Una revisión actual sobre la perversión pedófila [Schinaia, C., 2011]

Publicado en la revista nº040

Autor: Gámez Guardiola, Amparo

Reseña: Pedofilia, pedofilias. El psicoanálisis y el mundo del pedófilo. Cosimo Schinaia.  APM. Ed. Ediciones. Madrid 2011


Autora de la reseña: Gámez Guardiola, Amparo


Necesidad social de hablar del tema y el  tratamiento del asunto en el psicoanálisis


“Comprender significa afrontar sin prejuicios, atentamente, la realidad, cualquiera que sea”. Esta frase que el autor rescata del ensayo “Los orígenes del totalitarismo” que  Hannah Arendt  publicó en  1948,  citada  en la introducción del texto que estamos reseñando, podría simbolizar el objetivo de este interesante libro.


Tanto en el prólogo de Martín Cabré como en el dedicado a la edición española que el autor presenta, aparece la extrañeza ante la falta de referencias desde las conceptualizaciones teóricas y clínicas en el psicoanálisis, y yo diría que desde otras corrientes también, a un fenómeno que, como se irá viendo, tiene tanta relevancia social. Más adelante, en el capítulo seis el autor hará un recorrido más extenso por el concepto de perversión en el psicoanálisis. Parece haber, como dice el autor, un miedo a la pedofilia, o a hablar de ella; no solo en la sociedad, también en los profesionales que tienen que verse con los problemas derivados de esta perturbadora manifestación patológica. Por otra parte, la reciente aparición tanto en Europa como en América de miles de denuncias sobre la pederastia ejercida por personajes que actuaban dentro de una institución en principio respetable como la Iglesia Católica, y las consecuencias que de ello puedan derivarse, también es un fuerte argumento para abordar el tema. En el primer capítulo cita el cuento de La pequeña Roché (1886) de G. de Maupaussant en el que el alcalde de una pequeña localidad viola y mata a una niña y, a pesar de que todos los indicios le señalan como el culpable, nadie sospecha de él hasta que se delata y termina con su vida. Es difícil pensar que el alcalde, la autoridad que está para proteger a la comunidad  sea a la vez el verdugo.


En la Introducción al texto y en el primer capítulo, Schinaia habla de la enorme dificultad a lo largo de la historia cultural del ser humano para considerar al niño como algo más que un objeto que se utiliza y no como sujeto con necesidades propias. Cuestión que argumentará a lo largo de los siguientes capítulos.


No hay casi referencias de la incidencia de este fenómeno a lo largo del psicoanálisis, ni siquiera entre autores como Melanie Klein o Winnicott que han tratado a niños. Dice el autor que no se trata de que estos pacientes sean difíciles de encontrar en la clínica; otros sujetos con  patologías importantes, como el narcisismo grave por ejemplo, tampoco acuden a terapia y sin embargo han sido ampliamente estudiadas. También alude a las feroces críticas de Alice Miller y a Bowlby cuando sugirió que el famoso y polémico cambio de opinión de Freud hizo bastante daño a la comunidad psicoanalítica a lo largo de su recorrido, al no tomar en cuenta la experiencia real del niño.


A lo largo de la historia del psicoanálisis la cuestión del tratamiento de los datos recogidos de la historia del paciente ha tenido diferentes consideraciones; desde corrientes o escuelas  que la encuentran imprescindible y los que no la toman tanto en consideración, reflejando dos posiciones que tomadas con rigidez pueden ser perjudiciales para la comprensión de la patología de los pacientes pudiendo darse una situación iatrogénica que, o bien retraumatice, o minimice el trauma sufrido.


La complejidad de la pedofilia viene dada por muchos factores que es necesario analizar en profundidad. Girando alrededor del amor de un niño por un adulto en el que confía y del que espera protección y el amor de un adulto por un niño en el que proyecta sus fantasías y sus propias necesidades. También alrededor de la dificultad de separar un gesto tierno de uno transgresor, por parte del niño, del propio pedófilo  y de la comunidad. Pone como ejemplo ese icono del cine, King Kong  en la que las lágrimas del mono, que había puesto en peligro la vida de la chica, y de muchos otros por cierto, producen ternura en el espectador. Aunque también se puede pasar de no hablar de ella a hablar demasiado (demasiado mal enfocada) provocando el efecto de la caza de brujas (en EE.UU. los maestros tienen prohibido tocar y no digamos ya abrazar a niños de 5 años). En el capítulo uno cita a un periodista muy inglés que en el 98 escribió a propósito de un caso de linchamiento: “Quedan pocos grupos de personas a los que se pueda odiar sin dejar de sentirse aceptable. El de los pedófilos es perfecto”. Como se puede ver, la complejidad está servida.


En cuanto al tratamiento posible de éstos pacientes, aparece el problema de la corresponsabilidad sobre estos transgresores entre la Justicia y la Sanidad Cuando los pedófilos se someten a una terapia grupal como forma de paliar los efectos del encarcelamiento, las demandas posteriores para continuar el tratamiento voluntariamente, no son significativas. . Los resultados terapéuticos son escasos.


Si una de las técnicas terapéuticas es permitir las fantasías del paciente sin que éste tenga que actuarlas, con el pervertido es menos factible porque tendría que renunciar a “ese placer triunfante”. Propone algunos subtipos de pedófilos en los que la culpa resulta egodistónica en una patología generalmente egosintónica, subtipo más susceptible al tratamiento por el sufrimiento psíquico que genera, estas ideas serán desarrolladas más adelante.


