La interpretación como un proceso relacional. Panel III. La evolución de las perspectivas sobre la interpretación. XXIX Congreso sobre Psicología Psicoanalítica del Self

Publicado en la revista nº025

Autor: Doctors, Shelley

Traducción: Conxita Vidal (Barcelona)

Es para mí un gran honor haber sido invitada a reconsiderar las contribuciones de Kohut sobre la interpretación, 25 años después de su muerte. El comité organizativo me pidió que hablara de lo que yo sigo encontrando relevante para mi trabajo y que lo ilustrara. Me hizo sentir a la vez excitada y amedrentada, ya que gran parte de lo que Kohut enseñó parece hoy entretejido sin fisuras en la estructura de mi sensibilidad clínica. La actitud empático-introspectiva, el concepto de objeto del self (selfobject), la perspectiva cercana a la experiencia, su comprensión de cómo se organiza la personalidad, el ritmo de las interpretaciones – todos esos conceptos están integrados implícitamente en mi trabajo clínico[1]. Las ideas que oiréis acerca de la interacción paciente-analista tienen una deuda incalculable con Kohut. Sin embargo, a pesar de que me enorgullezco de la vinculación de mi sensibilidad clínica con la de Kohut, y creo que aún no se le ha otorgado suficiente crédito ni reconocimiento por su comprensión de la profunda influencia del entorno en toda experiencia psicológica, mi perspectiva de sistemas intersubjetivos va más allá de las conceptualizaciones teóricas de Kohut.


Permitidme ahora que hable de la interpretación como un proceso relacional. Por “relacional” entiendo todos los aspectos de la relación psicológica entre paciente y terapeuta. Ello no implica ninguna conexión específica con la Escuela de Psicoanálisis Relacional.  Nuestra perspectiva se ha ido desarrollando desde el foco en el contenido de lo que el terapeuta o analista ilumina y el insight  alcanzado por el paciente hasta incluir una apreciación de cómo paciente y terapeuta interactúan y de lo que emerge de esta interacción diádica.  La interpretación como un proceso relacional se inspira en  el arduamente alcanzado reconocimiento de que la actividad  interpretativa no consiste sólo en  impartir conocimiento. Cualquier insight alcanzado es inseparable del vínculo afectivo en el que emerge.[2]


Voy a elaborar dos ideas interrelacionadas acerca de la interacción paciente-analista. Notad que utilizo los términos “analista” y “terapeuta” indistintamente: (1) cualquier comprensión alcanzada por el paciente y el analista emerge de su interacción. Desde esta perspectiva, es una creación conjunta, no una verdad objetiva acerca de una persona descubierta por otra. Así como el que se pueda presumir que la interpretación del paciente del mundo del analista refleja rasgos de la mente y del corazón del propio paciente, asimismo las interpretaciones que tienden a iluminar el mundo del paciente conllevan inevitablemente aspectos del mundo del analista; (2) La interacción paciente-analista, operando a muchos niveles, facilita y/o restringe el rango y la profundidad acerca de lo que puede ser pensado y comunicado en el tratamiento. En la vida y en la psicoterapia o psicoanálisis, el desarrollo de una  atmósfera en la que aspectos íntimos puedan ser pensados y hablados, puede ser animado o impedido por lo que dice y siente cada interlocutor. Presentaremos viñetas clínicas que ejemplificarán estas ideas.


El entendimiento de Kohut de que la experiencia del self se ve profundamente afectada por  el contexto anticipaba un foco diádico interactivo, aunque su teoría no capturaba plenamente  su comprensión innovadora de la situación psicoanalítica. El sabía que la influencia del analista en los fenómenos que observaba no era simplemente una distorsión contratransferencial y parecía, en algunos de sus escritos, querer alcanzar una forma de privilegiar la díada paciente-analista, si bien a su teoría le faltó un foco interactivo bidireccional. Discutiendo acerca del reconocimiento del impacto humano omnipresente por parte del analista, Kohut escribió: “la calidad de la comprensión alcanzada, su exactitud relativa, inexactitud, escasez, o su opresividad, es una calidad inmanente de la situación analítica, no una adición adventicia de ella”. Esto me parece lo más cerca que estuvo de llegar a nuestra formulación contemporánea de los fenómenos que él comprendía tan brillantemente.


