Los escenarios narcisistas de la parentalidad [Manzano, J. y col., 1999]

Publicado en la revista nº031

Autor: Ribé, José Miguel

Reseña: “Les scénarios narcissiques de la parentalité” (1999), Juan Manzano, Francisco Palacio Espasa y Natalie Zilkha, Editorial: Presses Universitaires de France, 173 páginas (Libro traducido al castellano a través de la Asociación Altxa).


Los autores estructuran el libro en tres partes. En una primera parte describen los escenarios narcisistas de la parentalidad  y la metodología que utilizan para evaluar e intervenir terapéuticamente en las relaciones e interacciones padres-hijos. En la segunda ilustran y comentan  mediante casos clínicos (que he obviado en la reseña) las diferentes configuraciones clínicas de los escenarios. Y finalmente, ya en la tercera parte realizan un breve resumen de las observaciones clínicas, de las configuraciones de los escenarios y exponen sus propias conclusiones teóricas y clínicas.


PRIMERA PARTE


Los escenarios narcisistas de la parentalidad y la consulta terapéutica


I. Los escenarios narcisistas de la parentalidad


Como es obvio, los autores inician su trabajo destacando cómo Freud se centró únicamente en el protagonismo del niño en las relaciones padres-hijos. Freud se planteó un acercamiento unidireccional y no prestó importancia  a cómo los padres viven esta relación, ni a las repercusiones en su propio psiquismo.


En la situación de la elección del objeto libidinal existen dos formas posibles: una según el modo objetal (de apoyo) y otra narcisista. Los autores se apoyan en las descripciones freudianas de las relaciones narcisistas en el adulto  para señalar cómo hay personas que eligen a sus objetos amorosos sobre el modelo de su propia persona, de una representación de sí-mismo. Así buscan en el otro y aman del otro “lo que se es, lo que se ha sido; lo que querría ser, la persona que ha sido su propio sí-mismo”.


A partir de las elecciones del objeto narcisista, los autores consideran la relación narcisista bajo el ángulo de los padres. Para Freud, “el amor hacia sus hijos no será más que el renacer de su propio narcisismo, su amor hacia sí mismos”. Los autores comentan cómo los padres desplazan sobre el niño su propio ideal del yo (lo que les gustaría ser) con el que ese niño “se identificará, elaborando su propio ideal que a su vez, llegado a la edad adulta, proyectaría sobre su propio hijo” (mecanismo de la herencia intergeneracional).


Los autores destacan, a partir de su práctica clínica con padres-niños, cómo existe de forma explícita, al igual que en las relaciones  adultas, “puestas en escena” de relaciones amorosas narcisistas presentes en las relaciones padres e hijos. Para ello muestran dos ejemplos muy clarificadores, como la madre que proyecta en su hijo la imagen de su padre fallecido y el padre que ve en su hijo al niño ideal que le habría gustado ser, identificándose, a su vez, con el padre igualmente ideal que le habría gustado tener.


A partir de su práctica clínica los autores desarrollan el concepto de “los escenarios narcisistas de la parentalidad”, los cuales son constituidos por cuatro elementos (pág.11):


            - una proyección de los padres sobre su hijo.


            - una identificación complementaria del padre (contra-identificación).


            - un fin específico, mediante la satisfacción narcisista.


            - una dinámica relacional actuada que se refleja en sus proyecciones e identificaciones.


De tal forma que, apoyándose sobre todo en el narcisismo secundario  descrito por M. Klein,  los autores apuntan cómo “la existencia de una relación objetal del otro convertida en el propio self por los fantasmas de identificación introyectiva y proyectiva pueden  borrar total o parcialmente los límites entre sí mismo y el objeto” (pág.14). Estos escenarios narcisistas de la parentalidad pueden ser superados e integrarse en el desarrollo armonioso de las relaciones padres e  hijos o pueden ser patológicos en la medida en que la realidad no se corresponde con las proyecciones depositadas en el hijo.


A continuación, los autores describen cómo los escenarios narcisistas se ponen en evidencia en las consultas a partir de diferentes fuentes de información como son: la transparencia de los contenidos inconscientes de los padres, la relación establecida con el terapeuta como reflejo del vínculo del bebé y la madre, los datos objetivos en la observación del comportamiento interactivo entre la madre[1] y el hijo, y la propia evaluación clínica. A partir de estos datos, los autores establecen cómo el terapeuta realiza una elección “focalizada” de la dinámica relacional sobre la que se va a basar su comprensión y su intervención interpretativa.


Al final de este capítulo, los autores presentan una tabla conceptual y de evaluación mediante la cual recogen la información más relevante de la exploración. La plantilla comprende los siguientes elementos (pág.16):


-         proyección predominante de los padres.


-         contra-identificación de los padres.


