Verdad narrativa, verdad histórica (II) [Spence, D., 1982]

Publicado en la revista nº035

Autor: Muñoz-Grandes López de Lamadrid, María

 


Verdad Narrativa, Verdad Histórica


Reseña: Narrative Truth, Historical Truth, Donald Spence (1982). Norton &Company Ltd. New York. (Segunda parte)


Autora: Muñoz-Grandes López de Lamadrid, María


Este es uno de los textos pioneros de la revolución epistemológica en psicoanálisis. Su lectura es fundamental para comprender el cambio del paradigma objetivista al paradigma constructivista que se está produciendo en el psicoanálisis contemporáneo. Debido a la relevancia de esta obra, la estamos reseñando en dos partes. En la primera parte, publicada en el nº 033 de la revista, nos ocupamos de los cinco primeros capítulos, y en este número de Aperturas, reseñamos los cinco últimos capítulos. De este modo, pretendemos facilitar al lector una comprensión en profundidad de las propuestas que Donald Spence nos hace en “Narrative Truth, Historical Truth”.


(Nota: para facilitar la lectura del texto, la autora de la reseña presenta en cursiva lo que considera que son las afirmaciones fundamentales del autor del libro y entrecomillado y en cursiva las aportaciones de otros autores.)


Capítulo VI: Encaje narrativo y el hecho de convertirse en realidad


La idea de que algo puede devenir realidad en el mismo acto de ponerlo en palabras, rompe con la tradición arqueológica psicoanalítica y marca un nuevo rumbo para el psicoanálisis contemporáneo. La construcción no sólo moldea el pasado, sino que en muchas ocasiones se convierte en el pasado, ya que muchas experiencias tempranas son preverbales y, por tanto, carecen de forma hasta que las expresamos en palabras.


Freud difuminó la frontera entre construcción y reconstrucción. Prácticamente en todos sus casos clínicos su suposición inicial acerca de un acontecimiento, que tuvo lugar en la infancia del paciente, acababa demostrándose como correcta. La convicción de que su trabajo consistía en traer a la conciencia lo que se había reprimido u olvidado, permitía a Freud evitar la responsabilidad de asumir que la influencia y la sugestión del analista juegan un papel crítico en el tratamiento. Por eso, explica Spence, Freud utiliza más a menudo la palabra “reconstrucción” que “construcción, pues la segunda implica la creación de algo nuevo.


Spence apunta una tendencia en el psicoanálisis contemporáneo a sustituir el modelo del descubrimiento por el de creación. Una interpretación plausible puede convertir una idea en algo parcialmente verdadero en principio y, una vez confirmada y a medida que se repite, se convierte en algo familiar y pasa a ser tomado por paciente y analista como algo completamente verdadero. Además, con el paso del descubrimiento a la creación, también hacemos un cambio en nuestra aproximación al tiempo. Si asumimos que la interpretación es creativa y que algo deviene realidad al ser afirmado, entonces giraremos el centro de nuestra atención del pasado al presente. Spence pone como ejemplo de este cambio en nuestra atención un caso clínico de Viderman (1979), en el cual un paciente relata un sueño en el que regalaba seis rosas a su padre muerto por cirrosis. Viderman (1979), en un intento por sacar a la luz los sentimientos ambivalentes del paciente hacia su padre, aprovechó la similitud fonética entre “seis rosas” y “cirrosis” y formuló la siguiente pregunta: “¿Seis rosas o cirrosis?”. En los comentarios explicativos que Viderman (1979) hace a su intervención, centra la atención en los cambios que esta construcción ocasionó en el espacio analítico. Su interpretación está destinada a abrir nuevas posibilidades, a unir ideas que estaban separadas, con una combinación nueva y posiblemente evocativa. Su destino estará determinado por cómo responda el paciente, por las nuevas asociaciones que a éste le vengan a la mente. El analista no ha intentado reconstruir una parte específica del pasado del paciente escuchando sus asociaciones, sino que ha intentado crear una nueva agrupación de ideas. Al dar esta forma a su interpretación, Viderman (1979) ha creado una figura mnemotécnica que probablemente persistirá: el sueño se ha convertido en una representación de sentimientos ambivalentes que se convertirá en una referencia útil en el futuro del tratamiento. El analista puede introducir una nueva idea, recordar al paciente temas antiguos, poner o quitar énfasis, o ampliar el material clínico en cualquier dirección. Su último objetivo, según la afirmación clásica de Ricoeur (1977, pág. 869), consiste en “aportar al historial clínico el mismo grado de inteligibilidad que pretendemos que tenga una narración”.


Encaje narrativo


Según Ricoeur (1977), los informes psicoanalíticos son un tipo de autobiografías cuya historia literaria se integra en la larga tradición que emerge de los relatos orales de la épica de los griegos, los celtas y los alemanes. Esta tradición narrativa otorga bastante autonomía al criterio de inteligibilidad narrativa. Ricoeur (1977, pág. 869) sugiere que “buscamos explicaciones cuando el proceso narrativo se bloquea y con el fin de “seguir adelante” en nuestro proceso de comprensión. Estas explicaciones serán aceptables si encajan con los arquetipos narrativos culturales, que dirigen nuestra competencia para comprender las nuevas historias”.


Atkinson (1978), en su filosofía de la historia, define la coherencia como “la comprensión unitaria, la no omisión de nada importante y la exclusión de todo lo irrelevante”. Sherwood (1969) sostiene que la narrativa psicoanalítica tiene que cumplir los criterios de adecuación y precisión. Los criterios de adecuación incluyen la consistencia interna, la coherencia, y la comprensión y sirven para definir lo que hemos denominado la verdad narrativa. Entre los criterios de precisión se encuentra el valor verdadero de las afirmaciones individuales así como el grado en que se corresponden con la verdad histórica.


Spence sostiene que la verdad histórica no basta por sí misma ya que las piezas tienen que encajar en un Gestalt o figura comprensible (la verdad narrativa), y que la verdad narrativa no podría tener lugar si todas las piezas de la narración fueran “fabricadas” (nada de verdad histórica). No obstante, la necesidad de adecuación narrativa es muchas veces dominante en la construcción de la narrativa psicoanalítica, y esto hace que se tome por verdad histórica lo que en un principio era sólo verdad narrativa. Una construcción que empezó como una contribución a la coherencia de la narrativa -el primer grupo de criterios de Sherwood (1969)- pasa de forma gradual a adquirir valor verdadero  y se llega a entender que cumple los criterios de precisión -el segundo grupo de criterios de Sherwood, 1969-. Una vez dado ese paso, la construcción se vuelve reconstrucción.


Spence argumenta que este tipo de razonamiento clínico, en el que utilizamos la coherencia de la narrativa para establecer la verdad histórica de las partes de la narración por separado, depende de nuestra definición de coherencia. Si estamos resolviendo un rompecabezas en el que cada pieza tiene una, y sólo una, posición correcta, podemos utilizar la adaptación narrativa para establecer la posición correcta de cada una de las piezas. Pero en un historial clínico psicoanalítico, la coherencia depende de criterios mucho menos precisos. Una determinada versión podría tener una serie de finales diferentes, todos ellos igualmente satisfactorios. Cada historial puede adecuarse narrativamente de varias maneras. Un determinado encaje narrativo, no es un resultado definitivo. Y por tanto, constituye una base más bien tambaleante para establecer la precisión.


Spence analiza a continuación el problema de la flexibilidad narrativa. Una narrativa es casi infinitamente elástica; esto es, aloja prácticamente cualquier tipo de prueba nueva que aparezca. Una razón que explica esta embarazosa flexibilidad es el hecho de que las narrativas dependen fuertemente de la cronología. La sintaxis de la narrativa puede representarse utilizando “y entonces…y entonces…y entonces…” (Atkinson, 1978, pág.129). Resulta fácil introducir una amplia gama de sucesos en cualquier parte de la historia. Ya que los recuerdos tempranos suelen ser vagos y fragmentarios, siempre hay un hueco en el que introducir sucesos nuevos que aumenten la coherencia y la claridad de la narrativa. Pero es mucho más complicado utilizar la narrativa para excluir ciertas posibilidades y para argumentar que, dado este recuerdo, esto y lo otro no ha sucedido. Resulta bastante más fácil conseguir el encaje narrativo que el fracaso narrativo.


En lo que se refiere a los narradores o creadores de mitos, esta flexibilidad narrativa les proporciona oportunidades de incrementar la belleza de lo narrado. Sin embargo, para el psicoanalista esta flexibilidad puede convertirse en un serio problema. Si la idoneidad narrativa se utiliza para justificar el valor de verdad de una construcción en particular, afirma Spence, los criterios de adecuación (verdad narrativa) constituyen un sustituto pobre de los criterios de precisión (verdad histórica) ya que se puede alojar prácticamente una infinidad de objetos en cualquier cronología.


Spence analiza cómo establecemos la verdad de una interpretación en psicoanálisis. Sostiene que la contigüidad es una guía poco fidedigna puesto que depende del tamaño del espacio de búsqueda. En psicoanálisis se suele tomar como una confirmación potente de la relevancia de una interpretación, el que produzca asociaciones inmediatas en el tiempo, es decir contiguas, y que estas versen sobre el mismo tema que la interpretación. No obstante, en nuestra impaciencia por encontrar una confirmación, podríamos contabilizar los diez minutos contiguos a una interpretación, de forma retrospectiva, como un período de tiempo mucho más corto. La contigüidad es siempre una función del intervalo de tiempo en cuestión, y nuestras medidas de los intervalos suelen ser subjetivas (Cita una reflexión similar de Arlow, 1979).


Respecto al uso de la convergencia temática como forma de validación de una interpretación, Spence sostiene que la similitud en cuanto al tema puede establecerse mediante el uso de conexiones y mediante la selección adecuada de subtemas. Por definición, los temas complejos están compuestos por muchas partes; dos temas complejos casi siempre comparten algo en común.


En cuanto a la similitud en significado, Spence postula que resulta sorprendentemente fácil de establecer, debido al hecho de que casi siempre podemos encontrar un conector entre dos significados. Tanto la interpretación A como la asociación A1 nos podrían recordar a B. Entonces, si podemos establecer una conexión significativa en común, nos parece que A y A1 están relacionadas. Con las conexiones adecuadas, prácticamente todas las parejas de asociación-interpretación pueden relacionarse en cuanto a su significado. Y puesto que las conexiones casi nunca se incluyen en la documentación, el lector no sabe como se ha establecido la similitud; sólo puede imaginar que el analista tenía buenos motivos para decidir que una determinada asociación era relevante. Pero si reflexionamos un poco nos daremos cuenta de que la idea mediadora adecuada suele ser más a menudo producto del almacén privado de asociaciones del analista que algo específico para el material en cuestión.


La metapsicología está siendo fuertemente cuestionada en nuestra contemporaneidad. En consecuencia, prosigue Spence, el razonamiento clínico contemporáneo, tal y como se presenta en los informes clínicos, suele depender cada vez más de la adecuación narrativa. La verdad narrativa ha tendido a reemplazar a la verdad histórica.  Este, nos dice Spence, es uno de los problemas actuales del pensamiento psicoanalítico.


El centrarse en la adaptación narrativa representa el paso al presente, al “aquí y ahora”, y al estado de la transferencia (Gray, 1973 y Gill, 1979). Parece que estamos en tierra más firme cuando basamos nuestras interpretaciones en lo que sucede en la sesión de terapia “a plena vista”, en vez de en lo que cuenta el paciente acerca de su pasado, a menudo no respaldado por testigos. Los recuerdos son modificables y no siempre son reales. A veces un recuerdo puede verse alterado por una interpretación.


Spence objeta contra el uso exclusivo de la adecuación narrativa como criterio de verdad. La narrativa psicoanalítica, con toda su elasticidad, puede abarcar prácticamente cualquier tipo de información y una vez en sus “fauces”, la información en cuestión se vuelve, ipso facto, genuina.  La prueba de la verdad se pasa inmediatamente, y la información en cuestión se vuelve legítima para siempre. No importa el carácter tentativo de la construcción, puesto que una vez que sea incluida en la narrativa en desarrollo, adquiere un estatus privilegiado.


Spence nos hace dos advertencias. La primera, que no hay que confundir la adecuación narrativa con el descubrimiento histórico; las construcciones no deberían camuflarse como reconstrucciones, y la diferencia entre los dos tipos de afirmación verdadera deberían tenerse siempre en mente.  Esto no significa que la adecuación narrativa sea menos importante en cuanto a su contribución al cambio terapéutico o en su efecto facilitador sobre el tratamiento. La segunda es que, si asumimos que como analistas tratamos con la verdad narrativa, debemos también asumir cierta restricción en cómo utilizamos nuestros descubrimientos. Igual que “el contexto del descubrimiento no equivale al contexto de la justificación” (Reichenbach, 1951), la verdad que emerge en el contexto de un intercambio analítico particular no tiene por qué utilizarse como fundamento de una ley psicodinámica general. El error más grave consiste en confundir los dos tipos de afirmación de verdad, pensar que una buena adecuación narrativa indica un descubrimiento histórico.


