El caso Davida [Clifford, M.D.]

Publicado en la revista nº023

Autor: Levinton, Nora

Artículo reseñado: The case of Davida. Michael D. Clifford. Transformations in Self  Psychology. Progress in Self Psychology. Volume 20.




Davida


Clifford comienza su artículo anticipándonos la importancia de algunas cuestiones relativas al género en el caso que presentará al subrayar que el nombre elegido para caracterizarla es Davida, respetando así la particularidad de ser la versión feminizada de un nombre masculino. Al destacarlo nos señala algunos indicios de lo que pudiera ser una preocupación de los padres, así como su escasa empatía para considerar la dificultad de su hija en llevar un nombre tan inusual.


Se trata de un tratamiento prolongado y complejo a lo largo de 14 años, primero con dos sesiones semanales, luego tres y finalmente cuatro sesiones a la semana, prolongándose las sesiones a lo largo de una hora, porque los 45 minutos habituales no lograban dejar a Davida razonablemente satisfecha.


Él es su undécimo terapeuta. Algunos de los anteriores lo fueron por un período corto, otros durante años. Pero el proceso se estancaba en algún momento, originando la interrupción tras ser advertida de que ya no podían ayudarla más. Evidentemente, supone Clifford, Davida debía producir frustración en sus analistas y ella a su vez se sentía abandonada e irritada con ellos.


La paciente es la hija mayor de una pareja de psicoterapeutas prominentes en su comunidad. Su primera experiencia terapéutica fue a los seis años, a raíz de haber tirado unos gatitos de la azotea de su edificio para comprobar si sobrevivían a la caída. También había lanzado piedras a otros niños, dañando en la cabeza a uno de ellos. Este primer tratamiento finalizó bruscamente cuando el terapeuta sugirió que podría haber problemáticas familiares implicadas. Al sentirse cuestionados, los padres impidieron que continuara este proceso, duelo que Davida recién elaborará en el curso del trabajo conjunto con Clifford.


El autor aclara que entre todas las cuestiones comprometidas sobre las que trata el caso, intentará focalizar los movimientos principales del tratamiento en torno al género y la sexualidad, especialmente en cómo se revelaba en la relación entre ellos.


 


El inicio del tratamiento


Clifford atendió inicialmente a Davida sustituyendo a una colega en sus vacaciones. Al regresar, la terapeuta le comenta que está adoptando un bebé, idea que a Davida le resulta intolerable y la lleva a llamar a Clifford interesándose en la posibilidad de trabajar juntos, ya que ambos habían sentido que congeniaban. Después de consultarlo con su colega, Clifford accede.


Los primeros meses del tratamiento transcurrieron, según lo ve retrospectivamente el autor, en un período de “luna de miel”. Ella se sentía afirmada, entusiasmada con las sesiones. Pero esta fase finaliza cuando ella comenta en una sesión que desea cambiar su apellido por el de Clifford. El analista se sorprende enormemente, sobre todo porque esto le es planteado sin la vacilación que el contexto analítico podría imponer y poniendo en evidencia la transferencia de un selfobject (objetoself/objeto del self) idealizado.


De allí en más, su modalidad de apego con el analista fue incrementándose aceleradamente, por ejemplo en su demanda para ser la última paciente por la tarde, dada su evidente dificultad para finalizar la sesión, que resulta en la ampliación a una hora. Clifford describe que Davida, a veces, se quedaba de pie, inmóvil en la puerta de su consulta, sin irse hasta que se sentía bien o hasta que “podía quedarse tranquila de que las cosas entre ellos iban bien.”


El terapeuta intenta variadas interpretaciones al respecto aludiendo directamente a que sabía que las separaciones eran difíciles para ella y que tal vez la ayudase pensar que era una separación breve ya que volverían a verse a la noche siguiente. La paciente responde que esto a ella no le basta e indaga si podría llamarlo si lo necesitase antes de la cita siguiente, agregando “¿no es difícil la separación para usted también?“. Emerge así su deseo de saber más acerca de la subjetividad del analista, pero a condición de que compartiesen la misma experiencia.


Después de muchos meses de interpretaciones acerca de esta cuestión sin que éstas resultaran exitosas, Clifford comienza a actuar. Ocasionalmente, él cierra la puerta diciéndole que necesita prepararse para irse de su consulta mientras ella permanece en la sala de espera. Cuando, pocos minutos más tarde, el analista ya estaba listo para irse la encontraba afuera esperándolo. En esos momentos Davida decía que no podía moverse y él la acompañaba fuera del edificio y la ponía en un taxi, dando al conductor su dirección. Subyacían a esta situación los inquietantes estados emocionales que el regreso a su casa le procuraban.


La paciente comenta que podía estar tumbada durante horas en su apartamento “congelada“, incapaz de moverse. En esos momentos, ella lo llamaba y a menudo tenían una sesión telefónica. La pérdida de esperanza y de conexión con el analista contribuían a que cayera en esos estados. El selfobject que el tratamiento le proveía estaba claro: esencialmente, la reconexión con Clifford y el focalizarse en su deseo de lograr salir adelante le permitían levantarse y continuar con su día. Sin embargo el terapeuta percibía que, a pesar de su desorganización, ella rechazaba implicarse en el tratamiento hasta donde le fuese posible. Davida confiaba en su analista para organizarla y rehusaba cualquier esfuerzo que él hiciese para ayudarla a organizarse por sí misma; Clifford comienza a encontrar insostenible esta situación del tratamiento.


En este periodo, en una ocasión ella lo llama siete veces en un día, aludiendo a que se sentía inquieta y que esperaba que él la llamara. Pensándolo, él accede pero le transmite que aunque desea continuar trabajando con ella, no podrá hacerlo en esas condiciones; que ella debe involucrarse más e intentar ayudarse a sí misma conteniendo sus sentimientos de modo que pudieran trabajar sobre esto durante las sesiones. Clifford le interpreta que sentirse cuidada para ella pudiese significar que otra persona la cuide, algo que ella hubiese experimentado escasamente en su vida.


Al mismo tiempo, Davida tenía una fuerte reacción frente a los/as pacientes que la precedían en la consulta. Si era una mujer, le resultaba intolerable incluso el olor del perfume, provocándole unos intensos celos y temores de que las otras pacientes pudiesen gustarle a Clifford más que ella. Finalmente, amenaza con atacar físicamente a la paciente previa, insistiendo en que no intentaría contenerse y, más aún, que no entendía por qué debería hacerlo. El analista responde que si ella no podía refrenarse sería necesario llamar a la policía para protegerla a ella y a la otra paciente, y así la aplaca.


