Entre la hermenéutica y la ciencia [Strenger, 1991]

Publicado en la revista nº030

Autor: Muñoz-Grandes López de Lamadrid, María


Reseña: “Between hermeneutics and science: an essay on the epistemology of psychoanalysis”, C. Strenger (1991). International University Press, Connecticut.

PARTE I: CONTRIBUCIONES RECIENTES A LA EPISTEMOLOGIA DEL PSICOANALISIS.

1. La crítica de Adolf Grünbaum al psicoanálisis

Crítica al método clínico

Crítica de Grünbaum a la concepción hermeneuticista del psicoanálisis

Evaluación de Strenger de la controversia

Implicaciones de la investigación contemporánea en psicoanálisis

2. La concepción hermeneuticista del psicoanálisis

El desarrollo de la hermenéutica

Raíces filosóficas de la corriente hermeneuticista en psicoanálisis

Las cinco tesis de la concepción hermeneuticista del psicoanálisis

La concepción hermeneuticista como defensa epistémica del psicoanálisis

PARTE II: EPISTEMOLOGÍA DE LA INTERPRETACIÓN CLÍNICA Y DE LA RECONSTRUCCIÓN

3. El psicoanálisis y la epistemología de la explicación de motivos

Schafer: acerca de los motivos, las causas y el lenguaje de la acción

Crítica de Strenger a Schafer

Significados y causas en las interpretaciones psicoanalíticas

4. La interpretación psicoanalítica y su justificación

La visión de Grünbaum de la interpretación psicoanalítica

Cambios en la concepción de la interpretación psicoanalítica

Visión modernista de la interpretación psicoanalítica

Objeto y estructura de la interpretación psicoanalítica

Defensa epistémica de las habilidades del analista

5. La función y la validación de la reconstrucción

El analista como un crítico metahistórico

PARTE III: EL PSICOANALISIS COMO WELTANSCHAUUNG (Concepción del mundo, ideología) Y COMO PROGRAMA DE INVESTIGACION

6. Psicoanálisis y pluralismo

El escepticismo, el relativismo y el pluralismo

El pluralismo y el problema de la sugestión

El rol de la weltanschauung a la hora de determinar el enfoque terapéutico

7. Conclusiones, problemas y prospectos

Limitaciones de la concepción hermeneuticista del psicoanálisis

EPÍLOGO: EL PSICOANÁLISIS ENTRE LA HERMENÉUTICA Y LA CIENCIA

Comentarios de la autora de la reseña

 

Introducción

Carlo Strenger es profesor de filosofía de la ciencia y analista. Nos cuenta cómo su reflexión se ha ido entretejiendo al tiempo que compatibilizaba sus actividades como profesor de universidad, analista y analizando. Esto le ha permitido integrar su experiencia clínica con un nivel de abstracción mayor, el filosófico. Es partidario de una concepción pluralista y no dogmática del psicoanálisis.

El tema del que trata el libro es la defensibilidad del método clínico como modo de conocimiento racional y bien fundamentado. El autor pretende, con esta obra, contribuir a repensar sus fundamentos epistemológicos. Al mismo tiempo, enfatiza la necesidad de realizar investigación controlada en psicoanálisis.

Strenger pretende estudiar la asunción del psicoanálisis de que los procesos de cambio que vemos ocurrir en la consulta psicoanalítica, no son sólo el resultado de la relación terapéutica, sino de ir encontrando y formulando la verdad sobre el paciente. La creencia en que el progreso del paciente está ligado a una creciente comprensión de su vida mental y biografía.

Esta convicción de “verdad”, que comparten analistas y pacientes, descansa en dos factores: la experiencia de insight (entendida como la sensación de encaje narrativo, que se tiene cuando a ansiedades, miedos y dolores “de toda la vida”, se les da significado, que va acompañada de fuertes reacciones emocionales y de un sentimiento de alivio; y el cambio terapéutico (experimentado como cambio en la experiencia del sí mismo y de los otros; el debilitamiento de los patrones neuróticos, ansiedades y problemas; y el proceso de atravesar, resistir y resolver las transferencias, junto con la emergencia gradual de un sentido de coherencia en la biografía personal pasada y presente).

El marco conceptual psicoanalítico que organiza la totalidad de estas experiencias es una perspectiva sobre la naturaleza humana y sobre muchas manifestaciones de la cultura, con gran poder explicativo. No obstante, Strenger está familiarizado con la cualidad seductora de distintos sistemas de pensamiento que, aunque suficientemente poderosos como para proporcionar explicación de todos los fenómenos con los que se encuentran, sin embargo han sido rechazados en el curso de la historia. Y sospecha de la convicción que viene sólo de la práctica, la convicción experiencial. Es por ello que quiere responder a la demanda intelectual de claridad y justificación para las convicciones teóricas y las decisiones prácticas.

El debate que este libro abre se enmarca en el conflicto entre la concepción hermeneuticista del psicoanálisis -que da a la experiencia clínica un lugar único para la confirmación de la teoría psicoanalítica y defiende la verdad experiencial- y la crítica filosófica a la metodología del psicoanálisis, representada por la exposición que Adolf Grünbaum hace en “Fundamentos del Psicoanálisis” (1984).

PARTE I: CONTRIBUCIONES RECIENTES A LA EPISTEMOLOGIA DEL PSICOANALISIS.

1. La crítica de Adolf Grünbaum al psicoanálisis

Crítica al método clínico

Grünbaum (1984) sostiene que el método clínico no puede proporcionar evidencia de que los datos obtenidos en la sesión psicoanalítica no sean resultado de la sugestión, ni de que los resultados de la terapia analítica no sean resultado del placebo. Los fundamentos de la teoría psicoanalítica no pueden encontrarse en el trabajo clínico. Es necesario realizar estudios longitudinales, controlados y empíricos, si queremos saber si la teoría que guía la práctica psicoanalítica es verdad y si los resultados terapéuticos se deben a haber sido guiados por las teorías psicoanalíticas. El trabajo clínico por sí solo no puede proveer de esta validación.

Los que pretenden que la teoría analítica puede validarse en la terapia analítica, deben especificar cómo serán validados los datos obtenidos en este contexto. Hasta la fecha, los modos de confirmación utilizados en el proceso analítico han sido tres: 1) la aceptación de las interpretaciones es una confirmación; 2) las interpretaciones llevan al paciente a producir más material, en consonancia con la intervención del analista; 3) las terapias guiadas por la teoría analítica curan la neurosis.

Grünbaum descalifica los dos primeros modos como inválidos: la aceptación de una interpretación por un paciente puede deberse a la sugestión, y lo mismo se sostiene respecto a la producción de material confirmatorio, que puede estar motivada por la necesidad del analizando de complacer al analista siendo un buen analizando. La única buena defensa epistemológica del psicoanálisis, es el tercer modo.

Según Grünbaum, Freud aportó esta misma argumentación validatoria, en su “Introducción a las conferencias de psicoanálisis” (1916-17), en una versión más fuerte, que Grünbaum denomina la tesis de la “condición necesaria”, y que dice así: “a) sólo la interpretación psicoanalítica puede conducir al paciente al insight sobre los agentes patógenos de su neurosis; b) el insight correcto sobre la etiología de la neurosis es causalmente necesario, para la conquista terapéutica de la neurosis. Sólo el verdadero insight tiene efecto terapéutico”.

No obstante, prosigue Grünbaum, la existencia de terapias de insight no psicoanalíticas anula la condición a), y la existencia de terapias ni de insight, ni psicoanalíticas, exitosas en sus efectos terapéuticos anula la condición b). Hay evidencia empírica de que la terapia cognitivo-conductual es más eficaz en el tratamiento de las neurosis monosintomáticas. El único modo de demostrar que la teoría puede verificarse en la práctica clínica,se demuestra inválido.

Grünbaum concluye que el método de investigación clínico esta viciado. No puede ofrecer, por sí mismo, validación. Los datos clínicos no constituyen evidencia aceptable de la verdad de la teoría. El éxito terapéutico no confirma la verdad de la hipótesis de la etiología por represión de la neurosis. No podemos inferir que haya una conexión causal entre los sucesos de la infancia y la neurosis actual. Se necesita desarrollar investigación extraclínica para confirmar la teoría de la neurosis psicoanalítica.

Grünbaum describe la teoría psicoanalítica como una serie de hipótesis que afirman conexiones causales entre los sucesos de la infancia y formas de psicopatología en la vida adulta. Su afirmación central es que el psicoanálisis trata con causas.

Crítica de Grünbaum a la concepción hermeneuticista del psicoanálisis

Los principales representantes de la corriente hermeneuticista son Habermas (1968), Ricoeur (1970), Schafer (1976, 78, 80,83), Klein (1970, 73, 76) y Gill (1982,83).

La corriente hermeneuticista rechaza la concepción del psicoanálisis como explicación causal. Sostienen que el psicoanálisis trata con significados y motivos y no con causas.Argumentan que el psicoanálisis no debe confundirse con las ciencias naturales. Es una empresa hermenéutica, que tiene, por su propia naturaleza, criterios de validación diferentes de las ciencias naturales. El psicoanálisis no trata sobre conexiones causales entre acontecimientos. Habla sobre “estructuras de significado” y “coherencia de las narrativas”.

Un primer argumento que sostienen estos autores es que la confirmación de la interpretación analítica depende de la coherencia de la narrativa, que se construye a partir de las asociaciones del paciente y de sus patrones de comportamiento. Esta narrativa los hace significativos, inteligibles, y ésta es la señal de su validez. Se trata de que el psicoanálisis tenga éxito en dotar de significado a las asociaciones y comportamientos del paciente.

Grünbaum objeta contra este argumento que también los exorcistas o los chamanes dan significado a los síntomas del paciente. Desde su narrativa, hacen significativo su comportamiento. Y la rechazamos porque rechazamos su ontología causacionista implícita. El hecho de que el psicoanálisis sea capaz de construir un significado acerca de los síntomas y asociaciones del paciente no confirma sus interpretaciones ni la teoría subyacente.

El segundo argumento que utilizan los autores hermeneuticistas es que una explicación en términos de causas es, lógicamente, incompatible con una explicación en términos de motivos. El método psicoanalítico sirve para descubrir las razones o motivos del comportamiento humano, pero no sus causas. La investigación clínica no puede confirmar leyes causales del tipo de “siempre que A, entonces B”. Las proposiciones psicoanalíticas deben, por tanto, formularse en términos de motivos y no de causas.

La contra-argumentación de Grünbaum es que los autores hermeneuticistas utilizan una concepción simplista de la noción de causa. Hay muchos campos, como la medicina, en los que se investigan los antecedentes causales, aunque no son necesarios ni suficientes para la concurrencia de las consecuencias (ej: como en el nexo entre fumar y el cáncer de pulmón). Hablamos de relevancia causal, sin postular leyes causales excepcionales.

Strenger está de acuerdo con Grünbaum en este punto y nos recuerda la evolución de esta controversia en la arena filosófica: la doctrina de la incompatibilidad de las explicaciones basadas en motivos y en causas fue sostenida por los filósofos neowittgensteinianos de los 50 y los 60. Donald Davidson (1980) ha demostrado que esta posición es errónea.

Evaluación de Strenger de la controversia

Respecto a la estructura lógica del psicoanálisis

Strenger piensa que la reconstrucción que Grünbaum hace del psicoanálisis es inadecuada. Le acusa de realizar una sobresimplificación para hacer la estructura lógica de la teoría muy clara. Grünbaum piensa que aunque los contenidos de las hipótesis han cambiado, la estructura del razonamiento psicoanalítico sigue siendo la misma. Strenger sostiene que, en psicoanálisis, no sólo ha habido una evolución en cuanto a los contenidos de las teorías, sino también en la estructura de razonamiento de las hipótesis etiológicas. Estos cambios han afectado a las propiedades epistémicas de la teoría.

La evolución del psicoanálisis está marcada por el descubrimiento de que la hipótesis de la etiología de la histeria estaba equivocada en la forma, y no sólo en el contenido. Los mismos sucesos infantiles pueden conducir a la neurosis en unos casos y no en otros. Lo que determina el desarrollo de patología es la forma en que se experimentan los sucesos y los recursos adaptativos de los que dispone el sujeto.

Las complejidades desveladas por la experiencia clínica han ido ampliando la perspectiva psicoanalítica. El psicoanálisis evolucionó de ser una serie de hipótesis etiológicas a una teoría de la naturaleza humana en general.Su núcleo es una teoría del desarrollo y del funcionamiento mental en condiciones de conflicto, que constituye el marco desde el que entender los fenómenos psicopatológicos. El psicoanálisis se ha convertido en la teoría más compleja de la psicología del siglo XX. Las hipótesis etiológicas son sólo una parte de este vasto cuerpo de conocimiento.

Según Strenger, la teoría se ha vuelto más compleja y menos transparente desde el punto de vista epistemológico. Es muy difícil hacer una buena reconstrucción de la estructura lógica y epistémica del psicoanálisis. Grünbaum no acepta esto; contrariamente a Popper(1959), quiere demostrar que el psicoanálisis sí es falsable, y es por ello que se queda con la “condición necesaria” de Freud y sus hipótesis etiológicas. Le gustan porque son fácilmente refutables, su contenido empírico es claro. Strenger denuncia simplicidad epistémica en el análisis de Grünbaum.

Respecto a la postura hermeneuticista

La alternativa hermeneuticista tampoco es satisfactoria para Strenger. Le parece que descansa en una argumentación conceptual débil; no resiste la contraargumentacion de Grünbaum de que la coherencia de la narrativa no puede ser el criterio de verdad de una interpretación, ya que hay siempre una multitud de interpretaciones con sentido narrativo y algunas de estas serán rechazadas por su ontología causal subyacente. La coherencia narrativa no es suficiente apoyo para defender la sostenibilidad de las interpretaciones analíticas y de su teoría subyacente.

Strenger propone que para que una teoría sea aceptada como válida, debe cumplir con dos niveles de coherencia. El primero es la coherencia interna, o la inteligibilidad que una interpretación confiere a un material (ej: a las asociaciones de un paciente). Estas interpretaciones se hacen desde un marco interpretativo, el cual provee de los criterios para seleccionar el material a interpretar y para la plausibilidad de las interpretaciones. Dichos marcos pueden incluir almas vagabundas, dioses castigadores, arquetipos, fantasías inconscientes e impulsos…, dependen del contexto cultural.

El segundo es la coherencia externa, querequiere que los marcos hermenéuticos se juzguen en cuanto a su coherencia con la ontología subyacente, implícita en las teorías generalmente aceptadas de la cultura relevante. La coherencia externa nos permite evaluar, a priori, la plausibilidad de los marcos hermenéuticos y de las teorías científicas en general.

El factor de la coherencia externa ha sido descuidado por la literatura hermenéutica. Strenger piensa que la coherencia externa juega un rol importante en la controversia entre enfoques psicoanalíticos. Por ejemplo, los autores de la psicología del ego fundamentan las críticas a la escuela kleiniana en que sus hipótesis no son consistentes con los conocimientos acerca del desarrollo temprano en la infancia, a los que ha llegado la literatura no psicoanalítica (Kernberg, 1980).

