El cerebro de él, el cerebro de ella [Cahill, L., 2005]

Publicado en la revista nº021

Autor: Meizoso, Raquel

Artículo reseñado: Lawrence Cahill (2005): “His brain, her brain” [El cerebro de él, el cerebro de ella]. Scientific American, 292 (5): 40-47.


Lawrence Cahill, Doctor en Neurociencia y profesor del departamento de Neurobiología de la Universidad de California Irvine, nos introduce en este artículo, al apasionante y delicado tema (por las susceptibilidades que rápidamente despierta), de las diferencias biológicas entre los cerebros de hombres y mujeres. El autor selecciona cuidadosamente el título- His Brain,Her Brain (“El cerebro de él, el cerebro de ella”) utilizando un lenguaje políticamente correcto y muy de moda de “his and hers car, “his and hers bathroom” etc “el coche de él y el coche de ella” “el baño de él, el baño de ella” jugando con la idea de que casi todo puede y/o debe convertirse en específico de género.


Según Cahill y las varias fuentes que él cita, las investigaciones son concluyentes: los cerebros de hombres y mujeres son diferentes en algunos aspectos, tanto en su arquitectura como en su actividad (lo cual no implica que haya que interpretar esas diferencias en términos de superioridad-inferioridad). A lo largo del artículo exploraremos algunas de esas diferencias. El conocimiento en detalle de las mismas contribuirá al diseño de tratamientos específicos según el sexo, para trastornos como las adicciones, la depresión, el síndrome de estrés post-traumático o la esquizofrenia por citar algunos ejemplos.


El artículo comienza citando un controvertido comentario que Lawrence Summers, presidente de la Universidad de Harvard, realizó en una de sus presentaciones sugiriendo que las diferencias en la arquitectura del cerebro de hombres y mujeres podría ser uno de los factores que explicase la relativa escasez de mujeres en el mundo de la ciencia. Además de ofender a varias mujeres, entre otras algunas profesoras de MIT que se fueron de su presentación, ni que decir tiene que el comentario reabrió una polémica, ya antigua, sobre la supuesta superioridad intelectual de los hombres. Dicha polémica surgió hace tiempo, a partir de estudios sobre el tamaño del cerebro en los que encontraron que los cerebros de las mujeres tendían a ser más pequeños y plantearon dichos hallazgos como un correlato biológico de la inferioridad intelectual de las mujeres.


Pero ¿qué es lo que nos muestran las investigaciones? Las diferencias anatómicas y de funcionamiento existen , pero hasta la fecha, no existen evidencias científicas fiables, que permitan relacionar estas diferencias con la superioridad intelectual de un género sobre otro. Como ejemplo, nos recuerda Cahill que las diferencias de rendimiento en tests de inteligencia estandarizados, entre hombres y mujeres, no son valorables existiendo diferencias, que no siendo significativas a veces favorecen a las mujeres y otras a los hombres(1). Todavía nadie ha podido mostrar ninguna evidencia que las diferencias anatómicas sean prueba indicadora de que las mujeres sean incapaces de lograr triunfos académicos en las ciencias.


Estas desigualdades nos apunta el autor, sugieren la posibilidad de que necesitemos diseñar tratamientos específicos para cada genero para toda una serie de problemáticas como las adicciones, la esquizofrenia, el síndrome de estrés post-traumático o la depresión. Y además, estas diferencias implican que a partir de ahora al diseñar investigaciones sobre la estructura y las funciones del cerebro hay que tener en cuenta el sexo de los sujetos al analizarlos datos para no obtener conclusiones erróneas.


El sexo es una variable a tener muy en cuenta.