A lo largo del primer capítulo Schinaia hará un repaso de las actitudes socioculturales actuales que favorecen el discurso pedófilo. Como no podía ser menos, analiza la influencia de la TV. como verdadero fenómeno cultural que trivializa y crea una realidad virtual cargada de todo tipo de violencia a la que la exposición continua de niños y adultos provoca que se genere una habituación emocional a la misma, una especie de alexitimia generalizada que llega a confundir la mente de esos adolescentes que pueden no enterarse bien de la diferencia que hay entre dar rienda suelta a la violencia virtualmente, como un juego, y tirar una piedra desde un paso elevado en una autopista. Sin ir más lejos, en España hubo hace unos años el caso de unos chicos de 14 años que mataron a un hombre para superar una prueba durante un juego de rol.


Y siguiendo con los modelos sociales actuales, habla del modelo activado por las leyes del mercado según el cual basta con pagar y todo es posible. Se pregunta como es posible que en un país del tercer mundo antes se vendiera a una niña para comprar comida y ahora se haga para comprar una televisión.


Un aspecto muy interesante que el autor desarrolla en el primer capítulo es la complacencia con el fenómeno de la pedofilia de algunos intelectuales.


En Corydón (1924) André Gide presenta al protagonista de su novela como un adulto que se enamora de un adolescente que le corresponde. Corydón se opone a las demandas del chico que, sintiéndose rechazado, se suicida. Este hecho empuja al personaje al acto pedófílo  para “salvar a los niños de la muerte” y no negarles nada. Una explicación del suicidio del chico para la que nosotros, los psicoanalistas, tendríamos ahora una comprensión muy diferente.


Michel Foucault  junto a Hocquenghem  y Danet en una conversación del año 1978 en un programa radiofónico a propósito de la reforma del código penal  francés sobre la edad del consentimiento,  consideraba la posibilidad de rebajar la edad del niño para  lo que llama pedofilia “dulce”. Trae como ejemplo el caso de un campesino que manoseó a una niña en una tarde de verano en el bosque, tal y como lo había visto hacer en muchas ocasiones, y al  que los padres denunciaron. Foucault  trata de avisar del peligro de restricción social, de la intromisión de la jurisprudencia en  prácticas que son habituales y que pueden ser considerados pequeños placeres de la intimidad y dice, ironizando, que como los especialistas opinan que hay un daño psíquico importante, habrá que proteger a los niños de “su propio deseo”. Esta conversación fue muy polémica y firmaron esa declaración a favor de rebajar la edad varios intelectuales y, por cierto, algunos psicoanalistas.


Entre algunos, pensadores, escritores, directores de cine, fotógrafos, artistas y columnistas de prensa puede darse, en opinión del autor, una intelectualización de la pedofilia con argumentos como el derecho a la libertad, la no intromisión del estado en la intimidad y la vida privada junto con la visión de una infancia polimórfica que debe ser libre de expresar su naturaleza sensual y sexual. También hace referencia a la ingenuidad de la idea de una sexualidad sin la más mínima dificultad psíquica, idealizada en la frase “haz el amor y no la guerra” aparecida en el contexto de la liberación sexual como parte de las ideas del “Mayo del 68”.


Algunos de ellos, en un afán relativista y racionalizador, aluden a algunas culturas en las que las prácticas sexuales entre adultos y niños o adolescentes son costumbre, muchas veces como ritos de iniciación. Por ejemplo, a los Sambia de Nueva Guinea les provoca extrañeza que un adulto joven se niegue a que los niños le chupen el pene. El autor argumenta que no es lo mismo que estas prácticas estén inscritas en lo simbólico del grupo al que se pertenezca que en el nivel de la transgresión.


Da un repaso también al turismo sexual, en el que el forastero adquiere una identidad diferente cuando está fuera de sus normas culturales locales, desarrollando en el viaje una conciencia laxa en su propio beneficio; es como si se dijera: todos lo hacen, aquí es normal; demostrando una moral primaria en la que las prohibiciones no están verdaderamente incorporadas, siguen dependiendo del castigo externo, como en la niñez. Siguiendo el desarrollo de sus argumentos Schinaia considera que la sociedad es bastante permisiva; en el imaginario erótico colectivo, sobre todo masculino, hay una preferencia por la “carne fresca”, aunque nunca antes el cuerpo joven se había visto tan activado, tan ensalzado como ahora. En mi opinión, este imaginario ha estado presente siempre en la historia de la humanidad,  como iremos viendo a lo largo de los siguientes capítulos.


Los intelectuales y artistas que justifican cierta relación sexualizada, no violenta, con un niño, no toman en ningún momento en cuenta el poder del adulto sobre el niño, la asimetría en la relación. La pedofilia sin violencia se basa en la fuerza de la seducción narcisista del adulto, tan devastadora como las formas violentas. El autor cita a Goretti (1997) que analiza los casos de Freud como historias de vidas traumatizadas. Dora y  Schreberg tienen relaciones en las que de manera reiterada viven la experiencia de ser tratados como cosas, ignorados en su individualidad; este autor (Goretti) los compara con sus casos clínicos de abuso en los que la mente de sus pacientes no tratan el abuso sufrido como algo aislado, sino como esquemas de relación con otros que permanecen en la vida adulta. Para el autor, el pedófilo abusa de su poder con quien puede hacerlo, con otro más débil por su condición de dependencia.


A pesar de los recientes escándalos en la Iglesia Católica, no se puede saber si la perversión pedófila esté o no aumentando. En un estudio citado por Alice Miller parece que se demuestra que por cada caso denunciado hay cincuenta que están ocultos, algo que subrayan constantemente los especialistas que se dedican al tratamiento de víctimas de abuso, y es muy frecuente encontrarlo en la clínica dentro de otras patologías.