Respecto a la validez del método clínico

Strenger no niega que, definitivamente, el psicoanálisis necesita hacer investigación empírica, por ejemplo, acerca de los factores de eficacia terapéutica. Pero cree que esta necesidad es menos desesperada de lo que supone Grünbaum, ya que el método clínico tiene más medios para la validación de sus datos de lo que asume Grünbaum. Los analistas gastan gran parte de su formación en agudizar su “sensorium” para sentir estados de ánimo y formas de interacción. A medida que se vuelven más expertos, van siendo más capaces de diferenciar entre insights genuinos e intelectualizaciones defensivas. Es cierto que estos matices tan sutiles no son perceptibles por un observador no entrenado, pero esto no es argumento para su inexistencia (si no, lo mismo se aplicaría al dominio de la música, y tampoco se podría reconocer la habilidad de los músicos expertos para distinguir entre distintos matices de la estructura de una fuga de Bach, por ejemplo).El “sensorium” de un analista es una herramienta importante para la validación de sus datos, y el trabajo analítico no sería posible sin su asistencia.

Aquí nos encontramos con un problema genuino: el recurrir a la habilidad entrenada del analista como medio de validación de los datos para defender el psicoanálisis, se interpreta por los no-analistas, a menudo, como una maniobra intelectualmente deshonesta. Fácilmente, llegan a la conclusión de que éste es un modo de inmunizar a la teoría analítica de las críticas. Y esta sospecha no está siempre fuera de lugar. Una buena defensa tendría que especificar los puntos exactos en los que la habilidad del analista desempeña un rol razonablemente defensible en la confirmación de la teoría.

Respecto a la cuestión de las causas y los motivos

Strenger afirma que Grünbaum está en lo cierto cuando rechaza la idea de que los motivos no pueden ser causas. Y está igualmente equivocado cuando cree que las explicaciones basadas en motivos deben, por lo tanto, tener la misma lógica que las explicaciones en las ciencias naturales.

Se refiere al trabajo de Donald Davidson (1980). Este filósofo ha mostrado que los motivos son causas. Sin embargo, no puede haber leyes causales estrictas en términos de motivos. Este argumento hace justicia tanto a la pretensión de Grünbaum de que las explicaciones psicoanalíticas tienen un fuerte componente causal como a la intuición hermeneuticista de que la lógica de las explicaciones psicoanalíticas difiere, de modos importantes, de las explicaciones en las ciencias naturales.

Implicaciones de la investigación contemporánea en psicoanálisis

Kline (1981) ha criticado recientemente a Grünbaum el que no haya tenido en cuenta la reciente investigación actual (recogida en dos volúmenes: Fisher y Greenberg, 1977; Kline, 1981); y que hay varios constructos teóricos en el corpus freudiano que son apoyados razonablemente por los resultados de las investigaciones, como la personalidad anal, el complejo de edipo, y varios mecanismos de defensa, como la proyección y la represión.

La principal respuesta de Grünbaum (1986) es que estas investigaciones no demuestran nada respecto a lo que denomina la “piedra angular” de la teoría psicoanalítica: la etiología de la neurosis en la represión. Sólo proveen de apoyo para algunos constructos teóricos.

Strenger replica que la reclamación de Grünbaum de que todo el edificio del psicoanálisis descansa en la piedra angular, no es acertada. También cuestiona que el único modo de verificar la teoría freudiana sea tratar de comprobar la hipótesis de la etiología de la represión directamente, pues es una hipótesis muy compleja. Es extremadamente difícil conseguir evidencia directa de las ideas centrales del psicoanálisis. Por otro lado, continúa Strenger, tampoco está claro cuáles son los contenidos centrales del psicoanálisis. En el psicoanálisis contemporáneo hay varias hipótesis que compiten entre sí en cualquier tema. Fisher y Greenberg (1977) y Kline (1981), han solucionado este problema, dedicándose a investigar exclusivamente acerca de las hipótesis freudianas, hipótesis que están superadas para la mayoría de los analistas contemporáneos.

La multiplicidad de enfoques es una señal de que el psicoanálisis está vivo hoy en día. Dentro del psicoanálisis hay muchos enfoques que difieren entre sí considerablemente. El psicoanálisis contemporáneo ha dejado de ser homogéneo. Además, el dominio de la psicoterapia ya no recae en el psicoanálisis exclusivamente. Comparando los resultados de los distintos enfoques psicoterapéuticos, se llega a la conclusión de que no hay una forma de psicoterapia que pueda reclamar superioridad sobre las otras. La única excepción es la superioridad de los enfoques conductistas para tratar los trastornos monosintomáticos, como las fobias, las compulsiones y las disfunciones sexuales (Bergin y Lambert, 1978). Hay muchas formas de psicoterapia que parecen tener resultados similares en cuanto a eficacia, puesto que parece haber algunos factores comunes que son los responsables de los efectos terapéuticos. Esta hipótesis es contraria a la profunda convicción, central en psicoanálisis, de que hay una diferencia esencial entre el psicoanálisis y otras formas de psicoterapia.

La investigación actual sobre terapias, basadas en la evidencia, no puede confirmar que el insight sea determinante en el éxito de la terapia. El insight acerca de las raíces infantiles de la neurosis no es una condición necesaria para la cura de la misma. El énfasis del psicoanálisis en el insight como principal factor operativo en la terapia analítica no ha sido validado por la investigación empírica.

Las posiciones de los autores contemporáneos, frente a los resultados de la investigación empírica, son fundamentalmente tres: la primera, representada por Eysenck (1985), sostiene que el psicoanálisis debe ser rechazado, que es una teoría superada; la segunda, de Grünbaum: el psicoanálisis debe desarrollar investigación extraclínica, empírica y controlada, para la verificación de las hipótesis de su teoría, puesto que la validación no puede venir de los datos clínicos; la tercera es el optimismo ingenuo de Brenner.

Strenger contrasta la profunda convicción que los clínicos suelen tener acerca de la versión particular del psicoanálisis con la que trabajan con los resultados de la investigación empírica. El clínico organiza el material que los pacientes aportan en sus sesiones de acuerdo a las líneas argumentales propuestas por su modelo psicoterapéutico. El resultado es la emergencia de narrativas que tienen sentido para los pacientes y para el analista. ¿Debe descartarse esta convicción experiencial como evidencia de la validez de la teoría con la que el clínico trabaja? Si el clínico no puede confiar en su “sensorium”, construido a lo largo de su carrera, como una fuente válida para el entendimiento de los seres humanos, entonces sus habilidades como clínico, no sirven para sus propósitos.

Por otro lado, Strenger es muy consciente de que la convicción experiencial ha servido de fundamento para demasiados sistemas de pensamiento que han resultado ser falsos. Este ensayo es un intento de encontrar una vía entre dos extremos: el rechazo total de la convicción experiencial clínica ordinaria como evidencia y la sobrestimación de sus poderes. El intento de Strenger es presentar un modelo que muestre hasta qué punto el método clínico puede ser fuente razonable de validación empírica de las teorías psicoanalíticas con las que el clínico organiza su trabajo.

2. La concepción hermeneuticista del psicoanálisis

En los últimos 15 años, se ha puesto de moda hablar de que el psicoanálisis es una disciplina hermenéutica.

El desarrollo de la hermenéutica

Strenger hace un recorrido didáctico por el desarrollo histórico de la hermenéutica, en el que distingue tres periodos principales:

1) Primer periodo: nacimiento (siglos XVI-XVIII). Búsqueda de un canon de reglas para la interpretación de las escrituras. Se inicia con la disputa acerca de cuál es la correcta interpretación de los textos sagrados del cristianismo a partir de la Reforma. Lutero proponía que podía interpretarse la Biblia sin necesidad de seguir las directrices de la iglesia católica. Esto conllevó que varios autores formularan reglas acerca de cómo interpretar las escrituras.

2) El segundo periodo es el Romanticismo. Su preocupación es cómo pueden comprenderse los periodos históricos de la antigüedad. Esta discusión se enmarcaba en el contexto de la búsqueda de diferenciación entre las ciencias naturales, concernidas con leyes generales, y las humanidades, con sucesos individuales, periodos y personas.

Herder (1976), es el máximo exponente de esta dicotomía. La forma final de esta postura esta representada en el trabajo de Schleiermacher. Su principal tesis es la de que la exégesis de las Sagradas escrituras está fundada en los mismos principios que la comprensión de textos en cualquier otro contexto. Esta discusión culminó en la construcción de la filología alemana del siglo XIX. Este segundo periodo se caracteriza por la búsqueda de una metodología para las humanidades.

3) La hermenéutica moderna, está fundamentalmente asociada a Dilthey. Éste estaba interesado en las condiciones de posibilidad del conocimiento objetivo en las humanidades. Sostiene que no puede encontrarse un canon de reglas para la interpretación. Formula la tesis de que el proceso de interpretación consiste en una representación de la experiencia del autor por parte del intérprete, doctrina que sostiene también Collinwood (1946). Martín Heidegger (1899 – 1976) aportó el marco conceptual para la evolución de la hermenéutica en el siglo XX.

Las principales tesis del pensamiento hermenéutico moderno las encontramos en “Verdad y Método”, de Gadamer:

1) Comprender no es una actividad en la que los humanos se embarcan ocasionalmente, cuando se aproximan a fenómenos como los textos literarios o históricos. Comprender es el modo básico de existencia del ser humano; ser humano es estar continuamente estructurando el mundo en términos de significado. Nuestra capacidad de comprender no se restringe a los textos; la capacidad de comprender textos se deriva de nuestra actividad más básica, la de interpretar el mundo.

2) “El Circulo Hermenéutico”: un lector debe asumir que hay algo que comprender en el texto, debe tener muchas preconcepciones. Entender un texto es integrarlo en los horizontes de inteligibilidad desde los que estructuramos el mundo. El resultado es circular: el intérprete se prepara para comprender, presuponiendo la clase de significados que se va a encontrar. Si no tiene éxito en encajar el texto en su marco de inteligibilidad, ha fallado en comprender el texto y éste permanece sin significado para él. El proceso de corregir las propias presuposiciones debe ser siempre parcial. Sólo si tenemos parcialmente éxito en integrar el texto en nuestros marcos preexistentes de significado, podemos apreciar que fallamos en parte. Este fallo se manifestará por la resistencia del texto a plegarse completamente a nuestro marco previo. Entonces podemos intentar ampliar nuestro marco para acomodar las partes ininteligibles.

3) No hay ningún método para llegar a la interpretación de los textos, ni para validarlas. Comprender es situar las cosas dentro de la estructura de lo que nosotros creemos que es significativo, de modo que podamos entenderlo. La tarea del intérprete no puede ser objetivizar el texto completamente. Una de las metáforas que Gadamer utiliza para caracterizar el proceso de interpretación, es la de que el intérprete entra en diálogo con el texto. El texto no tiene significados fijos, independientes del lector y el interprete, al asimilar el texto a su propio marco de significado, enriquece el texto y amplia el significado que se puede encontrar en él.

El intérprete no puede ponerse en el lugar del autor. Gadamer piensa que la idea de la representación de Dilthey está equivocada. El intérprete no puede escapar a su propio horizonte de significatividad y adoptar el del autor, sólo puede tratar de asimilar el texto del autor dentro de su propio horizonte, ampliando sus propias concepciones de significatividad. A veces, el intérprete puede entender al autor más de lo que éste pudo entenderse a sí mismo. La relación entre el texto y el intérprete puede, por tanto, ser de mutuo enriquecimiento.

Esto también implica que no puede haber un método hermenéutico. El criterio de una interpretación exitosa debe estar en la experiencia del intérprete de sentir que realmente se ha apropiado del texto. La interpretación no puede medirse de acuerdo a ningún estándar externo. Sólo el hecho de que el texto se ha vuelto inteligible dentro del horizonte de inteligibilidad del intérprete puede servir como señal de apropiación.

Si el criterio para una comprensión exitosa es la experiencia del intérprete de haber entendido el texto, parece que la objetividad y la discusión racional de la interpretación son imposibles.

La solución al problema de la subjetividad de la interpretación, propuesta por la hermenéutica filosófica, es la siguiente: los intérpretes no son individuos separados de formas de vida socialmente constituidas. Todo individuo crece en un mundo estructurado por los significados encarnados en las formas de vida de su sociedad. Sus horizontes de inteligibilidad no son privados, sino compartidos por los miembros de su cultura. Cada intérprete individual debe ser visto como parte de una comunidad de interpretación. Su criterio para la comprensión exitosa de los textos está fundamentado en las estructuras de significado que subyacen a su cultura; la que le ha formado como ser humano.

El crecer en una comunidad interpretativa, tiene manifestaciones más específicas en los casos de entrenamiento en alguna disciplina hermenéutica, en las humanidades o las ciencias sociales (el psicoanálisis se situaría aquí). La iniciación en la disciplina tiene lugar, no tanto a través del aprendizaje de reglas explícitas sino por la participación en la práctica interpretativa de la comunidad. Del mismo modo, la práctica interpretativa permite la objetividad, a pesar de la imposibilidad de funcionar con reglas algorítmicas para la interpretación correcta. La intersubjetividad está garantizada por el hecho de que los intérpretes individuales son parte de una misma tradición de forma de vida. Sus criterios para juzgar las interpretaciones están encarnados en sus habilidades, posibilitando que participen en una práctica común. La posibilidad de la objetividad de la interpretación está constituida por la práctica común de los intérpretes, más que por una metodología que pueda ser formalizada. El paso fundamental dado por este enfoque es el de abandonar la imagen de la objetividad como el espejo de una realidad no conceptualizada. En vez de eso, la objetividad se entiende, a modo kantiano, como intersubjetividad.

Raíces filosóficas de la corriente hermeneuticista en psicoanálisis

Los filósofos ingleses Wittgenstein, Ryle y Austin mostraron interés por el psicoanálisis, en los años 50 y 60. Su trabajo se destaca por sus cuidadosos análisis de la estructura lógica de los fragmentos del lenguaje ordinario. La idea era que esta actividad podía ayudar a disolver algunos puzzles filosóficos mediante la clarificación de confusiones lingüísticas y haciendo explícitas las imágenes de la realidad encarnadas en el lenguaje ordinario. Los filósofos de Oxford y Cambridge consideraron al psicoanálisis como una teoría psicológica extraordinariamente valiosa, pero pensaban que Freud tuvo una concepción equivocada de la naturaleza de su propio trabajo (Flew, 1949; McIntyre, 1958; Peters, 1949; Toulmin, 1949). Freud pensó que estaba formulando una teoría sobre las causas, previamente desconocidas, del comportamiento humano, sin embargo estos filósofos postulan que Freud no trataba con “causas” sino que, en realidad, sus explicaciones eran más bien descripciones de comportamiento motivado. Una acción y la razón que la motiva no son dos sucesos distintos; son descripciones, conectadas lógicamente, de un suceso como intencional y orientado a una meta. Lo que en realidad hizo Freud, fue extender el rango de comportamientos que pueden describirse como intencionados o motivados, incluyendo entre estos los lapsus linguae, los síntomas neuróticos y los sueños.

Las tesis filosóficas de los autores ingleses sobre el psicoanálisis son: a) las explicaciones de motivos no son causales; b) el psicoanálisis explica los motivos de las acciones, no las causas; c) las explicaciones psicoanalíticas no pueden compararse con el modelo de las ciencias naturales de explicaciones causales.

