Controversias sobre enactment: una revisión crítica de los debates contemporáneos [Ivey, G., 2008]

Publicado en la revista nº032

Autor: Goldschmidt, Judith


Reseña: Ivey, G. (2008) Controversias sobre enactment: una revisión crítica de los debates contemporáneos (Int. J. Psychoanal, 89: 19-38)



Este trabajo se propone revisar las posiciones más conspicuas  sobre el fenómeno del enactment contratransferencial. Aporta, además, un caso clínico como ejemplificación, a través del cual comunica sus propias conclusiones sobre el tema. A pesar de que Gabbard habla de un “territorio común” en los abordajes psicoanalíticos partiendo del reconocimiento de la contratransferencia como creación analítica conjunta, el amplio espectro recorrido por Ivey lo pone en duda. El trabajo tiene tres objetivos:


1)    un examen crítico acerca del  “territorio común” con respecto al enactment


2)    un resumen sistemático de los puntos importantes de las “controversias sobre el enactment”


3)    basar los debates sobre  este tema en discusiones sobre material clínico


La lectura de la literatura psicoanalítica sugiere que las más importantes controversias sobre el enactment pueden resumirse  en el posicionamiento de los autores frente a las siguientes preguntas:


1)    ¿Son los enactments contratransferenciales oportunidades benignas conducentes hacia el insight y hacia el crecimiento terapéutico o son la mayoría de sus consecuencias negativas?


2)    ¿Es el enactment la expresión conductual inevitable de la contratransferencia o puede ésta ser experimentada sin ser actuada?


3)    ¿Preceden siempre los enactments a la concientización y a la resolución de la contratransferencia proveyendo las condiciones que las posibilitan?


4)    ¿Representan los enactments disrupciones intermitentes de la posición analítica, sobre todo en los tratamientos de los pacientes más patológicos o es su presencia un hecho común en el tratamiento de la mayoría de los pacientes independientemente de su patología?


5)    ¿Qué rol juega la subjetividad del analista en la conformación de manifestaciones específicas de enactment con pacientes específicos?


6)    ¿Cómo deberían tratarse los enactments en el curso del trabajo analítico?


Las respuestas a estas preguntas son altamente dependientes del grupo teórico de pertenencia. Si bien la complejidad del fenómeno requiere  su consideración teórica, el autor sugiere un examen atento de la interacción  terapéutica que precede un enactment específico, la que ocurre durante su transcurso, así como también la que le sigue, como puntos de partida para la investigación de varias cuestiones relevantes.


La revisión de la definición del término muestra que, en un principio, este estaba destinado a dar cuenta de la escena transferencia-contratransferencia creada en la sesión analítica a partir de las fantasías transferenciales del paciente. Inconscientemente, el paciente llevaría al analista a actuar tal como su fantasía se lo indica. El analista respondería al rol proyectado en él con un acto que iría más allá de lo que su trabajo analítico indicaría. La identificación proyectiva cumple un rol decisivo en esta concepción. Con el tiempo, aparecieron otras definiciones en las cuales se considera  que la responsabilidad en los enactments es compartida. Se construirían por participación inconsciente mutua de analista y paciente. Distintos autores enfatizan puntos de vista divergentes.


Tampoco hay homogeneidad en lo que se considera que el término cubre: algunos ponen el énfasis en acciones verbales o no verbales de carácter interpretativo, otros incluyen cualquier respuesta al paciente, verbal o no verbal. También ha sido visto como respuesta inhibida y hasta como fantasías conscientes del analista.


El autor  aporta un caso clínico en el cual un paciente médico, P, consulta porque tiene relaciones conflictivas con mujeres drogadictas que lo tratan con indiferencia. En el momento del relato le preocupa su relación con una mujer, R, que lo descuida afectivamente hasta que P se aleja. Cuando esto ocurre, se muestra  interesada por un tiempo, reavivando las esperanzas de P, que nuevamente se frustrarán. Este ciclo se repite provocándole inseguridad y ansiedad. La madre de P lo descuidó en su primera infancia dejándolo llorar de noche sin atenderlo, en compañía de un biberón de agua azucarada como sustituto del contacto materno. P llegó a pensar que la madre se había sentido sobrepasada por sus demandas infantiles, así como seguramente se sentirían sus novias a juzgar por el trato negligente que le otorgaban y también su analista. Todas estas cuestiones habían sido abundantemente interpretadas en su análisis, habiendo llegado P a la conclusión de que debería terminar su relación con R. No obstante, no se sentía lo suficientemente fuerte como para actuar en consecuencia.


