La configuración de la masculinidad. Reconsideración del alejamiento del niño de la madre para construir la identidad de género masculino [Diamond, M.J., 2004]

Publicado en la revista nº019

Autor: Bermejo, Paloma

Reseña: The shaping of masculinity: Revisioning boys turning away from their mothers to construct male gender identity. (La configuración de la masculinidad: Reconsideración del alejamiento del niño de la madre para construir la identidad de género masculino). Michael J. Diamond, Int. J Psychoanal 2004; 85:359-380.




Este trabajo de Michael J. Diamond reconsidera la formación de la identidad masculina cuestionando la teoría de Greenson y Stoller, según la cual el niño debe desidentificarse de su madre para poder constituir su identidad de género.


Diamond se centra en la importancia de los aspectos conscientes e inconscientes de las relaciones preedípicas y edípicas del padre y de la madre con el niño y la relación de ambos progenitores entre sí. Desde su punto de vista, para el proceso de apego-individuación del niño son cruciales la seguridad del apego de éste con su madre y la capacidad de ésta para reconocer su propia subjetividad y masculinidad, así como la subjetividad y masculinidad del padre y del niño


Además las imagos paterna y materna inconscientes son enormemente significativas. Estas imagos acompañan al varón durante toda su vida a la vez que le sirven de referente de su propia masculinidad.



 


Actualmente el modelo más ampliamente aceptado sobre el desarrollo de la masculinidad es el descrito por Greenson (1968) y Stoller (1964, 1965, 1968), según el cual los niños inicialmente generan una feminidad primaria por identificación con la persona que actúa de madre. Para lograr una identidad masculina, el niño tendrá posteriormente que desidentificarse de su madre e identificarse con su padre (es decir, identificarse en un segundo tiempo con la persona del género opuesto a su madre). Según estos autores, el rechazo de las identificaciones femeninas es necesario para que el niño consiga un sentido de la masculinidad coherente. El requisito básico para que el niño tenga éxito al identificarse con su padre, será el que posea la habilidad apropiada para desidentificarse de su madre.


Esta contundente necesidad de escisión ha sido vista con escepticismo, tanto desde el punto de vista teórico como clínico, por gran número de analistas contemporáneos. Fast (1984, 1990, 1999) resalta dos factores clave que Greenson y Stoller no tuvieron en cuenta en su propuesta:


“1) la conveniencia y lo inevitable de las tempranas identificaciones del niño con ambos padres; y 2) la base intrapsíquica inconsciente necesaria para esa internalización, ya que la identificación del niño con su madre refleja la recuperación de los aspectos de una relación objetal gratificante que se perdieron o que fueron interrumpidos”.


Fast destaca las complejas internalizaciones preedípicas y edípicas que ayudan al niño a configurar una masculinidad única.



Alternativa de Diamond al desarrollo de la identidad de género masculino


Nuestro autor cita a Gabbard y Wilkinson (1996) cuando exponen cómo el desarrollo de la identidad de género no tiene una trayectoria lineal y continua sino que el niño va reconstruyendo las ambigüedades de su género a lo largo de su vida.


Está comprobado que los niños tienden a alejarse físicamente de sus madres y a acercarse a sus padres a una edad temprana, pero Diamond cuestiona que este alejamiento suponga realmente una desidentificación de la madre.


Numerosos autores defienden que, a menos que el niño se separe de su madre para lograr la diferenciación con respecto a ella, el niño se feminizará, y que es necesaria la presencia activa del padre para que tenga lugar el desligamiento maternal (Abelin, 1975; Mahler y otros, 1975; Stoller, 1964, 1968; Gilmore, 1990; Freud, 1921, etc).


Diamond duda que ese alejarse sea un prerrequisito para el desarrollo psicológico del varón y, aunque sí lo fuese, cuestiona que sea necesario que el niño tenga que aislarse del deseo de continuar la relación de dependencia que tuvo con su fuente primaria de satisfacción (la madre). Él propone una explicación alternativa de por qué los niños se vuelcan hacia su padre.


