Revue Française de Psychanalyse. Número monográfico: El cara a cara psicoanalítico

Publicado en la revista nº022

Autor: Martín-Montolíu, Jaime

Reseña: Le face à face psychanalytique. Revue française de Psychanalyse. Tome LXIX. 2 Mars 2005. (Monográfico sobre el ‘cara a cara’ psicoanalítico).


Comentario introductorio


El evento central de los actos conmemorativos del 150 aniversario del nacimiento de Freud (06/05/1856) que tendrán lugar en la ciudad de Viena es una exposición bajo el título “El diván. Sobre el pensar acostado”. Se podrá visitar del 4 de mayo al 29 de octubre de este año en su antiguo consultorio de la calle Bregase, 19; hoy, museo Sigmund Freud. (www.freud-institut.com).


Históricamente, el psicoanálisis tuvo su inicio en modalidades de encuadre muy diversas, si bien el dispositivo diván-sillón acabaría convirtiéndose en su paradigma. Alrededor de 1890 una paciente, Madame Benvenisti, le habría regalado un diván a Freud como muestra de agradecimiento. Por entonces, dicho mueble era habitual en los salones de las clases emergentes como elemento de decoración y lujo, lugar de la ensoñación y el derrumbamiento romántico. Freud lo dispondría en su sala de modo tal que el sillón donde solía sentarse quedó detrás, fuera del alcance visual de quien allí se tumbara (1). Eso le permitía concentrarse en la escucha y el análisis sin interferencias. El paciente, por su parte, era invitado a dejarse llevar cómodamente, relajando las defensas, a un fluir de fantasías y pensamientos en asociación libre. Hacia 1904, entre las proposiciones técnicas del fundador del psicoanálisis figuraría el sustraerse a la mirada (del paciente) para evitar la posible libidinización gradual del discurso en favor de un mayor componente sublimatorio.


Con el tiempo, el diván devino icono de lo freudiano. Alumbró una buena parte de los hallazgos clínicos y del ideario del psicoanálisis; permitió una práctica fecunda y el despliegue de una potente teoría; y acabó difundiéndose como seña de identidad: observando las reglas de abstinencia y neutralidad (pantalla-espejo y objeto virtual, al tiempo que sujeto-otro sólo presente por intermediación de la palabra), el analista accedía también a un invariante ideal identitario que las referencias reiteradas a las metáforas “del cirujano” y “del cobre y el oro” contribuyeron a secularizar. Psicoanálisis y diván parecían inseparables (2).


Pero la disciplina analítica se fue diversificando a medida que su práctica se extendía y la cuestión de la analizabilidad acabó bifurcando en dos prioridades lógicas -la de la responsabilidad (función social, utilidad clínica, aspectos terapéuticos…) y la de la convicción (coherencia, identidad, fundamentación metapsicológica, investigación…)- su desarrollo.


La clínica confronta a menudo situaciones en las cuales está en juego la cualidad de presencia del objeto transferencial por encima de la productividad de su ausencia: la vertiente terapéutica apuntó, pues, en primer lugar, a la aplicabilidad del método, a su plasticidad. La práctica de la psicoterapia psicoanalítica, nacida como un recurso secundario, produjo sus propias fuentes de reflexión y de enriquecimiento teórico-clínicos. Al aplicarse a condiciones muy distintas a las de las curas-tipo, evidenció las limitaciones simplificadoras de la ecuación ‘dispositivo clásico/psicoanálisis’, descubriendo que el trabajo sobre lo latente (e incluso el funcionamiento en asociación libre) no estaba ligado necesariamente a un ‘efecto dispositivo’. Luego, la continua reflexión sobre la ya diversificada experiencia llevó a desafiar la inamovilidad de las ‘reglas de oro’. Otras dimensiones de lo transferencial aparecieron: si el diván buscaba promover la construcción simbólica del objeto ausente, y por tanto la elaboración de su ausencia, los dispositivos ‘cara a cara’ parecían también permitir la construcción de un espacio simbólico de ausencia, en presencia y con participación activa de un otro…


Paralelamente, desde lo teórico, el progresivo interés por la intersubjetividad (importancia otorgada al repertorio de configuraciones intermediarias entre la alteridad y el universo mutual) y la revisión en clave relacional de los fundamentos metapsicológicos (conceptualización del psiquismo como sistema abierto, complejización del mapa motivacional, cuestionamiento del origen endógeno de la pulsión …), permitieron plantear la cuestión ‘dispositivo’ de una manera menos definitiva, en términos de adecuación la tarea.


Así es como, finalmente, el psicoanálisis contemporáneo, aun en su diversidad, parece tender a contemplar:


- Que su práctica no depende de un dispositivo: el ‘trabajo analítico’ puede ser desarrollado en settings diversos: ‘diván’, ‘cara a cara’, en forma de ‘psicodrama psicoanalítico’, etc.


- Que lo que define dicho trabajo no son, por tanto, los aspectos formales sino su cometido (elaboración de los contenidos inconscientes, sea en la modalidad de interpretar lo latente en el discurso manifiesto, sea la transformación de los modos inconscientes de funcionamiento psíquico o ambos al tiempo) y la adecuación del clínico a dicha tarea.


- Que el psicoanálisis clásico (en dispositivo diván-sillón) se piensa en términos de modalidad peculiar, entre otras posibles, de psicoterapia psicoanalítica.


-Que los criterios para la elección de un determinado tipo de dispositivo parecen abiertas a las características únicas -y al acuerdo de trabajo- de cada pareja paciente-terapeuta.


El número de la rfp que reseñamos a continuación aborda, desde la fuerte tradición metapsicológica que caracteriza al psicoanálisis francés, la extendida práctica del ‘cara a cara’ psicoanalítico. Sus antecedentes remontan a dos interesantes monográficos de la rfp publicados en 1991 (Psychanalyse et idéal thérapeutique, y Psychothérapie et idéal psychanalyrique), a un renombrado libro de R. Cahn -La fin du divan?- y a distintos desarrollos que autores como Green , Rousillon, Pasche… han realizado a partir, sobre todo, de la relectura de Winnicott, Bion y Freud.