Como resultado de su prolongada experiencia en terapia, Davida era lo que podría llamarse una paciente experta en cuanto a respaldarse en las convenciones del proceso para impedir el desarrollo del mismo. Aún sabiendo que “el tratamiento es solamente hablar acerca de mis sentimientos”, ella se avenía a expresarlos pero rechazaba reflexionar sobre ellos o elaborar sus significados. De una forma aversiva, Davida se planteaba ser absolutamente verdadera respecto de sus pensamientos y emociones sin modular su intensidad. Si ella “sentía” que la paciente anterior era una arpía, lo era. Y sus verdades absolutas eran verdades para siempre. Lo cual también significaba que no podía pensar que sus profundas depresiones, por ejemplo, terminarían alguna vez. Esta adherencia a sus sentimientos fue modificándose por las interpretaciones de Clifford, como que quizás necesitaba sujetarse tan ferozmente a sus emociones porque había sentido que fueron desvalorizadas por sus padres mientras ella iba creciendo. Aunque renuente, Davida convino en aceptar que sus emociones no eran sacrosantas sino que eran un sistema de opiniones que podía ser tan exacto o inexacto como cualquier otro. Desde la perspectiva de la psicología del self, Clifford deducía que ella utilizaba esa rigidez en sus afectos como un sistema confiable, aunque devastador, que la proveía de una experiencia de selfobject. Ella sabía estar desesperanzada y seriamente deprimida: esto la organizaba. Significativamente, los cambios que la llevaban a sentirse mejor la confundían a menudo, porque era algo demasiado diferente de su experiencia habitual.


En un momento dado, Davida y su analista se encontraron atrapados en una encrucijada: ella le exigía que le dijera que la amaba más que a su esposa. Este patrón de conducta fue escalando hasta el punto en que ella sentada muy cerca de él gritaba “Usted debe amarme. Usted debe amarme más que a su esposa“.


Clifford reconoce su dificultad e inhibición en este tipo de situaciones cuando él trataba de ganar tiempo a través de lo que sería la reflexión analítica estándar. Pero ella lo captaba como un enactment y cuando él interpuso una pequeña mesa de café entre ambos claramente inició su contraataque golpeando la mesa e insistiendo con sus reclamos “usted debe amarme más que a su esposa. Maldita sea, yo soy querible.“


El analista intenta desactivar estos episodios mediante diversas tácticas: señalándole que el tratamiento no es para que él hable de sus emociones, sino para que ambos pudiesen hablar acerca de los sentimientos de Davida y subrayando que ella demandaba no solamente saber lo que él sentía, sino que exigía que le dijese lo que deseaba oír.


Davida pudo comenzar a ser más consciente de sus demandas y a preocuparse de que estas reacciones pudiesen hacer que le gustase menos al terapeuta, aunque Clifford le aclarara que sus sentimientos hacia ella no habían cambiado desde el principio del tratamiento. Davida pensó en primer lugar que eso podría significar que nunca le había importado a Clifford, pero recordó que casi en el inicio del tratamiento el terapeuta había sugerido que pensaba que habrían podido ser amigos de no estar de por medio el encuadre terapéutico.


La paciente también intentó diversas estrategias. Decía por ej., “si usted no me ama más que a su esposa, por lo menos tiene que amarme tanto como a ella ", o: ¿“podría usted adoptarme?, ¿podría por lo menos ser parte de su familia?“. Una vez más, no había dimensión metafórica en estas preguntas, ella afirmaba: “más allá de ser un mal analista, usted es una mala persona a menos que me ame, pues merezco ser amada“. Pero Clifford se atuvo a su realidad: no la amaba tanto como a su esposa.


Era muy difícil encontrar una manera de explorar sus sentimientos porque Davida sentía que si su analista intentaba indagar por qué era tan importante para ella que la amase, era porque no la amaba. El avance se produjo cuando la paciente pudo aceptar que no se trataba de si él la amaba o no, sino de que intentaba entenderla más profundamente. Los temas, entonces, pudieron ser discriminados: ella deseaba ser un miembro de la familia del terapeuta porque de ese modo podría tener una familia; deseaba ser la persona más especial para alguien porque nunca antes se había sentido de esa manera. A menudo, estas declaraciones eran desgarradoras pues Davida revelaba sus necesidades más profundas, desconocidas hasta ese momento.


Como desde la perspectiva de los sistemas motivacionales la regulación psicobiológica estaba desajustada, el trabajo analítico habitual se centraba también en ayudarla a regularse, especialmente a calmarse o rectificar el registro de su tiempo de modo que una cita a las 24 o 48 horas no pareciera tan distante, recordándole su propia fantasía de que había una cuerda que los conectaba a ambos más allá de cuan lejos pudieran estar el uno del otro.


Además, Clifford trabajaba en su propia autorregulación. Una forma de hacerlo era intentar animar a Davida a que se tumbara en el diván, ya que creía que eso permitiría trabajar en estabilizarla sin que ella lo estuviese mirando (y poder desarrollar así su capacidad de hacerlo cuando estaban separados). Además, el analista necesitaba aliviarse de la sensación de ser observado por ella y que el tic de una de sus cejas (contracción nerviosa) no se convirtiera en un tema del tratamiento. Al principio ella decía, “no me voy a tumbar a menos que usted se acueste a la derecha aquí al lado mío“ pero paulatinamente se mostró bastante interesada en intentar lo que ella pensaba sería un “análisis verdadero“ y pudo ir utilizando el diván habitualmente. Llegados a este punto del tratamiento, se mantenía una inalterada transferencia idealizada del selfobject, con fuertes elementos de una transferencia especular del mismo, aparentemente de tipo fusional, que llevaban al terapeuta a tener que sentir lo que ella sentía porque cualquier sensación de subjetividades separadas amenazaba su estabilidad. Pero, además de experimentar este tipo de transferencia, ella también lo utilizaba como una defensa contra el trabajo analítico sobre cuestiones de su intimidad con otras personas.


Historia


Como ha sido comentado, Davida era la hija de unos prominentes psicoterapeutas en su comunidad. Su padre introdujo la psicoterapia en su propia vida familiar. Si Davida deseaba hablar con él, por ejemplo, él lo tomaba como que ella deseaba tener una sesión con él. Al parecer, a su padre le disgustaba hablar con sus pacientes cuando lo llamaban a su casa, aunque él les hubiese dado su número de teléfono particular. Davida decía que les hablaba de una ²manera normal“ y luego los degradaba frente a su familia, ridiculizando sus problemas. Esta hipocresía perturbaba enormemente a Davida, y se preguntaba si Clifford haría lo mismo cuando ella lo llamaba a su casa. Aunque sus padres promovieron la visión a la comunidad de que tenían una familia ideal, ésta era notablemente disfuncional. Por ejemplo, ella no tenía ningún recuerdo de que alguna vez comieran todos juntos. Cada uno de ellos, incluso los niños, cocinaban para sí mismos. Su padre disciplinó a sus hijos con el cinturón, forzando a los otros hijos/as a mirar previamente a que fuera su turno. La pareja parental mantenía un vínculo profundamente problemático, con una relación entre los géneros estereotipada típica de la posguerra: el trabajo de él era ser el jefe de la casa y el de ella, servirlo. Esta rigidez se extendía a sus criterios sobre los roles de género de sus hijas/os. El padre era abusivamente crítico con la madre, socavando su autoridad con los niños y descalificando sus opiniones e inteligencia, al mismo tiempo que ridiculizaba sus problemas de peso. Desde joven, la paciente sospechó que su padre mantenía relaciones con otras mujeres, lo que se confirmó cuando sus padres se divorciaron años más tarde. Claramente, su desconfianza por la actitud de su padre había contribuido a su hipervigilancia sobre la autenticidad de la relación con Clifford así como a su dificultad para creer que él podía cuidarla.


