La impulsividad conductual. Papel del comportamiento materno y el desarrollo de habilidades tempranas de regulación emocional en los niños [Graziano, P.A. y col., 2010]

Publicado en la revista nº042

Autor: Monteserín, Mónica

Reseña: “Maternal Behavior and Children´s Early Emotion Regulation Skills Differentially Predict Development of Children´s Reactive Control and Later Effortful Control”, Graziano P.A, Keane S.P, Calkins S.D. Author Manuscript Published in American National Institutes of Health as: Infant Child Dev. 2010 July 1; 19(4): 333-353. doi: 10.1002/icd.670.


Esta reseña está basada en los resultados obtenidos por Graziano y colaboradores a partir de un estudio de investigación longitudinal prospectivo realizado en laboratorio sobre una  amplia muestra de población infantil. La finalidad era evaluar la relación entre el estilo de conducta materna y su posible implicación en el desarrollo de un código  de habilidades tempranas de regulación emocional en el niño que le capaciten para poner en marcha mecanismos iniciales de control reflejo (automático) y, posteriormente, de carácter elaborado o voluntario.


Palabras clave: Regulación emocional infantil, conducta materna, impulsividad, control reactivo o automático, control voluntario o elaborado.


Los autores, basándose en el punto de vista de las teorías cognitivas y los últimos hallazgos neuropsicobiológicos (Barkley,1997, Posner,2004), comienzan la presentación de este estudio planteándonos el importante papel que juega la impulsividad  en edades tempranas como un factor favorecedor del desarrollo de psicopatología,  asociándola particularmente con la aparición de trastornos de la infancia como son el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y los trastornos de conducta. Así mismo, correlacionan la impulsividad con pobres logros académicos en los niños, que les dificultará para el aprendizaje y ensombrecerá su futuro desarrollo social (Hinshaw, 1992), favoreciendo la puesta en práctica de conductas de riesgo durante la adolescencia o juventud como el abuso de alcohol, ingesta de drogas o promiscuidad sexual  (Dubow. 2008). Apoyados en recientes estudios de psicología del desarrollo, los autores sostienen que en condiciones normales el niño muestra avances muy rápidos y significativos en su capacidad para controlar sus conductas impulsivas (Posner, 2004). Sin embargo, lamentan el escaso número de estudios que examinan simultáneamente los múltiples factores que intervienen en el desarrollo de la impulsividad y las diferencias individuales que favorecen su inicio.


Algunos conceptos introductorios


Comencemos por perfilar algunos conceptos que nos ayudarán a entender más adelante la complejidad de los sistemas de control conductual. Ningún clínico cuestiona la relación existente entre impulsividad y personalidad, ya que de forma automática establecemos la relación entre conducta impulsiva y personalidad alterada o anómala. Sin embargo la impulsividad es un constructo psico-biológico-social multidimensional de difícil acotamiento conceptual. Si comenzamos por definir la personalidad nos encontramos que La Organización Mundial de la Salud (OMS) la describe como “pautas de pensamiento, sentimiento y conducta profundamente arraigados, que caracterizan el estilo y el modo de adaptación únicas de una persona, que son consecuencia de factores constitucionales, del desarrollo y de la experiencia social”. S. Ros Montalbán en su libro sobre la impulsividad (2004) cita a Cloninger para definir la personalidad como “…la organización dinámica de los sistemas psicobiológicos que modulan la adaptación a la experiencia”. Por otro lado, la cuarta edición del Manual diágnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV) define los rasgos de la personalidad como patrones estables de pensar, sentir y actuar que tendrían su origen en la interrelación entre condiciones biológicas y aprendizaje experiencial, distinguiendo “temperamento” como la materia prima biológica de la cual surge la personalidad, y “carácter” o parte adquirida, que determina el estilo que desarrolla el sujeto para integrarse a los valores y costumbres de la sociedad en la que vive. De tal forma que nos encontraríamos ante un trastorno de personalidad en el caso de que estos rasgos de la personalidad se convirtieran en inflexibles y desadaptados, causando disfunción social u ocupacional, o gran estrés subjetivo en el individuo, (S. Ros, 2004). 