En Europa, las dos principales figuras hermenéuticas son Paul Ricoeur en Francia y Jurgen Habermas en Alemania. Según P. Ricoeur (1974), la principal tarea de la hermenéutica es proveer de una teoría de interpretación de los símbolos. Un símbolo se define como “cualquier estructura de significación en la que un significado directo, primario y literal, designa, además, otro significado que es indirecto, secundario y figurativo, y que puede ser aprehendido sólo a través del primero”. Este autor entiende que el texto está escondiendo su significado. La tarea del intérprete es la de sospechar de los motivos manifiestos y presentes en el texto y desenmascarar su significado oculto y subyacente. Los trabajos de Ricoeur sobre el psicoanálisis -“Freud y la Filosofía” (1970) y “El conflicto de las Interpretaciones” (1974)- son un análisis muy cuidadoso de la interrelación entre la estructura de pensamiento propio de las ciencias naturales y el trabajo hermenéutico de Freud. Ricoeur fue el primer autor que realizó una interpretación sistemática del psicoanálisis como disciplina hermenéutica.

El proyecto de Habermas es un intento de formular los fundamentos para una teoría crítica de la sociedad. Pretende sentar las bases normativas para una crítica de las instituciones y prácticas existentes en la sociedad occidental. Habermas trata sobre el psicoanálisis en su libro “Conocimiento e interés humano” (1968). Muestra que hay una clase especial de conocimiento, del que el psicoanálisis es el paradigma. Es el auto-conocimiento, que libera al hombre de las leyes causales subyacentes, que le coercen sólo cuando no las comprende. Habermas explica el concepto psicoanalítico de represión hermenéuticamente, como la excomunicación de ciertos contenidos de la mente, del lenguaje de la persona. La incapacidad de la persona de formular verbalmente sus deseos y miedos, le obliga a seguirlos ciegamente. El proceso psicoanalítico consiste en la autorreflexión, a través de la cual la persona puede reintegrar las partes excomunicadas en su lenguaje. El auto-conocimiento emancipa a la persona del gobierno de lo desconocido.

Las cinco tesis de la concepción hermeneuticista del psicoanálisis

Las cinco tesis tienen algunas cosas en común: todas ellas enfatizan la conexión entre el psicoanálisis y el lenguaje. Reclaman que el psicoanálisis no debe considerarse entre las ciencias naturales. Una corriente de algún modo anticientífica subyace a todas estas posiciones. Todos estos filósofos se oponen a la perspectiva positivista de que sólo hay un modelo de construcción teórica racional y de demostración, que corresponde a la estructura de la ciencia física moderna.

El intento más sostenido de reinterpretar el psicoanálisis como disciplina hermenéutica ha sido el de Schafer (1976, 78, 80, 83).

Tesis 1: la metapsicología freudiana deriva de la concepción mecanicista de la ciencia del siglo XIX. Debe ser descartada porque; a) no puede comprobarse con el trabajo clínico; y b) implica una concepción confusa del ser humano.

Tesis 2: el psicoanálisis debería evitar la terminología subpersonal y utilizar sólo terminología personal. Los autores psicoanalíticos han identificado esta tesis con la de que el psicoanálisis debe abandonar la metapsicología. Schafer (1976), adicionalmente, ha llevado esta tesis a significar que el psicoanálisis debería adoptar su “lenguaje de acción”. La tesis, en su versión general, es que los sujetos de la teoría psicoanalítica no deberían ser la pulsión, fuerzas y mecanismos, sino las personas que perciben, desean y se defienden (Klein, 1976; Schaffer, 1976; Gill, 1983; Gaul y Shotter, 1977; Dreyfus, 1979; Harre, 1983).

Tesis 3: el psicoanálisis no explica el comportamiento en términos de causas. Al psicoanálisis no le atañen las conexiones causales entre los sucesos de la infancia y los síntomas neuróticos que encontramos en los adultos. E incluso, en el presente, cuando explicamos el comportamiento de los pacientes en términos de sus estados mentales, no estamos haciendo explicaciones causales (estos dos argumentos son próximos al pensamiento neo-wittgensteiniano).

Tesis 4: el psicoanálisis se ocupa de los significados. La teoría psicoanalítica es una elaboración sistemática de líneas argumentales organizadas en torno a la explicación del desarrollo psicosexual. Estas líneas argumentales se utilizan para explicar la experiencia del paciente de una manera significativa (Klein, 1976; Schafer, 1976; Gill, 1983; Habermas y Ricoeur).

Tesis 5: hay siempre muchas interpretaciones posibles del comportamiento humano y el psicoanálisis es una de ellas. Es la posición que Schaffer denomina “relativista”. Estos autores no piensan que el pluralismo interpretativo sea un problema (Goldberg, 1984 y Gill,1983). Mientras que Spence (1982a) y Eagle (1980, 1984) sí lo consideran un problema. Las raíces filosóficas de este pluralismo, se encuentran en la hermenéutica (Gadamer y Ricoeur), en la filosofía postestructuralista y en la teoría literaria (Culler, 1981)

La concepción hermeneuticista como defensa epistémica del psicoanálisis

Strenger entiende que la concepción hermeneuticista del psicoanálisis es un intento radical de invalidar las críticas metodológicas hechas contra el psicoanálisis. En vez de intentar responder, uno por uno, a los cargos sobre la inverificabilidad de las proposiciones psicoanalíticas, quieren descartarlos por irrelevantes.

La línea de defensa es la siguiente: los filósofos de la ciencia y otros críticos han medido al psicoanálisis con el rasero de las ciencias naturales, pero el psicoanálisis es una disciplina hermenéutica y, por lo tanto, las críticas metodológicas están mal enfocadas. El psicoanálisis no se compromete con la investigación de las causas del comportamiento humano, sino en intentar descifrar sus significados. La acusación de falta de poder predictivo y de precisión matemática no preocupa al psicoanálisis.

Strenger observa como dato llamativo que casi todos los psicoanalistas hermeneuticistas provienen del contexto de la investigación (Gill, Klein, Schaffer y Spence). Todos están bien familiarizados con lo intrincado del trabajo empírico y entienden la gravedad de los cargos presentados contra la metodología psicoanalítica. Por ello, sólo ven una manera de contestar a estos cargos, y es negar la asunción sobre la que están basados. Strenger argumenta que la concepción hermeneuticista del psicoanálisis es el resultado de la preocupación y toma de conciencia sofisticada, de las complejidades metodológicas implicadas en la investigación psicoanalítica. La concepción hermeneuticista, se apoya en la idea de que las disciplinas hermenéuticas, no pueden seguir una metodología estricta. La hermeneútica filosófica moderna niega que pueda haber algo que determine si las interpretaciones son correctas. El criterio último para la validez de una interpretación debe consistir en el consenso de la comunidad interpretativa en que un texto se ha hecho de veras inteligible. Es decir, que se ha integrado dentro del marco de significado dentro del cual vive la comunidad. Un marco que, por razones de principio, no puede ser formalizado. Esto es bastante diferente de lo que pasa en las ciencias naturales. Si el psicoanálisis es enteramente una disciplina hermenéutica, entonces está exenta de las estrictas demandas del método científico.

PARTE II: EPISTEMOLOGÍA DE LA INTERPRETACIÓN CLÍNICA Y DE LA RECONSTRUCCIÓN

3. El psicoanálisis y la epistemología de la explicación de motivos

La concepción hermeneuticista del psicoanálisis es una defensa epistémica del psicoanálisis clínico. Una de sus tesis es que el psicoanálisis explica los motivos de las acciones de las personas y no sus causas. Autores como Habermas (1968) y Schafer (1976), sostienen que el estatus metodológico del psicoanálisis es distinto al de las ciencias naturales.

Grünbaum ataca, con argumentos muy fuertes, la idea de que los motivos no son causas del comportamiento. Strenger piensa que la tesis de que los motivos no son causas es errónea. Y, oponiéndose tanto a Schafer como a Grünbaum, no piensa que la defensa hermeuticista del psicoanálisis dependa de la tesis de que explica motivos y no causas. Aunque los motivos sean causas, tienen propiedades epistemológicas que los hacen más afines a la interpretación textual que a la explicación científica.

Schafer: acerca de los motivos, las causas y el lenguaje de la acción

Schafer es el autor que intenta dar los argumentos más explícitos para la tesis de que los motivos no son causas. Schafer afirma que Freud formuló una serie de reglas de uso del lenguaje psicoanalítico. La adopción de este lenguaje se basa en una opción. No es una necesidad derivada de los fenómenos. Es uno de los modos posibles de hacer inteligible la acción. La diferencia entre los “juegos de lenguaje” de Schafer y de Freud es que el de Freud se crea en torno al concepto de causa, mientras que el de Schafer utiliza motivos para explicar las acciones. Para Schafer, esto implica renunciar a las explicaciones causales.

Según Schafer, las causas son condiciones necesarias y suficientes para sus efectos. Son las condiciones antecedentes, descritas por un observador independiente y objetivo. Por el contrario, en la psicología de la acción, las causas se tornan motivos agentes, que son características del mundo personal de significación. Lo decisivo en psicoanálisis es cómo la persona se representa las causas, la representación de esas causas en el mundo individual. Concluye Schafer que, la explicación psicoanalítica no es causal. No puede afirmar relaciones causales, porque es incapaz de producir control, predicción y precisión matemática. El método psicoanalítico no puede establecer causas, o relaciones causales, por su falta de poder predictivo. Explica en términos de motivos. Los motivos no son objetivos, son el modo en que la persona se representa el mundo.

La adopción del juego de lenguaje clásico psicodinámico, o de la nueva propuesta de Schafer, de su “lenguaje de acción”, es una opción.

Crítica de Strenger a Schafer

La defensa de Schafer es la de que el psicoanálisis no establece relaciones causales. Por tanto, es epistemológicamente sólido, ya que trata sólo con proposiciones que sí puede confirmar. Stranger critica esta defensa de Schafer porque está atravesada por una confusión central, la de que los motivos no pueden ser causas. Schafer alega que los motivos son representaciones subjetivas de la persona, conscientes, preconscientes, o inconscientes, y que nunca podrán ser descripciones objetivas de los antecedentes de las acciones de una persona.

Strenger defiende que los motivos sí que son causas. Ya que el modo en el que la persona se representa la realidad, incluyéndose a si mismo y a las personas con las que interactúa, es causalmente responsable del modo en el que actúa, piensa y siente. La representación es en sí misma una causa de la acción. El modo en el que las personas nos representamos las cosas tiene relevancia causal.

Significados y causas en las interpretaciones psicoanalíticas

Hay complejidades en la explicación de motivos. Según Strenger, este tipo de explicaciones tienen dos funciones:

1ª) la primera función de la explicación de motivos es establecer la causa de las acciones. Lo hacen de una manera compleja. No necesariamente establecen la causa próxima de las acciones (Davidson, 1980; McGinn, 1979). Por ejemplo, la afirmación de que alguien evita las relaciones cercanas con las mujeres porque de niño su madre fue muy invasiva. Esta explicación no establece ni un solo suceso singular que sea la causa del comportamiento actual de la persona. Describe una constelación en su infancia que creó una disposición. Esta disposición es la que es productora de los estados mentales presentes, que interaccionan de modos complicados para generar el comportamiento evitativo a explicar. En una explicación tal, no sabemos la secuencia exacta de acontecimientos que llevaron a la creación de esta disposición, que, a su vez, es responsable del comportamiento evitativo. Tampoco sabemos la secuencia de acontecimientos, externos e internos, responsable del modo en que se genera y se mantiene el patrón de conducta evitativo en los casos particulares. Las causas próximas operativas en cada caso pueden ser variadas.

Hay otra complejidad que es necesario tomar en consideración. Generalmente asumimos que la relación causal entre dos acontecimientos A y B implica la existencia de una ley estricta y determinista que liga los acontecimientos del tipo A y del tipo B. Davidson (1980) ha demostrado que la psicología no es capaz de llegar a este tipo de leyes. Entonces surge la pregunta de si la psicología puede establecer relaciones causales entre los acontecimientos. La respuesta de Davidson es que aunque la psicología no puede enunciar este tipo de leyes, puede explicar causalmente. Y que, de hecho, para la mayoría de las explicaciones causales, no sabemos cuál es la ley que las comprehende. Las explicaciones causales implican que hay una ley causal estricta que liga causa y efecto nomológicamente, pero no presupone que sabemos cuál o cómo es esta ley. Los términos con los que describimos los sucesos, en nuestras explicaciones originales, no necesitan aparecer en la ley causal.

En psicología, de hecho, no estamos en posesión de ninguna ley determinista, pero hay razones para creer que no puede haber una ley determinista. La propuesta de Davidson (1980) es que los sucesos mentales son sucesos fisiológicos también; sucesos en nuestro cerebro. Es en el nivel fisiológico, donde las leyes causales estrictas pueden formularse. Así la función interpretativa, hermenéutica de la explicación de motivos, no es incompatible con su función causal.

2ª) La segunda función interpretativa de las explicaciones de motivos, es que hacen a la acción inteligible desde adentro (Petit, 1979).

Uno de los objetivos del psicoanálisis es mostrar que, desde el punto de vista del agente, hay motivos para actuar como lo hace. El analista hace estas acciones, aparentemente irracionales, inteligibles. Para los autores hermeneuticistas, la función de la explicación de motivos es poner las acciones, o los patrones de acciones, en un contexto que las haga inteligibles. La interpretación pretende hacer más inteligibles las acciones y modo de sentir del paciente . Su punto de partida es la falta de inteligibilidad de lo que ha sucedido

La cuestión más compleja es si esta función de hacer los modos de acción y experiencia inteligibles está ligada de algún modo con un rol explicativo causal.

Aquí la diferencia entre Grünbaum y los hermeneuticistas se hace máxima. Grünbaum está interesado en saber si la teoría psicoanalítica es verdad, y que tipo de datos hacen falta para confirmarla. El considera que es una teoría de explicaciones causales y son estas relaciones causales las que deben confirmarse. Los hermeneuticistas han dejado de estar interesados en la verdad de la teoría psicoanalítica, en cuanto a su teoría del desarrollo o a su metapsicología. Se enfocan en el trabajo clínico puesto que consideran que en él va emergiendo una verdad experiencial sobre el paciente. El pasado y el presente se funden en un modo de discurso que es casi atemporal. Las descripciones del pasado se vuelven metáforas del presente y se utiliza el presente para elucidar el pasado. La narrativa psicoanalítica, tal y como se va desarrollando en el trabajo analítico, no es la de conectar el pasado con el presente causalmente, sino la de una historia que hace sentido donde antes había sinsentido, encuentra significado en el caos y, por lo tanto, permite al paciente tomar responsabilidad sobre sí mismo. Las distintas versiones de la teoría analítica no son descripciones literales de los procesos de desarrollo y se entienden como líneas narrativas o argumentos que ayudan al analista a encontrar significado en el desorden de la narrativa del paciente, rota e interrumpida. Desde este punto de vista, se vuelve irrelevante si es posible o no conocer las relaciones causales entre los sucesos de la infancia y los rasgos de carácter actuales.

