El giro relacional, la alianza terapéutica y la investigación en psicoterapia. ¿Extraños compañeros de cama o matrimonio postmoderno? [Safran, J.D., 2003]

Publicado en la revista nº033

Autor: Margulies, Lidia

Reseña: The relational turn, the therapeutic alliance and psychotherapy research. Strange bedfellows or post-modern marriage? El giro relacional, la alianza terapéutica y la investigación e psicoterapia. ¿Extraños compañeros de cama o matrimonio postmoderno? Jeremy D. Safran, Ph.D. Contemporary Psychoanalysis, 39 (3) 2003: 449-475.



El autor comienza este artículo enfatizando su deseo de honrar la memoria de Stephen Mitchell, cuyos escritos lo han influenciado profundamente. Admira la manera en que éste compatibilizaba las diferentes orientaciones psicoanalíticas y su habilidad para jugar con estas perspectivas teóricas aparentemente irreconciliables, configurando una realidad más compleja.


Este escrito de Safran refleja la influencia que tuvo el giro relacional en el desarrollo de su proceso de investigador en psicoterapia y de teórico clínico que se dirige a psicoanalistas y a terapeutas de distintas orientaciones.


Como Safran considera que hay una gran división entre el mundo del psicoanálisis y de las principales corrientes de investigación en psicoterapia, así como en otras tradiciones terapéuticas, estima necesario que los analistas se involucren activamente en el diálogo con estas diferentes culturas.


Si bien le parecen excesivos los comentarios acerca de la muerte de la teoría freudiana, el declive del psicoanálisis en los años recientes lo lleva a pensar que este diálogo es indispensable ya que la estrechez de miras que caracterizó a la tradición psicoanalítica no se adecúa a nuestro tiempo (Safran, 2001; Safran & Aron, 2001). Considera que la creciente demanda de los sistemas de salud mental hace necesario que los analistas sean participantes activos en los diálogos que diseñan el futuro tanto de la formación como de la práctica en el campo de la salud mental.


Como investigador, Safran fue entrenado en otras orientaciones terapéuticas antes de iniciar su formación psicoanalítica formal pero nunca pudo identificarse exclusivamente con una de estas orientaciones. Sus escritos reflejan su predilección por posicionarse en las fronteras entre éstas. Considera Safran que fue el profundo sentido de pluralismo del psicoanálisis relacional y el compromiso con la importancia del diálogo (central en la tradición relacional que S. Mitchell encarnó) lo que le posibilitó una experiencia inusual e influyó en el diseño de su programa de investigación sobre la ruptura de la alianza terapéutica.


Para él, cualquier intento de definir qué es la ruptura de la alianza terapéutica presupone saber primero cómo conceptualizarla. Al encontrar posiciones controvertidas al respecto, nos ofrece momentáneamente una definición pragmática. Considera la ruptura de la alianza como períodos de tensión o quiebre en la comunicación y colaboración entre paciente y terapeuta. Estos períodos varían en intensidad, y van desde una relativa tensión de la que uno o ambos participantes pueden estar solo vagamente enterados, a una mayor tensión que lleve a la ruptura de la colaboración. De no ser encarada esta situación llevará a una terminación prematura o al fracaso del tratamiento.


La ruptura de la alianza puede variar en forma y duración. Si queda claro para ambos participantes que hay desacuerdo y tensión, entonces la situación puede resolverse relativamente sin problemas; de lo contrario puede establecerse una pseudoalianza o alianza del terapeuta con el falso self del paciente, y todo el tratamiento puede desarrollarse sin tocar al paciente de manera verdadera (Balint,1968; Winnicott, 1965).


Las investigaciones sobre la ruptura de la alianza comenzaron a finales de la década de los 80, influenciadas por numerosos factores (Safran, 1989; Crocker, Mc Maian & Murray, 1990). En ese momento, el concepto de alianza terapéutica se mostró como uno de los mejores predictores de resultados en distintas modalidades terapéuticas, hecho que incrementó su interés entre los investigadores en psicoterapia. El que estos investigadores no llegaran a demostrar que ninguna de las diferentes corrientes terapéuticas obtuviera mejores resultados que las demás, llevó a un modelo de cambio basado en los "factores comunes" o en "factores inespecíficos"; concluyéndose que el cambio terapéutico sobreviene a causa de factores que recorren a toda psicoterapia y no específicos o distintivos de tratamientos específicos y "el paciente en psicoanálisis cambia no como efecto del insight que promueve la interpretación sino por efectos no específicos propios de la relación, común a cualquier relación terapéutica” (Safran, 2003. p. 451).


Para Safran, esta perspectiva de factores específicos e inespecíficos conlleva una falsa dicotomía. Influenciado por Mitchell (1988) respecto a la consideración del sentido relacional de una intervención, postula la interdependencia entre la técnica y los factores relacionales (Safran et al, 1990). El modelo de los factores comunes cierra la posibilidad de investigar una cuestión relevante para los teóricos clínicos e investigadores: ¿de qué manera juega durante todo el proceso la compleja matriz interactiva de las variables (para usar los términos de Greenberg,1995) paciente, terapeuta y técnica promoviendo o impidiendo el cambio?


Su expectativa de buscar factores específicos del tratamiento, y de acercarse a una comprensión más fina de la negociación de la ruptura de la alianza, lo llevó a la observación sistemática e intensiva de ciertos momentos del proceso en que la compleja matriz de interacción llevaba a dicha ruptura.  Además, su interés por investigar la alianza terapéutica aumentó por la emergencia de un nuevo desarrollo en investigación en psicoterapia: "los eventos paradigmáticos", una investigación sobre mecanismos de cambio en psicoterapia promovida por Leslie Greenberg en colaboración con Laura Rice (Greenberg,1986; Rice & Greenberg, 1984). Esta investigación fue impulsada por la falla de la investigación tradicional en encontrar diferencias de efectividad entre las distintas psicoterapias y datos significativos para los clínicos, dado que la unidad de análisis era demasiado global. La investigación sobre los eventos paradigmáticos permitió concluir que: más importante que determinar cuál es la terapia más efectiva, sería estudiar eventos importantes para el cambio, y tratar de encontrar qué lleva a momentos decisivos o qué está atravesando el proceso que posibilita el cambio en vez de buscar determinar cuál es la terapia más efectiva.


