Aproximaciones contemporáneas a la histeria [Ramos, J., 2010]

Publicado en la revista nº038

Autor: Nieto Degregori, Pilar


Libro: Aproximaciones contemporáneas a la histeria. “Cuadernos de Salud Mental del 12”. Editor: Javier Ramos. Éride Ediciones. Madrid 2010. 301 páginas.



Se recogen, en este Primer Cuaderno de la Unidad Docente de Salud Mental del Hospital 12 de Octubre de Madrid, nueve conferencias sobre la histeria presentadas en el citado hospital durante el curso 2008-2009.


El propósito de las mismas lo resume Javier Ramos, organizador, editor y autor de una de las conferencias, con las siguientes palabras: “¿Por qué unas Aproximaciones contemporáneas a la histeria? ¿Acaso la histeria no fue abandonada hace ya décadas como entidad clínica obsoleta, banal, vulgarizada, indigna de ser acogida en el seno de los saberes científicos? Efectivamente, la histeria, burlona e inaprensible, escurridiza y camaleónica, refinada y aguda en su capacidad para poner en jaque a la medicina y a todo aquel que haya dedicado sus desvelos a desentrañar su esencia misteriosa, ha terminado incluso por ser expulsada del campo de las imperantes nosologías posmodernas… Mais ça n’empêche pas d’exister. Y la histeria, irredenta y contumaz, seductora ataviada con las nuevas etiquetas diagnósticas a la moda o vociferando grotesca con las legendarias formas de antaño, sigue inundando las consultas de médicos, psiquiatras y psicólogos, exigiendo una respuesta e implorando ser escuchada.”


1) “La histeria. Cuestiones diagnósticas a debate. Algunos aportes desde el pensamiento de D. W. Winnicott” de Augusto Abello Blanco.


El autor recorre desde un punto de vista histórico lo que se ha ido entendiendo por histeria desde el papiro de Kahun (1850 a.c.) o el papiro de Ebers (1550 a.c.),  pasando por los griegos (la consideración etiológica de Hipócrates y Platón) para llegar hasta Charcot, Freud y  nuestros días.


La histeria tal vez sea, nos dice, “el cuadro neurótico descrito por Freud más estudiado, más debatido y más bastardeado también, en el sentido de que pasó al lenguaje popular como un término peyorativo (‘fulanito es un histérico o menganita, una histérica’)”. “También es el cuadro, nos señala, más variado en sus formas de presentarse y más escurridizo a la hora de definirlo: los síntomas histéricos se caracterizan –entre otras cosas– por su variabilidad y su polimorfismo”.


Con C. Bollas nos propone una tentativa de definición de la histeria marcada por los  siguientes rasgos: “personas que tienen problemas con sus demandas sexuales, que reprimen las ideas sexuales, indiferentes frente a las conversiones, identificadas de forma excesiva con los otros, personas que se expresan en forma teatral, tienen una existencia de sueño diurno y prefieren la ilusión de la inocencia infantil a las penurias del mundo de los adultos…”.


Plantea, sin embargo, que tanto el DSM IV como el CIE 10 (manuales de diagnóstico de los trastornos mentales) “han borrado la denominación ‘histeria’ debido a las diferentes teorías al respecto y a la imposibilidad de consensuar una definición común, aunque se refieran a ella bajo otras denominaciones”. Señala, asimismo, otro rasgo distintivo de la histeria: es en buena medida la patología que hizo nacer el psicoanálisis.


Partiendo de una viñeta clínica de una muchacha en torno a la treintena, el conferenciante hace una “reflexión general” y retomando los aportes de Winnicott, a quien tiene como referencia desde el título de la conferencia, sitúa la enfermedad no solo en las angustias edípicas sino también en las partes deficitarias por carencias significativas previas al complejo de Edipo, lo que en palabras de Winnicott serían “angustias impensables ligadas a la existencia”. “Pude ver algunas cosas que subyacían con mucha fuerza por debajo de los síntomas más visibles y ruidosos (muchas veces los histéricos destacan justamente por eso: es difícil no prestarles atención, por algún motivo convocan nuestra mirada de manera intensa, cuando no tiránica); pude ver su dolor por carencias significativas; las más impensables y primarias, como la necesidad de la paciente de sentirse acompañada antes que interpretada, la necesidad de sostén antes que de comprensión o desciframiento de sus aspectos inconscientes”.


En este contexto, sus intervenciones terapéuticas en una primera etapa tendrán más  importancia por lo que significaban “en el vínculo y en el registro del apego que por la capacidad de convocar insight intelectuales”, ya que la paciente escuchaba lo que se le decía más por el tono que por el contenido, “interesada por lo que ella intuía como empatía y aceptación”.


“El doble frente que esta paciente –y tantos pacientes– presentaba podría pensarse también sobre la ambigüedad respecto a la cuestión de la etapa del desarrollo psicosexual a la que se halla ligada la histeria, pues aparece muchas veces la idea de pensarla ligada a una fijación de la etapa fálica –y desde ahí se postula como la neurosis más evolucionada–, al tiempo que otra mirada permite pensarla como ligada a la etapa oral –y entonces tendríamos todo lo contrario: una neurosis muy primaria, muy básica, con todo lo que de gravedad acarrearía esta posición”.


Retomando a Winnicott y en referencia a lo traumático como génesis de la histeria, plantea que no se centra en traumas exclusivos de tipo sexual, sino en traumas más amplios: “pienso, con Winnicott, en el traumatismo como todo aquello que interrumpe el desarrollo temprano del bebé, en todo lo que, en lugar de ser ambiente facilitador, entorpeció el desarrollo, en todo aquello que lejos de traducirse como una madre suficientemente buena vino a ser más una madre opaca, muerta o deprimida, una madre severamente perturbada”. En resumen, entiende el trauma como aquello que rompe el sentimiento de continuidad existencial.


Entre los diversos autores a quienes se refiere cita a Mashud Khan, discípulo de Winnicott, para resaltar que “hay un malentendido básico y dramático entre el histérico y su interlocutor”. Los gestos del histérico se entienden como expresión de deseos sexuales y se interpretan habitualmente solo como eso, cuando en realidad estos gestos se viven como un lenguaje fundamentalmente corporal simbólico que expresan necesidades primitivas de cuidado y protección. Este desencuentro tiene que ver “con el triste canje de muchas interacciones en que se ofrece sexualidad para poder recibir lo que de verdad se anhela, que es el cariño o la ternura en alguna de sus formas”.


Repasa en su conferencia una serie de comentarios sobre textos actuales y materiales clínicos de otros terapeutas donde se recoge, por ejemplo, cómo el tema del sostén aparece en muchos trabajos dentro de una interpretación del tipo ‘algo para pensar y no para vivir’, planteándose si no sería mas importante ofrecer sostén y no hablar de ello hasta mucho mas adelante. La cuestión estriba en saber si el tratamiento puede ofrecer, en alguna medida, esa función que quedó vacía encarnando así el proceso terapéutico el valor de una segunda oportunidad, como lo definiera Winnicott en relación a casos graves.


Termina abundando en la idea de lo deficitario en la histeria y se refiere a un trabajo de Nasio (1991) en el que se señala la presencia de tres concepciones del “yo” histérico perfectamente diferenciadas: el yo demasiado permeable de Charcot, el yo demasiado débil de Jannet y el yo demasiado desesperado de Freud. El autor observa un factor común en estas posiciones: las tres contienen algo ligado a la carencia, a la merma, a la falta de desarrollo o de madurez. En esta línea y citando a Emilce Dio (1965) se plantea que los diferentes cuadros de la histeria se pueden distinguir en relación al grado de desarrollo alcanzado por el Yo.


 Leyendo esta conferencia podemos concluir que el verdadero Self de las personas histéricas no sería “mostrarse  como una niñita temerosa (zona edípica, zona de las neurosis) sino que es una niñita temerosa y traumatizada cuyas angustias no están relacionadas con la castración sino con la existencia”. Ese sería su verdadero Self.


2) Marian Fernández Galindo titula su conferencia: “Una visión personal de la histeria”.


Enmarca Marian su conferencia con una referencia de Gilbert K. Chesterton (1910): “El principio es éste: que en todo lo que merece la pena tener, incluso en cada placer, hay un punto de dolor o tedio que debe sobrevivir, de modo que el placer pueda revivir y durar. El placer de la batalla llega tras el primer miedo a la muerte, el placer de leer a Virgilio aparece tras haberlo estudiado; el regocijo del bañista en el mar surge tras el choque helado del agua; y el éxito del matrimonio llega tras el fracaso de la luna de miel. Todos los votos, leyes y contratos humanos son otras tantas maneras de sobrevivir con éxito a ese punto de inflexión, a ese instante de rendición potencial”.


Dice la autora: “mi propósito será mostrar la evolución de mi pensamiento respecto a la Gran Simuladora, qué teorías han iluminado mejor mi camino, es decir, el resultado de mi particular proceso de decantación”.


Dicho proceso contendrá un cuadro preciso: el modelo freudiano (la histeria enlazada en el núcleo del conflicto edípico), la teoría del apego (la histeria por identificación con el modelo materno), la aportación de la neurociencia a la compresión de la histeria (el ‘intérprete’ del córtex prefrontal izquierdo con Gazzaniga, la neurología de la emoción con Damasio y las neuronas espejo de Rizzolati) y, en el marco de la teoría evolutiva de Darwin, la selección natural en la adquisición de las características y habilidades de los individuos y el éxito adaptativo.


Ante la pregunta que se formula sobre cuáles son los ‘invariantes’ de la histeria cuando se enfrenta el problema de su diagnóstico, señala tres fundamentales: en primer lugar, el cuerpo que sufre, después la labilidad de la expresión emocional y, finalmente, la pasión, es decir, la intensidad de las vivencias afectivas.


