Introducción a la obra de Ronald Fairbairn. Los orígenes del psicoanálisis relacional [Rodríguez Sutil, C., 2010]

Publicado en la revista nº036

Autor: Ávila Espada, Alejandro

Reseña: Introducción a la obra de Ronald Fairbairn. Los orígenes del psicoanálisis relacional. Carlos Rodríguez Sutil. Madrid: Ágora Relacional (2010) 


El enfoque relacional en psicoanálisis es resueltamente humanista. La obra que hoy comento así lo atestigua desde la referencia inicial a Ortega: En suma, que el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia. Ahí queda ese botón de muestra. La teoría de las relaciones objetales, dice Rodríguez Sutil en varios lugares, da origen a una epistemología intersubjetiva y externalista, con el paso de una concepción de la mente pulsional y defensiva a una mente de configuraciones relacionales.


Ramón Riera, reconocido representante de esta orientación, reconoce en el prólogo no ser un especialista en el pensamiento de Fairbairn y, por eso, este trabajo le ha resultado especialmente interesante. Destaca Riera la que le parece leit-motiv  de Fairbairn y de las páginas que siguen: la libido no busca la descarga sino el objeto. Y aclara después que, desde la perspectiva relacional el bebé no está gobernado por las pulsiones, sino que viene equipado para conectar con los objetos, construir con ellos sistemas relacionales progresivamente más complejos para conseguir una buena regulación mutua de las emociones.


Ya en el Prefacio Rodríguez Sutil comienza advirtiendo que no se trata de una introducción elemental y sugiere al lector menos especializado que se salte alguna parte del libro en una primera lectura. Entre los objetivos de este libro están: motivar una relectura más atenta de los artículos de Fairbairn, la traducción de los que todavía están sólo en inglés y fomentar la aparición de nuevos trabajos en castellano sobre el psicoanalista escocés.  Nosotros añadiremos que la lectura de este libro es rica y compleja, hasta el extremo de que no confiamos en exceso poder dar una versión resumida en estas líneas que en más de un punto no sea una traición del original, en cualquier caso, bienintencionada. Y es una lectura compleja no porque añada dificultad gratuita sino porque trata sin rodeos de problemas centrales que acechan desde hace tiempo a la teoría psicoanalítica.


La introducción ofrece un "Breve panorama del psicoanálisis anticartesiano", donde se rastrean los orígenes de la epistemología relacional, a partir, sobre todo, de la teoría de las relaciones objetales definidas por el “Grupo Intermedio o independiente”: Balint, Fairbairn, Winnicott, Bion; críticos con la doctrina pulsional clásica. El placer libidinoso no es la fuerza motivacional principal, sino solo un medio para obtener al objeto.


El enfoque relacional supuso un giro anticartesiano, que el autor califica de “copernicano”, por el cambio radical de perspectiva en la concepción psicoanalítica de la ontogénesis, que se ilustra con la integración de conceptos fundamentales en la historia del psicoanálisis: confusión de lengua, falta básica, fase del espejo, etc. Completándola con los elementos necesarios de la ontología: Hegel, Wittgenstein, Heidegger, etc. Lacan parece haber extraído las conclusiones pertinentes de la filosofía contemporánea y algunas de sus ideas son coherentes con la perspectiva relacional, pero también se nos muestran aspectos de radical incompatibilidad, como se hace evidente en las características de la relación analista-paciente que propuso el analista francés:



“Lacan se acerca a algunos postulados del psicoanálisis relacional, en la medida en que propone un psicoanálisis estructuralista, alejado en la práctica de las concepciones energetistas y biológicas del fundador. Sin embargo, se aleja de forma radical, al proponer una teoría del lenguaje esencialmente formalista, ajena a la óptica funcionalista propia del psicoanálisis relacional, y de muchos otros, y centrarse en el discurso verbal – el significante -  mirando la expresión emocional como un epifenómeno, un fenómeno secundario engañoso” (p. 24).



Para Fairbairn el psiquismo está formado por los objetos introyectados, pero si las pulsiones no pueden existir en ausencia de una estructura del Yo, piensa que no se puede establecer una delimitación práctica entre el Yo y el Ello. La represión rechaza los objetos malos internalizados, pero simultáneamente también los fragmentos del Yo que se relacionan con estos objetos. Fairbairn se interesa por la experiencia relacional del niño en cada estadio, mientras que Melanie Klein se centra en la interacción de fuerzas pulsionales o instintivas, de carácter innato. Volviendo al leit-motiv, si la libido ya no busca la descarga sino al objeto, el placer libidinoso – dirá Rodríguez Sutil con Fairbairn - no es más que un medio para obtener al objeto. Si el infante sólo buscara el placer, no se explicaría el paso al proceso secundario. Si la libido busca primariamente al objeto tampoco es necesario recurrir a la compulsión a la repetición.


Y es que, como descubrió Fairbairn al comienzo de su carrera, los niños maltratados mantenían la lealtad a los mismos padres que abusaban de ellos, cuando de la teoría clásica sobre la pulsión (descarga), se esperaría que los objetos libidinales fueran más fácilmente sustituibles. Pero abandonar los vínculos ya establecidos produce un gran terror.


Rodríguez Sutil hace igualmente referencia al enfoque vincular, en el cual parece haberse formado. Su origen si sitúa Argentina, allá por los años cuarenta, destaca Enrique Pichon Rivière y sus seguidores: José Bleger, Hernán Kesselman, Armando Bauleo, Antonio Caparrós y ya en España, las propuestas de la primera etapa de Nicolás Caparrós. Propusieron conceptos como “vínculo” y “vínculo fundante”, con los que intentaban superar la dicotomía “psicológico-social”:



“El vínculo es el origen de la diferenciación psicológica, merced a la introyección en el infante de sus tres elementos: el self, el objeto y la relación que se produce entre ellos. Esos primeros vínculos son los vínculos fundantes, los vínculos posteriores son reactualizaciones de esos primeros - así habría que entender también la transferencia -. El vínculo es establecido por la totalidad de la persona y no por el yo, ello o super-yo, sino que es anterior y promotor de toda organización tópica” (pp. 29-30).



Para la teoría vincular el campo de la relación intersubjetiva no es un método con el que obtener experiencias, ni para compartir las mismas, sino la precondición para alcanzar cualquier experiencia. Afirma que no es posible la experiencia fuera del contexto vincular.


Con el subtítulo Crítica de los conceptos metapsicológicos freudianos,  encontramos un examen detallado de los principales conceptos del psicoanálisis clásico que se encuadra en el siguiente postulado básico: “La necesidad de la madre  es la más urgente que tiene el bebé y la condición para satisfacer las otras necesidades, por ello el bebé siente apego por la madre desde el principio” (p. 30). Y pasa a un punto de especial interés, como es la cuestión – que ya se planteó Bowlby - de si se puede seguir llamando psicoanalista alguien que modifique de tal manera los principios originales. Para ello sigue la pista de dos conceptos centrales, como son “transferencia” e ”identificación proyectiva” y llega a la conclusión de que siguen siendo centrales en la moderna teoría relacional, aunque su fisonomía se haya modificado radicalmente.


Termina Rodríguez Sutil su brillante introducción haciendo entrar en escena al protagonista de la obra: Al encuentro con Fairbairn. En este apartado nos ofrece una primera aproximación al significado del psicoanalista escocés en la historia del psicoanálisis y se nos traza un boceto sugerente del ambiente cultural en el que floreció. Sobresalen las aportaciones de otro escocés original, desgraciadamente fallecido en plena juventud, Ian Suttie, con su propuesta para integrar la dinámica del odio sin recurrir a las pulsiones y el concepto del “tabú de la ternura”.