-         objetivo de la proyección


-         reacción del niño a la proyección.


-         comprensión de los síntomas. Impresión diagnóstica del niño y de los padres.


-         factores que provocan el desequilibrio que les lleva a consultar.


-         pre-transferencia de los padres.


-         pre-transferencia del niño.


-         contra-actitud del terapeuta.


-         evolución de la situación.


           


II. La consulta terapéutica: los elementos fundamentales de nuestra técnica.


Introducción


En este capítulo, los autores exponen de forma pormenorizada los elementos que constituyen  la que ellos han denominado terminológicamente “consulta terapéutica”: un trabajo psicoterapéutico breve con las madres y los niños pequeños, en donde la intervención se realiza tanto con cada uno de los padres como en el niño. Vinculan el origen de su trabajo con antecesores tan relevantes como Winnicott, quien en sus ejemplos clínicos tenía en cuenta la contribución de los padres en la problemática del niño, Mahler y el uso de la psicoterapia madre-hijo en los casos de psicosis simbióticas. Sobre todo destacan la influencia recibida por parte de Fraiberg, quien introduce de forma pionera  un trabajo psicoterapéutico sistemático con las madres y sus bebés. Citan también a Lebovici como la persona que  desarrolló conceptos tales como la “transmisión generacional” y, en consecuencia, las repeticiones transgeneracionales de los padres.


El modelo de comprensión y eje teórico del trabajo psicoterapéutico de los autores se basa principalmente  en Cramer, otro pionero, que destacó por su concepto de “mutualidad psíquica” entre padres e hijos en el transcurso del proceso de proyección, introyección e identificación y en evidenciar la “importancia que tiene para el terapeuta llegar a establecer un foco terapéutico y esclarecer las secuencias interactivas sintomáticas entre el bebé y la madre con el fin de elaborar ese foco”. Los autores se apoyan en lo que Cramer denominó “interacción fantasmática madre-hijo” para asumir la existencia de un “Yo organizado de entrada con -en- una relación objetal, y como consecuencia sin una fase de narcisismo primario”. Recuerdan  cómo definió M. Klein el término “fantasma inconsciente” como “una actividad mental que acompaña y subyace desde el nacimiento a todo proceso psíquico”.  Asumiendo tal actividad fantasmática, los autores sostienen que desde el nacimiento existe “una relación recíprocamente investida pulsionalmente entre la madre y el hijo. La simbiosis o confusión de identidad entre las dos partes de la pareja madre-hijo se entiende en este punto de vista como el resultado de los fantasmas defensivos de identificación proyectiva e introyectiva; estos fantasmas, que forman parte del desarrollo normal, se activan habitualmente contra las angustias de separación y de pérdida de objeto”    (pág. 22), lo que Rosenfeld denominó como “fusión secundaria defensiva”.


Interacción “objetiva” e interacción “fantasmática”


En la comprensión de la interacción madre-hijo los autores no eluden el debate entre lo que Stern vino a definir como “realidad objetiva” y “realidad subjetiva”. Tal es así que se plantean tres cuestiones. La primera es la metodología en la comparación epistemológica entre observación “puramente behaviorista” y otras formas de conocimiento ya mencionadas en el capítulo anterior, como el establecimiento de la pre-transferencia de la madre con el terapeuta, la evaluación del funcionamiento psíquico de la madre/niño/adolescente, etc. La segunda cuestión es el mecanismo por el que los “fantasmas” de una persona pueden influir en el otro. Sin embargo, para los autores, la tercera y más importante de las cuestiones es el papel que se atribuye, en el desarrollo del niño y de sus trastornos, a la experiencia real externa y a la interpretación de ésta a través del fantasma inconsciente.


Con esta cuestión aparece el eterno debate de la dualidad cartesiana encarnado en lo que los autores consideran “dos tesis extremas”. Una postularía que el mundo psíquico del niño, y en particular sus representaciones, derivarían exclusivamente de experiencias reales en la relación madre-niño o que el fantasma inconsciente sería quien construiría la representación de la realidad externa. Los autores resuelven la necesidad de posicionarse adscribiéndose en la   conceptualización llamada interaccionista, “según la cual los objetos externos (y sus representaciones internas) son construidos simultáneamente, de un lado a través de la proyección de objetos internos, derivados en parte de fantasmas inconscientes, y de otro de la experiencia previa y actual con objetos externos” (pág.24). Su posición, si bien atribuye una importancia a la historia real del niño, también lo hace “al menos igual” a su historia fantasmática. Finalizan este apartado manifestando que se apoyan más sobre los “fantasmas  de la madre o del padre”, sin atribuir con ello un determinismo causal, porque en el estado actual de sus conocimientos se manejan mejor con ellos.


