El proceso terapéutico: ensayos y conferencias [Horney, K., 2003]

Publicado en la revista nº026

Autor: Martín-Montolíu, Jaime

Reseña: El proceso terapéutico: ensayos y conferencias. Karen Horney.  Ediciones La Llave D.H. (Vitoria, 2003).





“La percepción de sus propios órganos como dañados o inadecuados podría producirse, según coinciden Horney y Klein, debido a que la niñita teme un perjuicio como retribución por su deseo envidioso de reemplazar a la madre robando el pene del padre, o de hacerle daño robándole los bebés. La concepción kleiniana de los significados múltiples de la envidia del pene sigue siendo clínicamente interesante y fructífera, y en particular, la obra de Horney merece ser rescatada del descrédito al que la ha condenado el establishment psicoanalítico. Pero debe observarse que Horney y Klein respondían al interrogante original de Freud sobre el pasaje al padre de un modo más bien freudiano, con sus propias apelaciones al destino anatómico”. (Jessica Benjamin)[1]


 


Presentación


Para muchos universitarios de los años 70, el despertar de la curiosidad por el Psicoanálisis está asociado a la difusión que los libros de algunos intelectuales filo-freudianos (Marcuse) y culturalistas (Erich Fromm) alcanzaron por aquella época en nuestro medio. Karen Horney tenía sin embargo un estatuto distinto. Era una autora de culto  “para los iniciados”. El nuevo psicoanálisis de Horney -junto a La función del orgasmo y El análisis del carácter de W. Reich-  fue quizás uno de los primeros textos psicoanalíticos no firmados por Freud que muchos de nosotros entonces leímos e hicimos circular (la escasez genera vínculo en ocasiones). Otra cosa es que llegaramos a entender la verdadera importancia de su significado contextual. Pero eso era un mal de época, habida cuenta de la pobreza cultural que envuelve e impregna la vida bajo los regímenes totalitarios. Además, éramos muy jóvenes.  Su adquisición tuvo el añadido de lo ‘no permitido aunque tolerado’ ya que por entonces se empezaban a conseguir ediciones latinoamericanas de ‘libros impublicables’ en las trastiendas de librerías como Fuentetaja en Madrid, si bien sólo unos pocos ‘las frecuentáramos’. Esto es también ‘Memoria Histórica’[2].


Viene a cuento porque el libro que reseñamos tiene un alto valor de “documento”: reconocida por sus contribuciones sobre ‘psicología femenina’, Karen Horney fue, además, una terapeuta lúcida y talentosa, maestra de psicoanalistas. Escribió numerosos ensayos sobre temas clínicos y muchas de sus obras incluyen capítulos acerca de la terapia. Este volumen recoge un buen ramillete de ideas sobre el proceso terapéutico formuladas en diferentes momentos a lo largo de su aventura profesional. Algunos están referidos a aspectos poco conocidos de su trabajo y de su comprensión de distintos temas de renovado interés para los terapeutas actuales. Aunque sus ideas ya son historia, se anticipó a su época al ver la terapia como un proceso de colaboración en el que la apertura, la honestidad y el apoyo del terapeuta crecen a la vez que lo hace el paciente; en la captación de los fenómenos transferenciales  -incluso en la forma en que la personalidad de los terapeutas puede influir en el proceso de curación-; en muchas de otras ideas que Winnicott y Kohut desarrollarían bajo una terminología distinta y que darían pie, pasados los años, a los fundamentos del pensamiento interpersonal-relacional de una parte de lo que se ha dado en llamar el psicoanálisis contemporáneo.


Con estos antecedentes, el mundo editorial en castellano brinda la oportunidad de conocer de primera mano las producciones de esta enorme figura de la historia del psicoanálisis. Sus ideas se articulan con gran claridad y son accesibles a lectores de todos los niveles de experiencia. Se hace justicia pues, en distintos órdenes, a una de las tantas ausencias de la ‘memoria oculta’ del siglo pasado.



Reseña


(Nota: La recopilación de los escritos  publicados en este libro corre a cargo de  Bernard J. Paris -profesor honorario de inglés en la Universidad de Florida, crítico literario y director fundador de la Sociedad Internacional Karen Horney-, quien además prologa e introduce cada uno de los apartados y artículos con sustanciales comentarios acerca de la obra en su contexto. Introducciones y entradillas que  sirven de base a esta reseña, la cual incluye además  dos anexos: uno es una ficha biográfica y  el otro, una bibliografía somera en castellano).



Sumario


Prólogo

Primera parte. Primeros ensayos y ensayos intermedios.


Introducción de Bernard J. Paris


1.       La técnica de la psicoterapia psicoanalítica (1917).

2.       El uso inadecuado del psicoanálisis (1933).

3.       Ideas acertadas y equivocadas acerca del método analítico (1935).

4.       Aplicaciones restringidas del psicoanálisis al trabajo social (1934).

5.       Sobre las dificultades del trabajo con la transferencia (1935).

6.       El problema de la reacción terapéutica negativa (1936).


Segunda parte. Escritos posteriores.


Introducción de Bernard J. Paris


1.       ¿Qué es lo que hace el analista? (1946).

2.       ¿Cómo avanzar después del análisis? (1946).

3.       Prólogo a ”Gimnasia y personalidad“ de Gertrud Lederer-Eckart (1947).

4.   Orgullo y odio hacia uno mismo en la neurosis: la solución de la terapia (1947).

5.   El descubrimiento del yo real: Carta con prólogo de Karen Horney (1949).

6.   Los objetivos de la terapia analítica (1951).

7.   Resúmenes y ponencias:


A.      El futuro del psicoanálisis (1946

B.      Orgullo y odio hacia uno mismo en la terapia psicoanalítica (1947)

C.      La responsabilidad en la neurosis (1950)

D.      La psicoterapia (1950)

E.      El individuo y la terapia (1951)

F.      Valores y problemas del análisis grupal (1952)



Tercera parte. Conferencias sobre la técnica.


Introducción de Bernard J. Paris


Conferencia 1.- Los objetivos de la terapia psicoanalítica.

Conferencia 2.- La entrevista inicial

Conferencia 3.- La cualidad de la atención del analista

Conferencia 4.- El factor personal del analista

Conferencia 5.- La comprensión del paciente como fundamento de toda técnica.

Conferencia 6.- La interpretación.

Conferencia 7.- Los bloqueos en la terapia.

Conferencia 8.- Los sueños.

Conferencia 9.- La asociación libre.

Conferencia 10.- La evaluación de los cambios.

Conferencia 11.- La movilización de las fuerzas constructivas.


Referencias

Reseña


“Mi propósito de  hacer una revisión crítica de las teorías psicoanalíticas tuvo su origen en el descontento que sentí frente a los resultados terapéuticos” (Karen Horney[3].)


El libro está dividido en tres partes, cada una de las cuales lleva una introducción a cargo de Bernard J. Paris, que distingue en el recorrido de Horney cuatro fases: freudiana, ruptura con Freud,  desarrollo de un nuevo paradigma estructural y teoría madura. En su opinión, la contribución más original y permanente de Horney hay que buscarla en las teorías desarrolladas en sus años de madurez. En ese tiempo Karen Horney. sostuvo la idea de que el individuo afronta la ansiedad que le produce el hecho de sentirse inseguro, no amado y no valorado alienándose de sus verdaderos sentimientos y elaborando sofisticadas estrategias de defensa. Así:



  • en ‘Nuestros conflictos interiores’ (1945- 1976) -ver anexo 2 de esta reseña-   su atención se centra particularmente en las estrategias interpersonales de acercamiento, alejamiento y lucha con otras personas, lo que daría lugar a las correspondientes soluciones neuróticas de conformidad, desapego y agresión.

