El Yo y el análisis de la defensa [Gray, P., 1994]

Publicado en la revista nº030

Autor: Pedano, Miguel Martín


Reseña: The ego and analysis of defense. Paul Gray. . Madrid. Editorial Biblioteca Nueva. 1994. 218 páginas.


El autor profundiza en este libro sus tesis, teóricas y de aplicación técnica, en las que ha trabajado a lo largo de muchos años y que, presentadas en su momento como artículos, ahora integran este cuerpo de conocimientos con la finalidad de aportar a los analistas (supervisores, supervisados) una guía más, un enfoque más para su práctica analítica. El libro se divide en dos partes, una parte primera, técnica, y una segunda parte destinada a la enseñanza y la supervisión.


Examinaré cada capítulo por separado para extraer la riqueza del enfoque presentado por el autor.


CAPITULO I. Foco del tratamiento: la autoobservación por parte del paciente de su actividad psíquica


El autor se propone en este capítulo hacer hincapié en una de las funciones del analista, una función que en su opinión ha quedado, a lo largo de los trabajos de los analistas, poco conceptualizada. Se trata del "modo analítico de escuchar" y tiene como foco observar cómo reacciona el paciente ante pensamientos que le causan angustia, cómo se defiende ante deseos, afectos, que no puede tolerar.


Gray nos advierte que no está hablando ni de la empatía ni de la contratransferencia sino sobre las diferencias del analista en la percatación de los derivados del Ello (p. ej. deseos incestuosos, agresivos), y de los usos defensivos del yo ante esos derivados que exige, a su parecer, no sólo un mayor uso de "pensamiento intencional" sino también la capacidad para focalizar en determinados contenidos del discurso del paciente más allá de lo que el denomina "las distracciones inevitables” (p. 31) (relato de sueños, recuerdos, fantasías) y las evitables (usos de la contratransferencia, contrarresistencia).


El autor hace hincapié, en este capítulo y a lo largo del todo el libro, en la importancia de señalar el desvío del foco de atención del analista en su práctica, que le imposibilita trasmitir al paciente lo fundamental, en su opinión, de su trabajo, esto es el énfasis en el análisis de su mente y no simplemente en aspectos anecdóticos de su vida.


Con la finalidad de ejemplificar este foco conceptual, y limitando a la vez su utilidad, Gray nos aporta dos ejemplos sobre un foco de atención centrado en lo interno (lo que está aconteciendo en la mente de paciente, en el aquí y ahora de su discurso en la sesión) en contraste con lo que considera un desvío de la tarea analítica: el centrarse en aspectos anecdóticos de la vida del paciente, lo que quita la posibilidad, y desvía, de analizar las defensas del Yo ante los derivados pulsionales, llevando a un terreno (el recuerdo, lo ya acontecido) donde la distorsión ya ha hecho efecto. "El analizado debe llegar a convencerse que el analista circunscribe su interés en él (y en su mente) a la situación analítica" (p. 38).


Centrándonos en lo "interno", Gray considera importante evitar que el paciente nos vea como una persona interesada "en su vida" y así disminuiremos, por consiguiente, la posibilidad de que la neutralidad del analista se vea afectada. Un cambio en el foco de atención  que nos lleva desde el análisis de su conducta al análisis de su mente y al reconocimiento por ambas partes de que  "el pensamiento no tiene límites"  (p.39, cursiva en el original). O sea, que la mente codifica a la realidad, le otorga sentido.


Destaca el autor, como beneficio de este enfoque, el que los pacientes vayan incrementando su capacidad de autoobservación y adquiriendo un mayor control de sus diferentes maneras de reaccionar, de defenderse ante los derivados del Ello, así como la asignación de discriminar entre su vida interior y la realidad exterior como una "potencialidad del yo normal" (p. 40).


Sin quitar importancia a "lo realmente acontecido" que nos relata el paciente (el pasado), Gray propugna que nuestro énfasis  se centre en que eso que aconteció, ahora en el discurso, “constituye las realidades psíquicas estructuralizadas", realidades que, finalmente, llevaron al conflicto (p. 41).


Cómo internalizó el paciente estas experiencias y cómo fueron vividas por él será el camino que nos lleve a una profundización del análisis.


Importante es el señalamiento que nos hace el autor de tener en cuenta que no en todos los pacientes encontraremos la "disposición psicológica" que nos lleve a intervenir de manera monocorde (p. 43). Va a ser una constante en el enfoque de este autor el tener en cuenta, de manera progresiva, los recursos yoicos que tiene el paciente para hacer frente al conflicto, con la consiguiente toma de consciencia, por su parte, de dichos recursos.


CAPITULO II. Un "retraso en el desarrollo" de la evolución de la técnica


En este capítulo, Gray abordará, la observación (actual podríamos decir) de las diferentes maneras de intervenir, de centrar el foco de atención de los analistas y lo que en su tesis representa un retraso en el estudio del Yo ("una resistencia universal ") así como su mayor conocimiento y complejidad, y la aplicación de esto a la práctica clínica. "Espectro de prácticas", nos dice, que en ocasiones atribuimos a "diferencias de estilo" (en el original, p. 48).


Siguiendo su tesis de que se trata de una "resistencia universal", realiza un examen de los escritos de Freud que dan cuenta de ella.  Destaca que, si bien por un lado, Freud abandona la técnica del trance hipnótico y pasa a utilizar la regla fundamental (que lleva implícita una mayor participación del Yo del paciente) hasta llegar a reconocer  la necesidad del trabajo con las resistencias hay, por el contrario, otros elementos en los escritos de Freud que dan cuenta que su teoría no implicó, ni mucho menos, un camino de crecimiento lineal en lo referente al estudio del Yo sino que, en palabras del autor, reflejarían "que Freud se sintió ambivalente acerca de la tendencia de incluir una proporción mayor del Yo del paciente en el análisis…" (p. 51, cursiva en el original). El autor señala textos en los que Freud da cuenta de una "perspectiva de dos registros" donde se requiere, en  un registro, que el analista dé cuenta al paciente de contenidos inconscientes  para que éstos puedan acceder a la consciencia (más allá de la resistencia a vencer). Indica, también, textos próximos en el tiempo donde esta perspectiva es abandonada por Freud en favor de un análisis "de la superficie", otro registro, en el que el analista no intervendrá hasta que no se hayan vencido las resistencias que impiden el surgimiento de dicho material. Progresos y retrocesos, plantea Gray, en períodos distintos de la producción teórica freudiana que reflejan la ambivalencia de Freud a la hora de conceptualizar el papel del Yo en la resistencia y la manera de abordar este problema en el análisis.


Nos alerta que "vencer", "trabajar sobre" o “manejar" las defensas  no implica el actual concepto de "analizar las defensas". La diferencia se encuentra en un aspecto, de crucial importancia para Gray, que es el uso de "la influencia de autoridad" (próxima a la sugestión) por parte del analista. (p. 54, entrecomillado en el original). Gray afirma que no estamos exentos de este uso sugestivo de la transferencia como medio para vencer las resistencias y cuestiona que la fomentemos como recurso en la situación analítica en lugar de hacer énfasis en el análisis de la defensa.


El autor destaca que desde el trabajo de Anna Freud, al cual le otorga una gran importancia por contener y describir en profundidad las funciones del yo (en juego con los derivados pulsionales), sólo Kris, Sterba y Fenichel han hecho esfuerzos para que las nuevas concepciones no fueran distorsionadas. Tomemos un fragmento de la monografía de A. Freud  para entender más claramente a lo que apunta Gray.


“Esta regla analítica fundamental [la asociación libre] sólo se acata hasta cierto punto. El yo permanece silencioso un tiempo, y los derivados del ello aprovechan este reposo para irrumpir en la consciencia. El analista se apresura a tomar conocimiento de sus expresiones. Luego el yo se agita de nuevo, rebélase contra la impuesta actitud de tolerancia pasiva y se inmiscuye con cualquiera de sus habituales medidas de defensa, perturbando el curso de las asociaciones. El enfermo transgrede la regla analítica fundamental o, según acostumbramos decir, hace “resistencias”. Esto significa: que el avance del ello hacia el yo ha seguido un contraataque del yo en dirección inversa. […] la atención del observador desplázase hacia las resistencias: del contenido del ello a la actividad del yo. Entonces comprueba que con el trueque de objetivo [cambio en el foco de atención] súbitamente se ha modificado la situación analítica.” (1) (p. 22-23)


Nos alerta sobre ciertos "factores internos" que han jugado en contra de la adopción de estos nuevos puntos de vista, factores que quedan reflejados en afirmaciones como esta: "el análisis de las defensas es importante, por supuesto, pero debe analizarse también las pulsiones" que reflejaría, desde su perspectiva, un desconocimiento de que a cada defensa va aparejado el impulso contra el cual esta se erige. Encontramos también: "al principio del análisis uno se ocupa de las defensas; no es sino después que uno lleva a cabo el análisis de verdad", lo que da cuenta del desconocimiento del papel del yo en las neurosis y de la resistencias que juega a lo largo de todo el proceso de análisis (p.  58, en cursiva en el original, entrecomillado nuestro.)


Gray destaca lo llamativo de la poca atención prestada por Freud, más allá de algunos breves señalamientos, a la obra de Anna Freud y los aportes allí implicados. Continuando con la metáfora del "retraso en el desarrollo", Gray se propone estudiar "las fijaciones" y resistencias a los particulares comienzos del desarrollo de la teoría y práctica analítica (p. 62). Señala y desarrolla 4 fijaciones:


- La fascinación por el Ello. Destaca cómo la predilección, y su consiguiente gratificación, por establecer nuestro foco de atención hacia los derivados pulsionales ha sido una constante. Se pregunta si esto se llevó a cabo asÍ por los resultados terapéuticos o por la gratificación que se pone en juego para el analista.