Esto lleva a Safran a investigar sobre la ruptura de la alianza terapéutica ya que: “ a) nuestra comprensión acerca de cómo lidiar con la ruptura de la alianza debería, en teoría, ayudarnos a trabajar con pacientes refractarios al cambio; b) este tipo de investigación puede proveer una visión sobre la manera en que interactúan la técnica y los factores relacionales y sobre un mecanismo de cambio importante; y c) la ruptura de la alianza es relevante para clínicos de todas las orientaciones.” (Safran, 1993. p 452)


Breve historia y crítica del concepto de alianza


El concepto de alianza surgió tempranamente en los escritos freudianos que hablaban de hacer del paciente un colaborador (Breuer & Freud, 1893-1895), junto con la noción de transferencia positiva (Freud, 1912). Según Safran, autores tales como Sterba (1934), Zetzel (1956) y Greenson (1967) contribuyeron al desarrollo del concepto de alianza remarcando la importancia de proveer condiciones relacionales que permitan instalar confianza en el paciente. Si bien mantienen diferencias entre ellos, coinciden en diferenciar entre aspectos relacionales no neuróticos de la psique del paciente (que posibilitan la alianza), y otros aspectos más transferenciales. Para Sterba, la alianza se da a través de un proceso en el que el paciente escinde aspectos observadores de su ego, identificándose con la capacidad observadora del analista. Sostienen en común que la alianza es necesaria pero no suficiente para producir cambios, que el insight es el núcleo del cambio y que la interpretación es la intervención privilegiada, sólo ella permitiría al paciente acceder a su inconciente.


Menciona Safran que factores tales como la popularidad del concepto de alianza durante los años 50 y 60, así como la búsqueda de ampliar el ámbito del psicoanálisis y de los pacientes que pudieran beneficiarse de él, empujaron a una mayor flexibilidad técnica tratando de crear una mayor confianza en el paciente y legitimando modificaciones en la prescripción de abstinencia y neutralidad.


El concepto de alianza, a pesar de haber tenido un impacto importante en los círculos psicoanalíticos, especialmente en Norteamérica, ha sido siempre controvertido. Un punto central de la crítica era que distinguir entre aspectos transferenciales y reales de la relación analítica conlleva el riesgo de dejar inanalizados o no tenidos en cuenta importantes rasgos del vínculo o de las motivaciones inconscientes del paciente (por ej. Brener, 1979). Otro punto de crítica se basaba en la idea de que el concepto de alianza puede llevar a confundirse con una aparente conformidad del paciente con el progreso terapéutico. Lacan (1973) arguyó que el énfasis puesto en la colaboración racional entre paciente y analista era consistente con lo que para él era el énfasis patológico norteamericano en la adaptación y la conformidad. Desde la perspectiva lacaniana, el tipo de identificación con el analista que Sterba consideró importante, perpetúa una ya existente confusión entre el deseo del self y el deseo del otro, contribuyendo a la alienación del self del paciente.


Desde la teoría clásica psicoanalítica, el concepto de alianza aún continúa teniendo un rol significativo aunque controvertido y dentro de la línea del pensamiento relacional habría una pérdida de interés en el concepto debido a que:


"1) no habría necesidad de depender del concepto de alianza ya que el pensamiento relacional pone el énfasis en el encuentro humano como motor del cambio; 2) dado que el pensamiento relacional enfatiza la necesidad de la flexibilidad técnica, la innovación y la espontaneidad por parte del analista, es innecesario legitimar la distancia de éste de los ideales de abstinencia y neutralidad a través del concepto de alianza; 3) el pensamiento relacional entiende toda intervención en términos de su sentido relacional, es innecesario el concepto de alianza para comprender las situaciones de las que se dice: 'la operación fue un éxito pero el paciente murió'; 4) desde una perspectiva hermenéutica constructivista contemporánea es epistemológicamente naif la posibilidad de diferenciar lo transferencial de los aspectos basados en la realidad de la relación terapéutica. Este realismo naif refuerza el poder de la asimetría propia de la relación analítica, haciendo que el analista se adjudique ser árbitro de la realidad" (Safran, 2003.p.454).


Reconceptualizando la alianza desde una perspectiva relacional


Safran nos proporciona un fragmento clínico para ejemplificar cierto tipo de ruptura de la alianza. Se trata de Andrea: una mujer de unos cuarenta años, atractiva, profesional, divorciada. Consultó motivada por su insatisfacción con el desarrollo de su carrera y por su dificultad en mantener lazos prolongados con los hombres. Sus relaciones sexuales, por lo general con seres emocionalmente inestables, eran casuales y le dejaban sensación de vacío. Describió a su padre como un hombre pasivo e inestable emocionalmente, y a su madre como dominante, centrada en sí misma y narcisista. Andrea se sentía atraída por hombres grandes, morenos, seductores, dominantes y emocionalmente expresivos, características que encontraba varoniles. Aunque generalmente eran inestables y narcisistas, sentía que tenían la capacidad de protegerla. Su trabajo no la motivaba y tenía dificultades con su jefe, a quien definía como demandante, despreciativo y poco dispuesto a guiarla como ella esperaba de él.


Ya en la primera entrevista, Andrea exigió al terapeuta que formulase cuál era su problema, esperando un plan de trabajo que le permitiera saber cómo sería el tratamiento, cómo conceptualizaba las metas y tareas y cómo llegarían a ellas. En ese clima demandante, Safran se esforzó en transmitirle que la intensidad de su demanda podría interferir en el desarrollo de la tarea. El intercambio alrededor de este tema tuvo sentido para Andrea y le resultó útil para pensar cómo podía afectar sus relaciones. El trabajo entre ellos transcurrió alternando períodos que parecían serle productivos a la paciente con otros en que los que demandaba al terapeuta que fuera más directivo y tomara mayor responsabilidad en determinar el curso de la sesión; en esos momentos, Safran intentaba entender el sentido de los reclamos pensando qué era lo que se ponía en acto entre ambos y cuál la contribución de cada uno. Buscaba modificar su postura, siendo más activo y directivo de lo que solía ser, reconociendo y comunicando a Andrea que bajo presión y resentido podía ser poco continente. Ambos trataron de negociar estos períodos críticos y de seguir trabajando productivamente.


