Poner al descubierto las cartas propias en el análisis. Una aproximación al problema de la autorrevelación [Renik, O., 2006]

Publicado en la revista nº024

Autor: Muñoz-Grandes López de Lamadrid, María

Artículo: “Playing one’s cards face up in analysis. An approach to the problem of self disclosure”, Owen Renik, “Contemporary Psychoanalysis in America. Leading Analysts present  their work”, Washington, DC, London, England. American Psychiatric Publishing, Inc, 2006, pp. 515-531.








Owen Renik es profesor, investigador y psicoanalista. Es formador y supervisor de analistas en el “Instituto Psicoanalítico de San Francisco”. Ha sido  director  asociado del departamento de psiquiatría  del hospital Mount Zion, director  editorial de “The Psychoanalytic Quarterly” y miembro del consejo editorial de “Pshychoanalytic Inquiry" y “The American Psychoanalyst” entre muchos otros cargos.


 


Introducción



Owen Renik comienza su artículo trazándonos un panorama de cómo está la cuestión de la autorrevelación entre los analistas contemporáneos. Hay consenso en que todo lo que hace un analista es autorrevelador, en que hay que redefinir  en qué consiste el uso técnico de la autorrevelación intencionada y en que necesitamos desarrollar  pautas sobre qué, cuando y cómo dar información  al paciente sobre nosotros mismos, teniendo en cuenta el momento clínico y los factores específicos de cada caso, para optimizar los beneficios de la autorrevelación. Sin embargo, Renik observa una tendencia a la autorrevelación selectiva y a no implementarla como principio técnico sistemático y consistente. Esto se debe a que el principio de autorrevelación contradice el viejo principio del anonimato, hoy actualizado en la versión de relativo anonimato.


La propuesta de Renik es sustituir el principio del anonimato por el de la autorrevelación. Esto quiere decir estar consistentemente dispuesto a hacer los propios puntos de vista explícitos para el paciente, especialmente la propia experiencia de los sucesos clínicos y de nuestra participación en ellos como analistas. La práctica de poner las propias cartas boca arriba es un principio general útil para los analistas, dice Renik, puesto que nos orienta mejor en la práctica clínica cotidiana que el principio del anonimato. No obstante, comprometernos con él puede implicar a veces una opción a favor del bienestar del paciente por encima de la comodidad del analista ya que requiere una disciplina y una voluntad de querer darnos a conocer. El autor defiende que, aunque haya implicaciones éticas y políticas en este principio, su validez se sostiene por razones pragmáticas: promueve una práctica clínica más eficaz. Cuando el analista hace explícita su experiencia, esto contribuye a crear una atmósfera de colaboración, en la que la investigación conjunta sobre el paciente es mas abierta, completa y honesta.


 


Negociando la autorrevelación


En este apartado, Renik responde a una de las más frecuentes y comprensibles preocupaciones en torno a la autorrevelación: que pueda favorecer un enfoque clínico intrusivo. El autor argumenta que cualquier aspecto del método, carácter o teoría del analista puede llegar a ser intrusivo y que la única manera de prevenir la intrusión es estar abiertos a recibir inputs frecuentes del paciente sobre como experimenta nuestras intervenciones.


La autorrevelación  no puede ir separada de una previa toma de decisiones y una subsiguiente discusión colaborativa. En primer lugar, una toma de decisiones cuidadosa sobre qué autorrevelar. Para ello nos da la siguiente pauta: “yo diría que un analista debería tratar de articular y comunicar todo aquello que, desde su punto de vista, pueda ayudar al paciente a entender lo que él, como analista,  piensa respecto a ‘de dónde viene el paciente’ y ‘a dónde planea ir con él’” (p. 520). Y,  a continuación,  tratar la decisión colaborativamente dentro de la relación terapéutica. Puede haber veces en las que paciente y analista no estén de acuerdo respecto a lo que es útil que el analista revele y entonces es este desacuerdo lo que deviene el foco de la discusión. Al reconocer que los juicios del analista respecto a lo que es relevante revelar son subjetivos, se le está indicando al paciente un rol de crítico constructivo de esos juicios. Este es,  indica Renik, el rol recíproco al que acostumbra a desempeñar el analista. Cuando un paciente trata de decir todo lo que le viene a la mente, el analista puede señalarle cosas que se le han pasado por alto; del mismo modo, cuando el analista trata de hacer comprensible, lo mejor que puede, su actividad analítica, el paciente, a su vez, puede señalarle aspectos sobre las cuales el analista no había tomado conciencia.