Aborda la histeria en la nosografía definiendo sus zonas limítrofes:  por un lado con el trastorno límite de la personalidad, por otro con alguna forma de trastorno bipolar y, por todas partes, con la ‘normalidad’. Concibe la histeria como la estructura central de la personalidad en el mismo sentido que llevó a Israël a decir que “todos somos histéricos”. Lo cual desemboca en la vigencia para la autora del ‘carácter histérico’ con sus elementos constitutivos: histrionismo, perversidad (no confundir con ‘perversión’), dependencia y sugestibilidad, que detalla en todos sus contenidos.


Plantea un desarrollo del conflicto edípico, del sujeto ‘pegado’ a sus objetos primarios (padre, madre) y de la castración, para centrar lo que entiende como los dos pilares freudianos en este asunto. En primer lugar, cómo revolucionó Freud la percepción de la histeria: “de una clínica de la mirada, él pasó a una clínica de la escucha; se dejó de buscar en el origen biológico para hacerlo en el biográfico”. En segundo lugar, el concepto de conversión: “la angustia, producto en su primera teoría de la libido trasmudada; y, en la segunda, del conflicto que el Yo soporta, expresada por el cuerpo, que se convierte así en el heraldo del drama histérico sin que, por otra parte, la conciencia se entere (extremo que será fundamental si queremos comprender la histeria para librarla de las lacras del histrionismo, del pitiatismo, de la manipulación y del marco sadomasoquista en que se desarrolla su tratamiento)”. Subraya que “la intolerancia al reconocimiento y aceptación de ‘lo faltante’ conduce a la histérica a un verdadero trastorno de su identidad (no sabe  quién es porque, varón castrado, no conoce en qué consiste ser mujer)”.


En consecuencia se puede entender la histeria básicamente como “una metáfora de la falta, de lo faltante (la incompletud) en el ser humano, confrontado desde el nacimiento a tolerar la falta”.


En cuanto a “los modelos operativos internos” (internal working models’ de Bowlby): la histeria por identificación”, comienza definiendo un modelo operativo como “un ‘mapa cognitivo’, una representación, esquema o guión que un individuo tiene de sí mismo y de su entorno”. Bowlby modificó la teoría freudiana del apego entendiéndolo como “un vínculo instintivo primario” y abriendo así el camino hacia “una perspectiva de un modelo interaccional de constitución del psiquismo en el que el desarrollo de la personalidad es función de la relación con un objeto real, madre o sustituto, y no con un objeto interno (fantasmático)”.


Tras todo ello desarrolla Marian una visión personal de la histeria con la ayuda de la neurociencia y comenta las tres ideas maestras citadas al principio:


-        El “intérprete” del córtex prefrontal izquierdo. Gazzaniga y LeDoux descubrieron que el hemisferio izquierdo “posee un mecanismo especial que interpreta las acciones y sensaciones generadas por sistemas dispersos en el cerebro”. De esta manera el hemisferio izquierdo tiene un dispositivo que permite analizar los cambios emocionales o atribuir significado a una determinada conducta. Recorre e ilustra a fondo la autora este asunto del ‘intérprete’ y su significado para la histeria. Solamente recojo de todo ello este comentario significativo: “el cerebro izquierdo, que se pasa la vida preguntando cómo A se relaciona con B, se encarga de aportar una base narrativa a las cosas que hacemos y a cómo nos sentimos. En la detallada narración de la histeria, en su encarnizada convicción de por qué le pasa lo que le pasa (‘son las cervicales, el digestivo débil, es que he sufrido mucho en la vida y por algún lado me tenía que salir, son los nervios que se me agarran aquí o allá’…)  ¿no hay un trabajo exacerbado de ese cuentacuentos que es el cerebro izquierdo?”. Concluye este apartado con la siguiente reflexión: “como psiquiatras, nos irrita la histeria, la desvalorizamos y atacamos a quien la sufre porque atribuimos intención a sus síntomas (quiere manipularnos o llamar la atención). Consideramos que es un producto del Yo, a cuyo control nada escapa, incapaces de admitir que el histérico nada sabe de sus expresiones sintomáticas, que son arbitrarias interpretaciones producidas por un dispositivo cerebral afinado por la evolución”.


-        La neurobiología de la emoción. Para abordar este asunto nos plantea Marian Fernández Galindo las consideraciones de Damasio a propósito de las emociones y los sentimientos,  donde se establece una distinción entre ambos conceptos desde el punto de vista evolutivo, así como la jerarquía que este autor construye basada en respuestas instintivas que, agrupándose, van a constituir lo que llamamos sentimientos. En esencia, un sentimiento “es una idea del cuerpo cuando es perturbado por el proceso de sentir la emoción” (Damasio, 2003). El árbol de Damasio queda claramente explicado a través de diferentes gráficos que Marian comenta en el libro. Al utilizar la metáfora arbórea, Damasio dibuja “un ejemplar de árbol proporcionado, de tronco recto, de ramificación simétrica y de crecimiento armónico. Imaginemos ahora un ejemplar torcido donde la regulación metabólica y los reflejos primarios no se constituyeron de forma adecuada y cuyas ramas primeras crecen también de forma desproporcionada”. En ese contexto las emociones dejan de tener “esa diferenciación fina, más capaz de responder al ambiente y de adaptarse a contextos sociales sutiles” (Damasio). La autora sostiene que en la histeria, más que en ninguna otra patología, las emociones han sufrido ese ‘mal crecimiento’, profundamente desadaptativo, que las lleva a ser expresadas fuera de contexto y a colorear la vida saliéndose de los límites del discurso.


-        Las neuronas espejo (Rizzolati). Siguiendo con su propósito de aplicar los avances de la neurociencia a una posible ampliación de la comprensión de la histeria, se pregunta si el carácter imitativo de la histeria, que le da esa propagación a veces epidémica, y la persistencia de sus aspectos plásticos, gestualmente hiperexpresivos, no tendrán su base en la acción del sistema de las neuronas espejo. Rizzolati partió del hallazgo en monos de “determinado tipo de neuronas que se activaban no cuando el animal ejecutaba una acción sino cuando contemplaba cómo otro la hacía, lo que dio lugar a una línea de trabajo para encontrar la localización cerebral de nuestra capacidad ‘antes aún que de  la imitación, el reconocimiento y la comprensión del significado… de los actos de los demás”. La autora valorará la importancia de este descubrimiento como un paso de gigante en la comprensión a nivel neural de los mecanismos que rigen no solo nuestro comportamiento motor sino el conjunto de acciones con implicación del sistema emocional.


3) “La perspectiva psicoanalítica de la histeria”, de Norma Tortosa.


Comienza sus reflexiones constatando “la alianza original” que mantienen histeria y psicoanálisis en el nacimiento “de la teoría psicoanalítica en su conjunto y, fundamentalmente, en el descubrimiento del Inconsciente”. A partir de ahí se adentra en los diferentes modos de actualización de la histeria:


-        La evolución de la misma según la época es lo primero que comenta aunque, a través de las diferentes épocas y culturas, “quedan intactos ciertos invariantes de la estructura histérica, que permanecen fijos más allá de las caras con que se propone a la experiencia clínica”.


-        Aborda, después, la sintomatología de esta neurosis: “el sujeto histérico presenta una inclinación favorable a los síntomas de conversión y un predominio de formación de síntomas fóbicos acompañados de estados de angustia”. Recorre las variadas perturbaciones de esta enfermedad, algunas somáticas y otras que no responden a razones anatómicas ni fisiológicas “ya que Freud se refiere a un cuerpo erógeno y a una anatomía fantasmática cuyos determinantes causales el paciente desconoce” y detalla el caso clínico de Elizabeth von R. partiendo de la obra de Freud “Estudios sobre la Histeria”, que, en aquel momento, “hacía hincapié en la recuperación de los recuerdos olvidados y buscaba los sucesos traumáticos que habían desencadenado la histeria y los mecanismos de conversión, es decir, la incidencia de un pasado penoso como determinante de la formación del síntoma somático (…) aunque aún no lo atribuye a una verdadera represión como mecanismo inconsciente (…) sino a una especie de segregación dentro del campo de la conciencia, como una supresión de algo desagradable”. Señala la autora algunas manifestaciones clínicas de este caso relacionadas con la sexualidad y cómo las novedades que Freud aporta “describen la anatomía del síntoma histérico como subjetiva o fantasmática y no correspondiente con la anatomía objetiva” para concluir que “la histeria es el resultado de una defensa, la represión” y que “lo reprimido siempre retorna, en este caso bajo la forma de síntomas originados por el rechazo de ciertas representaciones de contenido sexual, muy cargadas de afecto, que resultan insoportables”. Éste es, dice, “el fundamento del concepto freudiano de inconsciente”.


-        “El valor metafórico del síntoma radica en el hecho de ser un mensaje cifrado que el sujeto ignora, aunque esté inscrito en su propio cuerpo”. Como toda neurosis, la histeria puede ser descrita a partir de sus síntomas en tanto que entidad clínica pero también puede ser entendida “como un vínculo patológico que el neurótico establece con el otro” y que tendrá una importancia decisiva en el proceso de cura (relación con el analista y dinámica de la transferencia). Comenta diferentes aspectos sobre el origen de la histeria para Freud y cómo su idea inicial de una seducción traumática real (perversión paterna) cedió su lugar “a la fantasía inconsciente, siempre relacionada con el complejo de Edipo” sustituyendo así “el determinismo de la realidad material por la verdad de la realidad psíquica”. En este movimiento, el síntoma “es efecto de ciertos conflictos en la resolución edípica ligada a las vicisitudes del complejo de castración”. Así “la etiología de la histeria de conversión pudo ser explicada entonces desde una fantasía inconsciente generadora de angustia (…) que, ante el fracaso de la represión, puede expresarse en el trastorno de una zona corporal” (ejemplo: la ‘anestesia’ de una parte del cuerpo, la genital, que se muestra en la frigidez femenina o en la eyaculación precoz del hombre).