Para Safran, el fragmento clínico descrito, pensado desde la perspectiva relacional, ilustra un continuo enactment transferencial-contratransferencial.  En el caso Andrea la ruptura de la alianza se caracterizó por constantes tensiones y desacuerdos acerca de las metas y tareas del tratamiento, siendo foco de su investigación la manera en que paciente y terapeuta trabajan en la consecución de éstas. Al comenzar sus investigaciones sobre la ruptura de la alianza terapéutica no estaba interesado en las controversias que desde la literatura psicoanalítica rodeaban al concepto. Comenta que los investigadores en psicoterapia tardaron en aceptar el valor del concepto y sólo pensaban la alianza terapéutica como un buen predictor de resultados de tratamiento. Él, por su parte, buscaba posicionarse más allá del énfasis en la predicción y centrarse en encontrar la manera en que la ruptura de la alianza puede ser reparada; se preguntaba si era necesario conservar el concepto de alianza y, de ser así, buscaba reformularlo en términos significativos desde una perspectiva relacional.


 Recuerda el autor que las preocupaciones surgieron al escribir “Negociando la alianza terapéutica” junto a Chris Muran (Safran & Muran, 2000), cuando trataba de integrar los resultados de sus programas de investigación con los desarrollos emergentes del psicoanálisis relacional, buscando un marco sistemático para negociar el impasse terapéutico (Safran & Muran, 2000). Con este libro tenían la intención de dirigirse a tres comunidades terapéuticas: la psicoanalítica, la de investigación en psicoterapia y un grupo mayor de terapeutas adheridos a otras orientaciones no psicoanalíticas pero potencialmente interesados en los recientes desarrollos del psicoanálisis. Les significó un desafío conceptualizar de modo de llegar a interesarles.


Revela que cuanto más se acercaba a la perspectiva relacional, más consideraba la posibilidad de dejar de lado el concepto de alianza, optando finalmente por mantenerlo pero reformulado (Safran & Muran, 2000). Una de las razones para conservar este concepto fue que aunque no tuviera un rol significativo en la teoría relacional, sí lo tenía en las discusiones clínicas en las que surgía la idea implícita de la necesidad de un lazo colaborativo entre paciente y analista que permitiera orientar el tratamiento productivamente, tendiéndose a pensar en alianzas más o menos fuertes o frágiles. La segunda razón para conservarlo fue que aunque ya no tuviera fuerza para la teoría psicoanalítica, comenzó a resultar interesante para otras orientaciones teóricas además de facilitar el diálogo entre el psicoanálisis y otros abordajes y entre las comunidades de analistas e investigadores.


Buscando reconceptualizar el concepto de alianza de manera significativa para el psicoanálisis relacional, encontró en las ideas de Edward Bordin los fundamentos que lo hicieron posible. Este psicoanalista orientado hacia la investigación jugó un rol importante en interesar y orientar a los investigadores en psicoterapia hacia el concepto de alianza terapéutica. Edward Bordin (1979) teorizó sobre tres dimensiones de la alianza: por un lado, el grado en que paciente y terapeuta coinciden en las metas del tratamiento, en el grado en que coinciden en las tareas y en la calidad del vínculo entre ambos, paciente y terapeuta, considerando aquellos momentos en los que el paciente se siente confiado y comprendido.


Diferentes terapeutas con diferentes formas de tratamiento persiguen diferentes metas. Abend (2001), por ejemplo, considera que la meta del tratamiento es proveer libertad de elección; Greenberg (2001) busca potenciar un mayor autoconocimiento; y contrastando con estas ideas se encuentra el conductismo empeñado en reducir o eliminar síntomas.


Si bien las tareas de la terapia no son concretas ni conductuales sino de naturaleza más sutil, el paciente necesita llegar a captarlas para beneficiarse del tratamiento. La asociación libre es una de estas tareas terapéuticas ya que refleja la naturaleza de la propia participación en la relación terapéutica.


Las metas, las tareas y el vínculo terapéutico (todos ellos dimensiones de la alianza) se influencian recíprocamente de manera continua: el acuerdo inicial entre paciente y terapeuta acerca de las metas y tareas tiende a beneficiar la calidad del vínculo; a la inversa, si se producen tensiones acerca de éstas, como sucedía frecuentemente entre Andrea y él, el vínculo adecuado permite negociar un acuerdo.


Según Safran es en este punto donde el pensamiento relacional impactó sobre sus desarrollos de la perspectiva de Bordin (Safran & Muran, 2000; Safran, Muran, Samstag & Stevens, 2001, 2002). El concepto de negociación se le fue imponiendo como un puente cada vez más importante entre las conceptualizaciones de Bordin acerca de la alianza, su propio programa de investigación sobre ruptura de la alianza y el pensamiento relacional. Se reconoce en deuda con Mitchell (1993), Pizer (1998) y Benjamin (1988) quienes, desde sus diferentes perspectivas, enfatizaron el concepto de negociación.


Las metas y tareas terapéuticas son parte sustancial del proceso de negociación inevitable en toda tarea terapéutica. Esta negociación en los momentos en que el proceso transcurre suavemente puede darse de manera levemente consciente; por ejemplo, el terapeuta puede decidir, casi sin pensar, no hacer una determinada intervención por tener la sensación de que el paciente no la encontrará útil, o el paciente puede otorgarle al terapeuta el beneficio de la duda. Es en los momentos más álgidos, en los que se produce un quiebre o ruptura abierta de la alianza terapéutica, cuando la negociación pasa a primer plano.


La negociación es central en el proceso, ya que permite que paciente y terapeuta se beneficien de la colaboración constructiva diseñando metas y tareas específicas. Considera un continuo desafío a la existencia humana el aprender a negociar las propias necesidades versus las necesidades de otros (Safran, 1993a). En otros textos (Safran & Muran, 2000; Safran, 2002ª), Safran consideró este continuo desafío como tensión entre dos necesidades básicas: la de ser agente y comandar al propio self y la de estar relacionado (Aron, 1996; Bakan, 1966; Greenberg, 1991). Ambas necesidades básicas humanas están inevitablemente en conflicto y en relación dialéctica una con otra. La verdadera autonomía (opuesta a dependencia), sólo puede alcanzarse en un contexto relacional (p ej, una base segura), mientras que la verdadera relacionalidad (opuesta a simbiosis) es posible previo logro de cierto grado de autodefinición e independencia.


Para el autor, gran parte de los problemas que llevan los pacientes al tratamiento se relacionan con las dificultades en negociar constructivamente la tensión entre las necesidades de agencia versus de relación. En el tratamiento, el paciente se ve inevitablemente llevado a negociar tanto lo interpersonal como lo intrapsíquico. A nivel interpersonal a través de una continua negociación tanto consciente como inconsciente entre las subjetividades de paciente y analista, mientras que a nivel intrapsíquico son las necesidades del paciente de ser agente y de estar relacionado las que se están negociando continuamente. Se trata de un proceso de negociación continua que permite al paciente reconocer si vive el mundo como potencialmente negociable o si se ve en necesidad de comprometer su sentido de integridad en aras de mantenerse relacionado (Benjamin,1990; Mitchell,1993; Pizer,1998; Safran, 1993a; Safran & Muran, 2000).