El “duelo del desarrollo” y la emergencia de la parentalidad


Con este término, acuñado por los propios autores, se alude a la idea de que en el nacimiento de un hijo y en el emerger de la parentalidad se reactivan las vivencias de pérdida de objetos primitivos, ya sean los propios padres o personas emocionalmente significativas. Añaden los autores que, en “la medida en la que, en el pasado, este proceso no ha sido elaborado, vamos a encontrar manifestaciones directas e indirectas en la relación con el niño en forma de escenarios narcisistas” (pág. 25). Tales manifestaciones se ven reflejadas en actitudes comportamentales  de la madre que repercutirán intensamente, dada la extrema receptividad “biológica”, en el bebé.


Identificación proyectiva


Ampliando la noción freudiana, los autores  hacen uso de la identificación proyectiva que se sucede en la relación madre-hijo para sacar provecho a su técnica. La identificación proyectiva implica que lo que se proyecta representa una parte considerable del self y de los objetos internos. “En el caso de la madre, esto significa que va a considerar a su hijo como una parte de ella misma  o de sus objetos internos en mayor o menor medida” (pág.26).


En la comprensión de la relación y la adecuada intervención los autores se fijan en la intensidad y la naturaleza de la proyección. Por la naturaleza, se preguntan si se trata de pensamientos, pulsiones, del superyó, otras partes del self… Tal análisis resulta útil a la hora de realizar las interpretaciones. Por intensidad consideran la proyección patológica según:


-         el grado de la agresión y de violencia que la intrusión vehiculiza en el fantasma de la madre, así como el grado de escisión.


-         las características del control omnipotente y de la fusión con el objeto resultante.


-         La cantidad de “yo” que la madre pierde en la proyección. (pág.26)


Los autores recuerdan también la capacidad del niño de proyectar y la función contenedora de la madre. Tales elementos son utilizados para evaluar las características normales y patológicas de la proyección del niño, así como la forma en que la madre asimila dicha proyección.


Pretransferencia


“La imagen parental (objeto interno) que la madre proyecta sobre el niño es similar a la que proyecta sobre el terapeuta” (pág.28). Se establece una relación emocional entre el terapeuta y la madre en la que el terapeuta entrenado captará las proyecciones que sobre él recaigan y las  utilizará contratransferencialmente  en pos de una mayor comprensión de la relación madre-hijo.


Las fuentes de información


Los autores están de acuerdo con el hecho de que la propia situación terapéutica ofrece gran información mediante los elementos contratransferenciales y las inferencias de los “fantasmas inconscientes”. Se recoge también la evaluación de la organización psíquica del niño y la madre.


La interpretación


En un contexto pre-transferencial y mediante interpretaciones centradas principalmente en la transferencia de la madre sobre el niño, la madre retoma las proyecciones que pesaban sobre éste favoreciendo, de este modo, el alivio emocional del niño y la abertura a una nueva vía del conflicto intrapsíquico por parte de la madre.


En opinión de los autores, el terapeuta trabaja como receptor de las proyecciones de la madre y el niño. Cuando se produce una interpretación la parte proyectada sobre el terapeuta es re-proyectada de forma modificada, re-introyectando la madre “no solamente el objeto interno o las otras partes de sí misma que había proyectado, sino un aspecto del terapeuta, la parte del psiquismo del terapeuta capaz de comprender” (pág.31). La re-introyección de la madre aumenta su capacidad de introspección pudiendo ayudarla a dar nuevas significaciones a su psiquismo.


SEGUNDA PARTE


La clínica


III. Las configuraciones clínicas típicas de la consulta terapéutica


En este capítulo y en adelante los autores ilustran con viñetas clínicas su comprensión dinámica de diferentes casos clínicos[2] y la forma de su intervención. Para ello han analizado durante años diferentes casos estableciendo así las configuraciones clínicas habituales de los escenarios narcisistas. Los autores mencionan que mediante la tabla de evaluación (ver capítulo 1 de esta reseña) son capaces de evidenciar factores dinámicos en juego, formular el caso, dar un diagnóstico clínico de personalidad del niño y de cada padre, descubrir elementos que provocaron el desequilibrio relacional y valorar cada intervención psicoterapéutica.


A partir de las evaluaciones, los autores proponen un reagrupamiento de las configuraciones clínicas (pág.37) de los escenarios narcisistas en función de la identificación proyectiva. Las esquematizan en dos categorías que, a su vez, se dividen en subgrupos. Ambas categorías son subsidiarias de intervención psicoterapéutica breve, y otra adicional  resultaría ser una contraindicación terapéutica.









Configuraciones clínicas


1. La sombra de sí mismos de los padres:


Imagen infantil de sí mismos de los padres proyectada en el niño.


                                                               Carencial


                                                               Idealizada


                                                               Dañada


                2. La sombra del objeto de los padres:


Imagen de un objeto interno de los padres proyectado en el niño.