Esculpiendo el cerebro


Hace tiempo que los neurocientíficos saben que existen diferencias en el cerebro según los sexos, pero pensaban que estaban limitadas a las regiones que eran responsables de las conductas de apareamiento. En 1966, se publicó uno de los primeros artículos sobre el tema "Las diferencias de sexo en el cerebro". En él, Seymour Levine, de la Universidad de Stanford, describía como las hormonas sexuales dirigían las conductas reproductivas en las ratas de forma divergente; a los machos les llevaban a montar y a las hembras a arquear la espalda, elevar y mostrar la parte trasera para atraer a estos. Pero Levine sólo hablaba de una región del cerebro, el hipotálamo (una pequeña estructura en la base del cerebro que controla la producción hormonal y las conductas más básicas como la comida, la bebida y el sexo).


Esta visión ha quedado totalmente obsoleta con el descubrimiento de múltiples hallazgos que subrayan la influencia del sexo sobre varias regiones del cerebro, en muchas áreas cognitivas y de conducta, incluyendo la emoción, la visión, la memoria, la audición, la respuesta del cerebro a las hormonas del estrés y el procesamiento de las caras humanas. Gracias al avance en los últimos 10 años de las técnicas de imagen no invasivas como son la resonancia magnética nuclear funcional, y la tomografía de emisión de positrones (PET), los investigadores han podido asomarse a las variaciones anatómicas que ocurren en varias regiones del cerebro de los sujetos vivos. Es sumamente interesante el trabajo de Jill M. Goldstein, de la Universidad de Medicina de Harvard, quién utilizando la resonancia magnética averiguó que ciertas partes del córtex frontal donde se realizan funciones cognitivas superiores, son más abultadas en las mujeres que en los hombres, así como ciertas partes del córtex límbico que está involucrado en las respuestas emocionales. Por otro lado, en los hombres, zonas del córtex parietal que se encargan de la percepción espacial son más grandes que en las mujeres, y también lo es la amígdala,--(una estructura con forma de almendra que responde a la información que contiene un componente emocional). Estas diferencias de tamaño son relativas, se refieren al volumen total de la estructura en relación con el volumen total del cerebro.


Las diferencias de tamaño de las estructuras cerebrales, nos aclara el autor, se piensa que tiene que ver con la importancia relativa para el animal. Por ejemplo, para los primates las áreas dedicadas a la visión son mayores porque estos se guían más por la visión; sin embargo, en las ratas es más grande el área olfativa que la visual porque ellas se guían más por el olfato. Por lo tanto, que encontremos esa disparidad anatómica tan amplia entre hombres y mujeres nos lleva a pensar que el sexo influye en cómo funciona el cerebro.


También se han encontrado diferencias anatómicas según los sexos a nivel celular. Sandra Witelson y otros de la Universidad de McMaster, observaron que las mujeres tienen mayor densidad de neuronas en partes del córtex del lóbulo temporal que están asociadas con la comprensión y el procesamiento del lenguaje. Y lo mismo se halló en el lóbulo frontal. Con estos datos, los investigadores podrán estudiar si las diferencias en número de neuronas, correlaciona con diferencias en habilidades cognitivas, examinando por ejemplo si la mayor densidad del córtex auditivo en la mujer está relacionada con el mejor rendimiento en tests de fluidez verbal.


Se piensa que estas diferencias anatómicas pueden ser causadas en gran parte por la actividad de las hormonas sexuales que "bañan" el cerebro del feto en el útero. Estos esteroides se encargarían de dirigir la organización y el "cableado" del cerebro durante el periodo de desarrollo e influenciarían la estructura y la densidad neuronal de varias zonas. Goldstein, descubrió que las áreas en las que hombres y mujeres difieren más, son las áreas que en los animales contienen el número más alto de receptores de hormonas sexuales durante el desarrollo. Cahill concluye este apartado afirmando que “la correlación entre el tamaño de la región del cerebro en los adultos y la acción de las hormonas sexuales en el útero sugiere que por lo menos algunas diferencias sexuales en el funcionamiento cognitivo no son el resultado de las influencias culturales ni de los cambios hormonales asociados con la pubertad, sino que están ahí desde el nacimiento.”


