Estrategias de apego infantil desorganizado y perfiles de paternaje indefensos-temerosos. Integrando el apego con la intervención clínica [Lyons-Ruth, K. y Spielman, E.]

Publicado en la revista nº044

Autor: Fernández Cosme, Rocío

Reseña: "Disorganized infant attachment strategies and helpless-fearful profiles of parenting: Integrating attachment research with clinical intervention". Lyons-Ruth, K., Spielman, E. Infant Ment Health J. 2004; 25(4): 318–335

La regulación del miedo es considerada desde la perspectiva de Bolwby como uno de los pilares de la teoría de apego: la importancia de la visión intrapsíquica tradicional (en referencia a los impulsos libidinales y agresivos como centro de los sistemas motivacionales) perdió fuerza para las investigaciones en lo que a materia de apego se refiere. El artículo de Lyons-Ruth que constituye el punto central de esta reseña concibe la relación de apego como marcada por el conflicto y la defensa en la relación entre dos personas: un infante tiene que aprender a desarrollar defensas adaptativas ante un adulto que no es capaz de proporcionarle la calma que en algunos momentos necesita. El vínculo de apego es, pues, concebido como un campo en el que las defensas se construyen en la intersubjetividad, es decir, que involucra la relación entre dos).

Teniendo las nociones anteriores como punto de partida, pasemos a examinar con un mayor grado de especificidad los matices de la desorganización infantil:

De los tres tipos de apego inseguro que existen, para los entendidos en materia de apego, el que representa mayores probabilidades de ocasionar problemas futuros es precisamente el desorganizado. Los indicadores más evidentes de este tipo de relación infante-padre/madre/cuidador por parte del niño son los siguientes:  

 

1.     Demostraciones sucesivas de patrones contradictorios de conducta, tales como fuertes comportamientos de apego seguidos de conductas evitativas, paralizantes aturdidas o confusas.


2.     Expresiones y movimientos sin dirección clara, erróneamente focalizados,  incompletos e interrumpidos, por ejemplo, manifestaciones prolongadas de malestar acompañadas de movimientos tendentes a lograr una separación de la madre en lugar de una búsqueda de proximidad.


3.     Indicadores directos de aprehensión en torno al progenitor, tales como hombros encorvados y expresiones faciales que indican temor.


4.     Indicadores o indicios directos de desorganización y desorientación tales como, merodear desorientadamente, expresiones de confusión, perplejidad o aturdimiento, o cambios rápidos en relación a los afectos.



                                                           Extracto de la TABLA 1 del artículo “Estrategias de apego infantil desorganizado

                                              y perfiles de paternaje indefensos-temerosos. Integrando el apego con la intervención clínica”.

El origen del tipo de apego “desorganizado” obedece a la suma de diversos factores. Lyons-Ruth y Spielman afirman que todos los factores parentales usados para predecir la desorganización infantil, tales como psicopatología de los progenitores o traumas y pérdidas no resueltas revelados en La Entrevista de Apego para Adultos (AAI; George, Kaplan y Main, 1984/1985/1996), sugieren que los aspectos de la interacción progenitor-infante contribuyen al desarrollo de desorganización infantil. De ahí la preocupación inmensa de Bolwby y de los demás teóricos del apego por la forma en que padres e hijos crean los lazos entre ellos, se relacionan y cómo responden los unos a los otros en cuanto a la emisión de conductas.

En adición a la información aportada por investigaciones anteriores en torno a los indicadores y causas de la desorganización infantil, el trabajo de Main y Hesse (1990) arrojó importantes conceptualizaciones sobre la postura parental y su incidencia en el apego desorganizado. Los autores en cuestión plantearon que una actitud temerosa o atemorizante por parte de los padres incidía decisivamente en las estrategias desorganizadas de apego infantil, ya que un miedo o temor irresuelto por parte de los progenitores era transmitido al infante a través del comportamiento parental, que o bien aparentaba estar cargado de temor o bien resultaba atemorizante para el niño. El padre o cuidador se convierte tanto en la figura suscitante de temor como en la que calma, colocando al niño en una situación totalmente contradictoria.