 


Reseña:


Sommaire (Sumario):


I. Perspectives théoriques (Perspectivas teóricas)


I.1.- Claude Janin: La tendresse du chirurgien. (La ternura del cirujano)


I.2.- René Roussillon: La «conversation» psychanalytique : un divan en latence. (La «conversación psicoanalítica»: un diván en latencia)


I.3.- Wilfried Reid: Non seulement le face à face, mais encore le divan ou le traumatique et le destin de l’hallucinatoire. (No sólo el ‘cara a cara’, sino también el diván. Lo traumático y el destino de lo alucinatorio)


I.4.- Bernard Voizot: Le tiers indispensable au travail psychanalytique en face à face. (El tercero indispensable en el trabajo psicoanalítico ‘cara a cara’)


II. Études cliniques (Estudios clínicos)


II.1.-Estela L. Bichi: La «phase de nidation». Processus ou non processus dans le travail psychanalytique ? (La «fase de anidación» ¿Proceso o no proceso en el trabajo psicoanalítico?)


II.2.- Christian Delourmel: Face-face psychanalytique et réflexivité psychique. (‘Cara a cara’ psicoanalítico y reflexividad psíquica)


II.3.- Marie-Alice Du Pasquier & Christine Pélissier: «Quand j’avais un an, elle m’a pris mon couffin»: une indication de psychothérapie psychoanalytique corporelle. («Cuando yo tenía un año, ella me quitó la cunita»: una indicación de psicoterapia psicoanalítica corporal).


II.4.- Maurice Khoury: D’un regard regardé, (Acerca de una mirada mirada)


II.5.- Diane L’Heureux-Le Beuf: Le face à face (El ‘cara a cara’)


II.6.- Frédéric Missenard: Quand voir est nécessaire. Intérêt et spécificité du face à face. (Cuando ver es necesario. Interés y especificidad del ‘cara a cara’)


II.7.- Isabel Usobiaga: Le désordre de ton nom. (El desorden de tu nombre)


II.8.- Nathalie Zilkha: Le petit bassin. (El pequeño estanque)


III. Débat (Debate)


III.1.- Bernard Brusset: Les psychothérapies et la loi: un débat d’actualité,


(Las psicoterapias y la ley: un debate de actualidad)








 


 


I. Perspectivas teóricas


I.1.- Claude Janin: La ternura del cirujano.


Janin distingue dos campos conceptuales:


- tratamientos (lo cual supone el establecimiento de un protocolo)


- cuidados (que concierne al compromiso afectivo del que los prodiga)


Concluye que Freud (a diferencia de Ferenczi) siempre consideró al psicoanálisis como un método que se aplica siguiendo un protocolo: un proyecto científico casi experimental que aisla el fenómeno de la transferencia para hacerlo aparecer en el campo operatorio representado por el encuadre gracias al análisis de las resistencias y al levantamiento de la represión. Metáfora paterna (castración, separación, pasivización del objeto) frente a la posición maternal de Ferenczi (identificado a una madre centrada en su bebé, habiendo forcluido la censura del amante, y, por tanto, su posición tercerizante). No obstante, señala, Freud no habría despreciado la cuestión de los ‘cuidados’. Por ejemplo, en La Interpretación de los Sueños sostendría que el sueño es realización alucinatoria del deseo, y también guardián del mismo: función protectora, esta última que, según Janin, encarna a la estructura encuadrante de los cuidados maternos.


De modo que, para él, habría dos polos de referencia del trabajo psicoanalítico (masculino y femenino) cuya copresencia (en el seno de la bisexualidad psíquica) se organiza en las series:


- Tratamiento-paterno-masculino-actividad


- Cuidados-materno-femenino-pasividad


Lo que demandaría del analista ciertas cualidades para que la vertiente ‘cuidados’ no se oponga a la vertiente ‘tratamiento’. A su criterio, lo que define y distingue al psicoanálisis sería su capacidad de modular los diferentes parámetros de esas dos series, no el dispositivo elegido.


Pero el ‘cara a cara’ se impondría absolutamente sobre la paradigmática cura-tipo sólo en los casos en que el desbordamiento pulsional del paciente necesitara que la mirada, la mímica o la gestualidad del analista fueran los únicos soportes posibles de unos ‘cuidados’ que, eventualmente, permitirían advenir el ‘tratamiento’ analítico a través de la palabra.


 


I.2.- René Roussillon: La “conversación” psicoanalítica: un diván en latencia.


“Con frecuencia se insiste, cuando se evoca el interés del ‘cara a cara’, sobre el apuntalamiento buscado en la percepción visual del analista. Personalmente soy sensible a la posible introducción de otro modo de expresión en el cual un contenido psíquico es ’mostrado‘ más que dicho; o bien, al mismo tiempo que formulado verbalmente, el contenido mostrado adquiere el estatuto de un mensaje transferencial.


Incluso ‘el diálogo‘ parece establecerse en dos niveles simultáneos. De un lado, se despliega en un nivel verbal que posee su coherencia propia. Pero del otro, se desarrolla un diálogo mímico-gesto-postural que tiene también su lógica propia, y no necesariamente en sintonía con el diálogo verbal. En la línea propuesta por Freud en Construcciones en análisis, donde evoca el impacto de las experiencias previas al lenguaje, me parece que se puede avanzar la hipótesis de una comunicación electiva de experiencias subjetivas vivenciadas antes de que el lenguaje verbal hubiera asegurado su primacía sobre el conjunto de los modos de expresión del sujeto; es decir, de experiencias arcaicas. Me parece que el ‘cara a cara’ o el ‘lado a lado’ reintroducen en la relación transferencial, modos primitivos de comunicación y mensajes no verbales que utilizan ciertas formas de afecto, de gestos, de mímicas y un ‘modo de conversación‘ que pasan por el entonamiento (sintonía) corporal. Mejor todavía, en los sujetos en los que el registro verbal de los modos de comunicación y de expresión preverbal tiene dificultades, el cara a cara podría ser el único medio de introducir en la transferencia algo de sus expresiones primitivas”


En este curioso e interesante artículo, Roussillon reflexiona sobre eventualidades de su propia experiencia clínica. Describe el chocante comportamiento en las sesiones ‘cara a cara’ (como de desconexión autística) de algunos de sus pacientes previamente analizados en diván (por él mismo o por otros): “situación paradójica, en la medida que esos analizandos parecían reclamar mi presencia y mi intervención aunque toda su actitud parecía indicar una evitación de ésta”. Afirma que el análisis de la función de las asociaciones en las situaciones que le condujeron a adoptar el estilo de “conversación psicoanalítica” parecen indicar que la cohesión del sujeto se efectúa en el encuentro con el objeto, en presencia del objeto, y también en función de la manera en la que el objeto recoge y contribuye a acoger esa actividad ya descrita por Freud como “función de síntesis”.