-La predilección por una postura analítica autoritaria. En este apartado el autor hace referencia a la neutralidad analítica y a la diferencia, cuando se trata de modificar las resistencias,  entre una actitud analítica que tiene por objetivo analizar las defensas y la "sugestión autoritaria” más propia de la hipnosis.


Considera que existe una "intensa gratificación narcisista" en el hecho de "poder manejar la mente de los otros". No sólo, nos advierte, se trata de la actitud autoritaria de aquel analista que "juega a ser Dios", que promulga interpretaciones en un tono autoritario, sino de aquel que ejerce un papel más cercano al paternalismo, e incluso, "un papel parental benigno", esto es, aquel analista que, de manera suave, da  interpretaciones que dejan de lado al "yo observador" del paciente. Interpretaciones del tipo: "Lo que usted siente, quiere decir, etc., realmente es esto o aquello, porque así es como yo lo percibo" son algunas de las  formas en que esta actitud se enmascara según Gray (p.  64-65). Las consecuencias de esto, asegura el autor, es que se impide que el paciente vea en nosotros una "neutralidad científica amable"  y se interrumpe el desarrollo, en el analizado, de "la pericia auto analítica autónoma" (p. 65).


Nos parece de importancia la matización agregada por Gray respecto a que no todos los pacientes pueden reaccionar igual y, en algunos, "la actitud benignamente autoritaria" puede ser de utilidad clínica, en especial aquellos pacientes a quienes les resultaría abrumador, excesivo, llevar adelante un examen exhaustivo de las defensas. (P. 65). Destaca entre las razones que pueden llegar a dificultar "una alianza racional" con el yo observador del paciente (que permita un análisis sistemático de las defensas), la tendencia o necesidad, por su parte, de identificaciones del tipo incorporativo o internalizador. (P. 65)


Critica el uso de la internalización (referencia a la internalización trasmutadora de Strachey) como recurso técnico para lograr el cambio terapéutico porque limita, desde su enfoque, el desarrollo del yo autónomo del paciente.


¿En qué elementos de cambio terapéutico podemos apoyarnos? se pregunta Gray para introducir el concepto de "proceso de aprendizaje" que, para él, es un proceso que englobará factores cognitivos en cuanto implica "comprensión" por parte del yo del paciente de lo que el analista le señala, y factores empíricos en cuanto el paciente descubre que su yo "puede tolerar y controlar los incrementos de los derivados pulsionales"(p.  66, en cursiva en el original).


El uso de interpretaciones que se apuntalan exclusivamente en derivados pulsionales, obviando el interjuego de estos con las defensas empleadas por el paciente, implica un uso sugestivo de la transferencia y menoscaba las "oportunidades de aprendizaje" del Yo (p.  66).


Nuevamente nos parece importante destacar el señalamiento que hace el autor en cuanto que habrá un “más del conflicto neurótico" que requiera de otros instrumentos técnicos (como por ejemplo el uso de las influencias interpersonales), aunque valora que, de existir la posibilidad de lograr una mayor autonomía en el yo del paciente, ésta no debe desaprovecharse (p.  67).


- La preocupación por la realidad externa, incluyendo el pasado como tal realidad. El autor se aboca a indagar los diferentes usos de las producciones psíquicas (fantasías, recuerdos) durante el análisis y destaca la importancia de considerar estos productos no como "referencia a la realidad externa pasada" sino "en su dimensión de acontecimiento interno de importancia intrapsíquica inmediata" (p.  69, en cursiva en el original). El hecho de que, durante las supervisiones, hablemos de lo que nos cuentan los pacientes como hechos en lugar de su función de recuerdos (o fantasías) de esos hechos, nos pone sobre aviso al respecto. Gray nos propone considerar esos recuerdos ya no como "hechos", sino como efectos del conflicto en la mente del paciente entre el Yo y el Ello. Confronta, también, la idea del psicoanálisis como un procedimiento destinado a la recuperación de acontecimientos pretéritos en lugar de un procedimiento que tiene como fin el control de los impulsos por parte del yo del paciente.


- La contrarresistencia a la transferencia de afectos e impulsos. Gray define la contrarresistencia como "aquellas maneras de percibir y llevar a cabo un análisis que conduce a fomentar o reforzar la resistencia más allá de lo que correspondería a la movilización de los conflictos internos a que da lugar el ejercicio de la libre asociación”. (p.  70-71). En sentido estricto, el concepto de contrarresistencia puede referirse "al conjunto de reacciones del analista que están inconscientemente motivadas". (p.  71)


El uso, frecuentemente utilizado en la actualidad por los analistas,  de interpretar aspectos genéticos inconscientes "apenas conscientes en la transferencia" fomenta la resistencia, sin brindarle al paciente la oportunidad de realizar todo el despliegue de fantasías y defensas en torno a la transferencia. El riesgo que conlleva esta experiencia es que terminarán apareciendo, según el autor, "todas las formas en el que el analista ha sido o es percibido" y la posible consecuencia de que este sufra, por ello, una herida narcisista. (p.  71)


El autor concluye el capítulo con la frase de Freud "existe resistencia al descubrimiento de la resistencia", plausible de ser usada con respecto a nuestras dificultades de analizar el funcionamiento del Yo y las defensas desplegadas ante los derivados pulsionales (p.  72). Insiste en que esta posición (la de ignorar el análisis del yo) favorece al analista en tanto aumenta  su satisfacción instintual (en la interpretación directa de derivados del Ello) y disminuye los conflictos.


Nuestra tarea, insiste, debe estar enfocada en la ardua tarea de analizar las defensas y, así, promover mayor autonomía yoica en el paciente.


 


Capítulo III. Sobre la ayuda a los analizados para observar la actividad intrapsíquica


Gray hace referencia a que uno de los fines de la terapia analítica es proveer conocimientos sobre las actividades del Yo que se encuentran al servicio de la resistencia. El autor nos llama la atención sobre nuestra carencia de recursos técnicos destinados a tal fin y se propone, aquí, brindarnos algunos elementos que permitan al paciente a una mayor capacidad autoobservadora y autoanalítica.


Una de las dificultades, nos advierte, a la hora de acceder a las actividades inconscientes del Yo, que en su proceder repetitivo forma la resistencia, es que éstas presentan poca motivación a hacerse presentes (a diferencia de los derivados del Ello). El autor propone, a partir de las capacidades autónomas del yo, incrementar la motivación y el trabajo del paciente.


Indaga,  en este capitulo, en dos áreas: una de ellas la engloba como una tarea educativa, cognoscitiva; la otra, en cambio, implica lo que el analista hace para que el paciente trabaje su capacidad de autoobservación.  Ambas suelen estar, nos aclara, entremezcladas. Las examinare tal cual aparecen en el texto:


El fortalecimiento de la motivación del analizado para desarrollar  una capacidad de observación intrapsíquica


El hecho de que el paciente, afirma Gray, venga a análisis por "X" motivos no implica necesariamente que exista motivación para la autoobservación. Considera, en esta exposición, dos formas de autoobservación:


1. aquella requerida para la libre asociación, que exige que el analista haga comprender al paciente de manera constante a largo del proceso lo que implica este "pensar en voz alta". (p.  76)


2. aquella requerida para observarse y percibirse a sí mismo, en el aquí y ahora del análisis, en cuanto a contenidos que surgen en su mente y que generan conflictos y defensas. El aprendizaje de esta forma de autoobservarse puede ir adquiriéndose a lo largo del análisis.


Gray va a centrarse en esta 2º clase de autoobservación para decirnos que es requisito para la misma  "una alianza observadora racional" (p.  77). Una reorientación, asegura, de la libre asociación a la "contemplación intelectual objetiva" que prepara al paciente para el trabajo de examinar cómo funciona su mente. Cabe dentro de esta observación la función yoica que Kris denominó "la capacidad del yo para observar sus propias funciones" (p.  72). El analista señala lo que el paciente acaba de asociar con la intención de que éste  vuelva sobre sus pasos y examine lo allí ocurrido.


Estas dos formas de observaciones, afirma Gray, requieren "un buen grado de motivación" del paciente y considera que esta motivación ha tenido como base, en nuestros análisis, el estar el paciente frente "a una autoridad con valencia transferencial" como recurso para vencer la resistencia (p.  77); Desde su experiencia, por el contrario, el paciente puede adquirir una motivación que le remita un autentico beneficio que incremente el aprendizaje autónomo, basado en la realidad en lugar de las fantasías transferenciales.


Hasta aquí los principios.


 ¿Qué recursos técnicos propone Gray que nos permitan desarrollar en los pacientes una mayor motivación para la autoobservación, para el examen de sí mismo?


Como primera medida para incrementar la motivación, les proporciona a los pacientes un concepto operativo que es: las dificultades de las que padece el analizado no son sino fruto "de soluciones involuntarias a ciertos conflictos inconcientes". Este concepto operativo, nos aclara, debe ser suministrado según el juicio del analista, acorde a las características del paciente. Afirma: "...procuro transmitir al analizado la idea de que las razones particulares por las que estos conflictos se mantuvieron fuera de su conciencia, han continuado actuando, de una forma u otra, desde sus primeros años, es decir, desde una edad en que no poseía la suficiente madurez ni la capacidad para elaborarlos conscientemente" (p. 78).


En párrafos siguientes, a pesar de que manifiesta prestar mayor cuidado a la segunda forma de observación, Gray desarrolla algunos aspectos técnicos sobre la libre asociación. Intenta, en su práctica, diferenciarle al paciente entre la libre asociación y libre comunicación (para aquellos pacientes que provengan de una terapia anterior), hace hincapié en el esfuerzo que implica la primera y en los obstáculos e interferencias con las que, en el trabajo, puede toparse. Incentiva la capacidad del paciente de retomar aquellos pensamientos que han acudido a su mente y que ha verbalizado. El paciente puede, bajo nuestro proceder, entender que nos interesa menos (aunque no se descuida esto) interpretar su vida contemporánea que analizar lo que ocurre aquí y ahora en la sesión, en su mente. Inmerso dentro de un proceso  de aprendizaje, nos encontraremos no  sólo con las dificultades propias de las resistencias sino, también, con las que exige cualquier tarea desconocida.