Sin embargo, aunque su vida fue prolongada, Fairbairn “no creó escuela en un sentido estricto y su obra no ha disfrutado de gran difusión durante unos cuarenta años”. (p. 35) Parece justificado indagar por las razones de tal abandono, entre las que se cuenta no sólo su aislamiento geográfico, por la ciudad en la que vivió –Edimburgo, cuando el foco de la actividad psicoanalítica estaba en Londres – sino también por la naturaleza a contracorriente de su pensamiento. Este carácter innovador posiblemente fue el mayor responsable de que durante muchos decenios se le ignorara, como ocurrió de forma simultánea con Ferenczi, actitud que compartieron casi todos los autores relevantes, con lecturas e interpretaciones inadecuadas de su obra, como la que ofreció Lacan en su momento. El propio Fairbairn se presentaba como  “huérfano teórico”, que no se identificaba ni con tirios (annafreudianos) ni con troyanos (kleinianos), pero tampoco con el grupo intermedio (Winnicott, Bowlby, Balint, etc.) al que posiblemente pertenecía. La oposición de Fairbairn a las corrientes generales no era sólo de corte teórico sino que, como él se apresuró en afirmar, también implicaba grandes variaciones en el terreno práctico, como se verá más adelante.


Tras la introducción, el primer capítulo lleva por título Desarrollo Intelectual, y comienza con un apartado sobre vida y formación. Hijo único en una estricta familia calvinista, en un momento histórico y un ambiente de rigor moral y extremado respeto hacia los mayores. Rodríguez Sutil sugiere, siguiendo a Sutherland, que ese rigor en las costumbres produjo en Ronald un carácter tímido y poco asertivo, angustiado por las cuestiones sexuales. Consideró seriamente la posibilidad de convertirse en pastor de la Iglesia Presbiteriana y realizó cursos de teología, años después mantuvo con estoicismo un matrimonio desgraciado pues el divorcio no era aceptable para él.


Durante la Primera Guerra, en el campo de batalla, con la observación de las “neurosis de guerra”, surgió un gran interés por la psicología médica y la psicoterapia. Se formó en medicina y psiquiatría, pero anteriormente había completado un grado en psicología, con gran influjo de la filosofía “continental”. A finales de los años veinte defiende su tesis doctoral sobre represión y disociación, en la que se ocupa de Freud y Janet. Nombrado miembro asociado de la British Psycho-Analytical Society (BPS) en 1931, y de pleno derecho en 1939. Se nos ofrece una descripción minuciosa de los años de formación, pero vamos a destacar el dato, que a Rodríguez Sutil también le parece curioso, de que se le aceptara en la Sociedad Británica cuando no había pasado por un análisis didáctico, ni su analista personal era didacta.


Se acepta la separación de tres periodos en su obra, que estableció Harry Guntrip, su discípulo más conocido junto con Sutherland: freudiano (1927 – 1934), kleiniano (1934 – 1940), y el periodo propiamente fairbairniano (de 1940 hasta el final), aunque nunca se le pudo considerar un seguidor acrítico de Freud o de Melanie Klein. En el llamado “periodo kleiniano”,  Fairbairn integró dos ideas nucleares: la concepción kleiniana de posición, y la importancia de las fantasías destructivas y de restitución para la creación artística y en la vida cotidiana. La etapa más creativa, más personal, comienza en los años 40, y está recogida en su Estudio Psicoanalítico de la Personalidad, único libro publicado en vida del autor y también el único traducido al castellano.  Hay que agradecer a Rodríguez Sutil que resuma y comente muchos otros trabajos del psicoanalista escocés hasta ahora no traducidos o de difícil localización, sobre todo de los años cincuenta.


En el siguiente apartado se expone la crítica de Fairbairn al reduccionismo biológico en psicoanálisis. El analista, dice Fairbairn, no es primariamente un científico, sino un psicoterapeuta, por lo que debe alejarse de una actitud científica estricta, en oposición a lo que mantenía Freud, con su sobrevaloración decimonónica de la ciencia. El creador del psicoanálisis, parecería alinearse con el reduccionismo de Helmholtz y su “juramento fisicalista” que pretendía reducirlo todo a sus fundamentos físico-químicos. Pretendió dar una versión fisicalista de la psicología pero, al no conseguirlo, se vio obligado a proponer explicaciones psicológicas provisionales, pero fuertemente cargadas del energetismo propio de las ciencias naturales. El placer es expresión de la necesidad de aliviar las tensiones corporales, acumuladas en las zonas erógenas por causa de cambios fisiológicos, para restaurar el equilibrio perdido:



“Fairbairn cuestionaba el modelo biológico, con su sistema de cargas energéticas, marco explicativo – aunque con variaciones relevantes -  en todo el psicoanálisis clásico, ratificado con la publicación tardía – en 1950 - del Proyecto. E igualmente se opuso a las variopintas formas de dualismo psicoanalítico: mente-cuerpo, vida-muerte, energía-estructura, forma-contenido; y creyó haber superado la metapsicología freudiana. Ante la filosofía dualista, de influencia platónica, sugiere un punto de vista holista derivado de la psicología de Aristóteles: la materia es potencia, la forma es acto, sorprendentemente más acorde con las concepciones de la física contemporánea, a partir de Ludwig Boltzmann y de Einstein, a los que no cita. Asimismo asumió la concepción aristotélica de que ‘el alma es la forma del cuerpo’, y de que el hombre es un animal naturalmente formado por la sociedad: ‘el hombre es un animal político’ “(p. 47).



Se subraya así como Freud confunde principios explicativos fisiológicos y psicológicos: el impulso (la teoría de la libido) y las relaciones objetales (la situación edípica); algo insostenible en opinión de Fairbairn. El hedonismo no proporciona base suficiente para la construcción teórica, pues pone en cuestión el supuesto de que el hombre sea por naturaleza un animal social. Existe una orientación desde el principio hacia los objetos.  No obstante, la idea de que el psiquismo está dotado de estructura, es aceptable, no así la separación estructura-energía, previa a la distinción entre una energía libre y una energía ligada. A partir de Einstein se acepta de forma general que la realidad no se compone de partículas movidas por una energía independiente, sino de acontecimientos – Rodríguez Sutil cita al Wittgenstein del Tractatus: “El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas”. Fairbairn también afirma que estructura y energía son inseparables, los impulsos no son separables de las estructuras endopsíquicas que energetizan. La descarga de energía más desorganizada es producto de un fracaso, el principio del placer supone un deterioro de la conducta.


En el apartado que titula Crítica del Dualismo Pulsional, se describe la distancia teórica que separaba a Fairbairn de la teoría motivacional freudiana, sin renunciar a la “metacrítica”, que ilustra con ejemplos tomados de la clínica. Se dice que la libido es la urgencia vital básica por las relaciones con el buen objeto, mientras que la satisfacción sexual no es más que una de sus manifestaciones, un canal por el que fluye. Postura próxima a la teoría del apego de Bowlby. También al reemplazar el principio del placer por el que debería ser llamado “principio de seguridad”, “ambiente de seguridad”, “principio de crianza” (nurturing principle) o, incluso, “principio de realidad”, pues el bebé carece de ‘experiencia de la realidad’, pero no de ‘principio de la realidad’. Fairbairn considera que existe un Yo dinámico originario – postulado que supone un objeto total originario - que después se escinde en respuesta a los conflictos que surgen en él a partir de las relaciones con los objetos parentales que ha internalizado. El sufrimiento procede de las circunstancias vividas, no de las pulsiones innatas.


