Trauma: debate sobre el papel de la realidad externa y de la fantasía [Kogan, I., 2003]

Publicado en la revista nº020

Autor: Levinton, Nora


Reseña: Kogan, I. On being a dead, beloved child. The Psychoanalytic Quaterly. Volume LXXII. Nº 3, 2003.


Autora de la reseña: Nora Levinton 


                                              


“Así como los muertos están entregados inermes a nuestro recuerdo, así también es nuestro recuerdo la única ayuda que les ha quedado; en él expiraron, y si todo muerto se asemeja a alguien que fue liquidado por los vivos, así también a alguien que éstos han de salvar, sin saber si alguna vez lo conseguirán. El recuerdo apunta a la salvación de lo posible, que aún no ha sido realizado (Adorno, GS 18, 235) (1)


 


El artículo de Ilany Kogan favorece el plantearnos uno de los temas más apasionantes y controvertidos del psicoanálisis: la validez de la verdad “histórica” y la realidad objetiva oponiéndose a la del mundo interno. Favorece asimismo la pregunta sobre el origen del trauma, lo que no pudo ponerse en palabras y se actuó, la consideración sobre las diferentes modalidades de expresión del sufrimiento emocional.


Y este debate acompaña la excepcional presentación de un caso que me ha conmovido particularmente y que despierta una serie de resonancias, por experiencias personales vinculadas a mi inclusión en lo que la propia autora denomina “la misma identidad de grupo”.


Kogan nos acerca, en su comentario preliminar, al tema de ciertas condiciones comunes a los hijos de supervivientes del Holocausto. Los caracteriza como habiendo nacido en familias en las que sus padres se vieron inmersos en la terrible experiencia de la desintegración de sus vidas, al convertirse la cotidianeidad en una realidad cruel y aterradora donde imperaban la pérdida de los seres amados y el miedo continuo a la muerte. Se refiere también a la dolorosa situación de los adultos que padecieron la muerte de su/s hijo/s y el efecto que pudiese acarrear en el desarrollo del “hijo” como sustituto del que perdieron, llevándolo a encarnar las fantasías inconscientes de sus padres. El o la reemplazante pueden percibir que únicamente son amados y valorados narcisísticamente si cumplen con el destino del hijo muerto. Pero, dada la dificultad implícita en el tener que competir con un rival así idealizado, se favorece que el niño muerto se transforme en un hermano odiado, que daña la autonomía del ideal del yo del niño superviviente. Al tratarse preferentemente de una neurosis, se ve afectada la estructura psíquica y frecuentemente aparecen angustias vinculadas al esfuerzo realizado tanto para poder cumplir con el papel que se les ha otorgado como para intentar neutralizar la hecatombe del Holocausto. Pero al producirse la confrontación resultante de la propia presión ejercida, los padres tienden a tratarlos como si fuesen unas reencarnación de sus agresores nazis, como consecuencia de la identificación del niño con el agresor introyectado (J.S. Kestenberg y M. Kestenberg, 1982), lo que obedecería al


intento parental de exteriorizar aspectos negados de sus propias autorrepresentaciones que fueron internalizadas bajo un estrés extremo cuando la identificación con el agresor era el único medio adaptativo para sobrevivir (Bergmann, 1982). Para el hijo del/de la superviviente, la identificación con la figura parental como una víctima perseguida o como agresor nazi, da lugar a una escisión en las representaciones del yo y superyó.” (pág. 728).


Y, si al niño se le atribuyó la función de restituir las fantasías parentales imposibles de satisfacer, ello suele fomentar un grado de confusión derivado de las dificultades para pensar y testar la realidad.


El caso presentado por Ilany Kogan ilustra este tema, centrándose en la problemática particular de la transferencia y contratransferencia resultante de la condición de la pertenencia de ambas, analista y paciente, a la misma identidad de grupo, lo que supone el riesgo de haber podido establecer cierta complicidad en el intento de evitar los sentimientos de agresión y culpa, conectados en sus mentes con los aterradores acontecimientos históricos del Holocausto.


 

Presentación clínica


La paciente, Nurit, es descrita como una científica, casada y con tres hijos, cuyo motivo de consulta es, inicialmente, su preocupación por ciertas conductas compulsivas que entorpecían su vida cotidiana: revisar repetidamente si el gas había quedado apagado, o la puerta de la nevera o el garaje bien cerrada. También tenía que comprobar si el despertador había quedado puesto en hora y las direcciones en los sobres de las cartas. Por lo demás se muestra satisfecha en general con su estilo de vida, incluyendo la relación con su familia, su trabajo y su capacidad para tomar decisiones importantes.


En la primera entrevista, Nurit habla del tiempo y la energía consumidos por los síntomas y cómo estos comportamientos atentaban contra su imagen de mujer madura y segura de sí misma que en muchos aspectos sentía que realmente era. El empeoramiento de sus síntomas coincidía con un período reciente, en el que había tenido serios enfrentamientos con su hija mayor adolescente. Comenta también que años atrás había acudido a una terapia conductual de la que pensaba no haberse beneficiado suficientemente.


Kogan la ve como una mujer atractiva, de alrededor de cuarenta años, que viste con cierta elegancia, resaltada por su cabello plateado. Le parece una persona inteligente, talentosa, que domina varios idiomas, comentándolo como “me gustan los idiomas y yo les gusto a ellos” (pág. 729) y con un toque de sofisticación derivado de haber vivido en diferentes lugares del mundo, y nos revela haberse sentido impactada por el tono de voz neutro, metálico, de la paciente, a la manera de un escudo que impide el desbordamiento de emociones, lo que le lleva a pensar en el sufrimiento oculto tras ese sonido. Le aconseja comenzar con una terapia psicodinámica, para poder establecer el contacto emocional necesario antes de embarcarse en un proceso analítico previsto como largo y doloroso.


 

Historia familiar


 Nurit es la hija única de dos supervivientes del Holocausto. La familia materna, descrita por su madre como cálida y amorosa, pertenecía a la clase media polaca y todos habían perecido en el Holocausto. Su madre se había casado a los 19 años con un hombre bastante mayor que ella y había tenido una hija. Al estallar la guerra, se divulgó el rumor de que los hombres judíos corrían peligro pero no así las mujeres y niños, por lo que muchos huyeron a Rusia separándose de sus familias; así lo hicieron tanto el primer marido como el que sería el futuro padre de Nurit La madre había permanecido en Varsovia con su hija y fue obligada a trasladarse al ghetto, donde dejaba a la niña con una cuidadora mientras ella trabajaba, hasta que un día, al regresar, fue informada de que ambas habían sido asesinadas en una aktion (en el original) cuando la pequeña, según creía Nurit, tenía 7 años. Al poco tiempo, la madre fue deportada a Bergen-Belsen, y allí permaneció varios años. Al finalizar la guerra emigró a Israel, donde conoció al padre de Nurit quien, a su vez, también había perdido a su padre, mujer e hija que tenía aproximadamente la misma edad que la niña de su madre. La nueva pareja inició una relación que fue interrumpida por un viaje de la madre a Polonia para conseguir el divorcio de su marido, que también había sobrevivido. Permaneció allí alrededor de un año en lo que Nurit pensaba que había sido un intento de retomar la relación con su marido pero, según se contaba en la familia, el padre habría conseguido hacerle llegar de contrabando una Biblia con dinero y una nota en que la instaba a regresar a Israel, lo cual hizo después de haber conseguido el divorcio. Se casaron y Nurit nació cuando ellos rondaban la cuarentena. Al cumplir Nurit los dos años se trasladaron a Europa, donde vivieron en distintos lugares a raíz de los exitosos negocios del padre. Recordaba una infancia feliz, en la que se sentía amada por sus padres, abuela materna y cuidadora, con buen rendimiento y escolar y habilidades sociales que le permitían adaptarse fácilmente a los nuevos lugares. Al cumplir 18 años, Nurit regresa a Israel a vivir con su abuela. Estudia Biología, y se casa con un hombre que le brinda amor y apoyo y está bien considerado profesionalmente. Tanto su matrimonio como sus tres hijos son valorados como importantes logros vitales.


 

Fase 1:
aprendiendo un lenguaje olvidado


Kogan relata cómo, a pesar de que durante los primeros meses de tratamiento Nurit dedicaba las sesiones a contar las terribles experiencias del sufrimiento infringido por su madre desde los 11 años hasta los 18 -edad en que se fue de su casa-, el relato estaba desprovisto de afecto. Transmitía el estilo parental persecutorio y opresivo, cuyo impacto seguía vigente en la vida de la paciente pero sin aludir al miedo y la humillación sentidos. Su dificultad para expresar emociones se trasladaba también a la situación analítica, ya que permanecía resguardada tras su armadura defensiva, ocultando su vulnerabilidad y necesidades de dependencia. Esto llevó a la terapeuta a proponerle un trabajo psicoanalítico en diván, con cuatro sesiones semanales, para favorecer su espontaneidad. La respuesta mostró su cooperación con los requerimientos del nuevo encuadre y su facilidad para la asociación libre, si bien el obstáculo de la distancia emocional parecía insalvable.


La autora aclara entonces que a partir del reconocimiento de que el comentario sobre la falta de afecto en su discurso no incidía en la posibilidad de expresar emoción, resolvió explorar las causas subyacentes al escudo protector que Nurit se había construido, compartiendo con ella la apreciación de que su temor a ser herida, abandonada o destruida pudieran ser claves importantes. Y refiere que, más adelante, la paciente valorará positivamente este cambio que estimuló la introspección mucho más que los sentimientos de inadecuación y culpa.


Nurit describía cómo la relación con la madre, que durante su infancia había vivido como idílica, se había transformado en inesperados estallidos de ira, ignorándola u no hablándole durante días, con la continua acusación de que Nurit era la causa de su infelicidad. Ella se había sentido sola e indefensa frente a la furia imprevisible de la madre, intentando por todos los medios a su alcance aplacar ese resentimiento y recuperar su amor pero, al no conseguirlo, aprendió a esconderle sus sentimientos protegiendo de esta forma su joven self, mecanismo que, aunque ya no fuese necesario en su vida actual, había quedado incorporado a su estructura psíquica.