Ante la objeción de que su enfoque pecaría de fomentar la “intelectualizacion", Gray se apronta a defender que su enfoque es tan intelectual como cualquier tarea propuesta al paciente para su comprensión. Sostiene: "Soy de la opinión que el intelecto usado como defensa debe ser analizado y no evitado a través de la manipulación que supone no exigir nada de la inteligencia del paciente" (p. 80). El que entendamos y describamos al paciente lo que le ocurre "con razones constructivas y razonables que lo justifiquen" lo que ocurre en su mente, ayuda a fomentar la capacidad de percepción del paciente. (p.80, en cursiva en el original). Al tratarse de un aprendizaje, la tarea le será facilitada al paciente en tanto explicitemos en qué tareas consiste el análisis.


Al fin de examinar "las funciones autónomas yoicas" que el paciente necesita para observar las defensas del yo ante el conflicto, Gray se propone examinar de manera minuciosa la secuencia de lo que ocurre en el paciente ante una intervención del analista:


1- atender, de manera racional, a lo dicho por el analista.


2- reconocer que la interpretación lo lleva a reexaminar lo anteriormente dicho  que, puesto nuevamente a la luz, "su psique a respondido automáticamente con una solución defensiva y protectora”.


3- "comprender que la motivación para solucionar el conflicto" (intrapsíquico) se debió al surgimiento de una fantasía donde el paciente corría riesgo al asociar libremente estos contenidos.


4- examinar esta fantasía de riesgo de manera que, a medida que se lo vaya comprendiendo, se reduzca la necesidad de inhibición.


5- centrar la atención en la tarea fundamental de permitir  “un acceso más espontáneo al self interno" (pp. 80-81).


Gray hace unas aclaraciones respecto al punto 1 y 4. En cuanto al numero 1, nos aclara que no todos los pacientes tienen la posibilidad de escuchar racionalmente al analista debido a que, algunos, en cuanto se les comunica una actividad intrapsíquica  tomada desde su discurso pero que va mas allá de lo que desea comunicar, se sienten traumatizados. Gray habla de aquellos pacientes que Kohut enmarcó dentro de los trastornos narcisistas de la personalidad. En cuanto al punto 4, el autor valora que es aquí donde la reconstrucción genética tiene lugar, "las circunstancias del peligro que se percibió originalmente" y que dieron lugar al despliegue de las defensas como solución del conflicto (p.  82).


La cooperación con actividades de autoobservación del analizado.


Según Gray, el despliegue de las capacidades de los pacientes para observar su actividad yoica dependerá "de la naturaleza de la carga que las intervenciones del analista impone sobre ellos" (p.  83).


Considera que estos "esfuerzos cooperativos" dentro de la sesión analítica deberán estar precedidos por la elección del analista de "una (que no "la") superficie "óptima" dentro del material expuesto, donde se puede señalar al paciente el conflicto entre impulsos y defensas (p.  83). En la medida, considera, que trabajemos en una superficie "idónea", el paciente podrá desplegar su capacidad de autoobservación. Como los pacientes no saben lo que ocurre en su mente mientras van asociando libremente, es necesario que desplieguen, ante "esta postura natural" otra función que consiste en la contemplación, el "cómo y el por qué" de esta "conducta mental" mientras hablan (p.  84).


Gray nos  expone a continuación algunos ejemplos  (de los que tomaré uno por ser, en mi opinión, el más ilustrativo de la serie):


Cerca del final de una sesión, una mujer se permitió a un nivel nuevo y menos defensivo recordar y volver a experimentar resentimiento contra su hermano, un hermano hacia quien había sentido una  dependencia afectuosa, pero quien la había traumatizado crónicamente en su niñez. La paciente refirió un episodio en que había observado una conducta `chiflada´ e inadecuada de su hermano. Con este material, apareció un atisbo de amargo resentimiento. Sus recuerdos habían alcanzado un nuevo grado de intensidad cuando hubo de interrumpirlos con una defensa, en esencia, una formación reactiva consistente en la suspensión de la descripción de la conducta provocativa de su hermano y una transición rápida al recuerdo sustitutivo del remordimiento que mostró este por su comportamiento. Este último recuerdo venía acompañado de un sentimiento de compasión, en lugar del creciente resentimiento anterior, cesando así de proporcionar al analista  evidencia adicional de la cruel y anómala conducta de su hermano. El analista intervino entonces señalando que, aunque los sentimientos compasivos  que estaba expresando en ese momento también eran parte de la relación con su hermano, le habían acudido a la mente de una manera que ya les resultaba familiar: interrumpiendo el recuerdo de una conducta que antes había calificado de `chiflado´. El analista señaló además como los sentimientos de resentimiento habían desaparecido. Hizo que prestase atención al riesgo implícito asociado a la presencia del analista, si hubiera continuado desplegando la secuencia original de sus pensamientos, sentimientos e imágenes. (pp  86-87)






A continuación, se propone brindarnos otros elementos técnicos con respecto a las intervenciones del analista. Destaca la importancia de la selección de nuestras palabras a la hora de trasmitir una interpretación, selección de nuestras palabras que, desde su enfoque, “disminuirán de tres formas (áreas) la sobrecarga de la atención racional, la observación y la comprensión del analizado”; Estas tres formas son:


- En el  área del Yo: la utilización de palabras que no excedan su comprensión, el nombrar como “sentimiento” algo que el paciente “no esta sintiendo”.


- En el área de la estimulación de los instintos”, poniéndonos como ejemplo el que en nuestra intervención  hablemos de un personaje de importancia para el paciente con familiaridad, “creando así una complicidad momentánea”. El analista puede evitar dicha ilusión seductora negando cualquier tipo de familiaridad compartida, al utilizar términos como “su esposa” o “su amigo”, etc. (p.  89).


- En el área de la atracción del Superyó: palabras que, a pesar de su uso cotidiano en terapia, han adquirido un sentido peyorativo, que enmarcara, un juicio moralizado.


Dentro de lo que Gray llama ejemplos “funcionales” (p. 89) nos gustaría transcribir este, en la medida que aquí expone  lo que para Gray significa “una observación más autónoma de sí mismo” (p.  91).


Una mujer que, a través de repetidas observaciones compartidas, se había dado cuenta de una solución defensiva particular al temor ante sus impulsos fálicos agresivos, dijo lo siguiente: “Ayer, mi madre estuvo veinte minutos al teléfono poniendo verde a mi padre, ella siempre… (pausa) …pero yo hice lo mismo hablando por teléfono con mi hermana, así que ¿quién soy yo para…? (aquí se paró)… (lentamente) … Caigo en la cuenta de lo que estoy haciendo…(pausa)…empiezo a protegerla echándome a mi misma la culpa…Lo que quiero decir es que …mi madre se comporta como una perra.” (p. 91, en cursiva en el original).


Destaca aquí el autor como se entremezclan en este autoobservación consciente de la paciente “las contribuciones del Ello, del conflicto y de las soluciones del yo”. (p.  92).


CAPITULO IV. La naturaleza de la acción terapéutica en el psicoanálisis


Gray comienza este tema opinando que en la actualidad los analistas nos encontramos haciendo psicoanálisis con una variedad de enfoques diferentes y no sólo varían las diferentes intervenciones en si  sino también nuestras opiniones sobre lo que estamos llevando a cabo con nuestros pacientes. Agrega complejidad al tema de la acción terapéutica el             que los pacientes poseen  diferentes capacidades en cuanto a los cambios terapéuticos.


Se propone indagar el tema de la acción terapéutica desde tres posiciones:


El marco teórico y clínico de sus observaciones, objetivos terapéuticos y manera de entender “la asistencia”(p. 93)


Algunas ideas y formas de atención con el paciente.


Ventajas y desventajas de su enfoque.


En cuanto al punto 1, Gray explica que su enfoque está desarrollado bajo la óptica del conflicto, esto es, el funcionamiento del Yo y  el despliegue de defensas inconscientes ante el surgimiento de derivados pulsionales; proceso dominado por la “necesidad básica” de evitar la angustia (p.  91). La acciones terapéuticas propuestas por Gray dentro de su enfoque tienen como objetivo terapéutico general disminuir el potencial de angustia del paciente y, por consiguiente, la necesidad de padecer regresiones automáticas.


El área, señala, donde estas acciones terapéuticas se pondrán en juego se circunscribe a los trastornos clínicos donde el conflicto intrapsíquico tiene como vía de solución el desarrollo de síntomas o rasgos de carácter para evitar la angustia.


