al incorporar las interacciones entre los individuos y su entorno. Desarrollarán sus conceptos en línea con la teoría pulsional, enfatizando en el modelo estructural (desde la equidistancia y la neutralidad ante las tres instancias psíquicas) las peculiaridades de los procesos defensivos (5), lo que dará pie al análisis del carácter. El esfuerzo para la (re)formulación del desarrollo normal en términos de adaptación evolutiva (la individuación desde lo fusional e indiferenciado) fecundará una corriente de gran influencia en los diversos dominios de la clínica (6). La tradición de la psicología del yo (punto de partida de los psicólogos del self y de los desarrollos intersubjetivos) irá construyéndose de forma colectiva. Sus artífices (Hartmann, Spitz, Mahler, Pine, Loewenstein, Jacobson, Bibring, Greenson, Deutsch, Sandler, Eissler, Greenacre, entre otros) asignarán a las vicisitudes de los cuidados en la infancia y a lo preedípico- patología caracterológica de la madre, particularmente- un rol de suma importancia en todo proceso relativo a la salud mental.









3.- Sullivan y la escuela interpersonal.



Se suele agrupar a Harry Stack Sullivan junto a Eric Fromm y a Karen Horney (7)
bajo el rótulo de “culturalistas” o “neofreudianos” por su reformulación de los conceptos básicos de Freud en función de influencias culturales y procesos sociales.





La escuela interpersonal, nacida en Estados Unidos en la década del 20, se iniciará en torno al estudio de la psicosis con el cuestionamiento del modelo kraepeliano de esquizofrenia. Afluye desde la psiquiatría enunciando el sistema del self y -según señalan Mitchell y Black- provocará una profunda remoción de la teoría pulsional y de la técnica. El terapeuta interpersonal adoptará una actitud activa en la interacción, apuntando a la integración de tal self. Buscará un cambio no sólo conceptual sino también perceptivo: expandir la conciencia tanto de los procesos internos como de las secuencias de acontecimientos concretos que están interferidos por la generalización exagerada de experiencias interpersonales previas del paciente.





Freud veía a la sexualidad y a la agresión como realidades intrínsecamente asociales e inevitablemente conflictivas. Sullivan, por su parte, va a considerar que determinadas áreas de la experiencia temprana sólo se tornan problemáticas si tienden a despertar ansiedad en las personas significativas al cuidado del niño. Dicho de otro modo, para Sullivan la fuente de psicopatología  es más bien social: no se encuentra en absoluto en la propia naturaleza de los impulsos sino en la respuesta del entorno humano. La tensión entre placer (las satisfacciones) y regulación defensiva de los deseos de placer (seguridad) estará mediada por tendencias  integradoras o desintegradoras  que se originan en el nexo empático o en el contacto ansioso.





 En contraste con la noción vertical de Freud (áreas conflictivas sepultadas por la represión), Sullivan introduce una visión de un self organizado y subdividido en forma horizontal (sectores incompatibles separados por procesos de disociación). Señalará el carácter inevitable de los patrones interpersonales que el paciente reproduce en la relación terapéutica, intuyendo que ésta podrá ser un medio potente para demostrar las características auto-limitadoras de sus operaciones caracterológicas de seguridad; pero no hará de la investigación sistemática de la relación analítica misma una característica central de su enfoque técnico: eso queda para los siguientes teóricos interpersonales.





Clara Thompson -relatan los autores- entretejió la teoría interpersonal de Sullivan con las hebras de Ferenczi y del “psicoanálisis humanista” de Eric Fromm, conformando no ya una teoría comprehensiva e integrada, sino un conjunto común de acentos teóricos y metodología clínica, al modo de un tapiz, que será llamado psicoanálisis interpersonal. Incluye: (a) un énfasis marcadamente desplazado al aquí y ahora del  presente y  (b) la consideración del analista  como un observador partícipe en los patrones interpersonales que se crean y mantienen en la situación terapeútica. Bromberg, Ehremberg, Feiner, Hirsch, Levenson, Stern, Talber y Wolstein continuarán esta tradición, que explora un self  descentrado, múltiple, contextualizado(8).









 









4.- Melanie Klein y la escuela kleiniana contemporánea









Melanie Klein se interesó en los procesos tempranos, postulando que tanto las fantasías de unión incestuosa (edipo), como las de autocastigo terrorífico (superyó) se hallan muy precozmente presentes del modo más primitivo y aterrorizante.  Describió la psique infantil y adulta como una fantasmagórica corriente primitiva, fluida, inestable, en constante rechazo de ansiedades psicóticas: imágenes, fantasías y terrores en continuo cambio (9). A través de la observación directa y del trabajo clínico con niños, pretendió validar y extender las hipótesis de Freud. Pero sus descubrimientos la llevaron a una visión de la psique notablemente diferente. Mitchell y Black dan cuenta de ello en lo referente a la sexualidad y a la agresión, destacando las elaboraciones más tardías acerca de la envidia y del mecanismo de la identificación proyectiva.





Con todo –dicen los autores-, la más importante contribución de Klein al desarrollo del pensamiento psicoanalítico fue la descripción de las posiciones esquizo-paranoide y depresiva. La salud mental adquiere, a partir de ella, un estatuto siempre relativo: pasará a ser una posición continuamente perdida y reconquistada.









En la concepción de S. Freud – prosiguen Black y Mitchell- los seres humanos nacen reñidos con su entorno, orientados hacia la persecución  de simples placeres con implacable desenfreno. El proyecto de la infancia es la socialización, la transformación del pequeño, con sus impulsos animales, en un adulto con un complejo aparato psíquico y un intrincado sistema de controles y barreras que canalizan esos impulsos hacia formas de vida socialmente aceptables. Klein, sin embargo, describe a un infante característicamente humano desde el principio, que no necesita aprender nada acerca del pecho a través de una “asociación accidental” porque ya sabe del pecho instintivamente desde que nace. Del mismo modo que la boca está anatómicamente diseñada para ajustarse al pezón de la madre, los impulsos instintivos lo están para corresponder al mundo específicamente humano al que adviene. Aunque no es un niño muy feliz, nace con la capacidad de organizar el sufrimiento en torno a la imagen de otro perseguidor y malo mientras el placer queda a salvo en torno a la imagen de otro rescatador y bueno. Como las experiencias tempranas se hacen en torno a objetos que vienen ya predispuestos y a patrones constitucionales de peligro y refugio, esa infancia resulta inevitablemente fragmentada y terrorífica. El proyecto en Klein ya no es la socialización, sino la mejora de las condiciones de terror y pesadilla que tiene la experiencia en el niño de estar-en-el-mundo, derivada de la intensidad de sus necesidades y de su abrumadora fuerza de agresión constitucional.





El impulso instintivo de Klein –dicen Mitchell y Black-, aunque inserto en la experiencia somática, resulta mucho más complejo y personal  que la pulsión freudiana. Ella ve los impulsos libidinales y agresivos no como tensiones aisladas, sino como modalidades completas de experimentarse a sí mismo como “bueno” (en los sentidos de amar y ser amado) o “malo” (tanto odiado cuanto destructivo). Y ve a los objetos como incorporados en la experiencia misma del impulso (el objeto de deseo estaría implícito en la experiencia de deseo, como el agua en la sed). El impulso libidinal de amar y proteger contiene en sí mismo la imagen de un objeto amable y amoroso. El impulso agresivo de odiar y destruir, la de un objeto odiado y odioso. Este comienza siendo un objeto parcial (el pecho). La tendencia inherente hacia la integración fomenta en el niño el pasaje de la posición esquizo-paranoide a la depresiva; de la experiencia de los otros separados en buenos y malos, a la experiencia de los otros como objetos integrados (ni del todo buenos, ni del todo malos -aunque algunas veces buenos y otras malos). Los ciclos de amor, frustración, destrucción por odio y reparación, profundizarán la capacidad del infante de permanecer relacionado con objetos enteros, de sentir que sus capacidades reparatorias pueden equilibrar y compensar su destructividad....





En definitiva, si para Freud cada uno de nosotros luchaba con deseos bestiales, con temores de castigo y con la culpa, para Klein cada uno de nosotros lucha con profundos terrores de aniquilación (ansiedad paranoide) y de abandono total (ansiedad depresiva). Melanie Klein -afirman los autores- ha tenido más impacto en el psicoanálisis contemporáneo que cualquier otro escritor.





La tradición kleiniana contemporánea estará marcada por las aportaciones básicas de Wilfred Bion, especialmente aquellas que giran en torno a la envidia y a la identificación proyectiva. Para Bion, la envidia pasó a ser una suerte de trastorno psicológico autoinmune: no hay sólo un ataque imaginario contra el objeto, sino también un ataque contra el propio aparato de percepción y conocimiento del infante, y contra su capacidad de establecer relaciones significativas con los otros. Llamó “ataques a la conexión” a la modalidad principal en que la mente ataca a sus procesos, destruyendo los nexos entre las cosas, los pensamientos, los sentimientos y las personas.





Klein describe la experiencia del analista en términos similares a Freud: en su formulación original, la identificación proyectiva será una fantasía en la que se experimenta que cierto segmento del self es colocado en otra persona, segmento con el cual el self sigue identificado y al que intenta controlar.





