El cuerpo y el psicoanálisis [Lartigue, T., 2006]

Publicado en la revista nº023

Autor: San Miguel, Mª Teresa

Reseña: El cuerpo y el psicoanálisis. Teresa Lartigue (compiladora). México. Editores de textos mexicanos. 2006





Este libro es una selección de las ponencias presentadas en el XLIII Congreso Nacional de Psicoanálisis de


La responsable de esta compilación, Teresa Lartigue, participa con un trabajo en la edición y nos presenta a los ponentes, la mayoría miembros de la APM y con amplios curriculum, tanto académicos como de experiencia profesional. Con mención especial entre los participantes en el Congreso aparece Claudio Laks Eizirik, psicoanalista didacta de la AP de Brasil y presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) (2005-2007).


En total son quince artículos, distribuidos en otros tantos capítulos. La mayoría de ellos son breves y, en palabras de la compiladora, “intentan, por una parte, acercarnos al cuerpo imaginado, temido, y representado a través de la literatura, la poesía, la música y la pintura; y, por la otra, interrogarnos respecto del lugar que ocupa el cuerpo en la teoría psicoanalítica y en las nuevas formas de psicopatología a las que nos enfrentamos en el siglo XXI” (Lartigue, introducción, p. xii).


El primer capítulo recoge el trabajo de C. Laks quien comienza aludiendo a los llamados trabajos culturales de Freud. En el más renombrado –El malestar en la cultura-, Freud afirma que el destino de la especie humana dependerá de hasta qué punto el desarrollo cultural logre hacer frente a los problemas colectivos emanados del instinto agresivo y de la autodestrucción. Laks opina que este aviso puede considerarse profético y centra en cuatro elementos de nuestra actualidad algunas expresiones de la destructividad y del origen de la infelicidad y la angustia de los seres humanos. Según el autor (Laks, p. 3), estos elementos serían:


1- La crisis del pensamiento, o la tendencia a la des-mentalización.


2- Las manifestaciones del terrorismo, sean las agudas (actos brutales y violencia hacia personas e instituciones) o las crónicas (la sangría de las poblaciones mediante la corrupción interna y los acuerdos leoninos internacionales).


3- La falta de perspectivas sociales, económicas y de obtención de placer personal; en especial para los jóvenes.


4- La inevitable irrupción de más psicopatologías y de la violencia individual y grupal.


Varios son los autores psicoanalíticos que habrían reflexionado sobre estos malestares de nuestra cultura. Se cita a Lasch (1978) quien intentó una síntesis entre las ideas de Marx, Freud y la escuela de Frankfurt. Es dicho autor quien acuña la expresión “cultura del narcisismo” para caracterizar una época en la que la familia se quiebra como sistema de guía moral y es la evitación de los conflictos, a través de concesiones que tienden a la intensificación de la gratificaciones pulsionales, lo que prevalece. De esta manera se deteriora nuestra capacidad para la auto-disciplina, para un adecuado desarrollo del superyó. En nuestro mundo prevalecerían las imágenes, resultando difícil distinguir entre fantasía y realidad, así como discriminar entre quién realmente somos y la imagen que de nosotros proponen los productos que consumimos. En suma, la cultura del narcisismo sustituye el valor de la disciplina y el trabajo por un mundo donde priman las impresiones, la apariencia y los disfraces.


El otro autor citado por Laks es Kernberg, quien exploró los motivos del atractivo que ejerce la denominada cultura de masas. Para Kernberg (1989) se dan fenómenos regresivos en esas manifestaciones, sobre todo en los transmitidos por los medios de comunicación y se considera que esta importancia estaría conectada con los convencionalismos con la fase de latencia. Otros pensadores, como Ahumada o Virilo, han señalado los efectos de los medios audiovisuales y la electrónica en un cierto déficit identificatorio, en la prolongación de la adolescencia y en esa atracción por lo virtual que se manifiesta en la búsqueda de estar en todas partes y en ninguna. Pero es Lyotard (1979) quien puso nombre a la “condición posmoderna”, concepto que no deja de levantar polémica pero que ha terminado por englobar una cierta crisis cultural cuyos rasgos pueden ir desde el escepticismo, la crisis de los que fueron proyectos emblemáticos de la Ilustración o la idealización de la ambigüedad hasta otros como el reclamo de que se respetan los derechos de las minorías, el aumento de las patologías de la gratificación inmediata, la idealización del cuerpo joven, de la cirugía plástica o la idea de que envejecer es feo y malo. Laks traza un panorama relativamente pesimista acerca de nuestro tiempo pero no deja de señalar “motivos para la esperanza”.


Con respecto a las consecuencias que estas características culturales han supuesto para la clínica, Laks señala el aumento de patologías borderline, narcisistas y perversiones. Por otra parte, la cultura en la que estamos inmersos no promueve una relación íntima como la que se da en la situación analítica; de ahí que esta relación pueda vivirse por los pacientes como “siniestra”. Ahora bien, según el autor, el psicoanálisis no ha dejado de evolucionar y él se centra en tres aspectos de la técnica donde pueden apreciarse dichos cambios.


El primer concepto que presenta es el de contratransferencia, para el que traza un desarrollo desde los trabajos de Freud, quien la entendía como un obstáculo en la cura, hasta el cambio que inauguran Racker y Heimann, para quienes la contratransferencia pasa a ser un medio de investigación del mundo interno del paciente. Otros autores, como Sandler (1976), criticarán la extensión que ha sufrido el concepto y se aboga por considerar “contratransferencia” tan sólo a las respuestas específicas de un analista para las cualidades específicas de un paciente (posición a la que se adhieren también Thomä y Käechele). Laks cita una reciente publicación en colaboración con otros analistas en la que se hace un recorrido por “cuatro culturas psicoanalíticas” sobre el uso que hacen de este concepto. En todas ellas se acepta que el analista tiene una identidad profesional y personal y que ambos aspectos están entrelazados en su trabajo. La otra característica común a las escuelas psicoanalíticas es una mayor mutualidad entre analista y paciente, lo que Laks interpreta como la asunción, por parte de los analistas, de una cultura que demanda mayor “democratización” en el ejercicio profesional.