La denigración de su padre a las mujeres no se detuvo en su madre. Davida recordaba estar en su dormitorio jugando con su hermana cuando su padre apareció en el umbral y murmuró algo que ella entendió como pequeñas putas“. Desde joven fue consciente de haber pensado que era mejor ser un muchacho si ser una chica significaba sentirse tan impotente y abusada, de modo que fue transformándose en un marimacho tratando de evitar ser femenina. En el origen de esta evitación estaba el otro extremo de la denigración de su padre, lo que ella ha llamado las “ citas² con él. Estas habían comenzando cuando ella tenía cerca de 12 años y continuaron hasta que se marchó de su casa para ir a la universidad. Su padre insistía en que ella se vistiese para salir y la llevaba a clubs estupendos, haciéndola pasar por su ligue. Este era el único lazo que matenía con él. La valoración positiva que él podía tener de ella se basaba en esta fantasía: ella era deseada únicamente por algo que no era.


En esta situación la relación con su madre no le ofrecía mucho refugio. Incluso ella se recuerda siguiéndola a través de la casa, preguntándole repetidamente si la quería mientras su madre se iba alejando. Más adelante sentía que su madre competía con ella para acaparar la atención de su padre. Davida recuerda también que su madre usurpaba su lugar en las pocas relaciones con otras chicas que ella podía tener. Un amigo de Davida pronto se hizo mejor amigo de su madre que de ella. Otro recuerdo importante es que a los 9 años de edad, Davida entró corriendo, desnuda, en el salón cuando sus padres estaban con amigos. Ella tenía la incuestionable expectativa de que sería adorarada por esto, pero lo que escuchó fue el áspero grito de su padre diciendo ²!sal de aquí!“. Éste es un ejemplo de sus desesperadas tentativas para conseguir ser ²el ojito derecho“ de alguien.


Comprensiblemente Davida ha tenido dificultades en sus relaciones interpersonales. A partir de los 20 años estuvo con varios hombres, con algunos períodos incluso algo promiscuos marcados por sus intensos celos; relaciones que finalizaban cuando ellos la abandonaban. También ha tenido lo que ella llama dos ²polvos lesbianos². ²Ya que no funcionaban las relaciones con los hombres, pensé que intentaría con mujeres“, dijo. Pero fue igual que con los hombres. La paciente temía que Clifford pudiera sentir repulsa por lo que ella le había contado ya que podía suponer que no lo deseaba por ser un hombre y por lo tanto él no podría desearla; tenían que tener el mismo sentimiento y a partes iguales.


Después de algunas discusiones a la noche, ella acosaba a la persona con la que estaba saliendo para convencerla de que su punto del vista era el correcto independientemente de lo que se tratara, hasta que finalmente, agotados, él o ella se apartaban, momento en que atacaba físicamente a sus parejas. El miedo a verse abandonada podía llevarla a ser agresiva, incluso violenta.


Sus experiencias tempranas llevaron a la paciente a desarrollar odio y miedo de ser una mujer. Por lo tanto sufría un dilema terrible: ella sabía que iba a convertirse en una mujer, con todo lo que significaba: ser denigrada, como la experiencia de su madre había demostrado. ¿Entonces qué clase de mujer podía ser ella? ¿Una sirena?


Los encuentros con su padre resultaban una victoria edípica vacía porque nunca había podido sentirse deseada y ser ella al mismo tiempo. Esas experiencias fueron retomadas en el trabajo conjunto. La paciente requería que Clifford fuese honesto con ella pero demandaba ser confirmada de una manera que él no podía proporcionarle en el marco del tratamiento. Y si únicamente tenían una relación terapéutica, ella era un paciente como cualquier otro/a, lo que para ella significaba ser reducida a un objeto secretamente desdeñado.


Mediados de tratamiento


Despues de algunos años de tratamiento, el analista le comenta que necesitaba estar ausente una semana porque su esposa y él iban a tener un niño. El anuncio provocó el desmoronamiento de Davida que responde con gritos y llanto.


Resultaba particularmente traumático para ella, porque Davida había terminado con su terapeuta anterior cuando ésta había adoptado un bebé. Entonces le dice a Clifford ²yo también soy un bebé, usted lo sabe“ y él lo admite. Lentamente la paciente se va acercando hasta que al final de la sesión, le pregunta si puede abrazarlo. Él responde que sí y ella lo abraza siendo éste el único contacto físico que han mantenido. El analista lo refiere como un fuerte apretón, desesperado, como si fuese de vida o muerte. Davida le pide que le avise cuando comience el parto de su mujer, de modo que ella sepa cuándo será interrumpido el trabajo conjunto entre ellos, y él accede. Desafortunadamente, el nacimiento de su bebé fue difícil y puso en peligro la vida de su esposa e hijo. Cuando él vuelve a la consulta la semana siguiente, Davida le pregunta, ²primero: ¿están todos bien?² Al responderle que sí ella reconoció, ²¡desearía que hubiesen muerto!“ Y Clifford responde que lo siente pero no puede escuchar eso. Introducir su propia subjetividad en el tratamiento en este punto pareció haber tenido el efecto de aplacar  a Davida, que no continuó con ese tema, aunque  se precipitó otra ronda de demandas que duró muchos meses. Esta vez era: ¿“por qué no podemos tener un bebé? ¿No soy yo bastante atractiva como mujer para usted? Si yo fuera atractiva para usted, ¿entonces usted querría tener un bebé conmigo? . ¿Puede usted decirme, si acaso no hubiera encontrado a su esposa, si se habría casado conmigo? Usted dijo que habríamos podido ser amigos, ¿no habríamos podido ser amantes también?“


Así aparecía otra dimensión de su desarrollo de género: ella podía pensar en su feminidad, pero preguntaba acerca de su atractivo como mujer. Sin embargo, también utilizaba su sexualidad para probarse, la formulación era: si Clifford se sentía sexualmente atraído por ella, entonces ella era una mujer atractiva.


Una vez más, el analista intenta varias interpretaciones e intervenciones, distinguiendo por ej. entre la idea de la atracción y la de tener una relación que los llevara a tener un bebé juntos. Aclara que no podría estar implicado sexualmente con ella, porque no sería ético puesto que era su psicoanalista. Tampoco podría casarse con ella, tanto por ser su analista como porque ya estaba casado. Este intenso tira y afloja psicológico continuó durante cierto tiempo, pero finalmente resultaba imposible derrotarla en su propio juego. Ella necesitaba desesperadamente asegurar su vinculación permanente con él, llegando a decir "incluso si no podemos estar casados en la tierra, podríamos estarlo por siempre en el cielo" .