El caso de Andrea ejemplifica claramente cómo las metas y tareas proveen el campo para este tipo de negociación. En este proceso se da una verdadera confrontación entre individuos cuyas necesidades y perspectivas entran en conflicto, buscando ambos la medida en que pueden acomodarse a la perspectiva del otro sin comprometer su individualidad de manera significativa.


Para Safran esta conceptualización tiene la ventaja de refutar la crítica que equipara alianza con conformidad, haciendo innecesaria la distinción entre aspectos transferenciales y reales de la relación, ya que el sentido de las metas y tareas está determinado tanto por las experiencias relacionales previas como por los aspectos emergentes de la relación terapéutica. Muestra en su viñeta clínica cómo el estar abierto a trabajar entre sesiones pareció mostrarle a Andrea su buena disposición para guiarla, y nutrirla como nunca lo hicieron sus padres. Asume que seguramente algo de la matriz de su relación con Andrea (incluidos sus sentimientos acerca de ella y de proporcionarle la clase de guía que ella le demandaba) jugó un papel importante en colorear la experiencia de ésta sobre sus acciones. Posiblemente, en otra díada terapéutica la paciente hubiera podido experimentar estas tareas como intento de manipulación o control.


Considera que desde la perspectiva del terapeuta el sentido de las metas y tareas está modelado por sus propias experiencias relacionales previas y por la lealtad a los valores de la comunidad profesional con la que se encuentre identificado (Aron, 1999). Para un analista clásico, no hacer una interpretación transferencial por considerar que el paciente no la encontrará provechosa sería vivido como un asalto a su identidad profesional.


Considera que otra ventaja de esta conceptualización es que destaca la interdependencia entre la técnica y los factores relacionales. Diseñada bajo la influencia del pensamiento relacional contemporáneo (p. ej, Aron, 1996; Mitchell, 1988), postula que toda intervención sólo puede ser comprendida dentro del contexto relacional en que se realice, pudiendo impactar positiva o negativamente sobre el vínculo, o ser más o menos facilitadora de la tarea según el sentido que tenga tanto para el paciente como para el terapeuta y de la cualidad del vínculo entre ambos. En contraste con la conceptualización tradicional de la alianza, esta reformulación afirma, de manera consistente con el pluralismo teórico propio del pensamiento relacional actual, que se puede llegar al cambio por distintos medios, no considera que la meta sea sólo el insight y que la intervención de elección sea la interpretación. Para Safran esta conceptualización es más dinámica caracterizándose por su énfasis en la mutualidad.


Si bien teóricos como Sterba, Zetzel y Greenson sostienen la importancia de que el terapeuta facilite la instalación de la alianza terapéutica, finalmente terminan asumiendo que el paciente debe identificarse con el analista y adaptarse a su conceptualización de las metas y tareas del tratamiento. En cambio, Safran remarca la importancia del mutuo acuerdo sobre las metas y tareas del tratamiento y del rol determinante de una continuada negociación y acomodación mutua. 


Resumiendo algunos aspectos de su programa de investigación, el autor comenta que en la última década implementó, junto a sus colegas de investigación en psicoterapia, un modelo de investigación llamado análisis de tarea relacionado con los modelos paradigmáticos (Greenberg,1986; Rice & Greenberg,1984; Safran, Greenberg & Rice,1988), buscando desarrollar vías de resolución de la ruptura de la alianza (p. ej, Safran,1993a,b; Safran & Muran,1996; Safran, Muran & Samstag,1994; Safran et al, 2001,2002).


Fijaron como tarea de interés la reparación de la ruptura de la alianza y se dedicaron a identificar modelos tendentes a facilitar su resolución exitosa. Llegaron a considerar al proceso terapéutico como una secuencia de estados recurrentes que se da en patrones identificables. La identificación de estos estados y el subrayar patrones de transición entre ellos les permitió desarrollar un modelo estimulante para los clínicos. La meta de esta investigación no fue generar modelos rígidos, sino ayudar a los clínicos en el reconocimiento de los patrones que facilitarían las intervenciones a lo largo del proceso.


Lo paradigmático del "análisis de tareas" es que se trata de un proceso cíclico continuo entre la teoría que genera hipótesis a verificar y la observación que ayuda a redefinir la teoría (Greenberg, 1986; Safran, Greenberg & Rice, 1988). Fueron los desarrollos teóricos del psicoanálisis relacional actual los que ayudaron a refinar su modelo de resolución.


Este modelo consta de cinco estados, caracterizados cada uno por un patrón de relación particular entre paciente y terapeuta: 1) puesta en acto de la ruptura de la alianza; 2) ruptura e inicio del proceso de desinvolucrarse; 3) exploración de la experiencia del paciente; 4) exploración de la evitación; y 5) emergencia de los deseos subyacentes. Aunque lo típico del proceso se desarrolla en progresión del primero al último paso, por lo general tiende a repetirse un ciclo de ida y vuelta entre ellos. Es un proceso no lineal.


Safran enfatiza que el proceso se resuelve dentro de un contexto de una matriz transferencial-contratransferencial compleja y furtiva en la que ambos participantes van y vienen cíclicamente entre un mayor o menor grado en su modo de estar involucrados en la configuración que produce la ruptura de la alianza.


En el primer estado, paciente y terapeuta se encuentran en una configuración relacional que lleva a la ruptura, el terapeuta puede ya tener un cierto grado de conciencia de que se halla ante una ruptura o un impasse, pero aún no se ha puesto a reflexionar sobre su participación en la configuración actual. Se han identificado dos tipos de rupturas: ruptura en retirada y ruptura confrontativa. En la primera, el paciente negocia con la tensión en la relación retirando parcialmente del terapeuta algún aspecto de su propia experiencia o del proceso terapéutico. En el segundo tipo de ruptura, el paciente pone en evidencia angustia, resentimiento, o insatisfacción con el terapeuta o con algún aspecto del proceso. Si bien algunas rupturas tienen ambas características, la diferencia entre ambas y el modo en que se resuelve la ruptura del proceso es significativa. Safran comenta que ha encontrado que los pacientes que se caracterizan por una ruptura en retirada, tienen dificultades en mostrar sus necesidades de ser agentes, mientras que aquéllos cuya modalidad principal de ruptura es la confrontativa tienen dificultades en mantenerse relacionados. El trabajo a través de la ruptura de la alianza, buscando la base para determinar metas y tareas terapéuticas, brinda la oportunidad al paciente de aprender a negociar sus necesidades de manera constructiva.