Rodríguez Sutil no acepta sustituir la pulsión por el afecto, como proponen algunos comentaristas contemporáneos de Fairbairn. La pulsión, afirma siguiendo a Wittgenstein, es un concepto teórico, aunque sea erróneo o necesitado de revisión,  mientras que el afecto es un concepto empírico: al menos en parte es algo que la persona siente pero también forma parte de una conducta compleja, la conducta afectiva. La angustia de separación no es simplemente algo que el niño padece, sino una conducta compleja, condicionada de forma innata, en la que está implicado todo el individuo. Parece así más satisfactorio hablar de las conductas de apego - o de la libido en el sentido de Fairbairn -  y no de las emociones o afectos en exclusiva. No es posible prescindir de alguna forma de teoría motivacional, y le parece poco probable que las emociones cubran esa necesidad. Por ejemplo, Stephen Mitchell supo mantener agresividad y sexualidad como fuerzas motivacionales centrales alejándose, al mismo tiempo, de la teoría pulsional clásica. El ámbito de las emociones es, no obstante, uno de los más difusos conceptualmente, dentro y fuera del psicoanálisis. Fairbairn, al comienzo de su carrera postulaba que toda experiencia afectiva es bipolar (dentro de una escala de placer-displacer). En el “instinto” de huida se produce miedo en el polo negativo y sensación de alivio, en el positivo. Primero dirá que la ansiedad neurótica procede del interior, ante unos mecanismos de defensa o huida que han fracasado. Después mantendrá que la forma más primitiva de ansiedad es la de la separación, y considerará con desconfianza la angustia de castración. Rechaza la teoría de la pulsión de muerte y es uno de los primeros autores en proponer la hipótesis de que la agresión es un resultado de la frustración. No obstante, está de acuerdo con Freud - y disiente de Jung - en que la agresividad no se reduce a la libido de ninguna manera, aunque, matiza, la libido es el factor más fundamental y que la agresión es subsidiaria. El “factor antilibidinal" no es otra cosa que la agresividad dirigida hacia el interior, habitualmente en forma de represión. La libido, como búsqueda de objeto, y la agresividad, como reacción a una frustración, son las motivaciones básicas, que no se reducen a emociones o afectos.


Continúa con dos apartados en los que se expone la problemática relacionada con las fantasías (Sobre la “realidad psíquica”) y con los objetos internos cuestiones que, como advierte Rodríguez Sutil, no se pueden diferenciar por completo. La realidad interna se forma con configuraciones relacionales del Yo, y de las partes del Yo, con los objetos parciales. Parece ser que Fairbairn recibió un fuerte impulso para llegar a su teoría relacional cuando una de sus primeras pacientes le dijo: “Usted está siempre hablando de que Yo quiero tener satisfecho tal o cual deseo, pero lo que Yo realmente quiero es un padre” (pp. 58-9).


Melanie Klein quería que Fairbairn no se diferenciara de la escuela freudiana. Algo que no preocupaba a Fairbairn quien, por otra parte, citaba con frecuencia a la psicoanalista austriaca sin “someterse” a su disciplina intelectual. Bien al contrario, espoleó el trabajo del círculo kleiniano con sus aportaciones a la posición esquizoide. Rodríguez Sutil maneja con eficacia la documentación histórica pertinente para situar el debate en su contexto histórico, el de la guerra declarada a comienzos de los años cuarenta entre partidarios de Anna Freud y seguidores de Melanie Klein. De forma simultánea traza la historia intelectual del concepto de “fantasía” desde Freud hasta la actualidad. El padre del psicoanálisis utilizaba el término de forma polisémica: actividad para la satisfacción de deseos, como expresión disfrazada del deseo inconsciente, pero a veces también habla de las fantasías como sueños diurnos conscientes o preconscientes, también de fantasías procedentes del substrato heredado por la humanidad, como la escena primaria, la castración, la seducción por parte de un adulto, todas ellas autónomas respecto a cualquier influjo externo:



“...Anna Freud y el grupo vienés restringieron el significado de “fantasía” a las formaciones elaboradas según el pensamiento lógico del proceso secundario. Este uso ha sido mantenido por los psicólogos del Yo y por los freudianos más o menos ortodoxos, entre otros. Se puede sospechar que Anna adoptaba una versión de los principios teóricos del psicoanálisis menos ambigua y polisémica que el original, también menos rica, por más que nadie pueda discutirle un conocimiento suficiente de la obra de su padre... Klein e Isaacs asumían que las fantasías podían formarse de acuerdo con el pensamiento del proceso primario, en definitiva juzgaban que el proceso primario y el secundario están muy entrelazados” (p. 63).



Susan Isaacs diferenciaba entre la fantasía consciente e inconsciente  y utilizaba ‘ph’ para aludir a la segunda (phantasia). Pero en la actualidad no se suele hacer esa diferenciación, porque no siempre es fácil decidir si una es consciente o inconsciente. Para los kleinianos los acontecimientos sólo pueden ser experimentados a partir de las fantasías, con un sentido fuertemente innatista, llegando a afirmar que el bebé nace con un conocimiento innato de la anatomía y de los objetos.


Pero al postular la fantasía como un derivado del instinto se diluía el rol de la realidad externa y la experiencia. Se cita a Ogden, quien advierte que si los objetos internos son pensamientos, ellos mismos no pueden pensar, como pequeños homúnculos, y tampoco pueden proteger o atacar al Yo. Fairbairn, en cambio, propone que los objetos internos no sólo son organizaciones derivadas del Yo, sino también “al menos en cierta medida”, estructuras dinámicas, estableciendo así la concepción de relaciones de objeto internas entre agencias activas semi-autónomas dentro de una personalidad individual. Esto nos hace imaginar un interior en el que no hay diferentes demonios peleando sino un único yo dialogando con diferentes facetas de sí mismo, que no son más que relaciones de objeto internalizadas.


La fantasía, según Fairbairn, está presente desde el inicio pero sólo alcanza su cenit después de la primera infancia, siendo dominada después por los procesos del nivel conceptual. Pero, aunque esté presente desde el principio, no le parece correcto afirmar que sea en la primera infancia donde la fantasía se manifiesta de forma más característica y propone su sustitución por conceptos como "realidad psíquica" y "objetos internos". La "realidad interna" está poblada por el Yo y sus objetos internos con una actividad tan real como la que se da con cualquier objeto en el mundo exterior.  La extensión que se estaba dando a la fantasía era quizá excesiva pues se superponía con conceptos ya acuñados por Freud (como es el de representante representativo), y se llegaba a identificar con todo proceso de pensamiento.


Los objetos internos de Fairbairn se oponen a las fantasías del pensamiento kleiniano. El Superyó es uno de esos objetos, pero no el único. El pensamiento relacional, desde entonces, ha sido muy influida por la frase que utilizó Freud al explicar la melancolía: “la sombra del objeto cae sobre el yo”.  La introyección  está en la base de la identificación, y el proceso de identificación es la primera forma de vinculación, por lo que posee una función organizadora en el desarrollo del Yo, no sólo del Superyó.


Según la definición clásica, la pulsión es un “concepto límite entre lo anímico y lo somático”; el “objeto” es el desencadenante de la acción específica de la pulsión, pero es el elemento de menor importancia frente a la “fuente”, la “presión” y el “fin”, que son aspectos a priori, mientras que el objeto es alcanzado al azar a lo largo de la experiencia. Más aún si aceptamos que lo primero es el narcisismo primario. Klein, como es habitual, irá un poco más allá y dirá que los instintos poseen imágenes a priori del mundo exterior. Se internaliza a los objetos externos, son establecidos como objetos internos y proyectados de nuevo hacia el exterior. En sus últimos trabajos, no obstante,  Klein pareció aceptar la descripción de Fairbairn de que cuando el Yo disocia al objeto también se produce una disociación dentro de él, pero mantuvo la idea de que el que el objeto sea bueno o malo depende de las propias pulsiones, y no de una experiencia. Para Freud y Klein toda problemática surge del interior, derivada de factores constitucionales.


Fairbairn supone, en cambio, que el niño forma los objetos internos como sustitutos de las relaciones insatisfactorias con los objetos externos reales. Lo primero que se introyecta es el objeto malo o insatisfactorio: “Estos objetos introyectados son compensatorios, no naturales, y poco determinados por la naturaleza buscadora de objetos de la libido. Mientras que la psicología es el estudio de la relación del individuo con sus objetos, la psicopatología es el estudio de la relación del “yo” con sus objetos internalizados” (p. 75). Se introyecta el objeto malo porque el niño obtiene seguridad externa a costa de sacrificar la seguridad interna. Después es necesario incorporar aspectos buenos para favorecer el desarrollo hacia una sensación de bondad interna. Fairbairn traza un proceso de reequilibraciones sucesivas que a Rodríguez Sutil le recuerda – creemos que acertadamente – a Piaget. La “defensa moral” es el mecanismo por el que el niño incorpora la maldad del objeto, evitando llegar a la conclusión de que los progenitores son “malos objetos”.