Llegados a este punto, para el analista fue suficiente. Se sentía psicológicamente cercado, furioso con ella, y lanzando su cojín al piso, le dijo: “¡maldición! Ya es suficiente. Me enferma este patrón (modelo). No estamos pudiendo trabajar!“. Asombrado y avergonzado de su reacción, agregó "ninguno de nosotros podrá hablar hasta que me haya recuperado, esto no nos está llevando a ninguna parte. Tenemos que hallar otra manera de trabajar. Para comenzar, es importante que usted sepa que no llevo bien el que se me diga qué hacer o decir.“ Fue muy interesante descubrir cómo esta combinación de intervención y acción consiguió llamar su atención. Clifford piensa que pudo tener este impacto en ella porque Davida había llegado a sentirse segura en su relación con él porque tenían una historia compartida de sus esfuerzos por entenderla. Por primera vez, aunque ella comenzara con su modalidad de necesitar declaraciones concretas de él, no había que continuar sobre ello. Junto a estas dificultades, había muestras del progreso en el tratamiento. Después de una considerable deliberación, Davida se decidió a adoptar un gato. De niña, había llegado a odiar a los gatos porque estaban asociados a ser vista como mala, cuando los arrojó de la azotea. Se sentía insegura de si ella podría cuidar de algo pero decidió darse una oportunidad y el analista se sintió removido cuando ella le pone al gato su nombre de pila "Michael“, así como cuando le refiere a una amiga -tanto porque no sabía que ella había estado desarrollando esta relación fuera del tratamiento como porque pudiese compartirlo con otra mujer–.


Sin embargo Davida no había descartado del todo su expectativa de poder estar juntos, insistía en que podrían casarse en el cielo, dado que había poco progreso en sus relaciones íntimas con los hombres en su vida diaria. Había comenzado a notar que los hombres la tenían en cuenta pero,  puesto que ninguno se acercaba al nivel de perfección de su analista, no tenía ningún sentido para ella intentar tener algún tipo de  relación con ellos.


 Habían pasado 10 años desde el inicio del tratamiento, y desde entonces Davida no había tenido relaciones sexuales. Ni siquiera se masturbaba, ya que esto implicaba una fantasía necesariamente, y su experiencia le decía que era una trampa: si ella tuviera un deseo, no sería satisfecha. Pensando que  se habían estancado por muchos meses, Clifford concluye que la idea de Davida del cielo impedía el desarrollo de su vida cotidiana, especialmente en lo concerniente a su deseo de casarse y quizás tener un niño. El analista decide confrontarla con esta hipótesis, pero una vez más ella reacciona agriamente “¿está usted diciendo que nosotros nunca podremos casarnos?“


Davida comienza entonces a quedar con hombres como una venganza. Y solamente una versión algo diluída del intenso deseo que ella dirigía hacia el terapeuta fue orientada hacia otros hombres, al parecer, muchos de ellos realmente  impresentables. Durante este período, pudieron entender que ella se había resguardado de otras relaciones íntimas porque sabía que sería demasiado posesiva y celosa y que esto podía ser intolerable. Pero sus sensaciones sobre la relación terapéutica comenzaron a cambiar: pudo sentir que era estable y que su analista había continuado aceptándola a pesar de su miedo profundo a que si sabía demasiado sobre ella, le repelería. Retornó al modelo de sus 20 años, en los cuales su promiscuidad servía para intentar asegurarse a un hombre para una relación. Pero tenían más libertad para explorar sus sensaciones, e intentar entender qué la impulsaba a buscar hombres. Generalmente, esto provocaba un colapso en su autoestima, que se manifestaba sintiéndose afectada por los desaires profesionales y personales. Trabajando sobre estas crisis, ella pudo utilizar el tratamiento para evaluar sus estados anímicos. Podía preguntarse: ¿Me siento desesperada sin saberlo? ¿Debo seguir así y protegerme? ¿Me siento lo suficientemente segura para salir? (podía ser imprudente con su seguridad personal, tanto respecto a los hombres con los que ligaba como en no practicar sexo seguro). Esta desesperación alcanzaba a veces el punto en que ella se ligaba a un hombre para ver su pene erguido, como manera de tranquilizarse a sobre su propio atractivo. Al poder encararlo, de modo que su autoestima no necesitara basarse tan exclusivamente en una respuesta sexual, ni necesitara confiar en la respuesta de un otro, su aceptación comenzó a ser razonablemente generada desde dentro de sí misma. El analista valora que ha habido una progresión en cuanto a -a este tema.


En el momento de escribir el caso ella tenía una relación con un hombre, que, asombrosamente, le parecía demasiado intensa. No le parecía creíble que él pudiese estar "tan loco por ella“ dado el corto tiempo que llevaban juntos. Clifford le pregunta si la intensidad que le había expresado había sido tan desalentadora para ella como podían haberlo sentido los hombres con los que ella se había mostrado así. Reflexionando sobre esto pudo admitirlo.



Conclusión


Al mismo tiempo que le suplicaba ser amada, Davida ha insistido a menudo para que su terapeuta le dijese que se sentía sexualmente atraído por ella aunque él nunca le haya contestado directamente. Al principio del tratamiento, cuando ella comenzó con sus demandas, él comenta que en realidad no la encontraba atractiva para nada. En una oportunidad ella le dijo "le estoy pagando para que me quiera“ y Clifford le contesta, “mi amor no está en venta“.


Con el correr de los años, sin embargo, cuando ella ha podido ir dulcificando estas demandas y mostrándose más vulnerable, se va volviendo más atractiva para él. Ha comenzado a cuidarse, a vestirse mejor y a exhibir su buen gusto en las joyas que se pone. Ya no exige ser amada sino que se pregunta por qué, en un momento determinado, ella no puede sentirse cuidada aun cuando sabe que el analista lo está haciendo.


El último período del tratamiento se ha caracterizado por una variedad de nuevas situaciones para ella también. La recuperación reciente de su interés en la II Guerra Mundial le hizo interrogarse sobre la experiencia de su padre. Estimulada por el analista, quiso hablar con él sobre ese tema y pudo sentir empatía cuando su padre le contó que había estado en Iwo Jima, desesperado, sobreviviendo en un entorno empapado en sangre.


Su círculo social se ha ampliado considerablemente. Ahora tiene amigos que a los que ella les gusta más y no a la inversa, lo que es considerado por Clifford como un progreso verdadero.


Hasta  puede ligar con más facilidad, aunque se queja de que "los hombres son "gilipollas“ [dicks en el original] (otra muestra de su consolidación de género: el poder agruparse con otras mujeres contra los hombres).


Davida ha desarrollado su sentido del humor y llega incluso a reírse de la intensidad de sus sensaciones. Con frecuencia puede sentirse alegre y valorar sus realizaciones. Han emergido algunos recuerdos felices de su niñez, como un día en el campo, en verano, en que estaba en un árbol con un muchacho que también se sentía como un extraño, compartiendo el globo de un chicle pasándolo de boca a boca. El último comentario es que en esa semana la paciente trajo una fotografía de alrededor de sus nueve años, la única que tiene de su niñez en la cual esté sonriendo. Clifford comenta que desearía poder mostrarla: se había cortado ella sola el cabello, quitándose el flequillo que su madre quería que tuviese. Tiene un gesto de amplia autosatisfacción.


 


Género y trauma. Una discusión del caso clínico de Michael D. Clifford. Virginia Goldner.


Para Goldner, el feminismo y la vuelta al postmodernismo han diluido los significados comunes del género y la sexualidad, en la teoría psicoanalítica y como experiencia vivida. Todavía la llamada diferencia anatómica sigue siendo el primer dato significativo sobre nuestra personalidad. Este acto fundacional de la clasificación exagera y mitifica las diferencias anatómicas relativamente pequeñas entre los hombres y las mujeres, creando La Diferencia. O sea, una polaridad singular de las contraidentificaciones que se deslizan desde el cuerpo a la mente haciendo que el binomio Hombre/Mujer se equipare a las categorías nominales Masculino/Femenino con la carga  añadida ideológica y psicosimbólica consecuente.