                                                               Dañada


                                                               Idealizada


                                                               Negativa


                3. Contraindicación:


Proyección en el niño de imágenes de sí mismos o de

objetos internos de los padres persecutorios o muy dañados.



           


IV. “La sombra de sí mismos” de los padres proyectada en el niño


Proyección por parte de los padres de aspectos infantiles de ellos mismos vividos como abandonados o carenciales


Según los autores,  este tipo de proyección en la configuración inter-relacional constituye la forma más frecuente.


El acceso de la parentalidad  y la inmadurez biológica y psíquica del bebé reactiva las vivencias anaclíticas de los padres y facilita su proyección. Con la parentalidad, los padres tienen una nueva oportunidad “para reeditar en la relación con su hijo, todo un conjunto de aspectos relacionales de su propia infancia con los objetos significativos de su pasado” (pág.39) y  “anular retroactivamente las vivencias penosas que han sobrecargado su narcisismo” (pág. 51). Sin embargo, para “corregir su pasado” los padres deben apoyarse en la identificación complementaria de la propia proyección sobre el niño. A través de la identificación paterna con imágenes parentales idealizadas “imágenes de padres que habrían deseado tener” (duelo de un objeto fantasmático) el niño perderá su aspecto de “abandonado, de carencia afectiva” para el padre, llegando a ver a su hijo como el “niño idealmente mimado, protegido, querido” que le habría gustado ser. Para todo ello, los autores aprecian unos modos de relación de objeto de tipo narcisista donde la relación con el niño sirve para reparar el narcisismo dañado del padre.  Esta configuración debe mantenerse en equilibrio para reparar el narcisismo, un equilibrio muy precario que ante diversas circunstancias interactivas puede hacer resurgir  los miedos que el narcisismo parental intenta anular. Es en estos “momentos significativos” cuando “el padre encuentra en su hijo la sensación de abandono y también se ve identificado con las imágenes parentales abandonantes, lo que le sacude aún más su autoestima” (pág.40).        


“La relación entre el niño ideal y el padre ideal puede ser tan estrecha que surgen fantasmas de tipo fusional y suscitan en el niño, pero también en los padres, angustias de indiferenciación y de pérdida del sentimiento de identidad” (pág.50).


Los autores señalan cómo a lo largo de los casos clínicos expuestos se aprecian diferentes formas de vivenciar  la falta por abandono o carencia de cuidados. Destacan cómo todos los casos analizados ilustran la identificación de los padres con la “imagen del padre ideal que les habría gustado tener”. La contra-identificación a estas imágenes sirve también a los padres como formación reactiva contra la temida eventualidad de identificarse con el objeto parental frustrante de su pasado”.  Esta última idea es determinante para el éxito psicoterapéutico, de tal forma que “de la capacidad del padre para reconocer ciertos aspectos de estas imagos temidas y para integrarlas, dependerá su tolerancia para frustrar a su hijo” (pág.59). Una integración fácil de sus características negativas de las imagos parentales constituye una condición para el éxito de la intervención psicoterapéutica breve.


V. “La sombra de sí mismos” de los padres proyectada sobre el niño


Proyección por parte de los padres de la imagen infantil idealizada de ellos mismos


“En el marco de la problemática anaclítica de sus padres, lo más frecuente es que los niños reaccionen a las identificaciones proyectivas parentales de una forma que esquemáticamente podríamos describir de la siguiente manera: el niño adopta actitudes regresivas, que pueden manifestarse en forma de comportamiento difícil y tiránico” (pág. 61). Estas manifestaciones regresivas se suceden en forma de defensas maníacas y arrogancia narcisista, facilitadas por la inmensa disponibilidad del padre con respecto a su hijo. El padre proyecta sobre el hijo la imagen de su omnipotencia infantil a la que no puede renunciar. Dicen los autores que cuando la necesidad de actualizar esa omnipotencia es muy grande, la intervención terapéutica suele estar contraindicada. A pesar de todo, el niño puede ser el depositario del ideal infantil omnipotente (narcisismo) del padre hasta la adolescencia, donde estos equilibrios precarios de interacción tienden a romperse. Por el contrario, si se mantuviesen, al intentar el niño identificarse con los ideales parentales y producirse fantasmas fusionales recíprocos, es durante la adolescencia cuando pueden producirse derrumbes depresivos y puestas en escena de organizaciones límite de la personalidad. En los peores casos podemos encontrarnos con eclosiones de naturaleza psicótica.


VI. La sombra del objeto de los padres


Proyección en el niño de un objeto parental dañado.


