La creación de la realidad en psicoanálisis [Moore, R., 1999]

Publicado en la revista nº029

Autor: Muñoz-Grandes López de Lamadrid, María

Libro: The Creation of Reality in Psychoanalysis, Richard Moore (1999). The Analytic Press: London.


Advertencia: las citas de los autores discutidos por Moore, vienen referenciadas a las obras originales de estos autores, aunque provienen de la selección que Moore hace en su libro. Nos ha parecido interesante remitir al lector a las obras de estos autores.


I. PRESENTACIÓN DEL LIBRO


El libro es una discusión sobre la subjetividad y la realidad.


Para llegar a la elucidación de su metapsicología constructivista, Moore confrontará su pensamiento con el de Freud, en primer lugar, y luego con cuatro psicoanalistas contemporáneos involucrados también en la aventura del cambio de paradigma en el psicoanálisis: Donald Spence, Roy Schaffer, Robert Storolow e Irwin Hoffman. Finalmente, dedicará el último capítulo del libro al desarrollo de su teoría.


El trabajo de cada uno de los autores será abordado de la misma manera, buscando en sus escritos las respuestas a cinco preguntas:


1)                 ¿Cuál es la naturaleza de la realidad?


2)                 ¿Cuál es la naturaleza de la experiencia humana de la realidad?


3)                 ¿Cuál es la naturaleza de la comunicación humana acerca de la experiencia de la realidad?


4)                 ¿Qué clase de conocimiento podemos obtener en base a la información sobre el pasado que se adquiere en la sesión analítica?


5)                 ¿Qué clase de acción puede tomarse en base al conocimiento adquirido en la sesión psicoanalítica?


Contexto histórico de la discusión


Freud luchó por conseguir el reconocimiento del psicoanálisis como ciencia en la sociedad del s. XIX, en la que dominaba el modelo positivista. Para ello, tenía que demostrar que el psicoanálisis era capaz de dar cuenta de una realidad objetiva y verificable empíricamente. Esta realidad era la del pasado de sus pacientes como determinante de sus patologías actuales. Freud consideraba que en el descubrimiento de este pasado objetivo estaban los fundamentos del entendimiento psicoanalítico. El material con el que Freud trabajaba eran los relatos de sus pacientes y la observación de sus modos de comportarse en las sesiones. A través del tratamiento psicoanalítico, Freud creía que se podía llegar a dilucidar qué era lo que en realidad le había ocurrido al paciente que, al principio del tratamiento, éste no podía recordar.


Contexto contemporáneo


La actualidad de la controversia acerca de la autenticidad de los recuerdos de abuso sexual en la infancia trae a nuestro foco de atención un tema que, desde sus orígenes, ha perseguido al psicoanálisis: el del papel que juegan la realidad y la fantasía en la memoria. La controversia está presente en la arena legal, donde un creciente número de leyes fomentan que los psicoterapeutas  informen de sus sospechas de abuso sexual cuando éste pueda estar teniendo lugar en el presente y se aceptan como evidencia recuerdos que afloran años después de que la experiencia sucediera. Por otro lado, la “Fundación del Síndrome de Falsa Memoria” representa el otro polo de la controversia, desde donde se recomienda máxima cautela a la hora de aceptar estos recuerdos como válidos, aduciendo que a veces estas memorias son inducidas.


1. LAS REALIDADES DE FREUD


Freud estaba convencido de la existencia de una realidad material. Sin embargo, su opinión acerca de nuestra capacidad para percibirla se va haciendo progresivamente más compleja. Freud sostenía que la realidad objetiva permanecía en las huellas de nuestra memoria. No obstante, Moore sostiene que Freud era consciente de que la comprensión plena de la percepción inicial, independientemente de lo precisa que sea la memoria en el nivel sensorial, estará limitada por la madurez y capacidad de aceptación del individuo.


Moore observa, en la evolución del pensamiento de Freud, una progresiva desconfianza del recuerdo consciente y una traslación del foco de la búsqueda a las manifestaciones indirectas del inconsciente en los patrones repetitivos de conducta, los sueños y la asociación libre. En 1917, Freud introduce el concepto de “realidad psíquica” como decisiva para comprender la neurosis. En 1933, afirma que la función del psicoanálisis consiste en comprender los fallos del ego en el desempeño de su tarea de representarse el mundo exterior, dejando a un lado los añadidos provenientes de las fuentes internas de excitación. En 1939, Freud sugiere que el diseño intrínseco a la mente humana, está pobremente dotado para comprender realmente la complejidad del mundo real. Es la realidad subjetiva la que progresivamente va ocupando la atención de Freud y, paradójicamente, es en esta realidad en la que se apoya para reclamar objetividad.


El pasado objetivo como nuclear en el psicoanálisis


La impronta de ambos pasados, el psíquico y el material, se halla presente en el núcleo de todos los conceptos psicoanalíticos. Donde podemos encontrar mayor evidencia del compromiso de Freud con el pasado es en su conceptualización de la estructura básica de la personalidad. En el modelo estructural, que introduce en 1924, describe el inconsciente como estructurado por un pasado que se expresa en el presente. El ego es, esencialmente, un registro del pasado personal transformado en realidad psíquica, actualizada por la fricción con la realidad. El superego, hunde sus raíces en el superego de los padres; es el vehículo de la tradición, a través del cual asimilamos los valores transmitidos intergeneracionalmente. Y el id es la instancia donde Freud se compromete con el concepto de un pasado heredado genéticamente y transmitido filogenéticamente que, según Moore, son aspectos de la teoría de Freud, poco tenidos en cuenta en los estudios actuales.


El presente es para Freud, la cara manifiesta del pasado.


La verdad como un puente al pasado


La teoría de la verdad que Freud utiliza es la de “la verdad como correspondencia”. Verdad es la construcción, la versión del pasado que se corresponde con el pasado objetivo, con lo que realmente ocurrió, y que está fielmente grabado en las huellas o representaciones de la memoria. Verdad es, por tanto, la representación genuina de lo que realmente ocurrió, que hay que diferenciar de otras construcciones que son adulteradas. El psicoanálisis, tal y como Freud lo concibe, es un proceso reconstitutivo en el que las representaciones verdaderas devienen conscientes por medio de un proceso de verbalización. La comprensión correcta del pasado y la cura casi coinciden.


Hay tres conceptos con los que Freud explora la infidelidad de la memoria respecto al pasado verdadero: “la verdad histórica” es lo que hoy denominamos “falsas memorias”; lo que errónea y conscientemente pensamos que es la verdad pasada o presente. “Las memorias encubridoras” (screen memories) son los recuerdos encubridores de un pasado más traumático por medio del mecanismo de desplazamiento. Con el concepto de “Nachraglichkeit” Freud alude a las retranscripciones del pasado en el presente que vamos haciendo a lo largo de nuestra vida; reorganizaciones que hacemos de acuerdo a nuestras necesidades en las circunstancias presentes.


El concepto de “construcción” es utilizado por Freud para referirse a las conjeturas que hace el analista de lo que probablemente ha sido olvidado por el paciente, para estimular y, si es necesario, sustituir la teórica verdad esencial a la que el paciente no es capaz de acceder. La validez de las construcciones se demuestra por su efecto terapéutico para cambiar los síntomas del paciente en el presente.


Poco a poco, Freud va trasladando el criterio de validez acerca de los contenidos de la memoria, del recuerdo consciente al criterio experto del analista. La incertidumbre acerca de nuestra habilidad para conocer la verdad se va consolidando en el pensamiento de Freud. Su respuesta a estas limitaciones intrínsecas al ser humano es el método científico, de cuya subjetividad, nos dice Moore, Freud no se hace cargo. El compromiso de Freud con el pasado histórico inferido substituye a su compromiso con un pasado real y objetivo que no es directamente verificable.


La metáfora arqueológica


Influido por el impacto  que los descubrimientos arqueológicos de principios del s. XX tuvieron en su mundo sociocultural, Freud hace su famosa metáfora de la memoria como continente estratificado en capas en cuyo núcleo yacen las memorias pertenecientes a las primeras etapas de la vida.


Para Moore, el aspecto mas problemático de la metáfora reside en el rol que se atribuye al analista como validador de “hallazgos”. A diferencia del arqueólogo, que somete los objetos encontrados a numerosos test externos, Freud evitó activamente el buscar información suplementaria y posiblemente validatoria en los familiares de los pacientes y prevenía contra el uso de esta técnica. Confiaba en que lo que quiera que pueda ser recordado saldrá a la luz, tarde o temprano, en el curso del psicoanálisis. La metáfora refleja, nos dice Moore, la fe de Freud en que existe un registro del pasado objetivo en nuestra memoria, pero no refleja lo que el analista hace en realidad, construir facsímiles lo suficientemente familiares para el paciente, con los que él y el analista puedan trabajar. El concebir al analista como validador de los descubrimientos psíquicos implica la creencia de que el analista está capacitado para diferenciar las falsificaciones de las memorias auténticas. Esto es algo técnicamente espinoso para el psicoanálisis.


Moore rescata un aspecto positivo de la metáfora: el de las capas de significado. Este concepto permite que hagamos diferentes asociaciones e interpretaciones sobre un mismo material y que sus significados puedan ser aceptados simultáneamente, aunque desde el punto de vista de la lógica puedan resultar contradictorios.


La concepción de la reconstrucción es lo que diferencia en mayor medida el enfoque de Freud (para quien la nachraglichkeit es una capa mas superficial de la memoria que el pasado objetivo, al que es mas difícil acceder), de los enfoques narrativos actuales, para los que la reconstrucción del pasado es un proceso continuo y no existe ningún pasado exento a la reconstrucción.


Comentarios finales sobre Freud


Moore considera que el compromiso de Freud con el pasado corre paralelo con su compromiso con la causalidad. Cuando no encuentra una causa evidente a la primera, su reacción es la de profundizar aún mas en el pasado. Finalmente es el pasado de toda la humanidad el que funciona como el inconsciente del ser humano.


Freud comenzó su búsqueda del pasado objetivo y finalmente se vio obligado a confiar solamente en su teoría para construir la realidad que el había esperado encontrar. Aún así, aunque solo inferida, la realidad objetiva del pasado permaneció siempre incuestionable para Freud.


Para Moore, no deja de ser irónico que, por un lado, sea el concepto de nachraglichkeit el que despierta mas interés en el psicoanálisis contemporáneo. El intento de Freud de fundamentar el psicoanálisis más y más en el pasado es una de las voces que más ha contribuido a minar nuestra confianza en el que el presente pueda ser percibido objetivamente y que el pasado pueda ser recordado con precisión. Es en el contexto de esta fe socavada, donde las perspectivas narrativas pueden verse como extensión lógica del trabajo de Freud.