El autor discute que la autorrevelación del analista lleve el foco de atención sobre el analista a expensas del paciente. Más bien ocurre todo lo contrario, nos dice, “cuanto más dispuesto esté un analista a reconocer y discutir su propia presencia en el tratamiento, menos espacio toma el analista y más espacio queda para el paciente” (p. 520) Un analista que se esfuerza por permanecer relativamente anónimo se vuelve un objeto misterioso; desencadena el juego de “adivina lo que está en mi mente” con el que tantos pacientes, se queja Renik, han perdido demasiado tiempo.


A continuación  el autor presenta una viñeta clínica sobre el “caso Anne”. En un par de ocasiones la paciente pide a Renik que le explique las motivaciones que lo llevaron a intervenir como lo hizo. Renik nos dice: “yo no rehusé contestar a sus preguntas. Ni tan siquiera pospuse el contestarlas sugiriéndole que primero reflexionara sobre las motivaciones que la llevaban a preguntarme que era lo que yo pensaba que yo estaba haciendo”, y continúa, “yo respondí a su indagación  como a una búsqueda constructiva de información que para ella era útil considerar” (p.522).


Las autorrevelaciones de Renik consisten en ser tan explícito como puede sobre como él entiende su participación en los sucesos interaccionales con Anne. Nos relata cómo unas veces ella pide más explicación respecto a lo que está en la mente de Renik y otras le dice que no necesita saber más. Entre ambos van regulando la autorrevelación del analista.


La impresión del autor es que su voluntad de autorrevelación no provoca en sus pacientes una curiosidad insaciable sobre su persona ni un deseo de tomar lo que él revela como “sabiduría recibida”. Lo importante, señala, es la atmósfera colaborativa que las autorrevelaciones sistemáticas del analista crean, un sine qua non para una investigación  libre y consecuente. El analista que se autorrevela está más autorizado para pedir al paciente que le explique las motivaciones que le llevaron a decir o preguntar algo.


Renik ha escogido para la viñeta un caso en el que lleva practicando largo tiempo el principio de poner las propias cartas boca arriba. La paciente confronta a Renik con naturalidad, esperando respuesta a sus preguntas. Esto no hubiera podido darse, nos dice Renik, si él hubiera sido un analista relativamente anónimo.


 


Autorizar al paciente como colaborador


Analistas de la escuela interpersonal, influenciados por Sullivan,  incluyen como parte de su técnica el solicitar activamente al paciente que exprese como experimenta el modo de proceder del analista en la relación terapéutica. Lo que no hacen, explica Renik, es recomendar que el analista responda con autorrevelaciones a los inputs de los pacientes. Renik considera que esto desanima al paciente de seguir haciendo comentarios sobre lo que piensa del analista, puesto que aprende que sus señalamientos o preguntas no tendrán respuesta, no serán interpersonalmente consecuentes, y dice Renik: “Un analista que no opera de acuerdo a la ética de la autorrevelación, desanima la confrontación libre y el ser cuestionado por el paciente” (p.524). Implícitamente, éste aprende que el analista desea protegerse de su escrutinio, que no quiere exponerse, y se somete. Es la manifiesta y persistente voluntad de autorrevelación del analista la que provoca que el paciente diga lo que piensa y siente en la relación terapéutica y se optimice, así, el intercambio dialéctico.


Renik llega a decir que el mejor supervisor para un analista es su paciente. Aun reconociendo el análisis del analista y la supervisión con colegas como recursos imprescindibles y valiosísimos, considera que el paciente es el único que puede ofrecerle una supervisión en ‘el momento a momento’ del análisis e, incluso, cuando el analista no ha identificado la necesidad de hacerlo.