Greenson (1968, 1966) y Stoller (1964, 1965, 1968) elaboraron su formulación basándose en el estudio de transexuales con sistemas familiares perturbados, demostrando que la identidad masculina se constituye a partir de una pronunciada separación de la madre como forma de rechazo a la “protofeminidad”. Para Fast (1984, 1990, 1995) esta desidentificación de la madre sólo se da en los casos de desarrollo problemático y no en la normalidad. Según Axelrod (1997) una masculinidad detenida o fijada es producto de la relación triangular patológica vivida por el niño a edad temprana, y los procesos de identificación y contraidentificación, aparecen a causa de:



a) madres con escasa o nula sensibilidad hacia las necesidades de individuación de su hijo


b) padres débiles, no disponibles para el niño o misóginos, y/o c) por el propio temperamento del niño cuando posee cierta “predisposición a la fusión”.



Diamond (2001) propone que estos procesos patológicos del desarrollo del género se dan con frecuencia en “familias narcisistas”, en las que no se acepta que cada miembro tenga su propia subjetividad, porque la de uno de ellos predomina o porque la subjetividad en sí misma no es reconocida. En estos contextos patológicos, el desarrollo de la masculinidad se convierte en un conflicto, porque la identificación con el padre es problemática al tener el niño necesariamente que oponerse a su madre para lograr esa identificación. Estos niños suelen imitar a sus padres en las actitudes despectivas con respecto a las mujeres y con frecuencia muestran un narcisismo fálico defensivo. Habitualmente esta situación defensiva se percibe en la severidad del superyó y en la falta de cohesividad de la masculinidad del niño, y como Fast (1984) añade, la desidentificación podría mostrar el fracaso en un desarrollo óptimo de la masculinidad.


Siguiendo a Diamond, lo que predomina en situaciones normales es una progresiva diferenciación de la madre, más que una rotunda oposición. Esta diferenciación permitiría que la masculinidad se formase a partir de una identificación recíproca y gradual con el padre, a modo de reconocimiento mutuo (1995, 1997, 1998, 2004) y de una identificación con una madre que sepa reconocer y valorar la masculinidad de su hijo (Atkins, 1984; McDougall, 1989; Fast, 1990, 2001; Benjamin, 1996; Beebe y otros, 1997; Diamond, 2001, 2004). Un padre preedípico disponible, atento y protector, junto a una madre sensible y capacitada para respaldar la masculinidad de su hijo, puede suavizar lo que podría ser un proceso traumático de separación-individuación (Diamond, 1995, 1997, 2004). Un padre así puede evitar las tendencias defensivas del niño a separarse con brusquedad de su madre, y además contribuye a la formación de una imago paterna “genital”, que será el cimiento para la identidad masculina sana del niño. Estas cualidades “genitales” de la función paterna reflejan además una masculinidad flexible que permite integrar las identificaciones maternas del niño (Diamond, 2004).


Benjamin (1988) llamará a este vínculo reafirmante con el padre reconocimiento mutuo y será esencial para que el hijo supere la posición fálico-narcisista (Kaftal, 1991; Diamond, 1998, 2004).



Aportaciones de Fast a la teoría de la desidentificación


Greenson (1968), aun reconociendo la importancia de la identificación del niño con su madre ignoró que el alejamiento hacia el padre es transicional, por lo que no consideró el éxito integrativo y de síntesis necesario para el adecuado desarrollo del varón. Cuando tal logro no se ha conseguido, el niño se separa de esas identificaciones maternales a modo defensivo a través de la negación y el rechazo y pueden aparecen síntomas basados en mecanismos como la represión o la disociación, además de una masculinidad no completamente desarrollada (Pollack, 1998).