En estos casos, dicen los autores, los padres proyectan objetos parentales dañadas que constituyen prolongaciones de imágenes infantiles vividas como abandonadas o carentes de afecto. Destacan los autores que en el emerger de la parentalidad, en el embarazo y la maternidad se reactivan conflictivas edípicas que constituyen la diana que debe ser enmascarada y reparada de forma anaclítica. En los casos que ilustran los autores se observa claramente cómo los padres tratan de preservar su culpabilizante rivalidad edípica con una protección intensa del niño receptor de la proyección de este objeto parental. “En este sentido, la presencia del niño con sus necesidades de cuidados y de protección facilita la instalación de un escenario narcisista de la parentalidad en el que la rivalidad y la culpabilidad edípica hacia la imago parental rival están contra-investidas [mediante la  formación reactiva]  o incluso reparadas de forma anaclítica” (pág.72).


Las proyecciones del objeto parental dañado tratan de evitar o anular la conflictiva edípica a toda costa. Destacan los autores el fenómeno de “proyección matrilineal”, donde, por ejemplo, la madre que proyecta sobre su hija la imagen de su propia madre o de una hermana (desplazamiento de la madre) intenta reparar la conflictiva edípica por delegación en la propia figura del niño. En estas proyecciones, el objetivo principal es corregir o reeditar el pasado para ser vivido de forma más satisfactoria. Resulta muy interesante, en esta categoría de proyecciones, el aspecto transgeneracional que suele producirse si los conflictos no son resueltos y se prolongan a través de los hijos que se convierten en los herederos psicológicos.


Finalmente, los autores se refieren a las consecuencias que la imago parental dañada tiene sobre los niños. Al identificarse con objetos de abandono o carentes,  suelen presentar sintomatología de índole depresiva y a recurrir a defensas maníacas cuando son más jóvenes.


           


VII. La sombra del objeto de los padres


Proyección en el niño de un objeto parental idealizado


En estos casos se proyecta, en forma de prolongación por parte del padre, el niño ideal que él fue, o cree haber sido, portador del narcisismo infantil proyectado. Los autores, a partir de diferentes casos clínicos estudiados, han recogido un amplio repertorio de temáticas proyectivas (pág.100):


1.     1. las características parentales para responder a las necesidades anaclíticas de presencia, satisfacción y seguridad (motivación que H. Bleichmar denomina de autoconservación).


2.     los aspectos parentales investidos de forma superyoica y de los que derivan exigencias a las que el padre acepta someterse. La sumisión masoquista del padre a las exigencias de su hijo le permite contra-investir su propia rivalidad edípica.


3.     Los aspectos del objeto parental investidos de forma incestuosa en el marco de la conflictividad edípica de los padres. En estos casos, el superego de los padres los empuja a contra-investir sus fantasmas sexuales infantiles. Tales vínculos incestuosos resultan velados a través de proyecciones de padres dañados que reclaman disponibilidad, protección y afecto. Cuando los fantasmas incestuosos son mal reprimidos y los padres comienzan a hacer uso de mecanismos defensivos muy arcaicos, el terapeuta debe, a criterio de los autores, replantearse una intervención psicoterapéutica breve.


Los autores remarcan cómo la pre-transferencia con respecto al terapeuta acostumbra a ser positiva porque éste es, normalmente, el objeto de proyecciones idealizadas de la misma naturaleza que las que recibe el niño.


VIII. La sombra del objeto de los padres


Proyección en el niño de un objeto parental negativo


Los autores presentan cuatro casos clínicos que se caracterizan principalmente por ser relaciones padres-hijos muy ambivalentes donde el hijo es el portador de las representaciones de sus padres. Se producen proyecciones con una doble valencia que se encuentra entre lo agresivo y lo libidinal. El terapeuta avezado deberá darse cuenta y poner en evidencia los vínculos libidinales con respecto al niño y al objeto parental del pasado y poder así intervenir de forma psicoterapéutica. En contadas ocasiones el proceso psicoterapéutico debe prolongarse con otras intervenciones psicoterapéuticas de mayor tiempo. También en este tipo de  proyecciones se ve muy resentido el funcionamiento psíquico del niño, pudiendo producirse trastornos de la personalidad muy severos que el terapeuta deberá prevenir. La intervención terapeuta es doble: “preventiva cuando el niño es pequeño ya que puede ayudarle a disipar la sombra negativa del objeto parental que le obscurece, o que hasta le ennegrece su propia imagen, a largo plazo, lo que conlleva consecuencias para su autoestima. Por otra parte, y aunque el niño pueda estar ya afectado por la proyección parental, el trabajo de la consulta terapéutica puede contribuir a quitarle el peso de la proyección negativa” (pág.130). En la medida que el niño se identifique con las características negativas del objeto parental proyectado, más intensidad tomará el investimiento libidinal de los padres.