La palabra de Kohut inmanente [deletreada  i-m-m-a-n-e-n-t en inglés] significa algo que se asume como presente, aunque no pueda ser localizado específicamente. Hoy en día decimos, “la comprensión alcanzada por cualquier paciente y terapeuta emerge de la díada terapéutica y es creada por la interacción de sus personalidades.” Tanto si podemos trazar las reverberaciones en los muchos planos entre paciente y terapeuta de las que dichas comprensiones emergen como si no, puede presuponerse que la interpretación es una producción conjunta.


Mi comprensión de la actividad interpretativa se inspira en el modelo de sistemas intersubjetivo diádico de la situación psicoanalítica y en la regulación -auto e interactiva- y en las formulaciones sobre la mutua influencia de Beebe y Lachmann, integradas confortablemente con las ideas kohutianas. Aquello acerca de lo cual se puede llegar a pensar, hablar, y que eventualmente se puede comprender,  emerge de la interacción de los mundos de experiencias personales del paciente y el analista. Se trata de un proceso bidireccional. El terapeuta, mediante su personalidad y actividad, facilita y restringe al paciente, y viceversa. Sin embargo, el terapeuta tiene la especial responsabilidad de animar al paciente a la autorreflexión y a la apertura de la comunicación, a la vez que su  propia creatividad queda estimulada y acallada de distintas maneras en cada díada terapéutica. Ilustraré la co-construcción de la interpretación con un breve ejemplo.


Con Evelyn, me sentía frustrada por su hablar rápido, sin parar. Ella llenaba cada sesión de minucias de su rutina diaria. Mis tentativas de reconocer lo que ella decía y de trazar una línea del pensamiento o de investigar un cierto aspecto de su narrativa eran dejadas de lado y no tenían ningún impacto en su monólogo. Me sentía cada vez más impotente, más inquieta y con más dificultades para articular mi discurso. Cuando intentaba apuntar algo en el tratamiento, ella me reprochaba: “me estás interrumpiendo!” o “estoy hablando.  Es mi tratamiento.  ¡Mi padre está pagando!”  Cuanto más deseaba tener algo útil con lo que contribuir, menos interesantes se volvían mis pensamientos y comentarios. En un momento dado, en respuesta a otro “¡estás interrumpiendo!” dejé escapar, con  evidente desesperación, “Evelyn, estoy intentando participar.”


“Estoy intentando participar,” es algo que yo no había dicho a ningún paciente anteriormente, pero a pesar de ello, no creo que Evelyn fuera la causa de que lo dijera: creo que fue el producto de la interacción del conjunto de mi experiencia con el de ella. Su necesidad de ser apreciada y su temor a las intromisiones se encontraron con mi necesidad, diferentemente organizada, de ser reconocida y útil. Mi torpe, “estoy intentando participar” era la destilación afectiva de la interacción en ese momento.  La intensidad de mi necesidad de ayudar (estoy intentando…) es propiamente mía, aunque ciertamente sentida por Evelyn, dado su profundo temor a ser vulnerable y dominada por otros. Puesto que “estoy intentando participar” era un esfuerzo para tratar de iluminar el significado, creo que puede cualificarse de interpretación, aun cuando ninguna de nosotras apreció su  más profunda relevancia en relación con las dificultades de Evelyn hasta mucho más adelante.


En este punto se requieren algunos comentarios sobre el proceso mismo  de la comunicación, ya que las ideas sobre la comunicación verbal y no-verbal, y la comunicación consciente, inconsciente y no-consciente concentran buena parte de la atención en el mundo analítico de hoy. Kohut hablaba de las “insinuaciones expresas o tácitas de la interpretación”, anticipando la apreciación contemporánea de la complejidad de la comunicación. Actualmente reconocemos que el terapeuta participa en un proceso bidireccional de la comunicación que transcurre a varios niveles simultáneamente. Hay muchas formas no-conscientes de percibir y de comunicar que influyen en esta experiencia.  Aparte del contenido de lo que se dice, hay aspectos paralinguísticos en el discurso que comunican la calidad afectiva de la relación.  Paralinguístico es un término que se refiere a los aspectos del discurso que acompañan a las palabras y que proporcionan señales muy potentes acerca del significado de lo dicho. Cosas tales como la sincronización del discurso, de los silencios, del ritmo, del tono y de la inflexión del discurso, junto con las maneras, los movimientos y la actitud corporal, son todos aspectos paralinguísticos de la comunicación verbal.  Todas ellas comunican tanto como las expresiones faciales de afecto, incluso las que parecen demasiado efímeras como para ser captadas conscientemente.


