Sentimos, luego somos: la emoción, base tanto de la auto-definición como de la acción social [Livinstone, A.G. y col., 2011]

Publicado en la revista nº042

Autor: San Miguel, Mª Teresa

Reseña: We Feel, Therefore We Are: Emotion as a Basis for Self-Categorization and Social Action. Andrew G. Livingstone (University of Stirling), Russell Spears, Antony S. R. Manstead (Cardiff University). Martin Bruder (University of Konstanz) and Lee Shepherd (Cardiff University). 2011 American Psychological Association, Vol. 11, No. 4, 754–767 


Introducción


El artículo sobre el que trata esta reseña tiene dos características que pueden desanimar al lector de teoría psicoanalítica: es un trabajo que incluye una investigación empírica; y, en segundo lugar, el marco teórico que lo sustenta es el de la psicología social. Puntualizados los obstáculos, es importante subrayar los aciertos: por una parte, el artículo tiene el mérito de avanzar en la dirección de incluir las emociones en la base de nuestra(s) identidad(es); por otra parte, nos permite encarar una reflexión sobre la articulación entre lo que podemos denominar lo “intra e intersubjetivo” y el plano de la identidad grupal y la acción social. En el último apartado se presentan una serie de ideas en esta dirección.


La reseña se ha dividido en tres partes. La primera trata sobre la revisión que hacen los autores de los trabajos que se han llevado a cabo hasta la fecha acerca de las relaciones entre identidad social y emociones. En la segunda parte, se presenta la investigación, de corte sociológico, llevada a cabo por ellos. Aunque se hace un resumen de las características de la investigación (muestra, variables) se ha puesto el foco en los presupuestos teóricos de los autores y en las conclusiones que ellos extraen de su trabajo, y no tanto en los datos de corte estadístico. Las conclusiones aparecen en la tercera parte. Como ya se ha dicho en el parrafo anterior, se concluye con una breve reflexión cuyo objetivo es mostrar lo estimulante que puede resultar asomarnos a perspectivas y esquemas teóricos diferentes al nuestro, como vía de enriquecer nuestra propia teoría.


PRIMERA PARTE


El impacto que tiene la pertenencia a un grupo sobre las emociones experimentadas por los miembros de dicho grupo


Al estudiar las relaciones que se dan entre identidad social y emociones, la mayoría de los estudios parten del supuesto de que las categorías en las que las personas se incluyan en cada momento son las que van a dar cuenta de las emociones que se experimenten en el grupo. Sin embargo, los autores consideran que se ha prestado poca atención al fenómeno complementario, esto es, a la influencia que las propias emociones van a tener sobre la auto-definición, entendiendo ésta última como el conjunto de categorías en las que nos incluimos para definirnos a nosotros mismos (así, nuestra profesión, nuestra nacionalidad, nuestros estudios, etc.). Evidentemente todas estas categorías son sociales.


Los autores plantean que el papel que juegan las emociones grupales en las conductas de los miembros de dicho grupo ha atraído enormemente la atención de los investigadores. A la cabeza de estos estudios se encontraría la denominada “teoría de las emociones inter grupales” (IET) (Smith, 1993). Según esta teoría, las emociones grupales, como la ira, por ejemplo, reciben una determinada valoración por parte del grupo (podría ser legítima o no, dependiendo de determinadas circunstancias) y esto hace que se puedan hacer predicciones sobre las acciones de un grupo frente a otro.


En suma, la mayoría de las investigaciones ponen el acento en que la identidad social es la base para pronosticar cuáles van a ser nuestras reacciones frente al mundo que nos rodea. Pero lo que estas investigaciones han dejado de lado hasta ahora es considerar el impacto que las propias emociones pueden tener en las identidades sociales. Los autores consideran que, en realidad, son las emociones las que desarrollan las identidades sociales.


Las emociones grupales como fuentes de información y canales de comunicación


En su revisión de los trabajos en torno al tema, los autores se detienen en la denominada “teoría de la evaluación social” (Manstead & Fischer, 2001; Parkinson, Fischer, & Manstead, 2005). Esta teoría afirma que nosotros no reaccionamos frente a los acontecimientos solamente sobre la base de la evaluación que hagamos de los mismos, sino también sobre la base de los efectos emocionales que dichos acontecimientos produzcan en los otros. Según esta teoría, nuestra propia concepción de un evento podría verse alterada por las reacciones emocionales de otras personas. De hecho, cuando expresamos enfado frente a algún acontecimiento, no sólo pretendemos mostrar nuestro desacuerdo con dicho suceso, sino que lo que también buscamos es que los otros mantengan -al igual que nosotros- posiciones contrarias a dicho acontecimiento.