 


Autorrevelación y estilo del analista


Renik describe su estilo como persona, y por tanto, como analista, como más tendente hacia el polo exhibicionista y activo del espectro que hacia el reservado. Nos cuenta cómo, con los pacientes, prefiere arriesgarse y sufrir las consecuencias, que perder una oportunidad.  Sin embargo, el recomendar  poner las propias cartas boca arriba como principio técnico y general no es una racionalización de su estilo personal. Cree que debería aplicarse en todos los análisis, sea cual sea el estilo personal del analista. De hecho, argumenta, “el uso del principio de autorrevelación  facilita que el analista obtenga un feedback de cómo experimenta el paciente su estilo personal y pueda caer en la cuenta de sus puntos ciegos”.


Como ejemplo ilustrativo, Renik transcribe lo que en una ocasión le dijo otra paciente: “ sabes Owen? Yo pienso que tú crees que para un analista es muy importante ser abierto y no autoritario y que intentas ser conmigo de ese modo. Y eso ha sido muy útil la mayor parte del tiempo. Pero además yo pienso que tienes un interés personal en que yo no te vea como dominante o injusto, de modo que cuando, con razón o sin ella, yo te veo de ese modo, reaccionas rápidamente intentando arreglarlo. Y eso hace que no puedas escucharme algunas veces” (p.525). Renik no duda de que fue el jugar sus cartas boca arriba a lo largo del tratamiento, lo que dio a esta paciente la confianza para criticarle constructivamente. El principio de autorrevelación, concluye el autor, no lleva a que el analista hable de sí mismo todo el tiempo sino a que pueda formarse juicios sobre cuánto y qué es relevante para el paciente que el analista cuente de sí mismo y a contrastarlo con el paciente.


El otro tema fundamental que Renik trata en este capítulo es el de la relación entre la práctica sistemática de poner las propias cartas boca arriba y la idealización del analista. La postura del anonimato invita a la idealización del analista, lo cual es un obstáculo importante para el proceso terapéutico, y el principio de autorrevelación no la previene ya que se puede idealizar al analista tanto por ser cercano y abierto, como por ser inaccesible y reservado. Además Renik reconoce que la idealización es una fase necesaria en muchos procesos terapéuticos, quizás en todos. Pero cree que no deberíamos favorecerla sistemáticamente como hace la postura del anonimato. La práctica del principio de autorrevelación, facilita el examen y revisión del modus operandi del analista, y le permite darse cuentas de sus consecuencias adversas en el tratamiento, tanto si no tolera la idealización como si necesita ser idealizado.


 


Formas de autorrevelación


Los factores específicos de cada caso y la particularidad de cada momento clínico determinan la forma de la autorrevelación. Renik expone una pequeña viñeta en la que cuenta que una mañana, al levantarse con gripe, llama a su paciente Anne para cancelar la cita y le explica el motivo. En la siguiente sesión, Anne relata un sueño que asocia con su rabia infantil contra Renik por haber cancelado la sesión. La información sobre las circunstancias del analista no impide que la paciente identifique y explore su fantasía hostil. De hecho, sigue Renik, el hecho de haber tenido disponible su explicación  permite a la paciente interpretar que, el imaginar gravemente enfermo a su analista, es una expresión de su enfado. La toma de contacto con la realidad del analista no obstaculiza la indagación sobre la fantasía de la paciente. Y el no dar una explicación a la paciente, como algunos analistas harían,  hubiese sido percibido por la paciente como un acto misterioso, cree Renik, quien afirma que el exponer a la paciente a una situación poco natural no le permitiría investigar más sobre su manera de participar en las relaciones humanas corrientes.