Cuando Freud recurrió a la metáfora del teléfono para hablar de la comunicación inconsciente no entendía que enviamos y recibimos mensajes simultáneamente; es decir, que la comunicación no es un procedimiento que se dé por turnos. No sólo comenzamos a reaccionar antes de que “recibamos” los mensajes por entero, sino que, en general, apenas sabemos lo que diremos antes de que lo digamos. El intrigante descubrimiento de las “neuronas espejo” añade si cabe otra dimensión a la complejidad del proceso comunicacional. Estamos empezando a apreciar, si bien todavía no completamente, que hay muchos más modos de percibir y de comunicar que influyen en la interacción del paciente-analista de los que se habían imaginado.


Aunque nosotros inicialmente privilegiamos el contenido de la interpretación, actualmente hemos ampliado el enfoque para incluir nuestro interés en los procesos comunicativos que se dan en la díada. Ello comporta intrigantes implicaciones respecto a la interpretación.  Me he vuelto más atenta a las impresiones fuertes que no parecen proceder de ninguna parte, y si bien mi lado cauteloso se preocupa de que pueda estar estimulando un “análisis salvaje,” os contaré una anécdota clínica inusual que se relaciona con este tema.


Raphaela vino a consultarme sobre el tratamiento para sus síntomas de anorexia.  Hacia el final de su 4a sesión, después de haberme contado lo que  parecían los aspectos más dramáticos de su experiencia –todos los cuales incluían aspectos muy perturbadores y extremadamente intrusivos de su relación con su madre–, ella me dijo algo acerca de  su relación con la segunda esposa de su padre a lo que respondí: “Oh, no había entendido que él se hubiera vuelto a casar.”  Ella dijo, sin ninguna manifestación afectiva aparente, verbal o facial: “Oh sí.  Zelda… murió.”


Al instante me sentí galvanizada y profundamente apenada, como si una corriente fuerte y nociva circulara a  través de mi cuerpo, como una alarma física de peligro.  Durante el momento que me tomó responderle, me chequeé a mí misma repetidamente. Aunque no pude trazar la génesis de esa machacante experiencia física, la facilidad y la intensidad de nuestro compromiso y la calidad de la mutua sintonía en la sesión me animaron a que confiara en que mi experiencia fuera una observación hecha dentro de la interacción.  Aunque sólo quedaban algunos minutos, no podía dejarla ir sin hacer ningún comentario. Me incliné hacia ella y dije, comenzando con una actitud de tranquila convicción y terminando algo más interrogativamente: “De alguna forma, tengo la sensación de que estás comenzando a dejarme saber que hubo algo violento en eso.”  Nos quedamos mirándonos fijamente y ella afirmó con la cabeza.  Con una mirada de intensa afirmación pero sin posterior elaboración verbal adicional, volvió a afirmar con la cabeza y dijo: “Sí”.  Vi que nos estábamos acercando a algo de gran potencial violento y que todavía no sabía de qué se trataba.


La violencia asociada a la muerte de Zelda se explicó al día siguiente en una sesión que teníamos programada con el padre de Raphaela.  Él proporcionó antecedentes familiares y habló de Zelda, de su alcoholismo y de los acontecimientos que llevaron a que él le planteara un ultimátum: ella tenía que hacer algo respecto a su problema con la bebida si quería que permanecieran juntos. Esa noche, al volver a casa, la encontró muerta; se había suicidado disparándose en la cabeza, en el cuarto en el que habitualmente dormía Raphaela. Yo, estupefacta al caer en la cuenta de lo que había ocurrido entre nosotras, miré a Raphaela, que me hizo que sí otra vez, ahora con una media sonrisa de complicidad, las cejas levantadas y la mirada fija e intensa. Mientras intercambiábamos las miradas sellando un pacto de sintonía y  reconocimiento mutuo, su padre, absolutamente disociado, se explayaba con los detalles de cómo los pedacitos de la sangre, del cerebro, de los huesos, y de los tejidos de Zelda cubrían las paredes y las superficies del cuarto, haciendo necesarios los servicios de un equipo de limpieza de escenas de desastre.