En una sesión en que el paciente estaba nuevamente narrando este ciclo, pero considerando que había lugar para la esperanza, el analista, sintiéndose frustrado por la reiteración  de los hechos a pesar del trabajo realizado, le señaló que había pocas evidencias de la capacidad de cambio de R, recordándole sus defectos. Agregando, además, que P parecía empeñado en evitar una realidad penosa: que R era tan incapaz de satisfacer sus necesidades de relación adultas como lo había sido su madre de satisfacer sus necesidades infantiles. Al decir esto, el analista sintió que estaba siendo duro, crítico y de ninguna ayuda. P respondió, suspirando, que era cierto. Se hundió en su silla, vencido, diciendo que se sentía débil y patético. El  malestar inicial del analista creció al escuchar esta respuesta. Antes de la sesión siguiente, el paciente llamó para preguntar si tendrían la sesión, ya que creía recordar que el analista la había suspendido. El analista no había mencionado nada por el estilo. En esa sesión, a pesar de que el paciente no hiciera ninguna mención al llamado, el analista retomó el tema diciendo que tal vez después de haberse sentido patético en la última sesión, había esperado no tener que encontrarse con él ese día. El paciente reconoció que era así, agregando que el llamado también le habría dado una oportunidad al analista de “zafar”, tomarse un recreo de él. Estaba seguro de que el analista estaba desilusionado de él y que lo consideraba patético por no romper con su problemática amante.


Este es un ejemplo de un enactment interpretativo y sus consecuencias para el paciente. Su apego adictivo a una pareja dañina irritó a su analista quien expresó su irritación en su desafiante interpretación. Había caído en un esquema mental de crítica delatado por su intervención, la cual, a su vez provocó en P el deseo de evitarlo y de brindarle la oportunidad de transmitir al paciente su desilusión cancelando la sesión. Al preguntarle el analista si hubo algo en sus palabras de la sesión anterior que le hubiera sugerido una actitud crítica o desilusionada, el paciente respondió que no, agregando que era lo que él sentía hacia sí mismo. Es más, hacía un tiempo que venía sintiendo que su analista estaría desilusionado de él a causa de su “pesadez” y  había llegado a pensar en terminar el tratamiento. Después de un silencio recordó la actitud crítica constante de su padre y las veces que pensó representar sólo una desilusión para él. Esta asociación anunciaba un cambio en la transferencia del paciente. Su analista pasaba de ser una madre sobrepasada a ser un padre desilusionado y criticón transformándose el paciente en un hijo incapaz de cumplir con sus expectativas.


Ivey se pregunta si el impacto del enactment es positivo o negativo. Los freudianos y los kleinianos lo consideran más desde lo negativo. Según los kleinianos, el enactment es una manera de evadir inconscientemente el dolor de experimentar y entender realidades emocionales difíciles. Según Steiner (2006a) implica siempre rupturas del encuadre y de la actitud analítica que, inevitablemente, interfieren la capacidad del analista de pensar y de contener al paciente.


Otros autores, de los cuales Renik (1993a) es el exponente más extremo, afirman que el enactment tiene consecuencias esencialmente terapéuticas. Señalan su rol de traer a la consciencia constelaciones transferenciales-contratransferenciales inconscientes permitiendo que los pacientes experimenten encuentros transformacionales emocionalmente vivos con sus analistas, facilitando el proceso elaborativo al dramatizar y cambiar conflictos transferenciales.


La utilidad de la cuestión no reside en preguntarse si los enactments son buenos o malos, sino cómo son experimentados por el paciente y retomados por el analista, cómo sus reverberaciones inconscientes evolucionan a lo largo del tiempo y cómo se manifiestan en sutiles cambios en la cualidad de la interacción analítica.


El caso clínico ilustra el impacto ambiguo de los enactments verbales en los pacientes y señala la dificultad de evaluar las consecuencias negativas versus las positivas. En la sesión que siguió a la del enactment, el recuerdo espontáneo del paciente de la actitud crítica de su padre sugiere que la intervención había sido correctamente registrada como una fantasía transferencial, poniéndolo en contacto útil con un aspecto doloroso de su historia. También ayudó al analista a percibir cómo la transferencia materna sobre la cual estaba focalizando había girado hacia una transferencia paterna anunciando una nueva fase en la relación transferencial-contratransferencial. Sin embargo, los efectos de los enactments persisten mucho tiempo después de ocurridos y la cuestión acerca de sus resultados benignos o dañinos debe ser evaluada a lo largo del tiempo.