Con respecto a la neutralidad analítica, el concepto se ha ido tornando cada vez más complejo. Hoy en día se da una cierta polarización entre autores como Renik, que proponen su abolición y otros, como Blue, para quien el concepto subraya la asimetría de la relación entre analista y paciente. Laks se muestra partidario de mantener el concepto para referirse a una determinada distancia que el analista debe mantener frente a la transferencia del paciente, a la contratransferencia y sus propios rasgos de personalidad, su sistema de valores, las presiones externas así como también frente a la propia teoría psicoanalítica.


Para finalizar, el concepto de campo analítico (propuesta original de los Baranger, 1961-2) es para Laks un concepto esencial pues pone límites a la omnipotencia del analista. Con el concepto de “campo analítico” se hace referencia a una fantasía inconsciente que surge en el encuentro analítico; no es sólo el interjuego entre identificaciones proyectivas e introyectivas, sino una (…) producción original, que se genera en el campo, y que por su mediación se estructura su dinámica y que incluye zonas importantes de la historia personal de los participantes. (Laks, p. 9). Aceptar la presencia de esta fantasía implica asumir que cada uno de los integrantes del vínculo participa en la producción de la intersubjetividad y que, finalmente, cada relación analítica es única e irrepetible.  


La siguiente intervención es la de Lartigue y lleva por título: “El cuerpo muerto-vivo. Un estudio en el Instituto Nacional de Perinatología sobre la depresión en el embarazo”. En el apéndice del mismo se presenta una “guía para la entrevista clínica psicodinámica de los estados depresivos con base en el modelo de Hugo Bleichmar” que ya ha sido publicada en el nº 21 de Aperturas Psicoanalíticas (diciembre, 2005). La autora está interesada por la relación entre muerte y depresión, explicitando que el título de su intervención se inspira en los conceptos de padre y madre muertos de Freud, en el concepto de los muertos vivos de H. Bleichmar, del complejo de madre muerta de A. Green y del complejo de hijo muerto de Ch. Bollas. También menciona el significativo hecho, constatado en varios estudios, de que los casos de depresión en mujeres son el doble que en hombres.


En la obra de Freud –señala Lartigue- la imagen de la madre remite tanto a lo amado como a lo temido; su evocación trae aparejada la angustia de muerte pues en la figura de la madre se condensa el origen y el fin de la vida. Respecto al padre, sabemos que Freud ligó los avatares acaecidos en la prehistoria de la humanidad (la horda primitiva y la muerte del padre) con los de la infancia individual (el complejo de Edipo que reedita el origen del contrato social, la ley y la moral). Una de las angustias que acompañan la problemática edípica es la angustia de castración. Lartigue (p. 17) invoca la diferencia establecida por Green (1980) entre “angustia roja” (ligada a la castración y que supone pérdida de cosas del cuerpo: heces, pene, hijo) y la pérdida del pecho, que remite a la pérdida del objeto, de la protección del superyó y, en general, a todas las amenazas de abandono. Aquí la angustia tendría los colores del duelo: “negro” (de la depresión grave), “blanco” (de los estados de vacío).


La autora presenta el “complejo de madre muerta”, concepto de Green (1980) con el cual se alude a una serie de vivencias que se producen en el hijo cuando su madre se encuentra inmersa en un proceso de duelo grave. La situación se agrava cuando el niño ignora que en el origen de los estados de su madre (sentimiento de tristeza y una falta de interés hacia él), se encuentra una pérdida sufrida por ésta y que es ése el motivo del cambio extremo que el niño experimenta (pasar de sentirse amado por la madre a ser tratado con una gran frialdad). Este trauma narcisista tiene dos componentes: el relativo a la pérdida de amor de la madre y a la pérdida del sentido, ya que el hijo carece de señales para interpretar el cambio; de ahí que tienda a interpretarlo como efecto de sus propias pulsiones hacia el objeto. Si el duelo de la madre ocurre cuando el hijo se encuentra en la etapa caracterizada por el descubrimiento del “tercero” los efectos son muy negativos ya que el hijo va a interpretar desde esta óptica la falta de amor de la madre, de manera que, al tiempo que pierde el lazo con la madre, el padre se vuelve inaccesible. Según Green, los movimientos defensivos del yo son dos: el primero, y principal, es retirar la investidura al lazo afectivo con la madre e identificarse, inconscientemente, con la madre muerta. La identificación es simultánea a la pérdida del objeto, como vía de retener este último. El segundo movimiento defensivo se dirige a dar un sentido a lo vivido como sinsentido. El niño o la niña pueden atribuirse de forma omnipotente el ser los únicos causantes del estado que sufre la madre, o buscar un culpable en el padre, lo que precipitaría un complejo de Edipo precoz (pero no como el postulado por M. Klein). La situación creado por la falta de sentido activa un segundo frente de defensas que pueden ser: desencadenamiento de un odio que busca la dominar y humillar al objeto; búsqueda de placer puro, sin ternura ni consideración por el objeto; desarrollo temprano de capacidades fantasmáticas e intelectuales del yo. Ahora bien, este último intento de dominar la situación traumática está condenado al fracaso pues la sublimación es prematura y cada fracaso amoroso precipitará una crisis la cual no destruirá las adquisiciones sublimatorias, pero sí las bloqueará. La consecuencia es que el sujeto es incapaz de mantener relaciones amorosas duraderas y profundas: Se trata de la maldición de la madre muerta que no termina de morir y conserva al sujeto prisionero. En el dolor psíquico se encuentra el sentimiento de cautiverio que despoja al yo de él mismo (Lartigue, p. 23).


Bollas (1999), en un libro homenaje al concepto de “madre muerta” de Green, distinguió entre dos causas para los estados de duelo de la madre: la señalada por Green (pérdida de una persona querida) y la causada por otros eventos (como la emigración a un país que no es el de origen) y que puede producir los mismos efectos que la primera.