Pasamos así al segundo capítulo, Postulados teóricos fundamentales, en el que se sintetizan y aclaran conceptos centrales que ya habían venido siendo nombrados desde la introducción. El propio Fairbairn propuso en algunos trabajos tardíos enumeraciones de principios que resumieran su pensamiento. En un trabajo de 1958 resume su posición con estos cuatro enunciados (p. 77):


·                    una teoría dinámica de la estructura psíquica;


·                    una teoría que tiene en cuenta que la actividad libidinal es, de forma inherente y primaria, buscadora de objetos;


·                    la teoría resultante del desarrollo libidinal que se asienta, no en términos de una supuesta zona dominante, sino en términos de la cualidad de la dependencia; y


·                    una teoría de la personalidad que se asienta exclusivamente en términos de las relaciones de objeto internas.


Esta y otras enumeraciones pueden ser comprendidas contextualmente gracias a los comentarios que nos ofrece Rodríguez Sutil. Pero, se pregunta, ¿Para qué se buscan los objetos? Buscamos los objetos porque es nuestra naturaleza. El ser humano hace aquello a lo que está compelido por su naturaleza, es decir, busca amar y ser amado. En esa medida también busca ser reconocido.


Ahora bien, si la libido es una función del yo, ¿se trata del Yo como instancia o del Yo como persona? Esta cuestión requiere una indagación adicional que se abre en el siguiente apartado, El Yo y el Self, según Rodríguez Sutil, “nudo gordiano” del pensamiento psicoanalítico. Fairbairn utilizó habitualmente el vocablo “ego” (Yo) para referirse al Ich de los textos clásicos y a los diferentes yoes de su propia teoría. ¿Se refiere sólo a la instancia, como componente del aparato psíquico, o bien a la persona en su totalidad? Si fuera sólo a la instancia, la traducción inglesa ego (del latín) nos resultaría, en principio, correcta.


En este capítulo se comienza revisando la importante crítica de Bruno Bettelheim a la traducción inglesa oficial, la Standard Edition: Versión del pensamiento freudiano en exceso cientificista, que desperdicia la riqueza humanista original, en conceptos como “alma” o “pulsión”.  El término “Yo” (Ich) es polisémico en los textos de Freud, significa lo mismo el Yo, estructura mental como el self más personal y vivencial. La palabra “ego” tendría la cualidad impersonal apropiada para la teoría estructural pero no para el uso más personal y subjetivo. Fairbairn entiende que para Freud el Yo es una modificación del Ello, sin más, como estructura defensiva, y no percibe que también habla del Yo como precipitado de los procesos de identificación.  En el proceso de diferenciación de yo y self  nos lleva a los trabajos de Hartman, Laplanche, Kernberg, Kohut y Lichtenberg.


Se identifica el self con fantasías sobre uno mismo, en especial inconscientes, conjunto de imágenes que formamos sobre nosotros mismos, teniendo más importancia las más tempranas. Una imagen cohesionada de mi mismo, consciente e inconsciente, es necesaria para la mejor integración del Yo, en tanto instancia, pero más allá de eso, confiesa el autor, lograr una definición definitiva del término “self” parece imposible pues cada uno tiene la suya. Los que defienden la idea de que Fairbairn se refería al self cuando utilizaba el término “ego”, están influidos por el éxito de esta palabra en la literatura anglosajona, pero Rodríguez Sutil considera que Fairbairn tenía razones suficientes para seguir utilizando la palabra "ego" al designar al yo y sus partes.  Por otra parte, sólo al principio de su carrera utilizó unas pocas veces la palabra “self” aislada pero ¿por qué dejó de utilizarla? El ‘self’ es ajeno a la teoría de Fairbairn, aunque muchos autores opinen lo contrario. Le parece forzado intentar adaptar el significado de “self" entre los seguidores de Kohut y la estructura endopsíquica que postula Fairbairn:



“En la medida en que el individuo es una autoconciencia, viviendo en situación de reciprocidad con otras autoconciencias, el otro es incorporado en el otro interno. El proceso de diferenciación del objeto cobra un significado especial, no sólo por el hecho de que la dependencia infantil se caracteriza por la identificación, sino también por la actitud de incorporación oral. El objeto con el que el individuo se identifica, se vuelve equivalente a un objeto incorporado o, dicho en trabalenguas, el objeto en el que el individuo es incorporado, es incorporado en el individuo. En sueños esto se escenifica con la equivalencia entre estar dentro de un objeto y tener el objeto dentro de uno mismo” (p. 90).



El siguiente principio fundamental que se expone es el de la “Integración Primaria del Yo”, que postula Fairbairn.  Freud parecía oscilar entre la idea de un Yo no diferenciado y de un Yo narcisista y absoluto desde el principio. Melanie Klein y Fairbairn se muestran a favor de esa idea de un yo bien delimitado, pero son muchos los que se inclinan por la indiferenciación inicial: Winnicott, Jacobson, Mahler, Kernberg, junto con Kohut y los psicoanalistas relacionales. Para Fairbairn el Yo integral originario es un supuesto filosófico básico, mientras que la desintegración es un fenómeno secundario, producido por la introyección de las relaciones objetales malas. Piensa Rodríguez Sutil que ni Fairbairn ni Klein han resuelto adecuadamente “la paradoja neonatal de la indiferenciación y la función” (pág. 91). Al negar la existencia inicial del Ello, del que se diferenciaría el Yo tiene que plantear un Yo dinámico presente desde el principio, independiente de toda experiencia. Pero esto iría en contra de la existencia de una estructura esquizoide básica, es decir con la escisión básica de la personalidad, postulada en otros lugares, así como con el concepto de “identificación primaria”, que, en palabras del propio Fairbairn, es la catexis de un objeto que aún no ha sido diferenciado de aquel que lo catectiza, una indiferenciación con respecto al objeto. También se perdería una buena reconceptualización del narcisismo: el narcisismo primario como un estado de identificación con el objeto, y el narcisismo secundario como un estado de identificación con un objeto internalizado. Si existe un Yo desde el principio tendrá que existir también un objeto desde el principio, pero, afirma Rodríguez Sutil: “Desde el principio hay relación, pero ambos elementos - bebé y entorno materno -  se construyen mutuamente de forma progresiva” (p.93).


En íntima relación con esta problemática se enlaza el siguiente apartado, Escisión y Represión.


El Superyó es un representante interior de las figuras parentales, ha sido incorporado activamente al psiquismo, es un objeto interno con el cual el Yo tiene una relación de amor y odio, y, finalmente, influye al Yo desde el interior del mismo psiquismo. Fairbairn cree descubrir pasajes en los que Freud toma al Superyó como una parte del yo, otra estructura yoica: el objeto al ser internalizado se escinde en dos, el Yo propiamente dicho y un “gradiente del yo” conocido como “yo ideal”.


La represión, por su parte, según la teoría clásica consiste en la reversión hacia el interior de la agresividad, contra los impulsos libidinales del Ello, y es una manifestación de los instintos de muerte. Fairbairn, sin embargo, propone que la represión es un proceso que se dirige primariamente contra los objetos internalizados y secundariamente contra las partes del Yo que catectizan los objetos internalizados. Ahora bien: “Es difícil entender cómo una estructura puede participar en un conflicto, salvo que esté dotada de energía, o cómo una energía puede entrar en conflicto si no está incorporada a una estructura. Debido a estas consideraciones, es necesario formular el concepto de ‘estructura dinámica’ y, una vez adoptado, ya no es posible quedarse satisfecho con las formulaciones freudianas sobre el ‘Ello’ y el ‘Yo’ “ (pp. 94-95).  En el modelo de Fairbairn, la instancia inaceptable es el Ello, entendido como reservorio indiferenciado de energética pulsional. Si es una instancia psíquica debe tener una estructura y, por tanto, es parte del yo. El origen del psiquismo no está en la base biológica sino en el Yo, presente desde el nacimiento.