Inclinaciones de nacimiento


Pasemos pues a analizar algunas investigaciones conductuales que ratifican que algunas diferencias cerebrales según el sexo, aparecen antes de que el bebé tenga "los primeros dientes".


Ya desde hace años los investigadores han demostrado que a la hora de elegir juguetes niños y niñas realizan elecciones diferentes. Los niños prefieren los coches o las pelotas y las niñas típicamente las muñecas. Pero lo que no se sabía era si esas preferencias eran innatas o aprendidas producto de la socialización. Para tratar de aclarar esta cuestión Melissa Hines, de la Universidad de Londres, y Gerianne M. Alexander, de la Universidad de Texas, se propusieron estudiar a los monos, nuestra especie más cercana en el mundo animal. El estudio mostraba a los monos una selección de juguetes, camiones, muñecas y algunos juguetes neutrales con respecto al género como unos libros con fotos. Y lo que hallaron fue, que los machos pasaban más tiempo jugando con juguetes masculinos que las hembras, y que las hembras pasaban más tiempo interactuando y jugando con juguetes que típicamente prefieren las niñas. A su vez, ambos sexos pasaban el mismo tiempo entreteniéndose con los libros de fotos y con otros juguetes neutrales con respecto al género. Dado que es poco probable que los monos vervet estén influenciados por las presiones sociales de la cultura humana, los resultados implicarían que las diferencias en la preferencia de juguetes en los niños se deben al menos en parte, a diferencias biológicas innatas. Se podría hipotetizar además que, tanto esta divergencia como las demás diferencias anatómicas en el cerebro según el sexo, han ido desarrollándose debido a presiones selectivas a lo largo de la evolución. En el caso del estudio sobre los juguetes, los machos tanto los humanos, como los primates prefieren juguetes que pueden ser lanzados al espacio y que promueven el juego duro, cualidades que pueden estar relacionadas con la caza y la conquista de una pareja. “Igualmente”, afirma Cahill, “podríamos hipotetizar que las hembras seleccionan juguetes que les permiten utilizar las habilidades que un día necesitaran para cuidar a sus pequeños”.


Por otro lado, Simon Baron-Cohen y asociados, de la Universidad de Cambridge, diseñaron un experimento ingenioso para tratar de explorar las influencias ambientales y las innatas con respecto a las diferencias sexuales. Son muchos los investigadores que han descrito ya las diferencias entre bebes niños y niñas con respecto a lo que “se centran” en las personas. Baron-Cohen y Svetlana Lutchmaya encontraron que las niñas de 1 año pasaban mucho más tiempo “mirando” a las madres que los niños de la misma edad. Y cuando a esos bebes se les presentaba, la posibilidad de elegir qué película ver, las niñas miraban durante más tiempo una película con una cara, mientras que los niños se inclinaban por una película que mostraba coches.


Por supuesto, la réplica inmediata es que estas preferencias podrían deberse a las diferencias en la forma en la que los adultos juegan y tratan a niños y a niñas. Para eliminar esta posibilidad Baron-Cohen y sus estudiantes prosiguieron con la investigación. Llevaron una cámara de video al hospital de maternidad y se dirigieron a la sala de neonatos para examinar las preferencias de los recién nacidos de 1 día de vida. Los neonatos vieron o la cara amable de una estudiante femenina viva, o un juguete colgado por encima de la cuna que tenía varios hilos de los que colgaban imágenes que eran muy parecidas en color, tamaño, y forma, a los de la cara de la estudiante y que incluía también una mezcla desordenada de sus rasgos faciales. Y para eliminar toda posibilidad de sugestión, los experimentadores no conocían el sexo de los bebes mientras hacían las pruebas. Cuando analizaron las cintas de video observaron que las niñas “miraban mucho más a la cara de la estudiante viva”, mientras que los bebes varones pasaban más tiempo “mirando el objeto mecánico”. Entonces, concluyeron, las diferencias en el interés social son evidentes desde el primer día de vida, lo cual implicaría según Cahill que salimos del útero con algunas diferencias cognitivas según sexo, ya construidas.