La autora señala  que, incluso dentro de la comunidad psicoanalítica, el género se ha instalado "dándose por sentado“. Gran parte de nuestro pensamiento se ha organizado en términos de oposiciones del género analista masculino/paciente femenino un formato que combina la asignación de sexo (mujer/hombre) con la clasificación de género (masculino/femenino) y marca la asunción a priori de que la semejanza y la diferencia se pueden trazar sobre el género de manera evidente, en términos de "iguales“ u "opuestos“. Pero el género “no habla por sí mismo“, (frase memorable de Kim Leary sobre la raza). Aún más, continúa la cita, "es usado y vivido de manera semejante o diferente por cada uno de nosotros, incrementando la tensión entre lo universal y la experiencia única“, pag. 185).


Hay múltiples procesos intrapsíquicos, intersubjetivos y culturales que quedan enlazados simplemente al concurrir en la supuesta categoría del género.  Mensajes de todo tipo sobre el género y la sexualidad se están intercambiando continuamente en registros conscientes e inconscientes entre padres e hijos, parejas románticas, y entre cada individuo y los arquetipos culturales.  Desde esta perspectiva social e intersubjetiva, la pregunta clave  sobre qué es el género se suple con cómo es utilizado. No sólo el género en sí mismo sino también (a) el trabajo psíquico e intersubjetivo que se está desplegando;  y (b) cuán rígida y concretamente se está utilizando en una mente un contexto familiar o un tratamiento individual. Puesto en términos de Odgen (1986) en un marco compartido por Stern (1985), Benjamin (1988),  y Fonagy (1998), la pregunta importante es si ella puede investir género y sexualidad con un significado personal , o si son "significados que le suceden“.


Llevado al “desgarrador“ caso de Michael Clifford (y su denominación le parece muy conveniente a Goldner) queda reflejada su incapacidad para concebirse, a ella misma o cualquier otra persona, como un foco de  subjetividad, pudiendo fabricar un significado personal intencional. Los impedimentos de Davida para pensar sobre la situación analítica, dadas sus limitaciones para la mentalización y la función reflexiva, implicaron que ella pudiera trabajar sólo intermitente en aspectos simbólicos y metafóricos del espacio analítico. Sumada a su incapacidad para relacionarse, nos marca las  grietas en el sentimiento de sí misma y de su personalidad que son evidencia del déficit traumáticamente inducido y las identificaciones con un padre abusivo y con una utilización perversa del discurso psicológico. La historia que Clifford presenta habla de las circunstancias aterrorizantes e infernales de la vida cotidiana en la casa de Davida, más allá de los daños psíquicos que podamos atribuir a la estereotipia de género. Mejor dicho -y ese es el motivo al que Goldner  alude para explicar su introducción sobre las cuestiones del género- aparecen para ella simplemente como las normativas a través de las cuales el padre de Davida habría podido estructurar diversos métodos de abuso emocional sádico dirigidos a destruir la  personalidad de los miembros de la familia, los pacientes, y cualquier persona sobre la que él tuviera algún poder.


Haya o no tomado el padre la cuestión del género literalmente, la utilizó para lastimar siendo la tortura mental  su  especialidad y teniendo los medios para conseguirlo. La historia de la familia de Davida es una escalofriante ejemplificación de los procesos patógenos que se activan cuando el género es utilizado para evacuar y proyectar lo intolerable sobre otras personas.


 Cita la autora a Benjamin (1988) en su brillante aportación al feminismo cuando aclara que el tema del género binario no trata  literalmente sobre la masculinidad y la feminidad, ni sobre actividad y pasividad, sino sobre el uso del género para dividir a las personas en sujetos y objetos, produciendo la complementariedad Sujeto Masculino/Objeto Femenino. En esta componenda, la masculinidad se constituye como el estado ilusorio de omnipotencia que es sostenible solamente porque la dependencia y la vulnerabilidad se proyectan sobre la feminidad. Reducido a su forma pura, la posición de la mujer como otra del sujeto masculino se sintetiza en: la feminidad “es“ todo lo que la masculinidad niega. En la casa de Davida, el paradigma heterosexual del género se había instalado en su forma más primitiva: la erótica hegeliana del Amo y el Esclavo. En la economía psíquica de esa familia, el Padre era Todo y cada uno de los demás eran Nada. Davida no podía tener ningún contenido mental propio, ninguna subjetividad independiente de la mente de su padre, con sus necesidades crónicas de evacuación psíquica. El padre lo impone todo: sin mí tú no eres nada y conmigo tú no eres nada. Ese es el porqué de que, cuando las hermanas están jugando solas, él las llama las “pequeñas putas“. Es intolerable para él que existan, fuera de su órbita: si pueden "ser " sin él, él no es nada. Todo esto se repite en la transferencia. Mientras que el analista trabaja continuamente para crear una relación de reconocimiento mutuo entre sujetos, Davida echa en falta la modalidad de su padre del todo o nada, paradigma de subjeto/objeto. En los términos de Benjamin, esto significa una persona demandando reconocimiento y otra que es forzada a admitir su sometiento. En este sentido, la insistencia de Davida para que analista piense y sienta como ella lo hace es un reflejo más de su miedo primitivo a la diferencia, es miedo alimentado para conjurar la libertad mental en sí misma. En su mundo de complementariedades, si el analista tiene una mente propia, ella será negada.


Esta es la razón por la cual, siempre que Clifford afirme su subjetividad personal -sea por salirse, aunque sea momentáneamente, de su función especularizante o simplemente porque él va a vivir y a trabajar fuera de su esfera de  influencia- Davida se convierte en un insignificante tirano, una pálida imitación de su padre, pero así son las limitaciones de la feminidad. Lo que se está repitiendo es que ella está procurando no sólo controlar la mente del analista, sino  también su acción. Así, ella oscila entre las demandas que atrapen al analista en la especularización masoquista de su subjetividad y el ofrecerse ella misma como objeto sexual para él puesto que, en su primitivo esquema,  el sexo tampoco es algo deseado, pero puede generar un estado adictivo que capaz de mantener al analista esclavizado. En todos estos movimientos, podríamos pensar en Davida como intentando forzar a Clifford para que pueda vivir personalmente qué se siente ante una derrota total y sumisión a la voluntad de otra persona. Por supuesto, habría sido catastrófico para Davida tener éxito en la corrupción del analista o en la destrucción de su verdad personal, como Clifford lo señala en una intervención incomparable cuando dice: "mi amor no está en venta“.


Pero el daño venía desde muy atrás, antes que analista y paciente comenzaron su particular tira y afloja. El sino de Davida fue sellado cuando su padre consiguió destruir a su madre. Esta sombría y victimizada mujer, crónicamente debilitada en su intento de protegerse de un marido sádico, no estaba en condiciones de reconocer, ni siquiera de tolerar, la inteligente voz de su hija y su palpable necesidad.


