Pluralidad y diálogo en psicoanálisis [Coderch, J., 2006]

Publicado en la revista nº030

Autor: Codosero Medrano, Angels


Reseña: Coderch, Joan. “Pluralidad y Diálogo en Psicoanálisis”. Herder Editorial, SL. Barcelona. 2006. 319 p.


El título del presente libro, Pluralidad y Diálogo en Psicoanálisis, ya es de por sí muy sugerente y una declaración de principios. Coderch intenta promover el diálogo del psicoanálisis consigo mismo  y con otras disciplinas científicas, entre ellas la filosofía del lenguaje, la psicología cognitiva y la neurociencia, situándose en el contexto actual, donde ninguna rama del conocimiento puede desarrollarse aislada. En el desarrollo del libro vemos cómo integra conceptos como los actos del habla y en otros caso, revisa y amplia conceptos como la memoria, el inconsciente, la transferencia-contransferencia, y el proceso psicoanalítico, que hasta ahora habían sido incuestionables desde el psicoanálisis clásico. 


Desde mi punto de vista, el libro despierta el diálogo interno e invita a la autorreflexión en cada uno de sus capítulos. A pesar de la claridad y rigurosidad con que está escrita es una obra compleja, aunque  cada capítulo mantiene el diálogo con el siguiente, consiguiendo mantener la atención y deseo de aprender. También me parece interesante resaltar cómo, tanto a través de este libro como del anterior “La relación entre el paciente y el terapeuta”, se observa un cambio de estilo a la hora de transmitir sus conocimientos que, para mí, no es sólo fruto de la experiencia, sino de la evolución constante de la personalidad del autor. Queda patente cómo Coderch ha realizado una aproximación al psicoanálisis relacional, sin renunciar por ello a sus orígenes, guardando siempre una postura dialogante. Coderch, en mi opinión, consigue entender la mente desde una perspectiva psicobiosocial, dentro del pensamiento psicoanalítico. A continuación, y en relación con lo expuesto, resaltaré las ideas principales de cada capítulo.


En el primer capítulo el autor aborda El debate acerca de la pluralidad del psicoanálisis, poniendo de relieve que, hasta hace pocos años, las diversas escuelas psicoanalíticas han vivido aisladas unas de las otras, creyendo, cada una de ellas, ser portadora del “psicoanálisis verdadero”, y acaba sosteniendo que el psicoanálisis no puede ser definido basándose en una teoría central y unificadora, sino que coexisten diversas formulaciones teóricas y diferentes posibilidades de aplicación práctica. Coderch va más allá, considerando que dicha diversidad convierte esta fuente de conocimiento en algo enriquecedor. Además, argumenta que el psicoanálisis no se puede entender como una ciencia empírico-natural, sino como una ciencia humana hermenéutica-interpretativa.


Coderch toma como punto de partida los trabajos de Wallerstein, que subrayan la posible y deseable unificación de la teoría psicoanalítica en una teoría común, “la verdadera”, y que apoyan sus argumentos en que las divergencias entre diferentes teorías son debidas a la utilización de diversas metáforas. Según Coderch, no debe confundirse el empleo de metáforas para dar mayor claridad a nuestras teorías con la idea de que las diversas teorías son simples metáforas, sino que las diversas teorías son distintas maneras de concebir y explicar el funcionamiento mental, apoyándose para ello en diversas imágenes. Para esclarecer más el tema, precisa los conceptos de ciencia, teoría y modelo. Sostiene que existe un terreno común, porque de lo contrario no se podría hablar de pluralismo, dado que estaríamos hablando de disciplinas independientes, con lazos y vínculos interdisciplinares. Sin embargo, sobre este terreno común hay muy dispares puntos de vista, y el debate continúa en la actualidad.