-        La autora presenta detalladamente, en este contexto, el caso clínico de Carlos, joven de 32 años, y destaca entre los datos más importantes de su historia: “enurético hasta los 14 años, a veces padece eyaculación precoz. Su madre padecía crisis depresivas, un hermano de la madre, psicótico, ingresado en un psiquiátrico, murió cuando el paciente tenía 10-12 años”. De su padre dice que es “un profesional prestigioso que ganaba mucho dinero, no sabe si con buenas artes, que lo trataba como a un idiota, que lo menospreciaba”. Plantea la autora que “las fantasías acerca de sí mismo, ser tonto o loco, aludirían a la fantasía inconsciente materna: su temor a tener un hijo igual que su hermano. El paciente parece identificarse, en su destino genealógico de único hijo varón, a ese tío esquizofrénico”.


-        A partir de este caso se interna en la bisexualidad o en los conflictos para asumir el propio sexo y afirma que Freud no teoriza sobre la formación de hombres y mujeres sino que plantea la sexualidad en términos de construcción: “la masculinidad y la feminidad puras siguen siendo construcciones teóricas de contenido incierto” y que puede pensarse en la disposición bisexual atendiendo “a la sexualidad infantil dominada por el polimorfismo pasional y el desconocimiento de la diferencia”. Concluye que “será el complejo de castración el que introduzca la diferencia y del que dependerá el devenir sexual: la posibilidad de asumir uno u otro sexo y la apertura del deseo a objetos exogámicos”.


-        Siguiendo la estela del caso de Carlos describe diferentes pasos del tratamiento y establece una correlación entre “enuresis = angustia de castración = impotencia = eyaculación precoz”.  Se centrará con mayor detalle, en primer lugar, en la enuresis y la eyaculación precoz relacionando sus comentarios con diferentes obras de Freud como “Inhibición, síntoma y angustia”, “Contribuciones a la psicología del amor II” o “El sepultamiento del complejo de Edipo” y, en segundo lugar, en el síntoma conversivo y la fantasía de castración: “el histérico, paralizado en la fantasía de castración, padece la incertidumbre de no saber si es hombre o mujer. Vive en un mundo sexual infantil de seres provistos o desprovistos de pene y poblado de peligros fantaseados que amenazan la integridad de su pene y de todo su ser”.


4) “Histeria con mayúscula” de Pedro Cubero.


Partiendo de una descripción detallada de las teorías humorales, desde el Corpus hippocraticum hasta Galeno y Sydenham (que situó la histeria entre las neurosis), certifica el autor que “la histeria se mantuvo incólume como entidad nosológica a lo largo de los siglos, si bien el número de síntomas atribuidos a la misma no dejó de crecer” y recoge una serie de los tratamientos (que “sin duda han sido curiosos”) administrados durante dos milenios y medio.


En cuanto a la descripción clínica y la sintomatología atribuida a la histeria, cita aspectos de  Sydenham, de Briquet (cuyo tratado de 1859 es considerado el primer estudio amplio y metódico de la histeria), de Kraepelin (que la incluye como una más de las enfermedades mentales) y, ya iniciado el s. XX, de Savill.


Pero plantea que, entre las últimas décadas del s. XIX y los primeros años del s. XX, “la histeria perdió el carácter unitario que había mantenido desde Hipócrates”. En este mismo periodo, “la neurología se interesó más a fondo por la enfermedad, buscando su localización en el cerebro”. Es también en ese momento cuando se propone “el mecanismo de la disociación del campo de la conciencia como explicación de la personalidad doble y de los estados crepusculares, y el de la misteriosa conversión (de la energía psíquica en energía somática), así como la teoría edípica de la histeria. La histeria una se convierte en la histeria trina con tres diagnósticos semi-independientes: neurosis histérica conversiva, neurosis histérica disociativa y personalidad histérica. “Las dos neurosis histéricas darían paso a sendos trastornos mientras que la personalidad histérica sería sustituida por la histriónica”. Con el DSM-III “la histeria ya no solamente se fragmentaba, también se desperdigaba”. Cree el autor que existe un foso entre lo que propone la Psiquiatría académica y lo que muestra la clínica y concluye que, a su entender, “la concepción tradicional unitaria de la histeria es más acorde con la realidad clínica que el modelo trino actual”. Refiere el convencimiento desarrollado desde su trabajo clínico de la existencia de “una histeria vulgar o ambulatoria, en la que la distinción entre síntoma y rasgo no es tan tajante, en la que los síntomas conversivos y disociativos vienen y van, se superponen y son menos espectaculares, más fugaces y menos nítidos de lo que la literatura sugiere y, además, no son únicos”.


Comenta Pedro Cubero que la Psiquiatría americana posterior a la Segunda Guerra Mundial, a la que se adhirió el grueso de la profesión, se caracterizó por los siguientes rasgos: predominio de los modelos psicodinámicos y sociales, paulatina desaparición de los límites entre la enfermedad y la normalidad, orientación hacia el activismo social, crítica feroz al hospital psiquiátrico y defensa de los abordajes ambulatorios, y el rechazo abierto y explícito de la nosología kraepeliana (por una nosología marcadamente psicodinámica). Estamos en la cuarta histeria. Purtell y sus colaboradores, publicaron sus hallazgos en 1951, revisaron la sintomatología de los dos tratados clásicos más exhaustivos (Briquet y Savill) y propusieron un nuevo cuadro clínico que recoge detalladamente en una tabla.


El DSM-III terminará por eliminar la palabra histeria por las connotaciones degradantes del término para convertirlo en ‘trastorno por somatización’ y mantener, sin embargo y paradójicamente, “por un lado las tres entidades diagnósticas utilizadas desde principio del siglo y, por otro, la vieja histeria unitaria” con su nuevo nombre.


Y, sin embargo, “la observación clínica no avala en modo alguno este enfoque fragmentario de la ex histeria”, con un peligro añadido: “al no encontrar la patología histérica (cambiante, prolija y desconcertante) un acomodo diagnóstico adecuado, se refuerzan las actitudes de rechazo y sospecha” frente a las pacientes.


Pasa después el autor a exponer una serie de argumentos que le gustaría se tomaran “como un ejercicio meramente especulativo y sin otra pretensión que la de abrir alguna duda con respecto al modelo trino vigente”. Recorre los conceptos de disociación o des-asociación del campo de la conciencia e indaga en las parálisis motoras, en las anestesias histéricas o hiperestesias, en las alucinaciones visuales, en la cefalea y los dolores en general, en el cansancio y la fatiga crónica o en la amnesia disociativa.


Continúa su trabajo con una reflexión y una propuesta de posibles tipologías : “si la clínica y algunas especulaciones como las que acabamos de presentar apuntan hacia una concepción más unitaria de la histeria, en la que conversión, disociación y teatralidad se superponen, se confunden y no delimitan entidades diagnósticas diferenciadas, ¿habría entonces algún modo de subdividir las múltiples manifestaciones clínicas de la enfermedad que pudiera resultar de interés clínico?”. Propone y comenta las siguientes tipologías:


-        En función del grado de deterioro: histeria normofuncionante (autónoma), histeria minor (requiere cuidados ocasionales) e histeria major (cuidados continuos).


-        Según el tipo de contacto: histeria aniñada, histeria hiper erotizada e histeria enferma.


-        Según los síntomas: prehisteria (o histeria asintomatizada) e histeria sintomática (con síntomas físicos, con síntomas psíquicos y mixta).


Concluye su colaboración comentando “tres importantes manifestaciones clínicas de la histeria que, por su importancia, merecen no ser pasadas por alto”: la queja (“lo característico de la histeria no es quejarse de este o aquel síntoma o limitación sino la queja en sí misma, la queja por la queja”), el asco (“el asco o la náusea juegan un importante papel en la sintomatología histérica”) y, finalmente, la sexualidad (“la incapacidad para aunar, en una sola relación y con la misma persona, la actividad sexual, el apoyo emocional y los compromisos formales”)


5) “Histeria, ventaja con el síntoma y necesidad de hermenéutica”, de Guillermo Rendueles.


En su exposición, comienza constatando que “la histeria es un término sin uso clínico, un fósil lingüístico del campo psiquiátrico, formalmente proscrito en la reunión de la APA en que se aprobó la DSM-III”. En ese contexto, relata que en la clausura del citado congreso se enfatizó la necesidad de olvidar “ese cajón de sastre llamado histeria”. Y sin embargo “a pesar de todos esos obituarios, recalca el autor, la histeria insiste en reaparecer disfrazada de una legión de trastornos” que gozan “de buen nombre” y recoge una parte de la sinonimia “con la que la histeria, echada de la academia por la puerta grande, se cuela por la ventana de la clínica”.


Plantea que no tendría mayor interés un debate nominalista sobre la cuestión si no se tratara de un buen asunto para abordar “el estado actual del pensamiento psiquiátrico en el doble sentido de explicar la plétora de las consultas psiquiátricas y la inanidad cultural del pensamiento psicopatológico”.


Puntos de referencia como el manual de la DSM-III podrían dejar indefensos a los terapeutas ante “una inflación de casos psiquiátricos al incluir y aceptar cualquier queja como trastorno mental”, lo que obligaría al discurso diagnóstico a encontrar, mal que bien, determinadas coincidencias con el citado manual. “La candidez para aceptar como síntomas (…) quejas como la anhedonia o la tristeza (…) nos condena a ampliar hasta el infinito la inclusión como trastorno psiquiátrico de la totalidad del universo de los pequeños malestares vitales”, orientación que reduce  drásticamente las posibilidades del terapeuta llevándole a facilitar “el uso en cascada de antidepresivos que ponga filtros al sufrimiento de un mundo despiadado”.


