Barbie y el árbol de la vida. Las múltiples funciones del género en el desarrollo [Yanof, J.A., 2000]

Publicado en la revista nº042

Autor: Fernández Muñoz, Sara

Reseña:  Barbie and the Tree of Life. The Multiple Functions of Gender in Development. Judith A. Yanof.  (2000). Journal of the American Psychoanalytic Association, 48: 1439-1465


En la introducción que Judith A. Yanof realiza de su artículo sostiene que la identidad de género es la lente a través de la cual las personas tienen la experiencia de ser chico o chica, hombre o mujer. Se trata de una compleja formación de compromiso que no está separada de los deseos, temores y conflictos intrapsíquicos de otras áreas. En el transcurso del desarrollo, la identidad de género se reconfigura en capas.


Este artículo analiza la experiencia de género de una niña a lo largo de varias fases en su desarrollo con el fin de aprender cómo el género se integra en la identidad. En diferentes momentos, cuando los diferentes conflictos salieron a la luz, ella utilizó el género para dar forma a la definición de estos conflictos. En cambio, sus experiencias en otras esferas influyeron en su experiencia de género.


El sexo es un término biológico que hace referencia a una configuración cromosómica en particular y, en circunstancias normales, a la correspondiente anatomía genital y física. El género, por el contrario, es un constructo psicosocial, y se refiere a cómo las personas se clasifican o se categorizan en una determinada cultura o contexto social (Coates y Wolfe, 1995). La identidad de género se refiere a la experiencia privada de ser hombre o mujer (Money, 1965).


Como decía anteriormente, el propósito de este trabajo para su autora es analizar la experiencia de género de una niña a lo largo de varias fases en su desarrollo con el fin de aprender algo acerca de cómo el género se integra en la identidad. Señala que el tratamiento psicoanalítico permite el acceso al significado psicológico subjetivo con que el género se inviste. Utiliza este caso para ilustrar cómo el género puede ser una lente a través de la cual la niña percibió las experiencias y conflictos internos, que luego se organizaron sobre la base de esta percepción. Pretende demostrar que este uso del género, al igual que cualquier formación de compromiso, cambia a medida que se reconfigura en capas en el transcurso de su desarrollo (Dahl, 1996). Construcciones particulares de género se pueden ocultar o emergen de nuevo cuando el individuo atraviesa las organizaciones de desarrollo secuencial.


Judith A. Yanof considera que las personas le atribuyen al género múltiples identificaciones y asociaciones. Estas pueden ser conscientes o implícitas, fijas o fluidas (Harris, 1991; Sweetnam, 1996), determinadas cultural o idiosincrásicamente. Estas identificaciones comienzan tan temprano, incluso antes de que el género sea cognitivamente categorizado, que no se diferencian fácilmente de la categoría del género como tal. Se convierten en parte de la construcción del género en sí mismo, aunque en el fondo no dependen de las características sexuales biológicas de una persona, sino que van más allá de las mismas. Es difícil para cualquier persona experimentar el género como separado de las expectativas implícitas tempranas, del comportamiento de género que se construyen a partir de múltiples y contradictorias interacciones con otros géneros.


La autora postula que las construcciones de género son muy individuales y varían de persona a persona, también cambian y se reconfiguran con el tiempo (Dahl, 1996). Dado que el género se desarrolla a través de las relaciones (Chodorow, 1996; Dimen, 1991; Goldner, 1991), se convierte en una pieza integral de la identidad, una parte de cómo la gente se experimenta a sí mismo y cómo experimentan a los demás. La propia percepción de uno mismo está íntimamente conectada con el género, al igual que lo está a la raza, etnia o cualquier otra característica definitoria. Sin embargo, para diferentes individuos cualquier característica en particular puede ser más o menos importante en términos de autodefinición.


El término “identidad de género” ha sido utilizado en la literatura de diferentes maneras. A menudo ha sido estrictamente definido como la capacidad por la cual los niños reconocen las diferencias genitales y se identifican como pertenecientes a una categoría de género o a la otra. La autora expresa que en este artículo va a utilizar el término identidad de género de una manera más amplia, para incluir todo aquello acerca de cómo uno  experimenta su propio género y su relación con los demás géneros (Tyson, 1996). Esto influye en los niños por la dotación genética, por sus representaciones mentales de los cambios en sus cuerpos y por la experiencia acumulada de las interacciones con los demás en un entorno particular y cultural. Para cualquier niño esto incluye múltiples identificaciones, no sólo con los padres masculinos y femeninos (y otros cuidadores), sino también con sus autorepresentaciones conscientes e inconscientes y sus fantasías sobre él (Jacobs, 1999). También incluye su experiencia de los sentimientos sexuales, esfuerzos agresivos y competitivos, y fantasías y culpa acerca de estos sentimientos, así como ideales y ambiciones que forman parte de lo deseado para sí mismo (Jacobs, 1999).