Strenger considera que la posición hermeneuticista, no es tan fácil de defender. En parte, lo que hace eficiente a la narrativa es la creencia compartida por paciente y terapeuta de que la narrativa es verdad. Es solo la reflexión metateórica, la que lleva a la visión escéptica de la teoría psicoanalítica del desarrollo como un conjunto de líneas argumentales para la construcción de una narrativa, en vez de la concepción de la teoría como una serie de relaciones causales.

El principio metodológico de humanidad

La interpretación de la acción humana tiene propiedades epistémicas que son distintas de las explicaciones en las ciencias naturales. Intentamos reconstruir el punto de vista de la persona desde adentro (cosa que sería inconcebible en la física o la química: hablar del punto de vista de un electrón o una piedra). La asunción fundamental, en la interpretación de la acción humana (Gadamer, 1960), es que si un humano es considerado como persona, y no como organismo biológico o sistema bioquímico, no lo miramos como un objeto interactuando con otros objetos de acuerdo a leyes causales. Asumimos que tiene un punto de vista sobre el mundo, tiene creencias, modos de percepción y entendimiento. Sus acciones deben entenderse como una función de sus perspectivas sobre el mundo y sus deseos. Asumimos que la persona interpreta el mundo. El interpretar la perspectiva de otra persona es también una interpretación. Comprender es una actividad constitutiva de la “personeidad” (Gadamer, 1960).

La asunción de una humanidad común entre el intérprete y la persona a ser comprendida, es el único modo de estrechar las interpretaciones posibles sobre las acciones y palabras de una persona. Asumimos que la otra persona es psicológicamente similar a nosotros en los aspectos esenciales. También asumimos que el sistema de creencias del otro es suficientemente coherente como para permitir ser interpretado ya que, si fuera totalmente caótico, no podríamos construir una perspectiva inteligible sobre él.

Este principio metodológico fundamental lo comparten todas las disciplinas que intentan comprender el comportamiento humano, verbal y no verbal, en términos de motivos; mientras se intente comprender a los seres humanos en cuanto personas. Esto es así para las humanidades, las ciencias sociales y la psicología de sentido común. Este principio diferencia claramente a las ciencias sociales y humanidades, de las ciencias naturales. En estas últimas no intentamos entender a los objetos de estudio desde adentro, ni intentamos imaginarnos como sería ser una de esas entidades.

La cuestión que se plantea es la de qué criterio tenemos para juzgar la aceptabilidad de una interpretación de las acciones y palabras de una persona. El principio de humanidad implica que una interpretación es aceptable si nos hace la acción máximamente inteligible para nosotros. Máxima inteligibilidad quiere decir, en primer lugar, que tiene en cuenta toda la evidencia disponible y que la evidencia la contradice mínimamente. En segundo lugar, debe hacernos comprender desde adentro por qué una persona actuó, pensó, sintió o habló como lo hizo en una situación determinada. El segundo requisito parece muy subjetivo; parece que depende de la intuición del intérprete decir cuándo se ha alcanzado una buena inteligibilidad. No hay un método objetivo para determinar cuándo se ha alcanzado una buena interpretación, no hay un método de interpretación. Interpretar un texto significa incorporarlo al propio horizonte de comprensión del intérprete como miembro de una comunidad interpretativa.

La necesidad de una interpretación sistemática surge solamente cuando se ha roto la comprensión sin esfuerzo. Por ejemplo, el horizonte de inteligibilidad de un antropólogo no permite, en principio, la incorporación sin esfuerzo de las actividades de un nuevo grupo cultural. El antropólogo tiene que investigar y adquirir una perspectiva del punto de vista de los habitantes de esa cultura, desde adentro. La cuestión es cuándo podemos decir que se ha producido suficiente comprensión. Gadamer sostiene que comprendemos una vez que hemos integrado el objeto de interpretación (texto, ritual, palabras, etc…) en nuestra precomprensión del mundo, que puede transformarse en el curso de la interpretación.

Esto quiere decir que el punto en el que comenzamos a comprender está primordialmente determinado por quién somos. No hay otro criterio más allá de la intuición de que el texto ha sido comprendido, unido a los requisitos de completud y coherencia con la evidencia. Así que, en cierto modo, es verdad que no hay un modo objetivo de objetivar el proceso de interpretación completamente puesto que los criterios son relativos a la cultura y al contexto histórico.

El principio de humanidad establece que utilizamos nuestra propia humanidad, nuestra capacidad de tener perspectivas sobre el mundo, para comprender a los otros. Tan solo el hecho de que las personas tienen subjetividad, o una humanidad común, es lo que hace posible que los humanos se comprendan. Esta subjetividad es compartida, en distintos grados, por todos los miembros de la especie “homo sapiens”. Esto hace que sea posible un uso disciplinado de la subjetividad; que sea posible algo de objetividad en la interpretación.

El principio de humanidad es básico para la práctica psicoanalítica. El paso que dio Freud al inicio de su carrera puede explicarse como el de radicalizar el principio de humanidad y aplicarlo a fenómenos que antes no caían bajo su campo de aplicación. Los síntomas neuróticos y psicosomáticos comenzaron a ser vistos como humanamente inteligibles.

Esto se despliega en la situación analítica (Spence, 1982a). La asunción básica del analista es la de que hay significado que debe encontrarse en cada nivel de la comunicación del paciente. Cada analista es educado para asumir que cada sesión tiene un tema. Se asume que las asociaciones del paciente no son al azar; sino que un tipo adecuado de escucha descubrirá el tema central e inconsciente que guía todas las asociaciones del paciente. Esta asunción es más el credo psicoanalítico que una hipótesis empírica. No hay modo en que esta hipótesis pudiera ser falsada. Si un analista no puede formular el tema central al final de una sesión, dice” no he llegado a entender lo que estaba sucediendo hoy”; nunca diría: “no había nada que entender en la sesión de hoy”. El psicoanálisis lleva este principio hasta el extremo, asumiendo que la falta de progreso en un proceso se debe a una falla en el entendimiento. El psicoanálisis se compromete a considerar a los seres humanos únicamente como personas. La asunción es que cada aspecto del comportamiento humano es inteligible. El comportamiento se entiende como acción intencional. Se asume que al entender adecuadamente el significado de las acciones, ayudamos al paciente a tomar responsabilidad plena sobre quien es él, y le damos la posibilidad de cambiar, si es que quiere.

Estas asunciones no son realmente hipótesis empíricas, ya que no son falsables por naturaleza.

El desarrollo del psicoanálisis posterior a Freud se puede explicar como la ampliación de los fenómenos que se hacen inteligibles; que caen bajo el principio de humanidad. Se añaden nuevas líneas argumentales a la clásica constelación edípica, para encontrar significado donde antes sólo se veía enfermedad.

La teoría hermeneuticista del psicoanálisis entiende las teorías psicoanalíticas del desarrollo como líneas argumentales que ayudan al analista a encontrar significado. Su fertilidad debe ser medida por su potencia heurística para ayudar a generar hipótesis interpretativas en la situación clínica. Su verdad literal como teorías del desarrollo se vuelve menos importante que su habilidad para permitir ampliaciones del principio de humanidad, para incluir patologías y fenómenos previamente no comprendidos.

Strenger sostiene que el uso psicoanalítico del principio de humanidad no difiere mucho del que hacen tanto las ciencias sociales como la psicología cotidiana de sentido común. Y acepta plenamente la caracterización del psicoanálisis como disciplina que trabaja asumiendo el principio de humanidad. Critica el intento de salvar el estatus epistemológico del psicoanálisis, postulando que no tiene nada que ver con las explicaciones causales. En lo que si que coincide con los hermeneuticistas es en que las propiedades epistémicas de las explicaciones de motivos son diferentes a las explicaciones de las ciencias naturales.

4. La interpretación psicoanalítica y su justificación

La concepción modernista del psicoanálisis permite la justificación de las interpretaciones analíticas, ya que el tipo de razonamiento que utilizan es similar al de otras disciplinas humanistas y al de la psicología de sentido común.

La visión de Grünbaum de la interpretación psicoanalítica

Respecto a Grünbaum, Strenger sostiene que su modelo de la interpretación psicoanalítica no refleja la actual teoría y práctica del psicoanálisis. Para Grünbaum, la estructura lógica del psicoanálisis es todavía hoy básicamente la misma que la de Breuer y Freud en los “Estudios sobre la Histeria” (1893-95), aunque el contexto haya cambiado.

En los “Fundamentos del psicoanálisis” (1984), Grünbaum analiza los argumentos de Freud sobre la etiología de la represión de la psiconeurosis: la hipótesis de que los síntomas histéricos eran causados por la represión de sucesos traumáticos. La evidencia que confirmaba esta hipótesis era que los síntomas se curaban momentáneamente, y para siempre, cuando el suceso reprimido causante de los síntomas era traído a la memoria en el análisis. La discusión de Grünbaum es en torno a si hay, en el presente, evidencia suficiente para confirmar la hipótesis. Su respuesta es negativa, pero no dice que las proposiciones psicoanalíticas han cambiado desde 1893. Grünbaum toma como núcleo de la teoría psicoanalítica y de la interpretación el nexo causal entre las experiencias infantiles y los síntomas neuróticos adultos. Grünbaum argumenta contra la posibilidad de validar, en la situación clínica, las conexiones causales entre los acontecimientos de la niñez y los síntomas actuales. Solo una asunción empírica muy fuerte, como lo que Grünbaum llama la “condición necesaria” cambiaría la situación en este asunto.

Nos dice Strenger que la pregunta que debemos hacernos es si las interpretaciones psicoanalíticas son principalmente afirmaciones sobre la causalidad de los acontecimientos del pasado infantil del paciente en sus síntomas actuales. La respuesta es negativa. Ha habido cambios profundos en la teoría psicoanalítica, y en la práctica, que son altamente relevantes para la relación epistemológica entre los datos clínicos y la interpretación analítica.

Cambios en la concepción de la interpretación psicoanalítica

Strenger recorre los principales hitos en la evolución de la concepción psicoanalítica acerca de la interpretación. De 1893 a 1897, el trabajo analítico está dirigido a hacer recordar al paciente algún suceso específico y a reexperienciar su afecto acompañante. En 1897, Freud escribe, en su famosa carta a Fliess, la hipótesis de que las memorias de seducción en la infancia eran fantasías cumplidoras de un deseo, que el paciente había reprimido. Se traslada así el foco al mundo interno del paciente como niño.

En el trabajo de Freud hay un segundo hilo conductor: la evolución del interés por el análisis del presente. En 1912, en los papeles sobre la dinámica de la transferencia, la relación terapéutica se convierte en una reedición de las elecciones de objeto infantiles. El trabajo en la evolución de la neurosis de transferencia se vuelve el foco central. Esto implica un cambio en la atención, del pasado distante a un proceso que ocurre en el presente de la relación terapéutica. Este segundo hilo del pensamiento de Freud se va volviendo progresivamente más importante en la evolución del psicoanálisis. Se va acumulando experiencia acerca del impacto terapéutico que tiene el trabajo en el aquí y el ahora de la transferencia. En 1934, Strachey escribe que las únicas intervenciones transformadoras, son las que hacen referencia a la transferencia.

En la actualidad, el cambio en el tipo de pacientes ha llevado parejo un cambio en los objetivos terapéuticos. Los analistas contemporáneos no hablan tanto de la desaparición de síntomas como de un cambio estructural, que consiste en la creación de patrones de cognición, emoción y comportamiento más adaptativos. Para esto, la interpretación de la transferencia se practica desde los inicios del proceso terapéutico.

El marco de referencia que provee la teoría estructural (1923) permitió el desarrollo de la psicología del yo en las décadas siguientes, lo que conllevó un cambio en los intereses, trasladándose éstos del descubrimiento de las fantasías y deseos inconscientes a los modos del Yo de defenderse de los elementos amenazantes provenientes del mundo externo e interno. La obra de Anna Freud “El ego y los mecanismos de defensa” (1923) es la obra más representativa de este nuevo foco de interés. Conocer los modos del Yo de afrontar el conflicto se hizo más importante que descubrir el material reprimido. Hartman (1939) estudia, en “La Psicología del Yo y los problemas de adaptación”, las funciones adaptativas del Yo. El objetivo terapéutico se define como cambiar los modos del ego de adaptarse a las presiones del mundo externo, del ello y del superyó; es decir, el cambio estructural en el paciente. Hartman desarrolla el concepto de “autonomía secundaria” para explicar cómo las estructuras de carácter que se forman en torno a los conflictos infantiles pueden ganar autonomía de sus orígenes.

El funcionamiento del Yo se puede observar directamente en la situación analítica. Esta situación va adquiriendo una importancia creciente como objeto de la interpretación.

Visión modernista de la interpretación psicoanalítica

Strenger sostiene que actualmente hay una nueva concepción sobre la naturaleza de la interpretación psicoanalítica. Desde la perspectiva modernista, la pieza central del trabajo analítico es la elucidación del funcionamiento mental del paciente en el presente, especialmente tal y como se manifiesta en la situación analítica. Esto trae consecuencias epistemológicas: si ya no hay un tipo de sucesos que se hipotetiza que han ocurrido en el pasado distante del paciente, no hay nexo causal que deba ser afirmado entre esos eventos y los síntomas actuales. En la perspectiva modernista, no hay compromiso con la verdad histórica. Los fenómenos que se analizan son los modos de funcionamiento generalizados. La perspectiva genética provee de una dimensión temporal a la imagen de sí mismo del paciente, que le puede permitir ser más comprensivo con los aspectos de su funcionamiento que le resultan más difíciles de aceptar. Pero el funcionamiento mental del paciente en el presente, principalmente en la transferencia, es el principal objeto de atención durante la mayor parte del trabajo de los analistas.

La función de la reconstrucción biográfica es dar una dimensión temporal a la identidad del paciente, que permita una mayor autocomprensión y autoaceptación.

La posición modernista debilita la base para el escepticismo respecto a la posibilidad de validar la interpretación en la sesión clínica. Al centrarse el análisis en el funcionamiento del paciente en el presente, la inaccesibilidad de los datos deviene menos extrema.

Objeto y estructura de la interpretación psicoanalítica

Strenger hace una “reconstrucción racional” del proceso que recorre el analista para formular sus interpretaciones. Este procedimiento (Lakatos, 1978) es usado en la filosofía de la ciencia para investigar la estructura de la justificación de las proposiciones de una disciplina.

El objeto de la interpretación

Strenger propone que, en la escucha, el psicoanalista busca patrones idiosincrásicos, subjetivamente determinados, en el modo de actuar, sentir y pensar del paciente. Está atento a los indicadores recurrentes de patrones relativamente inflexibles y subjetivamente determinados. En última instancia, el analista intenta descubrir el modo en que los contenidos inconscientes y sus modificaciones influyen en el funcionamiento mental del paciente. La influencia del inconsciente se manifiesta en los patrones de acción, pensamiento y emoción (Edelson, 1984).

