Verdad narrativa, verdad histórica [Spence, D., 1982]

Publicado en la revista nº033

Autor: Muñoz-Grandes López de Lamadrid, María

Reseña: Narrative Truth, Historical Truth, Donald Spence (1982). Norton &Company Ltd. New York.



Este es uno de los textos pioneros de la revolución epistemológica en psicoanálisis. Su lectura es  fundamental para comprender el cambio del paradigma objetivista al paradigma constructivista que se está produciendo en el psicoanálisis contemporáneo. Debido a la relevancia de esta obra, vamos a reseñarla en dos partes, presentando la reseña de los cinco primeros capítulos en este número de Aperturas y la reseña de los cinco últimos capítulos del libro en el siguiente número de aperturas. De este modo pretendemos facilitar al lector una comprensión en profundidad de las propuestas que Donald Spence nos hace en “Narrative truth, historical truth”.


(Nota: para facilitar la lectura del texto, la autora de la reseña presenta en cursivas lo que considera que son las afirmaciones fundamentales del autor del libro.)


Capítulo 1. La tradición narrativa


En este capítulo Spence realiza un resumen de las tesis principales que posteriormente desarrollará en su libro. Comienza afirmando que Freud, en “La interpretación de los sueños” y en la exposición de sus casos clínicos, nos hizo ser conscientes de la forma en que una reconstrucción acertadamente  elegida puede  llenar el vacío  existente entre el relato de dos hechos aparentemente no relacionados entre sí y puede extraer sentido del sinsentido. Spence enfatiza que una historia bien construida posee una especie de verdad narrativa que opera de forma real e inmediata en el proceso de cambio terapéutico. No obstante, Freud siempre sostuvo que toda interpretación efectiva también debe contener una pieza de verdad histórica. Spence objeta que no hay certeza de que esto siempre sea así y que la verdad narrativa, por sí misma, parece tener un importante impacto en el proceso clínico.


Para poner una experiencia en palabras realizamos un proceso de traducción de los fragmentos imprecisos de la experiencia a la coherencia de una forma lingüística, que les otorga un tipo especial de realidad. La verdad narrativa puede definirse como el criterio que utilizamos para decidir cuándo una experiencia determinada ha sido expresada  satisfactoriamente a través del lenguaje; depende de la continuidad, del cierre y de la estética en el encaje de las piezas. La verdad narrativa es lo que tenemos en la mente cuando decimos que esto o aquello es una buena historia, que una explicación dada es convincente, que una solución dada a un misterio debe de ser verdadera. Una vez que una construcción dada ha adquirido verdad narrativa, se convierte en algo tan real como cualquier otro tipo de verdad; esta nueva realidad constituye una parte importante de la cura psicoanalítica. Por el contrario, cuando intentamos recordar, intentando obtener una copia correcta  de “las cosas que han pasado”, el  narrador funciona como un historiador, en busca de la verdad histórica.


Desde el punto de vista de Spence, hay  contradicción entre lo que Freud prescribe y  hace. Según las pocas reglas que Freud da para la práctica, la empresa analítica debe centrarse en la búsqueda de la verdad histórica. La arqueología como metáfora guía, y su permanente creencia en los efectos curativos de la “semilla de la verdad”, son claros exponentes del modelo basado en la verdad histórica. Las recomendaciones específicas que Freud da tanto al paciente como al analista sobre cómo asociar y cómo escuchar respectivamente, buscan ayudar a crear las condiciones que permitan que emerja la verdad histórica. Por otro lado, prosigue Spence, si nos fijamos en lo que hace Freud, en cómo escribe, en cómo interpreta, en cómo arma sus explicaciones, aprenderemos de él la importancia clínica de la verdad narrativa. Las interpretaciones resultan convincentes, como veremos, no por su valor de evidencia, sino por su aspecto retórico; la convicción surge porque el ajuste es bueno y no porque hayamos contactado necesariamente con el pasado. Como analistas, podemos intentar escuchar con atención flotante, pero también estamos fuertemente guiados, extraoficialmente, por la tradición narrativa y en los informes clínicos podemos ver más a menudo el intento por construir un buen patrón del funcionamiento psíquico del paciente, que un esfuerzo por representar lo que se dijo en las sesiones analíticas con exactitud.


La tradición narrativa iniciada por Freud, ha convertido a los psicoanalistas en buscadores de significado y esto, en cierto modo, impide a los psicoanalistas cumplir la regla de Freud de escuchar con atención flotante. La búsqueda de coherencia y continuidad ha pasado a formar parte de la competencia psicoanalítica.


El modelo del paciente como reportero objetivo y del analista como receptor objetivo sugiere un tipo de realismo naïf difícil de practicar. El problema, señala Spence, viene del conflicto de esta pretensión de objetividad con la tradición narrativa subyacente. Si asumimos que el analista escucha por lo menos parte del tiempo con lo que él considera que es atención flotante, la “historia” que “oye” sería una buena aproximación a la historia que ha contado el paciente. Cuanto más convencido esté de que sigue el modelo explícito de Freud, mas confiará en su escucha del material y menos buscará construcciones alternativas del mismo material. Lo mas probable es que en realidad escuche con el sesgo de buscar coherencia y continuidad en la historia que cuenta el paciente y asuma que ésta es la única historia que se puede escuchar. Spence apunta que este tipo de confusión es bastante endémica al psicoanálisis.


El emparejamiento  de la tradición narrativa con el modelo de Freud lleva al fallo de no distinguir entre dos tipos de verdad. Si se considera que el paciente, en virtud  de su posición de libre asociación, tiene acceso privilegiado al pasado, y si suponemos que la historia que escucha el analista es la misma historia que el paciente está contando, entonces resulta tentador concluir que el analista descubre un trozo de la historia del paciente, un informe sobre “cómo eran las cosas”. La verdad narrativa se confunde con la verdad histórica, y la coherencia de un informe puede llevarnos a creer que estamos ante la exposición de un acontecimiento real. Mas aún, lo que resulta efectivo para un determinado paciente  en una sesión en particular (la verdad narrativa de una interpretación) puede ser equívocamente atribuido a sus fundamentos históricos. Fruto de esta confusión, Freud desarrolló la creencia de que toda interpretación contiene siempre algo de verdad histórica y que esta semilla de la verdad, como él lo llamó, es lo que hace que la interpretación sea efectiva. Incluso aunque esta regla  fuera verdadera algunas veces, sostiene Spence, seguimos sin forma sistemática de separar la verdad narrativa de la verdad histórica; así, la metáfora sobre la omnipresente “semilla de la verdad” no resulta muy útil como regla general. Además, podría oscurecer el hecho de que la verdad narrativa tiene una importancia especial, de índole propia, y que contactar con el pasado real podría tener una importancia mucho menor que crear un relato coherente y consistente de una serie de acontecimientos.


Esta línea de razonamiento, sugiere Spence, entiende la relación entre la posición de libre asociación del paciente y la posición de atención flotante del analista como bastante más compleja  de lo que Freud hubiera imaginado. A diferencia de Freud, que pensaba que la atención flotante era el complemento de la asociación libre, Spence argumenta que el informe pasivo por parte del paciente  impide la escucha pasiva por parte del analista. Si el paciente está realmente realizando asociaciones libres, está proporcionando contenido pero poco contexto, y por ello el analista, para poder comprender, tiene que realizar muchas asunciones a partir de su bagaje  teórico-experiencial. Si, en cambio, el paciente no sigue el modelo de Freud y nos proporciona una narrativa acabada, estará dando tanto contenido como contexto, y el analista podrá escuchar verdaderamente con atención flotante. En la medida en que el paciente sigue la tradición narrativa más que el modelo de Freud, el analista puede seguir el modelo de Freud y abandonar la tradición narrativa. Así, según Spence,  la atención flotante parece alternarse con la asociación libre, en vez de complementarse.


Spence observa que la tradición narrativa ha influido en los pacientes y en los analistas, tanto en su modo de funcionar en la sesión analítica, como a la hora de redactar y leer informes clínicos. El paciente desea ser entendido y apreciado por su analista; tiende a sesgar sus enunciados hacia lo que cree que puede ser dicho y  esto puede llevarle a alejarse de lo que realmente sucedió. Además, según Spence, Freud no enfatiza de modo suficiente la gran dificultad a la que nos enfrentamos al utilizar el lenguaje para describir un acontecimiento visual. Sostiene que mucho de lo visual no puede ponerse en palabras. El lenguaje nunca podrá reflejar completamente la complejidad de una  escena visual representada por un sueño o un recuerdo de la infancia. Como resultado, las palabras específicas utilizadas por un paciente, podrían distorsionar el significado de lo que está contando.


 


En cuanto a la influencia de la tradición narrativa en el tratamiento analítico, Spence resalta en primer lugar la influencia en la habilidad de los analistas como observadores, haciendo que presten más atención  a la continuidad y la coherencia que a sus contrarios. Así, esta tradición puede interferir fácilmente con el papel del analista como recopilador de datos. Pero Spence señala aún otro problema, el problema del contexto incontrolado. Si la presentación de un sueño o recuerdo de un paciente es por definición incompleta, tenemos que asumir que es necesario proveer de un contexto para que la comprensión pueda darse. El contexto puede provenir del paciente que está elaborando sobre su recuerdo del sueño o del analista, quien al escuchar el sueño está proporcionando de forma inconsciente detalles propios para darle coherencia. Es necesario situar los contenidos en un contexto para que tenga lugar la comprensión. Spence sostiene que escuchar únicamente con atención flotante a un paciente que es libre en sus asociaciones, es correr el riesgo de no escuchar otra cosa que una serie de palabras.  Para comprender las palabras del paciente, el analista tiene que escuchar de forma activa y constructiva, suponiendo el sentido de las frases incompletas, y rellenando las referencias ambiguas; aportando lo que el paciente se ha dejado fuera. El problema, sostiene Spence, es la utilización implícita y no consciente de la tradición narrativa, por parte de los analistas, que entra en juego entre el momento en el que el paciente habla y el momento en el que el analista ha entendido. El analista puede añadir un amplio abanico de detalles que faltan en el relato del paciente, asumiendo siempre que está siendo fiel al material y que simplemente está proporcionando la información que el paciente hubiera dado si se le hubiera preguntado.


La tradición narrativa asimismo, prosigue Spence, ha tenido una gran influencia también en nuestra literatura. Siguiendo a Freud, tendemos a pensar en los informes clínicos como esfuerzos cuasi-literarios en los que la forma y el estilo son tan importantes como el contenido. Los datos crudos  no tienen un lugar seguro en esta tradición, y se suelen dejar de lado; los informes constituyen la mayor parte de las veces, modelos simplificados sobre los casos, en lugar de recopilaciones de los datos originales, y las observaciones directas de los analistas, así como sus asunciones, no suelen incluirse en los informes. Como resultado, concluye Spence,  nunca se puede volver a recorrer el camino que lleva de la observación a la teoría; no tenemos manera de confirmar o desconfirmar una observación, y mucho menos construir nuevas formulaciones sobre viejas observaciones. Al hacer los informes de sus casos clínicos, los analistas no suelen dar oportunidad a que puedan construirse explicaciones alternativas sobre los mismos datos. El informe de un caso se presenta como una grabación de los hechos y no como una interpretación de algunos de los datos. Esta convención es una consecuencia natural de la consideración de que el analista funciona como un informador objetivo. Un informe clínico en el que se da por hecho que no se ha llevado a cabo ninguna selección, ni por parte del paciente ni  por parte del analista, se entiende que es el informe prácticamente sin distorsiones de un acontecimiento clínico. Si no hay distorsión, entonces no hay necesidad de guardar los datos originales y, por eso, estos suelen estar ausentes de la literatura analítica. Los informes publicados suelen tener un aspecto excepcional y no presentar inconsistencias entre los datos.


La verdad narrativa juega un papel terapéutico en el proceso del tratamiento. Pero la inadvertida simplificación narrativa de los informes clínicos, puede hacer que un evento idiosincrásico que necesita una cuidadosa réplica pueda parecer que posee todas las propiedades de una ley general, y pueda ser incorporado de forma prematura a la teoría psicoanalítica. Esta consecuencia se aplica especialmente a los acontecimientos clínicos  que parecen encajar con una formulación aceptada; dada la fuerza de la tradición narrativa, no tenemos manera de saber si deberían ser considerados como ejemplos verdaderos de la formulación o como intentos demasiado fervientes por parte del analista de encajar sus hallazgos en la teoría.


Por último, Spence amplía la discusión incluyendo el problema de la comprensión de la literatura psicoanalítica. El analista logra entender porque aporta sus propias asunciones de trasfondo al material clínico, pero en muy pocas ocasiones, estas asunciones se hacen explícitas en el informe clínico. Ya que no se facilita el contexto necesario, el lector externo tiene que poner su propio contexto; como resultado, incluso la sesión que ha sido totalmente transcrita tendrá un significado algo diferente para cada lector externo. Spence sostiene que leer muy a menudo lleva a malentendidos porque el lector externo lee el informe del caso publicado desde sus asunciones privadas, las cuales casi nunca coinciden con las del autor, a no ser que se sigan unos pasos específicos para añadir las suposiciones de trasfondo del analista. Spence denomina a este paso la “naturalización” o “desempaquetamiento” de la trascripción.


Spence establece un paralelismo entre los problemas a los que se enfrenta el analista lector de un informe clínico, con los problemas del analista al intentar comprender al paciente, y con los problemas del paciente al intentar verbalizar sus experiencias. En todos los casos el interprete proyecta sus propios significados en el material clínico.


Spence considera legítimo que durante la sesión el analista centre sus esfuerzos en dar sentido, coherencia y continuidad a los hallazgos emergentes, sin importarle mucho si se puede corroborar sus interpretaciones o las memorias del paciente de forma precisa. Pero reclama que es necesario un tipo de estándar diferente a la hora de analizar los datos de un caso clínico con el fin de crear las leyes de una teoría general; insiste en que una vez que el contexto del descubrimiento da paso al contexto de la justificación (Reichenbach, 1951), el analista debe preocuparse por la posibilidad de replicación y de validación externa, y para ello tiene que diferenciar los datos recogidos en la sesión de los patrones que ha construido con su interpretación para dar sentido a los datos. Para ello, necesita hacer explícitas las asunciones que ha utilizado para su construcción. Spence defiende que como científicos, después de la sesión, los analistas tienen que dejar a un lado la  tradición narrativa y adoptar reglas más convencionales de búsqueda de la verdad. La verdad narrativa funciona muy bien en el contexto clínico, pero es un error extender el paradigma a regiones en las que no tiene cabida. Considera que en la actualidad, los analistas recurren a la verdad narrativa indistintamente en la sesión analítica y cuando buscan pruebas que corroboren la teoría. Esto es una confusión del contexto del descubrimiento (el momento de excitación durante la sesión, cuando una formulación en particular se realizó de tal forma que explicó por primera vez algún síntoma de larga duración), con el contexto de la justificación. Lo que funciona para un determinado paciente en un determinado momento  y lugar no tiene por que convertirse necesariamente en teoría general del psicoanálisis.  Freud no logró hacer una distinción entre los acontecimientos clínicos y las verdades generales, y hemos tendido a seguir sus pasos; tendemos a convertir en leyes generales los insights que tiene un paciente concreto, en un momento dado. Si confundimos la verdad narrativa con la verdad histórica (y, de forma más general, con la verdad teórica), la teoría psicoanalítica nunca superará el nivel de la metáfora. La verdad narrativa tiene virtudes y limitaciones. Las primeras se obtienen de su aplicación en la sesión clínica y las segundas deben hacerse a la hora de construir una teoría duradera.


CAPÍTULO II


Poner nombre a las cosas


¿Cómo ponemos las cosas en palabras? Spence comienza este capítulo, con la siguiente formulación: Por un lado, la experiencia humana incluye una variedad infinita de formas y patrones de sentimiento, actitud, deseo, interés y discriminación. Por otro lado, el lenguaje pone a nuestra disposición una amplia gama de formas sutiles mediante las cuales uno puede hacer referencia a dichas experiencias. Cuando hablamos o escribimos, de alguna forma la experiencia surge en forma de patrones de lenguaje. Pero en algunas mentes los procesos del lenguaje no sólo reflejan la experiencia principal, sino que también reflejan aspectos mucho más sutiles de la experiencia preverbal, así como aspectos de los que el escritor puede no tener conciencia excepto a través de su escritura (Harding,1963).