Y ¿por qué se ha llegado a esta preocupante situación? En palabras del autor “este giro psiquiátrico hacia la insignificancia cultural, responde a una especie de pánico gremial ante la práctica psiquiátrica de los años setenta” del siglo anterior. Se trata de un pánico gremial “más que justificado” (evidencia de incapacidad diagnóstica) y se basa en las críticas demoledoras a la psiquiatría desde los ambientes sociológicos de la época, como las de Laing, Szasz o Goffman, culminadas por el artículo “On being Sane in Insane Place” publicado en Nature. Sobrevivir en el campo médico exigió a la psiquiatría “retirarse de la escena cultural banalizando los diagnósticos clínicos” para evitar polémicas “y blindar a la clínica reduciéndola al campo médico-administrativo”. La óptica cultural que podía ver rasgos geniales en determinadas producciones psicóticas fue tachada, sin más, como romántica y la angustia, la reflexión ante la muerte, el duelo o la melancolía desaparecieron como fenómenos culturales profundos para convertirse exclusivamente en desarreglos bioquímicos cuya solución se encontraba en los antidepresivos. Los psiquiatras “empezaron a tratar con multitudes y a ser mimados por una industria farmacéutica que hasta entonces los había ignorado”.


Lo que le resulta más chocante en este panorama de retirada del pensamiento psiquiátrico “del ágora social o del campo de las ciencias humanas” es que ocurra precisamente en un momento de aceptación por las ciencias socio-económicas actuales de muchos de los avances que la psicología dinámica había anticipado o de determinados modelos freudianos. Para poder entenderlo, el autor va más allá de la respuesta pragmática defensiva y cree descubrir que el pensamiento psiquiátrico ha caído en un cierto estado melancólico: “el tiempo de la melancolía es el tiempo donde colectivos enteros pierden sus vínculos afectivos” y, con ellos, “la capacidad de crear sentido” para limitarse “a una práctica mecánica y pretenciosa”. “Si la psiquiatría quiere volver a ser un pensamiento fértil debe dejar de aparentar un saber que no posee y limitar su práctica a un grupo de trastornos neuróticos y psicóticos sobre los que sí posee un cierto saber artesanal”, dejando de lado las prácticas pretenciosas de ‘saber empírico’ a la búsqueda y espera de que aparezca la etiología orgánica de los trastornos. Se trataría de reencontrar el modesto lugar que tuvo la psiquiatría en el contexto de la medicina y de las ciencias humanas “como práctica que posibilita el acceso a la propia identidad”.


En este contexto de regreso a una reflexión clásica sobre la histeria situará el autor sus reflexiones.


Comienza por lo que llama “giro hermenéutico”. El primer error de la agotadora labor médica de recoger los malestares sociales “para dirigirlos a alguna agencia psicosocial es no percibir que el lenguaje común, el de los usuarios y sus exigencias de soluciones, se está imponiendo en su literalidad sobre el saber clínico y las posibilidades reales del médico”. Descartar la queja o el malestar vital de cualquier persona de la lista de aspectos tratables por el médico tiene la dificultad de la incomprensión y la protesta, frecuentemente airada, de los usuarios. Por ello “la vieja jactancia médica en tratar, no las enfermedades que conoce (…) sino todos los malestares biopsicosociales, se complementa a la perfección con los deseos de los pacientes”. Y si entendemos como hermenéutica ‘la traducción’ del caos de percepciones que constituye lo real a un lenguaje coherente (con sentido), el giro hermenéutico, que sitúa la interpretación como “la base radical de la existencia humana”, nos aleja radicalmente de la capacidad de vivir la vida como “una realidad unívoca y no mediada por las trampas del lenguaje”.


No afrontar la dificultad universal de tomar decisiones basadas en la inseguridad y, por ello, cargadas de angustia es lo que Sartre, en cita del autor, llama “mala fe”. Y recoge su reproche a la psicoterapia “por construir un sistema de consuelo con la mentira vital que niega esa libertad trágica”, algo importante a retener “si se quiere no dar respuestas técnicas a lo que requiere apuestas existenciales”.


Y, sin embargo, nos advierte que no todo es un problema hermenéutico o del  lenguaje (conflicto de interpretaciones o mala comunicación médico-enfermo) porque, como ya había descrito Freud, son frecuentes las situaciones de simulación, engaño y  autoengaño, los conflictos de intereses en definitiva.


Aborda, después, más directamente el asunto de la histeria comenzando por los primeros estudios de Freud:


-        Los trastornos histéricos se conforman, no en el cuerpo real, sino en el cuerpo imaginado por el enfermo. Entiende Freud la incomunicación médico-paciente en base a la diferencia con la que ambos construyen sus discursos: la sintomatología histérica (parálisis, anestesias histéricas) situada, por una parte, en los mapas neurológicos y en un modelo anatómico-clínico o, por la otra, la fisiología histérica que permite ‘imposibles’ neurológicos. El terapeuta necesitaría por ello un plan terapéutico para combatir los síntomas del relato literal de sus pacientes.


-        Además, el terapeuta, a diferencia del paciente, no puede confundir “sufrimiento (situación global que afecta a la totalidad de la persona) y dolor (circunscrito y difícil de empalabrar por su violencia)”. El dolor, sin un contexto de sentido, es, en palabras del autor, “imposible de soportar”. Por eso, nos dice, los postmodernos han creado una especie de “algodicea” en el lugar de la antigua teodicea que daba un sentido al mal. Se huye de cualquier conexión real del sujeto “con el hacer su enfermedad”. Y lo peligroso es olvidar esa “algodicea” y sustituirla por una relación literal y técnica con el dolor, actitud que desemboca necesariamente en la farmacología progresiva. “La exhibición de un falso poder analgésico conduce a una escalada simétrica de quejas de dolores improbables y tratamientos excesivos”, lejos de aquellos “papeles salutíferos” de la madre con su sola presencia o del padre con sus relatos. Un entorno acogedor y “una praxis simpática” de los cuidadores del enfermo poniéndose “en la piel de la persona sufriente que anticipa su muerte” puede romper esa búsqueda despiadada del “analgésico perfecto”.


-        La derrota ilustrada y el triunfo del relato histérico: “el diagnóstico psiquiátrico constituye una especie de diploma al revés que capacita para vivir protegido de conflictos, litigar en pos de una pensión o tener disculpa penal”. Recorre con detalle el autor “la tautología llamada fibromialgia (…) donde la etiqueta que certifica la realidad de la enfermedad construye una neoversión de la histeria”. ¡Por fin tiene nombre esto que yo padezco y que los médicos no eran capaces de diagnosticar! Sólo falta el reconocimiento público de la enfermedad y las consiguientes subvenciones para que triunfe el relato histérico. “De ahí que la batalla por la ilustración de lo histérico parece haberse decidido a nivel público contra la profecía freudiana”.


-        “Mis enfermos me engañan”. Freud renunció a la amistad y a la ayuda económica de Fliess “para ser más amigo de la verdad”, lo que le llevó “al compromiso con una ‘hermenéutica de la sospecha’ que busca la realidad del deseo escondido tras la literalidad del teatro histérico”. Comenta el autor las tesis de la fenomenología y concluye que “ambas herencias –la freudiana y la jasperiana– han sido dilapidadas por una práctica psiquiátrica que acoge y reproduce en sus historias con bobalicona credulidad el discurso literal de pacientes que obviamente no viven ni sienten como dicen”.


-        “Buscando ventaja”. Cita el autor a Freud y se detiene en la explicación del sentido de las metáforas y autoengaños del enfermo en tanto que búsqueda de “una ventaja con el síntoma a pesar de los sufrimientos que ocasiona (…) porque la solución del conflicto por medio de la formación de síntomas es la más cómoda y mejor adaptada al principio del placer”. Lo peligroso puede ser el precio que se paga por las ventajas así obtenidas y Freud comentará al final de los textos que recorre el autor “cómo esa ventaja constituye una catástrofe vital próxima al masoquismo”.


Se detiene, después, en una serie de asuntos de interés como el sentido profundo del pago económico en la “cura tipo” freudiana o en referencias a Jaspers, a su relación con Weber y a otros intelectuales de la época, recogiendo el nítido reconocimiento del límite de todo saber: “nadie puede enseñar a vivir” (lema que se debería adoptar en las consultas médicas ante las demandas de los usuarios en ese sentido) o, finalmente, en las amenazas y agresiones que sufren los médicos en el ejercicio de su labor (especialmente en relación con las demandas de baja laboral) haciendo hincapié, como explicación de fondo, en la búsqueda de “la ventaja” o conflicto de intereses y en la frecuente “credulidad social” que acompaña a estas actitudes.


6) Javier Ramos titula su conferencia: “La histeria camaleónica y la seducción de los nuevos diagnósticos: fibromialgia y síndrome de fatiga crónica”.


Una cita inicial de Lucien Isräel sitúa el discurrir de su conferencia: “El síntoma, como el conjunto de la histeria, es portador de un mensaje, quizá torpe, a menudo irritante, siempre doloroso para quien lo transmite.  Este mensaje inconsciente (…) sólo adquiere sentido cuando se descifra. Pero la dificultad para descifrarlo estriba en que aquellos a quienes va dirigido el mensaje están cogidos en la misma red, en el mismo sistema de actitudes, de costumbres y de pensamientos que han forzado al histérico a recurrir al mensaje cifrado del síntoma. El síntoma es testigo de una lucha, de una resistencia, es resistencia”.