  • en ‘Neurosis y madurez’ (1950- 1967) lo hará en las defensas intrapsíquicas, mostrando el modo en que la idealización de uno mismo genera la búsqueda de la gloria y lo que ella llama “el sistema de orgullo”, una modalidad patológica de elevado autoconcepto preñado de reivindicaciones neuróticas, imposiciones tiránicas y odio hacia sí mismo.


Referido a la producción teórica, quizás en psicoanálisis ocurra lo que en literatura. Los hallazgos más profundos y significativos derivan de las fuentes de autoconocimiento; es decir, de la capacidad de elaboración (inmersión, despojamiento, descentramiento, generalización) y estilización de la propia experiencia. Como es lógico, una parte sustancial de ésta es el modo en que se viven avatares junto, con y frente a otros.  Lo más llamativo de la Horney teórica es tal vez ese modo constante e irreductible a que somete la revisión de (sus) ideas.



  • En los años veinte se dedicó a escribir brillantemente y con valentía sobre psicología femenina y sobre las relaciones entre los sexos. Sus innovadores escritos, ya discrepantes, conservan, no obstante, la marca de su adscripción freudiana.

  • En los años treinta volvió a las cuestiones clínicas reconsiderando el proceso terapéutico desde una perspectiva remozada, lo que daría lugar a El nuevo psicoanálisis (1939-1966).


Neo-psicoanálisis: terapias más breves y activas, centradas en el presente y en la relación paciente/terapeuta…. Visto desde ahora, y puestos a elegir, quizás un clínico destacaría, como legado de calado mayor, el valor de esos dos grandes movimientos de ruptura y revisión que contribuyó a propiciar en el momento de masivo despliegue histórico del quehacer analítico.


El volumen se completa con once recopilaciones en forma de conferencias sobre técnica. Publicadas durante los años cincuenta y sesenta en el American Journal of Psychoanalysis, se trata de escritos póstumos, construidos a partir de notas personales recuperadas por discípulos y colegas allegados.


 


PRIMERA PARTE. PRIMEROS ENSAYOS Y ENSAYOS INTERMEDIOS


 


Introducción a la primera parte


Paris inicia esta introducción con la afirmación siguiente:


Aunque es conocida como una rebelde del psicoanálisis, Karen Horney fue freudiana ortodoxa durante muchos años.  (…) Aunque trató de modificar la visión de Freud sobre psicología femenina, sus primeros ensayos sobre este tema fueron escritos dentro del marco freudiano clásico”.


El primer trabajo pertenece a esa categoría. A partir de él, e influenciada por la sociología y antropología de su tiempo,  fue dejando gradualmente de lado el énfasis en la biología para subrayar la importancia de los aspectos culturales en lo que llamamos ahora la construcción social del género. Y aunque este movimiento lo iniciara en Europa, probablemente se vio acelerado una vez emigrada a los Estados Unidos en 1932, ya que tuvo ocasión de encontrarse en una sociedad más abierta y dinámica. Asimismo, con nuevas influencias intelectuales y pacientes cuyos problemas eran distintos a los que ella había tratado en Berlín. Si el lector es capaz de situarse en la América de entreguerras (en los años siguientes a la ‘Gran Depresión’ de 1930) e imaginar el clima de encuentro de la primera oleada de psicoanalistas emigrantes (Alexander, Rado,  Fromm-Reichmann…) en Nueva York, podrá hacerse una idea de lo estimulante y propicio que era ese ambiente para una tal creatividad colectiva e individual floreciera.



1.      La técnica de la psicoterapia psicoanalítica (1917).


Como se verá, Horney concedió desde el principio una gran importancia a los temas de la relación  paciente/terapeuta. Los cambios que experimentó su concepción al respecto resultan sumamente útiles para comprender su alejamiento de la ortodoxia. Este ensayo intenta esbozar los puntos más importantes, a su entender, de la técnica terapéutica. Luego de describir el modo en que el médico llega al conocimiento del inconsciente a través del análisis de las asociaciones libres y de las resistencias del paciente, afirma que “este es un conocimiento que no cambia en modo alguno la situación”. Lo fundamental -a lo que dedica la mayor parte del ensayo- radicaría en la dinámica de la relación entre ambos. O sea, en el análisis de la transferencia, siendo ‘la comprensión’ es el eje en torno al cual esto pivotaría.


No obstante, preocupada por el desarrollo de la capacidad de autonomía y decisión de los pacientes –otro de sus temas recurrentes- advierte contra las prácticas educativas, los aconsejamientos y demás actitudes que pudieran tender a alentar la dependencia. Por último, aconseja con viveza la práctica del autoanálisis por el terapeuta como actividad permanente y complementaria  a su preceptivo análisis personal. Aquí despunta pues el embrión programático de sus futuros desarrollos teóricos.



2.      El uso inadecuado del psicoanálisis (1933)


Este escrito es un ‘plato altamente especiado’ y su lectura es sustanciosa. Tanto más en cuanto que aborda aspectos muy incrustados aun en nuestra subcultura grupal. Bajo un estilo aparentemente ‘suelto’, irónico y fluido, deposita un regusto amargo, rayano en lo irreverente. Quizás por ello, a pesar de sus sucesivas reescrituras, haya permanecido inédito hasta la fecha.


“El amplio interés que suscita el psicoanálisis está a mi juicio justificado, porque no sólo nos ofrece un método excelente para conocer nuestros conflictos familiares y personales, sino también para comprender problemas de importancia general como las motivaciones del delito o del suicidio o las actitudes que asumimos hacia fenómenos sociales tales como la depresión económica o los movimientos políticos y revolucionarios.


Con mucha frecuencia, sin embargo, después de leer un escrito analítico dirigido a una audiencia lega, me asalta la duda de si esa información tan bien acogida no será más peligrosa que beneficiosa.


Los seres humanos somos una mezcla de dioses y de bestias, y el animal que hay en nosotros no desaprovecha ninguna ocasión para dejar de lado nuestro lado divino y hacer de las suyas y buscar sus propios objetivos. Vistas así las cosas, tal vez convendría asumir provisionalmente el papel de bufón de las obras shakesperianas y mostrar el lado oculto de la escena, es decir, los abusos del psicoanálisis”   


El artículo en su totalidad es una crítica mordaz -en términos fundamentalmente freudianos todavía- especialmente dirigida contra los practicantes de “análisis silvestres” (los califica de “delincuentes profesionales” por carecer de formación y no saber manejar la transferencia). Pero es también una sátira sobre los “clínicos de salón”; es decir, las personas que han adquirido algún conocimiento del psicoanálisis y lo utilizan de manera ridícula, inadecuada o irresponsable. Describe una cohorte de ‘tipos clínicos’ muy verosímiles: ‘los omniscientes’, que lo creen poder explicar todo; ‘los fanáticos’, convencidos de que deben analizar cualquier detalle no importa el lugar ni la ocasión; ‘los compulsivos’, quienes, sintiéndose obligados a ‘cantar verdades’, agreden sistemáticamente a los demás en sus puntos vulnerables hasta que ‘encuentran la horma de su zapato’ y, ‘pagados con la misma moneda’, se descubren ocultando malamente su propios autoengaños; ‘los víctimas’, aquellos que utilizan inadecuadamente su conocimiento psicológico para buscar en todas partes evidencias de abuso; ‘maridos’ que acusan a sus mujeres de querer castrarles; ‘esposas’ que se burlan del miedo de sus maridos a las mujeres; ‘masoquistas’ sirviéndose de la comprensión que brinda el psicoanálisis para mejor flagelarse… en fin, toda esa galería de personajes que algunas veces vimos con posterioridad retratados en cierto tipo de cine, muy neoyorquino por cierto.