Y continúa afirmando que está claro que los nombres para las cosas no están a nuestro alrededor esperando a que los cojamos y los introduzcamos en frases; cada palabra implica una decisión específica del autor y toda frase representa una particular combinación global de estas palabras. El autor se encuentra ante el problema de cómo expresar su visión del mundo en una línea compuesta por palabras que transmita la misma representación a alguien que podría no haber compartido ninguna de las experiencias narradas.  Tiene que codificar su visión de la realidad de tal forma que el lector pueda descodificarlo; si la codificación y descodificación (escritura y lectura) se llevan a cabo correctamente, el lector obtendrá aproximadamente la misma visión de la realidad que el autor tenía cuando empezó a escribir por primera vez. En la parte de codificación de este proceso el autor ha de elegir qué aspecto de su experiencia quiere transformar en palabras. Al mismo tiempo tiene que decidir qué palabras necesita y en qué orden va a organizarlas.


¿Qué es lo que veo y cómo debería describirlo? Este, nos dice Spence, es el problema del autor. Si lo hace bien, el producto acabado será accesible para el lector de tal forma que podrá recapturar la visión original del autor. Spence explica esto de la siguiente manera. La buena literatura se aproxima a la realidad porque proporciona al lector justo la cantidad suficiente de información adecuada en el orden necesario para permitirle una apreciación controlada del pasaje en cuestión. La buena literatura controla tanto el contenido del pasaje como las asunciones de trasfondo contra las que se lee; proporciona un contexto que ayuda a determinar cómo debe sentirse y qué asociaciones traer a la mente. Un escrito terminado, debido a que controla las suposiciones de trasfondo del lector, causará prácticamente la misma serie de reacciones a todos los lectores; decimos que es públicamente accesible. Un escrito menos terminado, lo que incluiría la trascripción sin pulir del diálogo entre el analista y el paciente, es menos accesible y probablemente generará reacciones algo diferentes, que dependerán de las esperanzas y miedos del lector individual.


Spence compara los problemas a los que se enfrenta el escritor con los problemas a los que se enfrenta el paciente. De forma paralela, los problemas del lector y, especialmente del lector crítico, son los mismos a los que se enfrenta el analista. Freud hablaba como si las asociaciones ya estuvieran formadas, esperando simplemente a aparecer tan pronto se relajaran las restricciones psicodinámicas. Lacan (1977), en su metáfora sobre el inconsciente como un lenguaje, habla como si las unidades léxicas ya estuvieran formadas y solo faltara hablarlas.  Pero el inconsciente no es un lenguaje, sino una serie de experiencias que están esperando a ser expresadas. Spence afirma que esto sucede tanto  con la vida pasada como presente del paciente. Muchas de estas experiencias son simplemente demasiado fugaces como para ser capturadas; desaparecen de la conciencia antes de que podamos encontrar el lenguaje adecuado. Otras puedan quizás transformarse en palabras pero no en frases; desaparecen de la vista rápidamente porque el paciente siente la necesidad de dar un sentido a la vez que habla y probablemente elegirá un pensamiento coherente antes que un fragmento incompleto.


Spence considera que en la conversación analítica, mas a menudo que en la colaboración entre el lector y el autor, topamos con lo que podríamos llamar una falta de destreza. Al no tener la experiencia de darle un nombre a las cosas, el paciente no sabe cómo señalizar variables críticas como pueden ser el punto de vista, el género o cualquier otro aspecto que son parte del oficio del escritor. El mensaje se oculta aún más con las suposiciones cambiantes sobre quién es el receptor; el analista representa para el paciente tan pronto su padre, como su madre, …  Cada uno de estos receptores  podrían necesitar un estilo diferente de habla; un género diferente. Y estos estilos se reemplazan unos a otros, según evoluciona el reparto de personajes. Ya que el paciente no tiene ni el tiempo ni la experiencia para señalizar debidamente estos cambios y marcar sus rasgos característicos, muchos de los ”leit motifs” importantes de su mensaje nunca se escuchan.


El autor talentoso, contrasta Spence, nos dice lo que tenemos que ver y cómo tenemos que verlo. Si tiene éxito en la segunda parte de su misión, hará que nazca en el lector la serie de imágenes y asociaciones que él pretendía transmitir.


 


DOS TIPOS DE TRADUCCIÓN


Spence va haciéndonos ver como el poner nombre a la experiencia enfrenta al autor a una serie de problemas irresolubles. El lenguaje es demasiado rico y demasiado pobre a la vez  como para representar una experiencia adecuadamente.  En el acto de escribir, el autor está produciendo una traducción complicada del “texto” del mundo; generamos una segunda traducción  en nuestro intento por volver a la “lengua materna de la realidad”. Pero puesto que cada autor traduce a su modo, con su propio lenguaje privado y una serie de reglas privadas, tenemos un impedimento en la segunda traducción, del texto a realidad, porque nunca vamos a poder conocer las reglas de la primera, de la realidad al texto. Cuanto más hábil sea el autor, más accesible será la primera traducción puesto que un mayor número de sus reglas serán explícitas. George Steiner (1967, 1975), nos habla de un proceso de “mimesis” o de “repetición original” donde la sensibilidad del lector se apropia del objeto del autor. Como lectores, reconstruimos, dentro de nuestra propia conciencia, la creación por parte del artista.  A través del acto mimético podríamos recuperar el “texto” original. Pero Spence objeta que al no haber una correspondencia uno a uno entre texto y realidad y debido a la cantidad de opciones, el lector nunca podrá estar seguro de invertir el sentido  de la transformación realizada por el autor. Hay un problema adicional, puntúa Spence, ya que estamos forzados a realizar interpretaciones continuamente simplemente para poder entender. Estamos obligados  a interpretar mientras leemos. Por ello, afirma Spence, nunca viviremos el texto sin tratarlo; el propio hecho de leer provoca una traducción.


DOS TIPOS DE LECTURA


Spence establece una interrelación sistemática entre la claridad o la transparencia del texto y el esfuerzo y actividad necesarios por parte del lector. Si se ha proporcionado el suficiente contexto, el lector obtendrá una buena aproximación de lo que el autor pretendía expresar. El texto, se ha convertido en un documento público que el lector puede leer con un mínimo esfuerzo; su experiencia se acerca bastante a lo que Freud describe como  despliegue de  la atención flotante. El lector se pone en manos del autor y se deja llevar adonde el autor le guía. El mundo real desaparece y el mundo de ficción ocupa su lugar.


En el otro extremo, cuando nos encontramos con un texto mal trabajado,  en el que contexto y contenido no confluyen con éxito,  tenemos que hacer un esfuerzo por entender, y nuestra percepción sobre lo que el autor quería transmitir, probablemente se corresponde muy poco con su intención original. Sólo se puede llegar a entender si hacemos un vigoroso esfuerzo con el texto. Un contenido presentado sin un marco de referencia puede transmitir la misma experiencia; vemos las palabras pero no sabemos cómo hay que tomarlas. El autor que no facilita un contexto ha supuesto equívocamente que su imagen del mundo la comparten todos sus lectores y no logra darse cuenta de que facilitar el marco adecuado de referencia es una de las tareas más importantes a la hora de escribir. Si el lector se encuentra ante un texto mal trabajado, lejos de colocarse en manos del autor, tiene que seguir luchando constantemente contra el texto opaco. Es necesaria una lectura activa y constructiva para lograr cualquier tipo de entendimiento; registrar simplemente las palabras de un texto así, significa comprender prácticamente nada.


Spence observa que parece como si el esfuerzo hecho por el autor conllevase una reciprocidad inversa al esfuerzo que el lector tiene que hacer. Un texto bien escrito, resultado de muchos bocetos, se lee con facilidad; un texto escrito precipitadamente, en una sentada, suele resultar ilegible.Y a continuación Spence extiende esta relación entre autor y lector a la relación entre paciente y analista. Una asociación plenamente libre y espontánea corresponde a una obra escrita apresuradamente que sólo puede entenderse mediante una escucha activa y constructiva.  Por ello podemos decir que la atención flotante  no es el complemento necesario de la libre asociación tal y como Freud afirmaba en muchas ocasiones y tal y como mucho analistas todavía creen; por el contrario, Spence dice que la libre asociación, requiere que el analista esté continuamente aportando significados, eligiendo de entre una serie de posibles sentidos de las ambigüedades y, en general, imponiendo su propio contexto sobre el material. Cuanto más libre sea la asociación, más estructura tendrá que aportar para poder entender.  Puesto que uno de los sellos de un buen análisis es que el paciente lleve a cabo asociaciones libres, gran parte de la actividad del analista durante el psicoanálisis toma la forma de escucha activa y constructiva.


El analista solamente puede escuchar con atención flotante uniforme ahí donde las asociaciones están controladas. Este tipo de escucha  es más probable que se dé cuando el paciente presenta una explicación detallada y organizada en la que se proporciona gran parte del contexto necesario; esta presentación correspondería al fragmento tradicional de literatura clásica que leemos con facilidad y de forma entretenida. Al tener la mezcla adecuada de estructura y contenido, el analista se puede permitir escuchar como Freud recomendaba, “sin prestar atención a algo en particular y…manteniendo la misma atención….a todo lo que escucha” (Freud, 1912). Spence cita a Barthes al decir que en este caso, el analista es más consciente de “le plaisir du texte” (Barthes, 1973). Así, el analista puede escuchar con atención flotante solamente cuando el paciente no sigue la regla básica de la asociación libre. Su forma de escuchar complementa a la forma de hablar del paciente. En lugar de la simetría entre las dos posiciones, enunciada por Freud, Spence mas bien encuentra una  reciprocidad inversa entre la posición del analista y la posición del paciente. Si el analista escucha la mayor parte del tiempo de forma constructiva, tendrán que estudiarse las formas en las que impone su propia estructura y significado sobre el material clínico, concluye Spence.


           


Probablemente no podemos retroceder al “texto” original  de la realidad. Pero podemos identificar algunas de las condiciones que hacen posible una reconstrucción razonable. En primer lugar, las asunciones fundamentales  del autor/paciente no tienen que diferir demasiado de las del lector/analista; si la correspondencia en valores es razonablemente cercana,  el segundo podrá traducir hacia detrás lo que el primero tradujo hacia delante, y terminará  con una visión relativamente acertada de su impresión original. En segundo lugar, si las suposiciones son diferentes, tendrá que usar sus herramientas para poder compartir de alguna manera su experiencia. A no ser que el autor/paciente proporcione el marco experiencial,  el lector/analista terminará generando una “realidad” que no tiene nada que ver con su experiencia. Además, las decisiones originales hechas por el autor/paciente  sobre cómo representa su experiencia y su mensaje, tendrán una impresión duradera en el sentido que el lector/analista de a su experiencia, para bien o para mal.


CAPÍTULO III


Poner palabras a las imágenes


Spence comienza este capítulo afirmando que los datos visuales se encuentran entre los datos primarios de un análisis. Y que estos,  son vistos solamente por el paciente; el analista tiene que arreglárselas con la  traducción verbal aproximada e improvisada que el paciente hace de dichos datos visuales.  Spence cree que el lenguaje no sirve para el desafío de expresar imágenes mediante palabras. Cita a Foucault (1973, p.9) al decir que “el espacio donde las palabras alcanzan su esplendor no es el espacio que se despliega ante nuestros ojos sino aquel definido por los elementos secuenciales de la sintaxis”. El  intento mismo de traducir la imagen la destruye, en primer lugar, porque las palabras, al ser elegidas, deforman siempre la imagen (Langer, 1942; Goodman, 1968; y Barthes, 1977) y, en segundo, porque la traducción tiende a reemplazar al original. La segunda dificultad proviene de la primera. Una vez se ha elegido un término específico para describir un aspecto de un recuerdo o sueño, este término generará su propia red de asociaciones, las cuales, si son suficientemente convincentes, tenderán a suplantar a la imagen. Esto resulta especialmente crítico en psicoanálisis porque las imágenes originales nunca están disponibles para su revisión y comparación, y una vez “tragados” por una descripción en concreto, los datos primarios se pierden para siempre.


Spence sigue a Barthes (1977) al afirmar que parte de la dificultad de transformar las imágenes en palabras proviene del hecho de que los recuerdos y sueños que narra el paciente no pertenecen a ninguna tradición artística. Un dibujo podría captarse mejor en palabras que una foto, puesto que un dibujo se ha realizado con un estilo en particular y representa una tradición artística en particular, mientras que una foto podría simplemente plasmar una parte aleatoria de la realidad. Los recuerdos de los pacientes, si son fieles a su experiencia original, suelen parecerse a las fotografías. Los recuerdos encubridores, en cambio, podrían ser más como los dibujos u otras obras de arte ya que son, por definición, una especie de estereotipo y están ajustados para producir un determinado tipo de impresión. Captan la atención del paciente, no solo porque son representaciones mas defendidas, sino porque son simplemente más fáciles de describir. Puesto que un recuerdo suele ser una reproducción literal de un fragmento de la vida, es difícil encontrar una forma adecuada de analizar sus componentes naturales; a esto se refiere Barhtes cuando dice que una foto es un mensaje continuo y  sin un código. En su intento por describirla, el paciente entrenado buscará lo que se podría llamar  las unidades naturales de la imagen, y aprenderá de forma gradual, durante el transcurso del análisis, a encontrar formas de convertir los datos visuales en palabras  que les hagan el daño mínimo.


La tarea imposible de traducir escenas visuales en descripciones verbales no es  simple y requiere de mucho esfuerzo. A veces se piensa que debido a que el psicoanálisis es ante todo una “cura por la palabra”, las palabras son la unidad natural de significado. Sería más exacto decir que las palabras nos permiten contactar con los datos de la experiencia;  esta se compone de datos en gran parte visuales que resultan accesibles solamente al paciente. A través del lenguaje se vuelven accesibles para el analista. Si el lenguaje es transparente, nos permite ver el mundo de forma bastante parecida a como lo vio el paciente. Pero el lenguaje añade fácilmente una realidad propia, tanto porque las descripciones del cliente son aproximadas e incompletas como porque las interpretaciones del analista suelen convertirse en logros lingüísticos y convincentes. Para decirnos lo que le viene a la mente, el paciente tiene que convertir de alguna forma los datos visuales en palabra, y esta es una tarea mucho más difícil  que simplemente decir “lo que le venga a la mente”.


TRADUCIR EL TEXTO VISUAL


Cuando el paciente recuerda el pasado, sus memorias son resultado de una operación previa de traducción de la realidad, a través de la cual, su experiencia se ha convertido en una serie de imágenes visuales discretas. De forma involuntaria, se le presenta un texto visual de varios autores que él tendrá que poner en palabras, (involuntaria porque él no elige completamente su material; éste se le presenta cuando intenta que le vengan asociaciones a la mente; de varios autores porque el “texto” de sus memorias está escrito en colaboración con las distintas identidades del paciente (selves) y con sus objetos significativos). Spence nos recuerda que fue el mismo Freud el que nos advirtió de la cualidad ilusoria de la memoria, sobre la que operan los mismos mecanismos de condensación y desplazamiento que operan en los sueños.


No existen términos precisos mediante los cuales se puedan describir las imágenes. No existe un lenguaje apropiado que represente el recuerdo sin modificarlo. Spence señala otra distorsión proveniente del hecho de que una descripción completa requiere tanto de contenido como de contexto; el paciente nos proporciona un contenido aproximado y un contexto desordenado. No solamente es inadecuado el lenguaje para describir los datos visuales, sino que además el analista no suele recibir instrucciones sobre como “escuchar” las palabras.


           


El recuerdo encubridor, se presta más fácilmente a una descripción verbal porque la memoria ya ha sido modificada y ajustada para enfatizar ciertos temas y para esconder otros.  Se trata de una clase de caricatura (Freud señaló la viveza sensorial del recuerdo encubridor). Los recuerdos reales, por el contrario, suelen tener una forma más complicada y suelen estar compuestos por gradaciones más sutiles de luz y sombra, y en general demuestran más resistencia a ser traducidos a palabras.