Tanto si podemos, como si aún no, rastrear  el proceso comunicativo que me llevó a decir: “De alguna forma,  tengo la sensación de que estás comenzando a dejarme saber que hubo algo violento en eso”, esta interpretación captura importantes características de la interpretación como proceso relacional:  (1) comunica una visión que yo he sostenido acerca del mundo psicológico del paciente –que ella había experimentado “violencia emocional”–;  (2) con mi voz y a mi manera, utilicé “insinuaciones tácitas o explícitas” en mi comentario respecto al estado de Raphaela –que había dado un primer paso tentativo en la dirección de compartir su trauma–; (3) en mis “insinuaciones tácitas o explícitas” también se vehiculizaban  aspectos de mi estado –la manera, tono, inflexión y ritmo comunicaron mi receptividad a y mi  interés por su experiencia, mi incertidumbre sobre lo que implicaba, una cualidad de respeto por las experiencias emocionales intensas y una capacidad para sostener lo que ella pudiera llegar a  compartir.


Este ejemplo atípico refleja la comunicación diádica de sentimientos extremos al margen de los canales conscientes.  También ejemplifica un momento en el cual yo mostré mi experiencia del  “estado de la díada”  psicológico.  Así  como apreciamos las interpretaciones del estado del self del paciente, del mismo modo he llegado a valorar las declaraciones que permiten que el paciente vea dónde creo que estamos en ese momento. Esto generalmente anima al paciente a una actividad “de equipo” que enriquece el tratamiento.  La interpretación que sobrepasa la relación terapéutica también influye de forma recurrente, para mejor o para peor, en dicha relación. He llegado a  creer que la capacidad de la terapeuta de compartir sus experiencias con su paciente, para permitir que su estado mental con respecto a la relación sea “conocido” en la propia relación, contribuye (en cada uno) a una mayor libertad para pensar, experimentar emoción y compartir su experiencia  más confortablemente.


Nuestra perspectiva sobre el contenido de las interpretaciones se ha ampliado en los 25 últimos años. Aun cuando Kohut discernía de forma magistral las “sugestiones e insinuaciones de la interpretación  del analista”, él enseñó que las interpretaciones deben centrarse principalmente en las transferencias de los “objetos del self” [selfobjects][3].  Ya no doy a las interpretaciones transferenciales la prioridad que antes les daba, ya que creo que todo lo que dice y hace el terapeuta, intencional o inadvertidamente, le transmite al paciente algo de la opinión del terapeuta sobre el paciente así como algo significativo con respecto al terapeuta. Pero, si bien ya no me limito al reconocimiento, a la interpretación y a la elaboración de las transferencias de los objetos del self, la dimensión selfobject de la experiencia sigue siendo fundamental para mi comprensión de cómo una relación puede funcionar para mantener, para restaurar o para consolidar la organización de la experiencia que uno tiene de sí mismo. El reconocimiento del impacto que alguien o algo ha tenido en la experiencia de un paciente es más que un insight cognitivo; contribuye a establecer al analista como presencia que entiende, como alguien potencialmente capaz de ayudar al paciente a dar sentido a las  experiencias penosas y confusas. 


La viñeta siguiente ilustra mi confianza en el concepto del selfobject y demuestra que el insight, la compenetración afectiva y el vínculo, y la facilitación de una atmósfera en la cual puedan ser pensadas, habladas y entendidas cosas íntimas, son para mí distintos aspectos de un todo.