Contratransferencia y adaptación narrativa


Las asociaciones del analista, pueden utilizarse para establecer conexiones entre dos partes del material clínico y ayudar a facilitar la comprensión de lo que expresa el paciente. Spence resalta que muchos de estos conectores están provocados por recuerdos o fantasías propios del analista y que provienen  de su contratransferencia. Y se remite a la definición de contratransferencia de Annie Reich (1973, pág. 138): “los efectos que las propias necesidades y conflictos inconscientes del analista tienen sobre su entendimiento o técnica”. Spence sostiene que la contratransferencia está presente siempre, y no se puede eliminar. La escucha es necesariamente subjetiva y estamos constantemente moldeando la información, para entenderla, según nuestras propias esperanzas y miedos.


Contratransferencia y escucha constructiva


La escucha es necesariamente subjetiva y constructiva; estamos constantemente dando forma al material o información que recibimos. Las necesidades y deseos del analista, sus esperanzas y miedos inconscientes se encuentran constantemente dando forma a lo que él oye y cómo lo oye. La contratransferencia desempeña un papel crítico a la hora de dar forma a las interpretaciones inconscientes e informales del analista acerca de lo que el paciente está diciendo, y entra en escena mucho antes de que el analista llegue a una interpretación determinada.


El impacto que las necesidades y deseos del analista tienen en su escucha inicial de la información, no suele estar documentado, ya que casi nunca tenemos acceso ni a las palabras literales del paciente y del analista, ni a la forma en que el analista ha entendido exactamente dicha información. Las anotaciones del proceso no suelen servir de ayuda ya que éstas suelen hacer referencia a las implicaciones dinámicas de la información.


Las grabaciones tampoco ayudan demasiado. Sólo en casos excepcionales contamos con un comentario explicativo, que haya sido añadido por el analista durante la sesión en cuestión y que nos proporcione un entendimiento sobre cómo escuchó cada afirmación. Una vez concluido el caso, o incluso unas semanas después de que la sesión haya tenido lugar, suele ser demasiado tarde para pedir al analista que proporcione este tipo de explicación; los entendimientos privados son demasiado efímeros como para durar mucho tiempo en su forma original. Los deseos y miedos del analista se reprimen con demasiada facilidad. La explicación se tiene que dar inmediatamente después de la sesión, de lo contrario, probablemente nunca más tendremos la oportunidad de entender exactamente de que forma se entendió la información.


Incluso si la sesión se trascribiese con una exactitud de un 99.9%, seguiríamos sin conocer los datos más cruciales, esto es, sin conocer lo que el analista ha entendido. Las grabaciones son deficientes para ayudarnos a entender cómo el analista hace que sus propias necesidades y deseos afecten a lo que oye. Lo que se denomina “el material” en los historiales clínicos y los “datos básicos” en nuestra literatura, suele ser una mezcla de lo que se dijo y de cómo se construyó, de construcción y de hechos. No vemos explícitas ambas partes de la construcción. Cuando se trata de una grabación, casi nunca se divide en (a) la versión del paciente y (b) el concepto del analista de lo que el paciente dijo.


Basándose en el ejemplo de un caso grabado por Dewald (1972), Spence señala  la incapacidad por parte del analista de separar el hecho de su interpretación. Parece que no tiene duda de que su construcción es exactamente lo que el paciente tenía en mente. Lejos de pensar que su intervención es una de las muchas alternativas posibles, piensa que está proporcionando la única respuesta correcta.


Los deseos y necesidades inconscientes del analista participan en el entendimiento preliminar de lo que expresa el paciente. La contratransferencia forma parte del tratamiento en un grado mucho mayor de lo que pensamos. Si una interpretación representa una decisión creativa, o una elección posible entre varias, entonces los propios miedos y deseos del analista, inevitablemente tienen que formar parte de la elección de una intervención en particular.  En el ejemplo publicado por Dewald (1972), los motivos que le llevan a dar esta determinada respuesta, son competencia privilegiada del analista. Necesitaríamos que los hiciera explícitos para obtener una versión comprensiva de la sesión. Estas razones son las que los analistas suelen dar por sentadas.


Annie Reich (1977) nos dice que la competencia para comprender no está basada, solamente, en razonamientos lógicos. Con frecuencia, la comprensión de la información se da de forma repentina. De pronto, la presentación confusa e incomprensible tiene sentido, los elementos desconectados se convierten en una Gestalt o figura comprensible. Reich (1977) habla del modo en que se da el entendimiento dinámico; algo parecido al entendimiento semántico. Puesto que el entendimiento y la comprensión suelen ser instantáneos, el analista no suele ser consciente de hasta qué punto ha moldeado la información. Cada una de esas decisiones las toma el analista inconscientemente; es consciente de que entiende el contenido semántico, pero no de que el acto consistente en entender es el resultado de una complicada serie de maniobras, que inevitablemente, han añadido algo a lo que se está diciendo. Tampoco se da cuenta del carácter inconsciente de las bases de muchas de estas decisiones. Si lo que el paciente expresa es incompleto y el analista tiene que proporcionar el contenido que falta, la elección de éste dependerá de la mezcla de los sentimientos privados del analista con las necesidades del paciente. La reorganización de la información casi siempre es instantánea. Esta velocidad es un requisito del entendimiento fluido.


Cuando el analista traduce de forma inconsciente parte de la información del paciente en algo que tiene sentido conceptual, da por supuesto que esta construcción equivale a todo lo que ha dicho el paciente; que lo que él ha creado, es lo que en realidad pensaba el paciente. Y una vez creada, la construcción deviene realidad. El analista no suele ser consciente de estar haciendo una elección. Su valor verdadero está tan bien establecido que probablemente le sorprenda el pensar que también habría sido posible otro tipo de reorganización.


Adaptación narrativa y cambio conceptual


Spence está de acuerdo con Gill (1979), en que una de las características más preocupantes del pensamiento psicoanalítico es que suele ser más cíclico que acumulativo; la desaparición de los viejos conceptos psicoanalíticos es temporal. El cambio de enfoques es más una cuestión de modas pasajeras que el resultado de nuevos avances conceptuales. La falta de investigación es uno de los motivos de la naturaleza cíclica del pensamiento psicoanalítico, pero la razón más básica reside en el tipo de prueba utilizada para respaldar los conceptos psicoanalíticos. La justificación de un nuevo concepto suele depender más del hecho de darle un nombre y encontrarle un hogar narrativo que de una prueba en sí; y la prueba, si es que se da, suele ser de segundo orden o incluso peor. La aceptación y validación de nuevas ideas en el desarrollo del pensamiento psicoanalítico, sigue en gran medida el mismo patrón que la aceptación y validación de interpretaciones durante una sesión clínica. Los conceptos nuevos se comportan, en gran medida, como construcciones ya que cubren la conexión que falta en la cadena de razonamiento sin aportar necesariamente muchos datos de apoyo.


Para analizar este proceso de forma más detallada, Spence estudia el desarrollo del concepto de la alianza terapéutica. Para ello identifica primero algunos principios generales que están relacionados con el tema del cambio conceptual.


En su debate sobre la cuestión de la prueba en el psicoanálisis, Ricoeur (1977) establece cuatro criterios para definir lo que constituyen hechos en la situación clínica. Para calificar un objeto como hecho psicoanalítico, Ricoeur (1977, págs.836-43) señala que éste tiene primero que ser capaz de ser dicho; en segundo lugar, tiene que ser dicho a otra persona; tercero, tiene que representar una parte de la realidad psíquica; y cuarto, tiene que ser capaz de introducirse en una historia o narrativa. Spence utiliza los mismos criterios para explicarnos como se identifica un nuevo concepto en la teoría psicoanalítica. Primero, hay que darle un nombre al concepto, acto que supone, en sí mismo, una especie de validación que contribuye de un modo importante a su valor verdadero. Una vez nombrado, está en proceso de devenir realidad sin importar su posterior validación. Segundo, el nuevo concepto necesita ser introducido en la literatura (ayuda sí alguien con cierta autoridad profesional lo respalda). Tercero, tiene que cubrir las necesidades de la experiencia clínica colectiva de los psicoanalistas de una época. Por último, tiene que ajustarse a su noción de adecuación narrativa. Si un nuevo concepto cumple estos cuatros criterios, tendrá bastantes posibilidades de sobrevivir en el tiempo y la posterior validación, basada en las reglas convencionales de las reglas de prueba, será más o menos irrelevante.


Las consecuencias de esto, prosigue Spence, son que si un nuevo concepto depende más de la denominación y de la adaptación narrativa que de la validación de pruebas, entonces el rechazo de un concepto es más causa del descuido que de la falsedad; si no se menciona con suficiente asiduidad, tenderá a desaparecer. Por eso, la aceptación de una idea depende más del número de sus adherentes y de la frecuencia con la que se publica, que de si encaja o no con la prueba. Segundo, al no haber una prueba que se utilice con fines de justificación o de validación, el lector se hace su propia idea acerca de lo que se está proponiendo. En tercer lugar, hay que señalar que no podemos aclarar el papel de la investigación. Si un concepto se justifica al ser nombrado y al concordar con la teoría general, entonces la presencia de datos de investigación podría no tener relación inmediata con la vida útil del concepto. Puesto que los datos no están vinculados a la validación, el hecho de tener una mayor cantidad de información no significaría tener un gran impacto en el modo de cambiar de las ideas.


Spence analiza a continuación como este proceso ha sucedido en la consolidación del concepto de alianza terapéutica. La primera vez que se habló de dicho concepto fue en una obra de Zetzel (1966) acerca de la situación analítica. La autora basó su definición de alianza terapéutica en el modelo de la relación madre-hijo y señalaba que las primeras etapas del análisis se parecían en muchos aspectos a los primeros meses del desarrollo infantil. Decía que, del mismo modo que cualquier interferencia en la relación madre-hijo puede ocasionar alteraciones duraderas en el niño que está creciendo, lo que haría que éste no pudiera responder adecuadamente a posteriores retos del desarrollo, una pronta alteración en la relación analítica puede ocasionar dificultades en el transcurso del tratamiento.


Zetzel (1966) publica un caso suyo de supervisión como prueba de la verdad de este concepto. En dicho caso, Zetzel (1966, p.97-103) animó al analista, especialmente en las primeras etapas del tratamiento, a moldear su comportamiento al estilo de la buena madre, a “continuar respondiendo de forma intuitiva al afecto, indicando la necesidad básica del paciente consistente en sentirse aceptada y entendida como una persona real”. El analista “adoptó una actitud algo más activa y humana, indicando a la paciente que reconocía su ansiedad. Como resultado, la paciente le informó de que hasta la víspera había pensado que el analista era una figura distante, olímpica y algo mágica. …Ahora se ha dado cuenta de que esta imagen era absurda. Después de todo era un hombre normal y corriente”. Zetzel (1966) nos va mostrando así cómo el carácter del paciente cambiaba a medida que el analista se volvía menos distante y más humano.[1]


Spence nos llama la atención sobre tres asuntos. El primero, que no tenemos forma de saber exactamente lo que Zetzel (1966) le dijo al analista y cómo respondió éste a su sugerencia; no tenemos descripción explícita de cómo intentó fomentar la alianza terapéutica. Su viñeta resulta gravemente defectuosa como ilustración de la naturaleza exacta de la alianza terapéutica. Esta falta de información es importante ya que permite que cada lector interprete el concepto de una forma distinta. En segundo lugar, no tenemos forma de saber si el cambio en el comportamiento del paciente y especialmente, la afirmación de que ahora se ha dado cuenta de que el analista es un hombre normal y corriente, ha sido consecuencia del cambio por parte del analista. A pesar de que Zetzel (1966) dice que los dos acontecimientos están relacionados causalmente, no hay forma segura de saber si el primero provocó el segundo. Tercero, no hay pruebas de que el cambio en la percepción que el paciente hace acerca de su analista sea terapéutica para él.


Los críticos tomaron en serio el concepto de Zetzel (1966) y efectivamente se introdujo el concepto de la alianza terapéutica en la literatura analítica. Spence observa que, como consecuencia del hecho de que no se nos proporciona ni información completa sobre la intervención, ni sobre la respuesta específica del paciente, cada lector puede generar su propia impresión de lo que hizo o dijo el analista de Zetzel (1966) y de cómo reaccionó o no el paciente. Queda así abierto el camino a una amplia gama de elaboraciones creativas sobre el concepto original de Zetzel (1966). Si nos gusta la formulación, podemos imaginar un escenario en el que el analista aporta una serie de asociaciones nuevas; si somos críticos, podemos imaginar a la paciente quedándose callada, volviéndose menos productiva y quizás menos cooperativa, y dentro de este marco, su comentario de que ahora percibe al analista como un hombre normal y corriente puede interpretarse desde un punto de vista mucho más crítico.