Durante el análisis, el paciente se enfrenta al conflicto de elegir entre lo que es verdadero pero duro de describir, la pura memoria, y lo que es falso y se puede describir, el recuerdo encubridor o cualquier tipo formación de compromiso. (Las condiciones de representación, que permiten que un recuerdo aparezca como una imagen visual, interfieren con las condiciones de presentación, la dificultad básica de poner las imágenes en palabras).


Desde el punto de vista de Spence, el cambio en las producciones del paciente durante el transcurso  del tratamiento podría tener más que ver con un cambio en su habilidad descriptiva que con un cambio en los recuerdos per se. La “recuperación” de los recuerdos infantiles puede entenderse como  la habilidad recién adquirida del paciente consistente en capturar en palabras una imagen compleja y presentarla, completamente desarrollada en un lenguaje que, por primera vez, expresa su verdadera complejidad de una forma que podemos entender. Spence sostiene la hipótesis de que el recuerdo estaba disponible desde el principio del tratamiento de un modo más o menos fijo y que lo que cambia no es el recuerdo sino la habilidad del paciente para describirlo. Esta formulación nos permite entender la falta de sorpresa en el paciente al recuperar un recuerdo, a la que se refiere Kris (1956): “no existe sorpresa porque no hay revelación”, o las experiencias de déjà raconté. La sorpresa pertenece al analista porque es a él a quien se le presenta información nueva; desde la perspectiva del paciente, la imagen ha estado ahí desde el principio.


Si el conflicto perpetuo al que se enfrenta el paciente está entre elegir lo que es verdadero y lo que es descriptible, podemos llegar a una nueva definición de la tarea del analista, como la de proporcionar las condiciones necesarias que permitan al paciente sentirse suficientemente seguro como para arriesgarse a lo imposible y describir lo que realmente ve. El paciente, por su parte, siempre estará tentado a renunciar a la imagen verdadera y, en su lugar, utilizar las palabras necesarias para lograr una aproximación; presentar el recuerdo encubridor, porque se presta más fácilmente a una descripción verbal, y presentar una versión secundaria de su sueño, porque puede expresarse más fácilmente. El lenguaje es la seducción que persiste; dar paso al lenguaje sea quizás la resistencia central al proceso psicoanalítico.


El conflicto existente entre lo que es verdadero  y lo que es descriptible también afecta al analista.  Hemos visto que la verdad, por su componente visual complejo, sólo puede describirse con voz entrecortada; por ello, una interpretación elegante será muy probablemente falsa. Cualquier interpretación, por basarse en el lenguaje, corre el riesgo de emborronar la imagen que el paciente está intentando representar. Para el analista, el conflicto se vive como la elección entre el intento vacilante por ir más allá de las palabras del paciente y recuperar la imagen original  y la solución mucho más sencilla consistente en centrarse en el detalle de las palabras y dejar la imagen atrás. Convertir una imagen en palabras es correr el riesgo de no verla nunca más, y este peligro afecta, insiste Spence, sobre todo a las interpretaciones elegantes y a las formulaciones demasiado abstractas.


Si el analista, por otro lado, resiste la tentación de sustituir apresuradamente la imagen por lenguaje, su interpretación resultará en una clarificación del sentido de la experiencia original, del mismo modo en que una buena crítica nos ayuda a ver un cuadro con mayor detalle. La interpretación de un sueño o de un viejo recuerdo es como un texto que “acelera” la imagén. El mensaje lingüístico dirige la interpretación de los datos visuales; selecciona, de entre los muchos significados de la imagen, algún fragmento o elementos sobre los que enfatizar y centrase. Si la imagen es un mensaje sin código, podemos decir que una buena interpretación proporciona el código a través del cual nosotros podemos entender el mensaje original.


Pero ha de recordarse que las imágenes de los recuerdos y sueños de los pacientes, nunca son visibles para el analista, y que éste está siempre trabajando con datos de tercer orden: las asociaciones del paciente son intentos de aproximaciones a memorias que son, a su vez, representaciones ilusorias de la realidad.  Si el analista tiene suerte, su interpretación permitirá al paciente realizar una mejor descripción del recuerdo o sueño oculto. Este objetivo lo logra, porque facilita al paciente “ver” la imagen por primera vez en  su complejidad intrínseca. Una vez más, podemos describir el proceso de dos formas. Según la formulación corriente, las condiciones del tratamiento permiten al paciente regresar y establecer contacto con asociaciones previamente rechazadas. Por otro lado, y esta es la tesis de Spence, simplemente podemos decir que las condiciones del tratamiento le permiten al paciente sentir que ahora, por primera vez, puede arriesgarse a describir lo indescriptible. Lo que lo hace indescriptible, repite Spence,  no es su capacidad para generar ansiedad sino su carácter pictórico y el hecho de que las imágenes no se convierten fácilmente en palabras. Explicar el problema de esta forma, recuerda a la explicación de Schachtel (1974) dada sobre la amnesia infantil. Argumentaba  que los primeros recuerdos se olvidan porque, al hacernos mayores, ya no contamos con el lenguaje necesario para describirlos adecuadamente. Por tanto,  uno de los logros de una buena interpretación consiste en facilitar de algún modo el léxico apropiado que permita al paciente describir sus imágenes de forma que nosotros también podamos verlas.


El dilema del analista reside en el hecho de que puede proporcionar fácilmente al paciente el léxico incorrecto. Puesto que nunca sabe lo que se necesita exactamente en cuanto a palabras, porque nunca ve el recuerdo o el sueño, siempre tiene que seleccionar su léxico de datos de segundo orden. La sabiduría de la recomendación tradicional de interpretar la superficie más que la profundidad, podría provenir del hecho de que el material preconsciente, cuando aparece, nos alerta sobre la naturaleza general de la preocupación del paciente y nos permite proveerle un léxico más apropiado. La interpretación prematura, por otro lado, corre el riesgo de proporcionar al cliente un léxico irrelevante; como resultado, la imagen objeto se distorsiona.  Y como resultado, la interpretación sustituye a la imagen y parte del pasado del paciente queda para siempre fuera de alcance.


Una interpretación equivocada provoca algo aún más grave. Al proporcionar palabras irrelevantes para la imagen en cuestión, el analista está transmitiendo el mensaje de que la imagen y la palabra sólo se asocian indirectamente y que baste con una descripción aproximada. El paciente nunca aprende a encajar la palabra con el objeto y nunca mejora su habilidad para captar la imagen en un lenguaje preciso, porque sólo ve ejemplos del uso del lenguaje como encubrimiento.


DESENTRAÑAR EL SUEÑO


Tradicionalmente en psicoanálisis, se esperaba que las dificultades de traducir una imagen a palabras se resolvieran mediante el método de la libre asociación.  Al paciente se le pide que diga “lo que le viene a la mente” basándose en la asunción de que las asociaciones nos llevan de vuelta a las imágenes críticas del pasado. La unidad de tratamiento era la asociación. El proceso psicoanalítico, según Ricoeur (1977, p. 836) “tiene que ver  exclusivamente con lo que se puede decir.  Esta restricción al lenguaje es una restricción inherente a la técnica analítica….los hechos en el psicoanálisis no son de ningún modo hechos de comportamiento a observar. Son informes verbales. Los sueños son para nosotros solamente lo que se cuenta tras despertarse; e incluso los síntomas, aunque se pueden observar parcialmente, entran en el campo del análisis sólo en relación a lo que es verbalizado en el informe”. El medio es claramente el lenguaje; los hechos tienen que poder decirse; nos aproximamos al sujeto de la conversación psicoanalítica  a través de las palabras. Esperamos que el paciente, cuando entra en regresión y aprende a asociar más libremente, nos lleve más cerca de lo que no se puede expresar en palabras.  Pero existen varias razones, sostiene Spence,  por las que ser escéptico respecto a esta suposición. La asociación libre en su forma pura se rige por las reglas del proceso primario; el pensamiento ya no es lógico sino fuertemente influenciado por los mecanismos de condensación y desplazamiento. Se anima al paciente a moverse libremente de un tema a otro, verbalizando cualquier asociación que se le venga a la mente: significado, sonido, atributo sensorial, etc. A partir de la verbalización del pensamiento de proceso primario esperamos reconstruir  las imágenes del paciente. Pero las asociaciones fragmentarias son más aptas para transmitirnos impresiones fragmentarias. Spence objeta que un análisis verbal comprensivo de una imagen es, de hecho, un  esfuerzo altamente controlado que, para ser efectivo, ha de ser sistemático y efectivo; adjetivos que apenas aplicaríamos a la asociación libre. Resulta inherentemente difícil (sino imposible) convertir las imágenes en palabras. Esta tarea no resultaría  más fácil bajo unas condiciones más regresivas. En el séptimo capítulo  de La Interpretación de los Sueños, Freud utiliza el concepto de la regresión para describir la traducción de un sueño a imagen. Opina que mientras que durante el pensamiento despierto normal, existe un flujo no impedido de pensamientos a la conciencia, cuando se duerme se interrumpe este camino. La imagen del sueño resulta del “efecto de una resistencia que se opone al progreso de un pensamiento a la conciencia por el camino normal, y del efecto de  una atracción simultánea  ejercitada sobre el pensamiento  por la presencia de recuerdos que poseen una gran fuerza sensorial”. (1900, p.547). El sueño, entonces, es la consecuencia de un proceso regresivo por el que el sueño pensado se transforma en una imagen visual.  Freud sostenía la hipótesis de que la regresión conseguida por las condiciones del tratamiento es equivalente a la regresión producida por un sueño. Así el paciente que asocia libremente se encuentra en una posición privilegiada para describir los datos visuales de los sueños, y por extensión, de sus recuerdos (Freud, 1901, p.114). Freud deja la simetría incluso más clara en el siguiente pasaje: “La asociación libre se define como el establecimiento de un estado psíquico que, en su distribución de la energía psíquica, (es decir, de la atención móvil) tiene alguna analogía con el estado de antes de dormirse y, sin dudad, con la hipnosis.  Cuando nos quedamos dormidos surgen “ideas involuntarias debido a la relajación de la actividad deliberada (y sin duda también crítica) que permitimos influya en el curso de nuestras ideas mientras estamos despiertos… Igual que las ideas involuntarias emergen, pueden convertirse en imágenes visuales y acústicas…. En el estado utilizado para el análisis  de sueños e ideas patológicas, el paciente abandona deliberadamente la actividad  de perseguir un único tren de pensamiento y emplea su energía psíquica… en seguir atentamente los pensamientos involuntarios que surgen…” (Freud, 1900, p.102)


Freud habla del proceso de la asociación libre como si fuera tan automático como la formación del sueño y parece suponer que una vez que el paciente empieza a realizar asociaciones libres respecto a su sueño, necesariamente desentrañará lo que “el trabajo del sueño ha tejido”. Spence argumenta que esta reciprocidad no está justificada, porque el sueño no aparece como un patrón de piezas que esperan a ser desmontadas; más bien, el paciente tiene que dividir el sueño como crea que es conveniente, y puede verse que las unidades elegidas para la asociación  dependerán de la forma en que divida la imagen. La elección sobre el fragmento controla el flujo posterior  de asociaciónes, que, progresivamente, afecta nuestra visión del sueño. En contraste con el análisis sistemático y exhaustivo  de un cuadro, el típico análisis del sueño es caprichoso y selectivo. Además, continúa razonando Spence, el propio acto de la fragmentación daña la integridad del sueño. Una vez despedazado para su análisis, las asociaciones que emergen probablemente influirán sutilmente en la forma en que se recuerda el sueño.


Las múltiples descripciones posibles sobre un único sueño ilustran el problema general de convertir las imágenes en palabras. Las diversas versiones pueden influir en el recuerdo de la imagen original. Y la forma en que se cuenta el sueño  va a influir  en el modo en que éste se divide. Las palabras específicas utilizadas para describir una escena podrían influir el recuerdo de la misma.


Spence cree que el método de Freud de la asociación libre no es la simple conversión del proceso de formación del sueño. En vez de darnos acceso privilegiado al sueño y sus posibles significados, parece que separa de forma arbitraria la imagen y esta corre el riesgo  de no poder volver a unirse nunca más. La gran libertad de este tipo de pensamiento tiende a promover la división incontrolada del sueño;  a enfatizar la parte sobre el todo y, debido a su carácter verbal,  a enfatizar la palabra sobre la imagen. Uno del los problemas de convertir una imagen en palabras  es la tendencia a que la descripción sustituya a la imagen.  Al no existir “versión oficial” de la imagen soñada a la que podamos referir todas las discusiones, el proceso de la asociación  parece que inevitablemente mermaría  la textura visual y la integridad del sueño original.


UN ANÁLISIS DE UN CUADRO


En el primer capítulo del libro Las Palabras y las cosas (1966), el filósofo francés Foucault nos facilita un análisis detallado del cuadro de Las Meninas, de Velázquez. Foucault utiliza el “lenguaje gris” de la observación más que el lenguaje más intenso de la asociación. La descripción puede definirse como centrípeta (opta por quedarse dentro del estímulo visual), más que centrífuga, como el método de Freud, que divide la imagen y sigue cada asociación allí a donde le lleve. Foucault se centra en el aspecto puramente visual  del cuadro. Su descripción es exhaustiva y agotadora. Para explorar sistemáticamente la superficie del cuadro, el análisis  tiene que ir a un paso extremadamente lento. Pero este mismo hecho nos dice algo sobre el problema que nos ocupa. Al mirar a una imagen, recogemos mucha más información de la que nos damos cuenta, y expresar los múltiples aspectos de la imagen en lenguaje serial significa producir un texto, según descripción de Foucault, que parece infinitamente más complejo que la imagen original. Al describirlo, Foucault actúa sistemáticamente y para ello se apoya en el hecho de que el cuadro es visible para el lector; este hecho le permite utilizar el lenguaje como un indicador, ayudándonos a centrarnos en una parte en especial del cuadro y dejándonos después que continuemos el análisis más allá del punto al que el lenguaje nos puede llevar. Si intentamos leer la descripción de Foucault sin mirar el cuadro nos damos cuenta de que la descripción se vuelve vaga y confusa, lo cual corrobora la hipótesis de que los estímulos visuales no se pueden expresar con palabras.


Spence subraya el hecho de que en la descripción de los sueños, no tenemos acceso a la imagen visual. Foucault utiliza el modelo del escáner visual metódico y escribe como si estuviera observando el cuadro a la vez que formula la descripción. Las unidades son visuales. Tan pronto como adoptamos el modelo asociativo y utilizamos un fragmento del estímulo visual para provocar pensamientos adicionales, es probable que cambiemos nuestra unidad una vez volvamos al siguiente fragmento.  Las asociaciones que han surgido fruto del primer fragmento pueden afectar a nuestro sentido de sobre qué trata el sueño y así afectar a nuestra elección de la siguiente unidad. Por otro lado, al paciente en análisis casi nunca se le dice cómo tiene que describir los sueños. Freud no enfatizó sobre este aspecto metodológico (a diferencia, por ejemplo, a la forma en que enseñaba al paciente a realizar asociaciones libres), y otros analistas no han tenido en cuenta el tema con más detalle.  Como resultado, no contamos con un método estándar de descripción, y la forma del informe del sueño elegido por el paciente depende de su modelo particular. Algunos deciden enfatizar el elemento visual mientras que otros no lo hacen;  algunos se decantan por resumir  todos los detalles visuales y otros son más selectivos; algunos son consistentes en su elección mientras que otros cambian constantemente. La variedad es prácticamente ilimitada, y está básicamente indocumentada. Confiar en el método de la libre asociación, concluye Spence, simplemente es insuficiente para garantizar un informe que contenga todos los aspectos importantes del sueño.