IX. Contraindicaciones


Proyecciones parentales vividas esencialmente como persecutorias o muy dañadas   


En estos casos, la proyección parental tiene como objetivo esencial evacuar del niño imágenes internas demasiado cargadas de agresividad o destrucción” (pág. 131). En estos casos, las mismas proyecciones negativas que pesan sobre el niño son transmitidas mediante pre-transferencia negativa sobre el propio terapeuta, convirtiéndose este en un perseguidor y un rival que puede truncar la relación fusional que se establece, muchas veces, entre el padre y el hijo. Esta pre-transferencia negativa que aparece en dos tipos de proyecciones muy características, como las imágenes muy agresivas u objetos muy idealizados, obligan al terapeuta a ser más cauto en sus intervenciones y a prolongar el tiempo de la terapia.


X. Situaciones en las que podría indicarse una ayuda psicoterapéutica breve padres-hijo


En este capítulo, mediante un caso clínico de una adolescente, los autores enfatizan la eficacia de su método a la hora de abordar los escenarios narcisistas. Cómo el trabajo realizado mediante la “consulta terapéutica” moviliza la fuerte sobrecarga que la problemática parental ejerce sobre el niño y el adolescente, “lo que a menudo es suficiente para permitir al niño retomar su desarrollo y reorganizar su personalidad sin grandes síntomas, y en los casos más favorables, de la forma menos conflictiva” (pág. 145) y cómo las manifestaciones psicopatológicas de los adolescentes se enmarcan en la conflictiva parental.


TERCERA PARTE


Conclusiones


XI. Conclusiones clínicas y teóricas


Llegados a este punto, los autores reconocen que su instrumento de la “consulta terapéutica” resulta ser muy eficaz sobre todo en la comprensión e intervención en las consultas terapéuticas padres-niños/adolescentes. Destacan la limitación de los tipos de escenarios narcisistas y que contienen muchas partes comunes en sus características que permitiría clasificarlos dentro de configuraciones sindrómicas.


Como resultado del análisis, durante varios años, de muchos casos clínicos los autores encuentran un amplio predominio de proyecciones de aspectos infantiles de los padres vividos como carenciados o abandonados. Resaltan como a través de los análisis de los casos han tratado de mostrar como las imágenes proyectadas se articulan estrechamente con otras preconscientes y aún más con fantasmas inconscientes en los que “la delegación en el niño de una imagen ideal ocupa un lugar central” (pág. 156). Mediante la terapia estas imágenes idealizadas emergen fácilmente a la consciencia. Sin embargo, en situaciones en las que las intervenciones psicoterapéuticas resultan contraindicadas, los padres proyectan imágenes muy idealizadas que permanecen inconscientes, con grandes resistencias para pensar que existe una relación entre su vivencia parental y sus experiencias infantiles con sus propios padres. Estos casos en los que se ponen de manifiesto unos escenarios “muy narcisistas” de la parentalidad han sido calificados por los autores como de “narcisismo disociado”. En estas circunstancias, recomiendan estar muy alerta en las intervenciones psicoterapéuticas, ya que en las conflictivas parentales en las que predomina el “narcisismo disociado”, el narcisismo de los padres es lo menos evidente y la idealización, tanto del niño como de ellos mismos en tanto que padres, es la más absoluta y la más inconsciente.


En los casos clínicos donde los autores describen cómo “la sombra del objeto de los padres recae sobre el niño” se descubren, en numerosas ocasiones y de forma evidente, las representaciones de objetos parentales incestuosos, de rivalidad o superyoica propias según los autores de la problemática edípica. Para los autores, “el investimiento libidinal objetal y conflictual se esconde detrás del investimento del objeto anaclítico en el sentido utilizado por R. Spitz en su descripción de la depresión anaclítica de los lactantes; se trata del objeto que satisface las necesidades de supervivencia y de seguridad” (pág. 157). Añaden los autores, de una forma interesante, cómo este “travestismo anaclítico”  de las imágenes parentales edípicas proyectadas en el niño es un mecanismo defensivo muy extendido en los escenarios narcisistas de la parentalidad.


Los autores mencionan cómo el espectro de imágenes parentales idealizadas proyectadas sobre el niño es amplio. Cuando las capacidades del objeto parental para responder a las necesidades anaclíticas de satisfacción de las necesidades, de supervivencia, de seguridad o de presencia están idealizadas, nos encontramos frecuentemente ante una problemática de duelo de los padres. En estos casos, el trabajo psicoterapéutico debe centrarse en la problemática de “depresión anaclítica de los padres”, en las vivencias de pérdida y culpabilidad de las que intenta protegerse gracias a la proyección sobre su hijo. Cuando las imágenes parentales idealizadas, y proyectadas sobre el niño, conllevan características superyoicas a las cuales el padre tiene tendencia a someterse, la problemática subyacente puede ser de naturaleza anaclítica pero también edípica. En otras situaciones, en las que el objeto parental idealizado y proyectado en el niño recela de características incestuosas demasiado conscientes, la única salida que encuentra el psiquismo de los padres es  “la transformación en su contrario”, de las pulsiones incestuosas en pulsiones agresivas.


