Hans Loewald: su reconocimiento en la actualidad [Chodorow, N.J., 2008]

Publicado en la revista nº034

Autor: Araiza Alba, Paola


Este trabajo consta de dos reseñas, en primer lugar una del trabajo de Nancy Chodorow " Introduction: the Loewaldian legacy" y a continuación del trabajo de Rosemary Balsam "The essence of Hans Loewald", ambas publicadas en el Journal of the American Psychoanalytic Association en 2008.



Reseña: Introducción: el legado de Loewald. Introduction: the Loewaldian legacy, Nancy J. Chodorow. J Am Psychoanal Assoc 2008; 56; 1089


Esta es la reseña de un artículo publicado en el Journal of The American Psychoanalytic Association, el cual a últimas fechas ha dedicado varios artículos a la figura de Hans Loewald debido al auge que han tomado sus aportaciones en la práctica psicoanalítica, por lo que de igual manera queremos resaltar su figura y su gran legado mediante esta reseña.

Damos inicio con una pequeña biografía del autor y posteriormente pasaremos a la reseña del artículo escrito por Chodorow para la revista de la Asociación Psicoanalítica Americana.

Loewald nació en Francia en 1906, hijo de padre judío que abandonó a la familia;  fue criado en Berlín por su madre, donde estudio filosofía, posteriormente se fue a Roma donde realizo estudios de medicina y psiquiatría, emigrando en 1939 a los Estados Unidos. Hizo su formación psicoanalítica en el instituto de la Baltimore-Washington Psychoanalytic Society y publicó sus primeros artículos a principios de la década de 1950. Se convirtió entonces en una de las figuras eminentes de la escuela psicoanalítica de  Nueva Inglaterra, en New Haven, y enseñó psiquiatría en la Universidad de Yale.

Hans Loewald constituyó una excepción en el mundo psicoanalítico norteamericano, cuyas opciones positivistas rechazaba, mostrándose particularmente crítico de la corriente de la psicología del yo. Su formación filosófica, la fineza de su lectura de la obra de Freud, su rechazo a toda reducción de la segunda tópica freudiana, su concepción deliberadamente no biológica de la teoría de las pulsiones y su interés particular por la pulsión de muerte, así como el privilegio que atribuía al lenguaje, son algunas de las muchas cosas que lo distinguen.

Con este artículo Chodorow pretende ofrecer una introducción del gran legado que Loewald dejó tanto a la teoría psicoanalítica, la metapsicología, y la epistemología como a la relación clínica y la acción terapéutica, a sus fracasos y a su desarrollo.

Comienza marcando que el trabajo pionero de Loewald y considerado una de las grandes obras de la segunda mitad del siglo XX  es “On the Therapeutic Action of Psychoanalysis” (1960).En este trabajo Loewald da una imagen evocadora del análisis como un proyecto de convertir a los fantasmas en  antepasados. Da una visión desafiante de la transferencia, de la que afirma que es “patológica en la medida en que el inconsciente es una multitud de fantasmas”, y afirma que:

"Sin este tipo de transferencia (que proviene de la intensidad del inconsciente, de las formas infantiles de experimentar la vida que no tienen lenguaje y poca organización y que son indestructibles ya que contiene el poder de los orígenes de la vida) al preconsciente y a la vida presente y a los objetos contemporáneos, la vida humana se convierte en estéril y una concha vacía… nuestro presente y las experiencias actuales tienen una intensidad y profundidad en la media en que están en comunicación (interacción) con el inconsciente infantil; que son las experiencias que representan la matriz indestructible de todas las subsiguientes experiencias”.

Chodorow menciona que el documento antes citado argumenta la interacción básica que existe entre la investigación analítica y la relación analítica, donde el analista es puesto como un nuevo objeto y como “co-actor en la escena analítica” se trata de “el problema central de las relaciones entre el desarrollo de las estructuras psíquicas y la interacción con otras estructuras… la conexión entre la formación del yo y las relaciones objetales”. Con lo que argumenta que visto de esta forma, el análisis no es tan simple como el solo reflejo caracterizado por una escrupulosa neutralidad, sino que debe ser  una “reactivación” del desarrollo de la infancia. Según esto, los cambios que ocurrirán en el paciente en términos intrapsiquicos serán en aspectos tales como: el desarrollo del ego, internalizaciones, cambios estructurales, y en vivenciar la experiencia preconsciente y consciente con una resonancia en el inconsciente.

