La persona del analista y el papel de la intersubjetividad en el comienzo del tratamiento [Kirshner, L., 2012]

Publicado en la revista nº044

Autor: Poncini Cardona, Eva

Reseña: “The person of the analyst and role of intersubjectivity in beginning the treatment”. Lewis Kirshner. En Seulin, C. y Saragnano, G.: On Freud´s “On beginning the treatment”, pp. 77-87, London: Karnac, 2012.

Introducción

En el capítulo del libro “On Freud´s On Beginning the Treatment” objeto de la presente reseña, Lewis Kirschner nos introduce en el debate actual acerca de la influencia de la figura del analista como persona -como un otro con el que se establece un tipo de relación y no como mera pantalla de las proyecciones inconscientes del paciente- en el proceso terapéutico, más concretamente, en las vicisitudes propias del comienzo del proceso analítico, haciendo un recorrido a través del cambio conceptual que se ha venido produciendo desde la concepción clásica defendida por Freud. Posteriormente, extiende las consideraciones acerca de la persona del analista a una perspectiva más global, analizando el componente intersubjetivo de la relación que se instala en el inicio del tratamiento, y las consecuencias que de ello se desprenden de cara a tomar conciencia de algunos aspectos que podrían ser cruciales para que dicha relación pueda ser construida y se puedan sentar las bases para un desarrollo óptimo del proceso analítico.

La figura del analista como “persona real”

Históricamente, incluso desde la perspectiva clásica defendida por Freud, ha sido posible entrever una cierta conciencia de la influencia que la individualidad del analista, el terapeuta como persona real, podía ejercer sobre la situación analítica. Así lo demuestran, según nos explica Kirshner, los tempranos esfuerzos de Freud por preservar la objetividad analítica a través de la defensa del ideal de un analista “objeto de la transferencia, objetivo y mínimamente autorrevelador” (pág. 78) y del hincapié en la necesidad de que el terapeuta se haya sometido a su vez a un proceso de análisis, con el objetivo de eliminar al máximo las limitaciones derivadas de la existencia de “puntos ciegos” en el analista, y garantizar así una “recepción del material analítico lo más libre de prejuicios posible” (pág. 78).

No obstante, a pesar de la defensa de este ideal clásico que persigue la intención positiva de dotar al quehacer psicoanalítico de una garantía científica, Freud deja entrever en sus escritos, tal como lo muestra Kirshner, la existencia de otras limitaciones que podían surgir aun cumpliéndose las condiciones establecidas para acercarse al ideal de objetividad. La fuente de estas limitaciones tenía que ver no sólo con la individualidad del analista como acabamos de comentar, sino también del propio compromiso del mismo con un modelo teórico y metodológico frente a otros, elección que evidentemente ejerce ya de entrada un impacto sobre su trabajo y establece un “filtro” a través del cual se analiza al paciente y se concibe el proceso terapéutico.

En estrecha relación con este asunto, Eizirik (2002) recopila extractos del comportamiento de Freud en algunas sesiones de análisis con distintos pacientes, algunos de ellos terapeutas a su vez, en las que se adivina a un analista que, a pesar de intentar alcanzar el ideal de objetividad heredado de la investigación médica, no podía evitar la participación de su individualidad. Llevando aún más lejos dicha idea, hasta el ideal de Freud sobre el que se fundó la técnica del psicoanálisis clásico se puede considerar en sí mismo un producto de su individualidad: su modo de concebir la situación analítica y de ver al paciente está marcado por la aplicación a dicho objeto de estudio de una cosmovisión determinada, la de la ciencia natural, herencia de la formación de Freud como médico y científico.

Así pues, parece que ya en estos primeros momentos podemos encontrar, aunque no se formulase de forma muy clara, un punto de conexión y cuestionamiento común entre el psicoanálisis clásico y los posteriores desarrollos intersubjetivos de los que habla más adelante Kirshner, que sí plantean explícitamente como tema central la reflexión acerca de la posición desde la que el analista capta al paciente: el terapeuta deja aquí de ser un observador preocupado por guardar una distancia que le permita ser “objetivo” para convertirse en un otro real con su propia subjetividad, una subjetividad que influye en su percepción del paciente y en lo que piensa, siente y hace en el marco de la situación analítica. Esta posición subjetiva es considerada como algo dinámico, con un carácter contextual y relacional, idea que entronca con las percepciones de Anna Freud recogidas por el propio Kirshner en su escrito y que ponían de manifiesto el hecho de que los analistas se comportaban de forma diferente con distintos pacientes (a lo que llamó relación real, diferenciándola así de la contratransferencia).