Raphaela, que ahora había comenzado un tratamiento para sus síntomas de anorexia, me estaba explicando por qué el año anterior no había salido con nadie, la historia de su ruptura final con el último novio. Aunque ella lo amaba, rompió con él cuando se volvió demasiado “posesivo”.  No obstante, él había vuelto a “estar allí para ella” después del suicidio de Zelda.  En el período posterior a esa devastación emocional habían vuelto a salir juntos, aunque ya no volvió a ser lo mismo entre ellos. Cuando había problemas en su familia, ella recurría a él y permanecía en su apartamento para estar a su lado. Ella sentía que él no deseaba que estuviera allí, pero cuando descubrió que él se veía con otra y se iba a la cama con las dos se enfureció, tanto consigo misma como con él. Cortó completamente con él, se enganchó por poco tiempo a algunos comportamientos auto-destructivos, auto-calmantes,  y luego se convirtió en una “soltera” militante, aunque los amigos y la familia le decían que le hacía falta salir otra vez con alguien.


Dije algo sobre que eso, para ella, fue un golpe terrible que afectó su capacidad de confiar profundamente. A ella  le interesaban mis comentarios y discrepaba de lo que pensaban sus amigos de que “ya te recuperarás” porque “realmente ya no lo querías y de todos modos pronto lo habrías dejado”.    


Yo dije, “lo que pasa es que ellos no comprenden todo lo que él había llegado a representar para ti, cómo, cuando murió Zelda, él fue ‘la roca’ a la que te agarraste, y el hecho de que, cuando nuevamente se desencadenó un infierno en ti, necesitaras que él fuera otra vez ‘esa roca’ ”.


Ella dijo, melancólica y conmovedoramente: “El se portó extraordinariamente conmigo aquella vez; todos mis amigos me apoyaron, pero lo de él fue increíble. No les digo que todavía pienso en ello y que incluso le he enviado un par de e-mails.”


Yo proseguí: “Tu pérdida de fe en alguien cuya presencia funcionó para sentirte tú misma al igual que una pieza en un rompecabezas [aquí utilicé un gesto encajando dos dedos de una mano con dos dedos de la otra], alguien cuya presencia te ayudó a sentirte más fuerte y segura en un momento de shock…, esto es enorme. Tú sabes de ese tipo de relación y de cómo te hace sentir. La tienes con tu padre, la tienes con muchos amigos [aquí ella afirma vigorosamente con la cabeza], pero que te hiera en eso… [hice una pausa] … alguien que te había ayudado a calmarte y a sentirte cohesionada, eso sí que realmente te asustó y minó tu autoconfianza para elegir novio.”


Se la veía radiante cuando me miró y dijo: “En realidad deseo tener otra vez novio y puedo contártelo a ti pero de ninguna manera se lo diría a mis amigos.”  Ella siguió hablando de lo bueno que salió de su crisis de derrumbe, cuán reasegurador era para ella  ser capaz de arreglárselas por sí misma. 


Le respondí, “Ahora me lo puedes contar porque ambas somos las que comprendemos y hablamos de lo que te sucedió realmente, de cómo exactamente te has sentido lastimada y asustada, y de lo que estás haciendo por tu propia cuenta para intentar enderezarte y restablecer tu confianza.”


Este ejemplo clínico ilustra la centralidad de la dimensión selfobject de la experiencia en mi trabajo y demuestra el impacto de iluminarla en  Raphaela, en el desarrollo de nuestra relación y en el tratamiento.  Mi comprensión de la dimensión  selfobject de la relación  con el  novio y el que yo delineara el shock por su traición en la esfera del selfobject era emocionante para ella, le daba esperanza en la terapia, y el afecto resonaba entre nosotras.  El intenso brillo en su cara y su nueva libertad para “admitir” su deseo de tener novio expresaban la creciente relación de selfobject[4]  que se desarrollaba entre nosotras, y su esperanza en que su miseria hubiera encontrado un hogar relacional.