Chodorow enfatiza que Loewald, en sus posteriores trabajos, marca una clara y fina tendencia, menciona que tanto el paciente como analista son la misma clase de seres, cuyos egos están formados, cuyas transferencias y resistencias están presentes (puestas en acto) y en continua interacción. Declara que el psicoanálisis no es una ciencia natural clásica, donde los sujetos estudian a los objetos, porque los objetos de estudio en psicoanálisis son los propios sujetos, y porque todo el proceso de investigación involucra interacciones entre sujetos en el cual ambos, investigador e investigado, están involucrados en el mismo proceso psíquico; son el mismo tipo de organización, se influyen mutuamente, y cambian:

“el objeto de investigación, el analizado, así como también el investigador, el analista, aunque cada uno tiene un cierto grado de organización psíquica interna y una relativa autonomía con respecto al otro, pueden entrar en una investigación psicoanalítica sólo debido a que son sistemas abiertos, y abiertos hacia los demás”.

Loewald  piensa en la psique y retrata el desarrollo individual y la experiencia, tanto en la vida como en el análisis, en términos topográficos y estructurales. Artista y medio no son un trío de co-construcción, son dos sujetos separados, cuyas mentes trabajan en el mismo camino, pero que juegan, para volver a la idea de co-actores en el escenario, con diferentes papeles y en donde las transferencias, resistencias, y fantasías de sólo uno de ellos deben ser el foco del tratamiento.

Debido a lo anterior Chodorow menciona que Loewald es un híbrido, ya que es ante todo un psicólogo del yo freudiano. Escribió acerca de las pulsiones, incluyendo la pulsión de muerte, y acerca de la internalización, la conformación de la estructura psíquica, la individuación edípica, y la transferencia explicada como llevar las relaciones de objeto del pasado a un nuevo objeto. Pero esta perspectiva es igualmente topográfica: la transferencia se mueve entre el inconsciente y preconsciente y entre proceso primario y secundario. A esto se añade que él no era un analista de niños, pero sus puntos de vista, desde sus más tempranas aportaciones hasta su último libro, son sobre el desarrollo y sobre aspectos no sólo edípicos sino también pre edípicos. Tanto como psicólogo del yo, como topográfico, Loewald en su práctica clínica se centra sobre la evolución, el desarrollo y la expansión de la psique del paciente, pero al mismo tiempo destaca la función constitutiva de las relaciones de objeto (primarias: relación madre-hijo) en la interacción de la psique y en el cambio psíquico. Su conceptualización del encuentro analítico es, en este sentido, intersubjetiva, se centró en las relaciones (asimétricas)  entre los dos sujetos (paciente y analista) en la consulta. Loewald trabajó técnicamente con las pulsiones, las defensas, las resistencias, el conflicto y la formación de compromiso, se centró específicamente en qué es lo que desarrolla y constituye la acción terapéutica.

Chodorow cita a James McLaughlin para hacernos ver la importancia indiscutible que tienen los escritos de Loewald para el psicoanálisis, McLaughlin afirma que los escritos de Loewald se caracterizan por su profundidad y su alcance y no por su cantidad, sus aproximaciones a Freud y su claridad conceptual, su precisión y su elegancia son irremplazables. McLaughlin (1966, p. 901) afirma que en Loewald se encuentra “tanto la claridad incisiva como la ambigüedad poética”.  Chodorow menciona que a pesar de lo anterior, el nombre de Loewald no está asociado a ningún enfoque psicoanalítico como la psicología del yo, la psicología del self,o el psicoanálisis relacional, ningún teórico contemporáneo ni profesionales del psicoanálisis se define como loewaldiano como algunos se definen a sí mismos como klenianos, kohutianos, bionianos, o winnicottianos. Chodorow menciona que los que han escrito sobre Loewald, que podrían considerarse a sí mismos como loewaldianos, son un grupo pequeño (pero eminente), al que ella se une y al que pertenecen, entre otros: Arnold Cooper, Larry Friedman, Gerald Fogel, sus colegas de New Haven como Rosemary Balsam, Stanley Leavy, y Robert White, otros analistas como Jonathan Lear, Joel Whitebook, McLaughlin, Richard Simpson.