En los últimos años ha habido una gran controversia acerca de lo que determina la identidad de género. Tradicionalmente, las teorías psicoanalíticas del desarrollo han ofrecido líneas únicas de desarrollo y etapas programadas que se mueven en una secuencia lineal, cada una construida sobre la etapa anterior, y el conjunto se desarrolla de forma progresiva y predecible de acuerdo con algún programa privilegiado (Mayes, 1999). Este modelo también se ha aplicado al género. Por ejemplo, el desarrollo del género ha estado ligado a la negociación de las tareas particulares de los primeros años que, una vez resueltas, conducen a una identidad de género coherente que continúa manteniéndose relativamente estable y fija durante toda la vida (Fast, 1984; Freud, 1905, 1925, 1931, 1933; Roiphe y Galenson, 1981; Stoller, 1976, 1985; Tyson y Tyson, 1990; véase también el resumen y la crítica en Sweetnam, 1996).


Actualmente, este tipo de marco de desarrollo está siendo cuestionado. Los modelos contemporáneos del desarrollo en la biología general y la investigación con infantes postulan una continua interacción bidireccional entre el sustrato genético/biológico y el medio ambiente que presenta un mayor nivel de complejidad (Mayes, 1999). De acuerdo con estos modelos contemporáneos, cualquier resultado refleja múltiples transacciones con el medio ambiente, así como numerosas interacciones con otros componentes del sistema de desarrollo. Estos nuevos modelos postulan que la reorganización continua se lleva a cabo durante el desarrollo, y que esto lleva a una aleatoriedad inherente en vías de desarrollo, a la posibilidad de una mayor variación individual, y un resultado “probabilístico” más que predecible (Mayes, 1999; véase también el uso de Thelen y Smith (1994) de la teoría de sistemas dinámicos para explicar el desarrollo motor). Este cambio de paradigma desafía el modelo de las líneas de desarrollo único y universal. Como acertadamente señala Coates, “en el desarrollo no estamos viendo una feminidad o masculinidad innata que poco a poco se desarrolla de acuerdo a un plan establecido, sino más bien un complejo conjunto de intercambios entre el yo y el otro en el que el género puede adoptar una gran variedad de significados y las actuaciones de género tienen gran variedad de usos” (1997, página 49).


Otra área de desacuerdo en la teoría del género tiene que ver con la importancia relativa del cuerpo, en comparación con el lugar de las relaciones y la cultura, en el desarrollo del género. Hay autores que hacen hincapié en la contribución del cuerpo a través de la mediación de la dotación genética, anatomía, sensaciones genitales, o el funcionamiento diferencial del cerebro a través del sistema endocrino (Bernstein, 1990; Freud, 1905, 1925, 1931, 1933; Friedman y Downey, 1995; Horney, 1924, 1926; Jones, 1927; Mayer, 1985; Richards, 1992, 1996; Robbins, 1996; Roiphe y Galenson, 1981). Hay quienes ponen a la biología en segundo lugar, y hacen hincapié en las identificaciones y el género como una construcción personal (Chodorow, 1996; Elise, 1997; Stoller, 1976, 1985). En este grupo hay quienes señalan que las actitudes de los padres y la asignación sexual pueden reemplazar dotes innatas (Money, 1957; Money y Ehrhardt, 1972; Stolerr, 1976, 1985).


Por último, hay académicos teóricos feministas y postmodernos que cuestionan la visión psicoanalítica del género por completo. Estos autores creen que el género es una construcción cultural, y hacen hincapié en la importancia de la cultura por encima de la especificidad individual (Butler, 1990; Foucault, 1980; para el resumen y crítica, véase Layton, 1998). Desafían el determinismo biológico y el universalismo de Freud, así como su denigración de las mujeres. Señalan que la teoría de decisiones en sí es un sesgo cultural. Ponen en entredicho que exista algún aspecto de la identidad que pueda considerarse “central”, ya que esto implica innato, y es incompatible con la construcción cultural (Layton, 1998). Sugieren que categorías como la masculinidad y la feminidad se presentan como binarias mutuamente exclusivas, cuando no son opuestas ni se valoran por igual (Layton, 1998). Psicoanalistas relacionales, haciendo uso de la teoría feminista, hacen hincapié en las identificaciones mixtas y fluctuantes en la construcción de género. Ven la identidad de género como fluida, contradictoria y no lineal (Benjamin, 1988, 1991; Dimen, 1991; Goldner, 1999; Harris, 1991; véase también el resumen y la crítica en Sweetnam, 1996), más que estable y fija. Esto plantea preguntas acerca de cuándo en el transcurso del desarrollo, el género se convierte en fijo, y qué parte del género permanece fluida y abierta (Layton, 1198; Sweetnam, 1996). Sin embargo, a pesar de una diferencia en énfasis, la mayoría de teóricos modernos reconocen que hay múltiples factores que contribuyen a la identidad de género y que todos deben ser considerados.