Schinaia también toma muy en consideración el tratamiento que la prensa da a este tipo de perversión. Piensa que hay una falta de reflexión, predominando una actitud novelesca y de suspense, como en la TV. Como si fueran de nuevo cuentos ajenos que, por su impacto, evitan el análisis reflexivo. Cuando el pedófilo es descubierto, la denuncia significa enfrentarse a una crisis de identidad dentro de la comunidad de la víctima y del pedófilo, por lo que pueden darse situaciones que estigmaticen aún más a la víctima. El derecho a la intimidad del menor y la lógica protección que se pretende, pueden hacer de nuevo que su identidad se vea envuelta en el silencio. La sociedad puede estigmatizar a la víctima tanto como al agresor.  Otro silencio añadido al silencio de la familia, la comunidad científica y de la sociedad en general; de ahí parte de nuevo la necesidad de hacer un esfuerzo por comprender la patología perversa concreta y plantearse la necesidad, como en otras patologías, de diferencias estructurales y de análisis dimensionales de la personalidad pedófila. En los casos  estudiados por el autor la idea de base que defiende es que el pedófilo ha sido abusado o ha sufrido un abandono emocional en su infancia de tal magnitud que en algunos de estos niños traumatizados la violencia individual vivida se incorpora y transforma en violencia contra los otros. Los planteamientos teóricos para abordar la personalidad del pedófilo están en la línea del déficit en la infancia que planteaba Kohut, en la falta de holding de Winnicott, en los apegos desorganizados que darían lugar a la formación de una estructura relacional que perpetúa el problema. Más adelante en el texto, en la presentación de sus casos, el autor hará una clara distinción entre perversidad y perversión pedófila.


Al final del primer capítulo, Schinaia desarrolla la idea de que en la cultura contemporánea la sexualidad ha sufrido un giro importante; de ser considerada de una forma negativa a ser considerada fácil y placentera, sin conflictos, contrapuesta a una cultura restrictiva y culpógena, olvidando que el sufrimiento y la destrucción condicionan las relaciones interpersonales afectando tanto a la sexualidad individual como a la misma cultura. Cita la película de Lucchino Visconti La caída de los dioses en la que  la decadencia de la burguesía está  representada en un acto pedófilo que precitita el nazismo.


El autor comenta el peligro de que la organización social de la pedofilia, globalizada ahora por las redes sociales,  se convierta en una gran fuerza, por lo que son muchos los profesionales que deben luchar contra este fenómeno, ayudados por legislaciones y políticas sociales que permitan la prevención, atención y recuperación de las víctimas.


La respuesta a la argumentación teórica tiene que ir por el camino de la comprensión de la naturaleza infantil para que no se produzca “la confusión de lenguas” de que hablara Ferenczi.


Una visión histórica, social y cultural de la pedofilia.


En los capítulos dos, tres y cuatro el autor ofrece una sugerente visión histórica, social y cultural a través del análisis de la mitología, sobre todo griega, y de numerosas obras literarias, incluyendo los cuentos, y artísticas, como la pintura, la  fotografía o el cine.


Para empezar con los mitos, el autor hace un repaso de las definiciones dadas  por algunos autores que podríamos sintetizar diciendo que los mitos recogen alguna de las condiciones de los seres humanos que transcienden los grupos sociales y culturales, con el propósito de dar alguna explicación última a la naturaleza del deseo. Representan esa naturaleza sin ningún tipo de censura, en toda su crueldad, porque sus personajes son dioses a los que todo está permitido, aunque en constante interrelación con los hombres a los que  inmortaliza o destruye. Las referencias a los mitos de las que el autor se sirve para desarrollar sus ideas son muy interesantes. Mitos como el de Zeus y el joven Ganímedes al que raptó, o el “bellísimo” Argino, del que se enamoró Agamenón, que para   huir de la violencia se tiró a un río ahogándose; Layo y Crisipo, el mismo Edipo tan querido por nosotros los psicoanalistas. La mitología se ha ocupado de interpretar y configurar una simbología en torno a esos relatos.


El autor se refiere a la relación entre mito y psicoanálisis porque tienen algunos puntos en común, el más importante es la pulsión. Freud era un apasionado de la arqueología y de la Historia clásica. Su cultivada mente encontró en la mitología griega una inspiración para sus teorías sobre el inconsciente y las pulsiones que por aquel entonces estaba desarrollando. El inconsciente se configura como el mundo de los mitos. Jung por otra parte habló bastante del  inconsciente colectivo, los mitos representarían los aspectos básicos de la mente humana. Schinaia también recoge las ideas de Robert Graves, que se distancia de esta postura universalista y considera que los mitos recogen particularidades socioculturales, reflejan una realidad. En la mitología griega, dice Graves, se reflejan los cambios sociales que favorecieron el debilitamiento del matriarcado. Las historias míticas de dioses, héroes y antepasados varios están llenas de parricidios, incestos, matricidios cuya motivación profunda es el poder y la lucha entre dos mundos opuestos: el matriarcado y el patriarcado.


En relación al mito de Edipo el autor cita a Arfouilloux (1993) que recuerda que en este mito, antes que incesto y parricidio hay intento de infanticidio. Aunque el mito se pueda plantear como una lucha de poder, no podemos pasar por alto que Edipo es, en un principio, un recién nacido amenazado de muerte y  abandonado.


Hay en el texto varias referencias a los mitos de origen pertenecientes a la Europa Neolítica en donde no se habían introducido cuestiones de parentesco y el culto era a una Gran Diosa, Gaia, la Madre Tierra como el origen de todo, venerada también en algunas zonas del norte de África..