Spence recorre las formulaciones subsiguientes de la alianza terapéutica: de su formulación inicial como una opción de tratamiento, algo que representaba la excepción a la regla de abstinencia e interpretación, ha pasado a convertirse (para Langs, 1975) en una definición de tratamiento adecuado y en el estándar contra el que debería compararse el tratamiento defectuoso. Del paralelismo original con la alianza madre-hijo en las primeras etapas de la infancia, ha pasado a representar (para Friedman, 1969) una relación de iguales, en la que el paciente se ve envuelto por las calidades del analista. El cambio en cuanto al concepto, se produjo por motivos que parecen no tener nada que ver con la prueba original. La obra de Langs, por ejemplo, no menciona la formulación de Zetzel (1966) ni su viñeta clínica, ni tiene en cuenta la definición revisada de Friedman (1969), sino que comienza con una definición algo teórica que se presenta sin comentario. Friedman (1969) tampoco hace menciones de Zetzel (1966) en general, ni de su viñeta en particular. No es que Langs (1975) o Friedman (1969) encontraran un motivo para discrepar de la evaluación que Zetzel (1966) hace de la anécdota y al obtener una explicación diferente de la información del caso, desarrollaran sus propias formulaciones, sino que la información clínica original ha dejado de existir. Libres de historia, tienen libertad para desarrollar el concepto bajo sus propios términos.


Los lectores más críticos de Zetzel (1966) son, especialmente, Brenner (1977) y Kanzer (1975). Tras una revisión crítica de la ilustración original de Zetzel (1966) y de sus implicaciones, Brenner (1977) llega a la conclusión de que la alianza terapéutica no se merece un nombre especial ni requiere un tratamiento especial. Spence se pregunta a qué es debida su posición negativa al respecto. Y concluye que en parte debido a lo que podría denominarse cuestiones de gusto. Spence nos llama la atención sobre la baja prioridad que se le da a la prueba. La prueba clínica parece de interés secundario a temas como la denominación y la adecuación narrativa. Proporcionarle un nombre a un concepto hace que éste empiece a existir. Brenner (1977) concluye su argumentación defendiendo renunciar al nombre: “no se merece ni un nombre especial, ni requiere un tratamiento especial” (p.156). Quitémosle el nombre, nos dice Spence, y dejará de estar en circulación.


El hecho de crear algo al darle un nombre nos lleva de vuelta a Viderman (1979) y su debate a cerca de la verdad. Igual que con la interpretación creativa, un concepto adquiere importancia y validez al serle proporcionado un nombre; una vez creada, se convierte en verdad y adquiere su propio significado para cada usuario. Lanas (1975) y Friedman (1965) han dotado al concepto de sus propias formulaciones o elaboraciones creativas. También Brenner (1977) tiene su propia concepción de lo que Zetzel (1966) tiene en mente. El concepto de alianza terapéutica ha ido adquiriendo distintos significados, con indiferencia por parte de cada autor, ante el hecho de que su interpretación pueda ser totalmente diferente a la formulación original o a los descubrimientos clínicos de apoyo.


Retomando los cuatro criterios de Ricoeur (1977), Spence se pregunta hasta qué punto son relevantes para el concepto de alianza terapéutica así como para su aceptación por parte de la comunidad psicoanalítica. En primer lugar, la importancia de tener un nombre. Sin nombre no sólo no podría existir el concepto, sino que el hecho de tener un nombre parece que le aporta respetabilidad. En segundo lugar, vemos que el concepto ha sido nombrado en innumerables publicaciones. En tercer lugar, representa una parte de la realidad psíquica de los psicoanalistas, ya que son muchos los autores que consideran que se trata de un concepto útil que equivale a su experiencia clínica. Finalmente, llegamos al tema de la adecuación narrativa. En este caso, referida a la historia de la teoría psicoanalítica en constante evolución. ¿Se adapta el concepto en cuestión a esta narrativa? Si la respuesta es positiva, será citada constantemente; si no, desaparecerá.


Verdad narrativa y cambio conceptual


Si un concepto tiene el apoyo de una fantasía imperante, entonces sus bases “evidenciales” se vuelven menos importantes que la necesidad que genera en la economía psíquica de cada analista. Si el concepto se mezcla con una fantasía imperante, éste adquiere legitimidad. Rellena un vacío en la narrativa de la teoría psicoanalítica en desarrollo que cada analista está intentado construir para sí mismo. La experiencia privada de los analistas mantiene el concepto más que la prueba pública. Cada analista tiene su propia base de datos privada, inmediata y persuasiva, que le informa del valor verdadero de cualquier concepto en particular.


Cada analista desarrolla su propia narrativa privada de la teoría clínica al combinar su experiencia clínica con su interpretación de los conceptos teóricos.  La mayor parte de esta narrativa está formulada con poca precisión, por eso, puede asimilar partes de experiencia contradictorias. Además, nunca se hacen patentes las discrepancias entre analistas. La formulación privada de cada analista es proyectada hacia la comunidad analítica de tal forma que todos pensamos que cada uno de nosotros entiende la teoría del mismo modo y que todos seguimos las mismas reglas (fenómeno de la “falacia proyectiva”).


Si parece que un nuevo concepto es compatible con la narrativa privada del analista, no se necesita nada más como prueba para que sea considerado un extra útil para la teoría clínica. La prueba, en forma de ilustración o anécdota clínica, podría verse como informativa pero rara vez como contraria, ya que para cada ejemplo negativo publicado, el analista puede estar pensando en un montón de confirmaciones positivas. Una vez se haya descubierto que el concepto es útil, su formulación será modificada de forma subjetiva con el fin de ajustarse a las experiencias clínicas particulares del usuario. Pero mientras que el nombre siga siendo constante, los cambios sutiles que se produzcan en la formulación no se podrán percibir.


Spence defiende que el contexto privado que genera cada analista al intentar entender la literatura puede ser subjetivamente persuasivo, pero al no estar basado en datos públicos, apenas se puede utilizar para sostener un concepto general. Lo que resulta suficiente para el analista individual y suficientemente aproximado para la comunidad en general, no puede ocupar un lugar en la teoría aceptada. Deja claro que, igual que una teoría general no debería estar fundada en verdades narrativas desarrolladas durante la sesión, tampoco debería apoyarse únicamente en las convicciones privadas de los analistas individuales.


Capítulo VII: Competencia psicoanalítica


Podemos definir la competencia psicoanalítica como el conocimiento teórico y el bagaje de la experiencia necesario y suficiente para entender una interacción terapéutica. Se logra con formación y experiencia clínica, análisis didáctico y autoanálisis, y constituye el “instrumento” que aplicamos rutinariamente para la comprensión del contenido manifiesto expresado en el intercambio terapéutico, así como de los significados latentes e implícitos.


Competencia normativa y privilegiada


La competencia normativa pertenece a todos los miembros de la comunidad psicoanalítica; es la competencia que compartimos en reuniones de profesionales. La competencia privilegiada pertenece a un analista, en un momento y lugar determinados, en un análisis en particular. La competencia psicoanalítica normativa, aunque es necesaria, nunca es suficiente ni siquiera para alcanzar un grado moderado de entendimiento clínico (a diferencia de la competencia literaria, suficiente para comprender textos literarios, sin necesidad de información privilegiada a cerca del autor).


Spencer considera que sólo podemos comprender un intercambio psicoanalítico, si el analista nos hace partícipes de su competencia privilegiada, dándonos acceso al “contexto completo”: a la trascripción del intercambio hablado más los comentarios privados del analista. Sin ellos, el significado de cualquier intercambio es indeterminado y nunca puede ser completamente reconstruido. Incluso el contenido manifiesto más superficial puede ser opaco para la competencia normativa. El entendimiento compartido entre paciente y analista se va desarrollando a lo largo del tiempo. Las referencias compartidas se pueden volver cada vez más elípticas y fragmentarias. La competencia privilegiada del analista es la única que tiene acceso al contexto histórico y experiencial del intercambio psicoanalítico.


El estudio de sesiones anteriores puede proporcionarnos únicamente una aproximación muy rudimentaria a la competencia privilegiada del analista. No importa cuánto sepamos acerca del analista tratante. Nunca seremos el mismo “instrumento de análisis”, son muchos los aspectos que son competencia privilegiada del analista y que nunca conoceremos en primer término, a no ser que sean incluidos en el texto.


Naturalización de un texto


Spence denomina “naturalización de un texto” al proceso consistente en añadir comentarios privados a la trascripción psicoanalítica. Este paso proporciona la conexión entre competencia privilegiada y normativa. Una vez que una sesión ha sido naturalizada por parte el analista tratante, y casi todos sus significados implícitos han sido laboriosamente extraídos, se vuelve accesible para alguien con competencia normativa.


Según Culler (1975), “naturalizar un texto es relacionarlo con un tipo de discurso o modelo que en cierto sentido ya es natural y legible…Naturalizar significa hacer el texto inteligible relacionándolo con varios modelos de coherencia”. Naturalizar un diálogo psicoanalítico es relacionar la competencia privilegiada del analista con cada expresión, para así hacerlas inteligibles al lector con competencia normativa. Esto tiene que llevarse a cabo poco después de que se hayan expresado las palabras, ya que la competencia privilegiada es de tiempo limitado. Lo que resulta claro para el analista tratante inmediatamente después de la sesión, podría dejar de serlo semanas después de la misma e incluso horas después. Por eso, la competencia privilegiada se refiere fundamentalmente al momento actual de un análisis en curso y se transforma en competencia normativa cuando ese momento se convierte en parte del pasado.


La naturalización es una consecuencia necesaria del hecho de que dependemos fuertemente de una forma narrativa de explicación y de que las partes de esta narrativa solamente las puede proporcionar el analista tratante.


Si un caso analítico pudiese ser completamente explicado mediante un subconjunto de hipótesis finitas, bastaría con un modelo hipotético-deductivo para explicar los numerosos detalles del caso. Sería posible enumerar las hipótesis y suponer que se ha logrado un entendimiento total. Bastaría con la competencia normativa para evaluar las hipótesis críticas, y puesto que el entendimiento del analista tratante podría reducirse a la misma serie de hipótesis, éste no sería mayor que el entendimiento de la persona externa. No sería necesaria la naturalización y nuestro entendimiento a cerca de cada uno de los casos, sería equivalente al entendimiento de los físicos a cerca de sus experimentos. Pero tal y como Sherwood (1969) ha dejado claro, el modelo hipotético-deductivo no se puede aplicar al material clínico. Y puesto que necesitamos un estilo de explicación narrativo, también necesitamos urgentemente una naturalización prácticamente completa.


¿Cómo podemos desmenuzar de forma sistemática el texto de una sesión y extraer así el mayor número posible de significados implícitos? Spence propone que podemos establecer una distinción entre (a) información contextual implícita en la trascripción pero no explicitada en la sesión en cuestión y (b) información que es absolutamente privada y que nunca se convierte en parte de la trascripción. Ninguno de los dos tipos de información se percibe a primera vista, pero mientras que al primero se puede acceder a través del documento escrito, el segundo solamente puede proporcionarlo el analista tratante.


Spence estudia algunas formas en las que el contexto camuflado o que no se ve a primera vista y que es conocido para el analista tratante pero no para el lector externo, puede influenciar de forma importante en el entendimiento posterior del material. Nos pone dos ejemplos. En ambos ejemplos, lo que para el analista y el paciente es obvio, no es accesible para nadie más. Esta es la base de la necesidad de la naturalización y el motivo por el cual la naturalización se tiene que dar poco después de que haya tenido lugar la sesión. La mayoría de las explicaciones deben hacerse para explicar lo obvio, pues es precisamente la obviedad, la que hace al analista tener la sensación de que el trabajo es innecesario y que “todo el mundo” puede entender la información o el material. Una muestra de la “falacia proyectiva”.


Spence nos expone un tercer caso en el que el analista tratante ha tenido un fallecimiento importante en su familia y el paciente comienza a hablar de la enfermedad terminal de un ser querido. Normalmente, el analista no hará explícita su circunstancia, pero es desde su estado de ánimo determinado, desde donde serán comprensibles sus intervenciones. Visto por alguien que solamente tiene competencia normativa, tanto una interpretación hipersensible como una insensible a un comentario respecto a este tema por parte del paciente, podrían percibirse como “errores”. La primera porque la prueba (cuando se ve solamente con competencia normativa) parece insuficiente y la segunda porque no se han utilizado las pistas más llamativas. Por eso, una evaluación minuciosa de la actuación del analista depende altamente de la naturalización del texto.


Spence considera que, para evitar las interpretaciones erróneas por parte de los analistas externos, el analista tratante debe añadir a su informe sus sentimientos privados y sus reflexiones. Y esto debe hacerse sin dejar transcurrir mucho tiempo, antes de que ya no estén disponibles. Con esta información añadida, el texto queda parcialmente naturalizado y alguien con competencia normativa tiene más posibilidades de “leerlo” dejando intactos los significados cruciales, es decir, leerlo del mismo modo que el analista tratante. En consecuencia, estará más capacitado para juzgar la calidad de su actuación.


Un comentario privilegiado es especialmente necesario en momentos de transición entre interlocutores. En una conversación normal cada interlocutor tiene que descodificar las intenciones del otro, antes de hacer su propia contribución, y estas intenciones suelen permanecer ocultas. Pero en una conversación normal existen unos mecanismos naturales de retroalimentación, que proporcionan a los interlocutores control sobre la conversación y que se utilizan cuando cualquiera de los interlocutores se desvía demasiado del objeto de diálogo. Por eso, un comentario privilegiado sobre el intercambio es la condición sine qua non para que se lleve a cabo una lectura adecuada del material. Sin esta explicación, podríamos hacernos ilusiones con una interpretación ingeniosa pero básicamente incorrecta.