Bajo estrés


Según parece, estas diferencias, tanto en la construcción del cerebro como de la química de este, influencian tanto en hombres como en mujeres la forma en la que respondemos al entorno, o en cómo reaccionamos y recordamos los acontecimientos estresantes. Goldstein y otros, han mostrado que la amígdala es más grande en los hombres que en las mujeres. En las ratas, por ejemplo, las neuronas en la amígdala establecen muchas más interconexiones en los machos que en las hembras. Y estás diferencias anatómicas deberían producir diferencias en la forma en que varones y hembras reaccionan al estrés. Katharina Braun y otros, de la Universidad Otto von Guericke de Alemania, quisieron comprobar si efectivamente era cierto que la amígdala de machos y hembras responde de forma diferente al estrés. Para ello separaron una camada de ratoncitos Degu de su madre. Para estos pequeños roedores de Sudamérica que son muy sociables, ya que viven en colonias grandes de animales, incluso una pequeña separación temporal es muy disruptiva, y por lo tanto estresante. Los investigadores procedieron a medir las concentraciones de receptores de serotonina en varias regiones del cerebro. La serotonina es un neurotransmisor que transporta una señal y es clave para la mediación de la conducta emocional. El experimento permitía a los cachorros oír la llamada de la madre durante el periodo en que los separaron, y hallaron que el input auditivo aumentaba la concentración de los receptores de serotonina en la amígdala de los machos, y sin embargo disminuía la concentración de estos mismos receptores en las hembras. Aunque es un poco arriesgado extrapolar los resultados de este estudio a los humanos, los resultados apuntarían a que algo similar podría ocurrir en los niños, donde la angustia de separación puede afectar de forma distinta el estado emocional de bebes niño o niña. El autor subraya la necesidad de más investigaciones en ente sentido que ayuden a explicar por ejemplo porqué los trastornos de ansiedad son mucho más prevalentes en las niñas que en los niños. ¿Podríamos hablar de diferencias según el sexo biológicamente determinadas en el diferente peso especifico que puede tener la universal motivación de apego para unos y para otras?


Existe otra zona del cerebro que sabemos ya, que es distinta anatómicamente y en su respuesta al estrés según el sexo del sujeto; es el hipocampo. Una estructura crucial para el almacenamiento de la memoria y para el mapeo espacial del entorno físico. El hipocampo es más grande en las mujeres que en los hombres, según podemos observar a través de las técnicas de evaluación por imágenes. Esto puede tener algo que ver en las diferencias de sexo en cómo unos y otras se orientan al desplazarse. Varios estudios sugieren que los hombres lo hacen estimando distancias en el espacio y orientándose intuitivamente, mientras que las mujeres suelen orientarse fijandose más en enclaves distintivos. Y, curiosamente, esta misma diferencia la podemos hallar en las ratas. Las ratas macho se desplazan por los laberintos utilizando información direccional y posicional mientras que las hembras se mueven por los laberintos utilizando los enclaves distintivos disponibles.


Al parecer, incluso las neuronas en el hipocampo actúan de forma distinta en hombres y mujeres, en lo que se refiere a su reacción frente a experiencias de aprendizaje. Janice M. Juraska y asociados, de la Universidad de Illinois, demostraron que si ponían a ratas macho y hembras en jaulas con un entorno rico en estímulos (juguetes, otros roedores para fomentar la interacción), se producían efectos distintos en las neuronas del hipocampo de machos y hembras. En los ratones hembra, esta experiencia provocaba que las ramificaciones de los árboles dendríticos aumentaran. Esto representa un aumento en las conexiones neuronales, lo que a su vez se piensa que está involucrado en grabar recuerdos. Curiosamente, en los machos se producía el efecto contrario. El entorno estimulante o complejo o no tenía ningún efecto a nivel celular o hacia que algunos de los árboles dendríticos se podaran ligeramente o lo que es lo mismo perdieran algunas conexiones.