 A partir de ahí, plantea tres direcciones de investigación, para él indispensables:


- La primera concierne al estatuto del diván respecto al ‘cara a cara’ o ‘lado a lado’ (diván en latencia).


- La segunda interroga a lo diferencial, en la situación fundamental y en el ‘cara a cara’, de aquello que se refiere al lenguaje (manera en que las experiencias presimbólicas pueden ser transformadas en mensajes utilizables por el análisis), lo cual le parece crucial en el análisis de los cimientos narcisistas del sujeto.


- La tercera abre la cuestión del análisis de la “función de síntesis del Yo”, de su prehistoria, y del lugar que ocuparía el objeto transferencial en dicha actividad cohesiva.


 


I.3.- Wilfried Reid: No sólo el ‘cara a cara’, sino también el diván. Lo traumático y el destino de lo alucinatorio.


Reid efectúa un recorrido histórico cuyo hilo conductor será la forma de articulación entre teorías del funcionamiento psíquico y modelos de método:


- Al inicio, el método catártico se correspondería con la teoría del acontecimiento traumático como causa de la neurosis.


- En 1897 aparece el modelo alucinatorio y se abandona el método catártico por el de la rememoración. Freud descubre en la realidad psíquica una existencia diferenciada de la realidad material y la búsqueda del origen se convertirá en la representación/fin del procedimiento, siendo las construcciones meras tentativas de paliar las dificultades para ello.


- En el viraje de 1920 se producirá un reencuentro con lo traumático, pero concebido de forma distinta: trauma estructural que, pulsión de muerte mediante, concierne específicamente al principio organizador de la pulsión (el principio del placer), sin que sea posible fijar su repercusión en el método. La relación entre lo alucinatorio y lo traumático –y, por tanto, entre teoría y procedimiento- deja de ser explicita. Entrará en latencia hasta las elaboraciones de Winnicott sobre el trauma/ambiente.


- A partir de Winnicott, la actualización del modelo teórico sobre la base de una inflexión de los grandes ejes de la metapsicología (pulsión, representación y afecto) comportará una modificación del método: encuentro de lo pulsional, lo alucinatorio y lo ambiental que, por intermediación de la afectividad primaria, desencadenará a su vez tres procesos: integración, personalización y relación primaria con la realidad. A partir de ahí, el trabajo analítico habrá de hacerse sobre el conjunto de la unidad funcional individuo/ambiente que es la psique individual. Su fin será favorecer la renuncia a la omnipotencia absoluta y permitir que una parte de ese psiquismo se desprenda de la influencia inmediata de lo alucinatorio. Mediatización de la omnipotencia, que al conferir un régimen económico propio al sistema preconsciente, abrirá el campo de la transicionalidad, de la interfase entre lo psíquico y lo ambiental, de lo interpsíquico. (El origen interno de la excitación marcaría para Freud su carácter libidinal o destructivo desde un principio, siendo la intricación su evolución óptima. Sin embargo, para Winnicott la: pulsión será una experiencia de sí cuyo destino libidinal o destructivo estará determinado retroactivamente por la respuesta ambiental.) El concepto de ser, en el sentido de autenticidad psíquica, adquirirá un estatuto metapsicológico y derivará del intercambio con un ambiente facilitador. Por el contrario, el hacer -por reacción a un ambiente traumático-, en la medida en que fuerza a desaparecer la dimensión del ser, corresponderá a cierta muerte psíquica (proceso de desactivación de lo intrapsíquico propiamente dicho que constriñe al psiquismo a un modus operandi en la interfase psiquismo/ambiente).


- Retrospectivamente, la metapsicología del trauma-ambiente supone un viraje necesario en el proyecto de articulación de lo alucinatorio y el trauma estructural. El trabajo de lo negativo, introducido por Green en 1993, se presenta como la contrapartida propiamente intrapsíquica de la incursión winnicottiana en la interfase psiquismo/ambiente, ya que reenviaría a una actividad intrínseca del movimiento alucinatorio: planteará una cartografía del psiquismo en donde la dialéctica de lo alucinatorio con el azar de la relación psique/ambiente podrá generar o no un contramovimiento de negativación equivalente a la fuerza de la satisfacción alucinatoria del deseo -que, incluso, puede llevar a la alucinación negativa del objeto-.


Partiendo de esas consideraciones, Reid diferencia dos modalidades distintas de interfase psiquismo/ambiente:


a/ La modalidad intersubjetiva, en la cual el individuo ofrece no una reacción, sino una respuesta reflexiva. Supone tiempo de latencia, diferenciación y conflictividad inconsciente. La interpretación conserva su carácter de metacomunicación y su capacidad para alumbrar algo nuevo.


b/ La modalidad interaccional, que se presenta fenomenológicamente como dos psiques o interpsiques individuales en acción-reacción. El esquema del arco reflejo que, según Freud, animaría a la psique primitiva, estaría aquí transportada a la interfase psiquismo/ambiente. Cada uno de los dos polos de la unidad dual individuo/ambiente podría contribuir a la actualización de ese modo interaccional analista-analizando en el cual la interpretación, aun cuando conserve cierto efecto, pierde su estatuto de metacomunicación y su potencial elaborativo. La interacción transfero-contratransferencial aparecerá como positiva en lo fenomenológico, cuando en realidad, en el plano metapsicológico, lo que hace es reactualizar el fracaso del ambiente primitivo para desactivar el trauma estructural.