En otra viñeta Renik nos da un ejemplo en sentido opuesto. Su paciente entra en la consulta con un vestido muy ceñido y él toma la decisión  de no decir lo que está en su mente. Y asevera “que un analista juegue sus cartas boca arriba no quiere decir que, por principio, no mantenga sus pensamientos en privado” (p.527). La decisión de decir o no decir algo, la toma el analista por razones pragmáticas, pensando sobre el efecto beneficioso o perjudicial que su autorrevelación va a tener sobre su paciente y el tratamiento. Sin embargo, las cosas se complican cuando la paciente pregunta a Renik: “¿te gusta el vestido?”. Renik le contesta, “estás estupenda”. Durante la sesión, la paciente comenta que le pareció que Renik se sintió cómodo al reconocerla como mujer y esto, por contraste, la llevó a explorar como se sintió en su pubertad, con las  defensas rígidas que su padre desarrolló frente a su desarrollo sexual.


“El asumir como principio técnico el poner las propias cartas boca arriba -nos dice Renik- no nos da indicaciones sobre qué decir y cómo decírselo a nuestros pacientes. La forma particular que cada analista elige en cada momento, debe guiarse por consideraciones pragmáticas”. En este caso Renik, ante la pregunta directa de su paciente, hace una autorrevelación  directa y breve con la intención de no sobreestimular pero tampoco negar y confundir a su paciente. Renik nos anima a que discutamos cómo dar respuestas autorreveladoras a nuestros pacientes en situaciones que resultan vitales para ellos, que no sean explotadoras ni retenidas sino clarificadoras.


 


La  autorrevelación del analista y la colaboración en la relación terapéutica


“Pienso que es de la mayor importancia que reconozcamos que la situación psicoanalítica es corrientemente real” (p.528). Así empieza Renik el último capítulo de su artículo y alude a las desventajas del concepto de una “realidad psicoanalítica especial”.  La relación  terapéutica es extraordinariamente sincera y, cuando el analista usa el principio de la autorrevelación, es recíprocamente sincera. Esto requiere el coraje tanto del analista como del paciente. Un paciente necesita sinceridad por parte de su analista.


El poner las propias cartas boca arriba no significa que el analista reporte al paciente cada detalle de su actividad analítica tal y como él la entiende. El objetivo de comprometerse a la autorrevelación es propiciar un determinado tipo de intercambio, entre analista y paciente, de sus puntos de vista respectivos sobre la relación terapéutica. Renik propone asumir su principio con radicalidad,  contradiciendo el principio del anonimato, aunque sea relativo y recuerda que la autorrevelación del analista es siempre en beneficio del paciente.


 


Breve exposición del pensamiento de Renik


Creo que la propuesta de Renik no es añadir al repertorio técnico de un analista un recurso más sino revisar los fundamentos epistemológicos de la teoría de la técnica psicoanalítica. Sin embargo, su interés por la teoría no es especulativo sino pragmático. En la introducción al artículo que nos ocupa, Renik dice que los constructos teóricos sólo me interesan si pueden ser aplicados directamente para avanzar en el trabajo con los pacientes” (p. 516). Y en otro lugar afirma que “las cuestiones filosóficas y epistemológicas devienen en la práctica analítica en decisiones cotidianas que tienen que ver con la técnica” (p. 466). Con el modelo de la autorrevelación  pretende renovar las actitudes con las que los analistas nos enfrentamos a nuestro trabajo clínico.


En el artículo objeto de esta reseña, el autor ilustra con viñetas cómo lleva a la práctica su enfoque clínico. Para entender la profundidad de las implicaciones de la propuesta de Renik, creo necesario que nos adentremos en la comprensión de sus fundamentos teóricos: la deconstrucción de los ideales del anonimato y la neutralidad y la defensa de la práctica del contraste de realidad que hace en  tres artículos, anteriores al que nos ocupa (Renik, 1995, 1996, 1998) y en los que voy a basarme a continuación. Mi objetivo es ofrecer al lector de Aperturas Psicoanalíticas una perspectiva más amplia del pensamiento del autor.