Davida no consiguió nada pero la vergüenza por desear el  reconocimiento de su familia -recordemos cuando apareció desnuda desesperada en el livingroom- no encontró lo que llama Clifford "refugio“, ni siquiera en el lazo de "madre-hija“ que es a veces, el único premio de consolación para los agravios del patriarcado.


Davida pertenecía a ningún lugar : no era la "niñita de papá“ ni la pequeña ayudante de mamá. Su experiencia de invisibilidad y cosificación comienza con la falta de reconocimiento maternal (recuérdese la escena en que ella intenta ir detrás de su madre, preguntándole si es querida mientras ésta le da la espalda). Los rituales metódicos del padre destinados a subrayar que ella no era realmente una persona vinieron después. En su astuto juego de citas con ella, uno de los aspectos más novedosos y escalofriantes de su estrategia de cosificación genérica, es que ella no aparece -suficientemente real como para ser deseada por su padre, lo que hubiese significado compartir cierto tipo de intimidad en la cuál él pudiese haber revelado necesitarla y disfrutar de su compañía. No, el propósito del padre era convertirla en una cáscara vacía, en una imagen de cartón piedra de una mujer que es un trofeo sexual sólo aparentemente. Su disfrute era únicamente sádico: el ataque a su mujer, la destrucción del lazo madre-hija y la fascinación decepcionando y traicionando sobre todo.


La relación del padre con los pacientes estaba basada en un simple y cruel engaño: Ud. piensa que yo voy a cuidarlo/a pero yo lo desprecio; pero en esta mascarada edípica, la trampa es justamente eso también. No, es simplemente la decepción: Ud. piensa que esta hermosa joven es mi mujer, pero es mi hija. Y la siguiente falsedad es "ella es mi hija actuando como si fuese mi amante, ella es un maniquí, una muñeca que he traído para engañaros“.


Lo que, para Goldner nos remite al horroroso tema de los gatitos arrojados por la ventana que, en su opinión, es el núcleo central del tratamiento. Los gatos son ella, por supuesto y el poner a prueba el tirarlos por la azotea “para ver si sobrevivían a la caída“ era no solamente el reflejo de como su propio extrañamiento la alienaba sino también de la rabia asesina de ella al sentirse negada. Para la discutidora del caso, este era también un reflejo de la lucha que se desarrollaba en su mente en torno a una auténtica cuestión ontológica ¿pude uno vivir sintiéndose no significativo para otra persona?


Desde que Davida era invisible, tal vez no fuese una persona sino un objeto, viva a lo mejor, pero no real.


En términos de Kohut, un/a chico/a tiene no solamente que ser humano sino sentirse humano/a, “no una humana monstruosidad“ (Kohut,1977,p.287).


Fonagy (1998) publica que el maltrato puede producir un déficit en la mentalización que puede llevar a una persona a tratar a otras como objetos físicos. Es conmovedor imaginar a Davida en esa azotea, intentando pensar a su manera, atravesada por su propio proceso y experiencia de cosificación. Cognitivamente, sabe que los gatitos están vivos, pero psicológicamente existen solamente como objetos para ella, que es por supuesto su experiencia de lo que les sucede a sus padres con ella. Si los animales murieran, ¿podría la realidad de su muerte traerlos a la vida en las mentes de sus cuidadores? ¿Puede el sadismo matar? ¿Hasta dónde tengo que llegar para conseguir la atención de los demás?


 Puesto que este tipo de preguntas no podrían ser pensadas conscientemente, eran actuadas insistentemente en el análisis, pues Davida encontró cada vez más formas de llevar al límite el encuadre para ver quién y qué podía sobrevivir. Nada de esto podía ser representado lingüísticamente porque las palabras y el discurso, especialmente sobre lo importante podían poner a una persona en riesgo extremo de ser humillado o algo peor todavía.


La práctica psicoterapéutica del padre era una lección sobre la traición: cuando él no mentía a los pacientes, los exponía y degradaba. Por otra parte, demostraba su desprecio por el trabajo clínico convirtiendo la metáfora del encuadre del tratamiento en una conversación personal, cuando el “necesitar hablar” lo transformaba en “desear una sesión,” cualquier conversación significativa emocionalmente se volvía absurda y sospechosa. No hay que preguntarse como Davida llegó a ser una “paciente experta “en frustrar el trabajo del tratamiento”; fue enseñada por un maestro: su padre. Pero Goldner también ve sus incesantes desafíos al encuadre, incluyendo su incapacidad y desgana de abandonar el pensamiento concreto a favor de la reflexión, como un ferviente deseo de hacer un análisis honesto y verdadero. Sus provocaciones tenían como propósito llevar al analista fuera de sí. Al hacerlo enfadar lo suficiente como para ser “realmente verdadero”, ella sondeaba su subjetividad personal para cerciorarse de que él no era otro impostor que fingía, ocultándose dentro de las convenciones del ritual y del papel analítico.


Solamente la especificidad del “gesto espontáneo” de la rabia del analista podía tranquilizarla respecto a que su empatía era también genuina, reflejando una opción personal para conocerlo más cercanamente más que una técnica para culpabilizarlo o una maniobra evasiva. Mientras que Clifford se mueve desde la empatía a la interpretación, los límites del encuadre, la revelación, y finalmente al arrebato, lo vemos ir avanzando a su manera hacia la participación total.  Al comienzo del proceso, su cólera personal al sentirse intimidado se expresa tímidamente, como una reprimenda sobre la modalidad del tratamiento: el tratamiento no es para que él hable de sus emociones, sino para que ambos pudiesen hablar acerca de los sentimientos de Davida. Pero finalmente cuando, como él lo relata, explota, tenemos esa secuencia extraordinaria: “¡Ya es suficiente. Me enferma este patrón (modelo). No estamos pudiendo trabajar!“, seguida por una intervención bidireccional dirigida a contener a ambos, “ninguno de nosotros podrá hablar hasta que me haya recuperado“  y finalizando con una pequeña pero fuerte dosis de su realidad personal (la del analista): “Para comenzar, es importante que usted sepa que no llevo bien el que se me diga qué hacer o decir“.


En estos momentos singulares y decisivos no son las explosiones de ira del analista las que, por sí mismas, son transformacionales, sino la transparencia de su proceso de trabajo y cómo nos revela su lucha genuina entre la necesidad de una disciplina analítica y la de la autenticidad. La riqueza del proceso interno de Clifford y su buena voluntad de revelarlo desde el comienzo da a Davida los datos fundamentales que ella necesita. “Este individuo es verdadero, su trabajo es muy duro (para él), obviamente me cuida y cree en lo que estamos haciendo”. Paradójicamente, a medida que el analista toma más riesgos, volviéndose más real, su paciente le retribuye su generosidad deslizándose cada vez más hacia el plano simbólico: de amenazar con apropiarse de su nombre en un movimiento unilateral e intentar conseguir ser su hija adoptada, Davida se limita, en última instancia, a dar su nombre (el que está reservado para las relaciones personales) al gato nuevamente adoptado, el objeto analítico transicional que solamente ahora podría, en el contexto de su mutualidad duramente ganada, comenzar a existir.