Bion, en cambio, dará a ese mecanismo un carácter interpersonal, transformándolo en un complejo acontecimiento relacional que se da en la psique de dos personas. Imagina al infante como un ser lleno de sensaciones perturbadoras, que no puede organizar ni controlar, proyectando ese contenido psíquico desorganizado a la madre, la cual lo organiza para reintroyectarlo de nuevo en el infante. Función continente que podrá ser extrapolada a la situación analítica. Al otorgar al concepto de identificación proyectiva un sentido interpersonal, considerará que  la experiencia afectiva del analista –cuya neutralidad ideal define como asistiendo al encuentro “sin memoria ni deseo”- está implicada más centralmente en las luchas del paciente.





Inaugura así toda una tradición posterior: 





- Heinrich Racker, psicoanalista argentino, profundizará en el estudio de la transferencia/contratransferencia anticipando notablemente –según los autores- muchas características de las innovaciones más recientes del pensamiento psicoanalítico, en que la relación analítica se concibe cada vez más en términos diádicos.





- El estadounidense Thomas Ogden se esforzará en integrar al pensamiento kleiniano otras contribuciones -particularmente las de Winnicott- en una serie de libros extremadamente ricos y originales a juicio de los autores, sobre la naturaleza de la psique y el proceso analítico.





- Betty Joseph, por último, tendrá gran impacto en la evolución de la técnica, argumentando contra la tendencia a hacer continuas interpretaciones de la «experiencia primitiva» en el lenguaje simbólico de las partes del cuerpo.





Mitchell y Black concluyen:




Hasta hace poco el psicoanálisis kleiniano era un mundo cerrado en sí mismo. La tendencia a hacer frecuentes "interpretaciones profundas, la densidad del lenguaje técnico, las imaginativas presunciones acerca de la psique del infante y el continuo énfasis en la agresión infantil colocaban el enfoque kleiniano aparte de las otras escuelas, en particular de la psicología del yo y del psicoanálisis interpersonal. En parte por influencia de Joseph, ha habido en la literatura kleiniana reciente un marcado desplazamiento de las reconstrucciones imaginativas de la infancia, del lenguaje arcano y de las interpretaciones extremas de la agresión hacia un mayor énfasis en la relación de transferencia con el analista en un lenguaje accesible al paciente. Esto ha acercado mucho la visión kleiniana contemporánea de la situación analítica tanto a la de los interpersonalistas, con su insistencia en el aquí y ahora de la relación analítica, cuanto a la psicología freudiana del yo,  con su cuidadoso énfasis en un análisis gradual de las defensas. (pags 186-187)










5.- La escuela británica de las relaciones objetales.
Fairbairn y Winnicott









Klein asumió la posición de que los niños podían ser analizados de manera muy semejante a los adultos por cuanto su juego podía ser interpretado de modo similar a las asociaciones libres. Frente a ella, Anna Freud, inclinándose por un enfoque más psicoeducativo, argumentaba en contra de esa tesis: el yo infantil, débil y sin desarrollo, no sería capaz de manejar interpretaciones profundas de los conflictos instintivos.  Esta polémica daría lugar a un cisma en la Sociedad Británica de Psicoanálisis y a la aparición de un tercer grupo, el de los independientes (Fairbairn, Winnicott, Bolwby...), los cuales harían, a la postre, desarrollos históricamente cruciales.





La aportación primaria de Fairbairn a la historia de las ideas psicoanalíticas ha sido encontrar una solución distinta a la de la adhesividad de la líbido o el instinto de muerte para explicar la compulsión a la repetición. Fairbairn -remarcan Black y Mitchell-  propuso un punto de partida diferente al de Freud: el fundamento del impulso motivacional humano no sería la gratificación  y la reducción de tensión- utilizando a los otros como medio para ese fin-; por el contrario, el fundamento motivacional será precisamente la conexión con otros como fin en sí mismo: la líbido no busca el placer sino el objeto; es adhesiva porque su verdadera naturaleza es más la adhesividad que la plasticidad. El niño se apega a los padres a través de cualesquiera de las formas  de contacto que éstos le brinden; y esas formas se convertirán en patrones de apego y conexión con otros para toda la vida.





Fairbairn –cuentan Mitchell y Black- trabajó con niños víctimas de abuso. Y se impresionó de la intensidad de su apego y lealtad para con sus padres abusadores. La falta de placer y gratificación no debilitaba en nada los vínculos. Al contrario, los niños llegaban  a buscar el sufrimiento como forma predilecta de conexión. Inclusive de adultos, buscaban de los demás el tipo de contacto que experimentaron de forma temprana en su desarrollo.





¿El placer? Será una forma, quizás la más maravillosa, de conexión con otros. Pero si los progenitores producen experiencias sobre todo dolorosas, ¿evitará el niño a sus padres, como sugeriría la teoría de Freud, y buscará otros objetos que brinden mayor placer? No.





La concepción de Fairbairn acerca de los  procesos por los cuales se desarrollan relaciones objetales internas es esquemática e incompleta -escriben Mitchell y Black- pero algunos de sus conceptos contienen una gran riqueza clínica. Para él, la disociación del yo será un fenómeno universal; a diferencia de Klein, los objetos internos no acompañarán de modo inevitable a toda experiencia, sino que sustituirán en forma compensatoria a la cosa real, a las personas reales del mundo interpersonal. El centro de lo reprimido no serán ni recuerdos tempranos ni impulsos, sino vínculos; lazos establecidos con características de los padres que no son susceptibles de ser integrados en otras configuraciones relacionales. Tanto lo reprimido como el factor represor serán relaciones internas: lo reprimido, la parte del self  asociada con características inaccesibles y a menudo peligrosas de los padres; el represor, la parte del self ligada a sus características más accesibles y menos peligrosas. Finalmente, concibe el cambio analítico no en el despuntar de la comprensión del paciente sobre sí mismo, sino en la modificación de su capacidad de relacionarse, de conectarse con el analista de una manera nueva. 





Winnicott fue pediatra antes que psicoanalista. Y continuó siéndolo a lo largo de su carrera analítica. Habiéndose dedicado tanto tiempo a la observación de niños y madres, desarrolló ideas sorprendentemente innovadoras y enormemente provocativas tanto acerca del tipo de desempeño materno que facilita un desarrollo sano del niño cuanto acerca del tipo que lo frustra. “Un bebé puede ser alimentado sin amor,  pero la crianza impersonal o carente de amor no conseguirá producir un niño autónomo”.





Sus primeras aportaciones fueron escritas en un lenguaje característicamente kleiniano –apuntan Mitchell y Black-, pero su espíritu fue demasiado independiente, su visión de la psicodinámica y del desarrollo, demasiado originales como para quedar contenidos dentro de la ortodoxia que Klein exigía a sus discípulos (10). A diferencia de ella, él describe el estado mental del recién nacido como de no-integración (unintegration): una experiencia confortablemente desconectada sin estar fragmentada, difusa sin ser terrorífica; momentos no-integrados en el que emergen de forma espontánea deseos y necesidades separados que si no hallan respuesta, se pierden nuevamente en esa deriva que él llama seguir existiendo(going-on-being).





El foco de atención clínica de Winnicott no fue la patología psíquica. Ni los síntomas ni el carácter, sino la calidad de la experiencia subjetiva (la sensación de realidad interior, la plenificación de la vida con el sentimiento de significado personal, la imagen de sí mismo como un centro diferente y creador de la propia experiencia). Su centro de interés fue la persona que actúa y funciona como persona, pero que no se siente como tal. Trastorno de falso self fue el término que comenzó a utilizar para caracterizar esa especie de patología de la subjetividad, esa enfermedad de deficiencia ambiental. Afirmó que esos trastornos fundamentales de la identidad o de la ipseidad” (selfhood) se originan antes de la fase edípica, incluso antes de la infancia tardía.









Llamó preocupación maternal primaria a un peculiar estado de sensibilidad de la madre que otorga al infante la necesaria creencia de que su propio deseo crea el objeto deseado: momento de la ilusión de la omnipotencia subjetiva del pequeño en el entorno de contención creado por la madre; un espacio psíquico y físico dentro del cual el niño está protegido sin saber que lo está, de modo que esa misma inconsciencia pueda constituir el escenario para la próxima experiencia que surja  en forma espontánea.





En circunstancias óptimas, la madre emerge gradualmente de ese estado de ipseidad vicaria haciendo de su falla lenta y creciente en “traer el mundo” a los requerimientos del hijo, hitos constructivos de la experiencia infantil. De omnipotente, el niño pasará a sentirse dependiente por vez primera, tomando conciencia de que el mundo no consta de una subjetividad, sino de muchas; de que la satisfacción de sus deseos no solamente precisa de su expresión, sino también de negociaciones con otras personas que tienen sus propios deseos y sus propios tiempos y actividades. Si la madre es incapaz de brindar un entorno suficientemente contenedor en el proceso cíclico de creación omnipotente, destrucción y supervivencia, la simiente de la existencia genuina personal del niño quedará detenida, por sumisión adaptativa, en una subjetividad deficiente.