Durante este período, Kogan intenta que Nurit identifique sus emociones y pueda conectarse con sus sentimientos, como si estuviese reaprendiendo un idioma que había conocido y olvidado, para preservarse del dolor de herir o ser herida por su madre. Confiaba en que produjese el efecto de disminuir su temor a la repetición de esta situación en la transferencia. Y lo ilustra con un episodio sucedido durante el 2º año de análisis, cuando la paciente comenta que recientemente, en un viaje a Europa, había actuado de traductora con un especialista israelí que había acudido a atender a un joven el cual, a raíz de un atentado terrorista en Israel, (país que visitaba después de descubrir sus orígenes judíos), había quedado tetrapléjico y, a pesar de ello, quería volver allí para construir su vida y no depender de los padres. La analista interpreta que Nurit también podría necesitar traducir sus sentimientos en palabras para que ella, como especialista, pudiese entenderla y ayudarla a independizarse de sus padres. Pero que podía temer ser conducida a una explosión de sentimientos en el proceso analítico, indagando sobre una posible identificación con el joven en que Nurit pudiese sentir que su cabeza funcionaba mientras que sus emociones estaban paralizadas. Nurit acepta la primera parte, pero niega sentirse atemorizada ante Kogan o el análisis, asociándolo con que poco tiempo antes había aprendido a conducir una moto, a pesar del miedo que le producía, porque se sentía protegida por el profesor que estaba detrás de ella. Para Kogan esta es una posible manifestación de su confianza en poder dominar gradualmente su miedo a expresar emociones.


 Otro tema importante y complejo en su análisis fue la inseguridad de Nurit acerca de su percepción de la realidad, vinculado con las dudas acerca de su cordura. Apareció en el tercer año de análisis al encontrarse Nurit con una mujer, también hija de otra superviviente de Auschwitz, de quienes Nurit pensaba que habían vivido en una “total simbiosis”, lo cual llevó a la hija a desmoronarse y requerir un ingreso psiquiátrico posterior a la muerte de la madre.


Kogan le sugiere entonces que esta mujer, aunque enferma mentalmente, puede ser en parte un reflejo de aspectos suyos, y la paciente logra aceptar estos rasgos de dependencia y fragilidad como las de un “alter ego”, lo que es interpretado por la analista como un indicio de que va sintiéndose más fortalecida por el proceso terapéutico, aunque sigue conservando fuertes temores. Al encarar lo que para ella significaba esa “total simbiosis”, reapareció toda la problemática de la relación con su madre tanto en la posibilidad de ser tan inestable y depresiva como ella, como en si la transferencia podría conducir a Nurit a sentirse tan apegada a su analista que temiese derrumbarse si ésta desaparecía, lo cual era sistemáticamente negado por la paciente cuando era indagada por ello, dados los frecuentes viajes de Kogan


 


Fase 2: recordar lo desconocido


Nurit había comentado que durante su infancia sabía poco sobre el pasado de sus padres, aunque esto había resultado menos traumático que las historias que sí había escuchado. Recordaba a su madre angustiada porque ella pudiese perderse en la calle, enfermarse o que sucediera algo catastrófico, transmitiéndole su miedo a la violencia y la pérdida.


Para Kogan, un incidente transferencial, al hallar Nurit un cabello en el cojín del diván y empezar a preguntarse por los otros pacientes, colabora en poder trabajar sobre estos recuerdos dolorosos, como el momento en que vio por primera vez la foto de una niña en el escritorio de su padre y le preguntó por ella. La respuesta de que era su hermana y que había muerto mucho tiempo atrás le hizo pensar que se trataba de la hija de su padre, pero ya mayor entendió que en realidad era la hija de su madre. Aunque lo que recuerda es la inseguridad provocada por esta situación y la duda acerca de a quien pertenecía la niña, si al padre o a la madre. Su comentario a continuación sobre que si ve un animal atropellado en la calle intenta mirar para otro lado, es interpretado como la misma reacción que ella ha podido tener frente a sus hermanas atropelladas por la maquinaria nazi. Nurit reconoce que siendo joven intentaba que estas historias no le afectasen, y confirma que disfrutaba siendo hija única ya que gozaba de muchos privilegios.


Al insistir Kogan en señalarle la dificultad de haber crecido a la sombra de la muerte, pueden retomar el tema de la preocupación de Nurit por la relación con su propia hija quien, a pesar de ser una niña con talento, tenía un bajo rendimiento escolar, vivido por Nurit como una forma de rebelión contra ellos y sus expectativas de logro.


Kogan le pregunta entonces si no sería que ella estaba tan enfadada con su madre y sus hermanas como podría estarlo su hija con ella, a lo que Nurit responde con indiferencia que esta es una información interesante. Pero en seguida comenta que


 Nunca le hice eso a mi madre [es decir, enfadarse con ella]. Yo era una buena chica, una buena estudiante en el colegio. Mis padres nunca tuvieron que preocuparse por mí. Pero en cuanto me convertí en una adolescente, mi madre ya no estaba contenta conmigo. Me acusaba de ser egoísta y egocéntrica. Yo estaba aterrorizada por sus amenazas. Me dijo que nunca tendría amigos porque era muy fría y desconsiderada. Recuerdo que me decía: “Verás, tus hijos te harán exactamente lo mismo que me estás haciendo a mí!”. (pág. 737))


Allí aparece cómo esta especie de condena o maldición minó totalmente su autoconfianza respecto a la posibilidad de gustarle a la gente. Y a partir de los 11 años la madre se torna demandante, exigiéndole hacer todo a la perfección. Recuerda la primera vez en que es acusada de no haber apagado la luz de la habitación de la abuela y cómo, aunque Nurit estaba convencida de haberlo realizado, comienza a dudar y va perdiendo seguridad. El mencionar la frecuente repetición de este tipo de discusiones permite a Nurit comprender la relación entre sus síntomas actuales y aquellas escenas. Kogan trabaja sobre este profundo malestar que muestra cómo años de sentirse indigna de confianza la incapacitaron para fiarse de sus propias percepciones.


Un episodio de este período nos lo ilustra, cuando Nurit interroga a su analista acerca de si una planta de su consulta era más pequeña dos días antes o son imaginaciones suyas. Kogan describe el dilema al que se ve confrontada, reconociendo que pudiera haber varias opciones de respuesta: indagar más acerca de esto, vincular la angustia sobre la planta sustituta con su culpa y angustia por ser una niña sustituta para sus padres (Brenner 2001) -pero cree que aún es demasiado prematuro para su proceso de análisis- y opta por reasegurarla con el objetivo de que pudiese recuperar credibilidad sobre su percepción de la realidad. Le señala cómo esta pregunta trae a sesión a la niña confusa, y le confirma que efectivamente es una nueva, más grande.


Kogan nos invita a observar cómo evita tocar material inconsciente que considera peligroso, cómo el deseo de Nurit de que sus hermanas no hubiesen existido o su odio hacia su madre. Se centra en su sentimiento consciente de haber sido una víctima de su madre, prefiere no incidir en algo que podía activar el temor que Nurit expresaba a que la analista no creyera su versión del mismo modo que su madre no había creído lo que ella decía. Pero reconoce que esto obstaculiza el trabajo de hacer consciente lo inconsciente, al evitar enfadar a la paciente para no convertirse Kogan en su víctima. Es la propia Nurit quien lo señala al decirle que al comienzo del análisis había esperado que la interrogase más. La respuesta de la analista es sugerirle que tal vez la estuviese viendo como a sí misma, cuando era una niña pequeña queriendo saber más del pasado de sus padres, pero sin atreverse a preguntar.


A raíz del encuentro con Hanna, una amiga de su madre (ambas se habían conocido en Bergen Belsen y habían perdido sendos hijos, convirtiéndose en inseparables y criando juntas a la hija de un primo cuyos padres habían muerto), Nurit accede a nuevos datos sobre la historia familiar. Entre otros, que sus medio hermanas habían fallecido a los 11 años y no a los 7 como ella creía, lo que suponía que su madre había vivido sola con su hija durante 4 años. El siguiente comentario es señalado por Kogan como un primer atisbo de empatía por su madre:


Yo me imagino a mi madre como una mujer solitaria, asustada, viviendo con su hija en circunstancias terroríficas, bajo la amenaza de la muerte y la destrucción. Puedo imaginar la intimidad especial existente entre madre e hija en esta terrible situación. Probablemente vivían la una para la otra. Envidio su intimidad, pero también lo siento por ellas.


También en esa época, después de haber visto una película sobre un superviviente del Holocausto que destruye la relación con su hijo a la misma edad que él tenía cuando se llevaron a sus padres, se va aproximando a la hipótesis de que sus problemas con su madre comenzaron cuando ella tuvo la edad en que su primera hija había sido asesinada.


Yo era la hija de mi padre. Mi madre siempre decía que yo era como mi padre y la familia de él. Me llevaba mejor con él. Mi madre estaba muy celosa de que yo viviera y su hija hubiera muerto. Nunca me perdonó eso. [silencio] Mi madre me hacía sentir que yo no estaba conectada con la realidad, que no podía percibirla correctamente, que no se podía confiar en mí. Yo sentía que había hecho cosas horribles, que estaba todo el rato disculpándome. Creo que mi único crimen era que crecí en lugar de su hija.


Para Kogan, el crecimiento de Nurit la había alejado de poder ocupar el lugar de la hija que estaba destinada a ser, impidiéndole a la madre preservar la fantasía inconsciente de poder resucitar a la hija amada y muerta. Y, al mismo tiempo, percibía a Nurit como perdedora en una competencia imaginaria con la hermana idealizada, sintiéndose incapaz de reparar el sufrimiento materno. Puede entender cuán resentida podía sentirse contra su hermana muerta y contra su madre haciéndola sentir como un fracaso total, además de mala, egoísta y causante de su infelicidad. Pero a la analista le resultaba difícil intervenir interpretando los posibles deseos agresivos hacia su hermanita y su madre, nacidos de sentirse injustamente tratada, y aun poder hablar de los potenciales sentimientos de odio y asesinos en la transferencia, por lo que Kogan reflexiona sobre si esta limitación surge del recelo a provocar su odio y convertirse en su víctima o si, inversamente, lo temido fuese colocarse en el papel del perseguidor quien interpretando sus deseos agresivos le infligiría más daño y humillación.