Un punto sutil pero importante es el referente a los comentarios de Raphaela sobre "lo bueno" que había surgido de esta crisis nerviosa, cuán reasegurador fue para ella ser capaz de valerse por sí misma, sola –sus asociaciones estimuladas por mi interpretación. Pensé que su entusiasmo sobre el tratamiento la conducía a comenzar a articular su respuesta psicológica a su herida, y así, cuando le dije “precisamente habiendo sido lastimada y asustada y con lo que estás haciendo por tus propios medios  para intentar volverte a enderezar, a restablecer tu confianza,” yo estaba empezando a “extraer” o a “marcar” un principio organizador.  Yo deseaba responder al orgullo que ella sentía de manejarse sin apoyo externo, pero también quería vincular con delicadeza su goce por ello con la herida relacional. Pensé que su comentario implicaba la renuncia a confiar en las relaciones para satisfacer necesidades de tipo selfobject y sospeché que su tentativa de mantenerse sin necesitar comer fue estructurada de forma parecida. Una independencia exagerada de la gente y del alimento probablemente la tranquilizaba porque implicaba para ella que podía autoprotegerse de los sufrimientos profundos. Aquí podemos vislumbrar la aparición de un principio organizador desde el interior de la matriz de la interacción diádica: “Si no necesito ninguna persona ni ningún alimento, puedo sentirme segura.”  Esta formulación de la aparición de los principios organizadores de un paciente dentro de la matriz de la interacción paciente-terapeuta encaja perfectamente con la cita de Kohut que comenté más arriba: “… la calidad de la comprensión alcanzada es una cualidad inmanente a la situación analítica.”  La comprensión es un producto del ir y venir de la interacción; cada comentario de alguna manera reverbera el anterior y contribuye al siguiente.


Los logros en el dominio interpretativo son generalmente graduales, pues trabajamos hacia mayores cotas de claridad y especificidad acerca de los significados personales de los pacientes y creamos las condiciones dentro de las cuales podemos hablar de las cosas íntimas.  Esta sesión con Raphaela ejemplifica tal trabajo. Sólo de vez en cuando el trabajo interpretativo reorganiza instantáneamente maneras inculcadas de considerar la experiencia. Tales momentos son siempre intensos. Así como un cambio pequeño en un caleidoscopio vuelve a reunir las piezas en un nuevo patrón visual, así los elementos dominantes de la experiencia vital pueden, repentinamente, ser percibidos de modo diferente. En un momento ofreceré un ejemplo. En esta sección final, quiero retornar a la cuestión de qué puede ser pensado y hablado en la díada.


Demasiado a menudo consideramos el pensamiento y el discurso (los así llamados componentes cognoscitivos de la interpretación) exclusivamente como capacidades “internas” y fracasamos a la hora de tener en cuenta las circunstancias intersubjectivas que facilitan o dificultan lo que podemos saber y comunicar.  La potente tendencia humana a otorgar significado y a compartir experiencias es vulnerable.  La lengua  es lo que permite que los fenómenos sean vistos, sean traídos a la luz, y aporta una contribución crucial a la articulación de la experiencia emocional; pero el pensamiento y el discurso siempre se ven afectados por consideraciones emocionales. El proceso por el cual la experiencia emocional se vuelca en el lenguaje[5]  incluye una percepción emocional del impacto de la experiencia discursiva.  En la vida y en el psicoanálisis, uno se forma juicios consciente e inconscientemente acerca del efecto de hablar de las experiencias (1) directamente a partir de las palabras de alguien, (2) indirectamente mediante las insinuaciones o las sugerencias [tácitas o explícitas] que amplifican y modifican el lenguaje, y/o (3) por la vía de la comunicación no-consciente o inconsciente.


Trabajando con Justine, observé en ella una transición hacia un nuevo patrón, lo que revelaba una perspectiva fresca que inició una cascada de  reorganización psicológica adicional. Justine comenzó la terapia algunos años después de haber perdido a su madre por cáncer, diciendo que sentía que nunca la había llorado como es debido. Aunque había estado extremadamente cercana a su madre e incluso la idolatraba, sentía que le faltaba el tipo de memoria nutritiva de su madre que sabía que era posible tener.  Nuestra conexión se desarrolló con rapidez y el entendimiento entre nosotras fluyó fácilmente y rápidamente.