El impacto de las emociones en la auto calificación. El ajuste emocional


Entre el conjunto de las teorías que se apoyan en la IET, los autores han encontrado un interesante experimento (Kessler and Hollbach, 2005). Kessler y Hollbach hallaron que la identificación de los sujetos con el grupo crecía cuando los sentimientos de felicidad eran los que predominaban dentro del grupo y los sentimientos de ira eran dirigidos contra un grupo exterior.


Los autores del presente trabajo afirman que su punto de vista es ligeramente diferente, ya que ellos parten del supuesto de que la intensidad de las reacciones emocionales ante un acontecimiento, y la medida en que dichas emociones se generalicen en el grupo, van a afectar a la propia identidad grupal, así como van a tener efectos sobre la conducta de dicho grupo hacia el exterior.


En este punto, los autores introducen una distinción conceptual entre “identificación” (tal y como es recogida por Kessler, Hollbach) y que señala la importancia subjetiva que tiene para alguien definirse a sí mismo en una determinada categoría; y la “auto-calificación” (Turner, 1999), que es un proceso más general según el cual nos definimos a nosotros mismos en función de categorías que están previamente disponibles.


Será este proceso, más general, el que interese a los autores de nuestra reseña. Ellos revisan los dos principios que han sido invocados para dar cuenta de la adscripción de las personas a determinados grupos. El primer principio se ha denominado “comparativo” y señala que la tendencia de una persona a definirse en términos de la pertenencia a un grupo (p. e. el de los psicólogos) será más alta en la medida en que se compartan características con los miembros de ese grupo –en este caso, el grupo de los psicólogos- y, al mismo tiempo, se diferencien de otros grupos (p.e, el grupo de los físicos)


El otro principio, denominado “normativo”, muestra que -además de las semejanzas y diferencias- es determinante el que una categoría contenga fuertes estereotipos a la hora de promover la identificación de los sujetos con dicha categoría. En el caso de los psicólogos, la expectativa social sobre ellos es más amplia que sobre los físicos, pues incluiría preocupaciones o actitudes hacia los otros en el conjunto de sus relaciones y no sólo en su trabajo (a diferencia de los físicos, cuyo objeto de trabajo son fenómenos naturales y, por tanto, las expectativas están limitadas al ámbito profesional). La consecuencia de esto es que cabría esperar identificaciones más intensas en la categoría de “ser psicólogo” que en la de “ser físico”.


Pues bien, a estos dos principios, los autores se proponen añadir un tercer elemento: el “ajuste emocional”, el cual incorpora tanto el aspecto comparativo como el normativo.


Los ajustes comparativo y normativo pueden considerarse cognitivos, pero es la reacción emocional la que dispara la implicación personal. De hecho, el mero conocimiento de los ajustes comparativo y normativo de un grupo no nos proporciona base para predecir reacciones ni comportamientos ligados a estados emocionales


Los autores ponen el ejemplo de una situación en la que se efectuen recortes en un departamento de la universidad y no en otro. La comparación entre los miembros del departamento afectado por los recortes y el que no lo está va a aumentar la identidad grupal, por supuesto. Pero si entre los miembros del departamento que sufre recortes surge la ira, ese sentimiento va a cohesionar más al grupo, incluso es mejor predictor de posibles acciones que si sólo aplicamos el principio comparativo.


La reacción emocional, aseveran los autores, es muy importante: las emociones son el motor de la acción. De hecho, el miedo se asocia a formas de acción grupal frente a la injusticia; sin embargo, la tristeza o la indiferencia, no.


SEGUNDA PARTE


La investigación


Los autores han diseñado dos experimentos que se dirigen a confirmar sus ideas acerca de que la emoción es básica a la hora de considerar la intensidad de la auto definición, así como a la hora de predecir reacciones grupales en el área de una posible acción colectiva.


Para estudiar el impacto emocional, los autores consideran importante tomar en consideración tres dimensiones: la reacción emocional del sujeto, el impacto de la reacción emocional del grupo con el que el sujeto se identifica y, por último, el efecto que tiene la reacción emocional de los grupos que no están en su misma categoría grupal.