Rodríguez Sutil propone que la estructura psíquica, tanto para Freud como para Fairbairn, procede de la represión primaria, que es la que permite la represión secundaria, o “represión” en sentido estricto, y a su vez relaciona estos dos momentos con las dos formas de la psicopatología psicoanalítica moderna: la patología por déficit y la patología por conflicto. Para Wollnik, un autor reciente citado en esta obra, la represión es un mecanismo de defensa horizontal, mientras que la escisión (splitting) – que Rodríguez Sutil pone en la base de la represión primaria - es un mecanismo de defensa vertical. De manera más sencilla se nos habla de  “escisión vertical-horizontal” como equivalentes de la represión primaria (constitutiva del psiquismo, límite) y de la represión secundaria (o neurótica), conceptos utilizados también por Kohut:


“La frustración o falta de empatía durante la identificación primaria (Fairbairn), o en la relación con el objeto del self (Kohut) produce ambos tipos de escisión,  es el estímulo para el desarrollo de las estructuras endopsíquicas. Kohut da una versión algo más matizada, la estructuración subsecuente a la frustración no siempre es patológica; si es adecuada al momento evolutivo permite formas de narcisismo más maduras y autónomas y la estructuración del psiquismo. Kohut utiliza la expresión “frustración óptima” que sería un buen complemento en la teoría de Fairbairn. La frustración extrema, según ambos autores, produce la ira, el autoerotismo, el hedonismo, los estados de excitación, lo mismo que la apatía y el desapego” (p. 99).


Sin embargo, a pesar de su brillantez, nos parece que lo que se nos ofrece aquí no es más que una reconstrucción plausible, quizá arriesgada, pues Fairbairn nunca utiliza la expresión “represión primaria” o, como se reconoce en el texto, no concedía valor práctico a tal diferenciación. La represión, en cualquier caso, no es una defensa contra las pulsiones sino contra el resurgimiento de los objetos malos en la conciencia, y de los fragmentos del yo que se les relacionan.


Pasamos ahora al siguiente apartado, el último de este capítulo, en el que se trata de las posiciones en la teoría de Klein y de Fairbairn, así como de sus aportaciones al pensamiento evolutivo.


Para Melanie Klein una posición es una modalidad específica de relaciones de objeto, con una forma de estructuración básica del psiquismo y una ansiedad específica. Como el lector sabrá, distingue dos: esquizo-paranoide y depresiva. Los mecanismos orales, anales y fálicos se pueden producir simultáneamente en cada una de las posiciones, aunque, de hecho, la fase oral pasa a ser la predominante. Fairbairn se vio muy influido por la teoría kleiniana de las posiciones y la acepta, aunque no sin modificaciones. Quizá la más importante es su concepción sobre la posición esquizoide, a la que nunca adhiere la coletilla de “paranoide” por considerar que lo paranoide es un modo defensivo posterior a las posiciones, casi de rango neurótico. No suele hablar de “posición” sino de "estados" esquizoides y maníaco-depresivos y, en cualquier caso, la posición esquizoide es para él la principal – frente a Klein y en cierta medida también Freud -  y la que dota al psiquismo su organización básica.


A él se debe la primera exposición satisfactoria de los trastornos esquizoides, como reconocieron Masud  Khan y la propia Melanie Klein, que tomó el término “esquizoide” en la denominación de la posición “esquizo-paranoide”. Según Fairbairn, la patología esquizoide depende de la etapa oral primaria (incorporativa y pre-ambivalente) y los estados maníaco-depresivos de la oral secundaria (ambivalente), pero su posición esquizoide no es paranoide, mientras que la posición esquizo-paranoide de Klein – dice Rodríguez Sutil - excluye la ambivalencia y es primariamente paranoide y secundariamente esquizoide, debido al odio:



“La posición esquizoide de Fairbairn se caracteriza por la escisión del objeto externo y la introyección de la parte mala, con la sensación de que el Yo lo ha hecho malo con su amor, lo que produce la escisión del yo.  Esto está en franco contraste con la posición esquizo-paranoide de Melanie Klein, que se caracteriza por la proyección de las fantasías destructivas a los objetos reales, la ansiedad persecutoria y la idealización primitiva” (p. 104).



Parece, en cambio, que Fairbairn aceptó la teoría clásica sobre los estados depresivos, de Freud y Klein, sin añadir nada, porque probablemente le parecían de menor importancia frente a los fenómenos esquizoides. En consecuencia, se dedicó a enumerar y estudiar numerosos fenómenos esquizoides presentes en la clínica aunque, según nuestro autor, no diferenciándolos todavía de los que hoy en día calificamos de “patología límite”. La necesidad de amor está oculta bajo una máscara de distanciamiento y la futilidad es su afecto preponderante, que algunos clínicos han confundido con la depresión. Guarda importantes parecidos con el concepto del “falso self” que propondrá  Winnicott.


La vuelta a la actitud oral temprana se produce por frustración. El niño siente que su madre no lo quiere realmente por él mismo como persona, y que su propio amor por la madre no es realmente valorado. El niño guarda su amor en el interior, para protegerlo. Las relaciones con los objetos externos son vividas como malas, o peligrosas y siente que su amor es peligroso para los objetos. Aunque normalmente no sea evidente, la sensación de superioridad está siempre presente, pero ha de mantenerlo en secreto porque procede de la apropiación de objetos valiosos. El esquizoide también puede dirigir la agresividad contra sus objetos, pues sólo puede permitirse amar y ser amado desde lejos, como los trovadores y los dictadores: “ya que le está vedado el placer de amar, le está permitido el placer de odiar y puede entregarse a él” (p. 107). Resumiendo, el depresivo teme destruir al objeto con su odio, el esquizoide con su amor. Rodríguez Sutil, no obstante, desconfía de que el miedo a destruir con el amor sea algo originario de la posición esquizoide, y le parece más bien la consecuencia de una buena evolución. Se cita también el comentario jocoso de Stephen Mitchell  acerca de que en el sistema de Fairbairn, los padres se presentan como los malos de la historia, mientras que para Freud, y sobre todo para Melanie Klein, ocurría todo lo contrario.


El Edipo, por su parte, es un fenómeno superficial, importante porque en ese momento se divide al objeto ambivalente en dos, el objeto aceptado, identificado sobre todo con uno de los padres, y el otro el objeto rechazado, identificado con el otro. La dependencia infantil ocupa el lugar del Edipo en el núcleo de las neurosis. Diferencia tres fases principales en el desarrollo: dependencia infantil, transición y dependencia madura.


En el tercer capítulo se explica de forma que intenta ser comprensible una de las aportaciones más complejas de Fairbairn, como es su concepción de la estructura del psiquismo, esas “estructuras endopsíquicas” a las que se refería como una nueva tópica, alternativa frente a la segunda de Freud. Comienza el capítulo atendiendo a Internalización y diferenciación del psiquismo. Ya sabemos que es opinión fundada del psicoanalista escocés que el psiquismo es una estructura dinámica, formada mediante fragmentación e internalización. Estos fragmentos, para ser funcionales, deben constituirse como ser "agencias" o "instancias":



“La internalización del objeto pre-ambivalente puede tener un precedente en la descripción de Freud del juego infantil consistente en lanzar un carrete y volverlo a recuperar cuando la madre se ausentaba de casa (el fort-da). Es un modo de adaptarse a la ausencia, de representar el mundo exterior. Pero Freud no llegó a elaborar la representación interna que tiene el niño de la partida de la madre como una estructura psíquica. El objeto que ha fallado al infante debe ser internalizado, en la posición esquizoide, para proteger al objeto externo, real” (p. 112).