En cuanto al punto 2, Gray se propone brindar una muestra de la atención a la que da prioridad durante la sesión. Cuando escucha el discurso manifiesto del paciente, la superficie, va prestando oídos a la emergencia de ciertos derivados pulsionales, ya sea a través de las palabras  o de los sonidos o matices que le acompañan. Considera aquí tres puntos importantes o “suposiciones funcionales”: a) que los derivados pulsionales insisten por emerger en la consciencia; b) que no encuentran resistencia a este emerger; y c) que cuando hay interferencia es a costa de que el Yo del paciente ha detectado un conflicto. Sigue su descripción de la atención: si  detecta que este derivado pulsional emerge en la consciencia, no interviene. De lo contrario, cuando observa que el Yo del paciente ha usado una de sus resistencias con el fin de evitar el conflicto y la angustia, le pide al paciente que retome la secuencia que acaba de acontecer en su discurso. Agrega  aquí otra “suposición funcional”: que el conflicto está intensificado por la fantasía de que verbalizar lo que viene a la mente acarrearía un cierto peligro, una consecuencia proveniente del analista o “suscitada en el fuero interno de éste”. Estas fantasías inhibitorias, teoriza Gray, son la “repetición de imágenes de las autoridades de la infancia que sirvieron originalmente para inhibir los impulsos” que ahora intentan emerger en el análisis” (p. 95). Dice Gray: “Reconocemos estas imágenes como aquellas que a la larga resultan internalizadas con fines superyoicos. Son las mismas imágenes que uno siempre reexternaliza perentoriamente cuando acepta una relación con otra persona que impone (o le parece a uno que impone) la labor o la amenaza de descubrir impulsos o emociones inconscientemente defendidas. Una vez reexternalizadas dichas imágenes se califican de transferencias” Imágenes reexternalizadas que en el análisis juegan como resistencia; parte crucial de análisis, como tarea analítica, no solo como análisis de la defensa sino, también, como “esa parte especializada del funcionamiento del Yo que conocemos por Superyó” (p.  95). Este será un punto al que Gray va a volver de manera constante a lo largo de su obra.                                                                                                               


Tomando una cita de A. Freud (1936, p. 8) que afirma que las defensas del yo “se llevaban a cabo silenciosa e invisiblemente”, Gray asegura que es así para el paciente pero el analista las puede reconocer prestándole una determinada atención. ¿Y qué es lo que alerta la escucha de Gray para prestar atención en determinados contenidos? Algo que él denomina “estrés intrapsíquico”, que fuerza al Yo a interferir con el material emergente; “punto de máxima tensión tolerable” donde el Yo, funcionando de igual manera a como lo hacía en la niñez para determinados fines, sufre un “mini- colapso” en el funcionar adulto. Un “cambio de voz”, en el sentido amplio de la palabra, que con la práctica el analista logrará observar dentro de su foco de atención.


Nuevamente  Gray critica “el residuo” (histórico) que dejó la práctica de la hipnosis, esto es, el uso de la sugestión como forma de superar las resistencias en lugar de procurar la participación progresiva del yo en poder objetivar los contenidos de su mente.


A través de un ejemplo clínico, Gray nos ilustra la secuencia de insight que un paciente va logrando a partir de este enfoque. Resumámoslo: a partir de las constantes descripciones del analista del proceder del paciente, éste va aprendiendo, de manera progresiva, a retomar el encadenamiento de sus palabras y puede visualizar  “la evidencia habitual” de las defensas que se ponen allí en juego. Es, advierte, “desde el lado de la defensa” de donde nos tenemos que manejar, lo que indica que el material ya ha accedido a la consciencia y ha sido rechazado por las defensas y no desde interpretaciones profundas de material inconsciente. (p. 100, cursiva en el original).


A través del ejercicio de su capacidad de autoobservación el paciente necesitó menos de la sugestión para analizar las defensas en juego; así también, a partir de los continuos insights de las experiencias, el paciente consigue un mayor conocimiento de sus capacidades y de su obrar autónomo. En este punto del aprendizaje podremos escuchar, según Gray, expresiones del tipo “Puedo ver lo que se avecina”, “Estoy volviendo a las mismas”, “Sé lo que me está ocurriendo”, etc. (p. 101). Cito a Gray:


Cada ocasión nueva que tiene el paciente para comprender algo que ha estado ocurriendo inconscientemente dentro de él durante años , y cada nueva experiencia de utilización activa de estos insight para la promoción de la tarea y el proceso analítico, aumentan la fuerza del Yo para un auto-enfrentamiento objetivo (p. 100, cursiva en el original).


Este aprendizaje, señala, repercute en que se crea por parte del paciente una mayor capacidad de fortaleza del Yo y el control sobre los impulsos anteriormente inconscientes. No es, advierte, la internalización de una nueva figura de autoridad más permisiva (que implicaría una aprendizaje “menos maduro”) sino que el Yo tome el control de las actividades de autoobservación y autocrítica anteriormente utilizados por el Superyó.


En cuanto al punto 3, ventajas y desventajas de su enfoque, Gray reitera los dos factores que, para él, influyen sobre las acciones terapéuticas: la estructura de la personalidad del paciente y el enfoque técnico del analista, reflejo de su teoría. Afirma que una de las ventajas de su enfoque consiste en que prescindimos de aquellos datos que extraemos los analistas con referencia a nuestro inconsciente y nos basamos más en datos confirmables. Intercala aquí, nuevamente, la orientación teórica que sostiene su técnica: “…no existen fuerzas inconscientes del Ello que “arrastren” ningún material mental “de arriba abajo”…  “mi hipótesis de trabajo [es que] un análisis detallado y consistente de las formas y motivaciones de las manifestaciones resistenciales contra derivados pulsionales específicos próximos a las superficie del Yo hará posible, de por sí, una asimilación yoica gradual y analíticamente suficiente de los elementos mentales previamente evitados…” (p.  103, entrecomillado nuestro).  


Respecto a las desventajas señala que  prestar una atención detallada a los datos confirmables  puede resultarnos una actividad engorrosa y rescata que su enfoque no elimina, cual pares de opuestos, la alternativa que busca (vía interpretación) “la resonancia inconsciente para los derivados del Ello”, sino que representa un enfoque más de nuestro arsenal clínico. Hay pacientes que funcionan con las interpretaciones más profundas y con los que se recurre, como medio de levantar las resistencias, a una “influencia transferencial autoritaria” (p.  104).  


CAPITULO V. El análisis de las actividades inhibidoras superyoicas del yo.


Gray se propone abordar en este capítulo las causas en que radica nuestra ambigüedad en el abordaje del Superyó en nuestra práctica. Realiza un examen de los escritos de Freud donde, según la lectura de Gray, éste revela la ambigüedad de su postura a la hora de abordar al Superyó y el manejo de la sugestión como recurso técnico del análisis, los aportes de autores que avanzaron respecto al análisis de esta instancia y, por último, su postura al respecto.


 En este punto Gray da evidencia de los diferentes textos donde Freud ofrece sus concepciones ambivalentes con respecto al Superyó y las consecuencias en su práctica. Aunque la década de los años 20 sería prolífera en escritos de Freud que transformarían algunos de sus más importantes aportes hasta entonces sostenidos (segunda tópica, nueva teoría de la angustia), pareciera que Freud no dejó de mantenerse partidario  en cuanto al manejo de la transferencia como recurso para vencer las resistencias del paciente.


A través de los textos de Freud, Gray intenta mostrar sus tesis que explican la mencionada ambigüedad: en primer lugar el uso, arraigado en la tradición psicoanalítica, del Superyó transferido como medio para superar las resistencias del paciente ante el surgimiento de los derivados pulsionales. Usamos al Superyó  como “medio para” en lugar de analizarlo. en segundo lugar, la tesis de Gray (que explica mejor la primera): que el Superyó se construye antes de los nuevos aportes de la década del 20, que deberían haber modificado esta construcción, esto es el Superyó “como instancia superimpuesta al yo” en lugar de configurarlo como una manifestación más de las defensas que pone en juego el Yo en el conflicto. (p.  105).  


II- Gray ofrece aportaciones  de diferentes autores que han intentado reducir la ambigüedad en torno al Superyó y su utilidad clínica. Para ello, parte del concepto elaborado por A. Freud de “transferencia  de la defensa”        que Gray considera “un paso inicial hacia un análisis del Superyó… como función defensiva del Yo” (p.  105).  


Veamos la definición que Anna Freud ofrece de este concepto en El yo y los mecanismos de defensa:


El impulso repetitivo que domina al paciente no sólo transfiere los no deformados impulsos infantiles del ello, sino, concomitantemente, a las antiguas medidas de defensa contra el instinto. […] el paciente no sólo transfiere los no deformados impulsos infantiles del ello, que al penetrar en la consciencia se ven secundariamente sujetos una censura del yo adulto; asimismo transfiere los impulsos del ello en todos aquellos modos de deformación que ya se habían adquirido en la vida infantil (1)(p.  28).  


De Fenichel  destaca, por un lado, su afirmación de lo poco que se avanzaba en el análisis de la defensa a pesar de estar bastante estudiada, por otro lado cita a este  cuando define al Superyó como “una estructura de defensa”. El aporte de Sterba, rescatado por Gray, es el concepto de “escisión del Yo” y el reconocimiento de que el paciente aumentaba su atención racional y selectiva a partir del análisis efectivo. Reconoce a Brommer como el único contemporáneo de Gray en el estudio del Superyó apuntando que este autor no lo considera, a diferencia de él, como una función yoica.


III- Gray es expeditivo al exponer su punto de vista. Ocuparse del Superyó, utilizarlo terapéuticamente,  no es analizarlo. ¿Qué implica para Gray el análisis del Superyó? Se refiere con ello al método con el cual hacer aparecer sistemáticamente en la consciencia  las repeticiones de formaciones defensivas activadas en el pasado y, en especial, en la situación edípica. Tiene como fin que el paciente vaya reconquistando funciones yoicas comprometidas. Para Gray, el Superyó es una función defensiva del Yo y de allí que su análisis lleva aparejado, como consecuencia, un Yo con mayor capacidad de autoobservación y capacidad ejecutiva y un mayor control de la agresión. Esto se logra “percibiendo e interpretando las manifestaciones [superyoicas] que resultan movilizadas en la situación analítica […] como parte de las actividades defensivas del yo” (p.  117).