En cuanto a la infancia en los mitos el autor opina que el niño siempre está solo. Zeus y Edipo son abandonados por sus madres porque sus padres los querían matar; Astianacte, hijo del héroe troyano Héctor, es arrojado desde la muralla para acabar con su estirpe. El hijo de Tieste es sacrificado y ofrecido en un macabro banquete. O el pequeño Demofonte a quien su padre,  arrojó al fuego para destruir sus partes mortales y asegurarse la inmortalidad. La pedofilia es un motivo muy frecuente de la violencia en los mitos, muchos jóvenes seducidos acaban suicidándose o siendo asesinados. De nuevo el autor nos remite a Layo y Crisipo o al mismo Apolo que amó tanto a hombres como a mujeres. Habría dos aspectos en el mito, la seducción o la muerte, según dominen los aspectos libidinosos o agresivos.


El niño seducido podría estar muy bien representado en el mito de Zeus y Ganímedes, muy popular en Grecia, que ofrecía una justificación religiosa de la pedofilia volviéndola no solo lícita sino deseable. Zeus enamorado de Ganímedes, lo secuestra y lo convierte en su amante y copero a cambio de la inmortalidad. El autor nos dice que el mito alude a la eternidad de la infancia y juventud ya que la pasividad del niño, cuando consigue el amor de un dios-padre, aleja de la muerte.


En los mitos y en la historia clásica también aparece una justificación de la pedofilia: el amor por los muchachos es una forma de transmitir los conocimientos: el amado se entrega porque quiere obtener conocimiento y sabiduría. Aquí aparece también la cuestión de la culpabilidad del niño. No obstante, en el mundo clásico la posesión de los niños más bellos y sanos para su formación académica o militar era una práctica sujeta a ciertas normas que regulaban la sexualidad entre el niño y el adulto. Más adelante el autor se referirá a la categoría del niño aprendiz en los talleres pictóricos del Renacimiento, como una continuación de semejante costumbre. 


El autor introduce el cuento con una referencia a Lévi-Strauss que considera que no hay mucha diferencia entre el mito y el cuento en su naturaleza. Se plantea si el mito es una derivación del cuento o si el cuento es una popularización del mito. Los cuentos, dice Schinaia, son relatos tradicionales que acomodándose a los cambios culturales han conseguido permanecer en el tiempo porque están dotados de una cualidad intrínseca, funcional: plantean  un conflicto existencial. Para Propp y Bettelheim el cuento se diferencia del mito en que trata de humanos y tiene un final feliz. No se sitúa en un tiempo o lugar concreto (“érase una vez”), no es explícito y permite hablar de contenidos de gran carga emocional que serían insostenibles si se expresaran abiertamente. La situación del niño abandonado es recurrente en los cuentos. Se parte de una carencia, un engaño, o de saltarse una prohibición, por lo que el protagonista tiene que alejarse, encontrar la ayuda necesaria en el momento oportuno, pero sin exceso de magia. Es optimista y pesimista al mismo tiempo, como la realidad.


Sin embargo en los cuentos el niño es más veces engullido (el lobo feroz, los ogros) que violentado sexualmente; probablemente la función pedagógica que cumple el cuento haya tenido algo que ver en este disimulo. Menos en Piel de Asno,  en el que la protagonista tiene que huir de la locura de un padre que enviuda y en su desesperación ve en la hija, cuando crece, a la esposa desaparecida; aunque éste es un cuento que no se suele contar a los niños, sin embargo ha permanecido, quizás para saber que eso no se puede contar. Algunos autores relacionan las fantasías pedófilas y el canibalismo como formas de incorporación destructiva del otro. En una carta de Freud a Marie Bonaparte considera al canibalismo y al incesto como los dos tabúes fundamentales.


Freud en sus referencias a los cuentos y mitos, que son muchas a lo largo de sus escritos, subraya que utilizan un simbolismo parecido al sueño; representarían una forma camuflada de satisfacer el deseo y la omnipotencia. El traje del Emperador  representaría la satisfacción disfrazada del deseo de exhibirse. Como otros autores, Bettelheim y Propp, pone de manifiesto que el héroe debe cumplir una tarea difícil, en Tótem y Tabú la tarea es el asesinato del padre.


Para ilustrar fantasías pedófilas más explícitas, el autor rescata un conocido cuento que tiene su origen en el Antiguo Egipto, y que también aparece en la Biblia, en el que una mujer intenta seducir a un joven que la rechaza horrorizado. Ésta lo acusa frente al marido de seducción que, furioso y celoso, intenta matarlo. El joven tiene que huir encontrando finalmente la muerte. Pero las bebidas se pudren en los odres y el marido se da cuenta de la injusticia partiendo para alcanzar al joven al que, finalmente, consigue resucitar.  El autor señala los dos aspectos presentes en el adulto y el progenitor: la seducción mortal que en este cuento representa la mujer y el respeto final por la individualidad y el desarrollo del niño representado por el marido arrepentido.


Otro cuento en el que la pedofilia es explícita, al que ya hemos aludido anteriormente, es Piel de Asno en dónde la niña, perseguida por su padre, debe ocultar su belleza, huir de su desarrollo normal, haciendo una negación de su identidad de género, algo que también se encuentra en algunas víctimas de abuso.


En el capítulo cuarto, basándose en textos de historiadores de todas las épocas. el autor hace una incursión en la Historia de la pedofilia remontándose a la Grecia Clásica, a los siglos VI al IV;  Plutarco cuenta que no solo en la Atenas de Pericles sino también en Esparta, los muchachos de doce años eran entregados como amantes de los hombres más sobresalientes, probablemente con más frecuencia  en el mundo militar. Pero no solo.