La diferenciación de los objetos en  "bueno" o "malo"  sólo es posible tras la escisión de un objeto internalizado, objeto que no es ni "bueno" ni "malo", sino "insatisfactorio". La relación del bebé con la madre tampoco es nunca totalmente satisfactoria. Las circunstancias para que el niño necesite usar la introyección surgirán en cualquier momento después del nacimiento, y aún durante el propio nacimiento, con el abandono de la dicha intrauterina. Melanie Klein quizá más preocupada por la maldad interior había dado por supuesto que el único motivo inicial para internalizar era guardar lo bueno en el interior, para compensar la amenaza del instinto de muerte. Fairbairn, en cambio, supone la bondad interior. Rodríguez Sutil apunta aquí ecos de la oposición entre Rousseau y Hobbes. El objeto insatisfactorio tiene una parte excitante y otra rechazante y un núcleo central que se mantiene una vez que ambas partes han sido escindidas, este núcleo corresponde al "objeto ideal", también llamado en sus primeros trabajos "ideal-ego". Pero ¿qué es lo que se internaliza? Resulta atractiva la propuesta de Kernberg: es un elemento del self, un elemento del objeto y la relación afectiva y propositiva que se da entre ellos. Atractiva y coherente con el pensamiento de Fairbairn.  ¿Y por qué se internaliza el objeto malo, o insatisfactorio o pre-ambivalente? Porque es necesitado. Ahora bien, una visión más actual, según Rodríguez Sutil, de la estructura interna es que lo que se interioriza no son imágenes, pero tampoco objetos ni relaciones de objeto, sino esquemas de acción que se actualizan en cada situación. ¿Y cómo es esa estructura? Pasamos, pues, al siguiente apartado: La Estructura Endopsíquica.


Ya aparecía dicha estructura perfilada en un caso clínico de 1931, de una paciente con una anormalidad física genital. Esta paciente personificaba aspectos diversos de su psiquismo con figuras imaginarias reincidentes: “el niño travieso” y “el crítico”, un preadolescente irresponsable, que molestaba a la paciente, y una figura femenina, puritana y agresiva, que  Fairbairn equipara con el Ello y el Superyó pero que, en realidad, encajan mejor con dos instancias de la estructura endopsíquica que describirá trece años después: el Yo Libidinal y el Yo Antilibidinal (o Saboteador Interno). También aparecía en sus sueños un observador independiente, equivalente aproximado del Yo freudiano, o del Yo Central, fairbairniano. También aparecía “la niñita” y “la mártir”: Objeto Libidinal (Objeto Necesitado), y   Objeto Antilibidinal (Objeto Rechazante). En 1954 añade un tercer objeto: el núcleo que permanece después de que ambos elementos han sido escindidos, al que llama "Objeto Ideal" (también "objeto aceptable").  Se vuelve a enfocar la cuestión de cómo se ejerce la represión entre las diferentes instancias: la represión primaria y directa del Yo hacia los Objetos Excitante y Rechazante, secundaria y directa hacia las partes del Yo escindidas con cada uno de esos objetos y, finalmente, indirecta del Yo Antilibidinal hacia el Yo Libidinal. Aunque se trata de procesos muy diferentes, todos reciben el mismo membrete: represión.  La explicación de Rodríguez Sutil, obviamente más completa, nos parece digna de reconocimiento por ser lo más clara posible de este asunto, por lo demás complejo. También nos ha sido de utilidad – en este y otros capítulos -  el glosario con el que se cierra la obra. Comenta también las aportaciones de autores posteriores – años ochenta y noventa – principalmente Rinsley y Grotstein.


El siguiente apartado, versa sobre la psicopatología, en un sentido amplio (personalidad, estructuras defensivas, etc.), línea que seguirá en los siguientes apartados de este tercer capítulo. La formación de la estructura endopsíquica básica es anterior a la fase edípica, donde el psiquismo tendrá su organización definitiva, más superficial pero no la más trascendente. El Edipo, según Fairbairn, es un fenómeno más sociológico que psicológico, como mantenía el antropólogo Bronislaw Malinowski, y no cambió de idea hasta el final de su vida. Es sorprendente que Freud se ocupara tanto en las fases finales del drama, ignorando que. Edipo a poco de nacer fue abandonado en una montaña para que muriera. En cuanto a la diferenciación anatómica, argumenta que el clítoris no es sólo el homólogo físico, sino también psíquico, del pene y que la envidia del pene es provocada por la represión de la sexualidad femenina, no a la inversa.  La técnicas transicionales – siguiente apartado -  se articulan a partir de la situación triangular, pero no se compone de tres personas (el niño, su madre y su padre), sino del Yo central, el objeto excitante y el objeto rechazante, para defenderse de angustias primitivas, psicóticas.  Estas técnicas para defenderse de las angustias primitivas son cuatro: paranoide, obsesiva, fóbica e histérica:



“... el obsesivo retiene e intenta dominar ambos objetos, el fóbico los trata ambos como externos, busca huir del malo y refugiarse en el bueno. El paranoide externaliza el objeto malo y lo ataca, y acepta el objeto bueno en su interior, identificándose con él, mientras que el histérico hace lo contrario, externaliza el objeto bueno y se adhiere a él e internaliza el objeto malo y lo rechaza en su interior” (pp. 128-9).



Una de las aportaciones más destacadas del psicoanalista británico es su definición de la defensa moral – nuevo apartado – que en esta obra es puesta en relación con las perversiones. La “defensa moral” es el mecanismo de volverse malo para hacer bueno al objeto, un objeto cuidador deficiente. La razón es que es preferible ser condicionalmente bueno que condicionalmente malo, pero, en el peor de los casos, es preferible ser condicionalmente, que incondicionalmente malo. Dicho de otra forma, es mejor ser pecador en un mundo gobernado por Dios, que vivir en un mundo regido por el Diablo. Cuando es maltratado, el niño siente que eso se justifica por su maldad interna. Se ha puesto en relación este mecanismo con el masoquismo, especialmente el “masoquismo moral”. El objeto interno, incondicionalmente malo, es trasformado en un objeto interno condicionalmente malo que el sujeto busca en la realidad exterior, con la esperanza de cambiarlo en un objeto bueno. Además el dolor físico permite transformar las relaciones anitilibidinales internas en experiencia corporal. El sufrimiento físico tapa al sufrimiento psíquico. Rodríguez Sutil se cuestiona por qué algunos niños, utilizando la defensa moral, se vuelven delincuentes en lugar de masoquistas. Critica a Fairbairn estar desatendiendo al psicópata incondicionalmente bueno, sin empatía ni  culpa.


En el siguiente apartado, La Paranoia, se discute la revisión que realizó Fairbairn en los años cincuenta del Caso Schreber, donde alude, quizá, al mecanismo de la identificación proyectiva sin nombrarla.  Opina que la concepción de los objetos internos permite una mejor comprensión del proceso paranoide, y superando la explicación en términos de la economía de la libido. La paranoia, observa Fairbairn, no se comporta como una psicosis, sino que es una psiconeurosis desde un punto de vista puramente psicopatológico y legal. Sin negar su existencia, no atribuye al deseo homosexual inconsciente el mismo poder explicativo y le parece más prometedor recurrir a  la escena primaria. : “La homosexualidad de Schreber, al principio severamente reprimida y después levemente disfrazada, no es otra cosa que un medio para denegar (denying) la escena primaria, y su odio a la madre, como el factor más significativo a sus ojos, mientras que disfrutaba de la excitación sexual que se le producía. La adopción de un rol femenino - lo que implicaba una identificación con su madre - servía a un propósito similar. Lo mismo cabría decir de sus otras fantasías de procreación: como un hombre convertido en mujer, por partenogénesis, por la impregnación divina y la auto-impregnación, y, no menos importante, la generación espontánea, sin progenitores” (p. 133).