Sin embargo, y complicando un poco más las cosas, las ratas macho aprenden mejor sometidas a estrés que sin él. No así las hembras. Tracey J. Shors y sus colaboradores, de la Universidad de Rutgers (New Jersey), sometieron a un grupo de ratas a una serie de descargas eléctricas de un segundo en la cola y encontraron que este estrés mejoraba el rendimiento de una tarea aprendida, y aumentaba la densidad de las conexiones dendríticas con otras neuronas en las ratas macho, mientras que en las hembras, dificultaba el rendimiento y disminuía la densidad de las conexiones. Esos resultados, de replicarse en humanos, podrían tener a su vez unas implicaciones a nivel social muy ricas. Cuanto más podamos saber sobre las diferencias en los estilos de aprendizaje según los sexos, más tendremos que repensarlos en los modelos de enseñanza, ya que los entornos óptimos para el aprendizaje pueden ser bien divergentes según los sexos. También sería sumamente interesante estudiar los estilos cognitivos de aprendizaje y si existen divergencias según el género.


Un matiz más, aunque el hipocampo de la rata hembra muestra una disminución en la respuesta frente al estrés, curiosamente, es mucho más resistente al estrés crónico que el del macho. Esta investigación la realizó Cheryl D. Conrad y sus colaboradores de la Universidad del Estado de Arizona. Tomaron un grupo de ratas a las que les restringieron el movimiento en una jaula durante 6 horas (situación muy molesta para los roedores y por lo tanto estresante).Y utilizaron una forma de medir el estrés en las células, que esta muy estandarizada, estudiando la susceptibilidad a ser destruidas por una neurotoxina. Hallaron que la restricción crónica del movimiento volvía las neuronas del hipocampo de los machos más susceptibles a la toxina, pero no tenía ningún efecto en la vulnerabilidad de las hembras. En conclusión, estos estudios parecen sugerir que en términos de daño cerebral las hembras pueden estar mejor equipadas para tolerar el estrés crónico que los machos.( Para ampliar el estudio de la relación estrés- memoria ver Aperturas Psicoanalíticas Julio 2002, No 11). Finalmente, Cahill nos advierte que no está del todo claro, lo que protege las células del hipocampo de las hembras de los efectos dañinos del estrés crónico, pero lo más probable es que tenga que ver con las hormonas sexuales.




Perspectiva global


El autor del artículo, L. Cahill, se propuso profundizar en cómo se manejan y recuerdan en el cerebro los acontecimientos estresantes tanto en hombres, como en mujeres. Este proceso implica la activación de la amígdala según nos han mostrado los experimentos con animales.


En los primeros experimentos con humanos, el grupo de Cahill mostró a un grupo de voluntarios una serie de películas que eran violentas, a la vez que medían su activación cerebral utilizando la PET (tomografía de emisión de positrones).Varias semanas después se les pasó un test para medir lo que recordaban. Y lo que encontraron fue que existía una correlación entre el grado de activación de la amígdala mientras veían la película y el número de películas desagradables que eran capaces de recordar. En ese momento, hallaron un resultado peculiar que a Cahill le llama poderosamente la atención. La activación de la amígdala en algunos de los estudios implicaba sólo al hemisferio derecho y en otros sin embargo sólo al izquierdo. Y entonces cayó en la cuenta que los experimentos en los que se encendía la parte derecha de la amígdala eran en aquellos en los que los sujetos eran hombres, y que los experimentos en los que se encendía la amígdala izquierda eran aquellos en los que los sujetos eran mujeres. Posteriormente se han realizado otros 3 estudios más, 2 de un grupo de la Universidad de Stanford, y todos confirman está diferencia en cómo los cerebros de hombres y mujeres manejan de forma distinta los recuerdos emocionales.