De nuevo, Karen Horney se adelanta y transmite una vibrante sensación, bastante veraz,  de las variadas modalidades de infiltración vicaria del psicoanálisis en la cultura. En mi opinión, este escrito es una curiosa joya. Un pequeño terremoto salvífico posiblemente relacionado con la mirada fresca y penetrante de una ‘recién llegada a la ciudad’ (Karen Horney arribó a N.Y. en 1932 –ver anexo 1 a esta reseña-) con todo lo que eso tiene de impacto revelador, de extrañeza e, incluso, de resistencia a la adaptación. Si se lee atentamente y con algún de sentido del humor, el lector podrá reconocer  (y reconocerse en) algunas situaciones a lo largo de su vida o en algún momento de su  ‘evolución psicoanalítica’, aunque no sea más que de un modo aproximado.  La ironía no deja de ser una cualidad de la inteligencia que a la inteligencia se dirige. Y remueve. Lo cual a veces tiene un efecto sumamente saludable.


Como señala Paris en la introducción:


“En cualquier caso, y por más divertido que sea su relato, todo el artículo gira en torno a la idea de que la comprensión inadecuada de las ideas, usadas sin restricción alguna, puede dañarnos a nosotros mismos, a los demás y a nuestras relaciones”.



3.      Ideas acertadas y equivocadas acerca del método analítico (1935)


En este artículo pergeña por primera vez su paradigma estructural, el cual puede enunciarse como sigue: ‘las asociaciones de los pacientes no se deben usar tanto para rastrear su origen infantil como para explorar las causas inmediatas de sus actitudes y la función que representan en el presente’. Se evitaría de ese modo la ‘explicación arbitraria en base a la supuesta génesis infantil’ tan criticada en el ensayo precedente. Habla del continuado proceso de desarrollo y de la importancia de los eslabones intermedios entre infancia y presente. Reconoce las contribuciones de Reik, Glover, Freeman-Sharpe y Reich y concluye señalando dos dificultades en su propuesta:


- Que las actitudes del paciente puedan estar compuestas de tendencias contradictorias (cuestión a la que dedicaría gran parte de su obra posterior).


- Que los analistas, al igual que los pacientes, puedan experimentar reacciones de miedo y de defensa en su contra que tiendan a cegar ciertos aspectos de su visión y llevarles a ver de un modo desproporcionado a los demás.



4.      Aplicaciones restringidas del psicoanálisis al trabajo social (1934)


Aquí Horney aconseja a los trabajadores sociales del campo de la psiquiatría, abstenerse de explorar ‘causas subyacentes a los trastornos’ y limitarse a las ‘situaciones conflictivas reales’, cuidando de no provocar ansiedades más profundas. A su entender, las numerosas estrategias defensivas deberían permanecer intactas porque formarían parte del ámbito del psicoanálisis.


Lo novedoso en este escrito es la formulación precursora de su concepto de  “ansiedad básica”. El lector encontrará también resonancias previsionarias de las ideas que asignan al ambiente de crianza prioridad sobre la vida instintiva (Winnicott, Bowlby,  Kohut), en su descripción de la génesis de la neurosis:


- La neurosis no se originaría tanto en la frustración de los instintos como en la conducta de los padres que tratan al niño de manera incoherente y no pueden proporcionarle el sentimiento de afecto y protección que necesita para contrarrestar su sensación de impotencia.


- Frustrado, intimidado y confundido por esa mezcla de indulgencia y dureza, el niño responde con una rebeldía hostil, la cual provoca a su vez una nueva amenaza que le fuerza a reprimir su conducta antagónica.


- La hostilidad del niño sólo puede ser vivida a través de fantasías violentas. Pero éstas resultan tan amenazadoras que tienen que ser reprimidas y así desarrolla vagos temores referentes tanto a sus sentimientos explosivos como a la posible venganza de los demás, lo cual crea y mantiene  un estado de ansiedad”  contra el cual el niño se defiende desarrollando ciertos  rasgos caracteriales” cuya función es la de evitar los comportamientos que generan miedo.


- Así pues, a cambio de un vulnerable sentimiento de  seguridad, costosamente logrado, hará síntomas caracterológicos que permanecen durante su vida adulta.



5.      Sobre las dificultades del trabajo con la transferencia (1935)


Partiendo de una explicación freudiana ortodoxa de la transferencia, se va a centrar “en la dinámica que permite que el paciente mantenga esa actitud precisa en este momento concreto”. Alejamiento pues del pensamiento freudiano ortodoxo en favor del aquí y ahora: el paciente en busca de afecto no trataría tanto de satisfacer instintos primordiales transferidos desde sus objetos originarios cuanto situarse en la interacción actual de fuerzas psíquicas. Lo que hace, según Horney, es desplegar estrategias defensivas caracterológicas con el fin de apaciguar la ansiedad que el encuentro terapéutico activa. Y eso es lo que, según ella, el clínico debería saber leer.



6.      El problema de la reacción terapéutica negativa (1936)


Clásicamente, se entiende como ‘reacción terapéutica negativa’ o ‘huida hacia la salud’ el hecho de que el paciente presente una intensificación de los síntomas, se desaliente o desee concluir de inmediato el tratamiento después de una mejoría o  de la dilucidación real de un problema. En El Yo y el Ello, Freud la consideró como una resistencia del superyó, indicador de mal pronóstico y serio obstáculo para el quehacer terapéutico. Horney la enfoca aquí como una defensa contra la ansiedad que podrá ser superada si se comprende adecuadamente.


Según ella, las experiencias de infancia son más formativas que las posteriores porque constituyen la fuente de los sentimientos básicos de ansiedad y de las primeras defensas para contrarrestarlos, pero “las actitudes que vemos en el paciente adulto no son repeticiones ni reviviscencias directas de las actitudes infantiles, sino que han cambiado en calidad y cantidad por las consecuencias que se han desarrollado a partir de las experiencias tempranas”.  De lo que se deriva que las reacciones terapéuticas negativas “sólo pueden resolverse por la insistencia del analista en analizar las causas directas de las reacciones inmediatas”. En esa dirección, los efectos de avance (o indicadores de buena interpretación) serían los siguientes cinco tipos de reacciones:


1.      En las personas compulsivamente ambiciosas, que toman a los demás como rivales y consideran una derrota cualquier interpretación acertada, “su lucha por la supremacía absoluta no sólo les sirve de protección contra una ansiedad extraordinaria sino que les proporciona seguridad a través de un poder absoluto”, de modo que “expresan su hostilidad y su sensación de fracaso menospreciando al analista”. El que se beneficien de la ayuda del analista les parecerá irrelevante porque, a pesar de seguir en terapia, sienten que no la necesitan


2.      En los perfeccionistas(a los que ella denomina “los deberías”), es decir, aquellos que no admiten el más leve ‘reproche’, la reacción terapéutica negativa emerge de las ideas grandiosas que el paciente tiene de sí mismo. Como una buena interpretación pone de manifiesto ‘alguna debilidad’, la considerarán ‘un castigo’ e intentarán mitigar el desasosiego tratando de que el analista se sienta “insignificante, ridículo, ineficaz”.


3.      Los dóciles, esas personas que temen el éxito y evitan toda competencia, sólo se sienten seguros cuando son humildes, discretos y no amenazadores. Perciben el proceso terapéutico como un riesgo y se defienden contra él a través de “un sentimiento de desaliento, impotencia, desesperación y del deseo de acabar el análisis


4.      Para las personas ‘culpables’ o que se odian a sí mismas, “el análisis se asemeja a un juicio” y una buena interpretación “es percibida como una acusación injusta” (...) “provoca una reacción como si se tratara de una condena total, cuya intensidad es proporcional al sentimiento existente de autocondena”. Entonces, no será raro que contraataque para demostrar que el analista está equivocado.