Perspectivas narrativas


Moore acude a la definición de Polkinhorne (1988) para definir el concepto de narrativa:


“un esquema por medio del cual los seres humanos dan significado a su experiencia de la temporalidad y a sus acciones personales. El significado narrativo cumple la función de dar forma a la comprensión del propósito de la vida y de unir las acciones y acontecimientos cotidianos en unidades episódicas. Provee de un marco desde el que comprender los acontecimientos pasados de la vida personal y desde el que planificar futuras acciones. Es el esquema fundamental por medio del cual la vida humana adquiere significado”.


Cita también a Wittgenstein para quien el lenguaje tiene siempre un origen social y que por lo tanto no puede proveernos de un medio neutral de describir la realidad tal y como es en si misma.


Los enfoques narrativos amenazan los fundamentos tradicionales del psicoanálisis en la biología y en la historia personal y ofrecen un nuevo suelo donde el psicoanálisis puede enraizarse: el significado personal que la biografía tiene en el presente y, particularmente, en el intercambio de significados que se produce dentro de la sesión analítica. Al hacer esto, los autores exponentes de esta tradición están cambiando el significado de la memoria y de la verdad en psicoanálisis.


2. EL RETO DE DONALD SPENCE


La Naturaleza de la Realidad


La discusión de Moore se basa en el análisis del libro de Spence (1982) “Verdad Narrativa, Verdad Histórica”.


La verdad histórica es para Spence lo que sucedió realmente en el pasado y lo que está sucediendo realmente en el presente. Desde el momento en que le ponemos palabras, ya es verdad narrativa. La verdad histórica no puede recomponerse con palabras.


La verdad narrativa depende de la continuidad, el cierre y de hasta qué punto el encaje de las piezas convence, es verosímil. Una vez que una construcción dada ha alcanzado verdad narrativa, se vuelve tan real como cualquier otra clase de verdad. En cada caso hay muchas verdades narrativas posibles y tan sólo una verdad histórica. El psicoanálisis encuentra su dominio más pertinente en la verdad que paciente y analista crean, aceptan y recuerdan, la verdad narrativa. Esta nueva realidad se convierte en parte de la cura psicoanalítica.


No obstante, Spence recomienda tareas para aproximarse lo mas posible a la verdad histórica, como “naturalizar las transcripciones” con la recolección de marcadores contextuales, espacio-temporales y “desembalar los textos”, mediante la inclusión de los procesos internos del escritor.


Moore le critica que su nostalgia del positivismo no le permite abandonar del todo la búsqueda de la verdad objetiva entendida como correspondencia entre el relato y la realidad externa.


La naturaleza de la experiencia humana de la realidad


Spence expresa serias dudas acerca de que la experiencia en el presente de la verdad histórica pueda comunicarse con el lenguaje. Las experiencias no tienen estructura ni forma figurativa. Sólo el discurso puede conformarlas. La verdad narrativa es la única  que puede acceder el al lenguaje. Para Spence, esto quiere decir que “transformamos un tipo de verdad, la verdad histórica, por la verdad narrativa, que nos permite ser coherentes y decir cosas” (1984, p.173). Todas las experiencias necesitan de un contexto mental provisto por el perceptor, que da a la realidad material su significado. Incluso las experiencias recordadas fielmente requieren del contexto en el que fueron grabadas y del contexto en que son recordadas. Spence ve los contextos como añadidos, que proveen narrativa adicional indeseable, pero que nunca se puede corregir del todo. Spence intenta minimizar estas funciones que distorsionan, al mismo tiempo que agudizan las funciones que dan sentido y organizan nuestra percepción. Y Moore objeta que, si toda experiencia es, al menos parcialmente, narrativa sería más apropiado hablar de un espectro narrativo más que de una dicotomía entre dos tipos de verdad.


Spence considera que en el psicoanálisis las interpretaciones se hacen mayoritariamente con un propósito pragmático, más que por su verdad o falsedad histórica inherente. El analista se compromete con la creencia en su formulación, pero no necesariamente con la creencia en sus referentes. Las justificaciones de las narrativas son pragmáticas. Moore responde a los reparos con que Spence parece aceptar esta situación argumentando que si sostenemos que la verdad es siempre subjetiva, entonces resulta más que razonable el utilizar la narrativa como una herramienta psicoanalítica. Spence se presenta a sí mismo como tratando de adaptarse al escaso acceso que reconoce que tenemos a la realidad histórica.


Lo que ocurre en la sesión psicoanalítica es, desde la perspectiva de Spence, un conflicto entre dos narrativas que compiten por definir la naturaleza de la relación entre terapeuta y paciente.


La comunicación humana acerca de la experiencia de la realidad


Spence coge la afirmación de Ricoeur de que el psicoanálisis sólo se ocupa de lo que puede ser dicho en palabras. Deduce de esto que la experiencia presente a menudo se pierde cuando es representada en el discurso: “el lenguaje es demasiado rico y demasiado pobre para representar la experiencia”. El paciente, continuamente, traduce el lenguaje privado de su experiencia en el lenguaje común del discurso.


A Moore no deja de sorprenderle que, a pesar de su concepción del lenguaje como un recipiente muy pobre, Spence mantiene la esperanza en la empresa psicoanalítica. Éste hace el símil entre una buena crítica de un cuadro, que nos ayuda a ver el cuadro más en detalle y el analista que es capaz de hacer una buena interpretación con la que da un sentido mas claro a la experiencia original. Desgraciadamente, nos dice, las oportunidades de que el analista escuche las expresiones del paciente tal y como las ha expresado no son mucho mayores que las de que el paciente exprese con representaciones talentosas su experiencia no verbal. Los sesgos conscientes del analista y las interpretaciones inconscientes están continuamente operativos.


Spence observa que los procesos de libre asociación y de atención flotante prescritos en psicoanálisis, fallan en proveer información contextual, que puede ser de utilidad el tratamiento. Sus recomendaciones clínicas van en la línea de arreglar esta deficiencia del método.


Clase de conocimiento que podemos obtener en base a la información sobre el pasado que se adquiere en una sesión psicoanalítica


Hay muy poca realidad histórica de la que podamos tener certeza. Esta es la verdad considerada escasa, pero “preciosa” por Spence. Este autor responsabiliza a Freud de la incertidumbre masiva de los fundamentos del psicoanálisis. La retórica de Freud es un triunfo falso del estilo sobre los fundamentos. Y, de igual modo, el tono autoritario de Freud cuando hace referencia a datos que nunca aparecen, y la presentación de sus trabajos clínicos dentro de la tradición aristotélica del caso único iluminado por el investigador, es incongruente con las pretensiones de Freud de pertenencia a la comunidad científica, basadas en su supuesta adherencia al método científico. Todavía predomina el legado de Freud de anteponer la autoridad de la teoría a los datos.


“El resultado es una literatura estéril, plagada de clichés teóricos, observaciones anecdóticas y mala ciencia enmascarada como explicaciones. Hemos abandonado principios inductivos tales como la necesidad de razonar a partir de una amplia muestra y la necesidad de una validación cruzada para las hipótesis, no importa lo atractiva que sea, y hemos recaído en la fascinación con el espécimen único que corrompía la ciencia antes de la revolución baconiana” (Spence, 1994, p.158)


Moore considera que las estrictas anotaciones de Spence sólo pueden servirnos para incrementar nuestra toma de conciencia acerca de lo autoconvenientes y altamente selectivos que son los datos que obtenemos en las sesiones. Aún así, le parece poco probable que haciendo esfuerzos por ser más rigurosos en la aplicación del método científico, podamos resolver el problema subyacente del flujo de información subjetiva que compromete todos los aspectos de la situación psicoanalítica. Spence dirige sus esfuerzos a reparar la estructura tradicional.


Acción que puede tomarse en base al conocimiento adquirido en la sesión psicoanalítica


Dentro de la sesión psicoanalítica, las acciones que Spence considera mas adecuadas son las destinadas a reducir la ambigüedad que es parte de la tradición metodológica psicoanalítica. Acciones correctivas que ayuden al analista a explorar sus propias reacciones y a detectar con antelación sus narrativas indeseadas.


Respecto a que hacer al ser llamados como testigos en juicios por abuso sexual, a Moore le parece que Spence ofrece pocas bases para poder realizar algún tipo de discernimiento entre realidad y fantasía.


3. LAS VERSIONES DE ROY SCHAFFER


La discusión de Moore se centra en las contribuciones de Schaffer acerca de la hermenéutica, la narrativa y la naturaleza del conocimiento hechas en los últimos años.


La Naturaleza de la Realidad


En su introducción a “Retelling a Life” (1992), Schaffer dice: “la narrativa no es una alternativa a la verdad o a la realidad; más bien es el modo en el que, inevitablemente, la verdad y la realidad se nos presentan” (pp. xix-xv). Sólo tenemos versiones de la verdad y de lo real. El acceso a la realidad y a la verdad definitiva y no mediada por la narrativa no es posible. Cada uno debe elegir su propia narrativa o versión. La experiencia de significado pleno de una versión de la realidad y su comunicación, son creadas simultáneamente a través del lenguaje. El analista sólo puede empatizar con el analizando desde su propio modelo construido. Trabaja desde dentro de su círculo interpretativo o hermenéutico. De modo que los hechos son lo que uno encuentra cuando los anda buscando. Donde antes estaba la realidad material, ahora está la narrativa. Donde antes la verdad, ahora la elección. “La validez sólo puede adquirirse desde adentro de un sistema que es concebido como tal, y que nos parece, después de una cuidadosa consideración, que tiene las virtudes de la coherencia, consistencia, comprehensividad y sentido común” (Schaffer, 1994, p. 50-51). “Cada escuela bien desarrollada está suficientemente encerrada en si misma y es suficientemente autovalidatoria para dejar afuera el criticismo de otros para su propia satisfacción” (Schaffer, 1994, p. 258). Para Schaffer, la verdad narrativa es el único tipo de verdad al que podemos acceder.


Moore critica duramente a Schaffer por como éste no permite que su concepción hermeneútica impacte sus consideraciones teóricas ni técnicas. El resultado de su línea de razonamiento no es, para Schaffer, que las categorías clásicas del psicoanálisis deban someterse a cuestionamiento. Más bien ahora aparecen sin esconderse, con nueva validez como narrativa. Schaffer utiliza su nuevo contexto hermenéutico para proveer a las prácticas establecidas de una nueva base lógica que sustituye a la lógica positivista.


Lo que más rechaza Moore de la concepción de Schaffer es cómo utiliza el término “realidad psíquica” para referirse sólo a aquellas narrativas de la experiencia del analizando que no se corresponden con la versión consensuada o realidad psicoanalítica del analista. Es la narrativa de un niño mantenida inconscientemente dentro del adulto, una especie de versión equivocada o inmadura; lo que existe antes de que la versión del analista le permita modificarla por otra que pueda serle de más utilidad al adulto. En cierto modo, nos dice Moore, Schaffer mantiene la distinción entre realidad material y realidad psíquica. Aceptar esta modificabilidad, nos dice Shaffer, es en sí mismo una nueva acción; una de las mas importantes que una persona puede efectuar (Schaffer, 1989, p.21) La narrativa que utiliza el analista no es definida como realidad psíquica. Básicamente, nos dice Moore, una narrativa es utilizada para invalidar otra.