Coderch hace una extensa reflexión sobre esta cuestión. Para él es innegable que la pluralidad existe, y por eso se discute, y que existe un terreno común que consiste en: las tareas de investigar el funcionamiento de la mente, así como los conflictos intrapsíquicos; la existencia de la transferencia, la contratransferencia y la resistencia;  y la dedicación a ayudar a personas con dificultades psíquicas que lo solicitan, mediante una relación dialogante. Deja clara la distinción entre terreno común y la idea de que así se constituya una teoría unificadora, postulándose contrario a ella. Coderch añade a las explicaciones de otros autores (Wallerstein, Kernberg, Gabbard, etc) sobre el acercamiento progresivo de las diferentes escuelas en general,  razones  distintas a las que éstos ofrecen, considerando que las escuelas psicoanalíticas han permaneciendo durante años encerradas en sí mismas, creyéndose poseedoras de la verdadera teoría; no obstante el incremento de nuevas corrientes ha hecho que fuera imposible ignorar las diferencias, cada vez mayores, dentro de la misma IPA. La historia del psicoanálisis muestra los efectos secundarios nocivos de una única teoría en el desarrollo del psicoanálisis. Personalmente, quiero recordar que la ciencia ha demostrado que el aislamiento conlleva a la extinción y que la diversidad es la fuente de la creación. Este aislamiento es el camino que, creo, no nos podemos permitir y, además, igual que Coderch, pienso que el psicoanálisis no ha de ser refractario a otras disciplinas científicas.


Coderch se decanta por el pluralismo y, para desplegar más ampliamente esta concepción, se apoya en la teoría del conocimiento y en el método del racionalismo crítico de Popper. Popper fundamenta su pensamiento en torno al conocimiento humano en el falibilismo: somos susceptibles de equivocarnos y, por tanto, no sabemos nada, o muy poco. Acercarnos a la verdad sólo es posible por medio del método de ensayo y error, es decir, la utilización sistemática de la crítica, la cual nos permite desvelar los puntos débiles de nuestro saber y eliminarlos. Coderch sostiene que la visión racional, crítica y pluralista del conocimiento no se ha de trasladar sólo a nuestra actitud frente al psicoanálisis, sino también a las sociedades psicoanalíticas y a sus programas de enseñanza. Con ello despoja al psicoanálisis de todo dogmatismo. No se debe de confundir ser partidario del pluralismo con el relativismo, o el eclecticismo, ni compartir cualquier posición, sino que desde la propia se ha de poder dialogar con todas. Por lo tanto, según Coderch, el pluralismo crítico en el psicoanálisis lleva a considerar y valorar todas las posibles alternativas para la compresión de la mente humana en general y la de cada paciente en particular y sirve para mantener un diálogo entre las diversas corrientes y escuelas, de manera que puedan enriquecerse y complementarse mutuamente, a la vez que buscar lo que las une y lo que las diferencia. Cualquier concepto, dentro del psicoanálisis, ha de huir de convertirse en una verdad incontestable que no admite duda ni contradicción. Todo ello le hace concluir:


1.               Toda teoría ha sido construida en un contexto histórico, cultural, social, moral… por parte de personas totalmente sumergidas en ese contexto, lo cual lleva a interpretar de una determinada manera.


2.               Dentro de cada cultura ha existido un modelo de la evolución normal y sana, y sobre estos modelos se han desarrollado la teoría y la técnica del proceso analítico.


3.               A lo largo de la historia del psicoanálisis se ha ido observando cómo el análisis de los casos clínicos se ha ido encajando en las teorías a las que estaban adscritos, y, así y todo, se puede decir que todos los analizados mejoran si el analista trabaja con conocimiento y honestidad.


4.               La mente humana no se halla únicamente determinada por fuerzas biológicas, sino que éstas se despliegan en una matriz psicosocial, por lo que la personalidad, y las capacidades racionales y científicas del analista también dependen de la matriz psicosocial que le es propia.


En el segundo capítulo, el autor establece un Diálogo entre el psicoanálisis y la filosofía del lenguaje. Desde la filosofía del lenguaje se consideran dos paradigmas esenciales que explican la naturaleza y fines del lenguaje (Schiffrin 2003): el paradigma formal o estructural y el paradigma funcional o emergente. El paradigma forma parte del lenguaje como fenómeno mental y explica la universalidad del lenguaje como herencia lingüística, y su adquisición como una predisposición genética. Dicho paradigma, aunque reconoce que tiene funciones sociales y cognitivas, no incide en la organización interna, sino que define al lenguaje como un sistema básicamente autónomo. Para el paradigma funcional, el lenguaje es un fenómeno social y explica la universalidad como los usos compartidos por todas las sociedades humanas. Considera, aun teniendo en cuenta la capacidad genética, la importancia del desarrollo interactivo del niño en la sociedad en que convive. El paradigma funcional estudia el lenguaje en relación con las funciones sociales.