Kogan refiere sus dudas de ese momento del proceso, y admite sentirse incapaz de resolver esta disyuntiva, pensando que podrá encararlo con el tratamiento ya más avanzado.


Las asociaciones de Nurit sobre sus sentimientos dolorosos por el lugar perdido en el corazón de su madre la llevaban a pensar en los refugiados que vivían en los campos de Personas Desplazadas cercanas a su hogar en la Europa de su infancia. Ambas pudieron trabajar cómo Nurit se había identificado con ellos durante su adolescencia, sintiéndose despojada del papel de hija amada en el presente, y no pudiendo regresar al territorio de la madre amorosa del pasado. También en la transferencia se vivía como alguien que rechazado por su madre, busca un nuevo territorio en el análisis.


Nurit recordaba también que en su juventud la madre hablaba frecuentemente de adoptar un niño y, aunque nunca se concretó, tenía una particular relación con una joven conocida, Dina, que había sido niña durante el Holocausto. Nurit pensaba que, en su fantasía, su madre había encontrado a su hija “real” con la “adopción” de D. Como resultado de las visitas de Nurit a sus padres, nunca fáciles ni placenteras, ambas pueden incidir en el análisis sobre la elaboración de la compleja relación establecida entre ellos. A pesar del tiempo transcurrido, Nurit seguía sintiéndose duramente criticada y no especialmente bien recibida, por lo tanto a menudo pedía a su marido, o a alguno de los hijos, que la acompañara. Creía que ellos utilizaban sus visitas para mostrar a los demás qué buena hija tenían, pero en la intimidad, prevalecían las protestas de su madre sobre el trabajo adicional que suponía para la persona que se ocupaba de la limpieza. En una de estas oportunidades la madre comienza una discusión, preguntándole por qué la odia tanto. Nurit se siente completamente abrumada y responde:


 “¿Quién dice que te odio?”


“Todo el mundo lo sabe”, respondió la madre, y para probarlo nombró a tres mujeres de la limpieza que habían trabajado en la casa unos treinta años antes. “La primera -dijo la madre- le dijo a la abuela que no era difícil ver que eras hija del primer matrimonio de tu padre. La segunda dijo que era obvio viendo tu conducta que no querías a tu madre. La tercera repitió esto mismo”


Nurit comprende que su intento de defenderse de la acusación es en vano, que el tiempo se ha detenido y el listado de los pecados cometidos es interminable, según los episodios que iba recordando la madre. Incluso llega a decirle:


Me echaste de tu casa!”. Nurit se quedó atónita. “¡Qué!”, dijo. “¿Cuándo fue eso?”. La madre mencionó un incidente cuando había ido a casa de Nurit en Israel para visitar al padre de ésta que había sido hospitalizado allí. “Yo recogí mis cosas, pero tú me dijiste que no montara ese follón. ¡Me echaste de tu casa!”. La lógica de la madre no podía ser rebatida. “Durante esa misma visita”; dijo, “dormí en tu cama doble. Siempre me quitabas la manta mientras dormía. Pude haber muerto de frío. Y nunca había comido cuando visitaba a tu padre en el hospital, tú nunca me preguntaste si había comido. Podía haber muerto de hambre y no te hubieras preocupado”.


La paciente, abrumada por los reproches, responde instando a su madre a recuperar algunos buenos recuerdos compartidos, pero el encuentro la deja absorta en los episodios de la adolescencia, que se reactivaron en su memoria. Recién ahora podía darse cuenta de que su madre vivía en una realidad diferente, en la que Nurit era el perseguidor nazi, y acceder a la comprensión subyacente:


En esta ocasión mi madre me explicó realmente por qué me odiaba”, dijo Nurit. “No sólo crecí convirtiéndome en la hija de mi padre, sino que también la hice sentir sin hogar y la privé de calor y comida. Le negué las necesidades vitales más básicas y fui tan cruel que ni siquiera me di cuenta”.


Kogan le señala entonces la reciprocidad del sentimiento de persecución, así como la coincidencia en la proyección que cada una hace sobre la otra del agresor nazi.


 


Hallando las verdades ocultas


Kogan destaca el esfuerzo que supuso para la paciente el trabajo psíquico realizado para entender el impacto de la conflictiva edípica en los enfrentamientos con la madre, así como en sus defensas. Esto posibilitó que pudieran afrontar el tema de su desapego emocional como producto no solamente del escudo protector forjado para no ser herida por su madre, sino también de la identificación con su padre.


Nurit pudo reconocer que su padre nunca había intervenido para protegerla de los estallidos de ira de su esposa, y que ella se había sentido muy sola para enfrentarse con esa difícil situación. Recordaba que algunas veces, en el transcurso de las disputas, él decía “no es tan terrible” o “tienes que comprender a tu madre, ha sufrido muchísimo”. El análisis le permitió a Nurit elaborar los sentimientos de enfado y frustración por el abandono emocional de su padre, negados hasta ese momento. La paciente intentaba comprender la conducta paterna con la creencia de que en él anidaban intensos sentimientos de culpa, tanto en relación a haber tenido una amante, como por el abandono a la familia cuando huyó a Rusia, que pereció en su ausencia. Ella nunca lo había visto expresar sentimientos de dolor por esa pérdida, y pensaba que él había dedicado su vida al bienestar de su madre, buscando reparar sus profundos sentimientos de culpa. Así llegó a la conclusión de que su padre la había “sacrificado” como parte de un tratado de paz con su esposa; de esta forma él conseguía la libertad necesaria para moverse profesionalmente o con sus hobbies, e incluso con los miembros de la familia que ella no aceptaba. Si él se enfrentaba con su mujer, se producía un altercado que comenzaba con la madre gritando a su padre y acusándolo de ser un egoísta y desconsiderado sin sentimientos. Luego se volvía sobre Nurit y le reprochaba que fuera una digna hija de su padre, fría, dura y egocéntrica como él y su familia.


La paciente pudo así contactar con sus sentimientos ambivalentes y reconocer que la misma actitud que el padre había mantenido en este último incidente con la madre, se había reproducido infinidad de ocasiones en su vida en que él no había estado disponible cuando ella lo había necesitado. La había ofrendado en aras de su propio bienestar.


Kogan relaciona este episodio con el reproche que le había hecho a ella por no hacerle demasiadas preguntas, preocupada porque Nurit pudiera haberse sentido igual de abandonada para tener que soportar su dolor a solas. Pero más adelante comprende que durante esa fase la paciente había proyectado sobre ella el papel del padre, con el que la analista se había identificado.


Comienza entonces el proceso de elaboración de la rivalidad edípica con la madre, ya que Nurit sólo admitía que se había sentido envidiada por la madre en todo lo que lograba, pero Kogan le señala como ella también, inversamente, debía envidiarla por el amor que su padre le había dispensado.


 


Confrontando su propia ira


El siguiente período se ve afectado por el cáncer de mama que desarrolla la madre de Nurit a sus 84 años, quien inicialmente rechaza el tratamiento, pero luego acepta ser intervenida, y vive dieciocho meses más. Nurit reacciona airadamente frente a lo que le parece una actitud arbitraria. La expone como la fórmula que ha encontrado su madre para pagar la culpa por no haber podido salvar a su primera hija. Afirma que el no buscar tratamiento es su manera de destruir su pecho, símbolo de la maternidad. Infería que había borrado de su memoria la feliz etapa de su infancia y por lo tanto, ella creía que:


Perdió a su primera hija y borró los recuerdos de la segunda”. “No necesita ya un pecho para nada”.


La analista cree ver en estas aseveraciones la rabia reactivada de Nurit ante la separación de su madre, preservándose de este modo de los sentimientos de pérdida y dolor que su muerte podían ocasionarle. Su hipótesis se ve confirmada en el transcurso de la convalecencia de su operación, cuando la madre se comportaba amorosamente con su marido y nietos, pero continuaba tratándola a ella fríamente. Nurit puede entonces conectar con el aspecto defensivo de su enfado y expresa su alivio diciendo:


“Tenía miedo de que me dedicara mucho amor y afecto. Ya me separé de una madre amorosa una vez en mi vida. Si me hubiera mostrado afecto, hubiera tenido que soportar otra dolorosa separación”.


Kogan opta por indagar entonces sobre la posibilidad de que Nurit hubiese podido separarse de su madre amorosa pero no así de la persecutoria, lo que es confirmado por la paciente comentando que cada vez que entraba en situaciones en que se sentía insegura aparecía la voz de su madre socavando la confianza en sus percepciones.


De modo que, para la analista, el siguiente objetivo es la reparación de la figura materna escindida, ya que dos años después de su muerte su imagen persecutoria aparecía a lo largo de las sesiones ininterrumpidamente. La analista sentía que nunca estaban a solas en la consulta, pues la presencia amenazante de esa tercera figura era continua.


El trabajo de elaboración sobre la agresividad de Nurit reflejada en su pensamiento obsesivo, pudo ser encarado en el vínculo transferencial en dos sesiones del quinto año de análisis. En la primera, Kogan le señala la omnipresencia de la representación intimidatoria de su madre como acechando a ambas. La analista se cuestiona entonces si este sentimiento de persecución alude exclusivamente al modo en que Nurit pudo haberse conectado a lo largo de su vida con su hermana muerta, o si estaba incluyendo sentimientos hacia su propia madre o hacia ella como analista e, incluso, si no se trataba de un atributo agresivo, sádico, que Nurit no había conseguido tratar en su análisis. En la sesión mencionada, Nurit comenta a su analista que la ve muy cansada, por lo que no cree que pueda esperar mucho de ella, lo que promueve en Kogan un sentimiento de vergüenza como si hubiese sido descubierta haciendo algo malo. Kogan, efectivamente, había atravesado un período de agotamiento que había sido diagnosticado y tratado, y confiaba en que no hubiese afectado a los pacientes, por lo que el comentario agresivo de Nurit la hace sentir humillada e impotente. A continuación, le señala:


Si sentías que yo no te hacía ningún bien, debiste haberte sentido extremadamente decepcionada y enfadada conmigo.