La determinación subjetiva buscada puede verse en los comportamientos inadecuados o irracionales del paciente. Para evaluar esto, el analista utiliza el conocimiento implícito que, cómo miembro de su cultura, ha adquirido en su socialización acerca de las pautas de interacción social propias de una amplia variedad de situaciones sociales e interpersonales. Esto es una precondición para detectar los modos idiosincrásicos, subjetivamente determinados, de pensamiento, sentimiento y acción, que son el punto de partida de la interpretación. El analista realiza procesos atribucionales e inferenciales, que realizamos todos los participantes competentes, en la interacción humana ordinaria. El analista refina estas capacidades y las usa con mayor sensibilidad.

El proceso del trabajo interpretativo se puede esquematizar así: el analista identifica cierto tipo de comportamiento idiosincrásico; se forma una hipótesis acerca del patrón de pensamiento, sentimiento y acción al que este comportamiento responde; verifica su hipótesis en la práctica clínica, mediante el seguimiento de su hipótesis en la transferencia y en el presente de la vida de su paciente; interviene confrontando al paciente con los patrones de comportamiento de los que éste no es consciente; y, en esta confrontación, el patrón es clarificado y analizado a continuación siguiendo sus distintas manifestaciones en la vida del paciente.

La estructura de la interpretación

Desde la concepción hermeneuticista, el objetivo de la interpretación no es informar al paciente de la existencia de nexos causales entre sucesos de su niñez y sus síntomas actuales. El objetivo es, más bien, proveer de una narrativa que dé inteligibilidad a los patrones de acción, sentimiento y acción previamente ininteligibles.

Strenger piensa que el psicoanálisis sí trata con las causas de los comportamientos. Pero un tipo especial de causas: busca los significados que causan los comportamientos del paciente. Se trata de las actitudes, cogniciones y afectos que se asocian a los otros y a uno mismo en cada situación social. Es posible que estas representaciones sean inconscientes, aunque son causalmente efectivas en la determinación de su comportamiento, pensamiento y sentimiento.

Muchas de las operaciones mentales que realiza el analista son análogas a las que realizan los especialistas de otras disciplinas sociales. Strenger encuentra una analogía entre el trabajo psicoanalítico y el de los sociólogos Goffman y Garfinkel, que tratan de hacer explícitos aspectos del mundo representacional, que no son accesibles a las personas, por medio de la introspección. En su trabajo nombran y hacen explícitos los modos implícitos en que organizamos la experiencia al incluirla en marcos de significado. La diferencia está en que el psicoanalista trata de describir la idiosincrasia de los modos interpersonales. Y, además, en que al psicoanalista le interesan los significados que son inconscientes dinámicamente.

Los procesos de razonamiento que utiliza el analista no están muy alejados tampoco de los que realiza cotidianamente la gente al hacer razonamientos psicológicos de sentido común. En la vida cotidiana, inferimos lo que creemos que es el estado mental de otras personas a partir de sus comportamientos. Mediante la aplicación del “principio de humanidad”, intentamos maximizar la inteligibilidad del estado mental del otro. Esto no es muy distinto al objetivo último del analista: formular el mundo representacional a través del cual el analizando se representa a sí mismo y a los otros.

La validación de una interpretación se encuentra en que haga máximamente inteligibles a los patrones de comportamiento que explica. Para ello, los estados mentales hipotetizados deben hacer posible ver la experiencia del paciente desde adentro; hacer inteligible por qué una persona, con el modo de experienciar del paciente, debe actuar, pensar y sentir como lo ha hecho el paciente.

Defensa epistémica de las habilidades del analista

Strenger no deja de enfatizar la similitud de la actividad del analista con el razonamiento de sentido común. Sus inferencias son muy parecidas a la atribución de estados mentales que realizamos en la vida cotidiana. El analista se basa en su práctica, en procesos que todo ser humano realiza constantemente. Tampoco utiliza ninguna facultad misteriosa para identificar su contratransferencia. Tiene reacciones humanas comunes a la seducción, ataque, admiración o devaluación que realiza otra persona. Su entrenamiento y las peculiaridades de la situación analítica le permiten hacer un uso más refinado de esas habilidades.

Strenger argumenta contra las acusaciones de dogmatismo al psicoanálisis por el recurso al criterio del experto para validar los datos de la teoría. Sostiene que esto ocurre en todas las disciplinas. Para comprender y criticar una disciplina intelectual, para poder entenderla, hay que invertir un esfuerzo en estudiarla.

La gran diferencia del psicoanálisis es que en su entrenamiento no se valora sólo la aptitud intelectual, sino la madurez de la persona del analista. Según Ellenberger (1970), Freud revivió la tradición de las escuelas grecorromanas filosóficas, en las cuales el discípulo tenía que demostrar un compromiso personal y una habilidad para conducir su vida de acuerdo a la doctrina de la escuela. Esto ha motivado a algunos críticos a pensar en el psicoanálisis como en una escuela esotérica, en la que la adherencia se parece más a abrazar una weltanschauung que a implicarse en un programa de investigación. La sociología del conocimiento acusa al psicoanálisis de inmunizar su teoría contra las críticas con el recurso a la habilidad del experto. Strenger insiste, por ello, en que es realmente necesario y legítimo encontrar una defensa epistémica de las habilidades especiales que el analista adquiere a lo largo del curso de su entrenamiento. Encuentra esta legitimación en el “principio de continuidad”, que postula que las habilidades reclamadas para los analistas son un continuum con las habilidades humanas ordinarias. Así, lo que creemos sobre los estados mentales de los otros, se basa en inferencias realizadas basándonos en datos observables directamente. Y lo que el analista hace con su contratransferencia es, primero, tomar conciencia de un sentimiento suyo, casi imperceptible, y hacer una mezcla de introspección y de pensamiento inferencial para tratar de identificar la fuente del propio sentimiento. El analista ha desarrollado, además, una habilidad especial de refrenarse en la actuación de sus impulsos.

El analista utiliza con mayor sensibilidad, y de una manera consciente, habilidades para la interrelación que tienen las personas maduras de su cultura. Y el hecho de no estar bajo la presión de tener que actuar, le permite desarrollar esta sensibilidad a sus propias reacciones, para crear comprensión de las constelaciones interpersonales e intrapsíquicas. Lleva mucho tiempo y esfuerzo llegar al desarrollo y uso armonioso y eficiente de estas capacidades y uno no está nunca inmune de las trampas de las propias maniobras defensivas.

Es necesario, para la defensa del psicoanálisis, hacer inteligible para la gente no iniciada en el mismo el modo en que el analista utiliza, de un modo especial, recursos disponibles del ser humano.

Mantener separadas la descripción y la especulación etiológica

Muchos fenómenos descritos por la teoría psicoanalítica se pueden observar en las sesiones clínicas. Muchas veces esto queda obscurecido por el modo de reportar los casos clínicos, sin hacer distinción entre los datos más descriptivos y las especulaciones etiológicas. Esto es lo que Spence (1982) considera fundamental que aprendan a hacer los analistas: diferenciar entre el lenguaje de la descripción y el lenguaje de la explicación etiológica. Por supuesto, la distinción es, en cierto modo, un artificio. Las preconcepciones teóricas influyen en lo que cada terapeuta llega a ver y a entender de su paciente.

5. La función y validación de la reconstrucción

La visión psicoanalítica de la naturaleza y función de la reconstrucción ha cambiado mucho a lo largo de los años. Strenger revisa distintas posiciones. Los Sandler (1983, 85) recomiendan utilizar la reconstrucción sólo cuando se hayan trabajado suficientemente, en el presente, los asuntos de la transferencia. La reconstrucción sirve para dar al paciente una visión de sí mismo expandida en el tiempo. Schafer (1983) trabaja en un continuo ir y venir entre el pasado y el presente. Según este autor, un análisis bien conducido se convierte en una versión coordinada y atemporal del pasado y el presente. En el psicoanálisis contemporáneo, concluyé Strenger, parece haber acuerdo sobre la prioridad del trabajo en el aquí y el ahora de la transferencia y en la importancia de no dejar que el análisis se convierta en una especulación sobre el pasado.

La cuestión epistemológica es si la reconstrucción debe entenderse como proveedora de conocimiento sobre las relaciones causales entre el pasado y el presente. Strenger sostiene que la función primaria de la reconstrucción no es la adquisición de eslabones causales. Las hipótesis reconstructivas deben hacerse ligadas al trabajo de la transferencia. La inferencia de que si una interpretación reconstructiva tiene sentido para el paciente y es terapéuticamente exitosa, entonces, debe ser verdadera es inválida. La efectividad terapéutica de una reconstrucción no es, de ninguna manera, una condición lógica suficiente para su valor de verdad, ni para la relevancia de su verdad. La reconstrucción puede dar sentido al material y no ser verdadera; o el efecto terapéutico puede derivarse de otros factores, como la relación terapéutica. Dentro de la propia teoría psicoanalítica, ya no se considera el insight como el único agente terapéutico.

Strenger pretende ofrecer un modelo epistemológico de la reconstrucción psicoanalítica que no esté ligado al criterio del efecto terapéutico. Para ello, su principal argumentación será que la reconstrucción psicoanalítica es similar a la que se hace en la Historia (Novey, 1968; Sherwood, 1969).

El analista como un crítico metahistórico

La posición clásica de Freud de que sólo la reconstrucción verdadera puede curar es insostenible a la luz de la evidencia empírica. Muchas otras formas de psicoterapia son exitosas.

Grünbaum piensa que sólo la tesis de la condición necesaria garantiza que el método clínico puede asegurar la verdad de las proposiciones psicoanalíticas. Strenger piensa que sin el cumplimiento de la condición necesaria, sí que puede obtenerse una cierta evidencia acerca de la validez de las hipótesis teóricas, en los datos clínicos. No es una cuestión de “todo o nada”, como plantea Grünbaum. El método clínico puede aportar evidencia, no del psicoanálisis como un todo, sino de hipótesis concretas sobre pacientes particulares. Las hipótesis reconstructivas particulares pueden justificarse racionalmente; aportando buenas razones acerca de su plausibilidad. Las hipótesis no se pueden asegurar con certeza absoluta. La aceptabilidad de una hipótesis sobre un caso particular no presupone la aceptabilidad de la teoría clínica subyacente. Las explicaciones particulares no presuponen conocimiento de las leyes generales.

Cada paciente llega a su análisis con un almacén de memorias de los sucesos de su vida, de lo que le han dicho sobre sí mismo, de fotos y registros escritos: la crónica de su vida. También tiene una narrativa sobre estas memorias: su autobiografía. Incluye la interpretación de lo que cree que es verdadero de su pasado y los nexos causales que establece entre las distintas constelaciones de acontecimientos. El paciente organiza su vida en historias significativas, donde hay éxitos y fracasos, comedias, tragedias, absurdos y luchas sin fin. El paciente es un historiador de su vida. Strenger cita a White (1978): “el historiador no se limita a establecer hechos. Los conecta en secuencias. Organiza los datos significativamente”.

La reconstrucción psicoanalítica de su biografía es una reconstrucción crítica de su narrativa, basada en la crónica de su vida y en el funcionamiento mental del paciente en el presente de la relación terapéutica. El analista tiene que diferenciar entre la crónica y la autobiografía del paciente. Y hace esto, igual que el historiador, utilizando principios heurísticos y su conocimiento sobre el paciente.

Son criterios heurísticos del psicoanálisis: el que las personas tratan de evitar pensar sobre los aspectos, de su pasado y presente, que evocan ansiedad, culpa, vergüenza y humillación; que las personas tratan de evitar los conflictos, falsificando sus percepciones de si mismos y de los otros. Están basados en la teoría psicoanalítica de la motivación, la defensa y el funcionamiento mental bajo situaciones de conflicto. Strenger mira a la teoría psicoanalítica no tanto como un cuerpo bien establecido de proposiciones, sino como una serie de heurísticos que guían al analista, en su búsqueda de sesgos en la autobiografía del paciente. Son hipótesis más o menos útiles, más o menos aplicables a cada caso, más que leyes sobre el funcionamiento mental humano. El analista se encuentra con la autobiografía del paciente e intenta, basándose en los heurísticos de la psicología de sentido común y de la teoría psicoanalítica, encontrar puntos ciegos, sesgos, rigideces e idiosincrasias del paciente como autobiógrafo.

El analista intenta encontrar los patrones que el paciente utiliza para la construcción de su autobiografía y lo ayuda a llegar a una nueva autobiografía enriquecida, más compleja y elaborada, donde se incluye el conocimiento de las motivaciones que, en las anteriores versiones de su vida, lo llevaban a distorsiones. E incorpora aspectos de su vida antes ausentes en sus relatos. El analista ayuda al paciente en esta reelaboración autobiográfica, basándose en la concepción de la naturaleza humana que le aporta la teoría psicoanalítica y desde la que colabora en el enriquecimiento de la narrativa del paciente.

Los criterios para la aceptabilidad de una reconstrucción son los mismos que para la explicación histórica: debe ser una explicación abarcativa de la mayoría de datos disponibles e inconsistente con el menor número de datos; coherente y elegante y con el menor número de inconsistencias con el trasfondo de conocimientos aceptados en la interdisciplinariedad de la cultura propia. La plausibilidad de una reconstrucción es una cuestión de grado, que va de implausible a muy convincente, pero sin llegar nunca a la certeza.

El modelo de experto válido para un analista no es el de las ciencias naturales, donde el experto funciona con una serie de teorías bien establecidas y formalizadas y técnicas específicas para la aplicación de las teorías a los distintos dominios. Los especialistas con los que puede compararse a un psicoanalista son más bien los historiadores, los profesores de literatura y los asesores financieros. Estos teóricos no se basan en teorías fuertes y formalizadas, con poder predictivo, pero nadie duda de que tienen maestría en su dominio y hay criterios establecidos, en cada uno de estos campos, acerca de las habilidades y competencias que caracterizan a sus expertos. Hay habilidades técnicas y teóricas, y otras no tan fácilmente formalizables. Del mismo modo, las competencias de un terapeuta psicoanalítico tienen que ver con la capacidad de organizar el material clínico de modos prescritos por el modelo psicoanalítico del ser humano; la habilidad de empatizar y experimentar la vida emocional del paciente “desde adentro”; un “sensorium” para lo que es adecuado a las distintas situaciones sociales; agudeza para detectar los leit motivs en las vidas humanas. Muchas de estas habilidades tienen que ver con la personalidad del analista: madurez, flexibilidad, empatía, objetividad… El dominio de la teoría psicoanalítica es un requisito hasta cierto punto. Strenger sostiene que hay muchos clínicos excelentes que no saben mucho de las partes más abstractas de la teoría psicoanalítica. La cuestión de la maestría psicoanalítica, considera Strenger, tiene que ver con la riqueza de la visión del analista sobre la naturaleza humana.

Las reglas deben ser utilizadas como heurísticos y no como leyes, para librarnos del pensamiento estereotipado. Una regla es utilizada como heurístico, y no como ley, si el conocimiento de la regla es útil, pero no necesario para la evaluación de la plausibilidad de la versión en que se utiliza. En el uso estereotipado de las reglas psicoanalíticas, sólo la aceptación y conocimiento de un aspecto de la teoría psicoanalítica puede hacer comprensible y plausible la interpretación reconstructiva. En el uso heurístico, alguien poco iniciado en psicoanálisis debería poder seguir el hilo de la argumentación narrativa, pues estas narraciones de casos se leen como biografías más que como escritos técnicos. El lector puede adquirir una impresión de cómo es el paciente y de cómo ha llegado a ser así. El ser dogmático o no-dogmático, no tiene que ver con la orientación teórica. La condición sine qua non de no-dogmatismo es no apoyarse en reglas no probadas como si fueran leyes bien establecidas. Nuestras reconstrucciones psicoanalíticas deben aspirar más a la plausibilidad que a la certeza. No podemos escapar a la incertidumbre y a la complejidad. La función de las versiones psicoanalíticas de la biografía del paciente es la de dar significado y coherencia al material que era antes incomprensible para el paciente. Las reconstrucciones históricas pueden ser evaluadas por su racionalidad.