Schaffer propone el psicoanálisis freudiano como una de las narrativas posibles (teniendo como alternativas las narrativas de las otras escuelas de psicoterapia, pero no así la narrativa del paciente que es la que viene a ser transformada). Este autor ejemplifica lo que cree que un analista competente debe decirle a un paciente:


“déjame que te muestre, a lo largo del curso del psicoanálisis, otra realidad, que contiene elementos de sentido común que ya están incluidos en lo que tú ahora llamas realidad, aunque de un modo incoherente y ecléctico. Iremos mirándote a ti y a las otras personas de tu vida, del presente y del pasado, bajo una luz especial, y entenderemos nuestro proyecto analítico y nuestra relación también bajo esa luz. Esta segunda realidad es tan real como cualquier otra. En muchos sentidos, es mas coherente e inclusiva, y mas comprehensiva de tu actividad, que la realidad desde la que ahora respondes y funcionas. Sobre esta base, también se hace más clara la posibilidad del cambio y más realizable y puede que te abra un camino de resolución de tus dificultades presentes” (Schaffer, 1994, p.50).


Moore comenta que considerando lo abarcativo del cambio por el que pasará potencialmente el analizando, y teniendo en cuenta que no hay manera de que el analizando pueda anticipar la extensión de este cambio, el fundamento pragmático sobre el que Schaffer sustenta este discurso no es suficiente.


La naturaleza de la experiencia humana de la realidad


Schaffer, una vez aclarada su posición hermenéutica respecto a la narrativa psicoanalítica procede a establecer un nuevo lenguaje para el psicoanálisis.


“Solamente por medio de reglas de lenguaje estrictas, seremos capaces de conseguir algún conocimiento sobre cualquier cosa. Al adoptar estas reglas, estamos estableciendo lo que cuentan como hechos, como coherencia y límites a los que atenernos; por lo tanto, también estamos estableciendo los criterios de consistencia y relevancia para nuestras discusiones psicológicas […] tendremos que aplicar esta codificación incansable y resueltamente” (Schaffer, 1976, p.4)


A largo plazo, es la fidelidad a las reglas la que hace al pensamiento sistemático.


Moore sostiene que la tenaz fidelidad de Schaffer a su versión de la narrativa psicoanalítica limita específicamente la naturaleza de cualquier significado que pueda ser descubierto en este proceso, aparentemente abierto y flexible, a los significados ya preestablecidos en la narrativa vinculante. Este compromiso parece operar contra el juego pleno de las narrativas complejas características de los analistas y de los seres humanos. La búsqueda de coherencia se convierte en adherencia. Para Schaffer, la experiencia de la realidad es siempre la experiencia de una narrativa determinada. El analizando queda confinado bajo la influencia de la perspectiva psicoanalítica, bajo la cual no solo empieza a vivir en otro mundo, sino que también aprende a seguir construyéndolo


La naturaleza de la comunicación humana acerca de la experiencia de la realidad


Aparentemente, la comunicación se trata para Schaffer de un proceso que avanza en todas las direcciones. En un proceso tal, la dispersión de la información a todos los niveles es menos lineal y más como un remolino. En este flujo, Moore entiende que Schaffer intenta aferrarse a la narrativa freudiana comunicando su fidelidad a sus analizandos. Sin embargo, argumenta Moore, la implementación de esta decisión es también imposible. Nada en un sistema tal está exento de un cambio constante, y ninguna adherencia puede mantener imperturbable ni a la persona, ni a la realidad, ni a la situación analítica y, ciertamente, tampoco a la narrativa psicoanalítica. En Schaffer, concluye Moore, nos encontramos con una muy articulada interpretación de la visión de la realidad y con un fallo en incorporarla a su práctica a un nivel profundo y significativo.


Conocimiento que podemos obtener en la sesión psicoanalítica


Ninguna información adquirida dentro de un sistema de significado puede ser transferida fuera de ese sistema sin perder su validez. Moore interpreta que, desde el esquema de Schaffer, la narrativa, que ha sido construida dentro de las sesiones psicoanalíticas, de un analizando de haber sido abusado sexualmente de niño no tiene validez dentro de otro marco como la sala de justicia, epistemológicamente tan diferente. La pericia del analista, como su experiencia, está vinculada a su narrativa


Acciones que pueden tomarse


En la práctica, analista y analizando deben guiarse por su mejor juicio. El sentido común, esto es el conocimiento consensuado de la propia época y región, jugará un rol principal a la hora de asignar a la información obtenida en el psicoanálisis un rol en el comportamiento exterior a la consulta.


A la hora de testificar, un analista puede intentar educar al tribunal en la naturaleza de la segunda realidad psicoanalítica. O puede ser el analista el que revierta sus interpretaciones para el tribunal, y describir el comportamiento del paciente desde unos ojos  preanalíticos. Pero Moore cree que, desde la perspectiva de Schaffer, el analista estaría abandonando el único contexto para el que ha sido especialmente entrenado y perdería su pericia.


4. LA REALIDAD INTERSUBJETIVA DE STOROLOW


La naturaleza de la realidad


Al psicoanálisis intersubjetivista sólo le concierne un tipo de realidad: la realidad intersubjetiva. La realidad objetiva no se niega; simplemente no se incluye en su enfoque. La realidad de la que se ocupa es la de la experiencia subjetiva, sentida, percibida y mediada por la interacción con otros. La mediación ocurre en el campo intersubjetivo. Un campo intersubjetivo que proviene de lo social.


Su foco está centrado en el self y su experiencia. En cómo el niño establece su sentido de lo que es real y en cómo el sentido de lo real se desarrolla en el seno de una matriz intersubjetiva mas o menos facilitadora. El self del paciente y del analista son la base del psicoanálisis.


Moore encuentra una contradicción entre la pretensión del enfoque intersubjetivista de que “nada que no sea accesible a la empatía y a la introspección entre dentro de la investigación psicoanalítica” y la teoría que desarrolla este mismo enfoque sobre el inconsciente tripartito, donde incluye principios invariantes. Moore sostiene que son precisamente estos postulados acerca de las estructuras inconscientes los que legitiman que el intersubjetivismo pueda incluirse dentro del psicoanálisis. Sin estas hipotéticas estructuras psicológicas objetivas, tan características de la tradición psicoanalítica, el enfoque intersubjetivo podría ser mas bien considerado como una elaboración de la técnica empática de Carl Rogers (1955). Estas estructuras no se experimentan por medio de la empatía; antes bien, su procedencia es inferencial. Nos dice Moore que le parece que Storolow confunde dos procesos muy relacionados pero dispares: la inferencia cognitiva abstracta de la estructura psíquica y el proceso de resonancia empática con el afecto. Moore critica a este enfoque tener una falta de claridad metapsicológica acerca de los fundamentos de la intersubjetividad.


Además, le parece que en la práctica clínica, contrariamente a lo que se sostiene en la teoría, la opinión que el analista tiene del estado subjetivo del paciente, incluso cuando éste es inconsciente, adquiere el estatus de percepción de la realidad en el presente, es decir, conocimiento sobre el paciente. Y no hay oportunidad de verificar la hipótesis de la relación causa-efecto entre lo acertado del analista y la respuesta del paciente.


La naturaleza de la experiencia humana de la realidad


La experiencia de la realidad es la experiencia del campo intersubjetivo. Sólo desde este campo podemos entender psicoanalíticamente. Este campo está siendo constantemente creado en el presente. Los principios invariantes dan forma a la contribución de cada individuo. Estos principios son reminiscencias de experiencia temprana, que mantienen su disponibilidad para la activación en el presente. Nacen de interacciones ocurridas en un pasado distante. Y, una vez adquiridos, quedan instalados como piedra psíquica en el inconsciente.


El compromiso de Storolow con el presente le obliga a conceptuar estos principios, a pesar de su durabilidad, como carentes de fuerza psíquica o sustancia. Son como el anteproyecto de la estructura psíquica. La selección de los principios invariantes que funcionan en cada momento se le deja al medio ambiente objetivo: una persona entra en una situación con una colección establecida de principios determinantes, pero es el contexto el que determina cuál, de entre el abanico de principios disponibles, se va a activar para organizar la experiencia. Los principios invariantes inconscientes parece que son elegidos por otros principios invariantes.


Para este enfoque, la esencia del cambio psicológico, que se produce a lo largo del ciclo vital, consiste en la formación de nuevos principios de organización desde los nuevos campos intersubjetivos. La psicoterapia promueve la integración de modos arcaicos de organización con otros modos más maduros y, por lo tanto, enriquecer el funcionamiento psicológico más que insistir en la renuncia o eliminación de los modos arcaicos.


Moore comenta que para Storolow, a pesar de sus intentos por mantener el foco de atención en la conciencia y en la experiencia presente, los principios invariantes mantienen un rol teórico en el inconsciente, como la fuente más profunda de patrones de experiencia y una realidad psíquica basal más allá de la empatía y la introspección. Moore cree que está pendiente, en esta escuela, una discusión más clara acerca de donde proviene el conocimiento analítico.


En su libro más reciente, Donna Orange (1997) sostiene que el “contextualismo” significa una continua sensibilidad al contexto relacional, de desarrollo, de género, cultural y demás. No tanto una teoría, sino más bien una sensibilidad que puede ser aplicada por una variedad de enfoques clínicos. Moore cree que el intersubjetivismo es un intento prematuro de levantarse por encima de las demandas del psicoanálisis tradicional de conocimiento objetivo. Los intersubjetivistas sostienen que ellos mantienen un realismo perspectivista y no el relativismo implícito a las visiones posmodernas. Consideran que unas teorías sobre la naturaleza humana son más productivas y coherentes que otras. Moore cree que no ofrecen una teoría clara sobre cuál es la naturaleza del conocimiento ni de la experiencia humana.


Naturaleza de la comunicación acerca de la experiencia de la realidad:


La comunicación es el proceso básico por el que lo subjetivo deviene intersubjetivo, y por el que la validación, que permite que lo subjetivo sobreviva, tiene lugar. Cuando la comunicación desciende por debajo de unos niveles, la humanidad se marchita. La comunicación es el concepto nuclear en el movimiento intersubjetivista.


La realidad, el campo intersubjetivo, es construida y se mantiene a través de la comunicación. Incluso la permanencia y sustancia del mundo es constituida en los campos intersubjetivos. Y por tanto, en una cultura como la nuestra, donde la soledad psicológica es predominante, no es raro  que las personas tengan la sensación de que las cosas se están disolviendo en el aire.