Este descubrimiento, les hizo al grupo de Cahill preguntarse qué significaba exactamente esta disparidad. Y para abordar este tema diseñaron otra investigación partiendo de una teoría ya antigua, por lo menos de un siglo atrás, que decía que el hemisferio derecho tiene un cierto sesgo a analizar los aspectos más centrales, más relevantes de una situación mientras que el hemisferio izquierdo tiende a procesar más los detalles más finos. Si esta teoría es cierta y utilizamos una droga que amortigua la actividad de la amígdala, hipotetizó Cahill, esto debería impedir en los hombres la capacidad de recordar el tema central o nuclear de una historia emocional (al afectar la amígdala derecha) y sin embargo debería impedir la capacidad de las mujeres de recordar los detalles precisos de la historia (al afectar o bloquear a la amígdala izquierda). La droga de elección fue el propanolol, un beta-bloqueante que disminuye la actividad de la adrenalina y de la noradrenalina, y al hacer esto, amortigua la activación de la amígdala (lo que debilitaría le evocación de recuerdos emocionalmente activadores). Así pues, administraron propanolol a un grupo de hombres y de mujeres antes de que vieran una serie corta de diapositivas sobre un niño pequeño, a quién le ocurría un accidente terrible cuando iba andando con su madre. Una semana más tarde les pasaron una prueba de memoria sobre sus recuerdos. Los resultados mostraron lo que Cahill predijo, es decir que el propanolol hacía que a los hombres les resultase más difícil recordar los aspectos globales, o el tema central de la historia, por ejemplo que al niño lo había atropellado un coche. Y en las mujeres el propanolol produjo el efecto contrario, es decir les afectaba la memoria para los detalles finos, o periféricos, como que el niño llevaba una pelota de fútbol. En investigaciones posteriores, Cahill se dió cuenta de que podían detectar diferencias de hemisferio entre los sexos casi inmediatamente. Es decir captó que también existía una variable de tiempo.


Por ejemplo, un grupo de voluntarios a quienes se les mostraba fotos desagradables reaccionaban en 300 milisegundos, dicha respuesta se registraba mediante un pico (onda) en la actividad eléctrica del cerebro. Junto con Antonella Gasbarri de la Universidad de L´Aquila en Italia, Cahill y su grupo hallaron que en los hombres esta onda rápida, llamada respuesta P300 es mucho más exagerada cuando se registra sobre el hemisferio derecho; en las mujeres es más grande cuando se registra sobre el hemisferio izquierdo. En resumen, las disparidades de hemisferios entre sexos, sobre cómo procesa el cerebro de unos y de otras las imágenes cargadas emocionalmente empiezan en 300 milisegundos --lo que quiere decir mucho antes de que ninguno haya tenido la posibilidad de interpretar conscientemente lo que han visto.


Estos descubrimientos es muy probable que tengan y hayan tenido consecuencias en el tratamiento de PTSD (Síndrome de estrés post-traumático). Un grupo de investigadores alemanes, de la Universidad Ludwig Maximilian dirigidos por Gustav Schelling, ya habían establecido que el propanolol, cuando se administra como parte del tratamiento normal en las unidades de cuidados intensivos, disminuía la memoria de situaciones traumáticas. Y este mismo grupo, estimulado por los hallazgos del grupo de Cahill, encontraron que al menos en dichas Unidades los beta-bloqueantes disminuyen la memoria para acontecimientos traumáticos en la mujeres pero no en los hombres.


En el futuro, hasta en cuidados intensivos, posiblemente los médicos tengan que tener en cuenta el sexo de sus pacientes cuando prescriban sus medicaciones.


Sexo y trastornos mentales


Según la literatura, el síndrome de estrés post-traumático no es el único trastorno psicológico que funciona de forma distinta en hombres y mujeres.


En la Universidad Canadiense de McGill, Marko Diksic y sus colaboradores mostraron que la producción de serotonina en los hombres es nada menos que un 52% más alta que en las mujeres, con lo cual no parece nada extraño que las mujeres sean más susceptibles a deprimirse.