En la Grecia Clásica no se hablaba de pedofilía sino de Paidofilia, que era el Eros e incluía una forma de transmisión, a través del erotismo, de la masculinidad, o como forma de sumisión y respeto al mayor, a su experiencia y su ciencia. El autor se muestra algo iconoclasta cuando señala que Platón indicaba que en la enseñanza era condición indispensable el Eros que era al mismo tiempo deseo, placer y amor.  


Cita a autores que  han  señalado que el instruir es uno de  los dogmas de la pedofilia. El pedófilo quiere sentirse maestro. Esto indica un derecho sobre el joven discípulo junto con la obligación de protegerlo y mantenerlo.


Pero como no todo el monte es orégano, la relación pederasta no era tan fácil. Tiene aspectos de relevancia que son contradictorios: por un lado era libre y admitida, salvo en la Jonia y en las regiones bárbaras que era considerada despreciable. Por otro tenía que cumplir unas normas, participar de ciertos rituales, el derecho ateniense lo consideraba a la vez un hecho altamente formativo o muy peligroso.


En las mujeres ocurría lo mismo, pero como la formación de las mujeres pertenecía a la esfera de lo íntimo, no han quedado reflejadas en los textos clásicos de  derecho o en las reflexiones filosóficas, salvo la historia de Safo.


En Roma el efebo libre objeto de la pederastía ha sido sustituido por el esclavo o por el enemigo vencido, añadiendo más brutalidad y represión a los planteamientos de la Grecia Clásica En la época del emperador Justiniano, se vuelve a una época de idealización de la cultura griega. Idealización de la que participan invariablemente las argumentaciones de los pedófilos de épocas posteriores.


A lo largo de la Edad Media, la historiografía da cuenta de documentos de contratos matrimoniales entre niñas de 12 años y hombres mayores, así como contratos como aprendices de niños. El autor habla de la vida de los niños en los talleres de arte, donde aprendían el oficio como copistas, moledores del polvo de color, limpiadores al servicio del maestro. El modelo de aprendiz duró mucho tiempo, hasta la aparición de las instituciones educativas, y la instrucción pública.


El aprendizaje se conseguía a través de la práctica e inmersión total en el oficio e incluía la vida privada. Adolescentes necesitados, dependientes y sometidos a la suerte que les tocara. Aprendices de familias rurales pudientes que eran separados de un ambiente protector y confortable quedándose expuestos y vulnerables. Esta relación docente-discente conlleva el riesgo de la inversión narcisista por un lado y la idealización por otro.


Siguiendo con los estudios y los datos recogidos por los historiadores que el autor cita, señala que aparecen poco recogidas en el derecho penal situaciones de violaciones de niñas, y que estas son tratadas como “ataques al honor” que se dirimían con dinero; salvo que la violencia estuviera presente y la víctima tuviera alguien que la defendiera.


Schinaia dirá, como otros autores, que la idea de infancia, de niño con características propias, aparece a partir del siglo XVI con la aparición de los primeros núcleos burgueses, sobre todo en los Países Bajos, como consecuencia de la especialización, y más adelante con la industrialización que inaugura la era moderna.


El niño no está suficientemente representado en el arte, salvo el Niño Jesús o el ángel, y en el XV vuelven a aparecer en retratos (en la época romana había tablas y estatuas de niños, aunque generalmente eran encargos mortuorios) o formando parte de la familia.


En el siglo XIX se pueden distinguir dos consideraciones sociales de la infancia: el niño inocente de Rousseau y el niño culpable de la cultura judeo-cristiana. Con evidente expansión de la segunda idea que desarrolló una educación rígida y represora. Al parecer, según datos de una historiadora francesa Anne-Marie Sohn (1989) a la que el  autor cita,  hubo un incremento de delitos sexuales contra las niñas. Ofrece algunos datos inquietantes: el 86 por ciento de las niñas seducidas tiene menos de quince años, el 75 por ciento menos de trece, un 25 por ciento menos de diez y las más pequeñas tienen tres años. Parece ser que a principios de siglo XX hubo una disminución del delito que quizás tuvo que ver con el tipo de educación  y la mayor vigilancia y control sobre la infancia.


En este contexto ideológico, la idea del niño al que hay que corregir se introduce no solo en la pedagogía sino también en la psicología y en el mismo psicoanálisis. En el pensamiento de Freud hay contradicciones, movimientos contrarios, como consecuencia del intenso y complejo trabajo de elaboración intelectual de un cuerpo teórico que de cuenta del funcionamiento mental. El niño freudiano tiene su esencia y existencia dentro del paciente psicoanalítico. El niño real no tiene relevancia, no es interesante, y además su sexualidad se considera adultomórfica.  No obstante, tanto en los primeros textos de Freud como de su hija Anna, hay recomendaciones hacia la atención que deben prestar los padres a la vulnerabilidad de los niños.


El autor opina que una de las mayores contribuciones del psicoanálisis moderno es la importancia, cada vez mayor, atribuida al estudio de la infancia. Las primeras contribuciones de Winnicott, Bowlby o  Bion, han supuesto un paso fundamental en la comprensión de los orígenes de la formación de la mente.


 La pedofilia en la Psiquiatría y el Psicoanálisis. La relación pedófila. Los casos.


En los capítulos cinco, seis y siete, el autor hará un acercamiento al cuadro clínico de la pedofilia, al contexto en el que aparece y bajo que premisas culturales es tratado; sus relaciones con la moral dominante y la diferencia entre las líneas de pensamiento de la psiquiatría y el psicoanálisis. Utilizará diferentes análisis del arte, de la novela e incluso de la fotografía para ilustrar la tipología y la conducta pedófila. En el capítulo 8 hablará de la relación pedófila.