Spence deja para la investigación futura el confeccionar una lista sobre el tipo de información que el analista tratante tiene que proporcionar rutinariamente. Para comenzar, resultaría útil determinar qué tipos de datos son los que cada analista no suele tener en cuenta (basándonos en el análisis de sus transcripciones). Con esta investigación se podría hacer una lista de control para cada sesión.


Una explicación completa debería incluir la prueba y la motivación de una determinada intervención; cómo el entendimiento del analista acerca de una determinada expresión provocó su respuesta; las razones que le hacen responder en vez de quedarse callado y los motivos para elegir un tema e ignorar otros. Las explicaciones también son necesarias para entender un silencio. Para llevar a cabo este tipo de anotación, sería bueno que el analista tratante añadiese un comentario a cada pausa que tuviese una extensión mínima. Por último, Spence señala que las explicaciones son necesarias para aclarar toda ambigüedad, para proporcionar las indicaciones paralingüísticas faltantes y, donde fuera necesario, la sintaxis que falta. Cuanto más completa sea la explicación, más estaremos naturalizando el texto.


Textos privados y públicos


Cualquier intento por parte de un analista externo, de tratar un historial psicoanalítico como un texto público, hace que el lector imponga significados arbitrarios en la mayor parte del material. Estos significados pueden ser diferentes de las intenciones del paciente y/o del analista. Nuestra formación como analistas nos lleva a imponer determinadas estructuras a los datos. Tendemos a dar por supuesto que nuestra competencia normativa es suficiente para decidir qué estructuración del significado es la apropiada.


Un ingrediente importante de la competencia normativa, consiste en la habilidad de dar sentido a temas aparentemente discontinuos, en ser capaces de descubrir las conexiones existentes entre dos piezas de contenido aparentemente no relacionado. Spence considera que los psicoanalistas son propensos a tomar como desafío una sesión aparentemente caótica, y cuanto más discontinúa sea, más intentarán superar el desafío proveyendo los significados conectores subyacentes. Y nos recuerda que dos piezas cualesquiera de información, pueden conectarse a través de una tercera asociación común a las otras dos, y que no hay posibilidad de comprobar el valor verdadero de cualquier conexión que encontremos. Si aplicamos esto a un material muy incompleto como pueden ser textos que no han sido suficientemente naturalizados, estaremos corriendo el riesgo de “descubrir” solamente lo que aportamos.


Lo que opera aquí es lo que Spence denomina “falacia proyectiva”. Cuando asumimos esta falacia, suponemos que todos (o al menos todo el que tiene nuestro nivel de formación) va a leer el diálogo psicoanalítico igual que nosotros. Esta falacia neutraliza la distinción existente entre competencia normativa y privilegiada y da por hecho que la lectura adecuada de la información es meramente cuestión de pensamiento y reflexión, y que dada nuestra competencia normativa, todos los significados se pueden descodificar. La falacia proyectiva ha quedado puesta en evidencia, tras casi cien años de práctica analítica, en el fracaso en encontrar una sola sesión consensuada como buena por toda la comunidad psicoanalítica. Sin los comentarios privilegiados del analista, el texto en cuestión está sujeto a interpretaciones privadas por parte de cada lector y, dependiendo del contexto privado, algunos lo consideran brillante y otros desafortunado. En ejercicios de este tipo suele sorprender el hecho de que no se llegue a un acuerdo, lo que se puede interpretar como testimonio de la fuerza de la falacia proyectiva.


Perspectivas en la investigación


Se ha criticado mucho la investigación del proceso psicoanalítico porque contribuye muy poco al saber clínico (Luborsky y Spence, 1978). Spence reitera que esto seguirá siendo así hasta que la comunidad de investigación sustituya la competencia normativa por la competencia privilegiada.


Mientras que la investigación clínica trate información incompleta, sus conclusiones nunca resultarán convincentes, porque siempre se podrá decir, con razón, que si se conocieran todos los hechos, las conclusiones serían diferentes. Puesto que la investigación clínica tiene que estudiar a la fuerza información incompleta, nunca puede dar el paso fundamental en una investigación científica, el desmentir una hipótesis. Y puesto que solamente tiene acceso parcial a los acontecimientos clínicos, incluso las llamadas confirmaciones de las hipótesis freudianas son motivos de sospecha. Si la información sobre un área determinada no es completa, todas las conclusiones serán provisionales, y tanto la prueba como el desmentido son imposibles.


Spence deduce que si la competencia normativa no es concluyente, los bancos de datos deberían observarse con extremo cuidado. La grabación completa de un caso analítico no se puede entender completamente hasta que el analista tratante lo naturalice del todo. Tendría que hacer que su competencia privilegiada actuase en todas las afirmaciones críticas y justo después.  El analista tratante no sólo tiene que proporcionar las anotaciones del proceso analítico, sino que también tiene que ocuparse de explicar las afirmaciones que ha hecho durante la sesión al paciente. Solamente cuando un banco de datos ha sido analizado de esta forma estará disponible para otros investigadores; hacerlo público antes de que se haya dado este paso significa provocar confusión. Sin buscar una naturalización sistemática de cada sesión, el analista-investigador simplemente está manteniendo la falacia proyectiva de creer que, su visión del material la va a compartir todo aquel que posea competencia normativa.


La velocidad es de vital importancia ya que la pérdida de información aumenta exponencialmente con el tiempo. Un retraso de dos días para naturalizar una trascripción probablemente destruya cuatro veces más que un retraso de un día. A partir de este hecho, Spence sugiere que los bancos de datos actuales deberían ser naturalizados lo más rápidamente posible por parte del analista tratante, porque si no estamos en peligro de terminar con archivos que prácticamente no tengan ningún significado. Puede que las cintas se encuentren intactas, pero serán inaccesibles para la competencia normativa y, si esperamos demasiado, incluso también para la competencia privilegiada.


Naturalización y síntesis narrativa


Spence comienza este apartado citando de nuevo un texto de Ricoeur (1977, p.869), que considera como un preámbulo de la naturalización: “una buena explicación psicoanalítica tiene que darle a un historial clínico determinado la inteligibilidad narrativa que solemos esperar de una historia… Una historia tiene que poderse seguir, por lo que también tiene que ser clara. Interpolamos una explicación en cualquier momento en el que el proceso narrativo se ve bloqueado y con el fin de continuar”.  Ricoeur (1977) ha señalado que explicar es reorganizar hechos en un todo con sentido, que constituya una historia única y continua. Esto es lo que Sherwood (1969) ha denominado la “responsabilidad narrativa de la explicación psicoanalítica”


Convertir la vida del paciente en un texto coherente no lo hace disponible para la competencia normativa. Tenemos que ser capaces de distinguir entre dos tipos de actividad sintética. El primero, el proceso analítico, llevado a cabo por el analista tratante a medida que desarrolla el trabajo analítico, opera sobre las producciones del paciente durante la sesión y le lleva a hablar o quedarse callado y, si habla, le lleva a seleccionar unas palabras determinadas. El segundo, el proceso de naturalización, también llevado a cabo por el analista tratante, opera sobre el texto de la sesión (de por sí más coherente que las producciones del paciente) y pretende transformar el texto en lo que podría denominarse un documento público, accesible para la competencia normativa.


Frecuentemente se suelen confundir los dos niveles de actividad sintética y de esta confusión sale otra versión de la falacia proyectiva. El analista tratante se puede “autoconvencer” fácilmente de que lo que a él le parece claro también lo es para el resto; que darle sentido a una parte del material clínico de forma que le satisfaga a él y/o al paciente, quizás de un modo que lleve a nuevos recuerdos, a la producción de material adicional o a otros signos de trabajo analítico prometedor, también convencerán al observador externo. Gran parte de la ambigüedad de los historiales clínicos publicados proviene de esta confusión, lo cual es consecuencia del hecho de que el historial clínico, a pesar de ser claramente mucho más comprensible que el material clínico sin tratar, sigue sin tener el estatus de texto público. El paso adicional de la naturalización tiene que darse antes de que el material se convierta en algo accesible al público. Un historial clínico no debe ser un documento público sin ser pasado por el proceso de naturalización, concluye Spence.


Spence establece un paralelismo con la conocida diferencia existente entre el contexto del descubrimiento y el contexto de la justificación. El analista tratante lleva a cabo una determinada interpretación o construcción del material; ésta es confirmada por el paciente y se convierte en una verdad narrativa. Pero para justificar este descubrimiento y para que otros se convenzan de su valor verdadero, tiene que ser presentado en un contexto más general. Elevar el material clínico al nivel de narrativa coherente suele ser suficiente para que tenga lugar el descubrimiento inicial, ya que el entendimiento se da en un escenario clínico, y los estándares de verdad en ese escenario son algo diferentes de los de la comunidad científica (Ricoeur, 1977, distingue entre “decir la verdad” y “ser verdad”: la primera se refiere al nuevo entendimiento por parte del paciente y la segunda a los valores de verdad en la ciencia moderna). Pero mientras que una narrativa (historial clínico) suele ser suficiente para iluminar el contexto del descubrimiento, no suele bastar para persuadir y convencer al lector escéptico (incluso con competencia normativa) de que la conclusión es consecuencia necesaria de la prueba. En este punto, es necesaria una trascripción completamente anotada.


Spence sostiene que, en cuanto al desvelamiento de la aplicación diaria de la competencia privilegiada en el ejercicio del trabajo analítico, el ocultismo es igual que hace cien años. Cada analista lleva consigo el recuerdo de una sesión reciente en la que el material se ha desarrollado de forma clásica, en la que la interpretación ha llevado a un nuevo recuerdo, en la que la resistencia se aclaró de pronto en la transferencia, pero éstas son experiencias privadas que solamente se pueden compartir de forma parcial. Puesto que nunca son completamente documentadas en papel, nunca pueden formar parte del futuro. El excitante patrimonio del psicoanálisis es más un ideal compartido que un hecho que se pueda encontrar. Lo que aparece en papel es solamente un pequeño reflejo del proceso analítico. La excitación especial del proceso analítico no se ha reflejado, y todo lo que se deja es una pequeña serie de viñetas clínicas muy condensadas que conducen a algunas conclusiones parciales, un producto injusto con lo que se está describiendo.


Spence denuncia que no somos concientes de la naturaleza incompleta de nuestra literatura. Leemos el historial de un caso prácticamente igual que escuchamos las producciones del paciente, añadiendo asociaciones para corregir espacios en la narrativa, aportando suposiciones teóricas con el fin de evitar transiciones incómodas en el razonamiento y realizando todas las correcciones necesarias para “naturalizar” el texto. Pero puesto que cada uno de nosotros realiza esta tarea con su propia serie de asociaciones, cada uno de nosotros experimenta algo diferente, dependiendo de las diferencias de las vicisitudes de nuestra experiencia clínica. Estas lecturas no son naturalizaciones verídicas, por eso, nunca pueden ser idénticas a la naturalización del analista tratante porque la competencia normativa no es lo mismo que la competencia privilegiada.      


Spence asevera que, salvo algunas excepciones, la literatura psicoanalítica no contiene la esencia verídica del acontecimiento analítico, porque el analista tratante, como autor, no ve la necesidad de proporcionar pruebas confirmadoras y, por eso, no naturaliza el material lo suficiente para ponerlo a disposición de sus colegas. Y como el texto no está lo suficientemente naturalizado, cada lector, al aplicar su competencia normativa al material incompleto, lo enriquece con su propia serie de asociaciones y fantasías. En vez de hacer que un determinado acontecimiento analítico se pueda tratar y comentar, el autor corre el riesgo de poner en marcha un universo de “textos” diferentes más o menos irrelevantes para el acontecimiento en cuestión.


Tanto las transcripciones de sesiones grabadas como los historiales clínicos más comunes son vulnerables a interpretaciones erróneas: la trascripción porque carece de comentarios privados del analista tratante, y el estudio clínico porque carece del contexto del caso completo. Ninguno de los dos están lo suficientemente naturalizados por parte del analista tratante y, como consecuencia, son en gran medida inaccesibles para la competencia normativa. Pero debido a su estatus público (una vez publicados), se toman como documentos públicos y parecen accesibles de forma general. Sin embargo, solamente son accesibles para aquellos que poseen competencia privilegiada, mientras que aquellos que intenten leerlo sólo con competencia normativa corren el riesgo de llegar a conclusiones injustificadas.


Cada lector construye su propio “texto” a partir de una mezcla de anécdotas públicas y fantasías privadas. Como resultado, las posibilidades de crecimiento teórico mediante la discusión, el desacuerdo y el compromiso disminuyen enormemente. Es difícil que nuestros documentos tengan impacto en la teoría. Cada nueva construcción teórica trae consigo nuevos ejemplos; cada uno de estos ejemplos, al ser solamente un fragmento de un caso más amplio, invita a que el lector colabore con una elaboración ad hoc. Carecemos de una forma sistemática de comparación de conceptos ya que casi nunca aplicamos más de un concepto a más de una serie de datos, concluye Spence y advierte de que al no proporcionarse el contexto completo de un acontecimiento clínico, se está poniendo en peligro la posibilidad de promover la credibilidad del psicoanálisis.