En el apartado que se dedica a los Trastornos narcisistas y límites se recurre a la sugerencia de Grotstein, en cuanto a que el esquema sobre la estructura endopsíquica de Fairbairn se adapta a los trastornos de la personalidad esquizoide, narcisista, límite y múltiple, así como a la esquizoidía, en general. Pero parece imponerse que la teoría no parece ser igualmente eficaz para los pacientes menos patológicos. Según la perspectiva actual, se ocupó más de las patologías preedípicas o deficitarias. Pero ¿existe alguna patología que en el fondo no sea deficitaria? Tal vez Fairbairn opinaba que todas lo eran al afirmar que cierta escisión está presente en todo sujeto. Rodríguez Sutil, por su parte, apostilla que, a partir de su experiencia casi todos sus pacientes con organización neurótica, que se han mantenido en terapia el tiempo suficiente, no han dejado de mostrar déficit importantes “que traducían un fondo de organización límite”. E ilustra el debate con una viñeta sobre un paciente con trastorno límite.


La siguiente patología que se atiende es la histeria (Aspectos pregenitales en la histeria). Fairbairn define la histeria en los términos de la estructura endopsíquica y describe cómo se expresa el histérico en el nivel corporal y sexual y cómo se relaciona con los objetos: “mientras que la sexualidad en el histérico es extremadamente oral en el fondo, su (de él o de ella) oralidad básica es, por así decir, extremadamente genital” (p. 138).


 La sexualidad genital ha sido excitada de forma prematura. Donde Freud ve los síntomas corporales representando de manera simbólica recuerdos traumáticos, él ve la sustitución de un problema emocional por un problema corporal. El trauma que ha provocado el problema ocurrió antes de que las palabras adquirieran significado, o bien ha logrado desorganizar la capacidad para el pensamiento verbal. No obstante, Rodríguez Sutil mantiene que, aunque la conversión sea un mecanismo no tan frecuente en la actualidad, los síntomas histéricos como expresión simbólica del conflicto es una de las observaciones del psicoanálisis clásico que no puede ser abandonada. Por tanto, Fairbairn se está refiriendo a síntomas corporales que no traducen una idea sino una sensación general de desasosiego. Se está refiriendo a los aspectos pregenitales de la histeria. El "regreso de los objetos malos" no se produce salvando la represión en sentido estricto, sino algo más primitivo, como la "represión primaria" o los mecanismos de "escisión y renegación". En los estados regresivos la represión fracasa, los contenidos inconscientes emprenden “vívidas repersonificaciones” y la estructura endopsíquica está dominada por la ambivalencia y el duelo no puede darse.


Recientemente una autora alemana, Ute Rupprecht-Schampera, dice haber llegado a conclusiones semejantes de forma independiente. Aunque se centra en los niveles pregenitales, opina que la triangulación es un fenómeno que se da desde el principio: la dualidad es un fracaso evolutivo, un fallo en la construcción de la relación triádica, que se produce cuando el padre no proporciona un apoyo suficiente para superar una relación hijo/a-madre excesivamente absorbente. Esto lleva a una pseudo-separación de la madre. La niña intenta una aproximación sensualizada al padre que, cuando no es adecuadamente manejada por éste, da lugar a una fuerte desilusión e, incluso, a una retraumatización severa La renegación sirve para mantener la imagen idealizada del padre.  Rupprecht-Schampera describe la situación final con el término de "Mito Pseudo-edípico": En la superficie se asemeja al conflicto edípico normal, pero en la práctica es diferente porque en la paciente histérica persiste el estado temprano de no-separación de la madre. Como decía Fairbairn, no existe histérico, varón o mujer, que no sea en el fondo un inveterado buscador del pecho. 


El último capítulo de la obra lleva el atractivo título de El tratamiento psicoanalítico a partir de Fairbairn. Aunque incluye sugerencias interesantes, parece traducir que Fairbairn no desarrolló demasiado sus intuiciones sobre la práctica analítica.


Según la posición clásica, todavía vigente en gran medida, el analista interpreta los conflictos y resistencias inconscientes del paciente para facilitar el insight, lo que permite superar la represión de los motivos inconscientes, causantes del trastorno. El rol del analista se presenta bajo la apariencia de una tarea intelectual. Para el enfoque relacional, en cambio, el analista y el analizado se esfuerzan en una colaboración mutua, cuyo objetivo es lograr una narración nueva de la historia personal y un aumento del autoconocimiento que permita cambiar su forma de estar en el mundo. Fairbairn fue uno de los primeros en plantear que: “¿Si el paciente no realiza ningún progreso satisfactorio en el análisis, en qué medida esto es debido a algunos defectos en el método psicoanalítico?”(p. 145). Fairbairn no acepta la analogía entre el análisis con un proceso educativo, ni con investigación científica. El paciente, normalmente, no quiere realizar una exploración científica sobre sí mismo y, cuando esto se plantea, es más bien un signo de actitud obsesiva o esquizoide, una defensa contra la implicación emocional, que puede constituir en la práctica una resistencia formidable. Por lo demás, el analista no es primariamente un científico sino un psicoterapeuta.  Los principios científicos del psicoanálisis son neutros, podrían adaptarse a fines terapéuticos igual que a lo patogénico, pero el analista toma la decisión de ponerse al servicio de los valores humanos y más allá de los científicos. Fairbairn propone la analogía religiosa: lo que el paciente está buscando es la “salvación” de sus objetos internos malos, del odio y la culpa, el terapeuta es un sucesor del exorcista, no busca perdonar los pecados sino desalojar los demonios. Dicho esto, la interpretación no puede ser suficiente sino que el factor decisivo es la relación real que existe entre el analista y el paciente. La terapia es un proceso de desarrollo emocional en el marco de una relación real con una figura parental fiable y benéfica. Dentro de esta relación, el objetivo del tratamiento psicoanalítico es reducir la triple escisión del Yo originario, lograr la máxima síntesis entre las diferentes partes del psiquismo, la reducción de la dependencia infantil, y del odio hacia el objeto libidinal. Stephen Mitchell, seguidor declarado del psicoanalista escocés, añade que lo que necesitan habitualmente los pacientes no es simplemente descubrir sus propios motivos.  poseen el rol agente para mantenerlos o cambiarlos.


En el apartado titulado Resistencia y Transferencia se traduce el problema de la transferencia a la oposición clásica de los dos espacios, interior y exterior. El contraste psicoanalítico entre pasado y presente, consciente e inconsciente, es llevado a la contraposición entre realidad interna y realidad externa. De forma progresiva el psicoanálisis ha dejado de ser un método para reconstruir el pasado y se ha ocupado cada vez más de la transferencia, de investigar las situaciones y relaciones internas  y su influencia en las experiencias y conductas actuales. La resistencia procede del mantenimiento del mundo interno como un sistema cerrado por lo que el tratamiento psicoanalítico será un intento por abrir brechas en ese sistema cerrado. Por su parte, la transferencia consiste en que el objeto externo es tratado como un objeto interno. La interpretación de la transferencia en la situación analítica no basta, es necesario que la relación con el terapeuta se desarrolle hasta convertirse en una relación real entre dos personas. Fairbairn rechaza el distanciamiento como actitud técnica. Realmente, dice, pocos analistas son tan puristas en la práctica como en la teoría, ya que  lo más importante es la relación existente entre el paciente y el analista, y no una interpretación exacta. La resistencia sólo logra superarse cuando, en la relación de transferencia, el analista llega a ser un objeto tan bueno que el sujeto se siente dispuesto a liberar los objetos malos reprimidos en el inconsciente.


En los años cincuenta Fairbairn ya rechazaba la utilización del diván, prefiriendo el contacto cara a cara. El uso del diván refuerza el distanciamiento y no la objetividad de las interpretaciones, es más bien un instrumento defensivo para el analista, pero que puede constituir una nueva e importante deprivación para el paciente, una retraumatización. En cuanto a la neutralidad, el terapeuta no es neutral si quiere ser efectivo, porque cada interpretación es ya una intervención. Se suele confundir “neutralidad” con “objetividad”.