5.      Por último, en las personas básicamente obedientes por una “exagerada necesidad de afecto o una excesiva sensibilidad ante cualquier tipo de rechazo”, el descubrimiento de sus dificultades se asemeja “a una expresión de disgusto o desdén” que las lleva a sentirse inaceptadas y a reaccionar “con un fuerte antagonismo”, donde el impulso de competir con el analista va seguido de un aumento de la ansiedad y de la necesidad de afecto.


 


SEGUNDA PARTE. ESCRITOS POSTERIORES



Introducción a la segunda parte


Paris afirma que Karen Horney estuvo toda su vida interesada por la interacción existente entre la teoría y la práctica y que ese mismo interés fue el que alentó la evolución continua de sus ideas en torno a la neurosis y su tratamiento. En términos metapsicológicos, lo que va a rechazar es la afirmación freudiana de que la neurosis se origina en la contradicción existente entre cultura e individuo.


En opinión de Horney, la importancia que Freud  atribuyó a las fuentes biológicas de la conducta humana le llevó a concluir erróneamente la universalidad de los sentimientos, las actitudes y los tipos de relación propios de nuestra cultura: al no reconocer la importancia de las relaciones sociales,  (Freud) acabó asignando el egocentrismo neurótico a la libido narcisista, la hostilidad al instinto de destrucción, la obsesión por el dinero a la libido anal y la posesión a la oralidad. Pero la antropología –y la misma experiencia de impacto cultural que Horney viviera cuando emigró a Estados Unidos- habría de demostrar claramente que las diferentes culturas contribuyen de un modo muy distinto a la creación no sólo de esas características, sino también del complejo de Edipo.


Por otro lado, en el ámbito de la clínica Horney  pondrá el acento, como hemos visto,  en la estructura de la personalidad y no en la reconstrucción genética. Revisión y ruptura  en varias fases que documentamos a continuación secuenciándolas:


Alrededor de El Nuevo Psicoanálisis:



  • El evolucionismo de Horney, tal como es explicitado en El nuevo Psicoanálisis,  postula que la influencia profunda  de las experiencias tempranas no impide el desarrollo posterior, mientras que para Freud las reacciones o experiencias posteriores serían, sobre todo, repeticiones de las anteriores. Según Horney, el mecanicismo evolucionista de Freud sostendría que “en el proceso de desarrollo no se crea nada realmente nuevo” y que ” lo que hoy vemos no es más que la nueva forma que asume lo viejo”

  • Según Freud, el ser humano necesita de la cultura para sobrevivir, pero para ello ha de reprimir o sublimar sus instintos. Para Horney el ser humano es cultura, y no cree en la inevitabilidad de ese conflicto. Antes bien, el conflicto sólo tiene lugar cuando el entorno frustra las necesidades emocionales e inspira miedo y hostilidad.

  • Freud dibuja un ser humano intrínsecamente insaciable, destructivo y antisocial. En opinión de Horney, todas esas facetas no son expresiones del instinto, sino respuestas neuróticas a condiciones ambientales adversas.

  • Freud asignó a los avatares del desarrollo de la pulsión sexual un papel central en la estructuración caracterológica de los individuos. Horney considera las dificultades sexuales como el resultado, y no la causa, de los trastornos de la personalidad.

  • El núcleo de la concepción freudiana sobre la influencia de las experiencias infantiles en la conducta adulta asienta en la doctrina de la atemporalidad del inconsciente. Miedos, deseos o experiencias reprimidas tempranamente se hallarían al amparo de las experiencias del desarrollo posterior. De ahí deriva el concepto de fijación -tanto a una persona (padre, madre) como a una fase del desarrollo libidinal-. En consecuencia, la identificación u otros sucesos posteriores podrían ser consideradas como repetición de situaciones del pasado encapsuladas en el inconsciente. Horney describe críticamente pero no refuta esa doctrina. Se limita a elaborar la suya propia: “Desde la perspectiva proporcionada por el punto de vista no mecanicista, el desarrollo orgánico nunca puede ser una repetición o regresión simple a estadios anteriores”. El pasado se hallaría contenido en el presente en forma de antecesor determinante de la dirección del proceso evolutivo, pero no de ‘compulsión a la repetición’.

  • Relacionado con esto, resulta particularmente revelador su modo de concebir el fenómeno transferencial. No es tanto que el paciente transfiera sobre el analista sentimientos derivados de la infancia, cuanto que se comporta con él de acuerdo a su estructura caracterial (visto así, sí que se podrá ayudarle a comprender  conflictos y defensas). Del mismo modo, la contratransferencia no es tanto reacción infantil insuficientemente elaborada por el terapeuta cuanto la manifestación de su propia estructura de carácter defensiva, cuya consecuencia es permanecer ciego, o ser condescendiente, ante defensas similares del paciente.

  • De modo que, aunque no niegue la importancia de lo infantil en el desarrollo emocional (“Las cosas que hoy existen no han existido del mismo modo desde el comienzo, sino que han ido desarrollándose a lo largo de una serie de estadíos. Los estadíos actuales pueden tener muy poco parecido con los precedentes, pero serían impensables sin aquellos”), Horney va a enfatizar que no es la frustración de sus deseos libidinales lo que hace que el niño se sienta inseguro, falto de amor y despreciado, sino las condiciones familiares patógenas. Las estrategias defensivas lo condenarán al fracaso porque los medios utilizados para tratar de calmar la ansiedad incurren en círculos viciosos que no hacen más que aumentarla. Las perturbaciones de las relaciones humanas generarían  una ansiedad básica que lleva al individuo a adoptar estrategias de defensa que no son sólo equivocadas sino también contradictorias, e inhiben su espontaneidad. La neurosis sería, pues, un proceso de alienación del ‘yo real’

  • Consecuentemente para ella, el objetivo último de la terapia “no es ya ayudar al paciente a dominar sus instintos, sino disminuir su angustia al grado en que pueda prescindir de sus ‘tendencias neuróticas’ Más allá de este fin se vislumbra una meta terapéutica completamente nueva, que es la de devolver al individuo a sí mismo, ayudarlo a recuperar su espontaneidad y a localizar su centro de gravedad dentro de sí mismo”.


Alrededor de La personalidad neurótica de nuestro tiempo:



  • Abierto reconocimiento del proceso de revisión. Escribirá que si alguno cree que el psicoanálisis “consiste en la suma total de las teorías propuestas por Freud, lo que presento aquí ciertamente no es psicoanálisis. Pero si, por el contrario, consideramos que la esencia del psicoanálisis reside en ciertos rasgos básicos de pensamiento relativos al papel que desempeñan los procesos inconscientes y al modo que éstos se expresan y también a una modalidad de tratamiento terapéutico que permite cobrar conciencia de estos procesos, entonces sí que merece este nombre”. Estamos en 1937.

  • Postula finalmente la existencia de dos estrategias para hacer frente a la ansiedad básica: búsqueda del amor, búsqueda del poder. Referencia también al desapego defensivo (que luego será una importante línea de investigación).


Alrededor de El autoanálisis:



  • Para renunciar a los rasgos neuróticos y lograr un desarrollo hacia la autorrealización, uno debe reconocer sus rasgos propios, explorar sus implicaciones y comprender su interrelación. El éxito de este difícil y doloroso proceso requiere del uso de poderosos incentivos y de una sinceridad implacable. Y que paciente y analista asuman roles y responsabilidades concretas (en el autoanálisis el individuo asumiría ambos roles alternativamente).

  • Horney recomienda comenzar en terapia con los rasgos neuróticos más evidentes, teniendo en cuenta la peculiaridad del paciente. El rasgo que aparezca en primer lugar no es ni el más fuerte, ni el más influyente. Sólo el menos reprimido.