El autor aborda su exposición desde diferentes puntos de vista complementarios:


-        En primer lugar, desde el cuestionamiento de la Fibromialgia y del Síndrome de Fatiga Crónica como entidades ‘reales’ y ‘positivas’ que deban ser estudiadas y tratadas como tales. Comenzará por aclarar la genealogía y el contexto cultural y social de la FM partiendo de la siguiente constatación: “da la impresión de que, en los últimos años, la FM se ha ido sobredimensionando, no solo en un sentido epidemiológico sino también sintomático”.


-        En la genealogía, además de remontarse hasta el Job bíblico y a textos médicos ingleses y franceses del s. XIX, más tarde rediagnosticados de FM, recorre algunos hitos como el uso del término fibrositis por Gowers en 1904 o, en el último cuarto del s. XX, la observación de muchos reumatólogos de un conjunto de síntomas que constituirían una enfermedad diferenciada. En 1990 el American College of Rheumatology establecerá los que habrán de ser criterios diagnósticos de FM describiendo los síntomas que, en todo este tiempo, se han ido afianzando “como elementos de carácter positivo de cara a un diagnóstico fiable”: dolor músculo-esquelético difuso durante al menos 3 meses, presencia en la exploración médica de un mínimo de 11 de los 18 denominados tender points (“puntos de dolor cuidadosamente determinados y ubicados”), que se constituirán “en el imaginario popular en prueba contundente” de la enfermedad. Resalta que “los clínicos que han de afrontar la demanda de estos pacientes se topan con un problema cuya carta de presentación es la multiformidad”.


-        Concluye esta genealogía con un resumen de lo que ocurre y una pregunta fundamental: “polimorfismo clínico, cuerpos sufrientes, un diagnóstico a la moda y que se realiza en consultas médicas (no psicológicas), feminidad, desconcierto y malestar de los clínicos, tratamientos barrocos e ineficaces, personalidades particulares de pacientes que acaban recalando en Salud Mental… ¿es posible pensar en ello sin rememorar la histeria inmortal?”.


-        Los conceptos de ‘capitalismo de ficción’ (de seducción), de ‘modernidad líquida’ o de ‘sociedad del espectáculo’ jugarán un papel importante en la contextualización que hace el autor de este fenómeno. “Hablar de FM en el cambio de milenio no es, desde luego, hablar simplemente de un síndrome doloroso de etiología desconocida y para el que se propone un abordaje multidisciplinar”, es mucho más que eso: un fenómeno rutilante, tanto sanitario como extrasanitario y que se muestra con una cobertura mediática espectacular que el autor recorre, para concluir que “el rótulo FM” se convierte así en una categoría mórbida, en un emblema que aporta identidad a aquel a quien se le otorga, “una identidad terrible y poderosa que los pacientes consumen vorazmente”. Sobre esta identidad “podrá apoyarse la reivindicación; desde ella podrán enjugarse fracasos personales (todo lo que no se logró, todo lo que no se puede hacer en el exigente mundo que sólo concibe el éxito, quedará justificado desde la condición de enfermo”. Acecha un peligro, sin embargo, a esa identidad así levantada porque “en ella quedarán atrapados los pacientes –y sus diagnosticadores y sus tratantes–, muchas veces de un modo irremisible”.


-        Recordando que “la enfermedad es un concepto que se construye socialmente” y refiriéndose de nuevo al trabajo de Isräel sobre la histeria y los médicos, asegura que “no es posible una aproximación mínimamente certera a enfermedad alguna (la FM, por ejemplo) sin contemplar el escenario científico y mediático que acoge a dicha enfermedad”. En este sentido indaga el autor en quiénes son asumidos como  expertos definidores de la realidad, cuáles los discursos que funcionan como verdad y quiénes los detentores del saber.


-        Rememora el proyecto ilustrado y lo que parecía el final de un largo periodo de oscurantismo y sometimiento a la religión, para despertar a una época, la actual,  que cambia “la búsqueda de la dignidad por el anhelo de felicidad”. En este sentido nos dice: “se abraza el capitalismo de ficción de los tiempos hipermodernos, caracterizados por el hedonismo, el hiperconsumo y la intolerancia al malestar. Posmodernidad (…) donde brillan la liviandad, la fluidez, la fugacidad y la trivialidad de la significación personal, de los vínculos y de los saberes”.


-        Se centra en los rasgos que conforman el capitalismo de ficción y afirma que "en ese contexto y como su consecuencia lógica, la enfermedad se introduce en la vida cotidiana como la gran fantasía que explica y justifica cualquier tipo de malestar, social o individual”. En esa pendiente en la que “el malestar se transforma en enfermedad definida biomédicamente y el sujeto hablante en organismo enfermo (…) parece inexorable que toda la humanidad termine por ser asumida como enferma” y advierte, citando a Illich, de que el compromiso social de proveer a todos los ciudadanos de las producciones casi ilimitadas del sistema médico lleva a un territorio donde “reside el riesgo de pasar de la comprensión a la tecnificación del sufrimiento y del dolor”. “En la era del capitalismo de ficción, en la esplendorosa sociedad del espectáculo, todo aquel que sufre de infortunio es de alguna forma animado a asumir el rol de enfermo”… con no pocos beneficios secundarios, por supuesto, pero “que terminarán por constituirse en prisión y castigo de los nuevos enfermos”.


Terminadas sus reflexiones sobre la genealogía y el contexto cultural de la FM, pasa el autor a una aproximación estructural a la histeria “como concepto ineludible”:


-        Afirma que no es posible entender la FM como síndrome ni como fenómeno sanitario y social “si se prescinde de un concepto tan rico y tan potente como la histeria”. Parte “de un momento inicial y absolutamente necesario en que el bebé no tiene existencia separada de la madre, (…) condición de posibilidad para la estructuración básica del cuerpo y de la psique de la criatura humana, (…) momento fundamental que, sin embargo, ha de ser obligatoriamente trascendido, (…) para arrostrar necesariamente el paso de un estatuto de sujeto sujetado (por la madre que lo completa y a la que completa) a una existencia como sujeto del deseo y de la falta, (…) para poder pasar de la situación de infans (…) al lugar en el que ya la frustración es metabolizable”.


-        Aborda los conceptos de deseo y falta (“el deseo solo es posible desde el sentir que algo falta”), la aparición de otro que ejerce la función paterna e instaura la ley, la sumisión del sujeto a la ley (“de la prohibición de continuar pegado incestuosamente a la madre”)… paso que resulta “extraordinariamente doloroso en la histeria”.


-        Ilustra estas ideas con una serie de figuras explicativas y aborda un primer sentimiento de déficit de amor materno y, sobre todo, una profunda herida  de insignificancia y terrible incompletud frente al otro paterno: “es ante ese otro donde la histeria se muestra desesperadamente intensa y teatral, sin hallar otro modo de expresar su sacrificio y su sufrimiento”. Habla el autor de la experiencia de “la expulsión de un lugar de privilegio en virtud de una ley hecha por el padre, una ley  que impone la castración (la falta y por tanto el deseo) y que, desde la estructura histérica, se asume al tiempo que se impugna constantemente”.


-        Con un profundo sentimiento de injusticia ante ese orden de cosas, en la histeria aparece un doble juego: la exigencia incansable hacia ese otro causante de la herida al mismo tiempo que “un delicado y agudo gusto por burlarse de él”. “La histeria queda así atrapada en un teatro edípico que le resulta tan difícil abandonar (…) y de ahí la tendencia proverbial del histérico a recrear ese teatro con quienes puedan prestarse a ese juego”.


Aborda, finalmente, “el lugar común” de la cuestión “tantas veces repetida y tantas veces banalizada de la feminidad de la histeria”. Partiendo de Freud y centrando su reflexión en la cuestión identitaria, entiende que hay un hecho fundamental en la construcción de la identidad femenina: “se construye inicialmente a partir de una no-presencia (de pene), es decir, de una falta”. “En la niña ese lugar sexual que se afirma desde una falta ha de generar por fuerza una dificultad añadida” en el paso necesario desde el ser al tener. En el caso femenino no es posible, dice, la libidinización privilegiada del pene y, por esa razón, en la mujer “es el cuerpo en su conjunto el que queda investido de una manera especial y distinta. Esta particularidad esencial es la que puede explicar que la mujer sea más su cuerpo (tanto en su cuidado como en su sufrimiento) y la que nos puede facilitar la comprensión de por qué la histeria y la conversión (también la FM) son eminentemente femeninas”.


Termina su colaboración con una serie de apuntes terapéuticos sobre la escucha en la relación médico-paciente y plantea la posibilidad de abordar el trabajo desde una doble actitud: “en una suerte de función materna, que apacigua, calma, apalabra el malestar y en una suerte de función paterna que se pone al servicio de la salud y anima a reincorporarse a la vida como ciudadano autónomo, independiente, de pleno derecho”.


7) “De Cenicienta a Barbie”,  de Mariela Michelena.


Comienza la autora su colaboración con una cita de A. Green: “Si debiéramos escoger un solo rasgo para señalar la diferencia entre los análisis contemporáneos y lo que imaginamos pudieron ser en el pasado, probablemente habría acuerdo en situarlo en el terreno de los problemas del duelo”.


Porque de duelo habla la autora en el difícil tránsito de niña a mujer.


Comienza su exposición citando dos cartas de una niña (Françoise Dolto) a su padre: la primera a sus 8 años y la segunda con 13. Algo importante sucedió en el lapso entre esas dos cartas porque, de una a otra, cambió radicalmente el tono y la distancia. ¿Qué había ocurrido entre hija y padre?  “Veamos cómo recorre la niña ese tránsito que va desde el amor apasionado hacia el padre, característico de la infancia, a resguardarse, a distanciarse de él cuando cruza los umbrales de la latencia; (…) puede pasarse del amor al odio o del amor a la indiferencia, lo cierto es que algo ha terminado para los dos y ambos, sobre todo la niña, tienen que pasar por un duelo”.