Asevera el autor que el Superyó es dinámicamente equiparable a un síntoma; revisa los escritos de El Yo y el Ello con el fin de legitimar tal declaración. Para Gray, el niño utiliza las imágenes de autoridad como mecanismo de defensa, inhibición, ante sus impulsos agresivos. Es posible ver en análisis cómo se ponen en juego, vía repetición transferencial, estas imágenes inhibitorias preinternalizadas y, al igual que sirvió como control de los impulsos, el paciente recurre a este arsenal defensivo para hacer frente a la situación analítica donde el terapeuta sólo pone freno a la acción. Retoma lo expresado en el capítulo III para ubicar en los puntos 3 y 4 alli citados ,el lugar donde puede tener lugar el análisis de esas figuras autoritarias inhibitorias. Su enfoque, insiste, busca como objetivo lograr una mayor capacidad del Yo para buscar soluciones conscientes al conflicto. El mayor énfasis del enfoque está puesto en las resistencias, punto central del análisis del Superyó.


El trabajo propuesto por Gray se basa menos en la búsqueda y reconocimiento  de determinados impulsos en la infancia y más en el reconocimiento del contexto infantil donde surgieron estos impulsos y, ante la percepción de la amenaza que estos implicaban, la “catectización de objeto inhibidores no gratificantes” (p.  121). Cambio de enfoque que Gray plantea magistralmente como sigue:


Desde  “¿Cómo y por qué, de niño, quisiste destruir a alguien?” a  “¿Qué fue lo que, de niño, hizo que tuvieras que ignorar el hecho de que podías odiar tanto a ciertas personas como para desear su destrucción, y cómo te las arreglaste para ignorarlo?” (p. 121).


Su enfoque busca que la atención no quede fijada en la búsqueda de impulsos instintuales como “si se tratase de cosas del pasado” (p. 121) sino que el paciente tome mayor consciencia de que se trata de “algo vivo”, que sigue utilizando como medio de resolución al conflicto intrapsíquico, esto es, las resistencias ante las fantasías de peligro (p.  121). Cito a Gray: “La fantasías de peligro constituye la base de los conflictos y la motivación de las defensas que observamos como resistencia”.


Destaca que en el análisis del Superyó (como proceso defensivo del Yo) se hace evidente el papel jugado por este en la inhibición de los impulsos agresivos. Todas las manifestaciones (como soluciones al conflicto) de la vuelta de la agresión contra sí mismo tienen  “el sello de una actividad yoica”. (p. 122)


El análisis del Superyó resultará posible en la medida en que los derivados pulsionales agresivos puedan volver a estar bajo el dominio ejecutivo voluntario del Yo”. (p. 122, cursiva en el original).


Capítulo VI. El análisis de la permisividad superyoica del Yo


Se propone Gray explorar las transferencias (reexternalización transferencial) de imágenes de autoridad que el Yo utiliza como defensa contra la angustia a través de “fantasías de afectuosa aprobación” y que otorgan al paciente la ilusión de seguridad. (p. 122, cursiva en el original).Por otro lado, se propone investigar los autores que han utilizado esta “segunda forma de transferencia” a modo terapéutico. Aunque está de acuerdo en que con algunos pacientes es necesario el uso de esta transferencia cree, por el contrario, que en su uso generalizado se “reflejan y mantienen las inhibiciones  profesionales que se oponen al progreso de nuestra metodología para un psicoanálisis estructural  esencial” (lo de “esencial” se aclarará en el capítulo IX, donde Gray especificará las diferencias entre psicoterapia y psicoanálisis) (p. 124, cursiva en el original).


La fantasía transferencial de la aprobación afectuosa como resistencia


Ya vimos cómo en el capítulo anterior Gray desgajaba el Superyó colocándolo como una función (superyoica) del yo al servicio de la resistencia (figuras de autoridad utilizadas como defensa externa al surgimiento de impulsos, inhibidoras, ahora reexternalizadas como transferencias). Ahora mencionará una segunda categoría de imágenes de autoridad reexternalizadas con el fin de evitar la angustia del conflicto y que se materializa, se pone en juego, en la fantasía del analista como “autoridad afectuosa, aprobatoria y protectora”; fantasía que evita la angustia al sentirse el paciente bajo la protección del analista, “a salvo de la crítica, el castigo y la perdida de amor”. Al igual que las figuras de autoridad, añade, estas figuras permisivas, tolerantes podríamos decir, se encuentran disponibles para la transferencia y sirven a la defensa y la resistencia. Evitan la angustia al sentir/fantasear el paciente que está frente a alguien que lo apoya y comprende evitando de esta manera que surja el conflicto por la emergencia de determinados impulsos instintuales, evitando así la censura del Yo.


La mayor dificultad, afirma Gray, a la hora de afrontar esta segunda categoría  de las transferencias reside en que se confunden (las confundimos) con nuestro deseo  de presentarnos como acríticos ante los pacientes. En su opinión, estamos pocos dispuestos a reconocer que será el análisis de las fantasías, que lo han inhibido ante el peligro, lo que permitirá al paciente ganar en “seguridad objetiva” y, por ende, “en espontaneidad interna” (p. 125, cursiva en el original). En palabras de Gray: “Sentimos una aversión natural a examinar los elementos de apoyo de la transferencia” (p. 125). Remarca que, a pesar del avance teórico que significó la nueva concepción estructural de la psique y de la angustia, Freud siguió sosteniendo la sugestión transferencial como recurso terapéutico. Para  Gray, el uso de estas figuras parentales crea “la ilusión” al paciente de estar frente a “una madre que todo lo aprueba” o “un padre confesor que todo lo aprueba”, y, en la vertiente inhibidora, frente a una figura colérica ante la cual el paciente debe “comportarse”. Gray no quita utilidad a dichas fantasías, ilusiones, imágenes transferidas,  pero sí critica su utilización en detrimento de su análisis. Nos remarca otra imagen que puede aparecer en la transferencia: “la de una autoridad influyente representativa de una figura desinhibidora […] es el caso cuando se transfiere la imagen de uno de los padres que […] actuó fomentando seductoramente de manera crónica […] el desarrollo sexual o agresivo del niño”.  La consecuencia de la proyección de esta imagen puede ser, en un principio, la emergencia de los derivados instintuales por disminución de la resistencia  y, como consecuencia de volverse la situación demasiado estimulante y permisiva que el paciente sienta las fantasías de peligro y la emergencia de una nueva imagen transferencial de autoridad inhibidora;”..el paciente puede sentirse atrapado entre dos alternativas igualmente inquietantes: la de evitar al analista por miedo a la sobreestimulacion y la de tener que hacerlo por temor su excesiva severidad”. En estos casos será muy complicado, considera Gray, que el paciente nos pueda ver como “un oyente neutral y objetivo” y será muy difícil analizar las resistencias. (p.128).


La transferencia de una autoridad afectuosamente permisiva y el análisis de amplio espectro


Gray confronta dos metodologías del análisis que implican un abordaje diferente a la hora de analizar o no las transferencias de los pacientes, de hacer uso de ellas o no. Aunque valora el uso técnico de la transferencia, el apoyarse en el vínculo con el analista en determinados pacientes (aquellos que presentan patología narcisista, debilidad yoica), también cuestiona que desde allí se haga un uso generalizado de dicha transferencia dejando de lado, en su opinión, una de las metas  del análisis: el abordaje de las actividades superyoicas del Yo;  el análisis por parte del paciente de las repeticiones transferenciales reexternalizadas (inhibidoras o protectoras) en la figura del analista, con la consiguiente pérdida de oportunidad de brindar mayor autonomía al Yo, mayor conocimiento de los recursos con los que hacer frente al conflicto y la  resistencia.


Sobre la disminución de los efectos no analíticos de la transferencia de apoyo


Plantea el autor el uso que hacemos de las transferencias depositadas por el paciente en el analista y si es provechoso apoyarse en aquellas como un medio de acción terapéutico.  Cuestiona el que se enseñe como técnica generalizada del análisis el uso de la empatía por parte del analista, cuál el tono de voz a utilizar, el hablarle o no cariñosamente, aceptarlo, etc.; si bien estos elementos son terapéuticos, confrontan con el objetivo de un “psicoanálisis esencial” que tiene por finalidad “un análisis de las resistencias sin compromisos [transferenciales]” (p. 138, cursiva en el original) que se diferencia de un psicoanálisis de amplio espectro en que este sí hace uso de las influencias transferenciales (sugestivas) como forma de alcanzar objetivos. Transferencia-resistencia que “un análisis esencial” no debe pasar por alto en cuanto a fines defensivos se refiere. La delimitación de las definiciones de qué hacemos -psicoanálisis esencial-psicoanálisis amplio espectro- le sirve a Gray para diferenciar la metodología que sustenta cada enfoque.


Gray afirma que “el análisis de las actividades superyoicas el yo es central en el análisis de las resistencias”; propone trazar una línea que separe los casos en que pueda analizarse el Superyó de aquellos en que se necesiten elementos transferenciales de apoyo, “concesión que naturalmente  menoscaba el análisis de la resistencia” (p. 138, cursiva en el original). Asegura que en muchos de nuestros análisis solemos adoptar la postura de un Superyó auxiliar sostenidos en la idea de que el paciente presenta tal grado de inmadurez que, sin este apoyo, sería inviable el análisis. Aunque, efectivamente, habrá pacientes que “funcionen así”, critica que su uso indiscriminado nos haga perder la oportunidad (y la del paciente) de examinar los usos defensivos que sostienen las transferencias de figuras (maternas /paternas) en la resolución del conflicto intrapsíquico.


Capítulo VII. El recuerdo como resistencia y el relato de un sueño


Gray se propone reflexionar sobre lo que considera “una de las tareas más arduas de la empresa analítica” que es “incrementar el acceso autónomo del yo en el momento mismo en que este se opone a los derivados instintuales”. Nos advierte: “centremos nuestra atención en aquellos pacientes de un espectro clínico más estrecho” (p. 139, cursiva en el original) esto es, en aquellos pacientes en donde por sus características, es posible llevar a cabo un análisis del conflicto y la defensa.