La base conceptual de su hipótesis de desidentificación descansa sobre varias premisas que son cuestionables. Por ejemplo, Fast (1999, 2001) ha criticado la suposición de Greenson de que todo varón experimenta una “simbiosis idílica” con su madre, y también la dependencia del concepto de Mahler y otros (1975). Ella, por el contrario, considera que la separación del niño de su madre estimula el proceso de individuación y la formación de su masculinidad.


Diamond, siguiendo a otros autores, remarca que el problema esencial de la teoría de Greenson-Stoller es que presupone la existencia de la protofeminidad como una estructura de la masculinidad innata e inevitable (Kaftal, 1991; Fast, 1999).


Fast (1990, 1995, 1999, 2001), tras resumir la evidencia empírica que contradice la base conceptual de la hipótesis de desidentificación con respecto a la feminidad primaria, la “simbiosis idílica” madre-hijo y la supuesta relación lineal entre la separación de un niño de su madre y la fuerza de su sentido de la masculinidad, pone el énfasis de su propuesta en las interacciones que tienen lugar entre niños pequeños y sus progenitores, las internalizaciones que resultan de esas interacciones y cómo éstas modulan los esquemas internos.


Para esta autora (1999, 1984, 1990, 2001) sólo si hay un apego seguro del niño con su madre tiene lugar el movimiento transicional necesario de alejamiento y es esta seguridad en el mismo apego la que le permite retornar a su madre, ahora ya estableciéndose con ella una relación con alguien del sexo opuesto. Para Diamond este proceso no es lo mismo que desidentificarse de la madre.


Varios investigadores sobre el apego (Lyons-Ruth, 1991; Fonagy, 2001) han demostrado que es la seguridad en el apego con la madre y no la separación de ésta lo que facilita la individuación del niño. Esta fase del desarrollo se denomina actualmente como de apego-individuación más que separación-individuación.


En contraste con las ideas de Greenson y Stoller, Fast (1999, 2001) postula desde una perspectiva relacional que los “modelos internos de funcionamiento” del bebé varón tienen una orientación de género desde el principio de la vida, pero no funcionan a modo de identificación simbiótica con la “feminidad” de su madre, sino más bien como el resultado de interacciones particulares que tienen lugar entre él y su madre, y también con su padre, ya que a través de estas interacciones el niño es tratado como un varón en relación a otro varón (su padre) o en relación a una mujer (su madre). El niño no tiene que superar la protofeminidad, sino construir sobre los esquemas que ha ido estableciendo desde su nacimiento. Fast, por consiguiente, reconoce el importante papel que tanto el padre como la madre del niño juegan a la hora de establecer su masculinidad.



Los procesos de internalización. Identificación y desidentificación


Diamond recoge cómo la identificación supone una forma de representar el proceso de internalizar relaciones con el fin de construir estructura psíquica (Loewald, 1970; Behrends y Blatt, 1985; Stern, 2002). Cuando el niño se identifica con su madre, también internaliza el sentimiento de su madre relacionándose con él como varón (Diamond, 2001, 2004).


La identificación, que tiene lugar como consecuencia de cambios ambientales y crisis de integración, requiere además el establecimiento de un vínculo emocional preedípico suficientemente gratificante con otro ser humano, denominado “identificación primaria”. Al ocurrir la identificación, este vínculo debe ser interrumpido o perdido, habitualmente por las incompatibilidades que inevitablemente hay entre madre e hijo. El bebé busca entonces recuperar los aspectos de aquella relación a través de procesos identificatorios, y se internalizan determinadas funciones y experiencias de la relación, elementos que se constituyen en estructura psíquica (Loewald, 1962).


Es decir, el niño se separa de su objeto primario para buscar nuevas relaciones y redefinir las antiguas, pero sólo gracias a que los aspectos principales de esa relación objetal primaria habían sido internalizados.