El hecho de diseñar dos experimentos distintos está relacionado con los fines de la investigación, ya que en el primer experimento se trata de construir un grupo que previamente no tenía ningún significado para los participantes en la investigación; mientras que en el segundo se parte de una auto-calificación ya existente y aquí se trataría de ver los efectos de las emociones sobre la intensidad de tal auto-definición. El objetivo sería demostrar cómo las emociones están presentes tanto en la construcción de una identidad que no existìa previamente, como van a reforzar o no, las identidades en el seno de grupos ya constituidos. Se entenderá mejor todo esto cuando se lean los experimentos.


Estudio 1


Este estudio se realizó con 96 estudiantes de psicología, 83 mujeres y 13 hombres, no graduados, cuya media de edad es de 19,73 años.


A los participantes se les planteaba que se les iba a suministrar una información acerca de la universidad y que debían responder cómo se sentían frente a ella. En este caso, se les suministraban datos falsos acerca de la pérdida de prestigio de su universidad, así como declaraciones del decano sobre esta situación y la decisión que se había tomado de incrementar la dificultad de las pruebas de evaluación. Esta medida iba a afectar a un grupo de estudiantes y no a otro.


La elección de este tipo esta situación se debía a que se suponía que podría producir en los estudiantes reacciones tanto de enfado como de satisfacción. De hecho, los informes suministrados a cada estudiante daban cuenta tanto de que se iba a incrementar el porcentaje de los no-aptos, como de las posibilidades que esta medida contenía para el futuro, en el sentido de que aumentaría la valoración de la titulaciones impartidas por la universidad.


La finalidad del estudio era doble. Por un lado, se trataba de ver si la reacción emocional frente a un evento podría producir un movimiento en el sentido de que los estudiantes se colocaran en una categoría en la que no estaba previamente. Por otro lado, se trataba de ver si esa nueva auto-definición tendría efectos de empujarles a llevar a cabo algún tipo de acción.


El test se realizaba en una pantalla a través de la cual se suministraba la información y se pedía también a los participantes que señalaran su reacción emocional.


Cada una de las dos grandes reacciones emocionales (ira y satisfacción) se descomponían en otras cuatro, las cuales señalaba gradientes de intensidad. Así, en el caso de la reacción negativa, esta podría ser de furia, enfado, resentimiento o sentirse molesto. En el caso de reacciones positivas, podrían ser de mucha satisfacción, estar contento, relativamente satisfecho o poco satisfecho.


También se señalan tres grados de intensidad: la indiferencia, vivencia de estar muy afectado o despreocupado.


La información que se suministraba a cada participante incluía también la referente a las reacciones del grupo de estudiantes afectados por la medida, así como también las reacciones de estudiantes que no estaban afectados por la nueva medida sobre la evaluación. Después, se solicitaba a cada participante que expresara si se identificaba –o no- con los sentimientos de su grupo.


Resultados


Un primer dato claro de la investigación es que cuando la reacción de rabia del sujeto coincide con la expresión de rabia del grupo de referencia, la identificación con éste último se incrementa. Los resultados eran los mismos en el caso de los sentimientos de satisfacción: cuando estos coincidían con los expresados por el grupo, la nueva “identidad” se experimentaba tan intensa como otras categorías previas en las que se encuadraba el participante antes del experimento.


Con respecto a la tendencia a la acción, los datos son concluyentes: se actuará más cuando las emociones predominantes sean de rabia y enfado. Ahora bien, un hallazgo de esta investigación es que el máximo impulso a la acción se producía en el caso en que la reacción de rabia fuera la que predominaba tanto en el grupo de estudiantes afectados por la medida como en el grupo que los que no estaban afectados por dicha medida.


Los autores consideran que sería interesante cotejar estos resultados sobre la tendencia a la actuación con los obtenidos en un grupo ya constituido, es decir, en un grupo con una identidad previa. Este, de hecho, sería el diseño de la segunda investigación.


Estudio 2


Para este estudio se selecciona una muestra entre una población del sur del Reino Unido: el Sur de Gales. A los participantes en la investigación se les presentaba una serie de datos (verosímiles) que habían conducido al gobierno británico a retirar el apoyo financiero destinado a la conservación del patrimonio del mencionado territorio. Falseando la información, se mostraba un recorte de periódico en el que aparecía una noticia sobre el recorte.