Recorre la autora diferentes aspectos de la latencia: la renuncia al objeto de amor incestuoso –al padre en el caso de la niña–, el sometimiento a la ley (paterna) de quien prohíbe o la obediencia como mal menor y constata que “esta tregua de la pasión edípica permite una cierta libertad de pensamiento (…) de manera que el periodo de latencia resulta una época de silencio pulsional pero de intensa actividad psíquica”. La niña, Cenicienta durante el duelo, “obligada a abandonar ese lugar en el que todavía podía ser ‘chico y chica’ al mismo tiempo”, en complicada competencia con toda clase de rivales (madre, compañeras, otras mujeres), “necesita pasar a través de un proceso que concierne a su cuerpo y que abre la posibilidad de reconocerse mujer y de tratarse a si misma como tal, vestirse de Barbie, histerificarse, podríamos decir”. Se impone, pues, abandonar al padre y regresar a la madre o a una figura sustituta de ella en busca de un modelo de identificación, “alguien que le explique en qué consiste eso tan raro, tan nuevo y tan misterioso de ser una mujer”.


Recoge detalladamente dos casos clínicos de dos niñas de 11 años, tratadas en su consulta, (el de Katy y el de Lola), subraya una serie de aspectos coincidentes y teje algunas conclusiones:


-        Ambas llegaron al tratamiento en plena duda histérica: ¿soy un chico o una chica?


-        Las dos están en la tesitura de abandonar su posición fálica (Katy defiende su reputación de chico y Lola es ‘muy tío’). Comenta la autora al respecto: “mientras están en la posición fálica se sienten seguras, no hay nada que temer, pero llega un momento en que los cambios físicos, hormonales, simbólicos, las obligan a ocupar su lugar de mujeres porque, tanto desde dentro (hormonas) como desde fuera, van a ser requeridas como chicas”.


-        Ambas, en consecuencia, “tienen que empezar a construirse una identidad femenina, una sustitución, un falo imaginario a través del investimiento fálico del cuerpo”. El cuerpo de la mujer “se convierte entonces en un falo mágico que controla la erección de los penes que la rodean” y se produce un desplazamiento del ‘tengo o no pene’ al cuerpo en su conjunto. “Se suplanta la carencia de pene por toda una constelación de suplementos y complementos fálicos que le permiten llevar la castración con gracia y vivir con el ‘no tener”. Las chicas anoréxicas, bulímicas o quienes, desde muy jóvenes, se hacen operar, marcarían el extremo de este proceso. Unas y otras juegan con “la ilusión de controlar el propio cuerpo y de mandar en la naturaleza a su antojo”.


-        El proceso normal de feminización, ese conjunto de juegos, tiene aires histéricos pero se trataría de la parte sana y funcional de la histeria, lo que Capella denomina “la histeria normal constitutiva”.


-        “La patología empieza cuando la chica se queda atrapada en ese juego de la pura excitación y queda inutilizada para su propio placer. Cuando el cuerpo es un escenario para expresar lo que las palabras no pueden decir, lo que no puede pensarse”.


7) Emilce Dio Bleichmar titula su conferencia: “Histeria ¿categoría elusiva o transformaciones de la feminidad?”.


El enmarque de su conferencia, en palabras de la propia autora en 1985, dice lo siguiente: “El sexismo, es decir, la desigualdad en la apreciación de los géneros, es una de las tantas expresiones de los conflictos más hondos del ser humano, su tendencia al avasallamiento del semejante. La mujer no se halla exenta de este mal, pero en la confrontación con el hombre solo ha podido, o sabido, ser amo en forma sintomal. La solución encontrada, la histeria, no es más que una salida aberrante, un grito desesperado, de la mujer acorralada en tanto género femenino. La histeria no es sino el síntoma de la estructura conflictual de la feminidad en nuestra cultura”.


Partiendo del comentario clásico en el sentido de que “las manifestaciones de la histeria siguen la evolución cultural o social y son fieles a la moda”, se pregunta:  “¿estamos en condiciones de explicar cómo se produce esta evolución?”. Tras constatar que durante el siglo XX se ha producido “una profunda transformación de la condición de la mujer”, y que, especialmente en España, este cambio “ha sido monumental en estos 25 últimos años” se pregunta de nuevo: “¿ha incidido este cambio en las manifestaciones histéricas?”


Para intentar cambiar la imagen de la histeria “como enfermedad odiosa” que ha prevalecido en la cultura y que “los profesionales hemos contribuido a mantener”, propone tres aportes: “pensar la variabilidad (de la histeria) como vinculada a las transformaciones que se han producido y que siguen produciéndose en torno a la feminidad como género; considerar la incidencia del abuso sexual en los cuadros disociativos y, finalmente, revisar el compromiso cerebral de los fenómenos histéricos”.


Respecto a la variabilidad de la histeria:


-        Ante la explicación de que la histérica “es irreductible a la norma (nor-male, norma macho) y que la normalidad consiste en satisfacer al Otro”, considera que “lo que enferma a la histérica es justamente lo contrario a la supuesta irreductibilidad a la norma; la enferma la sujeción a la norma, el condicionamiento de género que le impone ser seductora, sexual y dependiente”.


-        “Examinemos la norma, o sea la feminidad, continúa la autora. La feminidad / masculinidad, el género, es un componente esencial del Yo representación del Self o sí mismo, entidades teóricas que subjetivamente no son neutras; por el contrario, tienen género, (…) que no es una vicisitud tardía del desarrollo psicosexual sino un componente básico de la estructura subjetiva, de las identificaciones del Yo, de los valores del Superyó que orientan la pulsión”. Para la autora, el peso de “la intersubjetividad en la organización del psiquismo” o la relación “entre sexualidad y género como un sistema desde los orígenes” han supuesto un vuelco teórico importante en la concepción actual de la psicosexualidad. “El género se halla presente en la subjetividad, en la fantasmática parental, desde el mismo momento del nacimiento de la criatura humana”, nos dice, y confirma el doble proceso identificatorio “de los adultos sobre la criatura a la que transmiten sus deseos, temores y anhelos, y de los niños y niñas identificándose al igual y distinguiéndose del diferente”.


-        Todo ello la lleva al estudio del proceso de construcción del sistema sexo-género. Partiendo del concepto psicoanalítico de la identificación del niño con el padre o con la madre y del enriquecimiento del campo del psicoanálisis “con las investigaciones en la relación temprana que estudia las relaciones recursivas entre la neurobiología, el nivel intrapsíquico y los procesos relacionales”, estudia “la importancia del proceso en la dirección del adulto al niño”. Lo central, dice, es que, por una parte “el adulto reconozca y responda a la masculinidad o feminidad del niño/a y, por otra, la incorporación por parte del niño de una relación más que de una figura, de modo que cuando un niño se identifica con su madre internaliza como núcleo de su identidad la relación que la madre tiene con él como persona de otro sexo. Es así como en la actualidad se afirma que una identidad masculina es mayormente construida a partir de la identificación con las actitudes conscientes e inconscientes del adulto hacia su masculinidad”. Deteniéndose en “el feliz concepto de significante enigmático” (Laplanche) afirma que “la vivencia del Yo puede ser clara o ambigua en torno a la feminidad o masculinidad, pero nunca deja de estar marcada por el sistema sexo-género de los adultos” y, en ese contexto, explica la devaluación de identidad que ha sufrido la feminidad a lo largo de la historia.


-        El lugar del hombre en la complementariedad de género se establece de acuerdo a diferentes dinámicas: la más frecuente y universal es por medio de la idealización del amor (ser la mujer de un hombre); la localización del ideal del Yo en el otro (delegando en el hombre el logro de los fines que supone vedados para sí misma por su condición de mujer); el desarrollo de patrones masculinos como ideal del propio Self (lo que se ha llamado un carácter fálico-narcisista) y, finalmente, la institución del deseo masculino como ideal del Self. “Cada una de estas configuraciones psíquicas constituye variantes de investidura narcisista de objeto, de modo que no resulta sorprendente que su síntoma pueda estar dirigido hacia el otro y su discurso hablará siempre de un hombre ya que él es parte de su subjetividad”. Así “las estrategias de seducción a partir de sus atributos básicos –atractivos físicos y emocionabilidad– aparecen como un recurso pleno de posibilidades para lograr las aspiraciones de su ideal del Yo”.


-        En cuanto a “los cambios en la presentación de la histeria, parecen centrarse en las modalidades o formas de búsqueda de atención, (…) y lo que cambia son las modalidades de la seducción, pero no la seducción en sí misma”.


-        Se pregunta entonces “cuál es la motivación que induce al comportamiento seductor”  (siempre se ha sostenido que la verdadera motivación era la sexualidad) y encuentra “un abanico de motivaciones que se valen de la seducción para conseguir el acceso a la relación”. Repasando las motivaciones de consulta de las mujeres histéricas, concluye que rara vez se producen por trastornos de la sexualidad a no ser que pongan en peligro la relación. “Examinando sus relaciones de pareja nos encontramos con multiplicidad de motivaciones que configuran sus deseos, planteamiento que puede contribuir a la comprensión del polifacetismo de la histeria”. Hace referencia a diferentes trabajos en el psicoanálisis que sostienen “la multiplicidad de motivaciones”, entre ellos Freud en muchos momentos de su obra, Stern, Lichtenberg, Gedo, Westen o Hugo Bleichmar.