Uno de los primeros intentos sistemáticos por delimitar el lugar del analista como persona real en la situación analítica fue desarrollado por Greenson y Wexler. Kirshner se detiene analizando su contribución, situándola como un punto de inflexión clave para el surgimiento del debate generado a posteriori. Según explica el autor, Greenson y Wexler caracterizaron la situación analítica como una combinación de tres elementos: la transferencia, la alianza de trabajo y la relación real. La alianza de trabajo es definida como “la relación no neurótica, razonable y racional que el paciente establece con el analista y que le capacita para trabajar productivamente en la relación analítica a pesar de la fuerza de los elementos transferenciales” (pág.79). La relación real, por otra parte, aparece aquí asociada a “la correcta percepción por parte del paciente de las características de la personalidad del analista” y a la idea de Menaker (1942) que caracteriza la relación real como “una relación humana directa entre paciente y analista… independiente de la transferencia” (pág.79), guardando cierta proximidad con las observaciones de Anna Freud anteriormente comentadas.

La introducción de los conceptos de alianza y relación real como elementos al margen de la transferencia propiamente dicha suscitaron no pocas polémicas, puesto que suponen asumir que en la situación analítica entran en juego influencias que están también presentes en las relaciones de la vida real en general y en otras escuelas de psicoterapia, tales como el proveer apoyo y ayuda, el uso de la sugestión o el compartir experiencias personales; desdibujándose así las fronteras entre el psicoanálisis y otros métodos “no científicos” o las relaciones ordinarias de la vida cotidiana.

Según expone Kirshner, el miedo a la pérdida de la especificidad del psicoanálisis como teoría y método y la intención de preservar una visión médico-científica de la psicopatología y la técnica están en la base de las críticas y las controversias respecto a los desarrollos que toman como punto de partida la introducción de la subjetividad del analista y que posteriormente tienen en cuenta los aportes de las teorías intersubjetivas. Para el autor, las discusiones acerca de los intentos por delimitar qué elementos son reales, objetivos y racionales en la situación analítica, cuáles forman parte de la transferencia, la neurosis transferencial o las fantasías inconscientes y cuánto hay de cada uno en el proceso analítico son consideradas una actividad más bien estéril. En este sentido, Kirshner defiende la aceptación de que en la relación analítica puedan darse elementos comunes a otras relaciones personales junto a los elementos transferenciales y contratransferenciales que le son propios, y que “cada caso representará una amalgama única de todos esos elementos”, proponiendo una definición “contemporánea” de la transferencia enunciada por Baranger y Baranger (2008) como “la mezcla única de afectos y expectativas que emergen en el campo de la interacción psicoanalítica” (pág. 81).

Kirshner admite en este punto que a pesar de las agudas observaciones de muchos clínicos experimentados, la investigación empírica acerca de estas cuestiones es aún muy escasa. No obstante, dentro de dicha escasez son relativamente frecuentes los estudios acerca de la variable alianza terapéutica. Las investigaciones realizadas hasta la fecha parecen coincidir, según la revisión de Martin, Garske y Davis (2000), en la existencia de tres elementos clave en relación a dicha variable: “la naturaleza colaborativa de la relación, el vínculo afectivo entre paciente y terapeuta y la habilidad de paciente y terapeuta para acordar objetivos y tareas” (pág. 82) a realizar en el marco del proceso terapéutico (sea éste de carácter analítico o no).