Capítulo VIII: Convertir la Competencia Narrativa en Competencia Privilegiada


Spence considera que los miembros de la comunidad psicoanalítica leen la literatura psicoanalítica del mismo modo en que escuchan a sus pacientes: cubriendo huecos, proporcionando significados y adoptando una postura activa con el fin de dar sentido a lo que escuchan; del mismo modo, los lectores de la literatura psicoanalítica, tienen que ir más allá del texto y aportar sus propios ejemplos clínicos para términos teóricos abstractos, imaginar asociaciones conectoras que pongan en relación dos anécdotas aparentemente desconectadas y encontrar sus propias representaciones para las afirmaciones del autor. En ambos casos se está poniendo en juego la competencia psicoanalítica.


Escuchamos dando por hecho que el caos aparente de la superficie se puede transformar, dada la aplicación adecuada de nuestra competencia psicoanalítica, en la unidad latente que suponemos se encuentra debajo. Y es debido a esta suposición de que existe un único significado latente en el material que tratamos, publicamos o leemos, que no somos conscientes de nuestra participación creativa. Y pensamos que nuestros informes clínicos pueden ser publicados sin explicitar nuestras hipótesis operantes en la conversación analítica, pues consideramos que son accesibles para cualquiera que tenga competencia normativa. Por otro lado, debido a la particular predisposición existente en nuestra profesión a dar sentido a lo que carece del mismo, cada miembro de la comunidad analítica puede vivir más como un reto que como una frustración el hecho de enfrentarse a un informe clínico fragmentario. El reto del mensaje escondido y la posterior satisfacción que deriva del hecho de resolver el puzzle, puede compensar fácilmente los sentimientos iniciales de confusión y frustración debido a que el informe está en realidad incompleto,  ironiza Spence. Y por supuesto, el resultado siempre es satisfactorio. Igual que siempre podemos encontrar una asociación conectora que una cualesquiera dos asociaciones, también podemos encontrar siempre, ya sea fruto de nuestra experiencia clínica privada o de lo que sabemos de la de los demás, algún ejemplo que dé sentido a una descripción que de otro modo sería inexacta. Al leer estamos, de forma preconsciente, colaborando con el autor.


Spence  postula que cada lector construye su propio “texto”. Dada la inexistencia de pruebas clínicas, la lectura siempre tiene que ser sopesada con la experiencia clínica subjetiva del lector. Este, nos dice Spence, es el motivo de que los desacuerdos en los asuntos teóricos tiendan a percibirse como un ataque personal. El entendimiento de cada lector está basado, en parte, en información o material muy personal; en el fondo, los desacuerdos sobre conceptos teóricos son desacuerdos a cerca de interpretaciones privadas. La polémica  nunca se puede asentar ya que los datos nunca se publican y, por ello, nunca son accesibles para que un tercero los pueda revisar.


Spence considera el proceso consistente en crear nuestra propia narrativa de cada pieza de la literatura, como otro ejemplo de interpretación inconsciente. Se produce de forma automática y sin que nos demos cuenta. Y por eso nos sorprende o incluso nos desconciertan las críticas que nunca se cansan de señalar la preocupante escasez  de pruebas, la confusión existente entre observación e interpretación, así como otros muchos errores de razonamiento y lógica que se pueden encontrar en los informes clínicos psicoanalíticos.  Estamos demasiado formados para encontrar armonía donde reina el caos, por lo que ya no podemos leer nuestra literatura con los ojos de un extraño. Proyectamos inconscientemente nuestros escenarios comprensivos en definiciones abstractas o anécdotas clínicas fragmentarias y suponemos que el escenario es visible para todos. Igual que con todas las proyecciones, nos convence su verdad “obvia” y podemos incluso sentir indignación cuando ésta se pone en entredicho. Lo que sucede simplemente es que no somos conscientes del hecho de que rodeamos de forma automática al informe clínico con asociaciones compensadoras, que el crítico exterior no logra establecer. Como resultado, el psicoanálisis y sus críticos suelen estar tratando “textos” diferentes.


La construcción de narrativas completas acerca de informes clínicos fragmentarios es, nos dice Spence, un tipo de naturalización no intencionada. Sucede de forma automática, inconscientemente. Cada lector crea su propia mezcla de hechos públicos y fantasías privadas. Cada informe publicado pone en marcha un universo de “textos” parcialmente naturalizados. Puesto que nunca se vuelven públicos, podemos pensar que conforman un universo de “textos” clandestinos, que se citan de forma implícita en cualquier discusión psicoanalítica, pero que, sin embargo, nunca son accesibles para todos los participantes.


Este tipo de naturalización, prosigue Spence, no sólo no es intencionada, sino que  tampoco es sistemática. Si atendemos a cómo cualquier lector puede comprender un informe clínico publicado, vemos que algunas escenas pueden parecerle intuitivamente claras y no ocasionarle ninguna dificultad. Aquí podemos pensar que está proporcionando, de forma preconsciente, las asociaciones conectoras necesarias. Otras transiciones pueden ocasionarle más problemas, algunos conceptos pueden no resultarle familiares o incluso contradictorios. El lector puede encontrarse a sí mismo escaneando de forma activa su experiencia clínica reciente, quizás necesite aumentar el espacio de búsqueda para encontrar un ejemplo clínico apropiado. Es posible que existan diferencias importantes entre lectores con respecto a la facilidad de entender un pasaje en particular, a la consciencia de llevar a cabo una búsqueda y al tamaño del espacio de búsqueda; cada una de estas diferencias contribuirá a una naturalización única. Si tuviéramos la oportunidad de comparar una muestra de estos intentos de comprensión, veríamos que algunos aceptan lo que otros cuestionan y viceversa, podemos estar seguros de que no existe una uniformidad específica en el universo de los “los textos”.


Como antídoto contra esta situación, Spence propone lo que él denomina “naturalización intencionada u oficial”. Tiene que llevarla a cabo el analista tratante, como mucho unos minutos después de que se haya completado la sesión (a diferencia de cómo la hace el lector, meses o incluso años después de que el caso haya terminado). Tiene que explicar las transiciones entre interlocutores, proporcionar la prueba y motivación para cada intervención, el entendimiento del analista para cada cosa que ha dicho el paciente: sus asociaciones para todo lo que  ha expresado; lo que ha entendido de cada silencio, quizás con un comentario sobre su calidad, y mucho, mucho más. Incluir una explicación de todas las ambigüedades, completar toda la sintaxis que falta, proporcionar la comunicación paralingüística... Finalmente, nos dice Spence, la tarea se hace interminable.


¿Es posible una trascripción de forma tan sistemática que pueda hacer el informe accesible para lectores que sólo tienen competencia normativa?, ¿podemos sustituir la gran cantidad de naturalizaciones no intencionadas, no oficiales y no sistemáticas que en este momento ocupan el “underground” psicoanalítico, por una naturalización única y oficial?¿Es posible hacer que el expediente clínico sea autosuficiente, responsable sólo de si mismo y, así, accesible a cualquier lector con sólo competencia normativa? Si así fuera, entonces tendríamos el comienzo de una disciplina compartida: sino, estamos condenados al perpetuo underground de “textos” privados y entendimientos individuales (Pág.243).


Paradigmas y modos de ver el mundo


Spence nos recuerda que incluso en la física, los datos no hablan por sí mismos; la teoría organizadora del observador, lo que Kuhn (1962) ha denominado su paradigma, se aplica siempre  a los datos observables, afectando a lo que piensa que puede “ver”. De acuerdo con la visión desarrollada por Kuhn, Spence sostiene que construimos nuestra propia visión de un fenómeno físico, igual que interpretamos de forma inconsciente una serie de asociaciones del paciente. Cada interpretación está guiada, inconscientemente, por nuestro paradigma dominante.  Al leer un informe clínico y proporcionarle nuestra explicación, efectivamente estamos construyendo una interpretación que apoya nuestra teoría privada. Tal y como señala Kuhn (1962), simplemente carecemos de un “lenguaje de pura observación” y parece dudoso que algún día podamos desarrollarlo.  Necesitamos una construcción organizadora para dar sentido a cualquier serie de observaciones rutinarias. Según Spence, la explicación no eliminaría esta necesidad, más bien, pondría a disposición de todas las partes el paradigma “oficial” que, presuntamente, organizaba todas las observaciones. Los lectores que sólo tienen competencia normativa, al tener acceso al paradigma oficial, verían por primera vez el material  tal y como el analista tratante lo había visto y, de nuevo por primera vez, se encontrarían en una posición desde la que estar de acuerdo o no con sus formulaciones.


Barreras a la naturalización


Lo que estamos pidiendo, nos dice Spence, es una reconstrucción de la experiencia del analista, que incluya no sólo la prueba visible capturada por la grabadora, sino también documentación exhaustiva del entorno invisible que proporciona contexto y significado. Spence hace hincapié en la palabra reconstrucción vs. crear simplemente una versión plausible de la experiencia del analista. Una vez más, el gusto de los psicoanalistas por la coherencia y la continuidad se interpone en el camino. Igual que utilizamos nuestra competencia analítica para encontrar los temas que están por debajo de la superficie, al echar la vista atrás a una sesión finalizada podemos transformar fácilmente un viaje desigual, interrumpido y cambiante por un episodio acabado con un tema subyacente. Podemos recordar el comienzo y el final de un episodio y, de forma inconsciente, rellenar el centro, incluso cuando no había parte central y cuando ni el terapeuta ni el paciente lograron llevar a cabo la transición. Son especialmente vulnerables las razones iniciales que nos llevaron a elaborar esta o aquella interpretación. Si el paciente procede a desarrollar asociaciones sobre un tema nuevo e inesperado, podríamos no insistir en nuestro significado original; nuestra formación nos prepara para cambios inesperados, y aprendemos a seguir al paciente a donde nos lleva. 


Spence explica el conflicto entre las funciones de escuchar con atención flotante y ser un historiador, aludiendo a que cada función requiere de distintos estados de consciencia que interfieren entre sí. Escuchar con atención libre y flotante requiere de cierta posición meditativa. En este estado de conciencia modificado podemos escuchar a diferentes niveles a la vez. Una versión completa requiere, a su vez, una presentación completa de los dos tipos de material además de una organización circundante que permita, al lector, experimentar los acontecimientos tal y como los vivió el analista tratante. Hasta este momento, está tarea nunca se ha llevado a cabo en nuestra literatura psicoanalítica; quizás nunca se haya intentado.


Parte de la dificultad consistente en naturalizar una trascripción nace de nuestro sentido erróneo de lo que el lector necesita que se le cuente. Podemos pensar, por ejemplo, que la mayoría de las características de una sesión son familiares y decidimos centrarnos solamente en lo extraño y exótico. Como resultado, hemos cambiado de forma crítica la estructura de nuestra descripción y, así, hemos imposibilitado al lector externo a que se acerque a nuestra experiencia.


Un problema adicional, que señala Spence, tiene que ver con la forma en que la información de fondo debería presentarse. Volvemos al problema de cómo convertir las cosas en palabras o a lo que podría llamarse el problema de la técnica narrativa. El que un determinado escrito sea o no efectivo, depende altamente de la forma en que la secuencia real de acontecimientos se haya reorganizado. Se puede ver que algunos acontecimientos se pueden destacar colocándolos al principio de la narrativa y describiéndolos minuciosamente; otros detalles, de menor importancia para la historia final, pueden describirse más adelante en la narrativa o de forma resumida. La narrativa final casi nunca se corresponde con la secuencia original de acontecimientos; más bien, la secuencia original en casi todos los casos se tiene que reconstruir a partir de la narrativa final. A través de una reorganización de los acontecimientos y cambios en lo que respecta al punto de vista, el escritor experto es capaz de realzar ciertos efectos, minimizar otros y, en general, controlar el contexto desde el que se aprecia el contenido. Spence hace uso de la distinción tradicional, propuesta por los formalistas rusos, entre fábula y sujeto. Hay que encontrar alguna forma de reorganizar de forma artística el material (fábula), para así producir una nueva versión (el sujeto), que dramatice los temas relevantes. La disposición definitiva ha de presentarse al lector externo con el material crítico en una secuencia adecuada. Sólo así se encontrará el lector externo en una posición desde la que poder entender el sentido en desarrollo que el analista da a la sesión.


Spence aprecia que Freud se dio cuenta de la existencia de este problema y que intentó presentar su material clínico de un modo algo novelístico. Pero, desde el punto de vista de Spence, además de ser dramático y convincente, también era incompleto y poco sistemático. Spence cree que es necesaria una presentación completa que además se presente de un modo artístico. Es tan necesaria la trascripción palabra por palabra de la conversación, como la recreación poética del contexto. Y ambas cosas deben estar integradas. No basta con leer primero las anotaciones del proceso y luego la trascripción, o viceversa. Una trascripción completa, sin el contexto circundante, es solamente una aproximación.