-        Presenta distintas “viñetas clínicas” y, en primer lugar, “un caso que puede ilustrar el conjunto de motivos subyacentes a la búsqueda de contacto (autoconservación, narcisismo, apego y regulación emocional)”. Es el caso de Carmen, mujer de 55 años, cuya historia detalla para terminar con una pregunta importante: “¿podemos comprender que en algunos casos lo que se explica como una especificidad del deseo de la histérica ‘de no satisfacer el deseo del otro’ tiene más que ver con una problemática compleja de desencuentro de deseos? (…) Lo que Carmen no aguanta más es la invisibilidad de su propio Self”. En otros dos casos clínicos (el de Susana, de 33 años, y el de Consuelo, de 17) “con menores restricciones del Self, son las motivaciones narcisistas las que prevalecen”.


-        A modo de conclusión de estas reflexiones, la autora “propondría considerar como núcleo de la histeria: el uso instrumental de las emociones, los sentimientos, la sexualidad, para satisfacer o completar aspectos deficitarios de la estructura del Self a través de la relación amorosa. Estrategia fallida porque efectivamente cae en su propia trampa: ¿cómo va a satisfacer al otro si no está satisfecha ella misma ya que la relación no alcanza para la satisfacción de los deseos de expansión de sí misma y de no estar sujeta a la mascarada del ofrecimiento sexual?”. 


-        Emilce Dio Bleichmar realiza, a continuación, un comentario crítico del primer texto conocido del psicoanálisis en que aparece la idea de feminidad “como algo inauténtico, como disfraz o mascarada –sostenida por la seducción”. Se trata de un trabajo de la psicoanalista Joan Rivière titulado La Feminidad como Mascarada y publicado, con amplísima difusión y aceptación por parte de la comunidad científica, en 1929, antes de los primeros textos específicos de Freud sobre la feminidad. Describe Rivière el caso de una mujer con éxito en su vida profesional y que, a la vez, responde a los criterios de una feminidad realizada en su vida sexual y familiar, constatando la presencia en la sociedad de muchas mujeres de ese talante y “las serias dificultades que encuentra para clasificar, desde un punto de vista psicológico, a tal tipo de mujeres”. La crítica de Emilce se  centra en la confusión (“en base a las configuraciones vigentes sobre la feminidad/masculinidad de orden social”, es decir, en base a los prejuicios de la época) entre el análisis psicológico y la conducta social de la mujer. “La feminidad/masculinidad se presenta claramente como un sistema previo, ya existente en la mente de la investigadora”. Y “lo que llama la atención es que desde la tipificación social pasa a describir cómo se autodefine o autorrepresenta la paciente desde un punto de vista psicológico”, lo que nos hace ver “que el primer criterio aplicado por Rivière para poder establecer una neta demarcación entre feminidad y masculinidad es a través de las actividades desempeñadas” por la mujer. Los problemas de esta mujer tan exitosa se resumían en sufrir cierta angustia, “a veces muy intensa después de sus actuaciones en público” que “se le dibujaba bajo dos formas: 1) temor de haber cometido algún error o torpeza y 2) compulsión a coquetear con hombres (seducir)”. “Comportamientos que desplegaba a continuación de sus actuaciones en público y que contrastaban fuertemente con la actitud objetiva e impersonal que ella adoptaba en el transcurso de las mismas”. Examinando el síntoma en detalle, no parece un temor tan injustificado en 1930, más bien “tal temor nos habla de un sano juicio crítico y de realidad (de un alto grado de organización de las instancias psíquicas Yo-Superyó-Ideal del Yo)”. Rivière, que así parece entenderlo, hace más hincapié en el aspecto de la seducción (“el miedo horrible a que el padre se vengara” se neutralizaba con el fantasma de ofrecimiento sexual). Las habilidades intelectuales de la paciente son comprendidas por Rivière como expresiones de su masculinidad / homosexualidad inconscientes”. Sin embargo, la paciente, como cualquier mujer en los años 30 o actualmente “que desempeña su acción en ámbitos tradicionalmente de patrimonio masculino”, conoce las dificultades añadidas a las que se enfrenta. “La psicoanalista (Rivière) comparte en un registro ideológico, y legitima en el científico, el mismo supuesto que la paciente y los hombres sostienen sobre ese ‘tipo’ de mujeres”.


-        Respecto a la rivalidad con el género masculino, vuelve a comentar el texto de Rivière sobre este punto y sostiene que el hecho de que “una mujer experimente’ sentimientos conscientes de rivalidad respecto a los hombres no nos indica ningún grado de patología severa, sino que posee ambiciones y aspiraciones en ámbitos que tradicionalmente han sido desempeñados por los hombres”, preguntándose: “¿qué otro curso es posible imaginar para la competencia y la rivalidad inherentes a la existencia humana cuando, como en cualquier caso de los múltiples que la vida nos depara, hay un solo lugar para dos?”. Concluye esta reflexión con el siguiente comentario: “la rivalidad entre los sexos en psicoanálisis se ha formulado, predominantemente, en términos genitales, confundiendo la forma del fantasma o las condiciones de representabilidad psíquica con lo representado, o sea el significante con el significado, el genital con el amplio ámbito de acción humana que la masculinidad simboliza”.


-        La autora de la conferencia pone en cuestión fundamentar “la angustia y persecución que afecta a la mujer que ocupa un lugar social del hombre” exclusivamente en “deseos exhibicionistas y de rivalidad destructiva” porque esta explicación “legitima, refrenda y refuerza la concepción de que son lugares naturales del hombre y su ocupación por la mujer constituye un acto de robo y usurpación”. Si las orientaciones terapéuticas transcurren por “el canal exclusivo de su representación anatómica –el deseo de poseer un pene– provocarán alteraciones y/o conflictos en torno al área sexual y autoinculpaciones por el uso que hace de su inteligencia, actividad humana convertida en el equivalente de un pene”, lo que valida una concepción sexista de la actividad intelectual como atributo natural y exclusivo del hombre.


En cuanto a “la incidencia de los abusos sexuales en los trastornos disociativos de la identidad”,  la autora llama la atención sobre la denuncia creciente de abusos sexuales en la infancia y sobre la frecuencia de patrones repetitivos de relaciones “que implican abuso físico, psíquico, sexual y síntomas de conversión (pseudoataques)”. Entiende que, ante estas situaciones, “se hace evidente el proceso psíquico de la realidad traumática por medio de mecanismos de disociación” y concluye que “ante los casos de histeria con cuadros de grave disociación” los terapeutas “debiéramos estar atentos a los antecedentes, tantas veces ocultos (…) de abusos sexuales (…) invirtiendo un tanto la actitud de desconfianza” por la evidencia clínica y estadística “que muestra que este es el curso del abuso en la subjetividad”.


Respecto a las “bases neurológicas de la conversión”, la autora describe diferentes nuevos usos tecnológicos en el campo neurológico y concluye: “en la actualidad, para los científicos no existe una división entre el cerebro y la mente. Las técnicas permiten ver las alteraciones de la función cerebral y eso les permite esbozar un mapa físico de lo que podría estar ocurriendo en la mente de las histéricas actuales. Sigue habiendo muchos interrogantes sin resolver, pero los resultados empiezan a insinuar el modo en que las estructuras emocionales del cerebro pueden modular el funcionamiento de circuitos sensoriales y motores normales”.


Finaliza sus reflexiones sobre la histeria con cuatro precisas conclusiones:


-        “En primer lugar, al tener en cuenta su alta prevalencia en mujeres, no podemos dejar de contemplar en la estructura del sí mismo el papel crucial que tiene la identidad de género, o sea la feminidad y su compleja y múltiple interrelación con las otras estructuras de la subjetividad”.


-        “En segundo lugar, investigar la existencia de abusos sexuales en aquellos cuadros en que predominan los mecanismos disociativos y que, durante muchos años, han sido confundidos con mentalidades fantasiosas y no tenidas en cuenta en investigaciones serias”.


-        “En tercer lugar, poder tomar contacto con la intensidad del sufrimiento histérico que compromete su cuerpo, a partir de los hallazgos en las imágenes cerebrales de fenómenos conversivos”.


-        Y termina sus conclusiones con una pregunta: “¿tendríamos que pensar que en la comprensión y la teoría sobre la histeria, el género del autor está implicado, que existen explicaciones de autores hombres y mujeres que difieren, ya que la subjetividad del autor no es ajena al género de su Self ?”.


9) “Malestar e histeria”, de José Jaime Melendo.


Enmarca su conferencia en una cita de Vicente Verdú: “hasta hace poco los enfermos eran marginados, personas excluidas de la actividad y, a menudo, temidas como infectados. Hoy, por fin, todos somos enfermos (…) y la enfermedad se ha introducido en la vida cotidiana como la gran fantasía que explica y justifica cualquier tipo de malestar, social o individual”.


La dificultad de la sociología cuando trata de objetivar emociones subjetivas se extiende a “la clínica del malestar” y, para abordarla, entiende que “es insoslayable dar un tono de subjetividad a lo que es coincidente con una época y cultura determinadas socialmente”. Se centra, entonces, en exponer algunos rasgos importantes de la misma.


Localiza el contexto partiendo de una reflexión de Merlau-Ponty: “para conocer y juzgar una sociedad es preciso llegar hasta su sustancia profunda, al vínculo humano de que está hecha y que depende, sin duda, de las relaciones jurídicas pero también de las formas de trabajo, de la manera de amar, de vivir y de morir”.


Entiende, con Galende, que hay tres determinantes, articulados entre sí, que facilitan la comprensión del concepto de subjetividad: en primer lugar, “el que se impone en cada uno de nosotros como filogénesis que ordena y regula el funcionamiento de nuestras organizaciones libidinales; en segundo lugar, el que pertenece a ciertas variantes de nuestra cultura que se manifiestan sobre todo en relación a las funciones del otro en la elaboración de nuestro ‘psiquismo’ y la formación de nuestra identidad; y, por último, aquella temporalidad más dependiente de la época”.