Para Greenson (1968) la identificación refleja una forma de internalización primaria, estable y duradera, no transicional, y la desidentificación comprende los esfuerzos del niño para liberarse de la temprana fusión simbiótica con su madre. Diamond, sin embargo, explica cómo un uso más preciso del concepto identificación indicaría que la separación del niño de su madre lo que fomenta en realidad es una “necesidad mayor de internalizar aspectos de esa relación suficientemente gratificante”.



Identificación con los procesos mentales


La madre puede fracasar en su función de ser un objeto de identificación facilitador del desarrollo por no tener capacidad para establecer una relación suficientemente gratificante o, por el contrario, por ser demasiado gratificante; o puede ser incapaz de reconocer y afirmar la masculinidad de su hijo, y/o la paternidad de su marido.


Del mismo modo, un padre no disponible o incapaz de identificarse de manera recíproca con su hijo facilitará el que éste conforme una estructura interna más patológica.


La consecuencia de que el niño no consiga establecer una internalización de su madre de forma cohesiva podrá ser un sentido de la masculinidad prematuro y desorganizado, o incluso el desarrollo de su masculinidad puede llegar a quedar truncado. Con frecuencia estos niños “dependen del falo como defensa contra los peligros del objeto (maternal), que aún se necesita, objeto que se internalizó de una forma enormemente problemática” (Diamond, 2004). Por el contrario, afirma que Una identidad masculina con buenas raíces se construye sobre una identificación del niño con las actitudes inconscientes de su madre hacia su masculinidad” (Fast, 1999, 2001; Wilkinson, 2001; Target y Fonagy, 2002; Diamond, 2004).


Las actitudes inconscientes de la madre hacia el padre también son cruciales a la hora de determinar la habilidad del niño para internalizar la estructura triangular.


Ogden (1989) habló de “la masculinidad-en-la-feminidad” haciendo referencia a que “la identificación del niño con el varón y la idealización paternal se originan en la relación con una mujer”. Por tanto es básico que en el inconsciente de la madre haya un padre establecido firmemente como objeto interno para la elaboración de la masculinidad por parte del niño. Para Diamond (2001, 2004) los niños que carecen de este reconocimiento inconsciente intersubjetivo de su masculinidad, lo compensan a base de depender de un falicismo defensivo más que adaptativo.


Numerosos autores apuntan a que aquello con lo que el niño se identifica en relación a su madre es la forma en la que la madre se relaciona con él como varón, es decir, como una persona del sexo opuesto (Loewald, 1962; Behrends y Blatt, 1985; Fast, 2001; Wilkinson, 2001).


Wilkinson (2001) hace hincapié en el significado de la valoración del niño por parte de su madre “como un individuo mentalizante, deseante y subjetivo” dando más valor a los procesos mentales específicos del progenitor en la internalización del niño de su identidad masculina. El niño se identifica con los procesos mentales de una madre (y un padre) relacionados con la objetividad y la subjetividad del niño (Fonagy y Target, 1996; Wilkinson, 2001; Target y Fonagy, 2002).


Si la madre carece de funcionamiento reflexivo, el niño, en vez de internalizar un sentido de sí mismo como sujeto sexual mentalizante -que Wilkinson (2001) denomina agente sexual-, por el contrario, descubre a través de su madre una versión de sí mismo y su identidad de género masculino, que quedarán formuladas bajo la idea de ser más bien un “objeto sexual”, basándose defensivamente en su comportamiento y en su apariencia física. El niño cuyos padres carecen de funcionamiento reflexivo depende de un ideal del yo fálico y utiliza formas más rígidas de diferenciación de género para poder manejar las ansiedades incontenidas que surgen en una relación con padres con estas carencias. Esta forma fálica de rechazo de las identificaciones maternas tempranas puede dar lugar también a una confusión de género. El varón falocéntrico se comporta defensivamente como si su falo fuera todo lo que le hace masculino (Diamond, 2004).



La formación de la identidad masculina


La formación de la masculinidad del varón se deriva de los esfuerzos de éste por lograr la formación de su narcisismo. Desde una perspectiva preedípica, el ideal del yo del niño le ayuda a mitigar la pérdida de omnipotencia brusca y traumática que sufre, debido a su sentido inicial de diferenciación de género y a la separación de su madre.