Se comienza a nombrar como cuadro clínico en el XIX, en el que se publica en Alemania una monografía dedicada a la psicopatología sexual de Krafft-Ebing. La describía, entre otras cosas, como un fenómeno silenciado pero practicado en las grandes urbes. Dostoyevski, después de un viaje a Londres la describió en un relato: Notas de invierno sobre impresiones de verano (1863). Prosperaban en los arrabales de las ciudades, en los prostíbulos y en las calles, y en todo tipo de prostitución infantil. En ese siglo los Estados comienzan a tener competencias en el trato a la infancia, hasta entonces considerado un asunto familiar.


La psiquiatría de la época, que registra casos clínicos tanto de hombres como de mujeres pedófilos, les da un tratamiento teórico que incluye patologías constitucionales, taras mentales, anomalías de los órganos sexuales o del cerebro. Hay muchos casos descritos que el autor transcribe de criminólogos y forenses; parecía muy difícil definirla  y abarcaba un arco entre la enfermedad y la maldad, la responsabilidad y la irresponsabilidad. El autor opina que esta situación no se moverá de forma significativa durante mucho tiempo. En la Psiquiatría de las siguientes décadas los pedófilos son clasificados como alcohólicos, esquizofrénicos, personalidades psicopáticas, cuadros de psicosis por edad. En líneas generales, la idea es la de un impulso sexual irrefrenable. El autor opina que en la psiquiatría hay pocas referencias y las que hay están cargadas de toques moralistas. En las distintas ediciones del DSM la atención a la pedofilia va aumentando y se clasifican dentro de las parafilias, algo que los defensores de la pedofilia intentan eliminar, alegando que también se acabó eliminando posteriormente la homosexualidad de esta clasificación, como si fuera lo mismo.  Schinaia opina que el término parafilia es confuso, reducido a la condición de orientación sexual y además  con connotaciones amorosas. El psicoanálisis lo incluirá en el capítulo de las perversiones.


Respecto a los factores etiológicos hay autores que hablan de multifactorialidad; a pesar de la evidencia de una mayor frecuencia del trauma sexual en la infancia de los pedófilos, éste no puede ser considerado como el factor causal más significativo. De igual manera, incluirla como un síntoma de una estructura psicótica tampoco es de gran ayuda porque el autor señala a Jenis (1975) cuando habla de las psicopatías como “el estercolero diagnóstico”.


En cuanto al tratamiento, se centró en el aspecto biológico y a partir de comienzos del s. XX se practicó la castración física, siendo sustituida lógicamente por la castración química. El autor también hace referencia al modelo cognitivo-conductual desarrollado por Dettore que incide técnicamente en la prevención de las recaídas. Parece ser que se obtienen resultados para algunas tipologías de pacientes, pero es imposible aplicarlo  en el caso de abusadores que nieguen el delito o lo justifiquen interna o externamente, algo muy frecuente.


En el psicoanálisis las teorías de la perversión son variadas, el autor nos dice que en esencia tiene que ver con: un conflicto intrapsíquico sin resolver, retraso del desarrollo psicofectivo por traumatización, patologías narcisistas y evolución sádica de la agresividad.


Schinaia considera la diversidad de las estructuras mentales y organizaciones patológicas en el modo en que se organiza la pedofilia. En los retrasados mentales adultos  la pedofilia es un síntoma grave de una sexualidad indiferenciada y genéricamente narcisista.  Hay una diferencia entre estructuras psicóticas o neuróticas. Cita un estudio entre presos pedófilos en el que el examen psiquiátrico indicó un 76% de cuadros psicóticos. Kemberg distingue tres grupos de perversiones en orden de gravedad que abarca lo neurótico, lo border y lo psicótico. Gabbard (1994) en la misma línea dice que depende de cómo se inserta la perversión en la estructura de la personalidad. Por ejemplo: un neurótico puede ser perverso para incrementar la potencia sexual; mientras que en la psicosis puede serlo para evitar una disolución del self. De Massi, autor de referencia para Schinaia,  niega la continuidad entre la sexualidad normal y la perversa y diferencia la perversión como estructura, de los comportamientos perversos  más o menos episódicos y defensivos.


Para el autor, lo más necesario e importante es poner en evidencia la complejidad y las diferentes modalidades del comportamiento pedófilo.


Freud en Tres ensayos para una teoría sexual habla de la pedofilia más como un acto ocasional que como una verdadera perversión. Habla del niño abusado como de un objeto sustitutivo de quien no consigue otras parejas sexuales. En sus informes clínicos hay casos de varios niños que se iniciaron en la sexualidad a través de parejas adultas: cuidadores de todo tipo: padres, nodrizas, preceptores o familiares impotentes. Hace una división entre los que lo son de una manera exclusiva, que son los menos, de los que utilizan al niño como sustitutos y los que descontrolan para satisfacer sus instintos.


En la seducción, dirá, el niño ofrece poca resistencia porque su moral, pudor y repugnancia no se han constituido.


El autor piensa que con el condicionamiento teórico del modelo pulsional es escasa la atención prestada al niño real siendo más importante el niño psicoanalítico, aunque Freud también hablaría del trauma sexual más adelante.


Ferenzci escribe en La confusión de lenguas entre el niño y el adulto  “la obvia objeción de que se trata de fantasías sexuales del niño es refutada en innumerables confesiones de pacientes que usaron la seducción y la violencia contra los niños”.Schinaia nos recuerda que cuando en 1932 Ferenzci envió el artículo al Congreso Psicoanalítico en Alemania la respuesta de su comunidad científica fue muy parecida a la que recibió Freud 40 años antes. De hecho no se llegó a publicar en inglés, hasta 1949.