El autor ilustra esta última modalidad del siguiente modo:


‘Cara a cara’, los comentarios del analista pueden ser percibidos como una muestra de interés por la persona del paciente, incluso ser gratificados en el instante a través de la mímica y la mirada. Pero después de producirse la interpretación todo sigue igual. Puede incluso que la interpretación sobrevenga en el momento justo en que la dinámica de la interlocución lo requiera o le deje espacio; de ese modo, el decir se va inscribiendo en el hacer y, en lugar de favorecer el proceso analítico, se convierte en un modo verbal de ruptura del encuadre.


Por ejemplo: la ansiedad de abandono no puede elaborarse si la realidad exterior ofrece un desmentido al afecto-cosa que es el sentimiento de rechazo: la descalificación de tal sentimiento facilita su negación. La buena disposición del otro –representado en el setting por el analista-, cuya desaparición aparente formaba parte del motivo de consulta, determinaría entonces la vía de abordaje del sufrimiento psíquico: la angustia deja de ser percibida como algo que le pertenece al paciente, condenándosele a la alienación en el deseo del otro.


Para Reid, pues,


- la interacción (b), a modo de reacción terapéutica negativa, es expresión sintomática de la discontinuidad entre lo inter y lo intrapsíquico; se pone en marcha por la alucinación negativa del sujeto y desactiva la psique.


- Lo intersubjetivo (a), sin embargo, tiene curso en el reconocimiento concomitante de lo intrapsíquico: la relación de sí consigo mismo no está abolida en el modo de pensar la relación con el otro. La alucinación negativa del objeto actualizaría dicha modalidad.


El autor asigna al cuadro externo (diván o sillón, frecuencia, honorarios, reglas) la función de facilitar el cuadro interno. Éste resultará de la evolución favorable del trabajo del negativo, al inducir un vacío estructural necesario a la escisión de concepto y percepción. Vacío estructural que, según el autor, es entorno interiorizado, interiorización de la madre ausente.


Tal es la clave metapsicológica que da sentido a la elección del diván o el ‘cara a cara’: a poco que el cuadro interno sea operativo -sostiene-, el diván es el componente externo más propicio al trabajo interpretativo. Por el contrario, en presencia marcada de lo traumático, la terapia o la cura analítica podrán desarrollarse ‘cara a cara’ (aunque le parezca deseable conservar el diván como horizonte, o incluso dejarlo a elección del paciente, en libre disposición, siendo receptivo a su dificultad para descubrir lo que de verdad siente a ese respecto). ¿Diván o sillón? -se pregunta Reid-. No sólo el sillón –concluye- sino también el diván como horizonte de la cura analítica y de la terapia: de lo que se trataría es de materializar in situ el juego metapsicológico de lo traumático.


 


I.4.- Bernard Voizot: El tercero indispensable en el trabajo psicoanalítico ‘cara a cara’.


Sostiene Voizot que la mera presencia del diván en la consulta lo convierte en un espacio de palabra potencial para el paciente (acceso al placer del funcionamiento asociativo, enriquecimiento del Yo por integración de lo que defensivamente tiene tendencia a rechazar). Tendría el valor de un signo y concretaría para el paciente la cualidad de psicoanalista de quien lo recibe. El diván a la vista introduciría también un término negativo: la posibilidad para el paciente de imaginarse de un otro modo de encontrarse (‘cara a cara’ sería no hacerlo, como quizás otros, en un diván).


Dice también que toda modificación del encuadre tiene una potencialidad traumática. La anticipación de los efectos de las diversas disposiciones posibles en las entrevistas previas determina la elección de aquel que va a permitir a cada paciente concreto el reconocimiento de las representaciones inconscientes de su sexualidad infantil. Así que, siempre que parezca necesario, conviene enunciar entonces la eventualidad de una modificación -y de lo que podría motivarla- para ligarla al proceso y reducir su carga de acting out en respuesta a sus movimientos pulsionales.


- En el diván, mientras el paciente puede investir su inmovilidad sin recurrir, por ejemplo, a una sobreinvestidura de la palabra como equivalente a la actividad reparadora, aceptará la imagen que el otro se hace de él en su situación de pasividad.


- ‘Cara a cara’, las conductas del paciente y sus modalidades defensivas son vistas y comentadas por la palabra del analista. El estilo de esa presencia y de esa mirada tienen un aspecto especular. El valor narcisístico de una imagen suficientemente buena de sí adquiere una dimensión defensiva que permitirá al paciente el acceso a la pasividad y al placer de un funcionamiento asociativo fluido: su Yo autorizará la regresión en total seguridad (ya que la persistencia de un sentimiento de peligro es lo que le empujaría al acting o a implicarse en una función defensiva de vigilancia y control). El funcionamiento del analista representará pues, una función protectora que, una vez simbolizada, puede incorporarse vía identificación.


El dispositivo ‘cara a cara’ permite un trabajo psicoanalítico con pacientes cuya economía psíquica se funda en la necesidad de un andamiaje perceptivo visual y motor (no se ven a sí mismos, no llegan a transferir a lenguaje algo de su vida psíquica: la palabra está tan pegada a la realidad que las emociones y pensamientos se les imponen. Si no imaginan poder comprender su significado, se verán obligados a expulsar las representaciones inaceptables). Al no haber espacio de juego posible, la instauración de un campo tópico entre la mirada del sujeto y la del analista -donde un objeto común pueda ser ”encontrado/creado“- se hace necesario.


Tópica que haría figurable la representación de las fuerzas pulsionales en conflicto, y posible la interiorización progresiva de las representaciones de alteridad. Dicho dispositivo, sin embargo:


- podría favorecer una relación de seducción narcisista (una suerte de captura originada en el movimiento fusional madre/bebé en seducción mutua que excluye al mundo circundante) si el psicoanalista no está atento, aislándolos en un modo de funcionamiento incestuoso abocado a la circularidad. Nada de lo expresado por el analista se escaparía al paciente -cuya tendencia será negar las diferencias simbólicas presentes-. El desprendimiento no sería posible más que por efecto de la interpretación.


“Cuando el paciente se evade con el pensamiento en las sesiones, comienza a probar su capacidad de ‘estar solo en presencia de la madre’. El analista, al reconocer esta capacidad de juego, autentifica la toma de distancia en relación al vínculo de seducción narcisista descrito”.