La identificación primaria del niño con su madre le proporciona un sentido de cohesión narcisista fundamental y seguirá jugando un rol activo intrapsíquico a lo largo de toda su vida. Posteriormente, durante la fase de separación-individuación, el niño experimenta de forma inevitable un traumático sentimiento de pérdida a la vez que se esfuerza por separarse de su madre (Diamond, 1997, 2004; Fast, 1984, 1990; Benjamin, 1988, 1991; Ogden, 1989; Butler, 1995; Pollack, 1995, 1998; Lax, 1997; Hansell, 1998). Tal y como Butler (1995) apunta, muchos de los rasgos que comprende la identidad de género provienen del duelo no resuelto por los vínculos homoeróticos tempranos y por los rasgos de género contradictorios, y se manifiesta como una grave pérdida, de la que uno no se puede lamentar, por ser un proceso natural, pero que tiene importantes consecuencias en la vida del ser humano.


Por contraposición a las niñas, los niños reciben más presión para rechazar los rasgos de género contradictorios y son más inmaduros cognitiva y emocionalmente en el momento de su primera crisis de género. A medida que maduran, sufren una gran inhibición al revivir el apego maternal erótico temprano (Wrye y Welles, 1994) y a la vez sienten la culpa asociada con el homoerotismo hacia el padre (Herzog, 2001). Siguiendo a Ogden (1989), el niño, contrariamente a la niña, debe organizar sus relaciones internas y externas y sintetizar sus identificaciones primarias, pasando por el “descubrimiento traumático de ser alguien diferente”.


La naturaleza del ideal del yo masculino se basa en los esfuerzos del niño en esas etapas iniciales de diferenciación de género (Chodorow, 1978; Fast, 1984; Butler, 1995; Hansell, 1998), esfuerzos que requieren que el niño se adapte a esta pérdida en relación a su madre, la pérdida de un estado ideal de narcisismo primario y de unidad con el objeto maternal. En términos relacionales (Benjamin, 1988, 1991; Pollack, 1995, 1998), este proceso se describe como la ruptura relacional que resulta de la pérdida prematura y/o el rechazo del sentido de conexión del niño con su madre. Para nuestro autor, “en ambos casos el problema es la gran ‘herida’ a la que el niño debe acostumbrarse”.


Además con frecuencia el niño no sólo pierde parte de la conexión con su objeto primario maternal sino que se ve obligado a rechazar o a negar lo que ha perdido. En otras palabras, el niño se ve presionado a negar la necesidad que tiene de sentir cerca a su madre para mantener su propia cohesión narcisista, lo que le produce sentimientos de culpa y/o de abandono. Esta ruptura puede ser soslayada por la presencia de un padre protector (Diamond, 1995, 1997), por la seguridad del apego del niño con su madre y por la cualidad de ésta de reconocer la masculinidad (Diamond, 2001, 2004; Fast, 2001; Wilkinson, 2001; Ogden, 1989).


En este proceso de separación en el que el niño pierde su omnipotencia y se debilita la conexión diádica con su madre, es cuando reconoce que es sexualmente diferente a su madre (Lax, 1997 habla del “trauma de fondo” del niño). El proceso es más doloroso aún en las culturas occidentales, en las que se avergüenza a los niños para que se vean obligados a separarse de sus madres antes y de forma más prominente (Pollack, 1998).


Para reparar esta herida, los varones intentan recuperar el estado ideal perdido en relación con su madre, a través de lo que Manninen (1992) llama “esfuerzo masculino ubicuo”, que refleja “el impulso inconsciente de un hombre para descubrir y reconectarse con aquello que ha sido negado y vivido como perdido internamente en relación a su madre”, e intentan reemplazarlo con algo diferente a lo que aferrarse.