 


Freud estaba perfectamente en lo correcto  al mostrarnos que el recuerdo no es verídico y que la información mas valiosa se encuentra en las distorsiones.  Pero confiaba demasiado en su suposición de que el proceso analítico destruiría finalmente las distorsiones y nos llevaría de vuelta a la imagen original. Igualmente sería erróneo suponer que el analista, al escuchar la información sobre el sueño en un estado de atención que flota libremente, se encuentra de algún modo en una situación privilegiada para reconstruir su forma visual esencial. No por escuchar con atención flotante tenemos acceso automático a un sueño complejo contado de forma desigual, a pesar de que Freud dice que el estado de escucha del analista es el complemento del estado asociativo del paciente. Lo contrario parecería estar más cerca de la verdad: si la libre asociación lleva a un informe impreciso, la atención que flota libremente es igualmente vulnerable.


CAPÍTULO IV


Interpretación inconsciente


1. LA CONTRIBUCIÓN DEL PACIENTE


En su enunciación de la “Regla Básica”, Freud subestima la dificultad que supone poner las cosas en palabras. Spence sostiene que Freud asume una relación de correspondencia entre lenguaje y pensamiento, según la cual cada palabra se corresponde con un pensamiento. Spence está mas de acuerdo con la concepción de Mearly-Pounty (1964) según la cual el pensamiento se conforma en el mismo proceso de poner palabras a las cosas. “Más que  simplemente informar sobre lo que está “al otro lado de la ventana”, hablar es necesario para que él que habla  sepa lo que piensa (Mearly-Pounty, 1964, pag. 44). En este proceso de construcción lingüística del pensamiento, se concreta una forma y otras posibilidades de significación quedan excluidas. Algo siempre se pierde. “El habla es una tarea activa que no suele tener éxito”, sostiene Spence junto con el fenomenólogo francés. Las palabras acaban de adquirir su significado al ocupar su posición dentro de una frase. “Las palabras han de juntarse en una secuencia concreta para lograr un significado final”.


Del mismo modo, continúa Spence, el paciente asociador, al construir sus pensamientos con palabras, se aproximará con sus frases a lo que tenía en mente, pero estas no lo contendrán del todo. “Más  que ser consciente  de una serie de palabras  existentes en su mente que esperan ser citadas, es más como si el paciente fuera consciente de fragmentos y partes de una experiencia, “escritos” en diferentes lenguajes (no siempre en palabras).  Tiene que traducir constantemente del lenguaje privado de la experiencia al lenguaje común del habla”. Las palabras elegidas determinan, “dan un color” al pensamiento.


Esta concepción del proceso de hablar hace que la tarea de la asociación libre se aleje de la imagen de una imagen que está ocurriendo en la mente y que se acerque más a una composición activa. “La mente suele estar sin palabras hasta que el paciente se esfuerza por encontrarlas”. Desde este punto de vista se puede entender el silencio del paciente no como resistencia, sino como condición necesaria en el dificultoso proceso de la asociación libre. En la comunicación ordinaria, las oraciones suelen cumplir reglas gramaticales que las hace sintácticamente correctas. Y para construir párrafos coherentes, las frases no se ensamblan al azar, sino situándose en un marco que el hablante organiza activamente. Para asociar libremente, la comunicación del paciente tiene que diferir en parte de la conversación ordinaria, pero en orden a crear algún sentido, el paciente tiene que seguir adhiriéndose a las reglas convencionales de la conversación.


Esto hace que la “regla básica”, según Spence únicamente pueda cumplirse parcialmente, en una mezcla de convención y libertad. Si la parte conversacional se relaja demasiado, más posibilidades tendrá el paciente de obtener sin sentidos; si se desinteresa del todo de ser comprendido por el analista y se centra en ser únicamente fiel a sus pensamientos y sentimientos, podrá construir representaciones tan exclusivas que serán difícilmente inteligibles para el analista. Así, concluye Spence, “la conversación analítica solamente puede prosperar si el paciente no es estrictamente fiel a su experiencia. La regla básica de Freud enfrenta por tanto al paciente a una paradoja. En los tratamientos suele desarrollarse un lenguaje compartido a lo largo del tiempo. Pero para que esto suceda, los dos participantes en la conversación tienen que hacer un esfuerzo activo para llegar a un entendimiento”.


             


Recordar el pasado


El paciente tiene que traducir constantemente las sensaciones privadas de la experiencia al lenguaje común del habla. Spence distingue entre dos tipos de recuerdos. El recuerdo del pasado lejano, que nos llega en forma de recuerdos discretos y desconectados, fundamentalmente visuales y con la apariencia de escenas e imágenes aisladas, que a menudo parece que llegan a la conciencia de forma involuntaria y, el recuerdo  del pasado reciente y presente, donde la experiencia no es sólo visual  sino que está mucho más influenciada por factores cognitivos. En los recuerdos recientes las impresiones están mucho más conectadas en secuencias coherentes. El papel de la selección, por lo tanto, es diferente según las distintas formas de recordar. Cuando se cuentan recuerdos tempranos,  el paciente es más propenso a  sentirse a merced de la escena que está describiendo y podría tener la sensación de ser solamente un observador pasivo, el pasajero del tren del que hablaba Freud. Cuando se está relatando el pasado actual, parecen surgir mayor número de impresiones y el papel de la elección y la construcción adquieren mayor importancia. Sin embargo, el paciente también ejerce una gran influencia en la selección de los recuerdos tempranos a pesar de la sensación de estar “a merced” del material.


Freud reconoció el aspecto ilusorio de los recuerdos tempranos  en una de sus primeras obras, advertido de su sentido convincente de realidad e incluso sugirió una hipótesis recíproca: cuanto más intenta sea la experiencia visual, más probabilidades habrá de que el recuerdo sea una composición de dos o más hechos diferentes. Todos los elementos participantes, en un modo directo aditivo, contribuirían de alguna manera a la intensidad final de la imagen; así, cuanto más intenso sea el color o la forma de un detalle particular, mayor será el número de factores contribuyentes.


Un buen ejemplo de la forma en que los recuerdos pueden verse como amalgamas de experiencias discretas pueden verse en la primera obra de Freud sobre los recuerdos pantalla (1899). Él describe un recuerdo recurrente de gran viveza sensorial. Una reflexión posterior  le lleva a pensar, que ese recuerdo se vio distorsionado de forma selectiva  por la influencia de fantasías subsiguientes que estaban vinculadas al recuerdo debido a similitudes de tema o lugar.  Asimismo argumenta que al recordar la escena con tanto detalle, no puede distinguir entre recuerdo y fantasía. Argumenta que la memoria actúa como pantalla que protege contra sentimientos y pensamientos de culpa, decepción, dolor por oportunidades perdidas y cosas similares. Éstos se transforman más tarde en impresiones sensoriales intensas de la memoria pantalla, que vienen a sustituir a los sentimientos y pensamientos reprimidos. Freud sostiene que el recuerdo se genera poco a poco durante el tiempo y que podría es evocado cuando sus referentes  surgen con motivo de algún acontecimiento.


Freud nunca pudo proporcionar una regla clara que nos permitiese separar el recuerdo “real” de las distorsiones subsiguientes. Por ello nunca podemos estar seguros de cuándo tenemos que parar de intentar deconstruir  la pantalla.


En segundo lugar hay que señalar que las sugerencias del analista se incorporan fácilmente al recuerdo; tal y como Loftus (1979) muestra en detalle, la forma en que hablamos de un recuerdo y el tipo de preguntas que nos hacemos sobre el mismo  puede convertirse fácilmente en parte del recuerdo original.


Investigación Experimental sobre la Memoria


Spence refiere cuatro experimentos de Loftus (1979)  en los que los recuerdos de diapositivas o de películas que se forman los sujetos experimentales tras su exposición son influidos y transformados por las preguntas y sugerencias que se les hacen a continuación. Estos experimentos demuestran que la memoria falla más de lo que nos creemos y que es vulnerable a un gran número de estímulos que interfieren. Spence concluye que los recuerdos sustitutivos quizás sean mucho más frecuentes de lo que pensaba Freud, y cree que debemos preguntarnos si en realidad existe algún tipo de recuerdo al que podamos denominar verídico.


Los experimentos relacionados con la memoria de Loftus sugieren que las distorsiones no solo son fruto de factores dinámicos sino que simplemente podrían darse debido a la similitud y contigüidad de acontecimientos subsiguientes. Las distorsiones pueden darse por diferentes motivos. Y no tenemos modo de separar lo que es distorsión de lo que es recuerdo verídico.


Muchos recuerdos son una mezcla de sensaciones imprecisas. Pero para comunicarlas tiene que ser dichas con palabras. Una vez el recuerdo ha sido expresado en una secuencia de frases, el propio recuerdo cambia y el paciente probablemente nunca más volverá a tener la misma impresión borrosa e inespecífica original. El propio acto de hablar acerca del pasado lo cristaliza  en un lenguaje específico pero algo arbitrario. A partir del acto de habla se produce una determinada distorsión del recuerdo temprano. La nueva descripción se convierte en el recuerdo temprano. Esta argumentación lleva a concluir a Spence que los recuerdos se crean en el transcurso del análisis. El análisis podría ser por tanto un proceso interminable, ya que el pasado se convierte en algo siempre reconstruible e influenciado por a) los contenidos reprimidos de la conciencia, b) los acontecimientos subsiguientes similares en forma y contenido, c) las palabras y frases utilizadas por el analista al provocar y comentar los recuerdos tempranos a la vez que emergen y d) la elección del lenguaje utilizado por el paciente cuando intenta poner su experiencia en palabras. Tenemos pocos motivos que nos lleven a creer que los recuerdos emergentes son de fiar. El pasado se haya siempre en estado de cambio y reconstrucción.


Spence otorga especial importancia a los primeros meses de un análisis. Es durante este periodo cuando muchos de los recuerdos de los pacientes se expresan por primera vez y, su forma de expresión afecta a su representación en la memoria. El vocabulario específico utilizado en esa primera versión, se verá desde entonces influenciado por una serie de factores adicionales, que pueden  convertirse en pantalla situada entre el “evento real” y la memoria del paciente. Las preguntas hechas por el analista pueden convertirse fácilmente en parte del recuerdo modificado. Spence advierte contra la impaciencia de los analistas, pues a través de sus preguntas, pueden presionar inadveridamente en a dirección de la confirmación de sus teorías previas.


Transferencia y Memoria   


Uno de los aspectos influyentes en la forma en que el pasado se pone en palabras es el estado de la transferencia. Spence enfatiza que a lo largo de todo el proceso de análisis tenemos que tener en cuenta la parte retórica de la conversación. La posibilidad de que el paciente esté hablando para persuadir al analista o para obtener de este algún tipo de respuesta. Bajo la presión de una fuerte transferencia, ya sea negativa o positiva, lo que el paciente está diciendo acerca del pasado tiene que traducirse a lo que está queriendo conseguir en el presente relacional de la situación analítica. Si necesita que se sienta lástima por él, por ejemplo, podría exagerar la miseria de su infancia; si quiere que se le elogie por ser un paciente excepcional, podría generar un recuerdo clarísimo de un acontecimiento de su infancia. Así, los informes sobre un mismo acontecimiento del pasado pueden variar a lo largo del curso del análisis en virtud de las visicitúdes de la transferencia. No podemos por tanto tomarlos como versiones fieles del pasado, y tenemos siempre que considerar para quién está hablando el paciente en la conversación analítica. Cuando actúa la necesidad del paciente de complacer a su analista, la presión narrativa podría tener el máximo efecto distorsionador. Y el encaje coherente de los recuerdos debe tomarse con recelo. La memoria puede convertirse en un soborno, advierte Spence.


Cuando por el contrario, las exigencias conversacionales son relativamente bajas, entonces puede otorgarse al recuerdo mayor credibilidad.  Spence establece una pauta para establecer el valor de verdad del recuerdo: propone atribuir un valor de verdad alto cuando las características descriptivas del recuerdo no resultan impresionantes y presentan pocos detalles y cuanto más brillante sea la descripción de un recuerdo, “más probabilidades hay de que sea oro falso”. Los recuerdos pantalla tienen más probabilidades de pertenecer a la segunda categoría; de hecho, una de sus características más importantes es su viveza sensorial.


2. LA CONTRIBUCIÓN DEL ANALISTA


Cada analista reconstruye las palabras del paciente de forma particular. Las asociaciones libres del paciente son especialmente vulnerables a la distorsión  del analista. Y el problema se complica por el hecho de que el analista no escucha solamente con atención flotante sino también con una atención orientada por la teoría; el material del paciente que encaja en sus categorías predeterminadas, se convierte en figura en el campo de su atención; permanece en su memoria mientras que otros detalles, no anticipados por la teoría, desaparecen.


En este apartado Spence estudia los factores influyentes en las interpretaciones inconscientes del analista.


Lenguaje Privado y Público


Spence afirma que ningún humano comparte un contexto asociativo idéntico. No existen facsímiles de sensibilidad, ni tampoco existen dos psiques iguales. Todas las formas lingüísticas son en parte son un idiolecto. Escuchar es un proceso activo de interpretación. Cuando el analista escucha a su paciente no puede evitar aportar sus propias imágenes a la historia que escucha. Lo que el paciente está intentado describir es reinterpretado constantemente y completado con los significados y recuerdos del analista. A veces, las diferencias pueden ser tan extremas que la comunicación se estropea  y la descripción que hace el paciente no se registra adecuadamente. Este tipo de distorsiones están en la base de muchas de las reacciones de contratransferencia; el analista ha dejado de escuchar y está preocupado por sus propios recuerdos o conflictos. La interpretación inconsciente ha llegado a lo más alto y el paciente podría quejarse de no ser entendido. Pero incluso en condiciones más adecuadas, matiza Spence, cuando el analista esta escuchando con empatía, el analista no deja de crear una serie continua de interpretaciones inconscientes al escuchar la información a través de la bruma de su propia experiencia.


La situación analítica es especialmente vulnerable a este tipo de distorsión ya que no utiliza los convencionalismos conversacionales corrientes para protegerse contra el error. En un intercambio normal, los hablantes comparten una serie de suposiciones sobre el curso de la conversación. Quizás la regla más importante sea el principio de la relevancia: los interlocutores suponen que el otro va a ajustarse al tema inicial a menos que explícitamente marque el cambio. Si se incumple la regla de la relevancia, uno de los hablantes podría decir algo así como “Te estás desviando del tema”, consiguiendo de este modo volver al asunto en cuestión. En la situación analítica, sin embargo, la regla de la relevancia se incumple de forma deliberada. El paciente es explícitamente instruido para decir lo que se le venga a la mente; tiene permiso para dejar un tema cuando le venga en gana. Están permitidas las digresiones  porque damos por supuesto que sólo son una modificación aparente del tema central subyacente.  Pero como consecuencia de la relajación de las limitaciones conversacionales normales, se desarrollan libremente entendimientos divergentes.


Un problema adicional, que surge como consecuencia de la forma inusual de conversación analítica, es que el analista responde solamente cuando él lo decide. Muchos de los comentarios del paciente no tienen respuesta; cuando el analista habla, sólo responde a una parte de los comentarios del paciente y muchas veces de forma tardía. El paciente no puede comprobar si las respuestas del analista son relevantes. Muchos errores conversacionales no pueden corregirse y las consecuencias de un malentendido pueden no salir a la luz hasta pasadas varias sesiones. La situación analítica está diseñada sin querer para aumentar las posibilidades de que se den este tipo de malentendidos. El paciente al realizar asociaciones libres, utiliza frases incompletas, hace referencias ambiguas y de vez en cuando el volumen de su voz será tan bajo que sus palabras no se escuchan con claridad . Además, el paciente que yace en el diván no está al alcance de la vista del analista, al que le resulta imposible leer sus labios. El lenguaje corporal, utilizado frecuentemente para complementar el significado de una palabra  y clarificar la ambigüedad, queda parcialmente oculto. Por último, el analista es reacio a cuestionar las ambigüedades  porque no quiere interferir más de lo necesario en la regresión en curso del paciente; si se produjeran interrupciones constantes, el paciente estaría más alerta de lo que está diciendo, y éstas introducirían restricciones a la libertad de sus asociaciones.