Winnicott contempló el desarrollo como una secuencia no lineal.  Tenía   en mente –según los autores- no el tránsito de la dependencia a la independencia al modo de Mahler o los psicólogos del desarrollo del yo, sino la transición entre dos modos diferentes de organizar la experiencia, dos patrones diferentes de posición del self en relación con otros. En él, la experiencia de realidad objetiva no suplanta a la de omnipotencia subjetiva, se agrega. Y entre estas dos formas de experiencia se añade una tercera: la experiencia de transición. El objeto de transición no se experimenta como creado y controlado de forma subjetiva, ni tampoco como encontrado y separado. Es algo intermedio, ambiguo y paradójico. Lo crucial en un desempeño parental adecuado será precisamente que el progenitor no cuestione esa ambigüedad del objeto transicional, el cual permite al niño mantener un lazo imaginario con la madre a medida que ella se separa gradualmente y por periodos cada vez más prolongados.





En sus escritos tardíos, Winnicott amplió en gran medida sus conceptos a una visión de la salud y de la creatividad mental en la cual la experiencia de transición pasó a ser el área protegida dentro de la cual puede operar y desenvolverse el self creativo. El puente construido por Winnicott entre la calidad y los matices de la subjetividad adulta, por un lado, y las sutilezas de las interacciones madre-niño, por el otro, aportará una nueva y poderosa perspectiva para contemplar tanto el desarrollo del self cuanto el proceso analítico, concluyen los autores.





El grupo “independiente” dio otros autores innovadores, independientes, también, entre ellos Balint, Bowlby y Guntrip.





Balint (11) estaba convencido de que lo que los pacientes, en especial los más perturbados, buscaban en la situación analítica no era la gratificación de deseos infantiles, libidinales o agresivos, sino un incondicional amor objetal primario no ligado a zona erógena alguna.  Algo en sí mismo del que se habían visto privados en la infancia; una mezcla armoniosa, interpenetrada, de sustancias primarias. De tal estado pasivo habrían de surgir formas más activas de relación y búsqueda de placer. Pero una ruptura temprana crearía lo que denominó la falta básica (una fragmentación y escisión en el núcleo mismo del self) que el paciente anhelaría subsanar en el análisis a través de una regresión benigna”.





Bolwby: nadie ha tenido mayor impacto en la conceptualización de la relación del psicoanálisis con otras disciplinas (biología, antropología, etología, procesamiento de la información y la investigación sobre la infancia y la familia (12)...)





Para Freud, el mensaje más central y llamativo de la revolución darwinista era la ascendencia de la humanidad a partir de especies inferiores. De ahí derivó su noción de ello (los instintos son rebeldes y asociales y sólo se dejan conducir a la adaptación merced a la dura lucha del yo). Para Bolwby, igual que para Hartmann (13), el mensaje fundamental del darwinismo es el papel central de la adaptación en la plasmación de la naturaleza animal y humana (los instintos resultan más útiles considerados como recursos adaptados y pulidos, con fines de supervivencia, a lo largo de millones de años).





Según la teoría pulsional, la madre se constituye en objeto en la medida en que gratifica necesidades. Los cuidadores tempranos son intercambiables sin trauma ni duelo si la pérdida es anterior a su constitución en tanto objeto libidinal. Bolwby afirma, sin embargo, que el apego del niño a la madre es instintivo y primario. Utiliza una visión conjunta de estudios empíricos, tanto en animales como en  seres humanos, para fundamentar el duelo temprano, y por tanto la primacía del vínculo. La seguridad emocional derivará de la confianza en la posibilidad de obtener figuras de apego y se construirá gradualmente a través de la calidad de las experiencias de apego desde la infancia temprana. Así, distintos tipos de angustias hundirán su raíz en la ansiedad básica de separación, eje de la experiencia emocional (14).





El concepto de apego de Bolwby, junto a la noción de Fairbain de líbido como busqueda de objeto –concluyen Mitchell y Black-, se ha convertido en un elemento clave de la amplia reformulación actual de todas las características centrales del desarrollo de la personalidad y de la patología psíquica.





Guntrip, por su parte, desempeñó un papel importante en la explicación, codificación e integración de las contribuciones de todos los autores del grupo intermedio británico -señalan los autores-. Fue el primero en caracterizar el psicoanálisis como una teoría de reemplazo en la cual el analista opera  “in loco parentis” para brindar el faltante medio interpersonal, necesario  para el crecimiento y desarrollo de un self sano. Lo que convertiría al análisis en un vehículo de cura sería precisamente el ser una relación nutricia, de índole altamente personal e interpersonal.  

















6.- Psicologías de la identidad y del self

 









Mientras la psicología del yo, de donde provienen, seguía el desarrollo del individuo dentro del marco del conflicto instintivo –relatan Mitchell y Black- , Erikson y Kohut establecieron marcos nuevos y complementarios: Heinz Kohut exploró la fenomenología de la ipseidad; Erik Erikson, la cronología de maduración de los instintos biológicos integrada en la estructura de las instituciones sociales. Tomados en conjunto, los dos abrieron (junto a Winnicott) el problema de la subjetividad y del significado personal profundo a la exploración psicoanalítica contemporánea.





Erikson llegó al escenario psicoanalítico en el momento previo a una espectacular expansión de los intereses de esta disciplina: del mundo interior de las pulsiones a las relaciones de los individuos con su entorno; de la patología psíquica a la normalidad; del paciente adulto al desarrollo infantil. Para él, la realidad social será el ámbito llamado a modelar las pulsiones de una manera característica según cada cultura. Si se le considera el representante de la “psicología de la identidad” es porque supo captar en el movimiento entre infancia y adultez el punto de intersección del individuo y el mundo social, formulando un concepto de identidad del yo adolescente deliberadamente elástico (15), en el interfaz de la comprensión psicoanalítica del individuo y de otras disciplinas como la historia, la biografía y la antropología cultural. Consideró que el crecimiento del yo se extiende significativamente más allá del periodo edípico (asociando el conflicto entre identidad y confusión de rol, intimidad y aislamiento con la pubertad y adolescencia; entre generatividad y estancamiento con el tener hijos; entre la integridad del yo y la desesperación con el envejecimiento físico por la edad avanzada...). Epigénesis es el término utilizado por él para describir el desarrollo del yo a través de una serie de crisis que conducen finalmente a la integración psicosocial del individuo.





Según el sentir de Kohut, los seres humanos deben estar diseñados para prosperar en un tipo de entorno que brinde las experiencias necesarias para que un niño crezca no sólo siendo una persona, sino sintiéndose como tal; es decir, como un miembro activo de la comunidad y en conexión con ella.  Su proyecto será un intento de identificar en la temprana infancia esas condiciones ambientales. Su visión del individuo con problemas no es la de un ser cargado de culpas por los deseos prohibidos (como es la de Freud), sino, esencialmente, la de alguien que carece de ese entusiasmo por la vida que llena de interés lo cotidiano, que persigue desesperadamente relaciones personales a las que abandona de forma reiterada... Un individuo, en definitiva,  cortocircuitado y decididamente trágico: parece un ser humano y actúa como tal, pero experimenta la vida como una carga y sus logros como algo vacío -alimentando a su pesar un creciente pesimismo respecto de poder obtener alguna vez lo que realmente necesita de los otros, o bien alternando exuberantes explosiones de energía creativa con dolorosos sentimientos de inadecuación en respuesta a perturbadoras sensaciones de fracaso-. 





Las aportaciones iniciales de Kohut – narran Black y Mitchell- fueron introducidas como una reformulación radical del concepto freudiano de narcisismo. Recordemos: según Freud, al principio toda la líbido está dirigida hacia uno mismo, en un estado de narcisismo primario. El infante se siente perfecto y omnipotente. La frustración vendrá a interrumpir esta autoabsorción y le obligará a dirigir esa energía libidinal hacia fuera. La líbido narcisista deviene líbido objetal  (y en adelante ambas mantendrán una relación inversamente proporcional: a más líbido objetal, menos líbido narcisista y viceversa). El apego a los padres y las fantasías edípicas que se desarrollan en el marco de tal apego constituyen el siguiente obstáculo psíquico a superar. Si el niño es incapaz de abandonar esas fantasías edípicas, se neurotiza: más adelante, cuando comience el tratamiento analítico como adulto, la transferencia de esos remanentes apegos infantiles a la persona del analista le permitirá experimentarlos con intensidad y, al mismo tiempo, acceder a ellos para una interpretación analítica curativa. Si no queda apego que transferir, el análisis resulta imposible.





Las neurosis narcisistas (los varios estados psicóticos, la esquizofrenia, la depresión severa...) serían para Freud el producto de un retraimiento generalizado de la líbido respecto de sus objetos que empuja al individuo a una regresión incluso más allá de sus vínculos infantiles: alcanza el estadío de autoabsorción mágica que caracteriza los primeros meses de vida del infante (un estado de narcisismo secundario)...