- puede incrementar el registro de acciones dirigidas al analista para obtener una respuesta - una parte de la transferencia manifestarse como búsqueda de interacción. La terceridad sería una condición indispensable para que el señalamiento de las diferencias por el analista pudiera ser inscrito en el preconsciente.


“La representación de ese actuar transferencial pasaría por la evocación de la mirada de un tercero-testigo: la formulación del punto de vista de un tercero en la intervención del psicoanalista podría desanudar esa relación de captura en la que la dimensión narcisista obstaculiza la actividad de representación”.


El autor señala que Freud mostró que un contenido reprimido puede arribar a la conciencia a condición de dejarse negar. Los trabajos freudianos sobre la negación y la prueba de realidad aclararían las modalidades de discriminación entre el adentro y el afuera:


- La función del juicio se afanaría primero en calificar a un objeto: si es ‘bueno’ será introyectado, si es ‘malo’, expulsado.


- Luego buscaría conferir la cualidad de real a una representación: se trataráde saber si algo que existe en el Yo puede ser reencontrado fuera.


El nacimiento de una función intelectual a partir del juego de las mociones pulsionales primarias no sería posible más que por la creación previa del símbolo de la negación. Éste permitiría a la actividad de pensar separarse de las consecuencias de la represión y del apremio del principio del placer. Si el objeto interno suficientemente bueno autoriza a pensar en un objeto ausente, el Yo puede aspirar a reencontrar el objeto deseado. La prueba de realidad estaría fundada sobre la experiencia de lo “destruido-encontrado”.


“La pulsión de mirar, al principio es autoerótica y encuentra su objeto en el propio cuerpo. Pertenece al narcisismo. Seguidamente, por vía de la comparación, es conducida a cambiar el objeto encontrado en el propio cuerpo por un objeto análogo en el cuerpo del otro. Dependiendo de la organización narcisista, avanza hacia formaciones finales activas o pasivas (ser mirado sostiene el funcionamiento narcisista). La capacidad de representar esta capacidad pulsional no sería realizable más que a partir del momento en que la ambivalencia del objeto se ha instaurado definitivamente. Y para que los mecanismos de escisión masiva no se instalen expulsando por medio de la proyección lo detestado, hace falta que el objeto pueda contener la descarga de las mociones pulsionales agresivas”.


La pareja analista-paciente deberá ser pues, según el autor, suficientemente continente para que la pulsión de mirar pueda ser satisfecha sin que se establezca la retorsión de una mirada dominante sádica. A través de la expresión de su mímica y sus palabras, el analista mostrará a la vez que ha sido tocado y que puede verbalizar su comprensión de lo que ocurre: el objeto habrá sido alcanzado pero no destruido.


 


II. Estudios clínicos.


II.1.-Estela L. Bichi: La “fase de nidación” ¿Proceso o no proceso en el trabajo psicoanalítico?


Este artículo -ilustrado por el abordaje clínico de un joven fronterizo- busca la validación y conceptualización del ‘cara a cara’ como fase de apertura o de  “nidación“ del proceso psicoanalítico con pacientes “difíciles” (personas no neuróticas caracterizadas por un doble funcionamiento, esencialmente narcisista, y un uso notable de mecanismos de escisión). Pacientes carenciados (debido a la ausencia del objeto primario, la repetición en el vínculo intersubjetivo es la única posibilidad de acordarse de lo registrado como simples impresiones desprovistas de toda organización) cuyos contenidos transferenciales transforman a la transferencia misma en un proceso regresivo, de tal suerte que “si en un sueño una alucinación reemplaza a un recuerdo, en la transferencia una repetición remplazará a un recuerdo”.


Nidación:


“la función continente/interpretativa materna (Bion) es la que permite el recorrido/transformación desde lo económico a lo psíquico. La estructuración del campo analítico y la necesaria alternancia de momentos de proceso y no-proceso (Baranger) requiere que el analista ponga en juego sus capacidades identificatorias y regresivas. Estas subyacen a la contratransferencia -en los registros consciente, preconsciente e inconsciente- en el trabajo de atención, escucha, observación y verbalización”.


“En el ‘cara a cara’-continúa-, el soporte perceptivo motor remplazaría, según algunos autores (Smadja, Szwere), a una regresión faltante”. Según la autora, este dispositivo tendería a estimular un movimiento regresivo hacia una antigua relación de objeto, hacia las identificaciones arcaicas, hacia experiencias primarias en las cuales el vínculo materno habría sido establecido vía presencia y mirada de la madre. La presencia y mirada del analista ofrecerían sostén a un psiquismo que de otro modo perdería sus límites estructurales, y cuya expresión – somática, proyectada al mundo exterior o actuada- sería arriesgada. Pacientes que no hubieran podido elaborar sus angustias arcaicas, las situaciones traumáticas de duelo, de ausencia o de vacío psíquico, se podrían enfrentar a un riesgo de desintegración del Yo o a peligrosas exclusiones defensivas. Necesitarían, por tanto, de una función contenedora adicional (la presencia del analista-objeto-real, de su cuerpo y de su mirada unificadora). Una envoltura visual de “estado de unidad y fuerza” (Anzieu) que, incorporada como “yo-piel visual” (Bichi), sería sostén y matriz de las representaciones de sí mismo y de las relaciones de objeto que el analizante construirá/reconstruirá.


La manera en que el analista mira al paciente evoca o recuerda de modo regresivo a otra mirada estructurante, cuyo efecto insuficiente puede ahora ser modificado o completado –dice Bichi. La internalización del vínculo no sólo con el analista (fundado principalmente en intercambios senso-motores) sino también con su función analizante (es decir, su capacidad de asociación, su comprensión transferencial y su visión empática de las cosas) reproduciría a la del lazo primitivo que, igualmente fundado sobre elementos sensoriales, debe haber conducido a la elaboración de los contenidos precursores de sentido, presimbólicos, de la psique del paciente. En esta segunda oportunidad, la tarea sería modificar los efectos perjudiciales del vínculo original.