Al revisar el desarrollo de las ideas de Freud y otros autores psicoanalíticos, el autor hará un extenso repaso a la evolución del concepto de perversión a lo largo de la historia del psicoanálisis. El paso en el pensamiento freudiano de una teoría de la seducción real al fantasma traumático; la perversión como uno de los factores etiológicos de la histeria, el concepto de identificación con el agresor, la idea del trauma continuado, la asociación con el trastorno narcisista y la rabia defensiva.


Schinaia considera muy convincente y útil desde un punto de vista clínico la distinción que se va imponiendo entre perversión y perversidad, porque permite distinguir entre cuadros clínicos que hacen referencia a diferentes formas de funcionamiento mental. Rescata las distinciones de Kemberg y opina que la sintomatología perversa se expresa de diferentes formas según se trate de cuadros neuróticos, borderline o psicóticos; con evidentes consecuencias para el planteamiento terapéutico. Añade que en la perversión, aunque reducida, hay una capacidad de representación, mientras que en la perversidad hay una falta de pensamiento, una falta de simbolización.


Fijarse en los aspectos defensivos de la perversión permite ir profundizando en el trauma del pedófilo, en la comunicación familiar patógena, en los vínculos afectivos primitivos y, además, dice Schinaia, aleja la idea de las teorías innatistas.


En el capítulo siete el autor opina que la novela ha contribuido enormemente a la descripción de la personalidad y la conducta de los pedófilos por lo que se propone analizar las motivaciones y la personalidad de varios pedófilos retratados en algunas  novelas escritas en los dos últimos siglos, empezando por recordar las grandes sagas literarias de Dostovyeski y Dickens en las que el niño es abandonado, maltratado, vendido, violentado, empobrecido o raptado.


Personajes como Aschembach, el personaje de Muerte en Venecia, de Thomas


Mann (1912) al que llama “el pedófilo amable” donde la perversión no es puesta en acto. Serían sujetos inhibidos, bien socializados, que pueden sublimar sus deseos y proteger a la víctima y a sí mismos. En la conocida y excelente novela histórica de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano, se narra el enamoramiento de Adriano por Antinoo pero aquí ya puesto  en práctica en donde Adriano es emperador en todos los sentidos, de los romanos y de la pareja, evidenciando la renuncia de los otros a sus necesidades y deseos, aunque la relación no contiene aspectos sádicos y destructivos, hay  deseos de dominación y poder.


Con Humbert, el personaje de Lolita de Vladimir Nabovkov (1955), se asiste de una primera fase del amor platónico a la puesta en acto tras la falta de un elemento de control representado por la madre de Lolita. Humbert defiende su pedofilia a través de la huida, manteniendo a toda costa una relación frágil e imposible, en la que no puede impedir que la chica finalmente se aleje. La distingue de la anterior como atentado al pudor pero no como violencia porque los instrumentos utilizados, la seducción y la persuasión, son psicológicos.


Hablará también de la pedofilia “hipócrita” de Love un cuento de Susanna Tamaro en la que la niña, privada emocionalmente, es seducida y después traicionada para que el pedófilo no pierda su imagen social de pater familias. El autor nos dice que en este caso no hay  una pedofilia sádica. Parecido es el caso de Stavrogin, personaje de Los demonios de Dostovyeski (1873), aunque aquí se añade un  elemento sádico de más.


 En esta línea hará un análisis de las diferentes personalidades del pedófilo y su relación con la agresión y en última instancia con el placer sádico. Personajes como el capitán Justiniano Duarte Da Rosa, el pedófilo a la caza de víctimas, de la novela de Jorge Amado Teresa Batista, cansada de guerras (1972); los personajes del inspector y el asesino de la niña en la novela de Antonio Muñoz Molina Plenilunio (1997) en la que aparece la revancha; la pedofilia sádica en la novela histórica sobre Juana de Arco Gilles et Jean de Michel Tournier (1983), o el asunto de  la seducción que ejercen los propios niños en personajes de novelas de Isabel Allende y Mario Vargas Llosa .


En cualquier caso, dice el autor, esta rica fenomenología de conductas pedófilas que ofrece la literatura  nos muestra la imposición sea esta “dulce” o violenta de la sexualidad del adulto. En los personajes infantiles, aunque la respuesta del niño pueda parecer consentida y/o buscada supone la transformación de una necesidad de cuidado y contención aprovechada por un adulto a todas luces inadecuado. La violencia y el sadismo siempre están al acecho de la vulnerabilidad del niño; pero aunque nadie sea asesinado, la confianza en el adulto está gravemente dañada.


En el capítulo 8, hablando de la relación pedófila, el autor plantea que se reconoce en los argumentos del pedófilo, y no así en otras formas de perversión, una doctrina ideológica rígida, al estar convencido de lo lícito de su actitud tachando a la sociedad de represora del adulto y el niño.


Cita también las aportaciones de varios autores que encuentran en la pedofilia la negación de la diferencia intergeneracional y, por lo tanto, de las funciones de protección de la parentalidad. La adherencia al mito de una eterna juventud, la magnificación de la belleza infantil, donde el mundo adulto no existe, se hace niño él mismo, ama a su doble narcisista. Hay descripciones de casos de profesores que se consideran uno más de entre sus alumnos, a modo de un Peter Pan salvador de Niños Perdidos.