Después de que sus padres se hubieron divorciado, su madre, brillante y dedicada, trabajó enérgicamente para salir ella misma y sacar a sus hijos de la pobreza, alcanzando eventualmente gran éxito en los negocios y volviéndose a casar. Era una historia coherente de éxito con una sola pero importante excepción: aunque Justine adoraba su bella, audaz y valiente madre, ella y sus hermanos odiaban a su mezquino y sarcástico padrastro.  En una de las primeras sesiones, me desconcertó cuando dijo que ella se sentía orgullosa de no haberle contado nunca a su madre que estaba sufriendo abusos por parte de su padrastro, el cual venía a su habitación cada noche en su adolescencia y la acariciaba. Ella había hecho esfuerzos para romper esa rutina, pero no podría soportar decírselo a su madre, ya que temía que ello “le rompería el corazón”.  Aunque ella quitaba importancia al impacto de sus toqueteos, yo no podía entender por qué ella no podía decírselo a su madre, a pesar de su relación tan cercana y aparentemente segura.   


Justine sentía amargura por la muerte de su madre. Esta amargura fue precipitada por la lealtad de su madre a un “curador new age” quién dijo que su madre “había necesitado” el cáncer y que podría curarlo con la energía de su personalidad.  El “curador” le aconsejó que parara la quimioterapia y que, en su lugar, trabajara con él. A pesar de las objeciones de sus hijos y de la familia, la madre de Justine, generalmente lista, siguió el consejo del “curador”. Justine se repetía con pesar una y otra vez: “¿Por qué necesitó hacer eso? ¿Por qué necesitó hacer eso?” Ya que ello ciertamente había acortado la vida de tu madre. Dije: “Suena como si tu madre fuera valerosa e incansable siempre que ella pudiera hacer algo para superar la adversidad, pero que eso podría ser diferente cuando tuvo que enfrentarse con algo que ella no podía cambiar”.  Justine sonrió calurosamente, recordó con afecto haber llamado a su madre un “monstruo del control,” y compartió cariñosamente un recuerdo de su madre abrumada en una situación que ella no podía controlar. Entonces volvió a preguntarse, “¿Por qué ella necesitó hacer eso?  Ella puede que hubiera vivido para…”  Se calló repentinamente, se quedó boquiabierta y dijo con firmeza, con énfasis declarativo, “Ella necesitó hacer eso.  Necesitó hacer eso porque no podía soportar hacer frente al hecho de no poder controlar lo que le ocurría.”


Contactar con algo que ella de alguna forma había sabido pero que nunca había pensado o dicho, articular su comprensión de la necesidad de su madre de creer que ella podía controlar su destino, fue fundamental. Hizo mucho más que explicar la opción trágica de su madre. Reorganizó dramáticamente su experiencia de su madre y de sí misma en relación con su madre. Comenzó a bromear con más distanciamiento acerca de las fortalezas y las debilidades de su madre, para aclararse en cuanto a sus semejanzas y diferencias para con ella. Alcanzó la capacidad de acercarse a recuerdos buenos y de valorar por primera vez las cosas en que ella difería de su madre.   


La comprensión de su silencio sobre el abuso de su padrastro también evolucionó. Su antigua creencia de que ella había protegido la visión romántica de su madre de haber reconstruido una familia se amplió. “Le rompería el corazón a su madre” pasó a significar “si mi madre lo hubiera sabido, eso la habría hecho mover cielos y tierra para controlarlo, para evitarlo, aunque sólo podría haberlo experimentado con mucha impotencia, y ello ciertamente le habría roto el corazón.”   


La fina sensibilidad de Justine para con el mundo psicológico de su madre había dado en el blanco, aunque en su adolescencia ella no pudo pensar y hablar libremente de sus percepciones acerca de su madre. La intolerancia de su madre hacia las circunstancias que no podía controlar y la intuición de que su madre no podría tolerar tal reconocimiento, Justine lo había absorbido inconsciente y no-conscientemente. Careciendo de un contexto intersubjetivo receptivo a tales observaciones, Justine inconscientemente, se había acomodado a las vulnerabilidades psicológicas de su madre. Sus percepciones y sus significados emocionales, procesados inconscientemente y no-conscientemente, limitaban lo que ella podía decirse a sí misma sobre su situación, así como lo que ella podía contarle a su madre. No podía integrar y utilizar todo lo que sabía y sentía para guiar su comportamiento. Sólo sabía que era imposible contárselo a su madre sin dañarla terriblemente, así que la protegió sin siquiera poder comprender la racionalidad de esa protección.