Por otro lado, Aaron T. Beck en su libro sobre terapia cognitiva y los trastornos de personalidad (1992) examina los mecanismos automáticos implicados en el sistema de control e involucrados en la modulación de la conducta. Para Beck la organización de la personalidad se ensamblaría a través de varios esquemas o sistemas de acción con una base de actuación lineal lógica. Como ejemplo, nos explica que ante una situación de peligro se activaría inicialmente el “sistema cognitivo” que interpretaría la información  como peligrosa implicando secuencialmente al resto de los esquemas de acción como son el afectivo (sentir miedo y ansiedad), el motivacional ( desear alejarse), el instrumental (poner en marcha un plan de huida), y por último el esquema de control (mediante el cual el individuo podría de forma voluntaria inhibir ese impulso tras analizar los pros y los contras de la situación). Es decir, “el sistema de control” trabajaría de forma conjunta con el sistema de acción para modular, modificar o inhibir impulsos y estaría estrechamente imbricado con nuestras creencias, de tal forma que los impulsos representarían “los quiero” y las creencias los “hacer” o “no hacer” (Beck, 1976). Por ello el autor enfatiza la importancia de identificar las creencias sobre las que se apoyan las interpretaciones personales que activan el sistema instrumental que inicia la acción, y las  del sistema de control que gobiernan las anticipaciones facilitando o inhibiendo las acciones (Beck, 1976). De esta forma, las funciones de control se dividen en las relacionadas con la autorregulación, es decir, dirigidas hacia uno mismo, y las orientadas hacia el control del medio externo. Para Beck el sustrato principal sobre los que se asientan los trastornos de personalidad sería la manera en la cual las personas se comunican consigo mismas, ya que “las comunicaciones internas consisten en la auto-observación, la autoevaluación y autopercepción, las advertencias y las instrucciones dirigidas a uno mismo” (Beck, 1976).


Siguiendo esta línea explicativa, la autopercepción se limitaría a una simple observación de sí mismo, mientras que la autoevaluación conllevaría la formulación de juicios de valor sobre nuestro propio yo que actuarían de un modo más o menos automático, pasando desapercibidos ante los ojos del individuo, a no ser que éste centrara específicamente su atención. Durante el arduo proceso de nuestro desarrollo se va entretejiendo la urdimbre de confusas reglas que moldearan posteriormente nuestras autoevaluaciones y auto-instrucciones constituyendo “la base para establecer normas, expectativas y planes de acción para nosotros mismos y para nuestra conducta interpersonal” Beck, (1992). Estas particulares formas de presentación de las cogniciones fueron denominadas como “pensamientos automáticos” por Beck en 1967 y constituyeron el núcleo de actuación de las terapias cognitivas centradas en proveer el cambio a través de nuevos modos racionales de interpretación de las creencias y actitudes disfuncionales de los pacientes.


En definitiva, esta capacidad de autopercepción y autoevaluación crearían un estado mental o conciencia del self que se iría haciendo cada vez más complejo con el paso del tiempo a través de la integración de nuevas experiencias de interacción con el medio, dotando al individuo de un sentido de conexión interna (Emde, 1983). Para teóricos como Sander (2000) todos los seres vivos, entendidos como unidades de organización estructural compleja, tienden a mostrar un equilibrio entre la inestabilidad (provocada por el desarrollo y la interacción con el medio) y los procesos de autorregulación que restablecen de nuevo el equilibrio; y para ello se valen de lo que el autor  denominó “ la actividad primaria” o capacidad endógena de lograr la coherencia interna del sistema, a través de un sentimiento de autonomía al que se accede mediante mecanismos de auto-corrección, auto-organización y auto-regulación (Tyson, Phyllis, 2005).


Para autores como S. D. Calkins y A. Hill (2007) “los procesos de regulación emocional constituyen comportamientos, habilidades y estrategias, sean conscientes o inconscientes, automáticas o con esfuerzo, que se hallan al servicio de modular, inhibir y enlazar experiencias con expresiones emocionales” abarcando dos dimensiones de funcionamiento diferentes, una dimensión de control y otra de reactividad emocional, las cuales  desempeñarán en la vida del  individuo un papel principal para el correcto desarrollo de relaciones interpersonales y su adecuado ajuste socioemocional, actuando a través de diferentes niveles como son el fisiológico, el atencional, el cognitivo y el comportamental.


En conjunto, la autorregulación entendida como un aspecto fundamental del temperamento, se definiría como la capacidad de los individuos para modificar su conducta en virtud de las demandas de situaciones específicas (Block y Block, 1980; Kopp, 1982; Rothbart, 1982) y aunaría la investigación en distintos campos tanto del desarrollo, como son el temperamental, el neuropsicológico, el relacional, el motivacional y  el de la personalidad, interrelacionando áreas del desarrollo afectivo, cognitivo, conductual, e incluso motor, generando distintos puntos de opinión en torno a conceptos como inhibición de la conducta, autorregulación, o control del yo, aunque en definitiva todos se refieran a la habilidad que muestra el sujeto para modificar la conducta en consonancia con las demandas cognitivas, emocionales y sociales planteadas en situaciones específicas (Ruff and Rothbart, 1996).


 Por último, aunque la impulsividad sea en esencia una característica normal de la conducta humana, cuando hablamos de conducta impulsiva nos estamos refiriendo a una disfunción que englobaría un “temperamento impulsivo” que podría corresponder a un funcionamiento concreto de unos marcadores biológicos, y un “carácter impulsivo”, adquirido con la finalidad de adaptarse a las normas y valores morales de la cultura dominante. La impulsividad o descontrol de impulsos puede así definirse como la tendencia a responder rápidamente y sin reflexión (Plutchik y Van Praag,1995) y se relaciona con la incapacidad para inhibir o suprimir un patrón de conducta que emerge en el sujeto en un momento dado o ante un estímulo concreto procedente del exterior o de su actividad mental, refiriéndose esta inhibición a la capacidad de suprimir otras funciones mentales muy diversas como son emociones, procesos cognoscitivos, patrones de respuesta prefijados etc. Por ello, al hablar de impulsividad (o déficit de control de impulsos) y fallo en la capacidad de inhibición nos estaríamos refiriendo al mismo proceso explicándolo desde dos puntos de vista distintos, es decir, la impulsividad se encontraría en el nivel descriptivo de las conductas anómalas y la inhibición correspondería con el nivel explicativo  del mecanismo por el cual el normal funcionamiento de la mente se altera desencadenando la patología.