Con este telón de fondo de la controversia sobre el género comienzo la presentación del caso de Jennifer que expone la autora. Considera que aunque Jennifer se reconocía a sí misma como chica y podía articularlo, usaba construcciones de género fluctuantes para resolver sus conflictos internos y con el entorno. En diferentes momentos y con los diferentes conflictos que surgieron, usaba el género para dar forma y definición a estos conflictos. Inversamente y bidireccionalmente, sus conflictos en otras esferas influyeron su experiencia de género. Jennifer usaba construcciones de género que le ofrecían un equilibrio en su lucha para satisfacer sus deseos mientras que evitaba afectos dolorosos. Es en este sentido que llama formación de compromiso a la identidad de género (Brenner, 1982; véase también Hoffman, 1996).


En este trabajo, la autora presenta material clínico de cada una de las tres fases del análisis de Jennifer: la fase inicial, cuando tenía cuatro años; la fase intermedia, cuando tenía siete; y el último año de análisis, cuando tenía nueve; voy a exponer la discusión que realiza la autora. El tema del género estaba inextricablemente entrelazado con temas de pérdida y separación, autoestima, sexualidad y conflictos problemáticos sobre agresividad, con la consecuente autocrítica punitiva.


Discusión


En esta parte, la autora expresa que ha hablado de la relación mutua entre el género, el apego, la sexualidad y la agresión en el análisis de una niña. Propone que esta interconexión estratificada entre el género y otros aspectos del sí mismo es característica: es decir, que el sí mismo, identidad de género y relaciones objetales se influyen mutuamente entre sí en el curso del desarrollo. Incluso a la edad de tres años y nueve meses, cuando los síntomas de Jennifer surgieron por primera vez, su empleo del género fue una compleja formación de compromiso que desempeñó múltiples funciones.


La autora considera que Jennifer utilizó ciertas construcciones de género, en particular cuando ella entró en tratamiento, de modo forzado y rígido, para defenderse contra afectos intensamente dolorosos. Buscaba desesperadamente un pene, la varita mágica que arreglaría y repararía su sentido de sí misma. Sin embargo, también usó el género de la forma en que lo hacen todos los individuos, como un símbolo alrededor del cual dar forma y organizar esas representaciones internas y llenas de conflicto del sí mismo y del sí mismo con otro, que consigue estratificarse y reconfigurarse durante el curso del desarrollo.


La autora sostiene que los conflictos de Jennifer centrados en el género sufrieron muchas transformaciones durante su desarrollo. Mientras su deseo de un pene a la edad de cuatro años ya era una compleja formación de compromiso que incluyó el significado representativo (sobre lo que ella tenía y no tenía), fue organizado alrededor del deseo explícito y concreto de adquirir los genitales masculinos. Unos años más tarde, a la edad de siete años, el desarrollo ya había cambiado el espíritu de esta búsqueda. El Árbol de la Vida no era simple o predominantemente la representación de una parte concreta del cuerpo, aunque sus asociaciones con su cuerpo fueron evidentes. Como Jennifer astutamente percibió, el Árbol de la Vida era sobre su vida. El símbolo de una limitación del cuerpo se había convertido en una poderosa metáfora de un dilema psicológico básico: cómo sería vivir y adaptarse a la realidad de sus propias limitaciones y las de aquellos a los que amaba. Se trata de la cuestión más profunda con la que ella luchó a los siete años. Más tarde, a los nueve años, un paradigma diferente había tomado su lugar. Jennifer incorporó los poderes mágicos que previamente había conferido al pene dentro de una fantasía sobre su cuerpo en su totalidad: un cuerpo femenino que era fuerte, atlético y hermoso. A pesar de que este fantaseado cuerpo tenía elementos fálicos, no era un pene.


Durante el periodo edípico, los genitales son sumamente catectizados, y la fantasía masculina de género es común en niñas y niños. Una tarea muy importante del desarrollo para los niños edípicos es fabricar el significado de las diferencias que ellos ven entre sus propios cuerpos y los cuerpos de los otros. Como dice Dahl (1996) de forma contundente, esta tarea incluye la fabricación del significado de las diferencias generacionales, así como las diferencias sexuales anatómicas, e incluye hacer frente a los problemas de las limitaciones de sus cuerpos. Para los niños pequeños, estas comparaciones son concretas en algún sentido: el cuerpo real y los genitales están siendo comparados. Sin embargo, el significado global que cada niño hace de estas comparaciones es siempre una construcción individual basada en todo lo que ha habido antes: la experiencia más temprana del niño, interacciones con otros, conflictos, identificaciones y el sentido del sí mismo. El significado personal de su feminidad puede reflejar, entonces, lo que la chica percibe que tiene o de lo que carece.