Sobre el legado de Loewald, Chodorow  menciona las aportaciones de varios profesionales y comienza con las contribuciones de Larry Friedman y Ted Jacobs. Cada uno a su manera, dando vueltas alrededor de un problema similar, describen cómo fue para ellos conocer a Loewald a través de sus escritos, en el tiempo en que cada uno luchaba, clínica y teóricamente, con lo que parecían ser retos muy difíciles, contradicciones y lagunas en la teoría clásica de la acción terapéutica y en la técnica clásica. Jacobs comienza su aportación a partir de principios acerca de la personalidad del analista en relación con el paciente y el papel de la interacción en el tratamiento, temas que se han convertido en distintivos de su pensamiento clínico y sus escritos. Friedman comienza con el paciente, lo que nos lleva incisivamente al corazón de la incompatibilidad fundamental que se encuentra como un principio practico entre la teoría de la vida psíquica y la teoría de la acción terapéutica: en la teoría clásica no hay motivación interna del paciente para el cambio, sólo motivación para resistir los cambios. Rosemary Balsam, en un trabajo que reseñamos a continuación, nos da una perspectiva personal al conocer y ser supervisada por Loewald, de su actitud hacia el paciente y su comprensión de la psique, presentando a Loewald como un maestro viviente en el aspecto clínico y teórico.

Jacob y Balsam, en la segunda parte de sus contribuciones sobre el legado clínico de Loewald, se centran en los principios rectores y breves ilustraciones clínicas con la finalidad de llenar el vacío, a menudo mencionado por los lectores de Loewald, en cuanto al poco material clínico encontrado en sus escritos (de hecho, este brillante escritor sobre el proceso psicoanalítico y la acción terapéutica es llamado el teórico clínico; McLaughlin se refiere a Loewald como el teórico que da una descripción clínica implícita en sus escritos sobre el trabajo del analista). Ellen Pinsky, muestra cómo el desarrollo de la visión de Loewald y sus formulaciones particulares sobre la relación madre-hijo, paciente y analista, la influenciaron en su desarrollo psicoanalítico. Pinsky ante la cruda realidad de la muerte repentina de su analista (cuando ella estaba en formación analítica) encontró que Loewald, mediante la descripción de cómo es un analista y lo que éste proporciona, le dio una luz, logró una visión internalizada de qué se pierde ante la desaparición de un analista y por lo tanto de qué era lo que había en esa relación

Chodorow termina el artículo mencionando que los trabajos relacionados con el legado de Loewald son un escalón de un proyecto en ciernes, son una conversación en curso,

en la que todos pueden, con suerte, tener su propia "intensidad y profundidad en la comunicación (interacción)” con Loewald, pensando en Loewald en relación con su propio trabajo, lo que permite interiorizar más a este autor y, como "relativos sistemas abiertos," aprender unos de otros. Con ello se puede ganar una comprensión más profunda a medida que siga la creación del legado loewaldiano.


Reseña:La esencia Hans Loewald. The Essence of Hans Loewald. Rosemary H. Balsam. J Am Psychoanal Assoc 2008; 56; 1117


Para dar inicio a esta reseña creo oportuno mencionar algunos aspectos importantes sobre su autora y la relación que mantuvo con Loewald. Rosemary Balsam, miembro del :The Western New England Psychoanalytic Society and Institute (Instituto y Asociación de Psicoanálisis de Nueva Inglaterra Occidental), de la que fue presidenta entre 1991 y 1993 y miembro del comité de enseñanza, capacitación y supervisión de los psicoanalistas, conoció personalmente a Hans Loewald debido a que fue el asesor para su tesis de graduación, publicada más tarde como "Una transferencia especial: el paciente perfecto" (Balsam, 1984), y también trabajaron juntos, por lo tanto es considerada una de las seguidoras de Loewald.