  • El análisis habrá de transcurrir por tres estadíos distintos: (1) el reconocimiento de los dichos rasgos; (2) el descubrimiento de sus causas, manifestaciones y consecuencias; (3) el desvelamiento de sus interrelaciones con otras partes de la personalidad. Cada uno de ellos puede tener un valor terapéutico distinto.

  • El reconocimiento de un rasgo no conlleva un cambio radical, pero disminuye la sensación de indefensión, de hallarse a merced de fuerzas intangibles. Proporciona también la esperanza de que algo se puede hacer para aliviar el dolor.

  • El descubrimiento de las consecuencias lleva al paciente a ponderar y/o percatarse de la necesidad del cambio.

  • El desvelamiento de que cada uno de los rasgos está asociado a otros – con frecuencia contradictorios- implica que no es posible trabajar con uno sin hacerlo con los demás; y sin tratar de comprender el modo en que se relacionan para  producir parálisis o sufrimiento.

  • Para Horney la motivación es clave y tiene dos fuentes: el deseo de sufrir menos y el deseo de realización personal. Por tanto, las tendencias narcisistas no serán primarias sino reactivas.

  • Asignará al analista un papel activo en el trabajo con las resistencias, dentro una atmósfera de “amistad constructiva” (en el restrictivo sentido de ‘calidez’ –ver más abajo-) para ayudar al paciente a reconocerlas (“con o sin la ayuda del sujeto, ya que eso es precisamente lo que éste intenta impedir”).

  • Por último, va a referirse  al proceso terapéutico como ‘una empresa exquisitamente cooperativa’  cuyo verdadero objetivo sería alentar la iniciativa del paciente.


La evolución posterior del ideario de Horney contiene un amplio surtido de estrategias interpersonales e intrapsíquicas que en sus dos últimos libros (Neurosis y madurez, la lucha por la autorrealización y Nuestros conflictos interiores) acabó sistematizando. Avanzó hacia una mayor inclusividad, una taxonomía más sofisticada y la elaboración más completa de cada solución propuesta.  


B. J. Paris comenta que Horney tendía a tratar en sus cursos los temas de los libros que estaba escribiendo o, si se prefiere, a escribir libros sobre lo que estaba enseñando. Así, en los años 1947,1948 y 1949 trasmitió las ideas que acabarían conformando Neurosis y madurez. El conjunto de sus notas sobrevivió en Orgullo y odio hacia uno mismo en la neurosis, curso que dio en la New School for Social Research entre 1947 y 1948. Versan sobre la búsqueda de la gloria, las demandas neuróticas, la tiranía del  “deberías”, el orgullo neurótico, el odio y la autocondena hacia uno mismo, y la alienación del yo. No obstante, las ideas que conformarían  el libro final serán mucho más sofisticadas y elaboradas que en esas presentaciones.



1.      ¿Qué es lo que hace el analista? (1946)


En este escrito ya se cuestiona ‘la neutralidad del analista’. Al tiempo, critica la afirmación de ‘algunos modernos’ terapeutas acerca de que “la amistad del analista hacia sus pacientes resulta esencial para resolver sus problemas de relación”. En sentido estricto, ella considerará amistosos, pero no ‘de amistad’ (por sustraerse, como es debido,  de la ‘espontaneidad y reciprocidad’ que son los requisitos de ésta), los términos en los que debe desarrollarse la relación terapéutica. La amistad carecería de todo objetivo más allá de sí misma, mientras que la relación entre paciente y terapeuta “es esencialmente funcional” y se centra “en el trabajo a realizar”. Matiz imprescindible para evitar posibles confusiones reiteradamente denunciadas a lo largo de su obra.


Advierte también que el analista no debe tratar de suprimir sus emociones, ya que no podría descartar su “impaciencia, simpatía o desaliento” sin  embotar al mismo tiempo su sensibilidad hacia lo que va ocurriendo (tanto en el paciente como en él mismo). Es más, la emoción ha de tener un papel decisivo en el proceso por ser la parte “más viva de sí mismo”; servir de indicador de la puesta en juego y elucidación de los aspectos defensivos y caracterológicos de ambos participantes; y posibilitar al terapeuta interesarse en ‘lo que el paciente es’ y no en lo que ‘debería ser’. Eso es, en definitiva,  lo que ayudará al paciente a recuperar la confianza en sí mismo (y en sus fuerzas constructivas innatas, pilar de la concepción de Horney  sobre la naturaleza humana). 



2.      ¿Cómo avanzar después del análisis? (1946)


Aquí se reafirma en su creencia sobre el valor del autoanálisis para quien haya pasado ya por la terapia. “El análisis como forma de conocimiento es un proceso esencialmente interminable”, dirá.


¿Cuándo termina la terapia? Cuando el paciente esté en condiciones de recorrer solo su propio camino. Tres criterios son claves:



  • Tener objetivos claros y constructivos, y no estar buscando soluciones mágicas a los problemas.

  • Estar interesado en verse a sí mismo ‘tal como se es, y como se podría llegar a ser’, “en lugar de aspirar a la idea fantástica de lo que debería ser”.

  • Asumir la responsabilidad de sus dificultades, disponerse a trabajar sobre sí y comprender que “cielo e infierno se hallan en su interior”.


Su énfasis en el autoanálisis camina en paralelo a su desagrado respecto del prejuicio ingenuo u omnipotente respecto a que la experiencia del análisis proporcione ‘per se’ un estatuto estable y definitivo. En este sentido, su visión anticipa la idea de que lo más valioso que puede aportar la terapia consiste, sobre todo, en una ampliación del repertorio procedimental  útil para la reflexión sobre uno mismo y sus propias motivaciones.



3.      Prólogo a  “Gimnasia y personalidad” de Gertrud Lederer-Eckart (1947)


Publicado en el American Journal of Psicoanalysis, su autora (G. L-E.) es presentada como una profesora de gimnasia que practica un tipo de trabajo individual correctivo (lo que actualmente sería la fisioterapia rehabilitadora). Había tratado con éxito a Karen Horney de una dolencia muscular y se hicieron grandes amigas.


Horney, por su parte, coincide con Groddeck, Simmel y Reich en que “muchos síntomas somáticos, incluida la tensión muscular eran causados por conflictos psicológicos”.



4.      Orgullo y odio hacia uno mismo en la neurosis: la solución de la terapia (1947)


 Como hemos transcrito más arriba, en los años 47, 48 y 49 Horney difundió las ideas que acabarían conformando Neurosis y madurez. Sus notas sobrevivieron gracias al curso que dio en la New School for Social Research en 1947 y 1948 bajo el título de Orgullo y odio hacia uno mismo en la neurosis. De hecho, conformarían el esqueleto argumental de la primera parte de dicha obra. La conferencia versa sobre la tiranía de la antinomia: ‘búsqueda de la gloria y autocondena en forma de variada demanda neurótica’. Contiene además observaciones anteriormente inéditas sobre el proceso terapéutico. Por ejemplo, subdivide a las personas que se analizan en:


(1) aquellas que tienen sentimientos de superioridad en primer plano (y sentimientos subyacentes de odio hacia sí mismas) y


(2) quienes tienen superficialmente sentimientos de autodenigración (y sentimientos ocultos de superioridad)


para mejor discutir las dificultades que cada una de ellas aportará a su análisis (en respuesta y actitud) y los distintos pasos secuenciales que habrían de darse en él.



5.      El descubrimiento del yo real: Carta con prólogo de Karen Horney (1949)


Horney estaba encantada con una carta en la que una de sus pacientes, Barbara Westcott, describía su descubrimiento en análisis del ‘yo real’. La paciente había comenzado a leer a Horney mientras estaba hospitalizada por una depresión, y quiso ser analizada por ella. Paris comenta que, puesto que Westcott estaba embebida de los escritos de Horney, a menudo parece que habla por boca de esta última. De modo que esta carta puede ayudar al lector a comprender lo que Horney quería trasmitir con la noción de ‘yo real’, proporcionando a la vez una idea de su forma de trabajar como terapeuta.