La realidad se refiere a algo subjetivo; sentido; sensado. El desarrollo del sentido de realidad en el niño ocurre a través de la sintonía empática validatoria del entorno cuidador provista a través de todo un espectro de experiencias. La realidad cristaliza en el interfaz de la interacción de subjetividades más o menos sintonizadas afectivamente. La realidad es un proceso consensual, en el que el niño, a través de una comunicación sostenedora, gana confianza en su habilidad para participar.


Los intersubjetivistas buscan rescatar del inconsciente las experiencias pasadas de falta de sintonía emocional; donde se ha renunciado a la experiencia subjetiva para mantener los vínculos importantes. No buscan tanto hacerlas conscientes como crear la oportunidad de encontrar la sintonía empática curativa que en su día faltó, y proveer al paciente de una experiencia que pueda servir como base para la formación de nuevos principios operativos.


Storolow y Atwood entienden la represión como la prevención de la codificación de la experiencia a través de su articulación verbal. Lo inconsciente se hace sinónimo de lo no simbolizado. La conciencia deviene mediante la articulación de la experiencia en símbolos.


La realidad subjetiva se crea simultáneamente de dos maneras, permitiendo que las huellas de lo que fue real en el pasado obtenga realidad simbólica en el presente y por la nueva experiencia que, en el presente, se adquiere en el campo intersubjetivo.


La responsabilidad de la sintonía empática recae sobre el analista. Cuando el analista procede adecuadamente, observa cómo las formas fosilizadas, que hasta ahora han estructurado la experiencia del paciente, se reorganizan progresivamente incluyendo las nuevas estructuras subjetivas recientemente desarrolladas y traídas a la conciencia reflexivamente. El pasado del paciente se ilumina desde la experiencia en la transferencia con el analista, en la que va cristalizando una nueva realidad psíquica: la novedad del terapeuta como una experiencia comprensiva. Las percepciones del self y de los otros son transformadas de forma que incluyan la nueva experiencia.


El campo intersubjetivo es generado por el interjuego entre transferencia y contratransferencia; es el espacio en el que las distintas hipótesis analíticas cristalizan, y es este espacio el que define los horizontes de significado con los que el valor de verdad de la interpretación debe ser juzgado. El insight psicoanalítico depende de la particular interacción intersubjetiva. Los resultados de un estudio de caso pueden variar dependiendo de la persona que lo conduzca. Las distintas perspectivas de los distintos investigadores sobre un material que, a su vez, despliega una pluralidad inherente de significados, serán siempre diferentes.


Los autores complementan su enfoque puramente subjetivo con criterios hermenéuticos: la coherencia lógica del argumento, la consistencia de las interpretaciones con el conocimiento psicológico aceptado y la belleza estética del análisis a la hora de revelar patrones de orden, previamente escondidos, en el material que está siendo investigado (Storolow el al, 1987, p.8).


Clase de conocimiento que podemos obtener en base a la información sobre el pasado que se adquiere en la sesión psicoanalítica


Todo conocimiento es subjetivo y existe sólo en el momento experienciado. No puede ser entendido fuera del marco intersubjetivo en el que fue alcanzado. No hay validación absoluta para ningún conocimiento. La única validación es la intersubjetiva; la obtenida con otros participantes subjetivos. El analista, durante el proceso,  hace inferencias acerca del paciente, que se validan por consenso entre paciente y analista; por la coparticipación en la creación de la realidad entre paciente y analista.


Moore vuelve a señalar que la postura teórica intersubjetivista va mucho más allá de sus raíces subjetivistas y deviene en otro intento de formular la verdad sobre la naturaleza humana.


Clase de acción que puede tomarse


El analista no será apoyado ni prevenido por la teoría a la hora de participar en un juicio. La información que aporta es subjetiva.


Moore señala que, en esta corriente, hay implícita una consigna ética a favor de la validación de la experiencia de los pacientes y objeta que el analista tiene derecho a divergir de los puntos de vista de su paciente y que la confrontación no queda bien fundamentada dentro de este enfoque.


5. LA INCERTIDUMBRE DE IRWIN Z. HOFFMAN


La naturaleza de la realidad


Es imposible conocer el mundo con independencia de las percepciones. La realidad no es algo dado de antemano ni preestablecido. Al mismo tiempo que percibimos la realidad, estamos continuamente construyéndola. Hoffman sostiene que, en la sesión psicoanalítica, tanto el proceso de explicación como el momento de influencia personal suponen creación de significado, no simplemente su descubrimiento.


Moore critica a Hoffman porque éste mantiene, al mismo tiempo que su posición constructivista, la creencia en la existencia de un contexto objetivo de realidades. Se defiende así contra las acusaciones de solipsismo y relativismo moral. En “Ritual y Espontaneidad en Psicoanálisis”, muestra su reciente evolución en su preferencia por la expresión “constructivismo dialéctico” o “constructivismo crítico”, en vez de “constructivismo social” -término que había utilizado hasta la fecha- ya que éste deja la puerta abierta a la impresión de que la realidad es simplemente cuestión de consenso social (aunque sigue manteniendo este término por el sentido que connota  de la participación de analista y paciente en la construcción del significado). Que la realidad sea intrínsecamente ambigua no implica, para Hoffman, la desaparición de una realidad objetiva.


Hoffman reclama una especie de validez universal para el constructivismo dialéctico: “sólo algunos aspectos del lenguaje son construidos socialmente, en el sentido de que son fabricados por los seres humanos. Entre los que son excluidos, está el hecho de que los seres humanos, por su naturaleza, son agentes activos en la construcción social de mundos” (1998, pp. 76-77). Para Hoffman, el que los seres humanos crean sus mundos es una verdad transcultural, transhistórica e inmutable. Esta afirmación la sostiene desde su concepción existencial, en la que el ser humano construye significado contra un trasfondo de insignificancia y ante las fauces de la muerte. Cita a Berger y Luckman: “Todas las sociedades son construcciones en las fauces del caos”. Parece estar implícita en esta perspectiva, nos dice Moore, una cierta noción de libre albedrío; como si el ser humano eligiera construir significado frente al caos. Hoffman habla del sujeto como agente; como alguien que elige. En toda experiencia hay algo que nos viene dado y algo que construimos.


Retrata un mundo portador de ambigüedad y certeza y considera que la percepción humana es capaz de ambas funciones, dependiendo de los grados de ambigüedad localizados en el mundo exterior. La indeterminación no viene sólo de la percepción humana, o del hecho de que la construcción está siempre socialmente mediada, sino del hecho de que la realidad misma es intrínsecamente ambigua, unas veces más que otras.


Hoffman diferencia los grados de libertad que nos dan para nuestras construcciones las realidades físicas y las sociales.  En el mundo social, los acontecimientos son mucho más ambiguos y el consenso más difícil de alcanzar. La realidad física es menos ambigua y maleable; en torno a ella es más fácil alcanzar el consenso social. Moore piensa que Hoffman ha sustituido el criterio positivista de objetividad como verificación de la correspondencia por el de grado de posibilidad de consenso social. A Moore le parece que la distinción que Hoffman hace es una exageración y que no está tan clara la frontera entre lo físico y lo social.  Hoffman concede que la interpretación es central a todo tipo de fenómenos, pero Moore le critica que su intento de separar lo físico de lo social pone en peligro la consistencia de su perspectiva constructivista.


Hoffman recurre al consenso social, posibilitado por una realidad más o menos ambigua, para evitar caer en el relativismo. Nos dice que la idea de que la construcción sea subjetiva no lleva ni lógica ni moralmente al caos. Si la realidad es, en un grado significativo, socialmente construida, la gente queda circunscrita a la realidad que pueden crear. Además hay limitaciones provenientes de los materiales a partir de los cuales construimos. Hay unos límites de posibilidad para todo lo que hacemos y, al mismo tiempo, los canales sociales dentro de los que conducimos nuestras vidas cambian cuando nosotros pasamos por ellos. Somos agentes de cambio social. “La experiencia puede pensarse como compuesta, primero, de características simbólicamente bien desarrolladas, indisputables y no ambiguas; segundo, de actitudes ambiguas, simbólicamente no desarrolladas, estados emocionales y marcos mentales y, tercero, de potenciales no desvelados en absoluto” (Hoffman, 1998, p. 22)



La naturaleza de la experiencia humana de la realidad


Hoffman pone mucho énfasis en la naturaleza social de la construcción. Tanto analista como paciente, son falibles en sus construcciones. Ambos están profundamente afectados por la mutua participación en los procesos que ambos comparten. No hay interpretaciones absolutas del proceso: en otro individuo, en otra cultura, en otro tiempo, estos hechos no nos importarían de la misma manera o puede que ni tan siquiera los notáramos.Y, al mismo tiempo, dice que para un paciente determinado no vale cualquier interpretación:


“ni la experiencia del analista, ni la del paciente, es una plastilina maleable en cualquier forma que uno quiere imponerle. Y hasta la plastilina tiene propiedades que limitan lo que podemos hacer con ella. La actividad constructiva se realiza en relación con lo que nos viene dado en la experiencia de paciente y analista. Algunos de esos hechos dados son elementos indisputables en la experiencia de los participantes, y cualquier interpretación plausible tendría que tomarlos en consideración, o por lo menos no contradecirlos. Los aspectos ambiguos no son amorfos. Tienen propiedades que son susceptibles de una variedad de interpretaciones, pero no ilimitadas interpretaciones. Hay un rango de interpretaciones posibles” (Hoffman, 1998, pp.76-77).


Al referirse a elementos indisputables, Hoffman se está refiriendo a una realidad objetiva. Moore le critica que Hoffman retiene todos los problemas del positivismo y del relativismo, que no reemplaza los fundamentos que remueve y que carece de un nuevo lenguaje con el que comunicar sus consideraciones clínicas a sus colegas. Estas consideraciones son las que siguen:


- Cuando habla de la transferencia nos dice que el paciente selecciona los aspectos de la respuesta del analista que encajan con sus patrones. Aquello en lo que un paciente se fija es ignorado por otro.


- Podemos dar forma a la experiencia de distintas formas: retrospectivamente, recordando; o prospectivamente, actuando. Al abrir la puerta al futuro, Hoffman introduce un giro en el psicoanálisis, tradicionalmente orientado al pasado.


- Respecto al uso de las teorías, Hoffman nos dice que estas sólo sirven para sensibilizar al analista hacia la existencia de ciertas posibilidades. Utilizar múltiples teorías libera al analista de la influencia de una única teoría. Las teorías que interrelacionan pueden ser recíprocamente correctivas y desreificarse las unas a las otras. No obstante, ninguna teoría debe ser utilizada para reducir la ansiedad proveniente de la incertidumbre, inherente a todo encuentro interpersonal.


- Hoffman plantea la posibilidad de un posible foco de evaluación en los patrones de construcción de la experiencia. Esta sugerencia la desarrollará ampliamente Moore.