En el trabajo de los autores se han presenciado también situaciones en las que las imágenes parentales proyectadas en el niño son portadoras de características negativas: aquellas en las que mediante la proyección el padre busca restablecer un vínculo con el objeto significativo que echa en falta de su pasado y otras en las que el tinte incestuoso del investimento libidinal puede contribuir al rechazo del propio niño.


Se repasan aquí, también, aquellos casos en los que el acercamiento psicoterapéutico breve estaría contraindicado. Se trataría de aquellas situaciones en las que las identificaciones proyectivas del padre en el niño son de naturaleza expulsiva y difícilmente accesibles a la consciencia por lo que no deben ser abordadas desde un tratamiento breve. “Cuando la proyección negativa en el niño está además idealizada y es consciente, la relación padre-hijo se confirma que es de naturaleza simbiótica. Entonces la representación idealizada que el padre proyecta en su hijo y la imagen parental idealizada con la que él se identifica se confunden” (pág.159). En estos casos, el terapeuta tiene serias dificultades para poder separar las imágenes proyectadas.


Finalmente, los autores exponen algunas conclusiones de naturaleza teórica y metapsicológica. El estudio de casos ha permitido a los autores poner en evidencia la amplitud adquirida por lo que se llama desde hace años: la “problemática anaclítica” o la “fantasmática anaclítica”, acercándose con este término a la depresión anaclítica de R. Spitz. Los autores reconocen que su término de “fantasmática anaclítica” se acerca, sin compartir del todo sus ideas, a las nociones de apego del bebé con su madre que fueron formuladas por Bowlby.  A partir de aquí, realizan un recorrido teórico desde la “Introducción al narcisismo” de Freud, donde abandona la noción de pulsión de autoconservación y subraya la naturaleza sexual de la libido, tanto de sus vínculos con el objeto como cuando se vuelve hacia el Yo en el narcisismo, enmascarando, o incluso suplantando, el concepto de pulsiones de autoconservación. Revisan la segunda teoría de las pulsiones, en la que la autoconservación y las pulsiones sexuales se encuentran confundidas en las “pulsiones de vida”. Para esclarecer tal embrollo, se apoyan, en la concepción kleiniana del conflicto psíquico, mediante la teoría que reintroduce, también, el componente de autoconservación, fundamental en el investimento del buen objeto, todo esto dentro del marco de la lucha del Yo contra la pulsión de muerte vivida como una amenaza interna.  M. Klein nos recuerda “que [el objeto de la pérdida] en la posición depresiva no está solamente relacionada con los fantasmas de tipo anaclítico, sino también con los fantasmas sexuales que Klein describió en el marco del complejo de Edipo precoz, con los fantasmas de exclusión y de envidia concernientes al interior del cuerpo de la madre y sus contenidos imaginarios” (pág. 161). Los autores aprovechan las ambigüedades y confusiones de las nociones de autoconservación y de sexualidad para aportar diferentes matices en la fenomenología clínica de los escenarios narcisistas. “En el campo de las relaciones padres-hijos de las madres con sus bebés, se encuentra claramente esta doble valencia fantasmática. Así, en la mayoría de los casos clínicos descritos en este libro, encontramos fantasmas anaclíticos junto a fantasmas sexuales de los padres. A veces, los dos tipos de fantasmas se relacionan tan estrechamente que es difícil para un clínico distinguirlas” (pág.161). Los autores aprecian cómo los “fantasmas anaclíticos” funcionan como una muralla defensiva preconsciente que protege el acceso de los fantasmas edípicos, siendo el funcionamiento recíproco igualmente posible.


Los autores finalizan la exposición de sus conclusiones proponiendo la reintroducción explícita de la noción de pulsiones de autoconservación, diferenciadas de las pulsiones sexuales, en el interior de las “pulsiones de vida” dentro de la segunda teoría de Freud.


COMENTARIO PERSONAL


Debe alabarse el esfuerzo realizado en el  trabajo sistematizado que, mediante los escenarios narcisistas de la parentalidad, los autores proponen a la hora de intervenir en psicoterapia. Mediante la recapitulación, durante varios años, de experiencias subjetivas con pacientes, han establecido las configuraciones clínicas de los escenarios narcisistas más usuales en la clínica diaria. Un método, si se me permite, muy operativo para realizar una buena evaluación del paciente y de la interacción padres-hijos. Creo que en psicoanálisis, a diferencia de otros enfoques o teorías, resulta harto difícil organizar un instrumento  de estudio para encontrar de forma precisa el foco de la terapia. Además los autores ponen el listón muy alto al obtener buenos resultados con periodos breves de terapia.