Coderch considera que, en general, todas las escuelas psicoanalíticas exceptuando la lacaniana enfocan el discurso psicoanalítico desde una perspectiva funcional, y hace una declaración de principios concibiendo la mente como básicamente social y el proceso psicoanalítico como un desarrollo interactivo y relacional. Percibe el discurso psicoanalítico desde un predominio funcional, sin dejar de lado la importancia de la forma, por lo que piensa que el discurso psicoanalítico puede definirse como el uso del lenguaje en un sistema socialmente organizado, mediante el cual se llevan a cabo determinadas funciones. La mejor manera de entender el discurso del otro es a través del esfuerzo para reproducir en uno mismo (empatía) sus sentimientos, deseos y propósitos.


Desde la concepción más clásica del psicoanálisis se juzgaba que únicamente se intercambia comunicación verbal, sin que haya lugar para la acción. Sin embargo, la filosofía del lenguaje nos muestra que a través del habla se realizan acciones dirigidas al interlocutor. Hablar es ejecutar actos del habla. Según Searle, hablar, consiste en realizar actos conforme a reglas. Esto ya se apuntaba desde el inicio del psicoanálisis con Ferenczi, Sullivan, y Horney hasta las corrientes más actuales, como el  psicoanálisis relacional, intersubjetivo, etc., donde el énfasis recae no sólo en la interpretación sino en la relación analista-analizado, y donde la idea de que lo que ocurre en el proceso psicoanalítico es una interacción ininterrumpida del uno sobre el otro mediante el uso del lenguaje verbal y no verbal.


Coderch considera que, como analistas, sólo nos interesa el sentido pragmático-comunicativo de las expresiones de ambos interlocutores, entendiendo la pragmática como la define Morris: aquella parte de la semiótica que trata del origen, uso y efecto producido por los signos en la conducta, dentro de la cual aparece, por lo tanto, el estudio de las significaciones. También se adhiere a la idea de De Bustos, según la cual la pragmática se ocupa de las acciones de otros cuando las comprendemos, y de la forma en que adscribimos determinadas acciones cuando las realizamos. Desde la perspectiva pragmática, la misma expresión puede tener distintos significados según a quién van dirigidas, y en que contexto se produce la emisión de las mismas. En un diálogo, la comunicación no se establece como un procedimiento de codificación-descodificación, sino mediante inferencias, no propiamente las de la lógica sino las que aprendemos espontáneamente dentro de nuestra comunidad cultural.


Al analizar cualquier discurso, hemos de tener en cuenta la interdependencia entre el texto y el contexto, entre aquello que se dice y el contexto en el que se produce. El texto dice lo que dicen las palabras. Al hablar de texto, hemos de entender todo lo que se ha dicho de los actos del habla, los dos elementos del mismo (contenido semántico-referencial y contenido pragmático-comunicativo), la pragmática y la inferencia. Se puede decir que, en la sesión analítica, el sentido semántico del texto, tanto del paciente como del analista, se encuentra supeditado al contexto y al cómo se dice lo que se dice. El tratamiento psicoanalítico se desarrolla dentro de un contexto general: dos personas están hablando en una relación profesional, con el fin de que una ayude a la otra a conseguir un mayor crecimiento mental y una mejor estabilidad emocional. Pero la totalidad del contexto es mucho más: es el contexto específico, exclusivo para cada pareja analizado-analista, es el constituido por el juego interactivo transferencia-contratransferencia y, en este contexto específico, es en el que adquiere sentido el texto. Nadie puede prescindir de su contexto personal, de su historia, aunque se puede modificar y ampliar gracias a la elaboración mental de las nuevas experiencias. El autor también nos habla de la importancia de las metáforas dentro del proceso psicoanalítico. Revisando la etimología de los conceptos metáfora y transferencia, se observa que el primero es un término griego y el  segundo latino, y significan lo mismo “llevar, trasladar más allá de”. La transferencia, por tanto, en el pensamiento psicoanalítico y en la práctica clínica, es un proceso metafórico aplicado a un contexto determinado de la relación analizado-analista; poniendo más el énfasis en la transformación de la transferencia que en la repetición: cuando el analista interpreta, lo que hace es poner de relieve este proceso metafórico.