La investigación de Graziano y colaboradores


Graziano y colaboradores citan a varios teóricos de la psicología del desarrollo (Herba, 2006 y Olson,1999) para dibujar la impulsividad como un constructo multidimensional que albergaría múltiples facetas y métodos de medición que todavía hoy no han podido examinarse de forma conjunta y que según la evidencia científica, mantendría una estrecha relación con la posterior aparición de trastornos de conducta como el TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) y conductas delictivas. Los autores se centran en la comprensión del desarrollo de los procesos del control de la conducta impulsiva que tienen lugar durante la infancia y los mecanismos de regulación de este tipo de respuestas, es decir, los llamados “control reactivo (automático)” y “control voluntario” (Barkley, 1997; Eisenberg, 2004).


Los autores, basándose en los trabajos realizados por Derryberry y Rothbart (1997), y Eisenberg y Morris (2002) nos plantean que dentro de los procesos diferenciados de control, el “control voluntario” se refiere a la capacidad que muestra un individuo ante una situación concreta para inhibir una respuesta dominante y/o activar una respuesta subdominate de forma voluntaria; por lo que se trata de un constructo de orden superior que incluye el control de la atención (es decir, la capacidad de enfocar o desviar la atención) y el control inhibitorio, que vendría a ser la habilidad que tienen los humanos para inhibir comportamientos inadecuados que pondrían en peligro su adaptación a un medio social. Para medir el “control con esfuerzo” o “voluntario” en el niño, se utilizan una serie de cuestionarios (Stroop and Stroop-like), por ejemplo el Children Behavior Questionnaire (CBQ; Rothbart et al, 2001) que cumplimentan tanto los padres como los profesores y sirve para medir el temperamento de los participantes en el estudio. En el otro extremo tendríamos el “control reactivo (automático)” que abarcaría aspectos del control de naturaleza automática e involuntaria. En la psicología del desarrollo se hace una distinción adicional dentro del “control reactivo (automático)” entre “supercontrol reactivo (automático)” y “bajocontrol reactivo (automático)”. El “supercontrol reactivo (automático)” describiría el estilo inhibido que muestran algunos niños ante situaciones nuevas y estresantes, mientras que el “bajocontrol reactivo (automático)” describiría el comportamiento impulsivo que normalmente se observa en el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Para el análisis del control reactivo (automático) se utilizan mediciones de acciones con señal de parada así como la realización por parte de padres y maestros de cuestionarios dirigidos a detectar en el niño los síntomas de impulsividad del TDAH (Ávila et al, 2004).


Para científicos especializados en el área de la neurociencia cognitiva  como Michael I. Posner, (2008), la capacidad de autorregulación podría explicarse desde el funcionamiento de complejas redes neuronales descubiertas gracias a las modernas técnicas de neuroimagen y se referiría a la temprana habilidad que desarrollan los niños para regular sus emociones y persistir en la consecución de un objetivo manteniendo aisladas las posibles distracciones. Posner incluye esta habilidad dentro de un “Sistema de Atención” que englobaría a tres funciones diferenciadas identificadas cada una de ellas con una red neuronal específica, siendo estas: la función de alerta que nos mantiene expectantes ante un posible acontecimiento, la función de orientación que focaliza nuestros sentidos hacia una información concreta que nos interesa, y por último la atención ejecutiva que comprende  redes más complejas como la respuesta emocional y la información sensorial alojadas en los lóbulos frontales y el gyrus cingulado cerebral. Posner concreta este desarrollo de la atención ejecutiva en torno a los 3-4 años de edad, cuando los padres pueden identificar la habilidad de sus hijos para regular sus emociones y controlar su conducta en consonancia con las demandas y expectativas sociales.


Es decir, el control voluntario de la acción o el llamado “control de esfuerzo” sería un factor temperamental de orden superior consistente en el desarrollo de habilidades como la atención, el desplazamiento de foco y el control inhibitorio, que estarían relacionadas con la atención ejecutiva y se corresponderían con la activación de las mismas áreas cerebrales implicadas en la autorregulación; que actualmente han encontrado su sustrato neuroanatómico en las llamadas neuronas de Von Economo, alojadas en la parte anterior de la región cingulada y la amígdala de los cerebros exclusivamente humanos y  de primates superiores, y que serían las encargadas de conectar ambas regiones cerebrales mediante largos axones que recorren la sustancia blanca. Los autores citan los recientes estudios de neurociencia donde se han podido relacionar la activación de la corteza prefrontal inferior derecha con la puesta en marcha de tareas de control reactivo (automático) (Aron y Poldrack, 2005) así como la activación de la corteza prefrontal dorsolateral izquierda, giro cingulado anterior y lóbulo parietal inferior en el caso del control elaborado o voluntario (Posner y Rothbart, 2007), aclarando que existen vías neuronales distintas implicadas en  ambos procesos de control que determinarían roles diferentes en la facilitación de la autorregulación.