El argumento del ‘prólogo’ es el siguiente:



  • Analista y paciente a menudo se sienten impulsados en direcciones opuestas.

  • El analista tiene en mente el crecimiento del ‘yo real’ del paciente, mientras que éste sólo piensa en perfeccionar su ‘yo idealizado’, quiere que la terapia le ayude a vivir a la altura de sus  “deberías” y hacer que funcionen sus propias soluciones.

  • Frente a ello, el autoconocimiento no podrá ser un mero saber intelectual añadido (aunque pueda comenzar por ahí).

  • Es (habrá de ser) una experiencia emocional con efectos terapéuticos.


6.      Los objetivos de la terapia analítica (1951)


Conferencia dirigida a una audiencia alemana no familiarizada previamente con su pensamiento, este escrito recoge una concisa revisión de algunas de sus ideas fundamentales y sistematiza los temas sobre ‘el objetivo terapéutico’. En él  se postula la existencia de cuatro yoes: ‘yo real’, ‘yo idealizado’, ‘yo despreciado’ y ‘yo actual’.



7.      Resúmenes y ponencias


a.      El futuro del psicoanálisis (1946)


“Hace ya cinco años que comenzó nuestro alejamiento del grupo psicoanalítico freudiano por una serie de razones muy fundamentadas. Poco importó, en este sentido, que se nos acabara expulsando por considerársenos una minoría radical que luchaba por la reformulación de algunas ideas, puesto que éramos agudamente conscientes del proceso histórico y supimos sacar provecho de esa expulsión. A fin de cuentas, la esterilidad de las discusiones científicas nos dejaba con una sensación de su futilidad porque, en muchas ocasiones, teníamos la impresión de estar luchando contra una muralla de dogmatismo pétreo. Y es que el factor determinante de nuestra decisión de constituir una nueva asociación fue la comprensión de que lo que nos separaba de Freud no era ni más ni menos que una filosofía de la vida completamente diferente”.


Así comienza  esta ponencia, dictada en Nueva York en ocasión del quinto aniversario de la Association for the Advancement of Psychoanalysis. En ella Horney subraya la diferencia entre la visión pesimista de Freud en torno a la existencia humana y la suya propia. Creencia en que -bajo condiciones favorables o como consecuencia de la terapia- el ser humano pueda ser más constructivo y creativo. Horney reconoce aquí que muchas de sus comprensiones en torno al psicoanálisis fueron resultado de la lucha con sus propias dificultades, e insiste en la idea de que los terapeutas deben ‘trabajarse a sí mismos’ si quieren prestar una ayuda más eficaz a los demás.


b.     Orgullo y odio hacia uno mismo en la terapia psicoanalítica (1947)


Esta charla es una reelaboración más sintética de las ideas que había introducido en la conferencia que, con el mismo nombre, reseñamos más arriba.


c.      La responsabilidad en la neurosis (1950)


Aquí señala que los “deberías” y las demandas de la persona neurótica la llevan a sentirse responsable de cosas sobre las que no tiene el menor control. Y que el objetivo de la terapia es liberarla de ‘ilusiones y compulsiones’ para que pueda asumir sus verdaderas responsabilidades.


d.      La psicoterapia (1950)


En esta ocasión subraya lo insuficiente de ‘la comprensión’ y del ‘proceso de desilusión’ para provocar cambios. Por ende, afirma la necesidad adicional de movilizar ‘las fuerzas constructivas’ del paciente.


e.      El individuo y la terapia (1951)


En respuesta a las críticas lanzadas contra sus teorías por demasiado optimistas, ella se pregunta “si el concepto de fuerzas internas constructivas en el que está basado nuestra terapia no será una ingenuidad”. Reitera su opinión de que la destructividad es reactiva más que innata -ya que, en caso de ser paliada (la destructividad) por la terapia, las fuerzas constructivas acaban emergiendo una vez se contrarrestan los efectos perjudiciales de las experiencias patógenas-


f.        Valores y problemas del análisis grupal (1952)


“El análisis grupal no sólo resulta valioso en términos sociales, sino también porque parece ser muy prometedor en tanto que terapia corta”. Así arranca el artículo.


Aunque Horney no escribió sobre el análisis grupal, obtuvo cierta experiencia al respecto y no dejó nunca de alentar la combinación autoanálisis-análisis grupal. En este comentario observa que una de las principales ventajas de la terapia de grupo es aumentar el incentivo para enfrentarse a uno mismo en un clima que promueve la sensación de no ser único. Y apostilla:  La conciencia emocional puede llegar muy rápidamente”.


 


TERCERA PARTE. CONFERENCIAS SOBRE LA TÉCNICA


Introducción


Paris comenta que, en caso de no haber fallecido, el siguiente libro de Horney habría sido sobre técnica. Algunos de sus colegas y alumnos reconstruyeron sus cursos, los cuales, además de contener una gran sabiduría práctica sobre el modo de ayudar a los pacientes, reflejan la aplicación de su teoría madura al proceso terapéutico con ‘más detalle –según expresión de Paris- que en cualquier otro lugar’. Estas conferencias subrayan su énfasis en la intuición y la emoción, y exponen un modelo cada vez más recíproco, cooperativo y democrático de relación paciente/terapeuta.


Conferencia 1.- Los objetivos de la terapia psicoanalítica.


Aunque en su mayor parte este escrito es una recopilación de las ideas ampliamente desarrolladas en  Nuestros conflictos interiores y en Neurosis y madurez, contiene también un debate sobre  “las cuatro categorías de la autorrealización” (respecto a uno mismo, a los demás, en el ámbito laboral y en el personal) que es inédito y original.


Conferencia 2.- La entrevista inicial


Esta es una conferencia que aborda el valor diagnóstico y pronóstico, los factores que permiten evaluar la futura eficacia, los factores específicos de pronóstico y la actitud del paciente hacia el análisis de las ‘entrevistas preliminares’. Por desgracia, una segunda parte prevista -sobre ‘el valor terapéutico de la entrevista inicial’ - nunca se llegó a dar.


Conferencia 3.- La cualidad de la atención del analista


Al discutir el tema de la ‘atención integral’, afirma que ésta es una facultad a la que los orientales son más sensibles gracias a los ejercicios posturales, la respiración, la meditación y el yoga, mientras que los occidentales no se entrenan per se para la concentración. Recurre también a la noción zen de ecuanimidad para aplicarla a su tópica, y observa que, durante el análisis, uno no tiene ningún ‘hacha personal que afilar’, ningún ‘anhelo neurótico’, si bien no es suficiente con ser ‘un frío observador’.


Conferencia 4.- El factor personal del analista


En esta ocasión habla de las cualidades deseables del analista y de sus problemas de personalidad. Repasa los vestigios de obediencia y sumisión, los vestigios de tendencias agresivas, el narcisismo, el perfeccionismo, la arrogancia vindicativa, el desapego resignado, etc. para acabar planteando qué pueden hacer los analistas con ‘sus puntos ciegos’.


Conferencia 5.- La comprensión del paciente como fundamento de toda técnica


El análisis es una empresa cooperativa…” Así empieza esta conferencia centrada en ‘el proceso de comprensión’ (de los cambios, de los sueños, del esfuerzo hacia la autorrealización…). En el siguiente texto definirá la interpretación como “el proceso a través del cual el analista trata de trasmitir su comprensión al paciente”.