No por conocido, me ha resultado menos interesante el apartado que se titula "Un ejemplo clínico especial: el análisis de Harry Guntrip”. Harry Guntrip el principal discípulo de Fairbairn realizó años después un segundo análisis con Winnicott y justo en el mismo año de su fallecimiento publicó un curioso artículo que cuenta su experiencia en análisis con Fairbairn y con Winnicott. Ahí se lamentaba de que su primer análisis era un "penis-analysis" no un "ego-analysis". Fairbairn en su opinión no poseía la misma capacidad que Winnicott para las relaciones personales, y, en contra de lo esperado, era más ortodoxo en su práctica clínica. En resumen, Fairbairn era la madre mala y Winnicott el padre bueno. Sin embargo, aprovechando las abundantes notas escritas que dejó de estos dos tratamientos, algunos comentaristas han destacado la extremada transferencia agresiva de Guntrip hacia su maestro. Esta relación puso a prueba la capacidad de Fairbairn para mantener un contacto empático, en una época, por lo demás, de tormentosa vida matrimonial. Para Rodríguez Sutil la confusión de roles es fatal en el trabajo con pacientes de rasgos histéricos. Guntrip encontraba muy gratificantes las entrevistas cara a cara, de tipo más profesional, donde entraba en relación con "el Fairbairn humano".


Termina el capítulo con un comentario amplio al sugerente artículo de Stephen A. Mitchell, “Fairbairn y el problema de la agencia”. ¿Dónde está el agente? ¿Dónde está el sujeto?  Para la corriente principal del psicoanálisis “Sartre ha perdido y Freud ha ganado” al abrazar una postura sobre la libertad individual muy alejada del concepto existencialista. ¿Es completamente ilusorio el sentido que tenemos de nosotros mismos como individuos singulares, como “yoes” coherentes? Lacan se burlaba de la psicología del Yo por atribuirle al self capacidades sustantivas, pues no hay un “hacedor por debajo de lo hecho”. El yo, o el self, de muchas escuelas psicoanalíticas contemporáneas, sin llegar a la autonomía de las concepciones anteriores a Freud, se ha convertido en un centro de control psíquico, la conciencia ha recuperado posiciones en detrimento del psiquismo inconsciente.  Sin embargo, nuestro “sentido” del self está relacionado de forma compleja con las versiones del self conscientes y, más aún, de aquellas de las que renegamos. El agente  se adhiere a sus objetos aunque sean “malos” o poco satisfactorios: Este tipo de adherencia es la fuente más profunda de la resistencia al cambio en análisis. Ahora bien, este agente, aunque sea yoico, no es (predominantemente) consciente. El mantenimiento de este rol agente inconsciente es el que nos permitirá seguir en el ámbito de la indagación psicoanalítica. En cambio, si negáramos la libertad individual, la neutralidad y no intervencionismo ante el paciente debería ser total pues no ha venido realmente en busca de una ayuda que nosotros le podamos prestar, su motivación consciente no es real. Sólo nos queda esperar a que el inconsciente se manifieste. Pero,  simultáneamente estaremos aceptando proporcionar la ayuda que el paciente conscientemente solicita, porque no hemos intentado un replanteamiento de la demanda. Rodríguez Sutil concluye que esta parte consciente requiere también nuestro respeto. La propuesta terapéutica de Fairbairn era activa y, sospechamos que la de Freud también. Finalmente:



 “El rol agente se recupera, parcialmente, tras un costoso proceso, porque la persona no sabe cómo lo ha perdido, a veces ni siquiera tiene noticia de que lo ha perdido (“Es algo que me pasa”) y, sobre todo, desconoce por completo los motivos de esa pérdida. Tampoco estaría de más preguntar ¿dónde lo ha perdido? Esta tarea ha guiado la indagación psicoanalítica desde los primeros pasos de su creador. En conclusión, la cuestión del sujeto – o del rol agente – es elusiva por demás, si lo negamos entramos en la impostura, nos sentimos felices de nuestra astucia, si lo colocamos en el trono nos asalta la duda de haber coronado a un impostor” (p. 168).



El libro termina con una serie de conclusiones críticas que resumiremos brevemente. El niño está orientado hacia los otros desde el inicio de la vida.  Desde el comienzo Fairbairn estuvo en contra de las concepciones energetistas: el placer libidinoso no es más que un medio para obtener al objeto. Siempre estará de acuerdo con el principio de la realidad, sólo si se concibe sin relación con el objeto seguirá solo el principio del placer. Y esta condición no es la forma primaria de la actividad humana sino, más bien un deterioro de la actividad basada en el principio de realidad.


Estoy de acuerdo con Rodríguez Sutil en que este pensamiento es todavía valioso a la hora de enfrentarse con muchos de los debates centrales del psicoanálisis actual y, más en concreto, del psicoanálisis relacional-intersubjetivo, en especial cuando reclama que le prestemos una atención que durante demasiado tiempo se le ha negado. Igualmente coincido con algunas de las críticas a las que Fairbairn se ha podido hacer acreedor: “En contra de Fairbairn –dice Rodríguez Sutil, personalmente soy de la opinión de que la destructividad del ser humano, desde el individuo y desde el grupo, no se explica por la mera frustración sino que se trata de una "fuente motivacional" autónoma. Pero, lleve o no razón, este asunto no creo que vaya a cambiar de manera apreciable nuestra práctica clínica”. La estructura endopsíquica propuesta por Fairbairn nos parece válida a partir del momento en que se produce una diferenciación clara del Ideal del Yo - “objeto ideal” (OI) – y el Superyó de la posición depresiva. Pero no todos los sujetos delimitan un Ideal del yo sólido.


También se subraya  una realidad clínica desatendida por Fairbairn: la angustia por fragmentación, que refiere al pánico, no de ser abandonado sino de disolverse como sujeto. Sólo puedo sentir que soy abandonado si reconozco a otro que me abandona. Se acercó más a esta idea Winnicott con su miedo al derrumbe. También es cuestionable la casi identidad entre escisión y represión en la teoría de Fairbairn. La alternativa propuesta es que la escisión es el estado original, no obligatoriamente patológico:  El Yo es una diferenciación, no del Ello sino de la persona como totalidad a partir de la posición simbiótica inicial. Para el auténtico esquizoide, así como para el psicópata,  no existe culpa, en tanto que la vergüenza o la angustia sean tramitadas por la vía de urgencia por el terror, el pánico a la fragmentación.


Fairbairn propuso una teoría sobre la dinámica de las relaciones de objeto internas, pero le faltaría una teoría plena de las relaciones humanas, donde lo que se introyecta o, mejor dicho, se aprende, son esquemas de acción. En relación con ello, cuando usamos el término "objeto" tocamos otra cuestión teórica vital en psicoanálisis, que es la de la representación interna. Pero este asunto supera con creces los límites del psicoanálisis y de este libro. Recorramos, con Rodríguez Sutil, una incursión filosófica: Los objetos de los que habla Fairbairn no son representaciones, nunca han llegado a estar representados, sino que son esquemas de acción, en las relaciones interpersonales, con todo su acompañamiento emocional.



“En psicoanálisis (y en psicología) es habitual que confundamos el modelo con el que pretendemos explicar un comportamiento, con algo que supuestamente el sujeto posee en su interior. De manera reiterada se afirma que no tenemos un conocimiento directo de la realidad "en sí", sino que nos manejamos con representaciones. Lo acertado de las representaciones se deduce por sus consecuencias, algunas nos llevan al éxito y otras no, y deducimos que ese resultado no es azaroso. Sin embargo, todavía no hemos caído en la cuenta de que formamos parte de la realidad y las representaciones que construimos sobre nuestra naturaleza no son más que eso, representaciones. El que utilicemos socialmente representaciones para describir y entender nuestro comportamiento no quiere decir que la "representación", en cuanto tal, sea el componente esencial del psiquismo” (p. 177).



Ya para terminar, una posible crítica de esta obra estaría en señalar lo que posiblemente también es una virtud. Me refiero a que lo que Rodríguez Sutil nos ofrece no es tanto una Introducción al pensamiento de Fairbairn, que lo es, sino un pequeño tratado sobre los problemas conceptuales más relevantes para el psicoanálisis contemporáneo y una introducción sintética a la epistemología del psicoanálisis relacional, anticipando quizás una futura obra suya de la que tenemos alguna noticia, y que esperamos como objeto de satisfacción futura.