A veces, ciertos pacientes capturados en un sentimiento de grandeza y perfección emocionalmente impenetrable son, sin embargo, altamente verbales y tienen bien conservado el sentido de realidad. La única esperanza de un impacto curativo sobre ellos dependería de la capacidad del analista para sacar de alguna manera la líbido autodirigida de su orientación narcisista defensiva y virarla a un canal más maduro, referido hacia fuera. El enfoque clásico se basaría, pues, en analizar las resistencias y defensas para poner al descubierto los arrogantes sentimientos infantiles de amor y derecho propios utilizando confrontaciones persistentes y repetitivas.





Así fue el supuesto primer análisis del Sr.Z  (relato al parecer inspirado en las propias vivencias de Kohut como analizando) durante cuatro años (16).





Kohut fue dándose cuenta progresivamente de que había dimensiones cruciales de la experiencia de estos pacientes narcisistas que eran inaccesibles por esa vía, aún cuando el análisis fuera bien conducido e incluso, en apariencia, exitoso. Convencer a tales pacientes de que abandonaran su organización narcisista de protección les exponía a una penosa humillación y a profundos sentimientos de inadecuación; confrontarlos a sus insuficiencias tendía a crearles una profunda sensación de total desesperanza... Y el resultado final dejaba mucho que desear.





El análisis clásico hecho por Kohut en primera instancia, le habría brindado al Sr. Z el reconocimiento de que sus fantasías de especialidad eran ilusorias y una orientación más “realista” de su vida  (dejó de insistir en que en que se le dispensara un trato especial, se mudó de la casa de su madre, comenzó a salir con mujeres y mostró una mayor firmeza en su carrera), pero no le había ofrecido nada para remplazar la chispa y el entusiasmo que le proporcionaban las fantasías de grandeza narcisista que acababa de abandonar. La teoría psicoanalítica existente parecía carecer de un modo concreto de conceptuar y resolver este particular problema. Kohut  entonces empezó a pensar que era la rígida adscripción a las teorías particulares de Freud -como en ese caso con la teoría del narcisismo- lo que alentaba al analista a imponer un sistema preestablecido de creencias a todo el proceso. Lo cual subsumía, en la práctica, las comunicaciones del paciente dentro de un magma de categorías predeterminadas de significado, en lugar de permitir que el analista formulara hipótesis que le permitieran una receptividad continua y abierta de la experiencia única que poseía el propio paciente de su grave situación. La teoría estaba ahogando al proceso. Según concluiría por fin,  si se concedía tal relevancia al contenido ideológico –declarativo, diríamos ahora- del psicoanálisis sobre el método de investigación y conocimiento que esencialmente era – lo procedimental- se acababa mermando su potencial liberador, transformándolo en un estéril e inmovilizado cliché.  Como en una sorprendente escenificación  imaginaria del mito del “eterno retorno”, hacía falta de nuevo que callara Breuer para escuchar lo que Anna O. tenía que decir.





En el segundo análisis del Sr.Z -cinco años más tarde del fin del primero, según el relato- se desplegarían las líneas maestras básicas de ese giro rupturista hacia la psicología del self. Kohut intentó suspender su propio marco de referencia clásico para organizar el material analítico, así como todas las ideas preconcebidas sobre el significado de las comunicaciones del paciente. Intentó ponerse en su lugar mediante lo que llamó inmersión empática e introspección vicaria, elementos constitutivos esenciales de la nueva modalidad de escucha. Discernió que los pacientes como Z. parecían estar buscando dos tipos particulares de experiencia con los otros: (a) la experiencia de una figura atenta e interesada, firme y aplacadora cuando el paciente se encontrara disgustado, excitado o desbordado -lo cual permitiría al paciente mostrarse sin cortapisas e interrupciones (intra-setting)- y (b) la experiencia de conexión con un otro idealizado y poderoso -lo cual permitiría al paciente, a su vez, sentirse fuerte y poderoso (extra-setting)-. Ambas relaciones tendrían un profundo efecto terapéutico en la autoestima del analizando. El desarrollo normal de un narcisismo sano se reflejaría en un sentimiento de cohesión y vitalidad interior, en la capacidad de aprovechar los talentos y de tender con constancia hacia las metas; en esa autoestima confiable y duradera, a pesar de las decepciones, que permite el orgullo comunicativo y el placer en los éxitos cotidianos. 





Así, pues, utilizando los recursos que traía de la psicología freudiana del yo como trampolín para conceptuar las dificultades de pacientes como Z., Kohut enfatizó más los problemas en el desarrollo temprano que los temas de conflicto; se centró más en la organización, sentimiento y apreciación de sí mismos, que en las temáticas relacionadas con los impulsos sexuales y agresivos.





La teoría de la psicología del self –escriben Mitchell y Black- desde su introducción en 1971 en la obra Análisis del self (una modesta observación científica de Kohut sobre una transferencia emergente, no identificada hasta entonces, que parecía reflejar la presión de una tercera pulsión instintiva, la líbido narcisista), se desarrolló luego en amplitud y complejidad. Cuando su visión se amplió (el original de Los dos análisis del Sr. Z. data de 1979), las pulsiones fueron eliminadas como fuerzas motivacionales básicas. Finalmente, en los años que precedieron a su muerte en 1981- concluyen los autores- quedó claro que Kohut consideraba a la psicología del self no sólo como un complemento a la teoría pulsional de Freud, sino como una alternativa preferible por comprehensiva.





Desde entonces, el predominio de una única voz en el campo de la psicología del self ha dado paso a una multiplicidad de voces en complejas relaciones mutuas. Todas coinciden en las características más centrales y creativas de las aportaciones kohutianas: la innovación metodológica de la sostenida inmersión  empática en la realidad subjetiva del paciente y en los conceptos teóricos acerca del objeto-self y de las transferencias objeto-self. La exploración del interfaz entre los conceptos de Kohut sobre el desarrollo y el floreciente campo de la investigación sobre el infante (en especial, la importante labor de Daniel Stern (17)) será quizás, a la postre, el área más productiva de los esfuerzos teóricos posteriores.





Joseph Lichtemberg ha realizado un extenso trabajo a través de una selección e integración de muchos campos de investigación empírica, centrándose particularmente en la teoría de los sistemas motivacionales (18). Fosshage, Lachmann, Beebe, Basch, Goldberg, Gruenthal, Ornstein (algunos de los cuales se reclaman además como procedentes de la teoría de las relaciones objetales); Bacal, Newman y el propio Mitchell (aunque ligados a la corriente interpersonal), así como Storolow y los intersubjetivistas (con su modelo de campo) son algunos de los continuadores de esta tradición, que incorpora -con mayor o menor énfasis, pero siempre marcadamente- la nueva conceptualización de la transferencia: el reconocimiento implícito de la validez subjetiva de la experiencia que el paciente tiene del analista, cuya persona y acciones se asimilan en las estructuras de sentido creadas en la interacción.





El destino de los descendientes de la psicología del self, con sus variadas sensibilidades clínicas y teóricas, se halla todavía sólo escrito en los borradores de la historia, aunque esté ocupando ya un lugar cada vez más relevante en la gestación del psicoanálisis futuro.





 





7.- Revisionistas freudianos contemporáneos. Kernberg, Schafer, Loewald, Lacan





Según Mitchell y Black relatan, Kernberg, Schafer, Loewald y Lacan desarrollaron estrategias diferentes en sus esfuerzos por preservar y revisar las aportaciones de Freud, pero asimilaron muchas de las innovaciones que se habían generado en escuelas que se definían a sí mismas de forma más radical: psicoanálisis interpersonal, teoría kleiniana, teoría de las relaciones objetales y psicología del self. Otro registro común -excepto para Kernberg que profundizó en ello- fue desbiologizar a Freud, traduciendo el concepto cuasi-biológico de pulsión a otro lenguaje. Nociones clínicas básicas (Complejo de Edipo, p.ej.) fueron recontextualizados,  bien en términos de narrativa (Schafer (19) considera una reminiscencia anacrónica a la metapsicología pulsional y moderniza sus conceptos), bien como una rica interacción dialéctica entre relaciones pasadas y presentes (Loewald), o como la exposición del rol determinante del lenguaje y de las estructuras socio-simbólicas en la plasmación de la experiencia (Lacan).





Kernberg (20), por su parte, preserva la estructura original (teoría de las pulsiones, desarrollo psicosexual)  asentándola sobre nuevas bases; agrega el estudio de los fenómenos fronterizos y narcisistas, y estudia las relaciones objetales primitivas.





Loewald y Lacan  van a dedicarse, cada uno a su manera, a redefinir y realinear de modo fundamental  las estructuras del sistema freudiano, para reflejar de forma más exacta “su verdadero propósito”: para Loewald (21), una elegante e intrincada teoría de relaciones objetales, para Lacan (22), el descubrimiento de la naturaleza lingüística del inconsciente.









8.- Controversias en la teoría





De un modo muy imaginativo, Mitchell y Black caracterizan al psicoanálisis contemporáneo en sí mismo como una universidad -con muchas teorías diferentes y áreas de conocimiento que coexisten en una intrincada relación recíproca-  en donde faltara, paradójicamente, una cátedra de “psicoanálisis comparado”. Los estudios y explicaciones teóricas de cada escuela suelen basarse en un trípode: historia, principios básicos, aplicaciones clínicas. Queda fuera habitualmente la dimensión de la que habría de encargarse esa cátedra de tan reciente creación: el análisis de las interrelaciones (las controversias y los encuentros) entre las distintas corrientes. Es lo que se intenta en los dos siguientes capítulos (7 y 8) de este libro. Por razones de espacio nos limitaremos a esbozar un grueso alzado de la evolutiva; el “ajuste fino” (y en gran medida, lo sustancial) permanece, como es lógico, en el texto original.