La pérdida traumática y el ideal del yo fálico


Chasseguet-Smirgel (1984, 1985) y Manninen (1992, 1993) sostienen que esta pérdida traumática dispone al niño a crear una imagen fálica de sí mismo en relación al mundo como forma de recuperar el control del objeto. “El falo representa parcialmente el pecho perdido, como algo diferente a lo que aferrarse”. El niño construye de esta forma la ilusión adaptativa de “la supremacía de sus dotes masculinas”, como defensa. Es una forma de volver a la omnipotencia que tuvo, y el pene representa de esta forma la fuente tanto de gratificación como de completitud narcisística. Para los varones que no consiguieron integrar en su ideal del yo en maduración el ideal del yo fálico con el ideal del yo genital, el falicismo físico aparece frecuentemente como forma de lograr la cohesión psíquica perdida, y se puede manifestar, por ejemplo, como una imagen hipermasculina de la hombría, detrás de la cuál se deja entrever que el niño no gozó de un padre “genital” preedípico disponible (Ross, 1986).


El dominio edípico requiere que el niño renuncie a la omnipotencia narcisista, que se dé cuenta de sus limitaciones y se conforme con algo menos que la idealizada totalidad.


Diamond describe cómo “Paradójicamente el ideal del yo fálico masculino niega inconscientemente la diferenciación de género [...] al desear las posibilidades ilimitadas inherentes a una unión idealizada omnipotente con el objeto maternal”. Al mismo tiempo, a nivel manifiesto, la forma de comportamiento del niño es defensiva, como si su falo fuera todo lo que le hace masculino. Este destacado falicismo físico es necesario para manejar las ansiedades narcisistas que la compleja diferenciación de género y la multiplicidad de la realidad producen. En contraposición con una falicidad adaptativa, el narcisismo fálico o falicismo defensivo se convertirá con posterioridad “en un persistente obstáculo al crecimiento y al desarrollo en la vida adulta” (Diamond, 2004).


Diamond (2004), en su explicación sobre la posición fálica del varón, enfatiza el uso simbólico del falo como defensa contra el objeto maternal que ahora se halla tan lejano al niño. El tamaño de la “herida narcisista” del niño depende, según él, de dos factores:


1.- De la capacidad de la madre para reconocer la masculinidad del niño y la presencia del padre.


2.- De si hay un padre preedípico disponible con el que el niño pueda identificarse recíprocamente, un padre que refuerce a la vez la conexión del niño con su madre.


El niño que tiene esta base de apego seguro, con el adecuado reconocimiento intersubjetivo de su masculinidad y de su necesidad de conexión, no depende de una falicidad defensiva ni tiene por qué reprimir ni negar las identificaciones femeninas.


Parte del proceso natural será un alejamiento transicional gradual de la madre, más que el rechazo y la desaprobación de las identificaciones tempranas maternales.



La identidad de género masculina adulta y la integración de las identificaciones tempranas preedípicas


Como vemos, si hay un fallo en integrar las identificaciones tempranas maternas y las identificaciones preedípicas paternas, el resultado será la dominancia del ideal del yo fálico, apareciendo una rigidez inconsciente de género que podría manifestarse más tarde como confusión de género, o por el contrario como una convicción excesiva sobre el propio género, a modo de defensa. Este proceso surge como rechazo de las identificaciones maternas, y las identificaciones masculinas resultantes serán “más frágiles, poco flexibles, en parte porque se han formado en base a los deseos inconscientes contradictorios de incluir y expresar las identificaciones femeninas rechazadas en el “deseo de completitud” (Schou, 1995; Elise, 2001).