En la poesía que, retrospectivamente, moldea esta historia, podemos ver cómo lo que opera en este caso es la dialéctica entre la empatía y la autenticidad, entre la metáfora y la actualidad, lo concreto y lo simbólico, la reparación y la repetición. Pero finalmente es el trabajo de Michael Clifford lo que merece nuestra mayor consideración. Es la vitalidad personal, la firme entrega a este proyecto. Clifford le ofrece a Davida la oportunidad de destruirlo y verlo sobrevivir una y otra vez, reiteradamente, resolviendo así de por vida la paradoja de los gatitos, haciendo que la vida aquí abajo, con el resto de nosotros, comience a parecer como un alternativa digna de ser tomada en cuenta.


 


Contestación a la discusión. Michael Clifford


El analista agradece a Virginia Goldner su comentario, particularmente la valoración de su trabajo clínico con Davida. Comenta que fue un tratamiento difícil, incluso en el momento de decidirse a presentar este caso. Por lo tanto le satisface haber encontrado en Virginia a alguien que comprende y siente compasión por ambos: Davida y él. Señala la importancia de que puedan acordar respecto a lo crucial que resultó para el tratamiento que Davida forzase los límites del encuadre, mientras él tenía que reajustarlos. Goldner lo entiende en términos de búsqueda de autenticidad y para que él llegara a ser más “verdadero” en el tratamiento. Clifford, sin embargo aprovecha para lanzar la pregunta de si acaso su discutidora piensa que el mantenimiento del papel analítico (con su encuadre correspondiente) hay que correlacionarlo necesariamente con ser poco auténtico o, a la inversa, el romper el molde del encuadre ya es intrínsecamente auténtico. Él cree que lo que marca la diferencia en este caso es el contexto de la relación entre Davida y él mismo, el trabajo analítico hecho, así como las crisis que él describe.


Se propone responder sobre tres temas: el comentario general respecto al género y la sexualidad, una defensa del padre y una defensa de la cosificación


 


Comentario general respecto al género y la sexualidad


Clifford cuestiona el comentario de Goldner sobre la influencia del feminismo y el postmodernismo en la teoría psicoanalítica: cree que tal vez sea así en lo que denomina nuestra área, pero no en la totalidad de la teoría psicoanalítica. Además, siendo psicoanalistas, piensa que vivimos dentro de un estrato diferente que no representa al común denominador. Como psicoanalista americano, sabe que sus creencias no reflejan muchos aspectos de la cultura americana, que es doloroso comprobar la fuerza que la estereotipia sexual sigue teniendo sobre un porcentaje importante del país, como muestran los asesinatos de homosexuales, e incluso, hace solamente unos años, la Convención Bautista Sureña –el grupo protestante más numeroso, representando a 40 millones de americanos- que votó una posición teológica que sostenía que el hombre es la cabeza de la casa y la mujer los niños están subordinados a él. Plantea esta cuestión porque cree que es un riesgo la sobresimplificación y que hay que ser muy cuidadosos a la hora de no creer demasiado en que el psicoanálisis es un mejor camino hacia “la verdad” que cualquier otra disciplina. Él cree que hay algo único en nuestras propias experiencias del género y la sexualidad que hacen que nuestras opiniones y teorías sobre ellos estén profundamente arraigadas, cómo la mayor parte de nosotros considera estas áreas centrales en nosotros mismos. Dicho lo cual, cree que el psicoanálisis y la psicología del self particularmente pueden contribuir mucho a la comprensión del género y la sexualidad. La psicología del self se centra en la experiencia del sí mismo, lo que es fundamental para la sexualidad y el género, así como sexualidad y género son fundamentales para la experiencia del sí mismo.


 


Una defensa del padre


 Aunque está claro que, según su experiencia como paciente, el padre es un cretino, no obstante piensa que necesitamos ser cuidadosos con no demonizarlo; de hecho, el desafío con este hombre es intentar considerarlo en su humanidad. Sin embargo, ha sido difícil en este tratamiento el obtener más información sobre él. La exploración de cualquier tema que no fuesen sus emociones era experimentada por la paciente como la temida evidencia de su desinterés por ella. Probablemente la experiencia de su padre en la Segunda Guerra Mundial siendo un hombre joven severamente traumatizado (antes de que el síndrome postraumático fuera reconocido y aceptado socialmente), debió hacerlo sentir más solo con su terrible experiencia. Habrá que recordar que él tenía solamente 17 o 18 años cuando vivió lo de Iwo Jima. Es posible incluso que nuestra aversión a él aumente por tratarse de un terapeuta porque quisiéramos que nuestros colegas fueran idealizables. Para Clifford no es provechoso elaborar una comprensión teórica de este caso (y no ha sido una ayuda clínica) viendo al padre sólo como un ser humano torturado que hizo lo que la mayoría hacen: torturar a otros. De hecho, para Davida, comenzar a empatizar con su padre ha sido el punto de inflexión. No sólo no tiene que invertir tanto de su tiempo y energía en odiarlo (y por lo tanto está cada vez más liberada de la lucha en búsqueda de su reconocimiento), sino que su propia humanidad se profundiza al considerarlo como persona. También le parece demasiado estrecha a Clifford la correlación que hace Goldner entre amo y esclavo y las relaciones entre hombre y mujer (por lo menos en el hecho de que ella no indica que puede haber excepciones a esta correlación); su experiencia es que en parejas del mismo sexo también puede encontrarse la relación amo-esclavo. Tampoco está de acuerdo en ver a la madre solamente como una víctima, ya que esa sería otra manera de no tomar en consideración su subjetividad.


 


Una defensa de la cosificación


 Según el autor, vivimos en una época y una cultura que premia la individualidad, y nosotros practicamos una profesión que amplifica la subjetividad del paciente o de la díada paciente-analista. Inversamente, tendemos a ver la cosificación como antitética a la subjetividad y, por lo tanto, como algo solamente negativo. Goldner, en su argumento, acentúa una clase de cosificación de tipo existencial que despoja a la persona de su humanidad. Su experiencia con Davida le mostró que la cosificación a la que la sometió su padre y su madre no fue tan extrema como para hacerla perder su humanidad. Sugiere que necesitamos recordarnos que la cosificación no tiene porque ser antitética a la subjetividad, que hay un aspecto común de las experiencias humanas que nos lleva a ello sin grandes consecuencias, por ej. cuando nos categorizamos tan automáticamente como hombres y mujeres. Necesitamos organizar el mundo, y esta es una manera de hacerlo. Así, no le parece sorprendente que la mayoría de la gente vea el binomio varón/hembra como equivalente al par masculinidad/feminidad y a hombre/mujer. Cree que estas son ecuaciones problemáticas intrínsecamente. Además, es una experiencia común que deseemos ser vistos por otros como un hombre o una mujer atractivo/a y ésta ya es una manera de ser considerados objetos. Finalmente, mucha gente puede convertir en objetos a otras personas pensando más o menos conscientemente, “me gustaría tener una relación sexual con esa mujer (o ese hombre).” Lo que lo lleva a concluir que la cosificación es algo inofensivo en sí mismo, pudiendo llegar a ser problemático cuando se convierte en una modalidad exclusiva.