El autor propone algunos hitos de la relación pedófila. Para empezar es asimétrica; la destreza en la seducción por parte del adulto se encuentra con el deseo indiferenciado del niño que no sabe jugar y que solo conoce la aceptación y el rechazo. El adulto actúa por un deseo sexual, que construye él mismo para sí mismo, el niño está orientado hacia el adulto y movido por un deseo de gratificación y protección. El pedófilo no reconoce ni respeta la consistencia emocional del niño que pasa a ser considerado como un adulto en miniatura. En la cultura occidental actual, en la que la infancia y adolescencia se alarga, la asimetría es aún mayor. El segundo hito es la preferencia por niños en situación de desamparo, no solo por el fácil acceso, sino porque en sí mismo el desamparo les atrae. Por eso la edad de mayor riesgo está entre los 9 y los 12 años. El tercer hito para el autor es que la relación pedófila es repetitiva y monótona; el pedófilo suele presentar características de normalidad, adaptación y conformismo, pero necesitan volver al acto para llenar una vida mental aburrida y vacía. El espectro de la reincidencia parece estar siempre presente porque para los psicólogos del self puede ser una defensa que de cohesión al self. La escalada de violencia, psicológica y física, vendría dada por la habituación, en la que cada vez se necesita una estimulación mayor o nueva.


Si la pedofilia actuada representa solo a una minoría activa, en el imaginario de la población en general parece más común, aunque irreconocible por su inefabilidad. .Al final del capítulo hace una revisión de la importancia de la mirada en el mundo de la pedofilia; analizando la obra de pintores como Balthus y Caravaggio, o la muy conocida fotógrafa norteamericana Sally Mann que fotografía a sus hijos si bien no en poses íntimas desde el punto de vista de la sexualidad, si al menos en la frágil intimidad del menor, para concluir que parece haber una fascinación adulta por el cuerpo del niño.


En la historia de los pedófilos es frecuente encontrar graves disfunciones familiares. Para el niño, la dimensión del trauma depende de factores como la edad, y la frecuencia, tipo y duración del abuso; así como la reactividad psicobiológica y la enorme importancia del ambiente, presentando una organización compleja y fluctuante. La teoría de la transmisión generacional se apoya en los estudios de la teoría del apego, que ha demostrado que patrones desorganizados  dañan gravemente  la regulación de las emociones y del comportamiento y tienden a perpetuarlo.


El autor indica que el desarrollo de la capacidad reflexiva y su consecuencia emocional se convierte en una herramienta terapéutica fundamental, por la rigidez y la falta de mentalización de la organización pedófila. Las actitudes emocionales del terapeuta que trata a estos pacientes a veces pueden tender a disminuir el sentido devastador del trauma inflingido o recibido, y debe cuidar esa condición de vulnerabilidad que se produce cuando, en los mejores casos, se adentra en el recorrido terapéutico.


Parece importante identificar a un subgrupo de pedófilos más susceptibles al tratamiento en los que la relación con el otro no está tan perturbada y pueden aparecer sentimientos de culpa y vergüenza. También añade la difícil posición para el terapeuta entre el secreto profesional y la protección a las víctimas.


Por último, en los capítulos 9 y 10 el autor presenta dos casos comentados, incluyendo el análisis de un sueño, que corresponderían  cada uno a las dos modalidades propuestas de estructuras psíquicas para cada uno de los tipos; analizando sus diferencias y su complejidad terapéutica. Uno de los casos será el de la perversión pedófila, en el que se pueden apreciar cambios significativos con todas las reservas; y el otro el de la perversidad pedófila, en el que aparece en el tratamiento desde un primer momento un importante desafío a la relación terapéutica.


El tratar casos tan graves conlleva el reconocimiento de que las posibilidades de cambio son mínimas, y tener en cuenta que el terapeuta necesita ayuda para conducir un tratamiento tan complejo, amenazador y contradictorio. Para el autor y sus colaboradores es muy importante la pertenencia a un grupo de reflexión en el que apoyarse. Las vicisitudes de ese grupo son descritas en el último capítulo, son muy interesantes y están relacionadas en gran medida con  la gravedad de los casos.


Comentarios finales.


El texto de Schinaia pone de manifiesto lo  necesario e importante que es poner en evidencia la complejidad del cuadro de las pedofilias y las diferentes modalidades del comportamiento pedófilo para no caer en reduccionismos rígidos que dificulten la comprensión del paciente y la tarea terapéutica. A pesar de lo oscuro, confuso y dramático del tema tratado, el trabajo intelectual desplegado para argumentar sus ideas es muy atractivo e interesante; el atractivo radica en gran parte en el recorrido histórico, a través de la mitología, historia clásica, la literatura y los cuentos infantiles, así como la expresión plástica de la pintura o el uso de técnicas más actuales como la fotografía para describir con profundidad la cuestión del tratamiento y la representación de la infancia a través de la historia cultural occidental, en donde el interjuego ambiguo y contradictoria entre la permisividad y el rechazo, la inocencia y la culpa está ya manifestada desde los orígenes de la historia escrita. El interés proviene del esfuerzo del análisis profundo de la complejidad del cuadro perverso, en donde tanto las fuentes freudianas como las más recientes teorizaciones sobre el trauma permiten adentrarse en un análisis multidimensional que puede ser muy útil para la comprensión y el tratamiento de esta perversión.


Un texto decididamente recomendable no solo para los que se dedican al tratamiento de estos pacientes sino para todos los terapeutas que deben afrontar  la realidad y recuperación de las víctimas del perverso pedófilo. El hilo de la argumentación y los ejemplos que utiliza ponen de manifiesto la riqueza cultural del autor y estimula a la investigación propia. Un texto que no dejará indiferente al lector.