Respecto al tema de la eficacia terapéutica, Strenger recoge la observación de Bergin y Lambert (1978), de que no hemos medido todavía los cambios intrapsíquicos que parecen tener lugar en las terapias verbales de insight. Se necesita de criterios sofisticados para medir cambios afectivos y cognitivos que podrían reflejar las consecuencias diferenciales de los distintos tipos de intervenciones. Lo que Strenger quiere decir es que aunque psicoterapias de distintas orientaciones tengan igual eficacia terapéutica, aun así, el tipo de cambio a que da lugar cada terapia es diferente. La expectativa de Strenger es que algún día pueda demostrarse que los pacientes que han completado un análisis se han vuelto más maduros, sutiles y diferenciados en sus relaciones de objeto y en la estructura de sus intereses y de su vida emocional.

Así las cosas, podemos afirmar que la verdad reconstructiva no es necesaria, ni suficiente, para la eficacia terapéutica. Pero es posible que, para cierto tipo de pacientes, con capacidad introspectiva y verbal, los efectos deseados de la terapia estén relacionados con el trabajo reconstructivo.

La visión que el psicoanálisis tiene de la salud mental es evolutiva. Los problemas de carácter del paciente tienen que ver con tareas evolutivas que no han sido resueltas de modo óptimo. Cuando un psicoanalista se encuentra frente a un paciente que sufre, se pregunta: ¿cómo es que no ha sido capaz de encontrar modos más constructivos de afrontar los conflictos de su vida? La reconstrucción psicoanalítica, tiene el objetivo de ayudar al paciente a comprender como ha llegado a ser el que es. Al hacer conscientes los motivos que aún en el presente le determinan, adquirirá la posibilidad de poder elegir cambiarlos y la libertad de reestructurar su vida. El psicoanálisis iguala la salud mental con libertad interior y la enfermedad con autoengaño y sometimiento a los determinantes del pasado y a las motivaciones internas no revisadas. La libertad es la capacidad de tomar responsabilidad sobre quien es uno, fruto del autoconocimiento. El psicoanálisis facilita que el paciente sea el principal agente de cambio de su vida.

Strenger va introduciéndonos a una de las principales tesis que sostiene en este ensayo: que el método psicoanalítico, está conectado a una weltanschauung, una perspectiva filosófica sobre la naturaleza humana. Y, por tanto, la elección de un método psicoterapéutico no es sólo una cuestión pragmática. Normalmente, en la investigación en psicoterapia, damos por supuesto que el objetivo del cambio terapéutico es común y similar para todos los enfoques, y que sólo tenemos que encontrar cual es el más eficaz para tratar determinados tipos de patologías. El argumento de Strenger es que cada orientación en psicoterapia es portadora de una weltanschsuung. La perspectiva sobre la existencia humana propia del psicoanálisis está centrada en los valores de autonomía y responsabilidad personal y el camino que se propone para llegar a esta virtud es el del autoconocimiento. Así el autoconocimiento es para el psicoanálisis deseable, desde el punto de vista de la eficacia terapéutica y también desde la perspectiva de los valores morales.

Strenger concibe el campo de la psicoterapia como un complejo interjuego de cuestiones empíricas, que deben plantearse principalmente desde la investigación controlada, y de cuestiones de naturaleza filosófica, que no pueden reducirse a supuestos empíricos.

La racionalidad del método clínico

El método clínico actual se centra fundamentalmente en el funcionamiento del paciente en el presente y no en las relaciones causales entre los sucesos de su pasado y los síntomas del presente. Este cambio en el foco da al método clínico cierto grado de solidez epistemológica. Strenger ha defendido que las interpretaciones tienen una fundamentación racional sólida y un apoyo evidente en el material que se obtiene con el método clínico. Lo que Strenger defiende es la plausibilidad de las proposiciones psicoanalíticas aplicadas a casos concretos; similar a las proposiciones que hacen los historiadores. La racionalidad es algo más amplia que la ciencia y no hay un único método científico. Decir que el psicoanálisis no puede conformarse a un método de decisión atemporal y algorítmico para la confirmación de sus datos, no quiere decir que carezca de estándares para la evaluación de sus pretensiones de conocimiento, compartidos por los participantes en este modo de conocimiento. El psicoanálisis es una disciplina racional. Strenger se suscribe a la posición de los filósofos de la ciencia Putnam (1971, 81, 83) y Goodman (1954, 72), de que la racionalidad no se agota en la ciencia. La reconstrucción del razonamiento analítico se ajusta más al modelo de razonamiento propio de la historia y de los estudios sociales. Estas disciplinas se apoyan en evidencias indirectas y en “el principio metodológico de humanidad”. Muchas de estas disciplinas explican los sucesos causalmente y no codifican sus inferencias causales estadísticamente. Debemos aprender a vivir, nos dice Strenger, con la idea de que la racionalidad no es una estructura formalizable, ahistórica y monolítica. No es posible funcionar con una única teoría de la racionalidad. Y, del mismo modo que no hay un canon objetivo y único para juzgar cual es un buen método histórico (para saber como escribir un buen texto histórico lo mejor es mirar lo que hacen los buenos historiadores), tampoco hay un único método psicoanalítico formalizable. Pero la capacidad humana para juzgar, de acuerdo a criterios de calidad, va más allá de los métodos formalizables. Y el psicoanálisis, como cualquier otra disciplina racional, puede ser practicado de modo responsable o irresponsable.

Las posibilidades de conocimiento que nos brinda el método clínico son evaluadas de modo muy diferente por Brenner, a quien Strenger considera un optimista ingenuo; por los hermeneuticistas, que defienden que el método clínico proporciona conocimiento racional, no científico y suficiente; y por Grünbaum, cuyo escepticismo respecto al método clínico lo lleva a afirmar que la única evidencia para las proposiciones de la teoría psicoanalítica sólo puede conseguirse con investigación extraclínica. Strenger toma una posición propia desde la que comparte con los autores hermeneuticistas la convicción de que el método clínico psicoanalítico puede proporcionar evidencia respecto a las proposiciones psicoanalíticas que lo guían; una evidencia plausible y razonable. Asimismo, comparte con Grünbaum el énfasis en la necesidad de hacer investigación extraclínica en psicoanálisis.

Strenger ha argumentado que las interpretaciones concernientes a los contenidos mentales presentes del paciente se pueden probar en la situación clínica. El modelo arqueológico planteaba un psicoanálisis que debía establecer hechos a los que, por principio, no se tiene acceso (localizados en el pasado remoto y en el inconsciente). El psicoanálisis modernista se enfoca al estudio de la vida intrapsíquica del paciente en el presente. Las interpretaciones son explicaciones acerca de los rasgos de su carácter.

PARTE III: EL PSICOANALISIS COMO WELTANSCHAUUNG Y COMO PROGRAMA DE INVESTIGACION

6. Psicoanálisis y pluralismo

El problema de la multiplicidad de escuelas analíticas

En este capitulo, Strenger analiza las repercusiones que la existencia de diferentes escuelas de psicoterapia orientadas al insight tiene para el estatus epistemológico del psicoanálisis. Terapeutas de distintas orientaciones llegan a conclusiones distintas acerca del funcionamiento mental de sus pacientes. Cada una de estas escuelas reclama éxitos terapéuticos y comprender la etiología de los problemas de los pacientes desde sus marcos teóricos respectivos. Terapeutas de todas las orientaciones son capaces de transmitir a sus pacientes el sentimiento de ser comprendidos. Mientras que Grünbaum (1977) reclama que sólo la investigación empírica extraclínica puede validar las hipótesis clínicas, Spence (1982), desde una postura escéptica y moderada, se esfuerza por encontrar métodos para obtener datos más fiables sobre lo que en realidad está ocurriendo en la situación clínica. Ambos coinciden en que, hoy por hoy, no podemos saber dónde está la verdad. Strenger señala que este estado de la cuestión es sostenible para el estudioso del psicoanálisis, pero que uno de los factores terapéuticos que han sido validados es que el psicoterapeuta debe creer en lo que hace. En su practica clínica cotidiana, debe tomas decisiones continuamente. ¿Cómo manejarse, entonces, con esta incertidumbre respecto a la verdad de las teorías que utiliza como marco para organizar su quehacer?

Hay una experiencia común a todos los terapeutas que trabajan con un modelo orientado al insight: a menudo tienen la sensación clara de estar llegando a verdades importantes sobre los pacientes, o sobre uno mismo en el análisis personal (Strenger no deja de enfatizar la riqueza que supone la doble perspectiva de estar, al mismo tiempo, trabajando desde los roles de analista y analizando). Strenger se propone elaborar una perspectiva alternativa al dogmatismo y al escepticismo que pueda dar cuenta, al mismo tiempo, de la experiencia de alcanzar verdades significativas y de la multiplicidad de enfoques existentes.

El escepticismo, el relativismo y el pluralismo

Una posición pluralista sostiene que no tiene sentido argumentar que sólo hay una posible descripción del mundo o de los seres humanos. Spence (1982) considera que nuestros actuales datos sobre los procesos que ocurren en la situación analítica, son insuficientes para apoyar ninguna teoría. Grünbaum, con un grado mayor de escepticismo, cree que no importa cuánta información recojamos del proceso analítico, ésta nunca será suficiente para validar las teorías analíticas, que tendrán que ser contrastadas con investigación extraclínica. Schafer, desde la perspectiva hermeneuticista, sostiene que los criterios de verdad son diferentes de acuerdo a los distintos criterios de racionalidad que establecen las distintas teorías. Strenger quiere encontrar una posición que permita la coexistencia de una multiplicidad de versiones del mundo, pero que prevenga del riesgo del relativismo referente a la posibilidad de sostener como verdaderas, al mismo tiempo, dos proposiciones contradictorias. Lo que afirma es que los intereses que guían los intentos de explicación de los fenómenos de las teorías son diferentes. Y es por esto por lo que se organizan respecto a distintos criterios de racionalidad. Las distintas versiones del mundo son inconmensurables (Kuhn, 1962). Pluralismo no es idéntico a relativismo. Los estándares de corrección de cada teoría no pueden reducirse los unos a los otros ni, por tanto, compararse. No todas las teorías son comparables entre sí. Por ejemplo, un freudiano investiga la represión de los deseos y fantasías infantiles inconscientes y su repercusión en la vida del adulto, mientras que un terapeuta rogeriano se focaliza en la capacidad del paciente de experimentar plenamente su experiencia organísmica: los intereses que guían a los dos terapeutas son diferentes. Cualquier intento de reclamar que cualquiera de estas dos perspectivas es verdad y la otra falsa está equivocado. Las teorías no son verdaderas o falsas sino más o menos útiles y más o menos ricas o abarcativas de los fenómenos humanos. La comparación entre las teorías y prácticas de psicoterapia es complicada, puesto que implican distinto tipo de operaciones mentales. No podemos traducir la terminología de cada escuela a estándares comunes de salud mental. La comparación empírica debe ser precedida de una investigación acerca de en qué puntos las teorías son conmensurables.

Schafer(1976) extrema la dificultad al resaltar que, incluso entre los practicantes de una misma orientación, las versiones acerca del funcionamiento mental de un paciente son diferentes y distintos modelos acerca de un paciente pueden ser igualmente exitosos. Llegados a este punto, la solución utilitarista deja de ofrecernos una salida, dado que no hay tampoco criterios de utilidad que puedan ayudarnos a elegir entre teorías.

Schafer apunta aquí un punto crucial para esta controversia: no hay dos encuentros terapeuta-peciente iguales. Los datos que emergen en cada encuentro analítico no son los mismos, cada proceso es único e irrepetible. Distintos terapeutas con el mismo paciente producirían encuentros diferentes. La participación del analista en el proceso contribuye a la creación del fenómeno a analizar, su personalidad y marco teórico influyen en la creación de los datos clínicos. Los distintos marcos llevan a los analistas a actuar de modos diferentes, y a conducir las asociaciones y comportamientos del paciente por distintos derroteros. Strenger remarca la virtud del enfoque de Schafer, en cuanto a que no se avergüenza de reconocer la influencia del analista en la producción del tipo de material que aporta el paciente. Afirma que Schafer “toma el toro por los cuernos”, en cuanto al controvertido asunto de la sugestión y lo incluye como parte de su modelo psicoanalítico. Avanza en la dirección de dejar de negar la sugestión como factor interviniente en el proceso terapéutico y propone hacerla explícita y operativa como factor terapéutico. La influencia del marco teórico del analista es responsable no sólo de un modo de ordenar los fenómenos en una explicación que los haga inteligibles, sino de la creación misma de los fenómenos a explicar. Los terapeutas freudianos y jungianos obtienen material diferente como punto de arranque para sus interpretaciones.

El pluralismo y el problema de la sugestión

Los analistas de las distintas orientaciones obtienen resultados diferentes porque trabajan con materiales diferentes (además de que unos mismos datos también permiten distintas interpretaciones). Cada enfoque crea datos distintos, no hay “unos datos” replicables.

En la situación clínica, el analista establece conexiones entre los modos de funcionamiento mental del paciente (la variable independiente) y sus comportamientos manifiestos en las sesiones clínicas (la variable dependiente). El analista hace hipótesis entre estas dos variables. Lo que reclama como variable operativa, o independiente, no es directamente observable. La influencia de esta variable podría hipotetizarse, a través de un proceso inferencial indirecto, si no hubiera otras variables intervinientes. El problema es que estamos reconociendo que la influencia de la participación del analista en el proceso ocupa un rol central. Por lo tanto, no hay manera de saber si todos los datos que se obtienen no son producto de la sugestión.

Strenger asume el rol central de la influencia del analista en la producción de los datos, pero añade unas matizaciones referentes a los límites que imprime en el proceso la peculiar estructura de la personalidad del paciente. De manera que hay un límite para el poder sugestivo del analista, y esto se evidencia en cualquier proceso psicoterapéutico, donde los analistas dicen muchas cosas que resultan estériles en tanto no producen respuesta alguna en el paciente, porque caen fuera de la estructura psíquica de éste. Aunque un paciente siga, en sus asociaciones, el hilo sugerido por el analista, sólo puede hacerlo utilizando sus propios recursos.

Una posición pluralista afirma que la experiencia y el comportamiento humano pueden ser descritos de modos muy diferentes. Hay distintos marcos competentes a la hora de traer orden a las distintas facetas de la experiencia humana. Goodman (1954, 72, 78) y Putnam (1978, 81, 83), autores con los que reiteradamente Strenger se identifica, enfatizan la irreductibilidad e inconmensurabilidad de los marcos interpretativos. Son perspectivas diferentes sobre el ser humano. Esto es una afirmación sobre la relación entre las teorías y la realidad. El vocabulario básico depende de los intereses que guían el discurso. El número de perspectivas que se pueden tomar sobre el ser humano en la cultura occidental es enorme. Las distintas disciplinas, con sus distintas teorías, representan distintos puntos de vista sobre el ser humano. A su vez, dentro de cada una de las perspectivas hay distintos enfoques que también son inconmensurables entre sí.