En primer lugar, se pedía a los participantes que expresaran su reacción ante estos recortes; posteriormente, se les volvía a preguntar, una vez conocida la reacción de otros dos grupos de ciudadanos: la de los galeses del sur –que eran del mismo grupo que los participantes- y la reacción de los galeses del norte.


Como en el estudio 1, el objetivo era medir el impacto que tienen los estados emocionales, tanto en la identidad grupal como en la tendencia a la acción social. En este caso, a diferencia del anterior, la reacción no podría ser positiva y se trataba de discriminar entre las reacciones de rechazo y de indiferencia.


La predicción de los autores era que los sentimientos de rabia serían más grandes que entre los sujetos participantes en el primer experimento, ya que aquí se trata de la identificación con una categoría (ser galés del sur) ya establecida antes del experimento.


La elección de la muestra fue al azar, en locales públicos de Gales del Sur. Los participantes eran 84 (42 mujeres, 40 hombres y 2 sujetos que no explicitaron su sexo). Todos los participantes se ofrecieron voluntariamente y la edad media entre ellos era de 28,83.


La pregunta que se les hizo (después de mostrarles la falsa información y los efectos negativos de la misma) era si sentían enfado o indiferencia. Más específicamente, debían encuadrar sus reacciones en una lista que se les suministraba y que incluía: enfado, furia, resentimiento, amargura, frustración o el sentirse molesto. Cualquiera de estas emociones podían tener intensidad de 1 a 7.


Después se les presentaban los resultados de un supuesto estudio para medir las reacciones de dos grupos (el de los galeses del sur y el de los galeses del norte). Dichas reacciones podías ser de dos tipos: de furia o de molestia. Para finalizar, se volvía a preguntar a los sujetos cómo se sentían tras conocer las (supuestas) reacciones grupales de uno u otro signo.


Resultados


Los datos estadísticos avalan los supuestos de los autores, en el sentido de que la emoción juega un papel fundamental en nuestras identidades sociales. Ahora bien, a diferencia del estudio 1, la reacción emocional del grupo externo (galeses del norte) jugaba aquí un papel regulador sobre las reacciones del grupo estudiado (galeses del sur). Entre los afectados por una identidad previamente existente, las reacciones indiferentes del grupo exógeno relanzaban la indignación entre el grupo de referencia. De hecho, la intensidad de “ser galés” disminuía en la medida en que aumentaba la distancia entre las reacciones de disgusto entre galeses del sur y del norte. El sentirse más galés del sur hacía disminuir el sentimiento de “ser galés”.


Con respecto a la tendencia hacia la acción, esta tendencia se disparaba sólo entre los afectados por los recortes (galeses del sur); cuando la reacción era de ira entre los galeses del sur y de indiferencia entre los del norte, también se producía un aumento en la tendencia a la actuación y ésta era más baja cuando las gráficas que se presentaban a los participantes marcaban mucha indiferencia entre los galeses de ambos grupos.


A diferencia de lo hallado en el estudio 1, cuando se presentaba a los participantes tablas de reacción de rabia en el grupo de galeses del sur y en el grupo de los del norte, esto no se experimentaba como suma y , por lo tanto, no aparecía tendencia a la acción en la categoría englobante (ser galeses). En el estudio 1, sin embargo, las reacciones de rechazo en el grupo de estudiantes afectados por los cambios en la evaluación y el rechazo en el grupo de los no afectados disparaban la tendencia a la acción como grupo conjunto (los estudiantes).


Los autores concluyen que todos los datos encontrados apuntan hacia el hecho de que la emoción es más importante que los aspectos comparativo y normativo de un grupo. Por otro lado, los autores muestran su sorpresa ante algunos resultados inesperados. En el estudio 2, la tendencia a la acción disminuye cuando las reacciones de los galeses del sur y del norte son de rabia. Una posible explicación de este fenómeno sería la “difusión de responsabilidad”: cuanto más alto sea el número de gente enfadada, menor es el impulso a realizar acciones, a involucrarse en las protestas. Por esto, si sólo los galeses del sur están irritados, hay mayor responsabilidad grupal a la hora de intentar cambiar la situación.


Otro resultado inesperado era que la tendencia a realizar acciones era igual en el caso de que el grupo de galeses del sur estuviera enfadado y el del norte indiferentes, que en el caso de que los galeses del sur mostraran indiferencia y los del norte indignación. Aquí, la explicación de los autores es que la reacción de rechazo de los del norte tendría un efecto sobre el grupo de galeses del sur. Como algunos trabajos han puesto de manifiesto, y se ha citado en apartados anteriores, la expresión de enfado tiene un impacto sobre las percepciones previas que tienden a transformarse para adoptar el mismo juicio que tiene quien está irritado.