Al comienzo de este articulo, Balsam utiliza la siguiente frase: “mi Loewald puede no ser el Loewald de otros", debido a que ella trabajó y convivió con él; además sabemos que era su supervisor, por lo que segura y lógicamente tenga una perspectiva diferente a la que otros puedan tener sobre él. Comenta que Loewald era un hombre delgado, una presencia silenciosa, que colocaba siempre su mano en la frente como la escultura de Auguste Rodin “El pensador”, un hombre dado a la escucha receptiva, reactiva, con poco flujo de palabras, pero incisivas, una persona directa que no se iba por las ramas. Asustó a algunos con su aire de austeridad, pero también tenía un brillo travieso y una gran disponibilidad para ver el humor. Balsam comenta que ella al igual que otros, se sentía muy libre en su presencia a pesar de su formalidad y su caballerosidad y cree que por su brillantez, era una persona privada y no el tipo de artista carismático que crea escuelas o discípulos; era un analista que estaba en contra de presionar la división política en el análisis. Era evidente que disfrutaba de la vida en familia, de escuchar música y de la actividad solitaria de la escritura en su estudio; también amaba los coches rápidos, conducía un BMW amarillo.

Loewald como teórico

En este apartado, Balsam comenta que Loewald conservó aspectos de la creatividad y de los desafíos de Freud y menciona que más que ningún otro pensador postfreudiano, no sólo no despreció a Freud, sino que fue uno de los que optó por construir en su misma línea, manteniendo en todas sus aportaciones un intenso diálogo con él. Balsam menciona que Loewald se refería a Freud como una “fuerza de mando viva” a pesar de nunca haberlo conocido, una fuerza con la que creció y que sentía presente a través de sus escritos. Y puede decir que Hans Loewald verdaderamente interiorizó la obra de Freud y la hizo suya. Sobre este principio, es capaz de ser a la vez conservador y revolucionario. Él desarrolló una teoría estructural más dinámica (integrando una teoría progresiva de los instintos y preservando elementos de la teoría topográfica) además de ampliar la teoría de las relaciones de objeto, iniciada por Freud.

Para Balsam, la esencia del trabajo de Loewald reside en tres ámbitos: 1) la creación psíquica de la madre y el niño juntos; 2) su aceptación de los elementos más básicos de nuestra naturaleza animal, como el dar y tomar de la crianza, las luchas por la independencia, la lucha por la supervivencia como una parte integral del aumento en la capacidad de la mente para la creación y la sublimación; y 3) su explicación de el logro del desarrollo de la psique momento a momento. La habilidad de Loewald de traer a la vida el submundo preedípico del narcisismo y las identificaciones constituyó una brecha en una era de actitudes clínicas peyorativas hacia las personas con psicopatología narcisista.

Balsam menciona que, a diferencia de los analistas postmodernos que creen que la biología se debe abandonar a fin de adoptar plenamente la psicología, Loewald nunca abandonó la teoría del instinto biológico de Freud, sino más bien apoyó el cambio de Freud en cuanto la visión de un sistema cerrado (la versión más temprana) de la teoría, a la creación de aspectos para su versión de un sistema abierto. Freud hacía una conexión fundamental de los objetos con la libido y el entorno, en un sistema de diferenciación progresiva. Esta tendencia y con el perfeccionamiento de Loewald en su obra “Ego and Reality”, plantea en un sentido más moderno, una dimensión biológica y fisiológica profundamente arraigada a la vida psíquica humana, que admite más de nuestra herencia animal que aquellas personas que niegan los aspectos biológicos. Menciona que en 1960 Loewald escribe:

“La organización del aparato psíquico recae, sobre la base de las estructuras neuroanatómicas y neurofisiológicas, procedentes de la mediación de una organización mayor con el medio ambiente del organismo infantil. De la misma forma la unidad y organización del medio ambiente en formas o configuraciones inicia, y se continua en la organización del yo y de los objetos, por medio de métodos tales como la identificación, introyección y proyección”.