Cada psicoterapeuta está obligado a elegir el punto de vista desde el que pensará a sus pacientes y desde el que les propondrá que piensen sobre sí mismos. Su opción afectará al material que presentará su paciente (ej: desde los autorregistros conductistas a la descripción detallada de la experiencia inmediata en la gestalt, a la descripción de las memorias tempranas en psicoanálisis). Consecuentemente, el curso del tratamiento y el tipo de cambio terapéutico facilitado serán bastante diferentes en uno u otro enfoque. El método de observación que utiliza un terapeuta no es independiente de su teoría. Esto es una característica de cualquier investigación, en cualquier disciplina.

Meissner y Winokur (1980) establecen que hay límites en cuanto a la posibilidad de combinación de distintos enfoques en la integración en psicoterapia. Estos límites son resultado de las perspectivas sobre la realidad humana subyacentes y pueden llegar a ser opuestas entre sí.

El rol de la weltanschauung a la hora de determinar el enfoque terapéutico

Strenger plantea la tarea que tenemos por delante: desentrañar los distintos niveles y aspectos en que difieren los distintos enfoques. Dónde las diferencias son conceptuales y pertenecen a los valores subyacentes a los enfoques -es decir a la weltanschauung- y dónde son diferencias empíricas. Se trata de saber qué puede y qué no puede ser resuelto por la investigación empírica.

Las diferencias en weltanscauung se expresan en las disputas entre las escuelas de psicoterapia. Todos nos guiamos por un modelo implícito de lo que constituye la salud mental. Este modelo incluye necesariamente aspectos descriptivos, normativos, empíricos y conceptuales.

La weltanschauung psicoanalítica

Hay un tema que atraviesa toda la obra de Freud: la dicotomía entre el principio de placer y el principio de realidad. El neurótico, para Freud, está gobernado por el principio del placer. No ha sido capaz de renunciar a sus deseos infantiles y, como no puede satisfacerlos en la realidad, busca substituciones en la fantasía, en los síntomas neuróticos y en los rasgos de carácter. En última instancia, hasta los mecanismos de defensa están enraizados en el principio de placer. En vez de encarar la realidad interna y externa sin distorsión, el neurótico activa defensas que le previenen de experimentar ansiedad, culpa, vergüenza y otros afectos no placenteros. En su actitud frente al paciente y hacia la cultura, Freud se pone del lado de la razón como opuesta a lo infantil e instintivo. En el análisis, el analista anima a renunciar a las distorsiones de la realidad allí donde se quieren perpetuar las ilusiones. La idea subyacente es que sólo la verdad puede curar, ya que la esencia de la neurosis es la evitación de la realidad.

Strenger postula que la ética de Freud es estoica. Freud propone una ética de la austeridad. El choque entre la naturaleza instintiva y la cultura es inevitable. La cultura está fundada en la renuncia. El ser humano debe aprender a dominar con maestría su naturaleza interna.

El conflicto es esencial al ser humano. Freud supera este pesimismo de base con su apasionada creencia en la posibilidad de la autonomía humana. A pesar de su credo determinista, Freud entiende a la persona como agente responsable.

Strenger compara el enfoque behaviorista con el psicoanalista. Lo relevante no es sólo la cuestión de la eficacia terapéutica, donde ambos enfoques han demostrado su competencia, sino la de dos perspectivas sobre la realidad humana opuestas. El terapeuta conductista ve al ser humano como compuesto de una multitud de respuestas discretas a situaciones específicas. Si cambiamos los comportamientos, hemos cambiado todo lo que hay que cambiar, no hay una noción de un self subyacente. El modelo de ser humano del psicoanalista pone su foco en el mundo subjetivo del paciente, porque considera que éste es la fuente del comportamiento manifiesto. Donde el terapeuta conductista ve secuencias de comportamiento, el psicoanalista ve la expresión de una realidad subjetiva subyacente. El terapeuta conductista piensa en modos de extinguir los afectos dolorosos; el analista trata de descifrar su significado subyacente y de descubrir su origen. El terapeuta conductista trata de persuadir al paciente de que cese en su comportamiento irracional; el analista le ayuda a integrarlo dentro de la imagen de sí mismo. El terapeuta conductista trata de proveer al paciente de modos eficientes de resolver el conflicto; el analista ayuda al paciente a aprender a vivir con complejidades y con el conflicto y dolor intrínsecos a la existencia humana.

Las respectivas decisiones respecto al proceso terapéutico que ambos toman están arraigadas en sus diferentes modos de entender al ser humano. La diferencia entre los dos enfoques tiene un aspecto ético profundo. Para el terapeuta conductista, la “buena vida” es aquella en que los problemas no son creados artificialmente; son resueltos o evitados eficientemente. Para el analista, la persona madura es capaz de soportar con poca distorsión las complejidades y conflictos trágicos de la existencia humana.

Superficialmente pueden coincidir en que ambos piensan que los terapeutas ayudan a las personas a ser más felices, pero sus concepciones de la felicidad no coinciden. La visión más atomista del behaviorismo dibuja una concepción de la felicidad bastante similar a la de Bentham(1789), el fundador del utilitarismo moderno. Los componentes más importantes de la vida mental, son las sensaciones de placer y dolor. La felicidad es una función cualitativa de la relación cuantitativa entre placer y dolor. Cómo se llegue a la preponderancia del placer sobre el dolor es irrelevante para la felicidad como tal. La visión psicoanalítica de la felicidad es más afín a la noción griega de “eudaimonía”; particularmente a la acepción de este término que hacen los estoicos. Para los estoicos, la finalidad de la vida es la felicidad. Y la esencia de la felicidad está en la práctica de la virtud que, desde su punto de vista, es el saber vivir de acuerdo a la naturaleza. La naturaleza del ser humano es, para los estoicos, el vivir de acuerdo a la razón. La virtud consiste en la capacidad del ser humano de tener maestría en el gobierno de sus pasiones y conducir su vida de acuerdo a su entendimiento de la naturaleza interna y externa. Ambos aspectos considerados como que tienen una esencia inmutable y, por lo tanto, la felicidad sólo puede derivar de su entendimiento. El hombre virtuoso reconoce las inevitables complejidades de la vida y las acepta. Strenger considera que las éticas subyacentes a la teoría y práctica behaviorista y psicoanalista son, respectivamente, utilitarista y estoica. Messner y Winokur (1980), caracterizan al enfoque comportamental de cómico y de trágico al psicoanalista. Según el primer enfoque, la felicidad se obtiene cambiando los comportamientos; y, según el segundo, los conflictos y las tensiones son esenciales a la vida humana, así que hay que aprender a vivir con ellas. En esto consiste la felicidad, y no en tratar de evitar lo inevitable.

Strenger cree que la diferencia entre ambas weltanschauung, está implícita en las disputas entre las dos escuelas, aunque aparentemente se esté hablando sólo de cuestiones metodológicas. Los estudios comparativos sobre los resultados de las terapias no agotan el tema de las diferencias entre las orientaciones. Cualquier medida cuantificable del éxito, no refleja lo esencial del debate: la cuestión de los valores. No obstante, Strenger no quita importancia a los estudios comparativos de los resultados de los enfoques, y enfatiza que el psicoanálisis tiene una necesidad urgente de investigación empírica acerca de los factores curativos en el tratamiento analítico para saber, por ejemplo, hasta qué punto el éxito terapéutico depende de la corrección de las interpretaciones.

Strenger considera enriquecedora la coexistencia de distintos enfoques de psicoterapia y realiza la analogía con las distintas visiones de la realidad que conviven en una democracia, donde la discusión entre las distintas concepciones no llega a su fin. No hay conclusión definitiva a la discusión, el dialogo continua. Y la esencia de la democracia es asumir que el dialogo civilizado y racional entre perspectivas diferentes es posible, aunque puede que no haya un modo de llegar a una resolución de las disputas. En política, la falta de oposición lleva a la petrificación del sistema existente; al igual que en política hay diferentes concepciones de la justicia social, en psicología hay diferentes concepciones de la “buena vida”.

Cada terapeuta debe tomar una posición en los asuntos éticos y pragmáticos, a pesar de su falta de conocimiento definitivo sobre muchos asuntos. No se puede permitir no actuar, necesita cierta autodeterminación. Si no tiene creencias que respalden sus acciones, no podrá ayudar y, aun así, debe de someter estas creencias a constante escrutinio. Las perspectivas monolíticas llevan al dogmatismo y a una autosatisfacción no merecida. Debemos tomar la existencia de distintos enfoques de psicoterapia como reto estimulante y ocasión para repensar y evaluar nuestro modo de hacer y entender la psicoterapia.

Que cada enfoque psicoterapéutico sea el exponente de una weltanschauung implica que la elección de una orientación es más que una opción pragmática.

7. Conclusiones, problemas y prospectos

Limitaciones de la concepción hermeneuticista del psicoanálisis

De la visión hermeneuticista, sintetiza Strenger, sacamos que es posible que las interpretaciones psicoanalíticas estén razonablemente bien fundamentadas. Pero está de acuerdo con Grünbaum en que el material clínico no es suficiente para hallar evidencia de las tesis psicoanalíticas. Strenger entiende que el psicoanálisis es una weltanschauung, como sugieren los hermeneuticistas, y un programa de investigación, más allá de Grünbaum.

Strenger sostiene que la coherencia narrativa no es suficiente para la aceptabilidad de una interpretación. Propone el criterio de coherencia externa para definir una condición de aceptabilidad para las teorías psicoterapéuticas: la teoría debe ser consistente con el trasfondo de conocimiento aceptado por otras disciplinas en la propia cultura. Strenger considera que añadir el criterio de coherencia externa hace menos vulnerable a la concepción hermeneuticista. Le preocupa el relativismo sin límites y le parece que la coherencia externa permite, dentro de una posición pluralista, tener un criterio para rechazar algunas teorías. Una teoría, para tener coherencia externa, debe de hacer uso de conceptos y principios explicativos que estén ligados a otras teorías bien establecidas. El dominio de conceptos y principios nuevos debe ser estrecho. Plantea que es importante evaluar el grado de coherencia de los conocimientos que plantean las teorías psicoanalíticas, con el conocimiento que aportan otras disciplinas de la época. Lo que en realidad está introduciendo Strenger es un criterio de coherencia en la interdisciplinariedad.

El psicoanálisis como un programa de investigación

Aunque Strenger defiende que el método clínico es menos defectuoso de lo que sostenía Grünbaum, está de acuerdo con éste en la importancia de desarrollar investigación empírica. Pero considera que, en vez de ver las proposiciones centrales del psicoanálisis como hipótesis que deben ser probadas directamente, éstas deben ser consideradas como el núcleo duro de su programa de investigación (por ejemplo, su teoría del desarrollo o la naturaleza de los procesos inconscientes).

Strenger sigue la explicación de Lakatos (1972), quien toma como punto de partida la afirmación de Kuhn (1962) de que los científicos no cumplen con la demanda metodológica formulada por Popper (1959, 1963): no se rechazan las teorías cuando tiene lugar la falsación por los datos empíricos que van en su contra, sino que se tiende a ver estos datos como “anomalías” que no pueden ser explicadas en el presente. Y continúan adhiriéndose a su marco teórico, tratando de asimilar las anomalías por medio de adiciones y cambios en la teoría. Desde el punto de vista de Popper, este proceder es irracional porque “inmuniza” a la teoría de ser falsada. Lakatos (1972), para evitar llegar a la conclusión de que la práctica científica es mayoritariamente irracional, desarrolló un modelo normativo de investigación científica, que pretende hacer justicia tanto a las demandas de comprobabilidad y contrastación empírica (en sentido verificacionista o falsacionista) como a los datos históricos sobre cómo los científicos proceden en la realidad. Lakatos propone que todos los programas de investigación pueden caracterizarse por su “núcleo duro”. En los programas hay un heurístico negativo que prohíbe someter a prueba las hipótesis del núcleo duro. En vez de ello, se inventan hipótesis auxiliares que forman un “cinturón protector” alrededor del núcleo. Y son estas hipótesis las que se someten a contrastación empírica. Es este cinturón el que tiene que reajustarse o reemplazar sus hipótesis para defender el núcleo duro. De este modo, no se rechaza la teoría sino sus consecuencias. Lo que son falsadas son las hipótesis y predicciones que se construyen a partir de su núcleo duro; las características centrales de una teoría no son expuestas al reto de la falsación. El motivo de esta protección del núcleo duro es que si éste no es protegido, ningún programa de investigación podría evolucionar con continuidad, ya que siempre hay ejemplos falsificadores. Las teorías científicas necesitan que se le conceda una oportunidad para asimilar estos contraejemplos, dentro de un periodo de tiempo razonable.

Popper (1963) reclamó que el psicoanálisis no es científico, porque no especifica condiciones experimentales bajo las cuales estaría dispuesto a abandonar sus asunciones. Le acusa de no estar dispuesto a falsar su teoría. Lakatos argumenta contra Popper que este criterio de falta de metodología científica llevaría a la descalificación de la ciencia física como ciencia, y aporta muchos ejemplos para respaldar su argumentación. Grünbaum (1977), en contra de Popper, intenta mostrar que el psicoanálisis sí es falsable; sostiene que las hipótesis centrales del psicoanálisis todavía no han sido confirmadas.

Strenger sostiene que el psicoanálisis contemporáneo no descansa en hipótesis cruciales. La teoría se ha vuelto demasiado compleja para una prueba directa. Además, utilizando el modelo de Lakatos, propone una visión del psicoanálisis como un marco de trabajo abarcativo que guía y sugiere investigación en áreas diferentes, como la psicoterapia, el psicodiagnóstico, el desarrollo infantil, y la percepción. El psicoanálisis es así la teoría marco que inspira distintos proyectos de investigación empírica.

Si la teoría psicoanalítica estimula investigación en distintas áreas, puede reclamarse como un “programa de investigación nuclear” no accesible a la contrastación directa que debe valorarse por su fertilidad general.

Como ejemplo más importante de investigación extraclínica inspirada en la teoría psicoanalítica, Strenger cita la investigación de Bowlby (1969) sobre el apego. Este autor hace uso del conocimiento interdisciplinar, sobre todo de la etología, para aumentar la plausibilidad de sus hipótesis. Y ha producido una de las confirmaciones más impresionantes de algunas de las características de la teoría de las relaciones objetales psicoanalíticas. Otras investigaciones que Strenger cita son las de Exner sobre el Rorschach, y las de Malan sobre la psicoterapia breve.

La defensa hermeneuticista sobre la solidez del método clínico como racional y consistente debe completarse con investigación extraclínica.