Renik defiende  una concepción de la dialéctica hegeliana en  la que, para llegar a síntesis integradoras que puedan dejar obsoletas dicotomías anteriores, tesis y antítesis tienen que contraponerse y diferenciarse con claridad. Este es el método que utiliza en el análisis con sus pacientes y también en el debate sobre las cuestiones fundamentales de la teoría de la técnica en psicoanálisis. En sus trabajos teóricos, define continuamente su posición contraponiéndola a los aspectos de la teoría clásica que, considera Renik, el psicoanálisis contemporáneo puede ya dejar atrás. Renik postula que los ideales de anonimato y neutralidad no deben seguir siendo ignorados, esquivados o adaptados sino superados y propone unos nuevos ideales (del analista subjetivo y comprometido) y unos nuevos principios (la autorrevelación y el contraste de realidad), con el objetivo de hacer evolucionar la práctica clínica  hacia resultados terapéuticos más exitosos.


 


El ideal del analista subjetivo vs el ideal del analista anónimo (Renik, 1995)


Según la teoría clásica, el analista debe intentar ser objetivo y permanecer anónimo. El paciente es subjetivo y el analista es una pantalla en blanco, un espejo reflector donde el paciente puede proyectar sus fantasías.


Bollas, utilizando el concepto de la identificación proyectiva, defiende que el paciente induce al analista a revivir estados de su vida infantil. El analista es un recipiente para la transferencia. Al permitirse experimentar la contratransferencia encuentra al paciente dentro de sí. Trascendiendo su propia subjetividad, el analista se deja impregnar por la del paciente y se convierte en su observador privilegiado.


Para la teoría intersubjetiva, el analista es subjetivo y debe intentar permanecer relativamente anónimo. Postula que entre analista y paciente hay una relación de mutualidad y asimetría. Se afirma que cualquier intervención del analista es irremediablemente subjetiva por lo que es imposible no exponer al paciente a la realidad del analista. Y la distinción entre realidad  y fantasía depende también de criterios subjetivos. Pide a los pacientes que describan sus impresiones sobre los analistas, pero los analistas no responden subjetivamente.


Owen Renik sostiene que el analista debe ser subjetivo e instrumentalizar su subjetividad. Entre analista y paciente hay una simetría epistemológica puesto que ambos son igualmente subjetivos, e igualmente responsables de revelar sus pensamientos y sentimientos. Organizan sus pensamientos de forma diferente por sus distintas funciones: ampliar su conciencia, el paciente; ampliar la conciencia del paciente, el analista. El paciente asocia libremente, el analista asocia de forma selectiva.


 


El ideal de la influencia responsable vs. el ideal  de la neutralidad (Renik, 1996)


Para la teoría clásica, el analista debe ser imparcial respecto a los conflictos del paciente  y desapegado emocionalmente. Aspira a no influir en el paciente. Esta teoría concibe el aprendizaje como aprehensión de una realidad única y al analista le corresponde el papel de árbitro de esa realidad.


La teoría intersubjetiva afirma que  la neutralidad no se puede conseguir. El analista guarda para si sus juicios, toma nota de sus afectos y los deja a un lado, intenta controlar su influencia  sobre el paciente y mantiene una actitud empática.


Según Owen Renik, la pretensión de neutralidad es peligrosa. El analista debe influir con responsabilidad y tener mecanismos de identificación y corrección de su influencia adversa. Toma partido y se implica emocionalmente manteniendo una actitud empático-confrontativa. El aprendizaje tiene lugar dialécticamente en tanto que el analista se forma juicios sobre los conflictos del paciente y se los comunica. Lo importante no es que las ideas del analista sean las correctas, sino hasta qué punto estimulan un proceso de aprendizaje del que se beneficia el paciente. Renik critica la lógica de la neutralidad analítica porque lleva al analista a una negación hipócrita de sus juicios y confunde al paciente. Al reconocer nuestra no-neutralidad tenemos  mejor punto de partida para prevenir que nuestras ideas sean tomadas por fe. El psicoanálisis es la dialéctica entre dos participantes no-neutrales; al estudiar sistemática y rigurosamente esta dialéctica estamos más cerca de hacer ciencia.