Loewald describe cómo esto funciona en un nivel superior de integración entre los cuerpos y almas de los padres y el niño:

"El niño, por la internalización de los aspectos de los padres, también internaliza la imagen de los padres del niño, una imagen que es transmitida al niño en mil formas diferentes de ser ( física y emocionalmente) el manejo corporal y la preocupación por el niño, la forma en que el niño es alimentado, cómo es tocado, limpiado, la forma en que es mirado, la forma en que le hablan, lo llaman por su nombre, en que es reconocido y vuelto a reconocer, todos estos y muchas cosas más son formas de comunicarle a él su identidad. La igualdad, la unidad y la individualidad, lo forman y le moldean de modo en que él pueda empezar a identificarse. Para sentirse y reconocerse como uno y separado de los demás, pero aun con otros".

Loewald amaba el mundo de los significados y del lenguaje, pero, sobre todo, el lenguaje de Freud. Loewald volvió a traducir escritos de Freud para poner en evidencia sutilezas de su lengua materna que magnificaron el dinamismo del pensamiento de Freud. Un ejemplo memorable es su re-traducción de “Donde estaba el ello, llegará a estar el yo [no "estará", como dice Strachey], there ego shall become” 1970, el otro es "atención asociativa" (“associative working over”) por "elaboración" (“working through”). Son este tipo de sutilezas las que muestran la devoción de Loewald por la idea de que siempre se encuentran elementos fluyendo en el ego, que existe un tiempo continuo; por lo tanto para Loewald la psique es fluida y constante en el acto de creación.

Balsam comenta que aunque cada grupo puede encontrar algo en Loewald que resuene con lo que ellos han tomado del psicoanálisis, las ideas de Loewald emparejan a menudo esas elecciones con un “sí, pero” más moderno. Él es más biológico en la orientación que los relacionistas como Steven Mitchell, o Gerald Fogel, un escritor de otra manera muy elogioso de la capacidad integradora de Loewald como pensador psicoanalítico de todos los tiempos. Él es más postmoderno y deconstructivo que los psicólogos clásicos del yo como Hartmann o Kris; es más mahleriano que kleiniano, o que los teóricos del apego, con quienes podría encontrar una cierta concordancia. Es menos kohutiano que los kohutianos. Para explicarnos esto Balsam nos relata una anécdota ocurrida en 1986, mientras Loewald participaba en un simposio sobre la terminación:

“Loewald tropezó y se cayó de la plataforma. Un grito de asombro horrorizado llenó el aire. Él sólo sufrió un esguince en el tobillo. Más tarde, vendado, la gente le preguntó: "¿Dónde cayó?" él se rió, "Creo que me quedé a través de las grietas de la psicología del yo y la psicología del self, o fue ¿entre la hermenéutica y las ciencias naturales?"

Para Balsam, "eso dependería de nuestro punto de vista, se cayó bien a través de las grietas, o bien él las completó mucho”.

Para Balsam, Loewald aunque de conformidad con el posmodernismo en cuanto a desafiar la autoridad de la realidad objetiva, no es sencillamente clasificado como promotor de la igualdad. Fácilmente invoca jerarquías que para él están profundamente arraigadas en la naturaleza del aparato psíquico de los diferentes niveles de integración en la vida psíquica, desde lo arcaico a la madurez. El adulto tiene "más" por medio de una "visión informada por la propia experiencia de los padres y el conocimiento del crecimiento y el futuro. . . . una visón más articulada e integral del núcleo del ser que la que el niño presenta a los padres" (Loewald, 1960, p. 229). Este es el corazón de un gradiente del desarrollo jerárquico, que para Loewald es el medio interactivo para el crecimiento psíquico y el cambio terapéutico.

Loewald como clínico

Balsam señala, al iniciar este apartado, que intuitivamente atraída por la idea de Loewald del nacimiento de la psique como incrustada en la interacción cuidador-niño, y habiendo tenido amplia supervisión con él al principio de su carrera analítica, ha interiorizado a la perfección sus actitudes, ella cree que igual que se podría interiorizar las de un buen padre. Por lo tanto plantea que le es difícil dar cuenta de las muchas formas en que ha influido en su pensamiento, la práctica, la enseñanza y sus escritos. Loewald no creía que la esencia del tratamiento psicoanalítico estuviera en las recomendaciones técnicas. No se vio atrapado en los aciertos y errores de lo que dijo, pero estaba interesado en cambio en cómo se entiende lo que uno escucha o ve: el cuidado y la finalidad de la comunicación y el examen de las comunicaciones alternativas.