La autora señala que, a menudo, se ha de afrontar una desconfianza fundamental sembrada por el primer objeto. En diván, la presencia/ausencia del analista fuera de su campo visual podría llevar a ciertos pacientes a una intensificación de los mecanismos de proyección e identificación que perturban la fase inicial (de nidación) del proceso. Al contrario, la presencia del analista in toto en el campo motor/perceptual tendería a mitigar dichos mecanismos. Adicionalmente, el dispositivo ‘cara a cara’ favorecería la transformación de la transferencia especular en transferencia idealizada (Kohut).


Bichi afirma que la actitud analítica ha de ser a la vez sólida y flexible. En un primer tiempo, el trabajo de asociación se limitará a señalar las relaciones entre los hechos. Una vez cumplimentada esta etapa, un trabajo más profundo de interpretación o de construcción puede ser abordado progresivamente. Si todo va bien, analista y analizando van a ir incorporando ese objeto llamado ‘proceso analítico’ que ha anidado poco a poco tanto en el curso de las sesiones como a través de sus intercambios. La situación clásica (analista en ausencia virtual) sería, pues, un objeto-fin; un ideal a alcanzar que el analista conservaría en cualquier caso consciente o inconscientemente.



II.2.- Christian Delourmel: ‘Cara a cara’ psicoanalítico y reflexividad psíquica.


Según el autor, la metáfora freudiana del “oro y el cobre” empastó durante mucho tiempo los debates en torno al dispositivo, mantuvo la idealización de la cura-tipo en detrimento del dispositivo ‘cara a cara’ y fue testimonio de las dificultades para admitir en toda su amplitud el giro producido al pasar de la primera a la segunda tópica en 1920. Éste supuso un profundo cambio en las concepciones del aparato psíquico y de su funcionamiento. La representación perdía su lugar de referencia en favor de la moción pulsional. El Yo se descubría en toda su vulnerabilidad debido a la inconsciencia de su fundamento, de sus defensas y resistencias. En la lógica de esos cambios, iban a plantearse cuestiones nuevas en torno al proceso analítico, al estatuto de la interpretación y una reflexión sobre el dispositivo necesario para su optimización en el psicoanálisis postfreudiano.


En 1938 Construcciones en el análisis introduce una nueva mutación en el pensamiento freudiano: la constatación según la cual el retorno del pasado se hace a veces en forma de flash casi alucinatorio, en cortocircuito respecto a la vía habitual de rememoración bajo forma de recuerdo representado, lo que conlleva un cuestionamiento respecto al estatuto de la rememoración en la cura y del levantamiento de la amnesia infantil como finalidad primera del análisis. Su resonancia con las implicaciones de la segunda tópica llevará al psicoanálisis contemporáneo a cambiar de vértice para fijar el funcionamiento mental como referencia principal de la sesión.


André Green –prosigue Delourmel-, en la lógica de sus trabajos sobre el funcionamiento límite y su concepción de la heterogeneidad del significante, plantea desde 1976 la “función de representación de los procesos psíquicos intra e intersubjetivos” como finalidad primera del trabajo analítico y, posteriormente, la elección del dispositivo como mero facilitador de dicha función. En 2001, Green (Mythes et réalités sur le processus analytique) avanza que


“en las situaciones ‘cara a cara’ se estaría en presencia de un modo de encuentro que sería a la situación externa de terror –considerada por Freud como contrapartida de la experiencia primaria de satisfacción- lo que la asociación libre es al sueño”


y será el indicio de una entrada en crisis mayor de los límites del adentro y el afuera, de momentos en que


 “la asociación libre, testimonio de la reflexividad, falta –(una falta representada por) la pobreza de las mediaciones psíquicas y la ausencia de estructuras intermediarias, lo que da un aspecto descarnado al material o lo convierte en difícilmente comprensible por su débil apoyo en formas verbales –siendo remplazado por un material que se sitúa en una tensión actuante; lo que moviliza en el analista la agudización de la escucha y la percepción en el lugar de la atención flotante”.


La resonancia en el psiquismo del analista de esos momentos traumáticos activados en el paciente por la situación analítica, implica a veces al analista en un movimiento de regresión formal de su pensamiento y en un “trabajo en doble”.


Se conoce el papel decisivo de las condiciones negativizantes del dispositivo diván –dice el autor- en la adquisición por el encuadre de la cualidad  “de aparato psicoanalítico cuya función apunta a la transforma¡ción del aparato psíquico en aparato de lenguaje y viceversa“ (Green). Si el cara a cara preserva lo esencial de la asimetría negativizante necesaria al despliegue de lo intrapsíquico y lo intersubjetivo (duración fija de las sesiones, ausencia de salida motriz, ausencia de respuestas distintas a lo interpretativo por parte del analista, etc) la positividad del “ver-ser visto” implicará diferencias en las modalidades de transformación del aparato psíquico en aparato de lenguaje operadas bajo el efecto del encuadre. El par “ver/ser visto” y su basamento pulsional  “voyeurismo/exhibicionismo” están, de hecho, en el corazón del cuestionamiento metapsicológico de los procesos específicamente movilizados por cada uno de los dispositivos.


El ‘cara a cara’ -concluye- activará un proceso analítico distinto del que se desarrolla en el marco clásico. Al modelo del sueño responderá en contrapunto el modelo del juego.


Finalmente, Delourmel describirá en este artículo -centrándose en las diversas modalidades del proceso movilizados con ocasión de los cambios en el dispositivo y siguiendo los destinos de la simbolización- el caso clínico de una mujer impedida de comenzar el análisis de otro modo que no fuera ‘cara a cara’.



II.3.- Marie-Alice Du Pasquier & Christine Pélissier: “Cuando yo tenía un año, ella me quitó la cunita”: una indicación de psicoterapia psicoanalítica corporal.


Según las autoras, la terapia corporal psicoanalítica o psicoterapia de relajación se dirige a pacientes que presentan trastornos de la constitución del Yo y cuyo sufrimiento sigue estando inscrito en el cuerpo por carencias en la mentalización. Ese dispositivo, al tener en cuenta la realidad material y la dimensión metafórica, apunta a hacer posible la evolución de lo perceptivo a lo representativo, la transformación del cuerpo doliente en cuerpo afectado, y por tanto, acceder a la subjetivación. Se presenta el caso de Margot, una adolescente de 14 años que acude con su madre a la consulta de Pelisier después del rápido abandono de una tentativa de terapia psicoanalítica.