Conferencia 6.- La interpretación


¿Qué es la interpretación?  ¿Podrá el paciente utilizarla? ¿Le servirá de ayuda? ¿Fomentará o interrumpirá la continuidad de la terapia? ¿Con qué espíritu y de qué manera deberemos ofrecerla? ¿Es oportuna? ¿Qué debe hacer el analista en caso de percatarse de que ha formulado una interpretación antes de que su paciente se halle en condiciones de servirse de ella? ¿Y las interpretaciones atrasadas?


Estas y otras preguntas son las que formula Horney en esta conferencia para intentar responder juiciosamente, denotando la calidez y firmeza de su trato hacia el paciente. Muy interesante.


Conferencia 7.- Los bloqueos en la terapia


Toda buena interpretación debe empezar con los bloqueos”. Aquí repasa el modo en que se producen éstos a lo largo del proceso y los pone en relación con las modalidades defensivas.


Conferencia 8.- Los sueños


La conferencia ilustra el interés que concedía Horney al abordaje de los sueños. Aun cuando su teoría en torno al tema de los sueños no la explicó en detalle, aquí son explicitadas  sus diferencias con Freud  (y Jung). No hay sólo consideraciones teóricas, sino también  reflexiones en torno a la función terapéutica de la producción onírica. También introduce el análisis de la actitud del paciente hacia sus sueños como un indicador clínico pero, quizás, los ejemplos pequen de precarios.


Conferencia 9.- La asociación libre


“Por asociación libre entendemos el hecho de abrirse con absoluta sinceridad”.


Características; importancia; cómo educar al paciente en la libre asociación; a qué debe atender el analista: tales son los capítulos de esta disertación. Añadir que Horney habla siempre de ‘distintas modalidades asociativas’ desde muy temprano en sus escritos.  


Conferencia 10.- La evaluación de los cambios.


En este capítulo se repasan las dificultades en la evaluación del cambio terapéutico. Algunas ideas vertidas son:


·        “Las afirmaciones del paciente con respecto a los cambios que percibe no son dignas de mucha confianza”.


·        “Hablando en términos generales, las ideas que tiene el paciente y el analista sobre el avance no suelen coincidir”.


·        “Aunque el terapeuta se halle relativamente libre de vestigios neuróticos, los cambios en el paciente no son fáciles de reconocer puesto que su desarrollo suele ser muy lento y sutil”.


·        “Los cambios externos que afectan a la vida del paciente también dificultan que el analista pueda determinar si la mejoría (o, en su caso, el empeoramiento) guarda alguna relación con dichos cambios, con el proceso terapéutico o con ambos en distinta proporción”.


A partir de aquí, formula algunas preguntas que pudieran servir de indicadores. Afirma a continuación:



  • “En la medida en que éstas u otras preguntas similares sean afirmativas, podemos afirmar que los cambios que están ocurriendo en el paciente le encaminan hacia una mayor salud psicológica”.


 Luego, ilustra lo dicho con algunos ejemplos clínicos y concluye:



  • “Para poder evaluar la eficacia de la terapia, el analista deberá determinar con cierta regularidad los cambios que están teniendo lugar en el paciente. Para ello, buscará pruebas de que los pensamientos, sentimientos y acciones de su paciente son más espontáneos y menos compulsivos, prestando atención a la totalidad de su conducta; es decir, a lo que dice y al modo en que lo dice, a su desempeño laboral, a las relaciones que mantiene con el prójimo, a los sueños, a la manera de vestir, etc. Y, por descontado, el analista deberá prestar también atención a sus propios sentimientos”.


Conferencia 11.- La movilización de las fuerzas constructivas.


La identificación y movilización de las fuerzas constructivas es el tema del último escrito compilado. En él vuelve a describir, con sumo detalle, cómo se produce esto en la persona agresiva, en la persona obediente, en la persona resignada, y cómo ocurre en ocasión del desaliento. Concluye con un bosquejo de los modos de abordaje del conflicto interno central.


Comentarios finales:


“Verdades biodegradables; es decir, mortales; es decir, vivas” (Edgar Morín[4])


En este abreviado recorrido sobre la obra de Horney, el lector habrá encontrado intensas resonancias conceptuales con procedimientos y categorías que circulan habitualmente en las teorías más actuales sobre clínica psicoanalítica. No obstante, sus producciones hay que situarlas en un marco histórico: despegue, extensión y posterior diversificación del psicoanálisis como disciplina clínica; impacto cultural fruto del encuentro de la primera generación de psicoanalistas emigrados a América con una incipiente ‘avanzada’ de la psiquiatría americana; predominancia del interés por formalizar teorías sobre la personalidad y el análisis del carácter; germinación posterior de la escuela psicoanalítica de la ‘psicología del yo’ bajo influencia de una segunda oleada de supervivientes escapados de la monstruosa guerra que asoló Europa y que supuso una revulsión de gigantescas proporciones en los modos de concebir la vida (y la naturaleza humana) a partir de entonces; debates acerca de la aplicación del método analítico a condiciones diversas; actualidad de los temas de adaptación y función social de la psicoterapia; necesidad de una revisión ampliada de las teorías originarias a la luz de los avances de la antropología y demás disciplinas agrupadas bajo el ítem de ‘humanidades’… De modo que su enfoque y terminología no pueden dejar de filtrar ese anclaje en la historia.


Hay también un permanente ‘efecto de frontera’ que remite, a su vez,  a dos categorías conceptuales: permeabilidad y diferencia. O, si se quiere, membrana y  borde. Frontera entre lo cultural y lo genésico, lo intrapsíquico y lo interpersonal, en las imbricaciones de la aventura personal y profesional. Mujer profesionalmente activa y madre, emigrada, divorciada, heterodoxa y proscrita. Pionera y avanzada, miembro activo en la institución psicoanalítica aunque posiblemente más valorada fuera que dentro.  El ‘efecto de frontera’ alcanza también a la ciudad de Nueva York, donde vivió una época de arribada masiva de foráneos y efervescencia de ideas (aunque luego residiera en Chicago).


Es muy probable que la resonancia sentida al leer los escritos de Horney se deba, más allá de la sustancia de sus premonitorias intuiciones geniales respecto al hecho clínico elaboradas luego en clave de variantes caracterológicas y de un lenguaje conceptual muy de la época, a un omnipresente y perceptivo talante de apertura.  Como sucede ahora con las neurociencias,  entonces la sociología y la antropología remontaban vuelo como entidades autónomas a gran velocidad, y sus hallazgos se multiplicaban. Esta última, precisamente, crecía en torno al cuestionamiento de las tesis freudianas expuestas en Tótem y Tabú [5]. La curiosidad de Horney pedía incorporar creativamente el impacto de esos hallazgos de las disciplinas colindantes al (meta)psicoanálisis, del mismo modo que ahora la práctica del ‘psicoanálisis contemporáneo’ lo intenta con los de las ciencias cognitivas. Tal similitud crea un estilo, y la creo relevante.    


Por otro lado, es casi un lugar común en la manera actual de pensar que los sistemas de ideas avanzan, se expanden y se renuevan desde los bordes. Ideas similares van apareciendo a un tiempo y/o secuencialmente en los autores que reflexionan desde diversas perspectivas en un mismo campo de conocimiento práctico sin que necesariamente tengan por qué ser recogidas de unos o de otros. Con Horney ocurre algo muy curioso: si  hiciéramos un ‘estudio de impacto’, al repasar su obra descubriríamos lo poco citada que está en los escritos de otros psicoanalistas en relación con lo mucho que han calado y esparcido sus varias contribuciones. Hay además una especie de ‘efecto retardado’. Lo cierto es que su influencia se halla presente, aun cuando algo diluida, en todos aquellos que, abordando la vertiente terapéutica del psicoanálisis años después, influyeron decisivamente en la construcción de las bases teóricas y los fundamentos clínicos del quehacer relacional actual. Sin negar diferencias,  sinergias o solapamientos, es la verdad que Horney fue considerada un elemento ‘díscolo’ en la institución psicoanalítica, lo cual hace suponer que referenciarse a ella ‘no vestía’ en una literatura tan endogámica [6].