En una sesión ulterior, P dijo que había terminado la relación con R, agregando que no volvería a ella a menos que hubiera un cambio de actitud de su parte. El analista señaló que P desconfiaba de su estado de ánimo actual y de su resolución de terminar con la relación. P lo reconoció, diciendo que aún amaba a R y recordando los aspectos positivos de la relación. Siguió hablando de una paciente suya quien, a pesar de serias dificultades psiquiátricas, había mejorado y terminado su tratamiento en forma positiva. Sin embargo, hace poco le pidió una entrevista a la cual llegó “hecha un lío”. Había dejado de tomar la medicación, había retornado a una relación disfuncional, se había embarazado y se negaba a reconocer su responsabilidad por su situación. P, desilusionado y enojado, sintió un impulso de gritarle y echarla. El analista interpretó a P que había aspectos de la paciente que le recordaban a sí mismo, especialmente su incapacidad de actuar en interés propio abandonando una relación disfuncional. P estuvo de acuerdo agregando que le recordaba  la sesión en que se había sentido patético y lo había sentido a él como crítico. El analista le dijo que en ese momento P había negado su percepción de la actitud crítica del analista y que ahora parecía inseguro de lo que había pasado entre ambos. P confirmó esto diciendo que estaba confuso y que necesitaba pensarlo. En vez de interpretar su defensa, el analista replicó que había estado pensándolo y llegó a  la conclusión de que su intervención había sido enjuiciadora;  que había sido llevado a relacionarse con él con una modalidad similar a la del padre. Ahora P no sabía como relacionarse con él, sospechando que escondía un impulso a gritarle y a echarlo tal como P hubiera querido hacer con su paciente. P reconoció que era así, sin embargo, después de esa intervención del analista no pudo ignorar los signos indicadores de que R no era apta para una relación. Gracias a su analista había podido abandonar esa relación destructiva.


El autor considera que el material es ambiguo, motivo por el cual desconfía de las palabras tranquilizadoras de P acerca de los efectos positivos de su enactment. Podría ocurrir que el paciente proyectara y, por lo tanto, esperara encontrar en su analista  una versión de su superyó arcaico, siendo entonces el peligro actuar este rol. Sus intervenciones adquirirían así una calidad sugestiva dirigida a manipular al paciente hacia un curso de acción determinado en vez de, simplemente, presentarle algo sobre lo cual pensar. Lo que distingue al psicoanálisis de otras modalidades terapéuticas es que el analista intenta no asumir el rol del superyó arcaico. Ivey piensa que él asumió (enacted) ese rol, situación que impactó fuertemente en la experiencia y en las acciones posteriores del paciente. Desde esta perspectiva, es posible que P hubiera abandonado su relación problemática para cumplir con el deseo actuado de su analista, temiendo ser rechazado si no lo hacía. La actualización de la transferencia negativa paterna puede haberle causado demasiada ansiedad, llevándolo a una complacencia defensiva.


Cuando los enactments son agudos, pueden transformarse en una amenaza para la alianza terapéutica, motivo por el cual deben ser señalados invitando al paciente a expresar sus sentimientos y pensamientos con respecto a ellos.  Se restablece así, un espacio reflexivo. En los casos clínicos como el ejemplificado, en que la alianza terapéutica no corrió peligro y no hubo por parte del paciente reconocimiento consciente de cambio de actitud en su analista, lo indicado es esperar y observar cual fue el destino del enactment, tal como puede manifestarse en sueños o en asociaciones que podrían aludir a él.


Pasando ahora a las preguntas 2ª y 3ª, la reflexión del autor gira alrededor de la posibilidad de sentir la contratransferencia sin necesidad de actuarla. ¿Es esto posible? Tal como ocurre con las demás cuestiones, también en esta proliferan las controversias. Las aguas se dividen fundamentalmente en dos posturas. Una sería la de aquellos que consideran que pensamiento y sentimiento forman un continuum muy difícil de separar de su expresión conductual. En definitiva, el paciente siempre terminará registrando mucho más acerca de nuestros estados afectivos de lo que creemos transmitir verbalmente. Desde este punto de vista, el enactment es un aspecto inevitable de la contratransferencia. Es más, la contratransferencia sólo puede ser percibida después de haber sido actuada.