En el segundo estado, el trabajo del terapeuta consiste en enfocar explícitamente lo que fue puesto en acto en el aquí y ahora de la relación terapéutica comenzando a reflexionar acerca de la naturaleza de su propia participación. Lo que por lo general facilita el trabajo es una forma metacomunicativa que encuentra el terapeuta para posicionarse fuera del enactment, comentando sobre él incluyendo el reconocimiento de su participación en éste. Safran agrega que, si bien en este estado comienza el proceso de desinvolucrarse, éste en realidad continúa a través de todo el proceso de resolución de la ruptura.


En el tercer estado, es el paciente quien comienza a explorar y expresar sus sentimientos acerca de la ruptura de la alianza. Aquéllos en los que se presenta una ruptura en retirada no tardan en manifestar sus sentimientos negativos o deseos de ser sostenidos, o nutridos, haciéndolo de manera limitada o indirecta. Cuando se presenta una ruptura confrontativa, los sentimientos son expresados de manera culpabilizante o demandante. Comenta el autor que muchas de sus sesiones con Andrea le han proporcionado buenos ejemplos de esta clase de culpabilización y demanda. Agrega que en Ghent’s (1992) encontró la distinción entre "necesidad” e “indigencia”, lo que amplió su posibilidad de comprensión. Para un individuo cuyas necesidades de amor y sostén fueron respondidas a lo largo de su vida con negligencia o maltrato, estas necesidades se han vuelto peligrosas y sufren algún grado de disociación. En su lugar aparece a veces una demanda manipulativa, en gran medida expresión de la rabia por constante deprivación.


En el cuarto estado, ambos exploran el proceso defensivo que impide el reconocimiento y expresión de las necesidades y deseos fundamentales. Se caracteriza por alternancias entre la exploración de la evitación y de la experiencia del paciente. La primera facilita la exploración de la experiencia del paciente cuando está bloqueada. La segunda, inevitablemente, despierta más ansiedad, más actividad defensiva y la necesidad de mayor exploración de la evitación.


Encuentra dos clases de procesos defensivos primarios: ununo, consiste en la expectativa y temor a que la respuesta del terapeuta hacia las necesidades fundamentales sea de abandono, retaliación o derrumbe; el otro, en la internalización negativa de juicios acerca de las propias necesidades o deseos.


Siguiendo con el desarrollo de sus ideas, postula que en el quinto estado el paciente reconoce deseos y necesidades de los que se estuvo defendiendo. En los pacientes que presentan una ruptura en retirada, las manifestaciones de furia hacia el terapeuta por sus fallas o limitaciones se manifiestan de manera autoafirmativa. En los casos de ruptura confrontativa, aparecen deseos y necesidades que muestran una mayor vulnerabilidad, como los deseos de ser guiados y sostenidos. La respuesta del terapeuta a la expresión de estos deseos debe ser empática y de validación ya que no los considera derivados instintivos a los que se debería renunciar, sino añoranzas normales del ser humano de ser sostenido y criado, siendo necesario en algunos casos gratificar esos deseos.


Recuerda cómo le fue útil con Andrea acomodarse dentro de ciertos límites respondiendo a sus demandas de ser más activo y directivo de lo que solía ser, siendo éste el punto donde el continuo proceso de negociación discutido anteriormente cobra su mayor importancia. La intuición del terapeuta sobre lo que considera “correcto" va a determinar si gratifica o no los deseos del paciente.


Mitchell (1993) resaltaba que la manera en que se registran en la contratransferencia los deseos del paciente está codeterminada tanto por la cualidad del deseo expresado como por las características personales, valores e intereses del terapeuta. Elija o no satisfacer los deseos del paciente, lo primordial es que éste los sienta reconocidos y no invalidados como inmaduros. El terapeuta puede no conceder prolongar la sesión y, sin embargo, empatizar con el deseo y el dolor por lo no cumplido. La empatía del terapeuta hacia los deseos fundamentales y hacia el dolor de que éstos no sean satisfechos permitirá al paciente empezar a aceptarlos como legítimos, a aceptar las limitaciones del otro y, al mismo tiempo, a abandonar la búsqueda de metas inalcanzables e idealizadas (Safran, 1993a, 1999). El tránsito por este cruce dialéctico entre deseo y frustración permite al paciente forjar su capacidad para la intersubjetividad. El trabajo con Andrea buscó continuamente que ella pudiera empezar a tener una buena experiencia con él, que pudiera tolerar sus limitaciones y, al mismo tiempo, no denegar su deseo de más.


Teme que el tipo de modelo brevementemente delineado pueda dar la impresión de ser mecánico y proclive a dejar fuera el complejo y sutil interjuego afectivo entre paciente y terapeuta pleno de vida y sentido. Afirma que, por el contrario, la intensidad de los sentimientos que la ruptura de la alianza pone en juego tanto en el paciente como en el terapeuta lleva a que la tarea más profunda e importante del tratamiento sea aprovechar estos sentimientos de desesperación, necesidad, angustia, impotencia, auto-reproche, en un trabajo constructivo.


El terapeuta puede verse en dificultades en focalizar qué es lo que se está dando en la interacción si pasa a ser objeto de una intensa agresión y tiene conflictos con sus propias tendencias agresivas. Estas circunstancias pueden precipitar un colapso de su espacio interno. El tipo de trabajo interno que el terapeuta debe llevar a cabo para reabrir su espacio interior de manera que le posibilite trabajar con las rupturas de la alianza ha pasado a ser un tópico de interés para él (p.ej., Safran & Muran, 2000). 


Safran y Chris Muran, desarrollaron un manual en el que proponían el abordaje de un tratamiento diseñado específicamente con el propósito de llegar a negociar o resolver rupturas en la alianza terapéutica, (esto en el marco de un proyecto piloto subvencionado por el National Institute for Mental Health (Safran, 2002 a, b; Safran & Muran, 2000). Este enfoque es conocido como “Tratamiento Psicoanalítico Relacional Breve (BRT)”. Para facilitar la investigación, la indicación es conducirlo en tiempo breve y formato limitado (treinta sesiones). Basado en principios emergentes del psicoanálisis relacional, con la expectativa de que sea usado por terapeutas de todas las orientaciones, este abordaje tiene una manera clara y concisa de delinear y articular principios e intervenciones estratégicas. Es considerado como un tratamiento manualizado por la manera en que “las directivas están indicadas para especificar lo que los terapeutas deberían hacer y para determinar en qué momento están haciendo lo que deberían hacer.”