¿Cuál es la causa de la patología psíquica? ¿Es resultado de un trauma; de que el desarrollo sano haya sido apartado de su curso por acontecimientos y experiencias reales? ¿O es el resultado de la interpretación errónea de la experiencia temprana  debido al impacto deformante de las primeras fantasías infantiles? O trauma o fantasía es un reflejo del mucho más amplio debate filosófico nature versus nurture; es decir naturaleza o ambiente (crianza, educación, cultura) –afirman los autores.





Sabido es que Freud adscribió la teoría del trauma y de la seducción infantil -en cuanto responsable causal específica de la neurosis- hasta 1897, en que la abandonó a favor de la teoría de la fantasía y la sexualidad infantil. Giró el foco desde el  pasado real  hacia el  pasado imaginario: decidió que todos los adultos sufrían de impulsos sexuales conflictivos -y no sólo los que habían sido perturbados en la infancia-. Algo en la naturaleza misma de la sexualidad humana generaba conflictos universales e inevitables; la experiencia real sería un factor que agravaría o mejoraría el conflicto, pero no sería la causa.





El giro hacia el predominio de lo procedente de la naturaleza sobre lo ambiental generaría, en el polo dialéctico opuesto, un buen racimo de ricas teorías enfatizando lo ambiental; es decir, lo relacional. La redefinición de trauma (no como asalto o asedio, sino como fallo parental crónico, impacto winnicottiano o trauma acumulativo –conceptos altamente refinados y muy distintos  de los de la teoría freudiana de trauma-) signará una perspectiva que Greenberg y Mitchell (1983-ver nota 1) llamarían relacional para destacarla como marco teórico común subyacente a psicoanálisis interpersonal, teoría británica de las relacciones objetales y psicología del self.





Klein y los kleinianos -con su énfasis inicial en las pulsiones instintivas innatas- fueron la excepción en ese contragiro generacional que se produjo, ya que incluso los psicólogos del yo -con su creciente interés en los cuidados maternales y la adaptación-, y también Lacan, participaron en ese trayecto desbiologizando lo pulsional.





Naturaleza y crianza operaban, para Freud, en forma complementaria: cuanto mayor era el papel de lo constitucional menos experiencia conflictiva se requería para crear una fijación y viceversa. El psicoanálisis postfreudiano, de acuerdo a su tiempo, propone una visión menos definitiva de la naturaleza y menos dicotómica del ambiente. Hoy en día, naturaleza y factores ambientales se consideran procesos interactivos y de mutua generación; en ese complejo contexto asientan vivamente las actuales polémicas..





¿Qué impide la curación, qué la promueve? Dos modelos conceptuales básicos, y la tensión creativa entre ellos, han dominado el pensamiento psicoanalítico acerca de la tenacidad de las patologías psíquicas –escriben Mitchell y Black-. Ambos derivan en parte de la dialéctica que hemos descrito entre trauma y fantasía.





El modelo clásico está  centrado en el concepto de conflicto interno. El paciente, a través del proceso analítico, por ejemplo, llegará a entender que su sexualidad y su agresión  no son peligrosas, como parecían serlo en su mente poblada por fantasías infantiles inconscientes. Llegará asimismo a renunciar a sus anhelos infantiles  por ambos padres como inapropiados para un amor adulto y maduro.





El psicoanálisis postclásico propone más el principio del desarrollo detenido por la ausencia de ciertas prestaciones parentales, cruciales para el crecimiento psíquico, como raíz de las dificultades de la vida. Aun cuando sus teorías sean complejas, multidimensionales, está más cercano a las propias reflexiones del paciente sobre sí. La parálisis psicológica no será considerada tanto el resultado de un conflicto inconsciente como de condiciones insuficientes para el crecimiento. Quizás lo que faltó en el pasado siga faltando ahora:





- un psicólogo del yo  podría enfatizar, por ejemplo, una deficiencia de las necesarias identificaciones parentales para anclar el proceso de separación-individuación;





- un teórico de las relaciones objetales podría destacar una falta de experiencia de libertad para ser y para descubrirse a sí mismo sin la necesidad de estar alerta para cumplir con los deseos de otros;





- un psicólogo del self podría señalar una falta de relaciones que sostuviesen un desarrollo sano, en el que los otros significativos estuvieran en sintonía emocional y entusiasmados por la emergencia del propio self...





Según este razonamiento, lo que ayudará al paciente no es la obtención de un conocimiento de sí mismo per se – aunque eso también ayudará- sino encontrar un tipo de experiencia diferente en el análisis en cuanto tal.





Ninguna de estas teorías –escriben Black y Mitchell en las páginas 335-336, aunque el subrayado es mío- considera que el análisis cumpla realmente funciones parentales (Guntrip llega lo más cerca de esta postura al describir el análisis como un proceso que implica una “reparentalidad” [reparenting]). Antes bien, todas consideran que la relación analítica ofrece experiencias análogas a las prestaciones parentales, lo suficientemente cercanas como para revitalizar esfuerzos de desarrollo detenidos y para hacer posible una conciencia y un duelo de lo que se ha experimentado antes como falta.





Las dos posturas, clásica y postclásica, como en el dilema trauma o fantasía, crean tensión dinámica dentro del pensamiento teórico psicoanalítico contemporáneo, ya que no sólo se oponen entre ellas como pares dialécticos dicotómicos sino que también se entreveran y complementan en el interior de cierto equilibrio inestable que vitaliza y redimensiona constantemente los contenidos de dichas controversias...





Otro núcleo vivo de disenso afecta a diferencias profundas respecto a la visión de la sexualidad. Si bien el pensamiento psicoanalítico a este respecto recibió gran influencia del saber intelectual y popular más amplio –señalan los autores-, la teoría clásica de Freud  llegó a convertirse en el discurso popular dominante en la cultura occidental. En sentido inverso, gran parte del pensamiento feminista actual acerca del género y la sexualidad, tanto dentro del psicoanálisis como fuera de él, fue determinado en reacción a esa misma teoría. Aún cuando las posiciones de Freud fueron particularmente avanzadas para su época,  una visión patriarcal  y sexista, acorde con el contexto socio-cultural de ese tiempo, se afincó en sus propios criterios biologicistas: si la anatomía es el destino, el desarrollo del género es un mero corolario del desarrollo de la sexualidad. Y como para Freud la sexualidad era un fenómeno completamente natural, el género será, pues, algo naturalmente derivado de las diferencias anatómicas.





Mitchell y Black recorren la historia de las variaciones del concepto de sexualidad en Klein, en  Karen Horney, Clara Thompson y los culturalistas e interpersonalistas que prefiguraron la literatura feminista contemporánea; autores y autoras que vieron el género como una creación fundamentalmente cultural, a través de la asignación social de roles y de significados esenciales a partir de las diferencias biológicas. En Chasseguet-Smirgel, Erik Erikson, Irene Fast, Carol Gilligan, Jean Baker Miller, Judith Jordan, Nancy Chodorow, Jessica Benjamin... esencialistas y constructivistas que someten a escrutinio, desarrollo o cuestionamiento la eterna tensión entre naturaleza y cultura en este campo.





¿Hermenéutica, racionalismo, empirismo?





Dicen los autores que muchos analistas actuales comparten la creencia de Freud  y sus contemporáneos en el sentido de que el mejor modo de concebir el psicoanálisis es considerarlo una disciplina empírica. Sin embargo, a raíz de los avances  en la filosofía de la ciencia, los problemas de la validación empírica se enfocan en términos muy sofisticados: desde el problema de la sugestión del analista que procura validar sus interpretaciones del paciente, hasta la utilidad o influencia de artefactos audiovisuales de medición en el proceso mismo.  Como actualmente se considera al analista tan inserto en el proceso (la presencia del observador determina el hecho observado) es difícil para los científicos actuales considerar a la situación analítica como una experiencia cuantificable de laboratorio, o al analista mismo como a un observador neutral.





Junto a este enfoque empírico ha surgido una visión muy diferente, en sintonía con el giro hacia  la hermenéutica (23) de otras disciplinas intelectuales:





- Spence afirmó que el psicoanálisis trata más con la verdad narrativa que con la verdad histórica. “Las asociaciones libres del paciente no contienen simplemente expresiones de dinámicas subyacentes; están construidas de alguna manera”. Su “facilidad para llenarse con las ideas preconcebidas  del analista” le condujeron a un escepticismo radical.





- Aún así, la hermenéutica no ha colapsado en el relativismo. Según Schafer, toda comprensión psicoanalítica es esencialmente reductiva y opera en torno a líneas argumentales narrativas. No es un fenómeno racional ni empírico. Lo cual no convierte a las interpretaciones en aleatorias o de ficción: deben resultar comprensibles, reunir la mayor cantidad posible de los datos conocidos, ofrecer una visión coherente y convincente, y facilitar asimismo el crecimiento personal.