La actitud temerosa o atemorizante manifestada por los padres no es el único ingrediente presente en la construcción de un apego desorganizado. Bronfman, Parsons, & Lyons-Ruth enunciaron además, la trascendencia de la comunicación parental afectiva perturbada. Para codificarla, la clasificaron en cinco categorías: a) respuestas de retraimiento por parte de los padres; b) respuestas negativas-intrusivas; c) respuestas de roles confusos; d) respuestas desorientadas; y e) respuestas que denominaron errores comunicativos de afecto, por ejemplo: indicadores o pistas contradictorias. Invita al acercamiento de forma verbal, pero luego se distancia; no responde o emite respuestas inapropiadas o no concordantes. (Lyons-Ruth & Spielman, 2004). De las cinco categorías, esta última demostró estar particular e intensamente relacionada con la desorganización infantil.

Tras observar, catalogar, describir e investigar los aspectos más influyentes en la desorganización infantil, quedaron claros para los investigadores en materia de apego que los comportamientos temerosos o atemorizantes pertenecen a un rango de clasificación superior: el las comunicaciones afectivas perturbadas entre madre e infante.

Dentro del espectro de desorganización infantil, los expertos distinguen entre dos subtipos: desorganizados seguros y desorganizados inseguros. Lyons-Ruth y Spielman reformularon esta subdivisión bautizando los subtipos como  desorganizado que se aproxima y desorganizado que evita/resiste.

Los expertos, adentrados ya en el mundo de la desorganización infantil descubrieron la existencia de diferencias sustanciales en los comportamientos maternales dentro del grupo de infantes desorganizados, partiendo de los resultados de la evaluación de la conducta materna afectiva perturbada. Estas diferencias fueron posteriormente correlacionadas con los subtipos de comportamiento infantil desorganizado mencionados anteriormente.

Lyons-Ruth y Spielman han dejado claro que las madres de niños desorganizados presentan grados elevados de errores comunicacionales afectivos (primera categoría enunciada en el listado de Dimensiones de la Conducta Maternal Afectiva Perturbada[1]). No obstante, el hallazgo clave en este sentido fue el de la diferenciación clara de dos subgrupos dentro del grupo de las madres desorganizadas, atendiendo a la presencia de comportamientos afectivos perturbados específicos.

Las madres que presentaban predominantemente conductas negativas-intrusivas[2] y de confusión de rol fueron denominas “hostiles-autorreferenciales” en relación al apego.  Estas madres mostraban una mezcla contradictoria de comportamientos de rechazo (negativo-intrusivos) y comportamientos de búsqueda de la atención de sus niños (confusión de rol). En otras palabras, ignoraban a sus niños o no respondían a las claras señales que éstos emitían. El grupo de madres en cuestión planteaba iniciativas comportamentales propias, atribuía a los niños estados anímicos de poco sentido, y emitía comentarios auto-referenciales en proporciones elevadas: por ejemplo, “Hazlo por mamá”, “¿Estas contento de verme?”. Los hijos de estas madres exhibían a su vez un patrón confuso de comportamientos en el que mostraban malestar, angustia y búsqueda reiterada de la madre en combinación con retraimiento y rechazo hacia la misma, mientras se encontraban en su presencia.  Estos niños pertenecen, pues, al grupo indefenso-que evita/resiste.

En la otra cara de la moneda se encontraban madres que mostraban un grado elevado de conductas de retraimiento. Sus actitudes reflejaban indefensión, docilidad, inhibición y temor. Solían ceder ante la búsqueda de contacto del infante, pero fracasaban en tomar la iniciativa para acercarse al mismo o intentaban desviar su atención antes de ceder a la proximidad que buscaban los pequeños. Los hijos de las madres denominadas por los expertos como “indefensas/temerosas”[3] sí buscaban el contacto aunque manifestaban también conductas de desorganización al encontrarse en contacto directo con ellas. Estos niños pertenecían al grupo desorganizado-que se aproxima. Este tipo de madres o padres suele ser más difícil de identificar como patológico porque, al no ser abiertamente hostiles y permitir el contacto de los menores, disfrazan mejor el problema vincular. Estos niños suelen desarrollar un tipo de comportamiento controlador/cuidador en el período preescolar ante estas madres y vacilación a la hora de responder a un sistema de apego activado (es decir, al descomfort y la necesidad de regulación por parte del niño).