Además, Coderch, considera que se han de distinguir tres tipos de metáfora, para aprender el sentido de la comunicación del analizado: a) metáforas creativas o poéticas, que son aquellas que el que habla crea o inventa, con las que quiere expresar más de lo que quería decir en sentido literal; b) metáforas convencionales, que son aquellas que se han arraigado en una determinada comunidad lingüística y se utilizan para dar más énfasis a lo que se expresa; c) metáforas muertas, que son las que están enclavadas en el lenguaje, y han perdido el sentido metafórico. El autor finaliza el capítulo con una reflexión sobre la capacidad de simbolización, en el sentido de que es esencial para la producción de metáforas creativas. En determinados sujetos hay un predominio de la ecuación simbólica (confusión entre símbolo y simbolización), a causa del funcionamiento psicótico de su personalidad, y les es difícil la producción de metáforas creativas.


El tercer capítulo trata sobre el psicoanálisis, ciencia y hermenéutica. Coderch sostiene que todas las ciencias son interpretativas y constructivistas, y por tanto son hermenéuticas, al igual que el psicoanálisis. El psicoanálisis se distingue porque, además, interpreta el significado de los estados psicológicos en el curso del proceso psicoanalítico como acto terapéutico, y esto es válido tanto desde el modelo pulsional como desde el relacional. Es imposible observar o interpretar sin algún presupuesto previo,  o teoría, que dependa de nuestro conocimiento y experiencias previas. Los científicos y filósofos admiten que toda observación está cargada de teoría, y que la observación pura, tal como creía el positivismo, no existe, por lo que sería un error decir que los hechos hablan por sí solos. Los hechos son mudos, y somos nosotros quienes los hacemos hablar con las interpretaciones que realizamos; por tanto, la labor del analista es una labor hermenéutica.


Coderch recuerda que el constructivismo es la proposición de que toda observación, todo conocimiento del mundo, es una construcción del observador, y no una representación directa de la misma. Cualquier observación, o idea, se forma desde la perspectiva del observador; a esto también se le llama perspectivismo. Lo que el constructivismo muestra es que analizado y analista van construyendo un horizonte de ideas, pensamientos y descubrimientos peculiares de cada uno de ellos, pero también otros comunes a ambos. A esto se refirió Ogden con el término de “tercero analítico”. La lectura de los casos clínicos de Freud nos descubre al fundador del psicoanálisis, contra lo que él creyera, como un convencido hermeneuta. De forma ostensible buscaba el significado de los síntomas, viendo cómo se hallaban ensamblados en la historia y contexto vital del paciente. La posición de Coderch es que el psicoanálisis es una ciencia singularmente hermenéutica, que interpreta en términos de compresión, como lo hacen todas las ciencias humanas, y explica en términos de causalidad, como lo hacen las ciencias empírico-naturales.


En el cuarto capítulo, a través de la neurociencia y la memoria, el autor realiza una revisión del concepto de la transferencia. Desde un punto de vista clásico, el psicoanálisis era exclusivamente el análisis de la transferencia, entendida en el sentido que surge en la mente del paciente y el analista se limita a analizarla e interpretarla, quedando las interpretaciones extratransferenciales reducidas a un papel secundario. Esto ha ido cambiando con la extensión de la psicología del self y la aparición de nuevas corrientes, como el psicoanálisis relacional, el intersubjetivismo, etc. Quienes más han profundizado en el estudio de este concepto han sido las escuelas kleiniana y postkleiniana, sin embargo, la idea inicial ha permanecido inamovible en el sentido que la transferencia es la proyección del mundo objetal propio de la infancia en el analista, con quien se repiten las mismas vicisitudes pulsionales y emocionales que se vivieron con los primeros objetos que fueron internalizados, siendo el conflicto edípico, o Edipo precoz, el motor fundamental. Coderch considera varias razones por las que el concepto de transferencia se ha de revisar: una, es que el paciente transfiere muchas más cosas que el conflicto edípico con los objetos arcaicos internalizados; otra, son los avances en la neurociencia y en la psicología cognitiva, que muestran que la amnesia del periodo infantil no es causada por la represión del conflicto edípico o preedípico sino porque, en estos años, el cerebro no ha alcanzado el grado de madurez (memoria declarativa) necesario para el almacenamiento de las vivencias. Estos descubrimientos de la neurociencia acerca de los complejos sistemas de la memoria dan la razón a quienes han mantenido un concepto más amplio y flexible del concepto transferencia, y a quienes no conceden al conflicto edípico un papel central en el desarrollo de la mente humana y su patología. Por tanto, ahora conocemos que existen varios sistemas de memoria, no uno solo -la memoria declarativa, sobre la que se basó el psicoanálisis clásico- y no un solo inconsciente -el inconsciente dinámico, descrito por Freud- sino también el inconsciente de procedimiento, no sujeto a represión ni con posibilidades de alcanzar la conciencia por levantamiento de la misma.