Con respecto a la teoría de H. Bleichmar, Lartigue presenta un resumen sobre lo que conforma un estado depresivo:


- persistencia del deseo por un objeto que está psíquicamente perdido


- sentimiento de impotencia para la realización de un deseo (si es captado desde un código narcisista producirá sentimientos de inferioridad; si el acento recae sobre el bienestar del objeto o el daño infligido a éste, lo que precipita es un sentimiento de culpabilidad)


- sentimiento de desesperanza ante la vivencia de que lo deseado resulta inalcanzable no sólo en el presente sino también en el futuro.


- abulia e inhibición de la actividad psicomotriz (consecuencia de que el psiquismo no se siente impulsado hacia una meta u objeto).


También Lartigue sigue el texto de Bleichmar (1997) a la hora de enumerar los diversos procesos defensivos que se ponen en marcha frente al estado doloroso característico de las depresiones. En apretado resumen, se contarían entre ellos la rabia, la restitución de lo perdido a través de la fantasía, el llanto como pedido de ayuda, auto-reproches como castigo para aliviar la culpa, así como otras defensas que son características de ese psiquismo en particular y que se activarían frente al sufrimiento depresivo. Cuando estos intentos de restituir el objeto o mantener la ilusión de que el deseo es realizable fracasan, se pondría en marcha un último frente defensivo, esta vez afectando al propio funcionamiento mental y en contra del funcionamiento psíquico. Es este proceso sobre el que la autora quiere poner el foco de atención. Se trataría de los pacientes muertos-vivos, que no están tristes ni ansiosos. La defensa aquí no se dirige contra un tipo de deseo sino contra la propia función deseante, de ahí que Bleichmar lo denomine “decatectización libidinal del pensamiento”.


Lartigue destaca también el encadenamiento, articulación y transformación de diversos procesos como aquello que caracteriza la propuesta de Bleichmar para entender el establecimiento del estado depresivo. La autora presenta un caso clínico para ilustrar esta “complejidad”, tanto en lo relativo a las diversas vías de entrada a la depresión como a los mecanismos implicados en el mantenimiento de esta patología.


Por último, Lartigue se refiere a la depresión en las mujeres mencionando el trabajo de Mabel Burín y colaboradoras (1987) y el de Emilce Dio Bleichmar (1991). De este último se destacan los caminos de entrada a la depresión en las mujeres:


- realidad externa traumática (como la muerte de la madre durante la infancia)


- conflictos psicológicos relativos a relación de pareja, establecimiento de vínculos adictivos y vulnerabilidad a las pérdidas


- condiciones de género como la adhesión rígida a los estereotipos de feminidad o la ausencia de atributos positivos de la feminidad como los relativos al cuidado de sí.   


Lartigue concluye con varias investigaciones que avalan lo que también se constata en la clínica, esto es, los efectos devastadores que la depresión de las madres tiene sobre el psiquismo de hijos e hijas. Algunas investigaciones apuntan a los efectos sobre los bebés recién nacidos, lo que significaría que la depresión materna puede producir deficiencias en la regulación fisiológica, bioquímica, ya en el período prenatal. Poder diagnosticar precozmente y prevenir algunos de estos efectos sobre los futuros niños y niñas es lo que impulsa las investigaciones del Departamento de Epidemiología Reproductiva. Lartigue hace un emotivo llamamiento a los analistas y profesionales de la salud para detectar y tratar la depresión, intentar devolver la vida a ese cuerpo muerto, apagado, congelado por el dolor psíquico, la impotencia y la desesperanza. (Lartigue, p. 29).


También relacionado con la depresión, encontramos el trabajo de Rodríguez Lamarque quien vuelve a hacer hincapié en la abrumadora cantidad de estudios que muestran que la depresión en las mujeres aparece en la proporción de 2:1 respecto a la misma patología en los hombres. Son variados los estudios e investigaciones que se han ocupado de investigar sobre aquellos factores psicosociales que pudieran explicar el que la depresión prevalezca entre las mujeres, hasta el punto de que podría hablarse de “patología de género”. Pero la autora centra su interés en aquellas aportaciones que desde el campo del psicoanálisis puedan arrojar luz sobre esta cuestión. Subrayando la escasez de aportaciones, tres van a ser las autoras mencionadas que se han ocupado específicamente del fenómeno depresivo en las mujeres: Mabel Burín, Emilce Dio Bleichmar y Julia Kristeva (p. 49).


En cuanto a las posiciones de Kristeva, lo central de la teoría de esta autora es distinguir tres parámetros en el lenguaje: el simbólico (gramática y lógica del discurso), el semiótico (condensación, ritmo y los soportes de los ritmos biofisiológicos”.


Kristeva critica la pretensión psicoanalítica de ligar lo femenino con lo enigmático, lo irrepresentable o no simbólico pues esto coloca a la mujer el lugar de la naturaleza (en oposición a la cultura), de manera que se reproducen las formas tradicionales de ver a la mujer como emocional y sin capacidad racional o reflexiva.


Con respecto al planteamiento de Burín, Rodríguez recoge lo sostenido por la autora en el sentido de que los factores con capacidad para desencadenar depresión en las mujeres serían los relativos a la falta de poder y presencia de lo femenino en una cultura de corte patriarcal. Burín propondría entender lo que ella denomina “patologías de género femenino” (la depresión sería una de ellas) como formas de tornar visible un sufrimiento y un malestar que carecen de visibilidad en el discurrir de lo cotidiano.


En cuanto a la aportación de Emilce Dio, Rodríguez rescata de ésta sus posiciones en torno a los ideales de cuidado de los otros que en la constitución de la feminidad son centrales y bajo la forma de un mandato que, al igual que la ley del incesto, es de obligado cumplimiento y el fracaso en el cumplimiento sumiría a la persona en intensos sentimientos de culpabilidad.


En el capítulo cuatro, Juan Tubert-Oklander (“el lugar del cuerpo en la teoría psicoanalítica”) nos propone explorar los múltiples significados del concepto “cuerpo” entendiendo que cada uno de estos significados se correspondería con las diferentes formas de concebir el psicoanálisis.