Nurit: Sólo durante un rato. [Esto dicho de una manera imperturbable]. Observé en silencio que en la situación descrita, Nurit no me preguntó si su percepción era correcta. Yo tampoco la confirmé ni la negué. Nurit no necesitaba eso de mí.


La otra sesión alude a un episodio en que Nurit describe cómo su gato caza un pajarito y ella, para conseguir que lo liberara, le presiona el cuello. Kogan piensa inicialmente en el paralelismo entre el gato con el perseguidor nazi y el pajarito con la víctima judía, como aspectos del self de Nurit Pero luego reflexiona acerca de que ella tal vez pudiera seguir tan asustada que, en lugar de interpretar la experiencia en términos transferenciales, recurre al trasfondo de la historia del Holocausto como una intelectualización. En el relato de Nurit, ella es el pajarito atrapado en las garras del perseguidor nazi que su madre representa con sus acusaciones de ser la causa de su infelicidad. Transmite cómo intentó al comienzo defenderse pero, al sentir que no lo conseguía, dejó de mostrar emociones, comparándose con una pared lisa que no diese posibilidad de ser escalada al no tener cómo sujetarse.


Kogan añade que también en las sesiones Nurit se mostraba así durante mucho tiempo, sin dejar a la analista sujetarse a sus sentimientos, lo que la hacía sentirse ineficaz por no poder ayudarla. Solamente cuando ella abrió la boca y expresó su enfado, pudo también liberar la parte tierna y amorosa de su ser.


La paciente recuerda entonces la conversación con su madre en que aparece el reclamo por su odio. Se lamenta por no haberle podido decir que en realidad estaba enfadada con ella porque quería su amor, y la analista lo recoge como la declaración de su necesidad del amor de Kogan a pesar de su debilidad e ineficacia. La respuesta de Nurit es la última transcripción que nos ofrece su analista, y muestra claramente la recuperación de recuerdos en que su madre deja de ser exclusivamente una figura persecutoria, para reencontrar a la madre cuidadora y amorosa de su infancia. Al mismo tiempo, empieza a reconocer las cualidades que puede haber heredado de ella, e incluso puede inaugurar una nueva etapa y usar sus bellas joyas. Dice Nurit:


Es verdad. A veces me preguntaba si tocábamos todo lo que podíamos tocar, consciente e inconsciente, si hacíamos todas las preguntas posibles. Pero la relación contigo siempre fue muy importante para mí, tu comprensión y aceptación, tu simpatía. El hecho de que miraras la realidad que yo vivía a través de mis ojos me dio mucha fuerza. [Hay un silencio, tras el cual continúa]. Siempre quise a mi madre; siempre necesité su amor. Ahora puedo apreciar las cosas positivas de ella: su sentido del humor, su capacidad para disfrutar las pequeñas diversiones de la vida. Ella también me quería, lo sé, pero según pasaban los años, la relación se volvió complicada, difícil. A menudo echo de menos las cosas buenas que hubiera podido darme, como apoyo directo y simple y comprensión. Pero ahora que comprendo su sufrimiento mejor y medio cuenta de que yo no era la única causa, me siento menos enfadada que antes. El enfado y el dolor son menos agudos. La veo bajo una luz diferente.


Al final del proceso analítico, Nurit comienza a escribir breves relatos, que a menudo recordaban momentos de su vida accediendo a la sublimación de sus síntomas obsesivos. Kogan señala cómo esta actividad creativa allana el camino hacia la diferenciación de Nurit con su madre, entre su vida actual y las experiencias pasadas de su madre, y entre la realidad y la fantasía y refuerza su sentimiento de autoconfianza en su percepción de la realidad.


 

Discusión


La autora propone explorar este caso desde dos perspectivas diferentes, en primer término el desarrollo cognitivo y emocional de la paciente en relación a las experiencias de sus padres en el Holocausto, focalizando especialmente el impacto de la traumatización y el duelo sin resolver de la madre sobre la relación madre-hija y sobre la estructura de personalidad de la niña y, en un segundo plano, los desafíos transferenciales y contratransferenciales resultantes de que paciente y analista compartieran una experiencia similar y la misma identidad de grupo.


 

El impacto de la traumatización materna sobre la niña


Kogan destaca la contingencia de que la paciente acudiera a terapia en el mismo período de su vida en que había acaecido el trauma de su madre, y después de una experiencia semejante: el alejamiento emocional en la relación con su hija. Esto es significado por la analista como si la incapacidad de la madre para elaborar su terrible pérdida hubiese interferido en el proceso de la separación de Nurit con su propia hija adolescente. Ella especula sobre ciertos aspectos de la relación madre-hija que le preocuparon a lo largo de ese tratamiento, entre ellos cómo poder explicar la transformación de la madre suficientemente buena (Winnicott, 1965) de la infancia de la paciente en una figura persecutoria tantos años después del trauma de haber perdido a su primera hija.


La paciente recordaba sus años de infancia como placenteros, con su madre aparentemente feliz, amorosa, comprensiva, llena de joie de vivre, sabiendo cómo disfrutar de las cosas simples de la vida. El cambio que la hija sintió en la personalidad y la conducta de la madre fue especialmente incomprensible para ella.


Para explicarlo, Kogan cita a Lorenzer (1968) quien describe que la pseudo o supernormalidad, basada en una escisión en el yo, puede aclarar los fenómenos de intervalos sin síntomas y la aparición de posteriores descompensaciones o depresiones resultantes de la traumatización emocional extrema, tras una prolongada fase intermedia de aparente salud. Dicha escisión en el yo de la madre podría explicar su capacidad, tras la pérdida traumática, para reunir fuerzas suficientes como para encontrar un nuevo amor, divorciarse de su primer marido, volver a casarse y tener otra hija.


La analista lo plantea como una solución de compromiso por la que accedía al funcionamiento de un aspecto saludable de su yo, negando la muerte de su amada hija, lo que le resultaba absolutamente intolerable, pero sin perder el contacto con la realidad que la habría convertido en una psicótica. De resultas de esta transacción, la madre logra “resucitar” a su primera hija en la segunda, a través de una defensa maníaca (Klein 1935, Winnicott 1935). Pero el desarrollo propio de la adolescencia de Nurit conllevaba la separación de su tan dañada (Freyberg, 1980) madre, quien pudo haberla vivido como una situación traumática que favoreciera la emergencia de su amargura y depresión. El trauma del Holocausto que afectó a ambos padres se entretejió con los conflictos evolutivos de Nurit e impactó tanto en la relación con la madre como con la hija.


La analista aclara explícitamente que la problemática edípica fue suficientemente abordada en el transcurso del análisis pero que no se extenderá sobre ello en el artículo, ya que su objetivo se centra en la cuestión particular de crecer como un niño sustituto para padres víctimas del Holocausto.


Ella considera que el modo en que la traumatización materna afectó a la constitución psíquica y las defensas de la niña se expresa en la confusión que conduce a Nurit a dudar de su sentido de realidad (Auerham y Prelinger, 1983). La persecución a la que se veía sometida por parte de la que fuera antaño una figura tierna y protectora, tuvo un efecto desorganizador que engendró el tener que debatirse entre el miedo a perder a su madre, o a perder el contacto con la realidad, originando un terrible conflicto interno (Olagner, 1975).


Los síntomas obsesivo-compulsivos desarrollados en el desempeño de las tareas, en cuya realización intentaba alcanzar la mayor perfección posible, podrían ser pensados como estrategias aplacatorias hacia su madre, considerando la perspectiva de los ya mencionados autores Auerham y Prelinger, quienes afirman que si un niño es confrontado con una visión del mundo fuera de control puede responder necesitando implementar un estricto control del self y del entorno como defensa frente a los sentimientos de indefensión y agresión.


Pero Kogan también apunta a otra hipótesis, en que Nurit pudiera haber internalizado la imagen de la madre persecutoria preservando la relación con ella como esa voz que la acompañaba en su vida cotidiana adulta, revelando que la separación entre ambas aún no había concluido. Siguiendo a Guntrip (1968), mantener objetos internos malos evitaría un peligro mayor: perderse en un vacío de experiencia.


Al reconstruir la historia de su madre e intentar comprenderla, Nurit llegó a la conclusión de que durante el Holocausto la ejecución minuciosa de las tareas cotidianas pudo haber cobrado una importancia vital para su madre y, de ese modo, llegar a creer que el cumplimiento de ciertos rituales obsesivos la protegían de la terrible amenaza externa. Ella especulaba con que al imponerle este tipo de conductas, su madre intentaba salvarla.


Siguiendo este razonamiento, el ser acusada de no percibir correctamente la realidad indicaba que su madre seguía viviendo en un mundo caótico, en el que presente y pasado se confundían, con el resultado de que Nurit también se sentía a menudo transportada a un mundo desconocido e inquietante.


Para Kogan, la madre, al no saber nunca realmente cómo había perdido a su primera hija, también se había visto menoscabada en su autoconfianza y en la percepción de la realidad, originándole intensos sentimientos de culpa.


La adolescencia de Nurit y la infidelidad del marido pueden haber reforzado su confusión e inseguridad, llevándola a proyectarlas sobre Nurit como un intento de controlar su depresión. De ese modo, Nurit mediante la “identificación primitiva” (Freyberg, 1980; Grubich-Simitis, 1984; Kogan, 1995, 1996, 1998 a, 1998 b, 2000, 2001 a, 2001 b, 2002) había llegado a engendrar sentimientos de inseguridad vividos como ajenos, en tanto pertenecían a su madre, logrando así una modalidad de contención del sufrimiento materno que la propia madre no podía abarcar intrapsíquicamente.


Kogan también contempla como terror autoimpuesto las ocasiones en que la voz de la madre hacía dudar a Nurit de sus percepciones de la realidad, vinculándolo a sentimientos inconscientes de culpa.