La individualidad (“a la postre subjetividad personalizada”) es un proceso de largo recorrido “desde los universales de la especie y la cultura hasta llegar a ser lo que somos como seres singularizados”. Partiendo de la consideración de una serie de rasgos de la época actual (su pérdida de determinaciones históricas, el dominio de la velocidad y la inmediatez, el cambio constante, la prevalencia de lo instantáneo y adaptativo sin anclaje en una identidad sostenida), se pregunta: “¿estaríamos entonces ‘a merced’ de lo que nos ‘determine’ la época? Es como, si al no tener raíces que nos den consistencia, la influencia del tercer determinante fuera mayor, primando así en la constitución de nuestra subjetividad”.


Se detiene el autor en el comentario detallado de los rasgos más significativos de la subjetividad actual, siguiendo a Galende: actitud pasiva ante la vida en el contexto de la sociedad del espectáculo, un exceso de cuidado del cuerpo que se convierte en pasión por el propio yo y en aislamiento, la saturación del yo por la sobreabundancia de estímulos (implosión de información y de objetos de consumo), la instrumentalización de las relaciones sociales (el otro como un objeto de consumo más), la superficialidad de los afectos, la compulsión a una actividad frenética y constante, el predominio del valor de cambio sobre el valor de uso, la consecuente falta de tiempo para los asuntos importantes, como el duelo, o la confusión de lo real con lo virtual.


En este contexto, si “todas las definiciones de patología, dolencia, mal, malestar, enfermedades o trastornos están cargadas de valores y son circulares” se pregunta  “¿cómo establecer de manera radical y objetivamente la distinción entre normalidad y anormalidad?”. Orientados los terapeutas a establecer diagnósticos de trastornos de la personalidad más que de enfermedades, “pareciera que el campo semiológico, diferenciado antes y de forma extrema, entre neurosis y psicosis ha perdido su nitidez y ahora –aún conservando ‘la locura’– nos encontramos inmersos entre los trastornos y los malestares (por el camino de lo adaptativo). La perversión se diluye también”.


Y ¿cómo quedan con este panorama las relaciones, el amor, los vínculos?


Comenta la diferencia entre lo fluido (modernidad líquida de Bauman) y lo sólido, que no es otra que la que separa flujo y estabilidad (los sólidos como resultado de la resistencia que ofrecen a la separación de sus átomos), como metáfora de lo que configura nuestras relaciones: el ‘consumo’ de los otros en razón de la cantidad de placer que puedan ofrecer o los estilos de vida configurados por los cambios en las formas familiares, en la identidad, en la influencia de la tecnología o en las incertidumbres de esta sociedad del riesgo, que desembocan en “la angustia ambivalente del querer ‘vivir juntos y separados’ a la vez”.


Plantea que, por ello, diferentes comentaristas del libro de Bauman “Amor líquido” se explayan sobre si es más exacto hablar de amor líquido o de liquidar el paradigma del amor. “Frente al ideal de un amor para toda la vida, el de una vida abierta a todo amor”. ¿Cómo resolver entonces esta cuadratura del círculo o “cómo conjugar el deseo de no sentirse solo, con el miedo a verse enlazado?”. Con Giddens observa el autor el deslizamiento “de la semántica desde términos como ‘amor’ a querer, gustar o apetecer, del ‘deseo’ a las ganas y de los ‘vínculos’ a los contactos en la red”. Casi todo, en este ámbito, queda reducido al instante, muy lejos de concepciones del amor que se definían con expresiones del tipo “hasta que la muerte nos separe, construyendo puentes hacia la eternidad o compromiso sin retorno”. El amor, sin embargo, reflexiona el autor, “supone un acto creativo, una hipoteca a largo plazo donde es incierto el resultado, no está claro su producto final y su recorrido está lleno de riesgos”. Constatando que el deseo y el amor tienen objetivos diferentes (“el segundo busca la eternidad y el primero urde una estratagema para escapar de ella”) cuando el deseo se reduce a ‘ganas’ solo queda la inmediatez, el contacto fugaz que la tecnología favorece: “unirse y separarse” rápidamente. De donde se deduce que “lo importante es estar conectado” (‘estoy conectado luego existo’). Comenta una serie de aspectos sobre la presencia invasiva de Internet y la tecnología en las  relaciones actuales que termina llevando “a una soledad compartida, de un individualismo feroz aunque muy frágil”.


En cuanto a la vida laboral y a la importancia de una ‘identidad profesional’ y personal basadas en una memoria de estabilidad, comenta el libro de Richard Sennet “La corrosión del carácter” donde los conceptos de ‘flexibilidad’ laboral (o ‘fragilidad’ desde otro punto de vista), de ‘cambio’ como motor principal de la actividad laboral, de ‘riesgo’, de trabajo ‘ágil’ y de adaptación constante que caracterizan las formas de trabajo actuales se contraponen a los términos de antaño ‘perseverancia’, ‘compromiso’ o ‘carrera’ profesional por donde se deslizaba la actividad profesional de toda una vida. Cita a R. Ramos para concluir que “esas víctimas, esos deshechos del riesgo y la flexibilidad, deambulan por el mundo como sujetos huecos, sin raíces, sin carácter, incapaces de reconducir a una historia que se desarrolle y tense hacia el futuro, migajas mínimas de experiencia desvalida”. Sin una vida laboral con la solidez suficiente como base de identidad personal y familiar, la corrosión de la identidad (del carácter) queda así garantizada.


Insistiendo en este análisis destaca “el síndrome de personalidad múltiple con estructuras de conciencia fragmentada en cortos periodos de tiempo” (Rifkin) y la sobreabundancia de conexiones del Yo que termina por corresponderse “con una multiplicidad de relaciones incoherentes, con tal variedad de papeles que un Yo completamente saturado deja de ser un Yo” (Gergen).


Una vida laboral así entendida parece convocar la dramaturgia y recoge una frase de Verdú en ese sentido: “no todos los trabajadores actuales son actores pero el modelo al que tiende el sistema es la ficción y la condición del trabajador se perfila como la de un personaje encuadrado dentro del mundo general de la escena”. Con este panorama, tal vez los médicos y los psiquiatras harían bien en recibir clases de interpretación “para así dar mejor respuesta a las necesidades emocionales de los pacientes”.


Sobre lo privado, lo público y el juego de las emociones, comienza estudiando  diferentes escritos de Innerarity para constatar que se está produciendo una verdadera privatización del espacio público y una politización de lo privado, donde la mezcla de sentimientos y exigencias privadas o íntimas expuestas a la mirada pública parece dominar la escena. “No es extraño, por esto, explica el autor, que desde la consulta sintamos que los pacientes nos piden que seamos ‘concesionarios’ (antes confesionarios) de autoestima”. Aparece entonces una “extroversión histérica de la intimidad” y se pierden así “las fronteras entre lo auténtico, lo verdadero, lo público”… vaciándolo todo de su contenido natural. En el imaginario colectivo se superponen las emociones, “las formas de sentir sobre el pensar, de lo emotivo sobre lo reflexivo y la vida interior se reduce hasta un espacio en que los hombres y mujeres de hoy prescinden de la representación de su experiencia que llamamos vida psíquica”.


El concepto de “cultura emocional”  (Eva Yllouz) da contexto a la insatisfacción de los terapeutas por tener que “hacerse cargo de una clínica –la del malestar– que tiene que ver con especiales condiciones laborales, empresariales o familiares que más parecen sociales en su origen que verdadera clínica sindrómica”. Recorre, después, una serie de hechos y teorías que desde mediados del s. XX dieron una relevancia social a la Psicología (y en parte a la psiquiatría) como “curadores de la psiquis” y “guías de las personas”, para concluir que “en cualquier caso, el círculo se cierra: la sociedad determina, las personas padecen esta situación y los profesionales sostienen y/o responden a una y otras”.


Termina su exposición con una amplia y significativa cita de André Comte-Sponville sobre el concepto de histeria de donde extraigo los siguientes comentarios: “Freud veía en la histeria un efecto de la represión. Desde un punto de vista filosófico, yo vería en ella más bien, pero no es contradictorio, una incapacidad para soportar la verdad, una huida en la apariencia, un encierro en el simulacro. Es una enfermedad de la mentira pero, ante todo, consigo mismo. El histérico aparenta demasiado, pero es para enmascarar (enmascararse) una carencia de ser. Con la edad, eso se vuelve cada vez más difícil: amenaza la depresión o la hipocondria. Tristeza del actor cuando el público le abandona”.


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Les aseguro que no me ha resultado tarea fácil recoger, traicionando lo menos posible, la avalancha de ideas y reflexiones de las conferencias y del libro que las contiene. Me parece recomendable su lectura porque muchas de ellas nos incitan a una serie de planteamientos que cuestionan y/o enriquecen nuestra práctica psicoterapéutica.


Resaltaría el consenso de la mayoría de los autores al abordar la histeria no solo desde el punto de vista clásico situando el conflicto en la etapa edípica del desarrollo, sino también en etapas de desarrollo mucho más tempranas, lo que cambia sustancialmente el sentido de las intervenciones terapéuticas.


Otro importante aspecto, a mi entender, para la comprensión y la terapia de la histeria queda explicitado en la pregunta que Emilce Dio Bleichmar plantea en su conferencia: “¿Tendríamos que pensar que, en la comprensión y la teoría sobre la histeria, el género del autor está implicado (…) ya que la subjetividad del autor no es ajena al género de su Self ?”.


Para terminar, quiero formular una pregunta que me interesa e inquieta: las aportaciones de las neurociencias ¿harán modificar  nuestros objetivos terapéuticos y los tipos de intervención terapéutica, en qué forma y hasta qué punto?.  Es una pregunta que ha rondado algunas de las conferencias y para la que no he encontrado respuesta.