El primer significado de “cuerpo” nos remite a la formulación científica del organismo como entidad material que presenta una estructura y su correspondiente funcionalidad. Se trataría del cuerpo como sustrato indispensable sobre el que descansaría cualquier proceso mental. Tubert considera que esta visión del cuerpo es la que llevó a Freud a plantear que algún día todos los fenómenos señalados por el psicoanálisis podrían reconducirse a su base orgánica.


Coincidimos con el autor en su apreciación sobre la disociación cuerpo-mente implícita en estas posiciones teóricas (Tubert, p. 54) pero echamos en falta una referencia a los trabajos de neurociencia (Damasio, Le Doux) pues consideramos que proponen otro modelo para pensar la complejidad de esa relación entre “bioquímica, neurología y psicología” de la que el autor nos habla.


La “experiencia corporal” es el segundo significado que Tubert nos propone y que abarcaría el conjunto de vivencias que tenemos de nuestro cuerpo. El autor subraya que el psicoanálisis nos ha permitido explorar cuánto hay de de desconocido e incluso de inaceptable en algunas de dichas vivencias hasta el punto de de tornarse inconscientes para nosotros mismos.


Para el tercer significado del concepto cuerpo -el de su “esquema mental”- Tubert alude a los trabajos de Pichon-Rivière el cual proponía la existencia en el origen de un “protoesquema corporal”, una primitiva representación del cuerpo como vesícula rodeada por una membrana y con un orificio a través del cual se realizarían los intercambios entre el adentro y el afuera.


Tubert recalca que desde el principio de la vida construimos dos tipos de visiones sobre el cuerpo, las cuales se corresponden con las dos modalidades de pensamiento propuestas por Freud: el proceso secundario y el proceso primario. La forma de representación que rige en este último correspondería a lo que distintos autores han denominado fantasía inconsciente o fantasma del cuerpo, pero Tubert (p. 56) se inclina por designar como “imagen poética”.


El cuarto significado es el de “cuerpo simbólico”. Se subraya el extenso y significativo estudio que Freud realiza en su obra La interpretación de los sueños pero Tubert lamenta que Freud haya reservado el término “simbolismo” para designar únicamente una forma particular de representación que se caracteriza por ser universal, independiente de la experiencia del soñante y relativa al erotismo o a lo que son las grandes transiciones de la vida: el nacimiento y la muerte. Contando con la vasta experiencia clínica acumulada por la comunidad psicoanalítica, Tubert (p. 57) propone que se entienda la relación simbólica como “multilateral y reversible”. La clínica nos mostraría que resulta posible tanto encontrar imágenes y pensamientos referidos a partes del cuerpo que simbolizan otro tipo de contenidos mentales, como problemáticas de índole corporal que se presentan como preocupaciones sobre objetos. En suma, podría decirse que el cuerpo puede ser tanto el símbolo como lo simbolizado.


El quinto y último significado del cuerpo sería el implicado en la disociación cuerpo-mente. Para Tubert tal disociación es el efecto de las inevitables experiencias traumáticas que sufriría el bebé ya que sus cuidadores no pueden mantener esa perdurable armonía de la que gozó en la vida uterina. Esta radical escisión de la experiencia (de carácter defensivo) se expresaría en esas dos grandes categorías en las que posteriormente se van a expresar las vivencias: el cuerpo y la mente. Así, frente a sentimientos indeseables, el sujeto puede defenderse considerándolos algo solamente “físico”. Tubert no deja de marcar que la disociación mencionada resulta también necesaria y operativa para nuestra visa cotidiana, pero a condición de que sea flexible y nos permita en determinados momentos experimentar la “unidad psicosomática”.


En el capítulo sexto, Susana Larios Córdoba presenta su trabajo bajo el título de “anclaje de la contratransferencia en el cuerpo del analista”. Larios comienza con algunas afirmaciones teóricas que remiten a las posiciones teóricas de autores emblemáticos del psicoanálisis francés (Lacan, Leclaire, Green). En palabras de la autora (p. 62-3): El deseo es correlativo de la alteridad constitutiva del inconsciente. Es sexual por naturaleza, anhelo del otro sin el cual no habría supervivencia. (…) Ante la angustia de la ausencia se acude a la imagen de la madre, porque ella constituye un modelo. Así, toda la actividad del hombre consiste en asegurarse que la madre está ahí, o bajo la forma de una esposa o de una mujer. (…) Digamos entonces que el hombre vive en el incesto, le da placer y lo tranquiliza, pero al mismo tiempo le produce angustia (…) aparece el miedo a la castración y se niega la alteridad.


En la presentación del material clínico se sigue teniendo los mismo supuestos (se habla de “el” obsesivo, de perforar la coraza narcisista y “apuntar al corazón del complejo edípico” para que devolver al deseo su vigor). Desde nuestro modelo, se torna difícil hablar de “deseo” en singular, de narcisismo como defensa y no como sistema narcisista (Bleichmar, 1997). En la escritura de la autora se aprecia una cierta “naturalización” de la figura materna, que además impide discriminar entre lo que serían, a nuestro entender distintas funciones “parentales”. Las deficiencias en el cumplimiento de estas funciones, básicas en el vínculo padres-hijo-a, afectarán de manera diversa a la constitución de los “módulos”, concepto que nos permite pensar la complejidad de motivaciones, angustias y defensas que estructuran el psiquismo.


Las particularidades de la contratransferencia en el caso de analistas que trabajan con trastornos de alimentación, es tratado por J. Casamadrid en el capítulo sexto. Después de un breve recorrido por los orígenes del concepto de contratransferencia (desde Freud que lo entendió como obstáculo y efecto de la transferencia del paciente hasta las aportaciones de Racker (1990), para quien la contratransferencia puede ser tanto obstáculo como medio de conocer al paciente y posibilidad para éste último adquiera un experiencia viva y diferente a la originaria), Casamadrid señala que este concepto no ha dejado de enriquecerse dentro del psicoanálisis. A este respecto menciona las aportaciones de Grinberg, Winnicott así como las de Willy y Madeleine Baranger.