Nurit era una hija sustituta para ambos padres. Para Blum (1983), esta condición genera el síndrome del niño de reemplazo, por el que los padres depositan en el nuevo hijo no solamente la representación del perdido, sino también la fantasía inconsciente de la reparación de su dolor. Al haber percibido que fracasaba en esta tarea, Nurit pudo haberse inundado con sentimientos de culpa y necesidad de castigo, y de este modo atraer inconscientemente sobre sí la crítica de la madre.


Según Freyberg (1980), los hijos/as de supervivientes tienden a vivir su individuación como destructiva para sus deficitarios padres, quienes no pueden soportar más pérdidas en sus vidas. Por lo tanto, Nurit, a pesar de rebelarse conscientemente contra el papel que se le asignaba, pudo sentirse inconscientemente culpable por su deseo de independizarse y construir su propia vida. La analista reflexiona asimismo sobre la cuestión de la culpabilidad de Nurit por desear borrar el recuerdo de la hermana muerta de la mente de su madre y sobre cómo el reconocerse perdedora en la competencia pudiese haberla cargado de rabia y deseos de muerte hacia la propia madre. De allí que ésta, inhabilitada de antemano para contener los sentimientos hostiles de su hija, a raíz de su propia traumatización la acusaba de “actos terribles” homologándola con el agresor nazi, lo que incrementaba la culpa de Nurit al confirmar sus fantasías asesinas.




Problemas especiales de transferencia y contratransferencia


La analista reitera la incidencia para el tratamiento de que ambas compartieran una historia traumática común a nivel personal, en tanto pertenecientes al mismo grupo cuyos padres se vieron directa o indirectamente afectados por el Holocausto.


Cita a Roth (1993) y a Moses (1993), quienes describen los obstáculos para hacer consciente lo inconsciente entre pacientes judíos que han vivido el Holocausto, mencionando por ejemplo el sentimiento de vergüenza y la dificultad para controlar la agresividad.


Kogan menciona haber percibido una fuerte resistencia en Nurit para aceptar los sentimientos de culpa y vergüenza asociados a sus deseos agresivos hacia su madre y hermana y las defensas masivas utilizadas para evitar la comprensión de estos deseos inconscientes. Por ello, cree que fue necesario que Nurit pudiese experimentar en la transferencia que sus deseos agresivos no destruirían a Kogan, para lograr una mejor integración de sus representaciones objetales y del self.


Del mismo modo, la analista tuvo claro que sus sentimientos, percepciones y actitudes respecto a la paciente eran, en cierta medida, desplazamientos de situaciones vividas por ella con su propia madre. Para ilustrarlo, nos relata algunos datos de su historia personal: su padre, una vez completado los estudios de Pediatría en Viena, regresa a la Europa del Este donde se casa con la madre de Kogan. Al estallar la guerra, los abuelos paternos y dos hermanos del padre son enviados a campos de concentración, donde muere el abuelo y la familia de la tía. Durante este período la madre contrae tuberculosis, enfermedad que es considerada mortal en ese momento.


Tanto esta circunstancia, como el transcurso de la guerra, lleva a la pareja a decidir no tener hijos/as durante 13 años. La historia con la que Kogan creció fue que ella era la única de los trece fetos de la madre que no fueron abortados o malogrados, ya que la madre desobedeció la advertencia de los médicos de que su vida corría peligro si seguía adelante con el embarazo.


Kogan siente que, al igual que Nurit, nunca tuvo éxito al competir con el primer hijo que su madre había abortado, un niño amado e idealizado siempre presente en la vida de ambas. Relata que, aunque a nivel consciente la madre le había procurado el amor que pudo haber tenido para sus doce hijos/as, ella siempre había sentido inconscientemente que no estaba plenamente satisfecha con ella. A pesar de sus logros en la vida, la analista percibía que nunca había conseguido resucitar o reemplazar al hijo perdido. Aunque había dedicado muchos años de su propio análisis a la elaboración de este tema, Kogan reconoce que en el tratamiento de Nurit, se reactivó esta difícil experiencia vital de la compleja y dolorosa relación con su madre, de modo que admite la conmoción producida en sus sentimientos contratransferenciales, y como resultado en la transferencia de la paciente y en las puestas en acto de ambas conjuntamente.


Agrega que, además, creía haberse visto influida por el hecho de pertenecer al mismo grupo traumatizado (Blum, 1985; Volcan, Ast y Greer, 2002), cuyas fantasías inconscientes podían derivarse del imaginario creado por el Holocausto. A pesar de poder diferenciar entre un hijo asesinado por los nazis y un feto abortado por la madre por temor a los nazis, como era su caso, la circunstancia de compartir imágenes, identificaciones y fantasías producto de ser un hijo/a sustituto para padres traumatizados, promueven en la analista su identificación con Nurit, haciéndola caer bajo el influjo de su mundo interno.


A este motivo atribuye Kogan su dificultad para trabajar sobre las defensas masivas de la paciente contra la agresión y la culpa, al sentirse ella misma temerosa de provocar su enfado. Kogan lo describe como si ella se hubiese situado en el papel de una niña judía asustada e indefensa, otorgándole a Nurit el rol del perseguidor nazi cuya ira asesina temía provocar. Pero, simultáneamente, estaba presente el riesgo de que interpretando los deseos agresivos inconscientes en la transferencia se convirtiera en un perseguidor nazi inflingiéndole más vergüenza y humillación (Oliner, 1996). Fue necesario que Kogan reflexionara sobre el modo en que sus temores podían obstaculizar el proceso terapéutico -lo que ella interpreta como una “regresión al servicio del otro” (Olinick, 1969)- para que pudiese recuperar su función analítica, ayudando a la paciente a contactar con sus deseos agresivos y sus angustias. Por otra parte, destaca la importancia de haber aceptado la percepción de la realidad que Nurit le ofrecía como modalidad que favorecía su autoconfianza y la creencia en su cordura psíquica, al tiempo que fortalecía el vínculo entre ambas.


Kogan describe lo crucial del episodio en que sintió claramente la agresión de Nurit como un momento de convergencia entre el amor y el odio, en que la analista sintió invadido su perímetro de seguridad (McLaughlin,1995). Esto la lleva a interpretar que haber podido sobrevivir a ese embate sin que hubiera retaliación (Winnicott, 1971), la instaló en el lugar de un objeto bueno, permitiéndole finalmente a Nurit liberar al objeto malo de su inconsciente (Fairbairn 1943, Guntrip, 1968). De este modo Nurit pudo aceptar con normalidad su agresividad disociada en las figuras de judío-víctima y nazi-culpable que la atormentaban y elaborarlo en la transferencia, logrando integrar las representaciones objetales y del self y los afectos polarizados así como superar la escisión en la figura materna y en ella misma.


Por último, Kogan considera también como logros del análisis la mejoría de la relación con su hija, que favoreció su mayor tolerancia a la experiencia de separación, así como el despliegue de la actividad creadora que le brindó la posibilidad de una doble reparación: de la figura de su madre y la autorreparación de lo que su yo se había hecho a sí mismo en la fantasía.


 


Comentarios


El caso es comentado por varios psicoanalistas que plantean diferentes consideraciones.


Comentario de Charles Brenner


Este autor plantea inicialmente que Nurit le resulta una paciente poco usual al tener poco de qué quejarse excepto por sus síntomas obsesivos resaltando que, sin embargo, sus dificultades no habrían sido tan poco importantes puesto que había estado previamente en terapia conductual varios años, aunque se había sentido escasamente beneficiada.


Su cuestionamiento gira básicamente en lo que respecta a la anamnesis advirtiendo de la ausencia de datos para él muy significativos como por ej. cuándo aparecieron por primera vez los síntomas o si estaban constantemente presentes o eran esporádicos. Él afirma que aunque, como analistas, no nos concentremos en el alivio de los síntomas, tampoco deberíamos ignorarlos ya que expresan aspectos importantes sobre la vida mental de un paciente (Brenner, 1976, 1992), estando tan sujetos a análisis como los sueños, los lapsus o cualquier otro material. Para Brenner el hecho de que la conducta compulsiva de Nurit “decreciera enormemente” indica que Kogan tenía razón en atribuir dichos síntomas a conflictos en torno a pensamientos y sentimientos ambivalentes de Nurit hacia su madre. Por ello cree que profundizar en la historia de los síntomas -si surgieron al comenzar las amargas discusiones con su madre, o más adelante, tal vez después de su matrimonio- podría arrojar más luz sobre esos conflictos.


Otro punto cuestionado es la casi nula información sobre la historia sexual de Nurit, de la cual se menciona exclusivamente que amaba a su marido y tenía tres hijos. Brenner considera una omisión grave la presentación de un caso ante colegas para ser comentado careciendo de referencias a la conducta, fantasías, e historia sexuales del/ de la paciente.


Cree que Kogan debía, aparentemente, tener otra opinión a juzgar por sus dos referencias al hecho de que en el transcurso del largo análisis de Nurit se empleó mucho tiempo en analizar sus fantasías incestuosas, pero no se detiene en el relato sobre ese tema. Aunque la autora explica que ha omitido más discusión sobre ellas porque en el presente artículo le interesan primordialmente los efectos que sobre el funcionamiento psíquico de Nurit tiene el hecho de que sus dos medio hermanas perecieran en los campos de exterminio nazis, esto no termina de satisfacer las expectativas de Brenner. El autor coincide en la consideración de que Nurit tuvo una madre especialmente perturbada cuyas experiencias traumáticas tuvieron un profundo efecto tanto en la madre como en la propia vida de fantasía de la paciente, cuando en el período en que tenía 11 años la acusaba de no quererla y atacarla, y promovía distorsiones de la realidad. Pero piensa que el motivo fundamental por el cual Nurit se vio especialmente atrapada en esta situación está vinculado al papel jugado por el conflicto creado por sus propios deseos sexuales y agresivos de origen infantil.


Brenner se ciñe a la teoría clásica del interjuego entre los deseos y defensas a través de una animada invocación y aunque incluye una referencia a algunos analistas que podrían no estar de acuerdo con él, aludiendo entre ellos a Winnicott y Fairbairn, retoma firmemente su posición con una cita de Freud (1925) que avala su opinión sobre que el modo en que cada analista escucha a los pacientes está determinado por la comprensión que ese analista tiene de una teoría sobre el desarrollo y el funcionamiento mental y de la psicopatología en particular. Al considerar que hay una variación considerable en esta cuestión entre un analista y otro, dada por el pluralismo cree pertinente comunicar su propia teoría al respecto.