Coderch entiende el proceso analítico como una mutua, y estimulante, interacción y colaboración entre paciente y analista, en la cual el paciente organiza su experiencia con el propósito de recuperar o construir, con la ayuda del analista, sus capacidades y recursos mentales a través del insight, de su funcionamiento intrapsíquico y, a la vez, de la clarificación e iluminación de cómo, consciente e intrapsíquicamente, vive, entiende y puede modificar las pautas de relación que provienen del inconsciente reprimido, de la memoria de procedimiento y del inconsciente no reprimido. Para el autor, la interpretación y la nueva experiencia de la relación son los agentes terapéuticos que se conjugan en todo momento; no siendo la transferencia una repetición del pasado, sino un ordenamiento para dar sentido al presente, siendo la contratransferencia, la transferencia del analista. Posteriormente pasa a centrarse en la transferencia como organización de la situación analítica bajo la influencia del pasado. Freud nunca se pronunció en el sentido de que las experiencias infantiles primerizas eran los únicos elementos posibles de la transferencia, ya que hablaba de una forma más amplia, y lo que vemos es que su teoría ha quedado reducida a la proyección en el analista de las pulsiones y las fantasías inconscientes correspondientes dirigidas hacia los primeros objetos internos.


El autor señala cinco puntos principales para ver las diferencias entre el modelo proyectivo y el modelo organizador de la transferencia:


·                  En el modelo proyectivo se considera que hay una realidad objetiva del analista que se distorsiona, siendo la tarea de éste advertir tal desfiguración. En el modelo organizador se parte de que, a pesar de que existe la realidad de la situación analítica, cada uno la percibe según su subjetividad y, por tanto, la transferencia es siempre plausible de acuerdo a las características del espacio analítico y de la personalidad del analista, tal y como son vividas a la vez, consciente e intrapsíquicamente, por el analizado.


·                  El modelo proyectivo da por hecho que las fuerzas subyacentes al desarrollo de la transferencia son fuerzas biológicas, libidinales y agresivas, que buscan su descarga, mientras que para el modelo organizador son la búsqueda psicológica de afecto y contacto.


·                  El modelo proyectivo se apoya en la vertiente biológica y la compulsión de repetición, mientras que el modelo organizador lo hace en la naturaleza social del ser humano, inscrita en lo biológico, y se expresa en la búsqueda de objeto en tanto que objeto relacional, no tanto como lugar de descarga de las pulsiones.


·                  En el modelo proyectivo se considera que aquello que forma la transferencia está ya presente en la mente del paciente y que la metodología psicoanalítica lo hace surgir, siguiendo el modelo arqueológico de Freud; aunque, en la actualidad, muchos autores se decantan hacia la interacción y la construcción. En el modelo organizador se considera la transferencia como co-creada en el encuentro de la subjetividad del paciente y del analista.


·                  En el modelo proyectivo la carga de la transferencia se hace recaer totalmente en el analizado, independiente de las características del analista; mientras que en el modelo organizador es siempre contextual.


·                  En el modelo proyectivo la modificación se alcanza, principalmente, a través del insight del conflicto intrapsíquico, promovido por la interpretación de las proyecciones y distorsiones transferenciales del analizado; mientras que en el modelo organizativo se subraya, junto al insight de la co-transferencia,  la adquisición de nuevas pautas de relación implícita y explícita a través de la experiencia compartida analista-analizado.