Además, el analista puede justificar prácticamente cualquier cosa que diga mediante una cuidadosa selección y elaboración de las declaraciones pasadas. A medida que el material se va acumulando, podría perder la pista sobre qué construcciones son elaboración propia del paciente y cuáles ha elaborado él y es fácil que los propios deseos y miedos del analista se infiltren de forma gradual e inconsciente en las asociaciones del paciente. Spence afirma que el que el analista haga construcciones  a partir del material que proporciona el paciente es parte necesaria de la escucha activa. Es un proceso inherente al modo de proceder psicoanalítico. El problema es que este tema no se ha estudiado en profundidad.


Spence plantea la necesidad de encontrar un método para hacer conscientes las interpretaciones inconscientes de los analistas y este es el tema central de esta obra. Considera que el problema central en psicoanálisis estriba en que aunque los analistas hacen transcripciones grabadas de las sesiones, en estas no se translucen las asunciones explícitas con las que el analista funciona en el tratamiento. Carecemos de un método sistemático para decidir que son realmente construcciones erróneas del analista acerca del carácter del paciente. Nunca podremos tener una estimación aproximada de este tipo de malentendidos hasta que se entrene a los analistas a hacer explícitas lo antes posible y de forma sistemática sus asunciones nada más haya terminado la sesión.  El analista tiene que estar formado para mostrar cómo sus propias preocupaciones influyen en la forma de escuchar lo que cuenta el paciente. A esto lo llama “naturalizar la transcripción”. Sólo el “desempaquetaje” sistemático de las asunciones implícitas de los analistas nos puede permitir realizar una estimación clara de la cantidad de malentendidos inadvertidos (o interpretaciones inexactas, Glover, 1931), que se dan en cualquier tratamiento. Freud ha sobreestimado la utilidad o la idoneidad de la posición pasiva del analista. En realidad, sostiene Spence, la posición del analista es siempre activa, y esto conlleva una serie de consecuencias no previstas por el fundador del psicoanálisis. La escucha activa es un elemento esencial en la conversación analítica.


Búsqueda de Significado 


La búsqueda de significado es la especialidad del analista. Los analistas se enorgullecen de sacar significado del caos. Casi cien años de  investigación con historiales clínicos han establecido la regla implícita de que siempre hay un hilo conductor subyacente, que tiene que surgir antes o después durante el proceso analítico.


La búsqueda persistente de significado tiende a subvertir la posición modal de la atención flotante y puede llevar a la construcción prematura de interpretaciones en las que se fuerza el acoplamiento de las asociaciones del paciente con las categorías teóricas del analista. Estas construcciones siempre triunfan, ya que el tiempo de búsqueda para su confirmación no está limitado y porque no existen posibilidades de encontrar soluciones negativas a las hipótesis interpretativas, ni de decidir que el análisis no ha tenido éxito. El proceso de falsación de las hipótesis de Popper (1959), no tiene lugar en análisis.


Competencia Psicoanalítica          


La búsqueda de significado que de coherencia y sentido al material que proporciona el paciente es parte de la competencia psicoanalítica.  Esta competencia es fruto de la formación  y experiencia clínica, del análisis didáctico y de la supervisión del analista. Y hace que el analista escuche la narración del paciente con la  expectativa implícita de encontrar ciertas unidades de significado. Spence establece un paralelismo entre cómo funciona la competencia psicoanalítica en la escucha clínica y cómo funciona la competencia literaria en la apreciación de los textos literarios. Como dice Culler (1975, pag.113), “leer un texto con capacidad de apreciación literaria, no significa hacer de la mente una tabula rasa y acercarse a él sin ideas preconcebidas. El lector experto aporta al texto una comprensión implícita de las operaciones del discurso literario, que le indican qué debe buscar”.


La competencia psicoanalítica tiene su propia serie de convencionalismos.  Estos se aplican rutinariamente para encontrar en el contenido manifiesto de las declaraciones del paciente un contenido latente. Estos convencionalismos son los de unidad temática, urgencia terapeútica, significados múltiples, transferencia y escucha empática. El convencionalismo de la unidad temática, nos lleva a buscar un tema común entre los diferentes detalles de un sueño o de una serie de asociaciones fragmentadas. Tendemos a vincular lo que parece no tener relación. El peligro es que si el analista está muy influenciado por este convencionalismo, podría hacer borrosas diferencias críticas en forma o contenido y hacer inadvertidamente ligeros ajustes de patrones; como resultado el mensaje del paciente podría distorsionarse seriamente.


Según el convencionalismo de la urgencia terapéutica, se entiende que en la conversación analítica siempre están implícitos significados críticos, de modo que si el discurso manifiesto del paciente parece trivial, el analista puede analizar el contexto relacional del tratamiento, o el tono del discurso, en un esfuerzo por encontrar su significado subyacente.  Este convencionalismo promueve una cierta flexibilidad en la forma de escucha del analista, provocando que pase de la forma al contenido o del contenido a la forma. Desde el convencionalismo de  los significados múltiples, o dicho de forma más precisa, de la función múltiple damos por hecho que cualquier palabra puede tener más de un significado; “cada acto psíquico tiene una función múltiple y por ello numerosos significados” (Waelder 1936, p.52). Un mismo comportamiento puede ser entendido desde una variedad de perspectivas.  Un mismo síntoma puede ser comprendido unas veces desde su aspecto defensivo y otras desde su aspecto pulsional. El convencionalismo de la función múltiple  permite poner en práctica el convencionalismo de la unidad temática. El convencionalismo de la transferencia nos lleva a buscar el significado de las declaraciones del paciente nos sólo en sus referentes manifiestos, sino también en referencia al contexto de la relación paciente – analista. Este convencionalismo es uno de los fundamentos  básicos de la competencia psicoanalítica. Esto contribuye a la aplicación del convencionalismo de búsqueda de significado y al de la función múltiple. Por último, el convencionalismo de la escucha empática nos lleva a familiarizarnos con la forma de hablar del paciente y a comprender la particularidad de sus significados privados, realizando mientras el paciente habla, lo que Spence denomina una traducción silenciosa del lenguaje del paciente, de tal forma que podamos utilizar su diccionario en vez del nuestro . El analista intenta identificarse con el paciente para comprender lo que dice desde su marco interno de significación, yendo más allá de la estructura superficial  de las frases, e intentando imaginar el modo en el que el paciente está experimentando el mundo.


Atención  Neutra Flotante 


Escuchar de un modo perfectamente neutro es prácticamente imposible. El ideal de neutralidad de Freud se ve constantemente sometido a una serie de influencias limitadoras. Escuchar es un proceso activo y no pasivo; mientras registramos las palabras del paciente, estamos inevitablemente construyendo significados e imágenes, y cuanto más fragmentadas sean sus enunciaciones, más activamente tiene el terapeuta que intentar  darles forma y significado. Y además, a este requerimiento básico de la escucha, el analista añade los convencionalismos específicos de la competencia analítica. La escucha neutra propia de la atención flotante puede darse solamente  en los momentos del análisis en los que el paciente nos presenta un “texto” completamente acabado y muy bien trabajado. El analista lee entonces el “texto” del paciente de modo similar a cómo leemos una buena obra literaria. Nos encontramos con una paradoja: las asociaciones verdaderamente “libres” requieren de una escucha activa y constructiva mientras que la narrativa más controlada,  y cuidadosamente pulida es susceptible de escucha pasiva con atención flotante. Contraviniendo el modelo de Freud, Spence afirma que la atención flotante no puede ser el complemento de la asociación libre. Mas bien la libertad y el control están negativamente asociados. Se da una asimetría crítica entre el estilo de habla y el estilo de escucha de paciente y terapeuta. El ejercicio de la atención flotante uniforme y pasiva pasa a ser más la excepción que la regla. En respuesta a la mayoría de las declaraciones del paciente, el analista realiza un proceso activo de construcción del significado, que se corresponde sólo parcialmente con lo que está diciendo el paciente. El problema es que en el análisis actual, la mayor parte de este activo proceso del analista se realiza de modo inadvertido. Si las suposiciones del analista se convirtieran en hipótesis explícitas, pasarían a ser interpretaciones oficiales y es esta la recomendación que Spence desarrolla en los siguientes capítulos.


           


La Reconstrucción del Hombre Lobo 


En el famoso caso del Hombre Lobo, Freud (1918) proporciona un buen ejemplo de los peligros de la escucha activa (Spence se basa en las interpretaciones de Jacobsen y Steele (1979) sobre el fragmento que analiza). En un esfuerzo por dar sentido a una secuencia específica de acontecimientos narrada por el paciente, Freud le proporcionó al paciente una interpretación en la que aportaba mas contenido del que el paciente tenía en la memoria. La memoria del paciente rápidamente absorbió esta reconstrucción; lo que había comenzado como una hipótesis sobre el pasado se convirtió en parte del pasado. Este ejemplo pone de relieve  una de las consecuencias de la escucha activa; las reconstrucciones no sólo afectan a la forma en que entendemos las asociaciones del paciente en el momento de su formación, sino que también afectan al modo en que se almacenan en la memoria de paciente y analista y así a la forma en que se accede a ellas en las sesiones posteriores. La suposición se ha convertido en afirmación; el estado tentativo de la reconstrucción de Freud, en la que asocia  un episodio acerca de la micción con un episodio de excitación sexual, se ha convertido en una convicción y en  base para nuevas especulaciones. No obstante,  no existe material confirmatorio que avale su valor de verdad. De esta manera, el recuerdo que Freud mantiene del recuerdo del paciente ha sido inconscientemente distorsionado de forma selectiva. Y la convicción se fundamenta en la naturaleza clarificadora de esta reconstrucción, esto es, el modo en que ayuda dar una explicación dinámica del caso. Tiene que ser verdad, y por eso es verdad. Spence propone la instancia contraria, la del analista más escéptico que se plantea que si parece que una reconstrucción tiene que ser verdad, entonces es probable que esté formándose algún tipo de recuerdo selectivo.


           


La memoria es frágil porque solamente sabemos de ella a través del lenguaje. A veces no nos damos cuenta del hecho de que la información que nos aportan nuestros pacientes está coloreada por las palabras que utilizan para informar y por nuestro intento por entenderlas. Como analistas, transformamos rápidamente los informes ambiguos en lo que quisiéramos escuchar, y en la mayor parte de los ejemplos expuestos en la literatura clínica, no tenemos modo de saber cómo se expresó el recuerdo por primera vez. En el caso del Hombre Lobo, estamos a merced de las construcciones de Freud; puesto que éstas parecen convincentes y puesto que dan un sentido a lo que previamente era ambiguo, se nos persuade fácilmente para sustituir reconstrucción por hecho.


En el transcurso de un largo análisis, cada intento por recordar el pasado pone en movimiento una cadena de recuerdos actualizados; todos ellos hacen referencia al mismo referente pero su forma cambia de forma gradual e inconsciente como consecuencia de constantes elecciones en el lenguaje. Ya que no existen datos registrados del recuerdo original a la que referirse en caso de duda, los recuerdos subsiguientes sufrirán muy probablemente cambios graduales y sutiles en cuanto a su formulación. Lo que en su momento se introdujo como tentativa podría convertirse en definitivo. A medida que el recuerdo elaborado retrocede y avanza con el transcurso de decenas de sesiones, se puede convertir fácilmente en algo bastante diferente a lo que el paciente contó inicialmente.


Spence sostiene que debemos distinguir los intentos deliberados de revisar el pasado y construir un sentido específico de algo impreciso, de la erosión gradual e inadvertida que sufre la memoria con el paso del tiempo. Este tipo de cambio no es deliberado y juega un papel muy importante en la configuración del tratamiento. (Por ejemplo, una serie de cambios involuntarios en el lenguaje utilizados para describir un recuerdo temprano de crucial importancia podrían convertir un elefante en una jirafa; aceptada como parte del recuerdo original, la jirafa entonces se convierte en el sujeto de una interpretación oficial, igual que el recuerdo revisado de Grusha se convirtió en parte  del informe oficial del Hombre Lobo).


Aún si el analista advierte el cambio,  la explicación que dé al mismo puede ser incorrecta. A medida que un recuerdo temprano se vuelve más definido, el analista podría ver la alteración como si se tratara de la consecuencia lógica del proceso psicoanalítico y felicitarse por su habilidad. De lo que quizás podría no darse cuenta el analista es de que los cambios que se producen en la versión del recuerdo del paciente han sido sutilmente prefigurados por alteraciones en la descripción del analista, alteraciones que entraron en juego porque el analista tenía una imagen particular del recuerdo temprano del paciente que iba más allá de la descripción del paciente y que influyó en sus versiones subsiguientes.


 


Aquí están involucrados otros aspectos aparte de la formulación. Los cambios en la descripción de un recuerdo afectan directamente a la imagen visual de la escena y, como muestra Loftus (1979), los cambios secundarios en el lenguaje podrían tener un efecto importante en la imagen que se tiene del recuerdo. Spence insiste en que el problema es que los informes clínicos no suelen proporcionarnos un registro del recuerdo original del paciente, con las palabras que lo describió la primera vez. Tanto el recuerdo como la descripción del mismo están constantemente cambiando, y el cambio en el uno interactúa con el cambio en la otra. Así puede ir avanzando un gradual y sutil proceso de distorsión. Cuando el paciente escucha una nueva descripción de un acontecimiento pasado, probablemente no se da cuenta de la forma en que su imagen de la escena se adapta de forma automática a los cambios en la nueva formulación. Una vez el proceso de adecuación se pone en movimiento, resulta muy difícil dar marcha atrás.


Sherwood (1969) enfatiza la importancia de la explicación narrativa en el psicoanálisis y Spence está de acuerdo en que una de las misiones del analista es la de convertir la vida del paciente en una historia con sentido. No obstante advierte de que la existencia de una buena concordancia del recuerdo con la narrativa, podría no surgir de la recuperación exitosa de una experiencia infantil, sino más bien una distorsión gradual e inadvertida del recuerdo sometido a la presión de las expectativas del analista por conseguir un encaje narrativo y demostrar la efectividad de la técnica o la utilidad de la teoría psicoanalítica . Spence defiende que el argumento de que para el trabajo analítico resulta irrelevante si algo “realmente” sucedió o no, no se sostiene debido a la diferencia crítica entre una reconstrucción deliberada, que podría ser cierta o no, y una distorsión involuntaria provocada por la presión narrativa e indeseada tanto por el paciente como por el analista. La primera podría llevar a la comprensión; la segunda probablemente contribuirá a la confusión.


INTERPRETACIÓN INCONSCIENTE Y ELECCIÓN DE GÉNERO


Hemos visto que el paciente, al hablar a otra persona, está siempre obligado a hacerlo con sentido. La libertad que implica la libre asociación se ve siempre cohibida por el carácter interpersonal del espacio analítico y esto sólo podría evitarse si los pacientes estuvieran solos (cómo en algunos estudios experimentales sobre personas hablando bajo condiciones de deprivación sensorial,  Kammerman, 1977).


Solamente en algunas ocasiones nos encontramos con un paciente que hable al analista como si se tratara de un diálogo entre dos personas; más bien, el paciente habla con diferentes voces a diferentes “otros”, y las condiciones de la conversación (quién habla a quién y por qué motivo) se convierten en determinantes críticos de lo que se está diciendo. Loas roles, que cambian constantemente, raramente son mencionadas con nombre; el analista tiene que deducir, por la forma y contenido de la palabra, a quién se está refiriendo el paciente, y tiene que hacerlo con mucha rapidez antes de que aparezca en escena un nuevo “hablante” y desaparezcan todas las pistas.


 


Dada la presión de la transferencia en cualquier momento dado, es fácil ver por qué el valor de verdad de cualquier afirmación  que haga el paciente tiene que ser tomado con escepticismo. La parte de su experiencia que el paciente elige narrar está influenciada por las suposiciones del paciente acerca de quien es el analista; es decir, los distintos otros que el analista representa para el paciente,  afectan en su elección del tema y la elección del lenguaje. El paciente al seleccionar el “otro imaginado” al que se refiere cuando habla al analista, está construyendo una imagen de un acontecimiento que en parte es verdad y en parte está distorsionada por su intención de ganarse la simpatía, o reconocimiento por parte del “otro” transferido al analista.