Gray indaga sobre el uso defensivo de la memoria, en especial, cuando el Yo del paciente desplaza “el contenido del tiempo y lugar fuera de la situación analítica” y el que se pone en juego cuando el paciente  nos trae un sueño esperando de nosotros una interpretación.  Nos propone, para considerar “la escena inmediata de la actividad intrapsíquico”, que tomemos la metáfora del “escenario” de la conciencia y, poniendo el foco en el conflicto, “la palestra de la consciencia”. Asegura que los analistas solemos usar este escenario de muy diferentes maneras, ya sea pidiéndole al paciente que sea “el protagonista” o ya como espectador; destaca que, si bien el ejemplo dado por Freud de que los pacientes relataran lo que viene a su mente cual viajero que relata lo que va mirando por la ventanilla de un tren es de utilidad, faltaría examinarlo a la luz de los aportes de la teoría estructural  y de la angustia  esto es , “la dinámica del conflicto y su resolución” o , en el ejemplo, “dentro del paisaje en movimiento”. (p. 141, cursiva en el original).


Retomando la técnica propuesta en el capítulo III, nos insiste en que el paciente, a través de los insights logrados en la consciencia podrá acceder al Yo inconsciente; primero debemos mostrar, a través del contenido manifiesto, cómo piensa, cómo funciona su mente para, posteriormente, indagar por qué funciona de esta forma. Su técnica no promueve la interpretación de derivados pulsionales inconscientes sino de aquellos que han accedido al escenario de la consciencia y las medidas defensivas llevadas a cabo para alejarlo de ella. Estos elementos, momentáneamente conscientes y alejados por el Yo a través de sus maniobras defensivas, pueden acceder nuevamente a la consciencia (con la asistencia del analista que centra el foco de atención en el juego pulsión-conflicto-defensa) más que aquellos elementos pulsionales que no han accedido al escenario y, por consiguiente, no activaron las defensas del Yo inconsciente.


Gray indaga sobre el uso defensivo que hace el yo a través del “uso selectivo de las funciones de la memoria”, en especial, “la evitación de la sensación del presente inmediato”, sensación que el Yo utiliza con el “fin de experimentar y observar los fenómenos que acaecen en el escenario de la consciencia”. Papel importante el de la memoria como función del Yo (y susceptible de ser usada con fines defensivos), no sólo destinada a recuperar recuerdos sino también a transformar algo concebido como perteneciente a otro tiempo y lugar en “una serie de imágenes internas en el presente”. Aunque normalmente el movimiento es a la inversa (aparición de contenido en el escenario, asignación de un tiempo pasado), es posible suspender, como una capacidad auto-observadora del Yo, el sentido del tiempo (p. 138).


Esta misma función que puede servir, en tanto no entre en conflicto, a “la sensación de inmediatez” (reminiscencias) -pongamos por ejemplo la sensación de vergüenza sentida ante una sensación embarazosa del pasado- puede, a la inversa, llevar esa misma sensación como algo que “ha ocurrido” y no forma parte de nuestro presente, evitando de esta manera estar experimentando esta sensación en el escenario “inmediato de la consciencia”. Gray nos propone que, más que analizar la “verdad histórica” trasmitida por el recuerdo, los pacientes desarrollen la capacidad de auto-observación de los contenidos y los cambios de la consciencia que le  permitan aprender cuándo están evitando determinado deseo o impulso, o cuándo están haciendo uso de los recuerdos como manera de distanciarse,  de llevar lo experimentado en la consciencia a algo ocurrido en el pasado. Es en este contexto, agrega, donde debemos ubicarnos cuando un paciente nos relata un sueño.


Reconoce Gray que al ser su enfoque desconocido es posible que no despierte en nosotros una buena aceptación. Nos propone dos ideas que, en su opinión, los analistas no solemos aceptar: una es que el sueño manifiesto no existe, sino que lo que existe es el recuerdo de algo soñado que se reorganiza “continuamente”; su segunda idea es que, desde la teoría estructural (segunda tópica) no necesitamos el desarrollo de una “vía regia” de acceso al inconsciente. Es un mérito, en nuestra opinión, el reconocimiento por parte de Gray de que aún con determinados pacientes, en otros contextos clínicos (psicoterapia de orientación dinámica), analiza los sueños de modo clásico. Cuestiona que solemos escuchar los sueños de los pacientes “como si estuvieran enmarcados, casi como si se hubiesen grabado en piedra”, en lugar de considerarlo, incluso durante su narración en la sesión, como “una mezcla viva” de derivados pulsionales y la defensa contra ellas (pp. 144-146, cursiva en el original).


La metodología que propone Gray  consiste en dos pasos: el primero, observar lo que el paciente estaba asociando justo antes de empezar a hablar del sueño; segundo, ya durante el relato del sueño por parte del paciente, “observar y sacar conclusiones […] de las fluctuaciones en las secuencias de las palabras, imágenes, ideas”. Considera al sueño como cualquier otra secuencia discursiva del paciente durante la sesión.


Gray asegura: “suelo privilegiar los  significados que muestran al analista y al analizado lo más posible acerca de la actividad que está teniendo lugar en el escenario inmediato de la consciencia, cuando el paciente está resistiéndose a la aparición de derivados pulsionales”; “Podremos seguir más fácilmente el proceso analítico inmediato si al considerar del sueño en el material de la sesión pensamos seriamente en que es como si el paciente estuviera, en ese momento, volviendo a soñar su sueño y narrándolo”. (p. 152, cursiva en el original). Cito:


debemos prestar mayor atención a las formas en que un Yo lleno de recursos utiliza frecuentemente la memoria para sus transacciones y desplazamientos instantáneos con el fin de alejarse del escenario inmediato en que los asuntos vivos están representándose (p. 154).


 


PARTE SEGUNDA. PAUTAS PARA LA ENSEÑANZA Y LA SUPERVISIÓN


Capítulo VIII. Una guía para el análisis del yo en conflicto


En este capítulo, Gray se propone profundizar en aquellos aspectos técnicos para llevar adelante, desarrollar las habilidades, de su enfoque.


Análisis del conflicto y la defensa: resumen de las formas de observación del material manifiesto inmediato y algunos criterios para la intervención analítica provechosa.


A través de tres fases Gray muestra: 1) cómo debe ser nuestra atención, dónde fijar el foco, para una obtención provechosa de los indicadores, en el discurso del paciente, del conflicto y la defensa; 2) cómo indicar a los pacientes y hacerles participar en este proceso; 3) el papel jugado por el Yo en el uso de las transferencias con fines defensivos.


Veamos cada fase de manera más detallada.


Fase 1. Foco de atención, superficie y contexto


En esta primera fase, las indicaciones de Gray van encaminadas hacia dónde debemos dirigir nuestra atención (el foco) para obtener los datos verificables de que el Yo del paciente percibe unos determinados impulsos -recuerdos, fantasías, pensamientos- que entran en conflicto y ante los cuales intenta defenderse. Remarca que nuestra atención debe centrarse, exclusivamente, en el discurso palabra a palabra del paciente y que, una vez que detectamos la emergencia del impulso -cambio de voz, afectos, silencios, interrupciones en la cadena discursiva- debemos observar la “secuencia subsiguiente” que permite observar los cambios que el Yo está, defensivamente, intentando. Con este enfoque, Gray asegura que no es necesario que el analista haga interpretaciones profundas teniendo que recurrir a su inconsciente. Nos remarca la importancia de no dejarnos llevar por referencias a un contexto del pasado, o del futuro, que implican un desplazamiento del presente, del aquí y ahora de la sesión. El Yo alerta del paciente estará escrutando los derivados emergentes influidos por las transferencias de la fantasía de autoridad inhibidoras o de afectuosa aprobación (p. 158).


Fase 2. Demostración al paciente de las manifestaciones defensivas


Una vez detectado el conflicto impulso-defensa (fase1) se transmite al paciente la necesidad de que examine lo anteriormente acontecido en su mente y, para ello, le pediremos que haga uso de una “atención racional” diferente (tal como examinábamos en el capítulo III) a la utilizada en la libre asociación. En esta labor, indica Gray, es primordial nuestra “habilidad conceptual y verbal” así como el conocimiento que tiene el paciente de por qué el analista le trasmite estas observaciones e ideas (véase  más adelante “Algunas normas para…”). Remarca la importancia de que lo que transmita el analista sea “tolerable” por el paciente, esto es, que el “paquete” de la secuencia conceptual que se trasmite (secuencia que refleja la emergencia del impulso-actuación de la defensa) sea “sintónico” y que, además, sea trasmitido con un lenguaje comprensible y claro (Véase capítulo III). Según Gray: “Me refiero a decir cosas como ´su resentimiento´ en lugar de su ´odio´” (p. 161). Debemos transmitir la idea, propone Gray, de que no nos importa tanto que nos revele más sino que intente pensar qué ha ocurrido en esa secuencia, qué riesgo ha fantaseado que lo ha llevado a retrotraerse, defenderse, ante determinada idea, fantasía, en fin, impulso.


Transcribo un pequeño ejemplo del autor para entender mejor el enfoque:


Nos encontramos muy al comienzo de un análisis, pero ya se han manifestado algunas formas características de defensa que incluyen conflictos concernientes  a la revelación de derivados agresivos. A continuación viene un momento que ilustra esto:...Me molesta ese tipo de personas, pero hay algo de esto que no tiene nada que ver con ella... Tras haber expuesto su enojo, el Yo del paciente respondió defensivamente, comenzando con el “pero”.


Algo después, el paciente manifestó en otras dos ocasiones bastante seguidas evidencia de conflicto y defensa: Es una bocazas y, bueno, quizá llamarla grosera fuese demasiado decir, pero (otra vez) es gritona y a mí me parece que insensible en cierto modo, aunque también puede ser muy cariñosa y con los chicos es bastante delicada, y se compenetra con ellos como personas distintas...Al expresar sentimientos críticos , el paciente tropieza con conflicto cuando contempla el calificar de “grosera” a la mujer en cuestión , apresurándose su Yo a disminuir o a retirar la crítica; pero la versión moderada, “gritona” e “insensible” también le suena impresentable, y el Yo reacciona de nuevo, dirigiendo so atención a observaciones positivas o lisonjeras, lo que constituye un breve momento de formación reactiva.”  (p. 161, cursiva en el original, entrecomillado nuestro).