Estas dos posturas maternales, contradictorias en apariencia, son concebidas por las autoras y otros investigadores del tema en cuestión, como expresiones de comportamientos alternas de un solo modelo diádico interno subyacente, hostil-indefenso”. (Lyons-Ruth & Spielman, 2004)

El funcionamiento de los modelos internos hostiles-indefensos empezó a ser comprendido por Lyons-Ruth y sus colegas en función de las experiencias traumáticas en la infancia, sufridas por las madres de niños catalogados como desorganizados. Estas experiencias condicionaban la forma en que las madres interactuaban posteriormente, en la etapa adulta, con su propia prole. Las mujeres que sufrieron abuso y violencia física en la infancia tendían a manejar el miedo y la rabia subyacentes identificándose con un estilo de relación o vínculo agresivo, intrusivo e invasivo. Las mujeres víctimas de abuso sexual, sin embargo, solían adoptar una postura pasiva y retraída a la hora de vincularse con su prole. Las posturas indefensa/temerosa u hostil emergen pues, a raíz de una vivencia de desbalance en los patrones relacionales del progenitor en su infancia. El desbalance venía dado por la postura de una víctima y de un verdugo o agresor; en éste hay claramente una diferencia de poder enorme. En las palabras propias de las autoras del artículo sobre el cual se basa este resumen, las relaciones de apego infantiles de los progenitores están teñidas por posturas desequilibradas del tipo “controlador/controlado”.

Estos padres despliegan en su cotidianidad posturas tanto hostiles como indefensas, en momentos distintitos o en distintas situaciones o relaciones.  Por ejemplo, “un padre (o madre) que es muy sumiso hacia una autoridad en el área laboral, puede ser muy explosivo hacia su familia en el hogar” (Lyons-Ruth & Spielman, 2004). De la misma forma que están presentes en ellos errores comunicacionales afectivos, las contradicciones conductuales demuestran que estos padres ejercen una paternidad “contradictoria y desintegrada” (Lyons-Ruth & Spielman, 2004).

¿Qué implica el despliegue de un patrón hostil y/o indefenso-temeroso? Aquellos padres, madres o cuidadores primarios con los que el niño tenga un vínculo de apego, que muestran un patrón de interacción hostil “aparentan estar intentando dominar sentimientos intolerables de vulnerabilidad, negando sus propios sentimientos de miedo e indefensión e identificándose con un padre hostil o controlador” (Lyons-Ruth & Spielman, 2004). Para tener una óptica más clara de cómo se comportan estos padres visualicemos el hecho de que podían responder suprimiendo el malestar y el enojo de los niños y utilizando técnicas disciplinarias coercitivas (Lyons-Ruth & Spielman, 2004).

Asimismo, aquellas madres, padres o cuidadores primarios que despliegan un patrón indefenso temeroso tienen sus propias motivaciones intrínsecas para hacerlo. Por lo general estas personas han desarrollado la capacidad de estar tan alerta a las necesidades de los demás (por ejemplo, con sus padres en la infancia) que dejan totalmente de lado las suyas propias. Lyons-Ruth y Spielman afirman que “Su eterno enfoque en los otros puede basarse en una estrategia de afrontamiento en la que se disocian de su propia vida afectiva y se retraen de contactos emocionales cercanos con otros”. Es muy probable quelos niños que estén bajo el cuidado de estas madres intenten garantizar el contacto con ellas a través de conductas cuidadoras o punitivas-coercitivas.

El caso de Janie y Brad. Ilustración de un modelo interno indefenso-temeroso y sus incidencias en el establecimiento del apego

La dinámica que se establece entre una madre y/o padre y un niño inseguro puede llegar a ser agotadora. En un esfuerzo por sentirse regulado y confortado el niño se va tornando cada vez más demandante mientras los padres se sienten cada vez mas irritados, agotados e impotentes. 

Una madre que haya tenido problemas vinculares en su infancia, que se haya sentido violentada o abandonada, tendrá dificultades para cuidar a alguien que depende totalmente de ella, de sus respuestas y de su disponibilidad. Lyons-Ruth y Spielman afirman que las madres con historias vinculares problemáticas, tienen una dicotomía al actuar en función de las necesidades de sus bebés. Puede ser que la madre se perciba a sí misma como la figura parental enfadada o no disponible, o bien como el bebé vulnerable; puede que su bebé sea percibido por ella como controlador y, a su vez indefenso. A menudo, la madre se encuentra atrapada entre dos miedos opuestos: impondrá y afirmará límites, convirtiéndose así en el progenitor indiferente y dominante que posteriormente abandonará al hijo, o bien se retraerá y fracasará a la hora de poner límites y el niño se convertirá en la figura del pasado coercitiva y emocionalmente abusiva”.