La postura contraria sostiene que entre pensamiento y acción hay un límite, y este límite debe ser respetado por el analista para poder cumplir su objetivo terapéutico: ser capaz de contener los aspectos emocionales que el paciente le transmite. El analista debe estar abierto a la emocionalidad surgida del intercambio con su paciente. Emocionalidad sin permiso para ser actuada sino elaborada a través del pensamiento. Esta distinción entre accesibilidad contratransferencial y enactment presupone que los sentimientos contratransferenciales pueden ser contenidos en vez de actuados y también que el enactment es un impedimento para la consciencia contratransferencial al servicio de la contrarresistencia del analista.


Entre estas dos posturas extremas se encuentra una intermedia que sostiene el valor de los enactments contratransferenciales parciales, los cuales, sostiene, son tan inevitables como necesarios (Carpy, 1989). Le darían al paciente la oportunidad de observar cómo el analista es impactado y llevado a expresar su emocionalidad, pero, también, cómo  finalmente logra integrarla al nivel del pensamiento. La utilidad para el paciente residiría en la gradual reducción de su temor a reintroyectar aspectos propios, tal como vio hacer al analista.


La postura sugerida por el autor es la de subordinar el acto no pensado a un estado de alerta consciente. En definitiva, darse cuenta de los propios pensamientos y sentimientos pero contenerlos.


La 4ª pregunta -si los enactments son ocasionales o si se producen continuamente- también genera interesantes controversias. Una de las posturas extremas sostiene que los enactments suceden continuamente (Friedeman y Natterson, 1999). Sus actores son tanto el paciente como el analista de manera igualitaria dando expresión a sus fantasías mutuas. Cada actor transfiere en el otro el rol de padre, hijo o cualquier otro.


Interpretación problemática porque la simetría planteada anularía el rol del analista al no distinguirse de su paciente. Tampoco daría lugar a una terceridad desde la cual el analista podría observar y ordenar el intercambio entre estas dos subjetividades.


Otros puntos de vista enfatizan que, si bien en el análisis hay momentos de intercambio subjetivo necesarios a la comunicación empática, el analista no se limita a ellos sino que la comprensión de su paciente exige de él un segundo momento de toma de distancia en el cual prima la reflexión. Esta diferencia marca la asimetría de ambos roles, propiciada por los límites del encuadre y por la formación del analista. No obstante, si bien el training analítico consistente en análisis personal, supervisiones etc. prepara al terapeuta para su rol, nunca logra erradicar del todo la influencia de sus propios conflictos en su tarea (Kantrowitz, 1999).


También considerando las características de los diferentes pacientes, es problemático aseverar que los enactments ocurren en forma permanente. Serán más frecuentes cuando se trate de pacientes cuyas identificaciones proyectivas transfieran objetos parciales y descarguen elementos beta en el analista perturbando su capacidad de pensar y de contener. Serán menos frecuentes cuando se transfieren objetos totales en el marco de identificaciones proyectivas al servicio de la comunicación (Cassorla, 2001; LaFarge, 2000). En este caso, el reverie, es decir, las imágenes y las asociaciones del analista son las encargadas de registrar los impactos inconscientes provocados  por la relación con el paciente. La necesidad del enactment disminuye (Ogden, 1997, 2004).


Hay quienes sostienen que las convicciones de los analistas acerca del cambio psíquico intervienen activamente en la frecuencia de los enactments, motorizados por las técnicas  surgidas de dichas convicciones.


En cuanto a la 5ª pregunta, con respecto a la contribución de la subjetividad del analista en manifestaciones específicas del enactment con pacientes específicos, gira alrededor del peso otorgado a la conflictiva preexistente del analista como origen de su reacción en acto. Se acepta que el enactment pone en escena, a través de manifestaciones verbales y extraverbales del paciente, procesos inconscientes relevantes para su mundo interno. El analista, por su receptividad contratransferencial, puede ser llevado a jugar un rol en un drama interpersonal. Mientras todos reconocen que el fenómeno se produce por una combinatoria entre lo proyectado identificatoriamente por el paciente y las características personales del analista, hay quienes no van más allá y otros que, como Gabbard (1995) o Smith (2000), argumentan que las exteriorizaciones de los pacientes no hacen más que activar representaciones del self o del objeto preexistentes en el analista. Lo cual es equivalente a decir que las experiencias contratransferenciales y los enactments responden a problemas irresueltos del analista, que lo perturban pero lo ponen en sintonía afectiva con su paciente. Estas diferencias hacen que unos -los autores kleinianos, por ejemplo- no suelan comunicar cuál es el rol desempeñado por sus propios conflictos activados en la interacción mientras que otros, tales como muchos freudianos contemporáneos e intersubjetivistas, provean informes detallados acerca de sus conflictos intrapsíquicos y sus historias personales para describir la particular contribución que prestan a sus enactments (Black, 2003; Friedman& Natterson, 1999; Jacobs, 1986; Renik, 1999). Esta diferencia refleja diferencias teóricas en lo que respecta al rol relativo desempeñado por los conflictos inconscientes del analista en el desarrollo de su contratransferencia y sus reacciones, así como también refleja diferencias técnicas acerca de cómo  debería ser administrada o usada la participación del analista en el proceso analítico. El autor sostiene que, sin olvidar la contribución del paciente, es útil el análisis de los conflictos revelados en la contratransferencia del analista.