Perspectivas de futuro


¿Son posibles las naturalizaciones? Si respondemos que no son posibles, entonces tenemos que admitir que la experiencia de cada analista es básicamente privada. Como resultado, tendríamos que resignarnos a una literatura efímera, a un desarrollo de ideas cíclico, más que acumulativo, y a un campo en el que predomina la opinión y no la prueba. Si contestamos que sí, que las naturalizaciones son posibles, entonces tenemos los ingredientes para una ciencia.


Spence piensa que Freud tendía a suponer que todos los lectores con formación analítica “leerían” el material del mismo modo y llegarían a las mismas conclusiones (falacia proyectiva). Y aunque enfatizaba la naturaleza provisional de sus conceptos teóricos, era poco consciente de la rapidez con la que incluso un concepto provisional puede reificarse, y en ese proceso, adoptar tantos significados privados como usuarios tenga.


Además Freud (1912) estaba en contra de cualquier intento por formular un caso mientras que estuviese todavía en progreso. “No es una buena idea trabajar en un caso de forma científica mientras se está llevando a cabo el tratamiento, esto es, reconstruir su estructura, intentar predecir su progreso e intentar enterarse de vez en cuando del estado actual de cuestiones, como exigiría el interés científico… El comportamiento correcto de un analista consiste en evitar la especulación u obsesionarse con los casos mientras que se están analizando, así como someter el material obtenido a un proceso sintético de pensamiento sólo después de que el análisis haya concluido”. Una postura así no permitiría ningún intento de explicar la sesión y de extraer sus significados implícitos.


A finales de los años 60, Gill, Simon et al. (1968), publicaron una serie de obras sobre la posibilidad de utilizar la grabadora para transcribir  las sesiones analíticas, en las que se transmitía la idea de que al introducir una grabadora en la consulta tendríamos por fin acceso a la sesión completa. Sin embargo, explica Spence, las palabras no tienen que confundirse con los significados. La grabadora sólo puede capturar las primeras.


En nuestra literatura se ha prestado relativamente poca atención a este tema. Las razones son varias. En primer lugar, nos encontramos con la falacia proyectiva, que hace que nunca se trate el tema de los “textos múltiples”. Una segunda razón está relacionada con la atención flotante. Se supone que cualquier analista, dado este modelo y dada la formación adecuada, “escucharía” el mismo tema. Spence sostiene que tan pronto como admitamos que la escucha constructiva conforma la norma, entonces tendremos que admitir que el texto hablado, la grabación de la sesión, no basta como prueba, y entonces nos daremos cuenta de que también tenemos que poder acceder a los contextos desde los que escucha el analista.


Al lector se le tiene que proporcionar todo lo necesario para transformar el texto visible de la sesión en el texto experimentado del analista tratante. Solamente cuando “escuchemos” el pasaje con el trasfondo, captaremos su significado más completo.


Cuestiones finales


Spence finaliza este capítulo enumerando las preguntas más importantes que surgen cuando intentamos pasar de la competencia normativa a la competencia privilegiada.


1. ¿Podemos recuperar las interpretaciones inconscientes del analista tratante en su forma original?


2. Una vez seamos capaces de descubrir las interpretaciones inconscientes, ¿podríamos integrarlas con el material de la trascripción, de tal forma que, la experiencia combinada se muestre al lector externo igual que se mostró al analista tratante?


3. ¿Podemos eliminar las interpretaciones inconscientes privadas del lector externo cuando se exponga al desarrollo del caso?


4. ¿Podemos proporcionar las reglas necesarias mediante las cuales el contexto transforme el contenido?


5. ¿Cuándo sabremos que hemos descubierto una cantidad suficiente de interpretaciones inconscientes como para posibilitar la transición de la competencia normativa a la privilegiada?,


6. ¿Podemos establecer un estándar que determine que se ha alcanzado un grado suficiente de claridad?


Spence concluye el capítulo señalando que los informes clínicos alcanzan diversos grados de persuasión, pero su poder de convicción reside más en el estilo literario del autor que en la presentación de pruebas. Spence propone como alternativa que más que llegar a una conclusión por fe, lo que tendríamos que buscar es que el lector llegue a una conclusión o formulación junto con el analista tratante. Si el lector externo acaba teniendo ese tipo de experiencia empática, entonces podremos concluir que nuestra naturalización ha sido lo suficientemente completa, y que no es necesario seguir. Una viñeta naturalizada puede evaluarse por el efecto que consigue. Si le da al lector externo el tipo de persuasión irrevocable que hemos aprendido a asociar con un argumento filosófico clásico o con una prueba matemática, entonces habremos alcanzado nuestro objetivo consistente en hacer que los datos privilegiados sean accesibles a todo el mundo.


Capítulo IX: El sucesor de la arqueología


Freud fue el primero en reflexionar sobre la ambigüedad de las expresiones que utilizamos cada día, pues “cada afirmación tiene muchos significados y varias posibles lecturas”. Spence observa cómo ahora vuelve a ser actual esta reflexión desde dos tradiciones de pensamiento diferentes. El filósofo Searle (1979) afirma que no existe un “contexto cero” para la interpretación de la gran mayoría de frases. Desde nuestra competencia semántica, solamente entendemos el significado de dichas frases si contamos con suposiciones de fondo sobre los contextos en los que se podrían expresar las frases.  Cualquier afirmación puede tener distintos significados dependiendo de las diferentes suposiciones de fondo que se hagan. El problema del contexto cero, decía Searle, puede verse como la otra parte del principio de la función múltiple: la ambigüedad es la regla, más que la excepción. Cualquier analista se sentiría familiarizado con esta manera de escuchar las expresiones del paciente. Buscando otros significados más allá de la estructura manifiesta de la frase. Pero el giro interesante es que actualmente estamos aplicando también este enfoque a lo que expresa el analista. Lo que el paciente dice se tiene que escuchar siempre teniendo en cuenta el trasfondo de su vida y nunca se pude entender completamente a menos que conozcamos el contexto completo, pasado y presente. Estamos empezando a darnos cuenta de algunos de los contextos que tienen que proporcionarse al lector externo, pero todavía estamos lejos de tener claro cuál es la forma de presentación adecuada.


Si la ambigüedad está presente en todas partes ¿entonces cómo podemos escapar? Freud lo intentó a través del modelo arqueológico. Si su método le posibilita contactar con el pasado real, la sugestión queda eliminada: el analista simplemente hace que salga a la luz la prueba. Spence nos recuerda que un arqueólogo y un analista trabajan con diferentes tipos de fragmentos. Como analistas, nunca podemos establecer contacto directo con los datos pictóricos de los sueños o los recuerdos. El lenguaje media siempre nuestro entendimiento de los datos visuales. Se da siempre una dificultad a la hora de expresar los datos visuales con palabras, y lo que se expresa puede tener, o puede no tener, mucho en común con lo que visualmente se experimenta. La asociación libre no es una forma de retroceder al sueño o recuerdo original. En análisis estamos tratando con descripciones verbales de formas y fragmentos.


Una vez que admitimos que nuestro método no es una arqueología de hechos, y que nos basamos siempre en descripciones verbales, nos damos cuenta de que es muy difícil resolver el problema de la ambigüedad. En lugar de la imagen y el sonido original de unos hechos, lo que tenemos es la interpretación del paciente, interpretada en segundo lugar por el analista y, en tercer lugar, por el lector del informe publicado. Cada una de estas interpretaciones se realiza en un contexto mediador, pero estos contextos suelen ser invisibles, y por lo tanto, no tenemos forma de evaluar lo adecuado de la interpretación. No hay posible acceso a los fragmentos de la experiencia original por afuera del lenguaje. Las formas se representan en el lenguaje de manera vaga y ni siquiera las propiedades especiales de la situación analítica, nos dan acceso privilegiado a los “fragmentos” originales. Y puesto que el paciente tiene que expresar sus pensamientos, siempre se verá influenciado por lo que hemos denominado las condiciones de “describibilidad”, que plantea siempre el riesgo de que nuestras experiencias se amolden a los nombres disponibles en nuestro contexto de conversación, aunque no sean estos los mas adecuados para describir la experiencia.


Las traducciones al lenguaje de la experiencia son base poco fiable para deducir información motivacional con certeza. Las formas lingüísticas que puede tomar una imagen son múltiples. En vez de representar una parte del pasado, la expresión es más bien una creación del pasado, un acto creativo, como ha sugerido Viderman (1979), que puede adoptar diversos significados dependiendo del contexto circundante. El modelo arqueológico no es adecuado para enfrentar el problema de la ambigüedad del lenguaje.


Spence muestra que el método analítico nunca ha señalado la importancia de la ambigüedad en el proceso analítico. Una vez asumido el hecho de que los significados son numerosos, a duras penas podemos suponer que el que nosotros descubrimos es necesariamente el más importante. Descubrir un significado es diferente de descubrir un fragmento perdido. La ambigüedad de la expresión o el síntoma permanece después de que hayamos llevado a cabo una interpretación. Para Freud el entendimiento del analista carecía de ambigüedad, siendo accesible para cualquiera con competencia normativa.


Si abandonamos el método arqueológico, advierte Spence, se nos abre un camino que conduce a una serie de perspectivas desagradables. Si ya no establecemos contacto con partes del pasado, ¿por qué motivo tendríamos que pensar que nuestra interpretación es de algún modo privilegiada? No sólo estamos expuestos a la carga de sugestión, sino que además se nos puede acusar de tomar decisiones basándonos en pruebas insuficientes. Nuestra interpretación no se puede validar mediante el descubrimiento de una parte del pasado. Cualquier expresión está sujeta a innumerables interpretaciones. ¿Por qué criterio nos regimos a la hora de validar nuestras interpretaciones?, se pregunta Spence. Nos recuerda su anterior conclusión respecto a que tampoco podemos confiar exclusivamente en la adecuación narrativa, ya que la narrativa de una vida suele estar constituida de un modo tan impreciso que, prácticamente cualquier dato, puede encontrar en ella un hogar narrativo.


La interpretación como experiencia estética


Spence sugiere que podría resultar útil pensar que una interpretación es una especie de experiencia estética y no una expresión que históricamente es o bien verdad o bien mentira. Desde este punto de vista, cabe preguntarse qué es lo que contribuye a lo que se podría denominar la belleza de la experiencia. Una cantidad importante de críticos afirman que la verdad no tiene nada que ver con la experiencia estética. Una respuesta estética incluye mucho más que la simple apreciación cognitiva del mensaje e implica la “suspensión de la incredulidad”. Aplicado a una interpretación, este argumento sugeriría que la verdad histórica de la interpretación no es necesariamente pertinente al impacto clínico. También sugeriría que una interpretación tiene que ser mucho más que una simple proposición ya que, para que se dé una experiencia estética, tenemos que proporcionarle al paciente algo del estilo de un estímulo estético. Una vez más empezamos a ver la importancia de la parte retórica de una interpretación: cómo se dice puede ser tan importante, o incluso más, que el propio mensaje. Una vez hayamos pasado a un ámbito estético, ya es menos importante preguntar sobre la verdad histórica de una interpretación, del mismo modo que apenas pensaríamos en preguntar sobre la verdad histórica de un cuadro. Sin embargo, prosigue Spence, realizamos preguntas acerca de otro tipo de verdad cuando nos encontramos frente a un cuadro, algo a lo que llamaríamos su “verdad artística”. Esta respuesta nos abre paso a otro modo de interpretar a Viderman (1979). Igual que un cuadro de J. Constable de un paisaje inglés, es algo más que una simple copia y posee una especie de verdad artística, una buena interpretación puede poseer una verdad artística como función de su expresión y coordinación. La verdad artística no tiene necesariamente conexión con la exactitud histórica pero, al mismo tiempo, la noción de verdad artística significa que cualquier propuesta no es válida para cualquier cuadro o interpretación, tiene que ajustarse a ciertos estándares artísticos o clínicos. Y mientras esto se cumpla, se convierte en objeto de belleza, sin tener en cuenta el grado de precisión con el que representa la escena en cuestión.


Así, el modelo artístico representa una alternativa al enfoque arqueológico. Ya no buscamos la precisión histórica sino que apreciamos el atractivo estético de la interpretación. Si tratamos el problema de esta forma podremos dejar un espacio para la idea de Viderman (1979) consistente en que las interpretaciones son básicamente creativas; así como para la hipótesis consistente en que para un determinado acontecimiento clínico se podrían aportar diferentes interpretaciones. La idea de verdad artística, puede utilizarse además para ampliar y extender nuestra definición de verdad narrativa. Sugiere que no cualquier narrativa lo hace; que la coherencia y el estado completos son elementos necesarios pero no suficientes; y que un ingrediente importante del poder de persuasión es la naturaleza estética de la narrativa. Igual que con cualquier historia buena, la forma es tan importante como el contenido. Y el entendimiento suele surgir cuando un viejo recuerdo se cuenta en un nuevo contacto (tomemos el comentario que se suele escuchar de los pacientes y que sigue a una interpretación, consistente en que “lo sabía todo”). La verdad artística de una narrativa puede mantener su estructura a lo largo del tiempo y hacer que el paciente pueda recordar mejor lo que aprendió durante el análisis.