Un acontecimiento puede ser descrito de múltiples formas, según la atención se centre en la acción de describir o en la percepción que se quiere que el que escucha se forme del acontecimiento; según se centre en la propia escena o en sus implicaciones en la relación con el analista. El modo de narrar un acontecimiento que elige el paciente, se ve influido por las suposiciones que se hace sobre a quién se está dirigiendo y  qué es lo que éste quiere escuchar. Igual que el escritor podría reflexionar primero sobre para qué tipo de público está escribiendo, el paciente intenta hacerse una idea sobre “quién” le está escuchando. Estas suposiciones afectan al género narrativo que elige el paciente. Y el género afecta al contenido; si el paciente quiere hablar con un lenguaje irónico, se verá forzado a seleccionar ciertas partes de su vivencia y a ignorar otras; una vez que el paciente “se decide” por un género, el género limita al tema. La elección del género está muy influenciada por la transferencia, esto es, por las limitaciones conversacionales ampliadas de la situación analítica. El paciente elige el género que considera que maximizará su impacto conversacional sobre el analista que le está escuchando. Una vez haya elegido el género, el paciente verá bastante limitada su libertad asociativa en torno al tema sobre el que está hablando.


El analista, por su parte, tiene que intentar identificar constantemente el género desde el que está hablando el paciente con el fin de poder interpretar el contenido. Y aquí llegamos al problema de las interpretaciones inconscientes, pues su suposición sobre el género del habla del paciente se hace muchas veces inadvertidamente. No obstante esta elección determinará de forma crítica el modo en que escuchará al paciente. Si supone que el paciente está hablando sinceramente, otorgará credibilidad a sus recuerdos tempranos, mientras que si supone que el paciente está intentando impresionarle, interpretará la narración del paciente como un recuerdo pantalla y le otorgará el mismo valor que a los sueños y fantasías, es decir, no se incluirá como parte de la historia temprana del paciente.


La elección del género narrativo del paciente hecha por el analista, afecta a cómo el analista escucha y trata lo que dice el paciente. Si el analista decide que un recuerdo específico es probablemente verdad, podrá visualizarlo como el desencadenante de un hecho clínico posterior y formular su interpretación correspondiente. Por otro lado, si decide que lo que le están contando es una falsa distorsión defensiva, podría concluir que ésta es la consecuencia de un acontecimiento previo, y su interpretación reflejaría esta evaluación. Las ideas que el interpreté se hace acerca del género del relato que escucha tienen una función heurística en la interpretación (Hirsch, 1967, pag.78).


Spence equipara al “intérprete” de Hirsh con el “analista” en cuanto a que este está constantemente tomando decisiones acerca de la forma y el estatus del material del paciente. Los convencionalismos propios de la escucha analítica le ayudan a tomar estas decisiones. Si supone que en la narración del paciente predomina la transferencia entonces “escuchará” la información de esa forma  y realizará algún tipo de evaluación del estado de la transferencia. El analista elige un género para maximizar la comprensión y lo elige de entre una serie de posibilidades derivadas de la teoría. El paciente busca maximizar su necesidad por dar sentido a lo que expresa y por lograr un efecto sobre la conversación. Elige su género inconscientemente y sin verse afectado por la teoría; en base a una selección entre los géneros que utiliza para hablar con las distintas personas importantes en su vida ( “como quién” está hablando y “a quién está hablando”) y, esto afecta a la forma y el contenido de sus asociaciones, así como al modo en que escuchará las respuestas que le dé el analista.


El paciente está constantemente buscando señales que le hagan ver si, desde la postura que ha decidido tomar, el analista le está entendiendo. Nuevamente Hirsh explica que el hablante sabe que para transmitir su significado tiene que tener en cuenta la posible interpretación de su intérprete. Si el sistema de expectativas y asociaciones de su intérprete se tiene que corresponder con el suyo propio, tendrá que adoptar costumbres que satisfagan no sólo sus propias expectativas, sino también las de su intérprete.


Llevando la sugerencia de Hirsh al campo psicoanalítico, Spence afirma que uno de los aspectos determinantes de  una transferencia particular es la necesidad del paciente de ser entendido y que éste podría necesitar situar al analista en un rol particular para maximizar su sensación de estar siendo escuchado y comprendido.


Muchas de las distorsiones de la transferencia son la consecuencia de haber interpretado de esa manera lo que el analista quiere decir. El proceso es circular. Una vez que el paciente ha supuesto qué es lo que el analista quiere escuchar (basándose en su suposición sobre “quién” es él), intentará escoger el contenido y la forma que más favorezca a su elección, y buscará en la respuesta del analista pistas confirmatorias para realizar  sus posteriores asociaciones. Si su expresión provoca en el analista una respuesta adecuada al papel que le está atribuyendo, el paciente seguramente seguirá narrando en el género elegido. Sin embargo, si al narrar un recuerdo temprano el paciente recibiera solamente una respuesta neutral o una respuesta incompatible con el supuesto papel del analista, entonces el paciente cambiará su enfoque para hacerse entender mejor; utilizará un lenguaje más explícito o generará otras versiones diferentes donde antes solamente existía una.


De modo que una serie de interpretaciones inconscientes por parte del paciente pueden estar interaccionando con las interpretaciones inadvertidas del analista y generar así una confusión mayor.  Los malentendidos son consecuencia, en primer lugar, de que el género elegido por el paciente y el género elegido por el analista nunca coinciden; y segundo, porque las elecciones se hacen de entre dos ramas diferentes de posibilidades: el paciente selecciona de entre figuras importantes en su vida, mientras que el analista realiza la selección de entre diferentes convencionalismos de escucha. Por ello, las posibilidades de que tanto el analista como el paciente elijan el mismo género son bastante reducidas; incluso si el analista opta por interpretar que el paciente está construyendo desde la transferencia, no siempre acertará a la hora de deducir exactamente qué papel espera el paciente que él represente. Es  mucho más posible que el paciente y el analista adopten diferentes géneros, maximizando así las posibilidades de que cada uno interprete mal al otro. Puede darse así con frecuencia, señala Spence, una asimetría crítica entre paciente y analista en la elección de suposiciones interpretativas, que potencia los malentendidos. Un papel no es el complemento del otro; más bien, paciente y analista funcionan con agendas diferentes y en su intento por interpretarse mutuamente, podrían contribuir a la confusión global.


           


            Las interpretaciones inconscientes son perniciosas por la convicción extrema que conllevan. A diferencia del sabor hipotético de muchas interpretaciones formales, que a menudo van precedidas por frases como “Parece que…” o” me pregunto si te ha sucedido a ti…”, las interpretaciones inconscientes suelen percibirse como hechos y no dejan lugar para la discusión. La convicción latente que puede descubrirse en la mente de muchos analistas podría ser una de las consecuencias desafortunadas del modelo de la “atención flotante”, según el cual, si el analista simplemente suspende su opinión crítica, la correcta interpretación aparecerá con el tiempo. La suspensión de la opinión crítica suele dar paso, advierte Spence,  a interpretaciones inconscientes, y puesto que suceden de forma intuitiva, se convierten en una heurística utilizada para buscar pruebas adicionales. Cuando esto sucede, el analista se convence de que esta heurística en particular tiene que ser correcta y puede por ello dejar de ver que cualquier otra formulación puede ser igualmente correcta.


El peligro de llevar a cabo una interpretación explícita equivocada, tal y como dijo Freud en su obra de 1937 sobre construcción y reconstrucción, es bastante pequeño; el paciente podría escuchar simplemente con incredulidad y seguir adelante con su siguiente asociación.


Pero el peligro de escuchar mal es más pernicioso, señala Spence. Si el analista decide utilizar una heurística incorrecta, intentará escuchar siempre el significado A y hacer oídos sordos a los significados B, C, D. Una interpretación inconsciente equivocada fomenta un desinterés por interpretaciones alternativas. Y debido a que opera al margen de la conciencia y es extremadamente convincente, es probable que ejerza su influencia con independencia de su utilidad. Cuando el analista persigue la confirmación de su propia postura interpretativa, las posibilidades de flexibilidad para responder a un cambio en la transferencia son bastante reducidas; y cuanto más frustrado se sienta en su búsqueda de pruebas confirmatorias, más utilizará la inventiva para construir los datos que necesita.


Al estar ocupado con esta búsqueda propia de Scherlock Holmes, ironiza Spence, se da aún menos cuenta de los sutiles cambios que se producen en la manera de responder del paciente, cambios que podrían señalar un cambio en la transferencia. Spence resalta como especialmente caóticas esas situaciones en las que el intento del analista por confirmar su hipótesis es entendido por el paciente como respuesta frustrante de su deseo de una transferencia particular. Cuando esto sucede, cada parte del diálogo responde de forma secreta a la otra parte pero, en ambos casos, por motivos equivocados.


CAPÍTULO V


La Interpretación Formal


Cuando llevamos a cabo una interpretación formal, estamos encontrando un hogar narrativo para un suceso anómalo. Una interpretación es efectiva porque le transmite al suceso una especie de cierre lingüístico y narrativo, y no porque lo justifique o explique en un sentido puramente causal. La interpretación es satisfactoria porque al construir una narración con sentido, terminamos de conformar lo que era una experiencia sin nombre, una realidad no terminada. El poder del lenguaje es tal que el simple hecho de poner palabras a los hechos les da una cierta autenticidad. La interpretación adquiere fuerza narrativa y un significado adicional  al conectarse con otras partes de la narración de la vida del paciente, es decir, al encontrar un hogar narrativo.


El acto lingüístico marca la diferencia entre la interpretación consciente y formal y la interpretación inconsciente e informal.  Tal y como hemos visto, la interpretación inconsciente opera, sin que el analista se de cuenta, guiando su escucha y ayudándole entender. Las interpretaciones informales están implícitas en el proceder del analista, pero no se verbalizan, no se hacen explícitas. La interpretación formal, por el contrario, debe gran parte de su fuerza a su estructura lingüística. Está diseñada para ser expresada mediante el lenguaje con el fin de hacerse visible para el paciente y provocar una respuesta, así como para que puede probarse su ajuste narrativo con la historia de vida del paciente. La interpretación formal es un acontecimiento público, mientras que la interpretación inconsciente, por el contrario, es básicamente privada. (Spence  encuentra definiciones paralelas a la suya de la interpretación formal como acto lingüístico  en (Ricoeur, 1977; Edelson, 1975 y Saphiro, 1970)  y como acto creativo, que no es necesariamente histórico, en (Viderman,1979 y Loch, 1977)).


UNA INTERPRETACIÓN EJEMPLAR


Greenacre (1973) intenta explicar la fascinación de Mondrian por las líneas rectas y los ángulos rectos.  Interpreta  que muy probablemente el pintor tuvo en su infancia, muchas experiencias de exposición a la escena primaria y que esta sobreestimulación es suficiente para explicar el rechazo de Mondrian a todas las formas de movimiento corporal y su fascinación por las formas estáticas y rectilíneas, como un refugio de su dificultad para controlar sus propios impulsos agresivos y sexuales, como consecuencia de la sobreexposición vivida en su infancia.


Spence analiza esta interpretación a la luz de dos criterios: su valor histórico y su atractivo lingüístico. Spence sostiene que no tenemos ninguna evidencia de que haya datos que sustenten la probabilidad de que las cosas hayan ocurrido tal y como hipotetiza Greenacre. Teniendo en cuenta que el padre de Mondrian era un pastor calvinista, postula Spence, es igualmente probable que fuese un hombre receloso de su privacidad, a pesar de vivir en un espacio pequeño. Por lo tanto el ingenioso intento de tender un puente de causalidad entre las líneas rectas de Mondrian y una aversión al exceso de estimulación infantil, no se fundamenta sobre pruebas claras. No hay nada necesario en esta  explicación; e incluso si tuviéramos pruebas de dichas experiencias infantiles de Mondrian, tampoco tendríamos una prueba de su nexo causal con la manera de pintar de Mondrian. La excesiva sensibilidad del pintor al movimiento también podría explicarse por una tendencia innata. No obstante, a pesar de la débil fundamentación empírica de la argumentación de Greenacre, observamos que sus razonamientos ejercen sobre los lectores un poder de convicción. Spence sostiene que este poder se deriva de la forma lingüística de la argumentación.


El recurso del autor de la interpretación a un concepto recurrente en la literatuta psicoanalítica, el de la influencia a la exposición a la escena primaria, actúa como un heurístico: nos parece mas probable que sea verdad una explicación conocida que una desconocida. Lo que podemos representarnos con mayor facilidad nos parece mas probable. Es el heurístico de la familiaridad. En definitiva, damos mayor credibilidad a lo conocido que a lo extraño. La interpretación que realiza Greenacre, tiene una larga tradición dentro de la cultura psicoanalítica. Y su uso para explicar casos famosos de esta tradición, como el del Hombre lobo de Freud, se utiliza como prueba de su verdad. La interpretación repetida en una tradición adquiere una credibilidad añadida. Adquiere el carácter de ley general y cada caso susceptible de aplicación de esta interpretación se toma como prueba de verdad de esta ley.


Además, este tipo de interpretaciones no pueden ser falsadas, puesto que los hechos a los que aluden están, al estilo de las explicaciones arqueológicas de Freud, situadas en un pasado remoto e inaccesible (Jacobsen y Steele, 1979). No hay modo de saber que es lo que Mondrian realmente vivió en su infancia. Las escenas originarias están fuera del dominio del descubrimiento. Tal y como Loftus y Loftus (1980) han sugerido, no hay forma de refutar la afirmación acerca de la veracidad del relato de una experiencia temprana. Del mismo modo, hasta que se pueda demostrar que el Hombre Lobo no vio a sus padres manteniendo relaciones sexuales a tergo , sigue habiendo una posibilidad que parece que explica muchos de los elementos de su sueño. Y puesto que nunca se puede refutar, la explicación es comúnmente aceptada aunque probablemente se podrían encontrar muchas otras explicaciones. Una vez eliminada la posibilidad de revisión, nos inclinamos a dejarnos seducir por la magia explicativa de la interpretación preferida y por lo que podría llamarse su atractivo lingüístico. Se dedica muy poco espacio a la búsqueda de explicaciones alternativas en la literatura psicoanalítica.


Otro heurístico frecuentemente utilizado en la literatura psicoanalítica es el de la cantidad de detalles clínicos que puede explicar una hipótesis causal. Es el principio de la parsimonia: se da mas credibilidad a la hipótesis causal, que siendo mas simple, explique mayor número de factores del presente. A la hipótesis simple se le perdona su improbabilidad o su extrañeza. Sólo necesita ser plausible. Su forma se verá justificada por cuanto explica. Una vez hayamos construido un evento hipotético que, sin importar su improbabilidad, parezca explicar todos los rasgos importantes del caso, el éxito de nuestra invención tenderá a confirmar su veracidad. Podríamos decir que su valor verdadero depende de su éxito explicativo. Tendemos a otorgar valor de verdad a las interpretaciones que nos explican el misterio con argumentos conocidos y que nos hacen accesible la complejidad con explicaciones causales simples.


VALOR DE VERDAD  Y ENCAJE NARRATIVO


Los criterios que se suelen tener en cuenta en la tradición psicoanalítica, para considerar que una interpretación es correcta en cuanto a su verdad narrativa son los de la regla de la parsimonia; la regla de que la similitud en la forma indica similitud en contenido,  y la regla de que los emparejamientos de patrones indican una relación de causalidad.


La regla de la parsimonia clínica y la regla de la familiaridad de las explicaciones están relacionadas. La regla de la parsimonia es como trazar un mapa que de cuenta de muchos resultados con relativamente pocas causas.  El pasado construido (o reconstruido) nunca debe ser tan complejo como el presente, y cuanto menor sea la proporción de causas explicativas del efecto subsiguiente, mejor será la interpretación. Aquí se da una analogía con el principio de parsimonia de las leyes de las ciencias naturales, y esta congruencia con el modo de proceder de las ciencias naturales aumenta el atractivo del uso del principio de la parsimonia en psicoanálisis. La generalidad de fenómenos explicados, o capacidad abarcativa de la ley, compensa la improbabilidad de las causas a las que señala; si un supuesto acontecimiento temprano puede explicar un número suficiente de los síntomas del paciente, aceptaremos este acontecimiento como verdadero incluso aunque parezca absurdo o improbable.