Objetivos del estudio


Volviendo al trabajo que nos ocupa, Graziano plantea la problemática existente en torno a la orientación de los estudios llevados a cabo en el marco de la autorregulación ya que no discriminan entre naturalezas distintas de control, y se centran básicamente en el análisis de factores generales implicados en la autorregulación y competencias del desarrollo como son: la comprensión moral, la competencia social, el temperamento y la timidez, los patrones de interacción entre padres e hijos, y la internalización y externalización de los síntomas. Además señala que se han diseñado muy pocos estudios que analicen de forma simultánea el control reactivo (automático) con los procesos de control voluntario, ya que los pocos estudios existentes se orientan desde la patología de los trastornos por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y /o problemas de conducta, siendo diseñados para predecir la competencia social y los problemas de internalización / externalización de los síntomas (Eisenberg et al, 2004, 2009) y que pocos estudios se han centrado en los factores que contribuyen a comprender las diferencias individuales halladas en niños en relación con los procesos de control reactivo (automático) y voluntario. Una gran parte de la variabilidad encontrada en los procesos de control reactivo (automático) y voluntario en los niños tiene mucho que ver con el componente genético atribuido al trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) (Barkley, 1997) y a otros desórdenes genéticos como el Sd. X de cromosoma frágil (Loesch et al, 2003). Así mismo, aunque hay evidencias que sostienen que las diferencias de presentación en el control voluntario podrían obedecer a una tendencia heredable sobre aspectos del temperamento que se mostraría más o menos estable desde la infancia hasta la niñez (Eisenberg et al, 2004), se ha constatado que tanto los procesos de control reflejo como el elaborado cambian durante el desarrollo del niño, siendo influidos por factores individuales como el sexo, el lenguaje y otros factores de socialización como son el estilo de crianza de los hijos por parte de los cuidadores principales y el comportamiento materno en particular.


Sin embargo hasta la fecha no se había podido determinar el peso específico que cada factor individual o social podía ejercer en cada proceso de control por separado, motivo por el cual Graciano y col. diseñaron el presente estudio para examinar si el diferente estilo de conducta materna arrojaba luz sobre las diferencias individuales halladas en los niños a la hora de poner en práctica habilidades de autorregulación.


Los autores exponen los últimos trabajos de investigación realizados por Calkins y Hill, (2007), que sugieren que la conducta del cuidador principal puede afectar al desarrollo en el niño de habilidades de autorregulación tanto a nivel biológico como conductual, ya que observaron que durante la niñez temprana el niño constantemente se medía frente al control paterno, se resistía y ponía a prueba sus límites. Por lo tanto, si el cuidador podía interpretar adecuadamente las demandas de los niños pequeños y devolver una respuesta sensible que amortiguara en el infante la emocionalidad negativa (angustia, ira, tristeza, miedo), entonces estaría fomentando una interacción positiva de seguridad y se vería capacitado para poder integrar todas esas experiencias en forma de un nuevo repertorio de habilidades de autorregulación. Entre las conductas maternas que se cree favorecen la autorregulación, citan el uso de un lenguaje apropiado, la capacidad de respuesta, la sensibilidad y una correcta toma de control sobre el niño, y apuntan a que trasgresiones en los cuidados parentales como son el sobrecontrol materno, el comportamiento intrusivo y la demanda excesiva, podrían interferir en el correcto proceso evolutivo del mismo, mermando habilidades, aptitudes y capacidades necesarias  para desenvolverse en el futuro (Cassidy, 1994). Sin embargo los autores siguen echando en falta estudios que planteen de forma concreta la posible relación entre la conducta materna y los procesos de control reflejo y elaborado de forma diferenciada.


Citan sólo dos trabajos llevados a cabo por Olson y col, 2002 y Eisenberg y col, 2005 que relacionan el comportamiento paterno con  el desarrollo en el niño del proceso de control voluntario, sin poder establecer un vínculo con el proceso de control reactivo (automático), sugiriendo que el control reactivo (automático) debe tener una base más sólida de naturaleza biológica, que le confiere una manera de actuar de forma automática, involuntaria o refleja, mientras que el control voluntario, literalmente traducido como “control con esfuerzo” (Effortful Control), tendría un carácter más elaborado y sería más susceptible a los factores de socialización ( Eisenberg y Morris, 2002). Además Graziano llama la atención sobre el trabajo de Olson, donde se relacionaba un estilo de maternidad poco intrusiva, con bajos niveles de restricción y alta estimulación cognitiva, con el posterior desarrollo de una mayor habilidad para el control voluntario, ya que a su entender estaba sesgado al no examinar en profundidad la trayectoria temporal del desarrollo del niño.