En su exposición, Brenner plantea detalladamente lo que Freud conceptualizó como principio del placer, el conflicto tipo y la formación de compromiso. Los deseos como derivados pulsionales, las defensas como los esfuerzos por evitar el displacer, bajo las formas familiares del miedo a ser castigado con el abandono, la pérdida de amor y/o la castración, enlazado obviamente con el Complejo de Edipo.


Es desde allí que plantea su desacuerdo con las dinámicas que pueden haber dado origen a los conflictos en Nurit; lo que lo lleva a ponderar que tal vez el excelente resultado del trabajo analítico tuviera más que ver con la dedicación que Kogan menciona haber otorgado al análisis de los deseos sexuales y agresivos y no al énfasis puesto en ser un hijo de reemplazo.


Para ilustrarlo, Brenner añade dos observaciones sobre pacientes que, como Nurit, crecieron en la misma situación de ser hijas sustitutas con hermanos muertos anteriormente, aunque con circunstancias muy diferentes al no tener ninguna conexión con el Holocausto. Ambas crecieron viendo la foto expuesta de su hermana/o muerto en un lugar privilegiado de la casa. En uno de los casos, ella sentía que al ser “sólo” una niña era imposible compararse con su hermano varón amado y muerto. Pero Brenner cree que en ninguno de los dos ejemplos puede disociarse la cuestión de que la problemática esencial es la que gira en torno a los deseos sexuales y agresivos, incidiendo sobre la historia de los hijos anteriores.


En su desacuerdo, el autor se detiene, además, en el episodio de la pregunta sobre la planta y vuelve a insistir sobre la conveniencia de no apartarse de los preceptos técnicos tradicionales que imponen la no respuesta a las preguntas directas de los pacientes, aunque lo argumenta no como la obediencia a una regla establecida sino desde la consideración de que de este modo se logra un mayor beneficio para el paciente. Él sugiere que la intervención de Kogan podría haber sido orientada a hacer reflexionar a Nurit sobre por qué habiendo estado previamente hablando de las dudas de su madre, en ese momento era ella la que dudaba. Lo mismo sugiere respecto a cual debería haber sido la intervención de Kogan frente al comentario que en esa misma sesión realiza Nurit sobre que al comienzo de su análisis ella esperaba haber sido más preguntada. En opinión de Brenner, siempre es preferible mantener una actitud analítica que abandonarla por no importa qué persuasivas razones creamos tener.


En su conclusión, Brenner distingue que a pesar de que Kogan insiste repetidamente en cómo sus experiencias infantiles dañaron la capacidad de Nurit de testar la realidad, él considera más correcto pensar en esa dificultad como un síntoma, una formación de compromiso resultante de los deseos sexuales y agresivos que le habrían causado ansiedad y culpa.


Comentario de Antonino Ferro


Ferro abre su intervención diciendo que al hacer una presentación, el analista describe una especie de sueño que tiene respecto del paciente del cual le gustaría hablar.


Continúa describiendo las diferentes maneras de enfocar el Holocausto en el análisis: como la atrocidad histórica que indudablemente fue pero, también, como el escenario narrativo donde se reflejan en ocasiones las características fantasmáticas con la profundidad de los estados anímicos que aún mantienen activa la fluidez que permite el cambio durante el proceso del análisis. Se interroga así sobre si al priorizar la realidad histórica sobre la de la narrativa se dificulta el trabajo del analista de desenredar las hebras emocionales que sólo podrán ser reconocidas más adelante, en el propio proceso.


Ferro se incluye también como perteneciendo a un subgrupo común con un sufrimiento análogo, condición que lo lleva a preguntarse sobre cuál es el peso que le otorgamos a las atrocidades del pasado incluso si el paciente tiene unos patrones culturales diferentes que lo llevan a describir un escenario narrativo distinto. Y, más allá, él especula sobre si “los hijos muertos y amados” junto al aspecto de realidad histórica pudieran representar aspectos perdidos de los padres o ser la expresión de duelos no resueltos.


También parece cuestionar si podemos considerar la especificidad en el caso de Nurit o encontrar analogías en los padres que han perdido hijos en otras circunstancias trágicas, lo que lo lleva a preguntarse sobre cómo la incapacidad de los padres para elaborar su dolor ha afectado su capacidad de reverie, en qué medida sus sentimientos de culpa por sus nuevas vidas eclipsó su capacidad de conectarse emocionalmente.


La descripción del caso lo lleva a inferir que los mecanismos de defensa obsesivos pueden haber sido empleados como respuesta al temor de la paciente frente a un potencial descontrol de violentas explosiones como el gas inflamable, que no han sido suficientemente enfriadas en una nevera o encerradas en un garaje o blanqueadas como con los polvos de talco. Emociones que, sin embargo, fueron revestidas del tono metálico de su voz y quizás recubiertas por un gorro polar representado por su cabello blanco. En su opinión, Nurit estaba revelando su miedo a la incontinencia de los estados emocionales primitivos, lo cual es una consecuencia que observamos frecuentemente en las relaciones objetales de pacientes con insuficiente capacidad de reverie. Esto lo lleva a sondear la posibilidad de que la descripción que Nurit hace de su hija adolescente contenga aspectos de su propia violencia. Incluso el hecho de que en la introducción Kogan anticipe “un largo y doloroso trayecto” podría hacernos pensar en una forma de identificación proyectiva de la analista sobre la paciente.


De la fase 1, Ferro valora especialmente la capacidad de Kogan para recoger el significado relacional de las comunicaciones de Nurit y aunque respeta la decisión de la analista de utilizar una modalidad reconstructiva para explorar aspectos infantiles y del pasado reciente, discrepa con el estilo de trabajo analítico. El autor, en lugar de comenzar con explicaciones sobre los problemas intrapsíquicos, hubiese optado por intentar preparar el terreno para contener el campo emocional activado sin incidir demasiado en las interpretaciones, excesivamente utilizadas por Kogan, según él.


Lo ilustra con una imagen en que nos muestra cómo Kogan cree que puede salvar a Nurit poniendo nieve sobre un volcán para después preguntarle ¿por qué no tocas la lava? Por el contrario, él entiende que es indispensable comenzar haciendo que la lava pueda contenerse y, por lo tanto, hacer la nieve innecesaria.


Básicamente, propone crear un nuevo campo relacional para ayudar al paciente a reconocer, nombrar y transitar un nuevo lenguaje emocional.


Respecto de la fase 2, agradece el grado de exposición personal de Kogan, que con coraje y honestidad nos ha permitido entrar a su consulta.


En relación a la pregunta de Nurit sobre los otros pacientes, sugiere que él hubiese utilizado su curiosidad como una vía para explorar otros aspectos de su personalidad desconocidos para ella. Insiste sobre lo que él considera una saturación interpretativa, comparando el comentario sobre la hija adolescente “llena de talento pero con bajo rendimiento” con una analista que da interpretaciones “precocinadas”. Incluso emplea una metáfora en que esta modalidad de Kogan pudo haber llevado a la paciente a asociarla como a su madre, invasora y atemorizante, lo que pudiera haber obstaculizado el contacto emocional entre ambas.


Ferro se reafirma en la suposición de que la paciente va acoplando junto a lo narrado sobre su realidad histórica lo que estaba sucediendo en la relación analítica y de este modo el relato sobre Hanna y la madre de Kogan son el vehículo para expresarlo. Él cree que se puede decir que en el caso de Nurit la transferencia era no solamente una repetición o externalización de fantasías pasadas, sino una precisa descripción de sentimientos reales forjados en el análisis. El hecho de que ambos pertenecieran al mismo grupo, con una memoria transgeneracional común, interfería en la posibilidad de Kogan de interpretar libremente, sin preconceptos.


También en referencia a su madre, Ferro plantea que no es posible considerarla solamente como figura real, sino que deberíamos revisar a qué objetos internos corresponde, cómo cobró vida en la situación analítica, o sea cuál es la posición de la propia analista, cómo interpretaba y cómo su forma de ser pueda haber contribuido a generar esta madre persecutoria en el transcurso de las sesiones. Y, al mismo tiempo, cómo pudo haberse ubicado Kogan y utilizado el feed-back de Nurit para concebir una madre comprensiva y cariñosa en las sesiones, y desde allí instalarse retornando retrospectivamente al mundo interno y la historia de Nurit


Para finalizar, Ferro reitera su opinión acerca de que la pantalla del Holocausto pudo haber cegado e impedido la exploración de las subjetividades actuales de analista y paciente. Y propone otro ángulo para poder ver el hecho analítico, considerando el Holocausto como un escenario común trágico pero admitiendo también que aun no focalizándose en él, se podrían haber reconocido los sufrimientos, defensas y síntomas descritos. Termina representando el análisis como el vuelo de un pequeño pajarito sobre las alas de la reverie, en lugar de quedar atrapado en una pesadilla transgeneracional como la del gato amenazante. Así en la reelaboración del papel del gato en el transcurso del análisis, tanto analista como paciente podrían dar vida a una nueva subjetividad que las beneficiaría a ambas.


Comentario de James Herzog


Herzog, a su vez, comienza con una referencia a su artículo de 1982, titulado “El mundo más allá de la metáfora” publicado en Generaciones del Holocausto, en el que intentaba proponer mecanismos de transmisión del trauma histórico de la generación directamente afectada hacia sus descendientes y explorar el modo en que la formación de la mente de estos niños se ve impactada por la interacción con los padres supervivientes.


En el tratamiento de estos casos, utiliza una técnica consistente en la yuxtaposición del material clínico del hijo con el de su madre superviviente, observando cómo el sufrimiento extrapolado en el hijo, resultante de un proceso mental alterado, refleja el de la madre. El autor remite al conocimiento adquirido acerca de cómo las experiencias traumáticas cambian la estructura y el funcionamiento cerebral y las consecuencias de las experiencias de apego desorganizado en los niños (Hesse y Main, 2000), evidenciando las transformaciones neurobiológicas acaecidas. De esta manera, los cuidadores que han sido previamente traumatizados, transmiten un discurso desajustado con instrucciones perturbadoras y datos relacionales problemáticos, que así se instalan en la mente de su descendencia.