Apoyándose en esta extensión del concepto de contratransferencia, que incluye el uso de la mente y el cuerpo del analista, la autora quiere acercarse a un tipo de patología tan especial y ligada a lo corporal como serían la anorexia y la bulimia, patologías que para ella serían opciones a la hora de “enfrentarse ante el vacío, ante la falta, el sentido de Balint, ante el dolor” (Casamadrid, p. 72). Se esbozan dos ejemplos de estas entidades patológicas al tiempo que se van nombrando las sensaciones corporales y emocionales que experimenta la analista ante el relato de los actos que estas chicas hacen contra sí-mismas. Considera que el nivel regresivo de estas pacientes induce también regresión en los-as analistas. Casamadrid ve que esta relación vincular intensa y regresiva es lo que permite a las pacientes un nuevo recorrido, esta vez junto a alguien capaz de experimentar en su cuerpo los sentimientos ambivalentes que experimentan las pacientes y este sería el recurso para frenar lo que para la autora son carreras hacia la muerte.


En el capítulo siete, el doctor De León comienza subrayando el hecho de que ante el avance de las denominadas neurociencias se está registrando una disminución en el tratamiento de padecimientos de tipo psicosomático. Frente a ello, el autor presenta un caso clínico, de un varón, cuyo diagnóstico correspondería, según el DSM-IV-R (2001), al de “trastorno por somatización”. De León se refiere brevemente al concepto de Marty de “pensamiento operatorio” y al de Nemiah y Sifneos de “alexitimia”, conceptos importantes para enmarcar su trabajo analítico. Entiende, pues, que en los pacientes con pensamiento operatorio se produce un bloqueo en la capacidad de fantasear y este bloqueo sería una defensa frente al surgimiento de la fantasía ya que ésta es el medio de realización de los deseos inconscientes. De manera que el psiquismo se ve obligado a recurrir a una modalidad más primaria de descarga afectiva: el cuerpo. El paciente mencionado tenía 38 años cuando pide consulta y habla de un conjunto difuso de malestares (dolores diversos, hormigueo en un brazo, que le sientan mal las comidas, taquicardias, sensación de que va a desmayarse). Algunos de estos malestares comenzaron al año de morir su padre (calcinado en un terrible accidente de tráfico). El paciente relata que ya durante el entierro “no sabía lo que sentía”. Durante los dos primeros años, De León cuenta que el paciente faltaba mucho, llegaba tarde y su forma de hablar era siempre la misma, independientemente de que contara algo triste o alegre. Siempre aparecía la preocupación por el cuerpo. El analista apenas interpreta y, más bien, va sintiendo aburrimiento y desesperación, así como se ve inmerso en reacciones contratransferenciales “complementarias” (Racker) como las de olvidar el horario de la cita del paciente. En el tercer año, según relata el autor, se producen mejorías en la vida laboral y también el paciente empieza a asociar, a llevar sueños al análisis, así como algunos comentarios de su pasado, los cuales contradicen la versión inicial sobre su familia. Un aspecto subrayado por el autor es que el paciente no fue registrado (legalmente) hasta los tres años de edad, que es también la época en la que cesan sus crisis de asma. De León interpreta de forma clásica que el paciente desmiente la muerte del padre como medio de evitar la culpa de dicha muerte (el paciente, que se encontraba viviendo en el extranjero, había deseado que pasara “algo” en su familia pues ese sería el medio para poder regresar a su casa).


Bajo el título “Cuando el cuerpo persigue: placer o dolor”, Varela presenta un caso clínico con el que quiere ilustrar la idea de que los pacientes se aferran a sus síntomas corporales porque siempre hay un plus de placer (al decir de Piera Aulagnier, 1994) en la satisfacción de las necesidades corporales o psíquicas. Sin este placer, prosigue, el yo no podría asegurar el funcionamiento. Varela invoca a Freud (1926) para quien el síntoma implicaba satisfacción de la pulsión y a Lacan para quien en todo síntoma hay “goce”. La autora se propone mostrar el proceso que va desde la pérdida de un objeto protector hasta la enfermedad, a través del material clínico de una paciente de 33 años. Dicha paciente se ve compelida a trabajar después de que la madre (con la cual vivía y de quien dependía económicamente) perdiera en un mal negocio todo el dinero familiar del que disponía hasta ese momento. La madre nunca había trabajado y, tras la separación, recibió dinero de su padre (el abuelo de la paciente). Después de dos años de vivir en Inglaterra y trabajar duramente para mantenerse, la paciente regresa a la ciudad donde vivía con la madre y pide una consulta porque siente que tiene que estar enferma ya que no tiene energía, le parece que podría ser incapaz de levantarse.


Varela nos cuenta que la infancia de la paciente fue difícil: cuando ella contaba seis años de edad, los padres se separan y dicha separación supuso, además del distanciamiento del padre y otros parientes, un cambio de ciudad y de colegio. La madre es descrita como una persona fría y distante que dejó a la hija al cuidado de tatas y que siempre fue incapaz de captar los estados emocionales y las necesidades afectivas de la hija. Esta reacciona buscando fuera (un amigo que vivía en Inglaterra) esa figura protectora que ella necesita, pero a la cual termina por tratar como si fuera un mero objeto para satisfacer sus necesidades; de ahí que si el otro no responde sienta cólera e incluso parece que hubo episodios en los que agredió al amigo.


Varela presenta un encadenamiento entre la pérdida de la representación de un objeto protector y las preocupaciones hipocondríacas (que tilda de “nueva realidad delirante en el cuerpo”). Pero, sobre todo, la autora se interroga sobre los motivos por los que los pacientes permanecen apegados a sus síntomas o a “objetos internos negativos”. Insiste en hablar de “plus de placer” (Aulagnier) aunque, a nuestro entender, las perspectivas que abre el Más allá del principio del placer es precisamente el poder pensar que “el sufrimiento no puede explicarse simplemente bajo la fórmula “placer para un sistema, displacer para otro” que se utiliza monocordemente como si fuera la única causa que subyace a la angustia de las obsesiones, a la hipocondría, o a las pesadillas de persecución, por citar algunos ejemplos” (Bleichmar, 1997, p. 81).