¿Cuál sería el objetivo? Indicar la secuencia    de forma  comprensible, tolerable, de manera que el paciente pueda retomar lo dicho, analizarlo y entender qué ha ocurrido. Gray insiste en que el punto de la secuencia a tomar en cuenta no debe ser sobre impulsos inconscientes que el analista “estime” que han entrado en conflicto, sino sobre aquellos impulsos que han accedido a la consciencia (agresividad en el ejemplo anterior) y que han hecho necesario el despliegue de la defensa por parte del Yo para contrarrestarlo. Una vez sistematizado este modo de intervenir,  el paciente tendrá la oportunidad de retomar al “punto de conflicto”,lo implica por parte del analista la consideración (observación) de la defensa puesta en juego antes de trasmitir la idea de qué derivados pulsionales entraron en conflicto, esto es, la aplicación del precepto, “la defensa antes que la pulsión” (p. 162).


Fase 3. Análisis de las transferencias defensivas de autoridad reexternalizadas  a partir del  Superyó  yoico


Una vez que el analista le indica al paciente la secuencia observada (Fase 2), ambos pueden examinar el origen del conflicto que motivó la defensa. Este momento es de crucial importancia, nos señala Gray, en la medida en que el analista le pedirá al paciente que se esfuerce en centrar su atención en


la influyente presencia de la transferencia de autoridad que ha reexternalizado en él. […] la fantasía de fondo relativa a su suposición de que el analista va a enjuiciarles o a reaccionar de una forma tal que hace que no se atrevan a mostrar más de aquello que se les está pasando por la mente (p. 163).


Gray examina nuevamente el sentido histórico en el psicoanálisis del aprovechamiento (como sugestión) de las imágenes transferenciales depositadas en el analista  y la necesidad actual de analizar estas transferencias. Reconoce que el Yo hace buen uso de ellas como medio de evitar las revelaciones; herencia infantil, nos lo recuerda, del “uso autocivilizador  de la percepción de los padres como guardianes auxiliares de su moralidad en su lucha contra las peligrosas pulsiones instintuales”. “Mi madre/padre nunca me habrían dejado hacer, o decir eso”. Los pacientes se resisten a abordar estas figuras, “equivalentes divinos”, y prefieren que mantengan la función de control ante sus fuertes y arrolladores impulsos (p. 164).


Intervenciones afectivas serán aquellas en las que el paciente pueda explorar cómo aparecen en su mente figuras “no neutras” a las que se aferra ya sea como figuras inhibitorias, ante las cuales no se siente seguro de expresar lo que le viene a la mente, ya como figuras de “aceptación afectuosa” que le proveen de seguridad ante el riesgo que fantasean al hablar de ciertos temas con mayor libertad. Gray nos aclara que lo importante aquí es el principio implicado y no tanto las palabras específicas que el analista ha de usar. Hace referencia a que dentro de toda la gama de estilos de la que el analista puede hacer uso en función del grado de aceptación por parte del paciente, lo importante será el “mensaje”. Por ejemplo, si somos empáticos, si le hablamos al paciente de manera suave y pausada, esto no tiene la función de intentar apoyarle o que se sienta comprendido, esto no es el mensaje; el mensaje es que ha habido unos impulsos que han accedido a la consciencia y que, para defenderse de ellos, por el riesgo que el paciente fantasea, ha echado mano a sus recursos yoicos defensivos con el fin de contrarrestarlos. Esto, según Gray, es lo que tiene por fin una acción terapéutica  y no el uso de diferentes estilos ajustados a cada paciente.


La orientación constructiva de los analizados potenciales


Gray destaca que el desconcierto que presentan los analistas jóvenes al tomar pacientes que, luego de un tiempo, abandonan el trabajo de análisis se debe, en parte, al poco trabajo dedicado a promover la motivación de los pacientes. Es necesario, considera, una mayor explicitación de nuestra tarea con el fin de que los pacientes comprendan la compleja tarea a la que deben hacer frente. Si bien los analistas siempre hemos explicado a los pacientes cuál era la tarea a desarrollar, esta explicación ha estado sujeta a los cambios producidos en la teoría. Desde la sencillez de los conceptos de las primeras décadas del psicoanálisis, que implicaban instrucciones sencillas, en la actualidad nos vemos ante la necesidad de dar cuentas de unos procesos e instrucciones más complejos.


Gray considera que hubo dos razones que llevaron a prestar más atención “a la orientación de los analizados”. Una fue el mayor grado de conocimiento alrededor del Yo, su complejidad y la importancia de su papel en la neurosis. Y la otra fue el énfasis actual en tomar a pacientes en tratamientos no urgentes sólo si se muestran dispuestos a dar su consentimiento informado, lo que implica de nuestro lado un mayor conocimiento de lo que hacemos, una mayor explicitación de los elementos intervinientes y de la finalidad a la que está abocada la terapia (p. 167).


Algunas normas para unas instrucciones preliminares de orientación a un analizado potencial ante la tarea de un psicoanálisis básico


Una vez llegado al acuerdo con el paciente sobre “los detalles administrativos” (honorarios, sesiones) es importante valorar el grado de resistencia que presenta el paciente para llevar a cabo la tarea analítica. Si bien podemos apoyarnos en la transferencia positiva como sostén de la motivación, esto no va a implicar que durante el transcurso del análisis esta transferencia vaya a quedar intacta. El hecho, considera Gray, de brindar una explicación pormenorizada de lo que se espera del paciente, explicando el proceso y las tareas que ello implica, ayuda a disminuir las resistencias de éste, más cuando proviene de una terapia analítica que ha resultado infructuosa.


Voy  a transcribir algunas instrucciones que Gray propone en el abordaje de la terapia:


En la primera entrevista hablamos de cómo los problemas que le trajeron aquí  podían ser el resultado de ciertas circunstancias o acontecimientos, y que si pudiéramos hallar cuáles fueron y examinarlos detalladamente, podríamos conseguir cambios favorables. También  vimos que los problemas podían deberse a ciertas características que, de un modo u otro, habían formado parte de su vida desde hacía mucho y que se habían conectado ahora a ciertos sucesos o relaciones del presente. [...] Le dije entonces que si sus problemas eran de los que tenían una larga historia, un psicoanálisis sería el tratamiento de elección, porque, para producir cambios más duraderos, tendría usted que llegar a entender cómo y por qué su mente le ha jugado (y le sigue jugando) malas pasadas a la hora de servir a sus intereses”. “Partimos de que esa parte que usted no conoce de sí mismo no nos va resultar accesible con ningún otro método […] procurar entender por qué medios ha conseguido mantenerla fuera de la consciencia, y por qué fue esto necesario. Como resultado, acabará usted teniendo un acceso mejor a esa parte y, si lo desea, podrá elegir soluciones diferentes a esas involuntarias que ahora le crean problemas. (p. 169, cursiva en el original).


Luego Gray recomienda, una vez establecido el psicoanálisis como tratamiento, establecer algunos compromisos.


Cuando comencemos, parte de su labor será la de dejar que le fluyan los pensamientos espontáneamente a la cabeza, observar cuáles son y, en la medida que le resulte posible, verbalizarlos todos con el fin de que podamos examinarlos gradualmente. No nos extrañará que, a veces, le resulte difícil expresarse aquí de esta manera. Mi atención y mis comentarios sobre lo que observo  estarán destinados a ayudarle a que comprenda los obstáculos que se han interpuesto. […] Como usted bien sabe, los problemas que le han traído aquí no son sino experiencias repetitivas...sobre las que no ha tenido demasiado control ni libertad de elección. Básicamente, se trata de soluciones a conflictos a los que tuvo que enfrentarse de niño. En aquel tiempo representaron las mejores soluciones a las que pudo usted llegar, y quizá tuvieron éxito para sus necesidades de entonces. Como ya conoce. Esas soluciones no siempre encajan con lo que querría usted logar en su vida. […] En el proceso de su esfuerzo por revelar esas cosas, tropezará aquí con versiones – como primeros planos, por así decir- de los mismos problemas que ha descrito usted en su vida fuera de esta consulta (p. 170, cursiva en el original).


En cuanto a las tareas de observación, Gray promueve comunicarle cuanto antes algunas directrices, por ejemplo:


En nuestro trabajo aprenderá usted a usar maneras diferentes de observar. La primera será la que se refiere a la observación de lo que tiene usted en mente con el fin de poder verbalizarlo. No obstante, cuando le interrumpa para hacerle notar algo que he advertido en lo que me estaba contando o en lo que parecía estar usted sintiendo, tendrá que dejar de seguir el curso espontáneo de sus pensamientos para poder reflexionar sobre lo que he observado mientras le escuchaba. […] Con esto lo que pretendemos será conocer cómo le ha funcionado la mente de manera autoprotectora mientras me estaba hablando, sin haber estado usted plenamente consciente de ello. […] cuando aprenda en que consisten esas maniobras autoprotectoras que su mente ha estado utilizando mientras me hablaba, tendrá usted la oportunidad de volver al momento en sus pensamientos en que ocurrió automáticamente la desviación protectora. Al contemplarlo de nuevo, podrá darse cuenta de forma más clara en que consistió la incomodidad por usted percibida cuando comenzó a adentrarse en ese pensamiento o ese sentimiento en particular. A medida que haga usted eso, iremos conociendo cada vez más, cuál fue el riesgo- suscitado quizá por algo en su redor- que sintió que corría y que le hizo retraerse, interrumpiendo lo que tenía en mente. […] Supone aprender cómo experimenta usted esos pensamientos y sentimientos, y cómo influye sobre ellos mientras los está exponiendo aquí (págs.172-172).