- Desde el “constructivismo social”, Irwin Hoffman y Donnel Stern  sostienen que las interpretaciones del analista se generan en gran medida en las densas y dinámicas interrelaciones de la transferencia y la contratransferencia; y que de esos movimientos altamente afectivos de empuje y tracción surgen continuamente opciones clínicas y comprensiones interpretativas.









9.- Controversias en la técnica





Los autores introducen este capítulo de la mano del caso de un paciente llamado Harvey cuya experiencia de análisis con un candidato más joven que él resulta muy ilustrativa. Se enumera  cuatro áreas temáticas de controversia técnica; a saber:





1. Pasado o presente.- Desde la perspectiva clásica, la situación analítica se concibe como un medio a través del cual puede manifestarse lo generado en la mente del paciente como contenidos desplazados desde el pasado al presente. En el enfoque actual,  basado en la interacción, al paciente se le coloca en un compromiso igualmente firme con el presente (en utilización de lo que ha aprendido del pasado). Las personas adquieren su forma predilecta de relacionarse con los demás a partir de una repetición de sus experiencias tempranas, pero tienen también la capacidad de observar y construir una visión plausible de los otros. Sería un error suponer que las observaciones a presente del paciente fuesen sólo distorsiones o desplazamientos ya que: (a) entroniza al analista como juez de la realidad y presupone que sólo hay un modo de ver las cosas; (b) contribuye a minar el sentimiento de realidad del paciente y le alienta a abandonar su perspectiva, a entregarse en forma complaciente; (c) transmite falta de disponibilidad del analista para explorar sus preocupaciones.





2. Interpretación o relación.- El mecanismo central para el cambio en el modelo clásico es la remoción de la represión a través de la corrección o reconocimiento producido por la interpretación. Strachey señalaría en la década de los 30 que si los impulsos prohibidos son liberados de la represión pero el superyó sigue intacto, la curación será sólo temporal  ya que, al no ser éste modificado, volverá a empujar a fantasías e impulsos prohibidos de nuevo hacia la represión. No bastaría, pues, con levantar la represión; habría que invalidar las expectativas más profundas del paciente, alterar el superyó. Según Strachey, los pacientes cambian porque desarrollan actitudes diferentes frente a sí mismos, tomadas en parte de un modelo diferente de caracteres que surge en su mundo interior: llegar a ser menos rígidos en sus exigencias, más comprensivos frente a las manías y tentaciones humanas... Para los enfoques relacionales, más allá de la escucha e interpretación ordinarias, el analista ha de saber crear en la situación analítica una experiencia real que evoque la provisión específica de la niñez cuya carencia se registra.





3. Contratransferencia.- El marco unipersonal de la teoría clásica está dejando espacio a un marco bipersonal dentro del cual opera la mayor parte del pensamiento teórico analítico contemporáneo. Los pioneros de este enfoque, incorporado con tanta lentitud, –escriben los autores- fueron Ferenczi, Racker y los interpersonalistas. El analista contemporáneo tiende a considerarse como formando parte del campo de interacción que él mismo y el paciente están intentando juntos comprender.





4. Psicoanálisis y otros tratamientos.- Freud y sus contemporáneos practicaron el psicoanálisis de una manera flexible y a menudo bastante informal. Más adelante, en parte como resultado de su profesionalización médica, y en parte por la necesidad de definirlo en contraste con otras psicoterapias -muchas de las cuales eran derivadas del mismo psicoanálisis-, éste se tornó bastante formal. El papel del analista se ritualizó en extremo y se hizo a menudo frío y remoto; fue definido en función de un estrecho conjunto de criterios: número de sesiones por semana, diván, anonimato y neutralidad... Algunas de las modificaciones en la práctica analítica han sido provocadas por los desarrollos que se han dado en el ámbito teórico. Y esta práctica se ha diversificado: lo que hace que un paciente se sienta seguro y contenido puede hacer que otro se sienta incómodo. Ese es el pensar de esta época. Aun así, ¿deben considerarse todavía como psicoanálisis los tratamientos más cortos, con sesiones menos frecuentes y cara a cara? ¿O eso es psicoterapia? Para algunos, como Gill, por ejemplo, lo que define al psicoanálisis son los criterios intrínsecos: la profundidad del proceso y la exploración sistemática de los temas de transferencia y contratransferencia, no importa si las circunstancias son muy diferentes. Para otros, al psicoanálisis se le distingue también por sus aspectos formales.





Sí, pero entonces ¿qué es el psicoanálisis? 





Escriben los autores: las teorías psicoanalíticas irradian en diferentes direcciones a partir de una dedicación común y central a una investigación sostenida y cooperativa de complejas texturas de la experiencia humana, establecida en la interacción entre pasado y presente, realidad y fantasía, uno mismo y los otros, interior y exterior, consciente e inconsciente





El psicoanálisis –concluyen- es, a su vez, una colección de varios sistemas de pensamiento.

















Edades del agua. Comentario









Hay autores a los que admiramos por la profundidad o la claridad de sus ideas. En otros, además, reconocemos esa formidable cualidad que es el sentido del relato, la capacidad de recrear en otros el enorme placer de la lectura. Este es el caso. Tenemos ante nosotros un libro sumamente ameno e interesante.





Hubo escritores difíciles, casi herméticos, que no obstante hicieron grandes aportaciones al pensamiento psicoanalítico. El fenómeno de la comunicación y la lectura demanda de un proceso activo por parte del receptor. Este encontrará más cómodos determinados estilos, más estimulantes otros... y eso hace a sus preferencias. Opino, sin embargo, que cierta reflexión acerca del modo comunicativo más adecuado es consustancial a la práctica de esta disciplina. En mi criterio, la claridad no puede estar reñida con lo profundo, antes al contrario. Mitchell fue un gran divulgador, en el sentido más noble que esta palabra tiene: transmitir con sencillez  ideas complejas. Como puede verse en la primera cita de esta reseña, esto forma parte de una toma de posición compartida por ambos autores; es un metamensaje presente en este libro y, de alguna manera, en el resto de su obra.





Una vista panorámica del texto reseñado evoca el curso de un río (cuyo caudal  se embalsa o corre vigoroso arrancando materiales; crece al recibir afluentes; se bifurca o confluye; ensancha y gira; se aviva o enlentece: cada meandro fertilizando el entorno con arrastres laboriosamente recibidos...). Cierto sentido de lo histórico, consustancial a la práctica de esta disciplina, convoca el movimiento y las edades; imposibilita acotar el pensamiento “a un estado puro” o “definitivamente retenido” en una única institución. Como el agua, las ideas difunden también por infiltración y tienen hocicos muy finos.





Se puede alegar:





- que el libro recorta el campo de observación bajo un punto de vista norteamericano o anglosajón. La tradición francesa es vasta, compleja y significativa; igualmente la latinoamericana.





- que hay autores y temas de los que se echa en falta un mayor detenimiento: los intersubjetivistas, por ejemplo; determinadas corrientes  que derivaron del núcleo principal; el llamado psicoanálisis aplicado (a la clínica psiquiátrica, a la psicosomática).





- que la tendencia integracionista (24), constructivista, o de diálogo con otras disciplinas, está ignorada. Que se omite,  particularmente,   abordar el impacto de la revolución cognitivista (25) y de los hallazgos recientes en neurociencia





- que una explicación histórica profunda debería dar cuenta de las disidencias y del fenómeno de enquistamiento, división y  sectarización de las instituciones psicoanalíticas en un marco más elaborado (26).





Pero entonces probablemente ésta dejaría de ser “una historia del pensamiento psicoanalítico moderno” para convertirse en “la historia” de él: pretensión, entiendo, radicalmente alejada del talante y espíritu de los autores.





Más allá de Freud resulta sobre todo, en mi opinión, una metáfora del modo en que se van incorporando, en lo individual, ideas y conceptos psicoanalíticos: a través de recorridos personales por diversos settings, salas de conferencias, supervisiones, seminarios y lecturas; sesiones contrastadas, controversias, conversaciones privadas y escuchas casuales en entornos duales o colectivos. Gran parte de los conceptos capturados en tal viaje lo son consciente y activamente (en el ámbito universitario, en el profesional; en el variado universo del psicoanálisis...). De tal modo construye cada terapeuta su particular paideia (27). Sus mentores tienen un nombre y un orden de prelación también. Mitchell y Black comentan que el psicoanálisis contemporáneo es, básicamente, un método en búsqueda de su fundamento (pág. 353) y, por lo que hemos visto, cada innovación fue surgiendo primariamente como respuesta a problemas clínicos intratables u opacos dentro del marco teórico preexistente. Una idea motriz se va abriendo paso progresivamente dentro del marco general y va transformando al mismo tiempo ese marco. En lo individual ocurre lo mismo: cada incorporación corresponde a la necesidad de ampliar, revisar o renovar los referentes: nunca son sólo problemas de técnica, ni siquiera en la práctica de esa “hermana pequeña” que es la psicoterapia (28)....