De manera que no sabemos si en los síntomas corporales de la paciente se encuentra placer y sufrimiento al tiempo o, más bien, la preocupación por el cuerpo es expresión de una angustia de aniquilación y de estados de terror vividos por la paciente y que la misma analista destaca por su intensidad (Varela, p. 89). La persistente búsqueda de figuras sin cuya presencia la paciente sufre diversos trastornos, parece apuntar a patología severa y no tanto a meras “resistencias al cambio” (p. 88). Parece pertinente en este punto diferenciar entre los clásicamente denominados “mecanismos de defensa” y las denominadas “defensas en el inconsciente” (Bleichmar, op. cit., p. 345 y ss.). El tipo de vinculación de la paciente con la madre o las parejas sucesivas parecería evidenciar un tipo de “defensa simbiótica inconsciente” que se encuentra en aquellas personalidades infantiles o borderline en las que se carece de capacidades básicas para el funcionamiento psíquico, de manera que tienen que ser los otros quienes cumplan funciones como tranquilizar, apaciguar la angustia, proveer un sentimiento de vitalidad u otras; en consecuencia, cuando el otro no está presente la persona se desorganiza en grado más o menos grave (op. cit., 346). Tanto el desencadenamiento de la enfermedad, el tipo de angustias que aparecen como la dependencia patológica de la paciente con su madre parecen apuntar a este tipo de patología descrita por Hugo Bleichmar. 


En el capítulo diez (“El cuerpo: poética del desenmascaramiento”) se encuentra material clínico de un caso de incesto entre hermanos. Antes de presentar la historia, Joséphine-Astrid Quallenberg hace una breve descripción del término “incesto”, el cual proviene del latín y aparece en los escritos religiosos a mediados del siglo XIV para referirse a lo que es impuro, no casto o sucio. También denota el acto sexual entre prójimos. La autora subraya que en alemán Blutschande (incesto) denota humillación o deshonor por la sangre (p. 99). Quallenberg se apoya en la clasificación que un psicoanalista portugués (Luzes, 1990) propone sobre tres diferentes tipos de experiencias incestuosas entre hermanos. El tercer tipo sería el de una transposición del complejo de Edipo. Según Luzes (citado por Quallenbrg, p.100) habría una situación triangular temprana en la que el hermano o hermana es sentido como competidor en la relación con la madre, antes de que el padre ocupe su lugar. Más adelante, el hermano que se vivió como intruso puede provocar sentimientos tiernos, sobre todo si es de distinto sexo. Este sería, para Quallenberg, el que correspondería al caso clínico que nos presenta.


En el material de la autora, es el hermano mayor de la paciente quien comienza a los 15 años de edad a abusar de su hermana, que cuenta 8 años de edad en ese momento, prolongándose esta situación durante diez años. En los últimos cuatro años, la paciente se rebelaba pero las violaciones no se detuvieron hasta que ella enferma (mononucleosis). La paciente consulta ya en la treintena, sin que hasta ese momento haya hablado con nadie de los abusos sufridos. Se refiere al “asco” sentido entre los episodios y también a la excitación sexual, a la angustia de cada noche cuando el hermano se colaba en su habitación, le tapaba la boca y todo volvía a repetirse. Al decir de la analista, el relato de la paciente se ajusta perfectamente a lo que un autor (Summit, 1983) ha descrito como el síndrome del “acomodo” de los niños que han sufrido abusos sexuales y que pasan de la confianza a la perplejidad, la toma de conciencia de lo que están sufriendo y la incapacidad para pararlo (p. 104). Casi sobra decir que la paciente había tenido varias relaciones ya de adulta donde se repitió el maltrato bajo distintas formas. Esta paciente es poetisa, de manera que su analista va intercalando poesías de ella en su relato.


La descripción que se hace de la familia es que está compuesta por padre, madre y tres hijos (dos varones y la chica mencionada que ocupa el lugar intermedio entre los chicos). A esto habría que añadir al abuelo paterno ya que este apoya económicamente a la familia y ocupa un lugar privilegiado, verdadero “patriarca”, en palabras de Quallenberg (p. 103). Mientras transcurre el proceso terapéutico, la paciente cuenta a los padres lo que sufrió de niña. A raíz de esta confesión, la madre reacciona haciéndole a su vez partícipe de lo que hasta ese momento había mantenido en secreto: que ella también fue víctima en la infancia de una relación incestuosa, siendo en su caso su padre quien perpetró los abusos.


Las reflexiones de la analista son comprensivas ante el dolor de la paciente y parece conocedora de los efectos de tales traumatismos sobre el psiquismo. Lo que sin embargo extraña un poco es la interpretación que realiza de los motivos del hermano adolescente para abusar de su hermana pequeña. Ella coloca estos abusos en continuidad con la sexualidad de los padres, los gritos de la madre durante la noche que son tildados de “tortura” para los hijos que los escuchan. Ahora bien, en el tipo de incesto que la autora sigue como modelo (Luzes, 1990), el hermano primero siente rechazo hacia la hermana por ser rival para el amor de la madre; pero este tipo de sentimientos se trueca en “sentimientos tiernos hacia él, especialmente si el hermano es del sexo opuesto. La hermana, por ejemplo, puede ser vista como un ideal femenino, sustituto de la madre” (Luzes, cit. por Quallenberg, p. 100).


 Sin embargo, en el caso que nos ocupa, la paciente no describe ningún sentimiento de ternura por parte del hermano y, al contrario, la analista afirma que:


“Su hermano la humillaba de diferentes modos: se burlaba de ella, la desdeñaba, la golpeaba, la amenazaba con desvelar sus secretos adolescentes. Soledad se sentía profundamente disminuida y coartada por su ‘todopoderoso’ hermano”. (Quallenberg, p. 106).


La expresión “todopoderoso” se encuentra entrecomillas en el texto, de manera que debe ser la forma en que la paciente se refería al hermano. Como bien subraya la analista de él:


“Se identificaba con el padre así como con el sadismo del abuelo. Soledad representaba el doble de la madre preedípica; con un tío sádico, un padre y un abuelo dominantes, ella se encontraba atrapada en un círculo incestuoso y sádico. S. se sentía profundamente culpable y mutilada, cortada de su infancia” (op. cit., ídem p.)