Strenger nos advierte de la seducción de buscar evidencia cuasi-conclusiva para una teoría, que nos dé el valor de verdad de las teorías. Pero este ideal ha sido abandonado por la filosofía de la ciencia en las últimas décadas. Es preferible evaluar la fertilidad y la plausibilidad del marco de trabajo como un todo. La fuerza de la teoría psicoanalítica es proporcional a la variedad de investigación estimulante que promueve. La investigación que se ha hecho inspirada en la teoría psicoanalítica cuenta como evidencia de la plausibilidad de la teoría, aunque no confirma las características centrales de la teoría.

Además, el psicoanálisis, como el resto de las disciplinas sociales y de las humanidades, no puede hacer predicciones precisas. En psicología es difícil llegar a evidencias experimentales suficientes, para dar fundamento a marcos de trabajo de gran escala. Incluso si las predicciones se confirman, siempre hay varias posibles interpretaciones (por ejemplo, Newell [1973] afirma que, a pesar de la enorme cantidad de datos producidos por la psicología cognitiva, no hay base para fundamentar esta teoría). No es razonable esperar del psicoanálisis algo que no se da tampoco en otras disciplinas similares.

El psicoanálisis como weltanschauung

Freud encarna una perspectiva sobre la naturaleza y la vida humana, una weltanschauung (Erikson, 1963; Rieff, 1959). Schafer es el autor que más ha trabajado en la dirección de caracterizar al psicoanálisis como una weltanschauung, a través del peso que da a los aspectos humanos cómico, romántico, trágico, e irónico. Señala que el psicoanálisis está centrado en el reconocimiento de los inevitables conflictos y tensiones que cada ser humano enfrenta en el curso de su vida. La perspectiva trágica tiene un lugar central en la visión de la realidad psicoanalítica. Y, también, el sentimiento irónico, en cuanto al reconocimiento del grado en el que los seres humanos estamos condenados a ser inconsistentes y a autoengañarnos en los intentos de tratar con las tensiones esenciales de nuestras vidas, volviendo una y otra vez a modos no realistas de solución de conflictos. Por otro lado, el psicoanálisis está comprometido profundamente con el intento de comprender a las personas como sujetos responsables de sus acciones y motivos.

Strenger cree que hay dos modos de entender el componente inconsciente de la mente humana: como disminución del grado en que las personas pueden responsabilizarse de sus acciones y como posibilidad de trabajo en el autoconocimiento, que permite el cambio terapéutico. A medida que el paciente deviene más consciente de los aspectos de su vida mental previamente inaccesibles, asume mayor responsabilidad sobre sí mismo y adquiere la posibilidad de cambiar.

La persona madura y autónoma es la que se ha liberado de las tendencias regresivas de sus deseos. El psicoanálisis no es optimista respecto a la felicidad pero sí insiste en el deber del ser humano de luchar por su madurez.

Strenger sostiene que este aspecto de la weltanschauung de Freud ha permanecido como característica central en las distintas escuelas de psicoanálisis. Klein (1973) describe el incesante intento del analista de buscar motivaciones donde aparentemente no las hay -como el intento de ampliar el grado en el que los seres humanos pueden ser considerados agentes que determinan su comportamiento desde sus propias intenciones- y disminuir la extensión en que se contempla al ser humano como gobernado por fuerzas que escapan a su control. El psicoanálisis se compromete a tomar la perspectiva de la persona, a intentar entender al ser humano desde adentro, y trata de ampliar este entendimiento desde adentro a dominios que antes eran ininteligibles, como la historia del sufrimiento mudo, de los síntomas y de los rasgos de carácter.

Strenger insiste en que la elección del psicoanálisis como marco psicoterapéutico, es más que una decisión pragmática. Aunque la mayoría de los psicoterapeutas no la hacen conscientemente, sino que es más bien la personalidad la que nos inclina a elegir una u otra orientación. La posición pluralista afirma que son posibles distintas perspectivas sobre la realidad y que la personalidad y el temperamento juegan un rol fundamental en la elección de los marcos de referencia.

EPILOGO: EL PSICOANALISIS ENTRE LA HERMENEUTICA Y LA CIENCIA

El psicoanálisis, en cuanto disciplina hermenéutica, trata de entender al ser humano “desde adentro”; y, como programa de investigación científica, trata de validar hipótesis que toman la forma de leyes (ej: todo ser humano tiene deseos de los que no es consciente, todo niño atraviesa el conflicto edípico…). Para desarrollar esta segunda faceta, el psicoanálisis necesita urgentemente realizar investigación empírica. Strenger cree que la prioridad debe tenerla la investigación sobre cuáles son los factores terapéuticos en psicoanálisis y cómo operan durante el proceso analítico.

El analista contrae un compromiso con su identidad de hermeneuta, desde la que busca hacer sentido del sinsentido. Su trabajo combina el rastreo incansable de los motivos del historiador, la buena voluntad del padre, de seguir el ritmo interno del paciente y la función del poeta de presentar nuevos modos de mirar a las cosas. Una de las funciones de la teoría psicoanalítica es proveer de estructuras dramáticas organizadoras que nos ayuden a dar sentido allí donde el paciente sólo ve sufrimiento (ejs: el drama de Edipo, en Freud; los terrores de la posición esquizoparanoide, en Klein; la descripción de la aceptación de la separación gradual del mundo, de Winnicot; la historia de la separación-individuación, de Mahler; la narrativa del éxito-fracaso en desarrollar un self cohesivo, de Kohut).

La convicción que engendran los grandes textos del psicoanálisis no viene de la evidencia empírica. Es una convicción más parecida a la que adquirimos cuando leemos literatura. Esto no es ilegítimo. Como humanos, y como terapeutas, necesitamos metáforas y narrativas que nos ayuden a dar sentido a nuestras vidas. El psicoanálisis ha sido particularmente exitoso en dar a la cultura del siglo XX nuevos modos de decir en qué consiste el vivir humano.

Strenger considera que la actividad del analista como hermeneuta se mueve entre el descubrimiento y la creación de significado. Esta segunda característica está ligada al poder de construir argumentos significativos para el paciente. La creatividad hermenéutica es un prerrequisito para la efectividad terapéutica.

La convicción experiencial será siempre esencial en psicoanálisis. Ésta no es incompatible con estar a favor de la investigación empírica, pues hay aspectos en que sólo la investigación controlada puede dar respuestas legitimas y validadas, como cuáles son los factores terapéuticos y cómo operan en el proceso analítico.

El psicoanálisis se ve así como inevitablemente atrapado en la tensión entre la hermenéutica y la ciencia.

Comentarios de la autora de la reseña

Mi impresión predominante acerca de este libro es que su lectura es clarificadora de temas de controvertida actualidad en el campo del psicoanálisis y de la psicoterapia, y que la postura que toma el autor es equilibrada y enriquecedora: un serio intento de tener en cuenta las distintas voces y los distintos puntos de vista participantes en las controversias, y de aportar a éstos una posición propia diferenciada que pueda hacerlas avanzar.

Strenger defiende que la convicción experiencial que se experimenta en los procesos psicoanalíticos, de estar descubriendo la propia verdad como paciente, o la verdad del paciente como analista, puede fundamentarse racionalmente. Las hipótesis que el analista construye sobre su paciente se basan en su observación del comportamiento del paciente en el aquí y el ahora de la relación terapéutica y en las inferencias realizadas a partir de estas observaciones directas sobre las representaciones y funcionamiento mental del paciente. Lo que el analista hace es construir modelos o patrones acerca del funcionamiento mental del paciente, que luego contrastará en las sesiones clínicas subsiguientes. Para construir sus hipótesis, el analista se sirve de las líneas argumentales o narrativas de las que le provee su teoría marco. Lo que hace el analista es aplicar estos guiones a cada caso particular, pudiendo así dar significado a lo ininteligible y sentido a lo caótico.

Strenger se esfuerza en esta obra en hacer transparentes las operaciones mentales y tipo de razonamiento que realiza un analista. La pretensión de Strenger es sacar al psicoanálisis del oscurantismo de las explicaciones dogmáticas, sólo aptas para iniciados, y hacer accesible al neófito el proceder analítico. Para esto, se sirve del esclarecimiento de los principios de humanidad y de continuidad que utiliza el analista, así como de la reconstrucción racional de su proceder.

Strenger reconoce plausibilidad y racionalidad para los razonamientos que se construyen en las sesiones psicoanalíticas; y reconoce que los motivos de las acciones sí pueden considerarse un tipo especial de causas, en cuanto a que las representaciones mentales tienen relevancia en la explicación causal de los comportamientos. Me parece que esta postura es congruente en el sentido de que, a menudo, los pacientes entienden sus narrativas como explicaciones causales. Y es un artificio retórico el decir que al construir narrativas biográficas estamos sólo creando significado, pero no estableciendo relaciones causales. Me parece que las narrativas que se validan dentro de la consulta deben poder validarse afuera, en la comunidad más amplia, a través de la participación en las redes sociales y las instituciones de lo simbólico, con los mismos criterios con que se construyeron en la consulta. Y al establecer que las explicaciones de motivos son explicaciones de las causas representacionales de la acción, Strenger da una solución razonable y esclarecedora a esta controversia.

En cuanto al “sensorium” que con tanto esmero y esfuerzo construye el analista durante todo su largo periodo de entrenamiento profesional, Strenger opta por defender que, efectivamente, se puede sostener racionalmente que sirve para los fines para los que se adquirió: para entender con profundidad las complejidades de los distintos seres humanos, sus comportamientos y sus motivaciones. La capacidad del analista de tener una visión rica del ser humano, le permite comprender “desde adentro” las distintas reacciones y motivaciones de sus pacientes. El analista experto es como cualquier otro experto de otra disciplina, alguien que ha desarrollado extraordinariamente y sofisticado capacidades comunes a la mayoría de los seres humanos.

En la línea de Schafer y de los autores hermeneuticistas, Strenger reconoce la influencia del analista, no sólo en la interpretación del material que aporta el paciente, sino en la creación misma de los datos. La influencia de su marco teórico condicionará el tipo de datos que se obtengan y la personalidad del analista ejercerá su sugestión.

La novedad que aporta Strenger es llevar un poco más lejos la reflexión sobre el marco teórico de referencia que utiliza el analista. Nos dice que la elección de formarse y trabajar con los pacientes con una u otra orientación no es sólo una cuestión pragmática, sino que implica la opción por una determinada manera de entender la “buena vida”, la “felicidad” y la “persona madura”. En definitiva, una opción por una determinada constelación de valores morales y un estilo de vida.

La reflexión siguiente, que Strenger no llega a plantear, es la de que libertad tienen los pacientes de elegir la propuesta existencial o weltanschauung en la que se van a iniciar y que puede transformar sus vidas. Strenger sostiene que los propios psicoterapeutas no suelen elegir la orientación psicoterapéutica mediante un proceso de deliberación racional, acerca de los distintos “modos de vida” implícitos en cada escuela. Más bien suelen ser las inclinaciones de su personalidad las que les llevan a simpatizar, o a acercarse, a uno u otro enfoque. Es decir, lo que parece que Strenger nos está diciendo es que, hoy por hoy, las weltanschauung subyacentes a nuestros enfoques no se han hecho del todo oficialmente explícitas y, por tanto, no pueden someterse a un proceso de elección consciente. Mi pregunta es cómo afecta esto a los pacientes. Tengo la impresión que muchos de ellos ni siquiera acceden a esta selección intuitiva, hecha desde las preferencias o el estilo que marca el carácter, de la orientación dentro de la que van a trabajar, sino que dependen más de las recomendaciones que puedan hacerles sus conocidos, es decir del azar.

Me parece que la gran tarea que tenemos pendiente, en el estudio de las orientaciones psicoterapéuticas, es hacer explícitas las concepciones acerca del buen vivir, la madurez, la salud mental y los valores morales, que siguen aún siendo, en parte, contratos implícitos; hacer explicitas las weltanschauung de las que las distintas orientaciones en psicoterapia son portadoras y transmisoras. Creo que si asumimos plenamente las implicaciones del cambio del paradigma positivista al constructivista, es decir el cambio en la concepción del científico neutral a la figura del experto en intersubjetividad inevitablemente participativo en los procesos, tendremos que empezar a entender a los psicoterapeutas como agentes de cambio social, y no como facilitadores de un cambio terapéutico neutral. Cada escuela promueve un tipo de proceso de cambio diferente, que tiene consecuencias en el desarrollo de las dimensiones humanas que promueve.

Si creo que hacer explícitos los programas axiológicos y la weltanschauung subyacente a los distintos métodos psicoterapéuticos es una responsabilidad que todos los modelos deben asumir, quizás el psicoanálisis, por su vocación de hacer consciente lo inconsciente y simbolizar y representar lo excluido o lo no traído al lenguaje, deba sentirse especialmente interpelado por esta propuesta de instrumentalizar y hacer operativa la influencia que, inevitablemente, ejercen las weltanschauung, de las que se nutren los marcos terapéuticos, en el tipo de cambio que desarrollan los pacientes.

Respecto al tema de la inconmensurabilidad entre orientaciones, me parece muy pertinente la observación de Strenger de que hay que estudiar minuciosamente en qué son conmensurables, y por tanto, comparables los distintos marcos terapéuticos. Creo que es importante promover la investigación empírica acerca de los factores conmensurables y explicitar las cuestiones filosóficas no conmensurables. También creo que el llevar la tesis de la inconmensurabilidad al extremo puede favorecer el aislamiento y la falta de contraste entre lo que se hace y se piensa en las distintas escuelas, y legitimar el pensamiento de grupo. Me parece sabia la observación de Strenger de que la existencia de distintos enfoques es enriquecedora y el mantener el dialogo fluido entre las distintas orientaciones es un antídoto contra el dogmatismo y la estereotipia. Para ello, y en los aspectos en los que la traducción no sea viable, habrá que aprender a hablar en distintos idiomas, pues igual de peligroso sería el intento de homogeneización o de anulación de las diferencias en que se puede caer si se fuerza una integración forzada y poco sensible con lo que es diferente. El panorama de lo que se está dando en denominar “la integración en psicoterapia” se presenta como un territorio complejo y muy necesitado de diferenciaciones sutiles y elaboración perspicaz.

Por último, quiero hacer mención a la weltanscauung psicoanalítica a la que hace referencia Strenger, comparándola con la ética austera de los estoicos, donde la felicidad se alcanza a través del autoconocimiento y del conocimiento de los otros, que lleva a desarrollar una conciencia compleja, elaborada y diferenciada, que permite reconocer con realismo los conflictos inherentes a la existencia humana y tramitar con ellos demostrando autodeterminación para perseverar en el propio proyecto existencial, y maestría para gobernar las propias pasiones. Creo que nuestro autor da un paso adelante en la explicitación de la weltanschauung implícita en la teoría y práctica psicoanalítica.

En nuestra actualidad, no nos queda otra que aprender a vivir con la incertidumbre que nos crea la conciencia de nuestros límites y de todo lo que queda por investigar, todo lo que no sabemos. El analista abierto a estas reflexiones debe aprender a convivir entre la tolerancia a la incertidumbre (que da la conciencia de las limitaciones de la personalidad y de la propia formación y de los marcos teóricos con los que trabajamos y la apertura a otros enfoques y a la interdisciplinariedad) y la autodeterminación (pues, en el día a día de las consultas, el psicoterapeuta necesita actuar y continuar tomando decisiones, para lo cual necesita seguir creyendo en la utilidad, validez y legitimidad de lo que hace).

 

 

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