El segundo punto de análisis se centró en hallar una relación entre las habilidades tempranas de regulación emocional del niño y el desarrollo de los procesos de control reactivo (automático) y voluntario. Como ya he referido previamente, la regulación de la emoción representa un constructo que engloba dos dimensiones diferenciadas de actuación sobre las expresiones emocionales: una dimensión reactiva y otra reguladora (Fox y Calkins, 2003). La dimensión reactiva se identifica con la reactividad emocional, es decir, el conjunto de características tales como el umbral de activación, la intensidad y la duración que define la excitación afectiva, mientras que la regulación emocional se refiere a los comportamientos, habilidades y estrategias que modulan la excitación afectiva en aras de una finalidad adaptativa. Aunque ambas dimensiones se consideran aspectos del temperamento, la reactividad emocional presenta una naturaleza más estable en el tiempo que la regulación emocional, ya que ésta última es más permeable a los sistemas de control y factores de socialización. Cabe esperar entonces que cuando un niño experimente por primera vez el éxito de control y modulación de sus emociones ante una situación estresante, consiga así reducir su reactividad emocional y por lo tanto una dimensión característica del control reactivo (automático) como es la impulsividad conductual.


 Múltiples estudios han hallado una clara relación entre una deficiente regulación emocional y la existencia de problemas de adaptación social y conductual que podrían conducir más tarde a la psicopatología. En este sentido se ha constatado que a una temprana edad, la reactividad emocional exagerada podría ser un factor facilitador de la puesta en marcha de un tipo disfuncional de control reactivo (automático), manifestándose de dos formas posibles: o bien como “supercontrol reactivo (automático)” o inhibición conductual (visible en niños que ante experiencias nuevas o situaciones estresantes reaccionan sin explorar el medio, desplegando comportamientos inhibidos), o como “undercontrol reactivo (automático)” o impulsividad conductual (evidente en la patología por TDAH). Por otro lado, el control voluntario sería decisivo a la hora de facilitar todos los esfuerzos de regulación emocional necesarios posteriormente durante el desarrollo del niño, dada la fuerte asociación hallada entre el control voluntario y la regulación de la emoción (Fox y Calkins, 2003). Sin embargo, hasta la fecha no se había podido relacionar una correcta autorregulación emocional durante la infancia temprana (cuando la regulación emocional implica estrategias básicas del comportamiento como son la autoestimulación, el autoconsuelo, y la búsqueda de ayuda), con un mayor control voluntario en la infancia tardía (caracterizado por la puesta en marcha de estrategias más elaboradas de naturaleza cognitiva moduladas por los factores de socialización).


Método


En este amplio estudio longitudinal se incluyeron 447 participantes reclutados desde los dos años de edad a través de varios centros de jardín de infancia de una misma comunidad caracterizados por presentar una amplia gama de conductas disruptivas y seleccionados mediante el la utilización de subescalas de externalización de conductas como la Child Behavior Checklist (CBCL 2-3; Achenbach, 1992); no hallándose diferencias demográficas significativas entre la muestra del estudio y la de origen, ni sesgo por razones de sexo, raza, o situación socioeconómica de los padres, aunque los autores nos advierten que se sobre-muestreó el número de niños con problemas de externalización de conducta.


Procedimiento


Para la realización de este estudio se llevaron a cabo varias sesiones de evaluación que transcurrían en tres cortes de edad distintos, a los 2, 4,5 y 5,5 años, teniendo como finalidad analizar el código de regulación emocional del niño mediante la evaluación LAB-TAB (Goldsmith y Rothbart, 1993) y el estilo de interacción entre la madre y su hijo.


Medidas


Las medidas desarrolladas se centraron en el comportamiento materno, la regulación global de las emociones por parte del niño, el control de la reactividad emocional y por último el control voluntario. Para analizar el comportamiento materno se llevaron a cabo seis intervenciones a los dos años de edad donde se recopilaron datos sobre la calidez del trato de la madre con su hijo, la sensibilidad mostrada ante sus demandas y el estilo de influencia sobre el niño, es decir, detectar conductas intrusivas y sobre-controladoras caracterizadas por crear un ambiente estructurado donde se modifica el comportamiento del niño a través de estímulos desagradables o por medio de castigos, sin perseguir un objetivo concreto lógico por parte de la madre.


Para medir la regulación de las emociones se utilizó un código de “regulación global” que registraba la frecuencia y eficacia de diversas estrategias tales como la auto-estimulación, el auto-consuelo, y la búsqueda de ayuda, que fue considerado por los autores como el índice más adecuado para medir el nivel de desarrollo de habilidades de control emocional en los niños de dos años expuestos a una situación estresante.


Para valorar el control reactivo (automático) de los niños, a las edades de 2, 4,5 y 5,5 años los padres cumplimentaron la escala de valoración en sus hijos para el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) de Du Paul y colaboradores, 1998), donde se analizaban tres criterios de conducta impulsiva: “mostrar dificultad para esperar el turno de pregunta”, “responder de forma inconexa” e “inmiscuirse y entrometerse en las entrevistas ajenas”.