Para Kirshner, dichos elementos parecen, en cualquier caso, muy ligados a las vicisitudes de la transferencia y la contratransferencia y por tanto formarían igualmente parte del proceso analítico. Desde el punto de vista del autor, no se trataría tanto de delimitar las fronteras entre unos elementos y otros como de fomentar la conciencia de su existencia y de cómo contribuir a crear a partir de ellos la mezcla más adecuada para el establecimiento de un comienzo óptimo del proceso analítico. Observemos que en los estudios citados más arriba en relación a la variable alianza terapéutica, los tres elementos considerados incluyen necesariamente una dimensión interpersonal, bidireccional, es decir, la participación conjunta de paciente y terapeuta en cada uno de ellos (la colaboración, el vínculo afectivo y la definición de metas y tareas), lo que parece ir en la dirección de la consideración de la relación terapéutica como algo co-construido.

Aplicando esta línea de la investigación empírica a la relación analítica, Baranger y Baranger (2008) consideran la estructura de dicha relación como algo creado entre los dos participantes dentro de la situación de análisis, formando una unidad que es radicalmente diferente de lo que cada uno de ellos es por separado (pág. 83). A partir de esta concepción, Kirshner se sitúa en la línea de la intersubjetividad y se adentra en los aportes de esta corriente en relación al óptimo establecimiento de la relación analítica.

Si cada diada analítica va ser diferente de las otras debido a la emergencia de un componente intersubjetivo producto de la interacción entre dos personas reales, con su individualidad inherente; si cada par va a presentar irremediablemente una combinación única de ingredientes relativos a la relación real, la alianza terapéutica y la transferencia-contratransferencia, y si las fronteras entre dichas variables parecen muy complicadas de delimitar en la práctica (aparte del cuestionamiento que hace el autor de la utilidad real de dicha separación), ¿qué consecuencias se desprenden de esto de cara a favorecer la instauración de una situación analítica óptima para cada diada terapéutica? ¿Cómo encaja en todo ello la cuestión que nos ocupa, la de la inevitable participación del analista como persona real, de su subjetividad, y al mismo tiempo la preservación de un grado óptimo de objetividad por parte del terapeuta en el proceso analítico?

Kirshner cita en este punto las observaciones de Viederman (1991, 2000), quien subraya la importancia crucial de la presencia del analista, en el establecimiento de una situación analítica óptima: “la presencia afectiva del analista, su expresión personal con sentimiento y convicción… actúa como un estímulo para el intercambio afectivo y el desarrollo de un tipo de transferencia diferente al evocado por la figura de un analista que insiste en la abstinencia absoluta y la interpretación como únicos vehículos de comunicación”. Kirshner plantea aquí como cuestión central la necesidad de un grado óptimo de intercambio afectivo y de expresión personal por parte del analista (“aquel que es adecuado en cada diada”) y propugna dicha vertiente de la presencia del analista frente a la abstinencia clásica en los inicios del tratamiento.

Desde luego, esto conlleva implicaciones no sólo teóricas sino también prácticas en cuanto a la responsabilidad del terapeuta en el mantenimiento de la integridad del proceso analítico, cuestión que no se circunscribe únicamente a las corrientes más clásicas sino que también preocupa a los teóricos del psicoanálisis intersubjetivo. Coderch (2010, citada en Levinton, 2004) advierte que el giro relacional “permite al analista ser más humano, pero también le requiere ser más responsable”, subrayando la capacidad de “reconocer el poder de cada gesto no verbal o verbal y ser más consciente de los patrones de autorregulación y del ajuste diádico”.

Es interesante en este punto la contribución de Killingmo (en Levinton, 2002) a los cuestionamientos puestos sobre la mesa por Kirshner acerca de la presencia de un analista que se muestra en algún grado frente a la regla clásica de la abstinencia, y comienza el abordaje de este asunto formulando una pregunta: “¿En qué medida debería ser gratificante el analista, y permanecer en el paradigma psicoanalítico, y cómo debe responder emocionalmente el analista al paciente en la relación?".

Killingmo previene acerca del uso ritualizado del precepto clásico de la abstinencia, y partiendo de la base de que la abstinencia es imposible puesto que el mero hecho de prestar atención al paciente ya supone un grado de gratificación, considera que la provisión óptima sería "cualquier provisión, que frente al encuentro con un deseo evolutivo movilizado, facilita el descubrimiento, iluminando y transformando las experiencias subjetivas del paciente", es decir, cualquier intervención en la que el terapeuta se muestra presente con el objetivo de contribuir a reforzar una tendencia a la evolución en el paciente, a través de la modificación de su experiencia subjetiva.