El comportamiento que exhiben las madres que funcionan bajo modelos hostiles/autoreferenciales o indefensos/temerosos no responde adecuadamente a las demandas de apego de sus infantes e implica un abandono emocional del niño. No olvidemos que estas madres han sufrido en su infancia situaciones que han lesionado sus propios vínculos primarios. La idea de hacerle lo mismo a sus hijos, de poder perder su amor y de que se sientan ellos abandonados si reciben de sus madres respuestas con enfado o autoafirmación, las hace especialmente vulnerables tanto a ellas como al vínculo que co-construyen.

Para la madre que haya experimentado dicho abandono emocional en su propia infancia, el miedo a perder el amor de su propio hijo o bien a que experimente de forma similar el abandono si ella responde con más enfado o autoafirmación, representa una vulnerabilidad significativa

Echemos un vistazo al caso de Janie (35 años) y Brad (9 meses).

…Janie estaba absolutamente exhausta de cuidar a Brad que continuaba amamantándose cada dos o tres horas durante el día y despertándose varias veces en la noche. (Refirió en una entrevista por teléfono) […] Durante la primera visita al domicilio Janie, tras saludar al terapeuta, colocó a Brad en el suelo con juguetes y aunque estaba sentada a cierta distancia de él, le hablaba dulcemente acerca de su juego. Posteriormente describió los meses de maternidad como una dificultad en aumento para ella. Resumió su experiencia con la siguiente frase: “Lo adoro a pedacitos pero siento que tiene el control de todo lo que hago”. […] Describió que fue criada por una madre emocionalmente distante y por un padre en ocasiones amoroso, pero que a menudo se mostraba crítico y enojado. Profundizó sobre el compromiso (consigo misma) de ser, para Brad, una figura parental distinta a las que ella había experimentado, intentando cuidarlo, estando disponible y escudándolo del dolor y la rabia. En el transcurso de esta visita, Janie le ofreció el pecho varias veces a Brad cuando éste se encontraba agitado; la primera vez, accedió a amamantarse por un breve período de tiempo, pero en los períodos subsecuentes, su agitación aumentó. Al parecer, Janie no tenía otra manera de relacionarse con Brad, de comprender y aliviar su agitación. […] Janie estaba trabajando muy duro para ser una buena madre aunque manifestaba una ansiedad palpable y una sensación creciente de derrota y retraimiento. Estaba consumida por el esfuerzo de ser la madre que todo lo da, así como también por los afectos temerosos vinculados a memorias pasadas, desencadenados por la experiencia maternal. (Lyons-Ruth & Spielman, 2004).

Resulta evidente en este punto que Janie desplegaba un estilo de cuidados indefenso-temeroso, que las necesidades del pequeño primaban a las suyas siempre, fuera dormir, aliviar su dolor de espalda… A simple vista, resultaba clara la ansiedad con la que Janie se manejaba alrededor de su hijo. Necesitaba cubrir todas sus necesidades desesperadamente, y no repetir el patrón de las propias experiencias con sus padres, que a ella no le habían resultado gratas ni le habían brindado seguridad. Es comprensible el temor que subyace a no querer repetir patrones disfuncionales.

Con su lenguaje, Janie intentaba transmitir serenidad, usaba palabras aplacadoras para dirigirse a Brad cuando éste se encontraba descontento, irritado, sin embargo, su lenguaje corporal discrepaba, era tenso, y su tono de voz agitado.

Janie sentía que a medida que Brad iba creciendo reclamaba una postura materna más compleja y activa por su parte. Al ir comprobando que sus esfuerzos, por más activos que fueran, no lograban satisfacer todos sus requerimientos ni “mantenerlo feliz”, Janie iba construyendo una visión pobre de sí misma; en cuanto a su rol de madre se refería, se sentía “fracasada”.  A medida que el vínculo con el terapeuta se iba haciendo más íntimo, Janie podía hablar de una forma más abierta sobre sus sentimientos de indefensión.