La interpretación como afirmación pragmática


Spence propone una segunda forma de apreciar la peculiar fuerza de una interpretación, pensando ésta como una reivindicación de la verdad que no siempre se puede comprobar. Aquí estamos hablando de una clase de expresiones llamadas afirmaciones pragmáticas que se pueden definir de la siguiente manera: “Cuando alguien hace una afirmación, con la cual quiere inducir a él mismo o a los demás a creer, pero sobre la que no sabe en ese momento y quizás no pueda saber si es verdad o no, podríamos decir que está utilizando el lenguaje de forma pragmática, y que la afirmación en cuestión es una afirmación pragmática” (Singer, 1971, p.27). Se realiza esta afirmación no porque se sepa el resultado, sino porque se quiere influir en el mismo. Una afirmación pragmática no es ni falsa ni verdadera ya que no tenemos bases para comprobar su valor verdadero; más bien, se trata de un instrumento que sirve para dar lugar a una determinada forma de proceder.


Spence cree que una interpretación puede ser descrita del mismo modo. En primer lugar, es un medio para un fin; es dicha esperando que conduzca a material clínico adicional y clarificador. Como Viderman (1979) ha dejado claro, su verdad reside más en el presente y en el futuro que en el pasado: puede convertirse en verdad por primera vez justo al ser pronunciada. Igual que con otras afirmaciones pragmáticas, decir una interpretación es atribuirse su verdad, igual que cuando un político dice “voy a ganar”, está realizando un tipo especial de afirmación. Tales afirmaciones las suelen pronunciar las autoridades.


La verdad de tales afirmaciones es siempre contingente y nunca absoluta. Con esto queremos decir que su verdad es una función de otras cosas aparte de la afirmación en sí; en el caso de una interpretación, depende de factores como el estado de la transferencia, su relevancia respecto a otras partes de la conversación, su coordinación, su expresión, y otros aspectos de su atractivo convincente. Puesto que la verdad no es absoluta, resulta imposible buscar confirmación en otras partes del registro clínico, ya que su precisión histórica no nos diría nada sobre su efectividad pragmática. Como consecuencia, no tenemos por qué preocuparnos por el hecho de que gran parte de nuestras pruebas sean de segunda mano y que las afirmaciones verbales del paciente sean sólo aproximaciones de su experiencia.


Una afirmación pragmática es un determinado tipo de acto de habla, y podría decirse que el analista que lleva a cabo una interpretación está ejecutando un determinado tipo de acto de habla en la situación analítica. Spence realiza una comparación con otras dos profesiones que puede ayudar a aclarar el tema. Searle (1979) afirma que un periodista de un periódico, cuando escribe un artículo fáctico, está llevando a cabo tres tipos de compromiso: primero, se compromete a contar la verdad de cualquier propuesta determinada de la historia; en segundo lugar, tendría que ser capaz de proporcionar pruebas o razones que muestren la verdad de dicha propuesta; y por último, se compromete a creer en la verdad. En comparación, un novelista, finge hacer estas afirmaciones pero en realidad no puede. Realiza ciertas afirmaciones que no son necesariamente verdad, para las que no puede facilitar prueba alguna y en las que puede que no crea. Spence postula que el analista comparte con el periodista la responsabilidad de creer en la propuesta que está presentando pero que está menos comprometido con su verdad. El analista suele ser incapaz de proporcionar pruebas de apoyo para su interpretación. Por eso, la interpretación puede definirse como la afirmación de una creencia en una propuesta pero nada más, (igual que un político cree que va a ganar la semana que viene y defiende con orgullo su postura, pero no puede probar la verdad de esta afirmación o proporcionar pruebas que sirvan de apoyo). El analista se compromete a creer en su formulación pero no necesariamente a creer en su referente.


La diferencia existente entre estos dos tipos de creencia sería análoga a la diferencia entre construcción y reconstrucción. Si decimos que un acontecimiento pasado podría haber sido de algún modo importante en la experiencia del paciente, estamos expresando una creencia en la propuesta o, dicho de forma más coloquial, formulando una construcción que no está necesariamente sujeta a un determinado tiempo y espacio. Creemos que algo de este tipo puede haber sucedido pero sin embargo no nos comprometemos a encontrar la confirmación necesaria. Por otro lado, si nos comprometemos a reconstruir el pasado, estaremos reclamando su valor histórico verdadero y estaremos obligados a proporcionar documentación histórica. El modelo arqueológico nos lleva a lo segundo; el modelo pragmático nos conduce a lo primero. Spence plantea que, al final de su carrera, a Freud (1937, págs. 265-66) le estaba convenciendo el modelo pragmático, tal y como muestra en la siguiente afirmación: “El camino que comienza en la construcción del analista debería terminar en la recolección del paciente; pero no siempre se llega tan lejos. Con bastante frecuencia nos pasa que no logramos hacer que el paciente recuerde lo que se ha reprimido. En cambio, si el análisis se lleva a cabo correctamente, provocaremos en él una convicción plena en la verdad de la construcción que logra el mismo resultado terapéutico que un recuerdo recuperado”.


La “convicción plena en la verdad” equivale al tercer tipo de compromiso de Searle, la creencia en la propuesta, la cual es fundamental para lograr que una interpretación sea efectiva.


Parece que se puede decir algo parecido para el artista. Éste se compromete a creer en la verdad de su cuadro, con la que nos referimos a su verdad artística, pero sin embargo, no necesita decir nada acerca de su verdad como representación del mundo real. Tampoco esperaríamos que proporcionara pruebas de su verdad, después de todo, el arte solamente está ligeramente unido a la realidad.


Spence reitera que puede que las raíces históricas de una interpretación sean menos críticas de lo que Freud había pensado y que el psicoanálisis quedará en mejores condiciones si abandona el modelo arqueológico. Y reitera que una interpretación es una creación estética y una afirmación pragmática. Ambas constituyen modos adicionales de entender la verdad narrativa. Y tienen que considerarse como medio para futuros efectos y no como el resultado de causas pasadas.


Tenemos que distinguir entre creencia en una afirmación y la creencia en su verdad histórica. El analista, a diferencia del novelista, se compromete a creer en su hipótesis y tiende a utilizarla de un modo pragmático, como forma de hacer que pase algo. Está menos comprometido a creer en su valor verdadero, bien porque no tiene una forma de saber si realmente sucedió o no, o bien porque está proponiendo algo que no tiene correspondencia clara con un acontecimiento de la vida del paciente. La pregunta más apropiada se refiere a su verdad artística, su importancia como especie de esfuerzo creativo, una recopilación de hechos conocidos acerca del paciente de una forma nueva y que conlleve una alta probabilidad de hacer que suceda algo en el espacio analítico (verdad pragmática). Las afirmaciones pragmáticas son más interesantes por su efecto que por su verdad o falsedad histórica.


Interpretaciones estéticas y pragmáticas


Al combinar las dos alternativas, Spence llega a la siguiente formulación: al comprometerse a creer en la hipótesis (el componente pragmático) que plantea, el analista está interesado en el resultado que sus palabras van a producir en la mente del paciente y en el espacio analítico; el analista interpreta con el sincero convencimiento de que sus palabras van a facilitar el proceso terapéutico, y las organiza en la mejor combinación posible y en el mejor momento posible (componente estético). Como prueba de su intención, introducirá frecuentemente su interpretación como “Me parece que…”,   “Me pregunto si…”, “Te ha sucedido que…” y expresiones similares. Las afirmaciones pragmáticas tienen una función instrumental.


Resulta imposible, o sin importancia, responder a preguntas sobre la verdad histórica de las interpretaciones, igual que en el caso de las expresiones creativas. Si pensamos en ellas como afirmaciones pragmáticas, nos daremos cuenta de que están diseñadas para producir resultados más que para documentar el pasado; están diseñadas básicamente para provocar un cambio de pensamiento. Y si pensamos en ellas como producciones realmente artísticas, que nunca se han dado de esa forma con anterioridad, veremos que no tienen más correspondencia demostrable con la realidad que un cuadro o una canción. Una vez hayamos creído que las interpretaciones son creaciones artísticas que pueden producir una respuesta estética, estaremos, tal y como hemos señalado, menos interesados en la verdad de las partes particulares.


Ambas aproximaciones nos llevan a la misma conclusión. Independientemente de que pensemos que una interpretación es un tipo especial de acto oral que pertenece a la categoría de las afirmaciones pragmáticas o un producto artístico a ser evaluado según criterios estéticos, estamos fundamentalmente interesados en el efecto que produce más que en sus credenciales pasadas.


Spence sostiene que una vez nos dejamos de interesar por la exactitud histórica, podemos abandonar el modelo arqueológico y nos podemos sentir más cómodos con la naturaleza defectuosa de los datos clínicos. Ya no necesitamos avergonzarnos por nuestra “arqueología de las descripciones”.


Al definir una interpretación bien como una afirmación pragmática o bien como una creación artística, nos dice Spence, estamos enfatizando el hecho de que su valor verdadero es contingente. Así, una interpretación ya no puede ser evaluada en su particular forma proposicional, sino que hay que tener en cuenta las condiciones bajo las que ésta ha sido creada y sus consecuencias. Spence extrae dos consecuencias importantes de estos razonamientos. La primera, si la verdad de una interpretación es siempre contingente, su evaluación depende altamente de en qué grado es completo el contexto; es muy difícil llevar a cabo un cálculo adecuado si los datos no son completos. La competencia privilegiada es un requerimiento básico para evaluar los datos clínicos, simplemente tenemos que estar informados de todas las contingencias posibles antes de poder juzgar una determinada interpretación. La segunda consecuencia se refiere al problema del cambio conceptual. Si la verdad es contingente y si solamente podemos entender el significado y la importancia de una interpretación si tenemos en cuenta todas las suposiciones de fondo que operaban en ese espacio analítico determinado, entonces no nos debería sorprender la aparición periódica de discrepancias teóricas, resultado de llegar a conclusiones con datos insuficientes.


Los defensores de una escuela, por ejemplo, elegirán por una serie de razones, tener en cuenta solamente un determinado subconjunto de datos clínicos y de este dominio sacan determinadas conclusiones. Otra escuela, de otro subconjunto, saca conclusiones diferentes. Puesto que cada grupo tiene que reivindicar solamente competencia normativa ( sin que existan protocolos completamente naturalizados), estos están, por definición, insuficientemente informados, por lo que no nos tiene que sorprender el hecho de que saquen conclusiones bastante diferentes acerca del significado de un determinado protocolo.


Una vez más nos encontramos con el problema central de la competencia privilegiada. Spence declara imposible elevar un suceso clínico a un nivel superior de discurso hasta que un intercambio terapéutico determinado sea totalmente accesible a todos los lectores. Hasta que el protocolo se naturalice completamente, siempre correremos el riesgo de mezclar suposiciones mediadoras privadas y públicas. Parece que ya que ninguna afirmación tiene un significado totalmente literal (y el nivel medio de ambigüedad de las expresiones clínicas es probablemente mucho más alto de lo normal), para que cualquier afirmación se entienda completamente, tiene que ser “escuchada” teniendo en cuenta el mismo trasfondo supuesto por el analista tratante.  Solamente un ligero cambio en la mezcla de suposiciones de fondo puede provocar un importante cambio en el supuesto significado.


Spence observa que hemos intercambiado el problema de encontrar respuestas en el pasado (el modelo arqueológico), por el problema igualmente complicado consistente en naturalizar el presente. Lo que Viderman (1979) ha denominado el espacio analítico adquiere una nueva importancia porque una expresión determinada solamente puede entenderse teniendo en cuenta el trasfondo de este espacio. Pero donde Viderman (1979) optaba por dejar un espacio algo místico y algo indefinido, Spence propone que no nos queda otra elección que hacerlo totalmente explícito. Independientemente de que nos estemos refiriendo a la teoría clínica o a la metateoría del psicoanálisis, no nos queda otra opción que publicar del todo y hacer completamente accesible cada intercambio; una expresión solamente puede entenderse si el espacio circundante está completamente definido.


Capítulo X: Verdad narrativa y verdad histórica


La explicación narrativa se aplica a la hora de hacer interpretaciones formales e informales, en la escucha activa de las asociaciones de los pacientes, que son fragmentarias y ambiguas. Las interpretaciones informales deben ser naturalizadas para ser accesibles. El problema, nos dice Spence, es que no tenemos un método para transformar la competencia normativa en competencia privilegiada; no tenemos un protocolo para naturalizar las transcripciones. Spence explica que el proceso de naturalización de las interpretaciones no oficiales del analista consiste en hacer explícitas las asunciones que el analista tratante va haciendo a medida que escucha las aseveraciones o expresiones de su paciente, durante el curso de la conversación. Sólo este tipo de información puede hacer que el intercambio analítico sea accesible a un analista externo al tratamiento, que no comparte las asunciones de trasfondo del analista tratante, y que probablemente tiene otras. Spence propone que debemos empezar a acostumbrarnos a desempaquetar las transcripciones inmediatamente después de terminar las sesiones, ya que las interpretaciones implícitas son muy vulnerables al paso del tiempo. La naturalización de las trascripciones, nos dice Spence, se hace especialmente necesaria allí donde el intercambio psicoanalítico se centra en torno a asociaciones libres y fragmentarias del paciente. Es en estos momentos del intercambio, donde el analista necesita explicitar las suposiciones de fondo que estaba haciendo en su escucha, fruto de las cuales emergen en un momento determinado las interpretaciones oficiales.