¿Estamos en presencia de una “transposición del complejo de Edipo con rasgos preedípicos”? Más bien pareciera la iniciación sexual de un chico erotizado por escenas de violencia sexual en la relación entre los padres, que no duda en repetir la dominación, la desigualdad y el sadismo que, en su experiencia, caracterizan el encuentro entre hombres y mujeres. Con el material disponible no tenemos constancia de lo “preedípico” de este chico y sí de su identificación con las actitudes de los hombres de la familia (abuelo, padre, tío) que exhiben desprecio y diferentes grados de violencia sexual contra las mujeres (los gritos de la madre en la noche parecen atestiguarlo). En lo que coincidiríamos plenamente con la autora es en el contenido dado al término “sadismo” en el texto, ya que en algunos escritos psicoanalíticos se utiliza dicho término casi como sinónimo de agresividad o crueldad. Sin embargo, parece claro que en esta familia, y sin duda en el hermano abusador, la búsqueda de placer sexual está tan inextricablemente unida a la humillación y al daño infligidos al “objeto sexual” que podría afirmarse que ese dolor y esa humillación son las condiciones para que el “sujeto” alcance tanto la satisfacción de orden sexual como el sentimiento de la superioridad, de orden narcisista.


Los capítulos once y doce presentan temas relativos al cuerpo pero en relación con la literatura y la música. Gloria Prado (“el cuerpo: escenario lúdico”) utiliza la obra de una escritora mexicana, Aline Petterson, para tratar el cuerpo desde una perspectiva literaria y psicoanalítica. La escritora presenta un cuerpo habitado y atravesado por distintos avatares pero (…) haciendo énfasis en muchos casos, en un cuerpo enfermo, en un cuerpo transido por la locura, en un cuerpo herido, agonizante o como “escenario-paciente. Este cuerpo “escenario-paciente”, Prado lo relaciona con las ideas de Judith Butler (1993) para quien el cuerpo es un medio pasivo sobre el que se inscriben significados de un orden cultural regulador que termina por convertirlo en un puro efecto del poder.


Para Miguel Kolteniuk, (“La música y el cuerpo”) La música es el decantado metafórico y estilizado de la voz de la madre. El instrumento musical es la metáfora de su cuerpo, siempre dispuesto a ser tocado. De ahí que -según el autor- para la fantasía inconsciente tocar un instrumento es una trasgresión a la ley que prohíbe la posesión del cuerpo de la madre. El autor distingue tres modalidades en el discurso musical: la composición, la interpretación y la improvisación. Kolteniuk interpreta el proceso creativo a partir de lo que sostuvo Winnicott, en el sentido de que la creación artística implica la recuperación ilusoria de un objeto perdido (p. 120). Ese sería el espacio de la ilusión, donde quedan parcialmente suspendidas las fronteras entre el yo y el otro, entre realidad y fantasía, entre mundo externo e interno. Si esto se continuara precipitaría al sujeto en la psicosis, que es para el autor la razón por la que algunos artistas (se cita Hölderlin, Schumann y van Gogh como ejemplos insignes) no han podido evitar el tránsito por la locura. En conclusión, el autor considera que la creación es un desafío a la prohibición superyoica sobre el incesto, así como al temor a una regresión narcisista; cuando hay suficiente fortaleza, el creador logra superar las angustias de orden narcisista y es capaz de alumbrar ese espacio de ilusión en el que participará también el público.


El capítulo trece lleva por título “Del cuerpo a la pareja” y en él Mario Ortiz nos hace saber que su interés es realizar un recorrido desde el deseo de la madre por tener un hijo hasta la elección de pareja, ya que en dicha elección tiene una importancia primordial la propia identidad. Tres son, a juicio del autor, la situaciones básicas en la conformación de dicha identidad: el vínculo primordial con la madre (los deseos de ella y sus caricias hacia el hijo son especialmente subrayadas ya que son las que van a delinear la imagen corporal), la función de “partero psíquico” del padre (quien incide sobre la simbiosis madre-hijo) y el estado vincular de la pareja de los padres.


Considerando que es a la madre o un sustituto de ella a quien elegimos como pareja, Ortiz se apoya en los trabajos de Willi y otros para proponernos una clasificación de los tipos de estados vinculares entre las parejas. Estos serían (Ortiz, p. 125-6):


1- estados vincular complementario-confusional


2- estado vincular simbiótico-simétrico


3- estado vincular diferenciado


Juan Vives (“Trauma sexual: memoria corporal”) presenta, en el siguiente capítulo, un exhaustivo recorrido por la correspondencia Freud-Fliess relativa al papel de la seducción sufrida en la infancia por parte de adultos significativos como el posible origen de la neurosis posterior. Se hace mención a la reiterada discusión (Masson) sobre los motivos que llevaron a Freud a renunciar a esta primitiva teoría sobre los abusos sexuales sufridos por sus pacientes (teoría traumática) hasta concluir que era la fantasía (complejo de Edipo) lo que estaba en el origen del padecimiento psíquico.


Vives opta por considerar que Freud, al igual que todos nosotros, enfrentó grandes resistencias para aceptar tanto las fantasías y deseos de los padres hacia los hijos, como la existencia de actos incestuosos. Presenta datos sobre la extensión de los abusos a los niños y niñas (en México, Brasil), de los escándalos sobre pedofilia por parte de sacerdotes católicos así como de la incidencia de estos abusos en muchas de las mujeres dedicadas a la prostitución. Por último retoma la teoría freudiana y concluye afirmando que:


“la prohibición del incesto es mucho más poderosa en los niños que en las niñas; en estas últimas, es mucho más débil este tipo de regula. ¿Tendría razón Freud al hablar de la debilidad del superyó femenino? Una cosa es cierta: el incesto entre padre e hija es, con mucho, más frecuente y mucho menos devastador y culpabilizante que el incesto entre el hijo y su madre. Es claro que la prohibición está anclada con mucho mayor firmeza en los varones, (…) (p. 146)


De ahí que –según Vives- tengamos que estudiar con gran detenimiento “las diferencias genéricas”.