El modelo interno relacional de Janie había quedado marcado por los roles que sus dos figuras parentales habían jugado para con ella en su infancia. Por un lado, tenía a un padre que era una fuente de temor (Janie relata una escena en la piscina en la que su padre la ahoga por un tiempo prolongado y luego se ríe) y una madre pasiva y poco disponible. Janie había desarrollado una dinámica en la que siempre intentaba consolar a Brad inmediatamente, no quería que Brad tuviese su misma experiencia, la de una madre poco accesible y hasta cierto punto despreocupada. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo Janie empezó a sentir que, con su llanto, Brad lo controlaba todo. Poseía poco sentido de autoridad, de dirección o de colaboración sostenida con su hijo (Lyons-Ruth & Spielman, 2004).

La experiencia vincular vivida por Janie podría resumirse de la siguiente forma:

…experimentaba cualquier cosa que involucrara el dejarlo quejarse como una repetición de su propia historia de sufrimiento y abandono. Sin ningún modelo interno balanceado y estructurante de atención y cuidados afectivos disponible para sí, ella no podía ofrecerle ayuda a Brad a través de iniciativas y respuestas más moduladas… no podía permitirse el estado emocional de enojo para con su hijo y a medida que se rehusaba a aceptar su propia agresión, sólo podía ser lo opuesto de la misma, sumisa para con su bebé sin importar el costo (Lyons-Ruth & Spielman, 2004).

Las dificultades vinculares de esta pareja se ponían de manifiesto también en la consolidación de la relación terapéutica. Al aferrarse a su visión rígida de lo que significaba ser una buena madre, visión polarizada en la que o satisfacía completamente a su bebé o era una mala madre, Janie se mostraba también en los inicios de las visitas terapéuticas cerrada a cualquier discusión de sus modelos de maternidad (por temor a la desaprobación del terapeuta) y seguía negando la posibilidad de integrar sus propias necesidades a la relación con Brad. Si no demostraba ser totalmente correcta, eficiente y buena, ¿la aceptaría este terapeuta?

Las pautas de intervención

El principal objetivo del trabajo con Janie y Brad era evitar que quedara instaurado un vínculo inseguro, con una modalidad parental indefensa/temerosa. Para ello, el primer paso era brindarle una relación segura a Janie a través de un vínculo terapéutico sólido en el que se sintiera aceptada. Las autoras del trabajo que reseñamos resumen la idea terapéutica vincular de la siguiente forma: Janie necesitaba sentir “que las diferencias y los afectos negativos no conducen al ataque o abandono psicológico”.

Janie necesitaba evitar a toda costa los afectos negativos en la relación con su hijo; asociaba la rabia al abuso y por sus experiencias pasadas repudiaba esos sentimientos y tenía que mantenerlos fuera de la relación con su bebé. De ahí que se sobreinvolucrase con su hijo, en un intento frustrado de no reproducir las sensaciones que ella había experimentado de pequeña, mostrando también una persmisividad excesiva o pasividad que Brad percibía e intentaba contrarrestar siendo más demandante. Reconciliar a Janie con los afectos negativos, con la posibilidad de experimentarlos sin que eso quisiera decir que fuese una mala madre, desempeñó un rol importante en el tratamiento. Las madres que suelen funcionar con la polaridad hostil/indefensa necesitan incorporar un repertorio de experiencias afectivas más amplio para evolucionar favorablemente.

Ayudar a Janie a diferenciar las necesidades de apego de otras comunicaciones de malestar (como por ejemplo, las que se producen por el aprendizaje de algo nuevo que cuesta un poco), constituyó también un punto importante. Lyons-Ruth & Speilman lo resumieron de la siguiente manera: Ayudarla a descifrar las necesidades básicas de apego de Brad en torno a la protección, el afecto y las respuestas predecibles y diferenciarlas, a su vez, de incomodidades menos importantes, era un objetivo importante del tratamiento. Por otra parte, Janie tuvo que aprender a acercarse a su hijo cuando éste no mostraba señales de malestar o inquietud para ofrecerle estructuración positiva, afecto y un clima de complicidad.

El último gran apartado de abordaje terapéutico consistió en que Janie aprendiera a validar y permitirse la satisfacción de sus propias necesidades. Lyons-Ruth & Spielman afirmaron lo siguiente en torno a este punto: “El miedo a repetir los comportamientos de ensimismamiento y dominancia de su padre y la falta de protección y el retraimiento de su madre, la mantenían incapacitada para identificar cualquier necesidad suya como legítima”. Puesto que en el pasado, sus necesidades habían sido anuladas o habían pasado inadvertidas para sus padres, Janie se conocía poco a sí misma, y tenían pocas habilidades para manejarse en cuanto a tensiones yo-otros. El trabajo terapéutico necesitaba ayudarla a desarrollar modelos de negociación más flexibles en los que se pudiera tomar en cuenta a sí misma.