Por último, el control voluntario se midió a la edad de 5,5 años a través de un “Stroop Task” que consistía en una serie de ejercicios donde se registraba la rapidez de respuesta del niño al mostrarle fotos con imágenes de animales que incluían a su vez otras figuras en su interior, teniendo que detectar con rapidez aquellas fotos donde la imagen contenida no correspondía con la imagen continente. Para los autores la velocidad de respuesta equivaldría a una forma de medida de la inhibición cognitiva del niño.


Hipótesis iniciales


A partir de los datos arrojados por el análisis preliminar, Graziano y colaboradores esperaban confirmar su hipótesis sobre tres puntos: 1. Que existía un crecimiento progresivo a lo largo del tiempo para el caso del control reactivo (automático). 2. Que los niños que mostraban mejores habilidades de regulación emocional a la edad de dos años poseían también un mayor control reactivo (automático), es decir, menor comportamiento impulsivo, y 3. En cuanto a la medida del control voluntario realizada a la edad de 5,5 años, los autores esperaban correlacionar el grupo de niños con mayores puntuaciones obtenidas en control voluntario con aquellos que habían puntuado más alto en la capacidad de regulación emocional a la edad de dos años, así como con aquellos que habían experimentado un estilo de conducta materna positiva, en comparación con los niños del grupo control caracterizados por un bajo nivel de control voluntario.


Resultados


Los índices estadísticos de asociación mostraron que las madres con un estilo de interacción cálido y mayor capacidad de respuesta eran menos propensas a interactuar con sus hijos de forma intrusiva. Además el nivel de educación materna se relacionó positivamente con la capacidad de respuesta derivada de la maternidad, es decir, las madres con mayores niveles de formación eran más propensas a interactuar con sus hijos de manera cálida y sensible en contraposición a las madres con menores niveles de educación que mostraron una tendencia hacia un estilo de relación con sus hijos intrusivo y sobre-controlador. 


Por otro lado, la capacidad de regulación emocional del niño se asoció negativamente con el exceso de control derivado de un maternaje intrusivo, es decir, que los niños con mejores habilidades de regulación emocional eran menos propensos a tener madres que interactuaban con ellos de forma intrusiva en comparación con los niños que mostraban débiles habilidades de regulación emocional.


El estudio estadístico de las variables implicadas en predecir el control reactivo (automático) arrojó las siguientes conclusiones:


1. Los niveles iniciales de control reactivo (automático) en torno a los dos años de edad eran similares para todos los niños independientemente de variables demográficas como el sexo, la raza, el nivel socioeconómico o el grado de formación materna.


 2. Se constató de forma generalizada una tendencia progresiva en la adquisición de habilidades de control reactivo (automático) entre los niños de 2  a  5,5 años.


 3. Se evidenció una variabilidad individual en la capacitación de dichas habilidades de control reactivo (automático).


 4. Se comprobó que los niños a la edad de 2 años dotados con mayores habilidades  de regulación emocional mostraban a su vez los niveles más altos de control reactivo (automático), es decir, los niveles más bajos de impulsividad conductual.


 5.  El efecto del comportamiento materno sobre el control reactivo (automático) del niño no pudo explicarse exclusivamente a través de la variable de regulación emocional, sin embargo si se constató una asociación estadísticamente significativa entre el estilo de comportamiento materno intrusivo y sobre-controlador con un nivel inferior de control reactivo (automático) en el niño, es decir, con un nivel mayor de impulsividad conductual, que además seguía ejerciendo un efecto marginal sobre dicho control a través del tiempo.


El estudio estadístico de las variables implicadas en predecir el control voluntario observado a la edad de 5,5 años destacó lo siguiente:


1. Los niños caracterizados durante su temprana infancia por interactuar recíprocamente con un estilo de conducta materna cálida y sensible mostraban  los niveles más altos de valoración sobre el control de esfuerzo, ocurriendo todo lo contrario en el caso de conducta materna intrusiva y sobre-controladora.


 2. El grupo de niños destacados por poseer un nivel mayor de control de esfuerzo se correspondía con el grupo de progenitores con mejor nivel socioeconómico y mejor educación  materna.


 3. Por último, este estudio no  pudo evidenciar una asociación estadísticamente significativa entre el control voluntario y las tempranas habilidades de regulación emocional.


Conclusiones


Para Graziano y colaboradores el objetivo fundamental del estudio era examinar en qué forma, un factor de socialización como el comportamiento materno, y un factor temperamental/individual como la regulación temprana de la emoción en los niños, podrían predecir de forma diferenciada el desarrollo del proceso de control reactivo (automático) (principalmente la impulsividad conductual), y más tarde del control voluntario. Los autores destacan que si bien estudios previos ya habían documentado el incremento en varias habilidades de autorregulación que tenía lugar durante la infancia, este trabajo representa el primero en examinar longitudinalmente en el tiempo un proceso concreto de control reactivo (automático) como es la impulsividad conductual, hallando un incremento progresivo en el control reactivo (automático) durante el paso de la primera infancia a la niñez, así como una reducción de las conductas impulsivas, siendo esto compatible con otros trabajos que sugieren que el niño entre los 3 y 5 años de edad desarrolla habilidades ejecutivas y de autorregulación cruciales para el control de la impulsividad (Stalhl y Pry, 2005; Zelazo, 2006).