La circunstancia de un analista presente, en cualquier caso, no parece ser incompatible con preservar la objetividad analítica para los teóricos de la corriente relacional en psicoanálisis.

Respecto a esto, Coderch (citada en Codosero, 2011), señala:

“la neutralidad es algo que debe residir dentro del analista y no en la matriz relacional creada por paciente y terapeuta. Y esta neutralidad consiste en un sentimiento de implicación con el paciente y con el proceso psicoanalítico. La neutralidad no es posible desde el exterior. Aquel que ve a otro desde afuera no es nunca neutral, dado que la neutralidad en una díada se da cuando cada uno de los componentes es capaz de ver, sentir y comprender al otro como el otro se ve, se siente y se comprende a sí mismo, sin que ello presuponga una pérdida de su propia historia y experiencia”.

Desde posiciones más relacionales, la objetividad tendría que ver no tanto con que el analista sea “un objeto de la transferencia objetivo y mínimamente autorrevelador”, sino con que el terapeuta, partiendo de la situación analítica como algo co-construido, no se quede atrapado en dicha interacción de forma no-reflexiva, sino que pueda situarse “como un tercero” que observa al paciente, a sí mismo y al producto de esa interacción en aras de poder hace un uso terapéutico de dicha observación.

Intersubjetividad

En esta segunda parte del capítulo, Kirshner se pregunta acerca del impacto en la técnica de las consideraciones intersubjetivistas acerca de la influencia del analista como persona real. Más específicamente, el autor plantea cuestiones acerca del rol que la posición de analista presente puede jugar, concretamente, en el inicio de la situación analítica y en la creación de un marco analítico óptimo; aunque advierte que, pese al creciente número de publicaciones relacionadas con la corriente intersubjetiva en la escena psicoanalítica contemporánea, quizá sea pronto para sacar conclusiones firmes al respecto.

Kirshner pone de relieve, en primer lugar, que las referencias al término intersubjetividad no son abordadas solamente por los teóricos afines a dicha corriente, sino que el énfasis en la dimensión relacional del tratamiento es compartida asimismo por autores más cercanos a otras corrientes más clásicas: la psicología del Self, la teoría de las relaciones objetales y también entre los investigadores del campo de la psicología infantil. Las consideraciones hechas por diversos autores podrían ser condensadas, según Kirshner, en la conclusión de Baranger (1993) de que “la actividad consciente e inconsciente del analista se desarrolla en el seno de una relación intersubjetiva en la que cada participante es definido por el otro” (pág. 85).

A nivel general, la influencia de la persona del analista tendría especial importancia en relación a la construcción en la situación analítica del “aquí y ahora”, en el uso más o menos flexible de los propios pensamientos y sentimientos y en su mayor o menor receptividad a la transferencia.

En relación al tema señalado por Kirshner del impacto de la presencia del analista en los inicios del tratamiento, el autor plantea dos núcleos de discusión fundamentales. En primer lugar, hace referencia al papel de la atención prestada desde el inicio por el analista a sus propias respuestas subjetivas en relación al paciente. Si bien Kirshner afirma que la importancia acordada a dichas respuestas ha de ser moderada conforme al conocimiento que muestra que dichas respuestas no están libres de la influencia de la propia individualidad del analista; al mismo tiempo conviene en que tal vez un examen más preciso de dichas reacciones iniciales pueda aportar luz acerca de la existencia de conflictos específicos, especialmente en lo que tiene que ver con las resistencias o “puntos ciegos” del propio analista. Kirshner insiste aquí en la necesidad de la presencia real o simbólica de un tercero, ya sea un supervisor, un cuerpo teórico o algún colega de profesión.

En cualquier caso, la opinión de Kirshner respecto a esta cuestión es bastante clara: es recomendable que el analista preste atención desde el inicio a la impresión o reacciones que experimenta en la relación con el paciente, en la medida en que dichas reacciones pueden obedecer a aspectos de su personalidad, a elementos inconscientes propios o a elementos contratransferenciales de los cuales puede no estar teniendo todavía clara conciencia.