Admite así la importancia del pasado traumático de los padres como fuente de fantasías inconscientes que modela defensas y síntomas.


De manera análoga, sugiere que todos los análisis padecen potencialmente de la imposición de una inflexible metáfora por parte del analista que refleja su orientación teórica y tiene que lidiar con las constricciones de la experiencia, estilo cognitivo y teoría sobre sí mismo que aporta el analizando. Cuando ambos están tutelados por la metáfora de un trauma similar, el espacio analítico puede verse constreñido al máximo y la posibilidad del/ de la paciente para aprender sobre sí mismo y su proceso de producción de significación verse igualmente limitado.


Herzog reflexiona sobre las características del escenario, espacio de juego (en el original Spielraum), del setting desde la perspectiva psicoanalítica, donde a partir de una relación interpersonal entre analista y analizando, con sus correspondientes posibilidades y límites, se construye una narrativa. Este abordaje plantea la esencial reconfiguración y recontextualización del proceso mnésico influido por las intrusiones traumáticas que constriñen el escenario produciendo exclusiones traumáticas y congelamientos del desarrollo metafórico por parte de ambos participantes.


El autor cita a Modell (Imagination and the Meaningful Brain, 2003) quien trabaja sobre la cuestión del trauma como el resultado de un fallo en la recategorización de la memoria. Esta incapacidad muestra la experiencia del presente ocupada por la memoria del pasado, ofreciendo así apoyo a la hipótesis de que un proceso metafórico inconsciente está operativo en estado latente. Plantea de este modo que el trauma puede autosostenerse al degradarse el proceso metafórico y transferirse contenidos del pasado al presente sin transformación, coartando la imaginación. Para Herzog, la noción neurolinguística-afectiva de fluidez metafórica empleada por Modell, correspondería a lo que podría llamarse capacidad para jugar “con toda la baraja” (“Full-deck capacity”, en el original, Herzog y O´Connell, no publicado). Se refiere a los modos en que, en presencia de una estimulación traumática (tanto directa como transmitida), la función del juego cambia a la izquierda (en un modelo tomado de la hematología): del desplazamiento a la puesta en acto individual hacia una puesta en acto interactiva.


El autor observa este fenómeno en el trabajo psicoanalítico creativo y cuidadoso de Kogan con su paciente, en la forma en que pudieron identificar metáforas congeladas y excluidas, pudiendo reconstruir una narrativa que explicara el tipo de disposición libidinal, agresiva y narcisista de la madre de Nurit en su impedimento para reconocerla tal como era ella misma. Igualmente, subraya la ausencia de la función paterna -ya señalada por Kogan- como una señal de la incapacidad del padre para amortiguar la carga emocional de la agresión materna. Ausencia masculina que se vería reflejada también en su aspecto transgeneracional y que incidiría en la dificultad añadida del manejo de la agresividad en Nurit


Herzog complementa su comentario con un material clínico suyo relativo también a un “hijo de reemplazo”. Se refiere a un paciente de 59 años, el Dr. B., un físico que recientemente había tenido una experiencia complicada en un viaje para dar una conferencia en Singapur, ciudad que ya a priori había despertado ciertas ansiedades en él respecto a la inseguridad judicial que podía esperar encontrar. Estando allí, su esposa lo llama y le transmite su preocupación por la neumonía asiática, recomendándole el uso de la mascarilla quirúrgica, lo que suscita en él un estado de pánico con síntomas de dificultad respiratoria y va originando la fantasía de que todos los asistentes al encuentro tendrán una muerte atroz.


Cuando el Dr. B regresa, Herzog y él pueden trabajar sobre lo ocurrido: la mascarilla como metáfora del pasado de sus padres, supervivientes del Holocausto. Especialmente de una experiencia vivida por su madre en que es conducida a la cámara de gas en Auschwitz y sacada de allí cuando la maquinaria falla, por lo que no pudieron asesinarla. Herzog destaca cómo al retornar, aplicando su brillantez defensiva y adaptativa característica, el paciente diseña una máscara de gas verdaderamente efectiva a través de la cual no puedan pasar las partículas del tamaño de coronavirus.


Un aspecto importante del material gira en torno a las reiteradas referencias formuladas por el Dr. B. de la ausencia y la inutilidad de Herzog en los momentos en los que él se sintió más desesperado e indefenso.


El Dr. B es capaz de reconocer que ha tenido una experiencia de confusión entre pasado y presente en Singapur como otras a partir de las cuales ambos han podido aprender mucho sobre su modalidad de funcionamiento psíquico frente al malestar. Su proceso terapéutico avanza, aunque Herzog admite las dificultades en torno a cómo lidiar con la agresividad surgida contra lo que vive como intencionalidad de su mujer para angustiarlo con ese llamado o la persistente creencia de que Herzog es un nazi.


La historia del Dr. B incluía que su padre había sido completamente devastado por sus experiencias de la época de la guerra, y murió cuando su hijo tenía 5 años. Los recuerdos que guardaba de él eran los de un hombre desmoronado, que no podía sobrellevar más su sufrimiento y permanecía en la cama la mayor parte del tiempo mientras su mujer se ocupaba de todo. En contraposición, el Dr. B siempre se enorgulleció de su capacidad para arreglarse solo, adquiriendo una brillantez extraordinaria. De hecho, había consultado a raíz de que no le habían concedido el premio Nobel cuando todos consideraban que lo merecía, a lo que había respondido como su padre, sintiéndose hundido y temiendo no poder salir de la cama. El trabajo con el Dr. B es descrito por Herzog como tormentoso, en su intento por comprender mejor la vinculación entre sus extraordinarios logros y su sentimiento de “descarrilamiento” masivo, orientando parte del proceso psicoanalítico a la cuestión de los padres presentes y ausentes y de las madres indispensables y admirables pero extrañamente preocupadas y no disponibles. Con el tiempo, pudieron descubrir cómo el Dr. B podía capear el temporal pero luego se “convertía en gelatina, como si mi esqueleto se descompusiera” y ya no era capaz de nada más; esto hacía imprescindible la comprensión de esta modalidad de desorganización. Durante el trabajo analítico, aparece la fantasía de que su madre pudo haber tenido un amante nazi en Auschwitz, quien pudiera haber inutilizado la cámara de gas cuando ella entró y que además éste fuese un miembro de la familia de Herzog. Cuando al Dr. B le surgen estas ideas, el temor de volverse gelatinoso lo abruma, llegando incluso a sentir que necesita dejar de usar el diván por miedo a no poder levantarse, atrapado en este estado cerebral/corporal en el que sus mismos procesos de pensamiento podrían transformar la materia. El analista accede a que el Dr. B use el diván o no según él se sienta mejor, pero se pregunta qué pasaría si se opusiera a este cambio postural. El analista se ve a sí mismo oscilando entre ser un padre suficientemente bueno que puede establecer límites y un complicado nazi que podría introducir a su prisionera en una cámara de gas y al mismo tiempo inutilizar dicha cámara.


Herzog concluye que el Dr. B usa mecanismos distintos a los de Nurit. No elabora síntomas obsesivos-compulsivos, sino que desarrolla un estado de pánico que lo lleva a un colapso radical, psicosomático, “osteoporósico”. Sin embargo, la intrusión sobre la capacidad fluida y dinámica de recontextualizar y recategorizar los recuerdos es la misma cuando la confusión de pasado y presente congela el proceso metafórico. Igual que Kogan necesita hacer con Nurit, Herzog considera el modo en el que lleva el análisis buscando los aspectos colusivos de una constricción compartida del proceso metafórico que pueda estar deformando su juego. Se pregunta si acaso está menos dispuesto a ser el nazi de lo que se requiere o si es un padre impotente y por tanto abandonante. Incluso, si acaso está más interesado en la conversión gelatinosa que en la omnipresencia del asesinato, la seducción y el compromiso.


Herzog cita el “juego profundo”, un concepto que Jeremy Bentham elabora en su Teoría de Legislación (1964) que se refiere a cuando las apuestas son tan altas que, desde un punto de vista utilitario, es irracional que alguien se involucre en ellas. Lo utiliza para transmitir algo sobre lo que se transpira en la situación analítica cuando tanto el analizando como el analista se ven obligados a arriesgar para comprender más plenamente y, con ello, intentan conseguir no sólo más claridad en cuanto a traumas pasados, sino también una oportunidad para obtener una movilidad mimética y permitir que tenga lugar el desarrollo. Él cree que, en cierto modo, al analista se le pide que participe en una puesta en acto interactiva y, por otra parte, que vaya más allá de las formas más cómodas de acompañar y comprometerse con su analizando.


Para Herzog, Kogan logra un encuentro exitoso con Nurit y la paciente emerge con una mayor capacidad para amar, jugar y trabajar. Este no sería solamente un buen análisis sino una profunda ejemplificación de cómo un muy buen analista ayuda a un analizando a recuperar su posibilidad de “jugar con toda la baraja”.


 


Respuesta a los comentarios- Ilany Kogan


Después de agradecer las observaciones de sus eminentes colegas, Kogan retoma la palabra para comentar tres puntos:


1) ¿qué peso debemos darle a la realidad histórica en el tratamiento de los descendientes del Holocausto?


2) ¿cuál es el sentido de mantener una actitud psicoanalítica al lidiar con esos pacientes?


3) ¿es posible relatar el Holocausto como una metáfora del escenario narrativo del análisis y no como la atrocidad histórica que fue?