Diamond nos muestra como ejemplo el caso del sueño de un joven, Seth, de unos veinte años, que vivía en lucha con su identidad de género, por las dificultades que se había encontrado al integrar las identificaciones tempranas maternas con su sentido de la masculinidad. Aunque la imagen que mostraba era de un hombre duro y distante, tenía un continuo sentimiento de vergüenza desde los 5 años de edad y se consideraba a sí mismo como una persona excesivamente blanda. Era hijo único y sus padres se habían divorciado cuando él tenía 7 años. Su madre, que lo idolatraba, no había vuelto a tener ninguna relación desde el divorcio. Su padre, enormemente narcisista, era despectivo con las mujeres y propenso a la impulsividad y a las rabietas.


El sueño que trajo a consulta fue: “Soñé que veía un piano en casa de un amigo. Empecé a tocarlo y me sentí enormemente triste mientras lloraba de forma incontrolada. Sentí vergüenza e intenté abandonar la habitación para que nadie me viera llorar. Sin embargo no podía ni ocultar mis sentimientos ni abandonar la habitación”. A continuación recordó cuánto le gustaba de niño escuchar a su madre tocar el piano y la tristeza que sentía al recordar un sentimiento que había sido tan reconfortante para él en el pasado. Este recuerdo emocional era algo muy profundo en su interior y tal y como lo denominó “sin duda una parte de mí de alguna forma perdida en el camino”. Se analizó la repulsa que Seth sentía al tocar a su madre y su terror ante mujeres extremadamente femeninas. Poco a poco empezó a compartir su deseo de mostrarse como un “hombre auténtico” y en los sucesivos sueños que trajo ya no mostraba tanta inhibición de su agresividad. Se volvió más abierto con sus amigos y comenzó una relación con una joven con la que pudo compartir sus sentimientos más personales.


Con esta viñeta se ilustra cómo Seth tuvo problemas con las identificaciones tempranas, no porque él fracasara al desidentificarse de su madre, sino porque la naturaleza de esas identificaciones continuó en su inconsciente. La falta de habilidad de su madre para reconocer y respaldar la masculinidad de su hijo junto a la incapacidad de su padre para proporcionar un objeto varón con el que identificarse, hicieron que Seth internalizara de forma problemática tanto su identidad de género como la realidad triádica. Se ayudó a Seth a admitir la multiplicidad de sus identificaciones tempranas tanto maternas como paternas y a comenzar un proceso de integración en el que su masculinidad fuera reconocida en su diversidad innata sin género. Seth consiguió poder expresar su masculinidad y su agresividad en el entorno, logró expresar su self emocional.



Síntesis, integración y la formación de la identidad de género


La identidad de género en maduración requiere de un logro psíquico en la dimensión de la síntesis y la integración.


La identidad de género del niño empieza con la capacidad de identificarse con ambos progenitores al mismo tiempo (Christiansen, 1996) y para su transformación final requiere “la creación de una interacción dialéctica entre identidades masculinas y femeninas” (Ogden, 1989). Diamond añade: “Un sentido de la masculinidad sano y cohesivo se desarrolla cuando la identidad de género nuclear no se ha separado de una identidad de rol flexible de género masculino”.


Para lograr el narcisismo primario no será necesario que se nieguen los problemas relativos a la aceptación de las limitaciones del género propio y sus rasgos distintivos en el proceso de conseguir el ideal del yo genital. El hombre no tiene que tener o serlo “todo” para experimentar la masculinidad, ya que la masculinidad tiene sus “limitaciones” (Fast, 1984). Las identificaciones con el sexo opuesto se pueden recuperar y los rasgos del otro sexo pueden ser reconciliados (Bassin, 1996; Young-Eisendrath, 1997; Elise, 1998, 2001). Como apunta Benjamin (1996) los géneros opuestos más que permanecer bifurcados, “se mantienen y se enlazan simbólicamente”. Las categorizaciones de lo que es masculino y femenino son reemplazadas por identificaciones múltiples y complejas que pueden ser desestabilizadas sin temor. Por tanto los términos masculino y femenino se usan sin conexión intrínseca con el género, entendiéndose que son resultado de un proceso socio-cultural de división de género, en el que los aspectos de la personalidad humana se distribuyen de forma desigual entre los sexos. Las polaridades de género internalizadas con base cultural, son las que hacen que un individuo desarrolle cualidades de su propio sexo y suprima las del otro sexo. Benjamin (1996) afirma que depende de cada individuo el mantener las características del otro género sin desarrollar y Diamond (2004) añade que es también responsabilidad propia dentro del proceso madurativo, el integrar mejor las cualidades del otro sexo.