Considera el autor que los manuales de tratamiento psicoterapéutico pueden resultar ajenos y chocantes a algunos psicoanalistas, mientras que para las principales corrientes psicoterapéuticas dedicadas a la investigación es indispensable contar con estas guías que pauten claramente cómo deben llevarse en la práctica los tratamientos que son investigados. Ello permite a los investigadores confiar en que todos los terapeutas que aplican un determinado tratamiento estén haciendo lo mismo. Las especificaciones, principios claros y técnicas propias de los manuales de tratamiento, identificando destrezas terapéuticas de modo poco ambiguo, posibilitarían mejoras en la práctica clínica. Y, si bien continúa habiendo entusiasmo acerca de los manuales de tratamiento de parte de algunos investigadores, otros muchos lo han perdido, arguyendo que constriñen artificialmente la práctica clínica y reducen la flexibilidad y creatividad del terapeuta (e. g., Strupp, 2001). "De todas maneras, el uso de manuales y la evaluación de la adherencia del terapeuta a éste, aún es un criterio necesario en la persecución de un resultado riguroso en la investigación en psicoterapia" (Safran, 2003, p.465).


El desarrollo de esta guía precisa de tratamiento posibilitó adiestrar a clínicos de orientaciones no psicoanalíticas o con poca formación en psicoanálisis, permitiendo a los investigadores evaluar la efectividad del abordaje en diferentes contextos y difundir importantes conceptos relacionales a gran número de clínicos.


El propósito de Safran fue encontrar un equilibrio entre especificar principios y estrategias de intervención de manera clara y, al mismo tiempo, facilitar el desarrollo de la improvisación y la respuesta sensible y personal del terapeuta (Safran & Muran, 2000), poniendo énfasis en “delinear los procedimientos de formación, buscando incrementar la habilidad terapéutica para reflejar en la acción, o sea, la habilidad para responder flexiblemente a la situación emergente más que imponiendo teorías sobre ella" (Schon, 1983). Bosquejaron también procedimientos a incluir en la formación de los terapeutas que posibilitaran el trabajo con sus propios procesos internos y sus reacciones contratransferenciales de manera de trabajar constructivamente con ellas.


Confía en que las descripciones del BRT permitan a los lectores imbuirse en el "sabor relacional" del abordaje, especialmente comparado con otros abordajes psicoanalíticos de corto plazo. "Los principios llave del BRT son los siguientes: 1) asume una psicología bipersonal y una epistemología constructivista, 2) el tratamiento está conceptualizado como un ciclo continuo de enacting, desentrañamiento y comprensión, 3) supone un foco intensivo en el aquí y ahora de la relación terapéutica y una continua exploración colaborativa de la contribución de ambos (paciente y terapeuta), 4) reconoce el significado relacional de la intervención, 5) hace uso intensivo de la confesión contratransferencial y de la metacomunicación terapéutica, y 6) enfatiza la importancia de permitir que las formulaciones del proceso emerjan gradualmente mientras el terapeuta empieza a desarrollar alguna comprensión acerca de la naturaleza de su propia participación en la matriz interactiva¨. Esto contrasta con otras terapias de corto plazo que sostienen la necesidad de formulaciones certeras desde el comienzo, ya que asumen que el terapeuta está lo suficientemente desinvolucrado como para poder hacerlo" (Safran, 2002a, p.467).


Safran comenta los resultados de un pequeño estudio piloto diseñado para evaluar la efectividad del BRT como un tratamiento estratégico para lidiar con la ruptura de la alianza terapéutica. Se monitorizaron pacientes que estuvieron recibiendo algún tipo de psicoterapia dinámica a corto plazo (con un foco más tradicional de la psicología centrada en una persona) o una terapia cognitiva, también de corto plazo. A poco de comenzar identificaron aquellos que habían presentado dificultades en el establecimiento de la alianza. Ofrecieron a esos pacientes la opción de ser transferidos a un terapeuta de otra orientación. Si aceptaban, los asignaban al BRT o a una condición control (terapia cognitiva, si habían comenzado con un tratamiento psicodinámico, o tratamiento psicodinámico tradicional si comenzaron con un tratamiento cognitivo). Confirmaron sus hipótesis encontrando que los pacientes que habían sido transferidos al BRT mejoraron más que aquellos transferidos a cualquiera de los otros dos tratamientos (Safran, Muran, Samstag & Winston, 2002). Agrega que en un estudio con una muestra mayor condujeron un estudio psicoterapéutico más convencional que comparaba el BRT con la terapia psicodinámica tradicional y con la terapia cognitiva a corto plazo, en un grupo de pacientes con diagnóstico de desorden de personalidad. Descubrieron que, aparentemente, los tres tratamientos eran efectivos por igual.


Al buscar una medida más exigente para evaluar cambios clínicos significativos, encontraron que ambos -el BRT y el tratamiento cognitivo- fueron más efectivos que el tratamiento psicodinámico más tradicional. Otro descubrimiento fue que en el BRT hubo menos deserciones. Esto sugiere que si bien el BRT no es más efectivo que la terapia cognitiva para aquéllos que completaron el tratamiento, más pacientes completaron el BRT que el resto de tratamientos. Un segundo nivel de análisis confirmó que los pacientes que abandonaron el tratamiento tuvieron peores alianzas que aquéllos que los completaron. Estos descubrimientos sitúan al BRT como tratamiento de elección para lidiar con problemas en la alianza terapéutica e ilustran acerca de la manera en que los desarrollos en psicoanálisis relacional pueden contribuir con la práctica psicoterapéutica.


Safran ofrece una viñeta de su trabajo con Andrea. La mañana en cuestión no se sentía en forma ni física ni emocionalmente, debido a distintas situaciones personales. Mientras ella iba entrando a la consulta, se encontró rogando que esa no fuera una sesión tormentosa como las que solían tener. Andrea comenzó diciendo que tenía ya cita con otro terapeuta para comenzar una terapia grupal. Safran hace una pormenorizada descripción de su crispación y tensión frente a este comentario. Se encontró sorprendido y enojado, esta idea de la terapia grupal ya había sido considerada con anterioridad y habían desistido, entendiéndola como un parachoques frente a la frustración que ella decía sentir en su relación con él. Esto permitió explorar la similitud entre lo que estaba sucediendo en la relación y la tendencia de la paciente a relacionarse románticamente con más de un hombre al mismo tiempo. Safran había quedado con la impresión de que la relación seguía funcionando bien entre ellos. Ahora, en su enojo, se hacía una serie de preguntas: si ella estaba molesta por algo ¿por qué no lo comentó con él? ¿Cómo pudo pedir una entrevista para un grupo sin siquiera mencionárselo?