 


Los contrastes de realidad (Renik, 1998)


Desde la teoría clásica, deben evitarse los contrastes de realidad puesto que impiden la exploración de la fantasía del paciente. Se aconseja que, en la situación analítica, es mejor no exponer al paciente a “la” realidad, a las percepciones del mundo externo (es decir, de los datos sensoriales, de la idiosincrasia del analista), para facilitar que se ponga en contacto, en cambio, con su fantasía. Es necesaria la regresión, se suspende temporalmente la realidad. El contraste de realidad  impide el análisis de la transferencia.


Los analistas contemporáneos (Benjamin, Ogden, Ghent) sostienen que la realidad psicoanalítica es una realidad especial -‘como si’- en la que se reconcilia la dicotomía obsoleta ‘fantasía–realidad’, ofreciendo un espacio transicional. Los contrastes de realidad no tienen sentido como tales porque no tenemos acceso a ninguna realidad por fuera de nuestras teorías. El espacio analítico es un espacio paradojal y dialéctico, en el sentido heraclitiano del término (es decir contenedor de polaridades que se recrean a si mismas en una tensión sostenida).


Para Owen Renik, “cuando un paciente identifica y evalúa sus creencias sobre lo que es real, y las compara y contrasta con otros puntos de vista, incluido el del analista, esto ayuda al paciente a reconocer la influencia en el presente de las convicciones inconscientes formadas en el pasado” (p.574). La situación analítica ofrece al paciente la oportunidad de revisar sus construcciones sobre la realidad y de hacerlas mas operativas. El contraste de realidad facilita el análisis de la transferencia. La regresión es un estado de desorganización contemporáneo, “una sintomatología iatrogénica, inducida en el paciente cuando el analista niega la realidad del contexto de tratamiento” (p.589). La realidad analítica es una realidad corriente. El objetivo del análisis es resolver conflictos y obtener beneficios terapéuticos apreciables en la globalidad  de la vida del paciente. Un cierto realismo es necesario para el trabajo clínico constructivo. Los fenómenos transicionales prolongados pueden derivar en adicción a la situación de tratamiento y uso del analista como fetiche.


 


Comentario


Un cambio de paradigma


Hablando sobre la resistencia a abandonar el ideal de la neutralidad (Renik, 1996, p.499), el autor compara la situación que se vive en el psicoanálisis contemporáneo con las últimas fases de la astronomía ptolemaica, comparación que me parece muy pertinente puesto que recuerda a la situación previa al cambio de paradigma que T.S. Khun (1962) describe en  La estructura de las revoluciones científicas. Se acumulan las evidencias en contra del modelo; las observaciones que se justifican como excepciones extraordinarias empiezan a ser demasiadas; cada vez hay que hacer más filigranas teóricas para sostener que aun con todo, en el fondo, seguimos siendo neutrales o que los planetas giran en esferas concéntricas  alrededor de la tierra. Llega un momento que a alguien se le ocurre que a lo mejor sería más fácil, más claro y más simple, cambiar el paradigma con el que explicamos nuestro universo de observaciones. En el psicoanálisis, Renik propone no aspirar a ser neutrales ni anónimos, sino ser subjetivos, hacer juicios sobre lo que les ocurre a nuestros pacientes y comunicárselo, comprometernos con ellos en la resolución de sus conflictos tomando partido, implicarnos emocionalmente y mostrarlo, y no dejar de revisar nuestras respectivas ideas, las del analista y las del paciente, sobre lo que cada uno consideramos real para que, por medio de la contraposición dialéctica de nuestros puntos de vista con los del paciente y el contraste con su experiencia en el presente, el paciente pueda proseguir en su indagación sobre sí mismo, dejando atrás dicotomías obsoletas y llegando a construcciones sobre las relaciones interpersonales que le permitan una vida mas plena, dentro de la que puede integrarse el análisis como una realidad ordinaria más o terminarse cuando un cierto tipo de aprendizaje llega a su fin.


Viento fresco para el psicoanálisis. Un nuevo ideal a conseguir.