La trayectoria de Horney  corre paralela y está relacionada con otras figuras del psicoanálisis (Eric Erickson) o de la psiquiatría (Harry Stack Sullivan). Y, muy particularmente, con Erich Fromm. Pero no deben fundirse ni ser confundidas, como muchas veces ocurre. Tienen entidad propia. La de este último es ampliamente conocida, al menos sus escritos más divulgativos, aunque lo sean también algunos que guardan relación con determinados aspectos de la terapia[7]. Catalogados ambos como culturalistas, parecen ocupar una posición excéntrica respecto al núcleo duro y validado de la reflexión sobre el hecho clínico hecha para clínicos. Por último, el impacto de Horney se  puede rastrear en otras terapias de vocación holística, transpersonal o simplemente ‘no psicoanalítica’ como es el caso del  ‘análisis transaccional’ de Eric Bernie (por cierto, ex discípulo de Erickson).


Tomado en su conjunto, el ideario de Horney es, antes que nada, una teoría sobre el conflicto interno. Para ella, el ‘yo real’ no es una entidad fija sino un conjunto de potencialidades intrínsecas provenientes de nuestra estructura genética –temperamento, talento, capacidades, predisposiciones- y necesitada de un entorno favorable para poder desarrollarse. Pero aunque ese ‘yo’ no sea un producto del aprendizaje -porque es imposible ‘aprender’ a ser uno mismo-, en absoluto resulta impermeable a la influencia externa. Al contrario,  se actualiza a través de las interacciones con un entorno que brinda desiguales posibilidades de crecimiento. En aras de la autorrealización, todo el mundo necesita de ciertas condiciones en la infancia (pero no sólo en la infancia): un clima de cordialidad (que capacite a expresar pensamientos y sentimientos), una cierta disposición de los demás a satisfacer razonablemente sus diferentes necesidades y, sobre todo, una “sana fricción con los deseos y la voluntad de quienes le rodean”.  [8]


Por más evidente, sobrepasado y simple que esto parezca  ahora –que podemos estar debatiendo matices en torno al lugar de la resiliencia-, defenderlo en su tiempo no fue fácil. Desabrochar crecimiento y frustración y postular la primacía de un ambiente facilitador  en el desarrollo no es monopolio de Horney, naturalmente. Pero ella fue una de las primeras en afirmarlo. El simple hecho de que se sepa, o no se olvide, es ya un tributo a quien lo hizo. Pero también forma parte de un sano y necesario sentido de lo histórico. No tanto por restaurar justicia como para dimensionar los hallazgos, evitando la deformada sensación, en forma de prejuicio insensato, de que las ideas ‘nacen sin más y en el preciso instante’ en que se escucha formularlas.   


Como los ciclos de la naturaleza, que necesitan del agostamiento para la renovación de la vida, la vida de las ideas se hilvana en ciclos que conservan la simiente de lo viejo para dar paso a lo nuevo, que envejecerá a su vez para dar paso al porvenir...  En esta lucha de emergencia y resistencia, de confrontación y mutua influencia, se hace y deshace la madeja del conocimiento (que, de tener alguna esencia, parecería ser ese oscilar entre ‘saber’ y ‘no saber’, ese continuo transformarse). Copio de la página 10 de El Nuevo Psicoanálisis lo que, a mi entender, es el testigo que dejara Horney a las siguientes generaciones de psicoterapeutas:


La necesidad de formular pensamientos me ha ayudado mucho a aclararlos. Si eso servirá a otros nadie lo sabe de antemano. Supongo que hay bastantes analistas y psiquiatras que han pasado por mis incertidumbres respecto a la validez de muchas teorías. No pretendo que acepten mis conclusiones en su totalidad, pues éstas no son ni completas ni definitivas. Ni tienen por objeto iniciar una nueva ‘escuela’ psicoanalítica. Espero, sin embargo, que estén formuladas de manera suficientemente clara para permitir a otros poner a prueba su validez intrínseca”.


 


ANEXOS


1.- Algunos datos biográficos de Karen Horney:



  • Nace en Hamburgo (Alemania) en 1885

  • Estudia en las universidades de Friburgo y Berlín. Se recibe como médico y psiquiatra. Análisis con Karl Abraham.  

  • Psicoanalista desde 1912. Nombrada secretaria de la Asociación Psicoanalítica de Berlín en 1915 y didacta del Instituto de Psicoanálisis de Berlín en 1920.

  • En 1932, emigra a Estados Unidos.

  • Es una de las fundadoras del Instituto Americano de Psicoanálisis en Nueva York, junto a Franz Alexander, antiguo discípulo suyo, en 1934.

  • Desde mayo de 1935, elegida miembro de la Asociación Psicoanalítica de Nueva York y analista didacta de su Instituto.

  • En adelante, iniciadora junto a Harry Stack Sullivan y Eric Fromm, del ‘enfoque culturalista’ al preconizar influencias socioculturales en el desarrollo humano normal y patológico así como en aspectos nucleares del desarrollo de la identidad femenina. Pionera, pues, en la ruptura con el modelo freudiano de la teoría pulsional y en la modificación y adaptación de los procedimientos terapéuticos del psicoanálisis (neopsicoanálisis: terapias más breves y activas, centradas en el presente y en la relación paciente/terapeuta)

  • Madre de tres hijas. Se divorcia en 1937.

  • Desde 1942, profundiza en las bases antropológicas y sociológicas del desarrollo humano, y en la consolidación de su despegue gradual del biologicismo determinista de Freud y la corriente mayoritaria del Psicoanálisis. Esto la conduce a posiciones cercanas al enfoque humanista, hacia una concepción holística de la terapia y  a la sobrevaloración del trabajo autoanalítico, lo cual, al parecer, produce una ruptura definitiva con Fromm.

  • Muere de cáncer de pulmón en 1952.


  


2.- Algunos libros de Karen Horney publicados en castellano:


1937 The Neurotic Personality of our time (Norton. Nueva York). La personalidad neurótica de nuestro tiempo. (1981, 1993.  Paidós, Barcelona)


1939. New Ways in Psychoanalysis. (Norton. Nueva York). El nuevo psicoanálisis. (1966 Fondo de Cultura Económica, México).


1942. Self Analysis. (Norton. Nueva York) El autoanálisis. (1968 Psique, Buenos Aires)


1967 Feminine Psychology (Norton, Nueva York). Psicología femenina. (1970. Psique, Buenos Aires).


1945. Our Inner Conflicts. (Norton. Nueva York). Nuestros conflictos interiores (1976 Psique, Buenos Aires).


1950. Neurosis and Human Growth. (Norton, Nueva York). Neurosis y madurez, la lucha por la autorealización. (1967.Ediciones Siglo Veinte, México. 1986 Psique, Buenos Aires)


1987 Final Lectures. (Norton, Nueva York) Ultimas conferencias (1989. Paidós, Buenos Aires).












Como comenta Paris, este ‘yo real’ de Horney (y sus vicisitudes) es muy semejante al ‘yo verdadero’ de Winnicott (1965, 1987) al  ‘yo nuclear’ de Kohut (1977,1984) al ‘enfoque evolutivo del yo y de las relaciones objetales’ elaborado por James Materson (1985),  al ‘yo perdido en la infancia y luego recuperado’ de Alice Miller (1981, 1983), e incluso a las ideas de R. D. Laing sobre la ‘seguridad ontológica’ (comparable a la ‘ansiedad básica’)  y el ‘desarrollo reactivo de un falso sistema del yo’.  [8]

 

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