Mientras que trataba de calmarse y buscar decir algo útil, se encontró diciendo que se encontraba sorprendido y que le resultaba inesperado ya que había quedado con la idea de que estaban de acuerdo. Andrea le reprochó fríamente que no se hubiera dado cuenta de su frustración, y que rehusara responder a sus necesidades.


“Bueno, sí, -farfulló él- ¿Qué debo hacer yo para llegarle?” “Esto no es realmente justo” pensó. Pero antes de que pudiera montar una defensa, Andrea habló nuevamente: “De todas maneras, si comienzo el grupo tendré que dejar nuestro trabajo juntos. No estoy en condiciones de encarar ambos”.


Relatando los movimientos de su propio mundo interno en estas circunstancias, Safran comenta que se encontraba paralizado y con intensas y conflictivas emociones haciéndonos partícipes de su diálogo interior: “¿Cómo puede hacer esto después de todo lo que hemos estado procesando juntos? Todo el tiempo que toleré sus acusaciones tratando de responderle de manera abierta y no defensiva. Todas las maneras en las que me he acomodado a sus necesidades. Ella piensa que soy frío y poco continente. Me pregunto cómo se sentiría trabajando con un analista clásico”. “Pero, pudiera ser que ella esté descubriendo algo acerca tuyo” susurró otra voz en su cabeza. “Ella no es la primer persona que te acusa de ser frío y poco continente". Comenzó a culpabilizarse pero, rápidamente, comenzó a defenderse de su acusador interno: "Al diablo con ello” pensó. “He sido bueno con ella. Puede que no perfecto, pero estuve realmente involucrado, con lo mejor de mi habilidad para ayudarla”. Se encontró jugando con conceptos psicoanalíticos tratando de retomar una sensación de control “Identificación proyectiva. Enactment. Puede ser que ella necesite que muestre mis sentimientos de una manera en que su padre emocionalmente inestable nunca lo ha hecho -sigue reflexionando-. Puede ser que necesite verme fuera de mí”. En el momento en que pudo tomar distancia de la experiencia inmediata, comenzó a registrarse como levemente divertido.


Finalmente, encontraron la manera de atravesar esta ruptura como siempre lo hicieran previamente. Esta clase de experiencias lo llevaron a focalizar sobre su propio trabajo interno: la experiencia de sentirse paralizado, su lucha por intentar procesar el cúmulo de sentimientos que lo invadían: shock, angustia, autorreproche, impotencia y otros. Y despertaron en él estos interrogantes: ¿de qué manera están capacitados los terapeutas para trabajar constructivamente sus experiencias internas de modo que sea posible trabajar a través de la ruptura de la alianza? ¿Cuál es la naturaleza del estado de la mente que permite al terapeuta conectarse con sentimientos de cólera, impotencia, autorreproche y desesperación, emergentes durante las dificultades del impasse terapéutico sin autocuestionarse y sin disociarlos? ¿Cómo adentrarse en este estado de la mente y empezar a hablar acerca de este relevante proceso interno?


Si bien en los escritos relacionales se ha ido imponiendo la propuesta de acercarse de modo más personal y subjetivo a las dificultades de los enactments de la transferencia-contratransferencia, se ha prestado poca atención a explicar e ilustrar el proceso de trabajo interno que cada analista debe llevar a cabo de manera de pasar de un estado de la mente que dificulta un trabajo productivo a otro estado en que se reabra la posibilidad de hacerlo. Seguramente, esta falta de comunicación acerca del trabajo interno se deba al temor a dejar entrever material privado. Algunos autores, como Ogden y Jacobs, han provisto modelos interesantes para este tipo de escritos. Ogden (1994) tiende a reconstruir sus asociaciones flotantes que siguen momento a momento el material de su paciente. Jabobs (1991) reflexiona de manera más personal, se centra en memorias personales y en estados del self que en cierta manera resuenan con aspectos de las dinámicas del paciente. Davies (2002) provee una ojeada intrigante sobre su propio proceso interno durante un particular y difícil enactment con un paciente. Ellos proporcionaron un nuevo y rico género narrativo que puede llevar a nuevos desarrollos.


Para Safran, ese estado de la mente se caracteriza por la posibilidad de permitir y aceptar la propia experiencia, cualquiera ella sea, en vez de luchar contra ella. También por la posibilidad de contener el proceso de “dejarse ir”, entregándose a la propia experiencia mientras se reflexiona sobre ella sin enjuiciarse. Propone cultivar ese tipo de “espacio” interno que permite a los pensamientos y sentimientos emerger como son más que ejercer un rígido control sobre ellos por temor a que puedan “distraer”. Agrega el autor que cuando una intervención ayuda a reparar una ruptura de la alianza, es porque el terapeuta encontró las palabras que reflejan que ha manejado correctamente la manera de entrar en ese particular estado de la mente. Como Nacht (1962) ya sugirió, el paciente experimenta la interpretación coloreada por su percepción inconsciente de la actitud del analista hacia él. Encuentra que metacomunicar acerca de la relación terapéutica tiene como función primordial ayudar al terapeuta a entrar en ese estado de la mente en que llega a poner en palabras aquello que no las tiene (Safran & Muran, 2000). Symington (1983) se refiere a este proceso como el acto de libertad del analista.


Esta preocupación por el mundo interno del terapeuta lo lleva a tratar de experimentar con la formación en meditación (derivada de la tradición budista). Su propósito es ayudar a los terapeutas a cultivar el tipo de destreza interna necesaria para reabrir el espacio interno cuando éste ha colapsado (Safran & Muran, 2000). Se trata de una actitud enteramente compatible con la recomendación de Freud (1912a) de escuchar el material con atención libremente flotante, aunque Freud poco dijera acerca de cómo encontrar este tipo de atención. La práctica de la meditación supone una formación rigurosa y sistemática con el propósito de cultivar esta habilidad.