Sin embargo, me da la sensación que la sistematización puesta en práctica está basada en un paradigma que me resulta, sobre todo en la lectura y análisis de los casos algo, forzado.


Me incomoda comentar los casos cuando apenas los he mencionado en la reseña, sin embargo hay elementos del análisis de los mismos que no comparto, siendo en el propio análisis de estos  y no en la teoría donde difiero en algunos aspectos.


Aunque los autores reconocen que “en el campo de las relaciones padres-hijos, y en particular en las relaciones de las madres con sus bebés, se encuentra claramente una doble valencia fantasmática” (pág.161) (la anaclítica y la sexual) que resultan, debido a su interrelación, difícilmente distinguibles en la clínica me da la impresión que a la hora de “comprender” los “fantasmas” en los casos clínicos que presentan predomina un aroma de entendimiento más edípico que anaclítico. De tal forma que su paradigma me resulta algo reduccionista, no permitiendo otras lecturas o exploraciones en el paciente hacia otros caminos como son los del apego de J. Bowlby, si bien, por otro lado, la comprensión unánime desde el apego resultaría también simplista.


Me parece asombroso cómo en tres o cuatro sesiones se obtienen  mejorías clínicas en los casos presentados. Existe además una gran rapidez a la hora de alcanzar una comprensión de las interacciones padres-hijo y del paciente.  En un caso en concreto, en la segunda sesión  o consulta  el terapeuta, ya con una buena formulación del caso, interpreta a un niño de cinco años (Charlie)  un deseo edípico y se lo menciona de forma explícita tal que así: “si quieres matar a tu padre o a mí, es porque quieres tanto a tu madre que te gustaría estar sólo con ella” (pág.43). Tras esta interpretación y en la siguiente consulta, según el caso escrito, mejoran ostensiblemente algunos de los síntomas y dificultades que motivaron la consulta. Quiero pensar que, previamente a esa interpretación, ha habido un trabajo a nivel simbólico o proto-verbal con el niño. J. Piaget nos habla, en los estadíos del desarrollo cognitivo, de cómo los niños de entre 2 y 7 años se encuentran en un estadío preoperacional donde son poco capaces de pensar de forma deductiva o lógica.  A lo largo de los casos, las interpretaciones se suceden a las pocas sesiones, de una forma persistente que  me resulta estereotipada (la noción de enfoque psicoanalítico estereotipado de Peterfreund) y en la que creo que a veces se hace encajar el material de la interacción padres-hijo dentro de un marco teórico reducido. No hay descubrimientos por parte de los padres o los niños, hay certezas axiomáticas en forma afirmativa, no hipotética, difícilmente asimilable en los inicios de toda terapia.


La pre-transferencia, positiva o negativa, del terapeuta es vista (sentida) en la mayoría de los casos como una proyección de los objetos o imagos parentales sobre la figura del terapeuta.  Se enfatizan en demasía las proyecciones, siendo nuevamente tal situación reduccionista y iatrogénica en el sentido de desconfirmar la percepción realística del paciente (M. Marrone y N. Diamond) e imposibilitar otras lecturas de la realidad de la interacción padres-hijos.


Aparecen en el trabajo de los autores algunos casos de niños adoptados que reciben tratamiento psicoterapéutico desde el mismo rasero teórico. En plenos inicios de la comprensión de los procesos adoptivos y la psicopatología  de la infancia y adolescencia, es algo evidente la posible alteración  de los procesos de desarrollo infantil sobre todo en el establecimiento de vínculos afectivos e interacciones padres-hijo. No se presta atención  en los casos del libro a las “interacciones fantasmáticas” que pudo tener el niño en un orfanato, institución u otro entorno parental.  Debe explorarse, entre muchos factores (policausalidad) la psicopatología parental en la adopción y las motivaciones que detrás se esconden. 


Y, finalmente, quisiera realizar, a través de esta reseña,  una dedicatoria desculpabilizadora a los escenarios narcisistas de mis padres, de todos los padres, de todos los hijos que serán padres y  a mí mismo, que cuando sea padre haré lo que pueda por, para y con mis hijos.           


(*) M.i.r de psiquiatría de IV año.


* Las citas textuales aparecen entrecomilladas y en cursiva.


 



 










A lo largo de todo el libro tal y como remarcan los autores, y en la relación padres-hijo se refieren indistintamente a la madre y al padre, aunque por comodidad en la redacción citan más a la madre.[1]


Dadas las limitaciones de extensión propias de las reseñas y para no alterar la riqueza de su contenido he suprimido la exposición de los casos clínicos. En caso de estar interesado, recomiendo al lector encarecidamente que acuda al libro para leerlos y analizarlos desde varias ópticas teóricas. Sí expongo las observaciones teóricas más destacables que los autores realizan de los mismos.[2]

 

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