En cuanto a la influencia que otras variables pudieran tener sobre la impulsividad, investigaciones previas realizadas por Eisenberg (2005) habían puesto de manifiesto que los niños varones exponían unos niveles mayores de impulsividad conductual, es decir, peor control reactivo (automático) en comparación con las niñas. Sin embargo Graziano y col. apuntan a que estas diferencias se debían a que fueron valoradas durante el período de escolarización, precisamente en el momento del desarrollo cuando los déficits de autorregulación se hacen más evidentes en el niño, debido a que por primera vez éste se encuentra solo ante el reto de poner en práctica todas sus habilidades de autorregulación y de relación interpersonal para adaptarse a las nuevas demandas de estudio y socialización.


Por otro lado, los autores esperaban encontrar que las tempranas habilidades de control emocional a la edad de dos años permitirían predecir un mayor control reactivo (automático) durante el desarrollo, es decir, menor impulsividad conductual, así como la adquisición de mejores capacidades de control de esfuerzo a la edad de 5,5 años. Esta hipótesis se cumplió en el corte de edad de dos años, donde los niños que poseían mejores habilidades de autorregulación emocional fueron a su vez los que mostraron mejores resultados de control reactivo (automático) o menores niveles de impulsividad conductual, tal y como ya habían expuesto otros trabajos previos que sugerían la existencia de un fuerte vínculo entre la regulación emocional, la reactividad emocional y el proceso de control reactivo (automático) (Eisenberg y Morris, 2002; Fox y Calkins, 2003). Sin embargo Graziano y col. observaron en su estudio que con el paso del tiempo existía un incremento generalizado y progresivo en la muestra infantil seleccionada para la adquisición del control reactivo (automático) hallándose además diferencias individuales para regular la angustia. Es decir, “la modulación acertada de la angustia permitiría a los infantes construir un repertorio conductual y fisiológico personalizado de habilidades autorreguladoras” (Calkins, 2007) que les ayudaría a ajustar mejor sus comportamientos motores y verbales mostrándose así menos impulsivos.


Un dato a resaltar fue que a los autores les sorprendió la falta de asociación hallada entre las habilidades tempranas de regulación de la emoción y el desarrollo de un control voluntario posterior, ya que su relación había sido ampliamente documentada con anterioridad en la literatura. Sin embargo, entienden que un éxito puntual de regulación emocional observable durante  la primera infancia, caracterizado por el uso de estrategias básicas conductuales como son el auto-estímulo y auto-consuelo, no implica necesariamente la puesta en marcha de estrategias de autorregulación cognoscitivas más avanzadas en la niñez posterior; si bien ponen de manifiesto, que aquellos niños con mejores habilidades tempranas de regulación emocional tendían a manifestar mejores comportamientos que a su vez promovían mayores respuestas de apoyo por parte de sus cuidadores, facilitando el desarrollo de procesos de autorregulación más complejos, como es el caso del control voluntario, es decir, existiría una retroalimentación entre el temperamento del niño y el comportamiento paterno como apuntan actuales investigaciones (Calkins, 2007; C.J.Kiff y col, 2011; Tracy L. Spinrad y col. 2011).


Aunque en el caso del comportamiento materno los autores no pudieron probar ningún mecanismo por el cual se pudiera facilitar el desarrollo de habilidades de control reactivo (automático) y voluntario, sin embargo si constataron que el comportamiento materno caracterizado por altos niveles de sobre-control e intrusismo a la edad de dos años se relacionaba con un pobre desarrollo de control reactivo (automático) en los niños, sugiriendo que este tipo de comportamiento maternal elevaba en estos los niveles de tensión afectando a varios sistemas neurológicos asociados a la autorregulación. En este sentido podemos entender que un comportamiento materno respetuoso, sensible a los requerimientos del niño y afectivo genere un ambiente de seguridad que anime al infante a medirse ante nuevos retos y experiencias, favoreciendo la integración de las mismas y la puesta en acción de su emergente repertorio de habilidades autorreguladoras.


Se ha  comprobado además que la conducta materna puede afectar a los sistemas fisiológicos implicados en el desarrollo de capacidades cognoscitivas superiores; para explicarlo los autores ponen de ejemplo el trabajo realizado por Calkins y col. (2008) donde se encuentra asociación entre una relación materno-filial de alta calidad con un mejor funcionamiento fisiológico, concretamente con el bloqueo de la arritmia sinusal respiratoria (RSA), dando a entender que la regulación fisiológica se construye vinculada a la regulación emocional. Por lo que podemos plantearnos que una inadecuada regulación emocional originada en el seno de una relación materno filial intrusiva y sobre-controladora podrá tener consecuencias para el niño en forma de desajustes fisiológicos. En este sentido Bleichmar (2001) ya afirmó que “el estado biológico neurovegetativo existente en el momento de vivir cierto acontecimiento es el que le otorga valor, lo marca, y no solamente el significado que el episodio pudiera tener para el sujeto dentro de sus sistemas de significación”, es decir, la problemática de una deficiente autorregulación emocional no puede explicarse simplemente como meros fallos de simbolización.