Una de las investigaciones realizadas sobre el proceso interno del terapeuta, encontró que los terapeutas que cursaron durante un año el programa de formación en el BRT, trabajaban más cómodos sus experiencias contratransferenciales y estaban más capacitados para reflejar en acción que aquellos que comenzaban el programa. Actualmente existe un estudio que investiga si los terapeutas que están más abiertos, aceptando su experiencia interna tal como emerge, son o no más exitosos negociando la ruptura de la alianza terapéutica.


Safran relata que una conversación telefónica con un viejo amigo (un colega que hace investigación psicodinámicamente orientada y que consideraba la orientación relacional como basura constructivista postmoderna), lo volvió hacia una pregunta que frecuentemente se hacía: ¿cómo reconciliaba él el estar comprometido con un punto de vista relacional constructivista y al mismo tiempo hacer investigación en psicoterapia? ¿Acaso no son incompatibles? ¿No es que este tipo de investigación pone en práctica un tipo de realismo y objetividad, ilusorio desde la perspectiva de una epistemología constructivista? (p. ej. Wachtel, 2002; Warren, 2002).


Su respuesta a esta cuestión fue que "lo que verdaderamente implica la epistemología constructivista no es que la investigación no tiene sentido, sino que es necesario aproximarse a la investigación con un cierto grado de sofisticación filosófica” (Safran, 2001, 2002). Y que aunque las ciencias sociales conllevan un irreductible carácter interpretativo de lo social, en todas las ciencias la evidencia es interpretada a través de los ojos del observador. Más aún, las reglas de evidencia son construcciones sociales que se modifican a lo largo del tiempo. Estas disquisiciones continuas favorecen ver más allá de las propias preconcepciones.


El autor finaliza diciendo: "El verdadero asunto, creo, es el de encontrar una posición media entre los extremos del objetivismo por un lado y el relativismo radical por el otro" (Berstein, 1983). Es la lucha continua para encontrar una posición media en este tópico como en otros, lo que yace en el corazón del pensamiento relacional. Creo positivamente que esto estuvo en el corazón de Stephen Mitchell".


Este artículo muestra claramente los esfuerzos de Safran por aportar a la formación de terapeutas en psicoterapias de distintas tradiciones, la rigurosidad necesaria y la flexibilidad que les permita contar con instrumentos para lidiar con impasses y evitar fracasos terapéuticos.


La influencia del giro relacional, la búsqueda de “factores específicos” que promuevan el cambio y la preocupación por encontrar la manera en la que las variables paciente-terapeuta–técnica influyen en el proceso, lo llevan a focalizar sus investigaciones en la ruptura de la alianza terapéutica en la que encuentra la confluencia entre estas tres variables.


Conceptualiza la ruptura de la alianza terapéutica como continuo enactment transferencial-contratransferencial propio de todo proceso terapéutico que pone en riesgo el destino del tratamiento. Bajo estos supuestos investiga la ruptura de la alianza buscando qué es lo que posibilita su reparación y la continuidad de la tarea terapéutica. Su interés en la formación de terapeutas y en el psicoanálisis relacional lo llevó a incluir dentro de las variables del proceso la presencia emocional del analista.


A mi entender sostiene que la capacidad del terapeuta para acceder al estado de la mente, que facilita lo que denomina "trabajo interno”, permitiría al analista ponerse en contacto y aceptar sin juzgar sus respuestas contratransferenciales puestas en juego en el enactment. La aceptación y consideración de su contratransferencia le permitiría adentrarse sin temor en pensamientos y sentimientos para luego poder instrumentarlos como revelación contratransferencial. Estos instrumentos, junto a la plasticidad para ayudar a transitar favorablemente por vivencias de mutualidad que parecen surgir de la negociación de metas y tareas, apoya la idea de que el cambio psíquico se produce por efecto de la relación entre paciente y analista.


Quizá podamos relacionar su mencionado "trabajo interno del analista" con los aportes de Bollas (1987) quien piensa una predisposición contratransferencial en lugar de una neutralidad absoluta o de una imparcialidad científica: "me parece crucial que los clínicos encuentren la manera de poner sus estados psíquicos subjetivos como objeto de análisis a disposición del paciente y de ellos mismos, aunque todavía desconozcan el sentido de esos estados"(p.242.)


Si bien el concepto de enactment en nuestros días es controvertido, Safran parece compartir la postura de los analistas que consideran que el enactment tiene esencialmente consecuencias terapéuticas positivas (Ivey, 2008). Considero que el concepto de enactment que postula Safran está íntimamente relacionado con la propuesta de Chused (1999) para  quien el enactment sería un fenómeno imposible de eludir en el análisis siempre y cuando el analista se encuentre comprometido en él, considera que de no ser así no estaríamos frente a un verdadero análisis, también sostiene que es importante para el análisis que paciente y/o analista se pregunten acerca de lo que cada uno ha hecho.


Al enfatizar la instrumentación de la revelación contratransferencial encontramos alguna resonancia con lo expuesto por Maroda (2002): “He afirmado que el intento del analista de contener las respuestas emocionales que naturalmente ocurren , es privar al paciente de aquello que está desesperadamente buscando, tanto para validar sus propias respuestas emocionales como para alentar el sentimiento y nombrar los afectos soterrados” (p.107).


Nos resulta interesante la instrumentación de la autorrevelación como la posibilidad de inscribir nuevas experiencias en el paciente, como paso necesario en el terapeuta para empezar a desinvolucrarse del enactment y como mecanismo necesario en la reparación de la alianza terapéutica.


La conceptualización de Safran de la alianza terapéutica desde la perspectiva relacional muestra claramente el cambio que implica pasar a pensar en una psicología bipersonal en la que la neutralidad terapéutica, la contratransferencia como obstáculo, la revelación contratransferencial, la regla de abstinencia postuladas por el psicoanálisis tradicional pasan a ser “revisitadas”, para dar paso al involucrarse del terapeuta, a la búsqueda activa por parte de éste de sus respuestas contratransferenciales como instrumento de comprensión, respuestas que pasarán a ser instrumentos para promover el cambio a través de su explicitación cuidadosa.


Posiblemente podríamos relacionar ese particular "estado de la mente” del que nos habla Safran con la capacidad de autorregulación emocional que permitiría contener y regular las emociones, capacidad necesaria aunque no suficiente en la formación de terapeutas. Por lo tanto me resulta llamativo que en este artículo Safran parece considerar suficiente para la formación de terapeutas lograr, a través del training en meditación, el estado de la mente que permite reabrir el espacio interno para contener las vivencias y pensamientos contratransferenciales. Personalmente no creo que pueda suplantar el análisis personal en la formación de todo psicoterapeuta.


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