 

Realidad histórica en el tratamiento de descendientes del Holocausto


Durante muchos años, el psicoanálisis negó o ignoró la realidad histórica del Holocausto, no comprendiendo el impacto de la traumática historia de los padres en la vida de sus descendientes. Solamente después de algunas décadas, finalizada la guerra, determinados investigadores comenzaron a estudiar la inevitable transmisión de patología de los sobrevivientes a sus hijos (Sigal 1971,1973;Rakoff 1966,1969; Trossman 1968; Kestenberg 1972a, 1972b). Estos trabajos evidenciaron que la capacidad afectiva de los supervivientes había sido afectada negativamente, por lo que no eran capaces de ser figuras parentales eficaces. De allí que la segunda generación arrastre la carga de duelo y culpa que tan frecuentemente ha sido negada por los supervivientes.


La negación del duelo es una parte del largo proceso de adaptación para lograr forjarse una nueva vida. La energía necesaria para ello no deja mucho tiempo para la aflicción. Olvidar los recuerdos traumáticos es una forma de adaptación al servicio de la vida, pero sirve también a las fuerzas de Thánatos al perderse partes del self pertenecientes al pasado.


Aun habiendo resiliencia en la capacidad de los supervivientes para adaptarse, ellos y su descendencia pagan un alto coste emocional por ello. Los sentimientos que depositan en sus hijos producen vulnerabilidad, pena, vergüenza, culpa, y problemas para lidiar con la agresividad, como lo ilustra el caso de Nurit


Observando el impacto del Holocausto vivido por los padres y la incidencia en sus hijos, Kogan es de la firme opinión de que en estos casos estamos compelidos a reconocer la realidad histórica de estos padres dañados y trabajar con ello.


Discrepa por lo tanto con la teoría del desarrollo y conflicto, basada exclusivamente en los deseos sexuales y agresivos como propone el Dr. Brenner. E, incluso, se muestra abiertamente contrariada por la equiparación con los niños de reemplazo no vinculados con el Holocausto, enfoque fiel al método clásico con que el psicoanálisis ha abordado los efectos del trauma.


Igualmente, dice la analista, el Dr. Ferro con su estilo poético cuestiona la focalización en el Holocausto y la invita a no quedarse atrapada en la pesadilla transgeneracional. Pero la analista reitera que es su propia pesadilla y que ella intentó trabajar con ello reconociéndolo en su conexión individual, así como en la memoria colectiva del pueblo judío en su totalidad. Kogan está convencida de que en los casos a los que nos estamos refiriendo hay una gran similitud entre ignorar el pasado traumático de los padres o considerarlo como una fantasía del mundo interno infantil de sus hijos, con la conducta de los padres supervivientes que no pueden lidiar adecuadamente con su pasado. En su opinión, sería una repetición del trauma.


 


Manteniendo las reglas psicoanalíticas


Kogan recoge también las críticas sobre su supuesto apartamiento del rol por haber contestado la pregunta sobre la planta. Se pregunta qué significado tiene una actitud analítica cuando uno trabaja con pacientes traumatizados. ¿Acaso haberle ofrecido un entorno acogedor que le proveyera en el futuro de una mayor capacidad exploratoria no es analítico?


La analista se ratifica en su creencia de que haber reasegurado a su paciente alivió la tremenda ansiedad que le producía su inseguridad y que mas adelante la paciente ya no necesitó de posteriores reaseguramientos.


 


¿El Holocausto como una metáfora?


Kogan finaliza reafirmándose sobre la cuestión de que el Holocausto sólo puede ser visto como la atrocidad que fue, y no como una metáfora del escenario psicoanalítico. E insiste en que éste es un factor extremadamente importante en la comprensión y el tratamiento de los descendientes de los supervivientes del Holocausto.


 

Comentario de Nora Levinton


La lectura del caso y los comentarios adicionales me llevan a tratar de pensarlo desde mi propia perspectiva, tanto teórica -el enfoque Modular Transformacional-, como personal.


Siguiendo a Kogan en su puntualización sobre los ítems centrales, creo pertinente revisar la cuestión de El impacto de la traumatización materna sobre la niña orientándolo a lo que en nuestro modelo es el módulo de hetero-autoconservación.


La conceptualización que propone Hugo Bleichmar (Bleichmar, 1997) sobre la hetero-autoconservación alude a dos condiciones: en primer lugar, a que la autoconservación en el ser humano no es puramente instintiva, sino que depende, en su estructuración, de algo aportado por un otro que se desarrolla, a través de los discursos y de la identificación, en la relación con alguien que cuida. Se refiere tanto a aquello que puede ser considerado amenazante para la propia integridad como a los mecanismos automáticos que se ponen en marcha para satisfacer necesidades y evitar peligros.


Y el segundo sentido del término heteroconservación aludiría a la tendencia a la conservación del otro, al cuidado del otro, a la protección de la vida del otro.


Me es muy difícil pensar en los padres de Nurit sin que aparezca el severísimo daño infligido en ese sistema de trascendental, valga la redundancia, importancia en nuestro funcionamiento. Ambos eran personas que habían visto sus vidas amenazadas durante un período prolongado, que se habían sentido inseguros, indefensos, sin ningún control sobre su realidad y habiendo sufrido la terrible experiencia de no haber podido cuidar (salvar de la muerte) a sus seres queridos. Es decir que ambos aspectos constitutivos de un sentimiento de confianza básica habían sido duramente fustigados. Cuidarse y cuidar fueron durante ese tenebroso período una fuente de inquietud permanente, que dejaron el lastre de lo que podemos evaluar como una deteriorada representación del self en el módulo autoconservativo. Obviamente podemos inferir cómo complicó la relación que Nurit pudo mantener con ellos.


Una madre desvastada por un duelo no resuelto al que podríamos añadirle el coste en dolor narcisista por no poder acceder a una autorrepresentación altamente valorada del vínculo de apego, donde cuidar y ser cuidada se inscriben tempranamente como organizadores de la identidad femenina (Levinton, 2000).


¿Cómo podía sentirse la madre capaz de cuidarla después de todo lo padecido? ¿Qué quiere decir “cuidar” para alguien que estuvo en un campo de concentración? Y, al mismo tiempo, como alguien que ha sentido que no solamente ella sino todo un pueblo, el grupo humano al que pertenece, es condenado arbitrariamente a la muerte (6.0000.0000 de víctimas), aun habiéndose salvado en su caso… ¿cómo poder volver a sentirse cuidada, a salvo, sin que las secuelas del trauma emerjan bajo la forma de lamentos, reproches, recriminaciones? Incluso podemos plantearnos la hipótesis de que “matar” afectivamente a Nurit, alejándose de ella, fuese el patológico intento de sentir que ella decidía, controlaba algo. Que no volvería a sufrir pasivamente el abandono al que la pubertad y posterior adolescencia de Nurit la condenarían.


También desde nuestra perspectiva formulamos la inexistencia de un objeto único -que puede ser diferente para cada uno de los módulos, y para los subsistemas dentro de los módulos- que nos permite aclarar las diferentes funciones de la madre.


Podemos pensar que, dado que los cimientos de su sistema de regulación psicobiológica estaban alterados, para Nurit su madre puede haber funcionado como un objeto perturbador (Bleichmar, 1997), que desequilibra funciones.


Es decir un objeto perturbador del narcisismo que la hacía sentir mala y egoísta, pero que paralelamente también posibilitó el desarrollo de unos recursos yoicos óptimos para su funcionamiento tanto en su rendimiento intelectual como en su capacidad de logro.


Y que mientras que durante su infancia ella pudo desempeñar adecuadamente las funciones de objeto del apego, iba de manera análoga constituyéndose en un objeto patológico para el sistema de alarma, que favoreció la formación de síntomas obsesivos.


En relación a los Problemas especiales de transferencia y contratransferencia, creo que Kogan fue para Nurit una analista que cumplía eficazmente su función de objeto de apego, confiable, y que trató de hacerle sentir que podía contener su rabia, su angustia y su ambivalencia respecto a si iba a ser cuidada adecuadamente; que la ayudó a recuperar una madre “suficientemente” buena y a cicatrizar dolorosas heridas del pasado; que trabajó sutilmente en la elaboración de una historia compleja y tortuosa, tanto por lo sabido como por lo negado, disociado, escindido de la memoria de los padres y de ella misma.


Algunas de sus intervenciones me “resuenan” más que otras por diferencias teóricas y supongo que de estilo personal pero, en síntesis, su presentación me parece rigurosa, valiente, al mostrarnos momentos de duda y autorrevelaciones de su propia memoria personal que, sin duda, complementan magistralmente el material que nos ofrece.


Coincido plenamente con su apreciación de que en el caso de los supervivientes del Holocausto “estamos compelidos” a reconocer la realidad histórica y no hacernos cómplices de una banalización en la equiparación de posibles fuentes de sufrimiento y /o fantasías.


La barbarie nazi sigue siendo un tema controvertido, incluso hay corrientes dentro de la propia historia, revisionista, que tienden a negarla.


Y aquí ya incluyo lo personal, mi conocimiento directo del tema, mi contacto con supervivientes y descendientes de supervivientes que me impide considerar al Holocausto como una metáfora sin creer que ello constituye una auténtica falta de respeto hacia los damnificados.


En mi opinión, sólo desde esta consideración el vuelo del pájaro logrará atravesar la pesadilla transgeneracional y nos permitirá integrar esa terrible tragedia.


 


BIBLIOGRAFÍA


Adorno, Th. (1973) Gesammelte Shriften. Suhrkamp, Frankfurt a. M.


Bleichmar, H. (1997) Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós.


Feldhay, R. (2005) Resistencia ante el Holocausto. Edith Stein, Simone Weil, Ana Frank y Etty Hillesum. Madrid: Narcea.


Freud, S. (1917) Duelo y Melancolía. En Obras Completas. Madrid: Biblioteca Nueva.


Levi, P. (2005) Trilogía de Auschwitz. Barcelona: El Aleph.


Levinton, Nurit (2000) El superyó femenino. La moral en las mujeres. Madrid: Biblioteca Nueva.


Mate, R.(2003) Memoria de Auschwitz. Actualidad moral y política. Madrid: Trotta.


Tisseron, S; Torok, M; Rand, N; Nachin, C; Hachet, P. y Rouchy, J.C. (1995) El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Clínica del fantasma. París: Dunod.


 


NOTAS


(1) Citado en Mate, R. (2003) Memorias de Auschwitz. Actualidad moral y política.


 

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