- La principal oposición conceptual la encuentra Hoffman entre el pensamiento dicotómico y el dialéctico. “La dialéctica es un proceso en el que cada uno de los polos opuestos crea, informa, preserva y niega al otro, cada uno permaneciendo en una relación dinámica y cambiante con el otro” (Hoffman, 1998, p. 200).  Esto lo aplica a la relación entre la disciplina analítica y la participación expresiva; la auto-expresión del analista vs. el foco continuado en el paciente. Y la dialéctica entre el mundo dado y el construido.


Comunicación de la experiencia


La comunicación de la experiencia de la realidad es el mecanismo principal de creación de esa realidad o experiencia que, en principio, es ambigua.


La comunicación está subsumida dentro de la experiencia más amplia de participación. Moore describe la concepción de la comunicación de Hoffman como casi semiótica. Toda experiencia significa algo para la persona que lo experiencia; toda experiencia es construida como significado; todo lo que es experienciado es entendido como comunicación, independientemente de que sea o no reconocido verbalmente. Es la visión mas comprehensiva de la comunicación de las hasta aquí presentadas.


Para Hoffman, gran parte de la experiencia es relativamente individual y no primordialmente identificada con un campo intersubjetivo. La relación entre lo individual y lo social es compleja. Nuevamente, cita a Berger y Luckman: “la biografía subjetiva no es completamente social”. Esto no le impide reconocer que toda realidad está, en última instancia, enraizada en su contexto social. Todos los datos psicoanalíticos son creaciones conjuntas marcadas por la lucha contra la incertidumbre.


Conocimiento que podemos obtener en la sesión psicoanalítica


Ningún conocimiento es adquirido. Aunque en la experiencia haya aspectos indisputables, ésta nunca está totalmente predeterminada. El significado está siendo creado de continuo, en cada una de las sesiones. Esto es resultado de la actividad constructora de significados propia de las personas vivas.


A Hoffman le suena mejor la palabra “impresiones” que “conocimiento”. Al problema de las falsas memorias, responde que no hay ningún punto de vista humano externo al proceso de la percepción inherentemente ambiguo. No hay un punto de vista objetivo desde el que poder evaluar la verdad/falsedad de las autorrevelaciones del paciente. El paciente es tomado como intérprete creíble de su experiencia. Desmonta las falsas dicotomías de la etiología del trauma y de la de transferencia o experiencia en el presente con el analista. Ambos polos de cada par dialéctico son partes de un mismo proceso.


Acción que puede tomarse


A pesar de la incertidumbre hay que actuar de forma prudente. Hoffman ofrece muy pocas directrices concretas acerca de cómo llevar la sesión analítica y muchas menos sobre como enfrentar situaciones que puedan surgir fuera del análisis. El analista es siempre un participante. Siempre está sucediendo algo más de lo que es manifiesto o consciente. La relación es un medio y no un fin. Deja mucho margen de libertad para que cada analista elija cómo actuar en los momentos concretos.


Respecto a la investigación empírica sistemática, en la que él está involucrado, dice que hasta la investigación comprobatoria de las hipótesis mas cuidadosamente diseñadas, referidas a proposiciones psicoanalíticas específicas, sirven sólo para generar hipótesis desde el punto de vista del analista particular. Sensibilizan al analista sobre ciertas posibilidades que pueden aplicarse a un determinado paciente en un determinado momento. Igual que el estudio de casos.


A la hora de actuar, un analista está solo. La base para la toma de decisiones con respecto a cada acción concreta, es individual. Lo único que podemos hacer es actuar prudentemente, aun cuando reconocemos que la sabiduría que tenemos es altamente personal y subjetiva. Hoffman no es partidario de establecer ideales imposibles de alcanzar, como la perfecta empatía o sintonía emocional. Cree que hacen violencia a la naturaleza humana. No hay escapatoria posible a la responsabilidad que cae sobre el analista de actuar con la mayor sabiduría de que sea capaz, aun reconociendo el fundamento subjetivo de su acción. El trabajo requiere una tolerancia a la incertidumbre y una apertura radical y crítica que se transmite a lo largo del tiempo y de muchas maneras, especialmente mostrando disposición para la introspección, la negociación y el cambio. Estas acciones conllevan humildad por parte del analista. “Sea lo que sea lo que podemos hacer consciente, siempre quedan aspectos en la sombra. Uno de los contextos de nuestras acciones es siempre el contexto de la ignorancia de contextos. Y aún así, debemos actuar” (Hoffman, 1996, p. 110)


Moore admira de Hoffman su coraje al aceptar las implicaciones de la incorporación de la perspectiva subjetivista al psicoanálisis. Hoffman ha señalado que el analista funciona como una especie de clérigo secular y le parece importante considerar y explorar la autoridad moral inherente en esta dimensión del rol del analista.


6. RICHARD MOORE: EN BUSCA DE UNA METAPSICOLOGÍA CONSTRUCTIVISTA


Todas las teorías anteriores asumen que no existe una realidad externa objetivamente cognoscible sobre la que fundamentar el psicoanálisis. La adaptación más frecuente a esta situación es la de utilizar una epistemología constructivista así como una teoría y una técnica psicoanalítica clásica en la que no ha habido un cambio sustancial ni en los términos ni en los datos.


Moore sostiene que, una vez postulada la epistemología constructivista, no tiene sentido seguir trabajando como antes. Es una incongruencia seguir aferrándose a conceptos y prácticas propios del psicoanálisis clásico; hay que atravesar el punto de no retorno y avanzar. Una cimentación metapsicológica alternativa debe afectar profundamente la naturaleza de los conceptos que  se utilicen dentro de ella. Lo que Moore propone es una perspectiva teórica sobre la subjetividad que no se fundamente ya más en una realidad externa objetiva y que tampoco olvide aquello sobre lo que la realidad es subjetiva. Dicha perspectiva no debe pretender ser un intento de mayor aproximación a una verdad externa.


Entre sus fundamentales influencias filosóficas, Moore reconoce a Alfred Schutz y se enmarca dentro del idealismo crítico. En concordancia con esta línea, sostiene que en el constructivismo, según el lo entiende, nos movemos en un mundo sin referentes. Los hechos son siempre la creación del pensador.


Panorama


Moore pretende ofrecer una perspectiva sobre el conocer y el no-conocer. Todo conocer es un proceso que participa, en alguna medida desconocida, de una realidad incierta y es en ese proceso de participación donde cada experiencia es creada.


La experiencia siempre es construida más que encontrada; interactiva e individual; única más que verificable por medio de la repetición. Es un proceso constantemente subjetivo y caracterizado por un constante flujo de modificación recíproca en relación a otras experiencias.


La experiencia es construida. El concepto que Moore propone como reemplazo para el concepto de verdad es el de “participación óptima en la construcción”


Premisas


1ª: La intersubjetividad se discute con objeto de crear un marco general desde el que mirar la experiencia subjetiva


2ª: El proceso de la experiencia subjetiva es visto como cíclico. Este ciclo posee una configuración humana y en cada caso particular, características de estilo y contenido. Lo importante para esta perspectiva es llegar a hacer construcciones sobre cómo las personas crean o construyen su realidad (más que los aspectos de contenido).


3ª: El proceso cíclico ocurre en una secuencia en la que Moore distingue tres estadios o ”momentos”: el momento previo a la experiencia o realidad potencial; el momento de la experiencia o realidad experiencial; y el momento después de la experiencia o realidad construida. En la conciencia se lleva a cabo un proceso constante de entrada y reciclaje de experiencia.


Realidad experiencial


Es cuando la experiencia consciente ocurre; es ese momento que experimentamos como presente; es el instante en curso; cuando la construcción es experienciada como completa. Lo que se ve como lo que existe ahora.


Este acto de experienciar implica componentes provenientes de dos fuentes: (1) un incierto mundo externo; (2) la subjetividad incierta de la persona que experiencia. Ambos son necesarios para que la realidad experiencial tenga lugar y ésta se experimenta como experiencia unitaria y significativa.


Algún grado de construcción se está dando siempre que la experiencia está presente. No hay experiencia sin construcción. La conciencia es siempre construcción.


La construcción representa, un intento llevado a cabo por la conciencia, de crear una experiencia capaz de ser organizada en un todo; también de acuerdo a los estándares socialmente construidos. Las experiencias deben ser integradas para poder avanzar.


La conciencia es siempre construcción. Y la construcción de la realidad es la única experiencia de la realidad.


Realidad construida


Son las construcciones que duran y permanecen disponibles a la conciencia después de la primera vez en que fueron construidas. Sin embargo, cada vez que retornan al foco de experiencia son construidas de nuevo.


A menudo, la construcción adicional añadida a la original es muy pequeña. Las experiencias cotidianas son construidas de la misma manera muchas veces y por distinta gente. Es la realidad por hábito. La realidad consensual es habitual y reflexiva; no requiere de ninguna interacción en el presente con los otros; requiere una asunción de que es socialmente compartida y validada.


Realidad potencial


Moore propone este concepto para resolver la cuestión acerca de la naturaleza ontológica del mundo externo a la conciencia. Parte del reconocimiento de que el único acceso que tenemos a la realidad es subjetivo. Moore aspira a que tengamos en el psicoanálisis un marco de referencia compartido respecto a estatus ontológico de la realidad.


La construcción debe ser construcción de algo. Si no, no hay marco contextual para la subjetividad. Pero no todos los marcos, aunque sean compartidos, son igualmente útiles. Los psicoanalistas seguramente no pueden maximizar su ayuda a los pacientes para que puedan enfrentarse a su vida diaria desde la posición solipsista de que no existe otro mundo que el de la mente. Spence concibe el mundo como algo a lo que aproximarnos progresivamente (como el psicólogo George Kelley). Storolow considera que el mundo externo no debe concernirnos.


El asunto de la realidad exterior ha sido muy discutido especialmente en la fenomenología. Edmund Husserl utilizaba el método de “poner entre paréntesis”, dejar deliberadamente de lado las cuestiones ontológicas, de modo que el proceso de experiencia mental se mantenga como la preocupación principal. Moore declara que permanece preocupado por la naturaleza de las cosas en tanto que ésta afecta a nuestra comprensión de la naturaleza de la experiencia. La posibilidad que propone es que enmarquemos el mundo externo a la subjetividad como “realidad potencial”; como uno de los componentes esenciales de la subjetividad. La realidad es siempre subjetiva acerca de algo. La existencia del mundo externo, aunque ambigua, es innegable y requiere que su constante impacto sea reconocido.


La realidad potencial es todo aquello que existe en el tiempo anterior al momento de la experiencia. Incluye todo lo que todavía no es foco de nuestra experiencia pero puede impactarnos: todos los elementos del mundo externo que continuamente nos afectan; todos los aspectos críticos de la existencia humana de los que no somos conscientes, que incluyen los aspectos desconocidos de nuestra persona, el concepto psicoanalítico de inconsciente.


La realidad experiencial y la potencial no pueden ser concebidas la una sin la otra. Están dialécticamente relacionadas.