También en la adicción a las drogas encontramos una situación algo parecida. En este caso el neurotransmisor en vez de la serotonina es la dopamina -una sustancia química implicada en los sentimientos de placer asociados con el abuso de drogas. Recurriendo al estudio de las ratas, Jill B. Becker y colaboradores, de la Universidad de Michigan, descubrieron que en la hembras, los estrógenos potenciaban la liberación de dopamina en ciertas regiones del cerebro importantes en la regulación de la conducta de búsqueda de droga. Y todavía más interesante, la hormona resultaba tener efectos duraderos haciendo a las ratas hembras buscar la cocaína incluso semanas después de haber recibido la droga por última vez. Estas diferencias en susceptibilidad -en particular a estimulantes como la cocaína y las anfetaminas- nos puede ayudar quizás a entender porqué las mujeres podrían ser más vulnerables a los efectos de estas drogas, y tienden a progresar más rápidamente desde la primera utilización hasta la dependencia de la droga que los hombres.


También parecen existir diferencias de genero en las anomalías cerebrales que subyacen en enfermedades como la esquizofrenia. Raquel y Rubén Gur, de la Universidad de Pensilvania, llevan años estudiando las diferencias en la anatomía y las funciones del cerebro según los sexos. En uno de sus proyectos midieron el tamaño del cortex órbito-frontal (región que está involucrada en la regulación de las emociones) y la compararon con el tamaño de la amígdala (región todavía más implicada en la producción de reacciones emocionales). Los resultados fueron que las mujeres tienen una ratio (o cociente) órbito-frontal con respecto a la amígdala significativamente más grande que los hombres. El autor del artículo incluso se atreve a especular según estos datos, que las mujeres pueden ser en general más capaces de controlar sus reacciones emocionales. En otros experimentos sucesivos los investigadores descubrieron que esta proporción parece estar alterada en la esquizofrenia aunque no de forma idéntica en hombres y en mujeres. Las mujeres con esquizofrenia tienen una ratio orbito-frontal con respecto a amígdala más pequeña que la de las mujeres sanas como cabría esperar, pero en los hombres el resultado es peculiar; los hombres con esquizofrenia tienen un aumento de la ratio orbitofrontal-amígdala si la comparamos con la de los hombres sanos. Todavía estos resultados parecen ser poco aclaratorios pero lo que si parecen apuntar es que la esquizofrenia puede ser una enfermedad algo distinta en hombres que en mujeres y que el tratamiento de este trastorno puede que necesite de la especificidad de ser planificado según el sexo del paciente.


El sexo importa


La Academia Nacional de Ciencias Norteamericana en un informe del 2001 concluyó: "El sexo, es decir, ser hombre o mujer, es una variable humana básica importante que debe ser considerada cuando se diseñe o analice cualquier estudio, en todas las áreas, y en todos los niveles de la investigación biomédica y de la relacionada con la salud".


Todavía falta trabajo de los neurocientíficos, de los investigadores y de los clínicos sobre el grueso de cómo influye el sexo en el cerebro, en la conducta e incluso en la respuesta a las medicaciones. Pero Cahill concluye su artículo subrayando que no podemos volver a presuponer que podemos evaluar a un sexo y pensar que el otro es igual.


Conclusiones


El estudio de las diferencias cerebrales en función del sexo es un área dentro de la neurociencia que está suscitando gran interés en los últimos años. Los proyectos de investigación se multiplican y las conclusiones van abarcando cada vez más temáticas.(Véase “Aperturas psicoanalíticas”Julio 2002 y Noviembre de 2003 para una revisión más amplia).


Este artículo nos pone en contacto con importantes avances que se van realizando en este campo. Las diferencias provocan fascinación, porque despiertan la curiosidad de lo que somos y no somos y nos alertan que la realidad de las cosas no está exactamente dónde pensábamos. Esto, como nos recalca M.de Iceta (2003) “no significa que las diferencias sean más que los parecidos”; pero sí, que son lo suficientemente significativas como para que no podamos despreciarlas, ni obtener datos sobre un sexo y extrapolar las conclusiones al otro. A su vez, también implica que hay que ir conociendo y entendiendo esas diferencias e irnos acercando a planes de tratamiento y medicaciones específicos con respecto al sexo. Estos hallazgos enriquecen la comprensión del funcionamiento de los cerebros de hombres y mujeres, y nos aclaran algunas cuestiones sobre algunas de las diferencias innatas. Hacer de ello un debate político es otra cuestión distinta, guiada por motivaciones de otra índole.