TERCERA PARTE


Discusión general


Globalmente, se considera que los resultados de la investigación avalan las hipótesis de los autores, en el sentido de que la emoción es fundamento tanto para la construcción de nuevas categorías de identidad social, como vía para afianzar el sentimiento de identificación con un grupo de referencia. También tendría un papel importante en la acción de los grupos.


Ahora bien, entrando en mayores matices, los autores han encontrado diferencias en el estudio 1 y 2, es decir, cuando el sentimiento de inclusión en un grupo es construido experimentalmente y cuando dicha identidad era previa para los sujetos. Particular interés tiene para ellos que en el estudio 2 las reacciones del grupo exógeno al grupo (los galeses del norte) tengan un efecto modulador sobre lo experimentado en el grupo de referencia (galeses del sur). La otra diferencia entre ambos estudios era que en el grupo 2 el sentimiento de pertenecer a una categoría era más intenso.


En ambos grupos, la tendencia a la acción se disparaba con las reacciones de rabia del grupo de referencia. Ahora bien, en el estudio 1, las reacciones de enfado de los participantes dependían más de las reacciones que hubieran mostrado los estudiantes afectados por la medida. Los autores subrayan este hallazgo como inesperado e incluso reconocen no encontrarle ninguna explicación (Livingstone y otros, 2011, p. 765).


Llama la atención la perplejidad de los autores, pues no parece difícil entender que cuando existe una identidad grupal ya constituida, existe también un código que señala los afectos que van a experimentar sus miembros en determinadas circunstancias. Esto es, precisamente, lo que ha mostrado la “teoría de las emociones inter grupales”, que los autores han estudiado. El problema puede estar en que, al rebatir aspectos de esta última teoría, los autores no la tienen suficientemente en cuenta al analizar sus resultados. Nuestra propuesta sería que para entender bien los resultados obtenidos precisamos de las dos perspectivas: aquella que predice reacciones emocionales sobre la base de identidades compartidas y la que muestra que las propias emociones experimentadas frente a eventos que afectan a un grupo van a modular –o crear- la identidad grupal.


Volviendo al texto, una idea muy repetida es que identidad social, emociones y acción social guardan una relación dinámica y recíproca, precisamente lo que se apuntaba en el párrafo anterior. Si bien es cierto que se ha estudiado el papel de las emociones en las relaciones interpersonales, se ha prestado poca atención al plano “inter grupal” como disparador de sentimientos e impulso para la acción.


Los autores no discuten que la identidad social sea contemplada en el interjuego entre similitudes y oposiciones, pero consideran urgente incluir en este campo las reacciones emocionales. De hecho, de acuerdo a los resultados del estudio 1, el enfado compartido empuja más a la acción que las creencias compartidas.


Con la vista puesta en futuras investigaciones, se señalan dos cuestiones. La primera, si en ausencia de “categorías” la sola reacción emocional podría disparar la identidad grupal. La segunda, que sería interesante seguir estudiando si la comunicación cognitiva tiene mayor o menor efecto dependiendo si va acompañada de emociones mediadoras.  


Consideraciones finales de la autora de la reseña


El título de este artículo hace alusión a ese viejo sueño de la modernidad de fundar la identidad (identidad individual, por supuesto, ya que la modernidad alumbra una forma de individualidad desconocida hasta ese momento) sobre el pensamiento y la conciencia. Los autores van a someter la máxima cartesiana (cogito ergo sum, “pienso, luego existo”)[1] a una doble tensión: en lugar de “pienso”, “siento”; en lugar de yo, un nosotros. De ahí, el título “sentimos, luego somos”. Podría decirse que entre ambas formas de concebir la identidad se abre un amplio desfiladero filosófico, un cambio paradigmático que obliga a re-pensar el papel que tienen las emociones y los vínculos grupales en la construcción de la identidad y la acción social.


Cuestionar la preeminencia de la cadena individuo-hombre-racionalidad (que se nos ha transmitido en oposición, y comparativamente superior, a la de masa-mujer-emoción) ha sido -y sigue siendo- una tarea que da frutos importantes a quienes se atreven a buscar otras formas de articulación y valoración entre estas dimensiones imprescindibles para conocer a los seres humanos.