 


Critica de ideologías


Creo que Renik (1995) realiza una auténtica crítica de ideologías cuando analiza los beneficios secundarios de mantener el ideal del anonimato para el analista individual en particular, y para la comunidad psicoanalítica en su conjunto. Beneficios para el analista individual porque el anonimato del analista asegura el mantenimiento de una idealización por parte del paciente, que es personalmente gratificante para el analista y lo protege de exponerse a las ansiedades de la interacción. Esta idealización no proviene de una fase del tratamiento terapéutico, ni del buen trato real que el analista  puede dar al paciente apoyándose en las características del marco terapéutico, sino de presentarse como profesional objetivo, que ha trascendido su subjetividad por medio de su propio análisis personal y que, por esto y por su conocimiento teórico y su no implicación en los conflictos del paciente, está mas autorizado para ejercer de árbitro de la realidad del paciente. Por otra parte, beneficios para la comunidad psicoanalítica,  pues se preserva la diferenciación del psicoanálisis como terapia con base científica frente a otras psicoterapias y prácticas de sanación, al pretender que ya se dejó atrás el uso de la sugestión y que los resultados terapéuticos del método analítico provienen únicamente del análisis de la transferencia y al no tener que reconocer que también  los analistas usan la influencia personal como parte nuclear del tratamiento.


 


Dejamos atrás ideales trasnochados…  y sus viejos fundamentos


Estoy de acuerdo con Renik en que los ideales técnicos de  anonimato y neutralidad están ya obsoletos, porque también está obsoleta la teoría del conocimiento que los sustentaba. Hoy ya no caben realismos ingenuos ni tampoco una concepción de la verdad como referencia a una única realidad. La realidad no se refleja en las teorías como en un espejo sino que varias teorías pueden explicar una misma realidad.  Por eso Renik es siempre muy cuidadoso de iniciar sus afirmaciones diciendo “desde mi punto de vista”  y nos recuerda la cita de Fellini: “realista es el que testimonia su realidad”. Yo definiría a Renik como un pragmatista y un realista constructivista. Las teorías son construcciones de la realidad, son siempre subjetivas, pero no todas nos ayudan a vivir bien, no todas nos valen igual. Y aquí viene el contraste de realidad con otras perspectivas y con la experiencia. La realidad  puede recrearse de formas constructivas o destructivas. La realidad también pone sus límites a las teorías. Y un límite muy sensato a nuestras teorías sobre los procesos terapéuticos de los pacientes, que Renik rescata, es el de los beneficios terapéuticos que el análisis está reportando a nuestros pacientes en su vida en general. Contraste de realidad.


 


Perfil del analista renikiano y algunos matices


Me gustaría hacer tres apuntes. El primero es que me da la impresión de que el estilo de analista dialéctico que propone Renik es muy verbal y cognitivo y tiene su foco mas orientado hacia el aprendizaje por insight que al aprendizaje procedimental. Renik reconoce que probablemente “gran parte del aprendizaje tiene lugar a través de una serie de experiencias emocionales correctivas que nos pasan inadvertidas” (1996, p.507), pero también que a él le interesa más el aprendizaje por ampliación de la conciencia. Quizás esta es uno de los puntos ciegos de este modelo.


El segundo es señalar que el principio de autorrevelación pretende crear una atmósfera de confianza en la que el paciente pueda decirle explícitamente al analista lo que piensa de él; ofrecer al analista un mecanismo de autocorreción de su influencia personal adversa. Los excesos de exhibicionismo por parte de un analista no son promovidos por este enfoque. El principio no justifica los modos personales de ser.


El tercero es un esbozo del perfil analista que me sugiere la lectura de Renik. En él resaltan atributos como: sinceridad; coraje; capacidad de tolerar el ser mirado, observado e investigado; tolerancia a la crítica; reconocimiento de las limitaciones personales y profesionales; perspicacia dialéctica, capacidad de disfrutar en los debates; capacidad de confrontar con serenidad;  responsabilidad; capacidad de integrar pensamiento y emoción en intervenciones con sentido. 