II.4.- Maurice Khoury: Acerca de una mirada mirada.


La expresión ‘cara a cara’ invocaría parcial y tendenciosamente, para el autor, una suerte de simetría, una oposición diametral cuya dimensión especular choca por su pregnancia. Se revela por la repetitividad de un término, por su connotación de retorno de un símil, lo que da una impresión de circularidad o un vago sentido de indiferenciación. Evoca lo parecido, el efecto espejo, ausente en la expresión diván-sillón. El autor señala cómo se formula referido a una posición espacial, a la postura de una parte del cuerpo (la cara), mientras que la situación de la cura-tipo es generalmente expresada por un elemento del mobiliario, desplazamiento metonímico en el cual la dimensión corporal se desvanece en provecho de una situación geográfica. La connotación dual parece no dar paso al corte, a la diferenciación, sino a todo tipo de relaciones circularizadas y conflictualizadas donde la identificación imaginaria y la captura especular pueden devenir alienantes: la cara como juego de comunicación intersubjetiva o interpersonal, con puertas de entrada y de salida en los órganos de los sentidos; la mirada como única “roca biológica” que hará la diferencia con la cura-tipo, de modo que el rostro del otro adquiera función de contrainvestidura, por vía de la percepción, de una realidad interna intolerable y pueda ser utilizado en su realidad para confortar la imagen que tiene el paciente de sus objetos internos. Simetrización en términos de solicitación más o menos manipulativa, o de una reciprocidad a la vez temida, que puede tener como objetivo defensivo o perverso desactivar al analista o el análisis, pero que asimismo puede ser analizada.


Una cierta dosis de neutralidad puede ser perfectamente posible en el ‘cara a cara’, pero demandaría del analista un cierto desprendimiento y descentramiento. En la comparativa de los dos tipos de dispositivos, habría un nivel propiamente clínico que consideraría como inseparables los elementos del tríptico “dispositivo, proceso e intervención” y un nivel epistemológico que concebiría a cada dispositivo realizando un tipo de proceso característico y específico (lo que impide privilegiar uno de ellos). Salto epistemológico que pasa, de tomar en cuenta la posición del cuerpo (tumbado, sentado), al concepto metapsicológico de regresión.


Khoury hace una larga incursión en los desarrollos y las conceptualizaciones que realizaran Freud y Lacan en torno a la pulsión escópica, y también en el concepto de “desmantelamiento” del analista propuesto por D. Meltzer, para concluir:


“Si la actividad sensorial inmediata de la mirada no está presente es cuando el psiquismo se inviste de una representación de la mirada. Al contrario, cuando la mirada parece omnipresente en el seno de una actividad interna intolerable – como el ejemplo extremo del delirio testimonia- es la mirada presente en su actualidad, y sus ajustes ’intersubjetivos‘ lo que inviste a la relación; pero siempre indefectiblemente ligada a la construcción de un espacio psíquico bajo el reino de lo representacional”.



II.5.- Diane L’Heureux-Le Beuf: El ‘cara a cara’.


La autora aborda el ‘cara a cara’ en psicosomática. No se trata de pacientes con un modelo único de estructuración, sino de distintas modalidades más o menos temporales de organización psíquica: la diversidad de los pacientes aquejados de este tipo de dolencia es tan diverso que sería abusivo pretender que todos ellos son aptos para un trabajo analítico bajo tal modalidad aunque, para ella, en ningún caso la enfermedad somática deba ser interpretada. Aun cuando el síntoma puede tener un cierto valor expresivo, lo estrictamente somático permanece opaco y enigmático. En cambio, todo lo que dice el paciente, incluso lo que dice de su afección, tiene un sentido y puede representar un deseo o un conflicto: sus palabras remiten a su historia, a su pasado.


Según la autora, para aquellos pacientes cuyo funcionamiento psíquico es regularmente cortocircuitado por afecciones somáticas frecuentes y graves, el analista debe diseñar un dispositivo con estas características:


- Cara a cara para permitir un anclaje en la mirada y gestos del analista ante las dificultades regresivas y de representación del paciente.


- Interpretaciones e intervenciones más frecuentes y formulaciones quizás diferentes para relanzar el trabajo asociativo, con una función animante del preconsciente. Utilización de modos interrogativos para invitar a la curiosidad, al placer de la sorpresa en un modo de pensar que permita la incertidumbre.


- Vigilancia en cuanto a las variaciones económicas y al valor y función del síntoma somático par intentar restablecer un mejor funcionamiento psíquico del paciente.


- Atención particular a la contratransferencia marcada por la presencia del cuerpo sufriente y por la muerte; así como también por la relación del analista con su ideal psicoanalítico y sus referencias teóricas con frecuencia excesivamente idealizadas.


Los indicadores para la puesta en marcha de tal dispositivo serían:


- Una “mentalización” compleja, con dificultades de representación y de asociación entre representación de palabra y representación de cosa.


- Una necesidad de percepción cuya falta lo confrontaría con el abandono.


- Una indiferencia en relación a su propia vida psíquica.


- Perturbaciones de la simbolización.


- Dificultades regresivas (con riesgo de regresión brutal)


- Una fragilidad narcisista.


- Importancia de las pulsiones destructivas


- Establecimiento problemático de la neurosis de transferencia.


- Tendencia al acto a la par que intolerancia a soportar la angustia y las tensiones pulsionales.


- Elaboración psíquica incierta de las excitaciones, que tenderían a tomar la vía somática como alternativa a la psíquica.



II.6.- Frédéric Missenard: Cuando ver es necesario. Interés y especificidad del ‘cara a cara’.