“En psicoanálisis ha habido una desafortunada tendencia a  afirmar conocimiento directo del inconsciente, una tendencia a hablar no solo de la via regia de acceso al inconsciente, sino a hablar del análisis como si frecuentemente visitara el inconsciente” (Moore, 1999, p.141)


Toda realidad potencial pasa a través de la construcción desde el mismo momento en que es experienciada.


Memoria


Todas las construcciones funcionan como contexto para cada siguiente construcción. Y cada construcción cambia el contexto consensual en el que ocurre. Las construcciones no desaparecen en archivos separados en el inconsciente. Las  construcciones previas nunca están del todo fuera del alcance de la conciencia sino que pueden permanecer como background de la misma.


La memoria es una parte constante del proceso de construcción de la realidad y nunca del todo separada de la conciencia.


El contexto social de la construcción


El interés psicoanalítico en el modo de compartir la realidad construida, se enfoca en las díadas primordialmente formativas y en la pareja psicoanalítica. Incluye las realidades compartidas en la infancia, con la madre y en el presente con la pareja y el analista.


Para explicar la significación social de la realidad construida, Moore retorna al concepto de narrativa. La experiencia de la realidad es creada. La narrativa se refiere a su expresión más manifiesta, verbal y a menudo social. La narrativa provee de un medio para compartir la significatividad de la existencia humana; “una posibilidad sin la que no sólo la existencia humana no sería auténticamente humana, sino que no podría sobrevivir” (p. 143). La narración tiene que ver con la transmisión social del conocimiento: la relación entre el conocimiento y su base social es dialéctica; el conocimiento es producto social y es un factor de cambio social. El ser humano se produce a sí mismo.


Cita a Gadamer, quien concibe que las experiencias de un individuo provienen de su relación con la totalidad de la experiencia de la humanidad: “el flujo de la experiencia tiene el carácter de un horizonte universal de la conciencia, y sólo desde el puede darse la experiencia discreta como experiencia”.


En cada grupo social cada narración se recicla una y otra vez y las viejas narraciones sirven de contexto para las nuevas. Hay un flujo continuo de construcción social sin límites definidos. A través de la narración, toda experiencia es parcialmente tejida por la comunidad y desde la comunidad en la que ocurre. Una definición de comunidad puede ser el grado en que esto ocurre. Cualquier comunicación, en cualquier lugar del mundo, es parte de la construcción total y en marcha del mundo y contribuye al contexto en todas partes (se refiere a la mariposa de la teoría del caos cuyo aletear puede causar una tormenta en otro lugar).


DISCUSIÓN


Antecedentes Psicoanalíticos


De Winnicot (1971) resalta su concepto de espacio intermediario entre dos aspectos de la realidad subjetiva, entre lo que el individuo experimenta como único y lo que la sociedad ha construido previa y colectivamente. Los tres espacios de Winnicot -interno, transicional y externo- le sugieren a Moore una relación con los tres momentos del proceso de construcción.


De C. Bollas (1992), su referencia al estilo personal del ego. Cada uno de nosotros tiene un estilo estético dominante en toda nuestra experiencia consciente, derivado de la función creativa. Moore compara la función creativa con la construcción. Bollas reconoce la ambigüedad total de la experiencia y el establece que esta proviene del lenguaje o la semiótica.


Construcción de la realidad física


Nos parece más fácil aceptar el constructivismo para los hechos sociales que para los físicos. Moore sostiene que las categorías de lo físico y lo social reflejan dos modos de construir la experiencia. Y que, en cualquier caso, la construcción es un proceso central y esencial. Y la ambigüedad está tanto en la naturaleza como en el perceptor, por lo tanto no podemos diferenciar con claridad de dónde procede la ambigüedad.


Consciente e inconsciente


Moore sostiene que la conceptualización dual de la conciencia y el inconsciente no es sostenible. Argumenta que la idea de dar roles separados, e igualmente activos en la construcción, a los procesos conscientes e inconscientes nos lleva a la idea de que hay una parte de la mente que percibe la realidad objetiva, y otra parte que subjetivamente la conforma. Así, con la forma adecuada de cirugía, las partes subjetivas podrían ser bloqueadas y entonces podríamos ver lo real. Este tipo de pensamiento es precisamente lo que la perspectiva constructivista trata de evitar. La alternativa más simple es que el rol definitivo en la construcción de todo tipo de experiencia esté localizado en la conciencia (p.153).


Esto no implica, para Moore, subestimar el que lo inconsciente pueda imponerse en el comportamiento físico y mental. El inconsciente claramente puede dominar la conciencia. Hay una gran cantidad de comportamientos que se llevan a cabo de manera inconsciente y de cuya motivación el analista puede dar una interpretación que tendrá tanta autoridad como la que construya otra persona: la de hipótesis. Muchas sensaciones sentidas y emociones se originan de modo autónomo.


El inconsciente puede verse como contenedor y organizador de todos los resultados de la experiencia. La construcción es una función consciente. Todas las complejas funciones que realiza el sistema nervioso autónomo se asignan al inconsciente. El sistema nervioso autónomo puede recordar grandes cantidades de material y organizarlo de acuerdo a su propia lógica. Nada de esto es construcción. El inconsciente no construye (excepto en el sentido de que todo tejido vivo lo hace simplemente por el hecho de reaccionar selectivamente). El inconsciente es visto por Moore como una fuente constante de input psicológico que muchas veces fuerza a la conciencia y por la que la conciencia, a veces, puede elegir dejarse arrastrar. El inconsciente comparte su estatus con las fuerzas fisiológicas y con las fuentes de activación medioambientales no buscadas.


Decir que la construcción es un proceso consciente no pretende ampliar la capacidad de control de la conciencia. Esta perspectiva sólo implica la posibilidad de un darse cuenta consciente. Una de las características más paradójicas de la conciencia es que ésta parece no tener nunca peno control de sí misma. Esto se debe a un inconsciente fundamentalmente irreprimible y, parcialmente, a un mundo externo que continúa desafiando nuestros intentos de dominarlo.


La conciencia construye pero no puede determinar aquello de lo que es consciente. Los humanos controlan su contribución a la conciencia, principalmente por medio de lo que hacen en respuesta a lo que han construido. Esto empodera a la persona. Lo que es consciente es construido. Cuando algo es reconocido como construido, se puede reaccionar más fácilmente a ello.


El marco constructivista de Moore ensancha el foco del territorio intrapsíquico a cualquier fuente de input de la conciencia y localiza la fuente de acción en la conciencia. Hay muchas cosas a las que se puede responder diferencialmente, pero todo el conocimiento psicológico es construido por la conciencia. Las relaciones de  amor, las tierras extrañas y la poesía tienen su impacto directamente en la conciencia así como en el inconsciente, del mismo modo que las contribuciones del inconsciente tienen su impacto directamente a través de las relaciones de amor, las tierras extrañas y la poesía. A pesar de su gran impacto, los aspectos del inconsciente son realidad potencial y no deben existir para nosotros ni tener significado hasta el momento en que son construidos por nosotros.


CONSIDERACIONES CLÍNICAS


Construcciones de la salud mental


Los nuevos criterios de salud mental que Moore propone, deben basarse, no en la habilidad para percibir una realidad objetiva sin interferencias del inconsciente, sino en la noción de “Proceso óptimo de construcción”. Moore deja planteada como tarea pendiente para el futuro del psicoanálisis el desarrollar criterios diagnósticos enfocados en las características de los procesos de construcción de la persona. El foco sugerido aquí para la evaluación diagnóstica no es la corrección individual de las construcciones sino las propiedades del proceso de construcción que se observa a través de la participación. La participación conjunta del analista en la creación de la realidad del paciente, requiere de una gran implicación personal y profesional por parte del primero.


La aplicación de estos criterios deberá tener en cuenta la relación de los procesos construidos del paciente con los procesos inconscientes, así como la relación de la construcción conjunta de paciente y analista sobre los procesos del paciente con la realidad construida consensuadamente por la comunidad en la que el paciente vive. Es preciso que la técnica psicoanalítica se adapte a este nuevo requisito.


Moore sostiene que, tradicionalmente, el psicoanálisis siempre ha inferido estructuras psíquicas inconscientes y relaciones conflictuales entre éstas para explicar la patología del sujeto, supuestamente resultante de esas relaciones conflictuales. Las estructuras inconscientes son inferidas a partir de la observación de los patrones repetitivos de comportamiento del paciente y de sus síntomas. Moore propone seguir otro hilo. El conflicto interno puede ser considerado como el producto de una deficiencia en el proceso de construcción (p.156).


Como ejemplos de procesos constructivos deficientes, Moore cita la creación repetitiva de pocos y no muy diversos constructos, o el fracaso en hacer distinciones finas entre los constructos. Estos procesos de construcción estrechos pueden llevar al conflicto cundo fallan en la asimilación de una realidad potencial más diversa. La acumulación de evidencias que no encajan con los constructos originales puede derivar en la construcción de constructos adicionales idiosincrásicos.


Otro ejemplo de construcción menos que óptima es el compromiso completo con la fantasía como compensación a una realidad experienciada como impuesta. El seleccionar la fantasía como base principal de la construcción cotidiana puede ser el proceso de construcción implícito en la psicosis. La fantasía puede ser un intento de minimización de un mundo externo que previamente ha sido construido como indeseable.


El extremo opuesto sería lo que Bollas denomina la “condición normótica”, en la que hay mínima fantasía y muy poca subjetividad aparente. La visión del mundo incluye los objetos y los acontecimientos dados. Pero no hay retiro a una construcción  propia sino que el sujeto permanece en un mundo donde sólo es construido por otros. Ha identificado su experiencia con la realidad consensual, no participa en la construcción, no construye el mundo; se experimenta construido por el mundo. Son personas sobreadaptadas a las convenciones sociales de su mundo que viven con un mínimo de elemento creativo en su experiencia personal. En términos de Winnicot, se puede decir que en su vida no hay juego.


Moore nos dice que la falta de flexibilidad en los constructos no es necesariamente signo de patología. Puede ser un signo de inflexibilidad en la convicción, algo que es visto como un rasgo de personalidad muy positivo en nuestra sociedad. La presencia de estas fuertes construcciones en nuestra sociedad pueden deberse a que históricamente se necesitaron construcciones fuertes para sobrevivir y continuar participando. También pueden darse fuertes construcciones por un alto nivel de integración personal. Una construcción determinada puede sostener todo el sistema de constructos de un individuo, de manera que su invalidación supondría la auto-anulación.


La génesis de la capacidad constructiva


Necesitamos un entendimiento más genético del desarrollo de la capacidad de construir propia de cada individuo.


Para Freud, el sentido de la realidad derivaba sobre todo del encuentro entre los impulsos del inconsciente con el entorno; con su frustración o gratificación. Winnicot sostiene que el reconocimiento de la subjetividad de nuestras creencias básicas es un requisito para la socialización en la vida adulta. Bollas nos dice que el primer objeto no es conocido tanto por ser colocado dentro de una representación objetiva, sino como una experiencia recurrente de ser; un modo de conocer más existencial como opuesto al conocer representacional.