Comentario personal


El caso es realmente apasionante. Nos muestra a Clifford  teniendo que lidiar con las actuaciones de Davida, intentando simultáneamente entenderla y, sobre todo, transformarla mientras ella reclama con desesperación que él la ame, sentirse querible a pesar de ser como es. Ilustra una patética caricatura del estereotipo de género femenino: una mujer expresando su desgarradora necesidad de ser  reconocida, amada, deseada sexualmente y elegida como madre de los hijos de un hombre. El mundo emocional  de la demanda amorosa lo ocupa todo, no queda espacio para nada más. Eso es lo que ella quiere ser: amada


Davida crece como una pura restricción del self, que según Emilce Dio Bleichmar (2005): ”abarcarían la zona del discurso que habla sobre el se r-yo soy, quiero ser o no quiero ser- y su modo de operar en la subjetividad se desarrollaría por medio de creencias matrices pasionales de amplio consenso social y de memoria procedimental, producto de las interacciones diferenciales que tienen lugar para ambos géneros” . Carece del menor esbozo de cohesividad, no es capaz de ser centro de ninguna iniciativa independiente que no sea una disparatada llamada de atención. Es absolutamente ineficaz en las relaciones interpersonales. Sus opiniones, sentimientos e ideas ni influyen ni son tenidos en cuenta por los otros, de manera que la única opción que encuentra es esa salida bizarra, esperpéntica, que convierte sus carencias  en mecanismos compensatorios para intentar vanamente restablecer algún equilibrio en la representación de sí misma.


¿Pensar en atacar a la paciente que la precede le puede hacer sentir que tiene algún control sobre algo? ¿Elegir el nombre que le puede poner al gato que sustituye al hijo que, a diferencia de sus analistas, ella no puede tener, la provee de la ilusión de que puede decidir algo? ¿No querer/conseguir reflexionar sobre sus emociones le otorga algún tipo de poder sobre una cuestión  que le concierne?


Como oportunamente comenta Virginia Goldner, el caso ilustra de forma magistral las condiciones de género psicologizadas, con la distribución de lugares ya preestablecidos en las relaciones. El padre como el amo del control, la madre y las/os niñas/os ocupando el polo de la sumisión en una perversa complementariedad que anula sus subjetividades.


Tomando como referencia otro artículo de V. Goldner (2004) que me ha resultado especialmente interesante por su complejidad  y la riqueza conceptual que aporta, me interesa comentar un punto en particular: el de la moralidad clínica. Es la propuesta de Clifford de “estimularla” a recuperar su capacidad de empatizar con el padre como una forma de “poder profundizar en su humanidad”.


En el artículo citado Goldner plantea cómo las cuestiones de género y poder están entretejidas en la estructura de la vida íntima, pero nuestro campo las ha evitado, por lo que nos invita a desarrollar una particular sensibilidad hacia estas cuestiones que nos permita trabajar con este material.


¿Se le ha pedido al padre que intente empatizar con el terrible sufrimiento de Davida y con las graves  consecuencias que han generado el clima familiar en que  vivían? ¿Es posible  para Davida recuperar su capacidad de mutualidad si tiene que seguir acomodándose (Frankel, 2002) a tener que empatizar (imperativo de género) (Levinton, 2000) con el porqué de que su padre fuera capaz de dañarla de ese modo? ¿Cuál es y de qué modo asumimos nuestro compromiso moral respecto a lo que “estimulamos” en nuestros pacientes? ¿Está Clifford ayudándola a desprenderse de la dependencia, a ser verdaderamente autónoma,  si no la anima, inversamente a lo que él propone, a no tener que ser necesariamente empática con aquello que ha sido devastador para su vida? Tal vez para lograr situarse como sujeto y diferenciarse sea necesario para Davida renunciar a ser para su padre “el escudo que lo protege de los afectos dolorosos” (Goldner, 2004), en este caso de la culpabilidad por los daños infringidos. Si lo importante es la reestructuración de su self ¿cómo puede Davida expresar su subjetividad  y asegurarse el reconocimiento de parte de una persona tan perturbada? ¿O sólo será reconocida si no se autoafirma y se somete  a través de la empatía (Benjamin, 1996)?


            Si la pensamos desde el Enfoque Modular-Transformacional, Davida es un cocktail explosivo. Sus necesidades de apego han sido ignoradas y señaladas como inadecuadas. No tuvo posibilidad alguna de adquirir pautas de autocuidado ya que el caos doméstico  (por ej. en cuanto a los hábitos de comida) y el clima de violencia (palizas del padre) generaron una sensación de amenaza constante para la autoconservación. Su narcisismo ha quedado aniquilado al no poder ofrecerse a sí misma  ni a los demás algún tipo de logro en ningún ámbito de experiencia., teniendo en cuenta además que, como plantea en el artículo citado E.D.Bleichmar,  la capacidad para mantener la autoestima es un reto adicional para la subjetividad femenina”.


Y la agresividad ha sido doblemente potenciada, por la identificación con el agresor (Frankel, 2002), tanto en la concepción de Anna Freud en términos de mimetismo con el sadismo como en el planteo de Ferenczi en el cual frente a la agresión la respuesta va desplazándose desde


1)     el miedo (angustia persecutoria), sometimiento emocional


2)     hipervigilancia selectiva


3)     falsificación del sí mismo (vaciamiento de la estructura del self)


4)     identificación con el agresor y transformación en el inconsciente


Sólo en el espacio analítico Davida puede comenzar a aprender a regularse psicobiológicamente y a reflexionar, así como solamente a partir de la relación transferencial ella puede conectar con otro, en toda la complejidad de la dimensión intersubjetiva sin que se trate de “matar o morir”, transitando el camino desde la Nada a sentirse persona (Bleichmar, 1999).


Por último, el trabajo de Clifford con la paciente me ha resultado más sugerente que la argumentación que sostiene cuando polemiza con Goldner, donde pareciera no  estar demasiado interesado en quedar adscrito a la tendencia “pro-género” o por lo menos mantener sus legítimas aunque discutibles reticencias (ambivalencias) con el tema (Dio Bleichmar, 1996).


Y tal vez sea en este punto, el de los efectos del uso  del concepto de género, donde la posibilidad de interrogarnos sobre nuestra moralidad clínica se vaya haciendo más acuciante.


 


BIBLIOGRAFÍA


Benjamin, J. (1996). Los lazos del amor. Paidós: Buenos Aires.


Bleichmar, H. (1999). Del apego al deseo de intimidad: las angustias del desencuentro. Aperturas Psicoanalíticas nº 2 (www.aperturas.org).


Dio Bleichmar, E. (1996). Feminidad, masculinidad. Resistencias en psicoanálisis  al concepto de Género, en Género, Psicoanálisis, Subjetividad. M.Burín y E.D. Bleichmar (comp.) Buenos Aires: Paidós.


Dio Bleichmar, E. (2005). Restricciones del self femenino. Comunicación personal-Fórum


Frankel, J. (2002) Explorando el concepto de Ferenczi de identificación con el agresor. Su rol en el trauma, la vida cotidiana y la relación terapéutica. Aperturas Psicoanalíticas, nº 11 (www.aperturas.org).


Goldner, V (2004). Cuando el amor hiere: tratamiento de las relaciones de abuso. Psychoanalytic Inquiry, 2004, 24)3): 346-372


Levinton, N. (2000) El superyó femenino. Madrid: Biblioteca Nueva.

 

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