No ceso de impresionarme cuando vuelvo a redescubrir cuán mejor comprendemos nuestros sentimientos y pensamientos al oírnos hablar de nuestras experiencias con un otro receptivo.  La “curación de hablar” funciona no sólo por lo que dice el analista, sino porque una nueva circunstancia intersubjetiva permite que emerjan nuevas comprensiones emocionales.  Crear una atmósfera en la cual la experiencia pueda ser conocida y compartida es la quintaesencia de la actividad dialógica nuclear de la empresa terapéutica.                 


Terminaré resumiendo algunos de los significados interrelacionados implicados en mi título, “La interpretación como proceso relacional”:   


(1) Todos los esfuerzos para iluminar el significado se llaman correctamente “interpretativos”.  A través de un proceso interpretativo, la pareja analítica se esfuerza en conseguir más claridad y especificidad de los significados que estructuran el mundo experiencial del paciente.  


(2) Nuestra perspectiva sobre la interpretación está evolucionando, desde su focalización en el insight y en el contenido de lo que el terapeuta ilumina, hacia la inclusión de la importancia de cómo interactúa la díada y de lo que emerge de una interacción específica. 


(3) Cualquier comprensión alcanzada es una co-creación que ha emergido de la interacción, más que una verdad objetiva acerca de una persona y descubierta por otra.   


(4) Las interpretaciones no sólo emergen de la interacción, sino que, a la inversa, también influyen en la relación, para mejor o para peor. En el ir y venir de este proceso de resonancia mutua, a menudo es útil incluir  en la actividad interpretativa nuestra sensación de dónde se encuentra el paciente y dónde está el analista en un momento intersubjetivo dado. 


(5) La interacción entre el paciente y el terapeuta facilita y/o dificulta la gama y profundidad de lo que puede ser pensado y comunicado en el tratamiento. La percepción de la receptividad de un otro, sea socio, padre o terapeuta, puede facilitar poner la experiencia en palabras o bien hacer que eso sea imposible.  Tal “percepción emocional” opera consciente, inconsciente y no-conscientemente. 


Ahora retomaré la idea de Kohut de que nuestra comprensión es una cualidad inmanente a la situación analítica. Veinticinco años después, describimos toda experiencia psicológica, incluyendo la actividad interpretativa, como una característica que emerge del sistema intersubjetivo único en el cual se forma. Tenemos un lenguaje y unos conceptos más allá de los de Kohut que avanzan en el espíritu de las revolucionarias observaciones clínicas de éste.  Me honra ser parte de esta odisea y confío en que otros descubrimientos útiles emergerán de las exploraciones psicoanalíticas iniciadas e inspiradas por Kohut.







1] Tan solo una parte de su influencia se muestra explícitamente en esta presentación.[


“Cada interpretación transferencial que ilumina con éxito para el paciente su pasado inconsciente simultáneamente cristaliza un presente elusivo: la novedad del terapeuta como una presencia que entiende.  Las percepciones que se tienen de sí-mismo  y del otro se transforman forzosamente… para permitir la nueva experiencia”.[2]


“…puesto que la fuerza impulsora esencial del proceso analítico en los trastornos del self  es proporcionada por la reactivación de las necesidades de desarrollo frustradas del propio self, ya  que, en otras palabras, la búsqueda renovada por parte del self dañado de las respuestas (generadoras de crecimiento) de un selfobject apropiadamente empático siempre ocupa la etapa central en las experiencias del analizando durante el análisis, de ello se sigue que las comunicaciones más fundamentales del analista al analizando son aquéllas que se centran en las configuraciones psíquicas a las que nos referimos como transferencias de selfobject.”[3]


La “relación  de selfobject” es la experiencia de la persona, en cualquier edad, con otro ser humano significativo o figura vincular, como apoyo para el establecimiento, desarrollo, y mantenimiento de la experiencia continua, cohesiva y positiva del self”.[4]


Stolorow ha llamado a este proceso “lingüisticalidad”.  Su descripción de la pérdida de y del “reencuentro” de un contexto dentro de el cual él podría hablar de sus experiencias y cómo afectaban a su mismo sentido del ser  ha estimulado mis ideas sobre “una percepción emocional del impacto del hablar de la experiencia". [5]

 

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