Pero otra porción desborda ese marco; proviene de la impregnación social por la cultura (de la tradición oral, que carece de autoría y es vehículo constante de transmisión de ideas y reflexiones sin sello patrimonial). El psicoanálisis, sus diferentes versiones entremezcladas con muchas otras ideas del campo de la ciencia y el pensar, forma parte del entorno cultural contemporáneo. Determinados conceptos, sin duda alguna reencontrados (estructuradamente) por el lector en este libro, habrán sido leídos o escuchados con anterioridad y de un modo casual fuera de cualquier propósito formativo o del restringido ambiente del psicoanálisis mismo. En la medida en que una idea prende como semilla, difunde necesariamente más allá del campo acotado de su disciplina. En la realidad individual como en la historia de las instituciones y las ideas, la interpenetración, confrontación y mestizaje no sólo son deseables; también inexorables. Parecen formar parte de la vida.





Constatación que no es oda a la impregnación ambiental ni a ningún tipo de “naturalismo” o “espontaneísmo” ingenuo (entronización de un “sentido común” en las antípodas –a mi entender- del lúcido ejercicio de la libertad y de la profundización en la cultura), sino sólo un modesto reconocimiento, al hilo de la lectura de esta historia, de la inconsciente y múltiple influencia de los avatares de la existencia ajena y propia sobre las ideas sentidas como propias y ajenas (29).





Muy a tener en cuenta para, a partir de ahí, promover la libre investigación, la reflexión crítica, la voluntad de estilo, el esfuerzo de elaboración, el trabajo de asimilación y trasmisión... la creatividad, en suma.





Terminemos cediendo la palabra a los autores:





Se cuenta que uno de los innovadores más importantes del psicoanálisis postfreudiano solía llevar consigo una pistola cuando acudía a presentar su trabajo en institutos de tenor más tradicional. La colocaba sobre el atril sin hacer comentario alguno y procedía a leer su ponencia. Invariablemente, alguien preguntaba sobre la pistola, a lo que él respondía con voz amable que era para utilizarla con la primera persona que, en lugar de referirse a las ideas que estaba presentando, preguntara si lo dicho era "realmente psicoanálisis". Sea cierta o no la historia, capta mucho del ambiente del mundo psicoanalítico contemporáneo, en el cual el psicoanálisis ha estado luchando para expandirse y redefinirse. En este libro damos tratamiento a una vasta serie de ideas, a veces competidoras entre sí, a veces complementarias, pero que constituyen todas “realmente psicoanálisis”, porque derivan de esa exploración a fondo, detallada y diferenciada que el psicoanálisis realiza de la experiencia humana. (pág. 28).





 





NOTAS COMPLEMENTARIAS A LA RESEÑA  (el año de publicación de los textos se refiere a las ediciones en castellano): 





(1) Margaret J. Black es directora del programa de educación continuada del Instituto Nacional de Psicoterapias de Nueva York. Es también profesora en el Instituto Psicoanalítico de California y forma parte del comité editorial de Psychoanayitic Dialogues.





Stephen A. Mitchell ha sido uno de los principales renovadores de la teoría psicoanalítica contemporánea y uno de los precursores de la perspectiva relacional. Ejerció como docente y analista en el William Alanson White Institute de Nueva York y en el programa postdoctoral en psicoterapia y psicoanálisis de la Universidad de Nueva York. Murió en el año 2000, a los 54 años.





Junto a Jay Greenberg publicó, en el año 83, Object Relations in Psychoanalytic Theory, una de las contribuciones más importantes al psicoanálisis relacional. También es autor de Hope and Dread in Psychoanalysis (1993), Influence and Autonomy in Psychoanalysis (1997) – ver reseña de Ariel Liberman en Aperturas Psicoanalíticas nº 9, Noviembre de 2001-, Relationality. From Attachment to Intersubjetivity (2000) – ver reseña de Nora Levinton en Aperturas Psicoanalíticas nº 9, Noviembre 2001- y Can Love Last? (póstumo, 2002). En castellano hay disponible Relational Concepts in Psychoanalisis (1998) – Conceptos relacionales en psicoanálisis, una integración (Ed. Siglo XXI)- del cual también encontrarán una reseña en Aperturas Psicoanalíticas nº 4, Marzo de 2000,  a cargo de Nora Levinton.





Esperamos que al menos algunos de los libros citados sean pronto traducidos al castellano.





(2) El espacio dedicado a cada uno de ellos/as en esta reseña no se corresponde a criterio alguno de importancia o proporcionalidad. Aún cuando subyace un propósito primordial informativo,  bueno es reconocer que siempre opera un tamiz subjetivo, un acento personal: su reescritura no es la única posible; no constituye ni por asomo un resumen-sustitución del texto original.  Se ha intentado regir, sobre todo, en función de presunciones acerca del grado de difusión que cada autor tendría entre los supuestos lectores potenciales. Pero también –por qué no-, está sometida a necesidades narrativas punteadas por preferencias personales. No puede ser más que una somera y libre referencia que intenta respetar, interpretándolos, el sentido, la estructura y el contenido fundamental de esta obra.





(3) He aquí, tan temprano, insinuado el germen de una  línea de fractura. Esta divergencia se presenta de otro modo (quizás en términos de predominancia, no excluyentes)  en la actualidad: entre aquellos que sitúan el acento de la actividad defensiva en los procesos disociativos (rupturas verticales entre diferentes estados no integrados del self) frente a los que lo mantienen en la represión de contenidos temáticos concretos (escisión horizontal entre la consciencia y los impulsos sepultados).





(4) Que sólo mucho más tarde se reintegrarían a la corriente principal a través de un lentísimo camino de regreso. Casi cien años después se reconoce plenamente la importante contribución de sus pioneros: Adler, Jung, Rank, Ferenczi.. El lector interesado puede encontrar a este respecto en la biografía Freud, el genio y sus sombras de Louis Berger (Javier Vergara Editor, Barcelona, 2001) una buena fuente complementaria.





(5) Ver el texto paradigmático de Anna Freud: El Yo y los mecanismos de defensa (1961, Paidós, Barcelona). En otro orden de cosas se puede consultar la brillante contribución del muy estimado y luego malogrado Wilheim Reich: Análisis del Carácter (1976, Paidós, Buenos Aires).





(6) Tan sólo con nombrar a Hartmann La psicología del yo y el problema de la adaptación (1987, Paidós, Buenos Aires),  Spitz  El primer año de la vida del niño  (1969, Fondo de Cultura Económica, México) – de cuya influencia nos habla su vigésima reimpresión en castellano- y Mahler, Pine, Bergman El nacimiento psicológico del infante humano: simbiosis e individuación (1984,  Marymar, Buenos Aires)- referencia  de primer orden, por ejemplo, en las conceptualizaciones dinámicas de la clínica de pareja- se puede hacer el lector una idea de la enorme influencia de esta escuela.





(7) La crítica de Horney al clásico enfoque falocéntrico de Freud sobre el desarrollo femenino -remarcan Mitchell y Black- desempeñó un papel central en la posterior comprensión del género y del desarrollo.





(8) Cuya experiencia y subjetividad se acerca al concepto de individuo que la filosofía, la literatura y la critica social más contemporánea -esa que algunos llaman confusamente “postmoderna” - explora. A mi entender, el punto de vista interpersonal privilegia una dimensión sociológico-cultural (“el individuo en la sociedad posmoderna”) distinta a la antropológica (“el individuo posmoderno”) más coincidente con la  versión kleiniana –ver siguiente nota. También Schafer -como se verá más adelante: nota 17-, y los intersubjetivistas, entre otros y cada cual a su manera, impulsarán  la remoción epistemológica en la dirección planteada por los postulados postmodernos. Por otro lado, ¿cómo eludir tamaña revisión en el vértigo de los cambios sociales contemporáneos? En las páginas 268, 269 y 270 se aborda elegantemente este tema. A ese respecto también, el lector interesado puede ser remitido, entre otros, a Nacidos para cambiar del sociólogo Enrique Gil Calvo (2001. Ed. Taurus, Madrid).





(9) En la pagina 187 del libro Mitchell y Black anotan: 





Klein construyó lentamente sus teorías a partir de su trabajo clínico en las trincheras, sin interesarse realmente por las corrientes intelectuales que la rodeaban. Pero generó un modo de pensar acerca de la psique y del self que, de hecho, refleja en forma coherente mucho de los temas que caracterizan la cultura contemporánea, asociados a menudo con el término postmodernismo: el descentramiento respecto del self singular, la dispersión de la subjetividad y el énfasis en la contextualización de la experiencia. Los modelos de psique elaborados por Freud son estáticos, estratificados y estructurados. En cambio, la visión de Klein sobre la psique es fluida, perpetuamente fracturada y caleidoscópica. 





(10) A propósito de sus relaciones, ver P. Grosskurth, Melanie Klein, su mundo y su obra (1990, Paidós, Barcelona)





(11) Sandor Ferenczi  fue analista de Melanie Klein, de Clara Thompson y de Michael Balint. A través de ellos, logró inocular su énfasis teórico sobre el trauma temprano crónico y la deprivación afectiva. Regresó a las posiciones previas al giro hacia la fantasía y la pulsión instintiva de Freud en 1897, reabrochándose de nuevo a la teoría del trauma real y de la seducción infantil. Fue el más explorador e innovador en cuanto a técnica clínica de los discípulos tempranos de Freud y probablemente el que más ha influido en las corrientes actuales del pensamiento analítico.