Volviendo a su propio enactment, el autor relata que en el momento de formular su interpretación, notó que algún aspecto contratransferencial estaba siendo expresado. Si bien tenía claro cuál era la presión que P estaba ejerciendo para provocar su irritación, se pregunta qué lo había hecho susceptible a él para que actualizara la fantasía transferencial de P. Su búsqueda dentro de sí mismo buscando paralelismos histórico-vitales con su paciente no dio ningún resultado en ese momento. Sólo mucho más adelante, discutiendo sobre enactment con colegas, pudo arrojar luz sobre su participación. Recordó una relación romántica propia, breve pero intensa, ocurrida años atrás, con una mujer muy fumadora quien, por su ambivalencia, provocó la ruptura entre ambos. Su reacción ante el rechazo fue la de una intensa crítica a sí mismo por el escaso juicio en la elección de pareja. A pesar de haber trabajado el tema en su análisis, no pudo impedir sentirse identificado inconscientemente con su paciente, sometiéndolo a   las mismas críticas a las que se había sometido a sí mismo. Las proyecciones de los analizandos no se dirigen hacia el analista indiscriminadamente sino hacia determinados aspectos del analista (Pick, 1985). P pudo actualizar un rol transferencial específico en su analista porque el padre desilusionado y criticón que le proyectó coincidía con una figura criticona reprimida en su mente. En los enactments actúa una proyección mutua. P había proyectado en su analista un objeto paterno criticón identificándose con el correspondiente niño negativo. El analista, a su vez, se había identificado con esta proyección paterna proyectando simultáneamente en el paciente una autoimagen desvalorizada de sí mismo. Lo cual implica que el análisis de la contratransferencia es tan importante como el de la transferencia e inseparable de ella. Este ejemplo muestra cuan engañosa es la imagen del analista transparente para sí mismo captando rápidamente su participación en los enactments.


Acerca de qué comunicar al paciente una vez ocurrido el enactment, las reflexiones de Ivey lo llevan a pensar que el enactment como expresión involuntaria de un sentimiento contratransferencial es el equivalente de una autorrevelación. Se pregunta si es pertinente ampliar la autorrevelación al dar explicaciones sobre lo ocurrido y, si la respuesta es afirmativa, hasta qué punto. También en este aspecto las opiniones de diversos autores son divergentes. Hay quienes, como Renik (1999), propician un develamiento completo de las experiencias contratransferenciales, mientras que otros evitan la cuestión. En la gama intermedia se encuentran los partidarios de una autorrevelación selectiva. El proceder del autor en el caso relatado fue el reconocimiento ante el paciente de que su actitud había sido crítica, que había sido arrastrado a una interacción que actualizaba una relación de objeto paterna negativa y que él (el paciente) lo fantaseaba como escondiendo impulsos agresivos hacia él. Esta interpretación comienza con una autorrevelación acerca de cuál había sido su estado emocional pero luego lo vincula con la expectativa transferencial del paciente y con su fantasía actual acerca del enojo del analista y del rol inconsciente que jugó al provocar una respuesta de su analista concordante con su relación de objeto interna. Todo esto llevó a una exploración productiva de la relación conflictiva con su padre y al surgimiento de nuevo material edípico.


Como conclusión, el autor opina que, más que mostrar posiciones convergentes, el fenómeno del enactment ofreció un nuevo escenario para abordajes teóricos y técnicos opuestos.  Al tratar varios asuntos controversiales relacionados con la descripción detallada de un enactment contratransferencial, el autor propone una metodología para evaluar posturas opuestas entre sí, apoyándose en el escrutinio cuidadoso de los procesos intrapsíquicos e interpersonales de los procesos que preceden, los simultáneos y los posteriores a un enactment determinado. Aunque tales observaciones se hallan inevitablemente influenciadas por las posiciones teóricas y por datos ambiguos, los informes autocríticos sobre las características específicas de los fenómenos de cada enactment podrían conducir hacia debates más productivos en el futuro.