Apoyándose en algunas viñetas clínicas, Missenard trata de dilucidar qué es lo que puede llevar a un analista a optar por trabajar ‘cara a cara’. Se pregunta si tal recurso, cada vez más frecuente, no será testimonio de una evolución donde la depresión oral y la ausencia de castración oral simbolizante -ligada a la disminución de las contrainvestiduras paternas necesarias para desplazar, elaborar y transformar las angustias arcaicas en angustias de castración-, vendría a sustituir a la clínica de lo prohibido. Tal cambio sería notorio en la clínica infantil, donde la excitación y la megalomanía parecen cada vez más marcadas.


Missenard recorre las diversas teorizaciones centradas en la influencia del rostro del otro para el desarrollo (Lewin, Winnicott, Spitz…) y señala la importancia de las huellas corporales sobre las verbales en los procesos identificatorios. Concluye que el problema de la identificación es, en sí mismo, irresoluble: lo demostraría la diametral oposición entre planteamientos como el de Winnicott (que entiende la acción analítica como el retorno de un modo de funcionamiento donde el analista usa sus capacidades identificatorias para restituir al paciente su propia imagen) y el de Lacan (cuya descalificación de lo imaginario incluye a las ilusiones identificatorias).


El diván tendría la ventaja de separar las bases sensoriales de la identificación; sin embargo, el ‘cara a cara’, podría tener el interés, como en el análisis de niños, de hacer evidentes ciertos elementos sensoriales actuantes y permitir aclarar los componentes de los fenómenos de identificación en marcha. Las consecuencias de ese trabajo ‘cara a cara’ serían múltiples: aparte de lo más técnico y superficial (comunicación visual, mímicas, respuestas), el analista se encontraría preso de un juego identificatorio que se le escaparía en su mayor parte y en donde su experiencia en tanto terapeuta adquiriría una mayor importancia. Entonces, ya que su presencia real le obliga a actuar como tercero, la tarea psicoanalítica sería mantener abierta la regresión del analista para permitir la emergencia de material arcaico. La cura tipo puede y debe quedar siempre como su referencia interna.



II.7.- Isabel Usobiaga: El desorden de tu nombre.


El ‘cara a cara’ tiene sus indicaciones en positivo: constituye un dispositivo privilegiado para pacientes somáticos y “no neuróticos“, o que presentan aspectos psicóticos importantes. Usobiaga expone el caso de Victoria: una paciente bulímica y deprimida, de 28 años y 128 kg de peso, que se vive como horrorosa a la vista de cualquiera y para quien un trabajo ‘cara a cara’ permite, en un momento del funcionamiento <en doble>, acceder a la figurabilidad para sentir su cuerpo como erótico y tener el placer de mirar y ser mirada…y conocida.



II.8.- Nathalie Zilkha: El pequeño estanque.


El título hace referencia a una metáfora a propósito del dispositivo ‘cara a cara’ que le fue sugerida a Zilkha por una paciente (con carencias de subjetivación y tolerancia a la pasividad/pasivización) cuyo tratamiento ilustra este artículo:


“en el mejor de los casos, hacer pie permite al analizante el jugar a perderlo, dejarse penetrar y desestabilizar por lo que viene de sí mismo o del otro, dejarse llevar, poder sumergirse mucho o poco teniendo el fondo a la vista…”.


En su polisemia –comenta Zilkha-, el pequeño estanque comprende también el cuerpo, tanto su eje como su interior, al igual que lo femenino en los dos sexos…


La autora invita a ampliar la reflexión en torno a la presencia del cuerpo (de analista y analizante) en tanto mensaje utilizable psicoanalíticamente. Se pregunta si se ha de ser más sensible a las circunstancias donde la percepción es utilizada de manera defensiva que a las situaciones en las que entra en resonancia con lo alucinatorio y deviene cogenerativa de representación y de transformación psíquica. Relata otro caso donde la paciente va construyendo una representación de su propio cuerpo a través de la mirada sobre el cuerpo de la analista. Analiza el potencial generativo de la expresión corporal de la analista, del reflejo de los movimientos internos de ésta, las expresiones de la cara y del cuerpo.


“En el ‘cara a cara’ , lo quiera o no el analista, su cuerpo se hace vector de mensajes, ya sean éstos defensivos o de rechazo. En esas circunstancias, el silencio, ¿favorecerá o interferirá la introspección?”


Recuerda que, para Winnicott, no es la percepción (del rostro de la madre), sino la investidura de la percepción, lo que tiene función de apuntalamiento: investidura conjunta de un reflejo y de la interiorización de una función de reflejo. Así que el cuerpo artificial o defensivamente silencioso del analista probablemente favorecerá el anclaje en lo perceptivo en el paciente, generando interferencias; mientras que un eco suficientemente bueno permitiría olvidarlo para dar acceso a la representación.


El rostro está en el corazón de la identidad del individuo -concluye-. El de la madre refleja también lo que de su realidad psíquica es movilizado a través de la relación con su hijo. Ahí puede haber un tabú: el de apropiarse por la mirada de lo que se escapa a la madre de su propio continente negro, o de lo que ella intenta esconder. ¿Será entonces afrontar dicho tabú, mirar de frente? La vergüenza podría testimoniar de un tabú ligado tanto a la mirada sobre el objeto como a la mirada del objeto sobre sí. Tiene un elemento crítico: puede ser prohibida por el objeto tanto para protegerse como para proteger. Prohibición de pensar, veto a la reinterrogación de las imagos y a su transformación, pero también veto a una mirada crítica sobre los objetos de los objetos.


 


III. Debate.


III.1.- Bernard Brusset: Las psicoterapias y la ley: un debate de actualidad.


Las reacciones generadas por la ley del 11 de agosto de 2004 -marco legal para la utilización del título de psicoterapeuta en Francia a la espera de un desarrollo reglamentario- se describen en relación a la actualidad de la oferta desde las perspectivas de la psiquiatría, la psicología clínica, el psicoanálisis y las psicoterapias no psicoanalíticas. Se abordan las consecuencias de la práctica silvestre de algunos autoproclamados discípulos de Lacan y los problemas derivados de la regulación.






Notas:


(1) Peter Gay: Freud, una vida de nuestro tiempo. Ed. Paidós. Barcelona (2004)


(2) Dejando aparte al psicoanálisis de niños, cuyo impacto en la reformulación de esta temática puede ser fácilmente colegido.

 

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