El niño necesita compartir un sentido común de realidad y esto es intrínseco al proceso de construcción a lo largo de toda la vida. Y la manera en que se lleva a cabo ese compartir, y la calidad de la contribución personal aceptada, también devienen realidad construida que resuena a lo largo de todas las construcciones personales futuras. Moore sostiene que su constructivismo psicoanalítico atiende a esa resonancia: a la de la calidad de la intimidad experienciada en el proceso de construcción.


El rol del analista


El mundo existe como oportunidad para la experiencia. Ya lleno de cosas construidas y continuamente siendo construido de nuevo. En la mayoría de nuestras construcciones somos guiados por nuestra sociedad, con quien compartimos la construcción de la experiencia colectiva. Hasta cierto punto, podemos, al mismo tiempo, considerarnos a nosotros como creadores de todo lo que conocemos. Hay una variedad de estilos personales y colectivos de crear la realidad.


El analista obtiene su autoridad profesional de su apertura para compartir la construcción de la realidad que paciente y analista habitan juntos. El analista posee un amplio abanico de constructos altamente evolucionados. Muestra destreza a la hora de construir lo nuevo y provee de un modelo a ese proceso. Mantiene su autoridad como un participante experto en procesos de construcción. Ofrece su apertura y sensibilidad para construir juntos una nueva perspectiva.


El analista aprende sobre las construcciones del paciente, a través de las reconstrucciones en el presente, que este hace en la relación con el analista o en la sociedad.


Psicoanálisis constructivista


Hay muchos puntos en común en la práctica de todos los psicoanálisis. Lo específico del constructivista es el aportar una nueva fundamentación y el trabajar, desde la participación en el proceso de construcción, con la idea no sólo de modificar los contenidos de los constructos, sino de mejorar el proceso de construcción del paciente de manera que pueda seguir implementándolo cuando acabe el psicoanálisis. Esto lo promueve participando en el proceso de cambio de significado al que se llega conjuntamente, más que ofreciendo un significado construido para que lo acepte el paciente.


Moore dice que Fonagy y Target (1998) se quedan a muy poco de formular la co-construcción. Enfatizan la importancia de estimular la participación del paciente en el proceso; activar la capacidad de la gente para encontrar significado a su comportamiento y al de otra gente.


El foco del enfoque constructivista que propone Moore es en la conciencia, como un proceso continuado de construcción, y no en los procesos inconscientes que supuestamente pueden ser conocidos por el analista, como se postula en otras corrientes donde la teoría se puede volver algo esotérico que averigua los significados más profundos del paciente. Este enfoque constructivista trata de acceder a la conciencia del paciente como a un todo integrado que funciona de modo unificado en interacción con la conciencia también completa del analista a lo largo de todo el proceso.


El constructivista se da cuenta de que toda interpretación es una construcción del analista y que quizás está reemplazando otro significado potencial de la subjetividad de paciente y analista. Centra su atención en todas las formas de participación en la creación de significado, especialmente en aquellas desplazadas o desviadas de la atención de los participantes. Es el trabajo de discusión de estas posibilidades lo que es nuclear en este enfoque.


El arte psicoanalítico de participar en las construcciones de otros, como mejor se lleva a cabo, es con un mínimo de inferencia y un máximo de experiencia directa. Sólo lo que es manifiesto está disponible para la experiencia directa. El comportamiento directo es más accesible a la experiencia que las profundidades psíquicas inferidas. Búsqueda de patrones en el contenido manifiesto, personal y superficial, en la superficie que está sujeta a experiencia directa. David Shapiro habla de el “estilo de superficie”; o “modos de experienciar”. Se trata de estudiar los procesos de construcción característicos de un individuo.


Además, los psicoanalistas deben relacionarse con todos los estándares comúnmente en uso en las comunidades a las que ellos y sus pacientes pertenecen. A veces, se ven forzados a participar en procedimientos basados en asunciones diferentes. Aquí el analista participante debe construir su propio rol, desde el que interactuará, y elaborarlo con los pacientes.


Trauma


El trauma representa el test más severo para un terapeuta constructivista. El foco de la atención del paciente tiende a concentrarse en una experiencia muy específica y concreta que fue casi totalmente determinada externamente. La eliminación de toda duda acerca de la responsabilidad del paciente en el acontecimiento, es parte del trabajo terapéutico. La incertidumbre intrínseca a la teoría constructivista y la necesidad de trabajar con el sentido de realidad del paciente se encuentran de lleno. El constructivismo debe poder sobrevivir este enfoque para poder ser válido como enfoque clínico.


El trauma puede verse no tanto como algo construido sino como una acción iniciada externamente, desbordante para el individuo y llevada a cabo sin tener en cuenta sus constructos psicológicos. Lo que, de otro modo, sería construido invade el proceso de construcción y al constructor. Sabemos que esto ha ocurrido cuando sólo otros son capaces de proveer una narrativa. La persona traumatizada carece de la habilidad de integrar esa interacción. La realidad potencial desborda la capacidad de construirla y el resultado no es una realidad creada por la experiencia de uno, sino la pérdida de la experiencia de participar en ella de alguna manera.


Con el trauma, el proceso de construcción se desarrolla al revés. El mundo exterior desintegra el proceso de construcción. Incluso la realidad que ha sido repetidamente construida en el pasado puede de pronto perder su valor normal. Se puede perder la confianza en las personas que eran de confianza. Nada demuestra más que el trauma la constructividad de la realidad. De repente se necesitan nuevas y masivas construcciones para reemplazar a las antiguas. En el momento del trauma, la capacidad para construir queda, al menos parcialmente,  lisiada; el vivir con sentido de continuidad, con creatividad y sentimiento de estar conectado con uno mismo, se detiene; la flexibilidad y apertura necesarias para compartir la construcción se pierde. El resultado puede ser incluir construcciones que son repeticiones de construcciones previas, o adopciones de construcciones que son ofrecidas por otros. También puede resultar en constructos idiosincrásicos o limitados, que son especialmente cuestionables en la realidad socialmente consensuada. En casos extremos, el trauma puede resultar en ninguna construcción. Kingston y Cohen (1986) hablan en estos casos del proceso de reparación de espacios en blanco. Para el paciente se hace fundamental desarrollar una comprensión profunda de los acontecimientos que le han afectado, de la continuidad histórica de su vida, de sus necesidades básicas como ser humano y de sus límites y posibilidades. Cuando consigue esto, el paciente empieza a estar listo para poder construir y reconstruir todas las narrativas básicas de su vida.


El paciente que viene del trauma tiene dos necesidades: necesidad de la conciencia de encontrar y compartir realidad consensual, y necesidad de significado personal. En los casos de trauma, el requerimiento de evidencia de creencias idénticas sobre la ocurrencia de un acontecimiento externo nos da importante información diagnóstica sobre la habilidad del paciente para construir, y puede sugerir una seria falta de experiencia óptima en la construcción conjunta en el pasado. En dichos casos, el terapeuta puede experimentar la necesidad de transmitir continuadamente al paciente, que tiene plena fe en que el paciente está compartiendo la verdad de su experiencia, y que el compartirlo es lo más importante para el éxito del trabajo conjunto. En un marco constructivista no hay nada que pueda reasegurarse pasada esa frontera. La narrativa de trauma tiene como tema central la localización de la culpa y el paciente necesita que el analista participe en la reconstrucción de los hechos; que lo haga es central para el éxito de la relación terapéutica.


Los criterios judiciales para evaluar la narrativa construida por una presunta víctima implican dimensiones diferentes. La construcción creada debe poder verse como teniendo máxima correspondencia potencial con la realidad consensual de la sociedad en general. Es decir, si otra persona hubiera estado presente en la escena del trauma original, habría construido una narrativa similar. El sistema legal está diseñado para obtener una resolución social más amplia que el retorno del individuo a la integración buscada clínicamente. El clínico puede participar con conciencia de que su participación será vista desde ese punto de vista. Para el constructivista el asunto central es si el funcionamiento óptimo de la conciencia está involucrado en la construcción.


Resumiendo, el trauma implica el desbordamiento del proceso de construcción. Partes del trauma no es que sean olvidadas; es que nunca han sido construidas. El trauma puede diagnosticarse no tanto por los contenidos de la narrativa del paciente sino más por la naturaleza errática de los constructos que se derivan de su relato.


Postulados sobre la construcción:


-                     el proceso de construcción en cada individuo tiene unas características únicas


-                     el estilo de construcción es mas importante que sus contenidos


-                     la construcción optima es personalmente integrativa


-                     la construcción compartida crea nuestros mundos


-                     compartir las construcciones diluye sus aspectos personales.


COMENTARIOS DE LA AUTORA DE LA RESEÑA


1. Epistemología, ontología y teoría semántica


En este libro, Richard Moore plantea la necesidad de una nueva metapsicología  para el psicoanálisis, que ofrezca una epistemología, una ontología y una teoría semántica alternativas a la del psicoanálisis clásico.


1.1 Frente a la epistemología positivista apuesta por una epistemología constructivista. Así, en el lugar del conocimiento psicoanalítico positivista, caracterizado por una confianza en la objetividad del conocimiento psicoanalítico y una teoría de la verdad como correspondencia entre los constructos de la teoría y una realidad externa, propone una concepción de las teorías como socialmente construidas e inevitablemente subjetivas.


Creo que, en realidad, Moore está enfatizando aspectos epistemológicos compartidos por todos los teóricos del conocimiento actuales: las teorías son productos sociales e históricos y, como tales, tienen un carácter falible. No hay hechos brutos para el conocimiento. Los datos de la observación están cargados de teoría.


1.2. Me parece que el problema en cuanto a la reflexión que hace Moore en torno a la ontología es que parece dar por supuesto que, de asumir una epistemología constructivista, se sigue lógicamente el confluir en un mismo compromiso ontológico. Moore considera que necesitamos aceptar que somos subjetivos sobre algo y que la realidad externa a nuestra conciencia nos impacta. Más allá de estas afirmaciones, no podemos decir sobre la realidad nada que escape a nuestra subjetividad. Hasta aquí bien. Sin embargo, Moore se define a sí mismo como un “idealista crítico” y califica de positivistas distintos posicionamientos ontológicos que caen bien dentro del pragmatismo (como en el caso de  Schaffer, que  considera que los criterios de verdad tienen que ver con la coherencia narrativa y con la utilidad práctica) o dentro del realismo crítico con tintes nostálgicos de la certeza del conocimiento clásico en el caso de Spence, quien parece creer que la incertidumbre descansa en la limitación de nuestras herramientas cognoscitivas para acceder a una concepción de la realidad determinada, estable y    predecible; o con una postura decididamente dentro del realismo crítico contemporáneo, como es el caso de Hoffman, quien postula la existencia de una realidad inherentemente ambigua, que describe haciendo alusión al principio de indeterminación de Heisenberg, en el que la incertidumbre en nuestro conocimiento no se debe únicamente a las limitaciones de nuestros instrumentos perceptivos, sino al efecto que siempre tiene la intervención del observador en lo observado y a una ambigüedad intrínseca a la realidad misma. Realidad con distintos grados de indeterminación intrínsecos, que son también responsables de la ambigüedad de nuestro conocimiento.  Ni el pragmatismo ni el realismo crítico pueden calificarse de positivistas. Moore parece olvidar que la búsqueda de una ontología final, es una aventura metafísica, con poca audiencia en la filosofía contemporánea.