La primera parte del trabajo clínico con Janie fue tentativa, ya que ante cualquier señalamiento por parte del terapeuta Janie podía pensar que se estaban juzgando sus decisiones y su rol de madre. Cuando hubo un vínculo terapéutico más sólido, el terapeuta señaló que el reto de la relación entre madre e hijo era el de encontrar una tercera vía, que no fuese crítica ni diera la sensación de abandono, ni indefensa ni hostil. Con un entendimiento mayor del pasado de Janie, ella y su terapeuta pudieron establecer vínculos entre sus experiencias de sumisión temerosa a su padre abusivo, la ausencia emocional y falta de protección de su madre y las presentes respuestas a su bebé, sostienen Lyons-Ruth y Speilman. El reconocimiento de emociones tales como: resentimiento ante el hecho de que Brad se despertara tanto en la noche, rabia por que necesitara tanto de ella, envidia por la sensación de que Brad estaba recibiendo un amor por parte ella que ella nunca había recibido…, en el contexto de una relación terapéutica en la que se sentía aceptada, le permitió sentirse menos asustada de sus sentimientos y encontrar el camino hacia una postura maternal más involucrada y activa, que fuera paralizada en menor medida por una postura temerosa e indefensa.

A medida que Janie crecía en cuanto a reconocer y aceptar distintos registros emocionales en ella misma, podía reconocer y aceptar una mayor gama de registros emocionales en Brad, dejando de lado el miedo a perder su amor y su apego.

Conforme iban surgiendo incidentes que aclaraban más la dinámica existente entre madre e hijo (sobre todo a la luz de un incidente nocturno relacionado con el destete en el que Brad se puso muy tenso e irritado) Janie y su terapeuta concluyeron que ella era vulnerable a experimentar la expresión de negatividad de Brad –ira, apartarse, disgusto- en forma de rol invertido: en esos momentos, ella sentía que Brad era el padre enojado o la madre retraída y ella se convertía en el niño herido (Lyons-Ruth & Spielman, 2004). La tarea principal en torno a este punto consistió en un trabajo conjunto Janie-terapeuta en el que aprendieron a identificar la ocurrencia de ésta confusión, y fueron sucesivamente intentando dar sentido a los comportamientos de Brad. En el momento en el que Janie pudo verse a sí misma como madre, a Brad como su hijo y empezó a tener confianza en su relación, pudo entonces empezar a ser más asertiva y balancear los cuidados nutricios con la imposición de límites.

Los patrones de apego de tipo hostil-indefenso forman parte de un ciclo intergeneracional. Janie había experimentado sentimientos de desprotección, vulnerabilidad y abandono en su infancia. Se había propuesto ser una madre “buena”, disponible e involucrada con su propio hijo, sentimientos y sensaciones que, a su vez, a ella le habrían gustado experimentar en su infancia; sin embargo, sus propias experiencias pasadas seguían incidiendo en ella. Brad era muy demandante, y esto llevaba a Janie a un punto de saturación, pero no se podía permitir a sí misma responder de otra forma que no fuera cediendo ante las demandas de su hijo o retrayéndose impredeciblemente ante momentos en los que se sentía agotada (precisamente por ceder incesantemente). Janie no podía permitirse tomar en cuenta sus propios intereses o enojarse, porque identificaba estas actitudes con un rol parental malévolo. Había reprimido la ira y eso la ataba a una postura de vulnerabilidad en la que o cedía o se retraía.

Los niños con apego seguro experimentan a sus madres como bases seguras desde las cuales pueden explorar. La relación terapéutica fue precisamente eso para Janie: una base segura desde la cual se pudo explorar a sí misma. El trabajo terapéutico, que duró aproximadamente un año, se concentró en ampliar la gama de expresiones afectivas emocionales y dar espacio para que surgieran los afectos negativos en torno al rol de madre, validarlos, etc. Otra parte importante del trabajo consistió en motivar a Janie a tomar iniciativas de contacto para con Brad que fuesen parentales y estructurantes, sin sentirse por ello culpable.