Asunciones públicas y privadas


Las asunciones involuntarias del analista pueden provenir de la teoría psicoanalítica compartida por los analistas de una época y escuela, o del trasfondo de asunciones privadas del analista. Las asunciones públicas son fruto de la experiencia profesional compartida y de la formación continuada y las asunciones privadas son fruto de la experiencia personal del analista, de sus miedos y esperanzas personales; es decir, de la contratransferencia.


Spence considera la contratransferencia no como una fuente de error a eliminar, sino como una parte necesaria de la escucha activa, sin la cual no podría darse el entendimiento por parte del analista acerca del encuentro analítico. Spence considera que precisamente por la inevitabilidad de las asunciones privadas, es importante llevar un registro consciente y sistemático sobre cómo estas se van haciendo en cada momento de la sesión analítica. Esto implica un entrenamiento especial por parte del analista, que actualmente no tenemos. Spence  enfatiza que necesitamos entrenar a nuestros analistas en la competencia de hacer explícitos los significados privados de sus intervenciones; sus intenciones a la hora de hacer una interpretación y las motivaciones de sus intenciones.


Este requisito adquiere especial relevancia si entendemos las interpretaciones como enunciados pragmáticos que deben ser juzgados en relación a lo que intentan conseguir. Para naturalizar un texto, debemos hacer emerger las interpretaciones no transcritas, no oficiales, que dan lugar a las interpretaciones oficiales. Spence propone que la tarea contemporánea es la de una arqueología de las descripciones y no de los hechos. El contacto con la memoria del paciente está siempre mediado por el lenguaje. Por ello, debemos asumir que las interpretaciones posibles respecto a las asociaciones del paciente son múltiples. Y que un analista debe dar cuenta del proceso que le ha llevado a elegir una de entre las muchas posibles interpretaciones. Debe permitirnos ver cómo su contexto de interpretación ha influido y conformado el contenido de su interpretación.


El problema de la validación


Spence ha conceptuado las interpretaciones formales como creaciones artísticas y pragmáticas. Desde este punto de vista, ya no tiene sentido seguir hablando de la validación histórica de una interpretación. Hemos visto que no tenemos un método sistemático para descubrir los determinantes causales que motivaron una asociación de un paciente, sin que medie el entendimiento del analista, con sus propias hipótesis y aportaciones de significado. Spence enfatiza que contrariamente al modelo arqueológico, es más apropiado hablar de construcción que de reconstrucción. Es más apropiado pensar en las construcciones como creaciones de sentido que se hacen en el presente y que no necesariamente tienen un referente en el pasado. Es más apropiado reemplazar la verdad histórica por la verdad narrativa. Spence refiere que el mismo Freud, en la última etapa de su vida, parece que tomó una posición a favor del efecto terapéutico de las construcciones hechas y recibidas, por analista y paciente respectivamente, con convicción.


Por otro lado, si vemos las interpretaciones como creaciones artísticas, podemos entender que producen su efecto gracias a la suspensión de la incredulidad que el significado literal de una interpretación puede provocar y la apertura al efecto artístico y retórico de su contexto. Una interpretación puede obtener su efecto terapéutico, no de su correspondencia con un evento del pasado, sino de su capacidad de establecer una nueva configuración entre partes de la narrativa del paciente que hasta la fecha permanecían desconectadas. En cada época de la vida, prosigue Spence, podemos por tanto, organizar la narrativa que da sentido a nuestra vida, de acuerdo a distintos esquemas organizadores significativos. La conexión que hacemos entre los eventos de nuestras biografías, a través de la narrativa, es significativa porque tiene sentido para la persona. Spence cita a Gergen (1981), “no hay manera de verificar o falsar el sentido de un modo de interpretar”. La construcción narrativa no se valida descubriendo acontecimientos en el pasado.


Verdad narrativa y Verdad histórica


En este último apartado, Spence se plantea los problemas que la falta de posibilidad de verificación de las interpretaciones tiene para la teoría psicoanalítica. Si las interpretaciones son creativas en vez de verídicas, y si la función del analista es más la de construir patrones, que den sentido a los fragmentos de la narrativa del paciente, más que la de descubrir patrones preexistentes, todo esto nos lleva a la imposibilidad de establecer  reglas generales para el psicoanálisis. Si el impacto de una determinada interpretación es contingente a un determinado contexto espacio-temporal, las reglas de su verdad no son generalizables. La verdad de una interpretación se parece más a la verdad de una obra de arte.


Spence defiende que las presuposiciones generales provenientes de la teoría son un “handicap” para el buen funcionamiento del analista en el caso concreto. La búsqueda de la confirmación de conceptos universales puede hacer que el analista pierda la oportunidad del momento psicoanalítico concreto, insertando piezas de teoría, para rellenar las discontinuidades, en lugar de crear una construcción adaptada al caso en particular. Y lo peor es que intentemos extraer conclusiones generales de encajes de patrones muy débiles. Si caemos en la confusión de intentar dar a nuestra interpretación un fundamento de verdad histórica, las consecuencias son que las explicaciones analíticas se reificarán y desalentarán la búsqueda de interpretaciones alternativas. Spence considera que nunca debemos olvidar que las interpretaciones que hacemos son siempre unas de las muchas posibles.


Spence propone que el analista debe contemplarse más como inmerso en un proceso de creación artística que de descubrimiento histórico, junto con los pacientes y con sus colegas. La consecuencia de esto es que la verdad narrativa a la que llegamos en cada caso, no es generalizable a otros casos, es relativa al caso concreto. Nuestros descubrimientos son situacionales y necesitan ser entendidos en su contexto específico. Por esto, termina Spence, es absolutamente fundamental facilitar el “desempaquetaje” de cada encuentro terapéutico, pues sólo si tenemos acceso al contexto de las asunciones de trasfondo desde las que el analista va dando forma al intercambio analítico, a través de sus intervenciones e interpretaciones, podremos tener acceso a la comprensión de ese encuentro. Debemos encontrar caminos para demostrar como la verdad emerge de cada diálogo analítico, de modo que lleva a cambios en la manera de entender del paciente y del analista. Sólo así podremos iniciar el camino hacia la formulación de una nueva ciencia de la mente.


Comentario de la autora de la reseña


Escrita en 1982, esta obra abre el debate a la mayor parte de los temas que en nuestra actualidad siguen estando en primera línea de interés en cuanto a la epistemología del psicoanálisis. Spence realiza en esta obra una exploración sistemática y profunda de las consecuencias que, para el psicoanálisis tiene, el cambio de paradigma en la teoría del conocimiento; el cambio del modelo positivista de verdad histórica, al modelo construccionista de verdad narrativa.


En la primera mitad del libro nos advierte de los peligros de seguir funcionando en psicoanálisis con el modelo arqueológico, de descubrimiento de la verdad en el pasado de las memorias de nuestros pacientes. El principal problema de este modelo, nos dice, es que nos lleva a la falacia proyectiva de creer que nuestras interpretaciones de las asociaciones que produce un paciente, son las únicas posibles, y por tanto, nos exime de la responsabilidad de dar cuenta del contexto de creación de nuestras interpretaciones. Este es el principal fallo de la literatura psicoanalítica, señala Spence. Los informes clínicos publicados no están por lo general naturalizados; es decir, no se explicitan las asunciones teóricas y privadas que el analista hace y que motivan las interpretaciones que aparecen en las trascripciones. Sin acceso al contexto de significación interno del analista, desde el que este produce sus interpretaciones, los lectores externos, no tenemos manera de poder evaluar lo adecuado de sus intervenciones, en el curso del diálogo psicoanalítico. La falta de costumbre de naturalizar los textos, es decir, de hacer explícitas las asunciones que se van haciendo en el curso del diálogo analítico y que motivan las interpretaciones del analista, se debe como decíamos, a entender la tarea psicoanalítica bajo el paradigma de la verdad positivista, según el cual la verdad de la historia del paciente sólo puede ser una, y es esta la que el analista debe descubrir en el proceso de cura. Dadas unas asociaciones, sólo hay una interpretación correcta. Por el contrario, funcionar bajo el paradigma de verdad narrativa, nos lleva a asumir que las interpretaciones posibles a las asociaciones del paciente son múltiples, y que estas no se derivan únicamente del material que aporta el paciente, sino que la subjetividad del analista es parte activa en su producción. La interpretación aparece así más como un proceso creativo, en el que el analista ayuda a dar una nueva forma más coherente y “abarcativa” a los distintos fragmentos de la vida del paciente. Para proporcionar acceso a la comprensión de sus interpretaciones a un analista externo al caso, el analista tratante tiene que proceder a “desempaquetar” sus asunciones implícitas, y muchas veces dadas por supuesto, acerca del proceso.


En la segunda mitad de este libro, que reseñamos en este número de Aperturas, Spence profundiza más en torno a sus disquisiciones acerca del tipo de verdad al que podemos aspirar en psicoanálisis, y por lo tanto avanza en la teoría del conocimiento psicoanalítico. La verdad de las interpretaciones es una verdad narrativa más que una verdad histórica, nos dice. Esto es, su validez se apoya más en la adecuación y coherencia narrativa que en la precisión histórica de los sucesos narrados. Spence defiende que la verdad narrativa tiene efectos terapéuticos. Cuando conseguimos construir una versión de la vida del paciente más coherente y plena de sentido, se produce cambio terapéutico. Pero la verdad de las interpretaciones no se ciñe únicamente al criterio de adecuación narrativa, sino que debe cumplir los requisitos de “verdad estética” y “verdad pragmática”. La primera se da cuando se reorganizan los fragmentos de la narrativa del paciente de una nueva forma que no es sólo coherente y con sentido, sino que además, conmueve profundamente al paciente y le produce un efecto catártico y de reconstrucción de su mundo de significados interno. Es decir, ayuda al paciente a mirar los acontecimientos de su vida desde nuevas perspectivas. La “verdad pragmática”, se contrasta con la capacidad de la nueva narrativa para producir nuevos efectos en la vida del paciente. Es decir, que no sólo da un nuevo sentido a la historia de vida del paciente, sino que le ayuda a vivir de otra manera. Creo que Spence está abriendo la puerta a la concepción de la interpretación válida como aquella que es capaz de movilizar cognitiva y emocionalmente al paciente y de implicarle en nuevos cursos de pensamiento y acción.


Respecto al avance del psicoanálisis como ciencia, Spence no deja de insistir en la importancia de no confundir la verdad histórica con la verdad narrativa. Y que el llegar a formular leyes generales respecto al funcionamiento humano, debe basarse en una investigación empírica con acceso a los datos originales que proporciona el paciente y a los pormenores del intercambio terapéutico. De todos modos, me parece que Spence apunta, hacia el final del libro, a una investigación cualitativa, basada en estudios de caso único. Termina diciendo que la verdad en psicoanálisis es siempre contextual y referida a un espacio-tiempo concreto de un encuentro analítico. Sobre lo que el psicoanálisis debe seguir investigando, recomienda Spence, es sobre la forma en que la verdad narrativa se produce en los intercambios psicoanalíticos concretos.


Spence nos advierte de los peligros de escuchar al paciente desde preconcepciones teóricas que nos impidan atender a lo específico y único de la experiencia del paciente, y que no nos permitan ayudarle a ir aprendiendo a buscar las palabras que encajan con su experiencia sentida, en lugar de adaptar su experiencia a los nombres disponibles en el contexto establecido por las exigencias conversacionales.


Me parece de especial interés la reflexión que a lo largo de la obra desarrolla Spence, acerca del proceso de poner la experiencia en palabras. Sostiene que esta es una empresa para la que el ser humano parece estar insuficientemente dotado. El lenguaje no alcanza a poder reflejar las experiencias originales tal y cómo fueron. En este punto, Spence parece dejar ver una cierta nostalgia de la certeza a la que se creía llegar cuando se entendía el conocimiento como un reflejo de la realidad. Tras el giro lingüístico, tras la conciencia de que la experiencia se elabora, piensa y toma forma en y con el lenguaje, queda en entredicho la posibilidad de reflejar con el lenguaje las experiencias originales, pues el lenguaje moldea, conforma y en este sentido transforma la experiencia, en el mero acto de decirla. Parece que en este punto Spence manifiesta una frustración por no poder reflejar en el lenguaje las experiencias tal y como se vivieron. Desde mi punto de vista, Spence está facilitando la necesidad del planteamiento de la conveniencia de la introducción de técnicas activas en el método psicoanalítico, que ayuden a expresar a través de la acción, la representación dramática y la expresión personal creativa, emociones, formas de funcionar en relación y de interactuar e imágenes e impresiones sensoriales que no encuentran en la linealidad del lenguaje su nicho. Me aventuro a decir que la solución al problema que plantea Spence pasa por la incorporación de técnicas que impliquen el uso de la comunicación corporal y no verbal en la terapia.


Bibliografía


Referenciamos a continuación las obras citadas por Spence que han sido recogidas en esta reseña:


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