Coderch, en el quinto capítulo, el narcisismo como no-diálogo, hace una revisión ampliada y actualizada de la estructura general del narcisismo, de su relación con determinadas características de la sociedad actual, de su presentación e influencia en el contexto social, de diversos enfoques y teorías, así como de diversos aspectos de su tratamiento. Opina que, debido a determinadas características que se dan en la sociedad actual, ha cambiado el perfil del paciente que los analistas nos encontramos en los consultorios, observándose mayor número de trastornos de personalidad, como el trastorno de personalidad narcisista y el borderline. Juzga que es fundamental el concepto de narcisismo, porque es el punto de partida del estudio de las relaciones y el diálogo entre el self y el objeto. El lema del objeto, en el narcisista, es “el objeto soy yo”, no hay diálogo. Sin embargo, aunque estos trastornos representan el paradigma del no-diálogo, siempre se encuentra alguna forma de diálogo, porque el “no te reconozco” es ya cierto reconocimiento.


Para poder delimitar los conceptos y teorías generales, se han de distinguir dos grupos: los modelos tradicionales, pulsionales o mixtos, y los modelos que se apartan del modelo freudiano para constituir un modelo propio y divergente. En el primer grupo se parte de la idea de Freud de que el niño se halla en su estado original de narcisismo primario, en el cual toda la energía es líbido yoica, es decir, una forma de investimiento emocional que toma al yo como su único objeto. Si el desarrollo es favorable, será capaz de involucrarse en una forma de amor objetal que no sea un desplazamiento del amor a uno mismo hacia el objeto, reconociendo a alguien que es externo a él mismo, y de quien acepta la autonomía e independencia. Pero, si por causas internas o externas, no se produce está evolución,  no se dará la diferenciación self-objeto y, en la relación con los otros, tendrá lugar la elección de un objeto que no recibirá sino el amor dirigido al propio self del sujeto, a quien amará como una forma de amarse a sí mismo. Por otra parte, la teoría kleiniana ve el narcisismo como una defensa contra la envidia. La estructura narcisista se constituye por la internalización del objeto previamente poseído, a través de la identificación proyectiva masiva: la omnipotente identificación proyectiva e introyectiva borra las diferencias entre el self y el objeto.


En el segundo grupo se encuentran las teorías distanciadas de los modelos tradicionales: las teorías de Kernberg, Kohut, Stolorow, Lachmann y Mitchell.


Al terminar el capítulo, antes del material clínico adicional que se incluye, Coderch expresa la opinión, justificada, de que siempre ha habido analistas que han sabido establecer una relación adecuada con el inconsciente de sus pacientes, aunque hayan carecido de los conocimientos actuales sobre la relación bebé-padres y los de la neurociencia. Pararse a asimilar estos nuevos conocimientos sólo puede servir para un progreso mejor.


El pensamiento psicoanalítico ha sido poco sensible a la valoración de los cambios sociales como factores para el desarrollo mental.  Para Coderch y otros autores, no son las pulsiones universales e innatas (sexuales y agresivas) las que determinan las relaciones objetales y, más tarde, las interpersonales, sino al contrario: son las relaciones objetales las que determinan las vicisitudes, expresiones y caminos de las pulsiones. Esto lo considera especialmente cierto para las personalidades narcisistas de tipo infantil. Concuerda con Rosenfeld en que aman los productos del objeto, pero niegan el reconocimiento y la dependencia del objeto.


La sociedad de nuestros tiempos es reactiva a la separación y la espera. La realidad es enemiga mortal del narcisismo, ya que derriba la fantasía de omnipotencia y pone de relieve los límites y la necesidad del otro. Coderch no duda que, para que se produzca una modificación de la estructura de personalidad narcisista, es necesaria una  terapia psicoanalítica. En la terapéutica analítica lo que  encuentra el terapeuta son los bloqueos de los afectos, motivados por el temor a una reacción cercana y emotiva con el analista. Cuando habla el paciente es como si hablara para sí mismo, sin tener en cuenta al analista. Y cuando habla el analista, es como si hablara al vacío, con un analizado ausente y desinteresado, lo cual es vivido contratransferencialmente como rechazo y desprecio. Sin embargo, una observación más minuciosa nos lleva a descubrir que, bajo el desprecio y la indiferencia, hay una necesidad de dependencia, afecto y aceptación en una transferencia especular que refleje y alimente sus fantasías de grandiosidad. Todo esto sugiere que en sus primeras relaciones emocionales han sufrido la experiencia de una madre incapaz de inspirar al niño confianza en que sus demandas y necesidades afectivas distintas a las materiales serán satisfechas. Esto hace pensar en un self precoz y frágil, una autonomía prematura. Por todo ello, es tan difícil establecer una “colaboración”.        