La regla de que la similitud en la forma sugiere similitud en contenido. Si la estructura formal de un acontecimiento actual, por ejemplo, un síntoma, es similar a la estructura formal de un acontecimiento temprano, suponemos que el primero está relacionado de algún modo con el segundo.  El suponer que la forma externa es una pista que nos guía al significado interno, conforma un aspecto importante del razonamiento basado en analogías, que hace énfasis en la aparición y resurgimiento de formas y patrones, y es propio del medioevo (Spence, 1973) y de la sensibilidad artística. 


La regla de que todos los emparejamientos de patrones indican una causa y un efecto (y su corolario, de que cuanto mejor sea el encaje, más fuerza tendrá la conexión causal asumida o supuesta) guía la búsqueda del encaje narrativo. El encaje narrativo se realiza mediante el descubrimiento de un emparejamiento de patrones, por su similitud en la estructura formal, entre comportamientos del pasado remoto y del presente actual. Así podemos explicar causalmente un acontecimiento o síntoma anómalo del presente, por su similitud formal con un acontecimiento del pasado al que pasamos a considerar su causa.


El lenguaje tiene un papel crítico a la hora de llevar a cabo este emparejamiento. La forma externa de cualquier acontecimiento narrado en el contexto clínico depende siempre de una descripción verbal particular, depende de cómo el paciente describe el suceso clínico o de cómo el analista redacta la interpretación que conecta dos acontecimientos. Ya que el lenguaje es infinitamente flexible, es posible una amplia gama de descripciones. El descubrimiento de una similitud formal entre un síntoma y un acontecimiento temprano  se utiliza casi siempre para indicar una conexión significativa.  Casi nunca se piensa que tales conexiones podrían tener lugar por casualidad, o que podrían ser la consecuencia de una buena elección de palabras; éstas y otras alternativas no se tienen en cuenta casi nunca.


Spence analiza tres casos clínicos publicados para evidenciar la aplicación de estas reglas (Neiderland,1965; Greenson 1967; Ramzy, 1974). El razonamiento clínico ilustrado en estos tres ejemplos representa una forma particular de pensar en la que se supone que la estructura formal del acontecimiento clínico revela algo acerca de su contenido y, además, se utiliza para descubrir sus antecedentes causales. Interpreta el descubrimiento de un patrón similar, en algún momento del pasado, como índice de causalidad.  Lo que Spence considera discutible sobe este tipo de razonamiento, es el énfasis puesto en la apariencia exterior de los acontecimientos y el hecho de que es a través del lenguaje como se describe esta apariencia, y que éste puede cambiar dependiendo del contexto conversacional.


SIMILITUD FORMAL


La búsqueda de similitudes descansa en la suposición de que la similitud formal expresa aspectos psíquicos en común. Spence considera que, por desgracia para la búsqueda, suele suceder que el patrón formal encontrado no surge del material sino que es impuesto, de forma consciente o inconsciente, por el analista, resultando así la conexión establecida arbitraria.


La creencia en la escucha pasiva del analista y en la atención flotante no cuenta con esta posibilidad. Desde el modelo de la atención flotante, parece como si la similitud entre patrones formales y los significados asociados a ellos que descubrimos, surgiesen del material que aporta el paciente; fuesen evidentes y necesarios. Pero Spence objeta que lo que se conecta en realidad son descripciones léxicas, que bien podrían ser otras, ya que son posibles muchas traducciones al lenguaje de una misma experiencia. Y que quien realiza las conexiones es el analista. Por lo tanto, deberíamos tener cuidado y no pensar que el conector que el analista elige es “necesario” para comprender el material o que es la única elección posible.


Lo que el analista hace, prosigue Spence, es en realidad una asociación a partir del material del paciente, al que impone una forma lingüística, y que en virtud de su posición, es elevada al rango de interpretación. La interpretación formal es más creativa (y constructiva) de lo supone la teoría clásica psicoanalítica. Utilizamos el lenguaje de un modo más bien ad hoc con más frecuencia de lo que pensamos; a menudo utilizamos una palabra o una frase para crear una correspondencia y no deberíamos engañarnos pensando que estamos utilizando las únicas palabras posibles.


Loewenstein (1951) dice que nuestro trabajo como analistas consiste en informar sobre la conexión de patrones que descubramos en el material que proporciona el paciente y en construir nuestras interpretaciones en base a esas conexiones. Spence sostiene que la tarea de encontrar similitudes formales entre patrones, en el material del paciente, requiere de la creatividad del analista.


CONEXIÓN DE PATRONES


La búsqueda de conexiones entre los patrones de los acontecimientos suele basarse en la búsqueda de similitudes en la forma de los acontecimientos mas que en las intenciones de sus participantes. Para ilustrar la manera en que en psicoanálisis se busca correspondencia entre las formas, Spence acude a la correspondencia formal entre un cuadro de Raimondi (1515) y uno de Manet (1963). Los expertos parecen estar de acuerdo en que Manet se inspiró en el cuadro de Raimondi. Así, en este caso, la conexión en la similitud formal revela también una conexión causal. Este tipo de conexión entre patrones es el que sirve como modelo para el razonamiento psicoanalítico.  El argumento dice que si podemos encontrar cierto grado de correspondencia formal entre dos imágenes, entonces podemos suponer que tienen algo en común y, además, que la primera está causalmente relacionada con la segunda.


            El problema, argumenta Spence, es que la gran mayoría de las conexiones clínicas entre patrones no son exactas sino aproximadas.  Pero los psicoanalistas pocas veces son conscientes de que están estableciendo uno de los muchos encajes de patrones posibles a partir del material que proporciona el paciente. Una vez que han descubierto un patrón, los analistas suelen tomarlo como indicador definitivo de una relación subyacente. Subestimamos el posible número de conexiones casuales que podemos hacer como analistas y que no tienen ningún significado. Creemos que la correspondencia tiene un carácter mucho más informativo de lo que en realidad tiene.


 


En una obra anterior (1976, pag.369), Spence afirma: “Estamos siempre tratando comportamientos esencialmente ambiguos, ricos en significado; son significados que se suelen solapar  y que no están organizados jerárquicamente. Con esto lo que quiero decir es que no existe un significado claramente más importante que otro, hasta que o bien nosotros o el paciente lo indique. La jerarquía no reside en el material. Nos acercamos a estos ejemplos ambiguos con nuestro propio marco de creencias e ideas, en el contexto de nuestra propia experiencia inmediata y desde nuestra perspectiva privada  de acontecimientos recientes y distantes…. tampoco nosotros podemos evitar estar sensibilizados con los temas que tienen algo que ver con nuestras propias preocupaciones, y tendemos a resolver la ambigüedad del ejemplo de un sueño fijando nuestras categorías favoritas”.


En la búsqueda de conexiones, el analista está prácticamente seguro de que las va a encontrar. E impone a menudo sus propias categorías a las asociaciones del paciente. Una forma de hacer esto es ajustando el material clínico de tal forma que encaje con su plantilla favorita. Con la emoción del descubrimiento, cada conexión nueva le parece una  correspondencia exacta y no se da cuenta de que si existe una similitud, esta no se debe más a lo que aportan los espectadores (analista y paciente) que a la información contenida en el material.


Además, el grado de similitud entre patrones no es necesariamente un indicador de causa y efecto; siempre necesitamos acudir a otras fuentes para confirmar una explicación causal. La correspondencia entre los cuadros B y C no prueba que el primero inspirara al segundo; solamente sugiere la posibilidad. La búsqueda de conexión entre patrones habla del contexto del descubrimiento; encontrar la conexión causal entre dos acontecimientos habla del contexto de la justificación. No deberían confundirse estos dos contextos.


Encontrar una conexión no depende solamente del observador, sino también depende del tamaño del espacio de búsqueda y del tiempo dedicado a esta. Teniendo en cuenta el posible número de incidentes sufridos en la vida del paciente y las muchas formas en que estos se pueden estructurar, el espacio de búsqueda se empieza a acercar al infinito, y la importancia de cualquier conector de patrones se vuelve casi insignificante.


Encontrar una conexión depende también de la formulación del acontecimiento. La sensación que tenemos de una imagen  puede verse fuertemente influenciada por la forma en que ésta es descrita. Basar una conexión de patrones en una descripción verbal es agravar el error.


En el caso de la pintura, estamos tratando  con una serie finita de objetos, mientras que en el caso de los recuerdos y los síntomas, estamos tratando con un universo prácticamente infinito. En el caso de la pintura, estamos tratando con unidades de percepción con un vínculo; en el caso de los recuerdos y los síntomas, estamos tratando con una representación lingüística  particular que puede ser cambiada para cubrir nuestras necesidades. Como resultado, la importancia de una conexión clínica de patrones  se suele ver inflada. En el trabajo clínico, solemos tratar con conexiones de patrones suaves.  Como regla general, la elección de una conexión análoga particular depende en gran medida de qué rasgo del acontecimiento elijamos enfatizar.


En la historia de las ideas, hasta comienzos del siglo XVII, la búsqueda de semejanzas se consideraba un paso imprescindible para el conocimiento (Foucault, 1973). El filósofo medieval consideraba que el mundo era un sistema de semejanzas  expresadas en una red de señales. Si pudiese descodificar los rasgos característicos transformadores, podría descubrir las señales críticas y, de este modo, conocer la clave del universo. Las similitudes con ciertas formas de razonamiento psicoanalítico son molestas. Cuando la medicina se volvió más sofisticada y la biología subyacente de la enfermedad se entendió mejor, quedó claro que causa y efecto podrían ser superficialmente bastante diferentes. A medida que aprendemos más acerca de la causalidad biológica, prestamos menos atención a la apariencia externa. En el siglo XIX, las reglas de la semejanza se convirtieron en una curiosidad intelectual. Entonces, ¿por qué  tiene tanta importancia el principio de la correspondencia análoga en el razonamiento psicoanalítico?


Spence sostiene que la afición de Freud por la arqueología tiene una importancia crítica en su estilo de pensamiento. Incluso al final de su carrera, estaba convencido de la verdad de su metáfora arqueológica. Al verse a sí mismo como un arqueólogo, Freud cae en la tentación de utilizar la forma externa como pista para descubrir el significado psíquico; y de sacar conclusiones acerca de la causa y el efecto de ejemplos de correspondencia estructural. Si estamos tratando con fragmentos concretos, entonces la forma es concluyente porque estos no tienen “vida interna”. Y si la forma se describe de un modo exhaustivo, ésta se convierte en un buen indicador de relación causal. Pero los recuerdos, las imágenes y las asociaciones, objeta Spence, son mucho más que fragmentos que no dicen nada, y enfatizar su forma exterior a expensas de su significado interior es confundir las apariencias con la esencia y  esto no permite que la naturaleza cambiante del mundo y el papel mediador del lenguaje influyan en nuestras percepciones.


INTERPRETACIÓN CREATIVA Y VERDAD NARRATIVA


Hannah Arendt (1977) dice que el mundo de las apariencias tiene una diversidad casi infinita; cualquier descripción es como mucho una verdad parcial. Y aparte de su aplastante diversidad, las apariencias tampoco dicen nada en lo que concierne al significado. Arendt describe el problema de que “ninguna experiencia produce significado o incluso coherencia a menos que sufra las operaciones consistentes en imaginar y pensar”. Pero si la descripción es parcial, también tiene carácter formativo. Tengo que seleccionar para hablar, y la selección implica inclusión y exclusión; y al mismo tiempo, “mi descripción influenciará tu opinión”. Por eso no es nunca una sorpresa que cualquier comentario, sin importar su grado de falsedad, pueda influenciar de forma significativa en subsiguientes opiniones acerca de la misma serie de hechos.


Cuando hablábamos de las conexiones de patrones, señalamos que muchos de los descubrimientos de similitud eran probablemente más un índice de la ingenuidad del analista que de la veracidad del descubrimiento. Las posibilidades ilimitadas de encontrar una conexión son, en primer lugar, consecuencia de la “diversidad infinita” del mundo real y, en segundo lugar, del hecho de que el lenguaje, con toda su posible flexibilidad, siempre actúa de mediador entre el acontecimiento externo y su representación en el “espacio” analítico. Ya que el lenguaje es flexible, puede imponer diferentes significados para el mismo acontecimiento; puedo encontrar significados equivalentes en acontecimientos diferentes; y multiplicar las formas en que podemos “descubrir” una conexión de patrones.


Una interpretación formal se aprovecha de esta flexibilidad. Elige qué formulación lingüística enfatizar. Estamos siempre creando nuestra realidad particular a través del lenguaje y a través de nuestras diversas interpretaciones formales, que siempre se expresan mediante el lenguaje.


El trabajo de interpretación cae a menudo en errores evidentes de razonamiento o juicio. Utilizar las reglas heurísticas propias del razonamiento analítico proporciona una satisfacción estética propia de la verdad narrativa. Spence sostiene que el efecto terapéutico de las interpretaciones del analista puede venir muchas veces de la verdad narrativa y no de la histórica. Es la excitación del descubrimiento al encontrar una explicación o al participar en su revelación, la que explica su efecto terapéutico mucho más que el contenido del razonamiento. En otras palabras, es la interpretación como acto creativo, la que es muchas veces responsable de la cura.


Viderman (1979) cree que el analista funciona mucho más como poeta que como historiador. Viderman defiende que una interpretación no tiene que tener necesariamente un vínculo con el pasado del paciente para ser curativa o terapéutica; la interpretación, más que representar una verdad histórica recién descubierta, adquiere verdad narrativa en su proceso de creación. Cuando el analista selecciona una palabra, o una metáfora o cita para ilustrar su opinión, puede poner en marcha, si tiene suerte, un tren de asociaciones que conduzca a nuevos descubrimientos.


Loch (1977, pag. 221) expone una posición similar. Él hace una distinción entre la verdad como descubrimiento de un hecho histórico y la verdad “como emergente, como la construcción de algo que tiene sentido”. El segundo significado está relacionado con la afirmación de Göethe de que sólo lo fructífero es verdadero (Was fruchtbar ist, allein ist wahr). Loch sostiene que el psicoanálisis se ocupa más de la segunda acepción de la verdad  que de la primera; de la verdad entendida no como correspondencia de la interpretación con hechos del pasado, sino como creación colaborativa entre analista y paciente, de una coherencia personal para el presente y pasado del paciente.


Spence relaciona la concepción de la verdad de Viderman con el proceso de dar sentido, mediante el lenguaje, a un acontecimiento anómalo, (a lo que denomina “forma débil” de la verdad narrativa); y la de Loch, con encontrar un nicho narrativo a una expresión en la historia de vida de un paciente (a lo que denomina “forma fuerte” de la verdad narrativa, porque implica que cualquier acto de simbolización de la experiencia del paciente, pone a ésta en contacto con el sistema de símbolos del intérprete).


Viderman rompe con la tradición arqueológica y defiende que la interpretación es siempre un acto creativo cuya verdad histórica es indeterminada. Todas las interpretaciones son construcciones que se basan, unas veces más y otras veces menos, en hechos históricos y que las crea el analista igual que crea la transferencia o la mayor parte de la situación de tratamiento, o del “espacio analítico”. Enfatiza los factores  de elección y selección. La interpretación que hace un analista en un momento dado del tratamiento y desde su marco teórico de comprensión, es una entre otras muchas posibles.


Spence distingue varias maneras de construcción de la verdad narrativa. La primera es a través de convertir la experiencia en palabras y ayudar al paciente a “ver” de una forma nueva. Este proceso proporciona realidad a lo que previamente era desconocido o confuso. La construcción del analista sobre un acontecimiento de la infancia puede llevar al paciente a recordarlo de otra forma si es que lo recordaba; y si no tenía acceso al acontecimiento, le llevará a formar un nuevo recuerdo por primera vez, que adquiere un valor subjetivo de verdad, independiente de su confirmación histórica.