(12) Ver Mario Marrone: La teoría del apego: un enfoque actual (2001; Ed. Psimática. Madrid). También Peter Fonagy: Teoría del Apego y Psicoanálisis (2004; SPAXS, S.A. Barcelona)





(13) Para Hartmann, la dimensión de adaptación eran las funciones del conocimiento y la percepción. Para Bolwby, el lazo del niño con la madre, al cual llamó apego.





(14) En diferentes números de Aperturas Psicoanalíticas el lector encontrará desarrollos sumamente actuales e interesantes a este respecto. Destacar la discusión de Emilce Dio Bleichmar, Mauricio Cortina y Giovanni Liotti en las Jornadas de la IAN (Murcia, Mayo 2003) sobre Apego y Salud Mental recogidas en Aperturas Psicoanalíticas nº 15 de Noviembre de 2003.





(15) Sentimiento consciente de identidad individual, lucha inconsciente por una continuidad del carácter personal, criterio para las silenciosas operaciones de síntesis del yo,  mantenimiento de una solidaridad interior con los ideales y la identidad de un grupo...  Ver Erik Erikson  Identidad, juventud y crisis (1977, Paidós, Buenos Aires).





(16) Existe una versión castellana de Los dos análisis del Sr. Z. de Heinz Kohut, prologada formidablemente por Ramón Riera (2002, Herder, Barcelona). Es tan profundo y extenso el giro kohutiano, que el reseñista ha debido conformarse con enunciar apenas el punto de partida basándose en esta controvertida obra.





(17) Daniel Stern: El mundo interpersonal del infante: una perspectiva desde el psicoanálisis y la psicología evolutiva (1992, Paidós. Buenos Aires).





(18) Fuera del ámbito anglófono, los esfuerzos de diversos autores fructifican en direcciones similares. Dejo constancia aquí de las aportaciones de Hugo Bleichmar y la Sociedad Forum de Psicoterapia Psicoanalítica -vinculada estrechamente a la publicación de esta revista- en torno al Enfoque Modular Transformacional. 





(19) Roy Schafer es responsable, junto a Donald Spence, de la introducción de la hermenéutica y del concepto de narrativa en el discurso psicológico. Según él, la mente se genera y organiza en función de narrativas (muy en la línea de la concepción postmoderna del discurso –ver nota 8-). Su tema recurrente fue la condición de sujeto agente: la transformación básica que tendría lugar en el análisis sería la asunción gradual por el paciente de la responsabilidad que antes deslindaba de sí.





(20) La obra de Kernberg es muy conocida entre el público de habla hispana; ha sido ampliamente traducida. Según los autores, su proyecto fundamental ha sido reunir de una manera genuinamente integrada y comprehensiva las características más importantes de la teoría pulsional y el modelo estructural de Freud, las teorías de las relaciones objetales de Klein y de Fairbain y la perspectiva desarrollista de la psicología freudiana del yo, en particular el trabajo de Jacobson sobre las formas patológicas de las identificaciones tempranas. Sus intereses han abarcado desde los problemas clínicos más detallados y concretos de pacientes severamente perturbados, hasta las dimensiones más abstractas de la metapsicología.





(21) El “radical interaccionalismo” de Loewald designa al lenguaje como una forma de experiencia sensorial (proceso primario) que, en la medida en que el desarrollo avanza, adquiere también un sentido como portador de significados (proceso secundario). Formas de experiencia (lo sensual y lo abstracto, fantasía y realidad, pasado y presente) cuya conexión o desconexión es crucial. El desarrollo sano se caracterizaría por una perpetua reconciliación  e interpenetración de estas diferentes dimensiones de la experiencia. Según Loewald, la interpretación psicoanalítica tradicional es de carácter reductivo: el símbolo, una vez revelado, colapsa en lo simbolizado. Para él, en cambio, el simbolismo no es un proceso de camuflaje, sino dialéctico; es decir, de transformación mutua entre el símbolo y lo simbolizado.





(22) Lacan se aproxima al psicoanálisis a través de la lingüística, la antropología estructural y la literatura. La dimensión determinante de lo humano no son las relaciones objetales ni el self; es el lenguaje. Su estilo de escritura y de habla es altamente idiosincrásico, más poético que discursivo. Sus conceptos centrales, como la buena poesía, si bien sugerentes, son simplemente intraducibles. Estudia el deseo humano, la experiencia prototípica de lo imaginario (el estadío del espejo), el orden simbólico (la ley del padre, el complejo de Edipo) y lo real; el inconsciente como estructura lingüística y la situación analítica como un vehículo a través del cual habla dicho inconsciente y la matriz lingüística de la que forma parte.





(23)Arte de interpretar textos para fijar su verdadero sentido” Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, decimanovena edición, 1970. Habermas y Gadamer (cada uno a su modo) son los filósofos que inspiran esta orientación.





(24) Pienso también, naturalmente, en esos esfuerzos inclusivos a base de acumular recursos técnicos discretamente fundamentados que, a modo de manual de instrucciones, terminan postulándose como una versión totalizadora del pensamiento único en psicoterapia (torrenteras arrasando, con una amalgama de materiales diversos, barrancos supuestamente integradores...).





(25) Por lo que yo conozco, al menos desde la aparición del libro  de Matthew Hugh Erderlyi, Psicoanálisis. La psicología cognitiva de Freud  (1987, Labor Universitaria, Madrid) no han cesado los intentos de subsumir el psicoanálisis en la teoría cognitiva. Más recientemente, los intentos de integrar ambas disciplinas es un propósito declarado de una parte del constructivismo.





(26) Aunque sea muy clara la crítica en este texto al patriarcalismo  y a la homofobia, una verdadera revisión histórico-crítica queda aun por incorporar. Lógicamente, no se trata de hacer un ajuste de cuentas con el pasado; pero no basta con rehabilitar a los pioneros y modificar el talante. Es necesario entender por qué se llegó hasta ahí (al autoritarismo, a la práctica abusiva en algunos casos, al anatema y a la exclusión) para que no se vuelva a repetir en cada una de las nuevas instituciones. En mi opinión, el ánimo explicito (con el que coincido básicamente) de Mitchell y Black enfatiza la dimensión revolucionaria y liberadora de las ideas psicoanalíticas, obviando la instrumentalización oscurantista y reaccionaria que de ellas se ha hecho en múltiples ocasiones.





(27) La Enciclopedia Salvat (2003) define paideia como el “complejo ideal cultural que constituye el punto de máxima perfección al que se orienta una pedagogía concreta, y se dice, sobre todo, de la griega antigua o por similitud con ella.  Los griegos de la época helenística entendían por paideia la cultura en su totalidad, pero sobre la base de las artes y las letras, a partir de la concepción de Isócrates. Los latinos tradujeron esta palabra por humanitas”. (Tomo 15, pág. 11.560.)





(28) Algunas escuelas sintético-integrativas sostienen que la psicoterapia es una tecnología. Alberto Fernández Liria y Beatriz Rodríguez Vega, por ejemplo, lo enuncian así en La práctica de la psicoterapia. La construcción de narrativas terapéuticas (2001; Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao) si bien luego su enfoque deriva en otra dirección. Carlos  Miralpeix  no lo explicita en el artículo “Psicoterapia cognitivo-analítica. Un modelo integrado de intervención” (Aperturas Psicoanalíticas nº 18 de Noviembre de 2004)  pero sí parece argumentarlo e incluso ilustrarlo-... Tecnología, se define (Salvat tomo 19, pág 14.755)   como “la sistematización de los conocimientos y prácticas aplicables a cualquier actividad, y más corrientemente a los procesos industriales. Tratado de términos técnicos. Lenguaje propio de una ciencia o arte. Conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto”





A mi entender, en el proyecto formativo del terapeuta predomina la adquisición de una paideia  sobre el dominio de una tecnología. Concepto  aquel más complejo y abarcativo  -contiene y es también tecnología en el sentido en que Edgar Morin explica cómo lo complejo contiene a lo sencillo y es también lo sencillo –ver Introducción al pensamiento complejo (2004; Gedisa Barcelona)-.  La elección de los términos no es irrelevante. Representan, en sí mismos, visiones radicalmente divergentes acerca del fenómeno clínico. La integración, por otra parte, no puede darse sino en un nivel de sentido,  supraordinado. Lo contrario es confundir aleación y amalgama. El principio de contradicción y la noción de conflicto aquí es insoslayable: por más que se agite, agua y aceite no mezclan, emulsionan.  





(29) Idea que no es mía, por otro lado. Lástima que no haya sido traducido al castellano todavía el libro de Atwood y Storolow Faces in a cloud: Subjectivity in personality theory (1979. Aronson, N.Y.) donde se relaciona la producción teórica de Freud, Jung, Reich y Rank con el trayecto vital y el contexto cultural de cada uno. Algo así hace Louis Berger en la biografía Freud, el genio y sus sombras  (Javier Vergara Editor, Barcelona, 2001)

 

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