Respecto a la visión que Coderch plantea de la sociedad en la que vivimos, con fuerte rasgos narcisistas,  creo que es una postura demasiado pesimista. Yo me inclino a pensar que la sociedad en que vivimos presenta actitudes adolescentes, con defensas narcisistas, y quiero creer que, como en toda crisis adolescente, puede llevar a un cambio que represente un fortalecimiento y madurez de nuestra sociedad.


En el capítulo sexto nos habla sobre el difícil diálogo entre psicoanálisis y psicoterapia, atendiendo a un asunto que cada vez tiene más relevancia en la actualidad. Desde que Freud publicó su trabajo “Nuevos caminos en la terapia psicoanalítica” (1919), el psicoanálisis ha buscado definir la relación con la psicoterapia, buscando encontrar las semejanzas y las diferencias entre uno y otra, pero no ha habido acuerdos entre los miembros de las diferentes escuelas. Para Coderch, primero debería existir un consenso acerca de qué es el psicoanálisis, y a esta situación ya hace referencia en el primer capítulo.


Coderch piensa que existe una diferencia entre psicoanálisis y psicoterapia psicoanalítica, y que es preciso que los analistas sigan una distinta línea metodológica, tanto en el setting como en las intervenciones. Ambas formas de tratamiento comparten los mismos principios básicos, aunque los objetivos no son los mismos. En la psicoterapia las metas son más limitadas, dirigidas a la desaparición de síntomas, la resolución o superación de conflictos en la vida cotidiana del paciente, la compresión de las fantasías inconscientes y los mecanismos de defensa que alimentan y hacen crónicas las dificultades. El psicoanálisis consiste en conseguir una modificación estructural de la mente del paciente, para promover el crecimiento psíquico y lograr la máxima salud mental, a través de la compresión transferencia-contratransferencia, el ofrecimiento de una nueva relación, la interpretación, y el insight, encarando con ello mejor los conflictos y problemas que aparezcan en el curso de la vida. En las dos modalidades se pueden conseguir modificaciones estructurales, aunque es necesario distinguir entre estructuras primarias y secundarias, siendo estas últimas las que pueden ser afectadas por el impacto terapéutico, aunque las posibilidades de que se produzca este cambio estructural no son iguales en las dos modalidades.


El séptimo capítulo, la pluralidad en psicoanálisis infantil, escrito por Joana Mª Tous,  presenta una revisión de las aportaciones más significativas de diferentes escuelas: Freud y la teoría pulsional, Klein, y los teóricos de las relaciones objetales (Winnicott, Fairbairn, Bion), y muestra, a través de material clínico, cómo se acoge en la práctica clínica a diversos modelos para la compresión del paciente.


Tous no piensa que exista una especificidad esencial en el análisis de niños, aparte de ciertas peculiaridades en el encuadre (setting), sino que existen diferentes situaciones clínicas a las que el analista se ha de enfrentar con sus capacidades cognitivas y emocionales, es decir con lo que podríamos llamar su personalidad global, siendo una parte importante de la misma el modelo o modelos psicoanalíticos que haya introyectado mediante el análisis personal y posterior autoanálisis. Posteriormente, presenta tres casos clínicos infantiles en psicoterapia psicoanalítica y, aunque se comprueba que su enfoque es predominantemente kleiniano,  su actitud es flexible, abierta y dialogante con otras orientaciones, y receptiva en la relación analista-analizado. Considera que cada paciente condiciona  la técnica, y que ésta se ha de adecuar a las características de cada uno.


Tanto Coderch como Tous nos muestran -en un caso desde lo teórico y en el otro desde la aplicación práctica- cómo los conceptos evolucionan y se transforman.


 Concluyendo, a mi entender, es una obra que está muy bien documentada, y escrita de forma clara, convirtiéndola en recomendable para cualquier persona dentro del mundo científico. Considero que consigue su objetivo, dada la intencionalidad y la fuerza con la que está escrita, aunque todo dependerá de la actitud con que sea leída por el lector.

 

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