Un segundo punto esencial para Kirshner es el del diagnóstico. El autor considera que, si bien una aproximación grosso modo a una orientación diagnóstica inicial puede tener su valor discriminativo, desde un punto de vista más relacional no tendría mucho sentido dedicar excesivos esfuerzos en construir una elaborada formulación diagnóstica en estos primeros momentos. Kirshner argumenta a tal efecto que el empeño en recopilar datos y presentar un diagnóstico lo más afinado posible puede influenciar significativamente o incluso dañar el desarrollo óptimo de la amalgama de elementos que intervendrían en la situación analítica (alianza terapéutica, relación real y transferencia/contratransferencia), puesto que “sugeriría” al paciente que las conclusiones de dicha anamnesis brindarán respuestas definitivas a su problema, validando esa posible fantasía y contribuyendo a crear (y mantener) una relación basada en la autoridad del analista; pudiendo ambas cosas impedir el desarrollo de un progreso adecuado en el tratamiento.

Coderch (citada en Codosero, 2004) hace algunos señalamientos interesantes en relación a esta cuestión tratada por Kirshner, explicando que si bien las reglas clásicas de la abstinencia, la neutralidad y el anonimato tenían entre otras la intención positiva de reducir al máximo la autoridad del analista, su uso inflexible, dice, produce el efecto contrario, convirtiendo al analista en “una caricatura irreal”. Para Coderch, no es posible eliminar completamente la autoridad del analista dentro de la diada terapéutica, pero el terapeuta sí puede y debe trabajar por ser consciente de la influencia que dicha imagen de autoridad está ejerciendo en la mente del paciente, no sólo en el inicio del tratamiento sino también en lo que puede afectar a su desarrollo y al logro de los objetivos terapéuticos.

En resumen, en esta segunda parte del capítulo, Kirshner, basándose en la contribución de las corrientes relacionales e intersubjetivistas, intenta abrir algunas vías de reflexión sobre las implicaciones de dichas contribuciones para el inicio del tratamiento y el establecimiento de un marco analítico óptimo. El autor invita a la reflexión respecto a la atención del analista a sus primeras reacciones en la situación analítica con el paciente, por un lado; y por otro, a tener en cuenta cómo algunas reglas o tareas “básicas”, como establecer un buen diagnóstico, pueden significar, si se realizan de forma rígida y en el marco de una actitud no-reflexiva, una dificultad más que una ayuda en los comienzos (y en el desarrollo) del tratamiento.

En cualquier caso, estas últimas cuestiones así como las planteadas por el autor a lo largo del capítulo, lejos de estar cerradas, abren todo un campo de reflexión que requiere de nuevos esfuerzos de investigación y reflexión clínica que permitan avanzar y afinar en nuestras intervenciones como terapeutas, para garantizar que se den las condiciones necesarias para el buen desarrollo y la eficacia del proceso analítico.

Bibliografía

Bleichmar, H. (1999). Del apego al deseo de intimidad: las angustias del desencuentro. Aperturas Psicoanalíticas, 2. (www.aperturas.org).

Codosero, A. (2011) La práctica de la psicoterapia relacional (libro de Joan Coderch). Aperturas Psicoanalíticas, 38. (www.aperturas.org).

Eizirik, C. (2002). Entre la objetividad, la subjetividad y la intersubjetividad, ¿aún hay lugar para la neutralidad analítica?. Aperturas Psicoanalíticas, 12. (www.aperturas.org).

Kirshner, L. (2012). “The person of the analyst and role of intersubjectivity in beginning the treatment”. En Seulin, C. y Saragnano, G.: On Freud´s “On beginning the treatment”, pp. 77-87, London: Karnac.

Levinton, N. (2002). La regla de abstinencia revisitada. Aperturas Psicoanalíticas, 11. (www.aperturas.org).

Levinton, N (2004). El giro hacia una orientación relacional en psicoanálisis. Aperturas Psicoanalíticas, 16. (www.aperturas.org).