CAPITULO IX. Psicoterapia breve, psicoterapia dinámica y psicoanálisis


Gray aborda estas “tres categorías de tratamiento psicológico”, muestras sus diferencias y brinda una orientación para abordar cada una de ellas (p. 174).


Señala aquellos elementos con los que trabajaremos dentro de la psicoterapia breve: haremos uso de un número limitado de sesiones, utilizaremos  la sugestión como acción terapéutica, no examinaremos la transferencia, centraremos el diálogo con sensibilidad y de forma repetida en los síntomas o problemas, la finalidad terapéutica podrá centrarse en un cambio de las soluciones defensivas; haremos interpretaciones especulativas que, aunque no den en el blanco, promuevan nuevas explicaciones y quiten “algo de carga a los conflictos causados por la vigilancia superyoica del Yo”; el apoyo en la transferencia, “pronunciamientos yoicos y superyoicos auxiliares” transmitidos a “través de la actitud autoritaria benévola del terapeuta” podrán sernos de  utilidad; los insights valiosos son los que obtendremos a través del apoyo. “Cuando se haya acabado el tratamiento, deje la puerta abierta para unos contactos futuros que faciliten la prolongación necesaria de la fantasía transferencial en que se ha basado el alivio del conflicto experimentado por el paciente”. (p. 174, cursiva en el original).


En cuanto a la psicoterapia dinámica Gray agrega que, junto con la psicoterapia breve, posee algún aspecto de las teorías de Freud y, por lo tanto, ambas podrían denominarse como de “orientación analítica”; sin embargo,  el autor critica esta opción en cuanto imposibilita “saber quién está haciendo qué a quién”. (p. 174).                                                        


Dentro de esta categoría, Gray engloba las siguientes recomendaciones: “Cuanto más hable usted acerca de sí mismo, mejor podré yo ayudarle”, lo que en su opinión  promueve la libre comunicación en lugar de la libre asociación; en cuanto a conseguir un alivio de los conflictos podemos basarnos en la transferencia positiva, equivalente de la sugestión; podremos hacer uso de “especulaciones genéticas verosímiles” que promueven un desplazamiento de los conflictos en el entorno inmediato. (pp. 174-175).


Con respecto al psicoanálisis esencial, Gray nos da las directrices que deben orientarnos: analizaremos las resistencias en lugar de vencerlas; tendremos como base teórica la teoría estructural (segunda tópica) y la teoría de la angustia; le indicaremos al paciente “que sus síntomas y rasgos caracteriales representan formas de mantener ciertos pensamientos, sentimientos e impulsos soterrados desde hace mucho tiempo”; en lugar de imponer una regla fundamental (asociar libremente), propondremos una tarea fundamental que comprometa activamente al Yo del paciente: “ha de procurar verbalizar lo que le venga a la mente espontáneamente”; debemos brindar al paciente una explicación comprensible de las tareas que implica el análisis y en las que se exige su participación. De esta manera podremos obtener la evidencia, en cuanto su mente entre en conflicto por el surgimiento de determinados derivados pulsionales, de la emergencia de estrategias defensivas inconscientes para evitarlo, y podremos, con el apoyo de la atención racional del paciente, reexaminar lo acontecido. El Yo del paciente obtendrá así un mayor control y compromiso y tendrá la posibilidad de encontrar “otras alternativas voluntarias”. Con todo ello obtendremos un “insight genuino, lo que no implica intelectualización”. Nos parece importante transcribir la definición que hace el autor de este mecanismo:


Con lo de insight genuino me refiero a aquellos fenómenos psicológicos observables que pueden ser vueltos a percibir voluntariamente sin apoyo transferencial (hipnosis, sugestión…) […] Se trata de un conocimiento apropiado, adquirido por medio de una experiencia terapéutica ’pura‘. Es un conocimiento estable que puede incrementarse a través del progreso en el aprendizaje, no estando basado en un acto de fe. (p.  173)


Capítulo X.  La respuesta predecible del Yo a la desconocida situación analítica


Destacamos aquí la mención que hace Gray acerca de la exigencia de afrontar el Yo ante la tarea del análisis, en especial el tener que hacer frente, de manera activa, a las amenazas (fantasías) de riesgo a la hora de exponer los contenidos de su mente. “Mecanismo superyoicos” -explica Gray- que sirvieron en el pasado del paciente para poder contener la emergencia de “las pulsiones instintuales demasiado poderosas”.


Resume Gray, nuevamente, los conceptos a los que su enfoque presta especial atención: análisis de las defensas y conflicto, el escenario de la consciencia como superficie donde ha de reflejarse este conflicto, el foco de atención, las transferencias como reexternalización de figuras         inhibitorias o permisivas, etc.


Capítulos XI Y XII. Reflexiones sobre la supervisión y elementos de la supervisión


Gray explica su idea de la supervisión como una “oportunidad de aprendizaje”, a diferencia de la posición tradicional de “ayudar al supervisado en desarrollar su propio estilo” (en cursivas en el original, p.  181). Esto, asegura, podrá desarrollarlo el propio analista a lo largo de sus años de práctica. Para Gray, la función de la supervisión es enseñar su enfoque de la mejor manera posible de forma que los supervisados puedan elegir aquel enfoque del que más han aprendido. Propugna en sus supervisiones la explicación de su enfoque así como el establecimiento previo de ciertas normas que se han de llevar a cabo a lo largo de las mismas (uso de notas, conservación del anonimato del paciente, etc.) Considera de provecho la supervisión con diferentes supervisores puesto que permite, a la vez que captar las riquezas de cada enfoque particular, obtener de las distintas predilecciones de los supervisores una valoración personal de la técnica. Recomienda a sus supervisados hacer prácticas de psicoterapia antes que una práctica analítica, que permita, en la observación de sus contrastes, el aprendizaje de uno u otro método.


Al final del libro se agrega una interesante entrevista a Paul Gray, realizada por Marianne Goldberger, donde el autor expone de manera resumida las ideas directrices de su enfoque.


Conclusión


Aunque, por momentos, el énfasis puesto por Gray en sus artículos (en especial cuando elabora las diferencias entre psicoterapias “dinámicas” y psicoanálisis  “esencial”) nos haga pensar que éste es un enfoque que se reserva para sí la efectividad de las intervenciones (consecuencia de una “correcta” valoración de las teorías freudianas), Gray insiste en recomendar  su enfoque siempre y cuando estén dadas, en el paciente, ciertas características que permitan llevarlo a cabo. Dentro de esta delimitación del enfoque es de destacar la descripción de la técnica, rica en detalles clínicos y coherente con sus postulados teóricos.


En cuanto al concepto de Superyó como función yoica y, en especial, del uso de esta función en la transferencia al servicio de la defensa, creemos necesario resaltar y rescatar como variante el par de opuestos “conflicto- déficit”. Si bien en algunos pacientes aparecen en primer plano, tal como lo ejemplifica Gray, el uso de las imágenes inhibitorias o permisivas reexternalizadas como defensa, existe el espectro de pacientes donde, en primer plano, se observan que las figuras paternas/maternas han resultado patológicas, con lo que la imagen transferida no necesariamente tendrá como fin la defensa frente a determinados impulsos. Por el contrario, representará la repetición de un vínculo o las identificaciones del sujeto a estos vínculos,  donde se podrá intervenir ya sea en la línea de proveer los recursos que estos no proveyeron (lo que nos llevaría a una reflexión más extensa de qué es lo que el analista puede proveer), ya en la línea de la interpretación de estas transferencias. En este sentido es que vuelven a cobrar importancia las dos acepciones de la transferencia en Freud: como resistencia al trabajo de análisis, “resistencia de transferencia”,  o “un modo privilegiado de captar ’en caliente‘ e in statu nascendi los elementos del conflicto infantil” (Laplanche-Pontalis, 1983, p. 442 cursiva en el original, entrecomillado nuestro) y como pensamos y trabajamos la/s transferencia/s en nuestros análisis. Hablamos de primeros planos con la intención de ser más precisos; Killingmo nos recuerda: “…en la personalidad adulta, los derivados de déficit y de conflictos están organizados juntos de manera indisoluble, dando forma a complejos patrones de carácter”. (p.121).


Me parece importante que, leyendo a Gray, vuelve a aparecer en un primer plano el Superyó, y la necesidad de trabajar esta instancia (yoica) en el análisis con nuestros pacientes Y el énfasis puesto en el papel activo de estos a la hora de abordar el trabajo.


Preveo que habrá analistas que teman que este enfoque tenga el inconveniente de suponer una pérdida. Se tratará de aquellos que a la hora de manejar la resistencia han recurrido en grado considerable a asistir al paciente a llevar a la superficie sus derivados pulsionales, aún no conscientes, por medio de interpretaciones exactas y oportunas acerca de sus localizaciones ocultas. Este abordaje es a menudo muy gratificante para el analista en el desempeño de su arte. La tarea de llevar a cabo un registro meticuloso de los cambios a veces rápidos presentados por una Yo apremiado por la defensa puede parecer demasiado ardua. Mi respuesta a esta ostensible desventaja es que no la considero una cuestión de tener que abandonar una metodología analítica que otorga un mayor papel al uso de la resonancia inconsciente para los derivados del Ello, sino como un asunto de poder contar con una alternativa mas dentro del repertorio técnico. (p. 103)


 


BIBLIOGRAFÍA


Freud, Anna. (1936).El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Paidós, 1984.


Laplanche, J; Pontalis, J.-B. Diccionario de psicoanálisis. Barcelona, Labor, 1983.


Killingmo Bjorn.”Conflicto y déficit: implicancias para la técnica”. The Internacional Journal of Psicoanálisis” Vol. 70. 1989.


 


 

 

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