1.3 Por último,  en cuanto a la teoría semántica  implícita en la teoría de Moore, pretende superar una concepción unívoca de la relación entre el lenguaje y sus referentes externos, donde sólo había una narrativa verdadera, que es la que nos dice lo que realmente hay o lo que sucedió en realidad,  y nos introduce en una perspectiva en la que el lenguaje es el medio por el que el ser humano construye narrativas plurales  para comprender el mundo. Cada narrativa construye sus propios significados. El concepto de significado tiene dos componentes, el de sentido y el de referentes. Moore parece postular que la verosimilitud de las narrativas debe juzgarse sólo en torno a su sentido, ya que sostiene que en el constructivismo “nos movemos en un mundo sin referentes” (p. 133). Yo creo que el acceso a los referentes, desde la perspectiva narrativa, requiere del dominio del lenguaje específico de cada narrativa y del acceso  a unos procedimientos precisos, distintos en cada caso, para reconocer los referentes de las expresiones de ese lenguaje. Esto es distinto a decir que no existen los referentes. Más bien creo que se trata de que cada narrativa especifique, en sus propios términos, cuáles son sus referentes. Moore cae en algunas ocasiones en un discurso con tintes  solipsistas, como cuando afirma en la introducción al libro que “los hechos no son nada hasta que yo los menciono”, o “los hechos son siempre la creación del pensador”.


2. El proceso de construcción como criterio diagnóstico


Richard Moore se sirve en esta obra del controvertido tema de cómo llegar a acuerdos en torno a la verdad o fantasía de los relatos sobre abuso sexual de los pacientes, como punto de anclaje pragmático para su discurrir teórico. E intenta mostrarnos, a través de este ejemplo, cuáles son las consecuencias para la práctica clínica de asumir un marco conceptual constructivista. Lo que Moore propone es que, ya que el analista no es nunca un testigo directo de los acontecimientos que ocurrieron en un pasado o en un presente, inaccesibles a la observación empírica, el recurso mas poderoso en el que éste puede apoyarse es el de evaluar el estilo constructivo del paciente, la manera que tiene de dar significados a su experiencia, encontrando aquí criterios para diferenciar las características propias de las narrativas procedentes del trauma.


El criterio fundamental que Moore propone para hacer un diagnóstico diferencial en torno a la verdad de las narrativas de trauma es el del “modo de construcción del sujeto, más o menos óptimo”. Lo que está enfatizando, sobre todo, es cómo la experiencia de disociación y fragmentación de la conciencia se refleja en la narrativa. Creo que Moore abre un camino de investigación novedoso e interesante al poner el foco en el modo de construir más que en los contenidos de los constructos (algo parecido a lo que hizo en la psicología cognitiva el citado G. Kelley, 1955).


Me llama poderosamente la atención la creencia de Moore de que los cuatro autores constructivistas que él comenta no tienen fundamento sobre el que sostener la actuación de comparecer en un proceso judicial como testigo-perito. Considero que, independientemente del encierro  narrativo al que parece condenarnos una teoría radical de la inconmesurabilidad de las traducciones, siempre nos queda el cambio de “juegos de lenguaje’ al que aludía el segundo Wittgenstein en sus “Investigaciones Filosóficas” (1958), cuando decía que el acceso a la realidad no existe por afuera de los diferentes y variados sistemas de lenguaje que el ser humano juega, cada uno con distintas reglas. Considero que cualquier profesional de la salud mental tiene accesibilidad a las reglas del juego de lenguaje judicial, en el que lo que se  dirime es la atribución de responsabilidades. Y que el modo de hacerlo es el de testigo no de una realidad pasada, sino del proceso terapéutico al que asiste el paciente; testigo de sus síntomas, comportamientos y discurso. En los informes periciales recomiendan hacer también hipótesis causales sobre los síntomas actuales del paciente. En ningún caso se nos pide que dictaminemos qué es lo que  pasó en un pasado en el que no estábamos presentes. Los criterios diagnósticos de Moore me parecen apropiados. Y creo que los otros cuatro autores podrían tener también los suyos.


3. El paréntesis fenomenológico y la realidad cotidiana


Moore reconoce como una de sus principales fuentes de influencia filosófica a la fenomenología de E. Husserl y a la sociología de A. Schutz.  Dice estar más de acuerdo con la teoría de la comprensión intersubjetiva de Schutz, que requiere del abandono de la reducción de la conciencia a la realidad interna subjetiva, para abrirse a la comprensión del mundo de la vida cotidiana desde el estudio del sentido común, del mundo intersubjetivo de la cultura. Esto se refleja en el énfasis que pone Moore en la co-construcción y la co-creación de la realidad entre paciente y analista. También, en su apunte de que el psicoanálisis tiene que ponerse metodológicamente al día para tratar con las realidades socialmente consensuadas. No especifica cómo. Se me ocurre que lo que está pendiente son dos cosas: una, algo parecido a lo que Owen Renick (1998) denomina “volverse real en el análisis”, o los “contrastes de realidad” de G. Kelley (1955), esto es, diseñar con el paciente experimentos para que pueda poner a prueba, en la realidad externa a la consulta, la validez de las hipótesis co-construidas entre analista y paciente; encontrar vías para que lo que se valida dentro de la consulta pueda ser validado fuera de la misma; animar a prácticas de validación, diseñadas con sentido común. Por otra parte -sobre todo en los casos de trauma- trabajar incluyendo en el proceso analítico fuentes de validación social provenientes del ambiente del paciente, como son familiares y allegados.


4. Sobre los autores discutidos


Sólo quiero destacar lo que más me ha llamado la atención de cada uno de los autores protagonistas en este debate.


De Spence, su sensibilidad a lo que, en otro contexto, E. Gendlin (1978) ha denominado “la sensación sentida”, esto es, lo que Spence llama la realidad histórica en el presente, lo que la persona siente en el cuerpo previamente a su conformación de la sensación en la palabra. El significado no existe previo a la palabra, pero sí la sensación sentida, fuente de la significatividad. Spence inventa métodos para asegurarse de que los analistas no impongan las palabras de sus teorías sobre la sensación sentida en el presente por el paciente; se está aproximando a la creación de un método de co-escucha creativa entre paciente y analista.


De Schaffer, me parece muy interesante el intento que hace de explicarle al paciente el tipo de aventura existencial en que se involucra si emprende tratamiento con él, un psicoanalista freudiano. Una vez superada la neutralidad epistemológica -pues construimos siempre desde un punto de vista- lo que nos queda es hacer explícitos nuestros compromisos; sacar a la luz el programa implícito de cada escuela, que implica una concepción de la madurez, la salud mental y la buena vida; una propuesta de un cierto modo de vivir o estilo de vida, en definitiva, unos valores. Creo que ésta es la tarea pendiente para la psicoterapia del s. XXI (véase también Mahoney [2003] “La psicoterapia constructiva”)


Storolow y los intersubjetivistas entienden el desarrollo psicológico como la ampliación del abanico de principios invariantes del inconsciente, que permite actuar interpersonalmente con nuevas pautas, lo que se puede entender también como un enriquecimiento del repertorio de roles (algo que recuerda a la concepción moreniana de la salud). Para que este enriquecimiento se produzca, hace falta vivir nuevas experiencias que de alguna manera queden internalizadas, aunque no tengan todavía acceso a la simbolización o conciencia reflexiva.


Hoffman presenta la concepción más amplia de la comunicación como semiótica; es decir como proceso en el que todo lo experienciado comunica, independientemente de su procesamiento verbal o no verbal. Hoffman está concediendo un lugar al procesamiento no verbal y habla también de explorar la autoridad moral inherente al analista.


5. El inconsciente y la realidad potencial


Creo que la intención de Moore al hablar de “realidad potencial” en vez de “inconsciente” es contribuir a la desreificación del inconsciente; esto es, a que caigamos en la cuenta que el inconsciente es un constructo, un lugar teórico en el que colocamos todas las instancias explicativas e hipotéticas que inferimos desde la observación de los procesos, en los que la atención selectiva de cada analista se fija en la práctica terapéutica. Así tenemos las pulsiones de los freudianos, los principios invariantes de los intersubjetivistas, los procesos de identificación de Mahler, los objetos del self kohutianos, las representaciones procedimentales de Lyons-Ruth, las creencias matrices pasionales de Hugo Bleichmar y un largo etcétera. Creo que cada uno de estos constructos es una propuesta para pensar la interacción humana desde distintas perspectivas. Y es importante proceder con la teoría como una inspiración desde la que contemplar el proceso interaccional que tiene lugar en el encuentro analítico, y desde la que poder hacer sugerencias más o menos firmes según la peculiaridad del caso.


6.  El trabajo desde la conciencia


La pretensión de Moore es hacer inferencias sólo sobre la conciencia -sobre los modos de construcción de significado del individuo tal y como demuestra hacerlo en su interacción con el analista en el presente de las sesiones analíticas- y no hipótesis sobre los contenidos y naturaleza del inconsciente, es decir, trabajar sobre lo manifiesto.


La principal desventaja que veo a su perspectiva es que no acaba de abordar el procesamiento no verbal, las representaciones procedimentales, las pautas de interacción internalizadas y actuadas pero nunca traídas a la conciencia, nunca representadas simbólicamente. Creo que Moore tiene una concepción de la comunicación más restringida que Hoffman. Si la conciencia es construcción simbólica, según Moore, y el psicoanálisis sólo se ocupa de los fenómenos que se dan en la conciencia, ¿dónde quedan las pautas de interacción incorporadas por internalización de una vivencia, o por identificación con el estilo de un otro significativo, que nunca han sido simbolizadas? Según Moore, quedan en la realidad potencial de la que el psicoanálisis se ocupa sólo cuando devienen constructo consciente en la interacción de la sesión analítica. Esto nos da pie a explicar dichas pautas interaccionales según se van haciendo presentes en el tratamiento. Pero no da pie a explicar que hay transformaciones en los modos de estar con el otro y de ser que no necesariamente pasan por una elaboración consciente sino que, a veces, son resultado de experiencia vivida y no representada verbalmente.


7. Terapias de proceso y terapias de contenido


La sugerencia de Moore de que centremos nuestra atención en el estilo constructivo, en los modos de construir la experiencia de los pacientes, y no sólo en los contenidos, me parece una de sus aportaciones más valiosas.


 

 

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