La segunda es la de proporcionar una explicación coherente a una serie de acontecimientos hasta el momento inexplicables; encontrarles un sentido o un motivo. Esto proporciona al paciente alivio psicológico, y suele mantener el patrón de explicación como verdad subjetiva y como modelo de razonamiento para explicarse determinados acontecimientos.       


explicación analítica le convence de que las cosas tienen que ser así, por su conexión con el pasado, y esto le ayuda a aceptarse mas a si mismo. Este tipo de interpretaciones se convierten en realidad puesto que son una ayuda muy útil para el paciente. En cuarto lugar, muchas interpretaciones se hacen realidad simplemente porque no existe una prueba que las desconfirme y que se pueda utilizar contra ellas. Rellena lo que previamente había sido un nicho vacío en el mundo interior del paciente; éste podría no tener especial interés personal en la explicación, sino que podría tomarla como “verdadera” simplemente porque existe.


Spence introduce un ejemplo de cómo un relato sobre una relación amorosa de Flaubert con una institutriz va cobrando verdad narrativa. Una vez se ha logrado captar nuestra atención con motivo de la posible relación secreta, es difícil ver la relación entre Flaubert y la institutriz de otra forma. ¿Pero cómo se vuelve realidad exactamente? Lo que parece suceder es que nuestra necesidad por imaginar ciertas conclusiones tiene prioridad sobre la idea de que, de hecho, todo es desconocido; necesitamos un cierre y una continuidad, lo que nos permite saltarnos la ausencia de hechos. Una vez establecida la conclusión, puede coexistir cómodamente con otras creencias que entran en acción de un modo más sólido. Podemos creer muchas cosas sin conocer la fuente de estas creencias o sin recordar exactamente cómo llegaron a nuestra mente. Cada vez que reflexionamos sobre cierto pensamiento, no nos paramos automáticamente para comprobar su valor verdadero. El encaje  narrativo aporta una especie de verdad convincente a las partes del patrón. La frecuencia con que oigamos o pensemos en este patrón, aumenta su familiaridad y su poder de convicción. La repetición y la frecuencia de su uso contribuye a su consolidación como verdad narrativa.


Viderman señala que el proceso de convertirse en verdad depende de una serie de factores que actúan a la vez, entre los cuales incluye la influencia de la transferencia, que hace que las afirmaciones del analista adquieran una especial importancia para el paciente, o pasen desapercibidas, según el momento y contexto de la relación analítica.


INTERPRETACIONES CREATIVAS E INEXTACTAS


Glover (1931), en una obra en la que estudia las diferencias entre interpretación y sugestión,  estableció una diferencia entre las interpretaciones inexactas y las interpretaciones aparentemente exactas y comenzó a explorar algunas de las consecuencias clínicas de las mismas.


Spence objeta que todas las interpretaciones ejercen su poder de persuasión a través del lenguaje; todas las interpretaciones son una creación lingüística. Frente a Freud enfatiza la construcción  por encima de la reconstrucción, al entender que el analista, al elegir los temas y el uso del lenguaje, pone siempre su propio sello en el material, y por ello, frente a Glover, declara que todas las interpretaciones son en cierto modo inexactas.


Con una interpretación formal, lo que logramos, es permitir al paciente acceder a ciertos tipos de experiencia; expresarlas con palabras y conectarlas con las otras partes de su historia de vida (situarlas en un nicho narrativo). Una vez hayamos expresado en palabras una experiencia, la traducción se convierte en la nueva realidad, para bien o para mal. Nunca volvemos percibir la experiencia del mismo modo; no hay vuelta atrás. El discurso interpretativo moldea las experiencias fragmentarias y les da forma, intercambiando la verdad histórica por verdad narrativa.


             


COMENTARIO DE LA AUTORA DE LA RESEÑA


En esta primera parte de su obra Narrative truth, Historical Truth, Donald Spence hace una crítica demoledora a lo que podríamos denominar los vicios del pensamiento psicoanalítico tradicional. Por un lado pone en evidencia la tendencia dentro del psicoanálisis a ignorar las dificultades a las que se enfrenta cualquier paciente a la hora de poner su experiencia en palabras y la facilidad con que puede alejarse de ceñirse a lo específico de su experiencia para adaptarse tanto a su necesidad de ser entendido, como a lo que imagina que son las expectativas del analista. Por otro lado, resalta el peligro de las interpretaciones inconscientes en que con frecuencia puede caer el analista que confía en que su escucha con atención flotante le va a conducir al descubrimiento de la verdad implícita en el discurso del paciente y que no es consciente de que cualquier elaboración que haga del material que proporciona el paciente, es una construcción activa de significado, determinada por sus preconcepciones teóricas y sus circunstancias personales.


Spence nos hace caer en la cuenta de que, desde Freud, hemos pasado por alto las complejidades intrínsecas al proceso de poner la experiencia en palabras. Obviamente, el creador del psicoanálisis construyó su pensamiento en una época y un contexto intelectual anterior al nuestro, en el que predominaba una concepción objetivista del conocimiento, desde la que se entendía la verdad como correspondencia entre pensamiento y realidad, y se entendía al lenguaje como un mero instrumento para expresar el pensamiento ya conformado y preexistente en la mente del sujeto. Spence escribe desde un contexto epistemológico bien diferente, desde el que se entiende que lo que llamamos verdad son construcciones teóricas bien fundamentadas en una tradición de pensamiento y que no hay manera posible de conocer lo que es la realidad en si, sino es a través de nuestras construcciones (es decir, necesitamos recurrir a nuestras teorías para comprender; la realidad no se refleja en nuestra mente como en un espejo). Por otro lado, Spence está ya familiarizado con el giro lingüístico, desde el que se concibe que el pensamiento no es preexistente al lenguaje, sino que se construye en el mismo proceso de enunciación. En este sentido podemos decir que Spence puede considerarse un constructivista, pues el objetivo de su obra es proponer una metodología para ayudar a los analistas a tomar conciencia de las construcciones que inevitable y continuamente hacen al escuchar, y de cómo estas construcciones se nutren del bagaje teórico y experiencial propio de cada analista. Y que Spence está ya en parte inmerso en el giro lingüístico, pues entiende que la construcción del sentido de la experiencia preverbal del paciente, no simbolizada, ha de hacerse necesariamente a través de un proceso de elaboración lingüística.


No obstante veo algunas objeciones para considerar que Spence ha asumido plenamente este cambio de paradigma en la concepción del conocimiento. Estas son, la elección de los términos “verdad histórica” para referirse a la experiencia del paciente, y la elección de la metáfora visual para aludir a la experiencia preverbal.


Creo entender que aquello a lo que Spence denomina verdad histórica es a la experiencia genuina del paciente, tal y como él la ha experimentado y sentido, antes de ser adulterada, transformada, conformada, construida y reconstruida por el proceso conversacional que es el análisis. Si esto es así, me parece que Spence comete un error al referirse a esta experiencia como verdad histórica, pues la elección de estos términos del lenguaje tiene una clara connotación objetivista; como si el autor todavía conservase el anhelo de que, de alguna manera, fuese posible acceder al conocimiento de los hechos objetivos del pasado del paciente a través del proceso de análisis “naturalizado”. En contra de sus pretensiones explícitas, Spence parece mantener así la conexión con el modelo arqueológico de Freud.  Al elegir estos términos para referirse a la experiencia no tratada del paciente, revela que todavía no ha asumido plenamente las implicaciones del paradigma constructivista del conocimiento y del giro lingüístico, en el sentido de que necesariamente, al hacer la experiencia consciente, y al hacerlo por medio del lenguaje, estamos sometiendo a la experiencia a una estereotipia, a un modelaje, a una conformación concreta e inevitable. No podemos significar la experiencia sin conformarla en una simbolización concreta que deja fuera otras posibilidades. Aunque Spence suscribe esto último, al hablar de verdad histórica parece apuntar al referente de “las cosas tal y como sucedieron”. Pero cómo él mismo explica en varias partes de su texto, la memoria del paciente es algo dinámico y en perpetua transformación. E incluso en la experiencia inmediata que pueda vivir cualquier paciente hay múltiples voces participando en su condición de posibilidad. Como Spence dice, las de las múltiples identidades del paciente y las de los otros significativos con los que el paciente ha estado en relación, real o imaginaria, en el momento en el que vivió la experiencia y hasta el momento presente del recuerdo. La experiencia original, de este modo, es un cúmulo de sensaciones e impresiones fragmentarias, que contiene múltiples sentidos potenciales, ninguno de ellos predeterminado ni configurado antes de su elaboración lingüística y consciente. Parece que Spence se está refiriendo con el concepto de verdad histórica a la experiencia preverbal, aún no hecha consciente, del paciente. Pero incluso esta experiencia preverbal, está sobredeterminada por las múltiples voces participantes en su gestación. Creo que a lo único que de alguna manera podríamos denominar verdad histórica es a los acontecimientos o sucesos que contemplamos como testigos visuales y directos; pero a este tipo de verificación no podemos tener nunca acceso en el espacio cerrado de la consulta. Si que podemos ser testigos directos del modo de estar en relación del paciente en el aquí y ahora de las sesiones psicoanalíticas; es por ello que Spence señala la tendencia actual en psicoanálisis a trabajar más sobre los sucesos transferenciales y contratransferenciales en la hora psicoanalítica, que con sucesos de un pasado no accesible desde el presente del tratamiento. Pero en cualquier caso, la finalidad última del psicoanálisis, creo que entiende Spence, no es la de establecer una actividad detectivesca sobre la conexión de la narración del paciente con la objetividad, en el pasado, de los hechos referidos. Antes bien, una de las competencias psicoanalíticas que propone desarrollar Spence , me parece que es la de enseñar al paciente a describir su experiencia sentida, pasada o presente, tal y cómo la siente en el presente del momento analítico. Si esto es así, creo que el uso del término “verdad histórica”, es mas confundente que clarificador. Se me ocurre que la denominación “verdad experiencial” sería mas próxima a lo que Spence está tratando de decir. No se trata de que el paciente pueda decir las cosas tal y cómo sucedieron, sino de que aprenda a describirlas así como las siente.


Al decir verdad histórica, Spence sugiere que andamos detrás del conocimiento de cuales fueron los sucesos originales y objetivos. Desde mi punto de vista, Spence queda aquí atrapado en un juego de lenguaje positivista, donde la realidad de los acontecimientos se halla por afuera del dominio del lenguaje y del pensamiento y de todo lo que trata la terapia es de reflejarlos en la historia de vida o narrativa que se construye colaborativamente entre paciente y analista. No obstante esa connotación, mas bien parece, que lo que  Spence quiere denotar con verdad histórica, es lo que realmente siente y experiencia el paciente. No tanto a lo que en realidad ocurrió desde un punto de vista objetivo. Es decir que lo que Spence pretende es sistematizar una metodología para ayudar al paciente a centrar su atención en su experiencia sentida, para ir buscando las palabras que encajan con esas sensaciones sentidas.


Creo que otra de las trampas en las que cae Spence es la de la metáfora visual. Cuando habla de la experiencia del paciente, se refiere fundamentalmente a una experiencia visual. A mi entender esta confusión proviene de la herencia de una tradición que ha trabajado casi de modo exclusivo con la conversación como medio y con un paciente estático, a menudo tumbado en un diván. Creo que es por esto que cuando Spence intenta describir cómo es la experiencia del paciente antes de ser puesta en palabras, lo que parece que está imaginando es a un paciente tumbado que visualiza sus experiencias y sus recuerdos.


Los recientes trabajos sobre la memoria procedimental ( el conocimiento relacional implícito gracias al cual el paciente puede relacionarse con los otros de una determinada manera), apuntan a una experiencia preverbal como base de este conocimiento, si; pero no exclusivamente visual. De hecho las experiencias preverbales son fundamentalmente sensoriales y emocionales, lo cual quiere decir que están compuestas por una compleja amalgama de sensaciones sentidas corporalmente a través de todos los canales sensoriales y por sentimientos.


Cuando Spence habla de experiencia me parece que se está refiriendo a lo que Eugene Gendlin, desde otra tradición psicoterapéutica, denomina “sensación sentida” y que puede experimentarse en imágenes o en sensaciones corporales. Los sonidos, olores, sabores, sensaciones cenestésicas y táctiles son también y, con el mismo derecho, parte de lo que Spence denomina como “unidades de significado”. Creo que Spence se queda corto al referirse únicamente a la experiencia visual del paciente para caracterizar a la experiencia preverbal. De hecho los trabajos con técnicas activas que utilizan las terapias experienciales, ponen al paciente en contacto con estas impresiones multisensoriales y emotivas, puesto que trabajan con el cuerpo en movimiento y desde la acción, y no únicamente desde un cuerpo sentado o tumbado. Las referencias de Spence al mundo visual como referente privilegiado de la experiencia, creo que son consecuencia de una técnica tradicionalmente basada en un cuerpo que se queda quieto para recordar.


Aparte de estas críticas puntillosas, creo que la grandísima aportación de esta obra, es la de proponer una metodología sistemática para entrenar tanto a pacientes como a analistas a hacer psicoanálisis de una manera contemporánea a la conciencia de construcción del significado. Lo que hace Spence en este libro, dista de ser una disquisición sobre la epistemología del psicoanálisis para los aficionados a la reflexión metateórica, antes bien, lo que realiza Spence es una propuesta propia y precisa, para el entrenamiento de los pacientes en la habilidad de prestar atención a sus sensaciones sentidas en el cuerpo, antes de precipitarse en la narración de sus experiencias con el lenguaje para satisfacer las exigencias conversacionales. Me parece sumamente interesante el señalamiento de Spence, sobre el hecho de que los pacientes no tienen porque tener destreza en el arte de describir sus experiencias sentidas con palabras, y que es muy fácil que las convenciones conversacionales y las presiones de la transferencia hagan que el paciente se lance a narrar su experiencia de acuerdo a lo que considera que puede ser dicho, y dejando de lado la atención a las sensaciones genuinas de su experiencia.


Por el lado del analista, Spence señala la necesidad urgente en psicoanálisis de entrenar a los analistas en la habilidad de hacer explícito el contexto de sus interpretaciones, es decir, las asunciones teóricas que están dando por supuestas, así como el contexto de la experiencia personal del analista en el momento que hace la interpretación. Por mucho que accedamos a una transcripción completa de una sesión, si el analista no ha hecho este trabajo de explicitación de sus hipótesis, lo que Spence llama “naturalización” de la transcripción o “desempacaje” de las asunciones implícitas, no tendremos manera de comprender porque un analista, en un momento dado del tratamiento, hace esa interpretación y no otra. Sin acceso al contexto o marco interno de significación del analista, desde el que éste construye activamente sus interpretaciones, no tendremos manera de comprender el punto de vista del analista, del mismo modo que sin la diferenciación de las descripciones primeras de su experiencia, que el paciente hace por primera vez, de lo que el analista piensa mientras le escucha, no podremos seguir el camino que va de las descripciones del paciente a las interpretaciones del analista, de manera que se reproduce entre el lector del informe psicoanalítico y su autor, el mismo proceso de confusión y malentendido que ocurre entre analista y paciente cuando no se hacen explícitos los géneros de los discursos de cada uno de ellos y se lleva a cabo el proceso comunicativo analítico desde las agendas secretas de cada uno de sus participantes. Ninguno de los intérpretes tiene acceso al contexto mental del otro que habla.


Me parece sumamente minucioso y esclarecedor el trabajo que Spence hace de explicitar los convencionalismos en los que se basa la competencia psicoanalítica, así como los heurísticos por los que se rige el pensamiento psicoanalítico. Spence nos hace caer en la cuenta de la facilidad con la que los analistas podemos caer en interpretaciones inconscientes, es decir en tomar por hechos lo que en realidad son elaboraciones del material que nos proporciona el paciente, sin darnos cuenta de que estamos aportando nuestro propio material como analistas y como personas, a la construcción del sentido de la historia del paciente.


En esta primera parte de su obra, Spence se centra en detallar los peligros de trabajar en análisis con falta de conciencia de construcción, es decir, tomando por hechos lo que son asunciones teóricas y personales por parte del analista. En la parte segunda de esta reseña profundizaremos en los aspectos metodológicos del proceso de “naturalización” y “desempacaje” de las transcripciones que propone Spence, con el objetivo de ayudar a prevenir los riesgos de las interpretaciones inconscientes de los psicoanalistas.