Actualmente nos resulta incuestionable que las experiencias de apego tempranas determinen el grado de regulación interna de las emociones o afectos del individuo. Tal y como dice M. Marrone (2009, pág 383-384) : “ si la interacción empática entre la figura de apego y el niño sirve como regulador de los estados emocionales de este último, el niño asimilará internamente esa función reguladora y la hará suya”, actuando a su vez la regulación afectiva como regulador interno de los procesos cognitivos y conductuales, afirmando textualmente que “las emociones no reguladas actuarán como elementos no asimilados, como agentes de desintegración psico-biológica que habrán de romper la homeostasis del organismo y dar origen a algún tipo de patología, incluyendo enfermedades psicosomáticas”.


En este sentido ya Lyons-Ruth (2004) nos había expuesto los impactos que en el niño generaba una conducta maternal inadecuada, a través de lo que la autora denominó “errores de comunicación afectiva”, que según ella, favorecerían la puesta en marcha de  un sistema motivacional de apego desorganizado que daría lugar a devastadoras consecuencias sobre el sistema de autorregulación del niño, al hallar éste en su progenitor tanto la fuente de temor como de consuelo.


Llegados a este punto, ¿Cómo se puede explicar desde una visión psicoanalítica, que un factor de socialización como la conducta materna, pueda a edades tan tempranas y de forma inconsciente, tener estas consecuencias sobre el sistema de autorregulación emocional del niño? Sólo mencionaré aquí dos planteamientos que me parecen de capital importancia. Stark en 1997 expuso que todas las experiencias internas que emergen de la relación más temprana diádica materno-filial van configurando un “conocimiento implícito relacional” o “memoria procedimental” de carácter inconsciente, despojado de códigos semánticos o simbólicos, que vendría a ser un “cómo hacer las cosas” y que se manifestaría a lo largo del desarrollo del individuo mediante patrones de acción, de comportamiento, de reacción emocional, de relación con los demás, etc. (Tyson, Phyllis, 2005).  A su vez, otra autora, W.Bucci (2002), nos explicó la existencia de unos “esquemas emocionales” que podrían definirse como “un tipo de esquemas de memoria que se desarrollarían a partir de la interacción con otros, en particular los cuidadores, desde el comienzo de la vida del individuo, y que darían cuenta del conocimiento de uno mismo en relación con los demás” constituyéndose en torno a un “núcleo afectivo” que estaría compuesto por representaciones de las tempranas experiencias emocionales a un nivel sub-simbólico sensorial, somático y motor. Ambos conceptos nos ayudarían a entender cómo en el caso de experiencias traumáticas tempranas provocadas por una conducta materna inapropiada, éstas podrían dañar su correcto desarrollo,  llegando incluso a ocasionar un impacto neurofisiológico en el organismo del infante, mediante la activación de respuestas hormonales regidas por el eje hipotalámico-hipofisiario-suprarrenal, que se mantendrían latentes durante toda la vida del individuo.


M.Marrone (2009, pág 383), citando a Taylor y cols (1999), nos plantea que casi todos los trastornos de personalidad implican una desorganización de la regulación de los estímulos afectivos por el sistema nervioso central en respuesta a situaciones traumáticas de la infancia, y cita a las adicciones en general como una muestra de ellas, sugiriendo que las personas que sufren dichas patologías tienen importantes limitaciones para tolerar las emociones penosas y reflexionar sobre ellas. Así mismo, siguiendo esta línea explicativa, N. Eisenberg (2001), analiza la relación existente entre emocionalidad negativa, es decir, la tristeza, la ansiedad, el miedo y la ira, con los trastornos de internalización de conducta caracterizados por aislamiento social, típicos de los trastornos depresivos, poniendo de nuevo en evidencia el vínculo entre las emociones y el sistema de autorregulación, en particular, con la implicación del proceso de control voluntario.


Graziano y colaboradores concluyen enfatizando la necesidad de desarrollar líneas futuras de investigación que analicen el alcance que los factores de socialización ejercen sobre los procesos de autorregulación emocional,  para conocer su grado de implicación en el desarrollo de alteraciones conductuales y posibles trastornos de personalidad. Así mismo, me parece interesante  el mensaje que se desprende del estudio, sobre la necesidad de iniciar una intervención temprana en los casos de niños con trastornos del sistema de autorregulación, como forma preventiva de evitar una futura psicopatología, a la vez que considero necesario, que como psicoterapeutas, estemos alerta a todas las diversas maneras de manifestación inconsciente, que el sufrimiento del psiquismo infantil utiliza para expresarse a través de una emocionalidad negativa, cambios fisiológicos y del comportamiento en particular, como es el caso de la impulsividad conductual.


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