Los autores muestran que la mayoría de las teorías sobre las emociones grupales parten del supuesto de que dichas emociones son siempre consecuencia de los conceptos que un determinado grupo tiene sobre lo que está permitido o no. Aunque no lo explicitan tan claramente, podríamos decir que este “esquema” parte del supuesto de que las emociones son secundarias a las ideas o a los principios morales. Frente a esta concepción –que no se descarta, porque también tiene su lugar a la hora de entender determinadas reacciones emocionales- los autores proponen articular otra concepción sobre las emociones según la cual las emociones no son algo que sencillamente “trasmitimos”, sino que son fuerzas poderosas que se dirigen a impactar a los otros y, al mismo tiempo, que impactan sobre la representación de nosotros mismos e incluso la transforman. Evidentemente que esta concepción no es nueva para el psicoanálisis, tampoco para las investigaciones en neuro-ciencia, que nos proponen pensar el papel capital que tienen las emociones en el funcionamiento de nuestro cuerpo-mente (podríamos decir en nuestro “ser”, pues todavía no tenemos otro término englobante para superar ese dualismo secular).


De manera que las emociones están en el fundamento de las “identidades sociales” y podrían ellas solas, en determinados contextos, constituir categorías sociales que no existían previamente.


Estas (y algunas otras que aparecen a lo largo de este escrito) son “ideas fuertes” de este trabajo. Sería interesante pasar ahora a considerar de qué modo dichas ideas pueden guardar una cierta relación con nuestra disciplina


En primer lugar, tenemos la idea de que cualquier “auto-calificación” se instaura en una doble dinámica: entre aquello que nos asemeja a otros y aquello que nos distingue. Podría decirse, en general, que cualquier rasgo identitario se rige por esa doble articulación entre lo que nos hace iguales y lo que nos diferencia. La identidad podría ser pensada, pues, no tanto como “atomizada”, sino como identidad “en relación”. Esta concepción daría fundamento a cualquier teoría sobre la representación del self y, por supuesto, a una de las caras de ese prisma identitario que sería la identidad de género. También, a todo el conjunto de categorías con las que se ha definido la diferencia entre los sexos o la orientación sexual. En todos estos casos, es fácil observar que la distribución de características comunes y diferentes sientan las bases de la “identidad sexual”, siendo desdeñados otros muchos caracteres comunes con la finalidad de afianzar la mencionada identidad.


En segundo lugar, es interesante la distinción que nos traen lo autores del artículo entre las categorías sociales más saturadas y más ligeras, en el sentido de que hay categorías con las que nos identificamos que son más abarcativas porque contienen un mayor grado de expectativas sobre nosotros mismos y otras categorías más light en el espectro de la identidad. Se puede decir que, efectivamente, también a nivel más individual, no todos los caracteres de nuestra identidad tienen el mismo peso en la representación de nosotros mismos. De la misma manera que se puede pensar en la organización del sistema de ideales del yo como una pirámide (en cuanto al peso relativo que tienen en nuestro sistema narcisista), también en la imagen (atravesada de emociones) que tenemos de nosotros mismos existen aspectos que cargan con un mayor peso al dar cuenta de quienes somos. Aquí cabría añadir una última reflexión “histórica”, en el sentido de que estas configuraciones identitarias sufren cambios (a veces metamorfosis) a lo largo de nuestros ciclos vitales.


En tercer lugar, la idea de lo que podríamos denominar “emociones-impacto” es interesante, aunque no desconocida en nuestro campo. Sabemos que los seres humanos no transmitimos emociones únicamente para comunicarnos con los otros, sino que desde temprano tenemos experiencias (aquí las diferencias individuales podrían ser muy amplias) que nos muestran el efecto transformador que tienen nuestras emociones sobre los sentimientos, las actitudes e incluso las acciones de los otros. El artículo pone el foco sobre un área de este vasto territorio de lo intra y lo inter grupal. El compartir la emoción se nos presenta como aglutinador de la identidad grupal, así como activador de la acción social. Es éste un tema fascinante que no nos resulta ajeno en nuestro concepto de inter subjetividad y en el que podríamos considerar pioneros a los teóricos del apego (un autor como Stern merecería una mención especial, pero también teóricos del procesamiento emocional y de la teoría de la mentalización).