A partir del trabajo terapéutico (sin dejar de lado los muchos retos que aún vendrían a formar parte del vínculo)  la relación Janie-Brad se fue apartando del modelo de funcionamiento “indefenso-temeroso”.

Anexos provenientes del artículo: Estrategias de apego infantil desorganizado y perfiles de paternaje indefensos-temerosos. Integrando el apego con la intervención clínica.

 

Tabla 2. Dimensiones de la comunicación maternal afectiva perturbada.

 

  1. Errores comunicacionales afectivos.


a)       Indicadores o pistas contradictorias.


                      p. ej: Invita al acercamiento de forma verbal, pero luego se distancia.


                      b)   No responde o emite respuestas inapropiadas o no concordantes.


p. ej: No ofrece consuelo o no conforta al infante perturbado; la madre sonríe mientras el infante está enojado o perturbado.




  1. Desorientación (incluyendo ítems de Main & Hesse, ,1992).


a)       Confundida o asustada por el infante.


p. ej. Exhibe expresiones de temor; voz débil y quebradiza o por otro lado, alta y tensa.


                      b)   Desorganizada o desorientada.


p. ej. Pérdida súbita de afecto que no guarda relación con el ambiente; estados que se asemejan al trance.




  1. Comportamiento negativo-intrusivo (incluyendo ítems atemorizantes, Main y Hesse, 1992).


a)       Comportamiento verbal negativo-intrusivo.


p. ej. Ridiculiza o provoca al infante.


b)    Comportamiento físico negativo-intrusivo.


p. ej. Tira del infante por las muñecas; dientes descubiertos; se asoma o acerca en exceso a la cara del infante; postura que asemeja ataque. 



  1. Confusión de rol. (Incluye ítems de Srouf, Jacobvitz, Mangelsdorf, DeAngelo & Ward, 1985; Main y Hesse, 1992).


a)       Reversión de rol.


p. ej. Propicia/incita el que sea el infante quien la reasegure.


b)   Sexualización.


p. ej. Susurra o le habla en tonos íntimos al infante.


c)   Estados de autoreferencia.


p. ej. “¿Me extrañaste? “Bien, no me quiere ver”.




  1. Retraimiento.


a)       Crea distancia física.


p. ej. Cuando coge al niño en brazos lo coloca lejos de su cuerpo y mantiene los brazos rígidos.


b)   Crea distancia verbal.


p. ej. No saluda al infante

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 Tabla 3. Perfil parental Indefenso/Temeroso.

  

  1. Responsividad retrasada o indicadores ignorados, seguidos usualmente de conformidad ante demandas continuas del infante. (p. ej. Saluda o abraza al infante sólo después de que este oferta persistentemente saludos o abrazos).

  2. Retraimiento/distanciamiento (p. ej. No saluda, interactúa desde la distancia, se mantiene en pie en la distancia, circula alrededor del infante, carga al niño con el frente hacia fuera).

  3. Responsividad breve y superficial (p. ej. Da un abrazo rápido y acto seguido se retira, trata al niño en calidad de “patata caliente”.

  4. Dirige al niño lejos de si y hacia los juguetes; utiliza los juguetes para calmar.

  5. Vacilación o tensión en momentos en que el apego es muy elevado, como son saludos o búsqueda de contacto por parte del niño. (p. ej. El padre/madre vacila, se “congela”, pasa de largo, retrocede, provoca al nino, o su voz se quiebra o tiembla, tartamudea).

  6. Poco contacto corporal entre la madre y el niño, a menos que este último lo demande.

  7. Rol parental desocupado.


(a)     Escaso sentido de autoridad.


(b)     Poca colaboración sostenida de la madre con respecto a la iniciativa del bebé.


(c)     Poca dirección/protección paternal.



  1. Puede parecer sutilmente temeroso, sumiso o conciliador con respecto al niño. (p. ej. Tono de voz atemorizado al saludar; vacilación y posterior conformidad ante los indicadores manifestados por el niño).

  2. Muestra abiertamente poco afecto negativo o intrusividad; no es atemorizante o amenazante.



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[1] Véase la TABLA 2 del artículo sobre el cual se basa este resumen. Estrategias de apego infantil desorganizado y perfiles de paternaje indefensos-temerosos. Integrando el apego con la intervención clínica.

[2] Véase la TABLA 2 del artículo base.

[3] Véase la TABLA 3 del artículo basa para una mayor especificidad del perfil de madre Indefensa/Temerosa.