 


Autorrevelación no es…


Me queda claro que Renik, al proponer su modelo de autorrevelación, no está legitimando en ningún momento que el analista se anime a expresar cualquier cosa que se le ocurra sin reflexión sobre las consecuencias de lo que dice en el paciente. Hemos visto ya como la autorrevelación sistemática es un método paso por paso en el que, primero, hay una toma de decisiones responsable por parte del analista sobre lo que va a decir, después el analista hace la autorrevelación  con  atención a las reacciones del paciente y, a continuación, obtiene feedback  de cómo el paciente ha experimentado su intervención. Entonces comienza la deliberación colaborativa y el intercambio de puntos de vista. Quedan descartados el espontaneísmo y la autorrevelación compulsiva que sirve sólo a intereses del analista.


 


¿Para qué tipo de pacientes?


Todas las viñetas que nos  presenta Renik muestran a un paciente con gran capacidad de insight, un pensamiento muy elaborado, y un estilo confrontativo ya desarrollado. Se supone que estos son los resultados de su participación colaborativa, junto con su analista, en el proceso de aprendizaje dialéctico que es el análisis, durante un periodo largo de tiempo. Entiendo que Renik ha querido mostrarnos los beneficios del modelo. Por otro lado, echo en falta alguna viñeta que dé cuenta de las fases iniciales del tratamiento, cuando nos encontramos con pacientes muy inhibidos o muy actuadores y con poca introspección. ¿Cómo arranca, desde esas condiciones, el equipo terapéutico analista–paciente? Renik describe al analista como un experto en facilitar el proceso dialéctico. Creo que sería muy interesante analizar como aplicar esto a las distintas fases del tratamiento y a las distintas modalidades de pacientes.


Renik afirma que es el paciente quien regula su necesidad de saber sobre el analista. Esta capacidad no puede presuponérsele al paciente. No todos los pacientes pueden y se atreven a identificar y a hacer explícitas sus necesidades de saber acerca del pensamiento de su analista sobre la relación terapéutica, su proceso como paciente y sus intervenciones como analista. Y ni mucho menos se atreven a criticarlo si es que les parece que está hablando demasiado o sobre algo que no les interesa saber. ¿Qué pasa con los pacientes aplacatorios y sometidos? El que el paciente pueda hacer críticas constructivas al analista es un objetivo a desarrollar. Es muy frecuente encontrarnos con pacientes que acallan las críticas o las hacen destructivamente. Echo de menos ver a Renik desenvolverse en interacciones terapéuticas un poco más difíciles.


 


BIBLIOGRAFIA


Renik, O. (1996) The ideal of the anonymus analyst and the problem of self-disclosure. Psychoanayitic Quarterly 64: 466-495


Renik, O. (1996) The perils of neutrality. Psychoanal Q 65:495-517 [ver traducción en Aperturas Psicoanalíticas]


Renik, O. (1998) Getting real in analysis. Psychoanal Q 67:566-593


Renik, O. (2006) Playing one´s cards face up in analysis. An approach to the problem of self-disclosure. En: “Contemporary Psychoanalysis in America. Leading Analysts present their work”, Washington, DC, American Psychiatric Publishing, Inc, pp. 515-531 


Presentación del artículo



Owen Renik selecciona este artículo para incluirlo en un libro en el que prestigiosos analistas americanos contemporáneos presentan sus modos de hacer análisis.  El autor elige precisamente este trabajo porque está directamente orientado a la clínica. Explica que en este artículo se ha centrado en dar ejemplos y pautas de cómo utilizar en la práctica clínica el principio técnico de la autorrevelación. En publicaciones anteriores ha estudiado los temas  teóricos que más le han interesado: la irreductible subjetividad del analista, la deconstrucción de los ideales técnicos del anonimato y la neutralidad, la defensa del uso en el análisis del contraste de realidad y la importancia del beneficio terapéutico como criterio para juzgar el trabajo clínico analítico. En este trabajo intenta tratar  estos temas conjuntamente, extrayendo recomendaciones prácticas y específicas para el análisis clínico. No se conforma con la crítica de los principios existentes sino que va más allá, proponiendo un nuevo modelo: el de la autorrevelación.  Intenta ilustrar su modelo con la presentación de viñetas, anticipándose y contestando a las eventuales  preguntas y objeciones que pueden plantearse al modelo de la autorrevelación.

 

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