En cualquier caso, no parece aventurado sostener que la necesidad-deseo de “sentir como” y “sentir con” se encuentra en la base de nuestra identidad y que nos provee sentimientos de seguridad y amparo. Dicho deseo puede activarse en cualquiera de los escenarios (duales, grupales o sociales) en los que trascurre toda nuestra vida. Como bien ha señalado Bleichmar (2008), la búsqueda de seguridad es la que nos permite construir sólidos vínculos pero también la que se encuentra en la base de nuestros problemas de dependencia y dificultades para la autonomía. Lo que nos parece indiscutible es que somos seres profundamente sociales y, como tales, la cercanía emocional nos procura bienestar, afianza nuestras identidades y disminuye nuestra vulnerabilidad[2]. Es bien cierto, sin embargo, que la dinámica entre relaciones de poder y necesidad de contacto es compleja y, como tal, merecería la pena seguir investigando sobre ella.


De hecho, y para finalizar, una crítica que podría hacerse al artículo es, precisamente, cómo queda invisibilizado el posible papel que tendría el diferente status, sea económico, político o de otro género, en las relaciones entre los grupos. Las reacciones emocionales de los ciudadanos del sur de Gales no sabemos si serían las mismas en el caso de que los recortes provinieran de otra región con el mismo estatus, que si son decididos por el gobierno británico. Con esto no estamos diciendo que no puedan darse reacciones de enfado que aumenten la intensidad de la identidad compartida frente a otro grupo de “diferentes” en un plano horizontal, pero consideramos que si en la relación entre dos grupos (o dos personas) existe desigualdad ése es un elemento a considerar para explicar las reacciones emocionales y las acciones colectivas. Porque “sentir” que somos más o menos que el (los) otro (s) forma parte indisoluble, también, de lo que “somos”.


Bibliografía


Bleichmar, H. (2008). La exclavitud afectiva: clínica y tratamiento de la sumisión. Aperturas psicoanalíticas n. 28


Kessler, T., & Hollbach, S. (2005). Group based emotion as determinants


of ingroup identification. Journal of Experimental Social Psychology,


41, 677–685.


Livingstone, A. G., Spears, R., Manstead, A. S.R., Bruder, M. and Shepherd, L. (2011). We Feel, Therefore We Are: Emotion as a Basis for Self-Categorization and Social Action. American Psychological Association. Vol. 11, No. 4, 754–767


Manstead, A. S. R., & Fischer, A. H. (2001). Social appraisal: The social world as object of and influence on appraisal processes. In K. R. Scherer, A. Schorr, & T. Johnstone (Eds.), Appraisal processes in emotion: Theory, research, application (pp. 221–232). New York: Oxford University Press.


Parkinson, B., Fischer, A. H., & Manstead, A. S. R. (2005). Emotion in social relations: Cultural, group, and interpersonal processes. New York: Psychology Press.


Smith, E. R. (1993). Social identity and social emotions: Toward new conceptualizations of prejudice. In D. M. Mackie & D. L. Hamilton (Eds.), Affect, cognition, and stereotyping: Interactive processes in group perception (pp. 297–315). San Diego, CA: Academic Press.


Turner, J. C. (1999). Some current themes in research in social identity and self-categorisation theories. In N. Ellemers, R. Spears & B. Doosje (Eds.), Social identity: Context, commitment, content (pp. 6–34). Oxford, UK: Blackwell.


 







[1] En realidad, esta formulación (cogito, ergo sum) -que es la que se ha popularizado y la que inspira el título de este artículo- no corresponde estrictamente a la que aparece en el texto de “Meditaciones metafísicas”, de Descartes. La original reza: “cogito, sum”, o sea que no se trata de una especie de deducción (luego, en consecuencia) sino de una identidad entre pensar y ser. Excede los objetivos de este artículo entrar en el debate filosófico, pero sí se querría precisar que los enunciados de los filósofos del siglo XVII deberían entenderse como epistemes acerca del “sujeto” en la modernidad y, por tanto, no suponiendo que se desconocían las emociones o los sentimientos grupales, sino que esas “máximas” remiten a un determinado (e histórico) “modelo” para pensar. También en el presente, por supuesto, nuestras teorías están construidas en el interior de modelos de pensamiento.




[2] Sabemos que es posible encontrar personas para las que esta cercanía es inalcanzable o está poblada de amenazas a la propia integridad psíquica, pero esto no se puede considerar un argumento en contra de la importancia de la conexión emocional sino de las distorsiones y disfunciones que pueden darse en los procesos de crianza y socialización, y sus efectos sobre las formas de vincularnos.