Cuando el niño abandona el periodo edípico, las cuestiones de género siguen siendo transformadas por la nueva experiencia, mayor cognición, un cuerpo cambiante, diferentes defensas psicológicas y el uso creciente de la simbolización y la metáfora en la representación. La autora destaca que cuando Jennifer creció, su mente desarrolló una capacidad mayor para hacer frente a las demandas de la realidad y para aceptar su cuerpo como era. Considera que el crecimiento se produjo en otros dominios intrapsíquicos, trasladados a lo largo de su desarrollo y su experiencia analítica, y estos cambios interactuaron con su experiencia de género y la influyeron. Por lo tanto, los conflictos originales cambiaron su forma y configuración, y nuevas formaciones de compromiso tomaron su lugar.


Las teorías psicoanalíticas tradicionales han colocado el desarrollo del género en un modelo lineal, secuencialmente organizado, modelo del desarrollo que no hace justicia a la variedad de presentaciones de género que vemos o a la variedad de sentimientos subjetivos que experimentan nuestros pacientes. Por lo tanto, parece importante ver las construcciones de género de cada individuo como influenciadas contextualmente, determinadas múltiplemente y estratificadas complejamente, en lugar de hacer suposiciones acerca de lo que es básico, lo que es universal y lo que es su desarrollo normativo.


Según Judith A. Yanof este caso plantea muchos interrogantes que no tienen respuesta. Sin duda, la cuestión es el síntoma de “elección”. Hay muchos niños con dificultades de separación y relaciones tempranas ambivalentes que no presentan insatisfacción con el género. La autora enfatiza que para Jennifer, el género sigue siendo un objetivo importante mediante el cual ella se define a sí misma y su interacción con los demás. La sexualidad también estuvo a la vanguardia de la manera en que ella veía y organizaba el mundo. A este respecto, la autora sospecha que hay variaciones sumamente personales entre los individuos. Cita a Coates (1997), para afirmar que realmente sabemos muy poco acerca de por qué algunos niños utilizan el género como una “lente que todo lo abarca” a través de la cual se ven a sí mismos y sus experiencias interpersonales, y por qué otros niños utilizan esta lente con menos frecuencia, limitando su uso a determinados contextos o manteniéndolo como una rasgo de fondo (pág. 49).


En un extremo del espectro, hay algunas chicas con fantasías masculinas de género que insisten en que son chicos, que se visten y se mueven como chicos, que entablan amistad con chicos exclusivamente y que participan preferentemente en actividades de chicos. La autora expresa que Jennifer, en cambio, fue “femenina” en su vestimenta, movimientos, intereses y amistades por las normas tradicionales. En el otro extremo del espectro, hay muchas chicas jóvenes con fantasías masculinas de género para quienes estas fantasías nunca se convierten en temas centrales de la organización, como fueron para Jennifer.


Lo que la autora espera transmitir en este artículo es que Jennifer construyó una experiencia de género que era única y personal, como lo es para cada individuo. Su identidad de género evolucionó de múltiples interacciones con una madre, padre y cuidadora particulares, cada uno de los cuales tenía sus propias autorepresentaciones de género, y cada uno de los cuales sostenía fantasías sobre lo que Jennifer podría y debería ser. La identidad de género de Jennifer fue influenciada por su anatomía, su temperamento, su dotación genética, su creatividad, la experiencia subjetiva de su cuerpo, sus sentimientos sexuales y sus fantasías sobre todo ello. Fue influenciada por la cultura, al principio mediatizada por sus cuidadores, y luego a través de su interacción con el mundo en general. Fue influenciada por el desarrollo en áreas que no son de género, y entrelazadas con conflictos en otros dominios. La complejidad del desarrollo de la identidad de género es enorme porque todas estas variables pueden cambiar y realmente lo hacen con el tiempo, uniéndose de diferentes formas y en diferentes combinaciones. Es esta complejidad la que enfrenta a los investigadores infantiles cuando tratan de teorizar sobre el desarrollo del niño en otras áreas (Stern, 1985; Sander, 1983; Thelen y Smith, 1994; Coates, 1997).


Las teorías del desarrollo del género, si enfatizan lo innato y biológico o lo socialmente construido, no han incrementado la tarea de tratar con esta complejidad. Las teorías de género han llevado a menudo a sobresimplificaciones y sobregeneralizaciones graves. Nuestra teoría de decisiones requiere nuevos modelos que permitan mayor variabilidad individual, y que hagan un mejor trabajo para explicar lo que vemos clínicamente (las formas únicas en que la gente usa y construye el género).