Diamond cree que el antiguo concepto según el cual se debe superar la feminidad para que el varón se desarrolle, no encaja con la realidad de los pacientes.


De acuerdo con Balsam (2001) la imagen fijada en un individuo como masculino/activo/dominante o femenino/pasivo/sumiso no es más que una solución defensiva a los esfuerzos para la formación de la identidad de género. Para Benjamin (1996) “las “ambigüedades de género vividas” son tolerables sólo cuando se ha logrado este más alto nivel de diferenciación (post-edípica), a través de soportar la tensión entre los elementos de contraste que permanecen disponibles, no prohibidos”.



Conclusión


El artículo de Diamond se presenta como un llamamiento para que en el estudio del sentido de la masculinidad del varón, como proceso relacional, se tenga en cuenta la enorme importancia de las dinámicas intrapsíquicas inconscientes en la tríada niño-madre-padre.


Según el autor, la formación de una masculinidad cohesiva y flexible en el niño requiere:


- Una madre, primer objeto de identificación, que establezca con su hijo una relación gratificante; que tenga una actitudes inconscientes adecuadas hacia la masculinidad, de forma que aprecie y respalde la masculinidad de su hijo y de su marido; con funcionamiento reflexivo para reconocer su propia subjetividad, y a su hijo como sujeto sexual mentalizante más que como objeto sexual.


- Un padre disponible, atento y protector; con capacidad reflexiva; que pueda identificarse con su hijo y permitir la identificación recíproca de su hijo con él; padre que refuerce al mismo tiempo la conexión del niño con su madre.


En circunstancias normales, tras la identificación primaria con la madre, el niño se diferenciará progresivamente de ella de forma transicional, diferenciación que no supone rechazo ni desidentificación, y que permitirá que el niño se identifique de forma gradual con su padre para posteriormente recuperar la relación con su madre, ya como persona de distinto sexo. El proceso tendrá lugar de forma natural, no traumática.


En contextos patológicos, el desarrollo de la masculinidad puede requerir que para lograr la identificación con el padre, el niño tenga que oponerse a su madre (desidentificarse de ella). De hecho, debido a que parte de lo que el niño internaliza es el sentimiento de sus padres con respecto a la masculinidad, así como las actitudes de los mismos con respecto al otro sexo, si hay un fallo al integrar las identificaciones maternas y paternas, el niño puede ver comprometido el desarrollo de su masculinidad, pudiendo quedar el proceso interrumpido o fijado rígidamente en forma de un falicismo defensivo.


Las críticas fundamentales que Diamond recopila sobre la teoría de Greenson y Stoller se pueden resumir en:


- La presunción de la existencia en todo varón de una feminidad primaria así como una simbiosis idílica madre-hijo, como base de las identificaciones maternas.


- Que se considere que el alejamiento del niño de su madre supone desidentificarse de ella.


- La idea según la cual la desidentificación forma parte del desarrollo normal del varón.


- La supuesta relación lineal entre la separación del niño de su madre y la fuerza de su sentido de la masculinidad.


- Estos autores ignoran que el alejamiento del niño de su madre y hacia su padre es transicional.


- La suposición de la contraidentificación con el padre (sería más bien una identificación recíproca).


- El no haber tenido en cuenta adecuadamente las identificaciones tempranas del niño con ambos padres.


- Que no mencionen el éxito integrativo y de síntesis necesario para que el varón lleve a cabo sus identificaciones tempranas.


- El no haber valorado suficientemente la base intrapsíquica inconsciente necesaria para la internalización de esas identificaciones.




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