Las líneas de investigación que se han abierto en los estudios con animales proponen resultados de posibilidades muy interesantes, si algún día se pueden replicar los resultados en humanos. Especialmente, el estudio sobre la influencia del entorno rico en estímulos, que en unos provoca aumento de ramificaciones y en otros reducción de las conexiones sinápticas en las neuronas, y el estudio sobre el beneficio del estrés en el aprendizaje de los ratones macho, por las implicaciones sociales que podría tener. Podríamos tener que repensar los métodos de enseñanza actuales y que los ambientes de aprendizaje idóneos quizás deban ser distintos para niños y para niñas. Es decir, tendríamos que hablar de “entornos de estimulación” no sexistas, pero sí, conscientes del sexo. Sin embargo, hay que ser muy cautelosos porque extrapolar de los hallazgos en animales a humanos, sería temerario, y las posibilidades de que se confirmen los resultados por sugerentes que resulten, son inciertas.


En mi opinión, una de las contribuciones más interesantes de este artículo es la evidencia según las investigaciones conductuales que las preferencias en la elección de objetos (juguetes) y los focos de interés de bebes niño y niña de 1 o 2 días, difieran significativamente, lo cual implica que son diferencias biológicamente determinadas desde el útero materno y no son el producto de una determinada socialización.


La otra contribución importante a nivel clínico es que cuando podamos profundizar más en los detalles de las variaciones en arquitectura y funcionamiento cerebral según el sexo, podremos ir avanzando a tratamientos y medicaciones específicos de sexo para los distintos trastornos mentales, como podrían ser el síndrome de estrés post-traumático, la depresión o las adicciones.


Para finalizar, después del recorrido por todos estos estudios diferenciales, parece muy sabiamente elegido el título del artículo y vamos a tener que empezar a referirnos al “cerebro de él, el cerebro de ella” pues el camino hacia la mayor especificidad según el sexo es ya ineludible.


 


BIBLIOGRAFÍA


Kimura, D. (1992). Sex differences in the Brain. Scientific American, 267 (3): 80-87.


Blum, D. (1997). Sex on the Brain: The biological differences between Men and Women. Viking Press.


de Iceta, M. (2003). Diferencias cerebrales en función del sexo. Aperturas psicoanalíticas, 15.


de Iceta, M. (2002). Neurobiología de las relaciones estrés- memoria. Aperturas Psicoanalíticas, 11: Reseña sobre el artículo de Kim.J.J. y Diamond, D.M.: The stressed synaptic plasticity and lost memories. Nature Reviews. Neuroscience, 3 (2002).


Cahill, L. (2003). Sex-and hemisphere-related influences on the neurobiology of emotionally influenced memory. Prog. Neuropsychopharmacol. Biol. Psychiatry, 27(8): 1235-41.


Geary, D.C., (1998). Male, Female: The Evolution of Human Sex Differences. American Psychological Association.


Exploring the Biological Contributions to Human Health: Does Sex Matter? Edited by Theresa M.Wizemann and Mary –Lou Pardue. National Academy Press, 2001.


Hines, M. (2004). Brain Gender. Oxford University Press. New York.


 


NOTAS


(1) Lo cual suele ser más un reflejo del diseño del test, de qué variables se intenta resaltar en la medición de la inteligencia: ¿predominan aspectos lingüísticos? ¿Predominan aspectos visuoespaciales? En definitiva, de cómo definimos “la inteligencia”. Probablemente, como en tantos otros campos este gran constructo precisa de una división en distintos componentes a la hora de ser analizado.

 

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