La autora de esta reseña no alberga duda sobre la necesidad de esta última recomendación, aunque según los estudios que consideramos más relevantes (Dio Bleichmar, 1997; Levinton, 2000), no nos parece que pueda hablarse de una debilidad del superyó femenino, sino de todo lo contrario. El problema surge de si consideramos que en el origen de la fantasía sexual se encuentra la fantasía consciente e inconsciente del adulto significativo o si, al contrario, la problemática edípica se presenta como la reedición de un pasado remoto (la horda primitiva, según la teoría freudiana) donde la rebelión de los hijos varones instauró la ley del incesto. El autor se adhiere a esta última posición, de manera que considera que en el origen los adultos dominantes tenían derechos sobre las hembras jóvenes o las propias hijas, recayendo las prohibiciones acerca del incesto sobre los varones jóvenes (Vives, p. 146). Es por ello que le resulta congruente afirmar que es compatible un mayor número de incestos padre-hija y, sin embargo, afirmar que “la prohibición está anclada con mucha mayor firmeza en los varones”. Con respecto a su afirmación de que el incesto padre-hija sea “menos devastador y culpabilizante” que el de hijo-madre, nos resulta difícil comparar el grado de “devastación” que causa tal traumatismo si es sufrido por una niña o por un niño.    


El libro se cierra con un trabajo sobre la pintora mejicana Frida Kahlo que, como es bien sabido, sufrió un grave accidente a los dieciséis años cuyas secuelas sufrió el resto de su vida (operaciones quirúrgicas, intensos dolores, imposibilidad de ser madre). Tomando como base el trabajo de Alizade (1992) y Kristeva (1997), el doctor en historia y psicoanalista, Torres Salazar, presenta una suerte de psicoanálisis aplicado a algunas de las manifestaciones de Kahlo contenidas en una publicación (Escritos, Tibol) sobre la correspondencia completa de la artista.


Desde el punto de vista del enfoque Modular-Transformacional al que pertenece la autora de la reseña, pueden resultar poco “complejas” algunas posiciones del autor (p. 153) como cuando hace derivar del solo hecho de que su madre no amamantó a Frida, el que ésta tuviera una imagen escindida de su madre (habla de ella como mujer simpática, activa e inteligente y también calculadora, cruel y fanáticamente religiosa). Torres Salazar considera que cuando se ha hablado de la sexualidad de Kahlo en términos de “enigmática”, en realidad a lo que se hace mención es a que la mujer aparece sosteniendo “los misterios de la vida y la muerte”; el hecho de que ella no pudiera tener hijos la torna, por tanto, más vinculada a la muerte. Para nuestro modesto entender, alejado de los “misterios”, muchos de los párrafos citados por el autor de los escritos de Kahlo aludirían más bien a que en ella, como en muchas mujeres, hay una idealización del amor y un sufrimiento psíquico intenso por no poder cumplir lo que para el género femenino es el gran mandato: ser madre y cuidadora de los otros (Dio Bleichmar, 1997). Lo que podría resulta sobresaliente es que incluso tratándose de una mujer dispuesta como ella a levantarse sobre el sufrimiento y la mutilación, a romper con muchas de las cosas que la sociedad le asignaba en su época (Torres, 158-9), una mujer, en fin, con obra de arte propia, con cultura e inteligencia, no haya podido eludir los mandatos de género mencionados.


 


Comentario global


Se trata de una obra en que los autores de los distintos capítulos, además de dar cuenta de las ideas psicoanalíticas centradas en la literatura, hacen aportes personales basados en su gran experiencia clínica y de investigación.


Es de agradecerle a la compiladora, la Dra. Teresa Lartigue, la inteligente selección realizada y que nos ofrezca así un valioso material clínico y teórico que incita a la reflexión y al debate en el momento fecundo en que se encuentra el psicoanálisis actual, caracterizado por el pluralismo y la apertura a nuevas ideas.


 


Bibliografía [la bibliografía recoge únicamente las obras mencionadas en la presente reseña]


Alizade, A. (1992) La sensualidad femenina. Buenos Aires, Amorrortu Editores


Aulagnier, P. (1994) Un intérprete en busca de sentido. Buenos Aires, siglo XXI.


Baranger, M. W. (1961-1962) La situación analítica como campo dinámico. Revista Uruguaya de Psicoanálisis, IV (1) p. 3-54.


Bollas, C. (1999): Dead mother, dead child, en The dead mother. The work of Andre Green, G. Kohon (ed.). New York. Routledge, 87-108.


Bleichmar, H. (1997) Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Buenos Aires, Paidós.


Burín, M., Moncarz, E., Velásquez, S. (1987) El malestar de las mujeres de las mujeres: la tranquilidad recetada. Buenos Aires, Paidós.


Butler, J. (1993) Bodies that matter. On the discursive limits of sex. New York. Routledge.


Dio Bleichmar, E. (1991) La depresión en la mujer. España, Temas de Hoy.


Dio Bleichmar, E. (1997) La sexualidad femenina. De la niña a la mujer. Barcelona. Paidós


Green, A. (1980) Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. Buenos Aires, Amorrortu editores.


Kernberg, O. The temptations of conventionality. The International Journal of Psychoanalysis, 16, 191-205.


Kristeva, J. (1997) Historias de amor. Mexico, siglo XXI


Lasch, C. (1978) The culture of narcissism. New York, Norton


Levinton, N. (2000) El superyó femenino. La moral en las mujeres. Madrid. Biblioteca Nueva.


Luzes, P. (1990) Fact and fantasy in brother-sister incest. International Review of Psycho-Analysis, 17: 97-113


Lyotard, J.F. (1986) La condición posmoderna. Barcelona, Anagrama.


Racker, H. (1990) Estudios sobre técnica psicoanalítica. Mexico. Paidós.


Sandler, J. (1976): Countertransference and role-responsiveness. International Review of Psycho-Analysis, 3: 43-47


la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM), celebrado en Veracruz durante el mes de diciembre del año 2003.

 

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