Balsam relata que en una discusión acerca de la carrera de Hans Loewald al final de su vida, él dijo con tristeza: “ustedes no pueden creer que yo en su momento fui polémico” y les comentó que fue rechazado por el JAPA (Journal of the American Psychoanalytic Association ) y es por eso fue que escribió en el IJP (Internacional Journal of Psychoanalysis). En cierto sentido, Loewald tenía razón, ya que Balsam declara que personalmente no lo considera como "polémico" sino más bien como eminentemente sensato, y pone de ejemplo la cuestión de la neutralidad en el psicoanálisis. Escribió un artículo en 1997 titulado “Active Neutrality and Loewald’s Metaphor of Theatre”, que reúne un par de las muchas influencias de Loewald sobre ella. Allí sostuvo que la neutralidad y la abstinencia son muy importantes para Loewald, pero que para él no eran una receta, sino los principios rectores en la mente del analista, elaborados en respuesta a la comunicación privada del paciente. En su esquema, el anonimato es una irrelevancia entre dos personas. Neutralidad para él es una estrategia altamente disciplinada, que consiste en una actitud a menudo discreta pero franca y emocionalmente sin maquillaje; se trata de una negociación entre el consciente, preconsciente e inconsciente en el campo analítico común. En supervisión, enseñó a Balsam que no importa la cantidad de verborrea ofrecida en el diálogo o en la interpretación puesto que la neutralidad y la abstinencia no se miden por el número de palabras utilizadas, no hay ningún número que, o bien ponga en peligro o garantice la conexión óptima. Son la actitud subyacente de la analista y sus finalidades las que cuentan. Comenta que una vez que ella le expresó su preocupación de que había hablado demasiado, él le respondió que no era para preocuparse pues eso sólo habla de la relación del individuo con el papel que tienen las palabras en su vida. Y para dejarnos esto más claro, Balsam cita a James McLaughlin (Fogel et al. 1996, quien entendió esto muy bien y dice: “al ser irlandés y crecer en una familia muy verbal, sería muy extraño para mí tratar de ser tan preciso como Hans Loewald, ¡aunque tuviera su acento alemán gracioso! Se puede utilizar muchas o pocas palabras para expresar los mismos principios".

En lo que se refiere a la labor terapéutica o acción clínica de Loewald, Rosemary comenta que fue muy imaginativo a favor del paciente. Las actitudes del paciente derivaban del lenguaje, las imágenes, el tono afectivo, y el lenguaje corporal que se generaban en la sesión. Siempre veía la historia del paciente como codificaciones para el comportamiento. El analista era un interlocutor imaginario en una obra de teatro contemporánea de un pasado por etapas de desarrollo. Loewald veía al analista como el que podría intentar esclarecer el pasado. Paciente y analista eran coautores de este drama, en el que también había partes. Para él, la objetividad empática del analista es esencial para fomentar y preservar la vitalidad de este intercambio y para ayudar al paciente a leer el guión preformado de su vida. La finalidad del análisis para Loewald, era que los pacientes poco a poco pudieran hacerse cargo de todos los papeles y funciones (de su propio drama).

Balsam, para dar término a este articulo, amplia la visión clínica de Loewald con otro principio que resuena en sus escritos y es la idea acerca de sostener y confiar en una imagen de lo que el analizado puede llegar a ser. Cita a Loewald cuando dice:

"como en la escultura, debemos tener, aunque sólo sea en rudimentos, una imagen de lo que el paciente necesita ser. El paciente, revelando a sí mismo con el analista, proporciona los rudimentos de esa imagen a través de todas sus distorsiones; una imagen que el analista tiene que sostener en su mente, manteniendo así en custodia para el paciente a quién constantemente se le pierde. Es este vínculo recíproco y tenue que representa el germen de una nueva relación de objeto "(1960).